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Artistas que convierten libros en espectaculares obras de arte

Clara Paolini

Foto: Robert The

En los últimos capítulos de la era Gutenberg, poco influyen los debates sobre la inminente muerte o final supervivencia de la palabra impresa: seguimos amando los libros.

Decía Ray Bradbury que “los libros sólo tienen dos olores: el olor a nuevo, que es bueno, y el olor a libro usado, que es todavía mejor”, y es porque hemos asociado su perfume a una experiencia placentera que vuelve a activarse con su contacto. Los libros son objetos vivos que se acumulan, se pierden, se regalan, reaparecen, envejecen y al ser leídos, vuelven siempre a renacer sin perder su inconfundible aroma.

Desde 1995, cuando en una reunión de la UNESCO en París se decidió declarar la fecha del 23 de abril como Día Mundial del Libro, ha sido costumbre celebrar dos temas: la industria del libro y la importancia de la lectura. ¿Por qué no volver a la esencia y homenajear al objeto en sí?

Con esta intención hemos recopilado una selección de artistas que utilizan el libro como materia prima para la creación de sus obras utilizando una gran variedad de técnicas que renuevan el significado de sus páginas. Las historias siguen ahí, escritas en un pasado que ahora revive gracias a su nueva forma más allá de los límites de la literatura.

Un homenaje a los libros, la creatividad y los objetos mágicos

A Humument, Tom Phillips

El 5 de noviembre de 1966 el artista británico Tom Phillips se dirigió a una tienda de segunda mano con una misión: comprar un libro por menos de 3 peniques, y con todas las técnicas que estuvieran a su alcance, transformar por completo la obra hasta que tanto su forma como su contenido fueran totalmente nuevos.

La novela que eligió hace ya más de 50 años era A Human Document, escrita en 1892 por el novelista victoriano William Mallock. Para 1973 ya había trabajado en cada una de las páginas, alterando la obra literaria con ejercicios creativos propios. Empezó tachando frases dejando visibles sólo algunas palabras, que al leerse seguidas, formaban frases con un nuevo sentido. Además, incluyó poesías visuales, pinturas, retratos expresionistas, guiños puntillistas, expresionismo abstracto, collage, caligramas… El resultado es una gran pieza de casi 400 páginas en las que la creatividad fluye sin cortapisas.

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Evolución de una de las páginas de A Humument. Original, primera versión y segunda versión | Foto: Tom Phillips

Lo llamó A Humument porque como explica el artista, “doblando una página por la mitad y volviéndola hacia atrás para revelar la mitad de la siguiente página, el título se abrevió a A HUMUMENT, una palabra terrosa que contiene la humanidad y el monumento, así como el sentido de algo interrumpido, cortado o exhumado para terminar en las salas de documentos del un mundo archivado”.

La pieza pasó de la londinense Serpentine Gallery, hasta el Museo Gemeente de La Haya para terminar en Basel. ¿Acaba ahí la historia? Por supuesto que no. Considerado como un perpetuo work in progress, Phillips sigue trabajando sobre el mismo libro desde entonces extrayendo pequeños párrafos, utilizando hojas y dando lugar a nuevas piezas que han llegado a formar parte de importantes colecciones como la de la Tate. El libro, por fin digitalizado, se puede descargar aquí y la editorial Thames & Hudson ya va por la sexta edición de A Humument mientras Tom Philips sigue creando piezas derivadas de aquella idea surgida a finales de los 60.

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Entre las páginas de A Humument | Foto: Tom Phillips

La fragilidad del lenguaje, Pablo Lehmann

El argentino Pablo Lehmann cala, deshilacha y destroza el texto para crear un nuevo discurso. En su obra, las palabras sobresalen de complejos entramados hasta convertirse en imágenes dejando el lenguaje en un segundo plano que, paradójicamente, le sitúa como protagonista.

“Mi intención es darle al texto la seducción de la imagen; mi máximo placer es volver al lenguaje más ilegible, no-decir, sino quitar sentido”, asegura el artista.

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La estrategia de la ficción I, de Pablo Lehmann. Papel calado a partir de un libro de Borges

Para su obra, Lehmann Selecciona textos relacionados en sí mismo con la temática del lenguaje, de literatos como Borges, Cortázar y teóricos como Barthes, Derrida, o Lacan y basta visitar su blog para observar como absorbe, como una esponja, las palabras de grandes intelectuales que llegaron a predecir la idiosincrasia del mundo actual.

Con influencias como Louise Bourgeois y Rembrandt, el artista argentino reflexiona sobre la palabra a través de complejos entramados de papel. “La palabra es esencialmente problemática para mí y por ello estoy constantemente buscándola, redefiniéndola, escribiéndola”, explica.

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Escritura Colgada I, una obra de Pablo Lehmann.

La literatura es un arma cargada de arte, Robert The

“La poesía es un arma cargada de futuro”, una frase de Gabriel Celaya tomada, en este caso, en sentido literal. La palabra escrita tiene una innegable fuerza, pero hay pocos artistas que hayan trasladado esta afirmación de forma tan precisa como el filósofo, matemático y artista Robert The.

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The Catcher in the Rye, Robert The

En su serie Book Guns, Mister The utiliza libros encontrados en tiendas de segunda mano movido por sólido trasfondo que va más allá de la broma duchampiana:  “La obsesión por la erosión semiótica del sentido y la realidad me llevó a crear objetos que evangelizan su propia relevancia mediante una fusión directa de palabra y forma. Los libros (muchos sacados de los contenedores de basura y los depósitos de la tienda de segunda mano) son amorosamente vandalizados de vuelta a la vida para poder afirmarse contra la cultura que los convirtió en escombros”.

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Psychotherapy with Adolescent Girls, Robert The.

Estructuras de papel, Jonathan Callan

El artista británico  Jonathan Callan ha pasado los últimos 20 años utilizando libros de bolsillo y revistas para crear obras de arte a gran escala. En su statement explica que gran parte de su obra se basa en los libros no porque tenga ninguna actitud fetichista hacia ellos, sino porque entiende que las palabras son ineficientes para expresar la experiencia y su propio entendimiento del arte.

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The solution, Jonathan Callan

“La mayor parte de la gente rara vez piensa en un libro como un objeto, las palabras dentro se consideran mucho más importantes que la forma. Me pareció que este hecho expresaba perfectamente el problema que tenía al pensar en el debate sobre el arte y cómo se valoraban sus significados, y por eso empecé a considerar los libros de la misma manera que un alfarero podría considerar la arcilla. En muchos sentidos, pienso en ello como una forma de abordar la ecuación de la forma y el contenido”.

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The Library of Past Choices, Jonathan Callan.

Continúa leyendo: Tu cara aparece en una obra de arte y una 'app' de Google te ayuda a encontrarla

Tu cara aparece en una obra de arte y una 'app' de Google te ayuda a encontrarla

Redacción TO

Foto: Kumail Nanjiani
Twitter

Google Arts&Culture es el museo virtual más grande que existe. La aplicación se puede descargar en cualquier dispositivo desde hace más de un año y medio. Google colabora con más de 1.200 museos, galerías e instituciones de 70 países para que sus exposiciones estén disponibles online para todo el mundo. Además de permitir visitas virtuales a exposiciones —todo a través de la pantalla del móvil—, la app recupera historias como la de la Savitribai Phule, la mujer que ayudó a instalar la primera escuela para niñas en la India; cuenta con reportajes visuales sobre las luces de neón en Hong Kong y con reivindicaciones sobre cómo los trabajos de perlas africanos artesanales cambiaron el mundo. Pero Google Arts&Culture no se ha hecho viral por nada de esto.

La verdad es que nos hemos dado cuenta de que existe por una cuestión bastante ególatra. La app de Google ha lanzando una función que encuentra, con solo subir un selfi, la obra de arte, cuadro o retrato a la que te pareces. Así, tu selfi con poca luz en 2018 resulta ser súper parecido a un óleo del Barroco que se encuentra en el Rijksmuseum de Amsterdam. Si es que nada nos gusta más a los humanos que vernos, aunque sea reconvertidos en un retrato de un señor con bigote del siglo XVII.

La aplicación encuentra el parecido entre los autorretratos y las obras de arte gracias a la inmensa colección de cuadros de Google y a una función muy avanzada de reconocimiento facial. Un porcentaje en la parte superior indica el parecido entre ambas imágenes. “Siempre tratamos de encontrar formas interesantes e interesantes para que la gente hable sobre el arte, y esta fue una de ellas”, dijo a The Washington Post Patrick Lenihan, portavoz de Google.

De momento, esta función solo está disponible en Estados Unidos, y no en todo el país. Google ha declinado comentar si hay planes de expandir esta función a otros países. Esto no ha impedido que miles los usuarios hayan encontrado ya su parecido. Además, de la actriz Felicia Day o el actor Kumail Nanjiani, el cantante Gil McKinney, el músico Pete Wentz y numerosos periodistas norteamericanos, los niños de Stranger Things o Bojack también se han apuntado a encontrarse (este último es de los pocos que ha conseguido casi un 90% de parecido).

Ahora solo cabe esperar que estos miles de retratos igualen nuestro interés por el arte al que ya tenemos por los selfis.

Además, si algo ha demostrado esta app, es que Google tiene fichadas no solo las obras de arte mundialmente reconocidas… Aquí la prueba:

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Ser guionista en España: una realidad precaria incluso para los nominados a los Goya

Jorge Raya Pons

Foto: ACADEMIA DE CINE
RRSS

A pocos metros de la sede del Partido Popular en Madrid, compartiendo incluso fachada, está el edificio de la Academia de Cine, apenas reconocible por una placa en una calle particularmente lustrosa de Madrid –Zurbano, lo dijo The New York Times en 2015, es una de las mejores calles para vivir en Europa–. Allí se congregaban, a menos de tres semanas de la entrega de los Goya, siete de los autores nominados a mejor guión original y a mejor guión adaptado (Pablo Berger, Carla Simón, Andoni de Carlos, Paco Plaza, Fernando Navarro, Alejandro Hernández y Coral Cruz) y todos ellos compartieron las virtudes y miserias de ser guionista en una industria tan dura. También las experiencias de escribir las películas que ahora representan.

La moderadora arranca y les plantea una cuestión: la dificultad de encontrar superficies comunes entre todas las cintas, tan diversas. Hay terror, hay drama, hay comedia. “Quizá que todas salen de las tripas”, responde Alejandro Hernández, guionista de El autor. Y Pablo Berger, que escribe los propios guiones que dirige –está nominado por Abracadabra–, encuentra la afinidad de sus compañeros cuando dice que el patrón común que todos comparten es que son los “raritos” del circuito: “No vamos por autopistas, sino por carreteras secundarias”.

Ser guionista en España: una realidad precaria incluso para los nominados a los Goya
Tres de las favoritas a mejor guión de los Goya.

En estas carreteras transita desde muy poco Carla Simón, que fue el gran descubrimiento del cine español. Tanto que su debut en el largometraje, Estiu 1993, es la candidata a representar al país en los próximos Oscar. En aquel guión puso el corazón y su historia: siendo una niña perdió a sus padres y fueron sus tíos quienes la acogieron en su familia. Curiosamente, en una película donde la muerte está tan presente apenas se menciona: la propia Simón no supo que sus padres estaban muertos hasta que cumplió los 12. Sí comprendió, en cambio, que nunca volvería a verlos. Su reto en este guion, dice, no fue tanto rebajar la sensibilidad como añadirla: ella es mucho más fría.

Paco Plaza y Fernando Navarro comparten su experiencia como tándem creativo detrás de Verónica: ellos aspiraban a construir el gótico vallecano [sic] con esta película. Esto es, respetar el género de terror pero también el costumbrismo español, contar una historia con personajes que conocemos y con brotes de humor necesario. Es una cuestión fundamental en su manera de comprender el cine: reivindican que el verdadero género no solo asusta, sino que ilumina los laberintos de la psicología humana: Verónica, reivindican, es también la historia de una adolescente que se resiste a crecer. Igual que El exorcista es el relato de una chica poseída, sí, pero también la imagen de una madre que se siente culpable por no prestar las atenciones que reclama su hija.

Sorprende, en cualquier caso, que en este evento apenas contemos dos mujeres: es una situación que no pasa desapercibida para Cruz y Simón, que tienen perspectivas distintas de un mismo escenario. “Tendría que haber muchas más mujeres”, dice Simón. “Es un proceso largo, pero cada vez hay más mujeres educándose. Se necesitan referentes. Hay trabajo por delante. Yo conservo la esperanza y en Cataluña tengo más amigas directoras que amigos directores”.

Hernández cuenta que estudió cine en Noruega, donde asegura que, durante aquel año, de 27 películas que se hicieron, 14 estaban dirigidas por mujeres, y sostiene que como profesor ha descubierto que las mujeres –sus alumnas– son más talentosas que los chicos en promedio, tienen historias más interesantes que compartir. “Tenemos un manantial que se pierde en las tuberías”, dice, con cierto lamento. Cruz considera que si las mujeres son minoría en el cine es responsabilidad, al menos en parte, de las propias mujeres: “Tenemos que ser más ambiciosas, escribir género”. Cree que la mujer debe pensar en grande y en la taquilla para ser considerada, no limitarse a proyecto pequeño, casi íntimos. Y luego se disculpa con Simón, que es una honrosa excepción.

Ser guionista en España: una realidad precaria incluso para los nominados a los Goya 1
Tres de las películas nominadas al Goya por su guión.

La cita, llegada a su conclusión, comienza a cobrar tintes reivindicativos, especialmente por Navarro, al que secunda el resto. Porque un conflicto con el que tienen que lidiar los guionistas, cada día, es la precariedad y el olvido. No hay película sin guión y nunca la hubo, protestan. Esta situación –el olvido– se remarca cuando Simón y Plaza tienen que abandonar la sala por compromisos relativos a la ceremonia: nadie reclama, sin embargo, a los guionistas. Esta observación corre a cargo de Navarro, entre el humor y la resignación.

Él mismo recuerda la ocasión en que quisieron plantear –hace cinco años– una tabla salarial de mínimos que permitiera unas retribuciones acordes al trabajo que ejercen los guionistas, así como una serie de derechos fundamentales: muchos invierten meses de trabajo sin cobrar, no reciben el dinero hasta que el proyecto se consolida. Las claves para la subsistencia hasta entonces son un misterio. En aquel momento, la respuesta de Competencia fue contundente: una multa de 36.000 euros para Alma, el sindicato del que forman parte. Ahora negocian con el Gobierno para conseguir unas condiciones más favorables, tal y como ocurre en Estados Unidos. El éxito de esta medida, sospechan, pasa por la unidad del colectivo y la comprensión de las televisiones: a día de hoy, son las que más ficciones producen en España.

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Fue un asesinato cualquiera

Carlos Mayoral

Foto: Natacha Pisarenko
AP

Una chica cualquiera camina un día cualquiera por un lugar cualquiera cuando se cruza un tipo en su vida para sesgarla con las manos. Sólo existe una variable a la que no se le puede asignar el valor “cualquiera” en esta ecuación, y es precisamente al tipo que asalta la escena. Es así, se trata del único que actúa con premeditación y, por tanto, del encargado de elegir el resto de variables. A menudo, este tipo lleva consigo vigilancia extrema, avisos penales, condenas pasadas… No le importa, continúa protagonizando penosamente la escena. Porque a ese tipo no le guían los teléfonos pinchados, las órdenes de alejamiento o los años a la sombra. A ese tipo le guía un instinto primario mucho más poderoso y peligroso, un instinto que pasó por alto el coto que debería de haberle impuesto la educación, un instinto que no atiende a razones externas. Sólo importa el yo, el ego, con toda la ceguera en las decisiones que eso conlleva.

Por eso, cuando los posts, las columnas, los tweets, las viñetas y otras tribunas de distinto pelaje le sugieren a cada mujer que se defienda, que no permita que su chico le controle el móvil, que suba a o baje el dobladillo de la falda en función de sus gustos o que se líe a estacazos con el asaltante surge una duda: ¿Alguien cree que al tipo en cuestión le va a importar lo que vio en el móvil o dejó de ver, si el dobladillo de la falda sugería esto o aquello, si la denuncia le prohíbe tal o cual asunto, si la mujer planta cara o se somete? La respuesta, a mi juicio, es muy simple. A esas alturas, como ya se ha dicho, él decide, él controla y él es único al que le pertenecen las variables; el resto de la ecuación, para desgracia de la sociedad que habitamos, puede ser ocupado por “cualquiera”. Es decir, ya no importa lo que se haga desde el plano individual. Sin embargo, ahí siguen las tribunas, jaleando, imponiéndote su cuota de responsabilidad a ti, cualquiera, exigiendo que no te fijes en un Montesco si eres una Capuleto o reclamando por qué saliste sola de casa a esas horas por ese barrio.

Obviamente, esta columna no aportará demasiadas soluciones. En este sentido, es igual de ruidosa que las anteriormente criticadas. Sólo se le ocurre, desde la barrera que impone el género aún en el siglo XXI, sugerir que no se puede llevar a cabo únicamente un juicio individual, remedios que sólo incluyan movimientos particulares, sean estos una denuncia o un estacazo. La solución debe ser impuesta de una manera global, a través de eso que ha aparecido por el texto un par de párrafos atrás: educación. O, si se quiere, algún término análogo: pedagogía, concienciación, cultura. Es decir, hay que conseguir que no se críe ese instinto, porque una vez aparece, me temo, ya no hay remedio. Sobrepasado ese límite, será él quien elija cuándo, dónde y cómo. Por muchos consejos que queden por vocear, por muchos dedos que continúen señalando a cualquiera.

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Arte y enfermedad: Desmontando el cuerpo enfermo

Beatriz García

Foto: Isadora Newman

Somos la suma de historias que llevan contándose sobre nosotros desde que el mundo es mundo. Mitologías que hemos asumido como verdades en una sociedad donde todo es blanco o negro, bueno o malo, vivo o muerto, normal o monstruoso. Y, sobre todo, sano o enfermo. Pero, ¿qué es exactamente un cuerpo enfermo? ¿Qué significa tener salud y en comparación a qué? ¿Quién narra nuestros cuerpos? ¿Quién los diagnostica y legisla sobre ellos? Desde luego, no nosotros. Sin embargo, el arte se ha convertido en un espacio sin juicios, a caballo entre lo terapéutico y lo combativo, para transitar la enfermedad de una forma nueva. 

Para la fundadora del proyecto de investigación artística Oncogrrrls, Caro Novella, el arte y la enfermedad son ensayos, ponen del revés lo dado por sentado respecto a la vida y nos obligan a explorarla desde nuevos ángulos. “Hace seis años me diagnosticaron un cáncer de mama. La vida conocida se desbarajusta en ese momento y decidí trabajarlo como un proceso artístico y convertirlo en el tema de mi tesis. En 2011 conseguí juntar a un grupo de mujeres y trans que habían sido diagnosticadas o vivían la enfermedad de cerca y planteamos un proceso de investigación corporal alrededor de preguntas que nos molestaban, como por ejemplo la idea que se tiene de la enfermedad como un paréntesis en tu vida en que no puedes hacer nada más que macramé. Si una mujer joven tiene cáncer deja de ser productiva porque ya no trabaja, y también reproductiva y sexual. Hay un montón de mitologías dadas: silencios y estigmas en forma de prótesis y pelucas, la eterna pregunta de ‘¿por qué yo?’ culpabilizando a la enferma de que comía mal, o la onda ‘new age’ de que se llevaba mal con su padre. Las historias que nos contamos tienen mucho que con cómo vivimos la enfermedad. El cáncer es percibido en nuestra sociedad como un alien contra el que hay que luchar, pero mi enfermedad fue una época para buscar otras maneras de entender estas mitologías que no te dejan vivir”.

Arte y enfermedad: Desmontando el cuerpo enfermo
Jornadas oncopoéticas en Zaragoza. Foto: Keka López.

Y eso mismo fue lo que hizo la activista y madre del postporno Annie Sprinkle cuando le detectaron un cáncer de mama: crear una erótica del cáncer documentando todo el proceso junto a su pareja, la artista Beth Stephens. Un cuerpo enfermo pero orgulloso más allá de paréntesis y estigmas.

Artistas y brujxs

La vida del performer mexicano Felipe Lechedevirgen Trimegisto es como para un escultor la arcilla, la materia prima de su obra. Tiene 26 años y durante diez de ellos convivió con una insuficiencia renal crónica, una condición degenerativa e incurable en la que el funcionamiento de los riñones va disminuyendo paulatinamente. Cuando entendió que se encontraba en una etapa terminal convirtió su experiencia y todos los cambios fisiológicos, quirúrgicos y emocionales que le afectaban en el centro de su obra. “Fue una forma de resistir y confrontar los peores dolores, la peor angustia, el peor miedo, la peor desesperación, pero también una manera de entender mi propia fragilidad y la de todo lo que nos rodea, la finitud de las cosas. Una manera de querer escapar de mi propio cuerpo y aprender a amarlo, y de aceptar que podía morir y a la vez entender qué es estar vivo”, cuenta.

“Vivimos mientras morimos, como una hoguera que arde mientras se consume, y lo único que queda es preguntarse qué es lo que vas a hacer aquí y AHORA” – Lechedevirgen

Para Felipe la enfermedad se nos presenta como esfinge y como acertijo – “A mayor prueba, mayor conocimiento”-, y aunque resolver el enigma no garantice la supervivencia, reafirma la vida. “La paradoja consiste en que no es lo mismo estar vivo que estar viviendo, como no es lo mismo estar muriendo que estar muerto. La diferencia radica en la conciencia. Vivimos mientras morimos, como una hoguera que arde mientras se consume, y lo único que queda es preguntarse qué es lo que vas a hacer aquí, en este maravilloso y cruel mundo, ahora que tienes la oportunidad de hacerlo y cuánto valoras el organismo que te mantiene con vida”.

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Naturaleza muerta. Foto: Manuel Vason, 2016.

Uno de sus performances, ‘Los Campos Del Dolor’, está inspirado en la vida de José de Jesús Constantino Síntora, que era conocido como “El Niño Fidencio”, un taumaturgo y curandero del norte de México famoso por su habilidad de curar prácticamente cualquier enfermedad con métodos muy poco convencionales, que iban desde subir a los enfermos a un columpio, abrirlos sin anestesia con vidrios de botellas rotas, sumergirlos en una charca de aguas negras sulfurosas o asustarlos con la persecución de una puma chimuela llamada Concha. “Soñé con El Niño hace aproximadamente tres años, lo vi extirpando de dentro de mi cabeza, a través de mi sien derecha, un tejido luminoso parecido al de una neurona. Desde ese momento dejé entrar al niño en mi vida y en mi obra”, explica Felipe, a quien en marzo de 2017 le realizaron un trasplante que salvó su vida.

Los pesos de un órgano

Dice la escritora feminista Silvia Federici que en un sistema capitalista el útero de las mujeres es considerado una fábrica de trabajadoras. Y el de la performer y activista Dani D’Emilia medía 15 centímetros. Un órgano, cuenta, atravesado por multitud de cortes sociopolíticos y presiones, como el de todas nosotras, que había ido creciendo fruto de un mioma. “Eso me llevó a cuestionarme durante mucho tiempo lo que significaba para mí la maternidad. ¿Existen otras maternidades posibles a las que podemos acceder, otras narrativas que parir y que nos hagan la vida más vivible a las personas que no nos identificamos con narrativas hegemónicas? ¿Qué significa parir? Jamás he tenido la fantasía heteronormativa de ser madre ni me he identificado del todo como mujer, pero me sentía como si estuviera embarazada de algo y me di cuenta de que era de mi propio útero, que había otras posibilidades de vivir mi cuerpo”, afirma. De forma que decidió que se sometería a una histerectomía como si fuera un parto y encontró en Brasil a un equipo de médicos dispuestos a documentar el proceso y devolverle el órgano que había engendrado.

“Creo que el arte nos ayuda a procesar cosas demasiado grandes para nosotros, porque es un lugar donde las contradicciones se pueden vivir a fondo” – Dani D’Emilia.

“El hospital lo mantiene durante tres meses antes de ser incinerado, pero conseguí llevármelo en dos semanas. Es un momento curioso ir a la morgue, porque te lleva a pensar muy concretamente en tu útero como un lugar donde se maneja al mismo tiempo la vida y la muerte. Te ves a ti misma diciendo: ‘Hola, he venido a buscar mi útero de un kilo’, y la gente te pregunta por qué lo haces y se dejan atravesar por esta posibilidad. Te contestan: ‘Claro, tienes derecho a llevártelo. Es tuyo’”. Su madre y ella sostuvieron el útero, lo miraron con ternura y curiosidad, y entonces supo que había demasiadas cosas implicadas en aquel pedazo de carne y que debía convertirlo en un performance público que fuera a la vez ritual de conexión y despedida temporal. Así nació su proyecto UTE(A)R US –‘nos rasgas’, en inglés-, una obra de 34 horas, por los 34 años que había vivido con el útero en su interior, en que lo sostendría en diferentes partes de su cuerpo, sintiendo el peso político y las presiones que la habían estado atravesando toda su vida.

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UTE(A)R US en Brasil. Foto: Leonardo Remor.

“Creo que el arte nos ayuda a procesar cosas demasiado grandes para nosotros, porque es un lugar donde las contradicciones se pueden vivir a fondo. Y también que existen enfermedades más allá de las diagnosticadas; las cuestiones heteropatriarcales, por ejemplo, también pueden enfermar a los cuerpos que no encajan en un tipo de deseo”, resume Dani, quien propone combatir las violencias que padecemos con ternura radical , siendo críticxs y amorosxs al mismo tiempo.

Un sistema discapacitado

Las palabras están cargadas de ideología política. Nombrando, sentenciamos; renombrando nos apoderamos de aquello que pretende validar unas identidades y cuerpos en detrimento de los otros. De la misma que lo ‘queer’ (raro, anómalo) se apoderó del insulto para resignificarlo, el profesor Mc Ruer, en su libro ‘La Teoría Crip’, hizo lo propio con el término peyorativo de ‘tullido’ (crippel, en inglés), apostando por un nuevo modelo cultural donde no son las personas, sino los espacios y discursos, los que están discapacitados, en tanto no se adaptan a la pluralidad de mentes y cuerpos. Para la fotógrafa e investigadora crip, Míriam Vega, la salud es un privilegio del discurso que otrxs formulan sobre nosotrxs: “Nacen, crecen, se reproducen y mueren no es un discurso científico para aquello que entendemos como vida. La ciencia como la clínica son instituciones patriarcales como máquinas de producir significante en los cuerpos. Aprendimos ya que hay violencias a las que somos sometidas por albergar un útero y un cuerpo asignado biopolíticamente como mujer cisgénero, pero todavía no aprendimos como transfeministas qué violencias albergan los cuerpos viejos y enfermos y qué lugar ocupan estos cuerpos en el discurso”, apunta.

“Los cuerpos ubicados en los márgenes no viven en el museo, son otrxs los que viven allá, los que comisarían y dan las becas.” –Míriam Vega

Míriam transita la acromegalia, una enfermedad crónica que se caracteriza por el aumento del tamaño de las manos, los pies, la mandíbula y la nariz. Sus autorretratos son un registro íntimo de los cambios que experimenta su cuerpo, su performatividad. “Era fotografiarse para localiza aquello que me descomponía. Un cuaderno de bitácora que hizo infiltración para ver cómo se deslizaba ese discurso identitario y poder mostrar qué violencias, subjetividades, tránsitos, reflexiones y lugares nada seguros constituye a estas narrativas. Me interesaba lo crip como piel, por eso me interesó como pixel, como fotografía”.

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Abordaje endonasal. Foto Míriam Vega.

No cree que el arte pueda entenderse como un ‘hackeo’ de las nociones de cuerpo sano o enfermo, al menos para quien lo produce. Para ella, el sentido de un ‘hacer para el museo’ tiene el propósito de efectuar contagios y fricciones, una guerrilla discursiva, pero la discapacidad como museo no es un lugar donde se pueda resistir: “Los cuerpos ubicados en los márgenes no viven en el museo, son otrxs los que viven allá: los que comisarían, los que dan beca, los que deciden qué call for papers se pueden mostrar a través de aquello que Remedios Zafra define como ‘el entusiasmo’. El freak show era desde el circo, pero también desde el museo como ciencia… La mujer barbuda, la negra, la giganta; todas en la misma jaula”, subraya la artista.

Empoderarse ante la autoridad del estetoscopio, convertir la enfermedad en arte y el arte en una forma de cuestionar los estigmas y verdades impuestas por quienes pretenden simplificar la complejidad del ser humano, inventarnos desde la subjetividad que no puede ser medida ni archivada. O como decía Felipe Lechedevirgen en su bellísimo texto ‘La tierra removida’, comprender que la enfermedad es esa “esfinge necesaria que te orilla a decidir entre latir con la fuerza del magma o disolverte en el silencio de la noche”. Sobrevivir a la vida.

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‘El árbol de sangre’ de Felipe Lechedevirgen. Foto: Hernani Enríquez ‘Hache’.

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