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Celtas Cortos: "Nos quedan muchas ganas de seguir haciendo música"

Rodrigo Isasi Arce

Foto: Rodrigo Isasi
The Objective

“20 de abril del 90, hola chata ¿cómo estás?, te sorprende que te escriba, tanto tiempo es normal…”. Así comienza una de las canciones más conocidas del mítico grupo de folk rock Celtas Cortos. Y es que somos muchos los integrantes de la generación Y, y parte de la Z los que hemos crecido escuchando esta y otras canciones como La senda del tiempo. Han pasado muchos años desde ese “20 de abril del 90”, pero no por ello Celtas Cortos ha dejado de tocar. El grupo, que cumple 30 años este 2017, sigue dando guerra sobre los escenarios y ha ofrecido este jueves por la noche un concierto en la Sala Joy Eslava de Madrid.

Allá por el año 87 sacaban su primer disco, Así es como suena: folk joven, que publicaban junto con los grupos de folk Ágora y Yedra. Han sido 30 años de cambios en los componentes de la banda, en la que se mantienen fieles el guitarra y vocalista Jesús Cifuentes, Cifu, y el encargado del saxo y los whistles, Goyo Yeves.  Uno de sus temas reza: “No. No nos podrán parar somos Celtas Cortos con ganas de luchar”. Y eso es precisamente lo que parece, en estos 30 años, nada les ha detenido y hoy es el día en el que nos reciben encima de un escenario para ofrecer un nuevo bolo a sus incondicionales fans y comenzar la gira de su nuevo disco In Crescendo, grabado en directo con la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias. Son ya casi dos millones de discos vendidos en toda su historia y más de 2.000 conciertos a sus espaldas.

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Alberto García en la prueba de sonido | Foto: Rodrigo Isasi/The Objective

Hablamos con Alberto García, que se incorporó al grupo en 1992 y que se encarga del violín y del trombón. Alberto lleva muchos años tocando el violín. Un cúmulo desafortunado de circunstancias en su vida no han sido suficientes para que abandonara la música; y es que con 31 años le diagnosticaron artritis psoriásica, una dolencia muy común que puede llegar a ser bastante invalidante dependiendo del grado de afección y del dolor que ésta provoque. Aún así, es el primero que se sube al escenario a dar lo mejor de sí mismo.

¿Qué ha cambiado en Celtas Cortos desde aquel 20 de abril del 90? 

Pues han cambiado muchas cosas. Los años te acaban abollando un poco la ingenuidad y la ilusión a borbotones que tienes cuando eres más joven, pero quedan muchas cosas de lo que era el grupo de entonces. Quedan muchas ganas de seguir haciendo música, canciones en común, que es el hilo conductor, es la esencia que nos mantiene juntos, aparte de una buena dosis de amistad. También han cambiado las vidas de todos, ya que la inmensa mayoría somos padres, y eso también va conformando la manera de estar en el grupo.

¿Cómo surgió el tema 20 de abril?

Bueno, eso fue una carta de amor que escribió Jesús (Cifuentes) a una destinataria y ahí se queda la cosa. Es algo anecdótico. Yo creo que la cuestión personal se puede obviar, es un desparramo de desamor hecho poesía y una manera de hacer música para nosotros, que es combinar una base más o menos rockera con una instrumentación más o menos folk. También fue una manera para nosotros de sentar las bases de como hacer música, aunque luego la hemos hecho de muchas otras maneras y mirando a muchos otros sitios.

30 años  sobre los escenarios ¿Tendremos Celtas para unos cuantos años más? 

Nosotros vamos a ir pasito a pasito y siempre hemos pensado que esto era una carrera de fondo y nos vamos planteando las etapas una a una. Ahora estamos pensando en la siguiente, que son unos ensayos en el mes de octubre, y no tardando demasiado hacer una grabación de eso. Hasta ese momento, cada uno va cocinando sus historias, grabando, proponiendo ideas que luego serán comunes. Eso es lo que tenemos ahora, aparte de acabar la gira enteros. La idea es tener un nuevo disco para el año que viene.

¿Qué hay de cierto en el origen de vuestro nombre?

Nuestro nombre tenía que ver con que muchos integrantes del grupo fumaban Celtas. Al haber Celtas largos y Celtas normales, la gente los llamaba ‘cortos’ y se aprovechó esa especie de complicidad con el público en general, ya que era un tabaco muy popular y tenía que ver mucho con lo que hacíamos musicalmente: usábamos la música celta, pero nos quedábamos cortos para hacer otro tipo de sonoridades, por lo que nos venía un poco como anillo al dedo.

 ¿Ya no se hace música como la de antes?

Yo creo que sí se hace música como la de antes, lo que pasa es que los canales para llegar al público han cambiado. Los mayoritarios se dedican algo más no se, es que la palabra “comercial” se queda corta; se dedican a lo básico, a llegar al público. Actualmente, por suerte, los canales de difusión de la música han cambiado y están prácticamente al alcance de cada uno de nosotros; otra cosa es saber cómo ofrecerte, ser un poco culebrilla para llegar a donde quieres llegar, dar mucho la tabarra y creértelo mucho.

 ¿Qué papel juega la tecnología?

La tecnología ha influido para mal y para bien, ha abaratado muchas cosas que tienen mucho valor, pero también ha abaratado, precisamente, la posibilidad de ser tu propio gestor y productor de tu música. Puedes ser un ente completamente autónomo.  Desde que la idea surge en tu cabeza, hasta que se estrella en el mejor de los sitios.  Esto es un arma de doble filo, hay que saber manejarla y no cortarse.

 ¿Qué decir del trabajo de Celtas Cortos?

Nosotros procuramos tener una coherencia con lo que a nosotros nos gusta, con lo que realmente hemos hecho, y con lo que consideramos que es digno para que el público lo escuche. No obstante, supongo que hay gente que en la música ve algo más aparte de lo puramente artístico y da más prioridad a la parte de mercadería de la música. Creo que en hacer girar todo al mismo tipo de música en todas las cadenas de radio, hay mucho de interés puramente comercial. Nosotros intentamos mantener por lo menos una buena dosis de interés por lo puramente artístico y lo que realmente a nosotros nos conmueve por dentro.

Aparte de Celtas Cortos, ¿Qué escucha Alberto? 

Pues escucho infinidad de cosas. Lo último que he escuchado con un poco de atención es un grupo que se llama Punch Brothers, que tienen violín, mandolina, banjo, contrabajo, guitarra y su vocalista canta muy bien el tío. También he escuchado una mandolinista que se llama Sierra Hull. No lo sé, la verdad es que estoy abierto a un montón de grupos. Es un espectro muy amplio el que me puede llegar a calar, necesito un poco de virtuosismo musical para que me llegue, pero estoy abierto a prácticamente cualquier tipo de música.

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Saioa Camarzana

Foto: Henri de Toulouse-lautrec | La pelirroja con blusa blanca, 1889
Museo Thyssen-Bornemisza

Los meses de septiembre y octubre, además de ser una de las mejores épocas para los afortunados que salen de vacaciones, es el momento en el que se reactiva toda la agenda cultural. Los escritores vuelven a publicar, a los teatros vuelven las obras y los museos, que durante el verano siguen abiertos, renuevan su agenda para empezar el curso con sus mejores apuestas. Después de Apertura Madrid Gallery Weekend, iniciativa que lleva en marcha desde hace ya ocho años, el próximo jueves es el turno de Barcelona Gallery Weekend, que con el mismo espíritu madrileño, lleva a sus artistas a inaugurar simultáneamente. Entre unas cosas y otras recomendamos ocho exposiciones que se van a inaugurar en madrileños en los próximos días.

William Kentridge en el Museo Reina Sofía

Sin duda va a ser la exposición del año. Aunque aún queda algo más de un mes de espera, se inaugura el 31 de octubre, es una de las citas que no pueden faltar en las agendas. William Kentridge. Basta y sobra es una muestra hilada a través del trabajo escénico, en el que se incluye ópera, teatro y performance, que cuenta la historia de un solo protagonista. El proceso creativo en el caso de Kentridge es vital y en la muestra se intercalan bocetos, dibujos y grabados que sirven de punto de partida. La obra del último Premio Princesa Asturias de las Artes cuenta con algunas constantes como el dibujo, el collage, el retrato y el cine que, por supuesto, forman parte de la cita del año.

Cai Guo-Qiang en el Museo del Prado

Es uno de los artistas chinos con más proyección internacional hasta la fecha. La chispa de Cai Guo Qiang está en el uso de pólvora para dinamitar su trabajo. Probablemente su obra más célebre sea Escalera al cielo, una obra efímera que le llevó varios intentos y ha tenido la entidad suficiente para el rodaje de un documental sobre su gestación. En el Museo del Prado, que en ocasiones se abre al arte contemporáneo, recibe a este artista en una especie de residencia destinada al diálogo con nuestros maestros más indiscutibles que inspiren nuevas piezas que se expondrán en el Salón de Reinos bajo el nombre de El espíritu de la pintura. Pero el momento clave de su paso por Madrid tiene una fecha concreta: 25 de octubre. Ese día Cai Guo Qiang dinamitará una obra de gran tamaño dentro de las paredes del edificio. Además, Isabel Coixet está preparando un documental sobre su proceso creativo.

Picasso / Lautrec en el Museo Thyssen-Bornemisza

Picasso y Toulouse-Lautrec nunca se llegaron a conocer pero la influencia que el último ejerció sobre el maestro malagueño es palpable en sus obras. Cuando Picasso visitó París a finales de 1900 conoció su obra y su manera de entender el arte y la modernidad. Lautrec aunó alta y baja cultura, arte y publicidad y esta manera de trabajar impactó de manera radical en Picasso y condicionó su futuro estilo artístico. Hasta la fecha no se ha puesto en relación (no al menos en forma de exposición) las afinidades de ambos que pasan por el gusto por temáticas como los burdeles, los retratos caricaturescos, la noche, los cabarets y el circo.

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Detalle de “Historia do Brasil. Little Girls and Boys”, 1975. | Imagen vía La Casa Endcendida.

Anna Bella Geiger en La Casa Encendida

La experta en arte Estrella de Diego es la comisaria de la muestra Geografía Física y Humana de la artista brasileña Anna Bella Geiger. Se ha alzado como uno de los nombres imprescindibles del arte conceptual brasileño y La Casa Encendida le dedica un recorrido que reúne cerca de 100 obras para que el visitante se adentre en el universo de esta artista radical. Vídeos, fotografías, collage y obras en tres dimensiones reflexionan a cerca de las políticas coloniales, los estereotipos culturales, las exclusiones y los discursos impuestos por la hegemonía. Y si hay algo que le interese en particular ese es el mapa, elemento protagonista de una obra frágil y delicada que convierte los asuntos políticos y sociales en objetos poéticos.

Cristina Lucas en Alcalá 31

La artista de Jaén aterriza en la Sala Alcalá 31 con Manchas en el silencio, un proyecto político y social que aún es sensible de ampliar. El asunto que retrata Cristina Lucas es el de los bombardeos aéreos contra la población civil que se han llevado a cabo desde que en 1912 se inventó la aviación. La pieza central está formada por tres grandes pantallas en las que se muestran los lugares de los bombardeos acompañadas de imágenes documentales de las víctimas. Esta pieza central se complementa con unos tapices en los que ha bordado mapas con esos mismos nombres de los lugares atacados llegando, en ocasiones, a convertirlos en un borrón debido a la cantidad de bombas caídas. En la planta de arriba 360 relojes marcan la hora de todo el globo con un tic tac tan sutil como ensordecer que hace que el tiempo quede suspendido.

Este otoño, de museo en museo: 8 exposiciones imprescindibles en Madrid
Zuloaga Retrato de la condesa Mathieu de Noailles, 1913.

Zuloaga en la Fundación Mapfre

El pintor vasco inaugura una muestra monográfica en la Fundación Mapfre este jueves 28 de septiembre. La fundación se ha centrado en la época en la que Zuloaga se trasladó a la capital francesa cuando tan solo tenía 19 años. Zuloaga en el París de la Belle Époque. 1889-1914 incide en esos años en los que el pintor desarrolla su lenguaje en esta ciudad que se convierte en el centro del mundo moderno. Allí, el pintor encuentra un estilo que va acorde a la ebullición que se encuentra. A través de 90 piezas el espectador puede formarse una idea detallada de cómo Zuloaga gestó un lenguaje que está a medio camino entre la cultura francesa y la española. Además, aparece retratado junto a otros artistas como Picasso, Toulouse-Lautrec, Rodin y Bernard que funcionan como diálogo entre el pintor de Eibar y el París de la época. Además, piezas del Greco, Zurbarán y Goya, que el pintor coleccionó, complementan una exposición que quiere ofrecer un nuevo acercamiento a este genio de la pintura.

Itziar Okariz en el CA2M

A partir del 27 de octubre el CA2M dedica una de las antológicas más completas a la artista vasca Itziar Okariz. Bajo el título …una contrucción, es decir, una jerarquía de momentos, expresiva de cierto concepto grande o pequeño, abstracto esotérico, extracto de Oficio de poeta de Cesare Pavese, la conexión del lenguaje y del cuerpo que erigen todas sus piezas serán los protagonistas en el CA2M. Siendo, como es, una de las artistas del performance que amplía y eleva a un nuevo nivel esta disciplina en la que se inscriben hoy infinidad de artistas, Okariz utiliza la voz y el silencio para crear nuevos contextos.

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GATO Y GRANADAS
Serie: Bodegones Almodóvar | Imagen vía La Fresh Gallery.

Pedro Almodóvar en La Fresh Gallery

El cineasta se ha pasado a la fotografía y lo hace con unos bodegones tan personales que utiliza la encimera de su casa y los objetos que ha ido comprando. Algunos recuerdan al artista italiano Morandi, otros crean figuras femeninas y estilizadas y en casi todos aparecen detalles de la realidad más cercana. Enchufes, paredes manchadas, clavos que en algún momento han sostenido un cuadro… Almodóvar presenta en La Fresh Gallery 70 fotografías a modo de bodegones posmodernistas que forman una especie de autobiografía íntima. El dinero recaudado con la venta de estas piezas irá destinado a Mensajeros por la paz.

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Catalina Martín-Chico: “Los bebés, los perros y los móviles son el símbolo de la paz en Colombia”

Beatriz García

Foto: Diana Rangel
The Objective

Catalina Martín-Chico acaba de recibir el premio a la Mejor Fotoperiodista del festival Visa Pour L’Image de Perpiñán por un reportaje sobre las ex guerrilleras de las FARC.

Española afincada en París, la fotoperiodista Catalina Martín-Chico es amable, humana, sincera y una de las mejores fotógrafas de Europa. Ha pasado alrededor de diez años fotografiando Oriente Medio, sobre todo, la República de Yemen. Por su trabajo sobre la revolución yemení, la cruenta guerra civil que vivió el país en 2015, fue galardonada con una Visa de Oro Humanitaria que otorga el prestigioso festival de Fotoperiodismo Visa Pour L’Image. No obstante, no es la historia de una guerra y sus atroces consecuencias la parte favorita de su trabajo. A la fotógrafa le interesan esas otras vidas aún no contadas en imágenes, historias que a veces están llenas de esperanza, posibilidades y optimismo.

Su reportaje sobre las ex guerrilleras de las FARC en Colombia, que fueron reclutadas de adolescentes y tras el acuerdo firmado entre el gobierno y la milicia pueden ser madres –más de trescientas mujeres están embarazadas- y reunirse con sus familias, le ha otorgado la Visa de Oro a la Mejor Fotoperiodista Mujer en esta edición del festival.

The Objective ha hablado con Catalina Martín-Chico sobre fotografía, pero, sobre todo, acerca de historias muy humanas.

Catalina Martín-Chico: “Los bebés, los perros y los móviles son el símbolo de la paz en Colombia” 3
Las imágenes más tiernas del fin de un conflicto. Foto de Catalina Martín-Chico

Has trabajado muchos años en la zona del Yemen, ¿cómo acabaste en la selva colombiana con las guerrilleras de las FARC?

Fue una pura casualidad. Había leído un artículo sobre ciento cuarenta embarazos en las FARC y empecé a investigar. En Francia se habla muy poco en general de América Latina y del proceso de paz en Colombia y me dije: ‘Esto es tan importante en la vida de esta gente… La guerrilla más larga; la última’. Pensé que era una buena manera de hablar de este proceso de forma positiva, con esperanza, a través de la historia de estas guerrilleras.

Luego traté de vender el proyecto a varias revistas francesas, pero era una mala época, con las elecciones presidenciales en Francia y el Festival de Cannes, así que hice algo que nunca hago, cogí mis ahorros y me marché a Colombia. Sabía que no podía perder tiempo, necesitaba ver a esas mujer cuando todavía estaban en la selva, con sus uniformes, para poder explicar lo que va a ocurrir después.

Entonces, volverás a la selva…

El premio es una beca y me ayudará a volver y seguir documentando dentro de unos meses y hasta el festival del año próximo.

Lo más importante para mí en aquel momento era ver si era verdad lo que se decía, y me di cuenta de que era mucho más que eso. Es decir, había más de trescientas mujeres que se quedaron embarazadas al mismo tiempo y en cada uno de los tres campamentos que visité, vi niños, incluso de diez u once años. Para mí es una historia de reencuentros, porque muchas son chicas que se quedaron embarazadas durante la guerrilla, no abortaron y dejaron a los niños con sus familias y llevan diez años sin verles. Es una historia muy simbólica de lo que está sucediendo en Colombia: los bebés, los móviles y los perros son símbolos de la paz.

Catalina Martín-Chico: “Los bebés, los perros y los móviles son el símbolo de la paz en Colombia”
Catalina Martín-Chico | Foto: Diana Rangel / The Objective

¿Los móviles?

Sí, porque llevaban años sin contacto con sus familias y ahora vuelven a estar localizables; se crean perfiles de Facebook y un hermano te encuentra, te escribe y te dice: “Oye, ¿eres tú?”.

A las FARC no les gusta mucho la prensa. ¿Fue difícil que te permitieran convivir con ellos?

La verdad es que no. Están en una fase de apertura total y pude estar con las guerrilleras durmiendo en sus camas y viviendo en sus caletas. Lo que más me interesa es estar lo más cerca de las personas y pasar tiempo con ellas; es imposible contar la historia que quiero en cuatro días y ningún medio tiene presupuesto para que te quedes tres semanas.

Supongo que hay mucha diferencia entre trabajar por encargo de un medio y realizar un proyecto personal. ¿Hay algo que éticamente no cubras como fotógrafa?

Si una revista me contacta suelo aceptar. Al final intentas trabajar lo mejor que puedes y toda historia tiene algo interesante. Lo que no hago es montar escenas; por ejemplo, que una revista me diga que ha vendido un tema y que una persona debería estar en un lugar determinado para que aparezca en las fotos.  

De todas maneras, no sólo cuentan las imágenes, el texto también añade elementos informativos y tiene su poder. Y luego el editor de fotografía elige las imágenes y qué tamaño tendrán, así que es toda una cadena de información de la cual yo, como fotógrafa, no soy actriz de principio a fin. Pero los proyectos personales son otra cosa, porque tú eliges qué historia quieres contar, cómo y qué tiempo necesitas.

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La importancia de no juzgar. Foto de Catalina Martín-Chico

La mirada siempre es diferente…

De una decena de fotógrafos que están en un lugar, ninguno sacará la misma foto y todos contarán una historia diferente. Nuestra profesión es subjetiva…. Es una mezcla de lo que hay delante de ti y lo que te dan las personas, además de que inconscientemente cada cual cuenta algo de él mismo a través de las imágenes.

¿Una imagen puede cambiar el mundo?

Modestamente, intento ser una ventana abierta a un mundo que la gente no ve. Me gustar contar historias que no han sido contadas y arrojar luz sobre zonas de oscuridad. Relatar, por ejemplo, una historia que me parece injusta sobre gente que no tiene voz y tratar de conmover. Aunque no todas las fotos sean icónicas, algunas sí han cambiado cosas.

Pero si acaban cambiando al fotógrafo…

Es inevitable que acabes haciendo tuyo algo de lo que estás reflejando con tus fotos. Si no tenemos esa cosa tan personal, tan visceral, no podríamos ejercer una profesión tan dura y tan precaria. Ese cinco por ciento de algo muy humano nos ayuda a seguir.

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Los últimos nómadas de Irán. Un reportaje de Catalina Martín-Chico

Debes tener un montón de anécdotas de la selva colombiana.

Sí, pero no son momentos espectaculares, sino muy sencillos: La primera vez que vi al comandante reuniendo a todos los guerrilleros a las cinco de la mañana, con el día levantándose en las montañas, dije: “¡No puedo creer que esté aquí con las FARC, que llevan cincuenta años de conflicto en estas montañas…”. Y piensas en tantas cosas… En las luchas de mi padre cuando era joven, en sus ideas revolucionarias.

O dormir al lado de Chachis, esta guerrillera que de madrugada hablaba por whatsapp con su madre, que estaba llorando porque acababan de operar al padre y no despertaba, y ella quería salir del campamento para ir a verla, pero no le daban autorización porque era peligroso. Y también ver un cubo en la selva con dos bebés allí bañándose, y los biberones, y esas chicas que han dado a luz allí mismo. ¡Qué valientes son todos y qué duro!

Es lo que me apasiona de trabajar sobre el terreno, que en esos lugares vives momentos excepcionales. Aquí tenemos demasiadas capas, siempre queriendo mostrar que somos más fuertes y más listos, pero ellos viven con lo esencial y cuando llegas allí a trabajar debes abandonar todas esas capas y ponerte en pelotas. Y entonces, se produce una conexión muy humana, y en mi caso favorece que me abran las puertas de sus casas y pueda vivir con ellos.

Hay fotógrafos que trabajan sin plan y otros que viajan a un lugar sabiendo qué quieren contar y cómo. ¿Cuál de ellos eres?

Yo empecé con esa inocencia de voy y cuento lo que sienta, pero una historia debe construirse poco a poco. Debes pensar previamente en qué situaciones distintas necesitas reflejar para documentar esa historia y dar el máximo de información, como, por ejemplo, si tienes que ir a las casas de los familiares, a la universidad para ver cómo estudian, y, paso a paso, armarlo todo.

Lo más importante de mi trabajo es dar una información real, porque no soy artista, sino fotoperiodista. Eso me lleva también a ir a un lugar sin juzgar y sin tener una opinión muy marcada. Por ese motivo, nunca haría un reportaje sobre el Ku Klux Klan, porque imagino que sería imposible distanciarme.

Cuando viajo, voy abierta a lo que quieran mostrarme. Trabajo mucho en Yemen y cuando algunas personas ven mis fotos y dicen “Ay, qué horror, pobres mujeres…”, cometen un error. Si vas con una idea muy marcada no vas a entender la cultura. Hay que vivir con los poros abiertos y llenarlos del aire que haya.

¿Yemen es el lugar más duro donde has trabajado?

Sé que la gente piensa que el oficio de reportero de guerra es el más complicado y que son quienes viven situaciones más duras, pero no es así. Yo he estado en la guerra, he visto gente herida y muertos, pero cuando llegas, la situación ya está delante de ti y cualquier fotografía que hagas va a ser impactante.

Hay otro tipo de reportajes de investigación, como los que se centran en la violencia en América Latina, que sí son realmente peligrosos y difíciles. Pasas meses tratando de conseguir tan sólo un acceso, debes vivir a menudo en el gueto y ganarte la confianza de narcos para que pasen otras tantas semanas antes de que saquen un arma o te enseñen la droga y la puedas fotografiar. Pienso, por ejemplo, en el periodista Christian Poveda, que dedicó años a documentar la vida de las maras en El Salvador, y que fue asesinado mientras estaba rodando un documental.

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Catalina Martín-Chico | Foto: Diana Rangel / The Objective

Después del atentado terrorista de Barcelona se hicieron duras críticas a los medios por publicar imágenes de la masacre. Como fotoperiodista, ¿tú qué opinas?

Si la situación es dura no es culpa del fotógrafo, sino del hecho en sí. Creo que debe ser contado por dramático que sea.

No te veo muy cómoda con que te tomen fotos…

Prefiero estar detrás de la cámara, la verdad. Además, en muchos casos es como si la cámara fuera una protección ante la dureza de las situaciones. Por ejemplo, en Yemen, cuando la gente se muere es como si la cámara absorbiera las emociones de un lado y del otro. Sí, ahí creo que se forma la foto.

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Dignitex protesta por el rostro oculto de la moda de cara a la Fashion Week Madrid

Anna Carolina Maier

Foto: Ana Laya
The Objective

Una mujer está guindada entre telas rojas en la Plaza Callao de Madrid. A sus pies, unos maniquíes tirados en el suelo. Se trata de una escultura humana que representa la precariedad de las condiciones laborales de la industria textil.

A la vez, a 40 minutos en metro y a 20 en coche, en la Feria de Madrid (IFEMA) se lleva a cabo la ‘Mercedes-Benz Fashion Week Madrid’ (MBFWM). Inició este jueves y es su 66ª edición. Allí, las principales marcas de moda, en 47 desfiles, presentarán hasta el martes sus nuevas colecciones para la temporada Otoño-Invierno 2017.

“Se está llevando a cabo la Semana de la Moda de Madrid y queremos mostrar la otra cara de esta moda. Hay muchos casos de explotación, de esclavitud e incluso, empleo de niños confeccionado la ropa”, señala desde Callao Juan Sabin, quien pertenece a la agrupación Dignitex, movimiento que pretende luchar “por la dignidad de los puestos de trabajo en la industria textil”.

Dignitex protesta por el rostro oculto de la moda de cara a la Fashion Week Madrid 1
En algunos países unirse a un sindicato es motivo de despido. | Foto: Ana Laya / The Objective

Además de presentar el performance, activistas reparten volantes de concientización a los transeúntes. Insiste en mostrar “la cara oculta de la moda”.

Dignitex está compuesto por organizaciones defensoras de Derechos Humanos y también políticas. Además de Sabin, que forma parte del partido Sain, está Lola Sánchez Caldentey, eurodiputada de Podemos.

La parlamentaria señala que en abril fue aprobado en la Eurocámara un informe –resolución 2016/2140(INI)– que insta a la Comisión Europea a “iniciar un proceso legislativo para acabar con la situaciones de esclavitud de casi 75 millones de personas en el mundo de las cuales, la gran mayoría, son de mujeres y de niños”.

“Le toca el turno a la Comisión Europea. Son ellos los que tienen que dar el paso para agilizar este proceso legislativo para que algún día veamos una ley que sea vinculante” y establezca condiciones laborales para evitar la esclavitud en la industria textil.

A pesar de mostrarse contenta ante el paso dado en abril, considera que “la Unión Europea no trabaja demasiado para las personas y sí para las grandes empresas”. De modo, que “siguen defendiendo las iniciativas voluntarias que se pusieron en marcha después del derrumbe del Rana Plaza (Bangladesh) con casi 1.200 muertos”.

Caldentey sostiene que “las iniciativas voluntarias” no van a solucionar este problema.

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Manifiesto de Dignitex. | Foto: Ana Laya / The Objective.

The Objective consultó a Inditex, una de las principal compañías de la industria textil en el mundo, sobre su postura ante la resolución 2016/2140(INI) y las acusaciones de violación a los Derechos Humanos de los trabajadores que confeccionan la ropa.

A pesar de haber contestado a un correo electrónico, la respuesta se basa en la protección medioambiental pero no toca la protección de derechos de los trabajadores o sus condiciones.

Señala que Inditex es una industria “libre de tóxicos” que busca constantemente la “mejora de su cadena de suministro”.

“Nuestros proveedores y sus fábricas asociadas deben cumplir con unos requisitos mínimos en la gestión de productos químicos si desean trabajar con nosotros”, acota.

También dice que aplica “mejoras en todas las fases” de su cadena de valor para reducir su “consumo energético” ya que se preocupa por el Cambio Climático.

“Otro de nuestros objetivos es que en 2020 ninguno de los residuos que proceden de nuestras oficinas, centros logísticos y tiendas acabe en un vertedero”.

Asimismo, añade “que ha iniciado un programa con el Massachusets Institute of Technology (MIT-MISTI) para financiar la investigación y desarrollo de nuevas técnicas de reciclaje”. Pero el mail no toca el asunto laboral.

Dignitex protesta por el rostro oculto de la moda de cara a la Fashion Week Madrid 2
Hasta SuperMujer se une a la causa de Dignitex. | Foto: Ana Laya / The Objective

Daniel Sabin, por su parte, hace una crítica directa a esta empresa. “En el caso de Inditex, hay muchas denuncias e investigaciones abiertas en todo el mundo. En Brasil, ha habido condenas en tribunales por tener a trabajadores en condición de esclavitud. Es una cosa generalizada en el mundo de la industria de la moda porque son de los que marcan la senda. Desde H&M, Mango, El Corte Inglés hasta Benetton, han deslocalizado su producción a países donde la legislación es muy flexible y quien paga eso son niños esclavos y mujeres y hombres explotadas”.

“¿Seguro que esta temporada otoño/invierno necesitas vestir explotación? No dejes que tus prendas y sus derechos acaben en la basura”.

“El algodón con el que se hace mucha de la ropa que se vende en tiendas españolas viene en buena parte de Uzbekistán. Uno de los países con mayor trabajo infantil y forzado”.

“Y así llegamos a una fábrica en Sri Lanka, Pakistán o Bangladesh; como la de Rana Plaza, que se derrumbó en 2013 matando a más de 1200 personas”.

Estas son algunas de las frases que se llevan los panfletos informativos que dejan a quien pase por Callao.

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Ignatius Farray: "Sigo siendo un p*** loser"

Jorge Raya Pons

Foto: EL FIN DE LA COMEDIA
COMEDY CENTRAL

Es importante que sepan esto: he visto dos veces a Ignatius Farray y la primera fue en una sala de espera. Era junio y hacía tanto calor que sus gafas estaban empañadas. La segunda fue en el bar Picnic, en Malasaña, y a falta de media hora tenía el recinto lleno. Era septiembre y volvía a los monólogos. Hizo esperar al público una hora. Salió con energía, nos miró a todos y, en un paréntesis de intimidad, dijo: “Sabíais que esto iba a empezar tarde”. Y todo el mundo respondió con risas.

* * *

Es mediodía en la segunda planta de la sede de Comedy Central en Madrid. Entra Ignatius Farray vestido de corto: una camiseta negra, los pantalones de chándal de un azul eléctrico, los calcetines por los tobillos, las deportivas blancas. Fuera hace calor, y le caen unas gotas de sudor alrededor de las cejas. No levanta mucho la mirada. “Soy Nacho”, dice, presentándose. “Encantado”.

Ignatius Farray está en todas partes: con Andreu Buenafuente en Late Motiv (Movistar+), con David Broncano y Quequé en La vida moderna (Cadena Ser), tiene su propia serie de televisión (El fin de la comedia), tiene sus monólogos casi semanales en distintos bares de Malasaña. Está en todas partes, le digo, y arrastra dos o tres años de éxito. Él se apresura a desmentirlo, con una risa muy sincera: “En realidad solo este último año. Sigo siendo un puto loser.

Ignatius Farray: "Sigo siendo un puto loser" 1
Ignatius Farray, posando en el ático del edificio de Comedy Central. | Foto: Ana Laya/The Objective

Ignatius Farray es el rey de la comedia. Un canario de metro ochenta, que ha pasado los cuarenta, calvo salvo por una pelusa que cubre la parte alta de su cabeza –la llama la Selva-. Tiene una barba poblada, de varios meses y sin recortar, y unas gafas negras de pasta como Woody Allen. Ignatius lleva un año creciendo sin parar en la comedia. “Este año la cosa no ha parado”, dice. “La rueda de la comedia me ha pasado por encima. Lo noto porque la gente me saluda por la calle”.

Uno se pregunta qué ha sido de él todo este tiempo. Nació en un pueblo llamado Granadilla del Sur, al sur de la isla de Tenerife, y el absurdo comienza en el momento en que no hay una Granadilla del Norte. Dice que allí fue muy feliz, que tuvo una infancia tranquila, que aquello es muy distinto a Madrid. Dice que fue un chico más bien tímido, pero que en determinado momento algo se desató por dentro: “Recuerdo que hubo un año, no sé si fue en 5º o 6º de EGB –con 10 ó 12 años–, que de repente me vine arriba y me convertí en el payaso de la clase. ¡Me llamaban Woody!”.

–¿Por qué? –le pregunto.

–Por Woody Allen. Me decían: “Eh, Woody, ¡háztelo ahí!”.

Tiene anécdotas de infancia que son memorables, algunas aficiones inimaginables cuando uno solo conoce el personaje, y todas ellas permiten comprender mejor que Ignatius no solo es divertido, sino también retorcido. “Me acuerdo de que en una época me dio por el tenis”, cuenta Ignatius, conteniendo la risa. “Había una cancha en el pueblo y me pasaba la tarde allí solo, peloteando contra la pared. Era por el 88 y ya se sabía que los Juegos Olímpicos iban a ser en Barcelona. Yo llegué a falsificar cartas que me enviaba a mí mismo poniendo que era Samaranch, el presidente del Comité Olímpico, que se dirigía a mí diciendo que habían estado observándome y que querían que yo representara a España en tenis. Yo luego esas cartas se las enseñaba a mi hermano para impresionarle. Y él se lo creía”.

Pasó poco tiempo hasta que comprendió que no solo se divertía haciendo chistes, sino que quería hacerlos todo el tiempo. Ignatius supo que le ilusionaba cada vez más hacer reír a la gente, y comenzó a alimentar esa ilusión, aun creyendo que nunca sería capaz de ganarse la vida con ello. “Me impresionaban Faemino y Cansado”, dice. “La primera vez que me subí a un escenario fue para imitarlos en el casino del pueblo”. ¿A los dos?, le pregunto. Y él se ríe, afirmando con la cabeza.

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Es septiembre y el calor no remite. El bar Picnic cumple nueve años, casi una década de monólogos y cervezas, y desde hace unos meses cuenta con un embajador de oro. Este local tiene dos plantas, una a nivel de calle y otra subterránea, y es en la segunda –con poca luz, tonos rojizos y un paisaje hawaiano de fondo– donde está el pequeño escenario.

Es miércoles y son las diez de la noche. Ignatius toma el micrófono y todo el mundo se encorva hacia delante, como esperando el momento de reír. El público está expectante. En la planta de arriba hay tanto ruido que se hace difícil escuchar a Ignatius. Él dice: “Habrá un momento en que os daréis cuenta de que arriba se lo están pasando mejor”. Luego pregunta si hay alguien que se ofenda con facilidad y descubre que hay un negro. Le apunta con el dedo, con una risa incontenible. “¿Eres negro?”, le pregunta. El chico le responde que aunque lo parezca no lo es. Ignatius exclama: “Eso es todavía más insultante que cualquier cosa que pudiéramos decirte”. Entonces Ignatius comienza a imitarle con una voz extraña: “No, no. Aunque lo parezca. Me ha pasado mil veces. ¡Soy como vosotros!”. Pide un aplauso y todos aplauden. El chico, que no es negro y quizá solo un poco moreno, también aplaude.

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Ignatius siempre quiso hacer reír, pero comenzó en el humor bastante tarde. Tenía 29 años y volvía a Madrid desde Londres. Allí vivió dos años. “Recuerdo que fui a la aventura”, dice, rememorando una historia que cuenta a menudo. “Solía ir a un comedy club. La propietaria se dio cuenta de que no entendía demasiado bien a los cómicos y me dejaba entrar por la mitad de precio. A mí me gustaba solo por estar allí. En Londres comencé a tomármelo más en serio. Luego llegó la casualidad de que en España estaba empezando a llegar la moda de los monólogos con El club de la comedia, Paramount Comedy… Aquella confluencia me lo hizo imaginar de una manera más concreta… A lo mejor sí me atrevía a subirme al escenario para actuar”.

El líder de los Canarios arios habla con mucha dulzura y tiene la voz grave. A veces pierde la compostura y se pone a gritar, sin que nadie pueda verlo venir. Y es gracioso porque es su factor sorpresa. Tiene un humor muy salvaje y sin prejuicios: no le importa bromear sobre los negros, los judíos o el nazismo. Y, como él dice, puede hacerlo porque no es racista, ni antisemita, ni fascista. Es más bien izquierdista y sin horizontes. Es ese humor negro el que causa muchas veces las críticas. “Igual que mucha gente admite hablar de muchas cosas de cualquier manera, hay gente que enseguida cae en el malentendido, que cree que hay un propósito de hacer daño o para que ellos se sientan ofendidos”, dice, dando una justificación. “Llega a ser un poco ridículo. Con eso no digo que un cómico no pueda meter la pata. Creo que se puede hablar de todos los temas, pero no se puede hablar de todos los temas de cualquier manera. Se puede ser desagradable o impertinente, y eso ya no es comedia”.

Y tras una breve pausa, continúa: “Pienso que la comedia debe crear conciliación. Desde el momento en que tenemos ese punto de complicidad y nos estamos riendo juntos de algo, nos acerca más que enfrenta. Creo que la gente que se ofende no está entendiendo de qué va el asunto”.

Ignatius comienza a sentirse más suelto en la entrevista y le pregunto a qué le teme más, si al silencio o a la ofensa. Su respuesta es clara, aunque fragmentada: “Los silencios no me molestan especialmente, forman parte de esa tensión. Un cómico tiene que estar acostumbrado a ese tipo de situaciones. Si te dedicas a esto, ese tipo de situaciones tensas en las que algo no está yendo bien te ocurren continuamente. De alguna manera tienes que aprender a disfrutar de esos momentitos. Si no, lo vas a pasar bastante mal. Hay que encontrarle la gracia”.

¿Y en cuanto a la ofensa? “Yo… Yo lo paso muy mal. Cuando noto que he metido la pata… Cuando veo que la gente se ofende y no hay ningún motivo, me quedo bastante tranquilo. Pero cuando noto que he metido la pata y he podido ofender a alguien… que he hecho algo a alguien que realmente le molestaba… siento una sensación horrible. Te lo juro: no paro de pedir perdón. A veces lo paso mal si pienso que tengo que disculparme con alguien y al final de la actuación no lo encuentro. En los 15 años que llevo en la comedia, la sensación que más se ha repetido es la de arrepentimiento y remordimiento”.

Y entonces ríe, pero se siente como una risa nerviosa: “La sensación de remordimiento es permanente”.

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La función de Ignatius esta noche es servir de gancho comercial: se limita a presentar a otros cómicos más jóvenes antes de que ellos se lancen al vacío y luego se pone a un lado. Es un gesto generoso. Pero eso el público no lo sabe porque han venido a ver a Ignatius. La sala se vacía paulatinamente. Ignatius se sienta muy cerca del escenario y se esfuerza por reír. Da una palmada a cada cómico cada vez que su espectáculo termina. Les dice unas palabras. No solo les presenta, sino que les apoya. Algunos de ellos tienen verdadero talento. Ignatius se gira a menudo para comprobar que los otros espectadores también disfrutan, y unos pocos lo hacen. A veces se gira y levanta el dedo índice y sonríe y pide silencio cuando algunas hablan.

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En El fin de la comedia, Ignatius se expone a conciencia y sin reservas: es tímido, discreto y profundamente nostálgico. Casi una molécula de agua. Ignatius confiesa que su personaje es bastante genuino, pero reconoce que uno no puede renunciar siempre a ciertas construcciones que gustan al espectador: “Un cómico está para que la gente se ría y se lo pase bien”, dice, agregando: “Pero no puedes caer en hacer cosas que no te apetecen hacer. Cuando te das cuenta de que estás hablando de ciertas cosas, no porque te salgan del corazón sino porque es lo que quiere la gente, acabas cayendo en esa trampa. Es una tentación de la que hay que huir”.

Se puede advertir de sus palabras que a Ignatius no le importa ser una estrella. Él persigue otras metas no tan efímeras, quizá la más evidente sea la autenticidad. Ignatius tiene un pensamiento muy colectivo, tiene ese sentimiento de comunidad, y eso está presente en la proximidad que plantea constantemente al público. Ignatius es la antítesis del ególatra y parece evitar distracciones: si bien asegura que no ha tenido tentaciones de la industria del cine, afirma que tampoco le atraen en absoluto. Incluso estando en la cresta de la ola, lo que quiere es conservar su teleserie, su programa en la radio, los monólogos nocturnos. Disfrutar el momento.

“Es verdad que tradicionalmente en el mundo del stand-up comedy muchos cómicos –la generación de los 70 en Estados Unidos, la época dorada– terminaron siendo muy mediáticos, estrellas de cine. Como Robin Williams o Steve Martin”, dice, poniendo un contexto necesario a la pregunta. “Comenzaron de una manera muy arrastrada y terminaron así. En cuanto pudieron lo dejaron para dedicarse al cine o a otras cosas. Luego les quedó la sensación, y esto lo han dicho ellos, de que fue una especie de traición a sí mismos. Muchos de ellos, en la medida que pudieron al final de sus carreras, trataron de retomar esos inicios que ellos sentían como más auténticos. Hay que intentar mantener la llama viva”.

En cualquier caso, le pregunto nuevamente si le ha surgido la posibilidad de tomar ese tren que han aprovechado Dani Rovira o Berto Romero, por ejemplo. Ignatius dice que no con la cabeza y ríe: “La verdad es que a mí eso me ha pasado. He tenido esa suerte. Intento disfrutar de mi trabajo, de mi oficio, sin caer en esa locura”. Luego hace una pausa y concluye: “No doy la talla”.

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Cuando termina son las doce y media y espero a Ignatius casi en la puerta. Le digo: “Hola, Nacho”. Y él me saluda, recordándome vagamente. Hace unos minutos le ha lamido el pezón a un joven. Lo ha levantado muy alto y sin esfuerzo, como si tuviera el peso de una pluma, y le ha lamido el pezón izquierdo. Ignatius y yo comentamos la noche, la actuación de Pedro Silva y recordamos la entrevista de junio. Viste una camiseta negra, los pantalones de chándal de un azul eléctrico, los calcetines por los tobillos, las deportivas blancas. Nos despedimos y le digo que la vamos a publicar esta semana.

Entonces me da las gracias y un abrazo, y luego se marcha.

Ignatius Farray: "Sigo siendo un puto loser" 2
Ignatius Farray, sobre el escenario del Picnic. | Foto: Jorge Raya/The Objective

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