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Así es la carne de laboratorio que puede acabar con el hambre en el mundo

Jorge Raya Pons

Foto: Beck Diefenbach
Reuters

En cierto modo una de las preocupaciones del hombre (y de la mujer) de hoy deriva de las implicaciones éticas de comer animales en una sociedad que ofrece tantas posibilidades para no hacerlo. Los veganos son persuasivos y se esfuerzan por demostrar que una dieta sin carne es posible, que detrás de la producción de muslos, contramuslos y costillas hay horror y sufrimiento y una cadena de circunstancias poco estimulantes y suficientemente macabras como para convertir el acto de comer un chuletón de buey en un crimen contra nuestra propia integridad espiritual. Es un mensaje tramposo que persigue alcanzar el corazón de los no conversos y que apela únicamente a nuestra capacidad para emocionarnos y decir ‘No’ a pesar de ese instinto que nos empuja.

Con todo, existe un factor científico e incuestionable que justifica que dejemos de comer animales. De acuerdo con los cálculos de las Naciones Unidas, la ganadería es responsable del 18% de las emisiones de gases de efecto invernadero, siendo las vacas las más señaladas. Este dato, tan sorprendente, se vuelve pequeño si atendemos a un informe de la organización ecologista Worldwatch Institute, que en 2009 fijó el porcentaje de emisiones en el 51%, haciendo énfasis en que la mayor parte de estos gases son partículas de metano y que cada una de ellas es 33 veces más dañina para la atmósfera que las partículas de dióxido de carbono, de las que andamos tan preocupados. Si a estas cifras añadimos que una tercera parte de las tierras fértiles del planeta se destinan a la cría de ganado y que la mitad de nuestros cultivos están dirigidos a su alimentación, podemos entender la necesidad de encontrar una alternativa a la carne que sea atractiva para el consumidor medio.

Así es la carne de laboratorio que puede acabar con el hambre en el mundo
El profesor Mark Post, en 2013, posando junto a la primera muestra de vaca cultivada. | Fuente: Reuters

En 2004, el profesor Mark Post, de la Universidad de Maastricht, en Holanda, comenzó sus primeros intentos de producir carne a partir de células musculares de vaca en su laboratorio. Este proyecto parecía un delirio y una locura, pero pasó poco tiempo hasta que pudo demostrar que partiendo de unas pocas células madre –extraídas de una vaca viva- se puede obtener más de diez toneladas de carne, que todo lo que se necesita es controlar el crecimiento y la reproducción de unas células que nutridas adecuadamente con agua y vitaminas se multiplican con rapidez y sin fin.

“Necesitamos menos recursos que la industria para producir carne, por lo que podemos aumentar la producción y alimentar a todo el planeta”, dijo el profesor en una entrevista de 2016 para la televisión alemana DW, dejando a las claras que está construyendo una nueva oportunidad para erradicar el hambre en el mundo. Los presagios son esperanzadores, pero la meta, por costosa, parece lejana: la primera hamburguesa de carne cultivada en su laboratorio se vendió en 2013 y la compró el dueño de Google, Sergei Brin, por 250.000 dólares.

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Una receta con pollo cultivado de Memphis Meats, ahora en 2017. | Fuente: Memphis Meats

Sin embargo, los pasos siguen sucediéndose y más allá de universidades hay empresas que marcan el futuro. “Es emocionante presentar las primeras carnes de pollo y pato procedentes de animales que no han sido criados”, dijo Uma Valeti, directora de la compañía norteamericana Memphis Meats, en un comunicado de prensa a principios de marzo. “Aspiramos a producir en masa esta carne que será deliciosa y sostenible”. Memphis Meats, que presenta con orgullo su trabajo, ha reconocido que cada kilo de pollo producido les ha costado 18.000 dólares, pero que esperan rebajar el coste hasta los 5 dólares en 2021, cuando su producto estará listo para ser comercializado. En su caso, agregan, las emisiones de gases invernadero son un 90% inferiores al de la industria tradicional.

El principal logro de la compañía no es tanto que hayan conseguido crear un producto con los nutrientes propios de un pollo de corral, como que éste tenga el mismo sabor que ese pollo de corral. Y aquí está la clave: el placer gustativo es, a fin de cuentas, aquello que nos retiene.

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La NASA captura un enorme bloque de hielo despegándose de la Antártida

Redacción TO

Foto: NASA

Una parcela del tamaño de Sicilia comenzó el año amenazando con separarse definitivamente de la Antártida, y esa amenaza terminó por cumplirse en el pasado mes de julio. Hasta ahora, las únicas imágenes que nos habían llegado del iceberg A-68 nos llegaron vía satélite. Esto se debe a la oscuridad que reina en esta época del año. Sin embargo, con el retorno del sol a la llegada del verano, se han sucedido los vuelos por encima del continente y se ha podido ver por primera vez el iceberg gigante.

La NASA se ha encargado de difundir algunas de estas imágenes, que muestran una realidad temible. “Este es un gran cambio: los mapas tendrán que volver a dibujarse“, comentó el investigador Adrian Luckman, de la Universidad de Swansea, al diario The New York Times.

En la página web de la agencia espacial, la experta científica Katheryn Hansen escribió el pasado 12 de noviembre: “Sabía que vería un iceberg del tamaño de Delaware, pero no estaba preparada para el impacto de verlo desde el aire. La mayor parte de los icebergs que he visto parecen relativamente pequeños y compactos. Este no es el caso. Este (A-68) es tan vasto que parece que siga formando parte del continente”.

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Alejandro 'El Sirio', el estudiante de turismo en Alepo que lo dejó todo por ser torero

Lidia Ramírez

Foto: Foto cedida por Alejandro 'El Sirio'

Esta es la historia de un sueño que surgió a 5.000 kilómetros de España hace ya casi dos décadas. Es la historia de Hazem Al-Masri, conocido como Alejandro ‘El Sirio’, un alepino que, casualmente, vio una corrida de toros siendo niño mediante el canal internacional de TVE y que a partir de entonces tuvo claro a qué quería dedicarse el resto de su vida. “En ese instante cambió todo para mí. Ver aquella corrida en televisión me pareció algo mágico. En ese momento me dije que tenía que viajar a España para ser torero”, cuenta Alejandro a The Objective. Tenía 14 años.

Sin embargo, no fue hasta los 18 cuando ‘El Sirio’, que en esos momentos estudiaba un grado de Turismo en Alepo, decidió dejarlo todo y, con un petate lleno de ilusiones, puso rumbo a España para cumplir su sueño. Era el año 2000. La ciudad que lo recibió fue Valencia, donde unos compatriotas lo ayudaron a alojarse y a buscar trabajo.

–¿Recuerdas lo que hiciste nada más llegar a España?

–Claro que sí. Ir a la plaza de toros. Quería comprar una entrada para ver una corrida. Sin embargo, cuál fue mi sorpresa que me dijeron que hasta la feria de marzo no había festejos. Era octubre. No entendía como estando en España no podía asistir a una corrida hasta dentro de cinco meses –cuenta el banderillero a The Objective en un perfecto español.

Alejandro 'El Sirio', el estudiante de turismo en Alepo que lo dejó todo por ser torero
Hazem Al-Masri junto a su madre, en Alepo. | Foto cedida por Alejandro ‘El Sirio’

Comenzó trabajando en un taller de alarmas para vehículos, allí gracias a sus compañeros –y al flamenco– fue aprendiendo el idioma. “Escuchaba flamenco todo el rato”, recuerda. Fue en ese taller de alarmas donde también lo ‘bautizaron’ de nuevo. A partir de ese momento, pasaría a llamarse Alejandro. Lo de ‘El Sirio’, vendría años más tarde. Concretamente cuatro años después de su llegada a Valencia. “Ya sabía hablar español y un compañero me dijo que en Valencia había una escuela taurina. Ese mismo día pedí permiso en el trabajo y fui a la escuela en busca de mi sueño, aprender a ser torero, que era por lo que yo había venido a España”.

Sin embargo, lo que no esperaba es que con 22 años era ya demasiado tarde para ser matador de toros. “No entendía como con esa edad alguien podía ser mayor para comenzar a aprender algo”. Pero ‘El Sirio’ no desistió y, si bien había sido capaz de dejar, siendo todavía un niño, su tierra, su familia y sus raíces, nada ni nadie le impediría cumplir su sueño. Así que tanto insistió que finalmente permitieron que acudiera por las tardes a la plaza de toros de Valencia donde entrenaban los toreros de la tierra. “Yo decía: cuando ponga el pie dentro de la plaza de allí no me saca nadie”. Y así fue, a pesar del disgusto que esto supuso para su madre, quien desde 2005 reside también en España, y la cual no entendía como su único hijo quería ser torero.

Allí aprendió, además de a saber diferenciar entre una muleta y un capote o el significado de los diferentes pañuelos de la presidencia, que no podía ser espada. “Mi maestro, Víctor Manuel Blázquez me dijo que lo mejor era intentarlo como banderillero, así que, como no veía otra salida, eso hice”.

De su debut vestido de luces, en septiembre de 2007, recuerda que fue una novillada de la escuela taurina. También recuerda que fue el día más feliz de su vida. “Estaba muy nervioso, pero pensé: por fin lo he logrado”.

Desde 2011, Alejandro, quien en todos estos años ha tenido que trabajar como fontanero, electricista, cogiendo naranjas, instalando aires acondicionados…, acompaña al diestro Román, formando parte de su cuadrilla desde hace dos temporadas.

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Alejandro ‘El Sirio’, al fondo, vestido de luces junto a la cuadrilla de Román. | Foto cedida por Alejandro ‘El Sirio’

Ahora, es feliz en España vestido de torero de plata. Pero no olvida sus raíces. No olvida que ese joven que llegó hace casi dos décadas y al cual ‘rebautizaron’ como Alejandro ‘El Sirio’, es en realidad Hazem Al-Masri, de Alepo. Una ciudad hoy completamente devastada por los continuos bombardeos debido a una guerra que comenzó en 2011 y que ha destrozado al país. “Yo dejé un país alegre, con gente feliz, donde había trabajo para todos… Es una atrocidad lo que están haciendo con él por intereses económicos y políticos”, apunta el banderillero con voz entrecortada al otro lado del teléfono.

Hoy Hazem, Alejandro o ‘El Sirio’, agradece al destino que un día, haciendo zapping, se cruzara con aquella corrida de toros en televisión que le hizo que sus sueños y su suerte tomaran otro rumbo.

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Una campaña de PETA compara cenar bebés con comer pavo

Redacción TO

Foto: Gabriel García Marengo
Unplash

Desde 1961 los estadounidenses vienen celebrando su tan popular Día de Acción de Gracias o Thanksgiving Day. En este día, que tiene lugar cada cuarto jueves de noviembre (este año se celebrará el próximo jueves 23), las familias se reúnen en una celebración muy similar a la cena de Navidad. La tradición culinaria de esta comida, que se celebra como agradecimiento a la buena cosecha del año, obliga a emplear los ingredientes originarios de los indios nativos. El alimento protagonista es el pavo asado al horno acompañado por regla general con alguna salsa de arándanos (generalmente dulce y que contrasta con los sabores salados de la carne) y algún plato de verduras.

Con motivo de esta festividad, cada año se sacrifican millones de pavos en Estados Unidos. Desde la organización Personas por el Trato Ético de los Animales (PETA) denuncian que la industria avícola se jacta de que cada año mata de 44 a 47 millones de estas aves. Por ello, es que han lanzado una campaña en contra de sacrificar a estos animales que ha levantado una gran polémica al comparar comerse a una de estas aves con un bebé. “Los pavos pueden vivir hasta 10 años, sin embargo aquellos que son criados para comer generalmente son asesinados cuando tienen entre 12 y 26 semanas de edad. Todos los animales merecen ser tratados con compasión. Todos somos iguales”, apuntan es su página web.

En el vídeo de campaña titulado ‘¿Te estás comiendo un bebé?’, se puede ver a una familia sentada alrededor de una mesa en el Día de Acción de Gracias. Cuando se disponen a comer el plato estrella, descubren que en la olla no hay el tan esperado manjar, sino un bebé horneado y cubierto de condimentos. Tras un primer momento en el que se puede ver a los comensales sorprendidos, rápidamente pasan a ingerir al bebé.

El vídeo ha levantado una gran polémica en redes sociales y son muchos los usuarios los que han advertido a PETA que no están salvando la causa ya que un pavo de seis meses “nunca será equivalente a un bebé humano”.

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¿Por qué sufrimos tanto con el dolor de cabeza?

Redacción TO

Foto: Carolina Heza
Unsplash

Hay una razón por la que el dolor de cabeza se nos hace tan insoportable. O el de muelas. O el de ojos. Todo se debe a que las neuronas sensoriales que trabajan en la cabeza y la cara están directamente conectadas con uno de los principales ejes de señalización emocional del cerebro. Esto no quiere decir que el resto de partes del cuerpo no lo estén, sino que lo están de manera indirecta.

Al menos así lo demuestra un estudio de la Universidad de Duke, cuyas conclusiones podrían ser fundamentales en el desarrollo de tratamientos más efectivos contra el dolor craneofacial. Especialmente interesante en el caso de los dolores de cabeza crónicos y en el dolor facial neuropático.

“Habitualmente los médicos se centran en atacar la sensación de dolor, pero se ha evidenciado que lo que necesitamos abordar son los aspectos emocionales del dolor”, sostiene Fan Wang, uno de los responsables de la investigación y profesor de Neurobiología y Biología Celular en la Universidad de Duke, en unas declaraciones recogidas por el portal especializado Futurity.

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El profesor Steve Gentleman, sosteniendo un ejemplar de cerebro humano. | Foto: Neil Hall/Reuters

Hay que tener en cuenta que son dos grupos de neuronas las que se ocupan de trasladar las señales de dolor desde el cuerpo hasta el cerebro, y que es posible que las neuronas de la cabeza sean más sensibles al dolor que las neuronas del resto del cuerpo. Con todo, estas diferencias de sensibilidad no explicarían una mayor sensación de miedo o de sufrimiento físico en la cabeza que en el cuerpo, de acuerdo con Wang.

“Tenemos la primera explicación biológica de por qué este tipo de dolor puede ser mucho más doloroso”

Las resonancias magnéticas vendrían a demostrar estos supuestos, ilustrando una mayor actividad en la región cerebral de la amígdala –involucrada en las experiencias emocionales– y coincidiendo con los relatos de los pacientes que confiesan un mayor sufrimiento con el dolor de cabeza que con el dolor corporal. “Parece activar el sistema emocional más extensamente”, dice Wang, que guarda ciertas reservas. “Pero lo que siguen sin estar claros son los mecanismos subyacentes”.

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El presidente suizo, Johann Schneider-Ammann, y su homólogo portugués, Marcelo Rebelo de Sousa, durante una explicación científica sobre el cerebro humano en el Centro Wyss, en Ginebra. | Foto: Denis Balibouse/Reuters

En esta investigación también participó Wolfgang Liedtke, profesor de Neurología en el Centro Médico de la Universidad de Duke, quien comparte el optimismo de Wang: “Tenemos la primera explicación biológica de por qué este tipo de dolor puede ser mucho más doloroso desde un punto de vista emocional que otros”. Y continúa: “Este estudio abre la puerta no solo hacia una comprensión más profunda del dolor crónico en la cabeza, sino también hacia una traducción en tratamientos que ayuden a los pacientes”.

Son los casos de quienes padecen cefaleas o neuralgias del trigémino, por ejemplo. En algunas circunstancias el dolor es tan severo que los pacientes buscan soluciones drásticas, como cortar las vías neuronales que conectan con el cerebro y transportan la sensación de dolor. A veces ni siquiera está vía es efectiva. Liedtke confía en que sea cuestión de tiempo poner fin a esta circunstancia.

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