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¡Annie Hall cumple 40 años!

Ana Laya

Tal vez deba advertir de entrada que este es un artículo ridículamente subjetivo. Soy fan de Woody Allen (sí, es complicado) y me encanta Annie Hall, esa sutilmente triste historia de un amor tan posible y lógico como absurdo e imposible.

Mis razones son simples y nada originales: me encanta la dupla Allen-Keaton; sueño con el día en el que en mi vida suceda algo parecido como el momento de Marshall McLuhan y el intelectual insoportable en la cola del cine; me he visto intentando recrear -patéticamente- momentos icónicos de una relación (como el de las langostas) y fracasando -patéticamente- como Alvy; me he disfrazado de Annie y jamás me han quedado bien ni el chaleco ni la corbata… pero no pierdo la fe; aprecio que Allen haya logrado percibir y retratar esa urgencia -aún muy patente- de ciertos hombres de “educar” a las mujeres y ayudarlas a “entender el mundo”, esa condescendencia espolvoreada con edulcorante que vendría a ser lo que Rebecca Solnit llama mansplaining... y en general me parece que es un retrato hermoso del Nueva York de los 70s y una fuente inagotable de citas, siendo la que más me gusta repetir aquella famosa de Freud:

“Nunca querré pertenecer a un club que acepte a alguien como yo de miembro”.

Annie Hall, además de ser la sexta película escrita y dirigida por Woody Allen, fue la primera que le valió un Oscar como mejor Director y uno como Mejor Actriz a Keaton, además de llevarse el de Mejor Guión Original y hasta el de Mejor Película, derrotando a Star Wars… ¡a Star Wars! ¡Triunfo para los izquierdosos, comunistas, judíos y pornógrafos gays de Nueva York! El guión, escrito por Allen y Marshall Brickman, fue reconocido en 2015 por la Writers Guild of America como el Mejor Guión de Comedia jamás escrito. Y finalmente, la idea original del proyecto Anhedonia, título que tenía originalmente el proyecto y que afortunadamente se descartó, fue el germen de otra de mis películas preferidas de Allen: Misterioso asesinato en Manhattan. Creo que siento debilidad por los hipocondríacos (y por las enfermedades… pero esa es otra historia).

En fin, podríamos pasar el día entero leyendo artículos que analicen sus méritos, escudriñen sus detalles y enumeren sus trivias, pero honestamente la mejor manera de saber cómo ha envejecido la película es volviéndola a ver.

Si mis razones no son suficientes, aquí 7 escenas neuróticas y geniales para que la recuerden, para que la conozcan si no han tenido hasta ahora el placer, y para que en cualquier caso se la apunten como plan para uno de estos fines de semana de primavera.

¡Disfruten!

1. “Me gusta el cuero.”

2. “La masturbación es sexo con alguien a quien quiero.”

3. Marshall McLuhan is in da house.

4. “Me encanta ser reducida a un estereotipo cultural.”

5. “Se me olvidó mi mantra”.

Sí, Jeff Goldblum aparece en Annie Hall… 5 segundos.

6. Los subtítulos.

7. El inolvidable monólogo inicial.

Sí, la vida está llena de soledad, miseria, sufrimiento, infelicidad… y se acaba demasiado rápido. WoodyAllenada fundamental.

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Una extensión de Chrome tapa la cara de Harvey Weinstein o Kevin Spacey con fotos de perritos espaciales

Redacción TO

Foto: Jenn Welch

Desde que el escándalo de abusos sexuales en el seno de Hollywood estallara, las noticias sobre los presuntos casos de abusos por parte de figuras importantes como el productor Harvey Weinstein o el actor Kevin Spacey han proliferado por la red. Si estás cansado de ver la cara de Weinstein o de Spacey en todas esas noticias, estás de enhorabuena.

Navegar por la web sin sentir asco al ver los retratos de estas personalidades es tan fácil como instalar una extensión en el navegador Google Chrome.

La comediante neoyorquina Jenn Welch ha creado una extensión de Chrome que elimina los rostros de las fotos de Weinstein, Spacey y otros muchos “depredadores” famosos, o al menos celebridades que no cuentan con una gran popularidad, y los reemplaza rápidamente con monísimas imágenes de perritos espaciales.

Una extensión de Chrome tapa la cara de Harvey Weinstein o Kevin Spacey con fotos de perritos espaciales

Welch, que es ella misma una víctima y superviviente de una agresión sexual, ha explicado que aunque la extensión presenta imágenes alegres, su inspiración fue cualquier cosa menos trivial. La comediante dijo en declaraciones a The Daily Dot que “cuando eres un superviviente de una violación, es muy emocionante que finalmente todo esto esté sucediendo y que estos depredadores y abusadores finalmente se enfrenten a consecuencias, aunque también es increíblemente provocador ver constantemente las caras de estos hombres en todas las noticias y redes sociales”. Por ello, puso en marcha esta iniciativa.

Una extensión de Chrome tapa la cara de Harvey Weinstein o Kevin Spacey con fotos de perritos espaciales 2
Además de a Weinstein y Spacey, esta extensión te da la opción de ocultar los rostros de Donald Trump, Woody Allen, James Toback, Bill Cosby y Roman Polansky. Además puedes bloquear a personajes a tu elección.

Aunque en un principio se planteó sustituir las imágenes de estas personalidades públicas con simples fotos de cachorros, de repente recordó que tenía una colección de montajes de perros en el espacio que había realizado para su antiguo blog. Ahí fue cuando Space Pug Safe Sapce, la extensión definitiva para no ver estas caras, nació.

Una extensión de Chrome tapa la cara de Harvey Weinstein o Kevin Spacey con fotos de perritos espaciales 1

Según Welch, “el trauma por una violación se traduce en un trastorno de estrés postraumático, lo que puede ser debilitante. Puedo elegir no leer un artículo, pero una imagen carga sin previo aviso, y últimamente todas estas imágenes en las noticias han sido sofocantes”. Gracias a su inesperada creación ya todos podemos evitar esas caras no deseadas en nuestras pantallas.

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Ignatius Farray: "Sigo siendo un p*** loser"

Jorge Raya Pons

Foto: EL FIN DE LA COMEDIA
COMEDY CENTRAL

Es importante que sepan esto: he visto dos veces a Ignatius Farray y la primera fue en una sala de espera. Era junio y hacía tanto calor que sus gafas estaban empañadas. La segunda fue en el bar Picnic, en Malasaña, y a falta de media hora tenía el recinto lleno. Era septiembre y volvía a los monólogos. Hizo esperar al público una hora. Salió con energía, nos miró a todos y, en un paréntesis de intimidad, dijo: “Sabíais que esto iba a empezar tarde”. Y todo el mundo respondió con risas.

* * *

Es mediodía en la segunda planta de la sede de Comedy Central en Madrid. Entra Ignatius Farray vestido de corto: una camiseta negra, los pantalones de chándal de un azul eléctrico, los calcetines por los tobillos, las deportivas blancas. Fuera hace calor, y le caen unas gotas de sudor alrededor de las cejas. No levanta mucho la mirada. “Soy Nacho”, dice, presentándose. “Encantado”.

Ignatius Farray está en todas partes: con Andreu Buenafuente en Late Motiv (Movistar+), con David Broncano y Quequé en La vida moderna (Cadena Ser), tiene su propia serie de televisión (El fin de la comedia), tiene sus monólogos casi semanales en distintos bares de Malasaña. Está en todas partes, le digo, y arrastra dos o tres años de éxito. Él se apresura a desmentirlo, con una risa muy sincera: “En realidad solo este último año. Sigo siendo un puto loser.

Ignatius Farray: "Sigo siendo un puto loser" 1
Ignatius Farray, posando en el ático del edificio de Comedy Central. | Foto: Ana Laya/The Objective

Ignatius Farray es el rey de la comedia. Un canario de metro ochenta, que ha pasado los cuarenta, calvo salvo por una pelusa que cubre la parte alta de su cabeza –la llama la Selva-. Tiene una barba poblada, de varios meses y sin recortar, y unas gafas negras de pasta como Woody Allen. Ignatius lleva un año creciendo sin parar en la comedia. “Este año la cosa no ha parado”, dice. “La rueda de la comedia me ha pasado por encima. Lo noto porque la gente me saluda por la calle”.

Uno se pregunta qué ha sido de él todo este tiempo. Nació en un pueblo llamado Granadilla del Sur, al sur de la isla de Tenerife, y el absurdo comienza en el momento en que no hay una Granadilla del Norte. Dice que allí fue muy feliz, que tuvo una infancia tranquila, que aquello es muy distinto a Madrid. Dice que fue un chico más bien tímido, pero que en determinado momento algo se desató por dentro: “Recuerdo que hubo un año, no sé si fue en 5º o 6º de EGB –con 10 ó 12 años–, que de repente me vine arriba y me convertí en el payaso de la clase. ¡Me llamaban Woody!”.

–¿Por qué? –le pregunto.

–Por Woody Allen. Me decían: “Eh, Woody, ¡háztelo ahí!”.

Tiene anécdotas de infancia que son memorables, algunas aficiones inimaginables cuando uno solo conoce el personaje, y todas ellas permiten comprender mejor que Ignatius no solo es divertido, sino también retorcido. “Me acuerdo de que en una época me dio por el tenis”, cuenta Ignatius, conteniendo la risa. “Había una cancha en el pueblo y me pasaba la tarde allí solo, peloteando contra la pared. Era por el 88 y ya se sabía que los Juegos Olímpicos iban a ser en Barcelona. Yo llegué a falsificar cartas que me enviaba a mí mismo poniendo que era Samaranch, el presidente del Comité Olímpico, que se dirigía a mí diciendo que habían estado observándome y que querían que yo representara a España en tenis. Yo luego esas cartas se las enseñaba a mi hermano para impresionarle. Y él se lo creía”.

Pasó poco tiempo hasta que comprendió que no solo se divertía haciendo chistes, sino que quería hacerlos todo el tiempo. Ignatius supo que le ilusionaba cada vez más hacer reír a la gente, y comenzó a alimentar esa ilusión, aun creyendo que nunca sería capaz de ganarse la vida con ello. “Me impresionaban Faemino y Cansado”, dice. “La primera vez que me subí a un escenario fue para imitarlos en el casino del pueblo”. ¿A los dos?, le pregunto. Y él se ríe, afirmando con la cabeza.

* * *

Es septiembre y el calor no remite. El bar Picnic cumple nueve años, casi una década de monólogos y cervezas, y desde hace unos meses cuenta con un embajador de oro. Este local tiene dos plantas, una a nivel de calle y otra subterránea, y es en la segunda –con poca luz, tonos rojizos y un paisaje hawaiano de fondo– donde está el pequeño escenario.

Es miércoles y son las diez de la noche. Ignatius toma el micrófono y todo el mundo se encorva hacia delante, como esperando el momento de reír. El público está expectante. En la planta de arriba hay tanto ruido que se hace difícil escuchar a Ignatius. Él dice: “Habrá un momento en que os daréis cuenta de que arriba se lo están pasando mejor”. Luego pregunta si hay alguien que se ofenda con facilidad y descubre que hay un negro. Le apunta con el dedo, con una risa incontenible. “¿Eres negro?”, le pregunta. El chico le responde que aunque lo parezca no lo es. Ignatius exclama: “Eso es todavía más insultante que cualquier cosa que pudiéramos decirte”. Entonces Ignatius comienza a imitarle con una voz extraña: “No, no. Aunque lo parezca. Me ha pasado mil veces. ¡Soy como vosotros!”. Pide un aplauso y todos aplauden. El chico, que no es negro y quizá solo un poco moreno, también aplaude.

* * *

Ignatius siempre quiso hacer reír, pero comenzó en el humor bastante tarde. Tenía 29 años y volvía a Madrid desde Londres. Allí vivió dos años. “Recuerdo que fui a la aventura”, dice, rememorando una historia que cuenta a menudo. “Solía ir a un comedy club. La propietaria se dio cuenta de que no entendía demasiado bien a los cómicos y me dejaba entrar por la mitad de precio. A mí me gustaba solo por estar allí. En Londres comencé a tomármelo más en serio. Luego llegó la casualidad de que en España estaba empezando a llegar la moda de los monólogos con El club de la comedia, Paramount Comedy… Aquella confluencia me lo hizo imaginar de una manera más concreta… A lo mejor sí me atrevía a subirme al escenario para actuar”.

El líder de los Canarios arios habla con mucha dulzura y tiene la voz grave. A veces pierde la compostura y se pone a gritar, sin que nadie pueda verlo venir. Y es gracioso porque es su factor sorpresa. Tiene un humor muy salvaje y sin prejuicios: no le importa bromear sobre los negros, los judíos o el nazismo. Y, como él dice, puede hacerlo porque no es racista, ni antisemita, ni fascista. Es más bien izquierdista y sin horizontes. Es ese humor negro el que causa muchas veces las críticas. “Igual que mucha gente admite hablar de muchas cosas de cualquier manera, hay gente que enseguida cae en el malentendido, que cree que hay un propósito de hacer daño o para que ellos se sientan ofendidos”, dice, dando una justificación. “Llega a ser un poco ridículo. Con eso no digo que un cómico no pueda meter la pata. Creo que se puede hablar de todos los temas, pero no se puede hablar de todos los temas de cualquier manera. Se puede ser desagradable o impertinente, y eso ya no es comedia”.

Y tras una breve pausa, continúa: “Pienso que la comedia debe crear conciliación. Desde el momento en que tenemos ese punto de complicidad y nos estamos riendo juntos de algo, nos acerca más que enfrenta. Creo que la gente que se ofende no está entendiendo de qué va el asunto”.

Ignatius comienza a sentirse más suelto en la entrevista y le pregunto a qué le teme más, si al silencio o a la ofensa. Su respuesta es clara, aunque fragmentada: “Los silencios no me molestan especialmente, forman parte de esa tensión. Un cómico tiene que estar acostumbrado a ese tipo de situaciones. Si te dedicas a esto, ese tipo de situaciones tensas en las que algo no está yendo bien te ocurren continuamente. De alguna manera tienes que aprender a disfrutar de esos momentitos. Si no, lo vas a pasar bastante mal. Hay que encontrarle la gracia”.

¿Y en cuanto a la ofensa? “Yo… Yo lo paso muy mal. Cuando noto que he metido la pata… Cuando veo que la gente se ofende y no hay ningún motivo, me quedo bastante tranquilo. Pero cuando noto que he metido la pata y he podido ofender a alguien… que he hecho algo a alguien que realmente le molestaba… siento una sensación horrible. Te lo juro: no paro de pedir perdón. A veces lo paso mal si pienso que tengo que disculparme con alguien y al final de la actuación no lo encuentro. En los 15 años que llevo en la comedia, la sensación que más se ha repetido es la de arrepentimiento y remordimiento”.

Y entonces ríe, pero se siente como una risa nerviosa: “La sensación de remordimiento es permanente”.

* * *

La función de Ignatius esta noche es servir de gancho comercial: se limita a presentar a otros cómicos más jóvenes antes de que ellos se lancen al vacío y luego se pone a un lado. Es un gesto generoso. Pero eso el público no lo sabe porque han venido a ver a Ignatius. La sala se vacía paulatinamente. Ignatius se sienta muy cerca del escenario y se esfuerza por reír. Da una palmada a cada cómico cada vez que su espectáculo termina. Les dice unas palabras. No solo les presenta, sino que les apoya. Algunos de ellos tienen verdadero talento. Ignatius se gira a menudo para comprobar que los otros espectadores también disfrutan, y unos pocos lo hacen. A veces se gira y levanta el dedo índice y sonríe y pide silencio cuando algunas hablan.

* * *

En El fin de la comedia, Ignatius se expone a conciencia y sin reservas: es tímido, discreto y profundamente nostálgico. Casi una molécula de agua. Ignatius confiesa que su personaje es bastante genuino, pero reconoce que uno no puede renunciar siempre a ciertas construcciones que gustan al espectador: “Un cómico está para que la gente se ría y se lo pase bien”, dice, agregando: “Pero no puedes caer en hacer cosas que no te apetecen hacer. Cuando te das cuenta de que estás hablando de ciertas cosas, no porque te salgan del corazón sino porque es lo que quiere la gente, acabas cayendo en esa trampa. Es una tentación de la que hay que huir”.

Se puede advertir de sus palabras que a Ignatius no le importa ser una estrella. Él persigue otras metas no tan efímeras, quizá la más evidente sea la autenticidad. Ignatius tiene un pensamiento muy colectivo, tiene ese sentimiento de comunidad, y eso está presente en la proximidad que plantea constantemente al público. Ignatius es la antítesis del ególatra y parece evitar distracciones: si bien asegura que no ha tenido tentaciones de la industria del cine, afirma que tampoco le atraen en absoluto. Incluso estando en la cresta de la ola, lo que quiere es conservar su teleserie, su programa en la radio, los monólogos nocturnos. Disfrutar el momento.

“Es verdad que tradicionalmente en el mundo del stand-up comedy muchos cómicos –la generación de los 70 en Estados Unidos, la época dorada– terminaron siendo muy mediáticos, estrellas de cine. Como Robin Williams o Steve Martin”, dice, poniendo un contexto necesario a la pregunta. “Comenzaron de una manera muy arrastrada y terminaron así. En cuanto pudieron lo dejaron para dedicarse al cine o a otras cosas. Luego les quedó la sensación, y esto lo han dicho ellos, de que fue una especie de traición a sí mismos. Muchos de ellos, en la medida que pudieron al final de sus carreras, trataron de retomar esos inicios que ellos sentían como más auténticos. Hay que intentar mantener la llama viva”.

En cualquier caso, le pregunto nuevamente si le ha surgido la posibilidad de tomar ese tren que han aprovechado Dani Rovira o Berto Romero, por ejemplo. Ignatius dice que no con la cabeza y ríe: “La verdad es que a mí eso me ha pasado. He tenido esa suerte. Intento disfrutar de mi trabajo, de mi oficio, sin caer en esa locura”. Luego hace una pausa y concluye: “No doy la talla”.

* * *

Cuando termina son las doce y media y espero a Ignatius casi en la puerta. Le digo: “Hola, Nacho”. Y él me saluda, recordándome vagamente. Hace unos minutos le ha lamido el pezón a un joven. Lo ha levantado muy alto y sin esfuerzo, como si tuviera el peso de una pluma, y le ha lamido el pezón izquierdo. Ignatius y yo comentamos la noche, la actuación de Pedro Silva y recordamos la entrevista de junio. Viste una camiseta negra, los pantalones de chándal de un azul eléctrico, los calcetines por los tobillos, las deportivas blancas. Nos despedimos y le digo que la vamos a publicar esta semana.

Entonces me da las gracias y un abrazo, y luego se marcha.

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Ignatius Farray, sobre el escenario del Picnic. | Foto: Jorge Raya/The Objective

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5 razones por las que ver 'El graduado' hoy

Nerea Dolara

Foto: IMDB
IMDB

La película, cuyo final marcó la historia del cine, cumple 50 años. Y aún sigue siendo vigente y una obra maestra.

Se cumplieron 50 años del estreno de El graduado hace poco. Película mítica que marcó las vidas de una generación y se convirtió en símbolo. Hoy podría parecer antigua, desvinculada, pero la realidad es que es una película de esas que son vigentes sin excepción. El graduado comenzó como un proyecto de pasión que tenía a Mike Nichols  –un buen director de Broadway desconocido en Hollywood– como director de cine. El tema del protagonista fue más difícil. Hicieron audiciones decenas de veces a hombres rubios y altos, como se describe al protagonista en el libro. Al final, fue Dustin Hoffman quien se quedó con el papel. Un “muy judío”, muy moreno, muy “étnico” Hoffman, que estaba convencido de que no era el adecuado para el papel de un recién graduado universitario californiano y de buena familia que no sabe qué hacer con su vida.

La realidad es que elegir a Hoffman fue la idea más genial que habían podido tener. Le dio profundidad y llenó de realidad y dimensiones a un personaje que alguna vez se pensó para Robert Redford (Redford audicionó y Nichols no estaba convencido. No puedes hacer este papel, le dijo. Redford se disgustó y preguntó por qué. ¿Te ha rechazado alguna vez una chica?, le dijo Nichols. Y Redford honestamente preguntó: ¿A qué te refieres?).

El graduado puede ser lejana, pero no deja de ser vigente. El resumen de la trama va así: Hoffman acaba de graduarse y vuelve a vivir con sus padres sin idea de qué hacer con su vida. La Sra. Robinson, mejor amiga de sus padres y casada y su vecina, intenta seducirlo – ella también está pasando por un momento duro. Al final tienen una aventura y es cuando sus padres lo presionan para que salga con Elaine, la hija de los Robinson…

Aquí cinco razones por qué hay que verla hoy.

5 razones por las que ver 'El graduado' hoy
Katharine Ross & Dustin Hoffman | Imagen vía IMDB

La angustia existencial

Vale, esto como incentivo no es lo más seductor; pero la representación de la angustia existencial, el miedo, el desinterés y la indiferencia que provienen de la depresión, de sentirse desconectado de lo que se espera de ti y lo que quieres o eres, de lo que es el mundo y lo poco que te ves cumpliendo funciones en él, es lo que hace de esta película un clásico para todo joven, para todo graduado. El filme explora todos estos sentimientos sin miedo y sin resoluciones felices. No es fácil resolver estas angustias sin renunciar a sueños o libertades y eso queda claro. Y además produce momentos memorables. Tanto la comedia línea: “Plásticos”, como el desgarrador momento en que Hoffman se pone el traje de buzo que le regalaron sus padres y se hunde en la piscina.

La música

Simon & Garfunkel son responsables de la banda sonora de la película y sus canciones se convirtieron en clásicos gracias a su capacidad de hablar de los que pasaba en la imagen sin ser obvias. La sensibilidad de la música contribuye extensamente a que la película conmueve como lo hace y el disco merece ser escuchado siempre, es una obra maestra de música emotiva e inteligente.

Dustin Hoffman

Antes de este papel Hoffman, quien ahora es un intocable de Hollywood, era un desconocido demasiado narizón que tenía una carrera en teatro y nada más. Luego fue un nominado al Óscar y su carrera despegó de una manera que probó que fue una buena idea darle esta oportunidad. La posibilidad de estancamiento en los mismos roles o caer en el olvido era posible pero Hoffman se fue a hacer Midnight Cowboy, Kramer vs. Kramer o Tootsie, demostrando su amplitud actoral y un rango que pocos tienen.

Anne Brancfort

Murió hace unos años, pero su capacidad de ocupar la pantalla era excepcional. Su seductora Sra. Robinson es a la vez una villana y una mujer de mediana edad con un matrimonio frustrante en una era en que el divorcio es mal visto. Es un símbolo feminista y una arpía, una mujer con deseos y una madre, una mujer independiente y una egoísta, es toda contradicciones y por ello (con sus defectos, esto se escribió hace 50 años) un personaje femenino de los más interesantes de su época, además es la dueña de la pierna que marca la segunda toma más histórica de la película.

El final

No es necesario decirlo pero SPOILER ALERT. El final de El graduado puede que sea lo que más se recuerde de una película que se alaba constantemente. Hoffman va a buscar a Elaine, quien se está casando por obligación con alguien que no ama, a la iglesia. La puerta está cerrada. Trata de abrir, trata de tirar la puerta y grita ¡Elaine! ¡Elaine! Ella deja todo atrás y corre con él. Se suben a un autobús, felices, sonrientes y, en un segundo, el peso del mundo, de sus decisiones, de lo poco que se conocen les cae encima y de repente sus sonrisas en el fondo el autobús se convierten en incertidumbre y duda. Y esa imagen es una de las mejores del cine contemporáneo.

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Sgt. Pepper's de los Beatles, una reliquia que agitar

Clara Paolini

Foto: Peter Blake, co-autor de la portada

Como una bola de nieve de juguete, de esas que conservan tras el cristal esférico una figura fija bañada en partículas danzantes. Así es el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de los Beatles, el álbum que cambió la historia musical del siglo XX y que ahora cumple su 50 aniversario. Basta agitar el objeto, escucharlo, para encontrarse absorto ante la escena capturada y reactivar así la nostalgia de aquel pasado petrificado. En la bola, la figura esencial queda intacta, inmutable, pero a su alrededor, el movimiento de las variables motas insufla vida al homenajeado centro.

Ha pasado medio siglo desde el día que Sgt Pepper’s de los Beatles saliera a la venta en Reino Unido el 1 de junio de 1967, y hoy, aquella bola de nieve sigue agitándose en un lugar de excepción de la vitrina de reliquias musicales. Es sencillamente imposible escuchar sus canciones de la misma forma en la que lo hizo aquella primera generación de fans que desvelaría sus sonidos en la antesala del verano del amor, pero ni falta que hace. Desde el presente, en un contexto donde la fábrica del pop está ya sobreengrasada y los Beatles forman parte del elenco de mitos del siglo XX con omnipresente influencia, lo importante sigue siendo escuchar para, sino viajar el pasado, apreciar la joya cristalizada.

Sgt. Pepper´s de los Beatles, una reliquia que agitar 1
Los musicólogos siempre han debatido el género de Sgt. Pepper y las opiniones van desde clasificarlo de “proto-progresivo” o “síntesis clásico-psicodélica”.

¿Es Sgt. Pepper’s el mejor disco de rock de todos los tiempos?

Existen pocos álbumes que hayan sido analizados, estudiados, comentados y tan escrupulosamente diseccionados como el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, y dado que la poderosa industria detrás de marca Beatle no se pierde un aniversario, las reediciones se han ido acumulando hasta llegar a esta última de 2017, con sonido en estéreo y con audio 5.1 surround. Bajo el cúmulo de efemérides diarias, ¿por qué es ésta relevante? Sencillamente, se trata de la publicación de un álbum que transformó el pop acercándolo al arte, apuntaló el mapa del rock, rompió con las reglas de lo establecido (al igual que la generación que pensaba que podría conseguir), marcó un punto de giro en la historia de la música y fue el mayor ejemplo del oxímoron de la contracultura de masas.

El que fue el octavo disco de la banda británica encabeza la famosa lista de los 500 mejores álbumes de todos los tiempos publicada por Rolling Stone, ya que según los expertos musicales encuestados por la revista “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band es el álbum de rock and roll más importante jamás realizado, una aventura sin igual en concepto, sonido, composición, arte de portada y tecnología de estudio, creado por el mejor grupo de rock de todos los tiempos”. Es posible disentir de esta afirmación ya que aunque sobre gustos hay mucho escrito, los melómanos suelen ser amantes de llevar la contraria, muchos pensamos que el White Album supera al Pepper’s y a fin de cuentas, nadie puede dictar una afinidad musical global y estandarizada, pero lo que sí es posible afirmar con rotundidad es que se trata de una de las creaciones musicales no sólo más influyentes de la historia sonora del siglo XX, sino también de las apegadas a su contexto histórico.

En 1967, los babyboomers nacidos en la posguerra de la Segunda Guerra Mundial llegaban a la veintena viendo florecer el rock y la llegada de drogas psicodélicas que canalizaron el ansía de nuevos horizontes mentales. La inocencia y un abanico de posibilidades ante sus ojos, antes de la decadencia del sueño hippie marcaban el contexto, y allí, tal y como Lennon declaró en 1966, los Beatles “eran más populares que Jesús”.

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La banda municipal de un sargento revolucionario

 “Estábamos hartos de ser Beatles”, dijo McCartney décadas más tarde en la biografía de Barry Miles recordando aquella época. “No éramos muchachos, éramos hombres… artistas más que músicos”. El verdadero cumpleaños de Pepper es el 29 de agosto de 1966, cuando los Beatles tocaron su último concierto en vivo, en San Francisco. Hasta entonces, habían hecho historia en el estudio entre los tours de castigo, hasta que decidieron que no darían más conciertos, intentando descansar de la frustrante experiencia en directo provocada por la beatlemania, el mayor fenómeno fan de la historia. En sus conciertos, apenas podían escuchar la música entre los histéricos gritos de sus fans.

Querían ser otros, necesitaban salir de su propia etiqueta, así que en su obligatoria evolución inventaron alter egos vestidos con coloridos trajes de casaca de satén. Eran, de pronto, la banda municipal de un pueblo de ensueño dando un espectáculo. “Pretendíamos ser otra persona“, explicó McCartney en Anthology. “Nos liberó. Podías hacer cualquier cosa cuando llegabas al micrófono o a tu guitarra, porque no eras tú”.

Convertidos en “la banda de los corazones solitarios” engendraron el concierto imaginario de una grupo de ficción, interpretado por los Beatles al mando del Sargento Pimienta. El estudio se convirtió en un laboratorio, manipulando cada voz y sonido, añadiendo nuevos instrumentos, nuevos músicos e innovaciones que a día de hoy son ya un lugar común. No fueron los primeros, ya que los Beach Boys ya abrieron el camino hacia la experimentación, marcando un indiscutible engranaje sobre el que se apoyarían los de Liverpool. El productor George Martin aseguraría que “sin Pet Sounds, Sgt. Pepper’s no habría existido”.

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Casi todos los tracks de Sgt. Pepper fueron grabados en el legendario estudio Abbey Road de Londres. | Foto: Jas Lehal / Reuters.

700 horas en el estudio y cinco meses después, veía la luz el álbum que incluiría en su paquete bigotes de pega, complementos de cartón, además, haciendo aparecer por primera vez en el reverso las letras de las canciones. Tres semanas después de que el álbum saliera a la venta, 25 de junio de 1967, la banda era la mayor atracción a nivel mundial durante la primera retrasmisión global de televisión vía satélite, cantando all you need is love para una audiencia de 350 millones de personas.

Agitar la bola, y que vuelva a sonar

En el último número de Mojo Magazine Paul McCartney insiste en que Sgt Pepper es sólo un disco, pero que ha ganado notoriedad con los años. Sin embargo, lo cierto es que puede que sea más eso y se acerque a la reliquia cristalizada más venerada jamás creada por músicos británicos, y por ello, merece la pena revisitarlo, una vez más.

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