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¡Annie Hall cumple 40 años!

Ana Laya

Tal vez deba advertir de entrada que este es un artículo ridículamente subjetivo. Soy fan de Woody Allen (sí, es complicado) y me encanta Annie Hall, esa sutilmente triste historia de un amor tan posible y lógico como absurdo e imposible.

Mis razones son simples y nada originales: me encanta la dupla Allen-Keaton; sueño con el día en el que en mi vida suceda algo parecido como el momento de Marshall McLuhan y el intelectual insoportable en la cola del cine; me he visto intentando recrear -patéticamente- momentos icónicos de una relación (como el de las langostas) y fracasando -patéticamente- como Alvy; me he disfrazado de Annie y jamás me han quedado bien ni el chaleco ni la corbata… pero no pierdo la fe; aprecio que Allen haya logrado percibir y retratar esa urgencia -aún muy patente- de ciertos hombres de “educar” a las mujeres y ayudarlas a “entender el mundo”, esa condescendencia espolvoreada con edulcorante que vendría a ser lo que Rebecca Solnit llama mansplaining... y en general me parece que es un retrato hermoso del Nueva York de los 70s y una fuente inagotable de citas, siendo la que más me gusta repetir aquella famosa de Freud:

“Nunca querré pertenecer a un club que acepte a alguien como yo de miembro”.

Annie Hall, además de ser la sexta película escrita y dirigida por Woody Allen, fue la primera que le valió un Oscar como mejor Director y uno como Mejor Actriz a Keaton, además de llevarse el de Mejor Guión Original y hasta el de Mejor Película, derrotando a Star Wars… ¡a Star Wars! ¡Triunfo para los izquierdosos, comunistas, judíos y pornógrafos gays de Nueva York! El guión, escrito por Allen y Marshall Brickman, fue reconocido en 2015 por la Writers Guild of America como el Mejor Guión de Comedia jamás escrito. Y finalmente, la idea original del proyecto Anhedonia, título que tenía originalmente el proyecto y que afortunadamente se descartó, fue el germen de otra de mis películas preferidas de Allen: Misterioso asesinato en Manhattan. Creo que siento debilidad por los hipocondríacos (y por las enfermedades… pero esa es otra historia).

En fin, podríamos pasar el día entero leyendo artículos que analicen sus méritos, escudriñen sus detalles y enumeren sus trivias, pero honestamente la mejor manera de saber cómo ha envejecido la película es volviéndola a ver.

Si mis razones no son suficientes, aquí 7 escenas neuróticas y geniales para que la recuerden, para que la conozcan si no han tenido hasta ahora el placer, y para que en cualquier caso se la apunten como plan para uno de estos fines de semana de primavera.

¡Disfruten!

1. “Me gusta el cuero.”

2. “La masturbación es sexo con alguien a quien quiero.”

3. Marshall McLuhan is in da house.

4. “Me encanta ser reducida a un estereotipo cultural.”

5. “Se me olvidó mi mantra”.

Sí, Jeff Goldblum aparece en Annie Hall… 5 segundos.

6. Los subtítulos.

7. El inolvidable monólogo inicial.

Sí, la vida está llena de soledad, miseria, sufrimiento, infelicidad… y se acaba demasiado rápido. WoodyAllenada fundamental.

Sgt. Pepper's de los Beatles, una reliquia que agitar

Clara Paolini

Foto: Peter Blake, co-autor de la portada

Como una bola de nieve de juguete, de esas que conservan tras el cristal esférico una figura fija bañada en partículas danzantes. Así es el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de los Beatles, el álbum que cambió la historia musical del siglo XX y que ahora cumple su 50 aniversario. Basta agitar el objeto, escucharlo, para encontrarse absorto ante la escena capturada y reactivar así la nostalgia de aquel pasado petrificado. En la bola, la figura esencial queda intacta, inmutable, pero a su alrededor, el movimiento de las variables motas insufla vida al homenajeado centro.

Ha pasado medio siglo desde el día que Sgt Pepper’s de los Beatles saliera a la venta en Reino Unido el 1 de junio de 1967, y hoy, aquella bola de nieve sigue agitándose en un lugar de excepción de la vitrina de reliquias musicales. Es sencillamente imposible escuchar sus canciones de la misma forma en la que lo hizo aquella primera generación de fans que desvelaría sus sonidos en la antesala del verano del amor, pero ni falta que hace. Desde el presente, en un contexto donde la fábrica del pop está ya sobreengrasada y los Beatles forman parte del elenco de mitos del siglo XX con omnipresente influencia, lo importante sigue siendo escuchar para, sino viajar el pasado, apreciar la joya cristalizada.

Sgt. Pepper´s de los Beatles, una reliquia que agitar 1
Los musicólogos siempre han debatido el género de Sgt. Pepper y las opiniones van desde clasificarlo de “proto-progresivo” o “síntesis clásico-psicodélica”.

¿Es Sgt. Pepper’s el mejor disco de rock de todos los tiempos?

Existen pocos álbumes que hayan sido analizados, estudiados, comentados y tan escrupulosamente diseccionados como el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, y dado que la poderosa industria detrás de marca Beatle no se pierde un aniversario, las reediciones se han ido acumulando hasta llegar a esta última de 2017, con sonido en estéreo y con audio 5.1 surround. Bajo el cúmulo de efemérides diarias, ¿por qué es ésta relevante? Sencillamente, se trata de la publicación de un álbum que transformó el pop acercándolo al arte, apuntaló el mapa del rock, rompió con las reglas de lo establecido (al igual que la generación que pensaba que podría conseguir), marcó un punto de giro en la historia de la música y fue el mayor ejemplo del oxímoron de la contracultura de masas.

El que fue el octavo disco de la banda británica encabeza la famosa lista de los 500 mejores álbumes de todos los tiempos publicada por Rolling Stone, ya que según los expertos musicales encuestados por la revista “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band es el álbum de rock and roll más importante jamás realizado, una aventura sin igual en concepto, sonido, composición, arte de portada y tecnología de estudio, creado por el mejor grupo de rock de todos los tiempos”. Es posible disentir de esta afirmación ya que aunque sobre gustos hay mucho escrito, los melómanos suelen ser amantes de llevar la contraria, muchos pensamos que el White Album supera al Pepper’s y a fin de cuentas, nadie puede dictar una afinidad musical global y estandarizada, pero lo que sí es posible afirmar con rotundidad es que se trata de una de las creaciones musicales no sólo más influyentes de la historia sonora del siglo XX, sino también de las apegadas a su contexto histórico.

En 1967, los babyboomers nacidos en la posguerra de la Segunda Guerra Mundial llegaban a la veintena viendo florecer el rock y la llegada de drogas psicodélicas que canalizaron el ansía de nuevos horizontes mentales. La inocencia y un abanico de posibilidades ante sus ojos, antes de la decadencia del sueño hippie marcaban el contexto, y allí, tal y como Lennon declaró en 1966, los Beatles “eran más populares que Jesús”.

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La banda municipal de un sargento revolucionario

 “Estábamos hartos de ser Beatles”, dijo McCartney décadas más tarde en la biografía de Barry Miles recordando aquella época. “No éramos muchachos, éramos hombres… artistas más que músicos”. El verdadero cumpleaños de Pepper es el 29 de agosto de 1966, cuando los Beatles tocaron su último concierto en vivo, en San Francisco. Hasta entonces, habían hecho historia en el estudio entre los tours de castigo, hasta que decidieron que no darían más conciertos, intentando descansar de la frustrante experiencia en directo provocada por la beatlemania, el mayor fenómeno fan de la historia. En sus conciertos, apenas podían escuchar la música entre los histéricos gritos de sus fans.

Querían ser otros, necesitaban salir de su propia etiqueta, así que en su obligatoria evolución inventaron alter egos vestidos con coloridos trajes de casaca de satén. Eran, de pronto, la banda municipal de un pueblo de ensueño dando un espectáculo. “Pretendíamos ser otra persona“, explicó McCartney en Anthology. “Nos liberó. Podías hacer cualquier cosa cuando llegabas al micrófono o a tu guitarra, porque no eras tú”.

Convertidos en “la banda de los corazones solitarios” engendraron el concierto imaginario de una grupo de ficción, interpretado por los Beatles al mando del Sargento Pimienta. El estudio se convirtió en un laboratorio, manipulando cada voz y sonido, añadiendo nuevos instrumentos, nuevos músicos e innovaciones que a día de hoy son ya un lugar común. No fueron los primeros, ya que los Beach Boys ya abrieron el camino hacia la experimentación, marcando un indiscutible engranaje sobre el que se apoyarían los de Liverpool. El productor George Martin aseguraría que “sin Pet Sounds, Sgt. Pepper’s no habría existido”.

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Casi todos los tracks de Sgt. Pepper fueron grabados en el legendario estudio Abbey Road de Londres. | Foto: Jas Lehal / Reuters.

700 horas en el estudio y cinco meses después, veía la luz el álbum que incluiría en su paquete bigotes de pega, complementos de cartón, además, haciendo aparecer por primera vez en el reverso las letras de las canciones. Tres semanas después de que el álbum saliera a la venta, 25 de junio de 1967, la banda era la mayor atracción a nivel mundial durante la primera retrasmisión global de televisión vía satélite, cantando all you need is love para una audiencia de 350 millones de personas.

Agitar la bola, y que vuelva a sonar

En el último número de Mojo Magazine Paul McCartney insiste en que Sgt Pepper es sólo un disco, pero que ha ganado notoriedad con los años. Sin embargo, lo cierto es que puede que sea más eso y se acerque a la reliquia cristalizada más venerada jamás creada por músicos británicos, y por ello, merece la pena revisitarlo, una vez más.

Jack Nicholson, siete años después

Jorge Raya Pons

Por supuesto que el actor es mejor conforme va comprendiendo ciertas inercias del oficio: solo así puede salir corriendo de ellas. Porque el gran actor no memoriza; el gran actor es otra cosa: piensa el personaje, es el personaje. Y va más allá: el actor –como el periodista, como el carpintero– es mejor conforme va conociendo el oficio –y la industria– en cada una de sus facetas. “Creo que no fui un buen actor hasta que comencé a escribir guiones en serio”, dijo Jack Nicholson en una entrevista de 1981. “Me ayudó a entender los problemas que surgen, aprendí cómo abordarlos. En ese momento dejé de limitarme como actor y ascendí a la categoría de cineasta”. Porque escribir es conocerse y Jack –el rompecorazones de las doce nominaciones al Óscar– hizo de su trabajo un templo.

La obra y la personalidad de Jack evolucionan irremediablemente unidas: una y otra se alimentan y es difícil establecer el punto en que comenzó todo. Jack es el abogado dipsómano de ideas liberales; el agitado y tramposo paciente de un psiquiátrico; el padre de familia esquizofrénico; el psicópata de cara pintada; el neurótico gruñón con la emoción a flor de piel. Su carácter se dibuja en esas arruguitas alrededor de los ojos y en la frente, en esa mirada que va más allá, que dispara las sospechas, en esos dientes ordenados que no significan nada salvo que algo ahí dentro está fuera de control; en las entradas prominentes, en la barbilla que sobresale.

Jack siempre fue como un adolescente con la libido desatada y sin freno y su incapacidad para la monogamia destruyó cada uno de sus noviazgos, lo que se trasladó a sus dos matrimonios: el más duradero con Anjelica Huston. La vida de Jack fue conocida por ser caótica como un torbellino y descubrir a los 37 años que su verdadera madre era su hermana mayor no ayudó a poner las ideas en orden. Por eso comprendí que Jack se había hecho mayor en Cuando menos te los esperas, a los 66 años, cuando interpreta a un viejecito resultón que se aburre de conquistar a las chicas jóvenes y se enamora de una mujer de su edad –que, por otra parte, es Diane Keaton: quién no lo haría–. “Todo lo bueno se acaba”, reconoció en una entrevista promocional, “ya no soy el juerguista de antes: me parece poco atractivo e inapropiado”.

No es extraño que Jack vuelva al cine tras siete años de rumores sobre una memoria frágil: este año protagonizará el remake de Toni Erdmann y repetirá el personaje grotesco de un padre obsesionado por encauzar la vida de su hija, anímicamente devastada por un trabajo que le consume. Una etapa –en abril cumplirá 80 años– donde mostrar el estado de su laberíntico paisaje emocional: nadie conoce al verdadero Jack.

La tristeza también tiene su lado bueno

María Hernández

Cada vez más vemos cómo las empresas intentan fomentar entre sus empleados la positividad y la felicidad. En algunas agencias de publicidad, por ejemplo, los creativos cuentan con lo que llaman “sala de pensar”, un espacio diferente y divertido para fomentar la creatividad. Y no solo pasa esto en las empresas: anuncios a todas horas nos recuerdan que debemos evitar la tristeza, buscar motivos para ser felices, para estar alegres.
Sin embargo, varios estudios científicos han demostrado que las emociones negativas despiertan mucho más la creatividad. Si no, que se lo digan a cantantes y poetas del mundo entero, que nos ofrecen constantemente sus letras más profundas sobre sus amores, o más bien sus desamores. Vamos, que si necesitas buenas ideas, mejor estar triste.

Todo tiene una explicación

El hecho de que las emociones negativas faciliten la creatividad tiene una explicación bastante sencilla: una de las habilidades necesarias para ser creativo es la de solucionar problemas, y esto es mucho más sencillo si se han tenido problemas reales. La científica Anna Jordanous, de la Universidad de Kent, y el lingüista Bill Keller, de la Universidad de Sussex, han llevado a cabo un estudio en el que han determinado cuáles son los componentes que intervienen en el proceso creativo. Son catorce en total, entre los que se encuentran la capacidad de tratar con lo incierto, la independencia y la libertad, la originalidad o la espontaneidad. Según la actividad que tengamos que llevar a cabo, estos catorce componentes deberán encontrarse en un nivel u otro para ser efectivos, es decir, no existe la fórmula exacta de la creatividad.

Pero no han sido ellos los únicos en estudiar este tema. Numerosos estudios han tratado de establecer la relación entre la creatividad y enfermedades mentales como la depresión. El danés Karol Jan Borowiecki examinó en un estudio el estado emocional de Amadeus Mozart, Ludwig van Beethoven y Franz Liszt, tres de los compositores más influyentes en la cultura occidental.

Partitura identificada como una creación de Mozart durante su infancia (Foto: Kerstin Joensson/AP)
Partitura identificada como una creación de Mozart durante su infancia. (Foto: Kerstin Joensson/AP)

Utilizó un software de análisis del lenguaje para estudiar textos escritos por estos tres artistas en busca de emociones, tanto positivas como negativas, y después los comparó con sus composiciones más importantes en ese periodo de tiempo. Así, el autor de este estudio descubrió que había una unión entre los períodos más tristes de la vida de estos compositores y sus mejores piezas musicales. “La creatividad, medida por el número de composiciones importantes, es atribuible causalmente a estados de ánimo negativos, especialmente a la tristeza”, explica el investigador.
“La tristeza es una emoción importante, muy importante. La tristeza se genera por la constatación y aceptación de una pérdida, pérdida que incide en nuestro mundo afectivo-relacional”, explica Antonio Esquivias, especialista en educación emocional, y añade que “los artistas, que necesitan crear algo nuevo, encuentran con mucha frecuencia inspiración en la tristeza y esta emoción se encuentra en el origen de algunas de las más bellas obras de arte, tanto de la literatura, como de la música o la pintura y el cine”.

” Los artistas, que necesitan crear algo nuevo, encuentran con mucha frecuencia inspiración en la tristeza”

Como todo, esto se ve mucho mejor con ejemplos. Por eso hemos decidido ahondar un poco más en el mundo de la música y la pintura para buscar signos de esta relación en algunos de los artistas más reconocidos, tanto nacional como internacionalmente.

La “nube negra” de Joaquín Sabina

El famoso cantautor andaluz Joaquín Sabina es un perfecto ejemplo de que una depresión puede ser la causa de la creación de verdaderas obras de arte.

En el año 2005, tras superar una depresión causada por una enfermedad y una ruptura, el cantante publicó su disco “Alivio de luto”. Este álbum dio un paso hacia la sencillez, con una instrumentación más básica para centrarse en la sensibilidad de la música.

“Cuando juego mi muerte al verso que no escribo, cuando solo recibo noticias de la muerte”

“Cuando juego mi muerte al verso que no escribo, cuando solo recibo noticias de la muerte, cuando corta la espada de lo que ya no existe, cuando deshojo el triste racimo de la nada”. Estos son algunos de los versos de “Nube negra”, una de las canciones de este disco, que expresa claramente la difícil época por la que pasó el artista.
Sabina, en numerosas entrevistas, declaró que fue adicto a la cocaína y que, durante la época en que consumía, también se bebía a menudo más de una botella de whisky. Explica que fueron sus amigos los que lo sacaron de esta depresión en la que no sabe cómo entró.

Joaquín Sabina ofrece un concierto en el Hammerstein Ballroom de Nueva York, su primero en EEUU  (Foto: Donald Traill/AP)
Joaquín Sabina ofrece un concierto en el Hammerstein Ballroom de Nueva York, su primero en EEUU. (Foto: Donald Traill/AP)

“Me falta una mujer, me sobran seis tequilas, no ver para querer, malditas sean las pilas que me hacen trasnochar echándonos de menos, echándome de más, almíbar y centeno”. Así comienza la canción “Seis tequilas”, otra muestra de que los malos momentos por los que pasó el cantautor le inspiraron la creación de canciones que, como la mayoría de sus letras, son verdaderas obras de arte.

El rock más triste

Saliendo del territorio nacional y acercándonos a otro género musical, nos encontramos con los casos de Axl Rose, el vocalista del grupo Guns n Roses, y Kurt Cobain, el nombre más conocido del grupo Nirvana.

Kurt Cobain en un documental emitido en 1993 (Foto: Mark J.Terrill/AP)
Kurt Cobain en un documental emitido en 1993. (Foto: Mark J.Terrill/AP)

De ambos artistas se ha dicho durante años que fueron diagnosticados como bipolares. Aunque ha habido mucha polémica y mucha especulación alrededor de estos diagnósticos, lo cierto es que, bipolares o no, ambos cantantes pasaron por etapas realmente complicadas durante su vida, tanto que Kurt Cobain se acabó suicidando a los 27 años.
El último albúm del grupo Nirvana, “In Utero”, es considerado por algunos como una nota de suicidio del cantante. Canciones como “Rape me” (Viólame) muestran su rabia: “Rape me, rape me my friend, rape me, rape me again” (viólame, viólame mi amigo, viólame, viólame otra vez). Y otras, como Heart-Shaped Box, son una muestra de su melancolía y su tristeza: “I’ve been locked inside your Heart-Shaped box for weeks” (he estado encerrado en tu caja con forma de corazón durante semanas).
Lo mismo ocurre con “Appetite for destruction”, el primer álbum de Guns n’ Roses, en el que encontramos letras con mucha fuerza y rabia, como las de “Out ta get me”: “They scream and yell, and fight all night, you can’t tell me, I lose my head, I close my eyes, they won’t touch me, cause I got somethin, I been buildin up inside, for so fuckin long” (Chillan y gritan, y pelean toda la noche, no puedes decírmelo, pierdo la cabeza, cierro los ojos, no me tocarán, porque tengo algo, que he estado construyendo dentro de mí, durante un jodido largo tiempo).

Axl Rose en un concierto de Guns n' Roses en el O2 Arena de Londres (Foto: Mark Allan/AP)
Axl Rose en un concierto de Guns n’ Roses en el O2 Arena de Londres. (Foto: Mark Allan/AP)

La tristeza también se pinta

Pero la tristeza no solo se manifiesta con palabras. Y una prueba de ello son las numerosas obras de Vincent Van Gogh. El famoso pintor holandés sufrió numerosos problemas de salud durante su vida, entre los que se encontraban ataques de epilepsia y episodios de lo que se cree que podría ser bipolaridad. Además, el artista ingería grandes cantidades de Absenta, cuyos componentes agravaban su epilepsia y depresión.

En Mayo de 1889, Van Gogh ingresó en un hospital psiquiátrico, y durante el año que permaneció allí pintó algunos de sus cuadros más conocidos, como “Lirios” o “La noche estrellada”. Durante ese año pintó alrededor de 140 cuadros.

"La noche estrellada" de Van Gogh en una exposición en Beijing (Foto: Mark Schiefelbein/AP)
“La noche estrellada” de Van Gogh en una exposición en Beijing. (Foto: Mark Schiefelbein/AP)

Esto es una prueba más de que no es necesario ser feliz o estar contento para tener ideas creativas o para crear obras de arte realmente buenas.

Estos cuatro artistas son solo un ejemplo de todas las teorías que relacionan la tristeza y la creatividad, pero no son los únicos: Woody Allen, Agatha Christie, Charles Dickens, Ernest Hemingway, Joan Miró, Sylvia Plath, Edgar Allan Poe, Paul Gauguin, Franz Kafka y muchos otros, que nos han dejado un increíble legado cultural, también sufrieron depresiones a lo largo de su vida.
Pero, como dice la frase popular “la excepción confirma la regla”, no todas las obras de arte vienen de la tristeza o la depresión. Así que todavía nos quedan opciones de convertirnos en artistas. Y si no, pues al menos seremos felices.

Woody

Iker Izquierdo

Woody Allen sucumbe a la fiebre de la televisión y dirigirá su propia serie, producida por Amazon.

Woody Allen sucumbe a la fiebre de la televisión y dirigirá su propia serie, producida por Amazon. Seguramente sea su primer contacto con la televisión desde la década de los 60 cuando escribía para el Ed Sullivan Show, The Tonight Show o Candid Camera.

En los últimos años, Woody Allen ya no es el Woody de siempre. Desde Sweet & Lowdown no ha hecho una sola película que me haya encandilado como lo hicieron muchas de sus anteriores films. Pero afortunadamente nos ha dejado un puñado de obras maestras para la posteridad.
Allen no pasará a la historia como uno de los más grandes del 7º arte. Ese honor lo comparten sólo unos pocos que hicieron sus películas en la época dorada de Hollywood: los 30, 40 y 50. Pero hay tres largometrajes que valen por toda una carrera. Pocos tienen en su haber obras de la calidad de Annie Hall, Manhattan o Hannah y sus hermanas.

Las imágenes de Nueva York en blanco y negro al ritmo de la música de George Gershwin; Michael Caine enamorando a una preciosa exalcohólica en una extraordinaria librería de Manhattan, o el propio Woody matando una araña en el apartamento de Diane Keaton, son escenas que quedarán por siempre en nuestra retina.

Su humor judío, tan compasivo y a veces tan corrosivo, colorea cada película con una pátina especial, al igual que el romanticismo y las controversias morales que hacen de sus películas algo muy personal, pero que es fácilmente compartido por no pocos individuos.

No podemos saber lo que deparará este nuevo proyecto televisivo de Woody Allen, pero esperemos que nos traiga de vuelta el Allen más divertido, romántico e inteligente que una vez fue y parece haber desaparecido. Y si no, siempre nos quedará Manhattan.

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