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Cabinas de ‘última generación’, con problemas inesperados

Verónica F. Reguillo

Mapas interactivos, pantallas táctiles, WiFi gratis… Todo la tecnología punta recogida en una cabina telefónica de ‘última generación’. Solo hay un problema: nada funciona.

Ha ocurrido en Londres, la ciudad de las cabinas y de los autobuses rojos. Una empresa de publicidad, Clear Channel, ha instalado cien cabinas ‘tecnológicas’, y de momento solo son paneles publicitarios con un diseño elaborado.

El objetivo era ser tan útiles como lo fueron en su día las tradicionales cabinas, pero adaptándolas a las nuevas exigencias de nuestro tiempo. La publicación The Memo (sobre futuro, innovación y tecnología) describe varios problemas:

– La pantalla táctil es lenta y si consigues escribir todas las letras del lugar que buscas en el mapa, el mensaje que aparecerá, (o aparecía, al menos, hasta hace unos días) será este: “¡Lo sentimos! El servicio de mapa no está disponible esta vez”.

No ofrece conexión WiFi gratis, y nadie se atreve a usar su tarjeta de crédito para llamar por teléfono por si, simplemente, no consigues la tarjeta de vuelta.

Mientras, las cabinas tradicionales de Londres son siempre un atractivo (Foto: Matt Dunham / AP)
Mientras, las cabinas tradicionales de Londres son siempre un atractivo (Foto: Matt Dunham / AP)

Según The Memo, la empresa que las ha puesto en marcha ha dado una respuesta a los problemas que se han generado: “Como con toda la nueva tecnología, habrá un período corto de tiempo para que los quioscos sean completamente operacionales”. Y piensan seguir adelante, porque el plan es instalar otras 500 cabinas negras y ‘modernas’ a lo largo y ancho de la ciudad londinense.

Éxito en Nueva York

Pero esta idea no nace en Londres: la han imitado de Nueva York, donde, al parecer, sí que funcionan. Tanto es así, que en tan solo un año (desde enero de 2016), una media de 40.000 personas a la semana se registraron por primera vez en esta red gratuita neoyorquina. También semanalmente, se iniciaron 4 millones de sesiones WiFi en los llamados quiscos LinkNYC, que han sustituido a las antiguas cabinas telefónicas.

Desde luego, en cifras está siendo todo un éxito, sin embargo, también ha habido algunas cuestiones polémicas. En septiembre de 2016, la empresa retiró el servicio de navegación web de las tabletas incluidas en el propio quiosco, por la gran cantidad de quejas que hubo al respecto. Al parecer, demasiada gente monopolizaba esta conexión usando el Internet gratuito de la máquina para ver películas, pornografía, e incluso masturbarse a plena luz del día.

Ahora no se puede navegar por la web pero los quiscos siguen ofreciendo WiFi gratis, llamadas ‘domésticas’ gratuitas, mapas interactivos, puertos de carga para USB, y un botón rojo del 911.

Aunque la iniciativa está enfocada a ser un moderno escaparate publicitario, ofrece servicios que nos pueden ser útiles si visitamos la ciudad (más en Nueva York que en Londres, al menos de momento). Sin embargo, nunca está de más llevar una guía por si ese día los mapas interactivos, simplemente, no funcionan.

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Un parapsicólogo te explica cómo investigar fenómenos paranormales

Beatriz García

Foto: Fotograma de Ouija: Origin of Evil
Universal Pictures

Con la proliferación del turismo de misterio, la “gentrificación” de los lugares abandonados y las modernas ‘app fake’ que detectan presuntos fantasmas, es difícil saber cuándo nos encontramos ante un hecho insólito y cuándo estamos ALUCINANDO. 

Hará unos dos años me mudé a Madrid por una temporada. La primera semana de mi llegada a la ciudad me alojé en un antiguo colmado del barrio de Malasaña, en una habitación pequeña y oscura parecida a una antigua bodeguilla donde no había ni siquiera cobertura. Inmediatamente empecé a sentirme inquieta y lo relacioné con los nervios del viaje y con la tenebrosa decoración del cuarto, que tenía una de esas camas viejas de hospital. Apagué la luz, me alumbré con la linterna del móvil y me quedé despierta pensando en todo lo que tenía que hacer aquella semana, cuando vi la figura alta de un hombre junto a mi cama y grité pensando que había entrado alguien en la habitación –la puerta era corredera y daba a un patio interior-. Al encender la luz no había nadie, pero al día siguiente la dueña de la casa me dijo que estaba ocupando la habitación del abuelo. Obviamente, me largué de allí aquel mismo día.

El misterio de si hay una vida más allá de esta ha preocupado a la humanidad desde los tiempos más antiguos. Nos aterroriza morir porque no podemos saber qué ocurre después hasta que sucede y ya no regresamos para contarlo. ¿O sí? Algunas personas que han estado clínicamente muertas durante un cierto tiempo hablan de túneles luminosos al final de los cuales les esperan sus familiares difuntos y cuentan experiencias muy parecidas. Pero, ¿cómo saber qué hay en realidad y si no es una imagen simbólica labrada en nuestro inconsciente? ¿Existe el Otro Lado? ¿Y conecta a veces con Este?

Para el parapsicólogo Francisco Recio, que ha investigado numerosos casos de personas que dicen haber sido testigos de encuentros fantasmales, el origen de estas ‘presencias’ sigue siendo un misterio. “Cuando hablamos propiamente de ‘fantasmas’ o ‘espíritus’ nos estamos refiriendo siempre a un familiar fallecido o alguien que ha tenido una relación con el vivo; mientras que los espectros son aquellas apariciones fantasmales que no interactúan con la persona y que asociamos con ‘vida más allá de la vida’, pero todavía no tenemos claro qué es exactamente. Lo único que podemos decir es que parecen tener una cierta inteligencia y que nos incomoda porque sobrepasa nuestra visión de la realidad cotidiana, pero no podemos percibirlo con los sentidos normales, con nuestros ojos físicos. Es una especie de imaginación… Y los testimonios son muy variados: En muchos casos, la persona no está muy seguro de lo que está sintiendo y te habla de siluetas sin rasgos faciales definidos que se asocian a lo humano trascendente. Pero otros llegan a experimentar la percepción de sonidos o ven las llamadas ‘damas blancas’, luces relacionadas con otra dimensión”, explica.

Antes de grabar una psicofonía debemos analizar el lugar donde suceden los fenómenos para detectar corrientes subterráneas o variaciones electromagnéticas que pueden ser las causantes de lo que a priori creemos paranormal.

Si bien ha habido testimonios de aparecidos que vuelven de la muerte con un mensaje para los vivos o de casas encantadas por espíritus que sufrieron muertes violentas desde la Antigua Grecia y Roma, como aseguró en una entrevista a The Objective la doctora en filología clásica Alejandra Guzmán, autora de ‘Fantasmas, apariciones y regresados del Más Allá’ (ed. Sans Soleil), el interés por los fenómenos paranormales, muy en boga en el siglo XIX, se ha extendido tantísimo con el uso de las nuevas tecnologías que una rápida búsqueda en YouTube muestra más de 179.000 psicofonías grabadas en español y unos 87.000 resultados de vídeos protagonizados por amantes del misterio y youtubers que se cuelan en orfanatos, hospitales y otros lugares abandonados para obtener pruebas de esas “presencia” y, por qué no, hacernos pasar un poco de miedo.

No obstante, más allá del morbo, la música trepidante y un par de chavales recorriendo edificios derruidos en plena noche mientras explican a la cámara que han oído un ruido o alguien les está soplando en el oído, no hay mucho más por donde rascar. Ya que, como cuenta Fran Recio, ni grabar una psicofonía es tan sencillo, ni la mayoría de señales que detectan las modernas ‘apps’ de detección de fantasmas sirven de mucho. El trabajo del investigador paranormal es otro…

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Visitamos el antiguo orfanato de la Ciudad de los Muchachos, en Barcelona, una de las “mecas” de los buscadores de misterios urbanos. Foto de Mercedes Gómez.

“Lo primero que debemos hacer antes de intentar grabar una psicofonía es analizar el lugar donde suceden los fenómenos: si hay corrientes subterráneas, repetidores de televisión cerca o variaciones electromagnéticas, como ocurre en La Mussara, en Cataluña. La propia naturaleza geológica puede provocarnos sensaciones muy extrañas. Hay que visitar el lugar con detectores electromagnéticos para comprobar que no haya interferencias, estudiar la historia del lugar y también tener en cuenta el estado de la persona que nos ha dado su testimonio y de quienes conviven con ella. En determinadas etapas de la vida como la adolescencia o tras haber sufrido experiencias muy emotivas tenemos una explosión de energía y puede producirse fenomenología, como que se caigan objetos o se rompan cristales. Por eso, a algunas personas que hacen una ouija se les rompe el vaso, es la energía que se concentra aunque todavía no la sepamos definir”, resume.

Hace un par de años, Francisco Recio visitó el antiguo orfanato de la Ciudad de los Muchachos de Barcelona (Casa Puig), que funcionó desde la dictadura Franquista hasta los años 70’ y del que varios sites de Internet recogen historias truculentas, no muy diferentes a las ocurridas en otras casas de beneficencia de la época –abusos infantiles, malos tratos, un sistema educativo militarizado…-. Los aparatos que emplearon no arrojaron demasiada luz sobre los extraños fenómenos que algunos afirman haber registrado allí; sin embargo, afirma en un artículo publicado en Mundo Parapsicológico que las psicofonías que se grabaron durante la noche en el hospicio hoy derruido eran débiles pero desconsoladas. Pretendían estudiar la emotividad que impregnaba el lugar y ver si “bajo determinadas circunstancias, estas energías pueden manifestarse”.

Somos esponjas energéticas

“Hay teorías parapsicológicas que dicen que las emociones vividas en un espacio no se pierden, quedan ancladas, y de ahí que algunos objetos se hayan visto como malditos. En la Ciudad de los Muchachos debió ocurrir la misma tragedia que en otros orfanatos y lo que vas buscando es si hay una relación directa entre lo que se vivió y las sensaciones que produce el lugar. Pero, sobre todo, está la intencionalidad… La predisposición con la que vayas en la búsqueda de algo. ¿Por qué las personas que van a experimentar a enclaves como Belchite solo registran psicofonías de la guerra civil y no sables cruzándose de la época morisca? Nuestra intención cuando nos proponemos captar un fenómeno tiene mucho que ver con el resultado que obtenemos Sin ir más lejos, si ponemos una grabadora después de una sesión de ouija obtendremos más psicofonías que si no lo hacemos, no porque nuestra mente produzca ese sonido sino porque interactuamos con esa realidad”, asegura Francisco.

La tecnología para la detección de ‘presencias’ ha evolucionado mucho desde que a mediados de siglo pasado el productor de documentales estonio Friedrich Jürgenson salió a grabar junto a su mujer el canto de los pájaros con un pequeño magnetófono y al escuchar la cinta encontró la voz de su madre, ya fallecida, llamándole amorosamente: “Friedel… mi pequeño Friedel… ¿puedes escucharme?”, le decía.

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Estado actual de la Ciudad de los Muchachos, el antiguo orfanato que cerró sus puertas en los 70′. Foto de Mercedes Gómez.

Hoy los investigadores hacen uso de medidores para detectar campos electromagnéticos (EMF), escáneres térmicos o sensores de movimiento, entre otros. No obstante, como alerta el parapsicólogo, una brújula –sus agujas se descontrolan cuando hay anomalías electromagnéticas- y una grabadora suelen dar buenos resultados, teniendo en cuenta que toda nuestra tecnología, incluyendo nuestros modernos teléfonos móviles, está pensada para captar nuestra realidad ordinaria y puede haber múltiples interferencias. Una tablet con un micrófono externo e incluso un antiguo magnetófono de casete también pueden ser buenas herramientas. Pero el instrumento más fiable de todos, aunque parezca mentira, somos nosotros mismos: “Por un lado, hay personas que tiene la capacidad de oír frecuencias por debajo o por encima de los 20 Hz a los 20Khz que comprende nuestro espectro auditivo, pero más allá de eso existen personas sensitivas, que son pocos y no se anuncian, y perciben más fácilmente esas energías. Y no importa lo sofisticados que sean los aparatos, de lo que más hay que fiarse es de las sensaciones de las personas. Si hablamos de la reminiscencia de lo que pudo ser una mente, ¿qué mejor que otra persona para captarlo?”.

A veces las personas dicen haber visto siluetas sin rosotro. Via GIPHY

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Obras imprescindibles de la feria ARCO del futuro

Cecilia de la Serna

Foto: Lili Reynaud-Dewar

Arranca la 37ª edición de ARCO Madrid, la cita que pone en el mapa del arte a la capital española, que se celebra entre el 21 y el 25 de febrero. Como principal novedad, este año ARCO no tiene un país invitado, sino que ha invitado a un concepto. “El Futuro” es el nombre que lleva el programa especial que lanza la feria madrileña de la mano de CNP Partners. La elección del eje central de esta edición de ARCO responde “a su voluntad de innovación e investigación constante”, en palabras de Clemente González Soler, presidente del Comité Ejecutivo de IFEMA, que acoge de nuevo a la feria.

“El futuro no es lo que va a pasar, sino lo que vamos a hacer” es a la vez una frase que han tomado prestada de Jorge Luis Borges y la premisa sobre la cual trabajan Chus Martínez, Elise Lammer y Rosa Lleó en su selección de galerías (19 de las 208 que en total se presentan en esta edición). No es casualidad que esta sección esté comisariada completamente por mujeres, ya que por primera vez todas las secciones de la feria (además de Futuro, Diálogos, Opening y el Programa General) tienen a comisarias al frente. Puede que el futuro también se escriba en femenino.

ARCO conecta de manera extraordinaria y única el mercado del arte en Europa y en Iberoamérica, adquiriendo un rol de puente fundamental para coleccionistas, artistas y galeristas de ambos lados del charco. De las 19 galerías que participan en el programa Futuro, hay tres españolas, tres italianas, dos alemanas, dos francesas, dos británicas, dos brasileñas, una suiza, una estadounidense, una chilena y una suizo-alemana, lo que confirma la cada vez mayor tendencia global de este tipo de ferias.

Cada una de las galerías inscritas en el programa Futuro acerca a los coleccionistas y al público general de ARCO un artista. A continuación seleccionamos los imprescindibles de esta sección:

Metaphase 3 (1986) de Barbara Kasten (Bortolami Gallery, Nueva York, Estados Unidos)

Obras imprescindibles de la feria ARCO del futuro
Metaphase 3 (1986) de Barbara Kasten | Imagen cortesía de Bortolami Gallery (Nueva York)

La fotógrafa contemporánea estadounidense Barbara Kasten crea ambientes interiores abstractos en los que la interacción de la luz, los objetos y los espejos forman el sujeto ilusorio que nos brindan sus imágenes. Utilizando diversos materiales, Kasten construye sets a gran escala que dependen de la sombra, la luz y la reflexión para transformar sus interiores en composiciones abstractas y geométricas, y finalmente inmortalizarlas en sus fotografías. Grandes nombres como László Maholoy-Nagy, James Turrrell o Robert Irwin se encuentran entre sus principales referencias artísticas. Metaphase 3, una obra de 1986, puede verse en el stand H16 del pabellón 7 de IFEMA.

Beyond the Land of Minimal Possessions (2017) de Lili Reynaud-Dewar (Emanuel Layr, Viena-Roma, Austria-Italia)

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Beyond the Land of Minimal Possessions (2017) de Lili Reynaud-Dewar. | Imagen cortesía de la galería Emanuel Layr

La distopía y el futuro van de la mano, así lo demuestra esta obra de la artista de performance francesa Lili Reynaud-Dewar. Beyond the Land of Minimal Possessions es una obra  de videoarte grabada en alta definición y ambientada en Marfa, Texas. Esta “comedia de terror” se centra en ocho artistas jóvenes y en apuros y habla de temas candentes como la gentrificación o la mercantilización del arte, la tierra, las ideas y la libertad. Beyond the Land of Minimal Possessions puede verse en stand H16 del pabellón 7 de IFEMA.

Sin título (2017) de Regina Giménez (Galería Ana mas projects, Barcelona, España)

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Sin título (2017) de Regina Giménez. | Imagen cortesía de la galería Ana mas projects

La artista barcelonesa Regina Giménez regresa un año más a ARCO con sus globos terráqueos de la mano de la galería Ana mas projects y lo hace dentro del programa Futuro. Las pinturas y collages de Regina Giménez transitan a través de elementos obsoletos de la astronomía, la ciencia o la tecnología para trasladarnos paisajes casi abstractos que evocan soledad. Esta obra puede verse en el stand H16 del pabellón 7 de IFEMA.

Delivery Station (2017) de Teresa Solar Abboud (Galería Joan Prats, Barcelona, España)

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Delivery Station (2017) de Teresa Solar Abboud. | Imagen cortesía de la galería Joan Prats

La artista madrileña Teresa Solar Abboud, que expone también estos días Cabalga cabalga cabalga en el Matadero, está presente en Futuro de la mano de la galería Joan Prats de Barcelona. Delivery Station es la obra escogida para esta sección. El trabajo de esta artista gira en torno a prácticas heterogéneas que se materializan en obras audiovisuales y escultóricas, en las que los lenguajes de ambas disciplinas se conectan e interactúan. De esta manera, Teresa Solar Abboud explora la naturaleza de estos elementos, plasmando en su trabajo su peculiar forma de percibir el mundo que la rodea. Delivery Station (2017) puede verse en el stand H16 del pabellón 7 de IFEMA.

The isle of dogs, a curse in reverse (2017) de Patricia Domínguez (Galería Patricia Ready, Santiago, Chile)

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The isle of dogs, a curse in reverse (2017) de Patricia Domínguez. | Imagen cortesía de la galería Patricia Ready

La obra que presenta la artista y naturalista chilena Patricia Domínguez consiste en una instalación de gabinetes abstractos en los que la antigua iconografía precolombina coexiste con las nuevas mitologías y cosmologías alrededor de los símbolos corporativos. Esta obra podrá verse también en el stand H16 del pabellón 7 de IFEMA.

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Ana Villanueva, la emprendedora que consigue lo imposible: vender tu casa en menos de una semana

Bea Guillén Torres

España, ese país al que el estallido de la burbuja inmobiliaria sumió en una crisis de la que todavía trata de salir, tiene uno de los mercados inmobiliarios más opacos de Europa. Y esa es una de las razones por las que la emprendedora Ana Villanueva ha decidido intervenir en Madrid con su startup: Tiko. Se trata de una de las primeras empresas de proptech de compra y venta de propiedades en España. Para los que anden perdidos, el proptech  es una de las tendencias tecnológicas que más ha despuntado estos últimos dos años y que promete romper su techo en el 2018. Consiste en llevar la tecnología al sector inmobiliario (al property en su término en inglés). Es lo que el fintech al sector de las finanzas o el insuretech al de los seguros. El mercado inmobiliario ha tenido muy poca evolución digital, por lo que el objetivo de las compañías proptech es hacerlo más eficiente y transparente con tecnología.

¿Qué le lleva a una emprendedora de 35 años a meterse en ese laberinto que ha sido siempre el mercado inmobiliario en España? Pues justo eso: el laberinto. “A mí me atrae el problema que estamos resolviendo: que es muy difícil vender tu casa. Si quieres vender tu casa no existe una forma rápida y fácil de hacerlo. Es un problema muy real con el que mucha gente se siente muy identificada”.

Este no es el primer proyecto de Villanueva que después de seis años en consultoría, de montar una startup de crowdfunding de música en EEUU avalada por un ex CEO de la Warner Bross, y de pasar varios años de experiencia en Job&Talent en México, volvió a España para revolucionar un sector.

Mucha gente me pregunta: ¿pero cómo lo vas a conseguir tú?“. Con dos ingredientes clave: ahorrando costes con la tecnología y convirtiéndose en los compradores finales de las viviendas. El proceso es muy sencillo: un usuario entra en la web de Tiko e inicia una solicitud online de venta de su casa. Después responde un cuestionario telefónico con los datos básicos de la vivienda (dirección, habitaciones, metros, ascensor…). La startup hace una valoración y hace una oferta al vendedor. Todo sin ver la casa. Si este acepta, entonces los técnicos van a hacer la inspección y a comprobar que los datos son reales. Si es así, se compra la vivienda. Así, de fácil.

Ana Villanueva, la emprendedora que hace posible con Tiko que vendas tu casa en tres días 1
La página web de Tiko, una de las primeras empresas de proptech de España. | Foto: Tiko

“Este sistema nos permite no tener que ir a ver la vivienda de gente que no esté de acuerdo en venderla por ese precio. Es un filtro muy fuerte, y un sistema más ágil y eficiente. Pero no compramos sin ver. Si no se corresponde: ajustamos precio o decimos retirar la oferta”, explica Villanueva.

De esta forma, la tecnología acorta los tiempos del proceso y la decisión de ser compradores finales, dinamita el modelo tradicional de intermediarios. “Podemos comprar una casa en pocos días, porque lo hacemos nosotros mismos, no tenemos que encontrar a otro que luego nos los compre. Asumimos ese riesgo”. Para poder empezar, Tiko consiguió una financiación de 35 millones de euros en el que hay fondos de importantes inversores como Rocket Internet y Cabiedes, y financiación bancaria.

Tiko puede hacer hacer la valoración de la casa sin verla porque cuenta con un sistema de control de inmuebles y conoce precios de cierre de viviendas similares en la misma zona. Villanueva asegura que, a pesar de hacerlo tan rápido y fácil, compra a un precio competitivo. “Nuestro modelo de negocio se basa en volumen y agilidad, es decir, no nos llevamos márgenes grandes, pero actuamos sobre un volumen considerable de inmuebles“.

600 transacciones en un año

Su objetivo es que Tiko realice, en cada ciudad que abren, el 1% de las transacciones inmobiliarias de tres a cinco años. En España, han desembarcado en Madrid porque es el mercado más atractivo. “Hay 60.000 transacciones inmobiliarias al año. Pretendemos hacer 600 en este tiempo. Es un volumen considerable, pero las vamos a realizar a lo largo del año”. Una de las peculiaridades del modelo es que Tiko no es competencia de las agencias puesto que también les compra a ella inmuebles directamente.

Pero con una condición muy clara: al mes y medio de haber comprado una casa, la venden. “No queremos acumular un stock de viviendas, todo lo contrario. Entre la compra y la venta de la vivienda, no transcurren más de 90 días. La compramos, la reformamos y la vendemos inmediatamente, no esperamos a que suban los precios. La venta nos permite refinanciarnos, por lo que no necesitamos levantar capital cada vez”.

¿Y el riesgo? “Al mantener la casa durante un período muy corto de tiempo, somos menos sensibles a posibles bajadas de precio. Es un riesgo muy bajo. Si analizamos el sector los últimos 50 años y miramos ciudades europeas de más de un millón de habitantes —que es donde nos movemos—no ha habido bajadas de precio de más del 7% en un período de tres meses. Desde fuera puede parecer muy alto y obvio que hay un riesgo porque estamos comprando una casa sin tener un comprador. Pero no hay riesgo de que caiga el precio realmente“.

¿Pero no da miedo comprar una casa que no sabes cuándo ni si vas a poder vendérsela? “No es algo que nos preocupe. Lo que asusta es tener una casa sin vender un año y eso suele ocurrir porque la vivienda no tiene bien ajustado el precio. Nosotros tenemos un precio muy competitivo y más considerando que renovamos la casa antes de venderla. La tenemos puesta en los principales portales inmobiliarios. Por ejemplo, Idealista es fundamental para dar salida a nuestras viviendas. Además, tenemos muy medido el control de visitas y muy buenas fotos. No es algo complicado”.

Puede parecer imposible pero ya está funcionando. En Estambul, bajo el nombre de Evtiko y con un equipo de 20 personas, llevan ya más de un año funcionando y reciben al día 100 usuarios que solicitan una oferta por la casa. “Como allí tenemos un volumen muy alto de viviendas interesadas, ponemos más restricciones en cuanto a superficie de la casa y valores de la vivienda antes de hacer oferta. De esos 100 al día, se le hace una oferta al 15%. Y un 10% la acepta”. La startup decidió comenzar en la urbe turca porque es la ciudad europea con mayor número de transacciones inmobiliarias: 240.000 al año, cuatro veces Madrid. “Es una ciudad con un potencial brutal”. Y además, Sina Afra, su principal socio y promotor de la idea, es turco. Afra fue elegido por Forbes como una de las 100 personas más influyentes del mundo, lo que ayudó a Tiko a levantar los 35 millones de euros de capital que necesitaban.

Sina Afra y Ana Villanueva, socios principales de Tiko. | Foto: Tiko

Después de Madrid, que es su segunda ciudad, Tiko plantea abrir este año en Milán. “No tenemos una visión de país sino de ciudades atractivas”. Para elegirlas se basan en que tenga un alto número de transacciones inmobiliarias, que los costes de transacción sean bajos y que el sector inmobiliario de la ciudad necesite una revulsivo.

La idea se origina en Estados Unidos, casi como siempre. En EEUU fueron pioneros en crear este modelo súper ágil de compra venta de vivienda. Luego se ha exportado a distintos países. Somos los primeros que estamos en varios países de Europa. Otros players están haciendo este modelo en Londres y hay varias empresas que solo están en un solo país. Nuestra ambición es conquistar Europa“.

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Manuel Arias Maldonado: “La humanidad tiene que ser indulgente consigo misma”

Borja Bauzá

Foto: Rodrigo Isasi
The Objective

Manuel Arias Maldonado (Málaga, 1974) es profesor de Ciencia Política en la Universidad de Málaga y colaborador habitual de medios de comunicación tanto españoles –The Objective, entre otros– como extranjeros. Partidario del análisis sosegado frente al eslogan lapidario, ha dedicado más de dos décadas a investigar la relación que existe entre el medio ambiente y la política. Suyo es el libro Sueño y mentira del ecologismo. Naturaleza, sociedad, democracia (Siglo XXI), publicado en 2008. También Real Green. Sustainability after the End of Nature (Ashgate), considerado el mejor libro del 2012 por la Asociación Española de Ciencia Política. Hace poco más de un año escribió La democracia sentimental: política y emociones en el siglo XXI (Página Indómita), un ensayo en el que propone una reflexión sobre la influencia de las emociones en los sistemas políticos actuales.

Su último libro, Antropoceno. La política en la era humana (Taurus), llegó a las librerías hace unos días. Trata, claro, del Antropoceno; un fenómeno que la cultura popular encuadra dentro de la ciencia ficción pero que los expertos se toman muy en serio desde que en el año 2000 el prestigioso químico Paul Crutzen lo presentase en sociedad durante un congreso internacional celebrado en México. Crutzen, y con él un gran número de científicos, considera que el planeta está abandonando el Holoceno, la era geológica en la que la especie humana ha conseguido prosperar gracias a unas condiciones climáticas estables, para adentrarse, precisamente a causa de la actividad humana, en el Antropoceno. Es decir: la colonización humana del planeta nos ha llevado hasta una nueva época geológica. Pero esta nueva era –avalada por la revista Nature  encierra un horizonte imprevisible. ¿Su manifestación más llamativa? El cambio climático.

¿Este libro debe leerse como un aviso a navegantes?

Puede llegar a cumplir esa función, pero no es la idea que tenía en la cabeza cuando me senté a escribir. Entre otras cosas porque se necesitan navegantes dispuestos a escuchar para que el aviso tenga efectividad. Precisamente, lo que busca este libro es introducir el Antropoceno en el debate público español.

En efecto, el Antropoceno es un concepto muy poco conocido en España. ¿Esa falta de interés también se da en los países de nuestro entorno? Me refiero a Alemania y Estados Unidos, lugares que conoces bien porque has investigado en ellos.

La falta de interés se da más en España. Alemania es un país con una conciencia medioambiental bastante fuerte. El otro día leí que en las últimas tres décadas el número de vegetarianos ha pasado del 0,1% al 10%. Es más, la primera exposición sobre el Antropoceno celebrada en el mundo tuvo lugar en el Deutsches Museum de Múnich. En cuanto al mundo anglosajón, se beneficia de que las discusiones suceden en inglés. Eso genera una cercanía entre el objeto de debate y las sociedades de esos países.

¿Por qué crees que en España no se discute este asunto?

Creo que la ausencia de un Partido Verde potente es un factor importante a la hora de explicar la poca conversación que hay en torno a la cuestión del Antropoceno. Y el poco debate que hay viene de la mano del cambio climático. ¿Cuál es el problema? Pues que la discusión que gira en torno al cambio climático está muy ideologizada, es muy poco racional y pasa por alto la gran cantidad de matices que encierra un asunto tan complejo. Tenemos que hablar más de las relaciones entre la sociedad y la naturaleza –las relaciones socionaturales– pero tenemos que hacerlo con sensatez.

En el libro explicas que los expertos no se ponen de acuerdo a la hora de determinar dónde se encuentra el origen del Antropoceno; cuándo habría comenzado esta nueva era. ¿Cuáles son las diferentes propuestas?

Lo primero que conviene aclarar es que la búsqueda del origen puede hacerse desde distintos presupuestos. El Antropoceno es un término geológico y por eso el presupuesto geológico es el principal, pero también hay otra dimensión que rastrea el origen basándose en las transformaciones provocadas por el hombre en el medio ambiente; el cambio climático, etcétera. Luego hay estudiosos que dicen que no se puede finiquitar el Holoceno tras ‘solo’ 11.700 años de existencia, y que por tanto sería más acertado referirse al Antropoceno como una nueva etapa histórica. En cualquier caso, el término ha llegado para quedarse.

Regresando a la pregunta, la cuestión del origen gira en torno a un planteamiento muy simple: si dentro de un millón de años aterrizan unos extraterrestres en la Tierra y se ponen a estudiar los sedimentos, ¿qué marcador les va a permitir establecer que en ese punto concreto comenzó el Antropoceno? Por un lado, está William Ruddiman sosteniendo que todo empieza con la revolución agrícola del Neolítico. El problema es que, según su tesis, el Antropoceno compartiría origen con el Holoceno. Que no habría Holoceno, vaya. Por otro lado están las hipótesis industrialistas, que defienden que el industrialismo es el momento en el que la intervención humana sobre el medio ambiente se radicaliza.

Luego hay autores que defienden el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial. Aquí estaríamos hablando de las bombas atómicas como el origen del Antropoceno. Este caso trae consigo una gran carga simbólica; al margen de la huella geológica que dejan los isótopos radiactivos de las bombas, éstas se asocian a un descubrimiento humano cuya peligrosidad salta a la vista. Por último, están quienes defienden el desarrollo tecnológico como punto de partida, y concretamente el motor de combustión. Como ves, existen varias opciones y el debate no está cerrado.

Manuel Arias Maldonado: “La humanidad tiene que ser indulgente consigo misma” 1
Portada de Antropoceno. La política en la era humana. | Imagen vía Taurus.

Y cuando se cierre ese debate sobre el origen también sabremos, dependiendo de cuál sea ese origen, quién es el culpable, o el responsable, del Antropoceno…

Esta es una cuestión muy interesante. ¡Quién es el antropos del Antropoceno! Hay autores que sostienen que algunos grupos de seres humanos han sido más víctimas que actores en todo este proceso. Suelen ser los mismos autores que defienden un cambio de nombre para que el Antropoceno comience a ser conocido como el Capitaloceno; la era del capitalismo en lugar de la era del hombre. En el Capitaloceno el origen y los responsables saltan a la vista: la Gran Bretaña industrialista. Personalmente, no comparto este punto de vista, aunque me parece una crítica razonable si tenemos en cuenta que, efectivamente, hay grupos de personas que han sido mucho más influyentes que otros.

¿Cuál es tu punto de vista?

Que no podemos entender la intervención del ser humano sobre el planeta si no es en términos de especie. Porque hasta el más pasivo de los seres humanos interviene en su entorno. De hecho, tenemos pruebas que indican que las tribus aborígenes ya intervenían de manera agresiva –con arreglo a sus posibilidades tecnológicas– en las profundidades del tiempo amazónico. Como decía Karl Marx: hay un modo de ser de la especie humana que implica una adaptación agresiva al medio. Y esa adaptación agresiva está potenciada por rasgos como la sociabilidad, la capacidad de cooperación, la cultura o el lenguaje. Rasgos que nos abren la posibilidad de transmitir información entre miembros de una misma época, o incluso entre generaciones, y que andando el tiempo aumentan exponencialmente nuestra capacidad transformadora. Que esa capacidad transformadora haya surgido de manera más exitosa en la Europa del siglo XVIII no deja de ser una casualidad histórica. ¡En algún lugar tenía que producirse! Y por supuesto que hay tribus amazónicas que interactúan con su entorno de manera menos agresiva, pero lo hacen porque permanecen aisladas durante más tiempo; porque no reciben las herramientas que les permitirían obrar de manera distinta. Por eso yo no le atribuiría demasiado valor al hecho de que exista una tribu en Ecuador que parece vivir en armonía con su entorno.

Porque si les das un iPhone lo van a utilizar.

¡Pues claro! Por eso a mí me parece que la humanidad tiene que ser hasta cierto punto indulgente consigo misma. Hemos hecho algo, pero no sabíamos lo que estábamos haciendo. No sabíamos, por ejemplo, que estábamos provocando un cambio climático; no sabíamos que estábamos generando una contaminación oceánica; no sabíamos, en definitiva, que estábamos trayendo el Antropoceno. Sabíamos que estábamos alterando el medio ambiente, pero lo hacíamos porque nos habíamos dotado de aquellas herramientas morales y filosóficas que nos autorizaban a hacerlo. Pero es que eso es lo natural. Somos una especie arrojada al planeta que piensa que el planeta gira en torno a ella. ¿Qué vas a pensar? ¡No vas a pensar lo contrario! El argumento del designio –“la naturaleza está para que el ser humano la utilice”– viene de lejos: el Génesis, Aristóteles, Descartes… ¡Fíjate en Descartes! Él intensifica esta noción diciendo que el mundo animal está vacío de contenidos, que los animales son robots. El famoso mecanicismo filosófico.

Y deshacerse de esa herencia lleva mucho tiempo.

Sí, y también implica un ejercicio de reflexión que a lo que nos conduce es a decir: es verdad, hemos hecho daño, pero es que no podíamos haberlo hecho de otra manera. El dominio de la naturaleza no era una opción, era algo que el ser humano tenía que hacer para poder sobrevivir y para garantizar unas condiciones de vida razonables. Por eso creo que la protección del medio ambiente es un lujo que uno puede asumir cuando las necesidades principales han sido atendidas. Y por necesidades principales entiendo el conseguir un desarrollo económico que permita relajarse, que permita poder pensar en otras cosas.

Pero, en cualquier caso, ahora ya sí sabemos lo que hacemos. O las consecuencias que tiene aquello que hacemos.

Ahora sí. Antes no lo sabíamos pero ahora lo sabemos, o por lo menos empezamos a saberlo. Por lo tanto, vamos a pensar si no deberíamos hacer algunos cambios al respecto.

Así terminas el libro: diciendo que ahora que ya sabemos lo que hay conviene ponerse manos a la obra. Es decir, que te alejas de quienes piensan que la humanidad ni pincha ni corta y que, por lo tanto, no hay nada que hacer respecto al cambio climático y cuestiones parecidas. Pero también te distancias de quienes piensan que hay que intentar revertir el proceso a toda costa, antes de que sea demasiado tarde. Propones un camino alternativo.

Lo primero que hay que tener en cuenta es lo siguiente: el planeta Tierra ha cambiado muchas veces a lo largo de su existencia, a veces de forma extremadamente violenta. En el libro hago un recorrido por la historia planetaria en el que nuestra insignificancia queda demostrada. Un dato: el 90% de las especies que han existido desde el principio de los tiempos han dejado de existir. Es más, tenemos constancia de cinco extinciones masivas en las que el hombre no ha tenido nada que ver. Por tanto, se podría argumentar lo que ya dijo Sloterdijk: que la biología es tanatología. Pero también hay que escuchar a los autores que advierten contra la desestabilización del planeta que estaríamos provocando nosotros, la especie humana. A quienes dicen que estamos haciendo desaparecer las condiciones benignas del Holoceno y luego –en el Antropoceno– a ver qué nos encontramos. Estos autores son interesantes porque si el cambio climático se dispara las condiciones de habitabilidad del planeta se verán seriamente comprometidas.

¿Entonces qué crees que hay que hacer?

Antes de nada, hay que pensar en un horizonte temporal razonable. A mí me cuesta mucho conectar intelectual, psicológica y afectivamente con lo que pasó hace 536 millones de años. La cifra está bien para recordarnos que somos una anécdota, pero aquí de lo que se trata es de modificar ciertos hábitos y ciertos comportamientos en las relaciones socionaturales que nos permitan vivir bien durante el próximo milenio.

¿Eso no es lo que piden los partidarios del decrecimiento para intentar frenar el cambio climático?

El problema del cambio climático, como he dicho antes, es que es un debate fuertemente ideologizado. El escepticismo negacionista del que hablabas antes –los que piensan que la humanidad no tiene ni voz ni voto en esto– surge como respuesta al ecologismo radical de los años 60 que defendía desmantelar el sistema capitalista como la gran solución a todo. Para el ecologismo radical el cambio climático no es el protagonista, el protagonista es el capitalismo y el cambio climático sería entonces la herramienta con la que destruirlo. Frente a eso reaccionan desde el otro extremo ideológico diciendo que menuda estupidez y que lo único que quieren los ecologistas radicales es acabar con el capitalismo, y que como no saben cómo hacerlo pues recurren al cambio climático; ergo el cambio climático es mentira. Francamente, ambos extremos me parecen desaconsejables. Lo que pasa es que son los que más llaman la atención en un debate público tan polarizado como el actual.

Pero el cambio climático no es una opinión.

No, claro que no. Es una conclusión científica basada en el aumento de las temperaturas. Es verdad que en el pasado han existido fluctuaciones naturales del clima y que no se puede descartar totalmente que estemos ante un suceso similar. Es decir, que la culpabilidad del ser humano no es indiscutible. ¿Qué pasa? Pues que sí es muy probable por motivos que los paleoclimatólogos te explican al trazar un paralelismo entre los niveles de dióxido de carbono que circulan en la atmósfera y el aumento de las temperaturas. En todo caso, existe un cambio climático. ¿Que haya sido causado por el hombre es una hipótesis? Técnicamente sigue siendo una hipótesis. Lo que pasa es que es una hipótesis con altísimas probabilidades de ser cierta. Por eso no tiene sentido partir de su negación. No podemos seguir discutiendo si existe o no el cambio climático. Existe, claro que existe. Y como parece razonable esperar que la causa sea el ser humano y sus múltiples actividades, sería un error no hacer nada confiando en que sea lo contrario. Hay que hacer una apuesta a la manera de Pascal. Si apuesto que no existe, o que sí existe pero que el ser humano no puede hacer nada al respecto, y luego resulta que sí podía, pierdo la apuesta. Si resulta que hago algo y resulta que puedo hacer algo, gano la apuesta. Y si resulta que hago algo pese a que no sirve de nada hacerlo porque no depende de mí, bueno, tampoco he perdido nada.

Como invitar a alguien que te gusta a tomar un café. El “no” ya lo tienes.

¡Exacto! El “no” ya lo tienes. Así que lánzate, prueba. O ganas o, en el peor de los casos, te quedas como estabas.

Manuel Arias Maldonado: “La humanidad tiene que ser indulgente consigo misma” 2
Manuel Arias Maldonado en las oficinas de Penguin Random House. | Foto: Borja Bauzá.

Pero regresando a los partidarios del decrecimiento. En lo fundamental –que hay que hacer algo– estáis de acuerdo. ¿Qué te chirría de su postura?

Las teorías que defienden el decrecimiento sostienen que el único curso de acción pasa por desmantelar la sociedad tal y como la conocemos. Primero, esa es una reacción desproporcionada. Y segundo: no vas a encontrar apoyo electoral en ningún sitio.

Pero los partidarios del decrecimiento sostienen que se nos acaba el tiempo y que hay que pisar el freno de inmediato. ¿Tú ves margen de maniobra?

Vamos a ver. ¿Tenemos una cantidad finita de recursos? Sí. Pero frente al pesimismo que dice que cuando se acaben esos recursos se han acabado y ya está, yo me pregunto: ¿por qué no vamos a poder ingeniárnoslas para multiplicar la productividad de esos recursos? ¿Quién te iba a decir a ti que el grafeno iba a ser utilizado para la tecnología? ¿Y cuántos años llevamos escuchando que el petróleo se va a terminar y no se termina? Sí, quizá se termine algún día, pero es posible que para entonces ya tengamos alternativas. La capacidad del ser humano para encontrar soluciones tecnológicas está suficientemente probada.

Es una postura esperanzadora. Sin embargo, el panorama actual –las renovables que no terminan de despegar, la crisis de las nucleares en Alemania, Donald Trump y su política medioambiental– invita a muchos decrecentistas a plantearse medidas drásticas. ¿A ti ese horizonte plagado de baches no te invita al pesimismo?

Invita al realismo. Una forma muy fácil de responder a esa objeción del horizonte plagado de baches es que el propio decrecimiento se encontraría con deficiencias en su aplicación práctica que dejarían en entredicho el ideal en el que se basa. Me estoy refiriendo, concretamente, a la ecotopía: ese sistema basado en pequeñas comunidades en el que todos viajaríamos menos, comerciaríamos menos y en el que nuestra convivencia con el medio ambiente sería mucho más armónica.

Un regreso al Paleolítico.

Ahí tienes a John Cerzan, que defiende que nunca hemos estado tan bien como en el Paleolítico. O al propio Yuval Noah Harari, que dice que la Revolución Neolítica fue un desastre para la humanidad. Pero no, no llega hasta ese extremo.

Lo que defienden quienes defienden la ecotopía es lo mismo que ya predicaba el socialismo primitivo del XVIII: una utopía romántica, de tintes rousseaunianos, que sobre el papel puede ser muy atractiva pero que en la práctica daría muchísimos problemas. Como digo, esa es la primera objeción que se le puede plantear al ideal decrecentista.

Una segunda objeción sería la cola de gente –sociedades enteras– que está esperando su turno para entrar a formar parte de la era del progreso y del desarrollo. Negarles esa posibilidad sería injusto. ¡Imagínate! Los occidentales hemos impuesto primero un paraíso tecnológico y ahora queremos pulirlo de un plumazo y apostar por la ecotopía.

En tercer lugar, no hay campaña política que pueda sostener una promesa electoral basada en tener menos y vivir peor. Es imposible. El propio fracaso político del ecologismo en su vertiente más catastrofista así lo atestigua. Lo que pasa es que es un discurso atractivo, a todos nos gusta leer sobre eso y Naomi Klein vende muchos libros. Pero en la práctica se estrella.

Hombre, puede haber elementos concretos de esa propuesta que sean viables. Tratar mejor a los animales, por ejemplo.

No creo que el decrecimiento tenga demasiado que ver con la política animalista. Es uno de los problemas que ha causado esa ideologización que te decía antes: convertir temas que no tienen ideología en posturas ideológicas. ¿O es que la simpatía hacia los animales es patrimonio exclusivo del votante del Partido Verde? ¿A los conservadores no les gusta un paisaje bonito? Es absurdo.

El ser humano no destruye la naturaleza o maltrata a los animales porque así lo desee; es un efecto colateral de otras cosas que va haciendo. Pero claro que hay que concienciar contra el maltrato animal y, en la medida de lo posible, evitar que determinadas tribus africanas piensen que los cuernos de rinoceronte tienen virtudes medicinales.

Lo que en el libro defines como Ilustración Ecológica.

Eso es. Y por lo tanto no entiendo que determinados temas tengan que estar ideologizados. Politizados claro que sí, porque deben estar en la agenda pública para que, entre todos, podamos plantear soluciones. Preservando, y esto es importante, los valores tradicionales de la sociedad liberal. No me refiero a la posición ultra liberal según la cual el crecimiento económico es un fin en sí mismo. A eso tampoco le encuentro demasiado sentido y John Stuart Mills estaría de acuerdo conmigo. Pero hay ciertos valores que deberíamos querer preservar, y que son básicamente la libertad, la autonomía y la igualdad, al tiempo que garantizamos unas condiciones materiales adecuadas para la humanidad. En este contexto el crecimiento económico es un medio, no un fin.

En el libro propones un sistema basado en la gobernanza global. Luego, en paralelo, estaría el debate público. Corrígeme si me equivoco, pero la sensación que transmite esa propuesta es que los líderes políticos podrían llegar a imponer el sacrificio de algunas comodidades personales en nombre del bien común. ¿Es así?

Es así. De todos modos, y antes de contestar, permíteme un matiz: conviene tener en cuenta que la sociedad tiene capacidad para auto-organizarse y que no todo tiene por qué estar legislado. En eso los liberales siempre han tenido razón. Te pongo un ejemplo: el desarrollo económico trae consigo una corrección de la maternidad en las sociedades pobres. Es decir, que la gente pasa a tener menos hijos. Y eso es positivo para el planeta. Por ahora solo África escapa a esta tendencia, pero en Asia, Europa y Latinoamérica la natalidad va a la baja. Seguirá creciendo durante algunas décadas, pero ya se vislumbra lo que los norteamericanos llaman el peak child, momento a partir del cual empezará a descender.

Y respondiendo a tu pregunta, lo que es innegable es que el Antropoceno es un efecto de especie; es la suma de muchísimas acciones individuales a lo largo del tiempo lo que provoca determinados efectos globales. Es decir: tenemos que ser conscientes de que nuestras acciones individuales, íntimas incluso, tienen una vida privada y una vida pública. Ducharse con agua caliente, tener hijos o conducir un coche es una acción privada. En un marco liberal, nadie debería pedirle cuentas a nadie por ello. ¿Qué pasa? Pues que si sumas todas las duchas calientes del mundo o todos los coches del mundo tienes un efecto global. Se convierte en un problema colectivo.

Entonces la pregunta sería: ¿podemos democratizar el Antropoceno?

Me lo pregunto constantemente. Existe un problema: la distancia entre magnitud del objeto –el cambio climático, por seguir con el mismo ejemplo– y la idea de unos individuos que deliberan y votan en su pequeño país. Por eso cualquier política climática debe ser geopolítica, global. Eso no quiere decir que las acciones locales no tengan importancia. La tienen. Pero es un asunto que requiere una perspectiva global. Y con esto vuelvo a tu pregunta anterior: someter a una votación ordinaria nuestras condiciones de supervivencia me parece una incongruencia.

El Antropoceno tiene dos dimensiones. La primera dimensión es la deseable; en qué sociedad queremos vivir refinando nuestras relaciones con el medio ambiente. La segunda dimensión es la indiscutible; qué sociedad necesitamos para sobrevivir. ¿Hay que cerrar la capa de ozono? Hay que cerrar la capa de ozono. ¿Podemos seguir utilizando los clorofluorocarbonos? No podemos seguir utilizando los clorofluorocarbonos. Así es como surge el Protocolo de Montreal, pensado para restringir un tipo de actividad que descubrimos en un momento dado que es dañina para el medio ambiente y que, además, compromete la habitabilidad del planeta.

El Protocolo de Montreal representaría, por tanto, la gobernanza global que defiendes. Sin embargo, lo establecido por el Protocolo de Montreal no sentó bien a todo el mundo.

Siempre habrá personas con intereses, o que sencillamente están acostumbradas a un modo de vida, que no toleran bien los cambios que les van a afectar en lo personal. Por eso protestan. Pero el tiempo ha dado la razón al Protocolo de Montreal. Lo que yo planteo es que tiene que haber una dimensión de la política climática sujeta a la gobernanza global; agencias medioambientales internacionales con representantes de los distintos gobiernos, por ejemplo, que aseguren que ciertos límites planetarios como la temperatura o la desertización no traspasan determinados umbrales. Una vez tengamos esos mínimos garantizados, podemos hablar de lo deseable. Es decir: podremos debatir sobre cómo queremos que sean nuestros entornos urbanos, qué queremos comer, cómo queremos que se trate a los animales que nos comemos, cuántos paisajes hay que preservar, cuánta naturaleza queremos conservar más allá de la que necesitamos conservar, etcétera. Pero sin supervivencia no hay deseabilidad que valga y por eso la voz de los expertos es fundamental. Y a veces ésta tendrá que comunicarse directamente con los organismos internacionales, al margen del debate público.

En el libro arrojas un dato curioso: dentro de unas décadas el 70% de la población mundial vivirá en ciudades. También dices, al respecto, que esto es una buena noticia para el planeta. ¿Qué lectura haces de la nostalgia hacia el mundo rural que parece recorrer la sociedad española?

La nostalgia por la vida en el campo, que muchos asocian a una vida más sencilla, es un clásico del pensamiento occidental y probablemente responda al subconsciente colectivo de una especie que viene de la sabana. Es, también, una expresión de nuestro disgusto ante las dificultades que presenta la vida urbana. Pero si tan bien se viviese en el campo, el campo no estaría quedándose sin gente. Esta contradicción me invita a pensar que estamos ante un anhelo más que ante una preferencia meditada. Por otra parte, yo siempre hago mucho énfasis en no asociar lo natural con lo natural-salvaje, o lo que los norteamericanos llaman wilderness. La naturaleza también se encuentra en las ciudades.

En Nueva York me sorprendió encontrar grupos de observadores de aves –birdwatching, como dicen allí– en Prospect Park, el parque gigantesco que tienen en el corazón de Brooklyn.

¡Y en el libro cito un paper sobre un grupo de observadores de aves en Filadelfia! Pero es que es verdad: si queremos seguir manteniendo la idea de naturaleza en nuestras vidas, y si queremos cuidarla, es necesario que no pensemos que la naturaleza se encuentra al margen de la sociedad. Lo que tenemos fuera de las ciudades será, en todo caso, naturaleza de otro tipo. El wilderness que comentaba antes.

Volviendo al despoblamiento del campo. ¿Es realmente tan positivo?

Abre ciertas oportunidades. Y es una gran noticia para aquellos ecólogos que defienden la necesidad de crear corredores continentales entre zonas naturales en los que no exista intervención del hombre; corredores que permitan a las especies vivir y transitar libremente. Edward Wilson, por ejemplo, sostiene que la mitad del planeta debería estar dedicado a este fin; no dice que haya que partir el globo en dos, sino que es menester crear una reserva natural cuya superficie equivalga a la mitad del planeta. Puede parecer una idea descabellada, pero no imposible dado el ritmo de urbanización al que vamos. El debate público va muy desencaminado: existe la impresión de que la humanidad no hace más que crecer cuando en realidad no es así. El otro día leí que Japón va a pasar de 126 millones de habitantes a 85 millones en los próximos 50 años. ¡El peak child! Esa reducción de la población y ese agrupamiento de seres humanos en contextos urbanos tiene virtudes ecológicas porque facilita la creación de espacios donde la naturaleza se recupera gracias a la ausencia del ser humano.

Termino. Argumentas que a más modernidad más posibilidades de que el Antropoceno resulte una buena época en lugar de una era plagada de catástrofes. ¿A qué te refieres con más modernidad?

Sobre todo, a la innovación tecnológica destinada a lidiar con asuntos climáticos. Lo que se conoce como “ingeniería del clima”, aunque personalmente no me sitúo en esa posición tan radical que argumenta que esa es la única opción capaz de contener y reducir el cambio climático. La tecnología es imprescindible, sobre todo aquellas iniciativas como la biomímesis –la imitación de determinados procesos naturales– que no caen en extravagancias como la de reducir nuestro tamaño para reducir, a su vez, nuestra huella ecológica. Pero no basta con la tecnología. Se requiere una perspectiva política, porque sin riqueza no vamos a ser sostenibles, y también el convencimiento de que no se puede entender el medio ambiente y la sociedad como figuras antagónicas, sino como parte del mismo entramado. El entramado socionatural.

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