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Carlos Mayoral, reinvidicando la Generación del '98

Anna Maria Iglesia

Foto: Círculo de Tiza

Si tienen twitter, Carlos Mayoral no les será desconocido. Aunque el nombre no les sea familiar, su apodo tuitero lo reconocerán de inmediato: La voz de Larra. Tras este apodo, indicador claro de las debilidades de su dueño, se esconde Carlos Mayoral, un lector voraz de clásicos y un amante empedernido de la literatura y el pensamiento de la Generación del ’98. Colaborador de medios como The Objective, Mayoral acaba de publicar Empiezo a creer que todo es mentira, un recorrido a través de los clásicos que ha influido en su formación. De Cervantes hasta Borges o Ana María Matute, Mayoral rinde homenaje a los escritores cuyos textos, a pesar del tiempo transcurrido, siguen interpelándole, demostrando aquello que decía Calvino: un clásico es un libro que nunca deja de leerse.

¿Cómo nace la idea de escribir un libro como Empiezo a creer que todo es mentira?

Es muy difícil decir en qué momento surge la idea de este libro, pues creo que la idea ha ido fraguándose dentro de mí a lo largo de los años, pero sí puedo decir que el libro tiene que ver con el trato bastante injusto que se da a los clásicos. Yo, que ahora estoy más en contacto con el mundo cultural, me doy cuenta de que, si bien te encuentras con personas muy cultas, no son pocas las veces en las que, al aludir a dioses de la literatura hispánica, te das cuenta de que gente muy culta no sólo los desconoce, sino que no tiene el más mínimo interés en acercarse a ella. Este rechazo me provoca mucha antipatía.

¿Has encontrado alguna explicación para ello?

Creo que la clave está, principalmente, en la educación y en cómo nos han inculcado el amor por los clásicos durante los años de estudio. Es evidente que el sistema educativo nos ha conducido muy mal hacia los clásicos. Y, precisamente por esto, ante esta situación, a mí me gustaría ser un poco justiciero y devolver a los clásicos el lugar que merecen y, sobre todo, inscribirles en un plano contemporáneo, demostrando así que los clásicos no son anacrónicos. Unamuno es tan actual o más que cualquier escritor contemporáneo y podemos irnos aún más atrás: en el barroco te encuentras autores literariamente perfectamente actuales. Con Empiezo a creer que todo es mentira quería demostrar la contemporaneidad a los clásicos, porque estoy convencido de que los clásicos pueden ser tan actuales como Murakami o James Rhodes. En definitiva, a través de mi libro quería dar a los clásicos un halo de modernidad que no siempre se les reconoce.

Decía Calvino que un clásico es un libro que nunca se deje de leer, pero ¿Qué es un clásico para Carlos Mayoral?

Un clásico es un discurso atemporal, un discurso que sirve hoy como servirá mañana y como servía ayer. Para un clásico, el tiempo no es lo importante, por ello es tan clásico y tan contemporáneo un autor greco-latino como lo es Borges. No hay que sorprenderse ante la posibilidad de considerar actuales algunos textos greco-latinos, en concreto los diálogos de Platón. El clásico, por tanto, es un discurso que escapa del tiempo y que sirve como respuesta a preguntas que son siempre son las mismas. Lo decía precisamente el otro día Juan Cruz: las preguntas están ya toda hechas. Y un clásico es una respuesta a estas preguntas

¿Las preguntas, como los temas literarios -el amor, la muerte, el tiempo…- son siempre las mismas?

Totalmente. A mí el tiempo me obsesiona muchísimo y lo utilizo, incluso, en los pequeños textos: dejo pasar tiempo en el momento de escribirlos para que entre el principio y el final se establezca una perspectiva temporal. Las preguntas que nos planteamos son siempre las mismas, de la misma manera que el amor y la muerte son los grandes temas de siempre de la literatura.  Esta dualidad, eros y tanatos, está presente desde el mundo latino hasta ahora.

Carlos Mayoral, reinvidicando la Generación del '98
Portada del libro de Mayoral editado por Círculo de Tiza.

Estamos hablando de clásicos, pero si hay una literatura que ocupa gran parte de tu atención es la literatura de la Generación del ’98.

Sí, es así, porque los autores de la Generación del ’98 cumplen perfectamente con ese requisito propio de los clásicos: son grandes contestadores de preguntas que siempre están ahí. Hace poco leía Castilla de Azorín y creo que es el mejor libro de cuentos que he leído jamás, mejor incluso a cualquier libro de relatos de los autores hispanoamericanos, que son unos maestros del género breve. Nunca he leído un libro de cuentos como Castilla de Azorín y su libro es la clara demostración de que los clásicos, porque Azorín es un clásico, están denostados.

Muy contundente en tus palabras

Es así, si ahora pones un libro de Azorín sobre la mesa la gente se desmaya cuando Azorín es un autor ligero, sencillo y moderno en el sentido amplio de la palabra. Asimismo, Castilla es la prueba de la majestuosidad del ’98, una generación que trató de contestar a grandes preguntas a través del cuento, de la poesía, de la sátira, piensa en Valle-Inclán, y del ensayo a través de autores como Unamuno o Ortega y Gasset. Por ello, cuando contraponen a la generación del ’98 la del ’14 o la del ’27, digo que ninguna de estas dos se acerca a la primera, porque los autores del ’98 consiguieron proponer una obra y un pensamiento incomparablemente amplio. Y este es el motivo por el cual siempre que puedo aludo a los autores de la generación del ’98.

Dejando de lado Antonio Machado, puede que lo que sucede es que haya autores y obras del ’98 que hayan envejecido mal. Pienso, por ejemplo, Jacinto Benavente e, incluso, el libro La deshumanización del arte de Ortega y Gasset

No estoy muy de acuerdo, yo tengo la sensación de que lo que ha envejecido mal es lo que siguió al’98 y que desafortunadamente acabó comiéndoselo. En este sentido, creo lo que ha envejecido mal es el surrealismo. El Lorca surrealista, que en su momento se impuso en parte a la poesía ’98 y arrinconó a Juan Ramón Jiménez, ha envejecido bastante mal, es decir, el Lorca de Poeta en Nueva York ha envejecido bastante más que el Lorca de los Sonetos del amor Oscuro o de Romancero Gitano. Son las vanguardias las que están envejeciendo, no el ’98. Basta leer a Ángel González, José Hierro o a Luis García Montero para darse cuenta que tras su poesía está Antonio Machado. Y lo mismo sucede con Unamuno y con Ortega, que siguen siendo autores esenciales en la actualidad y muy vigentes: Unamuno influye muchísimo en Ortega y el pensamiento y la filosofía de hoy no la podemos pensar sin Ortega.


Personalmente, diría que Ortega quedó sepultado, puede que no del todo, pero si en gran parte, por Heidegger y que la filosofía de la segunda mitad del XX estuvo más influenciada por la Escuela de Frankfurt, el neo-marxismo o el pensamiento francés a partir de los sesenta.

Una cosa no quita la otra. Fíjate que hay mucho Heidegger en Ortega y mucho Ortega en Heidegger, están interconectados, por mucho que sean rivales. Hay una frase que dice que Ortega y Gasset enseñó a pensar en castellano. Independientemente de que se esté de acuerdo con sus ideas o no e independientemente de que el último Ortega, ya apagado por la dictadura, sea infumable, creo que la manera que tiene de entender el conocimiento y de transmitirlo fue fundamental para los filósofos que le siguieron, empezando por Julián Marías, Marina y demás. Hay que decir que Ortega era un excepcional prosista que sabía transmitir sus reflexiones de forma excepcional.  Todos los filósofos españoles de la segunda mitad del siglo XX y los contemporáneos beben de Ortega. Y, dicho esto, vuelvo a lo de antes: no existiría Ortega sin Unamuno, que están en todo. En fin, para volver a tu pregunta, no creo que ni Ortega ni Unamuno ni tampoco los otros componentes de la Generación del ’98 sean autores que hayan envejecido mal.

Tengo bastantes dudas de que se pueda hablar de filósofos españoles tras la segunda mitad del XX. En todo caso hablaría de profesores o historiadores de filosofía. Y destacaría como última gran filósofa a María Zambrano, la única que con su “razón poética” creó un sistema de pensamiento.

Pues para contestar a tu observación, vuelvo a recurrir a Unamuno, que decía: en España, la razón y la ciencia, que son los dos grandes ejes de la filosofía, no han funcionado, sin embargo, siempre hubo una puerta trasera para llegar a la filosofía y esta puerta es la mística. Cuando Unamuno habla de mística no debemos pensar solamente en la mística religiosa de San Juan de la Cruz, sino en la creación artística en general. Para Unamuno, la mística no tenía que ver con la razón, pero sí con el arte y con la literatura, las dos expresiones que permitían llegar al conocimiento. España carece, por tanto, de una tradición filosófica si pensamos la filosofía como el arte de la razón, pero sí encontramos mucha filosofía en grandes textos literarios e, incluso, periodísticos. No hay que olvidar que tanto Unamuno como Ortega escriben en periódicos.

En este sentido, a quien reivindicaría es el Antonio Machado prosista.

Claro, el Mairena es filosofía pura, pero planteada narrativamente. Parece que la cultura hispánica no puede separarse de la narración para pensar y creo que no es algo a desdeñar. Cuando Ortega le espetaba a Unamuno que en España hubiéramos sido incapaces de inventar la luz, Unamuno le contestaba: sí, pero la luz luce aquí como allá donde se inventó. Ojalá El Quijote luzca en otros lugares igual que aquí.

Volviendo a tu libro, hay que decir que tiene un gran poso autobiográfico, ante todo porque es a través de un supuesto yo autobiográfico que te acercas a los autores.

Sí, porque el libro es una radiografía de un lector. Esa primera persona, que no sé si mira a la literatura con mis mismas pupilas, lo que hace es radiografiar sus lecturas y refleja la importancia que han tenido esos autores y esos textos en su vida. Es a partir de la experiencia lectora que yo escribo los textos sobre los autores allí reunidos y, precisamente por ello, por partir de la experiencia lectora, los textos tienen tonos distintos. Por ejemplo, soy bastante lírico en el texto que dedico a buscar un verbo para hablar del asesinato de Lorca; necesitaba forzosamente un tono lírico y solemne, todo lo contrario de lo que necesitaba para escribir sobre Nada de Carmen Laforet. En este texto, utilizo un tono más jocoso. El tono de la escritura es el tono de mi lectura, es decir, el tono que me exige la lectura de esos textos.

En el capítulo dedicado a Lorca, cuestionas el uso de término “asesinato”, “muerte” o “ejecución” para referirte a su asesinato, alegando que su obra pervive. Sin embargo, ¿No es algo peligroso cuestionar dichos términos? Si bien es cierto que su obra pervive, Lorca sigue siendo víctima de una ejecución.

En este capítulo hay una crítica soterrada a ciertos planteamientos que no comparto. Me ha ocurrido, en más de una ocasión, de escribir sobre la obra de autores como Lorca, Miguel Hernández o Machado y de encontrarme con lectores que me han reprochado por no hablar de lo que fue de ellos. Me pasó recientemente en el aniversario de Lorca: escribí sobre su obra y un lector me señaló que no podíamos olvidar que había sido asesinado por unos fascistas. Está bien, pero si hablamos de su obra hablamos de su obra y no de su vida. Su obra está muy por encima de todo esto. Por tanto, el capítulo que le dedicó a Lorca nace de la constatación de que de tanto buscar el verbo con el cual describir cómo murió Lorca perdemos lo que realmente importa, su obra y su legado. De ahí que me pregunte hasta qué punto podemos decir que Lorca fue asesinado, hasta qué punto su muerte agrandó su figura y hasta qué punto Lorca sigue vivo en cuanto su legado perdura.

Puede que no diga nada de su obra, pero el uso del verbo importa, porque cuenta o deja de contar lo que pasó. Si hay libros de texto que no dicen que Lorca fue ejecutado es porque no les interesa contar la historia de este país tal y como fue.

Indudablemente. Es una vergüenza lo que se está haciendo con la educación en este país. He leído que en un libro de texto decía: “Antonio Machado se fue de España y murió en Francia”. La historia tiene que conocerse y a partir de ella reflexionar, pero lo que no podemos hacer es que la historia se imponga al arte, porque entonces estaríamos siendo injustos, ante todo, con los escritores y creadores. No me cabe la menor duda de que Lorca no quiere ser recordado por esa escena -lo voy a decir, aunque suene mal- tan humillante que vivió poco antes de ser fusilado: Lorca fue golpeado por un fusil al grito de ‘maricón’. Estoy seguro de que él no querría ser recordado por esto, sino por su arte, por su Romancero Gitano, por su Poeta en Nueva York…. Dicho esto, estoy de acuerdo contigo: la historia debe conocerse, debe saberse qué paso realmente, eso sí, siempre y cuando la historia no se anteponga al arte.

A propósito de no anteponer la historia al arte, tu aproximación a los textos literarios es bastante biográfica. ¿La vida de los escritores, para ti, es muy importante?

Sí, mucho. En la facultad de filología, ha habido una línea de estudio que proponía pasar por alto la biografía e ir directamente a la obra. Sin embargo, yo creo que las biografías de los autores completan la lectura de sus obras. Indudablemente alguien puede acercarse hoy día a El Quijote, la mayor obra que jamás se haya escrito, sin necesidad de saber quién era Cervantes ni en qué contexto histórico fue escrito. Sin embargo, si conoces la vida de Cervantes, tu lectura de El Quijote se completa, porque, al final, la vida del escritor siempre está presente en la obra, nos guste o no. Yo he escrito un par de libros y puedo decir que cuando escribo me dejo influir por mis vivencias y por mi contexto. Por tanto, hay un punto en el que la biografía del autor y su obra se tocan.

La crítica estructuralista y post-estructuralista te advertiría que la escritura convierte al yo en otro, es decir, que el “yo” narrativo es un “yo” ficcional. ¿Con una lectura biografista no corres el riesgo de leer la obra de un autor solo en base a su vida?

Probablemente, pero es hay que tener en cuenta que la relación entre la vida del autor, la obra y el lector es muy personal y subjetiva. Y esto lo digo pensando en mi propia experiencia personal. Yo leí El Quijote antes de entrar en filología y lo volví a leer después y esas dos lecturas fueron distintas; la segunda vez, El Quijote adquirió para mí una dimensión que no tenía antes. Siempre digo que las lecturas deben llegar en su momento apropiado y con cada lectura nos relacionamos de forma diferente, dependiendo de cuándo la leemos y en qué circunstancias. Tú eres amante total de Vila-Matas, a quien yo leí muy mal. Ahora es un escritor a quien hoy adoro, sin embargo, si me hubieras preguntado por él hace algunos años no te hubiera dicho lo mismo, porque mi relación con su obra era pésima. La capacidad intelectual que te lleva, con el tiempo, a comprender ciertos autores se completa con las biografías. Aunque, tienes razón, hay que saber dónde empieza la obra y dónde se acaba y, por esto, es importante conocer el punto en el que se tocan.

Tú que has reivindicado la figura de Javier Marías y de Vargas Llosa, ¿cómo interfieren sus opiniones en esa relación, a la que apelas, entre lector, obra y escritor?

Todas las personas que están, de una manera u otra, expuestas al público tiene que tener presente esta interferencia. De todas maneras, basta leer dos o tres párrafos de Javier Marías para darte cuenta de que estás delante de un narrador diferente, que estás ante alguien que eleva el arte de la escritura. Y esto está ahí y me da igual lo que luego escriba en otra parte, me es indiferente lo que opine o no. Ahora bien, es normal que las columnas puedan interferir en la relación que instaure un lector con sus obras y, por tanto, la relación que pueda instaurar el lector que por primera vez a Corazón tan blanco de Marías o a La ciudad y los perros de Vargas Llosa estará sin duda marcada por los artículos y las opiniones de los dos autores.

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Mo Gawdat: "La mayoría de nosotros no necesitamos un iPhone pero todos necesitamos ser felices"

Ariana Basciani

Foto: Grupo Editorial Planeta

Encontrar el significado de la palabra felicidad en Google es fácil. El primer resultado que aparece la define como “estado de ánimo de la persona que se siente plenamente satisfecha por gozar de lo que desea o por disfrutar de algo bueno.”. A esta primera definición le siguen varios emoticones con una cara feliz. Sí, encontrar la acepción o la imagen en el móvil o en el ordenador es fácil; sin embargo, la felicidad, para la mayoría de las personas, se convierte en un Santo Grial a lo largo de la vida.

¿Por qué cuesta tanto encontrar ese estado en la vida cotidiana? Mo Gawdat, hasta hace poco Chief Business Officer de Google X, no solo asegura que la felicidad es inherente a nosotros sino que ha creado una ecuación para encontrarla. Gawdat, ingeniero de profesión, ha pasado por varias de las grandes empresas tecnológicas del mundo: Microsoft, IBM o Google X. En esta última, encontramos con varios de los innovadores proyectos en los que ha participado: las Google Glass o las cucharas antitemblores para pacientes de Parkinson.  Pese a su éxito profesional, el dinero o el amor de su familia, no se sentía feliz y esa infelicidad fue aun mayor cuando su hijo Ali de 21 años murió por una mala praxis médica.

Hoy Gawdat tiene una nueva misión: hacer que la gente conozca su ecuación y llevar su mensaje a mil millones de personas a través de su libro, El algoritmo de la felicidad (Zenith, 2018) y de la interpretación que el público haga del contenido y transmita en el “boca a boca” a lo largo del mundo.

Mo Gawdat: creo que la mayoría de nosotros no necesitamos un iPhone pero sí creo que todos necesitamos ser felices. 2
Portada “El algoritmo de la felicidad” | Imagen: Zenith / Grupo Planeta

¿Cuál es la diferencia entre este libro y otros libros que tratan el tema de la felicidad?

El libro está escrito desde el punto de vista de un ingeniero, no quería un lenguaje espiritual o los tonos suaves de todos los libros de autoayuda que hablan sobre la felicidad. Yo dependo de las ecuaciones matemáticas y del aspecto lógico de los humanos para llegar al corazón y no al revés. En segundo lugar, como ingeniero hago una ecuación muy simple: hemos nacido felices y no nos convertimos en personas felices, entonces la infelicidad es la ausencia de la felicidad. Si ves a un niño que ha nacido feliz y tiene el pañal mojado, es infeliz momentáneamente, se lo cambias y el vuelve a la felicidad. En ausencia de motivos de infelicidad, nuestro estado por defecto es la felicidad. Yo lo que hago es darle la vuelta a la perspectiva: lo que puedes hacer para ser feliz es dejar de ser infeliz.

Lo primero que empecé a atacar fueron las razones de la infelicidad, en vez de decirte qué te dará la felicidad. Lo que te digo es que el ahora es la única verdad y si vives en el pasado y en el futuro, por definición no vas a encontrar la felicidad. Como resultado si eliminas esa asociación con el pasado y con el futuro, la razón que te traía infelicidad, desaparecerá. Lo puedes hacer meditando, escuchando música o simplemente escribiendo tus pensamientos, no importa la técnica mientras el presente sea tu momento.

Este libro habla del 6,7,5, son 18 conceptos diferentes y entra en muchos detalles y no porque todos sean aplicable para cada uno de nosotros, sino porque cada uno o cada par de esos conceptos contribuyen a 90% de nuestra infelicidad. Alguno de esos conceptos te afecta a ti puede no afectar a otro lector y viceversa. Es útil como un modelo comprensivo para saber cuál te afecta, y aplicarlo a esa parte de tu vida, porque sin la imagen total, tendrás lo que te da cualquier libro de felicidad, unas pequeñas recetas.

La palabra algoritmo actualmente esta muy mal vista, ¿por qué elegiste esta palabra para vender el libro?

En mi opinión, una ecuación es un reflejo de algo que es extremadamente predecible. Si a = b + c, si yo te doy el valor de b y de c, podrás encontrar el valor de a inmediatamente. Aunque la creencia común es que la felicidad es una cosa aleatoria que no se puede obtener fácilmente, es muy predecible, tan predecible que lo puedes tener en una ecuación.

Mi ecuación original era mucho mas compleja de la que comparto en el libro. En el texto digo que la felicidad es igual o mayor a la percepción de los acontecimientos de tu vida menos los deseos y expectativas de lo que solía ser tu vida. Cuando lo ves así entiendes dos cosas: una es la definición de felicidad porque aunque no lo creas no existe una definición acordada de la felicidad porque aunque todos perseguimos ese sentimiento nadie te dice lo que es.

Algunas personas en estos tiempos confunden la felicidad con la diversión, salir de fiesta un viernes por la noche es la felicidad pero no es así. Eso es un estado de escape, es un estado en el que dejas de pensar en los motivos que te hacen infeliz, en el momento en que esa fiesta se acaba vuelves a la infelicidad. Lo que te interesa es que la felicidad sea ese sentimiento lleno de paz y de calma que sentimos cuando los acontecimientos de la vida están a la altura de las expectativas;  ese momento en el que la vida nos está dando lo que queremos tenemos una sensación de satisfacción, que nos dice “no quiero cambiar nada”; esa es una definición de la felicidad.

La otra definición importante es qué es la infelicidad. Para un ingeniero es el estado en que una maquina no está funcionando. La infelicidad en esta ecuación es un mecanismo de supervivencia. La infelicidad es nuestro cerebro asegurándose de que vamos a sobrevivir, mira su mundo alrededor, entiende los acontecimientos y los compara con un marco mental que es un marco de seguridad. Cuando ves la infelicidad como un mecanismo de supervivencia, empiezas hacerte la pregunta: ¿necesito esto en mi vida? Un 60 o 70% de los pensamientos que aparecen en un cerebro a diario son negativos.

Nuestro cerebro siempre construye hacia la negatividad, ¿por qué?

Es inimaginable que el 60% de nuestro día sea malo. La razón de que esto suceda es porque nuestro cerebro está buscando ver lo que está mal con la vida, porque cuando lo encuentra lo utiliza para hacerte sobrevivir, no hay beneficio para tu cerebro en ver qué es bueno, eso no representa ningún tipo de amenaza, lo que quiere es enseñarte lo que es malo para que puedas remediarlo. ¿Esto puede ser definido en una ecuación? Sí, es la ecuación, es predecible, cada vez que te has sentido infeliz en tu vida, no era algo malo que te daba la vida, no, era algo que la vida te daba pero no querías.

¿Una expectativa llevada a la frustración?

Sí, es una comparación entre lo que esperabas de la vida y lo que te dio. Piensa en la nieve: si tenias ganas de irte con una amiga a pasear al aire libre y nieva, entonces la nieve te haría infeliz pero si querías irte a esquiar y nieva, seguramente serás feliz. La nieve en si misma no es algo que te haga feliz o infeliz.

¿Es sabio que nuestra mente produzca pensamientos negativos?

Realmente es algo muy sabio. Porque si la gente mirara a su entorno debería ver que nuestras vidas son increíbles. Incluso la persona más pobre tiene mejor calidad de vida que un rey hace 150 años. Si un rey quería viajar hace 150 años tenia que coger un caballo y un carruaje durante días o meses. Miramos nuestra vida y aún así la vemos y pensamos que no es lo suficientemente buena. Nuestro cerebro está cableado para ver lo que está mal.

Yo tengo un trato, solo le permito a mi cerebro traerme dos tipos de pensamiento. Uno es un pensamiento alegre y el otro es un pensamiento útil. Si el cerebro me trae un pensamiento infeliz, yo le digo: “lo siento cerebro pero no le veo ningún valor a este pensamiento”. Si mi cerebro me dice: “Tu hijo Ali murió”, es un pensamiento válido y verdadero, pero es un pensamiento que me tortura y no tiene ningún tipo de impacto positivo, mi hijo ya no está, no puedo traerlo de vuelta, entonces yo respondo a mi cerebro diciendo: “Sí, Ali murió pero también vivió” y eso me hace pensar en esos 21 años y medio que fueron increíbles. Eso es un pensamiento alegre, que es la diferencia entre permitir que mi cerebro me torture o traiga pensamientos que me ayuden. Por otra parte, mi cerebro me podría decir: “deberías haber llevado a Ali a un hospital diferente”, es un pensamiento válido y ojalá pudiera hacerlo pero no hay manera de arreglar eso, así que le digo: “no hay manera de que pueda hacer algo con ese pensamiento, ¿puedes traerme un pensamiento útil?”. Mi cerebro dice: “a lo mejor deberías escribir un libro sobre modelos de felicidad y que lo traduzcan a 28 idiomas y hacer que mil millones de personas sean felices”, ese es un pensamiento útil, ninguno de los dos me va a traer a Ali de vuelta pero uno de ellos es útil y el otro es inútil, yo decido quedarme con el útil.

¿Has pensando en llevar este libro a otras plataformas diferentes al papel?

Mi misión es mil millones de personas felices y el libro va sobre cómo puedes encontrar la felicidad incluso si tu vida es difícil. Un libro con mucho éxito va a llegar a un millón o dos millones de personas, pero mi target es mil millones de personas y hay muchas plataformas para llegar a ese numero de personas. Estar online, por ejemplo. Mis vídeos han sido compartidos hasta 10 millones de veces. El contenido y las aplicaciones digitales son importantes pero lo más importante es el material educativo. Hay que convencer a los gobiernos y a las instituciones educativas de que la felicidad es algo importante que enseñar a los niños, que es más importante que la geografía con todo el respeto. Google Maps sabe todo lo que debe saber sobre geografía pero no sabe como hacerte feliz. Hay que enseñar a los padres, sus hijos y a los adolescentes a encontrar la felicidad porque creo que es el problema mas grande al que nos enfrentamos hoy en día.

Mo Gawdat: creo que la mayoría de nosotros no necesitamos un iPhone pero sí creo que todos necesitamos ser felices. 1
Mo Gawdat en Madrid | Foto: Ariana Basciani / The Objective

¿Podríamos decir que la revolución actual no debería ser tecnológica sino cerebral? ¿Deberíamos saber cómo controlar nuestro cerebro?

Sí, totalmente. Yo creo que la mayoría de nosotros no necesitamos un iPhone pero sí creo que todos necesitamos ser felices.

¿Cómo se mezclan tus proyectos en Google X con este libro?

La misión con este libro es algo que en Google llamaría un moonshot. Es un intento de solucionar un problema grande que preocupa a mil millones de personas o más, utilizando la innovación antes de saber cómo solucionarlo. Entonces mi intento en solucionar la felicidad desde un punto de vista de ingeniería es nuevo. Mi target de un millón de personas está a la escala de un moonshot. Mucho de lo que he hecho en el libro son cosas que he aprendido de Google, por ejemplo, he aprendido a estar completamente motivado por los datos, yo me fio de los datos para encontrar mi camino y este libro esta basado en la ciencia, la neurociencia, la matemática y la física de una manera que hace que este libro sea muy lógico para el mundo de hoy en día.

¿Creíble?

Sí, creíble es la palabra correcta. No hay pomposidad, no es un libro que te cierre los ojos y te hable lentamente de una manera espiritual, es muy lógico y funcional. Lo lees, encuentras la solución, lo aplicas y funciona. Hay una similitud con este libro y el enfoque que me enseñó Google para hacer cosas. A pesar de que Google es un negocio enorme, el Google con el que yo crecí creía en hacer un mundo en un lugar diferente. No construimos el buscador de Google para crear publicidad sino porque era una oportunidad para crear un mundo mejor. No escribí este libro para hacer una fortuna, realmente no necesito ganar dinero de este libro, de hecho, estoy invirtiendo mucho de mi propio dinero para que esta misión tenga éxito. Quiero hacer una diferencia, quiero que el mundo vea el modelo que a mi hijo le hizo tan feliz y quiero que la gente encuentre su felicidad porque nuestro mundo lo necesita. Nunca ha habido un momento en que necesitáramos la felicidad más que ahora.

Pero ¿no hay una contradicción entre la misión utópica de la tecnología y cómo la usamos ahora? ¿Las redes sociales, las fake news? Parte de la responsabilidad de la distribución de la información viene de Google o de Facebook…

La tecnología no tiene la culpa, la tecnología no es más que una herramienta que magnifica la verdad de nuestro mundo. ¿Tu crees que hay más guerras en nuestro mundo hoy en día de las que había hace 100 años? La verdad es que no, sabemos de ellas por las noticias, por las redes. ¿Crees que se miente más hoy en día de lo que se mentía hace 100 años? No, pero tenemos un canal mucho más amplio por el cual puedes mentir.

La tecnología es una herramienta como el boli que tienes en la mano; lo puedes usar para escribir o para metérmelo en el ojo. Tenemos que aprender a negarnos al efecto reverso que la tecnología está teniendo en nuestras vidas, nosotros somos responsables de nuestra propia felicidad y este es el mensaje más importante de mi libro. Recuerda que es un libro desde el punto de vista de un ejecutivo de negocios e ingeniero. Yo enseño a la gente como conseguir sus objetivos y para conseguirlos, te haces cargo, no esperas que el mundo cambie mañana y la gente deje de mentir en Internet. Tú te tienes que contar a ti mismo que lo que lees en Internet no siempre es verdad y tendrás que invertir mas tiempo en investigar para discernir esa verdad.

Sabes que la mayoría de lo que ves puede ser agresivo y violento, pero no puedes echarle la culpa a Hollywood por eso, no puedes decir tenemos que dejar que Hollywood produzca violentas para que deje de haber violencia en mi vida. Es mi elección, soy yo el que debo dejar de ver esas películas. Es una elección. Yo no puedo esperar que el mundo cambie, pudiendo yo cambiar yo las cosas. Podemos ponernos todos de acuerdo y decir que es inaceptable el modo que se están desarrollando esas redes sociales con todos esos “me gusta”, pero hasta que nosotros no nos posicionemos, por qué deberían cambiar ellos. Esa es la premisa de mi misión con “10 millones de personas felices” (#10MillionHappy).

El primer paso es saber lo que es bueno para nosotros y priorizar lo que es nuestra propia felicidad. Ya no nos creemos lo que nos dicen los demás, si nos dicen que la vida es ser exitoso y tener ropa de marca, ya sabemos que es mentira. Priorizar mi propia felicidad es lo importante. El segundo paso es invertir en esa felicidad, igual que vas al gimnasio una hora al día cinco veces por semana tienes que invertir en tu propia felicidad. El tercer paso, el más importante, es tener la compasión dentro de tu corazón para que los demás sean felices, eso cambiará tu comportamiento por completo.

¿Eso nos haría vivir en un mundo mejor?

El mundo que vivimos hoy en día está conducido por los valores equivocados. El egoísmo, la violencia y el interés personal, son solo productos de los últimos 75 años, hasta la Segunda Guerra y la Gran Depresión nuestra vida era muy diferente. Esto de la competitividad y del egoísmo es algo que hemos aprendido en los últimos 75 años y es un tiempo muy corto para los humanos. Hoy en día el conocimiento del mundo está diluido, cada año producimos mucho más contenido online del que se había producido el año anterior. Si nosotros estamos online diciendo al mundo entero que nuestra prioridad numero uno es la felicidad, el mundo cambiará.

El problema no es la tecnología, ¿es cómo la usamos?

La tecnología es solo una herramienta. Todos los medios entienden que tu cerebro está buscando una preocupación por eso vemos noticias malas. Desde un punto de vista matemático, ¿crees que hoy en día hay más gente en España que se odia o que se ama?

Quizás hay más que se odian.

No, todos amamos a alguien pero las noticias te dirán cuando dos personas se pelean. Yo te garantizo que hay más besos que puñetazos en España. Yo no veo películas violentas, o con dramas innecesarios, yo no leo las noticias, leo los titulares en internet pero no necesito saber que un niño es descuartizado en Siria cada 10 minutos. Yo ya sé que están pasando cosas terribles en Siria pero en vez de dejarme bombardear por las noticias, creo que deberíamos empezar a hablar de cómo hacer las cosas mejor.

Hasta que nosotros no pidamos visiones del mundo objetivas y equilibradas, nadie va a producirlas. Lo único que hacen es darnos lo que buscamos. Hace poco hice una entrevista para Channel 4 en Reino Unido,  en cuatro días se vio 37 millones de veces y para ese momento fue la entrevista más vista en la historia Channel 4. Entonces los del canal se dijeron: hemos estado dando noticias sobre violencia pero la entrevista más vista es sobre la felicidad, ¿eso no te dice algo? La gente quiere noticias constructivas, no solo quieren la violencia o el debate.

Hace poco hicimos una campaña en el periódico comentando las buenas noticias de 2017, sin embargo, al preguntarle a la gente cuál había sido su buena noticia del año muy pocos recordaban alguna, incluso algunas personas, eran bastante negativas y afirmaban que no había buenas noticias. ¿Realmente queremos buenas noticias?

 Nuestra vida está llena de buenas noticias. ¿Cuál es la norma en tu vida? ¿Estamos enfermos o estamos sanos? Estamos sanos siempre pero la enfermedad interrumpe épocas sanas. Siempre estamos viviendo en terremotos o desastres naturales, algunos lo experimentaran y otros no. La norma es lo bueno, la norma es que tenemos suficiente comida y que el tiempo es soportable. Quieres ver malas noticias, vete a Siria o a Venezuela. Al final todo tiene que ver con expectativas.

¿Las expectativas no han sido creadas por el capitalismo?

Están creadas por el consumismo. El capitalismo es la idea de que si haces las cosas bien vas a tener éxito y vas a ganar dinero. El problema que tenemos es el consumismo que se apoya en la idea de que tu vida no está bien y mi producto la va a mejorar.  Los anuncios que vemos ahí fuera te están intentando convencer de que la respuesta a tu infelicidad está en una Coca Cola o en el iPhone X, pero en el momento en el que adquieres el iPhone X, empiezan a publicitar el iPhone XI y tú empiezas a pensar: “no tengo el XI, necesito el XI”. La ecuación de la felicidad siempre se rompe, porque te bombardean diciéndote que necesitas conseguir lo siguiente. El consumismo nos hace quejarnos de todo.

Creo que no tengo mas preguntas para ti.

Pero yo quiero hablarte no del libro, sino de la misión “Mil millones de personas felices”.

Cuéntame, soy toda oídos.

Yo soy solamente un hombre, he trabajado durante once años en Google y todo lo que he hecho ahí ha estado en millones pero esta misión no se trata de que yo llegue a mil millones de personas. Va sobre que las personas lean este libro o lleguen a este mensaje por si mismos.

De todas formas, el mensaje de la felicidad tiene una sombra con muchas críticas. ¿Cómo le respondes a esos críticos que dicen que la felicidad es una especie de arma para hacernos más productivos o que es algo muy simple o naif?

Te doy varios datos. La felicidad ya no es un lujo, todos nos hemos dado cuenta de que la vida no es lo que queríamos, seamos exitosos o no. Todo el mundo vive estresado y todos queremos felicidad. El 93% de los lectores de este libro le pondrá 4 o 5 estrellas y dirán que ha cambiado su vida. El 96% de las personas que han venido a escuchar mis charlas dirán que le he cambiando la vida, no porque se me da bien esto, sino porque estoy hablando un idioma que es altamente predecible, matemático y lógico, por lo tanto, funcional.

Tengo un 4 o 7% de personas que son críticas pero el mundo está hecho de 7 mil millones de personas y si bien el 7% de eso es un número relevante, todavía podemos afectar al resto y la belleza de esto es que yo no tengo que convencer a cada persona que conozco, yo solo tengo que convencer a una y pedir a esa persona que se lo cuente a otras dos, y así a otras dos, hasta conseguir la ecuación exponencial de las matemáticas.

Con cálculos precisos de dónde estamos hoy podemos llegar a mil millones de personas en cinco años si seguimos esta función exponencial. Cinco años es mi objetivo y yo me he puesto este objetivo delante del mundo entero. Tiene que haber dos personas a las que quieres ver felices, y no tiene que ver con lo que se compren el libro, no se trata de eso, puedes contarle lo que tu has aprendido o que ellos investiguen, eso abrirá un movimiento en nuestro corazón en el que nos importará que los demás sean felices, si hacemos eso conseguimos mil millones en cinco años.

Perfecto, nos vemos en cinco años.

Quizás antes, España lo conseguiría en tres años. Esperemos que pase.

¿Esto te hace feliz? ¿Qué es lo más feliz que ha ocurrido en tu día?

Que estés aquí, llevo todo el día hablando de la felicidad, tenemos un poco de sol y mi libro está en español. Esta es la segunda lengua más hablada, así que esto es un gran paso para mi.

*

Autoayuda o no, la ecuación de Mo Gawdat puede ser infalible o no, como puede funcionar de la misma forma que ir al psicólogo, lo bueno es que leer y creer es gratis.

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Manuel Arias Maldonado: “La humanidad tiene que ser indulgente consigo misma”

Borja Bauzá

Foto: Rodrigo Isasi
The Objective

Manuel Arias Maldonado (Málaga, 1974) es profesor de Ciencia Política en la Universidad de Málaga y colaborador habitual de medios de comunicación tanto españoles –The Objective, entre otros– como extranjeros. Partidario del análisis sosegado frente al eslogan lapidario, ha dedicado más de dos décadas a investigar la relación que existe entre el medio ambiente y la política. Suyo es el libro Sueño y mentira del ecologismo. Naturaleza, sociedad, democracia (Siglo XXI), publicado en 2008. También Real Green. Sustainability after the End of Nature (Ashgate), considerado el mejor libro del 2012 por la Asociación Española de Ciencia Política. Hace poco más de un año escribió La democracia sentimental: política y emociones en el siglo XXI (Página Indómita), un ensayo en el que propone una reflexión sobre la influencia de las emociones en los sistemas políticos actuales.

Su último libro, Antropoceno. La política en la era humana (Taurus), llegó a las librerías hace unos días. Trata, claro, del Antropoceno; un fenómeno que la cultura popular encuadra dentro de la ciencia ficción pero que los expertos se toman muy en serio desde que en el año 2000 el prestigioso químico Paul Crutzen lo presentase en sociedad durante un congreso internacional celebrado en México. Crutzen, y con él un gran número de científicos, considera que el planeta está abandonando el Holoceno, la era geológica en la que la especie humana ha conseguido prosperar gracias a unas condiciones climáticas estables, para adentrarse, precisamente a causa de la actividad humana, en el Antropoceno. Es decir: la colonización humana del planeta nos ha llevado hasta una nueva época geológica. Pero esta nueva era –avalada por la revista Nature  encierra un horizonte imprevisible. ¿Su manifestación más llamativa? El cambio climático.

¿Este libro debe leerse como un aviso a navegantes?

Puede llegar a cumplir esa función, pero no es la idea que tenía en la cabeza cuando me senté a escribir. Entre otras cosas porque se necesitan navegantes dispuestos a escuchar para que el aviso tenga efectividad. Precisamente, lo que busca este libro es introducir el Antropoceno en el debate público español.

En efecto, el Antropoceno es un concepto muy poco conocido en España. ¿Esa falta de interés también se da en los países de nuestro entorno? Me refiero a Alemania y Estados Unidos, lugares que conoces bien porque has investigado en ellos.

La falta de interés se da más en España. Alemania es un país con una conciencia medioambiental bastante fuerte. El otro día leí que en las últimas tres décadas el número de vegetarianos ha pasado del 0,1% al 10%. Es más, la primera exposición sobre el Antropoceno celebrada en el mundo tuvo lugar en el Deutsches Museum de Múnich. En cuanto al mundo anglosajón, se beneficia de que las discusiones suceden en inglés. Eso genera una cercanía entre el objeto de debate y las sociedades de esos países.

¿Por qué crees que en España no se discute este asunto?

Creo que la ausencia de un Partido Verde potente es un factor importante a la hora de explicar la poca conversación que hay en torno a la cuestión del Antropoceno. Y el poco debate que hay viene de la mano del cambio climático. ¿Cuál es el problema? Pues que la discusión que gira en torno al cambio climático está muy ideologizada, es muy poco racional y pasa por alto la gran cantidad de matices que encierra un asunto tan complejo. Tenemos que hablar más de las relaciones entre la sociedad y la naturaleza –las relaciones socionaturales– pero tenemos que hacerlo con sensatez.

En el libro explicas que los expertos no se ponen de acuerdo a la hora de determinar dónde se encuentra el origen del Antropoceno; cuándo habría comenzado esta nueva era. ¿Cuáles son las diferentes propuestas?

Lo primero que conviene aclarar es que la búsqueda del origen puede hacerse desde distintos presupuestos. El Antropoceno es un término geológico y por eso el presupuesto geológico es el principal, pero también hay otra dimensión que rastrea el origen basándose en las transformaciones provocadas por el hombre en el medio ambiente; el cambio climático, etcétera. Luego hay estudiosos que dicen que no se puede finiquitar el Holoceno tras ‘solo’ 11.700 años de existencia, y que por tanto sería más acertado referirse al Antropoceno como una nueva etapa histórica. En cualquier caso, el término ha llegado para quedarse.

Regresando a la pregunta, la cuestión del origen gira en torno a un planteamiento muy simple: si dentro de un millón de años aterrizan unos extraterrestres en la Tierra y se ponen a estudiar los sedimentos, ¿qué marcador les va a permitir establecer que en ese punto concreto comenzó el Antropoceno? Por un lado, está William Ruddiman sosteniendo que todo empieza con la revolución agrícola del Neolítico. El problema es que, según su tesis, el Antropoceno compartiría origen con el Holoceno. Que no habría Holoceno, vaya. Por otro lado están las hipótesis industrialistas, que defienden que el industrialismo es el momento en el que la intervención humana sobre el medio ambiente se radicaliza.

Luego hay autores que defienden el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial. Aquí estaríamos hablando de las bombas atómicas como el origen del Antropoceno. Este caso trae consigo una gran carga simbólica; al margen de la huella geológica que dejan los isótopos radiactivos de las bombas, éstas se asocian a un descubrimiento humano cuya peligrosidad salta a la vista. Por último, están quienes defienden el desarrollo tecnológico como punto de partida, y concretamente el motor de combustión. Como ves, existen varias opciones y el debate no está cerrado.

Manuel Arias Maldonado: “La humanidad tiene que ser indulgente consigo misma” 1
Portada de Antropoceno. La política en la era humana. | Imagen vía Taurus.

Y cuando se cierre ese debate sobre el origen también sabremos, dependiendo de cuál sea ese origen, quién es el culpable, o el responsable, del Antropoceno…

Esta es una cuestión muy interesante. ¡Quién es el antropos del Antropoceno! Hay autores que sostienen que algunos grupos de seres humanos han sido más víctimas que actores en todo este proceso. Suelen ser los mismos autores que defienden un cambio de nombre para que el Antropoceno comience a ser conocido como el Capitaloceno; la era del capitalismo en lugar de la era del hombre. En el Capitaloceno el origen y los responsables saltan a la vista: la Gran Bretaña industrialista. Personalmente, no comparto este punto de vista, aunque me parece una crítica razonable si tenemos en cuenta que, efectivamente, hay grupos de personas que han sido mucho más influyentes que otros.

¿Cuál es tu punto de vista?

Que no podemos entender la intervención del ser humano sobre el planeta si no es en términos de especie. Porque hasta el más pasivo de los seres humanos interviene en su entorno. De hecho, tenemos pruebas que indican que las tribus aborígenes ya intervenían de manera agresiva –con arreglo a sus posibilidades tecnológicas– en las profundidades del tiempo amazónico. Como decía Karl Marx: hay un modo de ser de la especie humana que implica una adaptación agresiva al medio. Y esa adaptación agresiva está potenciada por rasgos como la sociabilidad, la capacidad de cooperación, la cultura o el lenguaje. Rasgos que nos abren la posibilidad de transmitir información entre miembros de una misma época, o incluso entre generaciones, y que andando el tiempo aumentan exponencialmente nuestra capacidad transformadora. Que esa capacidad transformadora haya surgido de manera más exitosa en la Europa del siglo XVIII no deja de ser una casualidad histórica. ¡En algún lugar tenía que producirse! Y por supuesto que hay tribus amazónicas que interactúan con su entorno de manera menos agresiva, pero lo hacen porque permanecen aisladas durante más tiempo; porque no reciben las herramientas que les permitirían obrar de manera distinta. Por eso yo no le atribuiría demasiado valor al hecho de que exista una tribu en Ecuador que parece vivir en armonía con su entorno.

Porque si les das un iPhone lo van a utilizar.

¡Pues claro! Por eso a mí me parece que la humanidad tiene que ser hasta cierto punto indulgente consigo misma. Hemos hecho algo, pero no sabíamos lo que estábamos haciendo. No sabíamos, por ejemplo, que estábamos provocando un cambio climático; no sabíamos que estábamos generando una contaminación oceánica; no sabíamos, en definitiva, que estábamos trayendo el Antropoceno. Sabíamos que estábamos alterando el medio ambiente, pero lo hacíamos porque nos habíamos dotado de aquellas herramientas morales y filosóficas que nos autorizaban a hacerlo. Pero es que eso es lo natural. Somos una especie arrojada al planeta que piensa que el planeta gira en torno a ella. ¿Qué vas a pensar? ¡No vas a pensar lo contrario! El argumento del designio –“la naturaleza está para que el ser humano la utilice”– viene de lejos: el Génesis, Aristóteles, Descartes… ¡Fíjate en Descartes! Él intensifica esta noción diciendo que el mundo animal está vacío de contenidos, que los animales son robots. El famoso mecanicismo filosófico.

Y deshacerse de esa herencia lleva mucho tiempo.

Sí, y también implica un ejercicio de reflexión que a lo que nos conduce es a decir: es verdad, hemos hecho daño, pero es que no podíamos haberlo hecho de otra manera. El dominio de la naturaleza no era una opción, era algo que el ser humano tenía que hacer para poder sobrevivir y para garantizar unas condiciones de vida razonables. Por eso creo que la protección del medio ambiente es un lujo que uno puede asumir cuando las necesidades principales han sido atendidas. Y por necesidades principales entiendo el conseguir un desarrollo económico que permita relajarse, que permita poder pensar en otras cosas.

Pero, en cualquier caso, ahora ya sí sabemos lo que hacemos. O las consecuencias que tiene aquello que hacemos.

Ahora sí. Antes no lo sabíamos pero ahora lo sabemos, o por lo menos empezamos a saberlo. Por lo tanto, vamos a pensar si no deberíamos hacer algunos cambios al respecto.

Así terminas el libro: diciendo que ahora que ya sabemos lo que hay conviene ponerse manos a la obra. Es decir, que te alejas de quienes piensan que la humanidad ni pincha ni corta y que, por lo tanto, no hay nada que hacer respecto al cambio climático y cuestiones parecidas. Pero también te distancias de quienes piensan que hay que intentar revertir el proceso a toda costa, antes de que sea demasiado tarde. Propones un camino alternativo.

Lo primero que hay que tener en cuenta es lo siguiente: el planeta Tierra ha cambiado muchas veces a lo largo de su existencia, a veces de forma extremadamente violenta. En el libro hago un recorrido por la historia planetaria en el que nuestra insignificancia queda demostrada. Un dato: el 90% de las especies que han existido desde el principio de los tiempos han dejado de existir. Es más, tenemos constancia de cinco extinciones masivas en las que el hombre no ha tenido nada que ver. Por tanto, se podría argumentar lo que ya dijo Sloterdijk: que la biología es tanatología. Pero también hay que escuchar a los autores que advierten contra la desestabilización del planeta que estaríamos provocando nosotros, la especie humana. A quienes dicen que estamos haciendo desaparecer las condiciones benignas del Holoceno y luego –en el Antropoceno– a ver qué nos encontramos. Estos autores son interesantes porque si el cambio climático se dispara las condiciones de habitabilidad del planeta se verán seriamente comprometidas.

¿Entonces qué crees que hay que hacer?

Antes de nada, hay que pensar en un horizonte temporal razonable. A mí me cuesta mucho conectar intelectual, psicológica y afectivamente con lo que pasó hace 536 millones de años. La cifra está bien para recordarnos que somos una anécdota, pero aquí de lo que se trata es de modificar ciertos hábitos y ciertos comportamientos en las relaciones socionaturales que nos permitan vivir bien durante el próximo milenio.

¿Eso no es lo que piden los partidarios del decrecimiento para intentar frenar el cambio climático?

El problema del cambio climático, como he dicho antes, es que es un debate fuertemente ideologizado. El escepticismo negacionista del que hablabas antes –los que piensan que la humanidad no tiene ni voz ni voto en esto– surge como respuesta al ecologismo radical de los años 60 que defendía desmantelar el sistema capitalista como la gran solución a todo. Para el ecologismo radical el cambio climático no es el protagonista, el protagonista es el capitalismo y el cambio climático sería entonces la herramienta con la que destruirlo. Frente a eso reaccionan desde el otro extremo ideológico diciendo que menuda estupidez y que lo único que quieren los ecologistas radicales es acabar con el capitalismo, y que como no saben cómo hacerlo pues recurren al cambio climático; ergo el cambio climático es mentira. Francamente, ambos extremos me parecen desaconsejables. Lo que pasa es que son los que más llaman la atención en un debate público tan polarizado como el actual.

Pero el cambio climático no es una opinión.

No, claro que no. Es una conclusión científica basada en el aumento de las temperaturas. Es verdad que en el pasado han existido fluctuaciones naturales del clima y que no se puede descartar totalmente que estemos ante un suceso similar. Es decir, que la culpabilidad del ser humano no es indiscutible. ¿Qué pasa? Pues que sí es muy probable por motivos que los paleoclimatólogos te explican al trazar un paralelismo entre los niveles de dióxido de carbono que circulan en la atmósfera y el aumento de las temperaturas. En todo caso, existe un cambio climático. ¿Que haya sido causado por el hombre es una hipótesis? Técnicamente sigue siendo una hipótesis. Lo que pasa es que es una hipótesis con altísimas probabilidades de ser cierta. Por eso no tiene sentido partir de su negación. No podemos seguir discutiendo si existe o no el cambio climático. Existe, claro que existe. Y como parece razonable esperar que la causa sea el ser humano y sus múltiples actividades, sería un error no hacer nada confiando en que sea lo contrario. Hay que hacer una apuesta a la manera de Pascal. Si apuesto que no existe, o que sí existe pero que el ser humano no puede hacer nada al respecto, y luego resulta que sí podía, pierdo la apuesta. Si resulta que hago algo y resulta que puedo hacer algo, gano la apuesta. Y si resulta que hago algo pese a que no sirve de nada hacerlo porque no depende de mí, bueno, tampoco he perdido nada.

Como invitar a alguien que te gusta a tomar un café. El “no” ya lo tienes.

¡Exacto! El “no” ya lo tienes. Así que lánzate, prueba. O ganas o, en el peor de los casos, te quedas como estabas.

Manuel Arias Maldonado: “La humanidad tiene que ser indulgente consigo misma” 2
Manuel Arias Maldonado en las oficinas de Penguin Random House. | Foto: Borja Bauzá.

Pero regresando a los partidarios del decrecimiento. En lo fundamental –que hay que hacer algo– estáis de acuerdo. ¿Qué te chirría de su postura?

Las teorías que defienden el decrecimiento sostienen que el único curso de acción pasa por desmantelar la sociedad tal y como la conocemos. Primero, esa es una reacción desproporcionada. Y segundo: no vas a encontrar apoyo electoral en ningún sitio.

Pero los partidarios del decrecimiento sostienen que se nos acaba el tiempo y que hay que pisar el freno de inmediato. ¿Tú ves margen de maniobra?

Vamos a ver. ¿Tenemos una cantidad finita de recursos? Sí. Pero frente al pesimismo que dice que cuando se acaben esos recursos se han acabado y ya está, yo me pregunto: ¿por qué no vamos a poder ingeniárnoslas para multiplicar la productividad de esos recursos? ¿Quién te iba a decir a ti que el grafeno iba a ser utilizado para la tecnología? ¿Y cuántos años llevamos escuchando que el petróleo se va a terminar y no se termina? Sí, quizá se termine algún día, pero es posible que para entonces ya tengamos alternativas. La capacidad del ser humano para encontrar soluciones tecnológicas está suficientemente probada.

Es una postura esperanzadora. Sin embargo, el panorama actual –las renovables que no terminan de despegar, la crisis de las nucleares en Alemania, Donald Trump y su política medioambiental– invita a muchos decrecentistas a plantearse medidas drásticas. ¿A ti ese horizonte plagado de baches no te invita al pesimismo?

Invita al realismo. Una forma muy fácil de responder a esa objeción del horizonte plagado de baches es que el propio decrecimiento se encontraría con deficiencias en su aplicación práctica que dejarían en entredicho el ideal en el que se basa. Me estoy refiriendo, concretamente, a la ecotopía: ese sistema basado en pequeñas comunidades en el que todos viajaríamos menos, comerciaríamos menos y en el que nuestra convivencia con el medio ambiente sería mucho más armónica.

Un regreso al Paleolítico.

Ahí tienes a John Cerzan, que defiende que nunca hemos estado tan bien como en el Paleolítico. O al propio Yuval Noah Harari, que dice que la Revolución Neolítica fue un desastre para la humanidad. Pero no, no llega hasta ese extremo.

Lo que defienden quienes defienden la ecotopía es lo mismo que ya predicaba el socialismo primitivo del XVIII: una utopía romántica, de tintes rousseaunianos, que sobre el papel puede ser muy atractiva pero que en la práctica daría muchísimos problemas. Como digo, esa es la primera objeción que se le puede plantear al ideal decrecentista.

Una segunda objeción sería la cola de gente –sociedades enteras– que está esperando su turno para entrar a formar parte de la era del progreso y del desarrollo. Negarles esa posibilidad sería injusto. ¡Imagínate! Los occidentales hemos impuesto primero un paraíso tecnológico y ahora queremos pulirlo de un plumazo y apostar por la ecotopía.

En tercer lugar, no hay campaña política que pueda sostener una promesa electoral basada en tener menos y vivir peor. Es imposible. El propio fracaso político del ecologismo en su vertiente más catastrofista así lo atestigua. Lo que pasa es que es un discurso atractivo, a todos nos gusta leer sobre eso y Naomi Klein vende muchos libros. Pero en la práctica se estrella.

Hombre, puede haber elementos concretos de esa propuesta que sean viables. Tratar mejor a los animales, por ejemplo.

No creo que el decrecimiento tenga demasiado que ver con la política animalista. Es uno de los problemas que ha causado esa ideologización que te decía antes: convertir temas que no tienen ideología en posturas ideológicas. ¿O es que la simpatía hacia los animales es patrimonio exclusivo del votante del Partido Verde? ¿A los conservadores no les gusta un paisaje bonito? Es absurdo.

El ser humano no destruye la naturaleza o maltrata a los animales porque así lo desee; es un efecto colateral de otras cosas que va haciendo. Pero claro que hay que concienciar contra el maltrato animal y, en la medida de lo posible, evitar que determinadas tribus africanas piensen que los cuernos de rinoceronte tienen virtudes medicinales.

Lo que en el libro defines como Ilustración Ecológica.

Eso es. Y por lo tanto no entiendo que determinados temas tengan que estar ideologizados. Politizados claro que sí, porque deben estar en la agenda pública para que, entre todos, podamos plantear soluciones. Preservando, y esto es importante, los valores tradicionales de la sociedad liberal. No me refiero a la posición ultra liberal según la cual el crecimiento económico es un fin en sí mismo. A eso tampoco le encuentro demasiado sentido y John Stuart Mills estaría de acuerdo conmigo. Pero hay ciertos valores que deberíamos querer preservar, y que son básicamente la libertad, la autonomía y la igualdad, al tiempo que garantizamos unas condiciones materiales adecuadas para la humanidad. En este contexto el crecimiento económico es un medio, no un fin.

En el libro propones un sistema basado en la gobernanza global. Luego, en paralelo, estaría el debate público. Corrígeme si me equivoco, pero la sensación que transmite esa propuesta es que los líderes políticos podrían llegar a imponer el sacrificio de algunas comodidades personales en nombre del bien común. ¿Es así?

Es así. De todos modos, y antes de contestar, permíteme un matiz: conviene tener en cuenta que la sociedad tiene capacidad para auto-organizarse y que no todo tiene por qué estar legislado. En eso los liberales siempre han tenido razón. Te pongo un ejemplo: el desarrollo económico trae consigo una corrección de la maternidad en las sociedades pobres. Es decir, que la gente pasa a tener menos hijos. Y eso es positivo para el planeta. Por ahora solo África escapa a esta tendencia, pero en Asia, Europa y Latinoamérica la natalidad va a la baja. Seguirá creciendo durante algunas décadas, pero ya se vislumbra lo que los norteamericanos llaman el peak child, momento a partir del cual empezará a descender.

Y respondiendo a tu pregunta, lo que es innegable es que el Antropoceno es un efecto de especie; es la suma de muchísimas acciones individuales a lo largo del tiempo lo que provoca determinados efectos globales. Es decir: tenemos que ser conscientes de que nuestras acciones individuales, íntimas incluso, tienen una vida privada y una vida pública. Ducharse con agua caliente, tener hijos o conducir un coche es una acción privada. En un marco liberal, nadie debería pedirle cuentas a nadie por ello. ¿Qué pasa? Pues que si sumas todas las duchas calientes del mundo o todos los coches del mundo tienes un efecto global. Se convierte en un problema colectivo.

Entonces la pregunta sería: ¿podemos democratizar el Antropoceno?

Me lo pregunto constantemente. Existe un problema: la distancia entre magnitud del objeto –el cambio climático, por seguir con el mismo ejemplo– y la idea de unos individuos que deliberan y votan en su pequeño país. Por eso cualquier política climática debe ser geopolítica, global. Eso no quiere decir que las acciones locales no tengan importancia. La tienen. Pero es un asunto que requiere una perspectiva global. Y con esto vuelvo a tu pregunta anterior: someter a una votación ordinaria nuestras condiciones de supervivencia me parece una incongruencia.

El Antropoceno tiene dos dimensiones. La primera dimensión es la deseable; en qué sociedad queremos vivir refinando nuestras relaciones con el medio ambiente. La segunda dimensión es la indiscutible; qué sociedad necesitamos para sobrevivir. ¿Hay que cerrar la capa de ozono? Hay que cerrar la capa de ozono. ¿Podemos seguir utilizando los clorofluorocarbonos? No podemos seguir utilizando los clorofluorocarbonos. Así es como surge el Protocolo de Montreal, pensado para restringir un tipo de actividad que descubrimos en un momento dado que es dañina para el medio ambiente y que, además, compromete la habitabilidad del planeta.

El Protocolo de Montreal representaría, por tanto, la gobernanza global que defiendes. Sin embargo, lo establecido por el Protocolo de Montreal no sentó bien a todo el mundo.

Siempre habrá personas con intereses, o que sencillamente están acostumbradas a un modo de vida, que no toleran bien los cambios que les van a afectar en lo personal. Por eso protestan. Pero el tiempo ha dado la razón al Protocolo de Montreal. Lo que yo planteo es que tiene que haber una dimensión de la política climática sujeta a la gobernanza global; agencias medioambientales internacionales con representantes de los distintos gobiernos, por ejemplo, que aseguren que ciertos límites planetarios como la temperatura o la desertización no traspasan determinados umbrales. Una vez tengamos esos mínimos garantizados, podemos hablar de lo deseable. Es decir: podremos debatir sobre cómo queremos que sean nuestros entornos urbanos, qué queremos comer, cómo queremos que se trate a los animales que nos comemos, cuántos paisajes hay que preservar, cuánta naturaleza queremos conservar más allá de la que necesitamos conservar, etcétera. Pero sin supervivencia no hay deseabilidad que valga y por eso la voz de los expertos es fundamental. Y a veces ésta tendrá que comunicarse directamente con los organismos internacionales, al margen del debate público.

En el libro arrojas un dato curioso: dentro de unas décadas el 70% de la población mundial vivirá en ciudades. También dices, al respecto, que esto es una buena noticia para el planeta. ¿Qué lectura haces de la nostalgia hacia el mundo rural que parece recorrer la sociedad española?

La nostalgia por la vida en el campo, que muchos asocian a una vida más sencilla, es un clásico del pensamiento occidental y probablemente responda al subconsciente colectivo de una especie que viene de la sabana. Es, también, una expresión de nuestro disgusto ante las dificultades que presenta la vida urbana. Pero si tan bien se viviese en el campo, el campo no estaría quedándose sin gente. Esta contradicción me invita a pensar que estamos ante un anhelo más que ante una preferencia meditada. Por otra parte, yo siempre hago mucho énfasis en no asociar lo natural con lo natural-salvaje, o lo que los norteamericanos llaman wilderness. La naturaleza también se encuentra en las ciudades.

En Nueva York me sorprendió encontrar grupos de observadores de aves –birdwatching, como dicen allí– en Prospect Park, el parque gigantesco que tienen en el corazón de Brooklyn.

¡Y en el libro cito un paper sobre un grupo de observadores de aves en Filadelfia! Pero es que es verdad: si queremos seguir manteniendo la idea de naturaleza en nuestras vidas, y si queremos cuidarla, es necesario que no pensemos que la naturaleza se encuentra al margen de la sociedad. Lo que tenemos fuera de las ciudades será, en todo caso, naturaleza de otro tipo. El wilderness que comentaba antes.

Volviendo al despoblamiento del campo. ¿Es realmente tan positivo?

Abre ciertas oportunidades. Y es una gran noticia para aquellos ecólogos que defienden la necesidad de crear corredores continentales entre zonas naturales en los que no exista intervención del hombre; corredores que permitan a las especies vivir y transitar libremente. Edward Wilson, por ejemplo, sostiene que la mitad del planeta debería estar dedicado a este fin; no dice que haya que partir el globo en dos, sino que es menester crear una reserva natural cuya superficie equivalga a la mitad del planeta. Puede parecer una idea descabellada, pero no imposible dado el ritmo de urbanización al que vamos. El debate público va muy desencaminado: existe la impresión de que la humanidad no hace más que crecer cuando en realidad no es así. El otro día leí que Japón va a pasar de 126 millones de habitantes a 85 millones en los próximos 50 años. ¡El peak child! Esa reducción de la población y ese agrupamiento de seres humanos en contextos urbanos tiene virtudes ecológicas porque facilita la creación de espacios donde la naturaleza se recupera gracias a la ausencia del ser humano.

Termino. Argumentas que a más modernidad más posibilidades de que el Antropoceno resulte una buena época en lugar de una era plagada de catástrofes. ¿A qué te refieres con más modernidad?

Sobre todo, a la innovación tecnológica destinada a lidiar con asuntos climáticos. Lo que se conoce como “ingeniería del clima”, aunque personalmente no me sitúo en esa posición tan radical que argumenta que esa es la única opción capaz de contener y reducir el cambio climático. La tecnología es imprescindible, sobre todo aquellas iniciativas como la biomímesis –la imitación de determinados procesos naturales– que no caen en extravagancias como la de reducir nuestro tamaño para reducir, a su vez, nuestra huella ecológica. Pero no basta con la tecnología. Se requiere una perspectiva política, porque sin riqueza no vamos a ser sostenibles, y también el convencimiento de que no se puede entender el medio ambiente y la sociedad como figuras antagónicas, sino como parte del mismo entramado. El entramado socionatural.

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Pulp Fiction: La literatura de tapa blanda que inspiró a Quentin Tarantino

Beatriz García

Foto: IMDB

De Chandler a Hammett, pasando por Leigh Brackett y Fredric Brown, conocemos de la mano de grandes lectores de pulp fiction algunos de los autores imprescindibles del género negro cuyas obras fueron escritas para pagar las facturas y acabaron rompiendo moldes.

La mayoría de la gente pasa por la vida gastando la mitad de sus energías en proteger una dignidad que nunca ha tenido. No lo digo yo, lo escribe Raymond Chandler en ‘El largo adiós’, y aunque se me hayan caído las comillas nos viene como anillo al dedo para hablar de literatura pulp policiaca y de la soberbia con que tantas veces se trata al entretenimiento, cuando grandísimos escritores se curtieron escribiendo novelas de ‘duro’: los pioneros del ‘hard boiled’ como el propio Chandler, Jim Thompson o Dashiell Hammett, sin ir más lejos. E incluso el maestro Kurt Vonnegut emergió del pulp y, aunque lo suyo era la ciencia ficción, fue considerado por Gore Vidal como el peor escritor de Estados Unidos.

A pesar de que las etiquetas solo les sirvan a críticos y libreros, imponen ciertos límites y extienden prejuicios, creando una línea divisoria entre magistrales peñazos y las historias protagonizadas por detectives alcohólicos, femme fatales que fuman como carreteras, vorágines sexuales y drogas. Porque de eso iba un tanto el pulp policiaco, las historias que sirvieron de desarrollo al género y que nacieron en los años 20 y 30 del pasado siglo alrededor de Black Mask, la revista que inspiró en 1994 a Quentin Tarantino para crear ‘Pulp Fiction’. De hecho, cuando Raymond Chandler empezó a escribir lo hizo allí; tenía cuarenta y pocos años, acababa de perder un puesto como ejecutivo en una compañía petrolera y publicó una historia de chantajes, gánsteres y cartas de amor a la que siguieron muchísimas otras. Y Erle Stanley Gardner, el padre de Perry Mason, o Carroll John Daly, creador del arquetipo del detective cínico, duro y callejero.

‘Pulp Fiction’ via GIPHY

Para Antonio Padilla, traductor de numerosas novelas policiacas, escritores como Jim Thompson, autor de las imprescindibles ‘El asesino dentro de mí’ o ‘1.280 almas’, fueron injustamente catalogados de “novelistas para camioneros” antes de que, en el caso de Thompson, empezase a colaborar como guionista en películas de Kubrick (‘Atraco perfecto’, ‘Senderos de gloria’), y así lo explicaba a su paso por BCNegra’18. También Francisco González Ledesma, uno de los grandes del género negro en el estado español, escribió gran parte de su obra como autor de quiosco: Al menos unos mil bolsilibros, la mayoría westerns bajo el seudónimo de Silver Kane, que publicaba después de haber ser censurado durante la Dictadura por “pornógrafo” y “rojo”. Lo cual no quiere decir, como bien recordó el escritor argentino Kike Ferrari en la tertulia sobre ‘Pulp Fiction’ organizada al cierre de BCNegra, que ‘pulp’ sea sinónimo de calidad: “Estamos hablando de revistas en las que escribían miles de personas y solo nos quedamos con una decena que rompieron moldes”, resumía.

Porque no todo es pulp lo que reluce y existe vida más allá de Chandler y Hammett, hemos pedido a cuatro grandes lectores del género que nos recomienden lo que suele llamarse ‘mierda de la buena’:

1. Fredric Brown y las novelas de detectives ‘iniciáticas’

“Siento especial devoción por las novelas de Fredric Brown protagonizadas por Am y Ed Hunter, tío y sobrino que empiezan como detectives aficionados hasta acabar trabajando en su propia agencia.

Pese a ser más conocido por obras como ‘La noche a través del espejo’ o ‘El asesinato como diversión’, Brown imprimió a las novelas de los Hunter una magia que las hace únicas. Se pueden interpretar como “iniciáticas”, ya que en ‘La Trampa fabulosa’ (1947) Ed debe enfrentarse de golpe a la vida adulta cuando su padre es asesinado; la investigación junto a Am, su tío y hermano de la víctima, se convertirá en un auténtico rito de pasaje. La novela se publicó en la revista Mystery Book Magazine, en el ocaso de los pulps, cuando la literatura de género hacía su transición hacia formatos como los paperbacks o los digest y le valió al autor el premio Edgar a la mejor novela de debut.

A esta la siguió ‘La viva imagen’, mi favorita, donde ambos personajes trabajan como feriantes en una feria itinerante y deben resolver varios asesinatos. Brown se recrea en una ambiente entre lo fabuloso y lo grotesco y Ed iniciará su educación sentimental.
A partir de la tercera, ‘Plenilunio sangriento’, hasta la séptima y última novela de la serie, ambos trabajan como detectives privados en Chicago. En ellas, Brown juega a introducir lo anómalo y maravilloso en las tramas, cuando abre la posibilidad de que hombres-lobo, “mad doctors” o extraterrestres estén detrás de los crímenes”. –José Luís González Martín.

Pulp Fiction: La literatura de tapa blanda que inspiró a Quentin Tarantino 1
Las novelas de Brown están protagonizadas por Am y Ed Hunter, tío y sobrino que pasan de detectives aficionados a dirigir su propia agencia.

2. Historias y autores que no deberían desaparecer NUNCA

“Tengo muy claro que el autor de pulp noir que recomendaría sin pensarlo sería Samuel Dashiell Hammett, no solo por tratarse de una figura seminal en el género, -dado que sus cuentos sobre el operativo sin nombre de la Agencia Continental de Detectives consolidaron el género más allá de toda duda-, sino porque su obra, además de ser adelantada a su tiempo, no ha perdido un ápice de frescura y aún hoy se lee con deleite.

Hammett propició el auge del género negro desde las páginas de la revista pulp Black Mask, cosechando un éxito tal que el editor “animaba” al resto de los autores a que escribieran como él. Pero dejando aparte sus creaciones posteriores, como Nick Charles o Sam Spade, el anónimo operativo de la Continental tiene algunas de las mejores piezas cortas que se hayan escrito jamás en ese subgénero que el hard boiled o género negro.

Hammett no hablaba de oídas; había trabajado en la Pinkerton y sabía de primera mano que aquellos que están del lado de la ley no tienen por qué ser “los buenos”, y que los que la infringían no tenían, tampoco, por qué ser unos malvados villanos, ni muchísimo menos. ‘Cosecha Roja’, de la que existen numerosas ediciones, es un claro ejemplo de ello (en realidad se trata de los cuatro cuentos publicados en Black Mask que se desarrollaban en la pequeña ciudad de Personville, amalgamados para formar una unidad narrativa), pero siempre he sentido un especial cariño hacia otras piezas menos conocidas del ‘Continental Op’ como ‘El gran golpe’ (Black Mask, febrero de 1927), ‘Dinero Sangriento’ (Black Mask, Mayo de 1927), o ‘Cinco chinas muertas’ (Black Mask, noviembre de 1925). Las dos primeras forman los que muchos estudiosos han considerado la primera novela de Hammett y no solo muestran algunas de las mejores características de la ficción pulp, como la tremenda agilidad narrativa que hace que el lector se beba, literalmente, la historia, sino que también ofrece algunas de las mejores cualidades del mejor Hammett”.

“Uno de los aspectos de la ficción pulp que más enerva a los que adoramos el material que se publicó en esas revistas de papel malo es, precisamente, la cantidad de autores y sagas que están a punto de desaparecer en el olvido, que, literalmente, “no existen”, porque la sesuda crítica no las consideró en su momento lo bastante buenas.

Y aunque se supone que los lectores deberíamos mostrarnos agradecidos por el hecho de que ciertas editoriales hayan elegido por nosotros qué es lo mejor de lo mejor, no podemos dejar de lamentar lo difícil que resulta encontrar obras en nuestro idioma de gente como Paul Cain (no confundir con James M.), Raoul Whitfield, Lester Dent o Carroll John Daly. Este último inició, literalmente, el género negro, en las páginas de Black Mask, anticipándose en unos meses al propio Hammett e instauró lo que acabarían siendo todos los tópicos del género. Es cierto que carece del calado literario de Hammett, con el que compartió páginas en Black Mask, junto con Erle Stanley Gardner (antes de crear al abogado fullero Perry Mason y cambiar de público y de estilo).

De hecho, ellos tres fueron las estrellas de la revista, al menos hasta que se fue Hammett y entró Chandler, y hasta que todos ellos abandonaron Black Mask para mudarse a la Dime Detective Magazine, que les pagaba más. Pero mientras que en EEUU no resulta tan complicado encontrar recopilaciones de cuentos de Daly, Dent o Gardner (nos referimos a sus cuentos sobre Ed Jenkins publicados en Black Mask, muy al estilo de Hammett), resulta casi imposible encontrar algo de estos autores en castellano, como no sea en alguna que otra antología, como ‘Detective privado’ de Bruguera y similares. Y Carroll John Daly es un autor a reivindicar. Su saga de Race Williams resulta tremendamente divertida y ejerció una tremenda influencia en el género”.

'Pulp' policiaco: Los libros que compraste por dos duros pero valen un imperio 2
La legendaria revista Black Mask, pionera del pulp.

Es cierto que, a diferencia de Hammett, Daly narraba de oídas (en una ocasión se compró una pistola automática, para saber lo que se sentía sosteniéndola, y fue detenido por la policía, porque además se perdió regresando a su casa desde la redacción de Black Mask, algo que solía sucederle a menudo, dado que era un auténtico desastre), y también es cierto que no escribía tan bien como Hammett y que incluso algunas de sus historias pueden llegar a resultar paródicas del género, sin pretenderlo. Pero su importancia es capital.

Resulta curioso que el propio Mickey Spillane reconociera públicamente a su Race Williams como una inspiración (un halago que le valió una demanda por plagio por parte del agente literario de Daly, que por cierto fue enérgicamente retirada por el propio autor; a fin de cuentas Daly llevaba décadas siendo ninguneado por la crítica y declaró estar encantado ante los comentarios de Spillane).

Por desgracia, no es fácil encontrar obras de Daly en nuestro idioma, pero es cuestión de tiempo que alguna editorial se fije en ellas. Los lectores lo agradecerán, pues la diversión está asegurada”. – Javier Jiménez Barco (traductor de pulp y editor de la revista ‘Barsoom’).

3. Una vuelta de tuerca al ‘pulp noir’

“Lo más relevante, en el caso de Leigh Brackett, es cómo toma todos los elementos del ‘pulp noir’ de Hammet y Chandler y los reconfigura desde una perspectiva muy fresca, dándoles un giro a todos los tópicos del género (femme fatales, detectives decadentes, familias corruptas…). Sin duda, los diálogos son geniales, lapidarios e hilarantes y gracias a ellos Howard Hawks quiso a Brackett como guionista de ‘El Sueño eterno’.

También ‘Esta es mi historia’, de Frank McFair, es una de esas joyas del bolsilibro que merecen reivindicarse. Es la historia en primera persona de un personaje al margen de la ley, que no tiene nada que envidiar a la narrativa de Jim Thompson. Moralmente ambigua, llena de acción uy con un toque melancólico que nos deja un poco excelente. Francisco Cortés Rubio (nombre real de McFair) merece una retrospectiva como parte de lo mejor que ha dado el pulp patrio junto a Silver Kane o Curtis Garland”. – Miguel Ángel Wolfville, editor de GasMask Editores.

'Pulp' policiaco: Los libros que compraste por dos duros pero valen un imperio 1
Francisco González Ledesma aka Silver Kane (y muchos otros). Imagen: Bruguera

4. Extremo e híbrido de otros géneros

“Me cuesta escoger una obra de ‘pulp’ más policiaco, pero a mí me gusta mucho el Shudder Pulp, que es un tipo de pulp más extremo y lleno de sexo y violencia. Es un precursor casi directo del terror setentero, el gore, el giallo e incluso del bizarro y para catarlo recomiendo ‘Los hombres topo quieren tus ojos y otros relatos sangrientos de la Era Dorada del Pulp’ (Ed. Valdemar), que tiene un prólogo maravilloso de Jesús Palacios”. -Hugo Camacho, editor de Orciny Press.

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David Lizoain: "Garantizar nuestras democracias pasa por democratizar nuestras economías"

Antonio García Maldonado

Foto: Carola Melguizo
The Objective

No sobran los vaticinios funestos en medios y libros como para acercarse con alegría a un ensayo que lleva por título El fin del Primer Mundo. No obstante, el nombre tiene más de advertencia por el futuro próximo si persisten problemas como la desigualdad, la precarización o la degradación medioambiental, que de diagnóstico fatalista del presente. Este ensayo es un análisis político de la realidad que funciona también como advertencia y llamada a la acción, en este caso desde una indisimulada posición socialdemócrata alejada de una Tercera Vía que define como “una nostalgia que la socialdemocracia no se puede permitir”.  

Su autor, David Lizoain Bennet (Toronto, Canadá, 1982), se define como un economista “español vasco-judío-canadiense”. Ha estudiado en Harvard y en la London School of Economics, pasó su infancia en Canadá y ha vivido en Francia. Aunque reside en Madrid, antes lo hizo en Barcelona, por lo que si algo podemos concluir es que difícilmente su análisis pecará de localismo, tanto en su visión del mundo como de los problemas internos de España. Las comparaciones entre sus distintos lugares de residencia son constantes y su conclusión es clara: aunque con matices, el Primer Mundo está en peligro en su conjunto y por razones económicas, laborales, políticas, sociales y medioambientales similares. Problemas a los urge, según Lizoain, dar respuesta con un mayor y mejor reparto de la riqueza y de las cargas.

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Imagen vía Catarata Editores.

Escribe que “El espíritu de la época lo marcaba el optimismo”. ¿Por qué ya no es así? ¿Hay razones para tanto malestar? Muchos contraponen datos de mejoras objetivos en series históricas más amplias y, en cambio, su libro habla nada menos que del fin del Primer Mundo y sus certezas.

En Estados Unidos, los atentados de las Torres Gemelas pincharon una burbuja de seguridad y prosperidad que se asociaba con los años finales de la década de los 90. La deriva posterior de la Guerra en Irak también lastró la autoestima y la confianza del país. Pero para mí lo más relevante, porque también pasa en Europa, fue la Gran Recesión y los años posteriores de estancamiento económico y de pérdida de protección social. Si comparamos la Atenas de ahora con la Atenas de Pericles, pues es muy fácil decir que se vive mucho mejor. Pero si la comparamos con la Atenas de los juegos olímpicos de 2004, pues el país es más pobre que hace más de una década y no creo que haya mejorado la calidad democrática desde entonces. Grecia representa un caso extremo pero también sirve de advertencia para todos los demás países supuestamente ricos.

Cita a un asesor de Donald Trump que dijo que “el capitalismo es mucho más importante que la democracia”. Esto, que antes era algo que tenían China o Rusia, ya lo piensan gran parte de los ciudadanos de las democracias occidentales. La democracia necesita ser eficiente para sobrevivir. ¿Tiene tan claro que el futuro de occidente a largo plazo es democrático?

Creo que el futuro de nuestras democracias va ligado a la capacidad de nuestro modelo económico de satisfacer nuestras expectativas materiales. Si miramos el futuro, se puede observar que el modelo actual es insostenible, al menos en sus fundamentos energéticos. Si no se lleva a cabo una transición energética para descarbonizar nuestras economías, nos veremos abocados a unos escenarios de cambio climático muy indeseables. A mi juicio, garantizar nuestras democracias pasa por democratizar nuestras economías, sobre todo para abordar ese reto del cambio climático. Si no se hace, veo bastante factible un proyecto de eco-apartheid que combine la desregulación de los mercados con un control muy rígido sobre las fronteras y las sociedades.

Dice que “la acumulación de riqueza amenaza con arrollar nuestra capacidad compartida para el control democrático”. La desigualdad parece insostenible, y así lo consignan casi todos los análisis. Sin embargo, no parece que la dinámica fiscal en el mundo (rebajas generalizadas de impuestos a ricos y empresas grandes, competencia fiscal desleal, etc.), vaya en esa dirección.

La primavera árabe se inicia a finales de 2010, en la primavera del 2011 aparece el 15-M en España, y en el otoño del 2011 el movimiento Occupy se instala en Wall Street. Cuando Thomas Piketty publica El capital en el Siglo XXI unos años más tarde, por una parte está constatando rigurosamente unas ideas ya muy extendidas: está aumentando la desigualdad y esto es peligroso para nuestras democracias. Pero si se titula “en el Siglo XXI” es porque también nos advierte que esta tendencia irá a peor si no se toman unas medidas contundentes para limitar la concentración de la riqueza. Será cada vez más relevante la brecha política entre quienes quieren luchar en contra de la desigualdad y los que no. 

Si no le entiendo mal, la desigualdad no se explica por la irrupción tecnológica, sino por una respuesta ideológica e interesada a la misma. 

Al hacerse más palpable esa desigualdad creciente, también se hace más urgente el debate sobre sus causas, sean la tecnología, la globalización, la inmigración, etc. El capitalismo y la destrucción creativa de la que hablaba Schumpeter van de la mano, y que haya ganadores y perdedores es intrínseco al funcionamiento de una economía de mercado. Pero lo determinante es cómo se abordan estos choques constantes para repartir las ganancias y las perdidas. Las economías nórdicas son de las más abiertas a la globalización porque son las más socialdemócratas. Garantizar una buena red de seguridad es la mejor manera de asegurar que los grandes cambios se puedan vivir como una oportunidad y no simplemente como una amenaza.

¿Cómo debería financiarse esa solidaridad y en qué prioridades debería reflejarse? 

En nuestras sociedades crece la precariedad y la polarización, y ya no se puede dar por hecho ni los buenos salarios ni la permanencia de las protecciones sociales. La inseguridad económica genera un caldo de cultivo para mensajes insolidarios, racistas, ultra-nacionalistas, etc. El reto principal, y lo que debería ser la piedra angular de nuestro contrato social, es garantizar la seguridad económica universal. En un país como España, eso supone un mayor gasto social financiado mediante una mayor recaudación de impuestos. Señalaría un par de prioridades: unas buenas políticas familiares –por ejemplo de infancia, de cuidado al largo plazo– y un mayor gasto en la economía verde y la transición energética. 

Las empresas financieras y las multinacionales funcionan con lo mejor de ambos mundos: marcos legales nacionales garantistas y más propicios para contratar barato, y con marcos globales para sus diseños fiscales, financieros y contables. Siendo así, ¿cómo confiar en que es posible llevar a cabo medidas fiscales como las que apunta? Es decir, subir impuestos. 

Sería pecar de ingenuidad pretender financiar un estado de bienestar avanzado exclusivamente a través de subidas de impuestos a los ricos, lo cual no quiere decir que eso no debería formar parte de cualquier reforma fiscal progresista. Sabemos que es más fácil subir los impuestos sobre los factores de producción que difícilmente se pueden mover – en este caso el trabajo y el suelo– que sobre el capital. Pero una parte cada vez mayor de la riqueza es inmobiliaria, así que un nuevo marco fiscal para el suelo es un tema urgente. A la hora de gravar los capitales más líquidos, necesitamos buscar respuestas transnacionales (europeas en nuestro caso, para empezar). En esta materia, que es fundamental para la lucha contra la desigualdad, podemos percibir claramente las limitaciones intrínsecas de cualquier proyecto soberanista.

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David Lizoain en visita a The Objective. | Foto: Carola Melguizo.

“Un sector financiero hipertrofiado es un lastre para el resto de la economía. Las finanzas son como las tuberías, que sean necesarias no justifica que se ponga un baño en cada habitación de la casa”. Dice que hay que volver a un marco nacional para las finanzas. Esto suena aún menos realizable.

Más bien lo que digo es que hay que acabar con el tabú en contra de los controles de capital. En nuestro caso, el marco no sería nacional sino más bien europeo. Pero como sabemos que el capital tiene la tendencia de desplazarse para buscar el trato fiscal más favorable, no tenemos porque descartar que se hagan más complicados esos movimientos. Hasta el FMI empieza a razonar en este sentido. Esto supondría una herramienta más en la lucha contra los paraísos fiscales .

En cuanto a las propuestas para afrontar retos como la desigualdad, el cambio climático o la cohesión social, habla de una coalición progresista que unas minorías en pos de un objetivo común. ¿Quién debería conformar esa colación? Algunos científicos sociales opinan que esta estrategia ha llevado a disgregar el voto progresista. Se le afeó a la campaña de Hillary Clinton. Corbyn, en cambio, ha vuelto a un relato más clásico y las encuestas le sonríen. 

Tratar como incompatibles las luchas por el reconocimiento y la lucha por la redistribución es a mi juicio un error analítico que se convierte en un error catastrófico a la hora de elaborar estrategias políticas. El reconocimiento y la redistribución van de la mano. A Zapatero se le tacha de haberse centrado en temas supuestamente simbólicos; pero que todo el mundo se pueda beneficiar de los incentivos fiscales asociados al matrimonio es una cuestión económica. El derecho de visitar a tu pareja en el hospital, o el derecho de disponer sobre tu propio cuerpo son temas radicalmente concretos y no simbólicos. La existencia de unas brechas salariales de género, o de jerarquías raciales dentro de los mercados laborales, o de un muro invisible de los jóvenes, deberían servir para recordarnos constantemente de lo plural que será, por necesidad, cualquiera coalición que defienda una mayor redistribución de los recursos y del poder. 

De su libro se infiere que no tiene la mejor opinión de la Tercera Vía para que el centro-izquierda recupere el poder. Desde algunos ámbitos del centro-izquierda muchos reclaman la necesidad de un “centro radical”, a la Macron. 

La Gran Recesión pilló por sorpresa a la Tercera Vía y sus equivalentes. El centro-izquierda se volvió excesivamente complaciente ante el funcionamiento del capitalismo financiero. Y como no acertó entonces en su análisis, no nos debería sorprender que le esté costando recapacitar. Si los partidos socialdemócratas se encuentran en horas bajas en términos electorales, es más bien por su inercia, no por la audacia de su reconstrucción. Que ahora unos partidos con un ADN más conservador reclamen ser los auténticos herederos de la Tercera Vía tiene su gracia, pero también su parte de razón. Representan la continuación de su matriz neoliberal. Si miras la base electoral de Macron, no tiene nada que ver con la base electoral de un partido clásico de izquierdas, lo cual es lógico porque su proyecto defiende otros intereses económicos. La socialdemocracia no puede permitirse el lujo de instalarse en la nostalgia por las recetas de la Tercera Vía, porque a quienes pretende representar han sido los grandes damnificados de esta crisis, que no es ajena a las políticas de la Tercera Vía.

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