Hola, ¿qué estás buscando?

de resultados

No se ha encontrado ningún resultado

Ver más

Antonio Castelo: "Todas mis redes sociales las lleva mi exnovia"

Jorge Raya Pons

Foto: CCN

Antonio Castelo (Alicante, 1982) tiene una barba frondosa que ha ido recortando con el paso de los años y un sentido del humor ácido, directísimo, que se transforma en hiriente para quienes visten una piel más fina. Castelo pertenece a una generación de comediantes de nuevo cuño, más rupturista, menos atada a los tradicionalismos patrios, que combate el aburrimiento trabajando sin freno y compaginando proyectos personales con colaboraciones constantes en televisión, internet y radio.

Ahora, el humorista regresa a Comedy Central News (CCN), en el canal de pago de Comedy Central, para abordar grandes temas con pocas palabras cada jueves a las 23:50 horas. En este informativo en tono de comedia, los datos y las bromas se combinan en 12 minutos, un equivalente televisivo a los 100 metros lisos. “Es un programa bastante droga”, dice Castelo. “De hecho, yo creo que a veces incluso condensamos demasiado. Damos una tralla de datos loquísima. Notas que voy hablando muy rápido, dando mucha información, y a la vez hay gráficos, y a la vez hay chistes. Es verdad que es difícil tratar un tema en profundidad en 12 minutos, pero nosotros lo intentamos de alguna manera”.

¿Crees que hay un humor millennial o simplemente unos temas que despiertan más interés que otros?

Yo creo que el humor es el mismo desde hace cientos de años, probablemente miles. Son los temas los que cambian. Muy poca gente ha inventado cosas nuevas, casi nadie lo ha conseguido. Yo recuerdo cuando vi por primera vez Ali G y pensé que Sacha Baron Cohen había inventado una cosa. También me pasó cuando vi The Office. Pero la realidad es que casi nunca se inventan cosas, todo se basa en cambiar temas y puntos de vista. Por ejemplo, nosotros tratamos temas que son de hoy, como los e-sports. En sí, este no es un tema estrictamente millennial, seguramente también le interesará a un padre. Saber de qué va eso, descubrir que es algo positivo, que no es como parece. O como ocurre con el reguetón: el padre igual escuchaba rock and roll y le decían que aquello era una guarrada.

Quieren descubrir en qué se está metiendo su hijo…

Claro, aunque tampoco pienso en un público joven y uno mayor, eso sería simplificar. Yo, cuando sea mayor, no creo que me interesen los temas de mayores. Hay temas interesantes y temas que no lo son. Hay comedia buena y comedia mala. Yo creo que la comedia buena con temas interesantes llega a todo el mundo.

El programa lo está petando en audiencia. Pero, sinceramente, tendría la misma reacción si fuera mal de audiencia. Hemos hecho el mejor programa posible y está de puta madre. Estoy orgulloso.

Antonio Castelo: "Todas mis redes sociales las lleva mi exnovia"
El programa CCN, de Comedy Central. | Fuente: CCN

¿Tiene que ver también con una evolución del humor? Nosotros hemos consumido otro tipo de comedia, más americana o inglesa, y eso ha ido perfilando nuestro sentido del humor.

Sí, yo siempre he estado influido por la comedia anglosajona y desde pequeño veía los late night, que era lo que más me gustaba. Siempre me ha gustado lo mismo y, por otra parte, creo que es lo mejor. El Late de Conan O’Brian era el mejor programa que había en esa época y era mejor que cualquier español o cualquier alemán.

Mira, otro programa que era muy bueno cuando solo hacía comedia era Salvados. Yo creo que es el mejor que ha habido de comedia y actualidad en España. A mí ese tipo de formato no me pasa desapercibido. En nuestro programa también se hacen cosas así. A la hora de hacer piezas de calle, nos fijamos en las piezas que hacía Jordi Évole.

“En mi casa siempre me han apoyado, pero lo han hecho porque se me daba muy bien”

¿Siempre quisiste ser cómico? Porque he leído que hiciste dos carreras, como cuando te obligan a estudiar una carrera y luego ya haces lo que te gusta.

Yo creo que soy la última persona que salió de COU [equivalente a 2º de Bachiller]. Recuerdo que cuando llegabas a octavo de EGB [2º de ESO], podías elegir entre hacer la ESO o BUP y COU. Pero a la ESO solo iba la gente que sacaba muy malas notas. Yo sacaba todo sobresalientes e hice BUP y COU. En la ESO estaban todos los inútiles, porque los que querían hacer cosas profesionales se iban y ya está. En esa época, cuando acabé COU, me fui al ejército y estuve allí un año. Iba a ser piloto militar.

Sí, iba a ser piloto de combate. No me gustó y me salí. Entré en Informática porque tenía que hacer algo. Pero me di cuenta de lo que realmente me gustaba y empecé a hacer un poco de radio, se me daba muy bien. En mi casa siempre me han apoyado, pero lo han hecho porque se me daba muy bien.

¿Cómo fue aquel año en el ejército?

Era una cosa que se llamaba premilitar. Para hacer la oposición, te preparan en una especie de academia militar. Yo me crié en un hospital militar, en un cuartel. A mí, si sacaba buenas notas, me llevaban a disparar. Para que te hagas una idea. He comido toda la vida de hospital, es la que llegaba a casa. Eso es algo que nadie hace en la realidad, pero de eso me doy cuenta ahora.

El año que viene igual llega el formato anécdota porque muchos fans me lo están pidiendo. Ayer estaba pensando en que he vivido en un cuartel de los 10 a los 20 años y hay anécdotas en las que no reparaba, como comer comida de hospital durante todo este tiempo. Claro, te llegaban a casa esa raciones de col rehogada, yogur desnatado blanco y mierda así. Y estaba gordo, lo cual significa que me gustaba.

Sé de qué hablas, he vivido en una residencia militar y era parecido. ¡Todos los días patatas!

Al final te vuelves loco. Comía lo mismo cada dos semanas. Estaba harto de comer col todos los martes impares.

“La diferencia entre un tío que va a hacer sus horas y yo es que yo no quiero cumplir, yo quiero reventarlo”

Siendo cómico y valenciano, ¿llegaste a trabajar en Canal Nou?

No, no. Es la única comunidad donde sus cómicos no han trabajado en su canal autonómico. Allí no nos dieron ni la más mínima oportunidad. Es tan grave que a mí me la dio el canal autonómico balear.

¿En serio?

Allí muchos piensan: “Ese talento es de aquí”. Me dieron trabajo porque Canal Nou era tan mierda que no daba trabajo. Ahora van a reabrirlo, pero me ha dicho un amigo que de los 500 que contratan, no hay ni un guionista. Valencia, en ese sentido, es un páramo.

¿Cómo fueron los comienzos en Baleares?

Me hicieron una prueba de guión en un programa de corazón en las tardes y entré con Adolfo Valor, que es el guionista de Cuerpo de élite y uno de mis mejores amigos. ¡Entramos en un programa de corazón! Pero es que es imposible comenzar por el buen camino en España, apenas hay trabajo de comediante. A mí me apetecía salir en la televisión y empecé a pugnar por un puesto que había de copresentador, pugnaba con un cubano. Un cubano, tío. ¡Un cubano! Claro, pensaban que como era cubano podía tirar de ‘Ay, ¡la islita!’. Me llamaron un día para decirme que el cubano se había caído, que no podía hacerlo. Al día siguiente de avisarme tenía que copresentar. La televisión es un puto sinsentido.

Antonio Castelo: "Todas mis redes sociales las lleva mi exnovia" 1
Antonio Castelo, junto a uno de sus colaboradores. | Fuente: CCN

Tienes buen material para comenzar con las anécdotas.

Tengo infinitas anécdotas de mierda. Eso pasó cuando yo tenía 21 años y ahora tengo 35.

Estás con mil proyectos y en distintos formatos. ¿Cómo lo haces para que no te dé un microinfarto?

Más curro tenía el año pasado y el anterior. Aquello me sentó muy mal. Trataba de levantarme pronto, comer bien, hacer ejercicio. Todo muy racional, todo muy medido. Este año he trabajado mucho, pero no tantísimo. Eso me ha venido bien. Me he quitado entre semana Vodafone Yu y solo voy los viernes. Los sábados tengo A vivir, en la Cadena Ser. Tengo las piezas de internet que hacemos para CCN y el programa. Todo esto junto está bien. Ahora tengo un contrato de exclusividad con Comedy Central que termina a final de este mes.

¿Te estás dejando querer?

Pues mira, la verdad es que sí. Aunque solo sea para subir el precio.

No, hombre, estoy muy contento aquí. Además, me tratan muy bien. ¡Me tratan como a un presentador!

“Twitter me parece un sitio que fomenta el linchamiento”

Cuando frenaste, ¿lo hiciste por el tema psicológico y físico o porque no podías mantener la creatividad?

Mi padre me avisó hace un par de años de que no iba a ser capaz de hacer tantas cosas sin bajar la calidad. La diferencia entre un tío que va a hacer sus horas y yo es que yo no quiero cumplir, yo quiero reventarlo. Esa es para mí la gran diferencia. Yo siempre pienso en petarlo y eso hace que me desfonde en cada trabajo. Aprendí que si haces mucho, todo no te puede salir tan bien. No es fácil darlo todo todo el tiempo. No es fácil ser el más original, hacer siempre el comentario que más mola. Y eso es algo que me preocupa bastante. Yo quiero que en cada sitio que me contraten se queden con la sensación de que he dado todo lo que podía dar, que he marcado la diferencia. Ya es difícil que te paguen por hacer esto como para que el cliente tenga dudas.

¿Cómo llevas el tema de redes sociales? ¿Lo haces más por obligación o te gustan?

Todas mis redes sociales las lleva mi exnovia.

¿Te quiere bien?

Sí, en realidad somos mejores amigos. Es que yo muchas veces compartía cosas por cumplir, sin más. Hay mucha gente que valora que estés en las redes, pero a mí me interesan muy poco. Solo me interesa Instagram, las demás creo que son una basura. En Instagram tengo historias, vídeos, uno detrás de otro. Twitter me parece un sitio que fomenta el linchamiento.

Tengo que decir que fui la 51ª persona en tener una cuenta en Twitter en España y que presenté la gala del décimo aniversario, pero me cerraría Twitter.

¿Te han atacado mucho por Twitter?

Sí, pero menos que a otros. Los peores comentarios me llegan por Twitter, es donde está la gente más rabiosa.

En YouTube ha crecido una generación de cómicos, tú mismo te has beneficiado de YouTube. Ahora parece que se ha cerrado un poco la puerta, que no hay tanta renovación.

Sí, yo también lo pienso. Hemos salido algunos como Broncano o yo, que somos los más jóvenes de nuestra quinta, digamos. Los demás son cuarentones, gente mayor que nosotros. Por abajo, lo más parecido es Darío MH. Es verdad que hay mucha gente joven haciendo stand ups, yendo a las trincheras por la noche, que creo que es la mejor manera de hacer buena comedia.

Pero hay pocos programas de humor y, con tan pocas oportunidades, es difícil que salgan nuevos talentos y se fogueen. Si no hay donde tocar el violín, no puedes tocarlo. Hay muchos chavales que no pueden practicar como yo lo hice en su día, no pueden hacer horas. Cuando me preguntan los chavales qué tienen que hacer para llegar, les digo que no lo sé. Les digo que ninguno de los sitios en los que he trabajado existe ya.

Macron y los estados de gracia

Valenti Puig

Foto: Etienne Laurent
AFP

La norma no escrita de dar una tregua crítica a los cien primeros días de todo gobierno ha ido quedando arrumbada como un uso vetusto. En coincidencia cuantitativa con la duración del retorno de Napoleón desde la isla de Elba hasta Waterloo, esos cien primeros días a veces han ido a la par con el estado de gracia, un período de levitación en el que la confianza en el nuevo elegido parece casi unánime. No lo hemos visto con Theresa May pero sí con Macron. En general, una nueva presidencia de la Quinta República garantiza ese período de gracia. Tras la victoria presidencial, haber conseguido una nueva mayoría parlamentaria –para un partido de hace dos días- convierte a Macron en un político en estado de gracia, llegado en el momento más oportuno para, después del “Brexit”, rehacer el eje franco-alemán dándole un toque gaullista. ¿Hasta cuándo? En un mundo tan acelerado, la erosión política parece haber liquidado los privilegios del estado de gracia. Lo hemos visto otras veces: un político de nuevo cuño –caso Obama- se convierte en paradigma, para acabar entrando y saliendo del taller de reparaciones.

Ahora la fulguración del nuevo presidente de la República Francesa genera un efecto mimético aunque lo realmente significativo es que haya llegado al poder gracias al hundimiento del socialismo francés y las torpezas habituales de la derecha. ¿Macron o Corbyn? ¿Macron o Bernie Sanders? ¿Qué queda del modelo Blair? Son interrogantes que pueden aplicarse al retorno de Pedro Sánchez a la secretaría general del PSOE, más bien dispuesto a romper con las tesis de centro-izquierda propias del felipismo y presuroso por expansionarse hacia la izquierda, colindando arriesgadamente con Podemos para conjugar una alternativa.

La posición de Sánchez en contra del acuerdo comercial con Canadá –CETA- ha resultado incómoda para Bruselas, como ya se ha cuidado de exponer el comisario Moscovici, procedente de la izquierda radical y luego ubicado en el sector rocardiano del socialismo francés. Curiosamente, Sánchez ha sido proclamado a menudo por sus partidarios como gran conocedor del laberinto comunitario, dado que de muy joven fue asesor en Bruselas antes de ser jefe de gabinete de Carlos Westendorp, alto representante de las Naciones Unidas en Bosnia, en pleno conflicto de Kosovo.

Tampoco en la oposición perduran los efectos del estado de gracia. El futuro de Pedro Sánchez, por ejemplo, depende mucho de que logre zafarse de la presión de Podemos y de la militancia socialista más radical para lograr la adhesión del electorado real de centro-izquierda, marcando de cerca a un gobierno de Rajoy debilitado por la corrupción siempre que decida, cuanto antes mejor, si quiere ser un Macron o un Corbyn. La crisis del socialismo europeo tiene una sombra muy alargada. Ahora mismo, para Bruselas, aunque Donald Tusk parafrasee a John Lennon, un PSOE deslizándose hacia la izquierda es una mala noticia. Hay abundantes quejas sindicalistas pero el PSOE todavía no ha dado un contenido coherente a su rechazo a los acuerdos comerciales EU-Canadá. ¿Qué hay de malo en mantener relaciones de libre comercio con Canadá?

Cataluña: fiarlo todo al día después

Iñaki Ellakuría

Foto: ALBERT GEA
Reuters

En estos días de verano, cuando el curso político catalán se acerca al breve parón estival, una pregunta se cuela en la mayoría de conversaciones: ¿Qué ocurrirá en otoño? A veces es planteada con una mueca de satisfacción, la del independentista que anhela tras cinco años de proceso que se rompa la baraja; otras, con un rictus de preocupación y hartazgo por un horizonte de agitación, inestabilidad y más ruido. Y en ninguno de los casos, actores del proceso, espectadores o rehenes del mismo, nadie sabe exactamente qué responder. ¡Qué decir si los dirigentes en Barcelona y Madrid parecen huidizos adolescentes cuando se les cuestiona sobre el cacareado choque de trenes!

El proceso se ha instalado en un tiempo de espera e incertidumbre, donde cualquier predicción es una osadía. Con todo, hay elementos que no invitan al optimismo de los moderados. Veamos:

Los funcionarios. El informe de los letrados del Parlament expresando su preocupación y consejos técnicos a la propuesta de modificar el reglamento de la Cámara, una treta urdida por el bloque separatista para agilizar la tramitación de la llamada ley de “desconexión”, pone en evidencia como la estrategia de la confrontación iniciada por el Gobierno de Puigdemont empieza a romper las costuras de las instituciones catalanas e incomodar a muchos funcionarios que no quieren subvertir el marco legal. Ya sea por convicción o simplemente para evitar una inhabilitación.

Escalada verbal. A medida que el proceso se ha ido acercando a la frontera que separa la retórica de los hechos (y sus consecuencias), el discurso independentista ha optado por dividir, ya sin disimulo, la sociedad entre el pueblo, los independentistas, y los “antidemócratas”, todo aquel (persona, partido o institución) que no asuma como legítimo un referéndum unilateral. Esta escalada verbal recibe, ciertamente, el aplauso del núcleo duro separatista, al tiempo que enciende redes sociales y tertulias radiofónicas, pero también agranda la brecha político/sentimental que reflejaron las urnas el 27-S. Incomoda, asimismo, al independentismo moderado y expulsa a los catalanes que apuestan por modificar desde el pacto el actual marco constitucional. Mientras, el inmovilismo del Gobierno central alimenta a los predicadores de la confrontación.

Abucheos. Un síntoma del malestar que acumulan los tildados de “antidemócratas”, fueron los abucheos dirigidos a Puigdemont en Llefiá (Badalona) y Meridiana (Barcelona), dos barrios populares y populosos, donde, como en tantos otros del área metropolitana, el artero relato del “España nos roba” no cuela. La reacción de algunos independentistas, incluido un alto cargo de la Generalitat, fue la de calificar a los presentes de arrabaleros, colonos y fascistas.

Resignación. Recientes declaraciones confirman que Gobierno y Generalitat, uno confiado en la acción de la justicia, el otro anhelando una movilización como la de la cairota plaza Tahir, dan por hecho el choque otoñal. Soraya Sáenz de Santamaría, en un acto en Barcelona, afirmó: “Se habla mucho del 1 de octubre, pero la inmensa mayoría de los que están en el debate público están pensando en el 2 de octubre, y espero que sea el día del sosiego”. Oriol Junqueras, en La Vanguardia, declaró: “Hay que pensar en el día después del 1-O y actuar con responsabilidad”.

Nos aventuramos, pues, a tres mes de larga cuenta atrás y guerra de posiciones. Paciencia y cuerpo a tierra.

Refugee Food Festival: cuando el chef es un refugiado

Jorge Raya Pons

Foto: Jorge Raya
The Objective

Pierre perdió a toda su familia y ahora está solo en Madrid, arrastra una mirada triste y su pelo es rubio en un tono intenso. “La vida es complicada”, dice, bajando la mirada. “Estoy aquí como refugiado político”. Tiene 27 años y salió de Camerún siendo muy joven; apenas 22 años y no tuvo más remedio que dejar atrás su vida en África. Después de un largo camino llegó en 2015 a España, vivió 10 meses en un centro de Ceuta hasta que le concedieron el asilo. Pierre se fue de Camerún acosado por ser homosexual.

“En mi país hay mucha tradición, no se acepta”, dice Pierre, en un castellano todavía pobre. “En África no tienes libertad si eres homosexual, transexual o lesbiana. Allí existe la mutilación genital. En África es complicado. En África matan por eso”. Pierre cuenta que su padre lo rechazó, que tiene un hermano en Francia con quien no se habla, que su madre fue la única que lo protegió. “Pero mi madre está muerta”, dice. “Yo estaba aquí cuando murió”.

Refugee Food Festival: cuando el chef es un refugiado 2
Pierre, refugiado camerunés, en el restaurante L’Artisan. | Foto: J.R./The Objective

Y aunque no pudo terminar la escuela, siempre se interesó por la cocina; ahora estudia en una escuela gastronómica en Alonso Cano y vive como puede en Madrid, en un piso compartido que le dispuso un amigo dominicano. Cuenta que le interesa la comida francesa, la americana, que va conociendo la española. “Hago cocido”, dice. Ahora participa en una iniciativa, Refugee Food Festival, que nació de la sinergia de la ONG Food Sweet Food y de Acnur, la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados. Pierre estará este fin de semana cocinando en el restaurante L’Artisan, en la calle Ventura de la Vega.

España solo ha acogido a 744 de los 17.000 refugiados a los que se comprometió en Bruselas

En esta campaña, puesta en marcha el año pasado en París y extendida en esta ocasión a ciudades como Madrid, Florencia o Ámsterdam, varios cocineros –todos ellos refugiados- comparten su cultura a través de la cocina en una serie de restaurantes que se prestan como voluntarios. El resultado en Madrid es nueve restaurantes que dan empleo a ocho refugiados de cuatro nacionalidades durante una semana –en días alternos-, ofreciéndoles la oportunidad de compartir sus inquietudes culinarias con sus comensales.

Refugee Food Festival, que termina su segunda edición este domingo, es una ocasión para dar visibilidad a los desplazados. Hay historias trágicas detrás de cada uno de ellos; esta iniciativa nos empuja a esforzarnos por comprenderlos, por escucharlos. España es el país que más donativos privados aporta a Acnur. Sin embargo, es el mismo país que incumple los acuerdos de acogida de refugiados pactados en Bruselas: se comprometió a acoger a 17.000 personas y solo han llegado 744.

Refugee Food Festival: olvidando entre fogones la tragedia de ser refugiado
Mariana, ofreciendo uno de sus postres. | Foto: J.R./The Objective

Mariana también tuvo que abandonar Ucrania con su marido y con su hijo. Tiene 24 años y estudió Económicas en la universidad de su ciudad, Ternópil, a 200 kilómetros de Polonia. Llegó hace un año y medio y su gran barrera, confiesa, es el idioma. “Quiero vivir en España, quiero trabajar en la repostería”, dice Mariana, que prepara postres en el restaurante Keyaan’s (Blasco de Garay, 10). “Me gusta muchísimo la gente de aquí”. Mariana huye de un país en guerra, con todas sus consecuencias, y sigue en contacto con su madre, a la que escribe por WhatsApp. “España nos ha ayudado muchísimo”, dice, agradecida. “En un futuro me gustaría abrir una pequeña pastelería”. Mariana no piensa en regresar a Ucrania.

Tampoco lo hace Pierre, que remueve una tila que no ha probado. “No puedo volver a Camerún, no tengo familia allí”, dice, muy serio. “Yo sueño con estar en España, con tener mi propio negocio: un restaurante con comida de cuatro continentes –África, América, Asia, Europa-. Y ya está”.

Algunas verdades desagradables

Andrés Cañizález

Foto: Cristian Hernandez
EFE

En estos días atroces que vive Venezuela, cuando logro desconectarme de la mecánica nacional, he vuelto sobre las páginas de un texto clásico de la historia del siglo XX. Se trata de “La República española y la guerra civil (1931-1939)” del estadounidense Gabriel Jackson, que ni más ni menos permite entender, literalmente desde su incubación, cómo se fueron dando los pasos hasta llegar a la guerra civil, cuyas heridas aún no están curadas del todo en la España del siglo XXI.

No trazaré acá un paralelismo entre aquello y lo que vivimos en Venezuela, aunque no tengo dudas de que sería un terreno de interesante indagación. En realidad, Jackson me ha permitido dar con algo que desde hace varias semanas me viene dando vueltas en la cabeza. Se trata de las verdades incómodas, aquellas que nadie quiere oír, pese a que pocos segundos antes en una reunión social o familiar alguien te dice ¿Y cómo ves la vaina?

Jackson lo sintetiza de esta forma: “las pasiones políticas impidieron a la mayoría de los observadores reconocer las verdades desagradables con respecto al bando con el cual simpatizaban”. En no pocas ocasiones he manifestado públicamente mi voto de confianza a la dirigencia de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD). En mi rol de periodista e intelectual público intento que el apoyo a la MUD no me empañe la visión y el análisis del momento tan dramático y definitorio que vivimos.

Esta adhesión pública, sin que medie un interés económico o un vínculo partidista, no la hago sólo ahora cuando día por medio tenemos a algún diputado opositor herido o vejado por estar al frente de las manifestaciones de calle. Lo expresé sin ambages en noviembre-diciembre del año pasado, cuando la vocería opositora pasaba por una hora oscura tras el fracasado diálogo con el gobierno y lo que fue, en el imaginario popular, el enfriamiento de la calle.

Sobre esto último hay mucha tela para cortar, pues si se revisan las cifras del Observatorio Venezolano de Conflictividad Social en realidad la calle tiene bastante tiempo sin estar lo que se dice fría, aún pese a la represión y la criminalización de la protesta popular, ésta última ampliamente denunciada por Provea.

Primera verdad. No hay ninguna señal de un resquebrajamiento serio al interior de las Fuerzas Armadas, al menos al momento en que escribo estas líneas. Hay malestar en mandos medios y cansancio en los uniformados que deben salir a la calle, pero el duopolio represivo de alto mando de la FAN y gobierno de Nicolás Maduro se mantiene amalgamado. Sin una ruptura en esta alianza no habrá cambio. La represión de la protesta, junto a las muertes a cuentagotas que se vienen registrando, hay que decirlo, se pueden mantener por largo tiempo.

Segunda verdad. Un escenario de cambio no nos conducirá necesariamente a la democracia. Como demócrata que soy y venezolano que vive en Venezuela sin plan B de emigrar, deseo profundamente que cualquier posibilidad de cambio desemboque en la restauración democrática, bajo los principios trazados en la Constitución de 1999. Ese es, sin duda, mi deseo más profundo.

Pero existe un claro riesgo (y la constituyente empujada por Maduro le pone fecha a ese escenario) de que pasemos no a más democracia sino a más dictadura. La represión puede subir de tono, se eliminen instancias judiciales independientes y sencillamente se militariza todo aquello que tenga que ver con la protesta política (ya hay bastante señales de que se puede ir en esa dirección). El punto culminante de tener más dictadura podría ser la salida de Maduro del poder y su reemplazo por alguna junta militar que asuma bajo la lógica de que “hay que poner orden”.

Tercera verdad. La caída de la dictadura no se resolverá en cuestión de horas con la huida del tirano. En el imaginario venezolano pesa mucho la visión idílica de que una vez que Pérez Jiménez huyó hubo en el país un florecimiento democrático inmediato, en 1958.

El madurismo, como degeneración autocrática del chavismo, combina no sólo la condición de una dictadura convencional (represión, censura, control de las instituciones) sino que hay dos elementos que a veces soslayamos. Por un lado, la condición de narcotraficantes que han adquirido muchos de quienes son figuras oficiales, junto al poder tras bambalinas que tiene la dictadura cubana en Venezuela, asunto que se ha acrecentado tras la muerte de Hugo Chávez y la asunción de Nicolás Maduro.

Cuarta verdad. Tarde o temprano llegaremos a una mesa de negociación. El enquistamiento del chavismo en la estructura del Estado y la adhesión sin reticencias del sector militar (que además se encarga del trabajo represivo) no se acabará solamente con la renuncia de Maduro (en caso de que éste renuncie por voluntad propia o forzado por los militares).

Algunas verdades desagradables 1
Las autoridades venezolanas reprimen con violencia las protestas de la oposición. | Foto: Ivan Alvarado / Reuters

Lo último que se ha discutido, de un grupo de países “amigos”, con naciones que sean colocadas a partes iguales por el gobierno y la oposición, podría ser una vía concreta no de dialogar (el tiempo del diálogo creo yo se acabó el 1 de diciembre de 2016) sino de negociar. Si usted le da crédito a lo que he dicho en las líneas anteriores entenderá que hay mucho que negociar.

Ni la crisis económica (aún agudizándose como se prevé) ni una agenda permanente de protestas en la calle (con la intensidad que viene sucediendo) generarán –por sí solas- el anhelado cambio democrático.

Ni será rápido, ni será fácil. Esa es la quinta verdad. Un buen amigo me considera un pesimista, cuando le comparto esta visión. Trato de mirar la realidad sin que los cristales de mis anteojos estén empañados por lo que deseo para mis hijos (que vivan en un país libre y próspero). No estoy diciendo que estamos condenados como sociedad, sólo que debemos afrontar este momento definitorio para la vida nacional mirando no sólo las posibilidades, sino también los riesgos.

Se trata de mantenerse, en esta hora de crisis, con convicciones firmes y resiliencia en la actuación cotidiana, tanto social como individualmente.

TOP