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Carlos Mayoral, reinvidicando la Generación del '98

Anna Maria Iglesia

Foto: Círculo de Tiza

Si tienen twitter, Carlos Mayoral no les será desconocido. Aunque el nombre no les sea familiar, su apodo tuitero lo reconocerán de inmediato: La voz de Larra. Tras este apodo, indicador claro de las debilidades de su dueño, se esconde Carlos Mayoral, un lector voraz de clásicos y un amante empedernido de la literatura y el pensamiento de la Generación del ’98. Colaborador de medios como The Objective, Mayoral acaba de publicar Empiezo a creer que todo es mentira, un recorrido a través de los clásicos que ha influido en su formación. De Cervantes hasta Borges o Ana María Matute, Mayoral rinde homenaje a los escritores cuyos textos, a pesar del tiempo transcurrido, siguen interpelándole, demostrando aquello que decía Calvino: un clásico es un libro que nunca deja de leerse.

¿Cómo nace la idea de escribir un libro como Empiezo a creer que todo es mentira?

Es muy difícil decir en qué momento surge la idea de este libro, pues creo que la idea ha ido fraguándose dentro de mí a lo largo de los años, pero sí puedo decir que el libro tiene que ver con el trato bastante injusto que se da a los clásicos. Yo, que ahora estoy más en contacto con el mundo cultural, me doy cuenta de que, si bien te encuentras con personas muy cultas, no son pocas las veces en las que, al aludir a dioses de la literatura hispánica, te das cuenta de que gente muy culta no sólo los desconoce, sino que no tiene el más mínimo interés en acercarse a ella. Este rechazo me provoca mucha antipatía.

¿Has encontrado alguna explicación para ello?

Creo que la clave está, principalmente, en la educación y en cómo nos han inculcado el amor por los clásicos durante los años de estudio. Es evidente que el sistema educativo nos ha conducido muy mal hacia los clásicos. Y, precisamente por esto, ante esta situación, a mí me gustaría ser un poco justiciero y devolver a los clásicos el lugar que merecen y, sobre todo, inscribirles en un plano contemporáneo, demostrando así que los clásicos no son anacrónicos. Unamuno es tan actual o más que cualquier escritor contemporáneo y podemos irnos aún más atrás: en el barroco te encuentras autores literariamente perfectamente actuales. Con Empiezo a creer que todo es mentira quería demostrar la contemporaneidad a los clásicos, porque estoy convencido de que los clásicos pueden ser tan actuales como Murakami o James Rhodes. En definitiva, a través de mi libro quería dar a los clásicos un halo de modernidad que no siempre se les reconoce.

Decía Calvino que un clásico es un libro que nunca se deje de leer, pero ¿Qué es un clásico para Carlos Mayoral?

Un clásico es un discurso atemporal, un discurso que sirve hoy como servirá mañana y como servía ayer. Para un clásico, el tiempo no es lo importante, por ello es tan clásico y tan contemporáneo un autor greco-latino como lo es Borges. No hay que sorprenderse ante la posibilidad de considerar actuales algunos textos greco-latinos, en concreto los diálogos de Platón. El clásico, por tanto, es un discurso que escapa del tiempo y que sirve como respuesta a preguntas que son siempre son las mismas. Lo decía precisamente el otro día Juan Cruz: las preguntas están ya toda hechas. Y un clásico es una respuesta a estas preguntas

¿Las preguntas, como los temas literarios -el amor, la muerte, el tiempo…- son siempre las mismas?

Totalmente. A mí el tiempo me obsesiona muchísimo y lo utilizo, incluso, en los pequeños textos: dejo pasar tiempo en el momento de escribirlos para que entre el principio y el final se establezca una perspectiva temporal. Las preguntas que nos planteamos son siempre las mismas, de la misma manera que el amor y la muerte son los grandes temas de siempre de la literatura.  Esta dualidad, eros y tanatos, está presente desde el mundo latino hasta ahora.

Carlos Mayoral, reinvidicando la Generación del '98
Portada del libro de Mayoral editado por Círculo de Tiza.

Estamos hablando de clásicos, pero si hay una literatura que ocupa gran parte de tu atención es la literatura de la Generación del ’98.

Sí, es así, porque los autores de la Generación del ’98 cumplen perfectamente con ese requisito propio de los clásicos: son grandes contestadores de preguntas que siempre están ahí. Hace poco leía Castilla de Azorín y creo que es el mejor libro de cuentos que he leído jamás, mejor incluso a cualquier libro de relatos de los autores hispanoamericanos, que son unos maestros del género breve. Nunca he leído un libro de cuentos como Castilla de Azorín y su libro es la clara demostración de que los clásicos, porque Azorín es un clásico, están denostados.

Muy contundente en tus palabras

Es así, si ahora pones un libro de Azorín sobre la mesa la gente se desmaya cuando Azorín es un autor ligero, sencillo y moderno en el sentido amplio de la palabra. Asimismo, Castilla es la prueba de la majestuosidad del ’98, una generación que trató de contestar a grandes preguntas a través del cuento, de la poesía, de la sátira, piensa en Valle-Inclán, y del ensayo a través de autores como Unamuno o Ortega y Gasset. Por ello, cuando contraponen a la generación del ’98 la del ’14 o la del ’27, digo que ninguna de estas dos se acerca a la primera, porque los autores del ’98 consiguieron proponer una obra y un pensamiento incomparablemente amplio. Y este es el motivo por el cual siempre que puedo aludo a los autores de la generación del ’98.

Dejando de lado Antonio Machado, puede que lo que sucede es que haya autores y obras del ’98 que hayan envejecido mal. Pienso, por ejemplo, Jacinto Benavente e, incluso, el libro La deshumanización del arte de Ortega y Gasset

No estoy muy de acuerdo, yo tengo la sensación de que lo que ha envejecido mal es lo que siguió al’98 y que desafortunadamente acabó comiéndoselo. En este sentido, creo lo que ha envejecido mal es el surrealismo. El Lorca surrealista, que en su momento se impuso en parte a la poesía ’98 y arrinconó a Juan Ramón Jiménez, ha envejecido bastante mal, es decir, el Lorca de Poeta en Nueva York ha envejecido bastante más que el Lorca de los Sonetos del amor Oscuro o de Romancero Gitano. Son las vanguardias las que están envejeciendo, no el ’98. Basta leer a Ángel González, José Hierro o a Luis García Montero para darse cuenta que tras su poesía está Antonio Machado. Y lo mismo sucede con Unamuno y con Ortega, que siguen siendo autores esenciales en la actualidad y muy vigentes: Unamuno influye muchísimo en Ortega y el pensamiento y la filosofía de hoy no la podemos pensar sin Ortega.


Personalmente, diría que Ortega quedó sepultado, puede que no del todo, pero si en gran parte, por Heidegger y que la filosofía de la segunda mitad del XX estuvo más influenciada por la Escuela de Frankfurt, el neo-marxismo o el pensamiento francés a partir de los sesenta.

Una cosa no quita la otra. Fíjate que hay mucho Heidegger en Ortega y mucho Ortega en Heidegger, están interconectados, por mucho que sean rivales. Hay una frase que dice que Ortega y Gasset enseñó a pensar en castellano. Independientemente de que se esté de acuerdo con sus ideas o no e independientemente de que el último Ortega, ya apagado por la dictadura, sea infumable, creo que la manera que tiene de entender el conocimiento y de transmitirlo fue fundamental para los filósofos que le siguieron, empezando por Julián Marías, Marina y demás. Hay que decir que Ortega era un excepcional prosista que sabía transmitir sus reflexiones de forma excepcional.  Todos los filósofos españoles de la segunda mitad del siglo XX y los contemporáneos beben de Ortega. Y, dicho esto, vuelvo a lo de antes: no existiría Ortega sin Unamuno, que están en todo. En fin, para volver a tu pregunta, no creo que ni Ortega ni Unamuno ni tampoco los otros componentes de la Generación del ’98 sean autores que hayan envejecido mal.

Tengo bastantes dudas de que se pueda hablar de filósofos españoles tras la segunda mitad del XX. En todo caso hablaría de profesores o historiadores de filosofía. Y destacaría como última gran filósofa a María Zambrano, la única que con su “razón poética” creó un sistema de pensamiento.

Pues para contestar a tu observación, vuelvo a recurrir a Unamuno, que decía: en España, la razón y la ciencia, que son los dos grandes ejes de la filosofía, no han funcionado, sin embargo, siempre hubo una puerta trasera para llegar a la filosofía y esta puerta es la mística. Cuando Unamuno habla de mística no debemos pensar solamente en la mística religiosa de San Juan de la Cruz, sino en la creación artística en general. Para Unamuno, la mística no tenía que ver con la razón, pero sí con el arte y con la literatura, las dos expresiones que permitían llegar al conocimiento. España carece, por tanto, de una tradición filosófica si pensamos la filosofía como el arte de la razón, pero sí encontramos mucha filosofía en grandes textos literarios e, incluso, periodísticos. No hay que olvidar que tanto Unamuno como Ortega escriben en periódicos.

En este sentido, a quien reivindicaría es el Antonio Machado prosista.

Claro, el Mairena es filosofía pura, pero planteada narrativamente. Parece que la cultura hispánica no puede separarse de la narración para pensar y creo que no es algo a desdeñar. Cuando Ortega le espetaba a Unamuno que en España hubiéramos sido incapaces de inventar la luz, Unamuno le contestaba: sí, pero la luz luce aquí como allá donde se inventó. Ojalá El Quijote luzca en otros lugares igual que aquí.

Volviendo a tu libro, hay que decir que tiene un gran poso autobiográfico, ante todo porque es a través de un supuesto yo autobiográfico que te acercas a los autores.

Sí, porque el libro es una radiografía de un lector. Esa primera persona, que no sé si mira a la literatura con mis mismas pupilas, lo que hace es radiografiar sus lecturas y refleja la importancia que han tenido esos autores y esos textos en su vida. Es a partir de la experiencia lectora que yo escribo los textos sobre los autores allí reunidos y, precisamente por ello, por partir de la experiencia lectora, los textos tienen tonos distintos. Por ejemplo, soy bastante lírico en el texto que dedico a buscar un verbo para hablar del asesinato de Lorca; necesitaba forzosamente un tono lírico y solemne, todo lo contrario de lo que necesitaba para escribir sobre Nada de Carmen Laforet. En este texto, utilizo un tono más jocoso. El tono de la escritura es el tono de mi lectura, es decir, el tono que me exige la lectura de esos textos.

En el capítulo dedicado a Lorca, cuestionas el uso de término “asesinato”, “muerte” o “ejecución” para referirte a su asesinato, alegando que su obra pervive. Sin embargo, ¿No es algo peligroso cuestionar dichos términos? Si bien es cierto que su obra pervive, Lorca sigue siendo víctima de una ejecución.

En este capítulo hay una crítica soterrada a ciertos planteamientos que no comparto. Me ha ocurrido, en más de una ocasión, de escribir sobre la obra de autores como Lorca, Miguel Hernández o Machado y de encontrarme con lectores que me han reprochado por no hablar de lo que fue de ellos. Me pasó recientemente en el aniversario de Lorca: escribí sobre su obra y un lector me señaló que no podíamos olvidar que había sido asesinado por unos fascistas. Está bien, pero si hablamos de su obra hablamos de su obra y no de su vida. Su obra está muy por encima de todo esto. Por tanto, el capítulo que le dedicó a Lorca nace de la constatación de que de tanto buscar el verbo con el cual describir cómo murió Lorca perdemos lo que realmente importa, su obra y su legado. De ahí que me pregunte hasta qué punto podemos decir que Lorca fue asesinado, hasta qué punto su muerte agrandó su figura y hasta qué punto Lorca sigue vivo en cuanto su legado perdura.

Puede que no diga nada de su obra, pero el uso del verbo importa, porque cuenta o deja de contar lo que pasó. Si hay libros de texto que no dicen que Lorca fue ejecutado es porque no les interesa contar la historia de este país tal y como fue.

Indudablemente. Es una vergüenza lo que se está haciendo con la educación en este país. He leído que en un libro de texto decía: “Antonio Machado se fue de España y murió en Francia”. La historia tiene que conocerse y a partir de ella reflexionar, pero lo que no podemos hacer es que la historia se imponga al arte, porque entonces estaríamos siendo injustos, ante todo, con los escritores y creadores. No me cabe la menor duda de que Lorca no quiere ser recordado por esa escena -lo voy a decir, aunque suene mal- tan humillante que vivió poco antes de ser fusilado: Lorca fue golpeado por un fusil al grito de ‘maricón’. Estoy seguro de que él no querría ser recordado por esto, sino por su arte, por su Romancero Gitano, por su Poeta en Nueva York…. Dicho esto, estoy de acuerdo contigo: la historia debe conocerse, debe saberse qué paso realmente, eso sí, siempre y cuando la historia no se anteponga al arte.

A propósito de no anteponer la historia al arte, tu aproximación a los textos literarios es bastante biográfica. ¿La vida de los escritores, para ti, es muy importante?

Sí, mucho. En la facultad de filología, ha habido una línea de estudio que proponía pasar por alto la biografía e ir directamente a la obra. Sin embargo, yo creo que las biografías de los autores completan la lectura de sus obras. Indudablemente alguien puede acercarse hoy día a El Quijote, la mayor obra que jamás se haya escrito, sin necesidad de saber quién era Cervantes ni en qué contexto histórico fue escrito. Sin embargo, si conoces la vida de Cervantes, tu lectura de El Quijote se completa, porque, al final, la vida del escritor siempre está presente en la obra, nos guste o no. Yo he escrito un par de libros y puedo decir que cuando escribo me dejo influir por mis vivencias y por mi contexto. Por tanto, hay un punto en el que la biografía del autor y su obra se tocan.

La crítica estructuralista y post-estructuralista te advertiría que la escritura convierte al yo en otro, es decir, que el “yo” narrativo es un “yo” ficcional. ¿Con una lectura biografista no corres el riesgo de leer la obra de un autor solo en base a su vida?

Probablemente, pero es hay que tener en cuenta que la relación entre la vida del autor, la obra y el lector es muy personal y subjetiva. Y esto lo digo pensando en mi propia experiencia personal. Yo leí El Quijote antes de entrar en filología y lo volví a leer después y esas dos lecturas fueron distintas; la segunda vez, El Quijote adquirió para mí una dimensión que no tenía antes. Siempre digo que las lecturas deben llegar en su momento apropiado y con cada lectura nos relacionamos de forma diferente, dependiendo de cuándo la leemos y en qué circunstancias. Tú eres amante total de Vila-Matas, a quien yo leí muy mal. Ahora es un escritor a quien hoy adoro, sin embargo, si me hubieras preguntado por él hace algunos años no te hubiera dicho lo mismo, porque mi relación con su obra era pésima. La capacidad intelectual que te lleva, con el tiempo, a comprender ciertos autores se completa con las biografías. Aunque, tienes razón, hay que saber dónde empieza la obra y dónde se acaba y, por esto, es importante conocer el punto en el que se tocan.

Tú que has reivindicado la figura de Javier Marías y de Vargas Llosa, ¿cómo interfieren sus opiniones en esa relación, a la que apelas, entre lector, obra y escritor?

Todas las personas que están, de una manera u otra, expuestas al público tiene que tener presente esta interferencia. De todas maneras, basta leer dos o tres párrafos de Javier Marías para darte cuenta de que estás delante de un narrador diferente, que estás ante alguien que eleva el arte de la escritura. Y esto está ahí y me da igual lo que luego escriba en otra parte, me es indiferente lo que opine o no. Ahora bien, es normal que las columnas puedan interferir en la relación que instaure un lector con sus obras y, por tanto, la relación que pueda instaurar el lector que por primera vez a Corazón tan blanco de Marías o a La ciudad y los perros de Vargas Llosa estará sin duda marcada por los artículos y las opiniones de los dos autores.

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Mark Hagland: “Los hijos racializados con padres adoptivos blancos no somos víctimas”

Beatriz García

Foto: Diana Rangel
The Objective

Tengo 57 años y pertenezco a la primera ola de adopciones de niños de Corea del Sur de los años sesenta en Estados Unidos. Crecí junto a mi hermano gemelo en una cariñosa familia norteamericana, pero siempre me sentí un alienígena entre blancos. Ahora me dedico a ayudar a padres adoptivos y a sus hijos racializados a vivir en el amor y la diversidad. He sido invitado por la Asociación Antirracista de Madres con Hijxs Negros de Barcelona para compartir mi historia con ellos.

Pasó la niñez en el Iowa de los años sesenta. Nunca he estado allí, pero imagino que no debía ser el lugar más cosmopolita del mundo…

Mis padres eran de ascendencia alemana y noruega y crecí rodeado de blancos totales. Nadie creía que fuéramos una familia y la gente nos señalaba con el dedo y preguntaba: “¿De quién son esos niños?”.  Y mi madre contestaba: “Nuestros”.

Eso me hizo vivir siempre acomplejado por mi imagen física y a mis 57 años ha mejorado. Es fatal crecer odiándote y sentirte alienado, he pasado décadas trabajando la imagen que tengo de mí mismo y por eso me gusta compartir las experiencias que he vivido para apoyar a mis hermanos transraciales y a sus padres. No quiero que sus hijos pasen por lo que yo pasé.

Crecer con un gran sentimiento de aislamiento y rechazo me dio más cosas. Y eso me llevó a querer conocer otras culturas y formas de ser y me hice periodista. Tuve que mudarme a Chicago y aunque al principio pasé miedo, porque te genera mucha inseguridad no conocer a tu raza de origen, disfruté de la diversidad.

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Mark Hagland, Periodista y activista antirracista | Imagen vía The Objective/Diana Rangel

En sus charlas habla mucho de la carga narrativa. ¿A qué se refiere?

Las personas racializadas se ven en la obligación de tener que explicar su historia personal a los otros, porque constantemente les preguntan de dónde son. Es agotador y forma los parámetros de nuestra vida y la imagen que tenemos de nosotros mismos. Y también están las burlas…

Por eso es importante que los niños crezcan en un ambiente lo más abierto y diverso posible, con espejos raciales y una gran diversidad de personas, y que aprendan lo máximo posible sobre el racismo sistémico y el privilegio del blanco.

¿El privilegio del blanco?

Sí, es difícil que los blancos comprendan este punto, hay que experimentarlo. Los adoptados transraciales no somos víctimas y vivimos vidas ricas, con miles de capas. Somos cebollas gigantes. Los podres deben entender que, como blancos, viven en una situación de privilegio respecto a sus hijos y cuando descubren el racismo se vienen abajo. Intentan protegerles, pero les transmiten miedos y fantasmas y lo que deberían hacer es no obsesionarse y compartir con sus hijos la historia y los orígenes del lugar donde nacieron.

Yo tengo una hija multirracial de 16 años y desde los cuatro he tratado con ella la complejidad de la identidad. Ahora se siente orgullosa de sus identidades múltiples y espacios en el mundo. No es suficiente tener una única conversación con ellos y los padres saben muy poco de la cultura y la situación política de los países de origen de sus hijos.

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La portavoz de la Asociación Madres Blancas con Hijxs Negros, Montse Felez y su hija Lea. | Foto: Diana Rangel / The Objective.

Pero los niños viven en otra cultura. No entiendo por qué debería ser un problema…

Para evitar que si un día deciden regresar en busca de sus orígenes tengan experiencias duras.

¿Usted lo hizo?

No todos los adoptados buscan a su familia biológica. Yo decidí que lo haría junto a mi hermano o no lo haría, y no lo hice. Corea del Sur en los años sesenta era mísera y probablemente mis padres eran jóvenes y pobres, y es difícil buscar. Tengo amigos que lo han hecho.

Pero sí he estado en Corea en tres ocasiones y fue una experiencia interesante, pero muy complicada. Me encantó visitar mi país de nacimiento, pero a la vez me sentí aislado de nuevo. Cada vez que encontraba a una persona, me preguntaba si era japonés. Cuando un asiático acude a otro país asiático no habla el idioma y siempre le preguntan de dónde es. Y es alienante regresar a tu país de origen y ser tratado como un extranjero.

Había aprendido un par de frases en coreano, pero la cultura era demasiado distinta. Ser coreano es estar en una página muy pequeña del mundo y la gente se enorgullece de que piensen todos lo mismo. Hay cientos de adoptados europeos y norteamericanos de origen coreano que vuelven al país y sienten que no encajan, jamás serán vistos como  ciudadanos de Corea.

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La sala se llenó de familias transraciales que compartieron sus vivencias con Hagland | Imagen vía The Objective/Diana Rangel

¿Se siente norteamericano?

Sí, pero soy un norteamericano diferente. No soy blanco, viajo y hablo idiomas. Aunque tuve unos padres cariñosos siempre estuvo presente la sensación de no pertenecer a la comunidad, que era muy cerrada, de inmigrantes alemanes. Me sentía como un alienígena y nada integrado. Y aún en situaciones puramente blancas siento ansiedad. El pasado verano estuve en Iowa y yo era el único no blanco y me acordé de ese sentimiento que tuve durante toda mi infancia y adolescencia.

Por eso me siento cómodo en lugares donde hay todo tipo de gente. Mi identidad es casi ser ciudadano del mundo.

España está viviendo el desafío que vivieron ustedes hace treinta y cuarenta años. ¿Qué consejo le daría a los chicxs adoptados de familias transraciales?

Que cuando les pregunten de dónde son contesten lo que quieran. Tienen el poder de hacerlo.

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7 elementos de cultura pop para conocer a Charlie Manson

Nerea Dolara

El asesino y líder de un culto se convirtió en icono pop y ha sido el sujeto de muchas creaciones culturales. Ahora que ha muerto te recomendamos desde libros hasta podcasts sobre este tenebroso personaje que tanta obsesión ha generado desde los sesenta.

No es un secreto que los asesinos despiertan una oscura curiosidad en la gente “normal” (véase Seven o más recientemente Mindhunter, por ejemplo). Tampoco lo es que gracias a esa pulsión la cultura les ha dedicado muchas horas y páginas a sabiendas de que siempre habrá personas interesadas en saber más. Uno de los asesinos que se ha mantenido como una enorme figura influyente, incluso tras años de cárcel, es Charles Manson. El hippie que quería ser músico y que terminó liderando varios sangrientos asesinatos murió esta semana, pero su presencia sigue siendo amplia y poderosa en la cultura. Manson y sus crímenes están en todos los géneros y aquí revisamos su presencia en la cultura y qué puedes mirar, leer o escuchar si quieres descubrir su larga influencia en la cultura.

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Un libro

Las chicas tuvo un éxito inusitado el año pasado. No es de extrañar. La primera novela de Emma Cline relata, con nombres cambiados, la experiencia de una chica de clase media que deja su casa para unirse a un grupo de casi adolescentes que viven con un gurú, una clara referencia a Manson y La Familia. La novela retrata con maestría el momento histórico y la capacidad de Manson de atraer, seducir y someter. Su cariño y su violencia, su volátil personalidad. Y retrata a las chicas, todas amantes, todas jóvenes, todas perdidas. Una novela que no romantiza un tiempo que muchas veces se ha visto como idílico, que relata una historia dura y a la vez capaz de enganchar.

7 elementos de cultura pop para conocer a Charlie Manson

Un disco

The Downward Spiral, de Nine Inch Nails (1994), no sólo recicla letras de Mechanical Man, una canción de Charles Manson, e incluye una colaboración con Marilyn Manson (cuyo apellido falso proviene claramente del nombre del asesino), sino que se grabó en 10025 Cielo Drive, la casa en que Sharon Tate y sus amigos fueron brutalmente asesinados y donde Trent Reznor construyó un estudio al que llamó Pig (en referencia a las pintadas que los asesinos dejaron en las paredes). Reznor luego reconoció que tal vez esto fue un error. The Guardian lo cita explicando que poco después se encontró con la hermana de Tate que le reclamó por explotar la muerte de Sharon. “Por primera vez pensé: ¿Y si fuese mi hermana?. Pensé: Que se joda Charlie Manson. No quiero que me vean como alguien que apoya a un asesino en serie”.

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Un ensayo

The White Album es un extenso ensayo en que Joan Didion analiza -posteriormente, se publicó en los setenta pero habla de su vida en la California de los sesenta- el fenómeno hippie y de la contracultura en California y su vida en ese tiempo. Los asesinatos perpetrados por La Familia aparecen en el libro y Didion los identifica como los responsables de la muerte de un momento, de un espíritu libre y despreocupado. California se llenó de paranoia y miedo. Y cuando Manson, el perfecto ejemplo del hippie descarrilado (el discurso dominante en los medios) fue detenido, el flower-power recibió su última estocada. Didion entrevistó a Linda Kasabian, una de las asesinas y amantes de Manson, más de una vez, de hecho le compró el vestido que llevó a su juicio. Y en el libro relata estas conversaciones.

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Una serie

Aquarius no tuvo demasiado éxito, pero claramente cuenta la historia de los comienzos de Manson y lo que va a venir después. Un policía, completamente conservador y que rechaza a los hippies, interpretado por David Duchovny, sigue la pista de una adolescente desaparecida que se une al grupo de un gurú. La serie se toma libertades, pero resulta un ejercicio interesante.

Una canción

Death Valley 69, de Sonic Youth, hace referencia directa a Manson, La Familia y los asesinatos. La canción fue llamada por Rolling Stone “la mejor fusión de punk y estética de película de terror que ha hecho la banda”.

Un podcast

You Must Remember This es un excelente podcast sobre historia de Hollywood que hace Karina Longsworth, antigua jefa de cultura del L.A. Times. ¿Qué hace la historia de Charles Manson en su podcast? La serie de 10 episodios sobre el asesino existe en sus archivos porque, como sabrá casi todo el mundo, los discípulos de Manson mataron, entre otras personas, a la actriz Sharon Tate, esposa de Roman Polanski. Las muertes afectaron no sólo al país y al verano del amor, que mucha gente considera que murió en ese instante, sino al mundo del cine. Profundamente investigada, la serie relata la completa historia de Manson y cómo pasó de ser un extraño y violento aspirante a músico a líder de un culto con tendencias asesinas. Una joya del periodismo y un excelente retrato de ese tiempo y este personaje.

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Una película

Manson (1973) es un documental nominado al Oscar en que el cineasta, Robert Hendrickson, tuvo total acceso al rancho que era hogar de La Familia y entrevistó a sus miembros antes, durante y tras los juicios por los asesinatos Tate-LaBianca. También habla con ex miembros de la familia y muestra segmentos de noticias y análisis del momento en televisión. El documental presenta la visión que tienen los seguidores de su líder y de lo que defiende. Interesante y aterrador.

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Benedict Wells: "Nada puede protegernos del fracaso"

Jorge Raya Pons

Foto: Jorge Raya
The Objective

Benedict está acostumbrado a firmar sus libros con el apellido Wells, pero lo que la verdad oculta es que se apellida von Schirach y que Wells, más que un alias artístico, es un homenaje al personaje de John Irving en Las normas de la casa de la sidra. Lo escogió con un motivo poderoso: “Él es la razón por la que escribo”.

Benedict Wells (Múnich, 1984) –uno de los autores más reconocidos en Alemania– ha estado en España por la publicación en castellano de su última novela, El fin de la soledad, a cargo de la editorial Malpaso, y es un hombre de rostro tranquilo, alto y delgado, con el pelo frondoso y castaño, que esconde tras de sí una historia fascinante. En el libro queda mucho de esa esencia y desde bien pronto, apenas en el segundo capítulo, viene a decirnos cómo se rompe una familia en mil pedazos después de que tres hermanos preadolescentes –Marty, Liz y Jules– pierdan a sus padres en un accidente de tráfico, sin otra salida que continuar con sus vidas en un internado público.

Cuando Benedict escribe sobre la soledad, lo hace desde el corazón y desde el estómago. Benedict supo desde joven que quería ser escritor y con 19 años se fue de Múnich a Berlín, que en 2003 era “una ciudad barata”, “perfecta para la gente que, como yo, no tenía dinero”, tomando un camino que nadie le aconsejó. “Mi vida era miserable”, recuerda. “No fui a la universidad. Los primeros años tras el instituto los viví muy solo, en un apartamento horrible, con la ducha en la cocina. Trabajé en varios empleos temporales, y escribía por las noches. Trabajé de camarero, en la taquilla de un cine, de recepcionista en un hotel, más tarde en un show televisivo que estaba bien, pero al que tuve que renunciar porque no me dejaba tiempo para escribir. No tenía otra vida. Sentía que debía invertir todo mi tiempo en escribir”.

Y continúa: “Hay mucha gente con talento. Pero, para mí, el talento no era el campo en el que podía marcar la diferencia. Lo único que estaba dentro de mi área de control era mi voluntad y mi esfuerzo. Pensaba que nadie estaba tan loco con 19 años como para tener esa vida solitaria y extraña de escribir todo el tiempo. Pensaba que muy pocas personas podían mantener ese ritmo después de dos años. Dediqué todo lo que tenía a la escritura y, después de un par de años, vi que era mejor que cuando comencé. Aun así, seguía pensando que necesitaba dos o tres años más, quizá cuatro. Mi vida era muy solitaria. Tan solitaria que podía pasar cinco semanas sin hablar absolutamente con nadie. Allí estaba yo, solo y escribiendo”.

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Portada de ‘El fin de la soledad’, de Benedict Wells. | Imagen: Malpaso

Lo más difícil de todo aquello, cuenta, más incluso que la reclusión y el olvido, era el modo amargo en que sus amigos y familiares renegaban de su esfuerzo. “Nadie me entendía”, dice, con gesto serio. “No podía demostrar que tenía el talento necesario. Habían pasado cuatro o cinco años y seguía sin publicar. Tenía 23 y algunos amigos veían mi apartamento, veían que no estudiaba, que no tenía una red de seguridad, y me decían: ‘Vamos, tienes que buscarte algo más estable’. La presión estaba ahí y era tal que estuve pensando en salir de Alemania. En cada conversación había un recordatorio de mi fracaso. Mi gran ventaja, de algún modo, era que mis padres no tenían dinero, así que podían apoyarme emocionalmente, pero no económicamente. Era totalmente libre. Aunque me pesaba la presión de que no pudieran entenderlo. Yo mismo… estaba esperando a que alguien me animara a intentarlo”.

Dice, con la memoria puesta en sus años en Berlín, que tuvo que luchar contra la soledad y el rechazo, pero también contra sus momentos de ansiedad y vacilación. “Me pasaba el día entero pensando que era un fracasado, que no valía lo suficiente”, dice. “Pero me sentaba frente al escritorio y pensaba que no había nada mejor que pudiera hacer. Vivía todo el tiempo entre dos extremos: excitado por escribir y contar una historia o deprimido porque pensaba que no tenía talento. Lo que me hizo seguir es la voluntad de contar historias. Pensaba que quizá no fuera tan bueno, pero quería terminar lo que había comenzado”.

Conforme Benedict se expresa, los recuerdos se van haciendo sólidos. Casi dibuja imágenes. Dice: “Recuerdo el día que descubrí a Michael Chabon. Simplemente leyendo Chicos prodigiosos y Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, viendo cómo escribía, cómo jugaba con el lenguaje, sentía que tenía que volver a escribir. Sabía que la literatura era mi vida y estaba dispuesto a fracasar. Prefería fracasar que arrepentirme por no haberlo intentado. Temía más al arrepentimiento que al fracaso”.

Dice que fue en el último instante que apareció un agente, justo cuando tenía planeado su viaje a Escocia. Después de tantos años, la editorial en alemán Diogenes –muy prestigiosa y conocida por publicar un único libro al año– se interesó por él y terminó por publicarle su primera novela, El último verano de Beck. Su nombre fue, definitivamente, cobrando más y más fuerza. Publicó tres novelas más con este sello.

“Uno tiene que encontrar el equilibrio. Cada segundo que estás en la historia, dejas de estarlo en la vida real”

Probablemente su entereza y vocación exclusiva, su capacidad para no torcer el brazo, habrían sido imposibles de no haber soportado un duro entrenamiento previo –vivió de los 6 a los 19 años en un internado público por una grave situación familiar, como Marty, Liz y Jules–. Le pregunto por esta circunstancia, y habla de ello con naturalidad y sin resignación. “Creo que la independencia fue lo primero que aprendí en el internado”, dice, con la mirada puesta en una taza de café que apenas ha probado. “Pero entre los niños que estábamos allí, yo era un afortunado. Allí había niños que habían sufrido abusos, había refugiados… Al menos yo tenía unos padres que me querían. Los otros niños de mi clase iban con padres adoptivos, y yo me iba con los míos. Era extraño. Quizá para mis amigos, que han sido amados y han tenido una infancia protegida, habría sido más difícil”.

La vida de Benedict Wells es fascinante, decía, y en parte lo es por todo a lo que tuvo que renunciar. Le pregunto por las cosas que quedaron en el camino, si las echa de menos. Benedict responde que sí, sin reservas, y explica que es la razón por la que se mudó a Barcelona. “Tenía 26 años, había publicado mi primer libro y sentía que me había perdido muchas cosas”, dice. “Me di cuenta de que uno tiene que encontrar el equilibrio. Cada segundo que estás en la historia, dejas de estarlo en la vida real. Echo cosas de menos, sí. Pero todo tenía un propósito. Me habría gustado disfrutar de lo que llaman la vida del estudiante, pero luego estuve tres años y medio en Barcelona, y más tarde traté de imitar la vida del Erasmus en Montpellier. Me esforcé por hacer lo que no había hecho, y claro que no era lo mismo. Pero nunca dudé del camino que había tomado: amo la escritura y volvería a hacer lo mismo”.

Ahora Benedict es un autor respetado en Europa, sus libros se venden por cientos de miles, y en su país concede raramente entrevistas: es, la mayor parte del tiempo, un hombre solitario. Con todo, más allá de las ventas y de los premios y de ese reconocimiento intangible que es la admiración de sus lectores, todavía experimenta, de vez en cuando, la amargura del rechazo. “Recientemente escribí un artículo sobre el tren transiberiano y traté de venderlo a los periódicos”, cuenta, divertido. “Una vez más: rechazado-rechazado-rechazado. Me di cuenta de que todavía era posible. No hay garantías. Todavía puede ocurrirme”.

Benedict Wells: "Nada puede protegernos del fracaso" 2
Benedict Wells, fotografiado en Madrid. | Foto: Jorge Raya Pons/The Objective

“Después de todos estos años”, le pregunto, “¿qué significa para ti el fracaso?”.

Benedict se toma ocho, nueve segundos, busca una respuesta: “A veces es difícil asimilar que es inherente al ser humano, simplemente inevitable”. Hace una nueva pausa: “Vamos a fracasar y vamos a tener que lidiar con ello. Nada puede protegernos del fracaso. Lo único que puede cambiar es tu actitud. Por supuesto que existe aquella teoría de que el fracaso te hace más fuerte, y de que puedes aprender de ello. Pero hay fracasos de los que no puedes extraer nada. Probablemente ni siquiera puedas cambiar de actitud, pero tienes que esforzarte por hacerlo. Intentar aprender de tus fracasos, intentar hacer las paces con ellos. Es la única manera: intentarlo”.

Benedict, en su camino hacia el fin de la soledad, siempre encontró la literatura. “Es, definitivamente, una parte muy importante en mi vida. En ambas direcciones. Hacia fuera, mi pasión y mi profesión. Hacia dentro, el sentimiento de que no estás solo, de que puedes encontrarte a ti mismo en muchos libros, de que puedes sentirte a salvo”. Entonces habla de Harry Mulisch y de Kazuo Ishiguro, al que admira profundamente y llama profesor, y menciona Los restos del día y Nunca me abandones. Dice: “Hay pocos libros que me hayan cambiado de verdad, y estos son dos de ellos. Los leo y me pregunto: ‘¿Por quéee? ¿Cómo logró manipularme así? ¿Por qué me siento así?’. No es algo que esté entre las páginas. Trato de estudiar estos libros. Los libros que amo son mis profesores“.

Luego Benedict regresa a la idea de que la literatura, en el mejor de los casos, nos ayuda a sentirnos menos solos. “Es la primera experiencia cuando lees”, continúa. “No estás tan solo. Lo que realmente amo de la literatura es que es completamente distinta al resto de artes. En un cuadro, en una fotografía o en una película, todo está acabado. Puedes consumirlo. Pero un libro es simplemente blanco y negro. Todo viene de dentro. Tienes una página y todo depende de ti”.

Y concluye: “Hay algo que me fascina de la literatura: te deja a solas con la historia que tú has construido dentro de ti“.

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Silvia Cruz Lapeña, un relato desde el flamenco

Anna Maria Iglesia

Foto: Alberto Gamazo

Silvia Cruz LaPeña es una periodista de raza. Fiel y honesta con sus principios. Especialista en flamenco, Cruz LaPeña no es una mera reseñista: sus artículos y reportajes son textos, a veces incómodos, en los que ella analiza y descubre el mundo del flamenco, construyendo un relato que no se acomoda a los tópicos. Crónica Jonda (Libros del K.O) es también un relato incómodo, es también un relato que desmonta tópicos, un relato aparentemente autobiográfico a través del cual Cruz LaPeña destripa el presente social, político y, también, emocional. El presente de Crónica Jonda es el resultado de un pasado que no ha acaba de morir, que está ahí y cuyos frutos recogemos ahora.

Crónica Jonda comienza con la muerte de Paco de Lucía, que, a través de las palabras de Miguel Mora, se convierte en símbolo de un tiempo que se acaba.

Sí, y por esto está muy marcado el hecho de que yo me entero de la muerte de Paco de Lucía cuando estoy terminado el epílogo de la biografía de Camarón. Es un gesto casi epifánico: termino el epílogo y, por tanto, en cierta manera vuelvo a enterrar al gitano, que era Camarón, y me entero que se ha muerto el payo, Paco de Lucía. Y, sí, cuando Miguel Mora habla de la España aniquilada, yo la veo representada.

El gitano y el payo, el norte y el sur, lo exterior y lo interior… ¿tu libro es un juego de dualidades imposibles de separar?

Sí, está todo imbricado, porque la realidad es así. Este libro es un viaje, que yo empiezo cabreada, pero no puedo decirte en qué página dejo de estarlo, porque todo está mezclado, los opuestos se tocan y se confunden. En el fondo del libro está la idea de un todo, algo caótico, un todo donde es imposible determinar dónde empieza la otra. Es un libro que empiezo a escribir cuando todo parece haberse desquebrajado, cuando estaba naciendo con mucha fuerza Podemos y nos preguntábamos qué iba a pasar; ahora, seguimos, en parte, igual, no sabemos qué va a pasar, ni con Podemos ni con ningún otro partido. Por esto, cito a Faulkner.

Narras un tiempo que agoniza…

Sí, un tiempo que, además, se estira y no se acaba. Hablo de un tiempo que tiene mucho que ver con el flamenco, con esa voluntad de querer conservar el pasado, de no dejar que llegue lo nuevo. Por esto digo que, para no ser la música de España, el flamenco se le parece mucho. Como el flamenco, también el tiempo que estamos viviendo ahora es un tiempo suspendido, no sabemos qué va a pasar y, personalmente, tengo la sensación de que cada día empieza todo de nuevo.

No sólo dices que el flamenco se parece mucho a España, sino que es machista como España. ¿El flamenco es la lente desde donde miras tu entorno?

Sí, en cierto modo y, de hecho, en este libro el flamenco no es una excusa, como algunos me han dicho, sino que es la clave de lectura de muchas cosas y, al mismo tiempo, es mi abrigo, porque es el flamenco es el lugar donde me refugio. El flamenco es un microcosmos y en él veo conductas que, luego, veo también en otros ambientes, entre los periodistas, los carniceros o los taxistas.

El flamenco y, sobre todo, el mundo flamenco está muy connotado, pero, desde fuera, ¿lo miramos y lo juzgamos con demasiados prejuicios?

Hay muchos prejuicios en relación al flamenco, unos prejuicios que vienen de hace tiempo. Es cierto que el franquismo se apropió del flamenco y se lo usó como forma de propaganda de la cultura española, pero no fue el único arte a ser usado. Esto, sin embargo, ha hecho que, todavía hoy, haya quien conserva la idea de que el flamenco mantiene unos lazos con el franquismo cuando no es así.

Además, el flamenco es considerado como “lo español”, en un momento donde “lo español”, sobre todo en lugar como Cataluña, cuesta mucho de aceptar. Y, por último, para empeorar las cosas, se le tacha de machista y, en parte, es cierto, pero el flamenco no es más machista que la sociedad en el que está inmerso, es decir, la sociedad española.

Lo que quisiera es poner un punto y final a estas asociaciones, porque de flamenco he visto mucho y lo he visto en países como Francia e Inglaterra. Por tanto, ¿el flamenco es “lo español”? Sí, pero no. Lo que sucede es que falla el relato y creo que, en gran medida, de esto es responsable el propio mundo flamenco y, también, aquellos que lo narramos. Creo que tendríamos que hacer el esfuerzo de hablar de flamenco sin hablar de lunares, sin caer en los tópicos.

¿En qué sentido se ha explicado o se explica mal el flamenco?

El relato que se ha hecho hasta ahora del flamenco es la del tío guapo, alto, moreno y con pinta de torero y la mujer guapa, espectacular, con vestido de lunares. Se cuenta que, en el mundo flamenco, él manda y ella renuncia a todo y, en parte, es cierto, solo que, como te decía antes, el machismo del flamenco no es otra cosa que el reflejo del machismo de la sociedad en que se enclava.

El flamenco es mucho más, solo que todavía es un mundo muy circunscrito; ten en cuenta que muchos conservatorios no admiten los estudios de flamenco porque piensan que es cosa de cuatro gitanos que bailan en su casa. Esto hace que se desconozca el flamenco más allá de los tópicos, más allá del “lerele” y de los topos. Por esto, hablo del relato y de nuestra responsabilidad, porque es cierto que, sobre todo los medios no especializados, todavía te piden que si escribes de flamenco les hables de lunares, de sangre y de pasión, pero es precisamente esto lo que tenemos que evitar, porque el flamenco de hoy no es esto o no es solo esto. Hay espectáculos de flamenco muy fríos, donde no hay ni sangre ni pasión. O, por ejemplo, ver bailar a Rocío Molina es asistir a una clase magistral de danza contemporánea y de flamencos. Es una mujer que no utiliza ni lunares ni peinetas, pero es flamenco.

¿Ha habido clasismo en la percepción del flamenco?

Sí y no. Por una parte, no en cuanto, casi desde sus inicios el flamenco ha vivido gracias al apoyo de la gente adinerada; de hecho, muchos artistas flamencos han vivido de bailar a señoritos y a gente adinerada. Además, lo curioso es que, actualmente, muchas veces quien rechaza el flamenco es gente que, por cultura o por contexto, está muy cerca de él; sin embargo, hoy muchos lo rechazan por ser algo popular, algo folklorico…e, incluso, algunos no rechazan por no ser un arte elevado, si bien no hay que olvidar que hoy en día el flamenco está en todos los teatros del mundo.

Por otra parte, sí, hay clasismo: el rechazo al flamenco tiene mucho de clasismo y de racismo, que, paradójicamente, no solo viene del mundo payo.  En el mundo gitano también hay racismo, el de los gitanos y, lo que es más curioso, el de los gitanistas hacia los payos. Los gitanistas, que muchas veces no son gitanos, son unos puristas, son aquellos que dicen que el flamenco solo puede ser puro y que todo lo demás no es flamenco.

Ahora que hablas de los gitanistas, pienso en tu análisis de la música de Miguel Poveda, cuyo flamenco se ha “modificado” en cuanto él ha cedido, en parte, al gusto, tentado por las ventas o el gran público. ¿Poveda, como tantos otros, representa un flamenco adulterado, ese flamenco que nos llega y que consume la gran mayoría?

Yo diría edulcorada. Me voy a remitir, además porque enlaza con la cuestión del clasismo, a lo que dice Luis Cabrera, del Taller de Músics: el flamenco gusta si no te araña. No gusta el flamenco duro. Y lo que yo digo de Poveda es algo que se ve mucho en programas como La Voz u Operación Triunfo: se flamenquea mucho, se hace mucho “lerele” y mucho “olé”, pero eso no es hacer flamenco, por mucho que quien lo haga esté relacionado familiar o culturalmente con el flamenco.

Hay muchos que piensan que Malú es flamenca o que Rosario Flores hace flamenco, cuando no lo ha hecho en su vida. Y, sin llegar a este punto, Miguel Poveda, que sí que canta flamenco, aunque en sus espectáculos hay de todo, hace un flamenco edulcorado o, como yo digo, flamenco de amplio espectro. Muchos de mis compañeros de profesión, me dirían que este flamenco de amplio espectro no es flamenco.

Un relato desde el flamenco 1
El flamenco es mucho más que lunares y trajes de sevillana | Foto de Alberto Gamazo

¿Me comprarías la etiqueta: “flamenco para quien no entiende de flamenco”?

Mis compañeros gitanistas te comprarían… y yo también

Otro de los temas del libro es la inmigración, principalmente la de Andalucía hacia Barcelona y te muestras muy crítica hacia la política catalana, hacia ese discurso político que llegó a consolidar el concepto de “charnego”.

Sí, ante todo, porque reniego completamente del concepto de “charnego”. Yo no eliminaría esta palabra, pero que la diga quién la inventó. Este nombre, completamente despectivo, no nos lo hemos inventado quienes supuestamente somos charnegos, por esto, no lo asumo, porque no hay nada de negativo en el hecho de que una abuela mía fuera andaluza, otra murciana, mi madre de Barcelona y mi padre de Córdoba. Y, sí, en el libro hago una crítica feroz a esa sociedad que conocí y la hago, también, porque me hace mucha gracia cuando se habla hoy de los catalanes a los que no se escucha o a esos catalanes que estamos un poco callados. ¿Nos han escuchado alguna vez? Por esto cuento la celebración que se hizo en Barcelona en 2013 por los cien años del nacimiento de Carmen Amaya. A nadie le importó que se celebrara el nacimiento de Amaya teniendo mal los datos, sin prestar atención a los estudios que decían que ella había nacido en 1918. ¿Te imaginas que hubiera pasado si quienes organizan la celebración de 1714 se equivocaran y dijeran 1715? Pues, esto. No se trata de forma distinta a unos que a otros y luego decir que somos todos parte de un mismo pueblo. Recuerdo perfectamente cuando en la rueda de prensa previa al homenaje de Amaya, Mascarell decía que el pueblo romaní era parte del pueblo catalán, cosa que es cierta, pero entonces ¿por qué no se la trata igual?

En el libro cuentas, además, como un concejal te dice que prefiere antes “a los africanos que a los andaluces porque son ‘más propensos a hablar catalán’”.

Me hicieron este comentario como me han hecho muchos otros. Y, lo peor, te lo hacen sin preguntarse quién eres tú, sin plantearse que, a lo mejor, con sus palabras te están ofendiendo o están ofendiendo a tus padres.

¿Tuviste que asumir tu historia y tus orígenes o siempre fueron connaturales a ti?

No, no tengo la sensación de haber tenido que asumir mis orígenes, pero sí es cierto que, durante la presentación en Madrid, Cristina Fallarás decía que el libro es la narración de la construcción de una identidad. Seguramente, en el libro me digo algunas cosas que nunca me había dicho y ciertamente no es casual que mi interés por el flamenco se haya reafirmado en estos últimos años ni que mi libro salga en estos días y hable de flamenco. Aunque no quieras, ahora mismo, te obligan a preguntarte sobre tu identidad. Yo, que nunca me he preocupado de esto, me siento obligada no sólo a preguntarme sobre mi identidad, sino también a interrogarme sobre mi origen. Sin embargo, para mí nunca fue un problema: cuando volví a Barcelona, vivía en Nous Barris y nunca sentí la necesidad de preguntarme de dónde era. A lo mejor era una excepción, pero lo cierto es que nunca me preocupó este asunto.

Tú, además, narras la experiencia de una migración a la inversa: cuando tienes 8 años, dejas Barcelona y vas vivir a Andalucía. ¿Cómo era tu mirada, la de una niña que, si bien de origen Andaluz, deja Barcelona y se va a vivir a Andalucía?

Era una mirada repelente, porque era la mirada de quien viene de Barcelona y llega al sur. Era una mirada donde había rechazo, que, sin embargo, también encontré en Andalucía, aunque por distintos motivos. El rechazo que encontré era debido a que allí están muy hartos de que, desde Barcelona, se les mire con cierta superioridad, una superioridad que yo llevaba incorporada. Y, ahora, lamento haber salido corriendo de allí con 18 años, deseando ir a Barcelona, que para mí significaba un lugar con amplitud de miras y cosmopolita, paradójico si pensamos en lo que estamos viviendo hoy.

Evidentemente, con los años he vuelto a Andalucía, pero ya no he vuelto a vivir allí; de ahí que, en el libro, exprese mi arrepentimiento por esa actitud repelente que tuve y, solo ahora, me doy cuenta de que en todos los años que viví ahí, no llegué a conocer, de verdad, Andalucía por mi estrechez de miras.

En el fondo, Crónica Jonda es un gran canto a Andalucía.

Y a Barcelona.

Sólo que Barcelona sale peor parada.

No, el libro es un gran canto a Barcelona, solo que vivo en Barcelona. Si me hubiera ido, seguramente mi mirada se hubiera dulcificado. Yo no tengo una mirada romántica de Andalucía, pero ya no es tan severa como la que tenía antes, porque vivo a mil kilómetros y porque cuando voy es solo para estar unos días. Sin embargo, Barcelona es mi ciudad elegida, es la ciudad que amo, de ahí el cabreo que tengo. Siempre te enfadas con quien más quieres y yo estoy casada con Barcelona.

Por último, quería preguntarte sobre el periodismo, del que también hablas.

Yo todo lo que te pueda decir del periodista suena a corporativista, aunque no lo sea para nada, pues soy muy crítica con quien no lo hace bien y conmigo misma cuando me equivoco. Me parece vital que se haga periodismo y que se haga bien. Aunque no tengamos un código deontológico muy claro, me parece esencial hacer periodismo con sensatez y respetando algunos principios.

Te muestras muy crítica con los “periodistas” amateurs.

Yo soy muy crítica con el amateurismo, es cierto, con ese “periodismo” que se ejerce gratis. Yo también me abrí un blog para escribir sobre mis cosas, pero el periodismo es otra cosa. ¿Qué quieres hacer periodismo? Muy bien, pero juega con nuestras reglas: cobra por trabajar. ¿Te metes a hacer periodismo sin cobrar para ligarte a la cantaora o el productor? Entonces, lo que haces no es periodismo, porque el objetivo del periodismo es otro.

Puedes ser amateur, pero no nos quites el pan, no reemplaces el papel del periodismo. Nos quejamos de que se hace mal periodismo, pero es que la mitad de la gente que lo ejerce no es periodista, y no me refiero a tener o no el título universitario, y la mitad de la otra mitad ha sucumbido a determinadas cosas: cobrar poco, titular mal en busca de click, evitar ser molesto.

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