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Catalina Martín-Chico: “Los bebés, los perros y los móviles son el símbolo de la paz en Colombia”

Beatriz García

Foto: Diana Rangel
The Objective

Catalina Martín-Chico acaba de recibir el premio a la Mejor Fotoperiodista del festival Visa Pour L’Image de Perpiñán por un reportaje sobre las ex guerrilleras de las FARC.

Española afincada en París, la fotoperiodista Catalina Martín-Chico es amable, humana, sincera y una de las mejores fotógrafas de Europa. Ha pasado alrededor de diez años fotografiando Oriente Medio, sobre todo, la República de Yemen. Por su trabajo sobre la revolución yemení, la cruenta guerra civil que vivió el país en 2015, fue galardonada con una Visa de Oro Humanitaria que otorga el prestigioso festival de Fotoperiodismo Visa Pour L’Image. No obstante, no es la historia de una guerra y sus atroces consecuencias la parte favorita de su trabajo. A la fotógrafa le interesan esas otras vidas aún no contadas en imágenes, historias que a veces están llenas de esperanza, posibilidades y optimismo.

Su reportaje sobre las ex guerrilleras de las FARC en Colombia, que fueron reclutadas de adolescentes y tras el acuerdo firmado entre el gobierno y la milicia pueden ser madres –más de trescientas mujeres están embarazadas- y reunirse con sus familias, le ha otorgado la Visa de Oro a la Mejor Fotoperiodista Mujer en esta edición del festival.

The Objective ha hablado con Catalina Martín-Chico sobre fotografía, pero, sobre todo, acerca de historias muy humanas.

Catalina Martín-Chico: “Los bebés, los perros y los móviles son el símbolo de la paz en Colombia” 3
Las imágenes más tiernas del fin de un conflicto. Foto de Catalina Martín-Chico

Has trabajado muchos años en la zona del Yemen, ¿cómo acabaste en la selva colombiana con las guerrilleras de las FARC?

Fue una pura casualidad. Había leído un artículo sobre ciento cuarenta embarazos en las FARC y empecé a investigar. En Francia se habla muy poco en general de América Latina y del proceso de paz en Colombia y me dije: ‘Esto es tan importante en la vida de esta gente… La guerrilla más larga; la última’. Pensé que era una buena manera de hablar de este proceso de forma positiva, con esperanza, a través de la historia de estas guerrilleras.

Luego traté de vender el proyecto a varias revistas francesas, pero era una mala época, con las elecciones presidenciales en Francia y el Festival de Cannes, así que hice algo que nunca hago, cogí mis ahorros y me marché a Colombia. Sabía que no podía perder tiempo, necesitaba ver a esas mujer cuando todavía estaban en la selva, con sus uniformes, para poder explicar lo que va a ocurrir después.

Entonces, volverás a la selva…

El premio es una beca y me ayudará a volver y seguir documentando dentro de unos meses y hasta el festival del año próximo.

Lo más importante para mí en aquel momento era ver si era verdad lo que se decía, y me di cuenta de que era mucho más que eso. Es decir, había más de trescientas mujeres que se quedaron embarazadas al mismo tiempo y en cada uno de los tres campamentos que visité, vi niños, incluso de diez u once años. Para mí es una historia de reencuentros, porque muchas son chicas que se quedaron embarazadas durante la guerrilla, no abortaron y dejaron a los niños con sus familias y llevan diez años sin verles. Es una historia muy simbólica de lo que está sucediendo en Colombia: los bebés, los móviles y los perros son símbolos de la paz.

Catalina Martín-Chico: “Los bebés, los perros y los móviles son el símbolo de la paz en Colombia”
Catalina Martín-Chico | Foto: Diana Rangel / The Objective

¿Los móviles?

Sí, porque llevaban años sin contacto con sus familias y ahora vuelven a estar localizables; se crean perfiles de Facebook y un hermano te encuentra, te escribe y te dice: “Oye, ¿eres tú?”.

A las FARC no les gusta mucho la prensa. ¿Fue difícil que te permitieran convivir con ellos?

La verdad es que no. Están en una fase de apertura total y pude estar con las guerrilleras durmiendo en sus camas y viviendo en sus caletas. Lo que más me interesa es estar lo más cerca de las personas y pasar tiempo con ellas; es imposible contar la historia que quiero en cuatro días y ningún medio tiene presupuesto para que te quedes tres semanas.

Supongo que hay mucha diferencia entre trabajar por encargo de un medio y realizar un proyecto personal. ¿Hay algo que éticamente no cubras como fotógrafa?

Si una revista me contacta suelo aceptar. Al final intentas trabajar lo mejor que puedes y toda historia tiene algo interesante. Lo que no hago es montar escenas; por ejemplo, que una revista me diga que ha vendido un tema y que una persona debería estar en un lugar determinado para que aparezca en las fotos.  

De todas maneras, no sólo cuentan las imágenes, el texto también añade elementos informativos y tiene su poder. Y luego el editor de fotografía elige las imágenes y qué tamaño tendrán, así que es toda una cadena de información de la cual yo, como fotógrafa, no soy actriz de principio a fin. Pero los proyectos personales son otra cosa, porque tú eliges qué historia quieres contar, cómo y qué tiempo necesitas.

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La importancia de no juzgar. Foto de Catalina Martín-Chico

La mirada siempre es diferente…

De una decena de fotógrafos que están en un lugar, ninguno sacará la misma foto y todos contarán una historia diferente. Nuestra profesión es subjetiva…. Es una mezcla de lo que hay delante de ti y lo que te dan las personas, además de que inconscientemente cada cual cuenta algo de él mismo a través de las imágenes.

¿Una imagen puede cambiar el mundo?

Modestamente, intento ser una ventana abierta a un mundo que la gente no ve. Me gustar contar historias que no han sido contadas y arrojar luz sobre zonas de oscuridad. Relatar, por ejemplo, una historia que me parece injusta sobre gente que no tiene voz y tratar de conmover. Aunque no todas las fotos sean icónicas, algunas sí han cambiado cosas.

Pero si acaban cambiando al fotógrafo…

Es inevitable que acabes haciendo tuyo algo de lo que estás reflejando con tus fotos. Si no tenemos esa cosa tan personal, tan visceral, no podríamos ejercer una profesión tan dura y tan precaria. Ese cinco por ciento de algo muy humano nos ayuda a seguir.

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Los últimos nómadas de Irán. Un reportaje de Catalina Martín-Chico

Debes tener un montón de anécdotas de la selva colombiana.

Sí, pero no son momentos espectaculares, sino muy sencillos: La primera vez que vi al comandante reuniendo a todos los guerrilleros a las cinco de la mañana, con el día levantándose en las montañas, dije: “¡No puedo creer que esté aquí con las FARC, que llevan cincuenta años de conflicto en estas montañas…”. Y piensas en tantas cosas… En las luchas de mi padre cuando era joven, en sus ideas revolucionarias.

O dormir al lado de Chachis, esta guerrillera que de madrugada hablaba por whatsapp con su madre, que estaba llorando porque acababan de operar al padre y no despertaba, y ella quería salir del campamento para ir a verla, pero no le daban autorización porque era peligroso. Y también ver un cubo en la selva con dos bebés allí bañándose, y los biberones, y esas chicas que han dado a luz allí mismo. ¡Qué valientes son todos y qué duro!

Es lo que me apasiona de trabajar sobre el terreno, que en esos lugares vives momentos excepcionales. Aquí tenemos demasiadas capas, siempre queriendo mostrar que somos más fuertes y más listos, pero ellos viven con lo esencial y cuando llegas allí a trabajar debes abandonar todas esas capas y ponerte en pelotas. Y entonces, se produce una conexión muy humana, y en mi caso favorece que me abran las puertas de sus casas y pueda vivir con ellos.

Hay fotógrafos que trabajan sin plan y otros que viajan a un lugar sabiendo qué quieren contar y cómo. ¿Cuál de ellos eres?

Yo empecé con esa inocencia de voy y cuento lo que sienta, pero una historia debe construirse poco a poco. Debes pensar previamente en qué situaciones distintas necesitas reflejar para documentar esa historia y dar el máximo de información, como, por ejemplo, si tienes que ir a las casas de los familiares, a la universidad para ver cómo estudian, y, paso a paso, armarlo todo.

Lo más importante de mi trabajo es dar una información real, porque no soy artista, sino fotoperiodista. Eso me lleva también a ir a un lugar sin juzgar y sin tener una opinión muy marcada. Por ese motivo, nunca haría un reportaje sobre el Ku Klux Klan, porque imagino que sería imposible distanciarme.

Cuando viajo, voy abierta a lo que quieran mostrarme. Trabajo mucho en Yemen y cuando algunas personas ven mis fotos y dicen “Ay, qué horror, pobres mujeres…”, cometen un error. Si vas con una idea muy marcada no vas a entender la cultura. Hay que vivir con los poros abiertos y llenarlos del aire que haya.

¿Yemen es el lugar más duro donde has trabajado?

Sé que la gente piensa que el oficio de reportero de guerra es el más complicado y que son quienes viven situaciones más duras, pero no es así. Yo he estado en la guerra, he visto gente herida y muertos, pero cuando llegas, la situación ya está delante de ti y cualquier fotografía que hagas va a ser impactante.

Hay otro tipo de reportajes de investigación, como los que se centran en la violencia en América Latina, que sí son realmente peligrosos y difíciles. Pasas meses tratando de conseguir tan sólo un acceso, debes vivir a menudo en el gueto y ganarte la confianza de narcos para que pasen otras tantas semanas antes de que saquen un arma o te enseñen la droga y la puedas fotografiar. Pienso, por ejemplo, en el periodista Christian Poveda, que dedicó años a documentar la vida de las maras en El Salvador, y que fue asesinado mientras estaba rodando un documental.

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Catalina Martín-Chico | Foto: Diana Rangel / The Objective

Después del atentado terrorista de Barcelona se hicieron duras críticas a los medios por publicar imágenes de la masacre. Como fotoperiodista, ¿tú qué opinas?

Si la situación es dura no es culpa del fotógrafo, sino del hecho en sí. Creo que debe ser contado por dramático que sea.

No te veo muy cómoda con que te tomen fotos…

Prefiero estar detrás de la cámara, la verdad. Además, en muchos casos es como si la cámara fuera una protección ante la dureza de las situaciones. Por ejemplo, en Yemen, cuando la gente se muere es como si la cámara absorbiera las emociones de un lado y del otro. Sí, ahí creo que se forma la foto.

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Visa pour l’image: una historia ‘fuera de campo’

Beatriz García

Foto: Diana Rangel
The Objective

La historia siempre resulta irónica bajo el tamiz del tiempo. No hace demasiados años, los españoles viajábamos a Perpiñán para hacer dos cosas: jugar en el casino e ir a los cines a ver pornografía, películas ‘S’ censuradas por el franquismo. Hoy, los hijos y nietos de estos españoles, cogemos un tren para asistir a Visa pour l’image, uno de los certámenes de fotoperiodismo más importantes de Europa, que se celebra en la ciudad francesa.

Sentada en otro vagón, Diana, la fotógrafa de The Objective, me envía un whatsapp: “¿Te imaginas que nos quedamos dormidas y acabamos en París?”. Sí, le contesto, sería una crónica diferente, algo así como ‘Desde la Torre Eiffel no se ve Perpiñán’. En el fondo, también yo tenía la sensación de ir a aquella pequeña y encantadora ciudad con el mismo objetivo que mis abuelos. El atentado terrorista de Barcelona me habían robado el gusto por el fotoperiodismo, no por la crudeza de las imágenes en la prensa, sino por la indignación que nos producían: “Respetad a las víctimas”, se escandalizaban. “La crisis del periodismo”. “¡Una vergüenza!”. Y luego, esa misma gente horrorizada por unas ramblas sembradas de cuerpos aplastaban la nariz contra la fotografía de un ciudadano sirio llevando en brazos el cadáver de su hijo entre las ruinas de Mosul. ¿Vale menos su dolor que el nuestro? ¿Es más informativo acaso, menos hiriente a la vista simplemente porque está lejos?

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La contemplación atenta de los visitantes en una exposición en el Couvent des Minimes. | Foto: Diana Rangel / The Objective.

Diana y yo echamos a andar por la amplia avenida señalizada con banderines del festival. Por las calles sólo se veía gente guapa, culta, muy francesa, con sus flamantes cámaras y sus acreditaciones al cuello. Nos planteábamos las mismas cuestiones que se debatían en Visa pour l’image, el rol del fotoperiodista y la necesidad de imágenes sangrientas para explicar una tragedia.

-Cuando estudiaba en Nueva York, mis compañeros fotoperiodistas iban todo el día buscando asesinatos por las calles –me cuenta Diana.

-Sí, como la historia del tipo que ganó el Pulitzer, el que dicen que se suicidó.

-Sí, el del buitre que se abalanza sobre el niño.

-Van y le preguntan: ¿Qué le ocurrió al niño? El fotógrafo no lo sabía. Hizo la foto y se largó.

Me doy cuenta de que camino con mis prejuicios a cuestas y no es lo más profesional, pero la mirada es subjetiva. Elegimos cómo encuadrar el mundo. Una imagen te conmueve, me digo, doscientos horrores enmarcados te dejan frío. Pasas de uno a otro como si cambiaras el canal de la tele.

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Las iglesias se abren como ventanas al mundo. | Imagen vía Diana Rangel

Las calles, los conventos y los palacetes de la ciudad se abren como ventanas al mundo. En Visa Pour L’Image hay 25 exposiciones, 25 historias colgando de las desconchadas paredes, y miles de personas hormigueando de una historia a la siguiente con si en cuestión de unas pocas horas pudieses recorrer 365 días de injusticias y tragedias, de duras y a veces invisibles formas de vida, que no tienen espacio en la prensa, pero no por ello dejan de existir.

Ángela Ponce Romero, jovencísima reportera peruana, es una de las estrellas del festival. Su trabajo ‘Ayacucho’ sobre las víctimas de la guerra civil en Perú, donde sus gentes siguen llorando a sus seres desaparecidos y pidiendo justicia para sus muertos, ha ganado el premio Visa de Oro Humanitaria que concede el festival. Habíamos quedado con Ángela en su exposición en el Palais des Corts para hacerle una entrevista. Sin embargo, no se presenta. Una rápida llamada a prensa del festival y me comunican con ella:

-Lo siento, tengo un desayuno de fotógrafos. ¡Envíame un email.

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Así nos quedamos cuando Ángela Ponce nos dejó plantadas. La foto pertenece a su trabajo ‘Ayacucho’. | Foto: Diana Rangel / The Objective

Pero es que yo quería preguntarle sobre la forma en que hace presente la ausencia, a través de la sombra proyectada en las paredes, a través de… Llevamos semanas organizando esta entrevista. ¡Bonjour! Merci! ¿Qué hacemos ahora, Diana, tomamos un café? ¡Francia siempre huele a croissant!

Lo que queda fuera

Hay una mujer que aúlla de dolor, rapada y escuálida, atrapada en el marco de una fotografía. Su imagen congelada, su vida tal vez ya no exista. Es una de las internas de un hospital psiquiátrico en Venezuela retratada por Meredith Kohut. También hay un hombre encorvado sobre la imagen, que saca una fotografía de aquella misma fotografía, y un tercero que los fotografía a ambos, a la mujer llorando hambrienta y al espectador acorazado tras su cámara.

Cuando encuadras una imagen, al poner el foco sobre un pedazo de realidad, dejas fuera parte de esa misma realidad. Se suele hablar de que algo está dentro o fuera de campo. Y ese fuera de campo se construye intuitivamente, imaginando lo que la lente de la cámara no alcanza a retratar. Para acercarse lo máximo posible a la verdad no bastan con un único disparo. Hay que mirar de verdad.

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Veinticinco historias colgando de las paredes y miles de ojos. | Foto: Diana Rangel / The Objective.

Diana es venezolana. Recorre la sala cuadrada grabando un vídeo de cada una de las durísimas instantáneas sobre lo que está ocurriendo en su país.

 -Las imágenes son fuertes de verdad. En la prensa española no se ve ni la mitad de esta dureza… Pero es una tragedia.

La mueve no el morbo, sino el horror.

-Si puedes –le digo- saca una foto de esos hombres que sacan fotos a las fotos. – También yo tengo mi foco y mi idea…

¿Y luego qué? ¿Me haces tú una foto sacándoles fotos?

Un nuevo capítulo de ‘Black Mirror’ se ensambla en mi cabeza.

La batalla de Mosul centra la atención de esta edición de Visa pour l’image. Una guinda roja coronando un postre hecho de cascotes y personas con la mirada perdida, de cuerpos de milicianos abotagados tendidos uno al lado del otro. No obstante, hay muchos Mosul, muchas formas de narrar el combate y el triunfo: Está el Mosul que retrató Álvaro Canovas para París Match, quien acompañó durante meses a las tropas iraquíes hasta conseguir la victoria; el Mosul del fotógrafo de Magnum Lorenzo Meloni, su colapso del califato y las ruinas y el silencio en lugares como Palmyra, Kobani y Sirte. Y también el del premiado fotógrafo de Reuters Laurent Van der Stockt, en cuyas fotografías no aparecen cadáveres, ni de un bando ni del otro; están fuera de campo. Pero no hace falta imaginarlos, sólo pasar a otra sala.

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Coqueto tras la batalla, Laurent Van der Stockt. | Imagen: Diana Rangel /The Objective.

Las imágenes del fotógrafo Lu Guang sobre la contaminación en China te llenan los pulmones de humo; las aguas calientes de Vlad Sokhin y el impacto del calentamiento global en los lugares más remotos del mundo, desde Oceanía a Nueva Zelanda, con crecidas y basura flotando alrededor de las viviendas, te deja los pies húmedos y un malestar que te llevarás a casa, que olvidarás porque, eh, la vida continua.

Y cuando parecía que íbamos a entrar en barrena, de repente, una luz.

La reportera española Catalina Martín-Chico ha sido premiada varias veces en este certamen: En 2011 consiguió la Visa de Oro Humanitaria por su trabajo fotográfico sobre la revolución en Yemen, y este año recibía el galardón de Canon a la Mejor Fotoperiodista Mujer por un maravilloso fotorreportaje sobre la explosión de natalidad entre las ex-guerrilleras de las FARC en Colombia, que tras cincuenta años de conflicto vuelven a reunirse con sus familias y pueden ser madres.

Catalina nos espera en las oficinas de Visa pour l’image. Es amable, campechana y, sobre todo, sincera. Hace años que está afincada en Francia, pero países como Yemen se han convertido en un segundo hogar para ella.

– ¿Crees que la fotografía puede cambiar el mundo? –disparo.

– Modestamente, pienso que puedo ser una ventana abierta sobre un mundo que la gente no ve. Me gusta contar historias que no han sido contadas y poner luz sobre zonas de oscuridad –contesta Catalina. Ella sólo intenta dar voz a gente que no la tiene, reflejar situaciones injustas.

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Luminosa y campechana, Catalina Martín-Chico. | Imagen: Diana Rangel /The Objective.

Cuando la fotógrafa llega a un lugar, antes de sacar su cámara habla con las personas. Convive como ellos, trata de saber qué piensan y qué sienten. En su trabajo tiene una máxima: Si quieres entender, no debes juzgar. Nos habla de ver amanecer en la selva, del comandante pasando revista a la tropa, de la historia de Chachis, la guerrillera que dormía en la cama de al lado y que no podía ver a su padre que estaba en el hospital, y de bebés tomando un baño en un cubil.

Nos habla de conexión con la gente, de vidas duras pero alegres, de guerras, muertos y heridos, de personas que uno conoce por el camino y cuyas historias, tras meses de convivencia, acabas haciendo tuyas. Eso también está fuera de campo, la vivencia del fotógrafo, lo que él ha sentido e intenta transmitir con sus fotos, y el puñado de agentes que median entre su lente y las injusticias sobre las que trata de arrojar luz: el texto que acompaña una imagen, el medio que dirige la mirada, nosotros, lo que vemos y lo que nos han enseñado a ver. Y cuando acaba la entrevista, ni Diana ni yo pensamos más en buitres abalanzándose sobre niños ni en ganadores del Pulitzer que se matan de la culpa. Susan Sontag escribió: “No se puede poseer la realidad, pero se puede poseer (y ser poseído por) las imágenes”.

Sin trampa ni cartón

Fuera de la oficina de prensa, docenas de fotógrafos arrastran sus portfolios a las mesas. Es como un enorme speed-dating entre agencias y freelancers. A nosotras nos da risa, nos parece un mercadillo de píxeles, pero somos un poco menos cínicas ahora, un poco más conscientes de que entre la cámara y el ojo está la persona. Y tras visitar a Ferhad Bouda, fotógrafo de la agencia Vu, a las puertas de su exposición en la Chapelle du Tiers-Ordre, también ese mercadillo de píxeles que queríamos ver, y por eso vimos, desaparece.

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Ferhat Bouda y la resistencia bereber. | Imagen: Diana Rangel /The Objective.

Ferhat nació en la ciudad argelina de Kabyle. Su trabajo ‘Bereberes en Marruecos: resistiendo y defendiendo su cultura’ es un proyecto personal, tanto que forma parte de su propia historia. Porque este argelino que pasó su infancia en Francia es también bereber.

Siendo el pueblo más antiguo del Norte de África, los Amazigh o gente libre fueron bautizados como bereber (bárbaros) por los romanos. Son demócratas, igualitarios, nómadas que sobreviven con poco en las montañas, nos cuenta Ferhat. Pero, sobre todo, una nación que defiende con uñas y dientes su cultura pese al ostracismo de los gobiernos que los califican de herejes y, por eso, no reciben asistencia hospitalaria, ni en las escuelas se les enseña su idioma. Y ocurre en Marruecos, y en Libia, y en Malí. El bereber, también en la diáspora, poco a poco se borra.

-Mi abuela nos llevó a Francia para que pudiéramos ser libres. No entendía el francés, tampoco el árabe. Decidí estudiar cine para que pudiera ver películas en su lengua –afirma el fotógrafo.

Los ojos se le llenan de lágrimas, toma aliento y le damos unos segundos. Diana, que estaba haciendo fotos en aquel momento, baja la cámara. Me faltan dedos de la mano para señalar cuántos hubieran disparado en aquel momento; la emoción de un fotógrafo bereber que ha hecho de la imagen también una forma de resistencia, de memoria colectiva.

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Cómo explicar la guerra y la muerte a un niño. | Imagen : Diana Rangel / The Objective

Tengo al menos una decena de preguntas que hacerle y entre ellas hay una que esperaba se convirtiera en titular y se me atraviesa en la garganta conforme avanza la entrevista. ¿La hago? ¿No la hago? Quería que me hablase sobre el origen bereber de los terroristas del atentado de Barcelona, conocer su opinión al respecto. Me basaba en declaraciones de un catedrático de la Sorbona que señalaba la zona del Rif, en Marruecos, como un caldo de cultivo para el extremismo. Mis prejuicios son un reflejo de lo que soy, la persona que dispara una foto a quien hace la foto a una foto.

-Ahora tenemos algunas programas de televisión en nuestra lengua, pero los utilizan para islamizar y manipular. Casi es mejor no tener idioma. – confiesa todavía emocionado.

Y entonces, el pequeño tiburón aparece hambriento de polémica, de ‘Me gusta’ y ‘Compartir’ en redes. Honestamente, esperaba que no se molestase conmigo; honestamente también, deseaba que lo que contestase no me diese ningún titular. Y no lo hizo.

-Yo quería preguntarte… En fin… Como eres periodista, espero que no te ofendas. Ya sé que no viene al tema, pero…

El traductor enloquece con mis divagaciones y disculpas.

-Todos somos víctimas –contesta Ferhat, cuando al final me decido.

Una respuesta sincera y compasiva no abre a menudo un diario. Pero era la verdad. Y en lo más hondo, sentí bastante alivio.

Cuando atardeció, estábamos un poco más felices, un poco menos furiosas, y sobre todo, perdidas. Literalmente perdidas. Tratando de llegar a la estación, rodeamos el bello edificio del Couvent des Mínimes y, de repente, nos encontramos dentro de una de aquellas fotografías que con tanta atención contemplaban los visitantes. No era el Perpiñán sin colillas en el suelo, el Perpiñán de los guapos y guapas sentados en los cafés diminutos y los fotógrafos que acuden a almuerzos. Era el barrio de los otros franceses, los gitanos, los que vivían en edificios empobrecidos y en calles llenas de basura a sólo una esquina del dolor colgado, enmarcado, un dolor informativo, sí. También más glamuroso.

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Un ‘speed-dating’ entre fotógrafos y agencias. | Imagen vía Diana Rangel

-¿Y ahora dónde estamos? –le digo a Diana. Porque era la primera vez que veía el Perpiñán del fuera de campo que ni se intuye ni se piensa, y parecía otra galaxia.

-¿ Y por qué no vienen y sacan una foto de esto? – dice ella.

“Fotografiar es conferir importancia”, escribió Susan Sontag. Y también que la fotografía es “la más suave de las depredaciones, con el objeto de documentar una realidad oculta, es decir, una realidad oculta para ellos”.

Poseídas por las imágenes, perdimos la noción del tiempo. Quedan diez minutos para que salga el tren y corremos con la lengua fuera la larga avenida de banderines y palmeras que lleva a la estación. No lo conseguiremos, me digo, esprintando en tacones. Y en un desesperado alarde aventurero, hago un ‘Pekín Exprés’ y me lanzo a la carretera a parar el primer coche que pase.

-¿Cómo se dice estación en francés? –titubeo.

Gare!

-¿Cómo se dice ayuda en francés? ¿Y cómo es ‘perder el tren’?

El asombrado conductor nos entiende por contexto y hace señas para que subamos.  Saltamos del coche casi en marcha y subimos al tren de la misma forma.

La realidad tiene muchas caras, reversos, aristas. Las fotografías, como las personas, no son ni buenas ni malas. No precisan de límites. Todo depende del enfoque, depende de lo que quieras ver, de lo que te hayan enseñado a ver. Como ese conductor voluntarioso, como ese barrio que no aparece en la ruta, o esos otros fotógrafos a los que se les humedecen los ojos e intentan dar voz a quienes no la tienen, a pesar de quienes dirigen la mirada, a pesar también de nosotros.

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Las intimidades literarias de Gabriel García Márquez, al descubierto

Jorge Raya Pons

Foto: TOMAS BRAVO
Reuters

El archivo con todos los manuscritos que sobrevivieron de Gabriel García Márquez está en Estados Unidos. Él, que se rebeló contra todos sus gobiernos, nunca lo habría imaginado. Vendieron el fondo de documentos que había guardado durante años por más de dos millones de dólares a la Universidad de Texas –a través de la institución Harry Ransom Center–. Parece mucho dinero cuando Gabo –como le llamaron quienes le conocían– vivió con lo justo durante casi media vida. Aquella circunstancia cambió, sin embargo, cuando alguien quedó deslumbrado por Cien años de soledad.

Algunos días, García Márquez compartía con quienes le acompañaban la historia de cómo la idea del libro le alcanzó como un rayo, de cómo quedó prendido e incapacitado para hacer otra cosa que escribir. “A mis 38 años y ya con cuatro libros publicados desde mis 20 años, me senté ante la máquina de escribir y empecé: ‘Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo’. No tenía la menor idea del significado ni del origen de esa frase ni hacia dónde debía conducirme”, dijo en una ceremonia en Cartagena de Indias en 2007. “Lo que hoy sé es que no dejé de escribir ni un solo día durante 18 meses, hasta que terminé el libro”.

Gabo, que nació en el Caribe colombiano y siempre se reconoció periodista, escribió otras obras que son infinitas –como El coronel no tiene quien le escriba y El amor en los tiempos del cólera– y dejó miles de páginas que ahora pueden consultarse gratuitamente y en línea. Son folios y folios –unos 27.000– y artículos y fotografías y ficciones a medias que revelan sobre García Márquez tanto como sus memorias: en ellos están sus métodos de trabajo, sus anotaciones, sus vicios de escritura. La universidad tejana ha comenzado un laborioso y encomiable esfuerzo para digitalizar todo cuanto llegó a sus manos, y los resultados son verdaderamente estimulantes si uno es lector devoto del maestro de Aracataca.

Cómo consultar en línea todo el catálogo de Gabriel García Márquez
Gabriel García Márquez, en Monterrey en 2007. | Foto: Tomás Bravo/Reuters

La página tiene habilitados unos buscadores que permiten, incluso, filtrar por palabras clave, y también un mecanismo sorprendente con el que se pueden comparar simultáneamente borradores distintos de una misma obra. Entre los documentos hay pasaportes de sus abuelos, de él mismo, fotografías de su infancia, todo un torrente de información que desvela las facetas misteriosas de su vida, sobre las que tanto mintió a sus biógrafos.

Toda esta hazaña no habría sido posible –quién sabe– si García Márquez no hubiera publicado Cien años de soledad. Aquello fue una posibilidad real al menos en dos ocasiones, según sus recuerdos. La primera, cuando la mecanógrafa Esperanza Araiza (Pera) resbaló saliendo de un autobús, bajo la lluvia, y provocó que los papeles de su borrador final se empaparan todos en un charco. Luego tuvo que secarlos pacientemente y uno a uno para rescatar los 18 meses de trabajo de su amigo.

La segunda, cuando el escritor y su esposa, Mercedes, se dispusieron a enviar a la editorial Suramericana por correo las 590 cuartillas que entonces eran la novela. El trabajador de la oficina pesó las hojas y les dijo: “Son 82 pesos”. Pero ellos eran pobres y solo tenían 53. Tuvieron que enviar la mitad de la novela, con el escaso atino de escoger la segunda mitad y no la primera. Unos días después, les escribió el editor y les dio el dinero restante a cambio de que le hicieran llegar la primera parte. La historia de García Márquez –quizá distorsionada– viene a demostrar que la fortuna, a veces, es caprichosa. Ahora sus intimidades literarias y familiares quedan abiertas para los curiosos y los investigadores.

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Sobre los lugares adecuados y los hombres sirena

Laura Ferrero

Foto: AP
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Se llama ‘La silla de Fernando’ y es una película-conversación con Fernando Fernán Gómez que hicieron David Trueba y Luis Alegre. Pero es mucho más que un diálogo en el que el actor y director aborda distintos temas como la guerra civil, sus tiempos mozos, las noches de Madrid, las mujeres, el amor o el franquismo…Desde su silla, Fernán Gómez pontifica, se adentra en todos los terrenos políticamente incorrectos y pantanosos, se ríe y hace reír. Se enfada y hace enfadar. Cuenta, en definitiva su paso por esta montaña rusa a la que comúnmente llamamos vida.

De joven, su deseo era ser guapo y fuerte, el mismo que tenemos muchos de nosotros aunque no lo digamos en público. Siempre me han parecido particularmente admirables las personas que dicen lo que piensan sin temor al juicio ajeno. Mi abuela dice que esas son cosas de la vejez, de la llegada de ese tiempo en el que uno empieza por fin a relativizar las cosas. La vejez no es solo dejar de sufrir por el pasado sino también desacralizar por fin el tabú del qué dirán.

Una de las reflexiones que más me gustó es la que Fernán Gómez hace en torno a la envidia. Siempre se ha dicho que ésta es el pecado capital de los españoles y yo misma, hasta que vi la película, lo hubiera corroborado. Sin embargo, el mítico actor lo desmiente. Envidiar es “querer ser como otro”, es un deseo en positivo en el sentido del que dice “me hubiera encantado escribir El Quijote”. Fernán Gómez matiza que el verdadero pecado nacional no es la envidia sino el desprecio a la excelencia. Aquel que dice, por ejemplo, frente a las 1200 páginas de El Quijote, “pues chico, llevo treinta páginas y no es para tanto. Vaya tostón”.

En la película hay otro momento verdaderamente memorable: aquel en el que el actor y director habla de la búsqueda del amor. En su juventud salía mucho de juerga –al bar del aeropuerto de Barajas, el único abierto hasta las tantas en tiempos de dictadura y prohibiciones– y ahí buscaba a su mujer soñada. Su arquetipo ideal era Marlene Dietrich, una femme fatal en toda regla. “Destrúyeme” hubiera querido decirle Fernán Gómez a la hipotética Dietrich española. Este deseo se lo transmitió Fernando a una amiga con la que salía entonces, que le respondió: “Ay, Fernando, a ti nadie puede destruirte. Tú ya estás destruido”. Por aquellos tiempos amigos y conocidos le advertían seriamente de que estaba buscando a su mujer ideal en los lugares equivocados. Los bares de alterne no eran los adecuados. Pero ahí discrepo: las personas importantes aparecen de entre los rincones más insospechados.

Eso también lo cuenta Samantha Schweblin, que poco tiene que ver con Fernán Gómez. O bueno, igual más de lo que nos pensamos. Ayer terminé el maravilloso Pájaros en la boca y otros cuentos, y más allá de que me enamoré del relato que le da título al libro y asimismo de uno llamado ‘Mujeres desesperadas’, me quedo con uno que se llama ‘El hombre sirena’. En él, una mujer está en un bar del muelle esperando a su hermano Daniel: juntos tienen que ir a cuidar de su madre. De repente, sobre una columna de hormigón del muelle, divisa a un hombre sirena. Tarda en entender el significado de aquello y se acerca. Conocerse, que dice Salinas, es el relámpago, Y así les ocurre a ambos, que se enamoran en un instante, si es que eso es posible y si cuando ocurre es posible dejarlo para más adelante: “Aunque no puedo decirle que lo amo: no todavía, debe pasar más tiempo, debemos hacer las cosas paso a paso (…). Pero la decisión está tomada, es irrevocable”.

Sin embargo, pronto aparece su hermano Daniel en su busca, y ella se levanta, supongo, porque le ocurre como a Fernán Gómez, que no sabe si ese es el lugar donde debería estar buscando el amor. Y sin embargo.

“Se queda mirándome un momento. Me doy vuelta hacia el mar. Él, hermoso y plateado sobre el muelle, levanta un bazo para saludarnos. Y aun así, Daniel entra al auto y abre la puerta de mi lado. Entonces no sé qué hacer, y cuando no sé qué hacer, el mundo me parece un lugar terrible para alguien como yo, y me siento muy triste. Por eso pienso: es solo un hombre sirena, es solo un hombre sirena, mientras subo al auto y trato de tranquilizarme. Puede estar ahí otra vez mañana, esperándome.”

O puede que no, querida. Así que bájate del coche. Dile a Daniel que se vaya por donde ha venido y corre hacia el muelle, hazlo deprisa y cruza los dedos para que el hombre sirena, que ha divisado a lo lejos tus dudas y titubeos siga siendo el vínculo y el hilo, el amarre a la única vida que tienes, que no es la de Daniel ni la de tu madre, ni la de los miedos que viajan raudos dentro del coche. Corre. ¿Sabes que solo ocurre una vez, que solo hay un único hombre sirena?

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Lorca en presente

Carlos Mayoral

Foto: Fundación García Lorca
Fundación García Lorca

Federico es un poeta que todavía no ha conocido su verso. Apenas se ha dejado llevar por la marea académica en la que le ha sumergido su madre, y nadie excepto los chopos del patio de su casa, que le susurran con cariño su nombre (…Fe-de-ri-co…), sospecha que estamos delante del bardo más universal del siglo XX hispánico. Todo cambia durante un viaje a Castilla, la misma Castilla a la que le cantaba entonces Machado, cuando se fija en las cigüeñas que coronan los campanarios de la meseta. Ese día le escribe a un amigo residente en Suiza los primeros versos conscientes de Federico García Lorca: Cigüeñas musicales/ amantes de campanas/ oh, qué pena tan grande/ que no podéis cantar. Ha visto la luz el poeta.

Hace unos días cayó en mis manos “Palabra de Lorca”, extraordinario libro, que guarda en su interior anécdotas como ésta que acabo de redactar. El título centra su sinopsis precisamente en eso, en una recopilación de entrevistas y artículos sobre la figura del granaíno engarzada por Rafael Inglada, Víctor Fernández y la editorial Malpaso. Más allá de la edición, tan hermosa como todas las de este sello, se abría ante mí una duda: ¿Sería tan seductora esta cara del poliedro lorquiano como lo fueron las otras? Sólo me bastaron dos giros de página para darme cuenta de que, efectivamente, estábamos antes un nuevo prodigio que mantiene viva su llama: Federico lo había vuelto a hacer.

Poliedro lorquiano, sí. Porque Federico muestra a menudo tantas caras y tan ricas en matices cada una de ellas que sería absurdo volverle la vista a alguna. “Palabra de Lorca” se recrea en estas caras, pero lo hace en presente, tiempo verbal que parecía esfumarse sepultado en algún lugar entre Víznar y Alfacar. Podemos fijar la atención en el Federico dramático, capaz de convertir en discurso la sangre del teatro; en el Federico más surrealista, el que hace de Nueva York verso y espina; en el Federico más popular, el que a golpe de romance cincela la tradición moderna andaluza. Todos ellos pasan en este libro por la túrmix de la opinión del propio poeta, que le da vida a su obra.

“Palabra de Lorca” nos telegrafía su cara más íntima, la que bebe de sus confesiones. Secretos, interioridades, esquinas de alcoba. El libro se regodea en la impresión que a Federico le produce tal o cual estreno dramático, en el discurso que el de Fuentevaqueros le da a los obreros catalanes sobre la URSS, en la grieta en la mejilla que Nueva York le dejó para siempre, en la infancia que guardó en su memoria el recuerdo del campesino que escuchaba a Chopin mientras hojeaba a Bakunin. Nótese cómo esparzo las anécdotas del libro sin control temático ni cronológico, porque así era el Lorca que se aleja del mito, un individuo que siente y vive sin control, un ser íntimo que supo hacer de su intimidad figura retórica, verso y obra maestra. “Palabra de Lorca” habla del Federico infinito, lo desnuda y lo coloca frente a nosotros. Y, recuerden, lo hace en presente. La poesía y sus lectores estamos de enhorabuena.

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