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Artistas que convierten libros en espectaculares obras de arte

Clara Paolini

Foto: Robert The

En los últimos capítulos de la era Gutenberg, poco influyen los debates sobre la inminente muerte o final supervivencia de la palabra impresa: seguimos amando los libros.

Decía Ray Bradbury que “los libros sólo tienen dos olores: el olor a nuevo, que es bueno, y el olor a libro usado, que es todavía mejor”, y es porque hemos asociado su perfume a una experiencia placentera que vuelve a activarse con su contacto. Los libros son objetos vivos que se acumulan, se pierden, se regalan, reaparecen, envejecen y al ser leídos, vuelven siempre a renacer sin perder su inconfundible aroma.

Desde 1995, cuando en una reunión de la UNESCO en París se decidió declarar la fecha del 23 de abril como Día Mundial del Libro, ha sido costumbre celebrar dos temas: la industria del libro y la importancia de la lectura. ¿Por qué no volver a la esencia y homenajear al objeto en sí?

Con esta intención hemos recopilado una selección de artistas que utilizan el libro como materia prima para la creación de sus obras utilizando una gran variedad de técnicas que renuevan el significado de sus páginas. Las historias siguen ahí, escritas en un pasado que ahora revive gracias a su nueva forma más allá de los límites de la literatura.

Un homenaje a los libros, la creatividad y los objetos mágicos

A Humument, Tom Phillips

El 5 de noviembre de 1966 el artista británico Tom Phillips se dirigió a una tienda de segunda mano con una misión: comprar un libro por menos de 3 peniques, y con todas las técnicas que estuvieran a su alcance, transformar por completo la obra hasta que tanto su forma como su contenido fueran totalmente nuevos.

La novela que eligió hace ya más de 50 años era A Human Document, escrita en 1892 por el novelista victoriano William Mallock. Para 1973 ya había trabajado en cada una de las páginas, alterando la obra literaria con ejercicios creativos propios. Empezó tachando frases dejando visibles sólo algunas palabras, que al leerse seguidas, formaban frases con un nuevo sentido. Además, incluyó poesías visuales, pinturas, retratos expresionistas, guiños puntillistas, expresionismo abstracto, collage, caligramas… El resultado es una gran pieza de casi 400 páginas en las que la creatividad fluye sin cortapisas.

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Evolución de una de las páginas de A Humument. Original, primera versión y segunda versión | Foto: Tom Phillips

Lo llamó A Humument porque como explica el artista, “doblando una página por la mitad y volviéndola hacia atrás para revelar la mitad de la siguiente página, el título se abrevió a A HUMUMENT, una palabra terrosa que contiene la humanidad y el monumento, así como el sentido de algo interrumpido, cortado o exhumado para terminar en las salas de documentos del un mundo archivado”.

La pieza pasó de la londinense Serpentine Gallery, hasta el Museo Gemeente de La Haya para terminar en Basel. ¿Acaba ahí la historia? Por supuesto que no. Considerado como un perpetuo work in progress, Phillips sigue trabajando sobre el mismo libro desde entonces extrayendo pequeños párrafos, utilizando hojas y dando lugar a nuevas piezas que han llegado a formar parte de importantes colecciones como la de la Tate. El libro, por fin digitalizado, se puede descargar aquí y la editorial Thames & Hudson ya va por la sexta edición de A Humument mientras Tom Philips sigue creando piezas derivadas de aquella idea surgida a finales de los 60.

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Entre las páginas de A Humument | Foto: Tom Phillips

La fragilidad del lenguaje, Pablo Lehmann

El argentino Pablo Lehmann cala, deshilacha y destroza el texto para crear un nuevo discurso. En su obra, las palabras sobresalen de complejos entramados hasta convertirse en imágenes dejando el lenguaje en un segundo plano que, paradójicamente, le sitúa como protagonista.

“Mi intención es darle al texto la seducción de la imagen; mi máximo placer es volver al lenguaje más ilegible, no-decir, sino quitar sentido”, asegura el artista.

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La estrategia de la ficción I, de Pablo Lehmann. Papel calado a partir de un libro de Borges

Para su obra, Lehmann Selecciona textos relacionados en sí mismo con la temática del lenguaje, de literatos como Borges, Cortázar y teóricos como Barthes, Derrida, o Lacan y basta visitar su blog para observar como absorbe, como una esponja, las palabras de grandes intelectuales que llegaron a predecir la idiosincrasia del mundo actual.

Con influencias como Louise Bourgeois y Rembrandt, el artista argentino reflexiona sobre la palabra a través de complejos entramados de papel. “La palabra es esencialmente problemática para mí y por ello estoy constantemente buscándola, redefiniéndola, escribiéndola”, explica.

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Escritura Colgada I, una obra de Pablo Lehmann.

La literatura es un arma cargada de arte, Robert The

“La poesía es un arma cargada de futuro”, una frase de Gabriel Celaya tomada, en este caso, en sentido literal. La palabra escrita tiene una innegable fuerza, pero hay pocos artistas que hayan trasladado esta afirmación de forma tan precisa como el filósofo, matemático y artista Robert The.

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The Catcher in the Rye, Robert The

En su serie Book Guns, Mister The utiliza libros encontrados en tiendas de segunda mano movido por sólido trasfondo que va más allá de la broma duchampiana:  “La obsesión por la erosión semiótica del sentido y la realidad me llevó a crear objetos que evangelizan su propia relevancia mediante una fusión directa de palabra y forma. Los libros (muchos sacados de los contenedores de basura y los depósitos de la tienda de segunda mano) son amorosamente vandalizados de vuelta a la vida para poder afirmarse contra la cultura que los convirtió en escombros”.

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Psychotherapy with Adolescent Girls, Robert The.

Estructuras de papel, Jonathan Callan

El artista británico  Jonathan Callan ha pasado los últimos 20 años utilizando libros de bolsillo y revistas para crear obras de arte a gran escala. En su statement explica que gran parte de su obra se basa en los libros no porque tenga ninguna actitud fetichista hacia ellos, sino porque entiende que las palabras son ineficientes para expresar la experiencia y su propio entendimiento del arte.

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The solution, Jonathan Callan

“La mayor parte de la gente rara vez piensa en un libro como un objeto, las palabras dentro se consideran mucho más importantes que la forma. Me pareció que este hecho expresaba perfectamente el problema que tenía al pensar en el debate sobre el arte y cómo se valoraban sus significados, y por eso empecé a considerar los libros de la misma manera que un alfarero podría considerar la arcilla. En muchos sentidos, pienso en ello como una forma de abordar la ecuación de la forma y el contenido”.

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The Library of Past Choices, Jonathan Callan.

Continua leyendo: Érica Couto-Ferreira: “La muerte que queremos ver es exótica, pero nos espanta el fallecimiento cotidiano”

Érica Couto-Ferreira: “La muerte que queremos ver es exótica, pero nos espanta el fallecimiento cotidiano”

Beatriz García

Foto: Gunther Von Hagens
Gunther Von Hagens

Dice la asirióloga e historiadora Érica Couto-Ferreira que “somos porque nuestros cuerpos existen” y aunque el suyo se refleje, como es natural, en la superficie de los espejos, los evita desde niña porque los asocia a presencias sobrenaturales que se mueven a través de ellos. También le recuerdan a la muerte, esa muerte material, de la carne, que le provoca tanta fascinación como miedo. Conocida por los amantes del género por el podcast literario ‘Todo tranquilo en Dunwich’, que conduce junto a José Luis Forteza, esta gallega que vive en Italia, país en el que cada iglesia hay criptas con osarios, reliquias de santos y cuerpos incorruptos expuestos en vitrinas, ha cambiado las ruinas y los ritos de civilizaciones antiguas por los teatros anatómicos del siglo XIX, las sociedades de petrificadores, los cuerpos convertidos en arte y la obsesión por parecer eternamente dormidos, inmortales, en un libro que desentierra uno de los mayores tabúes de nuestra sociedad: la muerte física y la forma en que nos acercamos a ella.

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Érica Couto-Ferreira. Foto via Érica Couto-Ferreira.

El libro ‘Cuerpos. Las otras vidas del cadáver’ (Ed. Gasmask, 2017) es tanto una reflexión sobre el buen y mal morir como un viaje histórico, inquietante y, si se me permite, bastante divertido hacia los mil y un usos del cadáver como objeto político, médico, técnico, artístico y como depositario de la memoria familiar. Un retablo de anécdotas y referencias literarias sobre diarios de verdugos, difuntos convertidos en arte, danzas macabras, vampirismos y aquellos científicos y artistas que creyeron que muertos somos más longevos que vivos.

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Lección de Anatomía, de Rembrandt

A mí la idea de morirme me aterroriza, pero me gusta pasear por los cementerios. Raro, ¿no?

Es que la muerte que queremos ver es una muerte exótica, estética, hermosa, o  bien marcada por la normalidad, como la muerte que sucede de forma violenta, por guerras, terrorismo… Pero el fallecimiento cotidiano por vejez o enfermedad es lo que nos espanta, porque está en nuestro día a día y nos recuerda que nosotros también vamos a morir. Lo que nos atrae es el carácter morboso de la muerte ficticia, la artística, la que no vamos a vivir.

Pienso en las catacumbas de Palermo o en las obras de Fragonard que aparecen en el libro y ya no sé si el arte imita a la vida o la muerte al arte.

Y además muchas de estas obras evocan belleza e incorruptibilidad, y eso no es realmente la muerte, que es putrefacción y decadencia. Y en parte está ligado a que hasta época muy reciente la ciencia y el arte no estaban separados. Por ejemplo, los médicos del siglo XIX y principios del XX estudiaban lenguas clásicas, poesía y arte, y estaban en contacto con grupos intelectuales y literarios, lo que les permitía conjugar más elementos en sus investigaciones y preparados. Y considero que eso lo hemos perdido con la especialización que existe hoy en día.

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El jinete del anatomista Honoré Fragonard

Pero no siempre hubo esa obsesión por embellecer e inmortalizar la muerte…

No, en época medieval encontramos manuscritos iluminados y detalles de iconografía arquitectónica que muestran la muerte real, que es el esqueleto que baila. Al inicio de la edad moderna todavía está muy presente y, poco a poco, se abandonan esos motivos y vamos hacia la idea del muerto vivo, del muerto incorruptible, del muerto dormido.

Cuentas en el libro que algunas familias del siglo XIX tenían las costumbre de exhibir el cadáver de sus difuntos en el salón de casa. Pienso en Martin van Butchell, el excéntrico dentista londinense que embalsamó a su mujer y la colocó en su consulta…

Sí, Butchell tenía fama muy merecida de excéntrico, pero cuando se casó por segunda vez a la nueva esposa no le gustaba la idea de que tuviera expuesto el cadáver de la primera y lo donó al Hunterian Museum de Londres. En cuanto a lo que comentas de los muertos en los hogares, imagino que no habrían muchas familias que pudiesen acceder a ese tratamiento, pero nos habla de una sociedad con menores restricciones legales y sociales a ese respecto. Hoy en día un comportamiento así sería imposible, pero en el siglo XIX todavía podías mantener cerca a los propios difuntos de manera literal.

“El Museo Lombroso de Torino está plagado de cabezas de criminales que fueron sumergidas en formol para servir de ejemplo”

Igualmente, hay comportamientos muy similares hoy en día aunque las formas hayan cambiado. Creo que hay empresas en Japón que fabrican reproducciones exactas de tus hijos muertos y hace unos meses también una compañía proponía realizar vinilos utilizando cenizas del muerto y con la posibilidad de escuchar su voz grabada. No creo que estemos volviendo al pasado, pero tenemos la misma necesidad de lidiar con la muerte y el duelo.

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Las catacumbas de Palermo

¿Estamos perdiendo el pudor a la muerte?

A mí me gustaría pensar que sí, pero tengo mis dudas. Creo que este tipo de encargos que predomina es ficticio, solamente estético, como ir un paso más allá de lo que es la tanatomorfosis y la aniquilación del cuerpo. Me refiero a saltarse esa fase entre la agonía y el después, porque igualmente uno no quiere ver la parte más terrible del cuerpo que se deshacen. Es otro mirar a un lado, o más allá del cadáver.

¿Y eso de que la muerte nos iguala a ricos y pobres?

Nadie puede escapar a la muerte  y eso es cierto, pero no nos iguala. No es lo mismo morir apedreado porque el gobierno de tu país así ha decidido hacer justicia o morir como el gran dictador que nunca ha pagado por sus crímenes y al que realizan un funeral de estado que dura una semana.

“Siento una fascinación ilimitada por la muerte y los cadáveres, pero también me provocan miedo y rechazo”

Por no hablar de quienes antaño aspiraban a vivir eternamente pero no por propia voluntad, como los criminales a los que se les imponían destinos aborrecibles. El Museo Lombroso de Torino está plagado de cabezas de criminales que fueron sumergidas en formol para servir de ejemplo de lo que no debía hacerse.

Así que un cadáver es también un instrumento político…

Lo vemos diariamente, con estas grandes tumbas de generales, dictadores y cabecillas varios que siguen ahí. El mismo Lenin, que quería ser enterrado, sigue en su tumba convertida casi en icono del capitalismo.

Y luego está la venganza en vida y, sobre todo, más allá de ella.

Arqueológicamente se han encontrado muchos ejemplos en distintos periodos cronológicos y áreas de sepulturas que presentan un cadáver enterrado de una manera anormal, que no era consuetudinaria en la cultura o contexto en que ese cadáver se inscribe. En muchos casos era una manera de neutralizar el cadáver o de castigarlo más allá de la muerte, indicando su pertenencia a un credo herético o etnia repudiada… No estamos libres de eso ni cuando nos morimos.

¿Qué te parece que se expongan cuerpos en los museos?

Crea debate y te obliga a pensar y confrontar con otras personas que no piensan como tú. Yo siento una fascinación morbosa por determinadas colecciones, cuando visité el Hunterian estaba emocionadisima, pero al cabo de media hora tuve que salir porque me estaba mareando y tenía náuseas. Eso explica muy bien mi relación con la muerte y los cadáveres, por una parte siento una fascinación ilimitada, pero también una cierta reacción de miedo o rechazo.

Hablas del oficio de verdugo y de las memorias que escribían. Eran peor vistos que el cobrador del frac.

Sí, pero socialmente se estimaba necesario y se ganaban bien la vida, aunque les estuviera vetado el acceso a ciertos espacios públicos y se casasen entre familias de verdugos por su estigma social.

Ya no existen verdugos ni petrificadores pero, ¿se sigue embalsamando gente?

Creo que el Papa Juan Pablo tuvo una embalsamado no permanente para que durase varias semanas incorrupto y poder organizar los funerales de estado, pero ni siquiera hoy duran mucho tiempo. Fue parte de un período de investigación científica y no cuajó por el coste y porque no se consiguió perfeccionar. Aunque es cierto que en países como Estados Unidos hay más tradición, ya que durante la Guerra Civil se embalsamaron muchos cadáveres de soldados para ser devueltos a las familias. En Europa somos más de inhumar o cremar, pero todavía podemos copiar a los norteamericanos…

Como buena gallega, quizás hayas visto algún rito de muerte en los pueblos. He oído que en algunos se siguen haciendo fotografías post mortem.

De fotografía postmortem no sé nada, pero existe todavía una serie de ritos ligados a la muerte o al servicio de ser salvado de la muerte, como las procesiones de las mortajas. Cuando una persona está al borde de la muerte puede hacer un voto con determinado santo y si es salvada su cuerpo es transportado en ataúd, fingiendo que ha muerto, hasta la capilla en la que hizo ese voto. Con los exvotos pasa algo parecido, lo que entregas simboliza tu cuerpo viejo o enfermo, tu vida anterior. Cuando tenía 4 años caí muy enferma y mi familia hizo un voto, cuando me recuperé me llevaron al santuario cubierta con un tul que luego depositaron en el altar y que simbolizaba el cuerpo, el viejo cuerpo enfermo. Quizás sean prácticas menos vigentes ahora, pero se juega mucho con la idea de muerte y de nueva vida.

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Continua leyendo: Los placeres del libro

Los placeres del libro

Juan Claudio de Ramón

Foto: Gonzalo Fuentes
Reuters

Frente al placer secundario de leerlos, están los verdaderos placeres que proporcionan los libros: el placer de comprarlos, el placer de hojearlos, el placer de encontrarlos –máximo cuando se encuentra un libro que no se buscaba–, el placer de sostenerlos en las manos largo rato, ponderándolos como un melón sin abrir, el placer de comentar sus aciertos y errores, el placer de afirmar, dogmáticamente, que se trata del mejor o del peor libro del autor, el placer de recomendarlos (deber de toda persona de bien: el “tolle, lege” que oyó San Agustín), el placer de leer listas de libros recomendados, el placer de regalarlos (el libro preciso pera la persona precisa, aunque es creencia infundada que sirva para ligar), el placer de dedicarles una concienzuda reseña, el placer de declarar ilegible una obra maestra y el de calzar una mesa con un libro que todos consideran “necesario”, el placer de diseñar un ex libris, el placer –ruinoso– de coleccionarlos, el placer de acariciar un buen papel verjurado, el placer de pasar la mano por un tejuelo dorado o por las guardas de Antolín Palomino, príncipe de encuadernadores, el placer de pasar lentas las páginas de un gran folio, el placer de oler la piel gastada de una cubierta en tafilete, el placer de pasarse horas meditando el mejor método para ordenarlos en la biblioteca, o el placer malicioso de colocar juntos a dos autores que no se soportan (Marías junto a Umbral, por ejemplo). En cuanto a los subrayados y las acotaciones, diría que, más que placer, son manía, pero sin duda es placentero encontrar en un libro viejo los escolios y las glosas garabateadas por un lector perspicaz y más aún si es eminente. No es placer, en cambio, hablar de libros que no se han leído, sino arte; arte de malandrines, porque ninguna persona honrada alardea de erudición que no se posee (el placer, en este caso, es detectar al impostor). Sin embargo, sí es legítimo el placer de afirmar con jactancia que un libro no se ha leído, porque ni falta que hace (y si es una pifia, todos tenemos derecho a fallar en nuestro gusto) y también el placer de tirar un libro (por lo mucho que cuesta y lo mucho que libera), el placer de soñar con haber leído todos los libros (la carne nunca está triste, Mallarmé) y el placer de concebirlos magistralmente en la cabeza, si bien no el trabajo solitario y áspero de ejecutar uno en concreto, pero sí el de haberlo escrito, variante del efímero placer de cumplir con un propósito; el placer –dicen los editores– de editarlos y el placer de traducirlos, cuando el encargo no es tedioso. El placer de poseer un libro prohibido y pasarlo de mano en mano.

Dicen que las cifras de ventas de libros en papel se recuperan. Yo no me preocupo en exceso. Mientras haya hedonismo, habrá libros.

Continua leyendo: 'Iros' y otras palabras que no creerías admitidas por la RAE

'Iros' y otras palabras que no creerías admitidas por la RAE

Redacción TO

La Real Academia Española (RAE), esa institución a la que todos hemos acudido en busca de ayuda o de auxilio ante una situación embarazosa con nuestra propia lengua, ha suscitado respuestas de todo tipo ante su anuncio de aceptar ‘iros‘ como imperativo para el verbo ir.

Según el anuncio de la RAE, aunque la forma más puritana y más correcta de expresar el imperativo seguirá siendo ‘idos’, será la palabra ‘iros’ la que ocupe la denominación de uso más habitual. La razón del cambio de regla en este verbo en particular obedece a que los españoles apenas utilizamos correctamente el imperativo.

Que la RAE acepte una palabra u otra no depende del todo de los expertos lingüistas que ocupan sus sillas, sino de la gente de a pie, es decir, nosotros dictamos lo que se escribe en el diccionario. ‘Iros’ no será ni la primera, ni la última palabra en ser aceptada aunque no sea correcta, prueba de ello son estos otros términos, que parecen una broma o una enajenación mental de la RAE.

Las palabras no solo tienen por qué ser únicamente gramaticalmente erróneas, sino que también pueden estar pronunciadas de una manera tan coloquial que hasta duele y encima ser correcto. Albericoque, norabuena, asín, almóndiga, toballa, cocreta, dotor y otubre, son algunos ejemplos de palabras reconocidas por la RAE.

También hay palabras de nueva creación que se han hecho hueco en las páginas del diccionario como amigovio: “persona que mantiene con otra una relación de menor compromiso formal que un noviazgo”; papichulo: “hombre que por su atractivo físico es objeto de deseo”, o muslamen, pechamen y culamen, cuya definición no es necesaria.


Sin duda, ‘iros’ ha sido un golpe duro a la altura de la eliminación del acento de la palabra solo, y los internautas no han dudado en expresar su contrariedad con lo que mejor les define: la ironía y el sarcasmo. 

Continua leyendo: La librería del futuro, 100 manuscritos retenidos en un bosque de Noruega

La librería del futuro, 100 manuscritos retenidos en un bosque de Noruega

Rohmy Cubas

Foto: SUZANNE PLUNKETT
Reuters

Si hay algo que ha perdurado a través de los siglos a pesar de la presencia ineludible de la tecnología son los libros. Desde que Gutenberg hizo posible la reproducción masiva y física de historias, la literatura perdura en el formato físico a pesar de alternativas útiles como podcast, e-books o audiolibros. De igual forma, la librería continúa siendo el lugar predilecto para resguardar relatos que sobreviven al tiempo y a sus creadores; ese lugar alternativo físico y funcional que podría reemplazarla no ha sido creado, todavía.

Al norte de la ciudad de Oslo -en Noruega- existe un bosque con mil árboles cultivados única y específicamente para un fin,  imprimir cien libros dentro de cien años. El futuro de este bosque es reproducir ficciones para una librería construida a partir de la expectativa. Desde el 2014 su archivo añade anualmente un libro del cual solo se revela el autor y el título,  Margaret Atwood –El cuento de la criada-, David Mitchell –Cloud Atlas– y el escritor islandés Sjón han sido los primeros escritores en contribuir pero todavía hay 96 autores más que añadir a una lista de libros que probablemente nunca podremos leer.

Con la convicción de este proyecto se ratifica el rol de la librería como una especie de guardián del tiempo, una cápsula que resguarda cien manuscritos inéditos que solo se revelarán en el año 2114, es decir, si quieres leer estos libros tendrás que esperar 36.500 días y confiar en que alguien descubra la fórmula para vivir, sino eternamente, varias décadas más de lo acostumbrado.

Este proyecto fue creado por la artista escocesa Katie Paterson, quien ha creado con la librería del futuro una antología literaria difícil de igualar. La idea es que tanto el bosque, como los árboles y las palabras crezcan en un círculo de materia orgánica que en cien años se convertirá en papel. Además está la suposición esperanzadora que tanto los libros como las personas le sobrevivirán al siglo que viene.  

“Simplemente estaba dibujando anillos de árboles y tuve una especie de visión. Anillos de árboles, papel, libros, futuro, árboles, bosques, escritores… Imaginé plantar un bosque que originara un libro con el tiempo”, ha explicado la artista en una entrevista con la CBC radio.

La librería del futuro, 100 manuscritos retenidos en un bosque de Noruega
La artista escocesa Katie Paterson en un bosque de Oslo-Noruega | Fotografía de: Giorgia Polizzi

Para Paterson el bosque es la obra de arte principal, luego viene lo demás. Los árboles fueron plantados por un grupo de voluntarios que tuvieron que talar árboles ya existentes para abrirle espacio a los nuevos. Sin embargo, estos fueron utilizados para construir un cuarto silente que será parte de la nueva librería de Oslo programada para abrir puertas en el 2018. Está será el hogar de esos manuscritos secretos escritos a través de los años.

Así como es improbable que podamos leer estos libros es improbable que la artista de 37 años viva para ver su proyecto culminado, por lo que Paterson ha creado una especie de testamento para el mantenimiento del bosque hasta que llegue el momento de revelar los textos. Cada uno de estos movimientos reitera su fe en la perpetuidad de las palabras reproducidas en papel.

“A medida que las cosas se vuelven más y más digitales e intangibles uno se pregunta si el libro físico e impreso en papel continuará existiendo. Con suerte existirá, pero si no es así estos libros serán casi como una antigüedad futura”, reflexiona.

Una vez la colección esté terminada se imprimirán tres mil copias de todos los libros que la conforman. Además, mil certificados que otorgan el derecho a una edición completa en el 2114 están disponibles al público para su adquisición, inclusive el rey y la reina de Noruega recibirán uno.   

Los autores y el tiempo

La escritora Margaret Atwood, la primera autora en colaborar con un libro para la librería –este se titula Scribbler Moon – recalca que es imposible saber quien la leerá.

“Estamos lidiando con la morfología del lenguaje en el tiempo. Cuáles palabras usadas en el presente serán diferentes, arcaicas, obsoletas. Cuáles palabras se integrarán al lenguaje. ¿Qué tipo de equipos se necesitarán para descifrarlas? ¿El mundo seguirá existiendo?”, se pregunta la autora por excelencia de los futuros distópicos.

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Margaret Atwood y Katie Paterson en Oslo | Imagen vía: Paterson Studios

Algo parecido se pregunta el escritor David Mitchell, cuyo manuscrito se titula –From Me Flows What You Call Time –Desde mi ser fluye lo que tú llamas tiempo- inspirado en una pieza musical del compositor japonés Toru Takemitsu.  

“Esperemos que haya gente alrededor dentro de cien años. Esta es una pequeña ventana de esperanza en una temporada con demasiados ciclos depresivos (…) Todo nos dice que estamos condenados pero la librería es candidata para posibles futuros alternativos en donde habrán árboles, libros, lectores y civilización”, aclara.

Los autores de estos libros serán de tantas nacionalidades como países existen, y la invitación es a contribuir con todo tipo de formatos independientemente del idioma y extensión del manuscrito.

El criterio de selección de Katie Paterson se basó en la extensa contribución de los autores a la literatura y la poesía, además de la habilidad que poseen sus trabajos para capturar la imaginación tanto de esta como de las futuras generaciones. Además de la librería construida con el propio bosque, una impresora será ubicada dentro del establecimiento para asegurar que aquellos a cargo en el 2114 tengan la posibilidad de imprimir los libros en papel.

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El escritor David Mitchell y Katie Paterson durante la ceremonia de entrega de su manuscrito en Oslo | Imagen vía: CBC Radio

Los trabajos de Paterson son universales y eco-amigables, la artista ha intentado documentar la ubicación de estrellas muertas con la ayuda de astrónomos y astrofísicos, ha traducido la Sonata de Medianoche de Beethoven a código morse en señales de radio rebotadas hacia la luna y ha contratado a una empresa de iluminación para crear una bombilla halógena que reproduce exactamente las cualidades de la luz de la luna. También ha reproducido el sonido de un glaciar derritiéndose en vivo a través de un teléfono celular,  entre algunos increíbles y cósmicos proyectos que reflejan la conciencia poética de la artista.

Coordenadas

(59°59’10.8″N 10°41’48.7″E)

Si quieres llegar a este bosque en Noruega debes ir al norte de Oslo. Aquí crecen árboles noruegos, abedules y pinos protegidos por la ciudad contra la amenaza de la expansión urbana. Con la orientación de los guardaparques de la Agencia de Medio Ambiente Urbano que han estado atendiendo esta tierra por más de cien años, Katie Paterson plantó este bosque que se encuentra a 30 minutos de la estación de Frognerseteren.

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Bosque en Oslo de la librería del futuro | Imagen vía: futurelibrary.org

La sala silente construida con estos árboles estará situada en el último piso de la biblioteca junto con la colección especial de libros y archivos. Se ubicará en dirección al bosque de manera que este se pueda vislumbrar en el horizonte. Los nombres de los autores y los títulos de sus obras estarán en exhibición, pero ninguno de los manuscritos estará disponible para la lectura hasta su publicación dentro de un siglo.

Cada primavera marca la entrega de un manuscrito en una ceremonia gratuita y abierta al público, simbolizando un ritual que se espera mantener por décadas. El día implica una caminata hacia el bosque, donde el autor de la temporada da una lectura, y una conferencia de preguntas y respuestas en la biblioteca Deichmanske de Oslo.

La resonancia de este proyecto artístico gravita en la naturaleza, al igual que la vida de las generaciones presentes y futuras.

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