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Cinco series que parecen no tener fin

María Hernández

Cuando vemos una serie, nos metemos en la vida de los personajes, vivimos con ellos los momentos más emotivos de sus vidas. Algunos nos hacen reír, otros nos sacan las lágrimas. Muchos nos caen bien, queremos que les pasen cosas buenas; a otros los odiamos y queremos que, pase lo que pase en la serie, no salgan beneficiados. Todos estos personajes acaban formando una historia a la que nos enganchamos sin remedio, y es por eso que cuando nos gusta tanto una serie, no queremos que acabe.

“Hay series que parece que no vayan a acabar nunca”

Las cadenas de televisión a veces se toman esto muy en serio, tanto que hay series que parece que no vayan a acabar nunca. Son géneros totalmente diferentes, con públicos muy variados e historias de todo tipo, pero el caso es que estas series llevan alargando su éxito desde hace años, y no parece que vaya a tener fin.

Los Simpson, una ficción demasiado real

Estrenada en diciembre de 1989, Los Simpson se ha convertido en una de las series más largas de la historia de la televisión. La ficción, creada por Matt Groening, lleva emitidos 574 capítulos divididos en 25 temporadas.
La historia de Homer, Marge, Bart, Lisa y Maggie Simpson se hizo hueco en nuestras pantallas y nunca más salió de ellas. Tanto es así, que en numerosas ocasiones estos peculiares personajes amarillos aparecen en nuestras conversaciones con frases como: “Eso pasa en un capítulo de Los Simpson” o “¡Ah sí! Cómo en ese capítulo de Los Simpson que…”.

Muñecos de Homer, Bart, Lisa, Marge y Maggy Simpson, personajes de la serie (Foto: Alaric Lambert/ AP)
Muñecos de Homer, Bart, Lisa, Marge y Maggy Simpson, personajes de la serie (Foto: Alaric Lambert/ AP)

La animación discurre en Springfield, un pueblo norteamericano ficticio donde se desarrollan situaciones típicas de una sociedad moderna, a las que sus personajes se enfrentan de una forma cómica y divertida. A través del humor, los guionistas de esta serie utilizan a sus personajes para hablar de temas controvertidos sobre política, educación o incluso religión. Además, sus capítulos hacen continuas referencias al mundo de cine, al de la música la literatura, la ciencia o incluso a hechos históricos.
Quizá sea ese tono de humor con el que se habla de la realidad, o quizá la familiaridad que los espectadores ya tenemos con estos especiales personajes. No sabemos qué es, pero lo cierto es que Los Simpson llevan casi treinta años con nosotros, y ya forman parte de la cultura de más de una generación.

Viajando en el tiempo con Doctor Who

Cambiando por completo de estilo, la serie de la BBC Doctor Who es otra que lleva acompañándonos mucho más de lo que algunos podemos recordar. Aunque dividida en dos etapas, son 833 capítulos los que lleva emitidos esta historia de ciencia ficción.
Doctor Who apareció en 1963 y hasta 1989 se dedicó, en 26 temporadas, a visitar el pasado y el futuro ayudando a gente corriente y luchando contra la injusticia. Sus aventuras volvieron a nuestras pantallas en el año 2005, y lo hicieron para quedarse.

La fotografía muestra el interior de la nave Tardis de Doctor Who (Foto: Doctor Who Spoilers/ Flickr).

La historia se incluyó en el Libro Guinness de los Récords poco después de su relanzamiento como la serie de televisión de ciencia ficción de más duración del mundo. Además, en sus más de cincuenta años de historia, se ha convertido en una serie de culto en la sociedad británica, siendo reconocida por sus imaginativas historias, sus creativos efectos especiales y por el uso pionero de la música electrónica. De ella han nacido spin-offs como Torchwood o The Sarah Jane Adventures, así como libros, videojuegos…
La nave TARDIS arrancó en 1963 una serie de viajes a distintas épocas y lugares de la Tierra y otros mundos. Ahora, 53 años más tarde, las múltiples aventuras que el Doctor vive con amigos y enemigos siguen despertando nuestra curiosidad y trasladándonos con ellos, aunque solo sea durante un rato, a lugares extraordinarios.

Medicina y drama en Anatomía de Grey

También en 2005 empezó una serie que no parece querer abandonar nuestras pantallas: Anatomía de Grey. La vida de Meredith Grey y la de sus amigos más cercanos nos ha acompañado durante once años, divididos en trece temporadas, dejándonos momentos verdaderamente intensos.
Su creadora, Shonda Rhimes, narra en esta serie de la cadena ABC el día a día de un grupo de cirujanos en un hospital ficticio de Seattle. Durante sus 279 capítulos, un número que muchos esperan que siga creciendo, una gran variedad de personajes nos emocionan con los momentos más importantes de su vida, muchos de ellos intensos y dolorosos.

Los actores de Anatomía de Grey posan durante la entrega de los People's Choice Awards (Foto: Danny Moloshok/ Reuters).
Los actores de Anatomía de Grey posan durante la entrega de los People’s Choice Awards (Foto: Danny Moloshok/ Reuters).

A Meredith Grey no parece pasarle nada bueno, y sus amigos y familia parecen participar a veces de esa mala suerte que acompaña su vida. Es probablemente esa mezcla entre la lucha permanente de la protagonista por salir adelante, el drama constante las vidas de los personajes y la gran cantidad de historias amorosas que tienen lugar en la serie, la que consigue atrapar a tantos y tantos seguidores que durante once años han sido fieles a Anatomía de Grey.

Cuéntame cómo pasó, la historia de un cambio en España

Desde el año 2001, la familia Alcántara nos ha acompañado en un viaje a través de la historia más reciente de España. Desde 1969 hasta 1985, que fue donde se quedó la última temporada, Cuéntame cómo pasó narra la historia de España a través de una familia de clase media-baja. Antonio y Mercedes, junto a sus hijos Tony, Inés, Carlos y María, además de otros miembros de la familia y amigos, viven en primera persona las represiones de la era franquista, los cambios de la transición democrática y la movida madrileña.

La familia Alcántara al completo (Foto: RTVE).
La familia Alcántara al completo (Foto: RTVE).

Desde que la familia Alcántara se traslada a Madrid desde su pueblo natal, Sagrillas, van evolucionando poco a poco hasta conseguir un estatus social que nunca habrían imaginado. La serie pone de manifiesto las diferencias entre dos generaciones que vivieron épocas completamente diferentes. Así, mientras que los padres, viven una represión tanto política, como religiosa y sexual, sus hijos viven grandes cambios en todos los ámbitos que les harán sentirse incomprendidos a la vez que liberados.
Cuéntame ha conseguido emocionarnos con las historias personales de todos sus personajes pero, sobre todo, nos ha hecho aprender sobre hechos históricos de gran relevancia en nuestro país.

Days of our lives, medio siglo en las pantallas americanas

Aunque quizás nos suene menos, Days of our lives es uno de los títulos más largos que todavía siguen emitiéndose. Esta serie americana comenzó el 8 de noviembre de 1965, y desde entonces se ha emitido prácticamente cada día entre semana. Diez años más tarde de su estreno, debido a su gran éxito, sus capítulos pasaron de tener treinta minutos de duración a una hora.
Esta historia, creada por el matrimonio Corday (Ted y Betty), se centra en la vida de una familia de médicos, uno de los cuales trabaja para un hospital mental. Las vidas de sus componentes incluyen, cómo no, romances, triángulos amorosos, divorcios, matrimonios y momentos de la vida en familia. Todo esto, sumado a las historias médicas de su día a día, crea una mezcla que despierta el interés de los espectadores desde hace más de medio siglo.

Days of our lives lleva 51 años en emisión (Foto: NBC).
Days of our lives lleva 51 años en emisión (Foto: NBC).

La serie ha sido parodiada por otras como Friends, en la que aparecieron algunos de los actores de Days of our lives.
En febrero de 2016, la cadena NBC le ofreció la renovación durante un año más, lo que la prolongaría hasta 2017, con la opción de continuar emitiendo incluso un otro año después de este. Son dos años más de entretenimiento para todos aquellos fieles que siguen las historias de la familia Horton.

Cinco series que han llegado a formar parte de las vidas de sus espectadores, que esperan impacientes cada nuevo capítulo para conocer los cambios en las vidas de sus personajes favoritos. Cinco series que, con el paso de los años, se han hecho un hueco en nuestras pantallas que ni ellas, ni nosotros, queremos que abandonen.

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Glaciares sorpresa

Jesús Nieto Jurado

Foto: POLICE CANTONALE VALAISANNE
AFP

Si en España se nos agrietara un pobre glaciar aparecerían, si es por el Aneto, una ristra de facturas impagadas de los ‘pujoles’. O quizá el cadáver momificado de un autónomo que fue a probar suerte como heladero vegano donde el cielo besa al picacho nevado. En España no quedan glaciares que merezcan la pena, sino una nieve sucia que queda pisada por el polvo sahariano en las zonas umbrías del Veleta cuando voy de senderismo con mi amigo Pulido en un ejercicio de tolerancia sufí y piedras. En Suiza han encontrado, a la sombra derretida de un glaciar, a un matrimonio de pastores que llevaba desaparecido setenta años – lo menos- en la alta montaña. Lo que en España es un ‘guerracivileo’ de cunetas por abrir, en Suiza es un obsequio de los glaciares a las familias grisonas por tantos años de callada neutralidad con vacas y oro. Y esto no es ni bueno ni malo, sino una observación del talante helvėtico, del talante hispano, del cambio climático ese que niegan hasta cuando los osos polares, hoy, se marcan un guaguancó cubano. La montaña tiene a veces estas sorpresas que reconcilian a las familias con sus abuelos, o que abocan al Hombre al canibalismo ultracongelado como pasó en Los Andes y como recordó Risto Mejide con sofá, mala leche y frente de publicista malencarado. Pero es que la imagen que acompaña a esta columna justifica una serranilla suiza, un canto alpino a la justicia poėtica de los glaciares en retroceso. Nunca fueron tendencia las nieves del Kilimanjaro. Pobre Ernest, pobre planeta, pobres suizos y pobre glaciar. Yo ya me voy a un glaciar patagónico a ‘jartarme’ de orfidales y congelarme de lirismo y quedarme pajarillo. Porque después del feminazismo llega el proglaciarismo y ahí sí que me encontrarán en la causa. Frost, claro.

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Locos por la maría

Melchor Miralles

Foto: Matilde Campodonico
AP

Fue abrir las farmacias de Montevideo y arrasar. Se agotaron las existencias de las 16 farmacias de Montevideo en nada. Era el primer día que se podía vender legalmente marihuana en las boticas, y fue una cuerda locura. Ahora lo que no saben es cuando podrán reponer existencias. Uruguay ha sido el primer país del mundo en experimentar la venta legal del cannabis para uso recreativo, y no parece que haya sucedido nada, más allá del furor de los compradores, consumidores habituales que prefieren comprarla legalmente a hacerlo en el mercado negro.

Es un gran asunto, de fondo. Hay debate. De hecho, solo 16 de más de 1.000 farmacias de Montevideo se apuntaron al asunto. Las demás consideran que no es atinada la venta con fines recreativos, aunque si cuando se trata de aplicación terapéutica. Y aquí está la clave, y se me ocurren argumentos en ambas direcciones. Pero me puede el creer que siempre será mejor la venta legal y controlada que el fomento del mercado negro, que posibilita además la puesta en circulación de porquería más dañina y que enriquece a las mafias.

No tiene discusión a estas alturas que la marihuana tiene una aplicación terapéutica beneficiosa en muchos casos. Como no la tiene que su consumo habitual, en exceso, es dañino, como sucede con el consumo de cualquier sustancia, como el alcohol o el tabaco, que se venden legalmente. Y ahí está la clave. El prohibicionismo se ha impuesto durante muchos años y todo apunta que favorece el enriquecimiento de los cárteles, destroza la vida de muchos intermediarios de medio pelo y perjudica a quien tiene decidido el consumo sea legal o ilegal. Veremos cómo avanza la prueba uruguaya, pero quizá hayan sido pioneros en una salida a un problema social de envergadura. Y después, como siempre, está la educación, la formación, la información y el sentido común de cada cual. Porque el que quiere consumir, consume. Por eso la locura de Montevideo, la locura por hacer normal lo que es habitual. Con rigor, sensatez, seriedad y control. La vida misma.

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Errejón y cierra España

Gonzalo Gragera

Foto: PIERRE-PHILIPPE MARCOU
AFP PHOTO

Aunque la RAE, ejercicio de mérito notable, haya provocado un debate –mediático, ¡mediático!- entre filólogos, y en pleno verano, la noticia política de esta semana es el acuerdo que firmaron en el Congreso las cúpulas del PSOE y de Podemos. Un acuerdo que busca afinidad ideológica, puntos en común, entre dos partidos no tan semejantes como pudiera parecer, vista primera, al ciudadano medio. Las medidas con las que ambos partidos mostraron su colaboración son, como se puede imaginar, de carácter social; es decir, mayor prestación de becas, aumento del gasto público para contribuir al empleo entre los jóvenes, medidas de emancipación, etc. Lo que cualquier dirigente de aspiración socialdemócrata desea. Pero no todo fue concordia. La distancia llegó en cuanto se habló de Cataluña. Mejor: del referéndum que los nacionalistas e independentistas catalanes plantean para el 1 de octubre. Las discrepancias, siempre presentes entre ambos partidos en cuanto el derecho a decidir decide aparecer, son, por ahora, insalvables. Ante estas diferencias respecto del nacionalismo catalán, optan por el silencio: lenguaje que en la política, al igual que en la literatura, es clave para entender una parte del todo.

El coqueteo de Podemos con las formaciones nacionalistas, y sus intereses, es de sobra conocido. Jamás se han pronunciado sobre las dos preferencias que permite el asunto, aunque seamos fan de la casuística y de la alternativa: o se está por el cumplimiento de los preceptos constitucionales o se está por el referéndum, que es la vulneración de la legalidad vigente y la apuesta por el juego del arbitrio de un partido, de hago esto porque me da la gana, sin respeto ni consideración a los límites de la norma. De esa tímida postura, ellos, tan vehementes y convencidos en otras, estos lodos. O estos desacuerdos. La oposición conjunta con el PSOE, un camino que bien podría traer votos y escaños, y lo más importante, progreso, se torna un imposible.

Sobre nacionalismo, patriotismo y sus formas ha hablado Errejón, quien sigue a la sombra del pensamiento de su partido, acaso el papel más interesante en el poder. ¿Alguien dudaba de que su figura iba a ser sustituida o desplazada? Errejón ha propuesto un patriotismo fuerte y desacomplejado desde ideas progresistas y democráticas. Lo que se percibe de estas inclinaciones, dada la trayectoria, es una llamada al patriotismo como un elemento de cohesión populista. Como lo fue en el peronismo. Como en aquellas marchas de la dignidad, perfectamente orquestadas en tiempo y forma. Un valor, dignidad, al que le atribuimos un referente, nuestras siglas. Por tanto, quien no apoye esa manifestación no estará a favor de un valor como la dignidad, valor que representa, en el ideario de Podemos, su partido. Aunque sea, evidente, universal y ajeno a una determinada política. Con la idea de patriotismo de Errejón sucedería algo similar: ellos representarían el valor de España, del pueblo –el apelativo cursi e idealista de sociedad-, enfrentado con otros que han ensuciado, corrupción y paro mediante, su nombre.

Raro es el populismo que convence sin un elemento nacionalista o de patriotismo emocional. La patria como propiedad de un pueblo que se encuentra en un eje opuesto al de una casta de dirigentes que han llevado a su nación al abismo. Errejón lo sabe. Y va a empezar, se masca la estrategia, por ahí. Más aún cuando necesitan despojar su prejuicio patriótico en relación con un PSOE que le pide una vuelta de tuerka, con K. Errejón es un inamovible, una santidad de su cúpula. Ahora que se acercan las fiestas de Santiago, habrá que cambiar la popular consigna medieval: Errejón y cierra España. O cierta España.

Continua leyendo: La novela siciliana de Miguel Blesa

La novela siciliana de Miguel Blesa

Antonio García Maldonado

Foto: SERGIO PEREZ
Reuters

Es mítica la visita que en El Padrino II hace el abogado de la familia Corleone, Tom Hagen, a un pentito Frank Pentangelli apunto de hablar ante el tribunal que investiga a la Mafia siciliana en Estados Unidos. Pentangelli es un hombre protegido por las autoridades, por lo que sólo cabe apelar a su (mala) conciencia.

–Siempre te ha interesado la política, la historia. Ya hablábamos de la trascendencia de Hitler en el 33 –arranca Hagen.

–Sí, sigo leyendo, tengo un montón de libros.

–Tú fuiste de los pioneros… De los que soñaban con que la familia debería organizarse. Y copiasteis mucho las antiguas legiones romanas, jefes y soldados… Aquello funcionó.

–Sí, desde luego que funcionó, eran días gloriosos aquellos, y nosotros el Imperio Romano, la familia Corleone era un Imperio Romano…

–Sí… Lo fue… Frankie, si fallaba un complot contra el emperador, los conspiradores tenían una oportunidad para que sus familias conservaran sus bienes.

–Sí, pero sólo los ricos, Tom. Los pobres lo perdían todo, se lo quedaba el emperador… a no ser que fueran a su casa y se suicidaran, así no ocurría nada y sus familias… sus familias tenían resuelta su vida.

–Sí, una solución buena… Única.

Mi hermano Rafa me ha recordado esta escena al calor del suicidio de Miguel Blesa. Algunos hechos no muy distintos han sucedido en Majer, el territorio imaginario de sus novelas. El hermano del expresidente de Caja Madrid fue notario en nuestro pueblo, donde se le recuerda como un hombre íntegro, cabal, cercano. Firmó muchas de las hipotecas que concedían los bancos –entre ellos Caja Madrid– durante la obnubiladora burbuja inmobiliaria que late de fondo en la muerte de su hermano. Uno no puede dejar de pensar en el sufrimiento que el comportamiento de Blesa causó en su familia, y en el postrero intento del vilipendiado banquero por expiar inútilmente sus culpas. No hay juez más severo que la propia conciencia, y Blesa gritó con su suicidio que un tal Hagen iba a visitarlo cada día, y que si iba y le zarandeaba, es que aún era un ser humano digno de pena. Su desesperación y el ocultamiento de su hundimiento –como confirma la familia– nos hacen pensar en el arrepentimiento, y esa es quizá la última muestra de humanidad de hombre que no dio demasiadas muestras de ellas durante muchos años.

Las circunstancias de su suicidio también hablan: vuelve de noche a la tierra que le vio nacer, sin equipaje, desayuna con los amigos y, antes de desaparecer de la escena con una mala excusa relacionada con su coche, le da el número de móvil de su mujer a uno de los amigos congregados en el coto de la sierra. “Por si tienes que llamarla”, le explica. Ha contado un psiquiatra en la radio que la vuelta a un lugar querido es un patrón de conducta habitual en los suicidas. Recuerda a algunos pasajes y a la atmósfera de ciertas novelas de Leonardo Sciascia. Un lugar apartado, personas poderosas y búsqueda de un sentido, como en Todo Modo, una de las novelas más conocidas del siciliano, llevada al cine en 1976 por Elio Petri, con Marcelo Mastroianni en el papel protagonista.

Y, cómo no, también parece un caso del comisario Montalbano, el policía siciliano creado por Andrea Camilleri, nacido en Porto Empèdocle, cerca de Agrigento, el pueblo de Sciascia y de Luigi Pirandello. Los lectores de su saga –y los seguidores de la estupenda serie de la RAI que la adaptó para la televisión– sabemos del gusto del policía de Vigàta por los casos que trascienden el propio hecho de la muerte violenta, por los sucesos que retratan un momento histórico convulso o un estado del alma. Este sería uno de esos casos que le atraparían hasta la insania. Montalbano ha visto a más de un retornado a Sicilia para vivir sus últimos días, a más de un corrupto o un mafioso con mala conciencia, a más de un suicida inesperado. El comisario, hombre duro y hosco, es incapaz de evitar un último gesto de pena y lamento por ellos. Es el personaje de ficción que más se me parece al ideal del “ironista melancólico” que reclama Manuel Arias en La democracia sentimental.

Una condena judicial con obligaciones pecuniarias, multa y cárcel habría reparado a muchos, a demasiados. Pero su mala conciencia –que no su consecuencia extrema, el suicidio– nos repara, aunque sea mínimamente, a todos.

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