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Antonio Pampliega: “El terrorismo es una agencia de marketing”

Clara Felis

Foto: Cecilia de la Serna
The Objective

Su mirada proyecta cierto cansancio y escepticismo. Es difícil recordar. También repetir el discurso e indagar en el inconsciente para detallar todo aquello que en su día enterró el sufrimiento. Los golpes. La escasa dieta de olivas y arroz. La pérdida del juicio. El nombre propio. La condición de ser humano.

Antonio Pampliega (Madrid, 1982) busca siempre una salida de emergencia y dirige su foco visual hacia ambos laterales. Es su manera de resetearse. De intentar no caer en el discurso lacrimógeno y sobreactuado. Le da prioridad a los datos, fechas y personajes. Las conclusiones que las saque el de enfrente. Periodismo sin aditivos: investigar, contrastar y escribir. El mismo método que ha empleado en todas las páginas que conforman En la oscuridad. Diez meses secuestrado por Al Qaeda en Siria (Ediciones Península, 2017), un extenso reportaje en formato libro en el que el periodista de guerra relata cada uno de los 299 días que pasó secuestrado por la organización terrorista. Los sueños de la guerra producen monstruos. La memoria también.

Jugabas habitualmente al ajedrez con Tom, como llamas en el libro a uno de tus secuestradores. ¿Cuál es la partida más difícil que tuviste durante tu cautiverio?

La partida más dura fue aguantar solo. Estar solo en una habitación sin poder salir de allí es muy muy duro. Te meten con todos tus fantasmas y te machacan psicológicamente porque te presionan para que digas que eres un espía y no un periodista. Yo sabía que si les decía algo al día siguiente me iban a cortar la cabeza. Tuvimos mucha suerte de que nos cogiera Al Qaeda, si hubiera sido el Estado Islámico nos parte por la mitad.

La escritura te salvó de caer en la demencia…

Cuando me separaron de mis compañeros me dieron papel y lápiz. Fue entonces cuando le iba contando a mi hermana lo que me ocurría, no todos los días, pero sí en momentos puntuales. Acordarme de las fechas y escribir era lo único que tenía para no perder el norte, aunque muchas veces estando solo ni me reconocía (resopla con cierto reparo).

“El terrorismo es una agencia de marketing”/ “En 140 caracteres no entra una historia” 2
Entrevista a Antonio Pampliega. | Foto: Cecilia de la Serna / The Objective

Con varios de tus captores hablas sobre sus motivaciones políticas y la defensa de la sharía. ¿Llegaste a comprender su comportamiento y el trato recibido?

Sí que acabas entendiendo por qué hacen ciertas cosas. Desde Europa a esta gente se les tacha de terroristas. Por ejemplo, Tom me decía que no quería ir a Europa, que lo único que deseaba era quitar a al Assad y vivir libre. Es entonces cuando piensas, ¡pero si mi abuelo hizo lo mismo hace 80 años! Cogió un rifle y se fue a combatir por la República. ¿Es mi abuelo un terrorista?

¿Has vuelto a saber de Usama, el contacto que te traicionó?

Me escribió hace poco pero no me interesa. No quiero saber por qué me vendió. Él dice que también fue víctima del secuestro, pero le pedí que no me escribiera más porque no quería saber nada de él. Me ha decepcionado.

¿Y nunca llegaste a sospechar de él?

Durante un año estuve trabajando el contacto de Usama. Pregunté a gente que conocía sobre el terreno, a compañeros que habían trabajado con él y todos me hablaban muy bien. Yo me fío de lo que dice un compañero porque cuando otros han ido a sitios donde yo he trabajado les he dejado mis contactos y mis traductores. Si un compañero me dice que el chaval es bueno, que habla buen inglés y que tiene buenos contactos, me fío de él.

¿Preguntar sobre el terreno, buscar fuentes, es algo que se ha perdido en el periodismo actual?

Para mí es la única manera de hacer periodismo. Ahora es todo a golpe de tweet y en 140 caracteres no entra una historia.

¿Crees que L.M., el ex militar que se presenta como tu amigo, buscaba reconocimiento?

Buscaba reconocimiento, por supuesto, pero quiero creer que lo hizo de buena voluntad. Él no pensaba que me iba a meter en un problema.

Y no sabes nada de él..

Desde 2016 no he vuelto a tener noticias suyas. Habrá leído las entrevistas y se daría cuenta del lío en el que me ha metido.

“El terrorismo es una agencia de marketing”/ “En 140 caracteres no entra una historia” 3
Antonio Pampliega. | Foto: Cecilia de la Serna / The Objective

Al inicio del libro describes cómo se te para el reloj de pulsera. Una señal, según indicas, de que las cosas no iban salir bien. ¿Sabías que esta iba a ser tu última vez en Siria?

Sí, yo sabía que nos iban a pillar. Si no era en esta era en la siguiente.Desde 2014 la situación había empeorado y cada vez te vas a arriesgando más. Sin embargo, cuando pasa no lo ves venir, no te lo esperas.

¿Merece la pena pagar para ir a la guerra?

Merece la pena contar la verdad. La guerra del freelance es cada vez más dura porque pagan peor y hay más competencia. Yo he ido a zonas de guerra donde periódicos me han pagado 35 euros a dividir entre el fotógrafo y yo por una crónica en Siria. El problema es que va a peor y el día de mañana nos extinguiremos como los dinosaurios. Por eso secuestran y matan periodistas, porque somos prescindibles.

Hay muchísimos chicos jóvenes que salen de la universidad con una cámara  y se van a Siria sin saber donde se están metiendo. Parte de la culpa tienen las redes sociales. Para nosotros, los free, las redes sociales son nuestro portfolio, nuestro currículum. Es el espacio donde colgamos todas las fotos, los textos y los vídeos. A él accede mucha gente, especialmente aquella que nos tiene como foco y piensa que puede hacer lo mismo.

¿Qué duele más, la culpa propia o las torturas de terceros?

La culpa propia (se queda en silencio varios segundos asimilando lo que acaba de decir). Es lo que más me dolió, porque las torturas las puedes llevar mejor o peor, pero la culpa propia es una losa complicada. Me sentía culpable de haber ido. Me sentía culpable de haberme equivocado con el fixer. Me sentía culpable de haber obligado a llevar a mis amigos a Siria. Me sentía culpable de haber mentido a mi familia, porque les dije que no iba a volver a Siria. Me sentía culpable de muchas cosas. Todavía hoy me siento culpable de algunas.

¿Qué muere de Antonio cuando nace Wail, el nuevo nombre que te asignan tus secuestradores?

Muere todo porque me lo quitaron todo. Te acaban anulando, ese es el objetivo. Cuanto más te aprietan más fácil eres de manejar. Al final del secuestro es cuando encuentro un poco de valor. Era como Alicia detrás del espejo. No sabía lo que era real o no.

¿Ir a la guerra también te convierte en un mercenario?

Sí, pero no solamente la guerra, aquí también hay historias que te pueden convertir en un mercenario. La gente va a la guerra porque es un chute de adrenalina, vanidad, ego. Busca reconocimiento. Lo digo porque he pasado por todas esas etapas. Yo quería reconocimiento, quería destacar, quería ser alguien importante dentro de la profesión y ¿qué es lo que más eco tiene dentro de nuestra profesión? Ser corresponsal de guerra. A mí se me ha reconocido porque me han secuestrado pero si valgo ahora no es por el secuestro, yo era bueno o malo antes.

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Antonio Pampliega. | Foto: Cecilia de la Serna / The Objective

¿Cuánto marketing sustenta este tipo de terrorismo?

El terrorismo es una agencia de marketing. Ahora mismo la marca del Estado Islámico pesa mucho más que la de Al Qaeda, y todas las que formaban parte de ella son ahora del Estado Islámico. Boko Haram, por ejemplo. Son los mismos con el mismo ropaje y mismos objetivos: Sembrar terror.

¿Cómo se puede frenar este conflicto y qué papel juegan los distintos organismos internacionales como la ONU?

La gente se echó a manos del Estado Islámico porque no se aguantaban unos a otros. En Mosul los que estaban gobernando eran chiitas, pero el 90% de Mosul son sunitas. Los chiitas masacraban a los sunitas. Ese es el problema. Hay sumisión y hay miedo, pero hay gente que se lo cree y quiere eso a otras cosas. Contra eso no se puede luchar. Es imposible. No hay solución.

No creo en los organismos internacionales porque parte de los que cortan el bacalao son los que te venden las armas. Naciones Unidas es un cáncer y tiene parte de culpa en todo esto. En Sudán del Sur no puedes ir a un campo de refugiados ni un sábado ni un domingo porque los cooperantes están de barbacoa y tienen que  descansar. A la prensa no la dejan entrar en los campos de refugiados. Esto es verídico y me ha pasado. Gervasio Sánchez tiene una frase que me gusta mucho en la que dice que las guerras dejarán de existir en el momento en el que dejen de ser rentables.

Llama la atención que los propios secuestradores dejaran al alcance los cuchillos y nunca les atacarais..

Éramos más en número, teníamos cuchillos y sabíamos dónde estaba el kalashnikov que guardaban, pero para matar hay que valer. Yo no valgo.

¿Crees que el suicidio es un acto valiente?

Visto desde aquí no. Allí, con esas circunstancias, era mi vía de escape. Quitarse la vida nunca es valiente.

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Continúa leyendo: Ander Izagirre: “No tengo una idea demasiado elevada de mi trabajo”

Ander Izagirre: “No tengo una idea demasiado elevada de mi trabajo”

Jorge Raya Pons

Cada libro de Ander Izagirre es como un respiro: Ander es uno de los últimos románticos del oficio y su voz sirve como luz que guía a los periodistas que vienen. Ander es un hombre humilde que no alardea, que no presume, que ejemplifica el significado de sencillez y que mide cada palabra que emplea. Pero esto lo iremos descubriendo. Porque cuando Ander habla, lo hace con mesura, sereno, aunque poco a poco se suelta, bromea, se confiesa. Su trabajo como periodista es meritorio y valioso, encarna el periodismo de siempre, el que se pierde, el que requiere tiempo y valor y paciencia y un determinado sentido de la responsabilidad que solo se comprende desde la perspectiva del que asume el periodismo como un propósito, como algo más.

Acaba de llegar a las librerías Potosí (Libros del K.O.), un libro que es un reportaje y una novela y que nos abre un mundo minero violento, supersticioso, injusto, donde la explotación y la miseria lo impregnan todo, donde el protagonista es un Cerro Rico que es un infierno en la Tierra.

“Muchas veces los periodistas vemos lo que queremos ver”, me dice Ander. “Yo viajé por primera vez a Bolivia hace siete años para contar el trabajo infantil en las minas. Conocía la situación y fui a buscar una historia. Pero decidí estar un tiempo en el sitio y eso me permitió conocer a más gente, y entonces comenzaron a aflorar otras historias”.

Un minero boliviano traslada minerales en la mina del Rosario, en Potosi. (Foto: David Mercado/Reuters)
Un minero boliviano traslada minerales en la mina del Rosario, en Potosi. (Foto: David Mercado/Reuters)

Ander quería explicar qué tipo de mundo conduce a una niña como Alicia, de doce años, a verse obligada a trabajar en una mina en peligro de derrumbe constante, sin seguridad laboral, cobrando un sueldo de miseria, sin cobrarlo, rompiéndose la espalda y renunciando a cualquier futuro. O cómo viven y mueren los tipos sin nombre en las minas, en accidentes o por enfermedades como la silicosis, que a duras penas les permite cumplir los 30 años, descabezando a las familias y dejándolas a merced de los explotadores.

Azarosamente, el cronista encontró otro mundo paralelo que no es noticia, que es ignorado, que las mujeres sufren en silencio y que los niños pronto entienden. Un machismo y una vileza que está profundamente arraigado en el espíritu minero:

“Las noticias eran los derrumbes en la mina, los problemas laborales, pero nunca las palizas, las violaciones incluso dentro de las familias. Eran casos horribles. Yo me metí en un universo minero con unas características bien conocidas: los mineros como héroes, como protagonistas de la lucha política, como huelguistas que acaban con dictaduras, como personajes admirados. Pero me di cuenta de que ese papel de minero duro tiene otra cara. Es alguien que sufre el infierno y que luego se lo hace pasar a otro, al más débil. Ese minero explotado se convierte en explotador y lo paga con el último, que suele ser una mujer o un crío. De esto me di cuenta en el segundo viaje”.

“Alicia es la demostración evidente de que hay lugar para la esperanza”

Ander, con todo, también se esfuerza por mostrar la cara luminosa, el lado amable de ese mundo: si bien hay miseria moral y económica, existen motivos para creer en que nada es para siempre, que hay vida más allá de Potosí, que algunos lo lograrán:

“Alicia es esa demostración evidente de la brutalidad de un sistema, pero también que hay lugar para la esperanza. A mí me asombraba la lucidez y la conciencia política de esta niña, que se organizaba con otras en asambleas de menores trabajadores y que fue hasta el Congreso en La Paz para leerle una carta al presidente, Evo Morales. Es una persona especial, capaz de imaginar una vida distinta. Las madres y los mineros ya están resignados a esa realidad que les ha tocado vivir. Pero esta niña es la que se dice que va a estudiar para conseguir otro trabajo y salir de allí”.

Varias familias mineras del Potosí, reposando. (Foto: David Mercado/Reuters)
Varias familias mineras del Potosí, reposando. (Foto: David Mercado/Reuters)

La infancia de Ander no tuvo nada que ver con la de Alicia. Él nació en San Sebastián en 1976, en un lugar y en un tiempo donde todo volvía a ser nuevo; no era San Francisco en los años sesenta pero sí una ciudad que se abría al mundo. Ander adora Donostia y no la ha abandonado nunca. “Yo soy consciente de mi fortuna, más después de viajar por el mundo y ver sociedades tan distintas”, me dice. “He tenido suerte porque podría haber nacido en Berlín en los años 30 o en Níger en cualquier época”. Pero Ander creció en una casa feliz donde la lectura y el ciclismo compartían pasión y espacio.

­“Yo competí en ciclismo hasta los 20 años, el ciclismo me apasiona. Yo creo que de adulto no te puedes enganchar a algo con ese entusiasmo. Cuando me recuerdo de pequeño, me veo leyendo cómics y novelas de Julio Verne. Era la épica que me nutría, las historias que me flipaban. Pero el ciclismo estaba en esa misma categoría, aunque con la ventaja de que yo salía a la calle y Cabestany podía firmarme un autógrafo. Cabestany era mi ídolo, como el capitán Nemo [protagonista de 20.000 leguas de viaje submarino, de Verne], solo que el capitán no me podía firmar autógrafos”.

Fue un niño muy curioso. Resulta significativo ese afán de coger la bicicleta y marcharse, de viajar, de descubrir, de dejar la mente en blanco y mirar nada más que la carretera y la montaña, sentir los golpes de pedal como las pulsaciones o como respirar: como algo en lo que uno no repara, pero que te mantiene vivo. Luego fue viajando más y más lejos, hasta Bolivia, hasta Groenlandia, de continente en continente, y sin darse cuenta había encontrado aquello que le hacía feliz.

Portada del último libro de Ander Izagirre. (Fuente: Libros del K.O.)
Portada del último libro de Ander Izagirre. (Fuente: Libros del K.O.)

“Las historias de aventuras que me gustaban de pequeño fueron un primer sustrato, pero luego pude conocer a gente viajera”, ahora habla despacio, como recordando cada momento. “Nada más acabar la carrera me fui en un viaje al punto más bajo de cada continente, aquello fue para mí como un máster. Una vuelta al mundo de la mano de Josu Iztueta, que es un viajero de Tolosa. Para mí eso fue un filón: ahí descubrí cuánto me gustaba viajar, cuánto me gustaba contar historias. Me interesa la variedad de modos de vida que hay en el planeta. ¿Cómo vivirán en Groenlandia?, ¿cómo vivirán en el país más caluroso del mundo? Ahora puedo decir que he estado en esos sitios”.

Pero a veces, le digo, debe ser difícil para uno pasar tanto tiempo fuera, que a uno lo comprenda la familia, los amigos, la pareja. Ander se sorprende: “Tampoco viajo tanto, lo que pasa es que cunde mucho”. Y luego ríe. “Está claro que al principio tu entorno quiere que tengas un trabajo en el periódico de tu ciudad. Es normal. Pero de muy joven empecé a viajar y mi vida es muy sencilla: no tengo hijos, no tengo casa en propiedad, no tengo coche. Necesito poco. Como escribo tanto parece que esté todo el día fuera, pero la realidad es que el 80% de mi tiempo es estar delante del ordenador, en casa. Mi trabajo es de oficinista y de vez en cuando salgo a buscar historias”.

Este trabajo le ha valido numerosos premios en algo menos de veinte años de trayectoria, y me dispongo a enumerar solo unos pocos: el Premio Rikardo Arregi en 2001 al mejor trabajo periodístico del año en euskera por sus crónicas sobre el viaje alrededor del mundo; el Premio Marca de literatura deportiva 2005 por el libro Plomo en los bolsillos, con historias no tan conocidas del Tour de Francia; el Premio de la Asociación de la Prensa de Madrid de 2010 por el reportaje Mineritos, semilla de Potosí, y que también mereció el Premio Manos Unidas de ese mismo año; o el prestigioso Premio Europeo de Prensa en 2015 por el reportaje Así se fabrican guerrilleros muertos.

Los enumero no tanto por mostrar sus logros como para enlazar con una cuestión puntiaguda y que afecta a esta profesión: el imperio del ego. Porque Ander, aun siendo uno de los grandes cronistas en castellano, parece generar anticuerpos contra la vanidad:

Yo soy muy inseguro de mi trabajo. Los reportajes son más fáciles de manejar, piensas que han salido más o menos bien, puedes sentirte orgulloso de tu trabajo. Pero yo tengo la impresión de que nunca termino de rematar bien las cosas. Tendrá que ver con el carácter –en este momento duda, crea un silencio–. No tengo una idea demasiado elevada de mi trabajo. Uno debe asumir que es imperfecto. Sé que he hecho algunas cosas bien y que hay gente que quiere publicar mis libros. Pero hay muchos periodistas haciendo cosas más valiosas, y esto te lo digo de corazón”.

“Siempre tengo la sensación de haber desperdiciado la oportunidad de contar una buena historia”

Hace dos años, Ander llevó los fragmentos todavía inconexos de Potosí a los talleres de escritura que organiza la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), impulsada por Gabriel García Márquez en 1995, que cuida y premia el periodismo narrativo –o, mejor dicho, el periodismo de calidad–. Compartió horas con otros escritores latinoamericanos para retroalimentarse, para mejorar sus obras, todo el rato ante la mirada atenta del maestro Martín Caparrós, lo cual es un privilegio:

“Fui hace dos años con este libro a medias. Para los que somos escritores solitarios se aprecia esa mirada externa. Yo, por ejemplo, siempre tengo la sensación de haber desperdiciado la oportunidad de contar una buena historia. Pero uno debe asumir que es imperfecto. Ese taller fue muy útil: le di varias vueltas al libro que no le hubiera dado de lo contrario. Este año también fui, pero como ayudante de Caparrós, tomando notas y escribiendo los informes”.

Ander espera poco –o mucho– de la vida; solo seguir viajando, seguir escribiendo, seguir conociendo. Llegado el momento, le pregunto cómo se imagina en 30 años, cómo le gustaría ser recordado. Pero son cuestiones que no le preocupan; Ander persigue otras metas:

“Yo solo espero llegar a los 70 con buena salud, la curiosidad despierta y contando historias. Mi esperanza es seguir haciendo lo mismo que ahora. Quizá con 70 no pueda ir a un campamento en Pakistán, pero sí hacer otras cosas. En cuanto a la trascendencia, lo que me importa es la gente que me rodea: mi familia, mis amigos y mi novia. El resto del mundo, si aprecia mi trabajo, bien. Pero si se olvida de mí, no me importa. Yo soy feliz así”.

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Libros del K.O., dando la pelea en el ring editorial

Jorge Raya Pons

Foto: Jorge Raya
The Objective

A los tres meses de arrancar, Libros del K.O. estuvo a punto de echar el cierre. “Creo que el concepto de ‘plan de negocio’ lo aprendimos tarde”, bromea Álvaro Llorca, cofundador de la editorial. Después de seis años, se permiten estirar un poco las piernas, relajar los puños. Libros del K.O. se ha convertido en una de las editoriales independientes más destacadas en España, y en parte ha sido gracias a apostar por aquello a lo que tantos renunciaron, que es al periodismo calmado, en profundidad, bien escrito.

Libros del K.O. es el resultado de un cúmulo de fracasos y desengaños. Cuando Álvaro se decidió junto a Emilio Sánchez Mediavilla a montar una editorial, aquello pareció una locura. Es habitual, en cierto modo, que los jóvenes periodistas, cuando tienen pretensiones, sueñen con la revista perfecta, con grandes entrevistas, grandes fotografías, grandes historias. Hacer un New Yorker en castellano. Solo que ellos, lejos de perseguir la revista, se lanzaron a vender libros. “¡Visionarios!”, que dicen en su Facebook. Hay un teletipo grandilocuente que salió de la agencia EFE y que publicó La Vanguardia en abril de 2011: “Libros del K.O. nace con la idea de recuperar el género periodístico”. Eso es apuntar alto.

Libros del K.O., dando la pelea en el ring editorial
Alberto Sáez y Álvaro Llorca, socios de Libros del K.O. | Foto: Jorge Raya/The Objective

Antes de enrolarse en la editorial, Álvaro escribía para un periódico y las circunstancias no eran las mejores. “Trabajaba en una redacción de falso colaborador, sin contrato”, explica, algo indignado. “Cuando llegaron los recortes me ofrecieron una revisión del no contrato, me querían pagar todavía menos. ¡Aquello era un chiste!, ¡era insostenible!, con unas condiciones laborales horribles y claramente injustas. Yo hacía un trabajo de subir teletipos, de vez en cuando hacía otras cosas, pero era secundario. En esa situación era muy fácil decantarse por otra cosa”.

Alberto Sáez, que es el contable de la editorial, el hombre que se ocupa de las cuentas, se incorporó al tercer mes, cuando aquello estaba al borde del descalabro; de alguna forma no quedaba dinero y los ingresos parecían lejanos, era el final del sueño. Álvaro y Emilio le propusieron entrar en el grupo, incorporarse como socio, y él reconoce que no dudó un instante: “Nos vino en un momento vital complicado, en plena crisis”. Alberto es economista y estuvo cerca de tener su propia librería en el barrio de Malasaña, en el centro de Madrid. Estuvo haciendo números, hizo un plan de negocio, y finalmente vio que aquello no era rentable, que era demasiado arriesgado para salir adelante: “No di el paso y siempre me arrepentiré”.

“Queríamos reivindicar el periodismo, sí, pero también crear un ambiente mejor al que nos hemos encontrado”

Después de un año 2016 tan bueno en las ventas, han creado un colchón económico que es un alivio. “Como la caja de pensiones para el Gobierno”, dice Alberto, que ahora ríe. “Insistimos mucho en ello, pero es que fue muy difícil al comienzo. Hemos tenido meses en los que los números no salían en un mes. Ni en otro. Ni en el siguiente. Tuvimos las nóminas congeladas…”.

Cuando nació el proyecto, el lema de la editorial decía Todo va a salir mal, y nos parece estupendo, pero ahora repetirlo sería engañoso. El equilibrio en las cuentas les ha permitido arriesgar un poco y apostar por autores noveles y primeras publicaciones, a veces incluso por libros que se sabe de antemano que venderán poco, aunque en ocasiones salta la sorpresa. La idea de estos jóvenes que fruncen el ceño si se les llama emprendedores va más allá de la publicación; aspiran a crear comunidad. “Fue casi una decisión política”, sostiene Álvaro, con gran entusiasmo. “El negocio no es solo vender libros. Hemos tratado de guardar un trato muy directo con los autores, trabajar mucho los textos, debatirlos, ser muy cuidadosos. Queríamos reivindicar el periodismo, sí, pero también ayudar a crear un ambiente mejor al que nos hemos encontrado”.

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Álvaro Llorca, leyéndole ’10 ingobernables’ a Alberto Sáez. | Foto: Jorge Raya/The Objective

Álvaro cuenta que la labor que ejercen de edición es muy minuciosa, muy detallista, a veces puntillosa. Buscan que sus libros sean piezas artesanales que van tomando la forma debida a lo largo de las semanas, con el paso de los meses, y el trabajo, constante, pesado, suele concluir con un resultado gratificante. “Damos mucho la lata a los autores”, reconoce Álvaro. “Pero también es cierto que luego la mayoría de escritores repite con nosotros, y eso es un orgullo”.

Esa estabilidad de la que ahora hablamos no sería posible de no haber publicado determinados libros. Fariña, de Nacho Carretero, es de lejos el más vendido. También otros libros, como Plomo en los bolsillos, de Ander Izagirre, que salió en 2012 cuando las ventas eran un desastre. “En su tiempo lo llamábamos Lomo en los bolsillos porque era el libro que nos daba de comer”, dice Álvaro, y nos reímos todos.

“Al principio estábamos como en la Bolsa, con cada libro que vendíamos queríamos tocar la campana”

Cuentan que Ander es el prototipo de reportero que admiran, ese perfil de periodista con botas, con una visión que va más allá de lo caduco. “A nosotros nos gustaría que nuestro catálogo se pudiera leer dentro de diez años y el libro no perdiera vigencia, que sirva como reflejo de la época en que se escribió”, dice Alberto. “Nosotros queremos huir de esa actualidad sin reposo. Y el formato libro se presta a ello”.

Un problema con el que suelen encontrarse es que las propuestas que llegan son sobre temas de política internacional, de guerras en otros países, de conflictos. “Nos hemos dado cuenta de que en España no hay una mirada periodística hacia cosas que ocurren en el barrio de al lado y que probablemente tengan una gran historia detrás. No tenemos ese hábito, y es una de nuestras reivindicaciones, hablar de realidades españolas”.

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Portada de ‘Plomo en los bolsillos’, de Ander Izagirre. | Fuente: Libros del K.O.

Ahora van a sacar un libro sobre la España rural, justo en el momento en que esta suerte de subgénero parece haber pasado de moda, tras un éxito fugaz de libros como La España vacía, de Sergio del Molino. Pero no es esta una cuestión que les inquiete, asumen que es parte de su filosofía. “Si no sacamos los libros con prisa”, dice Álvaro, “es porque hemos tratado mucho el texto con el autor, porque aportamos un toque artesanal que la mayoría de editoriales no tienen”.

Los chicos del K.O. esperan con entusiasmo la llegada de la Feria del Libro, que comienza el 26 de mayo, como una forma de interactuar con su público. Porque editar los libros implica muchas semanas de encierro, de no ver a nadie, de ser un hombre de interiores. “Esta labor no te permite tener contacto directo con tus lectores, es bastante de puertas adentro. Yo alucino con que tanta gente compre nuestros libros, es que me gustaría abrazarlos uno por uno. La Feria del Libro te permite verlos en persona, me parece muy emocionante”, dice Álvaro, como contando las horas.

Este año volverán a tener caseta, compartida como de costumbre. Antes, recuerdan, cada vez que les hacían un pedido de diez libros les daban ganas de descorchar una botella de champán. “Pero no podíamos”, bromea Alberto. “Era más cara que los libros”. Álvaro asiente con la cabeza: “Al principio estábamos como en la Bolsa, con cada libro que vendíamos queríamos tocar la campana”. La empresa, probablemente, no llegará a generar ingresos inmensos, pero esto es algo con lo que ya contaban. “Qué forma más tonta de tirar la pasta por el desagüe”, pensó en los primeros meses Alberto, que sonríe. “Pero mira, cinco años después estamos viviendo de esto y encantados. Pase lo que pase dentro de seis meses, o de un año, todo este recorrido, lo bien que nos lo hemos pasado, no nos lo quitará nadie”. A fin de cuentas, no montaron la editorial para hacerse ricos. “Y si lo hicimos”, concluye, “no lo estamos consiguiendo”.

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AK-47, el arma que todos los combatientes quieren

Rodrigo Isasi Arce

Foto: ILYA NAYMUSHIN
Reuters/File

Mozambique es la única nación que lo tiene en su bandera, Zimbawe, Timor Oriental y la Guardia Revolucionaria de Irán, en sus escudos, Emir Kusturika le dedica una canción, Sadam Hussein tenía uno de oro. El Automat Kaláshnikova de 1947 es el arma más vendida del mundo, el más imitada, el más fabricada y el que todo combatiente desea poseer y disparar, al menos una vez en la vida. Tanto es así, que se dice que los soldados americanos que combatían en Vietnam, abandonaban su rifle M16 y recogían los AK-47 de los enemigos porque eran mucho más fiables y no se atascaban. En la actualidad los infantes de marina de EEUU llevan cargadores de AK-47 debido a lo común que es el arma.

Pero el AK-47 es también el arma más mortífera del mundo. Aproximadamente 250.000 personas mueren cada año, según Amnistía Internacional, por balas de los Kalashnikov. No obstante, el propio Mijaíl Kaláshnikov nunca se reprochó a sí mismo la sangre derramada como consecuencia de su invento, argumentando que él creó este rifle para proteger a su patria. “Duermo bien. Los políticos son los culpables de no haber llegado a un acuerdo y recurrir a la violencia”, dijo en 2007.

El AK-47, de 4,3 kilogramos de peso, sin contar la munición, es también una de las armas más extendidas por el mundo, y desde la propia compañía nos aseguran que se han producido más de 70 millones de rifles de asalto Kalashnikov de varias modificaciones.

Rifle de asalto AK-47 de oro de Sadam Hussein en la Agencia de Inteligencia de Defensa en Washington | Foto: Cliff Owen/AP Photo File

Mijaíl Kaláshnikov, quien era un comandante de carros de combate durante la Segunda Guerra Mundial, comenzó su carrera como diseñador de armas después de sufrir una lesión en el hombro durante la Batalla de Briansk, ciudad rusa situada a 380 km al suroeste de Moscú. Durante su estancia en el hospital en 1942 escuchó a los soldados heridos quejarse de los rifles soviéticos y decidió inventar un arma nueva.

El primer fusil Kaláshnikov fue producido en 1947, y rápidamente se convirtió en el fusil de asalto estándar del Ejército de la Unión Soviética (URSS) y luego del Ejército ruso desde 1949, por lo que su creador fue galardonado con el Premio Stalin y la Orden de la Estrella Roja. Mijaíl Kaláshnikov escribió en sus memorias que “con un arma no se puede arar la tierra ni cultivar cereales, pero sin ella uno no podrá defender su tierra natal, ni proteger la patria y a su pueblo”.

AK-47, el arma que todos los combatientes quieren
Mikhail Kalashnikov muestra un modelo de su rifle de asalto AK-47 | Foto: Vladimir Vyatkin/AP Archivo

Pero el AK-47 no solo se fabrica en Rusia, son más de 30 los países que tienen los derechos de reproducción de este arma, entre ellos China, Israel, India, Egipto, Bulgaria y Nigeria, y más de 100 en los que sus Fuerzas Armadas, o al menos una parte de ellas, los utilizan.

Ni aun cubierta de arena o barro, sumergida bajo el agua o a 30 grados centígrados bajo cero, deja de disparar en torno a 600 balas por minuto. Esto la convierte en el arma más fiable del mundo. Su bajo costo de fabricación y de adquisición ha hecho que se convierta en el arma preferida de algunos ejércitos y de muchos grupos insurgentes y terroristas. Osama Ben Laden no podía separarse de su AK-47, al menos en sus comparecencias televisivas. Según algunos informes, fue EEUU el que le entregó al fundador de Al Qaeda su primer AK-47 para luchar contra los soviéticos en Afganistán.

Según Michael Hodges, autor del libro AK-47: La historia del arma del pueblo, el número de kalashnikovs en el mundo podría ascender a 200 millones. Un kalashnikov cada 35 personas. Se siguen fabricando de forma legítima en más de 30 países, con China como principal fabricante y el mercado internacional como destino. Pero las armas fabricadas legalmente pueden transformarse rápidamente en contrabando ilegal. El principal mercado de exportación de China son los estados africanos, donde muchas veces terminan en el mercado negro porque los soldados mal pagados las venden, o porque algunos estados las emplean para armar con ellas a fuerzas rebeldes de otros países.

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Copia estadounidense de un AK-47 en Idex 2017 | Foto: Rodrigo Isasi

El AK-47 entró en el Libro Guinness de los Récords como el arma más extendida en el mundo, con más de 100 millones de rifles en uso.

Tan demandada es el arma, y tan bien se conserva con el paso de los años, que a día de hoy sigue estando presente en los mostradores de las principales ferias de Defensa del mundo, como Idex, la más importante del sector en Oriente Próximo. Kalashnikov Corporation no duda en presentarla en sociedad allá donde va, acompañada de sus “hermanas” más modernas o incluso de otras armas de la compañía con fines deportivos y no militares. Y es que no en vano hay que recordar que son muchas las Fuerzas Armadas de esta región las que utilizan el AK-47, como el ejército sirio, el jordano o el iraquí, entre otros.

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Balas de AK-47 en Idex 2017 | Foto: Rodrigo Isasi

La corporación Kalashnikov ha comunicado que ha lanzado un plan de contrataciones para aumentar un 30% su fuerza laboral debido al creciente aumento de pedidos de exportación. En concreto, este plan contempla contratar 1.700 personas que se incorporarán a la actual plantilla de 6.500 trabajadores.

Es tan fácil disparar este rifle que hasta los niños podrían hacerlo, y de hecho, por desgracia, lo hacen. No es difícil ver imágenes de niños en Siria, Yemen, Palestina o Somalia, por citar solo algunos, empuñando un AK-47. En Rusia, todavía se siguen realizando campamentos militares de verano en los que los niños son instruidos en el manejo de este arma, y en Estados Unidos, muchos padres llevan a sus hijos a campos de tiro para practicar con este u otros rifles similares. Según un reciente estudio de los Centros de Control y Prevención de Enfermedades (CDC), publicado por Pediatrics el 19 de junio de 2017, en EEUU, cada día mueren o resultan heridos cerca de 19 menores por armas de fuego.

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Un niño ruso apunta un rifle Kalashnikov en un campamento de verano de estilo militar para los delincuentes juveniles | Foto: Sergei Karpukhin/Reuters File

El comercio de armas

En España están prohibidas este tipo de armas, que se consideran de guerra. En nuestro país existen a día de hoy 10,4 armas de fuego por cada 100 personas, según los datos de la Oficina de Naciones Unidas Contra la Droga y el Delito, en un ranking mundial que lideran Estados Unidos (88,8) y Suiza (45,7). Pero no se puede adquirir ningún tipo de arma automática, de esas que, como establece la ley desde 1993, se recargan “automáticamente después de cada disparo y con las que es posible efectuar varios disparos sucesivos mientras permanezca accionado el disparador”. El AK-47 no solo se considera arma de guerra por su automatismo, sino también por el calibre de munición que utiliza: 7,62 milímetros. Y la ley establece también que están prohibidas las “armas de fuego o sistemas de armas de fuego de calibre inferior a 20 milímetros cuyos calibres sean considerados por el Ministerio de Defensa como de guerra”.

El principal flujo de AK-47 de contrabando hacia Europa central proviene de los países balcánicos que formaban la antigua Yugoslavia y Albania. Otro de los principales campos de adquisición de armamento es la Darknet, donde los usuarios comparten información y contenidos digitales de manera privada y es posible adquirir de manera ilegal drogas, armas y pornografía infantil.

El bajo coste de fabricación siempre ha sido una de las ventajas más importantes del AK-47. El precio promedio global del rifle de asalto se estimó en 534 dólares en 2005, según el economista de la Universidad de Oxford Phillip Killicoat. Aunque en los países africanos el precio del AK-47 es, en promedio, unos 200 dólares más barato.

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Muere el fotoperiodista Jeroen Oerlemans por los disparos de un francotirador del Estado Islámico

Foto: AFP PHOTO

El reputado fotoperiodista holandés Jeroen Oerlemans falleció el domingo tras recibir en el pecho varios disparos de un francotirador yihadista. El periodista se encontraba cubriendo la ofensiva entre las fuerzas del Gobierno de Unión Nacional – GNA – y el ISIS.

Su cuerpo se encuentra en el hospital de Misata, a unos 200 kilómetros de Sirte, donde fue trasladado cuando fue herido no pudiéndose hacer nada por su vida. Oerlemans trabajaba para varios medios, incluyendo la revista semanal belga, Knack, que ha confirmado su muerte. “Deseamos a su familia mucha fuerza”, indican en su página web. Cientos de personas también han querido rendir homenaje al fotoperiodista en las redes sociales con mensajes de cariño y afecto. Por su parte, el embajador holandés en Libia, Eric Strating, dejaba el siguiente mensaje en Twitter: “Sus fotografías de Sirte, Libia y otros lugares vivirán por siempre”.

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