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Así funciona el ruinoso negocio de cazar ballenas en Japón

Jorge Raya Pons

Los japoneses mataban ballenas antes de que el capitán Ahab (Moby Dick) perdiera su pierna y capturarlas parecía tan fácil que con el paso del tiempo se fueron alejando y desapareciendo. Los arponeros tuvieron que ir hasta la Antártida para buscarlas y había tantas que uno no podía imaginar que fueran a acabarse. Pero con la II Guerra Mundial llegaron las malas cosechas y la caza de ballenas creció sin pausa para alimentar a una población cada vez más hambrienta.

La circunstancia se perpetuó durante dos décadas hasta alcanzar su cénit en los años 60 –siempre según las investigaciones del científico japonés Junko Sakuma-, y a partir de ahí la tendencia varió y la demanda de carne empezó a desplomarse hasta el momento actual, en el que la carne de ballena se ha convertido en un alimento esporádico y exclusivo, y su consumo se sitúa entre las 4.000 y las 5.000 toneladas anuales, según el Fondo Internacional para el Bienestar de los Animales (IFAW), lo que supone cuarenta veces menos que medio siglo atrás.

Si bien en tiempos de miseria la caza de ballenas pudo ser un asunto comprensible –la ética no alimenta-, hoy en día las circunstancias son otras y estamos en condiciones de preguntarnos si es tolerable matar ballenas cuando nuestras necesidades básicas están cubiertas, cuando existen tantas alternativas a su carne.

Un grupo de escolares presencia el procedimiento que conduce a las ballenas hasta los mercados (Foto: David Guttenfelder/AP)
Un grupo de escolares observa cómo conservan los trozos de  ballena que van a parar a los mercados (Foto: David Guttenfelder/AP)

Todo por la ciencia

El 24 de marzo de 2016, cuatro grandes pesqueros regresaron a las costas de Japón con 333 ballenas minke: 230 eran hembras y nueve de cada diez estaban embarazadas. El periodo de gestación en esta especie es de diez meses y los ballenatos suelen tener una vida larga. Los humanos somos sus únicos depredadores. La comunidad internacional denunció la campaña, pero Japón se defendió con argumentos científicos: un recurso tramposo que tiene explicación.

En 1986, la Comisión Ballenera Internacional, compuesta por 89 países, prohibió la caza de ballenas con propósitos comerciales y, sin embargo, dio lugar a una excepción a la que Japón decidió acogerse; las capturas con fines científicos serían aceptadas dentro de unos márgenes amplios (mil ejemplares al año en el caso de las minke). A partir de este momento y basándonos en el nivel de capturas de Japón, los estudios morfológicos de las ballenas se dispararon.

Tanto es así que la situación se puso fuera de control y en 2014 tuvo que intervenir el Tribunal de La Haya: la carne que sobraba de los estudios –tan abundante- terminaba en restaurantes y supermercados. Japón anuló la campaña de 2015 y esperó al año siguiente para recurrir la sentencia con un nuevo programa y una nueva promesa: ahora solo necesitarían un tercio de la cantidad anterior para desarrollar sus investigaciones biológicas, de ahí las 333 capturas. La Haya no encontró argumentos suficientes para desestimar la propuesta y los barcos regresaron al mar.

Japanese lawmakers including Toshihiro Nikai (3rd L), former Economy, Trade and Industry Minister, and Daishiro Yamagiwa (3rd R, back toward camera), State Minister of Economy, Trade and Industry, taste whale meat menu during a whale meat promotion event at a restaurant in the ministry in Tokyo November 19, 2014. Japanese government officials lunched on whale meat on Wednesday in a bid to promote Japan's new plan to resume whale hunting in the Southern Ocean, ruled out once by the International Court of Justice (ICI) earlier this year. Japan on Tuesday unveiled plans to resume whale hunting in the Southern Ocean despite an international court ruling that previous hunts were illegal, but said it would slash the quota for the so-called scientific whaling programme. The small placard on the table (C) reads: "Whale meat available here". (Foto: Issei Kato/Reuters)
Un grupo de altos cargos políticos, incluido Toshihiro Nikai, exministro de Economía, y Daishiro Yamagiwa, actual ministro de la misma cartera, degusta carne de ballena durante un acto promocional. (Foto: Issei Kato/Reuters)

Una industria en declive

Es un debate genuinamente humano y profundamente antropocéntrico el preguntarnos sobre si es éticamente aceptable o no matar a una ballena para comernos su lengua, su estómago o sus entrañas, como si todo se limitara a un caso de decisión personal. Y es un debate, del mismo modo, que causa profundo rechazo en los países espiritualmente continentales de Occidente, pues consideran que las ballenas son mamíferos superiores en dignidad a las vacas o los cerdos. Pero es comprensible que no sea así en Japón o en Islandia y de ahí su resistencia.

Sin embargo, varios factores ajenos a la moral ponen en cuestión el futuro de la caza. Por ejemplo, que la industria ballenera es absolutamente ruinosa. Hoy en día la demanda es mínima y el sector solo resiste gracias a los contribuyentes. A través del Instituto de Investigación Cetácea, el gobierno nipón aporta 6,5 millones de euros al año sin poder evitar que sea deficitaria.

Las organizaciones animalistas aprovechan su declive y persuaden a los políticos para que cambien el modelo de negocio. Para ello se apoyan en las cifras de IFAW, que calcula que el sector turístico mundial de las ballenas genera 2.000 millones de dólares anuales y moviliza a 13 millones de personas, una forma provechosa de crear empleos sin necesidad de matarlas.

El reportero británico Rupert Wingfield-Hayes, de la BBC, trató de buscar explicación a la supervivencia de un negocio tan costoso y problemático en términos de imagen y solo encontró un océano de burócratas interesados en mantener un empleo y una pensión; no olvidemos que todo depende del gobierno. Pero Wingfield-Hayes dejó de lado una cuestión fundamental: el primer ministro japonés, Shinzo Abe, comenzó su carrera política como diputado de la prefectura de Yamaguchi. Su poder se construyó en un enclave ballenero, y este parece ser un dato a tener en cuenta.

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Una teoría científica prevé que 2018 será el año de los grandes terremotos

Redacción TO

Foto: Navesh Chitrakar
Reuters

No prestamos demasiada atención a los movimientos de la rotación de la Tierra, pero son más relevantes de lo que el común de los mortales creemos. De vez en cuando, la rotación de la Tierra disminuye algunos milisegundos por día, y esto va a tener un enorme efecto en las vidas de millones de personas alrededor del globo. Según el Servicio Geológico de los Estados Unidos ha habido 7.574 a escala global en los últimos diez años. Una reciente teoría prevé que esta cifra pegará un importante repunte el próximo 2018.

En un estudio publicado en Geophysical Research Letters a mediados de este año, los científicos Roger Bilham, de la Universidad de Colorado, y Rebecca Bendick, de la Universidad de Montana predicen que, debido a la desaceleración de la rotación de la Tierra, el mundo sufrirá un aumento significativo de grandes terremotos en 2018.

Para llegar a esta conclusión, los investigadores estudiaron todos los terremotos desde 1900 que registraron una magnitud (según la escala del momento en que sucedieron) de 7,0 o mayor y descubrieron que aproximadamente cada 32 años hay un repunte en estos grandes sismos.

Una teoría científica prevé que 2018 será el año de los grandes terremotos 2
Aproximadamente cada 32 años hay un repunte en grandes sismos en el mundo. | Foto: Kim Hong-Ji / Reuters

El factor común

El estudio revela, asimismo, que el único factor que se correlaciona fuertemente en esta repetición de grandes terremotos es una ligera desaceleración de la rotación de la Tierra en un período de cinco años antes del repunte, algo que ha ocurrido en el último lustro.

En el ecuador, la Tierra gira 460 metros por segundo. Dada esta alta velocidad, no es absurdo pensar que un ligero desajuste en la velocidad entre la corteza sólida y el manto y el núcleo líquido podría traducirse en una fuerza que, de alguna manera, empujaría los temblores a la sincronía.

La mayoría de los sismólogos coinciden en que la predicción de un terremoto es un terreno pantanoso. Y hasta ahora, Bilham y Bendick tan solo tienen ideas difusas y difíciles de probar sobre lo que podría causar el patrón que encontraron. No obstante, el hallazgo es demasiado provocador para ignorarlo, dicen otros investigadores. “La correlación que encontraron es notable y merece una investigación“, dijo Peter Molnar, reconocido geólogo norteamericano, a la revista Science.

La importancia de prevenir

Entonces, ¿es posible predecir los terremotos? Es una pregunta que molesta a los sismólogos, no porque no sea razonable, sino porque los científicos lo han intentado muchas veces y siempre han terminado en fracaso. Incluso después de muchos avances en sismología, como lo expresa Richard Luckett del British Geological Survey, “cuando ocurre un terremoto es esencialmente un evento aleatorio“.

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Los devastadores terremotos de México en este 2017 dejaron centenares de víctimas mortales. | Foto: Nacho Doce / Reuters

Ante la aparente imprevisibilidad de la actividad sísmica, la única solución para evitar grandes desastres como los que sacudieron México hace unos meses es una previsión efectiva. España es un ejemplo claro de la falta de preparación a la hora de afrontar grandes terremotos. La evidencia está en el ocurrido en Lorca en 2011, que tuvo una magnitud de 5,1, y dejó nueve víctimas mortales e innumerables daños materiales. El 75% de las viviendas en España cumple con “poco rigor” la normativa de construcción sismorresistente, y es necesario con “urgencia” rehabilitar edificios para soportar terremotos, según el expresidente de la Asociación Española de Ingeniería Sísmica, Ricardo García Arribas. Por ello, y teniendo en cuenta esta nueva teoría científica, la inversión en una preparación mejor de nuestras infraestructuras y protocolos de actuación puede ser clave ante cualquier catástrofe.

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El futuro tendrá robots tan inteligentes emocionalmente como nosotros y no pasará nada

Rana Kaliouby

Foto: Murad Sezer
Reuters

Viajemos al futuro. Exactamente al año 2030. Una fecha en la que se espera que los humanos ya no seamos los únicos seres con inteligencia, sino que será la época de las máquinas inteligentes. La inteligencia artificial ya no se verá como una posible innovación, sino como una tendencia dominante. Ya no será solo aquello que tienen en una medida limitada nuestros teléfonos o algunos buscadores como los de Google o Netflix. La inteligencia artificial será ya cognitivamente inteligente, capaz de calcular tareas complejas e incluso de aprender por sí mismo. También será emocionalmente inteligente, consciente de nuestros estados mentales, sociales y emocionales más diversos, e íntimamente familiarizado con nuestros estados de ánimo y nuestras preferencias.

Estamos en 2030 y nuestros dispositivos, nuestros vehículos, nuestros aparatos domésticos conectados y ropa tecnológica inteligente tienen un chip emocional integrado que detecta nuestros estados de ánimo a través de nuestras voces y gestos. Actualmente interactuamos con la tecnología de la forma en que interactuamos unos con otros: a través de la conversación, la percepción y la emoción.

Contrariamente a lo que los escépticos de la inteligencia artificial (IA) pronosticaron alguna vez, toda esta IA con capacidad de emoción ha aumentado nuestra humanidad y empatía por los demás. Y no, no todos estamos sin trabajo. De hecho, han surgido nuevas industrias. Hoy hay más trabajo por hacer que nunca; más problemas para resolver.

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Una fábrica de robots humanoides. | Foto: Stringer/Reuters

Por ejemplo, mi hija: Jana acaba de cumplir 30 años, es socia de Nemit, una empresa de impacto social que aprovecha el poder de la IA empática para brindar igualdad de acceso a la educación y la asistencia médica a personas de todo el mundo. Nemit emplea a 1500 personas en 58 países. La empresa aplica la IA emocional, al extraer perfiles de datos emocionales de las personas para personalizar las experiencias educativas y rastrear el bienestar mental y emocional de las personas, y evitar las crisis de salud antes de que ocurran.

Asistentes virtuales desde pequeños

Actualmente, Jana vive en Londres. De hecho, acaba de aterrizar en Heathrow con un ojo rojo. Mediante el seguimiento de una variedad de señales visuales y vocales, su asistente virtual Zee detecta que está agotada. Zee conoce a Jana desde que era una adolescente, y hoy sigue a Jana a todas partes, pasando por los diversos dispositivos de Jana con todo el contexto de sus actividades diarias, estados de ánimo y recuerdos. Zee sugiere que el programa de Jana para el día es demasiado agitado y ofrece eliminar algunas reuniones de su calendario. Zee también se contacta con mi asistente virtual para avisarme que mi hija aterrizó bien.

Además, Zee recuerda mantener esa cita con Liam, amigo de la escuela desde hace mucho tiempo de Jana y jefe de Operaciones Globales de Nemit. Al encontrarse en el espectro autista, Liam no siempre tuvo una vida fácil. La escuela secundaria fue un verdadero esfuerzo ya que descubrió que las interacciones sociales eran arduas. Era inteligente, solía estar solo, incluso era hostigado debido a su falta de aptitud social. Pero ahora usa anteojos sensibles a las emociones, que aumentan su destreza social y emocional, al traducir las expresiones faciales y vocales de las personas a números y puntajes de probabilidad.

El futuro tendrá robots tan inteligentes emocionalmente como nosotros y no pasará nada
Una niña observa un robot. | Foto: Andy Wong/AP

La empatía es la base de los negocios de Jana. La empresa aplica los últimos desarrollos en IA emocional para medir e impulsar la empatía en su equipo y socios en todo el mundo. Un tablero de control mantiene un registro del pulso emocional de su equipo, e indica que los niveles de ansiedad se elevan en el equipo de Jordan, muy por encima de su base de referencia. Zee está allí, programando un viaje a Amman lo antes posible.

Además de garantizar que las personas de todo el mundo tengan acceso a la salud mental, los asistentes digitales virtuales pueden actuar como compañeros de aprendizaje, utilizando su conocimiento de lo que lo motiva e inspira, para ayudarlo a estudiar y aprender. De esta manera, la IA podría usarse para crear condiciones equitativas en la educación y ayudar a reducir las brechas socioeconómicas en todo el mundo.

Nuevos trabajos sobre ética

Pero donde hay ganancias, también hay trastornos: la IA ha automatizado muchas tareas, lo que ha provocado la eliminación de algunos trabajos. Pero también hay trabajos nuevos: ingenieros que entrenan, evalúan y operan estos sistemas de IA. Los conductores de camiones, que alguna vez temieron que la nueva tecnología los dejara sin empleo, en la actualidad operan cada uno 100 camiones autónomos desde la comodidad de sus salas de estar. Hoy existen nuevos tipos de empresas de consultoría, muchas de las cuales ofrecen cursos de capacitación sobre cómo trabajar junto a los robots. En una sociedad que se preocupa acerca de si la IA se implementa de manera ética, existen nuevas oportunidades para los expertos en ética de la IA y los defensores de la justicia social.

En 2030, la inteligencia artificial emocional ha transformado no solo la manera en que interactuamos con la tecnología, sino lo que es más importante, cómo nosotros, como humanos, interactuamos unos con otros. La empatía es nuevamente el centro de cómo nos conectamos y nos comunicamos. De hecho, son las empresas y las personas las que trabajan para construir un manto de empatía en sus interacciones con los demás, en lugar de centrarse en la eficiencia o el resultado final, que están dando forma al futuro.

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Artículo publicado originalmente en el World Economic Forum en español.

Continúa leyendo: Los cristianos no son mejores personas; y eso es bueno para el cristianismo

Los cristianos no son mejores personas; y eso es bueno para el cristianismo

Miguel Ángel Quintana Paz

Foto: Ahmed Saad
Reuters

¿Ser cristiano te hace mejor persona, peor o te deja prácticamente igual? Ha siglos que discuten sobre ello filósofos, escritores y vecinas del quinto izquierda, sin que hasta hoy ninguno haya llegado mucho más allá de meras conjeturas.

Ya el filósofo Celso en el siglo II acusaba a los cristianos de ser especialmente arrogantes, desleales y vanidosos. Porfirio, en la siguiente centuria, escribiría quince libros en igual sentido, distinguiendo además entre Jesús de Nazaret (al que reconocía como un hombre piadoso) y sus seguidores: a estos los denostaba como viciosos empedernidos. En cuanto al otro bando del debate, lo capitanearon enseguida autores de la talla de Orígenes o San Agustín. De hecho, estos respondieron con tanto pormenor a las citadas acusaciones, que si hoy conocemos aquellas es en realidad gracias a ellos: las obras originales de Celso y Porfirio acabarían alimentando las hogueras de cristianos que decidieron terminar con sus argumentos de modo quizá menos filosófico, pero sin duda más expeditivo.

Después de mil novecientos años de discusión se agradece, pues, que tres investigadores europeos (J. E. Gebauer, C. Sedikides y A. Schrade) se hayan lanzado a poner algo de ciencia en todo este asunto. Lo acaban de publicar en el Journal of Personality and Social Psychology, donde usan un ingenioso método.

Empecemos aclarando que, naturalmente, su propósito no es valorar todas las posibles virtudes (o posibles vicios) que puedan distinguir a los cristianos de los demás: ello agrandaría en exceso su campo de estudio. Gebauer, Sedikides y Schrade se concentran solo en un defecto ético: el de la soberbia. Es decir, el error de valorar tus atributos, o a ti mismo, por encima de los demás… en cosas en que en realidad no los superas. Así, el asunto se convierte en algo lo suficientemente limitado como para poderse investigar, pero no tanto como para resultar baladí: recordemos que ahuyentar la soberbia y cultivar la humildad es firme insistencia de la Biblia para todo cristiano (Mt 11:29; Mc 9:35; Lc 9:48; Lc 14:11; Rm 10:16; Ef 4:2; 1 Pe 5:5-6). Y que consiguientemente si el cristianismo hace a las personas más humildes o, por el contrario, resulta que las vuelve más soberbias, ello resulta sin duda, según los propios criterios cristianos, un buen indicio de su éxito a la hora de hacer a la gente mejor.

¿Cómo han explorado estos investigadores si el cristiano medio adolece de especial soberbia o, por el contrario, obedece a la Epístola a los Filipenses (2:3) y se estima a sí mismo, humildemente, por debajo de los demás?

Para resumir su minucioso estudio, digamos que lo primero que han preguntado a un grupo de cristianos es si consideran que cumplen ciertos preceptos morales mejor de lo que lo hacen, por lo general, los demás cristianos. Y luego han planteado el mismo interrogante a un grupo de no cristianos. Esto ha arrojado un dato contundente: el cristiano medio se considera a sí mismo más virtuoso que la media de sus hermanos en la fe. Esto, naturalmente, no puede responder a la realidad: es como si todos los españoles creyésemos estar por encima de la altura media de los españoles. Además, esta sobrevaloración que hace de sí el cristiano medio es superior a lo que se sobrevaloran los no cristianos. Por tanto, el cristiano medio se engaña con respecto a lo muy virtuoso que es; el cristiano medio adolece de soberbia; y lo hace en mayor medida aún de lo bien soberbio que es ya, por lo general, el resto del mundo.

Otro experimento de Gebauer y compañía arroja parejos resultados. Cuando les piden a los cristianos que evalúen su propio conocimiento en diversas áreas del saber (y luego les ponen una prueba para comprobar cuánto saben realmente de ellas), los cristianos tienden a sobrevalorar su conocimiento de cuestiones sociales o religiosas. Y, de nuevo, son ahí más optimistas acerca de su propio saber de lo que le ocurre a cualquier otra persona. (En otras áreas, como las científico-naturales, los cristianos se sobrevaloran también, pero no más de lo que lo haría cualquier otro). Creerte sabio cuando no lo eres es una buena definición de soberbia, según Tomás de Aquino; por desgracia para este santo, sus condiscípulos cristianos tienden de media a lucir ese pecado más que los que no lo son.

¿Debe preocupar este descubrimiento científico a los creyentes en Jesús de Nazaret? Curiosamente, si un miembro de la cristiandad se sintiese escandalizadito por él (“¡cómo se le ocurre a estos profesoruchos decir algo malo de mí y de mi religión!”), sin aportar más datos, estaría revistiéndose justo de esa soberbia que le ofende que le atribuyan. Así pues, lo más sensato sería que (al menos esto) lo aceptara con humildad. De hecho, en lo que resta de este artículo, voy a apuntar que incluso podría ir más allá. Que todos los cristianos podrían alegrarse de este hallazgo experimental.

Para comprender lo que quiero decir, hagámonos unas cuantas preguntas: ¿es lo más importante del cristianismo su moralidad? ¿Es el cristianismo, en el fondo, un mecanismo para hacer a las personas más éticas, más bondadosas, mejores cumplidoras de unos u otros mandamientos? ¿Se parecen entonces los cristianos a otras gentes empeñadas en que nos comportemos según lo que ellas consideran más moral: guerreros de la justicia social (SJW), adalides de lo políticamente correcto, animalistas, feministas, puritanos, estrellas de Hollywood, multiculturalistas, periodistas progres y demás paladines de la virtud?

Las dos primeras preguntas se han respondido a menudo de manera positiva; pero, curiosamente, lo han hecho a menudo autores que no simpatizaban demasiado con el cristianismo. Thomas Jefferson, por ejemplo, creía que lo único importante de los evangelios eran sus recomendaciones morales; y editó incluso una versión de los mismos en que mantenía estas y expurgaba todo lo demás. Buena parte de sus coetáneos ilustrados pensaban de modo similar: el cristianismo está muy bien como moral misericordiosa hacia tus semejantes, pero el resto de lo que sostiene es mera irracionalidad. En ocasiones los propios cristianos han mordido esta fruta y, como nos recordaba Jacques Ellul, si “a los ojos de la mayoría de nuestros contemporáneos el cristianismo es, ante todo, una moralidad, ¿no es porque la Iglesia ha mostrado fijación a menudo por determinados actos y conductas?”.

Ahora bien, de ser todo así, la tercera pregunta que planteé antes debería responderse también de modo positivo: el cristianismo no sería más que una batalla moral más, al lado de otras tantas que hoy insisten por captar nuestra atención (y nuestros dineros). De este modo se explicaría, además, la similitud que muchos ven entre los valores cristianos y los valores políticamente correctos: atención a los débiles, compasión por las víctimas, mansedumbre, cierta complacencia ante tus semejantes, delicadeza al hablar sobre los demás… Los cristianos no serían sino un escuadrón más dentro del ejército de los guerreros de la justicia social.

No obstante, cabe la posibilidad de pensar el cristianismo de modo bien distinto. Como escribió C. S. Lewis, aunque el cristianismo parece a primera vista consistir en una moralidad (con deberes y reglas y culpa y virtud), esa apariencia se desvanece si vamos más allá de tan inicial ojeada. Echemos un vistazo a las cartas de San Pablo, por ejemplo: en especial, a aquellas que casi con total seguridad escribió él mismo. Pablo habla allí sobre todo de liberación, de libertad, de sentirse salvados; y luego, como meras advertencias, recuerda a sus interlocutores que esta sensación de vivir por fin libres no debe ser para ellos una excusa para refocilarse en el vicio. Pero resulta cristalino que lo importante para él es esa experiencia de liberación, no unos u otros mandamientos. Al fin y al cabo, la moralidad del cristiano del siglo I no se diferenciaba excesivamente de la del judaísmo coetáneo. De modo que, para ese viaje, si fuera solo un viaje moralista, no harían falta las alforjas de ir construyendo una comunidad diferente a la judía (y a menudo enfrentada a ella con violencia).

¿Cuál es esa experiencia cristiana que Pablo temía que condujera a la laxitud, a la autocomplacencia, a la lenidad? El filósofo Ludwig Wittgenstein creyó que cabía resumirla en cierta frase que escuchó una vez encima de un escenario: “Me siento seguro pase lo que pase”. Es una expresión paradójica, desde luego: muchas cosas pueden pasarte en la vida que te quiten no solo la seguridad, sino incluso esa vida misma. ¿Cómo diantres puedes sentirte tan invulnerable, cómo diantres te puedes sentir salvado de todo mal? La tarea de un cristiano (de un cristiano no moralista ni guerrero social ni políticamente correcto, sino más similar a San Pablo y a C. S. Lewis y a Wittgenstein que a la última cantante pop que nos pide limosna para ayudar a las jirafas) sería explicarnos que esa aparente paradoja no es tal.

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El poder causa daños cerebrales

Redacción TO

Foto: KEVIN LAMARQUE
Reuters

¿Qué tienen en común Donald Trump, Kim Jong-un y Harvey Weinstein? No, no son unos kilos de más -que también-, sino el poder. Y esta característica tiene efectos secundarios que los mortales que viven bajo su yugo deben conocer. Dacher Keltner, profesor de Psicología de la Universidad de Berkeley, en Estados Unidos, ha estudiado el fenómeno a fondo y, después de realizar un estudio de dos décadas con experimentos de laboratorio y de campo -del que se ha hecho eco The Atlantic-, ha concluido que las personas poderosas actúan como si hubiesen sufrido un traumatismo cerebral. Es decir, se vuelven más impulsivas, menos conscientes de los riesgos y menos partidarias de asumir puntos de vista ajenos.

Los descubrimientos de Keltner se suman a los de un investigador de la Universidad McMaster, en Canadá. Se trata de Sukhvinder Obhi, que, desde el campo de la neurociencia, ha descrito comportamientos similares con gente de este perfil. Al estudiar los cerebros de personas poderosas y menos poderosas con un aparato de estimulación magnética transcraneal, descubrió que el poder daña un proceso neurológico específico relacionado con la empatía.

Lejos de ser una excusa para exonerar a Trump, Kim y Weinstein -que no lo es en absoluto-, estos hallazgos sí sirven para entender cómo funcionan los mecanismos físicos y mentales de aquellos que tienen acceso a más control sobre otras personas. Y esta pérdida de capacidades está en consonancia con hallazgos anteriores. En 2006, por ejemplo, un estudio de la Universidad Nortwestern, en Estados Unidos, pidió a sus participantes que se dibujaran una E en la frente. Los que se sentían más poderosos tendían a dibujar la letra orientada hacia su derecha (es decir, quedaba del revés para cualquier otro observador), mientras que el resto hacía lo contrario, lo cual, según el estudio, demostraba una mayor capacidad empática.

Un curioso despiste confirmó extraoficialmente esta teoría dos años más tarde cuando el entonces presidente de Estados Unidos, George Bush, que ya llevaba siete años en el cargo, animó al equipo de natación de su país en los juegos de Pekín ondeando efusivamente una bandera estadounidense… del revés.

El poder causa daños cerebrales
George Bush dando ánimos con la bandera del revés. | Jerry Lampen / Reuters

Otros estudios enfocados a la misma investigación han mostrado que a las personas con más autoridad les resulta más difícil descifrar las emociones de una persona retratada en una fotografía y que también les cuesta más deducir cómo interpretará un comentario un compañero. Uno de los factores que agrava esta situación, y que quizá en mayor o menor medida la configura, es el hecho de que las personas suelen imitar a aquellos con más poder y autoridad que uno mismo. Estos últimos actúan como modelo a seguir para los primeros y, además, carecen de modelos propios a los que seguir, lo cual tiene un efecto directo sobre las funciones empáticas.

La imitación, en psicología, es un proceso inconsciente mediante el cual a una persona, cuando observa a otra realizando una actividad, se le activa la parte del cerebro que utilizaría para realizarla ella misma. Es lo que Sukhvinder Obhi y su equipo intentaban demostrar cuando pidieron a sus investigados que vieran un vídeo de alguien apretando una pelota de goma. Los procesos neurológicos que se pondrían en marcha si fueran ellos los sujetos se activaron en el caso de las personas con menos poder. Esto no ocurría en el caso de las personas con menos autoridad.

Esta pérdida de capacidades tiene un irónico efecto que Sukhvinder Obhi ha denominado “paradoja del poder”. Es decir, las personas utilizan una serie de habilidades para llegar a posiciones de poder que pierden en cuanto lo alcanzan. Y, si las han perdido, ya no podrán desempeñar con la misma eficacia el cargo para el que inicialmente habían demostrado estar preparadas.

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