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Bob Dylan para literatos escépticos

Ana Laya

Everybody must get stoned.

Puede que no sea el año más largo en la historia del universo, pero de vez en cuando a mí me lo parece. Tal vez sea una cosa de densidad más que de longitud. El 2106 sin duda ha estado lleno de momentos inolvidables, o por lo menos de acontecimientos de esos que les gustan a las redes sociales porque les dan para material por mucho tiempo, a veces en clave de tragedia como con las muertes de David Bowie, Alan Rickman, Prince, Johan Cryuff o Gene Wilder; la mayor parte como tragicomedia: rupturas como la de Brad y Angelina o la del Reino Unido con la UE; y otras simplemente distópicas: Trump.

 

Ahora, como para que no decaigan los ánimos a final de año, la Academia Sueca, encargada de los premios Nobel de literatura nos ha lanzado una bomba que sin duda da para hablar, filosofar y twittear por un buen rato: Bob Dylan se ha hecho con el Nobel de Literatura “por haber creado nuevas expresiones poéticas en el marco de la gran tradición musical americana”.  

Las reacciones en las redes han sido variopintas, por decir lo menos, desde gente que se alegra y siente que el Nobel de literatura ahora es “del pueblo y para el pueblo”, hasta otros que sienten que ese premio es bastante insípido y hasta cobarde, porque más allá de la maestría y el talento de Bob Dylan para la composición o su influencia en una audiencia que supera con creces la de la literatura… ¿qué viene luego, Murakami y Roth ganándose un Grammy?

 

 

En la página de los Premios Nobel se especifica que la información acerca de los nominados permanece sellada durante 50 años antes de poder ser leída por el público. Lo que significa que las probabilidades de cualquier persona en el demográfico 30-65+ tiene pocas posibilidad de llegar a saber exactamente quién nominó a Bob Dylan, para agradecerle su amplia visión y su espíritu rompedor o para echarle la culpa de esta dañina “imprecisión”. Dependiendo del lado en el que se ubique el lector.

Bob Dylan Blonde on Blonde_By Moody Man via Flickr bajo Licencia Creative Commons.
Bob Dylan Blonde on Blonde_By Moody Man via Flickr bajo Licencia Creative Commons.

Para los literatos que están dispuestos a cambiar de opinión o para los que aún no conocen la carrera de Bob Dylan lo suficiente como para formarse una opinión, Sara Danius, Profesora de Estética en la Universidad de Södertörn, de Literatura en la Universidad de Uppsala y Secretaria de la Academia Sueca a cargo del anuncio del Nobel, en sus declaraciones fue simple y directa: la decisión no fue difícil, Dylan, ha sido premiado por ser un gran poeta, en la tradición inglesa de Milton y Blake, pero de una manera original que mezcla escritura con oralidad, con performance.

“Yo me di cuenta que desde la antigua Grecia hasta hoy aún leemos a Homero y a Safo, ellos escribieron hace 2500 años (…) y sus textos fueron pensados para ser puestos en escena, generalmente acompañados de instrumentos, pero han sobrevivido, y sobrevivido de manera increíble, en la página escrita.”

Danius tiene un argumento. Tal vez nos tome 2500 años entenderlo, pero tiene un punto y una recomendación para aquellos que no quieren esperar tanto: escuchar el álbum de 1965 “Blonde on Blonde”. Este álbum en particular, casualidad o no, cumplió 50 años el 16 de mayo de este año, y ha sido descrito en la revista Billboard como el cenit de su genio musical en el que fusiona el blues, con la poesía Beat y el lirismo de Shakespeare, y del que él mismo dice ha sido el disco en el que más cerca ha llegado a recrear el “delgado sonido de mercurio salvaje” que lo habita. Es lo más Dylan de Dylan, digamos.

Mike Hogan, fan declarado de Dylan escribe en Vanity Fair que Blonde on Blonde es al tiempo una súplica, una maldición y un milagro. “El afecto, la burla, el culto y la traición unidos en una melódica y poética obra maestra seguida por otra y por otra. Cincuenta años después de su lanzamiento aún es difícil saber exactamente qué estaba comiendo Bob Dylan cuando grabó Blonde on Blonde,” y asegura que solo un veinticuatroañero en la cima del mundo podría sonar tan precoz, tan romántico, tan desgastado y tan incorregible.

Puede que a los literatos más escépticos les tome 2500 años comprender (¿respetar? ¿compartir?) la decisión de los suecos, pero si la tarea de intentar entenderla incluye escuchar a Bob Dylan, no está tan mal ¿no?

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Aixa de la Cruz, la otra literatura vasca

Anna Maria Iglesia

Foto: Iván Repila
Salto de Página

“Sobre el pasado sólo conocemos la sombra de la sombra de una mentira porque lo único que el pasado ha dejado al presente son sus ruinas y sus documentos”. Estas palabras de Santi Pérez Isasi son las elegidas por Aixa de la Cruz (Bilbao, 1988) para presentarnos a Sofía, protagonista de su última novela, La línea del frente (Salto de página). Las ruinas y los documentos de Sofía son una relación truncada y una tesis doctoral a medio a hacer: el protagonista de la relación es Jokinn, primer amor de Sofía encarcelado por haber dejado ciego a un ertzaintza, y el protagonista de la tesis doctoral es Mikel Areilza, escritor que militó en ETA y consiguió escapar de la prisión donde cumplía condena e huir a Argentina. La culpa es el eje que reúne Mikel, Jokinn y Sofía, testigos y personajes de una historia que nunca eligieron protagonizar, pero ¿de qué historia se trata? Aixa de la Cruz pone en cuestión la idea del pasado como relato único. El pasado es, para De la Cruz, un rompecabezas construido por piezas contradictorias y divergentes donde no caben los maniqueísmos y donde los matices obligan a ir más allá de la división entre bandos.

Si bien no quieres definir tu novela únicamente a partir del tema del terrorismo, sí podríamos decir que La línea del frente entronca dentro de esta tradición, a la que hacía mención recientemente Iban Zaldúa, de literatura vasca “sobre el “conflicto vasco”, el “terrorismo vasco” o como queramos llamarlo”, del que “se ha escrito mucho y muy bueno (también muy malo), sobre todo en euskera”.

Aixa de la Cruz, la otra literatura vasca 2
Portada de “La línea del frente” editado por Salto de Página

Suscribo por completo lo que afirma Zaldúa, existe una gran tradición literaria que ha abordado el conflicto vasco, solo que como se trata de obras escritas en euskera han tenido una menor repercusión. Es una tradición con la que me siento acorde porque no he encontrado en ella ningún panfleto político; en esta tradición literaria no he encontrado relatos pretendidamente sesgados y maniqueos. Al contrario, lo que he encontrado ha sido relatos complejos, que no intentan fijar un relato único. A fin de cuentas, lo que trata de hacer la literatura es crear empatía y cuantos más relatos distintos, divergentes, centrados tanto en las víctimas como en los victimarios, construyamos más seremos capaces de entender al otro.

El eje temático de tu novela es la construcción de relatos de ficción para sobrellevar la culpa.

La novela trata de cómo construimos ficciones para todo, para construir nuestra identidad, para definir el amor romántico, para narrar nuestra historia… El desarrollo de la protagonista consiste en ir planteándose distintos relatos sobre su pasado que se van modificando a medida que transcurre la novela.  Y, efectivamente, el punto de partida es la culpa: la protagonista es alguien que siente culpa por no haber hecho nada en el pasado, por haber permanecido inmóvil, y a través de la culpa revisa su pasado, pero esta adquisición de conciencia comienza cuando está lejos de Euskadi. Junto a la protagonista, está también Mikel Areilza, que es el escritor ex perteneciente a ETA y que es objeto de la tesis doctoral de Sofía. Mikel siente culpa por lo que hizo [fue detenido por pertenecer a ETA y consiguió escapar de prisión y exiliarse en Argentina] en el pasado.

Hay sentimiento de culpa, pero no hay víctimas.

La única víctima que existe en la novela es el joven al que mata accidentalmente la policía durante los disturbios en los que es detenido Jokinn, otro de los personajes. Mis personajes son todos personajes secundarios de una historia en la que no querían participar y, en cambio, de la que forzosamente participaron. De ahí que Sofía se construya esos relatos de ficción en torno a su pasado y, al mismo tiempo, sienta culpa por haber sido una joven que no quiso percatarse hasta el final de lo que estaba sucediendo a su alrededor.

¿Podemos decir que La línea de frente defiende la necesidad de superar el sentimiento de culpa?

La culpa inmoviliza y hay que superarla, porque lo que viene después de la culpa es el compromiso. Y no me refiero solo a nivel individual: forman parte del periodo de culpa todos los actos simbólicos de reparación y de pedir perdón, pero creo que el conflicto verdaderamente se acabará cuando todos estos actos hayan sido satisfechos y podamos empezar a mirar hacia adelante con un compromiso renovado y ya no hacia atrás.

¿Este mirar hacia adelante implica también cuestionar el relato oficial sobre el conflicto vasco y su fin?

Por supuesto. A mí lo que me preocupa es que consideremos positivo la idea de instaurar un relato único sobre un pasado histórico. Evidentemente, junto a los relatos que emanan de la cultura popular, están los relatos que emanan del poder. Sin embargo, no soy marxista: no creo que haya una relación inequívoca entre el poder y las manifestaciones culturales, más bien creo estamos rodeados de discursos alternativos y lo que hacemos nosotros es seleccionar ficciones. De ahí que crea que la única manera de comprender los fenómenos históricos es teniendo en cuenta distintas piezas incongruentes, sesgadas, contradictorias, pero que, en verdad, conforman un puzle mucho más completo del que puede insinuar un relato único. Los relatos únicos dejan siempre muchos flecos fuera y lo que hay que reivindicar son los flecos.

El personaje de Jokin está en la cárcel por dejar ciego a un ertzaintza. Jokin es acusado de pertenecer a banda armada y condenado por ello, cuando en verdad es un joven que estaba en el lugar equivocado el día equivocado.

Lo que comentas es interesante, puesto que la historia de Jokin es un guiño a un suceso que ocurrió hace unos años en Euskadi: era la previa a un partido de fútbol y estaba mucha gente celebrándolo, cuando se produjo una pelea de bar en un callejón cerrado donde había una Herriko Taberna. Desde el momento en que el mando policial que recibió la primera denuncia de lo que estaba sucediendo hasta que esta denuncia llegó al mando superior, se fue contaminando el relato de los hechos: al inicio, se dijo que había una pelea de bar en tal calle; luego, empezó a decirse que era una pelea de bar frente a una Herriko y, finalmente, se concluyó que frente a una Herriko había un conflicto vinculado forzosamente a temas independentistas. Cuando llegaron los antidisturbios al lugar de los hechos, cargaron con mucha fuerza, como si se tratara de una amenaza terrorista. Fue tanta la fuerza que con una pelota de goma mataron a Iñigo Cabacas, un joven que estaba allí.

Aixa de la Cruz, la otra literatura vasca 1
Aixa de la Cruz | Imagen vía Iván Repila

Es decir, se vinculó automáticamente la pelea del bar al mundo abertzale.

Efectivamente, la historia de Jokin es en parte esta y me sirve para hablar de los automatismos que seguimos acarreando en Euskadi todavía hoy, en tiempos de paz. Es decir, el hecho de que la policía cargase con innecesaria fuerza en esa disputa de bar tiene que ver con que la policía estaba demasiado acostumbrada a entrar a muerte siempre porque el conflicto estaba en la calle. Y la historia de Jokin, del chico que está en el lugar equivocado en el momento equivocado, es una historia que se ha repetido muchas veces, no sólo con ETA, sino también después de ETA. En el fondo, lo que cuenta la historia de Jokin son los prejuicios vinculados a ciertos entornos en Euskadi, aunque estos prejuicios no tengan un correlato en los hechos.

Estas inercias invaden también el ámbito judicial. Jokin no sólo es condenado, sino que su condena es más elevada porque se le considera falsamente como perteneciente banda armada.

Lo que le sucede a Jokin es, en parte, lo que ha sucedido en Alsasua, aunque es cierto que, en este último caso, no se trataba de una simple pelea de bar, puesto que había un componente ideológico. Sin embargo, también es cierto que las penas que se están pidiendo por enaltecimiento del terrorismo parecen, en principio, exageradas. Y lo que es peor, todavía hoy situaciones como la de Jokin se siguen dando en Euskadi y apuntan a que el fin de ETA no es un salto de página, sino que seguimos acarreando muchos conflictos por resolver, conflictos que, a veces, provocan injusticias como estas que comentamos.

¿El caso de Íñigo Cabacas es ejemplo de ello?

Claro. Ahora el caso judicial está avanzando poco a poco, pero durante mucho tiempo los mandos policiales que dieron la orden de entrar con un protocolo absolutamente desproporcionado no asumieron sus responsabilidades y varios de los cargos fueron ascendidos. Esto generó mucho odio social, porque una cosa es que se cometan errores y otra es que nadie pague por sus responsabilidades.

Algo que caracteriza tu novela es que, en ningún momento, describes la sociedad vasca como dos bandos. En palabras de Jabo H. Pizarroso, ¿la sociedad vasca no es o no fue dos raíles en paralelo?

No, no lo fue, no se trataba de dos bandos que no se conectaban.  Sin embargo, también es cierto que cuando pienso en mi experiencia de haber vivido en Euskadi cuando estaba ETA, me viene a la mente una sociedad que vivió muy separada, una sociedad en la que cada uno vivía alrededor de un entorno muy parcial. Yo tenía amigos que eran hijos de presos, pero nunca tuve un amigo que fuera víctima de ETA. Había muy pocos puentes entre un bando y el otro, aunque en verdad todos formábamos parte del mismo conflicto. Había un sufrimiento en las calles que nos afectaba a todos y, sin embargo, en lugar de ser capaces de hacer el zoom y ver que el conflicto afectaba a todo el pueblo, nos sectorizamos bastante.

¿Esta sectorización responde, en parte, a la necesidad de movilizarse políticamente?

Sí, yo lo experimenté así y, por esto, me pareció interesante la figura de Sofía, porque te obliga a preguntarte cómo es posible que alguien pudiera vivir sin posicionarse nunca en una época [finales de los noventa, primeros años 2000], cuando teníamos trece o catorce años, en la que solo se hablaba de política, que lo permeaba todo. La novela me obliga a preguntarme qué debía sentir una persona como Sofía cuando todos, para bien y para mal, se posicionaban, porque en Euskadi era imposible no sentirte obligado en algún momento a tomar partido. Incluso la gente que intentaba alejarse de cualquier toma de partido, terminaba siendo pisoteada por lo que estaba ocurriendo.

Antes hablabas de los automatismos de la Ertzaintza, pero, ¿podemos hablar también de otro tipo de automatismos? Es decir, en el libro, narras como los adolescentes gritan “Gora ETA” al final de un concierto. ¿Era un automatismo? ¿Se era consciente de lo que se estaba gritando?  

Yo creo que había muy poca conciencia del significado, no sólo de un lema tan explícito como éste, sino de muchos de los símbolos que nos rodeaban. Evidentemente, te estoy hablando de hace más de una década, cuando tenía catorce años y estos símbolos seguían en pie. Ahora es diferente, pero sí es cierto que, mirando hacia atrás, tengo la percepción de que por entonces en mi entorno se cuestionaba muy poco lo que veíamos a diario y se adquirían ciertos automatismos sin pararse a pensar en ellos.

Pero, ¿había un discurso que los legitimaba?

De adolescente viví ese discurso según el cual las acciones de ETA son reprochables, pero en el fondo podrían entenderse como la reacción lógica de un pueblo que está siendo pisoteado. Era un momento en el que se cerraban partidos políticos y no sólo se había cerrado el periódico Egin en 1998, sino que se tenía a sus periodistas en prisión preventiva, aunque simplemente escribieran columnas de economía. Todas estas medidas judiciales promovieron la victimización de un sector, que interpretaba que la lucha estaba legitimada dentro de la lógica acción-reacción.

¿El asesinato de Miguel Ángel Blanco implicó, tal y como se dice, una adquisición de conciencia pública por parte de la sociedad vasca?

Yo pertenezco a una generación muy curiosa porque yo era muy pequeña cuando asesinaron a Miguel Ángel Blanco. Yo empecé a tomar conciencia política del país en que vivía en la época de Aznar. Si el terrorismo lo que plantea siempre es una dinámica de acción-reacción, a mí me tocó vivir reacciones desproporcionadas por parte del Estado Español, sólo que desconocía cuáles habían sido las acciones desencadenantes. Esto hace que mi generación percibiera el conflicto de una manera muy sesgada. Volviendo a tu pregunta, creo que no se pueden poner inicios y finales concretos a un relato, pero sí puedo decirte que recuerdo perfectamente que cuando asesinaron a Miguel Ángel Blanco estaba en Laredo. Había mucho revuelo en la zona en la que vivía, yo no entendía muy bien que sucedía, pero sí entendía que había pasado algo grave. Y recuerdo que, al subir por las escaleras hacia nuestra casa, mi madre, refiriéndose a los vecinos, me dijo “no les mires” y agachó la cabeza. Y, en este sentido, sí que creo que a partir del asesinato de Miguel Ángel Blanco la sociedad vasca empezó a sentir vergüenza.

Continúa leyendo: Piolín se convierte en un aliado independentista sin quererlo

Piolín se convierte en un aliado independentista sin quererlo

Redacción TO

Foto: RRSS

El viernes pasado reportábamos la llegada a Barcelona de un barco decorado con la imagen Piolín, el Coyote y el pato Lucas, para alojar a los policías destinados en Cataluña el próximo 1 de octubre, fecha en la que el Govern pretende organizar el referéndum que ha sido declarado ilegal por el Tribunal Constitucional. Bien, pues la redes, que rieron con este hecho, ahora vuelven a la sorna con otra noticia: el Moby Dada, el barco atracado en el puerto barcelonés, se ha quedado sin Piolín. Las autoridades han decidido taparlo con lonas, tal vez por las reacciones que ha provocado. Por eso, y a través del hashtag #FreePiolin, el personaje creado por Bob Clampett se ha convertido -sin quererlo- en un aliado de la causa independentista.

Aquí algunos de los mejores tuits sobre la cuestión:

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Continúa leyendo: No es 'fake': el Gobierno manda un barco de Piolín para alojar a los policías destinados en Cataluña

No es 'fake': el Gobierno manda un barco de Piolín para alojar a los policías destinados en Cataluña

Redacción TO

Foto: ALBERT GEA
Reuters

Durante esta semana, se han detenido a 14 altos cargos de la Generalitat catalana por su vinculación con el referéndum del 1 de octubre. Se han practicado decenas de registros en empresas de mensajería, impresión, en sedes políticas y civiles. La Guardia Civil se ha incautado de casi 10 millones de papeletas del 1-O. Y se han movilizado a de 4.000 agentes de los cuerpos de Policía Nacional y Guardia Civil para “colaborar con los Mossos en el mantenimiento del orden público”, según ha asegurado el ministro de Interior, Juan Ignacio Zoido. Todo esto son noticias serias. El Gobierno ha mandado para alojar a los 4.000 agentes movilizados dos buques, uno de ellos, llamado Moby, con un dibujo gigante de Piolín, Pato Lucas y el Coyote, personajes de los dibujos animados de Looney Tunes, de Warner Bros. De colores. Gigantes. Sí, esto también es una noticia seria.

No es 'fake': el Gobierno manda un barco de Piolín para alojar a los policías destinados en Cataluña 1
Los dos buques atracados en el puerto de Barcelona. El de la derecha con el dibujo de Piolín. | Foto: Albert Gea/Reuters

Ambos buques están atracados en el puerto de Barcelona desde el jueves. Donde los estibadores —en una decisión compartida también con los de Tarragona han decidido no operar los cruceros enviados por el Ministerio del Interior para alojar agentes que trabajarán para impedir el referéndum. Piolín y Looney Tunes han sido Trending Topic durante toda la mañana. Porque los usuarios de Twitter no iban a desperdiciar semejante oportunidad:

El decorado infantil no solo estaba en la cubierta exterior del buque, sino también dentro, donde los dibujos de los Looney Tunes se mezclan con los parques de bolas:

Y, como siempre, al final, en Twitter se lanzan a conspirar:


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El futuro que H.G. Wells predijo en sus ficciones

Romhy Cubas

Foto: Wikicommons
Wikimedia Commons

“Es posible que la invasión de los marcianos resulte, al fin, beneficiosa para nosotros; por lo menos, nos ha robado aquella serena confianza en el futuro, que es la más segura fuente de decadencia”.

La guerra de los mundos

El escritor, historiador y filósofo británico Herbert George Wells es uno de los grandes precursores de la ciencia ficción en la literatura. Su obra se puede comparar en alcance y relevancia con las geografías fantásticas de Julio Verne. Hace 151 años, un 21 de septiembre de 1866, Wells nació en el seno de una familia convencional de la Inglaterra de época, su visión totalmente utópica y fantástica para entonces dejó un registro crudo de  escenarios que con el tiempo se deshicieron de la etiqueta de ciencia ficción para convertirse en sucesos concretos.

Sin la ciencia, y específicamente la biología, Wells no habría creado relatos como el del Hombre invisible o La máquina del tiempo, publicado en un principio bajo el título de Los argonautas crónicos. Wells estudió biología en el Royal College of Sciences de Londres, y eventualmente se tituló en zoología en la Universidad de Londres. Gracias a estas experiencias y a un diagnóstico de tuberculosis que lo impulsó a dedicarse exclusivamente a la escritura, reunió una centena de obras de fantasía científica, predicciones tecnológicas y agudas observaciones sobre el poder y las consecuencias de la guerra que inclusive se manifiestan con mayor lucidez en el presente que en aquella época.

En sus novelas Wells dejó constancia de una inquietud por la supervivencia de las sociedades. Sus posiciones pacifistas y políticas hicieron de su obra una declaración sobre lucha de clases, la ética científica, y las utopías –muchas de carácter socialista-. Con frecuencia propuso la creación de un Estado mundial en donde hubiera una renta universal y donde los individualismos fueran suprimidos.

En sus obras están presentes la bomba atómica, la tecnología, las puertas y censores automáticos, la guerra biológica, la comida artificial, los rayos láser y decenas de otras fantasías que en aquél entonces no tenían espacio en la racionalidad de los lectores. Hasta ahora, y que nosotros sepamos, no existen hombres capaces de volverse invisibles o máquinas para viajar en el tiempo, pero si hay un puñado de escenarios y tecnologías que Wells planteó en sus libros y que hace décadas dejaron de ser ciencia ficción, otorgándole al escritor un halo visionario y certero.

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Portada del libro Hombres como dioses de H.G.Wells | Imagen vía: Amazon

Teléfonos y televisión

En Men Like Gods (1923), Wells crea una versión futurista de la Tierra en donde luego de cientos de años de progreso la gente se comunica exclusivamente mediante sistemas inalámbricos. Los guiños con lo celulares y los correos electrónicos de los que hoy dependemos para comunicarnos son evidentes, aunque la idea es un crudo formato de lo que conocemos en el presente. El principio de acumulación de mensajes, transmisión inalámbrica y comunicación a distancia son premonitorios.

Wells también desarrolló en When the Sleeper Wakes (1899) una forma utópica de entretenimiento en donde las tecnologías del audio libro y la televisión se disfrazan de ficción.

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Comic de La isla del Dr Moreau ilustrado por Gil Kane. Basado en la adaptación cinematográfica de 1977 del libro de H.G. Wells | Imagen vía: MyComicShop

La ingeniería genética

En  La isla del Dr. Moreau (1896) una nueva especie de animales biológicamente manipulados es parte de los experimentos de un científico demente que incursiona en la ingeniería genética. Las técnicas utilizadas son crudas y primitivas, pero la idea de trasplantes de órganos entre animales y humanos para adquirir longevidad, la creación de híbridos y el intercambio de células entre las especies son principios que guardan una relación obvia con las ambiciones de los científicos, quienes se vuelven cada vez más insaciables con los años. Precisamente Wells expone la codicia que puede presentarse cuando los humanos endiosan sus capacidades de creación y buscan en la tecnología un sustituto para todas las formas de vida.

“¿Quiénes son esas criaturas? -dije, señalando hacia ellas y alzando cada vez más el tono de voz para que todos me oyeran-. Antes eran hombres, hombres como nosotros; hombres a los que ha poseído una sustancia bestial, hombres a los que se ha esclavizado y convertido en monstruos y a los que todavía teme”.

La isla del doctor Moreau. H.G. Wells

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Bomba nuclear detonada por el gobierno francés en la Polinesia Francesa. | Imagen vía: Reuters

La bomba atómica y las armas nucleares

En The World Set Free (1914) Wells plantea el concepto de objetos que explotan gracias a distintos niveles de radiactividad, adelantándose inclusive al control de las naciones ante estos objetos para evitar una destrucción masiva. En el presente estos prototipos literarios tienen nombre e historial: la bomba atómica y las armas nucleares.

Wells reconoce y plantea principalmente el poder destructivo de la tecnología y las ambiciones humanas. En sus historias estas granadas  tienen el poder de explotar continuamente por días, semanas y hasta meses.

Actualmente conocemos de sobra su poder destructivo, pero Wells literalmente anuncia la creación de un objeto portátil con la capacidad para devastar una ciudad entera.

El futuro que H.G. Wells predijo en sus ficciones
Portada del libro La guerra de los mundos de H.G. Wells | Imagen vía: GoodReads

El Láser

En uno de sus libros más famosos, La guerra de los mundos (1898), que principalmente desarrolla el escenario de una guerra interplanetaria, las armas futuristas de los marcianos incluyen un devastador rayo de calor capaz de incinerar hectáreas a kilómetros de distancia. La descripción de Wells no es tan precisa como para construir un láser de trabajo, pero su parecido con el dispositivo y otras armas de “energía dirigida” es prueba suficiente.

“Todo lo que sea combustible se convierte en llamas al ser tocado por el rayo: el plomo corre como agua, el hierro se ablanda, el vidrio se rompe y se funde, y cuando toca el agua, esta estalla en una nube de vapor”. La guerra de los mundos. H.G. Wells

Muchas de las “predicciones” de Wells son ciertamente visionarias, otras se apegan al sentido común de un hombre de letras. A la par de cada avance, por muy pequeño que sea, es inevitable magnificar sus posibilidades y consecuencias. Wells también se anticipó al aterrizaje de la nave Apolo en Los primeros hombres en la luna (1901)  y entendió las probabilidades de un conflicto global en Europa con La forma de las cosas por venir (1933). No obstante, su predicción más valiosa es la de los escenarios que germinan cuando la tecnología intenta imponerse a la naturaleza humana.

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