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Bomba Estéreo: lo mejor de la electropicalidad caribeña lo peta en Madrid

Ana Laya

Describir, definir o encasillar la música de Bomba Estéreo es un ejercicio casi vano porque que roza lo imposible. Muchos dicen que se trata de “electro latino”, otros votan por decir que son “electro cumbia”, mientras que Li Saumet, su vocalista, afirma que si tuviera que describirse en un poquísimas palabras diría que Bomba Estéreo es “folclore eléctrico”, cosa que más que una definición fija es una cajita de pandora abierta de referencias, beats, sonidos, anécdotas e instrumentos, que evidencian la característica más sólida del grupo: su capacidad de mutar, fluir y evolucionar permaneciendo a la vez tan auténticos y tan “electropicales” como al principio.

Charlamos con Li minutos antes de su presentación en la emblemática -y también tropical- sala La Riviera en Madrid, en un concierto que daría comienzo al festival MadTown Days por todo lo alto: sold out absoluto (con almas procrastinadoras en pena que buscaban desesperadamente entradas revendidas en la cola de entrada incluidas) y dos horas de música en las que las 1.800 personas asistentes no dejaron de menearse ni un minuto como si estuvieran en una fiesta a la orilla de alguna playa del Caribe colombiano.

Si bien la fuerza creadora que los mueve en cada disco es diferente, básicamente porque ellos y el mundo que los rodea cambian y evolucionan, Simón y Li siempre han sido muy fieles a sus gustos, y eso, explica Li, es lo que les ha permitido desarrollar un sonido característico que permite que quienes los conocen puedan distinguir sus canciones desde los primeros acordes sin temor a equivocarse, aunque la fuerza que guía sus trabajos cambie. Amanecer, por ejemplo, fue un disco más pop, más global, y Ayo es más un trabajo para dar gracias, para volver a las raíces después de 10 años de camino recorrido y para seguir “sembrando para en el futuro recibir”. Ambos son característica e inconfundiblemente Bomba Estéreo.

“Es solo cuando la gente empieza a pensar solo en el dinero y en la fama que se les empieza a olvidar la música que hacen y su arte se tergiversa. Cuando uno es fiel a lo que hace, eso marca y queda ahí por siempre.”

Esa capacidad de ser fieles probablemente también es lo que impulsó a Will Smith a salir de donde sea que haya estado semi-retirado para llamarlos y decirles que quería remixear con ellos en el single Fiesta, el que probablemente ahora sea el más popular en el mercado americano y que muy seguramente les abrirá las puertas a otras colaboraciones interesantes.

Le preguntamos a Li cuál sería -en sus sueños más salvajes- el artista con quien más le apetecería hacer una colaboración y responde sin dudar: Thom Yorke y Daft Punk. Sus músicos favoritos. Ojalá ambos se enteren pronto porque el resultado de esa mezcla es definitivamente algo que nos encantaría bailar.

“El mundo está un poco jodido, pero siempre podemos bailar”

Bomba Estéreo no es un grupo que permanezca indiferente a su contexto. En sus líricas la crítica al machismo, el racismo y la xenofobia están presentes. Buena prueba de ello es la canción Internacionales en la que claramente se manifiestan ante las falsas barreras y etiquetas que nos pretenden separan… “aunque somos diferentes a la vez somos iguales, en la misma situación en distintos lugares”.

¿Un buen antídoto para las diferencias? El baile, porque “para bailar no necesitas lengua”.

El baile como forma de resistencia está muy presente en lo que transmite Bomba Estéreo, en esa energía compartida que se mueve por la sala y que se queda retumbando en el pecho cuando la música termina. Pero definitivamente para Li, el baile, aun cuando es primigenio, único, ritual y maravilloso, no es la única manera de resistir, el arte, la meditación, la introspección, la espiritualidad, son otras formas a las que que la gente le rehuye o les tiene miedo, pero son formas de resistencia.

“Lo espiritual es lo único que realmente puede mover y cambiar al mundo, lo único verdaderamente revolucionario y el baile es profundamente espiritual.”

“El ser humano tiene que conectarse más con su ser interior, la gente está muy pendiente de lo que pasa fuera y creo que ese es el gran problema de la humanidad. Esperar que las personas te arreglen el mundo, bien sea el presidente, el vecino, el cura, la señora, el de la tienda, y juzgarlos cuando no lo hacen es el gran error. La única manera de arreglar el mundo, tu mundo, viene de adentro… y ahí para adelante, no lo puedes controlar, lo único que puedes controlar eres tú,” concluye Li.

Bomba Estéreo: lo mejor de la electropicalidad caribeña la parte en Madrid
La Riviera a tope. | Foto: The Objective.

“Todo siempre es para positivo… hasta el reggaeton”

Con España, Bomba Estéreo ha tenido una larga historia de amor que este año ha dado buenos frutos al lograr el sold out tanto en Madrid, en la sala Riviera, y en Barcelona en el Razzmatazz. A pesar no ser “completamente mainstream como Shakira, Juanes o Carlos Vives”, el electropical de Li y Simón ha ido calando en el público español y eso sin duda los alegra muchísimo porque el español es un mercado importantísimo, “es el único de Europa en donde el idioma no es una barrera” y el público puede apreciarlos como ritmo tropical al que se unen sus incisivas líricas.

Antes de despedirme (la entrevista fue cortita, pero concentrada), quise preguntar por el gran elefante en el cuarto: el reggaeton. ¿Bueno, malo, abre puertas, encasilla lo latino? Está cambiando, dice Li,  “ya no es solo culos y tetas y ‘muévelo mami’, ahora por lo menos están haciendo cosas más cool; J Balvin hizo Mi gente con Willy William, y están colaborando con gente más interesante que tiene otras cosas que aportar como Pharrell. Aunque no nos guste particularmente, este tipo de cosas como Despacito son las que llevan la música latina a un público mucho más amplio y a gente que la escucha por primera vez y dice ‘wow, qué es esto’. La gente está cantando esa canción en Irlanda, en Alemania, en un montón de países… y así el camino que sigue es más fácil.” “Yo creo que todo siempre es para positivo… hasta el reggaeton,” concluye Li.

Bomba Estéreo se presenta hoy en Barcelona en la Sala Razzmatazz y luego se monta en su autobús -literalmente, como en Almost Famous- para continuar su gira europea en la que también visitarán París, Bruselas, Berlín, Hamburgo, Ámsterdam, Londres y Lulworth (para Bestival), si no habéis conseguido verlos en España, aún estáis a tiempo de perseguirlos en este continente. Satisfacción, champeta, reggae music, cumbia y folclore, garantizados.

Continúa leyendo: Tras la legalización de las FARC, sus víctimas aspiran a conformarse en partido político

Tras la legalización de las FARC, sus víctimas aspiran a conformarse en partido político

Anna Carolina Maier

Foto: John Vizcaino
Reuters

Jorge Vásquez permaneció cuatro años escondido pues la amenaza de las Fuerzas Armadas de Colombia (FARC) era que si se se lo encontraban “acababan” con él y con su familia. “Esa era la orden”, afirma 16 años más tarde.

Vásquez formó parte del primer grupo de 12 víctimas del grupo guerrillero que viajó en agosto de 2014 a La Habana para participar en los diálogos de paz. Fue a Cuba en el rol de coordinador de la Mesa Nacional de Víctimas.

Hoy en día, es secretario técnico de la Mesa Departamental de Fortalecimiento y forma parte del Comité Ejecutivo de la Mesa Nacional de Fortalecimiento con las que, entre otras cosas, se pretende hacer seguimiento a que los acuerdos logrados en La Habana sean cumplidos por las partes.

Vásquez recuerda que durante el viaje, uno de los comandantes de la guerrilla le había contado cómo había sido el entramado de las amenazas que por años le hicieron. “La verdad es que era un tema político”, afirma.

“El Desplazamiento forzado se da porque llegaban amenazas, panfletos, mensajes, cd’s y comunicados en los que señalaban que nosotros éramos objetivo militar de ellos”.

La decisión de dejar el departamento de Tolima en 2001 se concreta cuando el grupo armado amenaza con reclutar a uno de sus hijos.

Para formar parte de la mesa que fue a La Habana, se dio un proceso.  “En 2013, 900 organizaciones, a través de unas elecciones, me eligen como primer Coordinador de la Mesa Nacional de participación de víctimas. Por esa condición, por ser víctima de las FARC y por tener una posición política frente al proceso, me llevan a La Habana”.

Las FARC se constituyeron como una guerrilla campesina en la población de Marquetalia al sur de Colombia en 1964. 53 años más tarde, el pasado primero de septiembre, culminó el congreso nacional en el que pasaron a convertirse en partido político acordaron incluso el nombre y el slogan que utilizarán.

Víctima de las FARC: Estamos conversando sobre la posibilidad de conformarnos en partido político
Un militante de las FARC escucha el líder del movimiento Rodrigo Londoño durante el lanzamiento del nuevo partido político llamado Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común. | Foto: Jaime Saldarriaga / Reuters

¿Cómo fue el proceso para que las FARC llegara a convertirse en partido político?

Todo lo que está sucediendo no es otra cosa sino parte de los acuerdos que se hicieron en La Habana entre el Gobierno Nacional y el grupo de las FARC. Es parte de los acuerdos. Nosotros hicimos parte inicial del proceso. En este momento, nos estamos conformando como comité verificador de la implementación de los acuerdos logrados allí.

Nosotros creemos que, como víctimas, debemos seguir haciéndoles un seguimiento porque allí se dan garantías, tanto a las víctimas del conflicto armado como a la guerrilla. Es la única forma de que se normalice (la situación) para que el proceso tenga un buen final en la región, que es donde se ha sentido el dolor, el desarraigo y la pobreza.

Queremos que (lo sucedido) pase a la Historia y haya una nueva forma de vivir para los campesinos en Colombia.

¿Qué piensa usted de la entrada a la política de parte de las FARC, conociendo el pasado violento y siendo usted una víctima?

Hay varias posiciones y yo como dirigente tengo que hablar de las dos que más escucho entre las víctimas. Una parte está muy dolida por todo el daño que se hizo, por las muertes de sus familiares, de sus seres queridos, por el desarraigo de la región, de esa real cantidad de cosas que pasaron allá, inhumanas producto de la guerra.

La otra posición, es que sabemos que es mejor eso (su legalización como partido) que el que sigan secuestrando a niños, adolescentes y pensar que se puedan seguir haciendo tantas cosas como las que se hicieron siempre: descuartizamientos de personas, tiros de gracia, secuestros, mutilaciones.

Mi posición personal es que es una gran oportunidad para Colombia, a pesar de todas las diferencias existentes, para que de alguna manera se pueda vivir más tranquilo. Que se pueda ir al campo. La idea aquí es que todos cabemos en Colombia.

Yo hace mucho rato superé la situación de tenerles a ellos fobia. Inclusive, antes de viajar a La Habana yo pensaba que cuando me encontrara con ellos iba a tener una reacción diferente. Pero lo he superado porque la vida nos enseña que tenemos una familia, que tenemos que trabajar por ella y que hay que salir adelante.

Tenemos, además, una familia que es Colombia, tenemos un trabajo que hacer.

¿Entre las propuestas de las víctimas ha estado el de la participación de ustedes en la política? Sobre todo, ahora tras la legalización de las FARC.

Nosotros llevamos esa propuesta a La Habana. Fue un escrito que pusimos en la mesa. Nosotros manifestamos que las víctimas teníamos igual o mayor derecho de participar en política ya que hoy los políticos utilizan a las víctimas para sacar sus votos pero no les interesa el proceso.

Es una gran oportunidad para que las mismas víctimas representen a las víctimas. No hay nadie que sienta más el dolor que una víctima. Por eso, buscamos la oportunidad de que se diera esa cosa que terminó siendo la Circunscripción Especial para la Paz pero donde, de alguna manera, condicionan la elección porque se limitaron a cuatro municipios del sur. Allí no quedamos muy conformes con el mecanismo pero algo se logró.

La creación de las denominadas Circunscripciones Especiales de Paz -pactadas en Cuba- darían, durante la transición, representación adicional en la Cámara de Representantes a las zonas más afectadas por el conflicto armado.

De acuerdo a una entrevista del medio colombiano El Tiempo hecha a Fernando Giraldo, profesor investigador del Departamento de Ciencia Política de la Universidad del Norte, estas circunscripciones “serían creadas de manera transitoria para brindar participación política a aquellas poblaciones cuyos territorios han sido históricamente afectados por la guerra”.

Tres características serían decisivas a la hora de escoger las zonas que las integrarían: “que sean lugares donde la presencia el conflicto armado haya sido considerable; que sus poblaciones hayan sido víctimas de condiciones de abandono y pobreza muy fuerte; y donde la presencia institucional del Estado es muy débil o inexistente”, explicó a ese medio el profesor. Por su parte, Vásquez considera que faltaron zonas por incluir.

De modo que propusieron que las víctimas también crearan un partido político…

Sí, estamos en esa idea. Estamos hablando con algunos departamentos donde nosotros estamos conversando sobre la posibilidad de conformarnos en partido político. En Colombia, a pesar de que es tan limitante la participación ciudadana, pues los partidos políticos han absorbido el proceso y no dejan que se constituya uno nuevo, nosotros estamos en esa gran tarea.

Hacia el final de la página, sostenemos que las víctimas, que somos ocho millones y medio de personas, algún día podamos andar como un partido político y tener nuestros parlamentarios e inclusive un aspirante a la Presidencia.

¿Cree posible que las FARC llegue al poder en algún momento?

Va a ser muy difícil porque hay mucho escepticismo en la población. Incluso en las zonas donde ellos estuvieron. Hay mucho dolor en ese proceso. Pero por eso es un proceso. Nada más importante y claro es que uno se mide con los hechos. Entonces vamos a mirar, seguramente, en las próximas elecciones cómo será la opinión de los colombianos ante la constitución de las FARC como partido.  Ahí vamos a hacer una medición de aceptación o no de un grupo de izquierda que llega a legalizarse en estos tiempos y en estos escenarios participativos.

Entre los políticos se rumorea que el nuevo partido que el 1 de septiembre se bautizó como Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común -manteniendo así sus siglas originales- no va a presentar a candidatos para las próximas elecciones de 2018 pero sí dará apoyo a algunos como, posiblemente, Piedad Córdoba.

El 30 de mayo, concluyó el desarme de la guerrilla bajo la supervisión de la Organización de Naciones Unidas y el presidente Juan Manuel Santos ese día proclamó que el conflicto con las FARC, que durante medio siglo desangró, a Colombia “realmente” había terminado. Tras la legalización de las FARC comienza una nueva historia. 

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Magela Baudoin o la nueva literatura boliviana

Anna Maria Iglesia

Foto: Editorial Navona
Editorial Navona

De padres bolivianos y nacida en Caracas en 1973, Magela Baudoin se define como una “boliviana por elección. Yo elegí ser boliviana”. Siendo muy pequeña dejó Venezuela y se crió “entre libros” en Bolivia: “mi padre era un gran narrador”, recuerda la autora, que confiesa no recordar “si algunos libros los he leído o los he escuchado recitar por mi padre”. Escritora y periodista, Baudoin combina ambas profesiones, aunque en los últimos tiempos la literatura ha adquirido mayor protagonismo, sobre todo a partir de la obtención del Premio García Márquez por La composición de la sal, un libro de relatos que ahora llega a España de la mano de la editorial Navona.

Los relatos de La condición de la sal se construyen, en palabras de Alberto Manguel, a partir de “la inminencia de una revelación que no se produce”. ¿Es consciente de esta lógica de la continuada postergación que rige sus relatos?

No es posible decir que es un ejercicio plenamente consciente, porque esto implicaría que la literatura fuera un acto completamente premeditado y esto no es cierto. Pero seguramente proyecto en mi estética el tipo de lectora que yo soy, una lectora que le gusta el desplazamiento, que le gusta moverse y le gusta pensar mal. Soy una lectora que habita en el escepticismo y que le gusta dejarse estar en la historia. Si alguna imagen para pensar mi propia estética es la de un negativo de una foto, es decir, siempre pienso que mis cuentos son un negativo, que alude y, a la vez, elude una realidad que nunca explica. Aborrezco la literatura explícita.

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Portada de “La composición de la sal” | Imagen vía Editorial Navona

¿Cree que abunda la literatura explícita?

Hay y no la hay, yo solo puedo decir lo que me gusta hacer. Lo que puedo decir es que para mí el arte es precisamente esto: la posibilidad de que el otro complete el sentido. En este sentido, mi estética no es fácil, sino que obliga al lector a “tomar parte de”.

En sus relatos, el lector debe completar un sentido que usted elude mostrar.

Sí, dialogo mucho con el silencio y, por tanto, con espacios de elusión y quiero que el lector habite y complete estos espacios de la ambigüedad. La falta de concreción tiene que ver con mi diálogo con la poesía. Soy una antigua lectora de poesía y hallo que hay mucha poesía en el cuento, sobre todo en lo referente a la composición de sentido. La poesía es poesía porque anuncia, no muestra. Y, para mí, si algo es mágico y rotundo en la poesía es la posibilidad de construcción de sentido fuera del texto. Trabajo la literatura desde esta perspectiva, pensando la literatura como un viaje compartido y, por tanto, teniendo una fe enorme en la figura del lector.

¿Trabaja desde una perspectiva distinta cuando escribe novela?

En la novela el lugar del lector no cambia, el lector sigue siendo alguien activo, sin embargo, la composición de la novela tiene otra música, una música más lenta, que permite una cadencia, una exploración más profunda, otra respiración. La novela permite una exploración más psicológica e, incluso, más sociológica del mundo. El cuento, por el contrario, es un aparato de potencia y de profundidad que admite muy pocos fallos. El cuento te exige una conciencia plena del arte facto literario.

Lo que aúna todos los relatos de La composición de la sal es la idea de ambivalencia

Efectivamente, probablemente aquello que aúna todos los cuentos es la ambivalencia del habitar, del acaecer. Creo que si alguna unidad tiene el libro es que todos los personajes están siendo, están acaeciendo, se están transformando y torciendo en su espacio vital. Me interesa la ambivalencia, aquello no es ni el blanco ni el negro y, sobre todo, la ambivalencia entre lo bueno y lo malo: la sal puede servir para sanar, pero también para hacer daño –una tortura era poner sal en las heridas abiertas.

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Magela Baudoin | Imagen vía Editorial Navona

El cuento que da título al libro tiene como trasfondo las ansias de “recuperar el mar”, por parte de la sociedad boliviana, a la que se describe como una sociedad patriarcal.

Exacto. Y por estos dos motivos, este es un cuento particular, porque habla de cómo se quiebra un hombre, algo imposible en una sociedad patriarcal como la nuestra, una sociedad donde es imposible que un hombre se doblegue ante el dolor y no pueda hacer nada más que llorar, si bien llorar es algo muy humano. Al mismo tiempo, el cuento es particular porque el protagonista que no puede dejar de llorar encuentra que la única solución posible para dejar de llorar es algo que para un boliviano es imposible: bañarse en el mar.  Es paradójico que en Bolivia la solución a todos nuestros problemas históricos fuera y siga siendo la recuperación del mar, algo que todos nosotros sabemos imposible. La recuperación del mar es un ideal que, como todo ideal, está muy lejos de cumplirse. Me gustaba jugar con esta doble imposibilidad: la imposibilidad histórica y la imposibilidad vital -la del hombre que se quiebra- en una sociedad como la nuestra.

Si en el relato La composición de la sal se muestra la humanidad de un hombre que se quiebra, en Algo para cenar se nos presenta su opuesto: un niño que desprecia con bastante crueldad a su madre.

Es cierto, aunque el niño lo que hace relacionándose así con su madre es buscarse, buscar quién es. Lo que me interesa en este cuento y en los demás es ver cómo los espacios vitales de la identidad se componen de acuerdo a las circunstancias y cómo estas circunstancias, a veces, te llevan a límites realmente inesperados. Quería explorar cómo cualquiera de nosotros somos capaces de hacer cosas que jamás habríamos imaginado y en esta posibilidad de hacerlo nos revelamos como alguien distinto a lo que nosotros creíamos ser. Y quería indagar sobre la ambivalencia entre lo que creemos ser y lo que somos a partir de los espacios domésticos. Me interesaba indagar sobre cómo nuestra identidad se quiebra en espacios tan sencillos, tan aparentemente definibles como son los espacios de nuestra cotidianidad.

El relato Moebia, donde se describe una cárcel laberíntica, es un explícito homenaje a Jorge Luis Borges.

Borges es, sin duda, uno de mis autores de cabecera. Está siempre a mi lado, sobre todo, su poesía; es un autor al que recurro para sanarme, para expandir el universo, para volver a quien soy. Y Moebia era una exploración de la posibilidad de encontrar un camino donde es imposible encontrarlo; Moebia representa las mil posibilidades de un laberinto y, evidentemente, terminó siendo un homenaje al maestro de los laberintos.

Pero, ¿por qué imaginar el laberinto borgiano como una la cárcel?

Cuando escribo, siempre lo hago, en parte, desde el periodismo: mi ojo periodístico siempre está buscando nuevas historias. Y un día me encontré una historia que me llevó a este relato. Se trataba de la historia de alguien de alguien del mundo de la “normalidad” que llega a abismarse a ese otro –el de la cárcel- y encuentra que ambos mundos se parecen más de lo que hubiera podido pensarse. Los dos espacios se reflejan, funcionan como dos espejos y esta idea del espejo es muy borgiana. En seguida esta historia me llevó a este relato, que nace de una perla de la realidad, de una historia que estaba ahí y me impacto. Normalmente, siempre me sucede así: hay algo de la realidad que me impacta y, entonces, empiezo a explorar y a preguntarme “qué sería sí…”

Magela Baudoin o la nueva literatura boliviana
José Ovejero, Magela Baudoin y Pere Sureda en la presentación de “La composición de la sal” en la librería Laie | Imagen vía Laie

¿La práctica periodística, por tanto, ha influido en tu literatura?

Claro, conscientemente me encuentro siempre espiando la realidad. De todas formas, creo que mi espacio creativo proviene de muchos lugares: del impulso de crear historias, de lo lúdico, de la búsqueda de respuestas, que es el espacio del periodismo, y también del dolor, es decir, ese espacio desde el cual respondo a mis fantasmas. A partir de estos espacios creo mi poética, a veces planteando un mero juego y, a veces, buscando respuestas a preguntas que vienen de historias que encuentro en la realidad o que son más personales. Como diría Alicia, escribo para preguntarme quién soy y a dónde voy.

¿Cuál es la formación literaria de Magela Badouin?

Es una hermosa pregunta, porque yo tuve una educación sentimental muy clásica: mi abuela era muy lectora y mi padre era muy narrador, me leía los clásicos y en mi infancia habité junto a Dumas, Salgari, con la poesía de los simbolistas, pero también con Jane Austen y las hermanas Bronte. En la adolescencia, llegó inevitablemente Herman Hesse y, a partir de ahí, mi búsqueda literaria me fue llevando por distintos caminos. Los autores del Río de la Plata están obviamente presentes, están ahí Cortázar, Arlt, Borges, Laiseca… Sin embargo, junto a todos ellos, está también la literatura norteamericana, sobre todo, la literatura sureña con autores como Faulkner, Flannery O’Connor, Carson McCullers y Hemingway. Si te fijas, se trata de narrativas que incorporan un lector escéptico, un lector que interviene e interpreta lo que está pasando.

En su formación, se combinaron una literatura metaliteraria con una literatura más arraigada a lo real y al detalle de lo real.

Efectivamente, ahí están los autores del Río de la Plata y ahí está también la poética del detalle de Chejov. No es una mezcla consciente, pero sí es cierto que son dos marcas importantes en mi poética. Si me preguntan de quién soy hija, diría que conscientemente soy hija de Chejov, pero inconscientemente me cruzan muchos autores

¿Cómo ve actualmente la literatura boliviana?

Yo creo que la literatura boliviana está en un momento muy interesante y, de hecho, está concitando la atención internacional. Hoy parece que la literatura boliviana ha querido saltar su insularidad para mostrarse finalmente sin complejos y, ahora, está siendo descubierta como lo que es: una literatura plenamente singular, de una fuerza muy importante y que dialoga, por una parte, con lo local y, por otra parte, con lo global. Encontramos, entremezclados, escritores realistas, escritores que dialogan con lo fantástico y escritores que dialogan con la ciencia ficción; todos ellos están contando un país que, de alguna manera, sigue anclado en el tiempo, pero también conectado en el tiempo.

Acaba de recibir el Premio García Márquez, a través del cual ahora publica en el mundo literario español. ¿Cómo vive esta experiencia literaria-editorial?

Alcanzar un premio tan importante como el García Márquez no deja de ser una sorpresa, no deja de ser una retribución del azar que una no termina de creer, sobre todo porque García Márquez era un luminoso cuentista, de los más grandes que hubo.  Por lo que se refiere a publicar en España, es como completar un recorrido, que ha tenido este libro a partir de la obtención del Premio. España es el octavo país donde se publica La composición de la sal y publicar aquí abre una senda que espero sea fructífera. España sigue siendo un norte importante en las letras hispanoamericanas y, para un autor boliviano, el hecho de que un libro salga de Bolivia es algo de por sí muy importante.

¿Considera que Bolivia es un país literariamente cerrado?

Sí, porque históricamente Bolivia ha estado fuera del circuito literario internacional a pesar de tener importantísimos autores, como Ricardo Jaime Freire que, junto a Darío y Lugones, fue el padre del modernismo, o Fran Tamayo o Elda Mundi, que fue una vanguardista tremenda. Y así puedo citar muchos más autores, como por ejemplo Augusto Céspedes, un gran autor de relatos muy poco conocido. Todos estos autores han quedado circunscritos a un territorio bastante incomunicado; afortunadamente esta incomunicación se ha ido rompiendo y, como te decía, el territorio hoy está más presto a comunicarse con su entorno internacional y, por tanto, la literatura boliviana está hoy más expuesta, despertando una curiosidad importante.

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Catalina Martín-Chico: “Los bebés, los perros y los móviles son el símbolo de la paz en Colombia”

Beatriz García

Foto: Diana Rangel
The Objective

Catalina Martín-Chico acaba de recibir el premio a la Mejor Fotoperiodista del festival Visa Pour L’Image de Perpiñán por un reportaje sobre las ex guerrilleras de las FARC.

Española afincada en París, la fotoperiodista Catalina Martín-Chico es amable, humana, sincera y una de las mejores fotógrafas de Europa. Ha pasado alrededor de diez años fotografiando Oriente Medio, sobre todo, la República de Yemen. Por su trabajo sobre la revolución yemení, la cruenta guerra civil que vivió el país en 2015, fue galardonada con una Visa de Oro Humanitaria que otorga el prestigioso festival de Fotoperiodismo Visa Pour L’Image. No obstante, no es la historia de una guerra y sus atroces consecuencias la parte favorita de su trabajo. A la fotógrafa le interesan esas otras vidas aún no contadas en imágenes, historias que a veces están llenas de esperanza, posibilidades y optimismo.

Su reportaje sobre las ex guerrilleras de las FARC en Colombia, que fueron reclutadas de adolescentes y tras el acuerdo firmado entre el gobierno y la milicia pueden ser madres –más de trescientas mujeres están embarazadas- y reunirse con sus familias, le ha otorgado la Visa de Oro a la Mejor Fotoperiodista Mujer en esta edición del festival.

The Objective ha hablado con Catalina Martín-Chico sobre fotografía, pero, sobre todo, acerca de historias muy humanas.

Catalina Martín-Chico: “Los bebés, los perros y los móviles son el símbolo de la paz en Colombia” 3
Las imágenes más tiernas del fin de un conflicto. Foto de Catalina Martín-Chico

Has trabajado muchos años en la zona del Yemen, ¿cómo acabaste en la selva colombiana con las guerrilleras de las FARC?

Fue una pura casualidad. Había leído un artículo sobre ciento cuarenta embarazos en las FARC y empecé a investigar. En Francia se habla muy poco en general de América Latina y del proceso de paz en Colombia y me dije: ‘Esto es tan importante en la vida de esta gente… La guerrilla más larga; la última’. Pensé que era una buena manera de hablar de este proceso de forma positiva, con esperanza, a través de la historia de estas guerrilleras.

Luego traté de vender el proyecto a varias revistas francesas, pero era una mala época, con las elecciones presidenciales en Francia y el Festival de Cannes, así que hice algo que nunca hago, cogí mis ahorros y me marché a Colombia. Sabía que no podía perder tiempo, necesitaba ver a esas mujer cuando todavía estaban en la selva, con sus uniformes, para poder explicar lo que va a ocurrir después.

Entonces, volverás a la selva…

El premio es una beca y me ayudará a volver y seguir documentando dentro de unos meses y hasta el festival del año próximo.

Lo más importante para mí en aquel momento era ver si era verdad lo que se decía, y me di cuenta de que era mucho más que eso. Es decir, había más de trescientas mujeres que se quedaron embarazadas al mismo tiempo y en cada uno de los tres campamentos que visité, vi niños, incluso de diez u once años. Para mí es una historia de reencuentros, porque muchas son chicas que se quedaron embarazadas durante la guerrilla, no abortaron y dejaron a los niños con sus familias y llevan diez años sin verles. Es una historia muy simbólica de lo que está sucediendo en Colombia: los bebés, los móviles y los perros son símbolos de la paz.

Catalina Martín-Chico: “Los bebés, los perros y los móviles son el símbolo de la paz en Colombia”
Catalina Martín-Chico | Foto: Diana Rangel / The Objective

¿Los móviles?

Sí, porque llevaban años sin contacto con sus familias y ahora vuelven a estar localizables; se crean perfiles de Facebook y un hermano te encuentra, te escribe y te dice: “Oye, ¿eres tú?”.

A las FARC no les gusta mucho la prensa. ¿Fue difícil que te permitieran convivir con ellos?

La verdad es que no. Están en una fase de apertura total y pude estar con las guerrilleras durmiendo en sus camas y viviendo en sus caletas. Lo que más me interesa es estar lo más cerca de las personas y pasar tiempo con ellas; es imposible contar la historia que quiero en cuatro días y ningún medio tiene presupuesto para que te quedes tres semanas.

Supongo que hay mucha diferencia entre trabajar por encargo de un medio y realizar un proyecto personal. ¿Hay algo que éticamente no cubras como fotógrafa?

Si una revista me contacta suelo aceptar. Al final intentas trabajar lo mejor que puedes y toda historia tiene algo interesante. Lo que no hago es montar escenas; por ejemplo, que una revista me diga que ha vendido un tema y que una persona debería estar en un lugar determinado para que aparezca en las fotos.  

De todas maneras, no sólo cuentan las imágenes, el texto también añade elementos informativos y tiene su poder. Y luego el editor de fotografía elige las imágenes y qué tamaño tendrán, así que es toda una cadena de información de la cual yo, como fotógrafa, no soy actriz de principio a fin. Pero los proyectos personales son otra cosa, porque tú eliges qué historia quieres contar, cómo y qué tiempo necesitas.

Catalina Martín-Chico: “Los bebés, los perros y los móviles son el símbolo de la paz en Colombia” 2
La importancia de no juzgar. Foto de Catalina Martín-Chico

La mirada siempre es diferente…

De una decena de fotógrafos que están en un lugar, ninguno sacará la misma foto y todos contarán una historia diferente. Nuestra profesión es subjetiva…. Es una mezcla de lo que hay delante de ti y lo que te dan las personas, además de que inconscientemente cada cual cuenta algo de él mismo a través de las imágenes.

¿Una imagen puede cambiar el mundo?

Modestamente, intento ser una ventana abierta a un mundo que la gente no ve. Me gustar contar historias que no han sido contadas y arrojar luz sobre zonas de oscuridad. Relatar, por ejemplo, una historia que me parece injusta sobre gente que no tiene voz y tratar de conmover. Aunque no todas las fotos sean icónicas, algunas sí han cambiado cosas.

Pero si acaban cambiando al fotógrafo…

Es inevitable que acabes haciendo tuyo algo de lo que estás reflejando con tus fotos. Si no tenemos esa cosa tan personal, tan visceral, no podríamos ejercer una profesión tan dura y tan precaria. Ese cinco por ciento de algo muy humano nos ayuda a seguir.

Catalina Martín-Chico: “Los bebés, los perros y los móviles son el símbolo de la paz en Colombia” 4
Los últimos nómadas de Irán. Un reportaje de Catalina Martín-Chico

Debes tener un montón de anécdotas de la selva colombiana.

Sí, pero no son momentos espectaculares, sino muy sencillos: La primera vez que vi al comandante reuniendo a todos los guerrilleros a las cinco de la mañana, con el día levantándose en las montañas, dije: “¡No puedo creer que esté aquí con las FARC, que llevan cincuenta años de conflicto en estas montañas…”. Y piensas en tantas cosas… En las luchas de mi padre cuando era joven, en sus ideas revolucionarias.

O dormir al lado de Chachis, esta guerrillera que de madrugada hablaba por whatsapp con su madre, que estaba llorando porque acababan de operar al padre y no despertaba, y ella quería salir del campamento para ir a verla, pero no le daban autorización porque era peligroso. Y también ver un cubo en la selva con dos bebés allí bañándose, y los biberones, y esas chicas que han dado a luz allí mismo. ¡Qué valientes son todos y qué duro!

Es lo que me apasiona de trabajar sobre el terreno, que en esos lugares vives momentos excepcionales. Aquí tenemos demasiadas capas, siempre queriendo mostrar que somos más fuertes y más listos, pero ellos viven con lo esencial y cuando llegas allí a trabajar debes abandonar todas esas capas y ponerte en pelotas. Y entonces, se produce una conexión muy humana, y en mi caso favorece que me abran las puertas de sus casas y pueda vivir con ellos.

Hay fotógrafos que trabajan sin plan y otros que viajan a un lugar sabiendo qué quieren contar y cómo. ¿Cuál de ellos eres?

Yo empecé con esa inocencia de voy y cuento lo que sienta, pero una historia debe construirse poco a poco. Debes pensar previamente en qué situaciones distintas necesitas reflejar para documentar esa historia y dar el máximo de información, como, por ejemplo, si tienes que ir a las casas de los familiares, a la universidad para ver cómo estudian, y, paso a paso, armarlo todo.

Lo más importante de mi trabajo es dar una información real, porque no soy artista, sino fotoperiodista. Eso me lleva también a ir a un lugar sin juzgar y sin tener una opinión muy marcada. Por ese motivo, nunca haría un reportaje sobre el Ku Klux Klan, porque imagino que sería imposible distanciarme.

Cuando viajo, voy abierta a lo que quieran mostrarme. Trabajo mucho en Yemen y cuando algunas personas ven mis fotos y dicen “Ay, qué horror, pobres mujeres…”, cometen un error. Si vas con una idea muy marcada no vas a entender la cultura. Hay que vivir con los poros abiertos y llenarlos del aire que haya.

¿Yemen es el lugar más duro donde has trabajado?

Sé que la gente piensa que el oficio de reportero de guerra es el más complicado y que son quienes viven situaciones más duras, pero no es así. Yo he estado en la guerra, he visto gente herida y muertos, pero cuando llegas, la situación ya está delante de ti y cualquier fotografía que hagas va a ser impactante.

Hay otro tipo de reportajes de investigación, como los que se centran en la violencia en América Latina, que sí son realmente peligrosos y difíciles. Pasas meses tratando de conseguir tan sólo un acceso, debes vivir a menudo en el gueto y ganarte la confianza de narcos para que pasen otras tantas semanas antes de que saquen un arma o te enseñen la droga y la puedas fotografiar. Pienso, por ejemplo, en el periodista Christian Poveda, que dedicó años a documentar la vida de las maras en El Salvador, y que fue asesinado mientras estaba rodando un documental.

Catalina Martín-Chico: “Los bebés, los perros y los móviles son el símbolo de la paz en Colombia” 5
Catalina Martín-Chico | Foto: Diana Rangel / The Objective

Después del atentado terrorista de Barcelona se hicieron duras críticas a los medios por publicar imágenes de la masacre. Como fotoperiodista, ¿tú qué opinas?

Si la situación es dura no es culpa del fotógrafo, sino del hecho en sí. Creo que debe ser contado por dramático que sea.

No te veo muy cómoda con que te tomen fotos…

Prefiero estar detrás de la cámara, la verdad. Además, en muchos casos es como si la cámara fuera una protección ante la dureza de las situaciones. Por ejemplo, en Yemen, cuando la gente se muere es como si la cámara absorbiera las emociones de un lado y del otro. Sí, ahí creo que se forma la foto.

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Ignatius Farray: "Sigo siendo un p*** loser"

Jorge Raya Pons

Foto: EL FIN DE LA COMEDIA
COMEDY CENTRAL

Es importante que sepan esto: he visto dos veces a Ignatius Farray y la primera fue en una sala de espera. Era junio y hacía tanto calor que sus gafas estaban empañadas. La segunda fue en el bar Picnic, en Malasaña, y a falta de media hora tenía el recinto lleno. Era septiembre y volvía a los monólogos. Hizo esperar al público una hora. Salió con energía, nos miró a todos y, en un paréntesis de intimidad, dijo: “Sabíais que esto iba a empezar tarde”. Y todo el mundo respondió con risas.

* * *

Es mediodía en la segunda planta de la sede de Comedy Central en Madrid. Entra Ignatius Farray vestido de corto: una camiseta negra, los pantalones de chándal de un azul eléctrico, los calcetines por los tobillos, las deportivas blancas. Fuera hace calor, y le caen unas gotas de sudor alrededor de las cejas. No levanta mucho la mirada. “Soy Nacho”, dice, presentándose. “Encantado”.

Ignatius Farray está en todas partes: con Andreu Buenafuente en Late Motiv (Movistar+), con David Broncano y Quequé en La vida moderna (Cadena Ser), tiene su propia serie de televisión (El fin de la comedia), tiene sus monólogos casi semanales en distintos bares de Malasaña. Está en todas partes, le digo, y arrastra dos o tres años de éxito. Él se apresura a desmentirlo, con una risa muy sincera: “En realidad solo este último año. Sigo siendo un puto loser.

Ignatius Farray: "Sigo siendo un puto loser" 1
Ignatius Farray, posando en el ático del edificio de Comedy Central. | Foto: Ana Laya/The Objective

Ignatius Farray es el rey de la comedia. Un canario de metro ochenta, que ha pasado los cuarenta, calvo salvo por una pelusa que cubre la parte alta de su cabeza –la llama la Selva-. Tiene una barba poblada, de varios meses y sin recortar, y unas gafas negras de pasta como Woody Allen. Ignatius lleva un año creciendo sin parar en la comedia. “Este año la cosa no ha parado”, dice. “La rueda de la comedia me ha pasado por encima. Lo noto porque la gente me saluda por la calle”.

Uno se pregunta qué ha sido de él todo este tiempo. Nació en un pueblo llamado Granadilla del Sur, al sur de la isla de Tenerife, y el absurdo comienza en el momento en que no hay una Granadilla del Norte. Dice que allí fue muy feliz, que tuvo una infancia tranquila, que aquello es muy distinto a Madrid. Dice que fue un chico más bien tímido, pero que en determinado momento algo se desató por dentro: “Recuerdo que hubo un año, no sé si fue en 5º o 6º de EGB –con 10 ó 12 años–, que de repente me vine arriba y me convertí en el payaso de la clase. ¡Me llamaban Woody!”.

–¿Por qué? –le pregunto.

–Por Woody Allen. Me decían: “Eh, Woody, ¡háztelo ahí!”.

Tiene anécdotas de infancia que son memorables, algunas aficiones inimaginables cuando uno solo conoce el personaje, y todas ellas permiten comprender mejor que Ignatius no solo es divertido, sino también retorcido. “Me acuerdo de que en una época me dio por el tenis”, cuenta Ignatius, conteniendo la risa. “Había una cancha en el pueblo y me pasaba la tarde allí solo, peloteando contra la pared. Era por el 88 y ya se sabía que los Juegos Olímpicos iban a ser en Barcelona. Yo llegué a falsificar cartas que me enviaba a mí mismo poniendo que era Samaranch, el presidente del Comité Olímpico, que se dirigía a mí diciendo que habían estado observándome y que querían que yo representara a España en tenis. Yo luego esas cartas se las enseñaba a mi hermano para impresionarle. Y él se lo creía”.

Pasó poco tiempo hasta que comprendió que no solo se divertía haciendo chistes, sino que quería hacerlos todo el tiempo. Ignatius supo que le ilusionaba cada vez más hacer reír a la gente, y comenzó a alimentar esa ilusión, aun creyendo que nunca sería capaz de ganarse la vida con ello. “Me impresionaban Faemino y Cansado”, dice. “La primera vez que me subí a un escenario fue para imitarlos en el casino del pueblo”. ¿A los dos?, le pregunto. Y él se ríe, afirmando con la cabeza.

* * *

Es septiembre y el calor no remite. El bar Picnic cumple nueve años, casi una década de monólogos y cervezas, y desde hace unos meses cuenta con un embajador de oro. Este local tiene dos plantas, una a nivel de calle y otra subterránea, y es en la segunda –con poca luz, tonos rojizos y un paisaje hawaiano de fondo– donde está el pequeño escenario.

Es miércoles y son las diez de la noche. Ignatius toma el micrófono y todo el mundo se encorva hacia delante, como esperando el momento de reír. El público está expectante. En la planta de arriba hay tanto ruido que se hace difícil escuchar a Ignatius. Él dice: “Habrá un momento en que os daréis cuenta de que arriba se lo están pasando mejor”. Luego pregunta si hay alguien que se ofenda con facilidad y descubre que hay un negro. Le apunta con el dedo, con una risa incontenible. “¿Eres negro?”, le pregunta. El chico le responde que aunque lo parezca no lo es. Ignatius exclama: “Eso es todavía más insultante que cualquier cosa que pudiéramos decirte”. Entonces Ignatius comienza a imitarle con una voz extraña: “No, no. Aunque lo parezca. Me ha pasado mil veces. ¡Soy como vosotros!”. Pide un aplauso y todos aplauden. El chico, que no es negro y quizá solo un poco moreno, también aplaude.

* * *

Ignatius siempre quiso hacer reír, pero comenzó en el humor bastante tarde. Tenía 29 años y volvía a Madrid desde Londres. Allí vivió dos años. “Recuerdo que fui a la aventura”, dice, rememorando una historia que cuenta a menudo. “Solía ir a un comedy club. La propietaria se dio cuenta de que no entendía demasiado bien a los cómicos y me dejaba entrar por la mitad de precio. A mí me gustaba solo por estar allí. En Londres comencé a tomármelo más en serio. Luego llegó la casualidad de que en España estaba empezando a llegar la moda de los monólogos con El club de la comedia, Paramount Comedy… Aquella confluencia me lo hizo imaginar de una manera más concreta… A lo mejor sí me atrevía a subirme al escenario para actuar”.

El líder de los Canarios arios habla con mucha dulzura y tiene la voz grave. A veces pierde la compostura y se pone a gritar, sin que nadie pueda verlo venir. Y es gracioso porque es su factor sorpresa. Tiene un humor muy salvaje y sin prejuicios: no le importa bromear sobre los negros, los judíos o el nazismo. Y, como él dice, puede hacerlo porque no es racista, ni antisemita, ni fascista. Es más bien izquierdista y sin horizontes. Es ese humor negro el que causa muchas veces las críticas. “Igual que mucha gente admite hablar de muchas cosas de cualquier manera, hay gente que enseguida cae en el malentendido, que cree que hay un propósito de hacer daño o para que ellos se sientan ofendidos”, dice, dando una justificación. “Llega a ser un poco ridículo. Con eso no digo que un cómico no pueda meter la pata. Creo que se puede hablar de todos los temas, pero no se puede hablar de todos los temas de cualquier manera. Se puede ser desagradable o impertinente, y eso ya no es comedia”.

Y tras una breve pausa, continúa: “Pienso que la comedia debe crear conciliación. Desde el momento en que tenemos ese punto de complicidad y nos estamos riendo juntos de algo, nos acerca más que enfrenta. Creo que la gente que se ofende no está entendiendo de qué va el asunto”.

Ignatius comienza a sentirse más suelto en la entrevista y le pregunto a qué le teme más, si al silencio o a la ofensa. Su respuesta es clara, aunque fragmentada: “Los silencios no me molestan especialmente, forman parte de esa tensión. Un cómico tiene que estar acostumbrado a ese tipo de situaciones. Si te dedicas a esto, ese tipo de situaciones tensas en las que algo no está yendo bien te ocurren continuamente. De alguna manera tienes que aprender a disfrutar de esos momentitos. Si no, lo vas a pasar bastante mal. Hay que encontrarle la gracia”.

¿Y en cuanto a la ofensa? “Yo… Yo lo paso muy mal. Cuando noto que he metido la pata… Cuando veo que la gente se ofende y no hay ningún motivo, me quedo bastante tranquilo. Pero cuando noto que he metido la pata y he podido ofender a alguien… que he hecho algo a alguien que realmente le molestaba… siento una sensación horrible. Te lo juro: no paro de pedir perdón. A veces lo paso mal si pienso que tengo que disculparme con alguien y al final de la actuación no lo encuentro. En los 15 años que llevo en la comedia, la sensación que más se ha repetido es la de arrepentimiento y remordimiento”.

Y entonces ríe, pero se siente como una risa nerviosa: “La sensación de remordimiento es permanente”.

* * *

La función de Ignatius esta noche es servir de gancho comercial: se limita a presentar a otros cómicos más jóvenes antes de que ellos se lancen al vacío y luego se pone a un lado. Es un gesto generoso. Pero eso el público no lo sabe porque han venido a ver a Ignatius. La sala se vacía paulatinamente. Ignatius se sienta muy cerca del escenario y se esfuerza por reír. Da una palmada a cada cómico cada vez que su espectáculo termina. Les dice unas palabras. No solo les presenta, sino que les apoya. Algunos de ellos tienen verdadero talento. Ignatius se gira a menudo para comprobar que los otros espectadores también disfrutan, y unos pocos lo hacen. A veces se gira y levanta el dedo índice y sonríe y pide silencio cuando algunas hablan.

* * *

En El fin de la comedia, Ignatius se expone a conciencia y sin reservas: es tímido, discreto y profundamente nostálgico. Casi una molécula de agua. Ignatius confiesa que su personaje es bastante genuino, pero reconoce que uno no puede renunciar siempre a ciertas construcciones que gustan al espectador: “Un cómico está para que la gente se ría y se lo pase bien”, dice, agregando: “Pero no puedes caer en hacer cosas que no te apetecen hacer. Cuando te das cuenta de que estás hablando de ciertas cosas, no porque te salgan del corazón sino porque es lo que quiere la gente, acabas cayendo en esa trampa. Es una tentación de la que hay que huir”.

Se puede advertir de sus palabras que a Ignatius no le importa ser una estrella. Él persigue otras metas no tan efímeras, quizá la más evidente sea la autenticidad. Ignatius tiene un pensamiento muy colectivo, tiene ese sentimiento de comunidad, y eso está presente en la proximidad que plantea constantemente al público. Ignatius es la antítesis del ególatra y parece evitar distracciones: si bien asegura que no ha tenido tentaciones de la industria del cine, afirma que tampoco le atraen en absoluto. Incluso estando en la cresta de la ola, lo que quiere es conservar su teleserie, su programa en la radio, los monólogos nocturnos. Disfrutar el momento.

“Es verdad que tradicionalmente en el mundo del stand-up comedy muchos cómicos –la generación de los 70 en Estados Unidos, la época dorada– terminaron siendo muy mediáticos, estrellas de cine. Como Robin Williams o Steve Martin”, dice, poniendo un contexto necesario a la pregunta. “Comenzaron de una manera muy arrastrada y terminaron así. En cuanto pudieron lo dejaron para dedicarse al cine o a otras cosas. Luego les quedó la sensación, y esto lo han dicho ellos, de que fue una especie de traición a sí mismos. Muchos de ellos, en la medida que pudieron al final de sus carreras, trataron de retomar esos inicios que ellos sentían como más auténticos. Hay que intentar mantener la llama viva”.

En cualquier caso, le pregunto nuevamente si le ha surgido la posibilidad de tomar ese tren que han aprovechado Dani Rovira o Berto Romero, por ejemplo. Ignatius dice que no con la cabeza y ríe: “La verdad es que a mí eso me ha pasado. He tenido esa suerte. Intento disfrutar de mi trabajo, de mi oficio, sin caer en esa locura”. Luego hace una pausa y concluye: “No doy la talla”.

* * *

Cuando termina son las doce y media y espero a Ignatius casi en la puerta. Le digo: “Hola, Nacho”. Y él me saluda, recordándome vagamente. Hace unos minutos le ha lamido el pezón a un joven. Lo ha levantado muy alto y sin esfuerzo, como si tuviera el peso de una pluma, y le ha lamido el pezón izquierdo. Ignatius y yo comentamos la noche, la actuación de Pedro Silva y recordamos la entrevista de junio. Viste una camiseta negra, los pantalones de chándal de un azul eléctrico, los calcetines por los tobillos, las deportivas blancas. Nos despedimos y le digo que la vamos a publicar esta semana.

Entonces me da las gracias y un abrazo, y luego se marcha.

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Ignatius Farray, sobre el escenario del Picnic. | Foto: Jorge Raya/The Objective

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