Hola, ¿qué estás buscando?

de resultados

No se ha encontrado ningún resultado

Ver más

Arte y enfermedad: Desmontando el cuerpo enfermo

Beatriz García

Foto: Isadora Newman

Somos la suma de historias que llevan contándose sobre nosotros desde que el mundo es mundo. Mitologías que hemos asumido como verdades en una sociedad donde todo es blanco o negro, bueno o malo, vivo o muerto, normal o monstruoso. Y, sobre todo, sano o enfermo. Pero, ¿qué es exactamente un cuerpo enfermo? ¿Qué significa tener salud y en comparación a qué? ¿Quién narra nuestros cuerpos? ¿Quién los diagnostica y legisla sobre ellos? Desde luego, no nosotros. Sin embargo, el arte se ha convertido en un espacio sin juicios, a caballo entre lo terapéutico y lo combativo, para transitar la enfermedad de una forma nueva. 

Para la fundadora del proyecto de investigación artística Oncogrrrls, Caro Novella, el arte y la enfermedad son ensayos, ponen del revés lo dado por sentado respecto a la vida y nos obligan a explorarla desde nuevos ángulos. “Hace seis años me diagnosticaron un cáncer de mama. La vida conocida se desbarajusta en ese momento y decidí trabajarlo como un proceso artístico y convertirlo en el tema de mi tesis. En 2011 conseguí juntar a un grupo de mujeres y trans que habían sido diagnosticadas o vivían la enfermedad de cerca y planteamos un proceso de investigación corporal alrededor de preguntas que nos molestaban, como por ejemplo la idea que se tiene de la enfermedad como un paréntesis en tu vida en que no puedes hacer nada más que macramé. Si una mujer joven tiene cáncer deja de ser productiva porque ya no trabaja, y también reproductiva y sexual. Hay un montón de mitologías dadas: silencios y estigmas en forma de prótesis y pelucas, la eterna pregunta de ‘¿por qué yo?’ culpabilizando a la enferma de que comía mal, o la onda ‘new age’ de que se llevaba mal con su padre. Las historias que nos contamos tienen mucho que con cómo vivimos la enfermedad. El cáncer es percibido en nuestra sociedad como un alien contra el que hay que luchar, pero mi enfermedad fue una época para buscar otras maneras de entender estas mitologías que no te dejan vivir”.

Arte y enfermedad: Desmontando el cuerpo enfermo
Jornadas oncopoéticas en Zaragoza. Foto: Keka López.

Y eso mismo fue lo que hizo la activista y madre del postporno Annie Sprinkle cuando le detectaron un cáncer de mama: crear una erótica del cáncer documentando todo el proceso junto a su pareja, la artista Beth Stephens. Un cuerpo enfermo pero orgulloso más allá de paréntesis y estigmas.

Artistas y brujxs

La vida del performer mexicano Felipe Lechedevirgen Trimegisto es como para un escultor la arcilla, la materia prima de su obra. Tiene 26 años y durante diez de ellos convivió con una insuficiencia renal crónica, una condición degenerativa e incurable en la que el funcionamiento de los riñones va disminuyendo paulatinamente. Cuando entendió que se encontraba en una etapa terminal convirtió su experiencia y todos los cambios fisiológicos, quirúrgicos y emocionales que le afectaban en el centro de su obra. “Fue una forma de resistir y confrontar los peores dolores, la peor angustia, el peor miedo, la peor desesperación, pero también una manera de entender mi propia fragilidad y la de todo lo que nos rodea, la finitud de las cosas. Una manera de querer escapar de mi propio cuerpo y aprender a amarlo, y de aceptar que podía morir y a la vez entender qué es estar vivo”, cuenta.

“Vivimos mientras morimos, como una hoguera que arde mientras se consume, y lo único que queda es preguntarse qué es lo que vas a hacer aquí y AHORA” – Lechedevirgen

Para Felipe la enfermedad se nos presenta como esfinge y como acertijo – “A mayor prueba, mayor conocimiento”-, y aunque resolver el enigma no garantice la supervivencia, reafirma la vida. “La paradoja consiste en que no es lo mismo estar vivo que estar viviendo, como no es lo mismo estar muriendo que estar muerto. La diferencia radica en la conciencia. Vivimos mientras morimos, como una hoguera que arde mientras se consume, y lo único que queda es preguntarse qué es lo que vas a hacer aquí, en este maravilloso y cruel mundo, ahora que tienes la oportunidad de hacerlo y cuánto valoras el organismo que te mantiene con vida”.

Arte y enfermedad: Desmontando el cuerpo enfermo 1
Naturaleza muerta. Foto: Manuel Vason, 2016.

Uno de sus performances, ‘Los Campos Del Dolor’, está inspirado en la vida de José de Jesús Constantino Síntora, que era conocido como “El Niño Fidencio”, un taumaturgo y curandero del norte de México famoso por su habilidad de curar prácticamente cualquier enfermedad con métodos muy poco convencionales, que iban desde subir a los enfermos a un columpio, abrirlos sin anestesia con vidrios de botellas rotas, sumergirlos en una charca de aguas negras sulfurosas o asustarlos con la persecución de una puma chimuela llamada Concha. “Soñé con El Niño hace aproximadamente tres años, lo vi extirpando de dentro de mi cabeza, a través de mi sien derecha, un tejido luminoso parecido al de una neurona. Desde ese momento dejé entrar al niño en mi vida y en mi obra”, explica Felipe, a quien en marzo de 2017 le realizaron un trasplante que salvó su vida.

Los pesos de un órgano

Dice la escritora feminista Silvia Federici que en un sistema capitalista el útero de las mujeres es considerado una fábrica de trabajadoras. Y el de la performer y activista Dani D’Emilia medía 15 centímetros. Un órgano, cuenta, atravesado por multitud de cortes sociopolíticos y presiones, como el de todas nosotras, que había ido creciendo fruto de un mioma. “Eso me llevó a cuestionarme durante mucho tiempo lo que significaba para mí la maternidad. ¿Existen otras maternidades posibles a las que podemos acceder, otras narrativas que parir y que nos hagan la vida más vivible a las personas que no nos identificamos con narrativas hegemónicas? ¿Qué significa parir? Jamás he tenido la fantasía heteronormativa de ser madre ni me he identificado del todo como mujer, pero me sentía como si estuviera embarazada de algo y me di cuenta de que era de mi propio útero, que había otras posibilidades de vivir mi cuerpo”, afirma. De forma que decidió que se sometería a una histerectomía como si fuera un parto y encontró en Brasil a un equipo de médicos dispuestos a documentar el proceso y devolverle el órgano que había engendrado.

“Creo que el arte nos ayuda a procesar cosas demasiado grandes para nosotros, porque es un lugar donde las contradicciones se pueden vivir a fondo” – Dani D’Emilia.

“El hospital lo mantiene durante tres meses antes de ser incinerado, pero conseguí llevármelo en dos semanas. Es un momento curioso ir a la morgue, porque te lleva a pensar muy concretamente en tu útero como un lugar donde se maneja al mismo tiempo la vida y la muerte. Te ves a ti misma diciendo: ‘Hola, he venido a buscar mi útero de un kilo’, y la gente te pregunta por qué lo haces y se dejan atravesar por esta posibilidad. Te contestan: ‘Claro, tienes derecho a llevártelo. Es tuyo’”. Su madre y ella sostuvieron el útero, lo miraron con ternura y curiosidad, y entonces supo que había demasiadas cosas implicadas en aquel pedazo de carne y que debía convertirlo en un performance público que fuera a la vez ritual de conexión y despedida temporal. Así nació su proyecto UTE(A)R US –‘nos rasgas’, en inglés-, una obra de 34 horas, por los 34 años que había vivido con el útero en su interior, en que lo sostendría en diferentes partes de su cuerpo, sintiendo el peso político y las presiones que la habían estado atravesando toda su vida.

Arte y enfermedad: Desmontando el cuerpo enfermo 4
UTE(A)R US en Brasil. Foto: Leonardo Remor.

“Creo que el arte nos ayuda a procesar cosas demasiado grandes para nosotros, porque es un lugar donde las contradicciones se pueden vivir a fondo. Y también que existen enfermedades más allá de las diagnosticadas; las cuestiones heteropatriarcales, por ejemplo, también pueden enfermar a los cuerpos que no encajan en un tipo de deseo”, resume Dani, quien propone combatir las violencias que padecemos con ternura radical , siendo críticxs y amorosxs al mismo tiempo.

Un sistema discapacitado

Las palabras están cargadas de ideología política. Nombrando, sentenciamos; renombrando nos apoderamos de aquello que pretende validar unas identidades y cuerpos en detrimento de los otros. De la misma que lo ‘queer’ (raro, anómalo) se apoderó del insulto para resignificarlo, el profesor Mc Ruer, en su libro ‘La Teoría Crip’, hizo lo propio con el término peyorativo de ‘tullido’ (crippel, en inglés), apostando por un nuevo modelo cultural donde no son las personas, sino los espacios y discursos, los que están discapacitados, en tanto no se adaptan a la pluralidad de mentes y cuerpos. Para la fotógrafa e investigadora crip, Míriam Vega, la salud es un privilegio del discurso que otrxs formulan sobre nosotrxs: “Nacen, crecen, se reproducen y mueren no es un discurso científico para aquello que entendemos como vida. La ciencia como la clínica son instituciones patriarcales como máquinas de producir significante en los cuerpos. Aprendimos ya que hay violencias a las que somos sometidas por albergar un útero y un cuerpo asignado biopolíticamente como mujer cisgénero, pero todavía no aprendimos como transfeministas qué violencias albergan los cuerpos viejos y enfermos y qué lugar ocupan estos cuerpos en el discurso”, apunta.

“Los cuerpos ubicados en los márgenes no viven en el museo, son otrxs los que viven allá, los que comisarían y dan las becas.” –Míriam Vega

Míriam transita la acromegalia, una enfermedad crónica que se caracteriza por el aumento del tamaño de las manos, los pies, la mandíbula y la nariz. Sus autorretratos son un registro íntimo de los cambios que experimenta su cuerpo, su performatividad. “Era fotografiarse para localiza aquello que me descomponía. Un cuaderno de bitácora que hizo infiltración para ver cómo se deslizaba ese discurso identitario y poder mostrar qué violencias, subjetividades, tránsitos, reflexiones y lugares nada seguros constituye a estas narrativas. Me interesaba lo crip como piel, por eso me interesó como pixel, como fotografía”.

Arte y enfermedad: Desmontando el cuerpo enfermo 3
Abordaje endonasal. Foto Míriam Vega.

No cree que el arte pueda entenderse como un ‘hackeo’ de las nociones de cuerpo sano o enfermo, al menos para quien lo produce. Para ella, el sentido de un ‘hacer para el museo’ tiene el propósito de efectuar contagios y fricciones, una guerrilla discursiva, pero la discapacidad como museo no es un lugar donde se pueda resistir: “Los cuerpos ubicados en los márgenes no viven en el museo, son otrxs los que viven allá: los que comisarían, los que dan beca, los que deciden qué call for papers se pueden mostrar a través de aquello que Remedios Zafra define como ‘el entusiasmo’. El freak show era desde el circo, pero también desde el museo como ciencia… La mujer barbuda, la negra, la giganta; todas en la misma jaula”, subraya la artista.

Empoderarse ante la autoridad del estetoscopio, convertir la enfermedad en arte y el arte en una forma de cuestionar los estigmas y verdades impuestas por quienes pretenden simplificar la complejidad del ser humano, inventarnos desde la subjetividad que no puede ser medida ni archivada. O como decía Felipe Lechedevirgen en su bellísimo texto ‘La tierra removida’, comprender que la enfermedad es esa “esfinge necesaria que te orilla a decidir entre latir con la fuerza del magma o disolverte en el silencio de la noche”. Sobrevivir a la vida.

Arte y enfermedad: Desmontando el cuerpo enfermo 5
‘El árbol de sangre’ de Felipe Lechedevirgen. Foto: Hernani Enríquez ‘Hache’.

Continúa leyendo: Mercedes Pérez-Fernández y Juan Gérvas: "El feminismo ha conseguido cosas que en la medicina están aún por llegar”

Mercedes Pérez-Fernández y Juan Gérvas: "El feminismo ha conseguido cosas que en la medicina están aún por llegar”

Beatriz García

Foto: Mercedes Pérez-Fernández y Juan Gérvas
The Objective

Dicen Mercedes Pérez-Fernández y Juan Gérvas que no hay enfermedades, sino enfermos; que la medicina tiene sus límites y ningún médico debería olvidar mirar a los ojos a los pacientes y, sobre todo, que se discrimina a todo el que se sale de la norma. En sus libros combaten prejuicios médicos y descubren los mitos de un sistema sanitario tan patriarcal como la sociedad en la que vivimos. ¿Una señal de mala salud? Preocuparse demasiado por ella. Hablamos con el matrimonio de médicos, autores de Sano y salvo, La expropiación de la salud y El encarnizamiento con las mujeres (ed. Libros del lince).

Mercedes Pérez-Fernández y Juan Gérvas: "El feminismo ha conseguido cosas que en la medicina están aún por llegar”
Mercedes Pérez-Fernández y Juan Gérvas publicados por Lince Ediciones

Parece que el mundo se divida entre sanos y enfermos…

Eso entra dentro de lo que llamamos expropiación de la salud, motivo por el cual las personas han perdido su capacidad de definir su propia salud. Y el mejor ejemplo es el del bebé al que sus padres tienen que llevar a una cosa absurda que es la revisión del niño sano, o el del paciente que te dice: “Tengo diabetes, pero poco…” o “tengo esquizofrenia, pero a ratos”, y debes entender qué quiere decir, porque aún puede viajar y disfruta de la vida. Salud y enfermedad no son excluyentes ni siquiera en el momento de la muerte y es muy importante el respeto a las personas.

¿Son poco empáticos los médicos con los pacientes?

Una función que estudian los economistas es la relación de agencia, es decir, que el médico decide por usted con sus conocimientos teniendo en cuenta sus expectativas vitales, su cultura, sus valores o sus deseos. Hay gente para la que no andar es horrible y otros que no soportan los olores, y lo que llaman empatía es en realidad una falta de conocimiento profundo del paciente.

Nosotros solemos decir que no hay enfermedades, sino enfermos. No es lo mismo tratar a un enfermo con diabetes que se acaba de quedar viudo que a alguien que tenga familia. Afortunadamente, los estudios de medicina están cambiando para tener en cuenta primero a las personas.

Pero todavía sigue habiendo pacientes discriminados.

¡Usted no imagina lo que es tener el sida e ir a urgencias sangrando porque ha sufrido un aborto espontáneo, es un trato discriminatorio terrible y constante. Igual que ocurre con las mujeres en silla de ruedas, que son las personas con más probabilidades de morir de cáncer de mama porque el médico no les explora las mamas. No digamos ya las personas transexuales, que especialmente en algunos países llegan a tener una expectativa de vida de 30 años, y el rechazo en las consultas es continuo. Y también hay un tipo de discriminación brutal y normalizada, que es la presunción de heterosexualidad.

¿Nuestro sistema sanitario es reflejo de la sociedad en la que vivimos?

Y en algunos casos, peor. En un estudio brutal sobre las obesas en Nueva Zelanda, los comentarios e insultos de los que eran víctimas en las consultas y que registraron eran espeluznantes. Por no hablar de que tenemos una formación excesivamente centrada en la biología, donde el desarrollo científico y tecnológico nos deslumbra y desplaza los aspectos psicosomáticos, lo cual es absurdo porque está demostrado que los resultados son mejores cuando tratas con humanidad a los pacientes. En este sentido, el feminismo ha conseguido cosas que en la medicina están aún por llegar.

"El feminismo ha conseguido cosas que en la medicina están aún por llegar” 4
Rise and Repeal, manifestación en Irlanda | Imagen: Creative Commons

La píldora anticonceptiva sí fue un logro. ¿Es tan perjudicial como dicen?

Todo medicamento tiene beneficios y perjuicios. La píldora supuso un triunfo para la mujer porque produjo un cambio en el control de natalidad y el disfrute de la sexualidad. Sin embargo, se la sigue medicando a ella y no al hombre, cuando ya existe una vasectomía química que además es reversible y muy eficaz, pero no se populariza porque la sociedad es machista y el sistema sanitario, patriarcal.

Otra cosa también es que la mujer esté más preocupada por su cuerpo que el varón por razones históricas y es más fácil que caiga en manos de una medicina sin límites. Por ejemplo, antes de 2013 solo había un 5% de casos de ovario poliquístico, pero luego se redefinió y el número de casos aumentó al 25%; de esos, solo el primer 5% necesitan tratamiento médico y el resto de los diagnósticos son trastornos menores con los que se atemoriza a las mujeres diciéndoles que tendrán problemas de fertilidad.

“La mitad de los diagnósticos de cáncer con mamografías preventiva son sobrediagnósticos y no necesitan cirugía”.

"El feminismo ha conseguido cosas que en la medicina están aún por llegar” 3
La violencia obstétrica no ha disminuido como esperaría | Imagen: Google Creative Commons

¿Y la violencia obstétrica?

El primer problema es que si habla de violencia obstétrica en muchísimos ambientes, médicos y no, le negarán que exista. La segunda cuestión es que no es una violencia machista, sino social; la ginecología se ha feminizado en el mundo entero, pero la violencia obstétrica no ha disminuido como esperaría porque el problema es estructural y se considera a la mujer un objeto.

Uno de los mitos de salud de las mujeres que más me llama la atención es que las pruebas preventivas no sean buenas, especialmente en el caso del cáncer de mama.

Esa es la diferencia entre que algo sea intuitivo o contraintuitivo. Si le duele la espalda piensa que lo mejor es hacer reposo, cuando lo mejor es el ejercicio. Con los cribados para la prevención del cáncer sucede lo mismo: todo el mundo dice que es mejor un diagnóstico temprano, pero eso no es lo más oportuno. La mitad de los diagnósticos de cáncer con mamografías preventiva son sobrediagnósticos, de manera que le ‘arrancan la teta’, como dicen mis pacientes, le someten a una cirugía, quimioterapia, radio y la siguen de por vida por un cáncer que nunca la hubiese matado o hubiera remitido. Ojo, le estoy hablando de prevención, que no es lo mismo que notarse un bulto en el pecho o que le salga leche por el pezón.

Otro contraintuitivo curioso es la autoexploración de mama que tanto recomienda la Sociedad Española Contra el Cáncer, y que solo produce un aumento en el número de cirugías sin que disminuyan las muertes por cáncer.

¿Entonces qué hago? Pues disfrutar de sus mamas. También se puede evitar con menos radiografías del pecho, con menos dioxinas en el ambiente, menos obesidad, teniendo niños…

"El feminismo ha conseguido cosas que en la medicina están aún por llegar” 2
Campaña “Súmate al rosa” | Imagen: Fundación Cáncer de Mama

En uno de sus libros, La expropiación de la salud, dicen que preocuparse demasiado por la salud es un síntoma de mala salud. Hay verdaderos extremistas de la vida sana, ¿cómo nos expropian la salud?

Nos quitan la salud cuando intentan convencernos de que no hay que vivir con dolor. ¿Sabe quiénes son los únicos que no sufren dolor? Los leprosos. La infección mata los nervios de la sensibilidad. Tener dolor es un don, me refiero al dolor normal y no al patológico. Como tampoco nos pueden quitar el dolor por la muerte de un padre. Quieren anestesiarnos el dolor social incluso, y es lo que pretende la medicina con la expropiación de la salud en contra de la ciencia. La gente es muy capaz de enfrentarse a la muerte, a un terremoto…
Un buen ejemplo son los hospitales llenos de urgencias de gripe, gente preocupadísima porque le duele todo el cuerpo y tiene un trancazo. No necesitamos niñeras para cuidarnos los catarros y nos comportamos como niños porque nos expropian la salud.

Tampoco nos dejan morir tranquilos

El encarnizamiento en los últimos días es inconcebible y una expropiación brutal. Nosotros solemos decir que el hospital no es un lugar para nacer ni tampoco para morir, que el documento vital de la gente debería ser sus últimas voluntades en vida: “Quiero que haya música de Bach por la mañana y por la tarde ver películas musicales”. De nacer no nos enteramos, pero de morir sí. Es una pena que eso también se pierda.

Continúa leyendo: Discursos con conciencia social que nos han dado las estrellas de cine

Discursos con conciencia social que nos han dado las estrellas de cine

Néstor Villamor

Foto: RRSS
RRSS

Oprah Winfrey triunfó. No solo se llevó uno de los mayores galardones de la industria del cine, el premio Cecil B. DeMille a toda una carrera, sino que, en la pasada edición de los Globos de Oro, dio uno de los discursos más memorables que se recuerdan en estos premios. Desde la forma en la que recordó cómo le impactó ver en directo a Sidney Poitier convertirse en el primer actor de color en ganar un premio Oscar a la reinvindicación de la lucha contra el machismo. Sus palabras no solo hicieron estallar (de alegría) a internet, sino que hasta movieron mercados bursátiles y crearon hordas de tuiteros clamando por que la presentadora se postule como candidata a la presidencia de su país. Pero, aunque memorable, no es la primera vez que un discurso de una estrella de cine llega cargado de reivindicaciones políticas o sociales y provoca reacciones intensas entre el público.

Ocurrió el año pasado cuando Meryl Streep recibió el mismo premio que esta vez se ha llevado Winfrey. Con la reciente victoria de Donald Trump en las elecciones, Estados Unidos estaba a punto de estrenar presidente en el momento de la gala. Y la actriz más respetada de Hollywood (y, por extensión, del mundo) quiso aprovechar la ocasión para hablar de la actuación que más le había llamado la atención de todo el año. “Ha habido una actuación este año que ha dejado aturdida. Ha hundido sus garras en mi corazón. No porque fuera buena: no tenía nada de bueno. Pero fue efectiva e hizo su trabajo. Hizo a su público objetivo reír y enseñar los dientes. Fue ese momento en el que la persona llamada a ocupar el asiento más respetado de nuestro país imitó a un periodista con discapacidad, alguien a quien superaba en privilegios, poder y capacidad de devolver un golpe. De algún modo me rompió el corazón cuando lo vi”.

La reacción no se hizo esperar. A Streep le llovieron los aplausos. Quien no se quedó contento fue Donald Trump, que publicó un tuit en el que decía: “Meryl Streep, una de las actrices más sobrevaloradas de Hollywood, no me conoce pero me atacó anoche en los Globos de Oro”. En un tuit siguiente la llamaba “lacaya de Hillary [Clinton] que perdió a lo grande”.

Pero la calma que mostró en su discurso la ganadora de tres Oscar contrasta con el entusiasmo que había exhibido solo dos años antes en la ceremonia de los Oscar, en la que aplaudió con vehemencia el discurso de Patricia Arquette, ganadora del galardón a la mejor actriz de reparto. “A cada mujer que ha dado a luz, a cada pagadora de impuestos y ciudadana de esta nación. Hemos luchado por la igualdad de derechos de todos los demás. Es momento de que tengamos igualdad de sueldos de una vez por todas e igualdad de derechos para las mujeres en los Estados Unidos de América”.

Antibelicismo

Donald Trump no fue el primer presidente vapuleado en el discurso de una personalidad del mundo del cine. Le ocurrió a George Bush, hijo, cuando, en 2003, el director Michael Moore ganó el Oscar al mejor documental y decidió no callarse su opinión sobre la Guerra de Irak. “Nos gusta la no ficción pero vivimos en tiempos ficticios. Vivimos en un tiempo en el que tenemos resultados electorales ficticios que eligen a un presidente ficticio. Vivimos en un tiempo en el que tenemos a un hombre enviándonos a la guerra por razones ficticias”. Moore no solo no se topó con la acogida que sí recibieron Winfrey, Streep y Arquette, sino que recibió abucheos de los asistentes.

A quien no abucheó el público fue a Halle Berry cuando en 2002 se convirtió en la primera mujer afroamericana en recibir un Oscar a la mejor actriz. “Este momento es mucho más grande que yo”, dijo al recibir su galardón. “Este momento es para Dorothy Dandridge, Lena Horne, Diahann Carroll. Es para las mujeres que hay a mi lado, Jada Pinkett, Angela Basset, Vivica Fox. Y es para cada mujer de color sin nombre y sin cara que ahora tiene una oportunidad porque esta puerta se ha abierto esta noche”.

Discursos con conciencia social que nos han dado las estrellas de cine
Al recibir su premio de la Academia, Hale Berry mencionó en su discurso a Dorothy Dandridge, la primera mujer afroamericana en ser nominada al Oscar a la mejor actriz. | Foto: Raw / AP

Y otra puerta se abrió cuando Lena Waithe se convirtió en la primera mujer afroamericana en lograr el Emmy al mejor guion de una serie cómica por Master of None. Después de, en primer lugar, dar las gracias a Dios, dio un discurso que ocupó la atención de la prensa al día siguiente: “A mi familia LGBQTIA [lesbianas, gays, bisexuales, queer -un término paraguas que hace referencia a todas las minorías sexuales-, transexuales, intersexuales y asexuales]. Os veo a todos y cada uno de vosotros. Las cosas que nos hacen diferentes son superpoderes. Cada día, cuando salgáis por la puerta, poneos vuestra capa imaginaria y conquistad el mundo porque el mundo no sería tan bonito como es si vosotros no estuvierais en él”.

También sobre el colectivo LGTB se pronunció Sean Penn cuando, en 2009, ganó su segundo Oscar por interpretar al icónico activista gay Harvey Milk. “Creo que es buen momento para que aquellos que votaron para prohibir el matrimonio gay se sienten y reflexionen y anticipen su gran vergüenza y la vergüenza a ojos de sus nietos si continúan con esos apoyos. Tenemos que tener igualdad de derechos para todo el mundo”.

Quien puso un tinte político a una gala de los Oscar sin hacer alusión a nadie fue Leonardo DiCaprio. Cuando en 2016 se llevó el premio al mejor actor no habló de presidentes, ni de mujeres. Ni de afroamericanos, ni de lesbianas. Ni falta que le hizo: habló del planeta. “El renacido iba sobre la relación del hombre con el mundo natural. Un mundo que colectivamente sentimos en 2015 como el año más caluroso desde que hay datos. Nuestra producción tuvo que mudarse a la punta Sur de este planeta solo para poder encontrar nieve. El cambio climático es real, está ocurriendo ahora mismo, es la amenaza más urgente a la que se enfrenta nuestra especie”. Mientras DiCaprio hablaba, Kate Winslet, en su asiento, estaba al borde de las lágrimas.

Continúa leyendo: “Mamuška, mamuška…”

“Mamuška, mamuška…”

Gregorio Luri

Foto: Interviú

Estaba leyendo una biografía de Angelica Balabanova cuando me han dado las tantas y he salido apresuradamente a comprar el pan con la imaginación inundada por lo leído. En la esquina de la panadería me he encontrado con Eduardo Álvarez Puga, que fue el director de Interviú en los años gloriosos de la revista, los de la transición.

A Angélica Balabanova (1878-1965) la llamaron “la santa del socialismo”. ¡Cuántos revolucionarios hubieran acabado en los altares si hubieran nacido unos años antes y les hubiera dado por la caridad y el misticismo en vez de por la igualdad y la utopía! Angélica pertenecía a una familia burguesa, que es el tipo de familia que nutrió de cuadros al comunismo. Sintiéndose culpable de la miseria que no padecía, abandonó su domicilio familiar y se fue a pasar estrecheces y a hacer la revolución. “Serás maldita toda la vida y cuando mueras, me pedirás perdón”, le gritó su madre desde la puerta de casa. Intentó enseñar a Mussolini –de quien fue amante- a ser buen socialista y a Lenin –de quien fue amiga- a ser buen comunista. En ambos casos se consideró fracasada. Fue la primera secretaria de la III Internacional y la primera persona en decirle a la cara a Lenin que ni el fin justifica cualquier medio, ni todo enemigo de nuestro enemigo es nuestro amigo. En 1921 rompió con el comunismo y abandonó Rusia porque no quería ser cómplice de lo que estaba viendo. Murió casi olvidada, gritando en yiddish: “Mamuška, mamuška…”

Y en estas he topado en la esquina de la panadería con Álvarez Puga, que estaba arrancando pellizcos al cuscurro de la barra de pan que llevaba bajo el brazo. Le pesan las piernas, pero mantiene firme el brillo intenso de sus ojos azules. “Finalmente, se ha acabado la Transición”, le digo. Sabe que me refiero al final de Interviú. Me explica que Asensio le preguntó: “¿Estás dispuesto a dirigir una revista que no te guste?” Le digo que la transición es también la imagen de Marisol desnuda en la portada de Interviú o las colas en los cines para ver a Sylvia Kristel en Emmanuelle.

Yo entonces vivía en un piso que no tendría más de 20 metros cuadrados, en la plaza de San Agustín de Barcelona, con un militante del PSUC que estaba liado con la mujer del secretario de su célula. No estaba orgulloso de engañar a un camarada, pero como no se atrevía a arrostrar la situación, tuvo que ser la dialéctica hegeliana la que finalmente pusiera las cosas en su sitio. Un día al llegar al piso me encontré a los dos hombres llorando. La mujer los había abandonado tras ver Emmanuelle. Les escribió una nota confesándoles que estaba arrepentida de vivir de una manera tan pequeñoburguesa y que no quería tener ataduras ni con maridos, ni con amantes. Quería ser como Emmanuelle. Aún no sabíamos que eso que estábamos viviendo era todo lo que alcanzaríamos a vivir de la revolución.

Me he despedido de Álvarez Puga y lo he visto alejarse por el lado soleado de la calle, mientras seguía pellizcando el cuscurro.

He vuelto a casa con el pan y con Balabanova: “Mamuška, mamuška…”

Continúa leyendo: Fue un asesinato cualquiera

Fue un asesinato cualquiera

Carlos Mayoral

Foto: Natacha Pisarenko
AP

Una chica cualquiera camina un día cualquiera por un lugar cualquiera cuando se cruza un tipo en su vida para sesgarla con las manos. Sólo existe una variable a la que no se le puede asignar el valor “cualquiera” en esta ecuación, y es precisamente al tipo que asalta la escena. Es así, se trata del único que actúa con premeditación y, por tanto, del encargado de elegir el resto de variables. A menudo, este tipo lleva consigo vigilancia extrema, avisos penales, condenas pasadas… No le importa, continúa protagonizando penosamente la escena. Porque a ese tipo no le guían los teléfonos pinchados, las órdenes de alejamiento o los años a la sombra. A ese tipo le guía un instinto primario mucho más poderoso y peligroso, un instinto que pasó por alto el coto que debería de haberle impuesto la educación, un instinto que no atiende a razones externas. Sólo importa el yo, el ego, con toda la ceguera en las decisiones que eso conlleva.

Por eso, cuando los posts, las columnas, los tweets, las viñetas y otras tribunas de distinto pelaje le sugieren a cada mujer que se defienda, que no permita que su chico le controle el móvil, que suba a o baje el dobladillo de la falda en función de sus gustos o que se líe a estacazos con el asaltante surge una duda: ¿Alguien cree que al tipo en cuestión le va a importar lo que vio en el móvil o dejó de ver, si el dobladillo de la falda sugería esto o aquello, si la denuncia le prohíbe tal o cual asunto, si la mujer planta cara o se somete? La respuesta, a mi juicio, es muy simple. A esas alturas, como ya se ha dicho, él decide, él controla y él es único al que le pertenecen las variables; el resto de la ecuación, para desgracia de la sociedad que habitamos, puede ser ocupado por “cualquiera”. Es decir, ya no importa lo que se haga desde el plano individual. Sin embargo, ahí siguen las tribunas, jaleando, imponiéndote su cuota de responsabilidad a ti, cualquiera, exigiendo que no te fijes en un Montesco si eres una Capuleto o reclamando por qué saliste sola de casa a esas horas por ese barrio.

Obviamente, esta columna no aportará demasiadas soluciones. En este sentido, es igual de ruidosa que las anteriormente criticadas. Sólo se le ocurre, desde la barrera que impone el género aún en el siglo XXI, sugerir que no se puede llevar a cabo únicamente un juicio individual, remedios que sólo incluyan movimientos particulares, sean estos una denuncia o un estacazo. La solución debe ser impuesta de una manera global, a través de eso que ha aparecido por el texto un par de párrafos atrás: educación. O, si se quiere, algún término análogo: pedagogía, concienciación, cultura. Es decir, hay que conseguir que no se críe ese instinto, porque una vez aparece, me temo, ya no hay remedio. Sobrepasado ese límite, será él quien elija cuándo, dónde y cómo. Por muchos consejos que queden por vocear, por muchos dedos que continúen señalando a cualquiera.

TOP