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¡Annie Hall cumple 40 años!

Ana Laya

Tal vez deba advertir de entrada que este es un artículo ridículamente subjetivo. Soy fan de Woody Allen (sí, es complicado) y me encanta Annie Hall, esa sutilmente triste historia de un amor tan posible y lógico como absurdo e imposible.

Mis razones son simples y nada originales: me encanta la dupla Allen-Keaton; sueño con el día en el que en mi vida suceda algo parecido como el momento de Marshall McLuhan y el intelectual insoportable en la cola del cine; me he visto intentando recrear -patéticamente- momentos icónicos de una relación (como el de las langostas) y fracasando -patéticamente- como Alvy; me he disfrazado de Annie y jamás me han quedado bien ni el chaleco ni la corbata… pero no pierdo la fe; aprecio que Allen haya logrado percibir y retratar esa urgencia -aún muy patente- de ciertos hombres de “educar” a las mujeres y ayudarlas a “entender el mundo”, esa condescendencia espolvoreada con edulcorante que vendría a ser lo que Rebecca Solnit llama mansplaining... y en general me parece que es un retrato hermoso del Nueva York de los 70s y una fuente inagotable de citas, siendo la que más me gusta repetir aquella famosa de Freud:

“Nunca querré pertenecer a un club que acepte a alguien como yo de miembro”.

Annie Hall, además de ser la sexta película escrita y dirigida por Woody Allen, fue la primera que le valió un Oscar como mejor Director y uno como Mejor Actriz a Keaton, además de llevarse el de Mejor Guión Original y hasta el de Mejor Película, derrotando a Star Wars… ¡a Star Wars! ¡Triunfo para los izquierdosos, comunistas, judíos y pornógrafos gays de Nueva York! El guión, escrito por Allen y Marshall Brickman, fue reconocido en 2015 por la Writers Guild of America como el Mejor Guión de Comedia jamás escrito. Y finalmente, la idea original del proyecto Anhedonia, título que tenía originalmente el proyecto y que afortunadamente se descartó, fue el germen de otra de mis películas preferidas de Allen: Misterioso asesinato en Manhattan. Creo que siento debilidad por los hipocondríacos (y por las enfermedades… pero esa es otra historia).

En fin, podríamos pasar el día entero leyendo artículos que analicen sus méritos, escudriñen sus detalles y enumeren sus trivias, pero honestamente la mejor manera de saber cómo ha envejecido la película es volviéndola a ver.

Si mis razones no son suficientes, aquí 7 escenas neuróticas y geniales para que la recuerden, para que la conozcan si no han tenido hasta ahora el placer, y para que en cualquier caso se la apunten como plan para uno de estos fines de semana de primavera.

¡Disfruten!

1. “Me gusta el cuero.”

2. “La masturbación es sexo con alguien a quien quiero.”

3. Marshall McLuhan is in da house.

4. “Me encanta ser reducida a un estereotipo cultural.”

5. “Se me olvidó mi mantra”.

Sí, Jeff Goldblum aparece en Annie Hall… 5 segundos.

6. Los subtítulos.

7. El inolvidable monólogo inicial.

Sí, la vida está llena de soledad, miseria, sufrimiento, infelicidad… y se acaba demasiado rápido. WoodyAllenada fundamental.

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Vídeo | Dylan Farrow habla sobre el presunto abuso sexual por parte de su padre adoptivo, Woody Allen

Redacción TO

Dylan Farrow, ha hablado por primera vez en la televisión sobre el presunto abuso sexual por parte de su padre adoptivo cuando ella tenía apenas 7 años. En un avance de la entrevista, que será emitida este viernes en el programa ‘CBS This morning’, la mujer, que ahora tiene 32 años, ha dicho que considera importante que “la gente se dé cuenta de que una sola víctima, un acusador, importa y es suficiente para cambiar las cosas”. Por su parte, el cineasta ha insistido -a través de un comunicado- que las denuncias son falsas.

Lee más en nuestra sección de actualidad, aquí.

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5 momentos que cambiaron Hollywood en 2017

Nerea Dolara

Foto: Netflix
Netflix

Éxitos de taquilla, escándalos y la ceremonia de premios más bizarra de la historia son algunos de los hitos del año en Hollywood.

2017 ha sido un año activo. No sólo ha estado lleno de noticias políticas, sociales y económicas (recuerden que este año ganó Trump, fue el referendo de Cataluña y tembló terriblemente en México, por ejemplo), sino que en el mundo del entretenimiento no ha parado la información -¡y qué información!- en los 12 meses que se nos acaban esta semana.

Cuando el Óscar cometió el error más grande de su historia

Ha sido tal la avalancha que cuesta recordar que el 2017 comenzó con un hito del espectáculo que parecía imposible de superar: el fiasco del Óscar a Mejor Película. Repasemos este caos: por primera vez en la historia del premio octogenario el sobre incorrecto llegó al escenario y, no sólo eso, el Óscar se le dio a la película incorrecta y en medio de un caos digno de una comedia se volvió a otorgar al filme correcto. ¿Cómo pasó esto? La serie de eventos -que culminó con un ¡Oh My God! pasmado de Emma Stone y uno de los productores de La La Land afirmando que no era un chiste, que la ganadora era Moonlight– es de chiste: el encargado de otorgar el sobre, uno de los dos únicos que tienen permitido saber quién ganó, estaba subiendo fotos a Twitter y en vez de darle a Warren Beatty el de Mejor Película, le dio el de Mejor Actriz. Y luego Faye Dunaway, ante la sorpresa de Beatty, miró de reojo el sobre y soltó ¡La La Land! Lo demás es historia.

Es incluso posible que este glorioso momento de caos signifique que la ceremonia ya no sea tan secreta, ya que se han establecido tal cantidad de pasos de seguridad que los ganadores ya no sólo los conocen dos personas, sino más de 10. Lo cierto es que fue un comienzo de año movido y realmente entretenido (menos para los que hicieron La La Land y para Beatty, porque Dunaway pasó de hacer un mea culpa).

El extenso y terrible escándalo de acoso sexual en Hollywood

Con dos artículos publicados en el New York Times y el New Yorker reventó la que tal vez ha sido la mayor historia del entretenimiento americano de todos los tiempos. Todo comenzó con las decenas de acusaciones de acoso sexual e incluso violación al poderoso productor Harvey Weinstein -que crecieron exponencialmente en cuestión de horas, días, semanas y meses hasta alcanzar un extremo terrorífico- y es ahora un tema aún en desarrollo que ya incluye acusaciones públicas contra Kevin Spacey, Louis C. K., Ben Affleck, Dustin Hoffman, Roy Price (ex jefe de Amazon Studios), Bob Weinstein, James Toback, Mario Batalli, Chris Savino, David Blaine, Roman Polanski, Woody Allen, Jeremy Piven, Brett Ratner, Steven Seagal, Ed Westwick, Jeffrey Tambor, Charlie Rose, Matt Lauer…. y más. Los artículos iniciales destaparon una cultura de abuso sistemático y Hollywood aún está ideando una forma de lidiar con ello.

Despidos de directores de Star Wars

Kathleen Kennedy es la mujer más poderosa de Hollywood. En sus manos está el control de una de las franquicias más rentables del cine, Star Wars, y no se lo toma a la ligera. Este año, Kennedy –de quien se rumorea que tiene más control creativo que cualquier otro productor en Disney- optó por separar del proyecto de Han Solo a Phil Lord y Chris Miller, los exitosos directores de Lego Movie, debido a que su aproximación humorística no le convenció. Lord y Miller hablaron públicamente del difícil proceso de trabajo y Disney emitió un comunicado. Por su lado, Colin Trevorrow, a quien le dieron la tercera película de la nueva trilogía de Star Wars tras el éxito de Jurassic World (a pesar de que era sólo su segunda película), perdió el trabajo cuando se estrenó su tercera creación y las críticas fueron tan brutales que The Book of Henry se ha llegado a considerar de los peores filmes de la historia. Kennedy es realmente es el poder oculto, y no tanto, tras la Guerra de las Galaxias (antes de los despidos hubo cambios radicales y re-shoots en Rogue One, por ejemplo) y este modelo se repite -alguien pregunte quién realmente manda en Marvel…no son los directores- en cada productora que quiere ganar dinero en cantidades con franquicias eternas… el cine es ya, sin vuelta atrás, cada vez más una máquina de churros.

Wonder Woman prueba que una mujer puede hacer un hit

DC ha tenido “mala suerte” -no lo es, es falta de calidad y punto- con su intento de crear un universo de superhéroes que pueda competir con el gigante que es Marvel. Pero este año Wonder Woman rompió récords de taquilla y de crítica. Amada por el público, los medios y la industria, la película probó que una mujer -la directora fue Patty Jenkins- puede estar detrás y delante de la cámara y arrastrar a millones de espectadores a los cines y se le adelantó a Marvel en sacar la primera superhéroe femenina al frente de su propia cinta. Esto significa, o debería, un cambio de paradigma en una industria machista por decir poco -más en este tiempo de escándalos sexuales- que recibe una prueba clara de algo que cualquier persona con dos dedos de frente ya sabía: que el cine no tiene porque siempre tener protagonistas o directores masculinos, que el dinero no viene sólo de ellos y tampoco el buen trabajo. A ver si aprenden.

Disney compró 20th Century Fox

A estas alturas Disney se ha convertido en una fuerza superpoderosa. Ya lo era, siendo dueña de Marvel Studios, Lucas Films y Pixar, y ahora suma a su arsenal 20th Century Fox. ¿Qué significa? Posiblemente más y más franquicias y cine churrero -Disney es defensor de esto- y la posibilidad de que los X-Men se le unan a Los Vengadores. Y sí esta última puede sonar hasta agradable, pero las consecuencias de este virtual monopolio tienen la posibilidad de ser catastróficas (ya este año Disney se atrevió a vetar al LA Times de todos sus estrenos porque criticó a la empresa) para otros estudios, grandes y pequeños, y por ende para los espectadores que quieren ver algo más que superhéroes y sagas interminables.

Continúa leyendo: Una extensión de Chrome tapa la cara de Harvey Weinstein o Kevin Spacey con fotos de perritos espaciales

Una extensión de Chrome tapa la cara de Harvey Weinstein o Kevin Spacey con fotos de perritos espaciales

Redacción TO

Foto: Jenn Welch

Desde que el escándalo de abusos sexuales en el seno de Hollywood estallara, las noticias sobre los presuntos casos de abusos por parte de figuras importantes como el productor Harvey Weinstein o el actor Kevin Spacey han proliferado por la red. Si estás cansado de ver la cara de Weinstein o de Spacey en todas esas noticias, estás de enhorabuena.

Navegar por la web sin sentir asco al ver los retratos de estas personalidades es tan fácil como instalar una extensión en el navegador Google Chrome.

La comediante neoyorquina Jenn Welch ha creado una extensión de Chrome que elimina los rostros de las fotos de Weinstein, Spacey y otros muchos “depredadores” famosos, o al menos celebridades que no cuentan con una gran popularidad, y los reemplaza rápidamente con monísimas imágenes de perritos espaciales.

Una extensión de Chrome tapa la cara de Harvey Weinstein o Kevin Spacey con fotos de perritos espaciales

Welch, que es ella misma una víctima y superviviente de una agresión sexual, ha explicado que aunque la extensión presenta imágenes alegres, su inspiración fue cualquier cosa menos trivial. La comediante dijo en declaraciones a The Daily Dot que “cuando eres un superviviente de una violación, es muy emocionante que finalmente todo esto esté sucediendo y que estos depredadores y abusadores finalmente se enfrenten a consecuencias, aunque también es increíblemente provocador ver constantemente las caras de estos hombres en todas las noticias y redes sociales”. Por ello, puso en marcha esta iniciativa.

Una extensión de Chrome tapa la cara de Harvey Weinstein o Kevin Spacey con fotos de perritos espaciales 2
Además de a Weinstein y Spacey, esta extensión te da la opción de ocultar los rostros de Donald Trump, Woody Allen, James Toback, Bill Cosby y Roman Polansky. Además puedes bloquear a personajes a tu elección.

Aunque en un principio se planteó sustituir las imágenes de estas personalidades públicas con simples fotos de cachorros, de repente recordó que tenía una colección de montajes de perros en el espacio que había realizado para su antiguo blog. Ahí fue cuando Space Pug Safe Sapce, la extensión definitiva para no ver estas caras, nació.

Una extensión de Chrome tapa la cara de Harvey Weinstein o Kevin Spacey con fotos de perritos espaciales 1

Según Welch, “el trauma por una violación se traduce en un trastorno de estrés postraumático, lo que puede ser debilitante. Puedo elegir no leer un artículo, pero una imagen carga sin previo aviso, y últimamente todas estas imágenes en las noticias han sido sofocantes”. Gracias a su inesperada creación ya todos podemos evitar esas caras no deseadas en nuestras pantallas.

Continúa leyendo: Ignatius Farray: "Sigo siendo un puto loser"

Ignatius Farray: "Sigo siendo un puto loser"

Jorge Raya Pons

Foto: EL FIN DE LA COMEDIA
COMEDY CENTRAL

Es importante que sepan esto: he visto dos veces a Ignatius Farray y la primera fue en una sala de espera. Era junio y hacía tanto calor que sus gafas estaban empañadas. La segunda fue en el bar Picnic, en Malasaña, y a falta de media hora tenía el recinto lleno. Era septiembre y volvía a los monólogos. Hizo esperar al público una hora. Salió con energía, nos miró a todos y, en un paréntesis de intimidad, dijo: “Sabíais que esto iba a empezar tarde”. Y todo el mundo respondió con risas.

* * *

Es mediodía en la segunda planta de la sede de Comedy Central en Madrid. Entra Ignatius Farray vestido de corto: una camiseta negra, los pantalones de chándal de un azul eléctrico, los calcetines por los tobillos, las deportivas blancas. Fuera hace calor, y le caen unas gotas de sudor alrededor de las cejas. No levanta mucho la mirada. “Soy Nacho”, dice, presentándose. “Encantado”.

Ignatius Farray está en todas partes: con Andreu Buenafuente en Late Motiv (Movistar+), con David Broncano y Quequé en La vida moderna (Cadena Ser), tiene su propia serie de televisión (El fin de la comedia), tiene sus monólogos casi semanales en distintos bares de Malasaña. Está en todas partes, le digo, y arrastra dos o tres años de éxito. Él se apresura a desmentirlo, con una risa muy sincera: “En realidad solo este último año. Sigo siendo un puto loser.

Ignatius Farray: "Sigo siendo un puto loser" 1
Ignatius Farray, posando en el ático del edificio de Comedy Central. | Foto: Ana Laya/The Objective

Ignatius Farray es el rey de la comedia. Un canario de metro ochenta, que ha pasado los cuarenta, calvo salvo por una pelusa que cubre la parte alta de su cabeza –la llama la Selva-. Tiene una barba poblada, de varios meses y sin recortar, y unas gafas negras de pasta como Woody Allen. Ignatius lleva un año creciendo sin parar en la comedia. “Este año la cosa no ha parado”, dice. “La rueda de la comedia me ha pasado por encima. Lo noto porque la gente me saluda por la calle”.

Uno se pregunta qué ha sido de él todo este tiempo. Nació en un pueblo llamado Granadilla del Sur, al sur de la isla de Tenerife, y el absurdo comienza en el momento en que no hay una Granadilla del Norte. Dice que allí fue muy feliz, que tuvo una infancia tranquila, que aquello es muy distinto a Madrid. Dice que fue un chico más bien tímido, pero que en determinado momento algo se desató por dentro: “Recuerdo que hubo un año, no sé si fue en 5º o 6º de EGB –con 10 ó 12 años–, que de repente me vine arriba y me convertí en el payaso de la clase. ¡Me llamaban Woody!”.

–¿Por qué? –le pregunto.

–Por Woody Allen. Me decían: “Eh, Woody, ¡háztelo ahí!”.

Tiene anécdotas de infancia que son memorables, algunas aficiones inimaginables cuando uno solo conoce el personaje, y todas ellas permiten comprender mejor que Ignatius no solo es divertido, sino también retorcido. “Me acuerdo de que en una época me dio por el tenis”, cuenta Ignatius, conteniendo la risa. “Había una cancha en el pueblo y me pasaba la tarde allí solo, peloteando contra la pared. Era por el 88 y ya se sabía que los Juegos Olímpicos iban a ser en Barcelona. Yo llegué a falsificar cartas que me enviaba a mí mismo poniendo que era Samaranch, el presidente del Comité Olímpico, que se dirigía a mí diciendo que habían estado observándome y que querían que yo representara a España en tenis. Yo luego esas cartas se las enseñaba a mi hermano para impresionarle. Y él se lo creía”.

Pasó poco tiempo hasta que comprendió que no solo se divertía haciendo chistes, sino que quería hacerlos todo el tiempo. Ignatius supo que le ilusionaba cada vez más hacer reír a la gente, y comenzó a alimentar esa ilusión, aun creyendo que nunca sería capaz de ganarse la vida con ello. “Me impresionaban Faemino y Cansado”, dice. “La primera vez que me subí a un escenario fue para imitarlos en el casino del pueblo”. ¿A los dos?, le pregunto. Y él se ríe, afirmando con la cabeza.

* * *

Es septiembre y el calor no remite. El bar Picnic cumple nueve años, casi una década de monólogos y cervezas, y desde hace unos meses cuenta con un embajador de oro. Este local tiene dos plantas, una a nivel de calle y otra subterránea, y es en la segunda –con poca luz, tonos rojizos y un paisaje hawaiano de fondo– donde está el pequeño escenario.

Es miércoles y son las diez de la noche. Ignatius toma el micrófono y todo el mundo se encorva hacia delante, como esperando el momento de reír. El público está expectante. En la planta de arriba hay tanto ruido que se hace difícil escuchar a Ignatius. Él dice: “Habrá un momento en que os daréis cuenta de que arriba se lo están pasando mejor”. Luego pregunta si hay alguien que se ofenda con facilidad y descubre que hay un negro. Le apunta con el dedo, con una risa incontenible. “¿Eres negro?”, le pregunta. El chico le responde que aunque lo parezca no lo es. Ignatius exclama: “Eso es todavía más insultante que cualquier cosa que pudiéramos decirte”. Entonces Ignatius comienza a imitarle con una voz extraña: “No, no. Aunque lo parezca. Me ha pasado mil veces. ¡Soy como vosotros!”. Pide un aplauso y todos aplauden. El chico, que no es negro y quizá solo un poco moreno, también aplaude.

* * *

Ignatius siempre quiso hacer reír, pero comenzó en el humor bastante tarde. Tenía 29 años y volvía a Madrid desde Londres. Allí vivió dos años. “Recuerdo que fui a la aventura”, dice, rememorando una historia que cuenta a menudo. “Solía ir a un comedy club. La propietaria se dio cuenta de que no entendía demasiado bien a los cómicos y me dejaba entrar por la mitad de precio. A mí me gustaba solo por estar allí. En Londres comencé a tomármelo más en serio. Luego llegó la casualidad de que en España estaba empezando a llegar la moda de los monólogos con El club de la comedia, Paramount Comedy… Aquella confluencia me lo hizo imaginar de una manera más concreta… A lo mejor sí me atrevía a subirme al escenario para actuar”.

El líder de los Canarios arios habla con mucha dulzura y tiene la voz grave. A veces pierde la compostura y se pone a gritar, sin que nadie pueda verlo venir. Y es gracioso porque es su factor sorpresa. Tiene un humor muy salvaje y sin prejuicios: no le importa bromear sobre los negros, los judíos o el nazismo. Y, como él dice, puede hacerlo porque no es racista, ni antisemita, ni fascista. Es más bien izquierdista y sin horizontes. Es ese humor negro el que causa muchas veces las críticas. “Igual que mucha gente admite hablar de muchas cosas de cualquier manera, hay gente que enseguida cae en el malentendido, que cree que hay un propósito de hacer daño o para que ellos se sientan ofendidos”, dice, dando una justificación. “Llega a ser un poco ridículo. Con eso no digo que un cómico no pueda meter la pata. Creo que se puede hablar de todos los temas, pero no se puede hablar de todos los temas de cualquier manera. Se puede ser desagradable o impertinente, y eso ya no es comedia”.

Y tras una breve pausa, continúa: “Pienso que la comedia debe crear conciliación. Desde el momento en que tenemos ese punto de complicidad y nos estamos riendo juntos de algo, nos acerca más que enfrenta. Creo que la gente que se ofende no está entendiendo de qué va el asunto”.

Ignatius comienza a sentirse más suelto en la entrevista y le pregunto a qué le teme más, si al silencio o a la ofensa. Su respuesta es clara, aunque fragmentada: “Los silencios no me molestan especialmente, forman parte de esa tensión. Un cómico tiene que estar acostumbrado a ese tipo de situaciones. Si te dedicas a esto, ese tipo de situaciones tensas en las que algo no está yendo bien te ocurren continuamente. De alguna manera tienes que aprender a disfrutar de esos momentitos. Si no, lo vas a pasar bastante mal. Hay que encontrarle la gracia”.

¿Y en cuanto a la ofensa? “Yo… Yo lo paso muy mal. Cuando noto que he metido la pata… Cuando veo que la gente se ofende y no hay ningún motivo, me quedo bastante tranquilo. Pero cuando noto que he metido la pata y he podido ofender a alguien… que he hecho algo a alguien que realmente le molestaba… siento una sensación horrible. Te lo juro: no paro de pedir perdón. A veces lo paso mal si pienso que tengo que disculparme con alguien y al final de la actuación no lo encuentro. En los 15 años que llevo en la comedia, la sensación que más se ha repetido es la de arrepentimiento y remordimiento”.

Y entonces ríe, pero se siente como una risa nerviosa: “La sensación de remordimiento es permanente”.

* * *

La función de Ignatius esta noche es servir de gancho comercial: se limita a presentar a otros cómicos más jóvenes antes de que ellos se lancen al vacío y luego se pone a un lado. Es un gesto generoso. Pero eso el público no lo sabe porque han venido a ver a Ignatius. La sala se vacía paulatinamente. Ignatius se sienta muy cerca del escenario y se esfuerza por reír. Da una palmada a cada cómico cada vez que su espectáculo termina. Les dice unas palabras. No solo les presenta, sino que les apoya. Algunos de ellos tienen verdadero talento. Ignatius se gira a menudo para comprobar que los otros espectadores también disfrutan, y unos pocos lo hacen. A veces se gira y levanta el dedo índice y sonríe y pide silencio cuando algunas hablan.

* * *

En El fin de la comedia, Ignatius se expone a conciencia y sin reservas: es tímido, discreto y profundamente nostálgico. Casi una molécula de agua. Ignatius confiesa que su personaje es bastante genuino, pero reconoce que uno no puede renunciar siempre a ciertas construcciones que gustan al espectador: “Un cómico está para que la gente se ría y se lo pase bien”, dice, agregando: “Pero no puedes caer en hacer cosas que no te apetecen hacer. Cuando te das cuenta de que estás hablando de ciertas cosas, no porque te salgan del corazón sino porque es lo que quiere la gente, acabas cayendo en esa trampa. Es una tentación de la que hay que huir”.

Se puede advertir de sus palabras que a Ignatius no le importa ser una estrella. Él persigue otras metas no tan efímeras, quizá la más evidente sea la autenticidad. Ignatius tiene un pensamiento muy colectivo, tiene ese sentimiento de comunidad, y eso está presente en la proximidad que plantea constantemente al público. Ignatius es la antítesis del ególatra y parece evitar distracciones: si bien asegura que no ha tenido tentaciones de la industria del cine, afirma que tampoco le atraen en absoluto. Incluso estando en la cresta de la ola, lo que quiere es conservar su teleserie, su programa en la radio, los monólogos nocturnos. Disfrutar el momento.

“Es verdad que tradicionalmente en el mundo del stand-up comedy muchos cómicos –la generación de los 70 en Estados Unidos, la época dorada– terminaron siendo muy mediáticos, estrellas de cine. Como Robin Williams o Steve Martin”, dice, poniendo un contexto necesario a la pregunta. “Comenzaron de una manera muy arrastrada y terminaron así. En cuanto pudieron lo dejaron para dedicarse al cine o a otras cosas. Luego les quedó la sensación, y esto lo han dicho ellos, de que fue una especie de traición a sí mismos. Muchos de ellos, en la medida que pudieron al final de sus carreras, trataron de retomar esos inicios que ellos sentían como más auténticos. Hay que intentar mantener la llama viva”.

En cualquier caso, le pregunto nuevamente si le ha surgido la posibilidad de tomar ese tren que han aprovechado Dani Rovira o Berto Romero, por ejemplo. Ignatius dice que no con la cabeza y ríe: “La verdad es que a mí eso me ha pasado. He tenido esa suerte. Intento disfrutar de mi trabajo, de mi oficio, sin caer en esa locura”. Luego hace una pausa y concluye: “No doy la talla”.

* * *

Cuando termina son las doce y media y espero a Ignatius casi en la puerta. Le digo: “Hola, Nacho”. Y él me saluda, recordándome vagamente. Hace unos minutos le ha lamido el pezón a un joven. Lo ha levantado muy alto y sin esfuerzo, como si tuviera el peso de una pluma, y le ha lamido el pezón izquierdo. Ignatius y yo comentamos la noche, la actuación de Pedro Silva y recordamos la entrevista de junio. Viste una camiseta negra, los pantalones de chándal de un azul eléctrico, los calcetines por los tobillos, las deportivas blancas. Nos despedimos y le digo que la vamos a publicar esta semana.

Entonces me da las gracias y un abrazo, y luego se marcha.

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Ignatius Farray, sobre el escenario del Picnic. | Foto: Jorge Raya/The Objective

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