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Claudia Piñeiro: “En la actualidad el pensamiento es un símbolo que se reparte como las banderas en España"

Ariana Basciani

Foto: Alejandra López
Penguin Random House

La escritora y guionista argentina, Claudia Piñeiro, pasa por Madrid en medio de la álgida situación política en España. Su libro Las maldiciones (Alfaguara, 2017) no puede estar más acorde con el momento, ya que es un thriller que se adentra en cómo la nueva política ha cambiado la sociedad y sus valores, vanagloriando el pragmatismo y el engaño, perdiendo lo esencial del pensamiento crítico y centrándose solo en el individualismo y la ambición de poder.

Piñeiro dispone de una prosa ágil, con humor, enriquecida con datos históricos –aunque ella misma diga que no podría escribir una novela histórica- y con un estilo fácil, sin caer en simplezas.

Antes de que deje Madrid, se tomó unos minutos para hablar de su nueva novela y sobre cómo ha cambiado el pensamiento político tanto en los representantes del gobierno como en nosotros, los votantes.

Aunque en Las viudas de los jueves o Betibú ya tocabas el tema político ¿qué te motivó a centrarte en la política en Las maldiciones?

Normalmente yo arranco de una imagen disparadora. En este caso, no necesariamente tenía que ver con política; era esa escena en la que el líder político está en la playa con su asistente, Fernando Rovira y Román Sabaté. En el momento en que lo pensé, no sabía que pertenecían a un partido político, para mí eran un líder y su aprendiz, un jefe y su empleado; con una relación de poder en la cual el jefe cree que le puede pedir algo personal a su empleado y este tiene que decidir si lo hace o no, incluso contra sus principios. Cuando yo pensé en esta imagen que tenia mucho que ver con la relación del amo y el esclavo de Hegel, me imaginé esa escena en una playa: al chico desorientado, pensando “acepto, porque si no pierdo este trabajo, o no lo acepto”, y me pregunté en qué mundo puede transcurrir esto de una manera más rica y más potente. Y el mundo de la política es un lugar adecuado, porque es un lugar donde están las ambiciones y necesidad de subsistencia de muchos personajes. Allí se iba a dar esta historia mejor. Además, para los argentinos es un mundo de todos los días, vas a la panadería, vas en el colectivo o llegas a tu casa y encuentras un programa que está hablando de política; te da para contar un montón de cosas, interesantes, ricas. Mis otras novelas, como Las viudas de los jueves o Betibú, son políticas en cómo cuentan la sociedad, pero la política no era la protagonista.

Hablas de que la política es un tema común en Argentina, quizás en Latinoamérica y en Estados Unidos desde el mandato de Trump, ¿cómo crees que será acogido este nuevo libro por los lectores españoles?

Los escritores tratamos de escribir historias universales, aunque estemos hablando de la particular de nuestro país. Yo acabo de terminar Patria de Aramburu, que transcurre en el país vasco, y yo lo siento propio así sea un mundo en el cual no vivo. A mi me gusta que me cuenten las cosas que no conozco de ese país, pero hay muchas cosas que cuenta de los conflictos personales que son perfectamente trasladables a Argentina o a Latinoamérica. Eso de que la sociedad se divide porque unos piensan de una manera y otros de otra es fácilmente entendible y como el autor va acompañando los personajes te lleva a sentir empatía permanentemente. Entonces la novela es una novela de conflicto, de personajes con las que cualquier lector de estos países puede identificarse. Después hay otras cuestiones muy particulares de la Argentina, de otros países latinoamericanos o de España. Habrá lectores a quienes les interese cosas así y a otros menos. Siempre en un libro uno se apoya más en un aspecto que en otro, pero eso ya tiene que ver con los lectores, no tiene que ver con si se es un lector español o de un país determinado. En este caso, cada lector decidirá si le da más importancia o se entusiasma con lo que les pasa a estos personajes.

¿Hay alguna inspiración autobiográfica en el personaje de La China o de Macri con el personaje de Fernando Rovira?

Siempre la gente trata de hacer relaciones y en definitiva, a mi como escritora me pasa y quizás a otros escritores también, que los personajes son una mezcla de gente que uno conoce y uno le va incorporando características a muchas personas y hasta de uno mismo. La China, por ejemplo, fui extrayendo rasgos de muchas amigas mías periodistas, sobre todo del oficio, preocupadas por hacer su trabajo bien y que tienen que padecer un montón de cosas propias del mundo editorial y de la prensa; pero no es ninguna de ellas. Sí le he sacado cositas que me interesan a distintas personas y me las he apropiado para este personaje. En cuanto al político, la relación es muy directa porque tiene que ver con una forma de hacer política relacionada con el marketing, con los nuevos discursos. El personaje de Fernando Rovira no tiene nada que ver con Macri, yo creo que no hay ninguna relación entre los dos; los dos sí pertenecen a un tipo de partido que es lo que llamamos la nueva política, gente que viene del mundo empresarial con sus herramientas del manejo de empresas, con las que se puede dirigir un país; a veces tienen éxito, otras veces no. Es la política que se asienta en los asesores de imagen, en los focus group. En ese sentido el partido que yo invento en la novela, Pragma, es parecido al partido de Macri, pero es parecido al de otros países en Latinoamérica o en cualquier otra parte. De alguna manera, Trump por la derecha o Macron por la izquierda, son dos construcciones hechas desde la publicidad del marketing, y no desde partidos tradicionales que han venido batallando un discurso de ideologías.

 

Volviendo a los personajes y a la novela, si el verdadero libro de La China es “Las maldiciones”, ¿sería entonces “La maldición de Alsina” el verdadero libro de Claudia Piñeiro?

En esta novela el personaje de La China tiene un proyecto de libro sobre un hecho histórico. Yo nunca hice investigación historia para una novela, me costaría hacerlo, me sentiría muy presionada. Es muy probable que nunca escriba una novela de este tipo porque sentiría que no tengo todos los elementos, que no sé exactamente qué pasó. Sin embargo, sí puedo permitirme esas cuestiones en la ficción, de ir hacia la historia y si no ha ocurrido exactamente así no importa, porque es una ficción y el lector lo sabe.

Al personaje de la China le pongo cosas de mi mundo, relacionadas con la dificultad para publicar y la comunicación con los editores. Esos momentos cuando los editores te dicen: “tenés que pensar en un libro que venda, pero no, métele un muerto”. Entonces de alguna manera al hablar de la política y los políticos no quería dejar de lado también la hipocresía en el mundo editorial para algunas cosas. A mi me gusta reírme o hablar de determinados temas pero también incluirme, por ello también está incluido el mundo editorial y con lo que tenemos que transar algunas veces los escritores para poder publicar un libro.

Una especie de crítica

Sí, no mirar solamente la paja en el ojo ajeno, sino también en el propio.

Claudia Piñeiro: “En la actualidad el pensamiento es un símbolo que se reparte como las banderas en España" 1
Portada de Las maldiciones | Imagen vía Alfaguara

¿Es un libro para reivindicar la vieja política en los tiempos convulsos que vivimos?

No en todos los aspectos, porque la vieja política nos ha llevado a este punto. Pero sí rescatar cuestiones de la ideología, como comentabas parece que estamos ante una perdida de las ideologías, de que son algo malo y las ideologías implican una reflexión, un pensamiento critico. Uno no debería embanderarse detrás de una ideología porque sí, sino porque leíste, porque estudiaste, porque tenés los elementos para tomar una decisión. Y un político de la vieja política te daba un discurso que estaba lleno de contenido y de ese contenido tu podías sacar tus conclusiones; ahora lo que te dan es una apelación de marketing para que le compres el producto. Hay una reflexión menor, como instantánea, me dices esto y voy ya y lo voto. Antes había una reflexión acerca de la política, del bien común, de lo que es bueno para un país, una mirada más de estadista; ahora se parece más a un CEO de empresa, donde hay que generar determinado resultado. En ese sentido sí está la añoranza de ese discurso político anterior, de la reflexión, del pensamiento critico.

¿Allí estaría la maldición? en cómo se ha pervertido el lenguaje…

Lo más doloroso es que nos han robado la palabra relato, el relato es una palabra nuestra, de la literatura y la política nos robó esa palabra. Como si lo que hacen los políticos es un relato. En realidad es una palabra más importante, pero se ha bastardeado al punto de convertirse en una mentira hecha por un político para contarnos un cuento.

También es un tema de superficialidad, al final hacer política se convierte en algo superfluo, ¿se debe quizás a la pérdida de las ideologías?

Sí y hay una subestimación de quien recibe el relato. Si yo doy un relato completo, con ideología y con peso, lo va aburrir, no le va a interesar, no lo va a divertir, no va a querer leer, no lo va a entender. Entonces yo subestimo al que va a recibir ese discurso y lo bajo de categoría. Cada vez el discurso es más fútil, porque si no lo va a entender, no me va a votar. Cada vez se degrada más.

Ahora en España, con el independentismo, el símbolo de la bandera ha tomado una carga muy importante, quizás se han pervertido debido al extremismo ideológico de ambos lados de la historia. ¿Nos hemos quedado sin símbolos?

En Argentina no hay problema con la bandera, cada provincia tiene la suya, pero no hay necesidad de representarlas tan diferentes, de diferenciar su lenguaje, etc. En Argentina, como pasa España, por más que se dice que es un país federal, es un país absolutamente centrado en Buenos Aires. Desde los acontecimientos culturales hasta donde llegan los trenes, es tremendo; ojalá tuviéramos más peso en otras provincias, pero termina funcionando un centrismo tremendo en un país que se declara federal en su constitución. En Argentina no nos pasa con la bandera pero sí con otras cuestiones que son simbólicas y que terminan sirviendo para discutir. Las sociedades están discutiendo últimamente, le pasa a España, le pasa a Argentina, y eso genera grietas muy profundas en gente que está de un lado o del otro, y en esa grieta cualquier cosa es un símbolo; uno levanta una bandera y ya quiere decir algo. En Argentina los que tenemos la posibilidad de decir algo -periodistas, escritores- y que lo escuchen los demás, inmediatamente eso que decís es tomado para un lado u otro de esa grieta, y vos no puedes decir nada que se pueda interpretar desde el kirchnerismo o del anti kirchnerismo o desde el macrismo o del anti macrismo, porque independientemente de cuál sea tu criterio, y que no tenga nada que ver con tu posición política, es criticado por un lado o por el otro lado político. En la actualidad el pensamiento es un símbolo que se reparte como las banderas que comentas en España.

Lo único que tenemos como seres humanos es el pensamiento y la palabra, ¿Cómo podemos resistir ante el ruido?

Tenemos una obligación de seguir resistiendo y seguir diciendo lo que uno piensa. Las redes sociales no ayudan mucho por los ataques en ellas. Nosotros hasta hace poco tuvimos un caso muy importante como la desaparición de Santiago Maldonado en una circunstancia en la cual la gendarmería estaba reprimiendo un corte de rutas. Entonces si vos decís cualquier cosa o si vos vas a una manifestación, sos anti macri o sos kirchnerista. No es así, hay un montón de gente que quiere saber qué pasó con la desaparición de Santiago Maldonado. Con las redes sociales debes pensar si poner algo o no y creo que eso es lo que se busca, tratar de hacer una censura preventiva; no te prohíben que lo digas, pero te atacan tanto que la siguiente vez lo vas a pensar antes de decirlo.

En la novela, comentas sobre los casos de “NiUnaMenos” en Argentina, ¿cómo te posicionas ante la violencia de género y el feminismo de hoy en día?

Yo desde el primer momento he estado apoyando el movimiento, hay una situación muy grave de violencia de género en la Argentina, y es un problema sobre el que hay que seguir batallando y educando para que no suceda. Lo que yo hago en la novela es mostrar la falsedad de algunos discursos con respecto a eso. Cómo el personaje del político termina diciendo “Ni una Menos” si no le importa nada, ni la violencia de género ni el feminismo, lo usa porque sabe que decir “Ni una menos” le va a generar votos o simpatía entre los votantes. Y porque le dijeron decís “Ni una menos”. Me preguntas mi posición, por supuesto que es luchar por la igualdad de la mujer. En la Argentina las mujeres no ganan el mismo sueldo por el mismo trabajo que un hombre, no tienen la misma oportunidad para ciertos trabajos por más que vos digas que pueden entrar. Ves la foto del presidente con sus ministros y el 90% son hombres. Por ejemplo, yo he trabajado en empresas donde el listado de teléfono era “Juan Pérez” y “María de Tesorería”. Las Marías no tenían apellido, pero los hombres sí. Todo eso tiene que ver con la violencia de género. La situación de las mujeres en Argentina abarca muchos temas, lo que a mí me molesta es el uso político hipócrita, que se representa en la novela.

¿Crees que como electores hemos fallado al no entender el doble discurso?

Sí, aunque no se puede pedir a todo el mundo que comprenda el alcance. Nosotros como periodistas o como escritores que estamos atentos a la palabra del otro, captamos rápidamente ese doble discurso, pero lo que no debería existir es ese doble discurso. Es importante que se eduque a las nuevas generaciones con pensamiento critico, con recursos para descubrir el doble discurso. Aunque los que educan son los mismos que gobiernan, no es fácil, pero la solución está en la educación.

Las maldiciones de Claudia Piñeiro es un thriller perfecto para relatar cómo ha cambiado la política y al mismo tiempo, un reflejo de cómo seguimos pervirtiendo nuestros valores por el beneficio personal sin reflexión ni autocrítica que parezca cambiarnos al respecto.

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El comportamiento “burbujeante” de la economía actual

Luís Torras

Foto: STAFF
Reuters

Hace ya casi diez años desde que la gran crisis financiera asoló la economía global en el año 2008. La recuperación desde entonces ha sido débil, frágil, y muy desigual. Como ya ocurrió en 1929, no contamos con un diagnóstico adecuado y, aunque el grueso de las medidas permitió salvar “la bola de partido”, no se han llegado a corregir las causas que nos han traído hasta aquí.

Aunque sí hemos experimentado un periodo de leve crecimiento, igual que mientras duró la burbuja inmobiliaria, ha sido a expensas de generar inflación en los activos financieros, llevar al límite los mercados de crédito, poner en peligro la sostenibilidad de las finanzas públicas o seguir engordando la bolsa de la deuda, por mencionar solo algunos de los elementos que subyacen bajo la superficie aparentemente tranquila caracterizada por subidas en bolsa, y de prácticamente casi todo tipo de activos, en un entorno de baja volatilidad. Este patrón “burbujeante” hunde sus raíces más recientes en el abandonó por parte de Nixon de la convertibilidad del dólar con el oro en 1971.

Desprovistos de ningún anclaje para con la oferta monetaria, la economía mundial ha visto como ineluctablemente el crédito no paraba de crecer. Un crédito alimentado por una constante política acomodaticia, salvando en algunos aspectos el paréntesis de Volcker; una política demasiadas veces más orientada a los intereses de corto plazo de Wall Street (por ejemplo, “Greenspan Put”) que de salvaguardar el poder adquisitivo del dinero. La economía mutaba peligrosamente de un patrón inevitablemente cíclico, del que ya da cuenta la Biblia, a uno esquizofrénicamente burbujeante. En la base de todo lo anterior nos topamos con una arquitectura financiera que adolece de graves problemas estructurales que hasta la fecha nos resistimos a corregir.

El comportamiento “burbujeante” de la economía actual
En billones de USD. En gris, los periodos de recesión. | Gráfico: Federal Reserve, vía World Economic Forum

Diego Parrilla, gestor de fondos y con una amplia trayectoria dentro del mundo de la inversión y el análisis financiero, hace un sintético y rico recorrido por este complejísimo estado de las finanzas globales, caracterizado por una fuerte y generalizada inflación, y nos da algunas de las claves de cómo protegernos al respecto en su último y muy recomendable libro The Anti-Bubbles, con prólogo del economista Daniel Lacalle. Armado con el potente instrumental de la teoría del crédito y del dinero de la Escuela Austriaca de Economía, Parrilla ofrece una visión de gran angular sobre los motivos últimos de la última crisis financiera de 2008 y por qué, esencialmente, y pese a algunos cambios aparentes, el grueso de la economía global ha seguido desde entonces en rumbo de colisión.

El libro, que cuenta como decía con una sólida fundamentación teórica, ahonda en las causas últimas de las crisis económicas, en los porqués de este patrón burbujeante, y del círculo vicioso al que nos condena. Con un lenguaje muy directo, Parrilla describe la aviesa dinámica existente entre Bancos Centrales y Estado, entre la inflación monetaria y deuda: dos bolsillos de un mismo pantalón, y como esta creciente inflación (iniciada mucho antes de la crisis 2008 y en la que seguimos inmersos pese al dramatismo y dureza del último ajuste) está poniendo a prueba los límites de la propia política monetaria, la credibilidad y reputación del instituto emisor está pendiente de un hilo; los límites de los mercados de crédito, empujados al callejón sin salida de prestar a quién no se debe; y los propios límites de la propia moneda, cuya credibilidad depende en última instancia en el balance de los propios Bancos Centrales, hoy peligrosamente inflados. Parrilla da perspectiva exponiendo con claridad el superciclo monetario en donde inflación y deuda se retroalimentan al tiempo que inflan irremediablemente todo tipo de activos mientras reducen el poder adquisitivo de los salarios forzando una situación desigualdad e injusta entre los que tienen activos y los que no (o no en la misma proporción); entre los que saben/pueden protegerse de la inflación monetaria (no confundir con el IPC) y los que no.

En efecto, la desigualdad no puede analizarse únicamente observando, por ejemplo, las dinámicas de la globalización, donde peligrosamente se puede llegar a las mismas peregrinas conclusiones que Trump, Le Pen o Ada Colau, sino que la clave está en la evolución de los agregados monetarios (los populismos tampoco pueden entenderse sin tener en cuenta esta importante variable). Parrilla, finalmente, enriquece la ecuación del análisis añadiendo la variable de aquellos activos cuyo precio es artificialmente bajo, es decir, los activos “antiburbuja”.

El filósofo post-postmoderno Nassim Taleb acuñó el termino antifrágil para referirse a la antítesis de algo frágil: lo que se rompe con las variaciones no podía ser contrario a aquello que permanece inmóvil a ellas, es decir robusto. Necesitábamos de un nuevo término que recogiese la propiedad de algo que se beneficia del desorden, de las turbulencias, del paso del tiempo, en definitiva: surgía el concepto de antifrágil.

En esta misma lógica, Parrilla identifica como existen algunos activos que no únicamente quedan protegidos de la inflación (pienso en sectores relativamente alejados del sector puramente financiero como la inversión en agricultura y otros activos reales o los fondos con criterios value), sino que son directamente anti-inflación, antiburbuja, en el sentido de que su precio es artificialmente bajo. Aparece aquí el oro, en sus diferentes cauces para invertir, la volatilidad (artificialmente baja debido a esta estabilidad manufacturada por los bancos centrales), y la correlación.

Estos elementos, bien comprendidos y bien conjugados, permiten una diversificación inteligente a la hora de invertir, alumbrando una cartera más robusta ante crisis financieras, con suerte con un componente antifrágil, antiburbuja. El libro nos ofrece un marco de análisis tremendamente útil a la hora de abordar la compleja tarea de proteger el ahorro en el largo plazo en tiempos de expansión monetaria.

El comportamiento “burbujeante” de la economía actual 1
Gráfico: Diego Parrilla, vía World Economic Forum

La esterilización del tipo de interés por parte del instituto emisor anestesia la economía, por lo que sorprende que el pulso, la volatilidad, sean artificialmente bajos y constantes (véase la evolución de la prima de riesgo de España durante los peores momentos de la crisis catalana).

Es uno de los muchos efectos colaterales de las intervenciones de la Reserva Federal, el BCE o el Banco de Japón, y sus inyecciones de liquidez de manera masiva y constante en los mercados. Esta liquidez, además, estrecha el retorno a todos los niveles y obliga al inversor a incrementar forzosamente, en muchos casos sin ser plenamente consciente, su perfil de riesgo, a convertirse en especulador. Como nos recuerda también Parrilla: lo que sube unido, baja unido.

Traza también un interesante y clarificador paralelismo entre la gestación de la burbuja inmobiliaria durante los años previos a la Gran Crisis Financiera y el periodo 2011 hasta hoy en día. Unas comparaciones que el autor enriquece con las tesis que defendió sobre el sector de la energía, especialmente en el complejo mercado del petróleo, conjuntamente con Daniel Lacalle en La madre de todas las batallas.  Una pequeña gran contribución a la ambiciosa tarea de entender el complejo mapa de riesgos actual y como protegernos al respecto. – Artículo publicado originalmente en el World Economic Forum en español.

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'Me niego a', la campaña viral de Intermón Oxfam que condena la violencia contra la mujer

Redacción TO

Me niego a que me digan cómo me tengo que vestir. Me niego a que me discriminen por el hecho de ser mujer. Me niego a que las mujeres sientan miedo cuando van solas por la calle. Me niego a cobrar menos por el mismo trabajo. Me niego a pensar que una mujer es inferior a un hombre. Me niego a seguir soportando violencias machistas. Con motivo del Día contra las Violencias Machistas, que se conmemora el 25 de noviembre, la ONG Intermón Oxfam ha lanzado una nueva campaña para condenar todos los tipos de violencia y discriminación que sufre la mujer. ‘Me niego a’ se ha convertido ya en una condena viral.

La campaña llega en un momento de explosión en la conciencia social y colectiva de la necesidad de acabar con la pandemia machista, una lacra que ya se ha cobrado la vida de 44 mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas en España este año. Por si acaso hacía falta explicar la urgencia de este movimiento, Intermón Oxfam acompaña la campaña con cifras. En el mundo, siete de cada 10 mujeres sufren violencias machistas en algún momento de su vida. El 23% de las niñas de América Latina son víctimas del matrimonio infantil. En el mundo, cada 10 minutos un hombre comete un feminicidio y asesina a su pareja o expareja. Cada ocho horas, una mujer sufre una violación en nuestro país.

Desde la página web creada para la campaña, Oxfam Intermón lanza una serie de preguntas para que la comunidad internauta evalúe su grado de rechazo a los variados machismos que acechan a las mujeres.

La campaña se desarrollará en redes sociales bajo el hashtag #MeNiegoA hasta el 10 de diciembre y cuenta ya con el apoyo de más de 40 personalidades como Leticia Dolera, Moderna de Pueblo, Soledad Giménez, Carmen Ruiz, Jesús Olmedo o Jan Cornet. En sus primeras horas en funcionamiento en Twitter ya se ha convertido en Trending Topic donde numerosos periodistas, actrices y actores, cantantes, asociaciones feministas y muchísimos ciudadanos se han unido a esta campaña.

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Mark Hagland: “Los hijos racializados con padres adoptivos blancos no somos víctimas”

Beatriz García

Foto: Diana Rangel
The Objective

Tengo 57 años y pertenezco a la primera ola de adopciones de niños de Corea del Sur de los años sesenta en Estados Unidos. Crecí junto a mi hermano gemelo en una cariñosa familia norteamericana, pero siempre me sentí un alienígena entre blancos. Ahora me dedico a ayudar a padres adoptivos y a sus hijos racializados a vivir en el amor y la diversidad. He sido invitado por la Asociación Antirracista de Madres con Hijxs Negros de Barcelona para compartir mi historia con ellos.

Pasó la niñez en el Iowa de los años sesenta. Nunca he estado allí, pero imagino que no debía ser el lugar más cosmopolita del mundo…

Mis padres eran de ascendencia alemana y noruega y crecí rodeado de blancos totales. Nadie creía que fuéramos una familia y la gente nos señalaba con el dedo y preguntaba: “¿De quién son esos niños?”.  Y mi madre contestaba: “Nuestros”.

Eso me hizo vivir siempre acomplejado por mi imagen física y a mis 57 años ha mejorado. Es fatal crecer odiándote y sentirte alienado, he pasado décadas trabajando la imagen que tengo de mí mismo y por eso me gusta compartir las experiencias que he vivido para apoyar a mis hermanos transraciales y a sus padres. No quiero que sus hijos pasen por lo que yo pasé.

Crecer con un gran sentimiento de aislamiento y rechazo me dio más cosas. Y eso me llevó a querer conocer otras culturas y formas de ser y me hice periodista. Tuve que mudarme a Chicago y aunque al principio pasé miedo, porque te genera mucha inseguridad no conocer a tu raza de origen, disfruté de la diversidad.

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Mark Hagland, Periodista y activista antirracista | Imagen vía The Objective/Diana Rangel

En sus charlas habla mucho de la carga narrativa. ¿A qué se refiere?

Las personas racializadas se ven en la obligación de tener que explicar su historia personal a los otros, porque constantemente les preguntan de dónde son. Es agotador y forma los parámetros de nuestra vida y la imagen que tenemos de nosotros mismos. Y también están las burlas…

Por eso es importante que los niños crezcan en un ambiente lo más abierto y diverso posible, con espejos raciales y una gran diversidad de personas, y que aprendan lo máximo posible sobre el racismo sistémico y el privilegio del blanco.

¿El privilegio del blanco?

Sí, es difícil que los blancos comprendan este punto, hay que experimentarlo. Los adoptados transraciales no somos víctimas y vivimos vidas ricas, con miles de capas. Somos cebollas gigantes. Los podres deben entender que, como blancos, viven en una situación de privilegio respecto a sus hijos y cuando descubren el racismo se vienen abajo. Intentan protegerles, pero les transmiten miedos y fantasmas y lo que deberían hacer es no obsesionarse y compartir con sus hijos la historia y los orígenes del lugar donde nacieron.

Yo tengo una hija multirracial de 16 años y desde los cuatro he tratado con ella la complejidad de la identidad. Ahora se siente orgullosa de sus identidades múltiples y espacios en el mundo. No es suficiente tener una única conversación con ellos y los padres saben muy poco de la cultura y la situación política de los países de origen de sus hijos.

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La portavoz de la Asociación Madres Blancas con Hijxs Negros, Montse Felez y su hija Lea. | Foto: Diana Rangel / The Objective.

Pero los niños viven en otra cultura. No entiendo por qué debería ser un problema…

Para evitar que si un día deciden regresar en busca de sus orígenes tengan experiencias duras.

¿Usted lo hizo?

No todos los adoptados buscan a su familia biológica. Yo decidí que lo haría junto a mi hermano o no lo haría, y no lo hice. Corea del Sur en los años sesenta era mísera y probablemente mis padres eran jóvenes y pobres, y es difícil buscar. Tengo amigos que lo han hecho.

Pero sí he estado en Corea en tres ocasiones y fue una experiencia interesante, pero muy complicada. Me encantó visitar mi país de nacimiento, pero a la vez me sentí aislado de nuevo. Cada vez que encontraba a una persona, me preguntaba si era japonés. Cuando un asiático acude a otro país asiático no habla el idioma y siempre le preguntan de dónde es. Y es alienante regresar a tu país de origen y ser tratado como un extranjero.

Había aprendido un par de frases en coreano, pero la cultura era demasiado distinta. Ser coreano es estar en una página muy pequeña del mundo y la gente se enorgullece de que piensen todos lo mismo. Hay cientos de adoptados europeos y norteamericanos de origen coreano que vuelven al país y sienten que no encajan, jamás serán vistos como  ciudadanos de Corea.

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La sala se llenó de familias transraciales que compartieron sus vivencias con Hagland | Imagen vía The Objective/Diana Rangel

¿Se siente norteamericano?

Sí, pero soy un norteamericano diferente. No soy blanco, viajo y hablo idiomas. Aunque tuve unos padres cariñosos siempre estuvo presente la sensación de no pertenecer a la comunidad, que era muy cerrada, de inmigrantes alemanes. Me sentía como un alienígena y nada integrado. Y aún en situaciones puramente blancas siento ansiedad. El pasado verano estuve en Iowa y yo era el único no blanco y me acordé de ese sentimiento que tuve durante toda mi infancia y adolescencia.

Por eso me siento cómodo en lugares donde hay todo tipo de gente. Mi identidad es casi ser ciudadano del mundo.

España está viviendo el desafío que vivieron ustedes hace treinta y cuarenta años. ¿Qué consejo le daría a los chicxs adoptados de familias transraciales?

Que cuando les pregunten de dónde son contesten lo que quieran. Tienen el poder de hacerlo.

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Salir de uno mismo (también en política)

David Blázquez

La política –liberal, conservadora o progresista – ha tenido siempre como uno de sus atributos más nobles la capacidad de abrir el horizonte de los ciudadanos, llevándolos de lo particular a lo común. Los partidos necesitaban dar con elementos compartidos y llegar a acuerdos para definir objetivos y estrategias compartidas. Fuera por convencimiento o necesidad electoral, los políticos se veían obligados a reflexionar y hablar del “bien común”.

Los avances tecnológicos permiten hoy rastrear cada vez con mayor éxito nuestras huellas digitales, consintiendo a los equipos de campaña de los partidos políticos (con la ayuda de empresas como Cambridge Analytica) identificar con precisión quirúrgica nuestros desvelos y preocupaciones. La inagotable información acerca de las preferencias de los potenciales votantes de la que disponen los partidos ha ido transformando el discurso político: ya no se trata de convencerte de algo distinto de lo que piensas, sino de reforzar tu convencimiento acerca de lo que ya saben que te preocupa, de manera que termines “comprando” el proyecto que responda con más precisión a tu “necesidad”.

Empujados por los datos, los partidos han ido mutando su estructura, pasando de ser plataformas en las que confluían diversidades que tenían que persuadir y ser persuadidas para converger, hasta convertirse en agrupaciones de particularidades cada vez más polarizadas y amalgamadas por un único cemento común: el sentimiento de agravio. Lo importante no es lograr que te identifiques con un proyecto potencialmente interesante para otros, sino que encuentres un rincón para tu insatisfacción y alguien contra quien gritarla. La tendencia introspectiva e individualizadora de las campañas y de los partidos aglutinadores de “movimientos”, encuentra un terreno fértil en sociedades como la nuestra en las que la propia identidad está cada vez más definida por la interacción con otros en términos de autorreferencialidad. Todo esto suena a la enésima vuelta a la tuerca del individualismo del que hablaba Tocqueville en 1840, ese pecado democrático que “elimina la fuente de las virtudes públicas y termina, a la larga, por destruir el resto de virtudes y desembocar en el egoísmo”. Mark Lilla lo ha llamado “el modelo Facebook de personalidad”: el otro es importante no porque me saque de mí mismo y amplíe mi horizonte –esa debería ser la función primordial de la amistad y la política–, sino porque, like tras like, refuerza mi personalidad en los términos en que yo la imagino y la presento en mi muro.

En un momento en que todo parece empujarnos hacia nosotros mismos, urgen iniciativas sociales y políticas que compensen la fuerza centrípeta de la tecnología, recuperando la pasión por encontrar lo que nos une y favoreciendo el encuentro con quien piensa y siente diferente.

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