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Así es como Facebook quiere parar las noticias falsas

Cecilia de la Serna

Foto: Thibault Camus
AP Photo

En los últimos y convulsos meses de la actualidad internacional, con grandes eventos como el referéndum del Brexit en el Reino Unido y las elecciones presidenciales que en Estados Unidos enfrentaron a Donald Trump y a Hillary Clinton, una fórmula de ‘prensa ficticia’ ha aparecido inesperadamente: las fake news o noticias falsas. El periodismo de calidad, veraz, objetivo y con fuentes contrastadas ha sido un pilar fundamental en los grandes momentos clave de la Historia de los últimos dos siglos. Un pilar que ahora se tambalea. Internet ha abierto, sin duda, el conocimiento a escala global, democratizando así el acceso a la información en todo el mundo. Esa democratización, en su vertiente negativa, también ha facilitado la propagación de noticias falsas que pueden llegar a penetrar en la opinión pública.

Facebook ha tenido gran parte de culpa en un asunto que se ha tornado en preocupante para el correcto desarrollo de las democracias modernas. La gran mayoría de estas noticias falsas se han compartido a través de la red social de Mark Zuckerberg, lo cual le ha valido una auténtica avalancha de críticas. Tal ha sido el revuelo que se ha levantado, que Facebook ha tenido que ponerse manos a la obra e idear una forma de parar estas noticias falsas, cuya influencia se cree importante en, por ejemplo, la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos.

Según anunció Facebook a finales del pasado año, su intención era colaborar con “organizaciones externas de verificación de hechos” para identificar historias falsas y advertir así a los usuarios en el momento en el que van a publicar o compartir enlaces a estos hechos ficticios. En el proceso intervienen varios entes externos, como pueden ser medios de referencia o agencias de noticias, que pueden poner en duda la veracidad de lo que se está publicando. En un primer momento, Facebook decidió implementar un procedimiento que consistía en mostrar mensajes debajo de los posts que llevaran a un link sospechoso de contar una historia falsa, de tal manera que el usuario recibiría estas advertencias al revisar su feed. Lo que está probando ahora la red social de Menlo Park es un mensaje similar, pero que es mostrado únicamente al usuario que está intentando publicar ese enlace.

Así es como Facebook quiere parar las noticias falsas
Facebook intenta disuadir a sus usuarios de compartir noticias falsas. | Foto vía Quartz

De esta forma, lo que hace Facebook es tratar de advertir y concienciar al usuario en cuestión sobre la problemática que causa la propagación de noticias falsas. En una segunda advertencia, Facebook reitera su aviso de sospecha sobre el link, e incluso ofrece la posibilidad de consultar las fuentes que indican que se trata de una historia errónea. El usuario sigue teniendo la potestad de publicar el enlace, pero siempre rebasando ambos filtros.

Una herramienta exclusivamente estadounidense

Por el momento, esta herramienta de disuasión en la publicación de fake news sólo está disponible en Estados Unidos. Se trata de una medida más en el empeño de Mark Zuckerberg y su equipo de poner fin al problema de la desinformación en la red.  No obstante, este empeño podría no ser suficiente, ya que no son pocos los activistas y los profesionales de la información que siguen denunciando que estas medidas se quedan cortas en la lucha contra las noticias falsas. En un momento crucial, con los hechos alternativos y la manipulación deliberada por parte de no pocos entes en el marco de la información global, los referentes mediáticos de calidad se hacen imprescindibles. La búsqueda de fuentes fiables ya no es tarea tan sólo del periodista, sino también del lector.

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Cómo Facebook está construyendo un perfil sobre ti con tus reacciones

Cecilia de la Serna

Foto: Go Rando
Vimeo

Que Facebook se dedica a evaluar y vender las interacciones de sus usuarios a otras empresas no es ninguna sorpresa. Que es una de las razones por las que es un servicio completamente gratuito tampoco es una novedad.

Una buena manera de conocer a alguien es ver cómo reacciona ante algo, y eso Facebook lo sabe. Por eso, sus múltiples botones de ‘like’ son realmente poderosos. Cuando hace un año la compañía de Mark Zuckerberg decidió expandir su modelo de ‘me gusta’ a seis opciones diferentes no lo hizo por ofrecerle un mundo de posibilidades a sus usuarios, al menos no exclusivamente con ese fin. Cuando un usuario dice que “le enfada” una foto de un gatito y que “le encanta” un post de Hazte Oír, Facebook ya tiene dos elementos para hacer un perfil sobre ese usuario: es un loco que odia a los gatos y un tránsfobo.

Lo que realmente importa es qué hace más tarde Facebook con toda la información que recopila con las reacciones de sus usuarios en las publicaciones. El algoritmo que hay detrás de ellas básicamente funciona como filtro: si odias (o te enfadas con) publicaciones sobre gatos, posiblemente veas menos gatos en tu muro, y si te encantan las noticias de Hazte Oír, tu muro se llenará de posts ultracatólicos. También puede que Facebook quiera provocarte o jugar contigo y mostrarte muchos gatos para ver cómo reaccionas. Resulta, al final, como un experimento en el que los usuarios somos las cobayas.

El hecho de reaccionar en una publicación se ha convertido en un acto impulsivo, casi instintivo, como saludar a un conocido en la calle. No obstante, va más allá y sus consecuencias son mucho mayores que las de un simple saludo. Todas estas reacciones pueden servir, eventual y muy probablemente, para que las marcas conozcan más sobre ti y hacerte llegar más publicidad sobre lo que te gusta, te encanta y te divierte, y también intentar venderte lo contrario de lo que te enfada o te entristece. E, incluso aún más preocupante, gobiernos y agencias de inteligencia de medio mundo pueden terminar usando esos datos sobre ti para quién sabe qué.

Go Rando, la reacción aleatoria

¿Quieres evitar que Facebook, o cualquier tercero, utilice estos datos para dibujar un perfil sobre tu personalidad? Es fácil con la extensión Go Rando, que básicamente escoge aleatoriamente una de las reacciones de Facebook cuando haces ‘me gusta’ en una publicación. Esta extensión, que puede descargarse e instalarse en un navegador, hace creer a Facebook que tus reacciones están emocionalmente equilibradas, lo que difícilmente puede describirte o encasillarte para futuros usos de tus reacciones.

Aunque tengas Rando instalado, siempre podrás seguir eligiendo las reacciones que prefieras. Recuerda: tus emociones son sólo tuyas.

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Ellos lo saben todo

Clara Paolini

¿Por qué trabajamos gratis para Google y Facebook?

Internet es una mansión de cristal donde todo lo que miramos, sobre qué hablamos, lo que nos interesa o preocupa, dónde estamos, qué hacemos, con quién y cuándo, queda registrado para siempre. Vaya novedad, ¿verdad? A estas alturas todos hemos aceptado en mayor o menor medida que nuestra identidad, el más preciado bien de todo individuo, se nos escapa cada día un poco más de las manos a golpe de click. También sabemos, o al menos eso espero, que alguien se beneficia de todos esos valiosos datos que compartimos “sin querer queriendo”.

Sabemos todas esas cosas, pero en general, evitamos pensar en ello. No nos gusta hurgar más de la cuenta en el irrefutable hecho de haber entregado nuestras identidades; en primer lugar, porque resulta incómodo y molesto sabernos desnudos, listos para ser arrojados en la caja de las estadísticas o nichos de mercado, y en segundo, porque resulta sencillamente más cómodo y placentero seguir disfrutando de lo fácil que nos hace la vida internet, prefiriendo no detenernos en preguntas que puedan ocasionar conflictos internos imposibles de resolver.

Aun así, por mucho que intentemos evitar pensar en ellas en un intento de hacerlas desparecer, las preguntas incómodas siguen ahí, acechando nuestra apacible existencia en conectividad: ¿cuál es el precio que en realidad pagamos al utilizar servicios digitales gratuitos?, ¿qué consentimos, sin saberlo, al instalar cookies, aceptar las condiciones de Facebook o hacer una inocente búsqueda en Google?, ¿qué saben de nosotros las grandes empresas digitales y cómo lo utilizan?, ¿somos conscientes de que cómo los grandes gigantes digitales monetizan nuestro tiempo en red, nuestras reacciones y hasta nuestras relaciones?

En la cúspide de esta montaña de dudas se eleva la incógnita sobre si hallar respuestas de verdad nos preocupa o es más cómodo optar por el “ojos que no ven corazón que no siente” para poder seguir disfrutando de las innumerables maravillas que ofrece la web. Como primera respuesta a todas estas preguntas, un aviso a navegantes: lo más probable es que estas cuestiones quede sin resolver mientras el tiempo que pasas en esta página se monitoriza. Y resulta complicado dilucidar si eso es bueno o malo.

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Instalación de Rick Smolan para la exposición Big Bang Data vía Torene Project

¿Cómo utilizan nuestra información?

En los últimos años, un reducido número de corporaciones digitales ha conseguido hacerse con más información de la de ningún servicio de inteligencia en la historia soñara jamás. Compilar la ingente cantidad de datos que hoy nutre el llamado fenómeno Big Data ha resultado una tarea sorprendentemente fácil, porque la hemos entregado a cambio de cosas que nos gustan, o en este, punto, que consideramos hasta indispensables. Dar tu nombre, fecha de nacimiento y ubicación para poder enviar emails o hacer llamadas sin pagar un duro parece a simple vista, una oferta irrechazable.

Con el mismo principio, usamos Google Maps aceptando informar sobre dónde estamos, traducimos textos en otra lengua mientras dejamos un rastro de los contenidos que antes no entendíamos o adquirimos objetos baratos de importación dejando bien claro qué tipo de consumidores somos y cuáles son nuestros hábitos de compra. No es una trampa en la que hayamos caído de forma pasiva, e incluso nos convertimos en creadores de contenidos con los que rellenar los espacios sobre los que se publicitan las marcas. De lo que no nos damos cuenta es que en el fondo, todos esos fantásticos servicios que hacen de internet un espacio más útil y enriquecedor cada día, no son gratis. Son plataformas de las que disfrutamos gracias al sistema de trueque “servicios a cambio de datos”.

Estos intercambios, ¿contribuyen a hacer nuestra existencia un poco mejor, más fácil y agradable? Desde mi punto de vista sí, pero no conviene perder de vista el hecho de que Google o las redes sociales son empresas de publicidad cuyo modelo de negocio es utilizar nuestros datos para que el resto de compañías, que sí venden bienes o servicios a cambio de dinero, lo hagan de forma más efectiva. El principal objetivo de los gigantes digitales es enriquecerse. Si de forma colateral crean un mundo mejor conectado y más avanzado, o por el contrario, una sociedad más fácilmente manipulable, son a fin de cuentas, efectos colaterales.

En una entrevista al economista Yann Moulier-Boutang en la contra de La Vanguardia el experto ofrece una visión clara sobre lo evidente: todos trabajamos gratis para la GAFA (siglas de G-oogle, A-pple, F-acebook y A-mazon). “Millones de humanos no cobran ningún sueldo pero dedican gran parte de su vida a generar dividendos para las GAFA. Ocupando todas las facetas de nuestra vida, la digitalización consiste en poner online, ergo monetizar, todas las relaciones humanas (…) Se van apropiando de todos los signos que los humanos generamos en el planeta: el presupuesto de una empresa o el cumpleaños de la abuela en Facebook. Es la economía de la atención, cuanta más atención les prestamos, más datos les damos y más rentables son. Los convierten en dinero, acompañándolos de publicidad viralizada, o en información mercancía para venderlos como big data a otras empresas”.

Instalación HELLO World! de Christopher Baker vía Gunnar Knechtel Photography
Instalación HELLO World! de Christopher Baker vía Gunnar Knechtel Photography

Lo queramos o no, muchos de nosotros somos esclavos de internet, y como tal, ponemos al servicio de las grandes corporaciones nuestra mano de obra gratuita. Como resalta Moulier-Boutang, “nadie se daba cuenta de que gratis eran las baratijas con que los esclavistas engañaban a los nativos hasta encadenarlos”, como puede que tampoco estemos apreciando en toda su complejidad el nuevo status de control por parte de las compañías digitales porque lo que nos ofrecen, nos encanta.

Las mentes más brillantes de nuestra generación trabajan en sus oficinas, por lo que resultan “amos” bastante considerados. Manejando a la perfección el ambiguo concepto de libertad, pocos nos sentirnos cautivos, y aunque la publicidad nos molesta, seguimos considerando que somos medianamente libres y anónimos. Pasar tiempo navegando es tan entretenido, didáctico y útil, que llegamos a la conclusión de que nos están haciendo un favor, y como somos tantos los usuarios, el sentido de esclavismo o falta de privacidad queda diluido entre la masa. A fin de cuentas, ¿qué importa que sepan todo acerca de mí si no soy nadie? Mientras no utilicen mis datos bancarios sin mi consentimiento, todo bien.

Lo gratis, ¿sale caro?

En palabras extraídas del libro Código 2.0 de Lawrence Lessing “la mayoría de usuarios de Internet no tiene ninguna conciencia de si su conducta está siendo vigilada o de si puede ser rastreada. Más bien al contrario, la experiencia de la Red nos sugiere anonimato”. El libro de Lessig, aunque imprescindible, ha cumplido ya 10 años, por lo que cabe preguntarse si acaso ¿no hemos perdido ya la inocencia? Las evidencias acerca de cómo la GAFA y sus compinches utilizan nuestros datos se han ido amontonando de forma gradual, y a día de hoy, resulta casi imposible no ver cuáles son las consecuencias. Si por ejemplo escribimos en la página de Facebook de una aerolínea una queja, al cabo de los meses aparecerá entre las fotos de nuestros amigos el anuncio de una empresa que gestiona reclamaciones sobre cancelaciones, o si ojeamos un producto en cualquier plataforma de venta online, nos perseguirá su fotografía en forma de anuncio allá donde vayamos en la web. Estaremos hablando con un familiar en Facebook, leyendo el periódico online o usando una app y allí estarán; los zapatos sobre los que te detuviste 1,3 segundos o los mejores hoteles de aquel destino de vacaciones que googleaste por pura curiosidad, te perseguirán hasta el último rincón.

La publicidad a medida, dando en el clavo de tus deseos, necesidades y gustos, aparece como por arte de magia, pero dado que hemos llegado a la madurez como internautas, sabemos que tiene truco. Los métodos que las marcas utilizan para crear y segmentar la publicidad en internet no son ningún secreto, y no hace falta ser un gurú del marketing digital para conocer las claves sobre el funcionamiento del mecanismo que mueve los hilos. No es necesario que hayamos visto nunca un Google Analitycs mostrando gráficos de comportamiento, ni sepamos de forma exacta las opciones que Facebook ofrece a las marcas para elegir los perfiles adecuados sobre los que publicitarse. En un alarde de demostrar lo bien que nos conocen y lo mucho que nos quieren (como consumidores), el sistema con el que las empresas monetizan nuestras navegaciones se exhibe en nuestras propias narices cada vez que aparece un anuncio a medida.

Face to Facebook, una obra de Paolo Cirio y Alessandro Ludovico vía LSN Global.
Face to Facebook, una obra de Paolo Cirio y Alessandro Ludovico vía LSN Global.

Pueden persuadirnos, ¿pero no manipularnos?

Las campañas de publicidad online son cada vez más invasivas, pero también es cierto que nuestras habilidades para distinguir y esquivar anuncios se ha desarrollado a la par. Dado que hemos aceptado trabajar gratis para Facebook y Google y que sabemos cómo utilizan nuestra información, nos hemos visto obligados a desconfiar de todo como forma de vida. Sin embargo, nuestro impermeable anti publicidad tiene sus límites y a veces resulta difícil complicado distinguir la fina línea que separa la persuasión de la manipulación.

Conozco a pocas personas que hayan visto un anuncio completo en YouTube antes de dar al botón de “saltar publicidad” y he llegado a presenciar los superpoderes de algunos individuos a la hora de evitar el campo de minas de pop ups y publicidad en algunas páginas ilícitas de visualización o descarga de películas. Pero si muchas de las empresas digitales marcan el paso de la economía, por algo será. ¿Por qué sigue funcionando tan bien? La clave está en mezclarlo todo y usar el mismo formato, haciendo que cada vez resulte más complicado distinguir, si es que alguna vez fue posible, qué es publicidad y qué es información. De ahí que Facebook incluya los anuncios en nuestro timeline en lugar de la fácilmente esquivable columna lateral de antaño, o que los medios de comunicación incluyan a pie de página impactantes “noticias” virales de dudosa procedencia con links a plataformas plagadas de anuncios.

“Los vendedores ya no sólo seducen nuestros deseos innatos, sino que llegar a programar nuestros comportamientos.

El abuso está a punto de devaluar no solo la publicidad, sino la propia información, pero por lo visto por ahora funciona. Y es más, antes de que estas tácticas dejen de ser efectivas, ya se habrán instaurado otras aún más penetrantes. Hace un tiempo un artículo publicado en el diario The Atlantic predecía certeramente el futuro del marketing asegurando que “ las futuras aplicaciones que hacen uso de grandes volúmenes de datos, localizaciones, mapas, seguimiento de los intereses de un navegador y flujos de datos procedentes de dispositivos móviles y portátiles, prometen marcar el comienzo de la era de poder sin precedentes en manos de los vendedores, que ya no sólo seducen nuestros deseos innatos, sino que llegar a programar nuestros comportamientos”.

En el lado opuesto a eta afirmación, podemos pensar que es imposible llegar a tal manipulación. Somos demasiado inteligentes como para no darnos cuenta del efecto que la publicidad tiene en nosotros, y algo hay que dar a cambio de los servicios de los que disfrutamos. Por ejemplo, los usuarios de Wallapop intercambian entre ellos productos mediante una plataforma gratuita en la que todo parecen ventajas. Por ahora, a pesar de las multimillonarias inversiones, no ganan ni un duro por lo que se prevé que en un futuro, habrá publicidad. Es posible que utilizando nuestra ubicación y búsquedas, se ofrezca información sobre comercios a nuestro alrededor donde comprar lo que queramos de primera mano. ¿Estarán manipulando nuestra información para vendernos cosas? Sí, pero establecer si esto nos perjudica al manipular nuestras acciones, o nos beneficia al hacer más fácil que encontremos lo que queramos, depende del cristal con el que se mire.

Apocalípticos e integrados

apocalipticos-e-integrados-umberto-eco-4970-MLA4008899551_032013-FTomando como referencia el conocido libro Apocalípticos e Integrados de Umberto Eco, es posible aplicar las concepciones opuestas con las que el filósofo dividía la percepción de la cultura de masas a esta nueva dominación de los gigantes online.  Según los apocalípticos, la cultura de masas, o en este caso, la nueva era del marketing digital, genera homologación, manipula a sus públicos, provoca emociones pre construidas y está dominada por las leyes del mercado. Uno de las personalidades que mejor ejemplifica esta corriente de opinión sea quizá Andrew Keen, autor de Internet no es la respuesta. Por otro lado, desde la visión de los integrados, la actual era de la digitalización, no puede ser reducida a un fenómeno capitalista, permite el acceso democrático a la cultura y la información, puede servir como agente de formación y satisfacer necesidades. Como ejemplo de esta postura, cualquier trabajador de Sillicon Valley que considera que gracias a nuestros datos, la tecnología está haciendo del mundo un lugar mejor.

En el fondo importa poco de qué lado nos situemos, ya que lo cierto es que parece imposible escapar. La única alternativa a este nuevo mundo creado donde la publicidad mueve los hilos de nuestras acciones es no utilizarlo, y sinceramente, no parece una opción más beneficiosa que continuar compartiendo datos. Lo de poner en Facebook “no permito que se venda mi información” es una verdadera chorrada, leerse el rollo de las cookies cada vez que visitamos una página es impensable y por más que Google se empeñe en convencernos en su página de administración que no vende nuestra información a terceros, queda claro que eso es extensamente discutible.

La ley establece nuestro derecho a saber qué saben las empresas de nosotros, ¿pero de verdad nos importa? Tomando prestada una frase de Dan Ariely, los humanos somos “predeciblemente irracionales” por lo que no siempre actuaremos en nuestro mejor beneficio. Mientras unos sigamos disfrutando y otros enriqueciéndose, la maquinaria seguirá en marcha, aunque nunca está de más abrir los oídos al permanente murmullo que desde segundo plano se burla de nosotros susurrando “si lo barato sale caro, lo gratis ya ni te digo”.

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Tu cara aparece en una obra de arte y una 'app' de Google te ayuda a encontrarla

Redacción TO

Foto: Kumail Nanjiani
Twitter

Google Arts&Culture es el museo virtual más grande que existe. La aplicación se puede descargar en cualquier dispositivo desde hace más de un año y medio. Google colabora con más de 1.200 museos, galerías e instituciones de 70 países para que sus exposiciones estén disponibles online para todo el mundo. Además de permitir visitas virtuales a exposiciones —todo a través de la pantalla del móvil—, la app recupera historias como la de la Savitribai Phule, la mujer que ayudó a instalar la primera escuela para niñas en la India; cuenta con reportajes visuales sobre las luces de neón en Hong Kong y con reivindicaciones sobre cómo los trabajos de perlas africanos artesanales cambiaron el mundo. Pero Google Arts&Culture no se ha hecho viral por nada de esto.

La verdad es que nos hemos dado cuenta de que existe por una cuestión bastante ególatra. La app de Google ha lanzando una función que encuentra, con solo subir un selfi, la obra de arte, cuadro o retrato a la que te pareces. Así, tu selfi con poca luz en 2018 resulta ser súper parecido a un óleo del Barroco que se encuentra en el Rijksmuseum de Amsterdam. Si es que nada nos gusta más a los humanos que vernos, aunque sea reconvertidos en un retrato de un señor con bigote del siglo XVII.

La aplicación encuentra el parecido entre los autorretratos y las obras de arte gracias a la inmensa colección de cuadros de Google y a una función muy avanzada de reconocimiento facial. Un porcentaje en la parte superior indica el parecido entre ambas imágenes. “Siempre tratamos de encontrar formas interesantes e interesantes para que la gente hable sobre el arte, y esta fue una de ellas”, dijo a The Washington Post Patrick Lenihan, portavoz de Google.

De momento, esta función solo está disponible en Estados Unidos, y no en todo el país. Google ha declinado comentar si hay planes de expandir esta función a otros países. Esto no ha impedido que miles los usuarios hayan encontrado ya su parecido. Además, de la actriz Felicia Day o el actor Kumail Nanjiani, el cantante Gil McKinney, el músico Pete Wentz y numerosos periodistas norteamericanos, los niños de Stranger Things o Bojack también se han apuntado a encontrarse (este último es de los pocos que ha conseguido casi un 90% de parecido).

Ahora solo cabe esperar que estos miles de retratos igualen nuestro interés por el arte al que ya tenemos por los selfis.

Además, si algo ha demostrado esta app, es que Google tiene fichadas no solo las obras de arte mundialmente reconocidas… Aquí la prueba:

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La próxima generación de 'influencers' no será humana

Cecilia de la Serna

Foto: @lilmiquela
Instagram

Los influencers generan beneficios millonarios, son líderes de opinión para una generación entera y rediseñan día a día el concepto de liderazgo. Estas celebridades, generalmente erguidas gracias al enorme influjo de Internet en la sociedad, sobre todo entre los más jóvenes que se sirven de las herramientas digitales para prácticamente todo, son de igual o mayor relevancia que muchos líderes mundiales.

Los influencers que conocemos son seres humanos, como todos nosotros, que sienten y piensan y viven como el común de los mortales. Por tanto, hierran y tienen sus puntos débiles. Sea en la piel del personaje o en la de la persona, sus propias personalidades generan un vínculo con sus hordas de seguidores a través de un principio humano: la empatía. Y esta empatía que se construye de individuo a individuo puede estar en riesgo con una tendencia que ya empieza a dibujarse: los influencers que llegan no serán necesariamente humanos.

La competencia que le saldrá a Dulceida, a las Kardashian o al youtuber de turno vendrá de la mano de imágenes generadas por ordenador, cyborgs y otros entes virtuales o semi-virtuales. El primer y gran ejemplo es la bloguera Miquela (@lilmiquela), que en Instagram cuenta con más de 520.000 seguidores y no es humana.

mfw I’m buying furniture for my first apartment in LA ☺️💛

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Miquela Sousa -que es brasileña y americana- tiene una historia y un recorrido propio. Desde 2016 ha ido generando su propio discurso estético, artístico, de estilo de vida e incluso ideológico, un discurso que se ha mantenido coherente y que ha generado esa empatía que mencionaba como necesaria en la relación influencer-seguidor.

La delgada línea entre virtualidad y realidad se hace patente en el caso de Miquela, que a pesar de ser una imagen generada por un ordenador puede llegar a parecer real ante los ojos de los que la siguen. La controversia en este caso ha estado servida por la verosimilitud del personaje, que resulta muy auténtico ante los ojos del espectador. La pregunta que muchos se harán es ¿quién está detrás de esta modelo? No se sabe. Al menos no a ciencia cierta. Se ha especulado con la autoría de Miquela, si es individual o compartida por varios usuarios, pero -al contrario que en el caso de, por ejemplo, Gorillaz– no se sabe exactamente quién o quiénes están detrás de la peculiar bloguera.

Winter in LA 🌴

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2018 Desert Litty!!

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El misterio que rodea a esta it girl la convierte en algo aún más atractivo. El secreto tras su verdadera identidad atrapa a sus seguidores, que han llegado a teorizar sobre quién o qué es, hablando de estrategias de marketing, diseñadores gráficos e incluso de que Miquela no sea más que un adelanto de la quinta edición del célebre videojuego de simulación Los Sims. Lo único claro es que sus miles de fans viven con entusiasmo cada paso de Miquela, que cuenta incluso con una tienda de ropa propia y hasta su propia música en Spotify.

Lil Miquela no es la única no humana que está a la caza de la influencia digital. El progreso de la tecnología ha permitido un increíble desarrollo en las herramientas 3D, como en el caso que hemos mostrado, que combinan a la perfección imagen real e imagen generada por ordenador (CGI, por sus siglas en inglés). El mundo CGI es muy extenso, sin embargo en la vida real y gracias a elementos como la Inteligencia Artificial también encontramos a influencers no del todo humanos. Es el caso de los cyborgs, esas criaturas compuestas de elementos orgánicos y dispositivos cibernéticos​ que hemos visto cientos de veces en las películas de ciencia ficción y que no están en absoluto lejos de la realidad.

Estos seres, híbridos entre lo real y lo virtual, están apuntando alto y quieren hacerse también con las redes. Es el caso de LaTurbo Avedon, que en su biografía de Twitter se define como “artista avatar” y que quiere, a través de su presencia en las redes sociales, mostrar un punto de vista distinto sobre su percepción artística.

Club Rothko Save 04 (Mirror) from LaTurbo Avedon on Vimeo.

Las implicaciones verdaderas de estas tecnologías y personalidades inventadas -como muchas de las que actual y humanamente copan los Instagrams más seguidos- no están claras. No obstante, el futuro de estas celebridades cibernéticas podría ofrecer una pista de cuán borrosas pueden ser las diferentes líneas entre lo real y lo virtual. ¿Estás preparado para la nueva generación de influencers no humanos?.

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