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Bob Marley, la piedra que desechó el cantero

Jorge Raya Pons

Foto: AP Photo

“Algo bueno de la música es que cuando te golpea, no sientes dolor”, escribió Bob Marley en unas de sus canciones. “Así que golpéame con ella”. La música es el lenguaje del que está hecho el mundo. Como todos los grandes hombres, Bob, o Robbie, como tantos le conocieron, fue un tipo de obsesiones. Siempre que iban a buscarlo a casa, el joven Marley andaba con una guitarra cerca y un canuto (o kaya) prendido entre los labios. Marley maravillaba con su voz negra y arrancada, con su espíritu bohemio y emocional y ese carisma que despertó fascinación dentro y fuera de Jamaica. Su carácter ambicioso y tosco por momentos acompañó un talento que con el tiempo le encumbró como el rey de un género, el reggae, que ahora tiene su rostro.

Robbie nunca lo tuvo fácil. El músico rastafari habló en varias canciones sobre su infancia pobre, pobrísima, y sobre el gueto en que vivió en Kingston, llamado Trenchtown. Allí aprendió lo que es tener hambre, no comer por dos o tres días y acostarse con apenas unos tragos de agua en el estómago. El pequeño Marley era pobre, pero también mulato, y en la comunidad negra que vivió la discriminación, el desprecio y el trabajo forzado lo miraban como se le mira a un colonialista.

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Bob Marley y The Wailers, en una actuación en Paris en julio de 1980. | Foto: AP Photo

Norval Marley, su padre, era un hombre duro, un navegante llegado desde Inglaterra que había servido como marine en la Primera Guerra Mundial. Norval rondaba los 60 cuando comenzó a visitar a la jovencísima Cedella Booker, una criada negra de 16 años. De aquellos encuentros nació Robbie. El navegante de pelo blanco tuvo muchos hijos de diferentes mujeres y a todos ellos les garantizó una infancia miserable. Tanto es así que Bob, tal y como confesó en una de sus canciones, se sintió “como la piedra que desecha el cantero”. Con el tiempo, sin embargo, pudo resarcirse de ese sentimiento: los años le forjaron como uno de los grandes músicos de su época y garantizó que su apellido estuviera ligado a su nombre y no al de un marine inglés. Bob Marley supo convertir la piedra desechada en la piedra angular.

Los comienzos de Bob Marley y su banda, los Wailers, fueron lentos. Ensayaron durante años hasta confirmar que estaban listos, que podían recorrer Kingston y visitar a las pocas discográficas de la ciudad en busca de una oportunidad en la radio; el éxito les esperaba todavía lejano. En los setenta, Bob Marley & The Wailers irrumpió en las emisoras del pequeño país caribeño, pero fue su expansión musical por Europa lo que les convirtió en iconos de un nuevo género que recibió el nombre del sonido inconfundible que producen las cuerdas al ser rasgadas.

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Junto al reggae, la gran pasión de Bob Marley era el fútbol. | Foto: AP Photo

Marley acostumbraba jugar partidos de fútbol contra aficionados y periodistas durante sus giras y el 26 de junio de 1978, en un lance del juego con un periodista de la revista Rock and Folk, recibió un pisotón en el pie derecho que le obligó a retirarse. Había perdido una uña y el dedo no tenía buen color. Le diagnosticaron un melanoma maligno y le recomendaron amputarlo. Pero Marley dijo no: la cultura rastafari rechaza desprenderse de cualquier parte del cuerpo de un hombre, que cobra la categoría de templo. Casi tres años más tarde, el 5 de octubre de 1980, cayó fulminado y echando espuma por la boca mientras corría en un parque de Nueva York. El cáncer de la leyenda del reggae había crecido hasta extenderse por varios órganos vitales. Bob Marley murió el 11 de mayo de 1981 después de meses de dolores terribles, después de quedarse sin pelo y sin fuerzas e incapaz de rasgar las cuerdas de su guitarra dorada.

En una ocasión, un periodista le preguntó a Marley cuál era su propósito en la vida. Bob, que medía cada palabra, respondió sin levantar en ningún momento la voz. “No tengo realmente ninguna ambición”, dijo, entre pausas. “Solo hay una cosa que me gustaría ver: quisiera ver a la Humanidad vivir unida”.

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Mi nombre es Nina Simone

Jorge Raya Pons

Foto: Ron Kroon
Wikimedia

Un periodista le preguntó a Nina Simone qué significaba para ella la idea de libertad. Nina, que tenía unos gestos muy dramáticos, en un sentido teatral, dijo que solo es una “sensación”. Luego mantuvo el silencio por unos instantes y respondió con otra pregunta: “¿Cómo le dices a alguien lo que es estar enamorado? ¿Cómo le explicas a alguien que nunca se enamoró qué sientes al estar enamorado?”.

Nunca entendimos a Nina, que arrastraba consigo la tristeza. Nina fue la reina del jazz, del blues, del soul. Pero mucho antes de aquello, antes incluso de llamarse Nina Simone, fue una niña que creció en Tryon, un pueblo pequeñito de Carolina del Norte donde la vía del tren separaba las casitas de los negros de la ciudad de los blancos. Eunice Waymon, así se llamaba, tenía tres años cuando comenzó a tocar el piano en la iglesia del pueblo, con todos esos hombres y mujeres cantando a Dios con los brazos en alto, y fue allí donde la descubrió una mujer anciana y blanca que pidió permiso a sus padres para darle clases de piano, convencida de su potencial. Fue esta señora quien le abrió un mundo con Bach, con Debussy, con Brahms. Le dijo y le repitió, para que no tuviera dudas, que algún día sería la mejor pianista de todas, y estuvo cerca de serlo.

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Nina Simone, 1969. | Foto: Gerrit De Bruin/Wikimedia

Porque Eunice, además de ser mujer, era negra, y no eran los mejores tiempos para serlo. El racismo estaba profundamente arraigado en el alma de los sureños blancos, tan recelosos. Eunice nunca pudo desprenderse de todo aquello, y la única etapa en la que se apartó ligeramente de la música no tuvo otro motivo que su implicación en la lucha por los derechos civiles de los negros. Era tal el grado de racismo, tan crudo, tan repugnante, que Eunice se lo recordó a su hija durante toda su infancia. Y esta, a su vez, repitió las palabras de su madre varios años después en una entrevista: “Me contó muchas veces que le decían que su nariz era demasiado grande, sus labios demasiado carnosos y su piel demasiado oscura”.

Eunice siguió intentando cumplir el sueño de ser la primera pianista clásica negra, y tantas veces como lo intentó encontró el fracaso. Ella siempre lo atribuyó al racismo, y esta es una circunstancia que nunca podrá demostrarse. Sin embargo, siguió con sus estudios de música y se mudó a Filadelfia junto a su familia en busca de un futuro mejor. Eran pobres y Eunice solo tenía sus manos para tocar el piano. Trabajó durante meses en un bar de noche y allí le ofrecieron poner la música, pero para ello no solo tenía que estar dispuesta a cantar, sino a hacerlo con cualquier género: jazz, soul, pop. Eunice no confiaba en ser una buena cantante, pero necesitaba el dinero y aceptó la oferta. En ese tiempo se esforzó por ocultar el origen del dinero a su madre, que jamás hubiera tolerado que procediera de esa música pagana, y Eunice Waymon no encontró otra solución que buscar un sobrenombre; así se convirtió en Nina Simone, y conservó esta identidad hasta su muerte.

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Nina Simone, junto a su hija Lisa, en 1965. | Foto: AP Photo

La vida de Nina fue miserable en cada una de sus etapas y la nostalgia fue consumiéndola lentamente con el tiempo, algo que se hizo cada vez más evidente. Si uno se dedica a pasar sus vídeos, a organizarlos cronológicamente, puede observar cómo esa sonrisa que iluminaba en los primeros años se fue apagando, acompañada por una mirada cada vez más perdida, al borde del derrumbe. Nina, en los 70 años que vivió, sufrió desengaños, rechazos, odio, violencia machista, depresiones; nunca le permitieron ser feliz y ella castigó del mismo modo a su hija, que solo conoció una madre angustiada y en guerra con el mundo.

Cuando a Nina le preguntaron aquel día por la libertad, reconoció finalmente haberla sentido por breves lapsos: “Un par de veces”, añadió, concentrando en una respuesta todo su espíritu. “Para mí la libertad es no tener miedo. Ojalá pudiera vivir así la mitad de mi vida”.

Nina murió un día como hoy de 2003, sola y en el olvido, mientras dormía en una ciudad balnearia en el sur de Francia.

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23 canciones para agarrarnos sin complejos, por Daniela Spalla

Redacción TO

Foto: Daniela Spalla
Daniela Spalla Website

Cantante, compositora e instrumentista nacida en la ciudad de Córdoba, Argentina, Daniela Spalla comparte con The Objective una ecléctica selección de canciones para que nos agarremos sin complejos. Una playlist que promete.

Daniela Spalla editó su primer EP, Magma, en 2010, después de haber estudiado canto y piano en Buenos Aires durante 5 años. Viajó a la ciudad de México a presentarlo junto a la artista mexicana, Ximena Sariñana, madrina musical de Daniela en tierras aztecas. En los años que siguieron, los viajes a México se volvieron cada vez más frecuentes, hasta que en 2013 se mudó a la Ciudad de México.

Ya desde sus últimos años en Buenos Aires, venía preparando lo que sería su disco debut, Ahora Vienen Por Nosotros. Con la colaboración de Rafa Arcaute en producción (Calle 13, Andrés Calamaro, Illya Kuryaki, Aterciopelados, entre otros), Daniela logró grabar 12 canciones que sintetizaban sus deseos de desplazamiento sentimental y geográfico. Ahora Vienen Por Nosotros se editó en 2014 y llevó a la artista a tocar por gran parte de la república mexicana, incluyendo festivales como Vive Latino, Pal Norte y Revolution Fest, y por países como Colombia, Estados Unidos, Argentina y Cuba. La placa también le valió una nominación al Grammy Latino como Mejor Nuevo Artista y fue elegida por iTunes México como el Mejor disco de un artista nuevo, también en 2014.

El último vídeo de Daniela Spalla pertenece a Costa Rica, canción con la además abre esta deliciosa y ecléctica playlist que incluye literalmente de todo un poco, desde las seductoras voces de Françoise Hardy o Adanowsky hasta una versión de Amparito por el grupo de merengue venezolano, Los Melódicos, pasando por el clásico de Nelson Ned: Déjenme si estoy llorando.

¡Disfruten!

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La traición

Laura Fàbregas

Foto: YVES HERMAN
Reuters

¿Qué pasa en Cataluña? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí, y por qué los que no somos independentistas hemos tardado tanto en hablar?

La respuesta tiene que ver con el factor humano. Hemos tardado tanto en alzar la voz porque por mucho tiempo hemos sentido que formábamos parte de ellos: del mismo pueblo, no sé si un sol poble, pero sí un pueblo cívicamente unido. Hemos abandonado progresivamente el espacio público por temor al ostracismo o la muerte civil. A que nuestros más allegados pensaran que no éramos dignos de su confianza. Porque, digan lo que digan, la libertad más difícil no se ejerce ni contra el poder –en democracia, siempre algo abstracto y lejano– ni tampoco contra la publicidad. La libertad más difícil se ejerce contra los amigos. Contra los tuyos.

El sociólogo Émile Durkheim habló de “efervescencia colectiva” para explicar este fenómeno donde una sociedad comparte prácticas, hábitos y creencias como, por ejemplo, las Diadas. Durkheim ha sustituido a Montesquieu quien, probablemente, hoy sería un facha para la mitad de catalanes.

En Cataluña se han roto los valores de la ilustración. Los que hacen que un individuo pueda discrepar de los suyos a través de la razón independientemente de la compasión, el amor y las emociones que pueda sentir por ellos. Por eso tanta gente se sintió interpelada en la jornada del 1 de octubre al ver que una parte de los suyos recibía porrazos. Aunque pensara que eran ellos los que estaban equivocados. Como una madre que no quiere que metan a su hijo en la cárcel, aún sabiendo que es culpable. El valor está en decirle a su hijo que se ha equivocado, pero nadie discutiría el amor y lealtad de esa madre.

El nacionalismo destroza el terreno común que posibilita el debate, incluso entre familiares. Un liberal, un socialdemócrata e incluso un comunista pueden debatir sobre cuál es la mejor manera de generar riqueza y distribuirla. Un nacionalista no puede, porque aunque lo vista de racionalidad, el último eslabón de esta ideología apela a la parte emocional. Y si no estás con los tuyos, eres un traidor.

Continúa leyendo: Láinez, Lanza y los que le echan leña al fuego

Láinez, Lanza y los que le echan leña al fuego

Melchor Miralles

Foto: Youtube (CC)

Ha ingresado en prisión, como era de esperar, Rodrigo Lanza, ese canalla que se ha convertido en un homicida tras ejercer de mártir antisistema. Nieto de un almirante de Pinochet muy vinculado al dictador chileno, Lanza, de 33 años, dejó hace tiempo tetrapléjico a un policía autonómico catalán en el desalojo de una vivienda “okupada”, y fue condenado por ello a 5 años por el Supremo. El caso fue sonado y la investigación policial fue calamitosa, y dio pie al famoso documental Ciutat Morta, en el que participó activamente Lanza. Cuando fue encarcelado recibió el entusiasta apoyo de Pablo Iglesias, Ada Colau y otros líderes populistas, que ayudaron a convertirle en un icono de la extrema izquierda. Pero Lanza se ve que lo tenía claro. Ahora vuelve a la cárcel. Tras salir de la prisión por este caso, se instaló en Zaragoza, donde era muy conocido por su liderazgo radical antisistema. Lanza, apodado “El Rodri”, vaya usted a saber por qué, está acusado de la muerte a golpes de Víctor Laínez, que murió tras ser atacado el pasado viernes en un bar zaragozano por un grupo de radicales de extrema izquierda tan solo por llevar puestos unos tirantes CON los colores de la bandera de España.

Sorprenden las precauciones de Pablo Iglesias y otros líderes de la extrema izquierda al valorar el asesinato de Laínez. Iglesias dijo que “condenamos cualquier tipo de violencia”, que es una forma de no mojarse, de dejar a la libre interpretación de cada uno que quizá en función de quién sea la víctima y quién el verdugo Iglesias y otros ponen sordina a la condena del acto, lo cual me parece insólito y repugnante. Por no hablar de las bazofias que, como siempre, se han leído sobre el caso en las redes sociales. Es terrible que alguien pueda apalear hasta la muerte a otro ser humano por el color de los tirantes que lleva, por cualquier motivo ideológico. Resulta más contradictorio aún, y creo que debe llevar a una reflexión profunda de buena parte de la izquierda española, que pueda llegarse a ese límite el odio a quien piensa de modo diferente a uno. La violencia es inaceptable, se vista del traje que se vista, la ejerza quien la ejerza y sea quien sea la víctima.

Quienes han visto a Lanza como un héroe digno de elogio debieran censurar sin matices su comportamiento, y reflexionar sobre cómo es posible que haya legado a este límite. Porque es de esperar que jamás vuelva a suceder nada parecido, con nadie. Y algunos alimentan comportamientos violentos con su discurso político extremista. El único responsable del asesinato de Láinez es el autor material del mismo, pero cuando se le echa leña al fuego se sabe lo que sucede. Y hay demasiados que han echado leña a este fuego en muchos lugares de España. Ojala no vuelva a repetirse

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