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Billions. No otra serie americana, es la serie americana

Ana Laya

En un tiempo en el que en la auto-proclamada tierra de la libertad, un país forjado de valientes e inmigrantes, la ilusión del sueño americano parece entrar en conflicto con su desmedida pasión por el progreso y el éxito, Billions, la aclamada serie de Showtime emitida por Movistar + Series en España, aparece en nuestras pantallas para recordarnos que desde hace tiempo el heroísmo americano no se mide en escala de grises, sino de verdes.

El momento, no podría ser mejor, hoy más que nunca el sistema de valores de Estados Unidos ha dejado ver sus grietas, sus contradicciones, su fragilidad y América está bajo celoso escrutinio del mundo entero, que vigila atento cada paso, cada declaración, cada nombramiento, cada protesta, cada tweet. El escenario también es idóneo, obviamente Billions está ambientada en Nueva York, el cerebro financiero de Estados Unidos… y también su corazón herido y su hígado enfermo. El hilo conductor, la lucha de poder de dos antihéroes ambiciosos, imposibles de amar, pero más imposibles de odiar, porque de alguna manera logran despertar admiración culposa: Chuck Rhoades (Paul Giamatti), el fiscal del distrito sur de Nueva York, y el magnate, genio desalmado -pero genio al fin- de los fondos de inversión privados de Wall Street, Bob Axelrod (Damian Lewis).

Paul Giamatti como Chuck Rhoades y Damian Lewis como Bobby "Axe" Axelrod
Paul Giamatti como Chuck Rhoades y Damian Lewis como Bobby “Axe” Axelrod

Con una producción y guiones impecables, Andre Ross Sorkin, Brian Koppelman y David Levien, creadores de la serie, logran atraparnos desde el minuto uno, porque más allá de si entendemos o no la bolsa o el sistema de justicia de Estados Unidos, Billions logra que nos identifiquemos con sentimientos más profundos que son inherentes al hombre, independientemente de que sean millonarios narcisistas o no, como la ambición, el deseo de poder y la capacidad de cada quien de malear el concepto de justicia a placer.

Maggie Siff, la tercera arista del triángulo.
Maggie Siff, como Wendy Rhoades, la tercera arista del triángulo.

Al duelo de Rhoades y Axelrod se suma una arista que da lugar a un triángulo bastante peculiar: Wendy Rhoades, esposa de uno, psiquiatra del otro. Un poderoso personaje femenino que nivela un poco el nivel de testosterona del drama y de la oficina de Axe Capital. El papel de Wendy está interpretado por Maggie Siff, conocida por su rol de Rachel Menken en Mad Men, y de la doctora Tara Knowles en Sons of Anarchy.

Paul Giamatti y Damian Lewis, por su parte, prácticamente no necesitan presentación. El primero se dio a conocer con interpretaciones sobresalientes en numerosas películas como El Show de Truman o El Negociador y pasó a la línea de protagonista con su papel de Harvey Pekar en American Splendor y luego, al interpretar a Joe Gould en Cinderella Man, fue nominado a Mejor Actor en los Globos de Oro. Lewis por su parte es el inolvidable marine en desgracia Nicholas Brody de Homeland, papel por el que logró un Globo de Oro y un Emmy a Mejor Actor.

Los Axelrod, Malin Akerman y Damian Lewis y los Rhoades, Maggie Siff y Paul Giamatti | Foto: SHOWTIME.
Los Axelrod, Malin Akerman y Damian Lewis y los Rhoades, Maggie Siff y Paul Giamatti | Foto: SHOWTIME.

Podemos seguir hablando de premios y reconocimientos, pero es justo ahora cuando Wendy Rhoades nos recordaría que a veces la opinión pública es irrelevante, que hay aprender a ignorar a esas voces externas porque lo único que importa es lo que nos susurra esa voz alfa que todos tenemos dentro, sobre todo los ególatras confundidos de Wall Street, esa voz que sienten vibrando en su pecho cada vez que compran una acción y venden en alza, esa voz que quema cuando las ganancias del año ascienden las 7 cifras, esa voz que va hacer a América grande de nuevo y que va a hacer de Billions tu serie favorita de la temporada.

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Conoce a Joel Kinnaman, protagonista de Altered Carbon

Nerea Dolara

Foto: Netflix
Netflix

Sorprende con su físico y su intensidad dramática en la serie de Netflix, pero Kinnaman ha estado en el cine y la televisión por más de una década. Te apostamos que ya le habías visto más de una vez.

Joel Kinnaman cuenta que cuando llegó al set de Altered Carbon se quedó boquiabierto. Según su descripción en WWD la localización de la exitosa serie de ciencia-ficción de Netflix ocupaba la extensión de tres campos de fútbol construidos a modo de ciudad futurista y llenos de más de 400 extras en acción. 

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Para Altered Carbon entrenó  de 3 a 5 horas al día durante seis meses, quería hacer sus propias escenas de acción. | Foto: Netflix

Kinnaman no es nuevo para la televisión, tampoco lo es en las producciones de alto presupuesto. Pero es posible que te cueste identificarlo en su rol de Takeshi Kovacs, no es sorprendente, este actor de origen sueco entrenó de 3 a 5 horas al día durante seis meses para tener el musculoso cuerpo de Kovacs y poder hacer sus secuencias de acción: “Mi ambición era tomar los aspectos físicos del personaje y las escenas de acción y llevarlos a otro nivel. Quería hacer mis propias escenas, sin doble. A hora cuando lo veo me siento orgulloso”, dijo a NME.

Pero ¿qué hacía Kinnaman antes de Altered Carbon? En su Suecia natal ya había trabajado en muchas series y películas -forma parte de la serie de cintas sobre Johan Falk- antes de mudarse a Estados Unidos para probar en Hollywood. Previo a su trabajo en EEUU incluso llegó a ganarse el premio Gulbadgge a Mejor Actor por su papel protagónico en la película Easy Money, un thriller sobre un hombre pobre (Kinnaman) que vive fuera de sus posibilidades en los suburbios de Estocolmo y que, tras conocer a una hermosa y rica chica, se involucra con el mundo del crimen organizado. Esto fue en 2010. En 2011, Kinnaman tendría su gran oportunidad americana con la serie The Killing (ya había intentado tenerla en Thor y Mad Max pero al final no le dieron los roles).

Una adaptación de una serie danesa, este relato sobre el asesinato de una chica en un pequeño pueblo y la subsecuente investigación fue una gran apuesta para AMC y tuvo, por lo menos en su primera temporada, buenas críticas. Kinnaman era, nada más y nada menos, que el co-protagonista. Junto Mireille Enos era uno de los detectives, Stephen Holder, encargado de resolver el caso.    

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En The Killing era el desquiciado detective siempre al borde un colapso. | Foto: Netflix

Producto de su trabajo en The Killing (que terminó por tener una historia rocosa que incluyó dos cancelaciones y dos rescates y finalizó en 2014), Kinnaman consiguió más trabajos, uno de ellos en una poco conocida película junto a Denzel Washington y Ryan Reynolds, Safe House (2012). Pero puede que su mayor rol en esos primeros tiempos fuese el del policía Alex James Murphy en el remake de Robocop. Y aunque contaba con un buen reparto -Gary Oldman, Samuel L. Jackson, Michael Keaton- la nueva entrega  basada en el original de Paul Verrhoeven no tuvo el éxito esperado.

Ya en 2016, otro filme con mucho presupuesto se atravesaría en su camino. Suicide Squad lo incluyó en su grupo de superhéroes mal comportados en el papel de Rick Flag, un agente que se une al equipo con el propósito de rescatar a June Moone, la doctora poseída por Enchantress y la villana del filme. Y sí, la película tuvo alguna de las peores críticas del año y es odiada por muchos, pero a Kinnaman no le importó en exceso. “Para mí lo más emocionante es intentar hacer cosas que sean tan diferentes como se pueda. Si en algún momento tuviese la suerte de tener una audiencia que siguiese mi trabajo, me gustaría que siempre estuviesen preguntándose: ¿qué hará en su siguiente rol?, dijo el actor a Indiewire cuando se estrenó la cinta.

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Entró a Suicide Squad a reemplazar a Tom Hardy. | Foto: IMDB

También en 2016, el actor se unió al reparto de House of Cards, como el gobernador Will Conway, el candidato que siempre amenaza la estancia en el poder de Frank Underwood: conservador, pero joven, con una hermosa esposa e hijos, una buena carrera política y las credenciales de haberse enlistado en el ejército después del 11 de septiembre. Conway fue un personaje recurrente, y molesto para Underwood, en la cuarta y quinta temporadas de la serie.

Kinnaman ya conocía la historia de Altered Carbon (los libros originales de Richard K. Morgan) y estaba interesado en comprar los derechos para su recién fundada compañía de producción, pero ya los tenía un poderoso productor, así que se dio por vencido. Unos meses después vio la noticia de que se convertiría en serie. Al principio no estaba seguro de volver a la pantalla pequeña, pero la visión de los creadores le convenció.

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En House of Cards era el niño de oro republicano, candidato perfecto y némesis de Frank Underwood.  | Foto: Netflix

Takeshi Kovacs, el protagonista al que interpreta, es un revolucionario detenido por decenas de años y revivido -en esta sociedad del futuro la conciencia se almacena en discos y los cuerpos son intercambiables- dentro de un cuerpo nuevo para investigar el intento de asesinato de un millonario poderoso. La serie, que tiene muchas referencias a Blade Runner y una dirección de arte muy cinematográfica, ha tenido buenas críticas, pero es posible que Kinnaman no vuelva para una segunda temporada. La premisa de la serie -los cambios de cuerpo- permiten reemplazar actores sin problemas, y en estos últimos días se ha hablado de que Kinnaman no volverá para una nueva entrega. ¿La razón? Ya firmó un contrato para trabajar en una nueva serie, esta vez de Amazon Prime, que será una adaptación de la película Hannah, de Joe Wright. Además, los libros de Morgan desarrollan la acción siguiente en otros planetas y con otros personajes. Kinnaman también tiene en espera el rodaje de la segunda entrega de Suicide Squad, aunque aún no se sepan las fechas definitivas.

Lo cierto es que este sueco ya logró lo que quería: una carrera exitosa. ¡Ah! Y además tiene una esposa cool, la artista de tatuajes Cleo Wattenström (que debe haberle regañado por ese infame tatuaje que le hizo Will Smith tras rodar Suicide Squad) y proyectos por venir. Kinnaman promete seguir en nuestros radares por un tiempo… y bienvenido sea.

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¿Cómo estuvo Sundance 2018?

Nerea Dolara

Foto: IMDB
IMDB

¿Qué películas queremos ver? Sundance 2018 cerró su edición en Park City con una amplia oferta de estrenos indies que valen la pena.

A finales de enero las calles de Park City, Utah volvieron a ser las mismas. Unos días antes una multitud de actores, directores, guionistas, productores y distribuidores asistían al Festival de Cine de Sundance, el mayor mercado y proyector de cine independiente desde hace décadas. ¿Por qué es importante Sundance? Un ejemplo, en 2017 The Big Sick y Call Me By Your Name consiguieron allí su distribución y antes de ellas se estrenaron allí películas como Whiplash, Blood Simple, Winter’s Bone, Reservoir Dogs, Memento o Cuatro bodas y un funeral (por nombrar unas pocas). En Sundance se abre de nuevo la carrera por los premios, ya de 2019. Es un barómetro del cine indie y también de su mercado… porque en el festival no sólo se ven películas, también se compran.

Hablemos primero de las películas que probablemente tengan peso en 2018, aunque este año haya sido más discreto que sus predecesores inmediatos. Está Bodied, por ejemplo, producida por Eminem, que relata la historia de un rapero blanco que intenta triunfar en ese mundo musical; o Blaze, de Ethan Hawke, en que él mismo interpreta al músico Blaze Foley en un relato lleno de saltos temporales, actuaciones musicales y buenas interpretaciones; o The Tale, que le ganó a su protagonista, Laura Dern, admiración general de la crítica; o Ophelia, una nueva narración de Hamlet, desde el punto de vista de su amada, que tiene a Daisy Ridley (Star Wars) en el rol principal; o Wildlife, la ópera prima de Paul Dano que ya está generando rumor de Óscar para su protagonista, Carey Mulligan; o Tully, la nueva aventura de humor negro de Diablo Cody, que tiene a Charlize Theron como una madre harta de sus hijos y de la maternidad.

¿Cómo estuvo Sundance 2018?
Ofelia | Imagen: IMDB

También están las películas de cuatro directoras, que se llevaron los galardones de dirección en pleno: The Kindergarten Teacher de Sara Colangelo, On Her Shoulders de Alexandria Bombach, And Breathe Normally de Ísold Uggadóttir y Shirkers de Sandi Tan.

Pero es posible que la película más importante del festival, no sólo porque el público la adoró y la crítica la veneró, sea Hereditary. El terror lleva algunos años haciendo de las suyas peleando por ser un género al que se le reconozca su valor, no sólo como parte del panteón de la cultura pop, sino como una obra de arte como cualquier otra buena película. Ya antes de Hereditary los festivales han recibido con brazos abiertos, y celebrado ampliamente, cintas como The Witch, It Follows, Babadook o Get Out, y este nuevo estreno ha tenido la misma suerte. La película, protagonizada por Toni Collete, relata la historia de una madre en duelo que es atormentada en su propia casa por presencias sobrenaturales. Tras su estreno Internet se llenó de artículos que la llamaban: la película que mató de miedo al público de Sundance.

Otro elemento a tomar en cuenta de esta edición de Sundance, además de las películas que se estrenaron, es qué sucedió con su mercado de distribución. Los dos últimos años, por ejemplo, Amazon y Netflix gastaron decenas de millones adquiriendo películas como The Big Sick, Manchester by the Sea, Mudbound, este año no fue igual. De hecho los dos servicios de streaming, que también son estudios, dejaron el festival con las manos vacías por primera vez.

Según Business Insider ambas compañías estarían pensando en reducir sus costos en compra de derechos de estrenos indies. Netflix, por su parte, porque ha entendido que a sus suscriptores no les importa si la película es un estreno exclusivo o si llega a su servicio semanas después. Y Amazon porque ya cerró su presupuesto para 2018.

También puede especularse que ambas empresas llevan varios años gastando millones en distribución y producción, pero aún no parecen ganar ese mismo dinero con los estrenos. De hecho, el plan, según Bussiness Insider, es producir proyectos propios con grandes estrellas, alla Bright con Will Smith en Netflix.

Lo cierto es que Sundance dejó, como siempre, un amplio cartel de películas que recorrerán cines y televisiones durante los próximos años y que de seguro, tendrá presencia en los premios del próximo año. Esto es así, cuando aún no se ha entregado el Oscar 2018, ya se piensa en el de 2019. Pero no todo son premios. Sundance es el hogar del indie, y como tal este año estrenó joyas que esperamos (escuchen distribuidores) lleguen a las salas, tan llenas de superhéroes que ofrecen pocos espacios para otro tipo de cine.

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El último desfile de Carolina Herrera o la discreta elegancia de la diseñadora venezolana que hizo suya la Gran Manzana

Tal Levy

Foto: Caitlin Ochs
Reuters

No fue una retrospectiva, sino una nueva colección otoño-invierno en la que reafirmó su sello. Tampoco hubo lágrimas en la pasarela, pero sí una emoción contenida en medio de un discreto “gracias”, “gracias”, que Carolina Herrera repitió cuando cobijada por aplausos apareció junto a su equipo, con su habitual camisa blanca, sin estridencias, al final del que sería su último desfile como directora creativa de su marca.

No cierra un ciclo en la moda, en su caso imposible; la acompaña “día y noche, noche y día”, como ese tema de Cole Porter en la voz de Ella Fitzgerald que sirvió de fondo a la exhibición de conjuntos con el clásico binomio blanco y negro tan característico suyo. También hubo vestidos estampados con figuras de animales metalizados y plumas, otros de corte fluido con plisados, así como faldas largas de colores vibrantes sujetas al ciño con gruesos cinturones que contrastaban con la versátil prenda que hasta la saciedad Carolina Herrera ha dicho que no debe faltar en ningún armario: una blusa blanca, esa que desde la primera que tuvo cuando empezó la escuela no ha dejado de usar.

Con lazo, sin mangas, con volantes o cuello en “V”, da igual. No ha necesitado nunca excusa alguna para lucirla, ya sea para jugar al tenis, trabajar o saludar al término de sus desfiles, como en esta su última ocasión a partir de la cual cede el testigo a un joven de 31 años, Wes Gordon, quien desde hace unos once meses ha sido consultor creativo de la casa.

Quien la conoce o ha seguido de cerca su carrera sabe que cuando exclamó “¡no me estoy retirando! Voy hacia adelante” a The New York Times (diario que reveló que el 12 de febrero sería su despedida de las pasarelas) no era un mero decir.

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Carolina Herrera en la fiesta de Vanity Fair por los Oscars 2017 | Foto: REUTERS / Danny Moloshok

¿De la noche a la mañana?

Esta dama, palabra que hoy día pocas veces se encarna, estaba predestinada, aun sin saberlo, a abrirse camino en el mundo de la belleza y el glamour. Hoy continúa, a sus 79 años, con 12 nietos y 6 bisnietos, ya no al ritmo de colecciones cada seis semanas, sino como embajadora global de la marca.

Por eso, hace 37 años, cuando esta mujer de la alta sociedad caraqueña a sus 42 y con cuatro hijos abrió su negocio, el mismo día en que nació su primer nieto, muchos pensaron que sería una aventura pasajera, un capricho de quien hasta el sol de hoy no sabe pegar ni un botón.

Como “aseñorados” fueron tachados por algunos críticos sus primeros diseños. Pero no se desanimó. Había llegado para quedarse. También fue apodada “Nuestra Señora de las Mangas” ella, tan católica siempre, de las que van a misa los domingos, debido a sus tempranas creaciones con abultados hombros.

“Lo puedes hacer y lo tienes que hacer”, le insistía Reinaldo Herrera, veterano editor de la revista Vanity Fair, a quien le debe más que su apellido y el título de marquesa consorte de Torre Casa que obtuvo tras su matrimonio en 1968 y que ostentó hasta 1992.  

Su segundo esposo secundaba así a Diana Vreelland, quien la animó a ser diseñadora y se convirtió en su mentora. Esta emblemática editora de Vogue y Harper’s Bazaar solía fumar tabaco con boquilla, tal cual las estrellas del cine glamoroso de Hollywood que Carolina Herrera admiró cuando era una quinceañera.

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La diseñadora Carolina Herrera en su estudio de Nueva York preparando un desfile en 2012 | Foto: REUTERS / Lucas Jackson

De Balenciaga a Warhol

Pero María Carolina Josefina Pacanins Niño, como fue bautizada, tan sólo había trabajado unos seis meses en su vida como encargada de relaciones públicas de la boutique de Emilio Pucci; sin embargo, figuraba en las listas de las más elegantes del jet set internacional. Y es que desde pequeña estaba rodeada de belleza.

Hija de quien fuera gobernador de Caracas, cuando apenas se empinaba sobre sus trece años fue a París con su abuela para ver un desfile del maestro español Cristóbal Balenciaga. Eran los tiempos en que lo más que podía era imaginarse como amazona de lo mucho que le gustaba montar a caballo.

Quizá por eso una figura ecuestre de bronce decora su oficina, en plena Séptima Avenida de Nueva York, coronada por una imagen suya de labios rojísimos creada por Andy Warhol, con quien se codeaba en el mítico Studio 54 que solía frecuentar.

Allí, en medio de una fiesta en 1979, el pionero del pop-art quedó prendado de su bolso de noche de oro y con cierre de diamantes, obsequio de su marido, que ella aceptó darle a cambio de un retrato que hoy vale millones. Siempre ha tenido muy buen ojo.

Para Carolina Herrera, la moda y las artes plásticas se asemejan; es tan sólo el movimiento que la una incorpora lo que las diferencia.

Fotografiada por Robert Mapplethorpe y Annie Leibowitz, ella departía en esa época gloriosa de Manhattan por igual con Yves Saint Laurent, Mick Jagger o su entonces esposa Bianca Jagger, quien fue testigo de su primera colección en el Metropolitan Club, donde la supermodelo Iman desfiló por la pasarela, y también de esta última, en el Museo de Arte Moderno (MoMa) durante la Semana de la Moda de Nueva York.

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Modelos preparándose para el desfile de Carolina Herrera durante la New York Fashion Week en el MOMA, 2017 | Foto: REUTERS / Eduardo Muñoz

Neoyorquina de adopción

Sin duda, se reconoce como venezolana, pero como diseñadora se siente de Estados Unidos, país donde ha desarrollado toda su carrera y que le concedió la nacionalidad en 2009.

Ha vestido a tres generaciones de una misma familia icónica estadounidense: a Jacqueline Kennedy Onassis, su amiga por demás, en los últimos años de su vida; a su hija Caroline Kennedy el día de su boda en 1986, un año después de la cual motivada por esa gran satisfacción daría a conocer su primera colección de novia; y a su nieta Rose en su primera comunión.

Las primeras damas Hillary Clinton, Nancy Reagan, Laura Bush y Michelle Obama han lucido sus creaciones, así como la empresaria y diseñadora Ivanka Trump en el baile de investidura de su padre, Donald Trump. También la princesa Isabel de Yugoslavia. Y aunque tiene a su modisto de cabecera, la reina Letizia siempre ha recurrido a diseños con la impronta de Carolina Herrera, quien acostumbra visitar España, donde vive su hija que lleva su mismo nombre y es la directora creativa de fragancias de la casa CH desde 1996. Otra de sus cuatro hijas, Patricia, es consultora de proyectos especiales.

Para recuperar los aromas de su infancia en Caracas, Carolina Herrera debutó en 1988 con el primero de sus perfumes, convertido en un clásico con esa base de jazmín que desde siempre ha formado parte de su vida. En 1991 crearía su contraparte masculina y, una década más tarde, abriría en Madrid la primera de sus tiendas prêt-à-porter y de accesorios para hombres, mujeres y niños, para después, en 2011, extender sus horizontes con su línea de gafas.

En España le fue concedida la medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes en 2005, que recibió de manos del rey Juan Carlos I y que se suma a diversos reconocimientos entre los que destaca, además, el doctorado honoris causa en Bellas Artes del Instituto de Tecnología de la Moda de Nueva York en 2012.

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En la Semana de la moda de Nueva York se presentó el último desfile con Carolina Herrera como directora creativa | Foto: REUTERS / Caitlin Ochs

El misterio de la feminidad

La consigna de sus diseños: “Impecable hacia afuera y perfecta por dentro”. Sus trajes ya están acostumbrados a pasearse también por la alfombra roja en los cuerpos de actrices como Kathleen Turner, Angelina Jolie, Renée Zellweger, Nicole Kidman o Penélope Cruz. Y es que Herrera ha sabido conjugar dos adjetivos: femenina y glamorosa.

“Para mí un icono de elegancia de verdad es la reina Isabel de Inglaterra, que lleva más de 50 años siendo fiel a una determinada forma de vestir”, ha afirmado a Vanidades la modista, quien fue amiga de su hermana, la mismísima princesa Margarita.

En términos de elegancia, difícilmente alguien podría cuestionar que Carolina Herrera es toda una reina. Tal vez nada mejor que una imagen de André Leon Talley, exeditor de Women’s Wear Daily y Vogue, para ilustrarlo: “Cuando subió por las escaleras, el Mar Rojo se abrió”.

En la página web de su marca se lee su carta de intención: “Tengo una responsabilidad para con la mujer de hoy: hacerla sentir segura, moderna y sobre todo hermosa”.

De acuerdo con The Business of Fashion, su casa factura unos 1.000 millones de euros al año. Eso sí, lo suyo nunca han sido los números y es que como “niña bien” fue criada bajo la premisa de que hablar de dinero era señal de mala educación.

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Colección Fall/Winter Women’s 2018 de Carolina Herrera durante la Semana de la Moda de New York 2018. | Foto: REUTERS / Caitlin Ochs

Al igual que con su inseparable Reinaldo Herrera, ha tenido un matrimonio feliz desde hace unos 30 años con la centenaria firma española Puig, alianza que le ha permitido crecer y expandirse alrededor del globo con más de un centenar de tiendas, después de haber empezado su recorrido en el mundo de la moda con el editor venezolano Armando de Armas.  

“Es muy fácil hacer una colección en la que quepa todo. Pero pensar en una línea y no salirte nunca de ella… Eso es difícil. Las tendencias uniforman a la gente, con ellas no hay creatividad ni individualidad. Para mí la moda es una cuestión de estilo propio”, considera Herrera, según ha recogido Vogue España.

De allí que más allá de creer lo que otros dicen, hay que tener espejos de cuerpo entero, como suele repetir la diseñadora para quien no hay nada que envejezca más que vestirse de más joven.

“Antes trataba sobre lo romántico y lo misterioso, de dejar algo a la imaginación. Ahora la feminidad es mostrar todo lo que tienes. No lo comparto, creo que el misterio es muy importante. Pero la desnudez está de moda. Hace poco me preguntaron si pensaba que alguien (que no mencionaremos) era un icono de la moda. Respondí: ‘Cuando se ponga un vestido, podré decirlo. Ahora va desnuda, así que no lo sé”, ha dicho a Harper’s Bazaar con su peculiar sentido del humor.

Las épocas, sin duda, han cambiado, y aunque no le gustan los selfies por considerar que atentan contra la belleza, allí sigue ella, en su siempre “saber estar”, tan segura, impecable y sofisticada como siempre.

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La forma del agua: una carta de amor al cine y al romance entre especies

Romhy Cubas

Foto: Fox Searchlight Pictures

En 1941 durante una exclusiva cena de la industria cinematográfica ofrecida por Orson Welles, el director sudamericano Gabriel Figueroa compartió la historia de una criatura anfibia mitad humana que emergía del río Amazonas una vez al año para raptar a una mujer y desaparecer sin rastro. En 1954 una de las personalidades presentes en aquella cena, William Allan, produjo La criatura del lago negro, un precedente elemental para la humanización de los monstruos y criaturas fantásticas en la pantalla grande.

Más de seis décadas después, el cineasta mexicano Guillermo del Toro ha logrado recuperar la esencia de una historia que se ancló en su imaginario desde que la vio a los siete años de edad. La forma del agua, la última película del director reconocido internacionalmente por el hermoso debut que fue El laberinto del fauno, es un etéreo homenaje al cine fantástico, los monstruos, la filmografía de los 60 y sobre todo un honorable final para La criatura del lago negro que raptó a Julie Adams a finales de los años 50.

Con trece nominaciones a la estatuilla de Oro de los Oscar este año y otras 150 nominaciones a premios y festivales alrededor del mundo, entre lo que se encuentran el recibimiento del León de Oro del Festival de Venecia y el Globo de Oro como mejor director, la película protagonizada por Sally Hawkins, Doug Jones, Michael Shannon y Octavia Spencer se enuncia como una carta de amor al cine. En ella el clima cultural, los derechos civiles y las dinámicas de poder recuerdan que en la “gran América” siempre han existido escenarios en donde la segregación busca establecerse como el denominador común de una sociedad.

Situada en los años 60 en Baltimore, previo al asesinato de John F. Kennedy, La forma del agua narra un romance único entre la conserje de una central de investigación del gobierno, Elisa -muda de nacimiento y con unas cicatrices extrañas en el cuello que evocan a las branquias de los anfibios-, y una criatura encerrada en las facilidades del lugar que es torturada en el nombre de la ciencia y la seguridad nacional.

Las referencias hacia La criatura del lago negro son evidentes, pero el film no se trata de un remake sino de una celebración al cine y la filmografía antigua, un homenaje a influencias cinematográficas como The Red Shoes ,The Harder They Come e inclusive la estética de  Andy Warhol.  Y es que para Del Toro el anfibio que sostiene a una aterrorizada Julie Adams en el póster de 1954 es una de los diseños más hermosos que ha visto. Desde que lo descubrió el esquema de un romance en donde la pareja de especies comparte helados y paseos en bicicleta ha sido clave para uno de sus proyectos más ambiciosos.  

La forma del agua: una carta de amor al cine y al romance entre especies
Tras cámaras de La forma del agua | Foto: Kerry Hayes/Fox Searchlight Pictures

La forma del agua relata una historia de amor con tintes de fábula en donde la transformación no es necesaria para la comprensión de dos individuos. La película hace justicia a uno de los temas más comunes de los filmes del director, que no solo se expresa mediante monstruos y criaturas sino mediante la idea de que en este mundo solo nos tenemos los unos a los otros.

Doug Jones, quien ha aparecido en varias películas de Del Todo como Mimic, Crimson Peak y Hellboy, en donde también interpreta a un hombre anfibio, es el cuerpo y movimiento detrás  de la noble criatura de La forma del agua.  Junto con la ayuda de la escritora Vanessa Taylor y el escultor Mike Hill, -quien ya ha diseñado un Frankenstein de tamaño real para la colección privada de horror de Del Toro- el alma del anfibio tomó vuelo con una simple instrucción del director: “Quiero que canalices dos cosas: el Silver Surfer [héroe de Marvel Comics], con su fuerza heroica y su sensualidad discreta, y a un matador. Cuando los observas, tienen mucha confianza y lideran con las caderas y la pelvis”, le indicó el director al actor según The Hollywood Reporter.

Por otro lado el, apego de Del Toro por su último proyecto, que originalmente iba a ser filmado en blanco y negro, lo llevó a desembolsar $200,000 de sus propios fondos para presentar a Fox Searchlight un guión que según el director los hizo llorar a todos al final de la primera propuesta.

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Escena de La forma del agua | Foto: Fox Searchlight Pictures

Más que criaturas y monstruos

La humanización de los monstruos, que siempre han fascinado al director, y el romance silente entre dos especies distintas es de hecho una persiana para contextualizar polémicas pasadas que siguen teniendo vigencia hoy en día como: la discriminación racial, la intolerancia y un particular complejo de hombre blanco, poderoso y privilegiado.

“Lo configuré en 1962 específicamente, porque cuando la gente dice: ‘Hagamos que Estados Unidos vuelva a ser grandioso’, están soñando con esa era”, explica Del Toro a la revista estadounidense Deadline. “Es una época donde los autos tenían aletas de chorro, las cocinas eran automáticas. Todo era genial si eras blanco, anglosajón y protestante, pero si eras otra cosa, estabas jodido. No ha cambiado tanto”.

Esta elección tanto -personal como política- de escenarios y geografías temporales hacen que la película se conjugue en reversa a los roles desempeñados en filmes de época. “Quería convertir en malo al personaje con un buen traje y una mandíbula cuadrada (que suele ser el tipo bueno en las películas de ciencia ficción de los años 50)”, agrega Del Toro.

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Escena de La forma del agua con Sally Hawkins y Doug Jones | Foto: Fox Searchlights Pictures

Palabras innecesarias y miles de tonos verdes

Sally Hawkins hace que las palabras sean innecesarias con una actuación sutil y serena que se conjuga con todos los colores de la película. La actriz también contribuyó con el guión de su personaje; Del Toro se inspiró en una historia escrita por esta sobre una mujer que desconoce que es una sirena. El detalle de los rasguños con forma de branquias en el cuello de su personaje fue tomado de dicha historia.

El silencio de la película es sustituido con un soundtrack y una musicalización que riman con los pasos y el mutismo de sus personajes. La cinematografía etérea de Dan Laustsen se aferra a miles de tonos verdes para crear la atmósfera de ensueño de un cuento de hadas para adultos. Esa paleta infinita crea un juego de tonos que pasan por la aguamarina, los ásperos verdes oxidados de edificios antiguos e institucionales, el brillo de neón de una gelatina hasta el verde cerceta metálica de un nuevo Cadillac.

Por otro lado, no solo la crítica coincide en que La forma del agua es una de las mejores piezas de Del Toro desde El laberinto del fauno, el propio director reconoce un particular orgullo por la película.

“Para mí no se vuelve más personal que con La forma del agua. Estoy orgulloso de ella. Es la película favorita que he realizado“, dijo Del Toro a Collider. “Me encanta. Lo llamo ‘un cuento de hadas para tiempos difíciles’ porque es una pomada contra el mundo, donde nos levantamos todas las mañanas con peores noticias”.

La fidelidad de Guillermo Del Toro por los monstruos crea un homenaje moderno y un cuento de hadas gestado décadas atrás que por fin encuentra su final perfecto.

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