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Así es la primera Bienal artística realizada en la Antártida

Redacción TO

Foto: Antarctic Biennale

Marzo ha sido el mes elegido para preparar la primera Bienal artística realizada en la Antártida, la Antarctic Biennale, que viene de la mano de su comisario, el artista ruso, marinero y filósofo, Alexander Ponomarev, y de la productora, la Fundación Quo Artis. La Bienal se concibe como “un fenómeno socio-cultural internacional que utiliza metodologías artísticas, científicas y filosóficas para hacer frente a los espacios compartidos, tales como la Antártida, el Océano, y el espacio exterior”, asegura la propia organización.

La expedición artística partió el pasado 17 de marzo del puerto argentino de Ushuaia, la ciudad más austral de nuestro planeta, y se ha llevado a cabo a bordo del buque de investigación Akademik Sergey Vavilov de la Academia de Ciencias de Rusia, donde aproximadamente 100 participantes han estado desarrollando sus proyectos hasta el 28 de marzo, cuando han regresado a tierra firme. Este jueves, los artistas internacionales se han congregado en la ciudad de Buenos Aires para presentar la Bienal.

El concepto de la Bienal de la Antártida fue propuesto por primera vez en 2011 por Ponomarev, que ha llevado a cabo varias expediciones a esta parte del mundo y organizado diversos eventos artísticos internacionales en el continente. En 2014, como comisario, Ponomarev estableció por primera vez un pabellón supranacional de la Bienal de Venecia, el Pabellón de la Antártida, como una interfaz internacional de la Bienal de la Antártida. El proyecto contó con el apoyo de la Fundación de Caridad AVC.

Se trata de un programa artístico y en constante evolución que tiene como principal objetivo encontrar “formas de cooperación” entre personas de distintas naciones, ha explicado a la agencia Efe la directora de la muestra, Anna Shvets. “Durante la Bienal tuvimos muchos proyectos que mostraron cómo los artistas pueden colaborar con los científicos, cómo los investigadores pueden encontrar la inspiración en el arte y cómo a pesar de hablar distintas lenguas, podemos entender las mismas cosas”, ha añadido tras la presentación.

Durante las semanas en la Antártida, los artistas han podido salir en barcos de investigación a realizar sus trabajos, regresando siempre al barco principal, que es en un vehículo para la generación de arte e ideas, una plataforma itinerante para el diálogo entre artistas, investigadores y pensadores.

En esta primera edición los artistas participantes han sido: Abdullah Al Saadi (Emiratos Árabes Unidos), Alexis Anastasiou (Brasil), Andrey Kuzkin (Rusia), Gustav Düsing (Alemania), Joaquin Fargas (Argentina), Juliana Cerqueira Leite (Brasil), Julian Charriere (Francia/Suiza), Julius von Bismarck (Alemania), Paul Rosero Contreras (Ecuador), Shama Rahman (Emiratos Árabes Unidos), Sho Hasegawa (Japón), Tomas Saraceno (Argentina), Yto Barrada (Marruecos) y Zhang Enli (China).

La Antarctic Biennale, como la propia organización asegura, se basa en cuatro principios:

Supranacionalidad: Desarrollo del potencial de la Antártida como espacio cultural no perteneciente a ninguna nación específica – voces internacionales imaginando el futuro de la comunidad global.

Interdisciplinariedad: La Bienal de la Antártida, como un esfuerzo visionario colectivo que tiene el objetivo de encontrar nuevas perspectivas para resolver los problemas que la humanidad está afrontando, a partir de los logros de distintas disciplinas académicas.

Exploración Intercultural: Re-imaginar la función de exploración en el siglo XXI.

Mobilis in Mobili!: Una bienal en proceso. Una bienal que crea un concepto de arte “móvil en lo móvil”, siguiendo el lema del Capitán Nemo.

La Bienal, impulsada por diversas instituciones, fue documentada, grabada y será exhibida a nivel internacional. Durante  la 57ª Bienal de Arte de Venecia, que se celebra desde el 13 de mayo al 26 de noviembre, el Pabellón de la Antártida acogerá los proyectos finalistas del Open Call.

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La señal de la anormalidad

Jordi Amat

Foto: ALBERT GEA
Reuters

Tal vez hoy empiece a cambiar ese gris panorama, pero las últimas semanas ha sido más bien desagradable pasear por el Parc de l’Escorxador, cerca de donde vivo. Hacía frío, pero no llovía y todo se iba haciendo cada vez más seco, sucio, más inhóspito. Al pasear por la arena levantabas algo de polvo mientras los perros campaban a sus anchas minando la zona por la que mi Jordi Jr. me humilla con la pelota regateándome sin excesiva piedad. El estanque que rodea la Biblioteca Joan Miró –uno de los centros pioneros de la renovación de las bibliotecas en Barcelona– sigue vacío y los pobres condenados a la intemperie, cuando pueden dejar el carro del supermercado donde acumulan su miseria, se resguardan en la zona que queda algo protegida por el techo de las placas solares.

En la pared que separa los dos edificios de la biblioteca –libros para niños y la mediateca, libros para adultos-, la señal permanente de la anormalidad en la que seguimos: la pintada a través de la cual se autoafirma el Comitè per la Defensa del Referèndum (reconvertido en Comitè per la Defensa de la República).

De todas las consecuencias políticas sufridas aquí durante los últimos tres meses, una de las más significativas y menos conocidas ha sido la aparición de estos grupos: los CNR. Emanan de la CUP, pero no sólo de la fuerza anticapitalista que más arraigo ha tenido en Catalunya desde la guerra civil. Su transversalidad es notable. Diseminados por casi todo el territorio, a través de todos los canales digitales posibles tienen una capacidad de movilización inmediata. Su misión es la preservación o la consolidación de los espacios de ruptura institucional. Siguen activos y preparan su reaparición para el día de las elecciones. Ya son más de 250 y surgieron para hacer posible el 1 de octubre.

Uno de los problemas determinantes para comprender el fracaso del gobierno a la hora de impedir esa trepidante jornada de movilización –no un referéndum de autodeterminación, claro que no, pero sí una experiencia política esencial para la gente que estuvo implicada en ella– fue su desconocimiento de la mecánica asociativa que funciona en gran parte de Cataluña. Pero fue así como llegaron en silencio las urnas a los colegios. Esa mecánica tiene tejida una auténtica malla civil que durante los últimos años se ha volcado en hacer posible la capilarización del movimiento soberanista entre la parte más activa de la sociedad que así se ha refundado como comunidad. La vanguardia de esa mecánica la constituyen, desde el verano, dichos comités, que germinan precisamente en un terreno social que es vivo porque es ajeno a las instituciones.

Mientras no se comprenda la profundidad y el compromiso sostenido de ese movimiento, la pintada seguirá allí y con su simplicidad todo seguirá igual de gris, seco e igual de inhóspito.

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La máquina que escribe poemas

Andrés Miguel Rondón

Foto: Mark Lennihan
AP

Se dice que el último rincón digno que nos queda ante las máquinas es el arte. Que los robots podrán hacer de todo (descubrir medicinas, calcular el infinito, simular la creación del universo) menos escribir poesía. Pero esta semana Alpha Zero, la inteligencia artificial desarrollada por Google que ya nos destronó el año pasado en el juego de Go, continuó su cruzada humillante destrozando al mejor jugador de ajedrez del momento –Stockfish, un software open source que es el campeón mundial de los ordenadores ajedrecistas— ya no con una serie de victorias, sino con un poemario.

Resalto lo segundo porque, veinte años después de la victoria del IBM DeepBlue sobre Kasparov en aquel match infame de 1997, ya no es noticia que los computadores sean mejores a nosotros en el tablero. Magnus Carlsen, el noruego millenial actualmente campeón mundial (y según muchos el mejor ajedrecista de la historia) no puede, por más que lo intente, ganarle siquiera un juego con blancas al software más débil del circuito de computadores ajedrecistas. Él lo sabe y el resto del mundo también. Lo que sí nadie, hasta este martes, se esperaba, y que tiene por tanto a toda la afición conmocionada (para no decir consternada), es que los propios ordenadores podían verse, de la noche a la mañana, humillados en magnitudes similares.

Les relato el crimen: a escasísimas cuatro horas de Alpha Zero haber sido encendido por primera vez, (tiempo durante el cual se enfrentó a sí mismo en cuatro millones de partidas, aprendiendo y mejorándose continuamente) le pusieron a jugar con Stockfish, un potentísimo software que ha sido programado obsesivamente por ingenieros en los cuatro rincones del planeta desde hace casi diez años y que se ha aprovechado –por tanto y para colmo— de los consejos que ha extraído la humanidad del ajedrez en milenio y medio de historia: la enciclopedia de las salidas, las estrategias del fin-de-juego, la valoración relativa de las piezas… Cosas que, resumiendo, de nada le valieron: la paliza que le propinó Alpha Zero fue de una monumentalidad insobornable. En una serie de cien partidas, Alpha Zero ganó veintiocho (cuatro con negras) y no perdió ni una sola. Es decir, se lo merendó. Esto es, sin exagerar, como si le soltaras una maraca a un bebé recién nacido y a la hora regresase el muy bribón con el Clavecín Bien Temperado bajo el hombro.

Lo espeluznante y conmovedor del asunto es la belleza del linchamiento. Hasta ahora las partidas entre ordenadores nadie las veía por ser sumamente largas, monótonas y aburridas. Pero en estas breves victorias de Alpha Zero abundan los sacrificios (de caballo, de torre y hasta de reina), los destellos de tácticas profundas (peones que se mueven ahora sin ceremonia para en veinte turnos sorprender, en un rincón lejano, a un rey corriendo por su vida), las defensas desnudas pero impenetrables, el repudio de todos los preceptos establecidos (reinas en la esquina del tablero, reyes que se unen al frente de batalla) y la violencia sin temor y sin escrúpulos. Es decir, abunda la poesía.

Duchamp decía que las piezas del ajedrez son el alfabeto de unos pensamientos que: “a pesar de dejar marcas visuales en el tablero, expresan su belleza abstractamente, como en un poema“. Desconozco el pensamiento que dio voz a estas poesías. También la moraleja. Solo sé que su alfabeto son los unos y los ceros, su representación la danza de las blancas y las negras, y que son, sencillamente, de las cosas más bellas que he visto en mi vida. Ojalá esto nos sirva de consuelo. Pues para eso también está la poesía.

Continúa leyendo: Bitcoin y Harriet Martineau

Bitcoin y Harriet Martineau

José Carlos Rodríguez

Foto: KARENBLEIER
AFP

En 1832 Harriet Martineau publicó una colección de cuentos con el improbable título Illustrations on Political Economy. Los relatos exponían los principios, mecánicos y desalentadores, que David Ricardo había expuesto 15 años antes. Su éxito fue enorme; el título volaba de los escaparates de las librerías de toda Gran Bretaña. “Ahora se considera de gran elegancia entre las marisabidillas hablar de economía política”, dijo con desdén María Edgeworth. Seguro que la lectura de Martineau era menos agria que la del propio Ricardo.

Bitcoin necesita su Martineau; alguien que saque a la moneda virtual del arcano en el que habita. Culmina dos décadas de búsqueda de un dinero que no pudiese caer en las garras del Estado. Se crea de forma colaborativa, y el control de su funcionamiento está distribuido entre todos los que quieran participar en el proceso. Es imposible de controlar por una gran empresa o por ningún gobierno, y no hay forma real de prohibirlo. Su cantidad está limitada a 21 millones de unidades, para que la abundancia no arruine su valor, y por si cada uno alcanza el precio de un piso en Manhattan, cada bitcoin se puede dividir por una fracción cien millones más pequeñas.

En los últimos meses su cotización ha dibujado una hipérbole que casi miraba hacia el infinito. Ha acabado por quebrarse, y queda la duda de si está formando una escalera hacia el cielo o un único y vertiginoso pico que recuerda otros furores pasajeros. Esa duda se despejará cuando sepamos qué responder a la única pregunta importante: ¿Es bitcoin dinero?

El dinero es un bien que, por sus características y por su gran presencia en el mercado, se ha convertido en un bien de intercambio aceptado de forma generalizada. Una vez un bien es dinero, adquiere ciertas características. Como es denominador común de los precios, es útil como unidad de cuenta. Como es un bien líquido y su valor no cambia mucho en un tiempo breve, es un buen depósito de valor. Pero el Bitcoin no se puede utilizar en cualquier mercado; de hecho en una fracción muy pequeña de donde hacemos las compras. Y el hecho de que su valor fluctúe con tanta violencia es una muestra de que, hoy, el Bitcoin no es aún dinero.

Si llega a serlo, habrá muy pocos que puedan ahorrar un solo bitcoin a lo largo de su vida. Y entonces habrá cientos de Harriet Martineau contándonos su periplo como un cuento.

Continúa leyendo: Okuda: “Me gusta tratar conceptos como la multiculturalidad”

Okuda: “Me gusta tratar conceptos como la multiculturalidad”

Saioa Camarzana

Foto: Okuda
Okuda

El artista urbano Óscar San Miguel, conocido como Okuda, sigue vistiendo edificios e iglesias con sus geometrías multicolor. Sus últimos trabajos han sido, sin embargo, en formato pequeño y en forma de joya. Ha lanzado, junto a la firma Suárez, una colección de anillos, un cambio de registro y lenguaje que siempre sienta bien. Pero no abandona los grandes proyectos que le llevan a diferentes países del mundo.

Para 2018 tiene ya cerradas cuatro exposiciones individuales en México, Manila, San Francisco y Sevilla y es casi seguro que se le pueda ver en un festival de arte público en Boston. Para este proyecto vuelve a cambiar de lenguaje para llevar sus figuras animales y humanas a esculturas. Okuda en 3D, se podría decir. Como el proyecto que le lleva a las Fallas de Valencia. Sí, una escultura de 30 metros de altura será la falla central de las fiestas.

El artista ya está inmerso en viajes a la ciudad para idear su proyecto que, como todos ese día, será dinamitado. No sabe cómo será ver su obra destruida de esa manera pero antes de todo esto a Okuda se le podrá ver en la feria ArtMadrid el próximo mes de febrero donde, como artista invitado, realizará una obra de 5×3 de dimensión.

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Okuda junto a una de sus obras | Imagen concedida por el artista

Cuando abordas un nuevo proyecto, ¿cuáles son tus principales fuentes de inspiración?

Me inspiro en lo que vivo cada día y necesito música pero lo que más me inspiran son los viajes. Casi cada semana cambio de país y durante ese tiempo genero nuevos proyectos porque estás metido de manera constante en la creación y resulta desafiante.

Cuando viajas a un país para realizar un proyecto, ¿adaptas tu obra al sitio con las influencias de allí?

Mi obra tiene mucha relación con culturas ancestrales o indígenas de México, África, Asia e India sobre todo. No es que sean cosas exactas pero tienen más relación con ellas que con el street art o el arte moderno.

Tengo entendido que empezaste a pintar letras en edificios abandonados. ¿Cómo fueron esos inicios? ¿Tuviste algún percance con la policía local?

El hecho de pintar en fábricas abandonadas era precisamente para no tener problemas y no he tenido grandes problemas porque esos sitios, entre comillas, no son de nadie. Pero sí recuerdo alguna vez cuando era pequeño pero nada remarcable.

Okuda: “Me gusta tratar conceptos como la multiculturalidad” 4
Iglesia Santa Bárbara en Asturias transformada por Okuda | Foto: El Chino Po

Resulta curioso que de pintar de manera clandestina en edificios abandonados terminaras pintando la iglesia de Santa Bárbara, en Asturias. ¿Cómo surgió ese proyecto?

Normalmente para este tipo de proyectos me llaman pero este fue al revés. Vi una foto de la iglesia con las cúpulas arriba y las rampas en forma circular abajo y vi una simetría perfecta. Al ver las rampas pensé que se estaba haciendo algo así que me puse en contacto con los chicos que gestionaban el espacio por medio de un amigo en común. Allí conocían mi trabajo y me dieron vía libre para pintarla así que primero hicimos un crowdfunding y luego se unió Red Bull, Montana, etc.

El resultado, sin duda, es espectacular y además originó nuevos proyectos de este tipo. Cuéntanos a dónde te ha llevado este proyecto.

Ese fue el punto de inflexión de mi carrera porque a partir de ahí surgieron otros proyectos y dos iglesias más. Una en Marruecos, que estaba abandonada y me pidieron que la pintara por fuera. Cuando acabé la gente empezó a acercarse para hacerse fotos y ahora es un sitio cool del pueblo. Para mí detrás de todo esto está la idea de cómo el arte rompe fronteras religiosas y culturales. Eso es lo que me interesa.

Okuda: “Me gusta tratar conceptos como la multiculturalidad”
Mural de Okuda en Hamburgo | Foto: Stefan Groenveld

También te han llamado para pintar un castillo en París. ¿Te proponen muchos proyectos de este tipo?

A partir de la iglesia las propuestas que me llegan son de intervenir en edificios clásicos y con mi pintura multicolor el contraste es genial. Me gusta ver formas en la arquitectura y dejarme llevar por ello. Hago calaveras grandes usando las ventanas como ojos. Es interesante mezclar mi iconografía con arquitectura clásica.

¿Cuánto tiempo te lleva realizar este tipo de trabajos?

Los interiores y los techos llevan más tiempo pero con la ayuda de mis asistentes no más de 7 días. El de Asturias nos llevó siete y el de Marruecos cuatro o cinco. En Denver, sin embargo, no pudimos meter las grúas porque había escaleras y era un segundo piso. Tuvimos que hacerlo con andamios, que .es más costoso porque tienes que bajar para ver las dimensiones, que esté todo bien marcado, etc pero fueron otros cinco o seis días.

De pintar letras en la calle tu obra ha pasado a estar dominada por los colores vivos y las formas geométricas. ¿En qué momento se vuelve esta tu marca y qué significan para ti?

Llevo pintando 20 años pintando por lo que no fue algo de golpe. En el estudio llevaba tiempo haciendo trabajos de surrealismo clásico a nivel de degradados, con paisajes grises y letras en la calle desde 2005. Casi siempre las geometrizaba. De repente Okuda eran rombos, círculos y triángulos. Decidí mezclar ambas cosas, el estilo del estudio con el de la calle así que empecé a hacer más geometría en la calle. Estos cuerpos grises sin cabeza deambulaban en arquitecturas efímeras que hacía en los cuadros y poco a poco apliqué el lenguaje geométrico a las figuras humanas y animales. Lo que simbolizan esas formas geométricas y multicolor en una figura humana son todas las razas que existen, la igualdad, la multiculturalidad. Son conceptos que me gusta tratar en mi obra.

Okuda: “Me gusta tratar conceptos como la multiculturalidad” 1
Okuda en su taller de trabajo | Imagen cedida por el artista

Hay a quien tu obra le puede resultar llamativa y atractiva por sus colores y formas. Pero hay más profundidad en ella. ¿Qué es lo primordial en el arte?

El arte te tiene que enamorar. Hay muchas corrientes como el arte conceptual, que te puede llegar pero lo primero es que te diga algo a través de la imagen. Aunque luego te cuenten la historia que hay detrás y sea genial pero para mí es la primera impresión la que te tiene que enamorar. Hay cuadros que no son tan fáciles de entender pero esa primera impresión, que es el positivismo, el color y la energía creo que llega a todos. Luego, dependiendo de lo que cada uno haya vivido, se interpretan unas cosas u otras: la naturaleza, el radicalismo, libertad. Lo más importante además del flechazo es tener una identidad única, que se vea  una obra y se sepa que es un Picasso. Eso es lo complicado. Tienes que buscar tu camino sin etiquetas, que a mí no me interesan y así es como, creo, se hace un camino único y personal.

En ocasiones se te ha calificado de graffitero pero creo que tu obra más allá de dibujos en una pared. ¿Qué diferencia a un graffitero de un artista urbano?

El arte urbano es cualquier manifestación artística en el espacio público y un graffitero es quien pertenece al graffiti que, sobre todo, se basa en hacer letras o iconos. Yo pintaba letras pero con composiciones que han desembocado en los cuadros. Ahora ya no necesito hacer letras porque la identidad está por encima de las palabras.

Poco a poco, en España con artistas como tú o como el colectivo Boa Mistura, el arte urbano se empieza a ver de otro modo, la gente está entrando en él y deja de verse como vandalismo. ¿En qué momento empieza a cambiar?

Depende del país porque en Ucrania llevan años pintando edificios. En parte porque en la época de Stalin se hacían edificios de 25 pisos y una o dos caras se dejaban sin ventanas. Esos edificios piden a gritos un poco de color. En Barcelona hubo un gran boom hacia los años 2000, aunque ahora ha retrocedido. Creo que actualmente se ha mediatizado y todo tipo de gente conoce mi trabajo. Hay proyectos que he hecho que pueden interesar no solo a quien le gusta el arte, como por ejemplo la estación de Paco de Lucía o la intervención en la plaza de toros. Este tipo de acciones normalizan el arte urbano y es normal porque todo lo que sea positivizar el elemento gris es bueno para todos y crecer con una obra de así puede llegar a repercutir en los niños que van al cole en esa determinada zona.

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“Metamorphosys of a Star”. Plaza intervenida en Tennesse, EUA. | Imagen cedida por el artista

Cada vez hay una mayor cantidad de galerías dedicadas a ello. ¿Cómo se da el salto de la calle a la galería?

Llevo desarrollando el trabajo en el estudio en paralelo a la calle cerca de 15 años. Lo que pasa es que he trabajado con galerías extranjeras, sobre todo de Estados Unidos porque el coleccionismo del tipo de arte que hago allí funciona muy bien. Llevo varios años asistiendo a Scope y Contest que son las ferias paralelas a Art Basel en Miami y Basilea. Ahora parece que está llegando aquí pero fuera este movimiento es popular desde hace tiempo.

En ocasiones hay ferias paralelas que resultan más interesantes que las matrices que han dado lugar a ellas. ¿Qué opinas?

Creo que hay cosas muy interesantes dentro del arte contemporáneo, no solo el street art sino la ilustración contemporánea, por ejemplo. En ARCO, por ejemplo, ha habido un cambio pero en los últimos años. Antes no me sentía partícipe de ese punto de vista de arte contemporáneo. Esas ferias más pequeñas a veces tienen cosas más interesante. En Miami Scope mola mucho y casi todos nos conocemos de haber trabajado juntos.

¿Una de las razones puede ser por el hecho de que sean más accesibles?

Creo que es porque plantean algo diferente, una parte más joven del arte contemporáneo y no solo cerrado a los nombres que ya venden. No hay que olvidar que una cosa es el arte y otra el mercado del arte. Las grandes ferias venden producto y las pequeñas ambas cosas. Además, creo que en las ferias grandes no hay tanta apuesta por artistas diferentes.

Has viajado por muchísimos países y en todos ellos has dejado tu marca. ¿En qué país te gustaría ver tu obra?

Tenía muchas ganas de trabajar en Filipinas y hace poco recibí un email en el que me proponían hacer una exposición individual en Manila. Hay muchos países donde ir pero me apetece volver a Mali, a Sudáfrica, a Cabo Verde y me apetece por la retroalimentación cultural que me llevo de allí. Pero además de esto y de hacer macroproyectos de mucho presupuesto también me gusta combinarlo con dejar parte de mí en lugares como África, donde cuento con presupuesto cero pero lo que me llevo a nivel de sentimiento y experiencia es mayor. Me gusta estar en ese equilibrio.

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