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Antonio Lucas: "La vida está marcada por los pasos que damos y por las zancadillas que recibimos"

Jorge Raya Pons

Antonio Lucas es uno de los grandes poetas en castellano y trabaja en el diario El Mundo desde hace veinte años, donde, paradójicamente, comenzó escribiendo sobre llantas y motores. “Así fue”, dice, sonriendo. “Y no tenía ni coche ni carnet”. Antonio tiene maneras de caballero inglés y fuma tabaco de liar, su voz grave acompaña un discurso de imágenes y construcciones que dibuja un hombre que no solo escribe como un poeta, sino que habla como un poeta, y a pesar de todo tiene 41 años. A finales de 2013, lo entrevisté para un trabajo universitario y le pregunté por el origen de su vocación literaria. Él me respondió, bromeando, que no fue la clase de niño que lee a Nabokov con seis años. Esta vez le pregunto, sin embargo, por el día en que descubrió al proverbial Arthur Rimbaud, el poeta maldito que siempre le acompaña:

“Aquello fue extraordinario. Rimbaud fue el poeta que más me impactó cuando tenía 15 ó 16 años y recuerdo aquella aventura como una emoción fortísima. Estaba en casa de mis padres y allí había varias antologías; la biblioteca de mi padre es impresionante. Yo había leído algunos textos donde Rimbaud figuraba como uno de los grandes poetas de la Modernidad, que lo es, y cuando saqué aquel libro del anaquel, aquella antología donde estaba Iluminaciones, donde estaba Una temporada en el infierno, fue una sobreexcitación brutal. Rimbaud te enseña que en poesía todo se puede decir, que nada es sagrado. Creo que nadie ha llegado tan lejos en su capacidad inflamable con el lenguaje como Arthur Rimbaud. Nadie”.

Antonio Lucas: "La vida está marcada por los pasos que damos y por las zancadillas que recibimos" 2
Retrato de un joven Arthur Rimbaud (1854-1891). | Fuente: Wikimedia

Antonio se recuerda entonces leyendo, escribiendo sus primeros poemas, en los últimos años de la adolescencia. Es un hombre enérgico y alegre, pero la memoria de aquellos años lo vuelve nostálgico: “Yo sospecho que nunca volveré a vivir, ya a mi edad, una emoción como aquella. Esto da pena: pensar que nada te va a emocionar igual con esa capacidad arrebatadora con la que yo lo descubrí, con esa especie de inocencia del chaval de 16 años que todavía está muy por hacer y que no sabe bien qué cierra y qué dispensa la poesía. Aquello no va a volver”.

Una de las grandes preocupaciones del artista, y probablemente de cualquier mujer y de cualquier hombre, es la capacidad de mantener la curiosidad y la pasión a lo largo del tiempo, más allá de los primeros años de rebelión y descubrimiento. “Por evocación, mantengo todo aquello que conocí”, continúa Antonio. “Lo que pierdes es la posibilidad de vivir igual ese entusiasmo. El tiempo te permite metabolizar mejor aquellos impactos que son tan locos cuando tienes la intensidad hormonal de la adolescencia. El tiempo va aquilatando ciertas emociones que a veces son muy pirotécnicas. Con el paso de los años te das cuenta de que formaban parte de esa aleación de sorpresa, de desafío, de osadía, de ingenuidad de cuando eras adolescente, y las cosas que quedaron de verdad adquieren más valor porque vas descifrando a esos artistas. Yo sigo leyendo a Rimbaud e inevitablemente ya no está esa condición inédita de la primera vez. Sin embargo, sí entiendo mucho mejor hacia dónde puede dirigir mis pasos y, sobre todo, hacia dónde soy capaz de ir con su lectura”.

“Muchas veces he sentido que no sabía hacia dónde quería ir, pero sabía que si me paraba no llegaría”

Antonio vive aferrado al presente por la poesía, que para sorpresa general suele mantener los pies en la tierra, pero también por el periodismo, que es el oficio que ha conocido siempre, el que paga el coche y la hipoteca. Es difícil imaginar al poeta dentro de una redacción, con las jornadas infinitas, con esa intensidad salvaje, con esos textos profundos y meditados a velocidad de crucero. Antonio ha trabajado toda una vida en las redacciones y presume de lidiar dignamente con ello: a fin de cuentas es el ritmo que ha conocido desde bien joven.

“Es cuestión de organizarse, de establecer preferencias”, dice Antonio, con pausa. “Yo soy un escritor de poesía lento. Probablemente porque tengo muchos jaleos y muchos frentes abiertos y la poesía requiere un cierto reposo. No te puedes sentar a hacer muñeca alegremente, sino que tienes que esperar que haya una mínima condición aceptable o favorable para el poema. Pero lo hago bien, escribo principalmente en fines de semana y vacaciones. Soy capaz de encerrarme en el cuarto una tarde a las cuatro, no salir hasta las nueve, y estar con un poema toda la tarde, o con dos”.

Me dijo un día Alberto Rojas, su amigo y compañero en El Mundo, que no es posible localizar a Antonio un domingo por la tarde, confirmando que Antonio además de ser un hombre con talento es un hombre sacrificado. “Tengo la sensación de ser un afortunado”, dice. “Pero es cierto que he currado mucho”.

En 2016, la editorial de poesía Visor publicó una antología de su obra con el nombre Fuera de sitio, como el poema de su libro Los desengaños, de 2014, que está dedicado a su íntimo Arturo Pérez Reverte:

Pero no es estar quieto la razón ni la meta,

sino un querer más pequeño, una conquista más clara:

ver la vida llegar de su noche a tu noche,

en un cuerpo ajeno,

pronunciar su silencio,

abrazar su alambrada,

desear su vacío,

delirar sin camino, sin mapa, sin fuego

del país que no haremos.

A sus 41 años, Antonio cuenta veinte de poesía editada. Esto significa una progresión estilística y también un reconocimiento: son 350 páginas inmensas, un trabajo envidiable, cuya cubierta, además, es obra de su padre, el artista José Lucas. “Yo veía muy lejos publicar mi poesía reunida”, dice, orgulloso. “Lo veía lejísimos y la tengo publicada mucho antes de lo que yo esperaba. Ahora veo lejos el próximo libro de poemas porque lo tengo a mitad”.

El poeta avanza con pasos de gigante, ya tiene más de lo que esperaba, pero le pregunto por la ansiedad de ver las cosas lejanas o inalcanzables, de avanzar desde la incertidumbre, y él reconoce que este es un factor con el que uno tiene que convivir cada día: “Claro que genera ansiedad. Pero esa incertidumbre, ese caminar a tientas, es el camino mismo. Claro que muchas veces he sentido que no sabía hacia dónde quería ir, pero sabía que si me paraba no llegaría. La poesía es una gran escuela para eso. El poema, en el ejercicio de escribirlo, no tiene una solución, no es una ecuación. El poema se va haciendo con ese tanteo. Y cuando ese poema empieza y cuando ese poema acaba, lo que ha sucedido entre medias probablemente tiene mucho de inesperado, de camino hecho a compás de la propia escritura sin pensar que el poema lo tenías en la cabeza. No sé, quedará un poco romántico si eso lo trasladas a la vida, pero el camino lo van marcando los pasos que damos… y las zancadillas (que recibimos)”.

Antonio Lucas organizará la próxima edición del Festival Eñe, uno de los certámenes literarios más importantes en castellano

A los compromisos propios e inevitables, Antonio ha sumado la organización para noviembre de la próxima edición del Festival Eñe, un evento literario con más de cien autores invitados. “Me puse a trabajar como un loco durante tres días y ahora comienzo a recibir las aceptaciones. La presentación del festival será una conversación a tres bandas entre Javier Marías, Arturo Pérez Reverte y Agustín Díaz Yánez. Sobre el papel, ya tengo el 70 por ciento armado”, adelanta. Antonio Lucas, que es un hombre dado al zarandeo, comienza a imaginar ahora una realidad más tranquila y retirada, a salvo de la nube tóxica y de la urbe: “No soy una persona con excesivas metas, que se mueva por estrategias. Pero si tengo una, y no es una meta muy especulativa, es la de comprar una casita no muy lejos de Madrid y pasar allí más tiempo. Me gustaría estar con mis libros, con mis amigos, con una copa más o menos cerca. Esta casa sería un espacio de reposo, de recogimiento y de recogida. Es lo que yo querría: pasar más tiempo entre paisajes que pajariteando por la Gran Vía. Con el tiempo tengo cada vez más esa sensación y cada vez hago más escapadas. Y es lo que haré si no se me quiebra antes la vida”.

Ander Izagirre: “No tengo una idea demasiado elevada de mi trabajo”

Jorge Raya Pons

Cada libro de Ander Izagirre es como un respiro: Ander es uno de los últimos románticos del oficio y su voz sirve como luz que guía a los periodistas que vienen. Ander es un hombre humilde que no alardea, que no presume, que ejemplifica el significado de sencillez y que mide cada palabra que emplea. Pero esto lo iremos descubriendo. Porque cuando Ander habla, lo hace con mesura, sereno, aunque poco a poco se suelta, bromea, se confiesa. Su trabajo como periodista es meritorio y valioso, encarna el periodismo de siempre, el que se pierde, el que requiere tiempo y valor y paciencia y un determinado sentido de la responsabilidad que solo se comprende desde la perspectiva del que asume el periodismo como un propósito, como algo más.

Acaba de llegar a las librerías Potosí (Libros del K.O.), un libro que es un reportaje y una novela y que nos abre un mundo minero violento, supersticioso, injusto, donde la explotación y la miseria lo impregnan todo, donde el protagonista es un Cerro Rico que es un infierno en la Tierra.

“Muchas veces los periodistas vemos lo que queremos ver”, me dice Ander. “Yo viajé por primera vez a Bolivia hace siete años para contar el trabajo infantil en las minas. Conocía la situación y fui a buscar una historia. Pero decidí estar un tiempo en el sitio y eso me permitió conocer a más gente, y entonces comenzaron a aflorar otras historias”.

Un minero boliviano traslada minerales en la mina del Rosario, en Potosi. (Foto: David Mercado/Reuters)
Un minero boliviano traslada minerales en la mina del Rosario, en Potosi. (Foto: David Mercado/Reuters)

Ander quería explicar qué tipo de mundo conduce a una niña como Alicia, de doce años, a verse obligada a trabajar en una mina en peligro de derrumbe constante, sin seguridad laboral, cobrando un sueldo de miseria, sin cobrarlo, rompiéndose la espalda y renunciando a cualquier futuro. O cómo viven y mueren los tipos sin nombre en las minas, en accidentes o por enfermedades como la silicosis, que a duras penas les permite cumplir los 30 años, descabezando a las familias y dejándolas a merced de los explotadores.

Azarosamente, el cronista encontró otro mundo paralelo que no es noticia, que es ignorado, que las mujeres sufren en silencio y que los niños pronto entienden. Un machismo y una vileza que está profundamente arraigado en el espíritu minero:

“Las noticias eran los derrumbes en la mina, los problemas laborales, pero nunca las palizas, las violaciones incluso dentro de las familias. Eran casos horribles. Yo me metí en un universo minero con unas características bien conocidas: los mineros como héroes, como protagonistas de la lucha política, como huelguistas que acaban con dictaduras, como personajes admirados. Pero me di cuenta de que ese papel de minero duro tiene otra cara. Es alguien que sufre el infierno y que luego se lo hace pasar a otro, al más débil. Ese minero explotado se convierte en explotador y lo paga con el último, que suele ser una mujer o un crío. De esto me di cuenta en el segundo viaje”.

“Alicia es la demostración evidente de que hay lugar para la esperanza”

Ander, con todo, también se esfuerza por mostrar la cara luminosa, el lado amable de ese mundo: si bien hay miseria moral y económica, existen motivos para creer en que nada es para siempre, que hay vida más allá de Potosí, que algunos lo lograrán:

“Alicia es esa demostración evidente de la brutalidad de un sistema, pero también que hay lugar para la esperanza. A mí me asombraba la lucidez y la conciencia política de esta niña, que se organizaba con otras en asambleas de menores trabajadores y que fue hasta el Congreso en La Paz para leerle una carta al presidente, Evo Morales. Es una persona especial, capaz de imaginar una vida distinta. Las madres y los mineros ya están resignados a esa realidad que les ha tocado vivir. Pero esta niña es la que se dice que va a estudiar para conseguir otro trabajo y salir de allí”.

Varias familias mineras del Potosí, reposando. (Foto: David Mercado/Reuters)
Varias familias mineras del Potosí, reposando. (Foto: David Mercado/Reuters)

La infancia de Ander no tuvo nada que ver con la de Alicia. Él nació en San Sebastián en 1976, en un lugar y en un tiempo donde todo volvía a ser nuevo; no era San Francisco en los años sesenta pero sí una ciudad que se abría al mundo. Ander adora Donostia y no la ha abandonado nunca. “Yo soy consciente de mi fortuna, más después de viajar por el mundo y ver sociedades tan distintas”, me dice. “He tenido suerte porque podría haber nacido en Berlín en los años 30 o en Níger en cualquier época”. Pero Ander creció en una casa feliz donde la lectura y el ciclismo compartían pasión y espacio.

­“Yo competí en ciclismo hasta los 20 años, el ciclismo me apasiona. Yo creo que de adulto no te puedes enganchar a algo con ese entusiasmo. Cuando me recuerdo de pequeño, me veo leyendo cómics y novelas de Julio Verne. Era la épica que me nutría, las historias que me flipaban. Pero el ciclismo estaba en esa misma categoría, aunque con la ventaja de que yo salía a la calle y Cabestany podía firmarme un autógrafo. Cabestany era mi ídolo, como el capitán Nemo [protagonista de 20.000 leguas de viaje submarino, de Verne], solo que el capitán no me podía firmar autógrafos”.

Fue un niño muy curioso. Resulta significativo ese afán de coger la bicicleta y marcharse, de viajar, de descubrir, de dejar la mente en blanco y mirar nada más que la carretera y la montaña, sentir los golpes de pedal como las pulsaciones o como respirar: como algo en lo que uno no repara, pero que te mantiene vivo. Luego fue viajando más y más lejos, hasta Bolivia, hasta Groenlandia, de continente en continente, y sin darse cuenta había encontrado aquello que le hacía feliz.

Portada del último libro de Ander Izagirre. (Fuente: Libros del K.O.)
Portada del último libro de Ander Izagirre. (Fuente: Libros del K.O.)

“Las historias de aventuras que me gustaban de pequeño fueron un primer sustrato, pero luego pude conocer a gente viajera”, ahora habla despacio, como recordando cada momento. “Nada más acabar la carrera me fui en un viaje al punto más bajo de cada continente, aquello fue para mí como un máster. Una vuelta al mundo de la mano de Josu Iztueta, que es un viajero de Tolosa. Para mí eso fue un filón: ahí descubrí cuánto me gustaba viajar, cuánto me gustaba contar historias. Me interesa la variedad de modos de vida que hay en el planeta. ¿Cómo vivirán en Groenlandia?, ¿cómo vivirán en el país más caluroso del mundo? Ahora puedo decir que he estado en esos sitios”.

Pero a veces, le digo, debe ser difícil para uno pasar tanto tiempo fuera, que a uno lo comprenda la familia, los amigos, la pareja. Ander se sorprende: “Tampoco viajo tanto, lo que pasa es que cunde mucho”. Y luego ríe. “Está claro que al principio tu entorno quiere que tengas un trabajo en el periódico de tu ciudad. Es normal. Pero de muy joven empecé a viajar y mi vida es muy sencilla: no tengo hijos, no tengo casa en propiedad, no tengo coche. Necesito poco. Como escribo tanto parece que esté todo el día fuera, pero la realidad es que el 80% de mi tiempo es estar delante del ordenador, en casa. Mi trabajo es de oficinista y de vez en cuando salgo a buscar historias”.

Este trabajo le ha valido numerosos premios en algo menos de veinte años de trayectoria, y me dispongo a enumerar solo unos pocos: el Premio Rikardo Arregi en 2001 al mejor trabajo periodístico del año en euskera por sus crónicas sobre el viaje alrededor del mundo; el Premio Marca de literatura deportiva 2005 por el libro Plomo en los bolsillos, con historias no tan conocidas del Tour de Francia; el Premio de la Asociación de la Prensa de Madrid de 2010 por el reportaje Mineritos, semilla de Potosí, y que también mereció el Premio Manos Unidas de ese mismo año; o el prestigioso Premio Europeo de Prensa en 2015 por el reportaje Así se fabrican guerrilleros muertos.

Los enumero no tanto por mostrar sus logros como para enlazar con una cuestión puntiaguda y que afecta a esta profesión: el imperio del ego. Porque Ander, aun siendo uno de los grandes cronistas en castellano, parece generar anticuerpos contra la vanidad:

Yo soy muy inseguro de mi trabajo. Los reportajes son más fáciles de manejar, piensas que han salido más o menos bien, puedes sentirte orgulloso de tu trabajo. Pero yo tengo la impresión de que nunca termino de rematar bien las cosas. Tendrá que ver con el carácter –en este momento duda, crea un silencio–. No tengo una idea demasiado elevada de mi trabajo. Uno debe asumir que es imperfecto. Sé que he hecho algunas cosas bien y que hay gente que quiere publicar mis libros. Pero hay muchos periodistas haciendo cosas más valiosas, y esto te lo digo de corazón”.

“Siempre tengo la sensación de haber desperdiciado la oportunidad de contar una buena historia”

Hace dos años, Ander llevó los fragmentos todavía inconexos de Potosí a los talleres de escritura que organiza la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), impulsada por Gabriel García Márquez en 1995, que cuida y premia el periodismo narrativo –o, mejor dicho, el periodismo de calidad–. Compartió horas con otros escritores latinoamericanos para retroalimentarse, para mejorar sus obras, todo el rato ante la mirada atenta del maestro Martín Caparrós, lo cual es un privilegio:

“Fui hace dos años con este libro a medias. Para los que somos escritores solitarios se aprecia esa mirada externa. Yo, por ejemplo, siempre tengo la sensación de haber desperdiciado la oportunidad de contar una buena historia. Pero uno debe asumir que es imperfecto. Ese taller fue muy útil: le di varias vueltas al libro que no le hubiera dado de lo contrario. Este año también fui, pero como ayudante de Caparrós, tomando notas y escribiendo los informes”.

Ander espera poco –o mucho– de la vida; solo seguir viajando, seguir escribiendo, seguir conociendo. Llegado el momento, le pregunto cómo se imagina en 30 años, cómo le gustaría ser recordado. Pero son cuestiones que no le preocupan; Ander persigue otras metas:

“Yo solo espero llegar a los 70 con buena salud, la curiosidad despierta y contando historias. Mi esperanza es seguir haciendo lo mismo que ahora. Quizá con 70 no pueda ir a un campamento en Pakistán, pero sí hacer otras cosas. En cuanto a la trascendencia, lo que me importa es la gente que me rodea: mi familia, mis amigos y mi novia. El resto del mundo, si aprecia mi trabajo, bien. Pero si se olvida de mí, no me importa. Yo soy feliz así”.

El final de Aguirre

Ignacio Vidal-Folch

La estrepitosa caída de los ayudantes de Esperanza Aguirre –primero, Granados, y ahora González— dan el punto y final a un tono de entender la política: tono desacomplejado, soberbio y hasta jactancioso, característico de Aznar, que era hasta cierto punto sugestivo, hartos como estábamos de tanto “mea culpa”, pero que ha quedado descalificado; si no por el proceso a sus más destacados colaboradores –Rato, Zaplana, Matas, etcétera, etcétera—, por las lágrimas de la lideresa de Madrid, que era su último bastión y parecía incombustible. Des imperdonable llorar en público. Cuando apelas a la débil femineidad es que ya has perdido Granada y no te queda nada…

Cabe lamentarlo. Cabe pensar que será más triste un escenario político que se muerde los labios, completamente sometido a la corrección política y despojado de figurones de perfil tan pronunciado como el de Aguirre, tan llamativo, interesante, voluntarioso. Y ello al margen de las realizaciones de su ejecutoria.

También cabe encogerse de hombros ante el final de una época: a lo que está muriendo, según decía el sabio, hay que ayudarlo a morir.

Otro escenario para la dulce Francia

Valenti Puig

Con Macron y Le Pen pasando al “ballotage” la política francesa sin duda cambia el “casting” pero hasta la segunda vuelta y, luego hasta las legislativas, la incógnita sigue. Aún siendo Macron el candidato con más votos y posteriores apoyos, recientes sorpresas como la elección de Trump o el Brexit nos obligan a considerar que lo imprevisible a veces se convierte en hecho consumado. Curiosamente, tanto Macron como Le Pen han invocado a De Gaulle. Lo más constatable es el desplazamiento del eje izquierda-derecha que venía sosteniendo la vida política de la Quinta República porque el hundimiento socialista –preludiado por la presidencia desastrosa de Hollande- lleva a pensar en una suerte de cambio biológico, cuyo beneficiario es Macron, que fuera eje de la estrategia económica socialista, y también el centro-derecha se tambalea prenunciando una de esas turbulentas guerras internas que han sido constantes en la derecha francesa. Es muy probable la lapidación pública de Fillon.

Para los mercados, el mundo económico, las instituciones europeas y globales, e incluso para el centro-derecha europeo, la victoria final de Macron sería un suspirado mal menor, especialmente por las proclamas de Marine Le Pen contra el euro. Lo que no sabemos es si Macron podría aliviar las inercias del mal francés, entre otras cosas porque es un político sin partido. El apoyo generalizado que recibe para la segunda vuelta no implica apoyo posterior en la Asamblea Nacional. Si llega al Elíseo, Macron –por decirlo así- sería un Tony Blair pero sin partido. De las legislativas depende el futuro de las reformas propuestas por Macron y entra en los cálculos que deba presidir en régimen de cohabitación.

Para la segunda vuelta conviene preguntarse qué realmente harán –digan lo que digan sus líderes maltrechos- los votantes de Fillon, del partido socialista o de Mélenchon, sin olvidarse de quienes se abstuvieron en la primera vuelta y decidan votar en la segunda. Como en todas partes, el incremento de los porcentajes de indecisos también parece factible en el “ballotage”. Lo cierto es que se produce una factura entre la Francia metropolitana y la otra Francia, alarmada por la inmigración, herida por el paro y atemorizada por el terrorismo islamista. Esa fractura ha ido ahondándose año tras año, sin que la política liderase una regeneración de la vida pública francesa. ¿Qué pasó con la “douce France” y la Francia de la “grandeur” gaullista?

A la espera del “ballotage”, entre la truculencia de Marine Le Pen y el toque tecnocrático de Macron, las decisiones del electorado -47 millones de votantes- pueden depender de cualquier avatar. En el escenario más traumático, Le Pen gana el “ballotage”, generando una debacle en el sistema institucional y político de la Unión Europea. Al final, la pregunta ante las urnas de segunda vuelta puede ser: Le Pen o euro? Bueno, lo decía De Gaulle: “Todo francés desea beneficiarse de uno varios privilegios. Es su forma de afirmar su pasión por la igualdad”.

Alivio, y gracias, en Francia

Víctor de la Serna

Foto: PHILIPPE WOJAZER
Reuters

Emmanuel Macron, del que todos -salvo los cuatro gatos alocados que, por ejemplo, predijeron el triunfo de Donald Trump- esperan ahora que se convierta tras la segunda vuelta en el presidente más joven de la historia de la república francesa, es esencialmente un desconocido sin ideología claramente definida. Pero tal y como está el patio, ante rivales éticamente descalificados como François Fillon o políticamente deletéreos -antieuropeos, antiliberales -como Marine Le Pen o Jean- Luc Mélenchon, la probable victoria de Macron en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales es un bálsamo que este azacaneado mundo, que esta perturbada Europa, recibirán con alivio. El horno no está para muchos más bollos después de Trump, del Brexit, de Putin, de Kim, de Asad, del ISIS, de Maduro, del homicida Duterte…

Una cosa es el alivio y otra el futuro. Macron pertenece a esa generación un tanto indefinida que pasa de una carrera brillante en un banco de negocios a un Ministerio del Gobierno socialista de François Hollande y viaja, como Albert Rivera aquí, del “centro izquierda” al “liberalismo” sin dejar exactamente claro qué entiende por una cosa u otra. Habrá que esperar. Queda tras él una buena ley de comercio que liberalizaba bastante el corsé del sector, y eso representa una aceptable tarjeta de visita en un país tan intervenido, tan esencialmente antiliberal como es hoy Francia. Pero lo que le espera si gana la Presidencia es de otra magnitud. Empezando por la incógnita de la composición del Parlamento después de unas elecciones generales a las que Macron presentará un partido nuevo y sin respaldo definido.

La Francia que probablemente va a heredar Macron está empantanada social y económicamente, y el lastre de la feroz extrema derecha lepenista es su corolario político. No hay proyecto nacional claro y la asimilación de la población de origen inmigrante ha sido un fracaso doloroso, con esas ‘banlieues’ que son guetos apenas disimulados y fábricas de islamismo militante. La tarea será ingente. Y un inexperto político de 39 años va a tener que enfrentarse a ella.

Francia y Europa viven hoy, angustiadas, al borde de todo tipo de rupturas. Hasta el punto de que lo que no es más que un respiro es recibido con ciertas dosis de entusiasmo. Pero no nos engañemos: sólo se ha evitado lo peor. Y ojo a esa segunda vuelta…

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