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Claudia Piñeiro: “En la actualidad el pensamiento es un símbolo que se reparte como las banderas en España"

Ariana Basciani

Foto: Alejandra López
Penguin Random House

La escritora y guionista argentina, Claudia Piñeiro, pasa por Madrid en medio de la álgida situación política en España. Su libro Las maldiciones (Alfaguara, 2017) no puede estar más acorde con el momento, ya que es un thriller que se adentra en cómo la nueva política ha cambiado la sociedad y sus valores, vanagloriando el pragmatismo y el engaño, perdiendo lo esencial del pensamiento crítico y centrándose solo en el individualismo y la ambición de poder.

Piñeiro dispone de una prosa ágil, con humor, enriquecida con datos históricos –aunque ella misma diga que no podría escribir una novela histórica- y con un estilo fácil, sin caer en simplezas.

Antes de que deje Madrid, se tomó unos minutos para hablar de su nueva novela y sobre cómo ha cambiado el pensamiento político tanto en los representantes del gobierno como en nosotros, los votantes.

Aunque en Las viudas de los jueves o Betibú ya tocabas el tema político ¿qué te motivó a centrarte en la política en Las maldiciones?

Normalmente yo arranco de una imagen disparadora. En este caso, no necesariamente tenía que ver con política; era esa escena en la que el líder político está en la playa con su asistente, Fernando Rovira y Román Sabaté. En el momento en que lo pensé, no sabía que pertenecían a un partido político, para mí eran un líder y su aprendiz, un jefe y su empleado; con una relación de poder en la cual el jefe cree que le puede pedir algo personal a su empleado y este tiene que decidir si lo hace o no, incluso contra sus principios. Cuando yo pensé en esta imagen que tenia mucho que ver con la relación del amo y el esclavo de Hegel, me imaginé esa escena en una playa: al chico desorientado, pensando “acepto, porque si no pierdo este trabajo, o no lo acepto”, y me pregunté en qué mundo puede transcurrir esto de una manera más rica y más potente. Y el mundo de la política es un lugar adecuado, porque es un lugar donde están las ambiciones y necesidad de subsistencia de muchos personajes. Allí se iba a dar esta historia mejor. Además, para los argentinos es un mundo de todos los días, vas a la panadería, vas en el colectivo o llegas a tu casa y encuentras un programa que está hablando de política; te da para contar un montón de cosas, interesantes, ricas. Mis otras novelas, como Las viudas de los jueves o Betibú, son políticas en cómo cuentan la sociedad, pero la política no era la protagonista.

Hablas de que la política es un tema común en Argentina, quizás en Latinoamérica y en Estados Unidos desde el mandato de Trump, ¿cómo crees que será acogido este nuevo libro por los lectores españoles?

Los escritores tratamos de escribir historias universales, aunque estemos hablando de la particular de nuestro país. Yo acabo de terminar Patria de Aramburu, que transcurre en el país vasco, y yo lo siento propio así sea un mundo en el cual no vivo. A mi me gusta que me cuenten las cosas que no conozco de ese país, pero hay muchas cosas que cuenta de los conflictos personales que son perfectamente trasladables a Argentina o a Latinoamérica. Eso de que la sociedad se divide porque unos piensan de una manera y otros de otra es fácilmente entendible y como el autor va acompañando los personajes te lleva a sentir empatía permanentemente. Entonces la novela es una novela de conflicto, de personajes con las que cualquier lector de estos países puede identificarse. Después hay otras cuestiones muy particulares de la Argentina, de otros países latinoamericanos o de España. Habrá lectores a quienes les interese cosas así y a otros menos. Siempre en un libro uno se apoya más en un aspecto que en otro, pero eso ya tiene que ver con los lectores, no tiene que ver con si se es un lector español o de un país determinado. En este caso, cada lector decidirá si le da más importancia o se entusiasma con lo que les pasa a estos personajes.

¿Hay alguna inspiración autobiográfica en el personaje de La China o de Macri con el personaje de Fernando Rovira?

Siempre la gente trata de hacer relaciones y en definitiva, a mi como escritora me pasa y quizás a otros escritores también, que los personajes son una mezcla de gente que uno conoce y uno le va incorporando características a muchas personas y hasta de uno mismo. La China, por ejemplo, fui extrayendo rasgos de muchas amigas mías periodistas, sobre todo del oficio, preocupadas por hacer su trabajo bien y que tienen que padecer un montón de cosas propias del mundo editorial y de la prensa; pero no es ninguna de ellas. Sí le he sacado cositas que me interesan a distintas personas y me las he apropiado para este personaje. En cuanto al político, la relación es muy directa porque tiene que ver con una forma de hacer política relacionada con el marketing, con los nuevos discursos. El personaje de Fernando Rovira no tiene nada que ver con Macri, yo creo que no hay ninguna relación entre los dos; los dos sí pertenecen a un tipo de partido que es lo que llamamos la nueva política, gente que viene del mundo empresarial con sus herramientas del manejo de empresas, con las que se puede dirigir un país; a veces tienen éxito, otras veces no. Es la política que se asienta en los asesores de imagen, en los focus group. En ese sentido el partido que yo invento en la novela, Pragma, es parecido al partido de Macri, pero es parecido al de otros países en Latinoamérica o en cualquier otra parte. De alguna manera, Trump por la derecha o Macron por la izquierda, son dos construcciones hechas desde la publicidad del marketing, y no desde partidos tradicionales que han venido batallando un discurso de ideologías.

 

Volviendo a los personajes y a la novela, si el verdadero libro de La China es “Las maldiciones”, ¿sería entonces “La maldición de Alsina” el verdadero libro de Claudia Piñeiro?

En esta novela el personaje de La China tiene un proyecto de libro sobre un hecho histórico. Yo nunca hice investigación historia para una novela, me costaría hacerlo, me sentiría muy presionada. Es muy probable que nunca escriba una novela de este tipo porque sentiría que no tengo todos los elementos, que no sé exactamente qué pasó. Sin embargo, sí puedo permitirme esas cuestiones en la ficción, de ir hacia la historia y si no ha ocurrido exactamente así no importa, porque es una ficción y el lector lo sabe.

Al personaje de la China le pongo cosas de mi mundo, relacionadas con la dificultad para publicar y la comunicación con los editores. Esos momentos cuando los editores te dicen: “tenés que pensar en un libro que venda, pero no, métele un muerto”. Entonces de alguna manera al hablar de la política y los políticos no quería dejar de lado también la hipocresía en el mundo editorial para algunas cosas. A mi me gusta reírme o hablar de determinados temas pero también incluirme, por ello también está incluido el mundo editorial y con lo que tenemos que transar algunas veces los escritores para poder publicar un libro.

Una especie de crítica

Sí, no mirar solamente la paja en el ojo ajeno, sino también en el propio.

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Portada de Las maldiciones | Imagen vía Alfaguara

¿Es un libro para reivindicar la vieja política en los tiempos convulsos que vivimos?

No en todos los aspectos, porque la vieja política nos ha llevado a este punto. Pero sí rescatar cuestiones de la ideología, como comentabas parece que estamos ante una perdida de las ideologías, de que son algo malo y las ideologías implican una reflexión, un pensamiento critico. Uno no debería embanderarse detrás de una ideología porque sí, sino porque leíste, porque estudiaste, porque tenés los elementos para tomar una decisión. Y un político de la vieja política te daba un discurso que estaba lleno de contenido y de ese contenido tu podías sacar tus conclusiones; ahora lo que te dan es una apelación de marketing para que le compres el producto. Hay una reflexión menor, como instantánea, me dices esto y voy ya y lo voto. Antes había una reflexión acerca de la política, del bien común, de lo que es bueno para un país, una mirada más de estadista; ahora se parece más a un CEO de empresa, donde hay que generar determinado resultado. En ese sentido sí está la añoranza de ese discurso político anterior, de la reflexión, del pensamiento critico.

¿Allí estaría la maldición? en cómo se ha pervertido el lenguaje…

Lo más doloroso es que nos han robado la palabra relato, el relato es una palabra nuestra, de la literatura y la política nos robó esa palabra. Como si lo que hacen los políticos es un relato. En realidad es una palabra más importante, pero se ha bastardeado al punto de convertirse en una mentira hecha por un político para contarnos un cuento.

También es un tema de superficialidad, al final hacer política se convierte en algo superfluo, ¿se debe quizás a la pérdida de las ideologías?

Sí y hay una subestimación de quien recibe el relato. Si yo doy un relato completo, con ideología y con peso, lo va aburrir, no le va a interesar, no lo va a divertir, no va a querer leer, no lo va a entender. Entonces yo subestimo al que va a recibir ese discurso y lo bajo de categoría. Cada vez el discurso es más fútil, porque si no lo va a entender, no me va a votar. Cada vez se degrada más.

Ahora en España, con el independentismo, el símbolo de la bandera ha tomado una carga muy importante, quizás se han pervertido debido al extremismo ideológico de ambos lados de la historia. ¿Nos hemos quedado sin símbolos?

En Argentina no hay problema con la bandera, cada provincia tiene la suya, pero no hay necesidad de representarlas tan diferentes, de diferenciar su lenguaje, etc. En Argentina, como pasa España, por más que se dice que es un país federal, es un país absolutamente centrado en Buenos Aires. Desde los acontecimientos culturales hasta donde llegan los trenes, es tremendo; ojalá tuviéramos más peso en otras provincias, pero termina funcionando un centrismo tremendo en un país que se declara federal en su constitución. En Argentina no nos pasa con la bandera pero sí con otras cuestiones que son simbólicas y que terminan sirviendo para discutir. Las sociedades están discutiendo últimamente, le pasa a España, le pasa a Argentina, y eso genera grietas muy profundas en gente que está de un lado o del otro, y en esa grieta cualquier cosa es un símbolo; uno levanta una bandera y ya quiere decir algo. En Argentina los que tenemos la posibilidad de decir algo -periodistas, escritores- y que lo escuchen los demás, inmediatamente eso que decís es tomado para un lado u otro de esa grieta, y vos no puedes decir nada que se pueda interpretar desde el kirchnerismo o del anti kirchnerismo o desde el macrismo o del anti macrismo, porque independientemente de cuál sea tu criterio, y que no tenga nada que ver con tu posición política, es criticado por un lado o por el otro lado político. En la actualidad el pensamiento es un símbolo que se reparte como las banderas que comentas en España.

Lo único que tenemos como seres humanos es el pensamiento y la palabra, ¿Cómo podemos resistir ante el ruido?

Tenemos una obligación de seguir resistiendo y seguir diciendo lo que uno piensa. Las redes sociales no ayudan mucho por los ataques en ellas. Nosotros hasta hace poco tuvimos un caso muy importante como la desaparición de Santiago Maldonado en una circunstancia en la cual la gendarmería estaba reprimiendo un corte de rutas. Entonces si vos decís cualquier cosa o si vos vas a una manifestación, sos anti macri o sos kirchnerista. No es así, hay un montón de gente que quiere saber qué pasó con la desaparición de Santiago Maldonado. Con las redes sociales debes pensar si poner algo o no y creo que eso es lo que se busca, tratar de hacer una censura preventiva; no te prohíben que lo digas, pero te atacan tanto que la siguiente vez lo vas a pensar antes de decirlo.

En la novela, comentas sobre los casos de “NiUnaMenos” en Argentina, ¿cómo te posicionas ante la violencia de género y el feminismo de hoy en día?

Yo desde el primer momento he estado apoyando el movimiento, hay una situación muy grave de violencia de género en la Argentina, y es un problema sobre el que hay que seguir batallando y educando para que no suceda. Lo que yo hago en la novela es mostrar la falsedad de algunos discursos con respecto a eso. Cómo el personaje del político termina diciendo “Ni una Menos” si no le importa nada, ni la violencia de género ni el feminismo, lo usa porque sabe que decir “Ni una menos” le va a generar votos o simpatía entre los votantes. Y porque le dijeron decís “Ni una menos”. Me preguntas mi posición, por supuesto que es luchar por la igualdad de la mujer. En la Argentina las mujeres no ganan el mismo sueldo por el mismo trabajo que un hombre, no tienen la misma oportunidad para ciertos trabajos por más que vos digas que pueden entrar. Ves la foto del presidente con sus ministros y el 90% son hombres. Por ejemplo, yo he trabajado en empresas donde el listado de teléfono era “Juan Pérez” y “María de Tesorería”. Las Marías no tenían apellido, pero los hombres sí. Todo eso tiene que ver con la violencia de género. La situación de las mujeres en Argentina abarca muchos temas, lo que a mí me molesta es el uso político hipócrita, que se representa en la novela.

¿Crees que como electores hemos fallado al no entender el doble discurso?

Sí, aunque no se puede pedir a todo el mundo que comprenda el alcance. Nosotros como periodistas o como escritores que estamos atentos a la palabra del otro, captamos rápidamente ese doble discurso, pero lo que no debería existir es ese doble discurso. Es importante que se eduque a las nuevas generaciones con pensamiento critico, con recursos para descubrir el doble discurso. Aunque los que educan son los mismos que gobiernan, no es fácil, pero la solución está en la educación.

Las maldiciones de Claudia Piñeiro es un thriller perfecto para relatar cómo ha cambiado la política y al mismo tiempo, un reflejo de cómo seguimos pervirtiendo nuestros valores por el beneficio personal sin reflexión ni autocrítica que parezca cambiarnos al respecto.

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Mo Gawdat: "La mayoría de nosotros no necesitamos un iPhone pero todos necesitamos ser felices"

Ariana Basciani

Foto: Grupo Editorial Planeta

Encontrar el significado de la palabra felicidad en Google es fácil. El primer resultado que aparece la define como “estado de ánimo de la persona que se siente plenamente satisfecha por gozar de lo que desea o por disfrutar de algo bueno.”. A esta primera definición le siguen varios emoticones con una cara feliz. Sí, encontrar la acepción o la imagen en el móvil o en el ordenador es fácil; sin embargo, la felicidad, para la mayoría de las personas, se convierte en un Santo Grial a lo largo de la vida.

¿Por qué cuesta tanto encontrar ese estado en la vida cotidiana? Mo Gawdat, hasta hace poco Chief Business Officer de Google X, no solo asegura que la felicidad es inherente a nosotros sino que ha creado una ecuación para encontrarla. Gawdat, ingeniero de profesión, ha pasado por varias de las grandes empresas tecnológicas del mundo: Microsoft, IBM o Google X. En esta última, encontramos con varios de los innovadores proyectos en los que ha participado: las Google Glass o las cucharas antitemblores para pacientes de Parkinson.  Pese a su éxito profesional, el dinero o el amor de su familia, no se sentía feliz y esa infelicidad fue aun mayor cuando su hijo Ali de 21 años murió por una mala praxis médica.

Hoy Gawdat tiene una nueva misión: hacer que la gente conozca su ecuación y llevar su mensaje a mil millones de personas a través de su libro, El algoritmo de la felicidad (Zenith, 2018) y de la interpretación que el público haga del contenido y transmita en el “boca a boca” a lo largo del mundo.

Mo Gawdat: creo que la mayoría de nosotros no necesitamos un iPhone pero sí creo que todos necesitamos ser felices. 2
Portada “El algoritmo de la felicidad” | Imagen: Zenith / Grupo Planeta

¿Cuál es la diferencia entre este libro y otros libros que tratan el tema de la felicidad?

El libro está escrito desde el punto de vista de un ingeniero, no quería un lenguaje espiritual o los tonos suaves de todos los libros de autoayuda que hablan sobre la felicidad. Yo dependo de las ecuaciones matemáticas y del aspecto lógico de los humanos para llegar al corazón y no al revés. En segundo lugar, como ingeniero hago una ecuación muy simple: hemos nacido felices y no nos convertimos en personas felices, entonces la infelicidad es la ausencia de la felicidad. Si ves a un niño que ha nacido feliz y tiene el pañal mojado, es infeliz momentáneamente, se lo cambias y el vuelve a la felicidad. En ausencia de motivos de infelicidad, nuestro estado por defecto es la felicidad. Yo lo que hago es darle la vuelta a la perspectiva: lo que puedes hacer para ser feliz es dejar de ser infeliz.

Lo primero que empecé a atacar fueron las razones de la infelicidad, en vez de decirte qué te dará la felicidad. Lo que te digo es que el ahora es la única verdad y si vives en el pasado y en el futuro, por definición no vas a encontrar la felicidad. Como resultado si eliminas esa asociación con el pasado y con el futuro, la razón que te traía infelicidad, desaparecerá. Lo puedes hacer meditando, escuchando música o simplemente escribiendo tus pensamientos, no importa la técnica mientras el presente sea tu momento.

Este libro habla del 6,7,5, son 18 conceptos diferentes y entra en muchos detalles y no porque todos sean aplicable para cada uno de nosotros, sino porque cada uno o cada par de esos conceptos contribuyen a 90% de nuestra infelicidad. Alguno de esos conceptos te afecta a ti puede no afectar a otro lector y viceversa. Es útil como un modelo comprensivo para saber cuál te afecta, y aplicarlo a esa parte de tu vida, porque sin la imagen total, tendrás lo que te da cualquier libro de felicidad, unas pequeñas recetas.

La palabra algoritmo actualmente esta muy mal vista, ¿por qué elegiste esta palabra para vender el libro?

En mi opinión, una ecuación es un reflejo de algo que es extremadamente predecible. Si a = b + c, si yo te doy el valor de b y de c, podrás encontrar el valor de a inmediatamente. Aunque la creencia común es que la felicidad es una cosa aleatoria que no se puede obtener fácilmente, es muy predecible, tan predecible que lo puedes tener en una ecuación.

Mi ecuación original era mucho mas compleja de la que comparto en el libro. En el texto digo que la felicidad es igual o mayor a la percepción de los acontecimientos de tu vida menos los deseos y expectativas de lo que solía ser tu vida. Cuando lo ves así entiendes dos cosas: una es la definición de felicidad porque aunque no lo creas no existe una definición acordada de la felicidad porque aunque todos perseguimos ese sentimiento nadie te dice lo que es.

Algunas personas en estos tiempos confunden la felicidad con la diversión, salir de fiesta un viernes por la noche es la felicidad pero no es así. Eso es un estado de escape, es un estado en el que dejas de pensar en los motivos que te hacen infeliz, en el momento en que esa fiesta se acaba vuelves a la infelicidad. Lo que te interesa es que la felicidad sea ese sentimiento lleno de paz y de calma que sentimos cuando los acontecimientos de la vida están a la altura de las expectativas;  ese momento en el que la vida nos está dando lo que queremos tenemos una sensación de satisfacción, que nos dice “no quiero cambiar nada”; esa es una definición de la felicidad.

La otra definición importante es qué es la infelicidad. Para un ingeniero es el estado en que una maquina no está funcionando. La infelicidad en esta ecuación es un mecanismo de supervivencia. La infelicidad es nuestro cerebro asegurándose de que vamos a sobrevivir, mira su mundo alrededor, entiende los acontecimientos y los compara con un marco mental que es un marco de seguridad. Cuando ves la infelicidad como un mecanismo de supervivencia, empiezas hacerte la pregunta: ¿necesito esto en mi vida? Un 60 o 70% de los pensamientos que aparecen en un cerebro a diario son negativos.

Nuestro cerebro siempre construye hacia la negatividad, ¿por qué?

Es inimaginable que el 60% de nuestro día sea malo. La razón de que esto suceda es porque nuestro cerebro está buscando ver lo que está mal con la vida, porque cuando lo encuentra lo utiliza para hacerte sobrevivir, no hay beneficio para tu cerebro en ver qué es bueno, eso no representa ningún tipo de amenaza, lo que quiere es enseñarte lo que es malo para que puedas remediarlo. ¿Esto puede ser definido en una ecuación? Sí, es la ecuación, es predecible, cada vez que te has sentido infeliz en tu vida, no era algo malo que te daba la vida, no, era algo que la vida te daba pero no querías.

¿Una expectativa llevada a la frustración?

Sí, es una comparación entre lo que esperabas de la vida y lo que te dio. Piensa en la nieve: si tenias ganas de irte con una amiga a pasear al aire libre y nieva, entonces la nieve te haría infeliz pero si querías irte a esquiar y nieva, seguramente serás feliz. La nieve en si misma no es algo que te haga feliz o infeliz.

¿Es sabio que nuestra mente produzca pensamientos negativos?

Realmente es algo muy sabio. Porque si la gente mirara a su entorno debería ver que nuestras vidas son increíbles. Incluso la persona más pobre tiene mejor calidad de vida que un rey hace 150 años. Si un rey quería viajar hace 150 años tenia que coger un caballo y un carruaje durante días o meses. Miramos nuestra vida y aún así la vemos y pensamos que no es lo suficientemente buena. Nuestro cerebro está cableado para ver lo que está mal.

Yo tengo un trato, solo le permito a mi cerebro traerme dos tipos de pensamiento. Uno es un pensamiento alegre y el otro es un pensamiento útil. Si el cerebro me trae un pensamiento infeliz, yo le digo: “lo siento cerebro pero no le veo ningún valor a este pensamiento”. Si mi cerebro me dice: “Tu hijo Ali murió”, es un pensamiento válido y verdadero, pero es un pensamiento que me tortura y no tiene ningún tipo de impacto positivo, mi hijo ya no está, no puedo traerlo de vuelta, entonces yo respondo a mi cerebro diciendo: “Sí, Ali murió pero también vivió” y eso me hace pensar en esos 21 años y medio que fueron increíbles. Eso es un pensamiento alegre, que es la diferencia entre permitir que mi cerebro me torture o traiga pensamientos que me ayuden. Por otra parte, mi cerebro me podría decir: “deberías haber llevado a Ali a un hospital diferente”, es un pensamiento válido y ojalá pudiera hacerlo pero no hay manera de arreglar eso, así que le digo: “no hay manera de que pueda hacer algo con ese pensamiento, ¿puedes traerme un pensamiento útil?”. Mi cerebro dice: “a lo mejor deberías escribir un libro sobre modelos de felicidad y que lo traduzcan a 28 idiomas y hacer que mil millones de personas sean felices”, ese es un pensamiento útil, ninguno de los dos me va a traer a Ali de vuelta pero uno de ellos es útil y el otro es inútil, yo decido quedarme con el útil.

¿Has pensando en llevar este libro a otras plataformas diferentes al papel?

Mi misión es mil millones de personas felices y el libro va sobre cómo puedes encontrar la felicidad incluso si tu vida es difícil. Un libro con mucho éxito va a llegar a un millón o dos millones de personas, pero mi target es mil millones de personas y hay muchas plataformas para llegar a ese numero de personas. Estar online, por ejemplo. Mis vídeos han sido compartidos hasta 10 millones de veces. El contenido y las aplicaciones digitales son importantes pero lo más importante es el material educativo. Hay que convencer a los gobiernos y a las instituciones educativas de que la felicidad es algo importante que enseñar a los niños, que es más importante que la geografía con todo el respeto. Google Maps sabe todo lo que debe saber sobre geografía pero no sabe como hacerte feliz. Hay que enseñar a los padres, sus hijos y a los adolescentes a encontrar la felicidad porque creo que es el problema mas grande al que nos enfrentamos hoy en día.

Mo Gawdat: creo que la mayoría de nosotros no necesitamos un iPhone pero sí creo que todos necesitamos ser felices. 1
Mo Gawdat en Madrid | Foto: Ariana Basciani / The Objective

¿Podríamos decir que la revolución actual no debería ser tecnológica sino cerebral? ¿Deberíamos saber cómo controlar nuestro cerebro?

Sí, totalmente. Yo creo que la mayoría de nosotros no necesitamos un iPhone pero sí creo que todos necesitamos ser felices.

¿Cómo se mezclan tus proyectos en Google X con este libro?

La misión con este libro es algo que en Google llamaría un moonshot. Es un intento de solucionar un problema grande que preocupa a mil millones de personas o más, utilizando la innovación antes de saber cómo solucionarlo. Entonces mi intento en solucionar la felicidad desde un punto de vista de ingeniería es nuevo. Mi target de un millón de personas está a la escala de un moonshot. Mucho de lo que he hecho en el libro son cosas que he aprendido de Google, por ejemplo, he aprendido a estar completamente motivado por los datos, yo me fio de los datos para encontrar mi camino y este libro esta basado en la ciencia, la neurociencia, la matemática y la física de una manera que hace que este libro sea muy lógico para el mundo de hoy en día.

¿Creíble?

Sí, creíble es la palabra correcta. No hay pomposidad, no es un libro que te cierre los ojos y te hable lentamente de una manera espiritual, es muy lógico y funcional. Lo lees, encuentras la solución, lo aplicas y funciona. Hay una similitud con este libro y el enfoque que me enseñó Google para hacer cosas. A pesar de que Google es un negocio enorme, el Google con el que yo crecí creía en hacer un mundo en un lugar diferente. No construimos el buscador de Google para crear publicidad sino porque era una oportunidad para crear un mundo mejor. No escribí este libro para hacer una fortuna, realmente no necesito ganar dinero de este libro, de hecho, estoy invirtiendo mucho de mi propio dinero para que esta misión tenga éxito. Quiero hacer una diferencia, quiero que el mundo vea el modelo que a mi hijo le hizo tan feliz y quiero que la gente encuentre su felicidad porque nuestro mundo lo necesita. Nunca ha habido un momento en que necesitáramos la felicidad más que ahora.

Pero ¿no hay una contradicción entre la misión utópica de la tecnología y cómo la usamos ahora? ¿Las redes sociales, las fake news? Parte de la responsabilidad de la distribución de la información viene de Google o de Facebook…

La tecnología no tiene la culpa, la tecnología no es más que una herramienta que magnifica la verdad de nuestro mundo. ¿Tu crees que hay más guerras en nuestro mundo hoy en día de las que había hace 100 años? La verdad es que no, sabemos de ellas por las noticias, por las redes. ¿Crees que se miente más hoy en día de lo que se mentía hace 100 años? No, pero tenemos un canal mucho más amplio por el cual puedes mentir.

La tecnología es una herramienta como el boli que tienes en la mano; lo puedes usar para escribir o para metérmelo en el ojo. Tenemos que aprender a negarnos al efecto reverso que la tecnología está teniendo en nuestras vidas, nosotros somos responsables de nuestra propia felicidad y este es el mensaje más importante de mi libro. Recuerda que es un libro desde el punto de vista de un ejecutivo de negocios e ingeniero. Yo enseño a la gente como conseguir sus objetivos y para conseguirlos, te haces cargo, no esperas que el mundo cambie mañana y la gente deje de mentir en Internet. Tú te tienes que contar a ti mismo que lo que lees en Internet no siempre es verdad y tendrás que invertir mas tiempo en investigar para discernir esa verdad.

Sabes que la mayoría de lo que ves puede ser agresivo y violento, pero no puedes echarle la culpa a Hollywood por eso, no puedes decir tenemos que dejar que Hollywood produzca violentas para que deje de haber violencia en mi vida. Es mi elección, soy yo el que debo dejar de ver esas películas. Es una elección. Yo no puedo esperar que el mundo cambie, pudiendo yo cambiar yo las cosas. Podemos ponernos todos de acuerdo y decir que es inaceptable el modo que se están desarrollando esas redes sociales con todos esos “me gusta”, pero hasta que nosotros no nos posicionemos, por qué deberían cambiar ellos. Esa es la premisa de mi misión con “10 millones de personas felices” (#10MillionHappy).

El primer paso es saber lo que es bueno para nosotros y priorizar lo que es nuestra propia felicidad. Ya no nos creemos lo que nos dicen los demás, si nos dicen que la vida es ser exitoso y tener ropa de marca, ya sabemos que es mentira. Priorizar mi propia felicidad es lo importante. El segundo paso es invertir en esa felicidad, igual que vas al gimnasio una hora al día cinco veces por semana tienes que invertir en tu propia felicidad. El tercer paso, el más importante, es tener la compasión dentro de tu corazón para que los demás sean felices, eso cambiará tu comportamiento por completo.

¿Eso nos haría vivir en un mundo mejor?

El mundo que vivimos hoy en día está conducido por los valores equivocados. El egoísmo, la violencia y el interés personal, son solo productos de los últimos 75 años, hasta la Segunda Guerra y la Gran Depresión nuestra vida era muy diferente. Esto de la competitividad y del egoísmo es algo que hemos aprendido en los últimos 75 años y es un tiempo muy corto para los humanos. Hoy en día el conocimiento del mundo está diluido, cada año producimos mucho más contenido online del que se había producido el año anterior. Si nosotros estamos online diciendo al mundo entero que nuestra prioridad numero uno es la felicidad, el mundo cambiará.

El problema no es la tecnología, ¿es cómo la usamos?

La tecnología es solo una herramienta. Todos los medios entienden que tu cerebro está buscando una preocupación por eso vemos noticias malas. Desde un punto de vista matemático, ¿crees que hoy en día hay más gente en España que se odia o que se ama?

Quizás hay más que se odian.

No, todos amamos a alguien pero las noticias te dirán cuando dos personas se pelean. Yo te garantizo que hay más besos que puñetazos en España. Yo no veo películas violentas, o con dramas innecesarios, yo no leo las noticias, leo los titulares en internet pero no necesito saber que un niño es descuartizado en Siria cada 10 minutos. Yo ya sé que están pasando cosas terribles en Siria pero en vez de dejarme bombardear por las noticias, creo que deberíamos empezar a hablar de cómo hacer las cosas mejor.

Hasta que nosotros no pidamos visiones del mundo objetivas y equilibradas, nadie va a producirlas. Lo único que hacen es darnos lo que buscamos. Hace poco hice una entrevista para Channel 4 en Reino Unido,  en cuatro días se vio 37 millones de veces y para ese momento fue la entrevista más vista en la historia Channel 4. Entonces los del canal se dijeron: hemos estado dando noticias sobre violencia pero la entrevista más vista es sobre la felicidad, ¿eso no te dice algo? La gente quiere noticias constructivas, no solo quieren la violencia o el debate.

Hace poco hicimos una campaña en el periódico comentando las buenas noticias de 2017, sin embargo, al preguntarle a la gente cuál había sido su buena noticia del año muy pocos recordaban alguna, incluso algunas personas, eran bastante negativas y afirmaban que no había buenas noticias. ¿Realmente queremos buenas noticias?

 Nuestra vida está llena de buenas noticias. ¿Cuál es la norma en tu vida? ¿Estamos enfermos o estamos sanos? Estamos sanos siempre pero la enfermedad interrumpe épocas sanas. Siempre estamos viviendo en terremotos o desastres naturales, algunos lo experimentaran y otros no. La norma es lo bueno, la norma es que tenemos suficiente comida y que el tiempo es soportable. Quieres ver malas noticias, vete a Siria o a Venezuela. Al final todo tiene que ver con expectativas.

¿Las expectativas no han sido creadas por el capitalismo?

Están creadas por el consumismo. El capitalismo es la idea de que si haces las cosas bien vas a tener éxito y vas a ganar dinero. El problema que tenemos es el consumismo que se apoya en la idea de que tu vida no está bien y mi producto la va a mejorar.  Los anuncios que vemos ahí fuera te están intentando convencer de que la respuesta a tu infelicidad está en una Coca Cola o en el iPhone X, pero en el momento en el que adquieres el iPhone X, empiezan a publicitar el iPhone XI y tú empiezas a pensar: “no tengo el XI, necesito el XI”. La ecuación de la felicidad siempre se rompe, porque te bombardean diciéndote que necesitas conseguir lo siguiente. El consumismo nos hace quejarnos de todo.

Creo que no tengo mas preguntas para ti.

Pero yo quiero hablarte no del libro, sino de la misión “Mil millones de personas felices”.

Cuéntame, soy toda oídos.

Yo soy solamente un hombre, he trabajado durante once años en Google y todo lo que he hecho ahí ha estado en millones pero esta misión no se trata de que yo llegue a mil millones de personas. Va sobre que las personas lean este libro o lleguen a este mensaje por si mismos.

De todas formas, el mensaje de la felicidad tiene una sombra con muchas críticas. ¿Cómo le respondes a esos críticos que dicen que la felicidad es una especie de arma para hacernos más productivos o que es algo muy simple o naif?

Te doy varios datos. La felicidad ya no es un lujo, todos nos hemos dado cuenta de que la vida no es lo que queríamos, seamos exitosos o no. Todo el mundo vive estresado y todos queremos felicidad. El 93% de los lectores de este libro le pondrá 4 o 5 estrellas y dirán que ha cambiado su vida. El 96% de las personas que han venido a escuchar mis charlas dirán que le he cambiando la vida, no porque se me da bien esto, sino porque estoy hablando un idioma que es altamente predecible, matemático y lógico, por lo tanto, funcional.

Tengo un 4 o 7% de personas que son críticas pero el mundo está hecho de 7 mil millones de personas y si bien el 7% de eso es un número relevante, todavía podemos afectar al resto y la belleza de esto es que yo no tengo que convencer a cada persona que conozco, yo solo tengo que convencer a una y pedir a esa persona que se lo cuente a otras dos, y así a otras dos, hasta conseguir la ecuación exponencial de las matemáticas.

Con cálculos precisos de dónde estamos hoy podemos llegar a mil millones de personas en cinco años si seguimos esta función exponencial. Cinco años es mi objetivo y yo me he puesto este objetivo delante del mundo entero. Tiene que haber dos personas a las que quieres ver felices, y no tiene que ver con lo que se compren el libro, no se trata de eso, puedes contarle lo que tu has aprendido o que ellos investiguen, eso abrirá un movimiento en nuestro corazón en el que nos importará que los demás sean felices, si hacemos eso conseguimos mil millones en cinco años.

Perfecto, nos vemos en cinco años.

Quizás antes, España lo conseguiría en tres años. Esperemos que pase.

¿Esto te hace feliz? ¿Qué es lo más feliz que ha ocurrido en tu día?

Que estés aquí, llevo todo el día hablando de la felicidad, tenemos un poco de sol y mi libro está en español. Esta es la segunda lengua más hablada, así que esto es un gran paso para mi.

*

Autoayuda o no, la ecuación de Mo Gawdat puede ser infalible o no, como puede funcionar de la misma forma que ir al psicólogo, lo bueno es que leer y creer es gratis.

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Borja Bauzá

Foto: Rodrigo Isasi
The Objective

Manuel Arias Maldonado (Málaga, 1974) es profesor de Ciencia Política en la Universidad de Málaga y colaborador habitual de medios de comunicación tanto españoles –The Objective, entre otros– como extranjeros. Partidario del análisis sosegado frente al eslogan lapidario, ha dedicado más de dos décadas a investigar la relación que existe entre el medio ambiente y la política. Suyo es el libro Sueño y mentira del ecologismo. Naturaleza, sociedad, democracia (Siglo XXI), publicado en 2008. También Real Green. Sustainability after the End of Nature (Ashgate), considerado el mejor libro del 2012 por la Asociación Española de Ciencia Política. Hace poco más de un año escribió La democracia sentimental: política y emociones en el siglo XXI (Página Indómita), un ensayo en el que propone una reflexión sobre la influencia de las emociones en los sistemas políticos actuales.

Su último libro, Antropoceno. La política en la era humana (Taurus), llegó a las librerías hace unos días. Trata, claro, del Antropoceno; un fenómeno que la cultura popular encuadra dentro de la ciencia ficción pero que los expertos se toman muy en serio desde que en el año 2000 el prestigioso químico Paul Crutzen lo presentase en sociedad durante un congreso internacional celebrado en México. Crutzen, y con él un gran número de científicos, considera que el planeta está abandonando el Holoceno, la era geológica en la que la especie humana ha conseguido prosperar gracias a unas condiciones climáticas estables, para adentrarse, precisamente a causa de la actividad humana, en el Antropoceno. Es decir: la colonización humana del planeta nos ha llevado hasta una nueva época geológica. Pero esta nueva era –avalada por la revista Nature  encierra un horizonte imprevisible. ¿Su manifestación más llamativa? El cambio climático.

¿Este libro debe leerse como un aviso a navegantes?

Puede llegar a cumplir esa función, pero no es la idea que tenía en la cabeza cuando me senté a escribir. Entre otras cosas porque se necesitan navegantes dispuestos a escuchar para que el aviso tenga efectividad. Precisamente, lo que busca este libro es introducir el Antropoceno en el debate público español.

En efecto, el Antropoceno es un concepto muy poco conocido en España. ¿Esa falta de interés también se da en los países de nuestro entorno? Me refiero a Alemania y Estados Unidos, lugares que conoces bien porque has investigado en ellos.

La falta de interés se da más en España. Alemania es un país con una conciencia medioambiental bastante fuerte. El otro día leí que en las últimas tres décadas el número de vegetarianos ha pasado del 0,1% al 10%. Es más, la primera exposición sobre el Antropoceno celebrada en el mundo tuvo lugar en el Deutsches Museum de Múnich. En cuanto al mundo anglosajón, se beneficia de que las discusiones suceden en inglés. Eso genera una cercanía entre el objeto de debate y las sociedades de esos países.

¿Por qué crees que en España no se discute este asunto?

Creo que la ausencia de un Partido Verde potente es un factor importante a la hora de explicar la poca conversación que hay en torno a la cuestión del Antropoceno. Y el poco debate que hay viene de la mano del cambio climático. ¿Cuál es el problema? Pues que la discusión que gira en torno al cambio climático está muy ideologizada, es muy poco racional y pasa por alto la gran cantidad de matices que encierra un asunto tan complejo. Tenemos que hablar más de las relaciones entre la sociedad y la naturaleza –las relaciones socionaturales– pero tenemos que hacerlo con sensatez.

En el libro explicas que los expertos no se ponen de acuerdo a la hora de determinar dónde se encuentra el origen del Antropoceno; cuándo habría comenzado esta nueva era. ¿Cuáles son las diferentes propuestas?

Lo primero que conviene aclarar es que la búsqueda del origen puede hacerse desde distintos presupuestos. El Antropoceno es un término geológico y por eso el presupuesto geológico es el principal, pero también hay otra dimensión que rastrea el origen basándose en las transformaciones provocadas por el hombre en el medio ambiente; el cambio climático, etcétera. Luego hay estudiosos que dicen que no se puede finiquitar el Holoceno tras ‘solo’ 11.700 años de existencia, y que por tanto sería más acertado referirse al Antropoceno como una nueva etapa histórica. En cualquier caso, el término ha llegado para quedarse.

Regresando a la pregunta, la cuestión del origen gira en torno a un planteamiento muy simple: si dentro de un millón de años aterrizan unos extraterrestres en la Tierra y se ponen a estudiar los sedimentos, ¿qué marcador les va a permitir establecer que en ese punto concreto comenzó el Antropoceno? Por un lado, está William Ruddiman sosteniendo que todo empieza con la revolución agrícola del Neolítico. El problema es que, según su tesis, el Antropoceno compartiría origen con el Holoceno. Que no habría Holoceno, vaya. Por otro lado están las hipótesis industrialistas, que defienden que el industrialismo es el momento en el que la intervención humana sobre el medio ambiente se radicaliza.

Luego hay autores que defienden el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial. Aquí estaríamos hablando de las bombas atómicas como el origen del Antropoceno. Este caso trae consigo una gran carga simbólica; al margen de la huella geológica que dejan los isótopos radiactivos de las bombas, éstas se asocian a un descubrimiento humano cuya peligrosidad salta a la vista. Por último, están quienes defienden el desarrollo tecnológico como punto de partida, y concretamente el motor de combustión. Como ves, existen varias opciones y el debate no está cerrado.

Manuel Arias Maldonado: “La humanidad tiene que ser indulgente consigo misma” 1
Portada de Antropoceno. La política en la era humana. | Imagen vía Taurus.

Y cuando se cierre ese debate sobre el origen también sabremos, dependiendo de cuál sea ese origen, quién es el culpable, o el responsable, del Antropoceno…

Esta es una cuestión muy interesante. ¡Quién es el antropos del Antropoceno! Hay autores que sostienen que algunos grupos de seres humanos han sido más víctimas que actores en todo este proceso. Suelen ser los mismos autores que defienden un cambio de nombre para que el Antropoceno comience a ser conocido como el Capitaloceno; la era del capitalismo en lugar de la era del hombre. En el Capitaloceno el origen y los responsables saltan a la vista: la Gran Bretaña industrialista. Personalmente, no comparto este punto de vista, aunque me parece una crítica razonable si tenemos en cuenta que, efectivamente, hay grupos de personas que han sido mucho más influyentes que otros.

¿Cuál es tu punto de vista?

Que no podemos entender la intervención del ser humano sobre el planeta si no es en términos de especie. Porque hasta el más pasivo de los seres humanos interviene en su entorno. De hecho, tenemos pruebas que indican que las tribus aborígenes ya intervenían de manera agresiva –con arreglo a sus posibilidades tecnológicas– en las profundidades del tiempo amazónico. Como decía Karl Marx: hay un modo de ser de la especie humana que implica una adaptación agresiva al medio. Y esa adaptación agresiva está potenciada por rasgos como la sociabilidad, la capacidad de cooperación, la cultura o el lenguaje. Rasgos que nos abren la posibilidad de transmitir información entre miembros de una misma época, o incluso entre generaciones, y que andando el tiempo aumentan exponencialmente nuestra capacidad transformadora. Que esa capacidad transformadora haya surgido de manera más exitosa en la Europa del siglo XVIII no deja de ser una casualidad histórica. ¡En algún lugar tenía que producirse! Y por supuesto que hay tribus amazónicas que interactúan con su entorno de manera menos agresiva, pero lo hacen porque permanecen aisladas durante más tiempo; porque no reciben las herramientas que les permitirían obrar de manera distinta. Por eso yo no le atribuiría demasiado valor al hecho de que exista una tribu en Ecuador que parece vivir en armonía con su entorno.

Porque si les das un iPhone lo van a utilizar.

¡Pues claro! Por eso a mí me parece que la humanidad tiene que ser hasta cierto punto indulgente consigo misma. Hemos hecho algo, pero no sabíamos lo que estábamos haciendo. No sabíamos, por ejemplo, que estábamos provocando un cambio climático; no sabíamos que estábamos generando una contaminación oceánica; no sabíamos, en definitiva, que estábamos trayendo el Antropoceno. Sabíamos que estábamos alterando el medio ambiente, pero lo hacíamos porque nos habíamos dotado de aquellas herramientas morales y filosóficas que nos autorizaban a hacerlo. Pero es que eso es lo natural. Somos una especie arrojada al planeta que piensa que el planeta gira en torno a ella. ¿Qué vas a pensar? ¡No vas a pensar lo contrario! El argumento del designio –“la naturaleza está para que el ser humano la utilice”– viene de lejos: el Génesis, Aristóteles, Descartes… ¡Fíjate en Descartes! Él intensifica esta noción diciendo que el mundo animal está vacío de contenidos, que los animales son robots. El famoso mecanicismo filosófico.

Y deshacerse de esa herencia lleva mucho tiempo.

Sí, y también implica un ejercicio de reflexión que a lo que nos conduce es a decir: es verdad, hemos hecho daño, pero es que no podíamos haberlo hecho de otra manera. El dominio de la naturaleza no era una opción, era algo que el ser humano tenía que hacer para poder sobrevivir y para garantizar unas condiciones de vida razonables. Por eso creo que la protección del medio ambiente es un lujo que uno puede asumir cuando las necesidades principales han sido atendidas. Y por necesidades principales entiendo el conseguir un desarrollo económico que permita relajarse, que permita poder pensar en otras cosas.

Pero, en cualquier caso, ahora ya sí sabemos lo que hacemos. O las consecuencias que tiene aquello que hacemos.

Ahora sí. Antes no lo sabíamos pero ahora lo sabemos, o por lo menos empezamos a saberlo. Por lo tanto, vamos a pensar si no deberíamos hacer algunos cambios al respecto.

Así terminas el libro: diciendo que ahora que ya sabemos lo que hay conviene ponerse manos a la obra. Es decir, que te alejas de quienes piensan que la humanidad ni pincha ni corta y que, por lo tanto, no hay nada que hacer respecto al cambio climático y cuestiones parecidas. Pero también te distancias de quienes piensan que hay que intentar revertir el proceso a toda costa, antes de que sea demasiado tarde. Propones un camino alternativo.

Lo primero que hay que tener en cuenta es lo siguiente: el planeta Tierra ha cambiado muchas veces a lo largo de su existencia, a veces de forma extremadamente violenta. En el libro hago un recorrido por la historia planetaria en el que nuestra insignificancia queda demostrada. Un dato: el 90% de las especies que han existido desde el principio de los tiempos han dejado de existir. Es más, tenemos constancia de cinco extinciones masivas en las que el hombre no ha tenido nada que ver. Por tanto, se podría argumentar lo que ya dijo Sloterdijk: que la biología es tanatología. Pero también hay que escuchar a los autores que advierten contra la desestabilización del planeta que estaríamos provocando nosotros, la especie humana. A quienes dicen que estamos haciendo desaparecer las condiciones benignas del Holoceno y luego –en el Antropoceno– a ver qué nos encontramos. Estos autores son interesantes porque si el cambio climático se dispara las condiciones de habitabilidad del planeta se verán seriamente comprometidas.

¿Entonces qué crees que hay que hacer?

Antes de nada, hay que pensar en un horizonte temporal razonable. A mí me cuesta mucho conectar intelectual, psicológica y afectivamente con lo que pasó hace 536 millones de años. La cifra está bien para recordarnos que somos una anécdota, pero aquí de lo que se trata es de modificar ciertos hábitos y ciertos comportamientos en las relaciones socionaturales que nos permitan vivir bien durante el próximo milenio.

¿Eso no es lo que piden los partidarios del decrecimiento para intentar frenar el cambio climático?

El problema del cambio climático, como he dicho antes, es que es un debate fuertemente ideologizado. El escepticismo negacionista del que hablabas antes –los que piensan que la humanidad no tiene ni voz ni voto en esto– surge como respuesta al ecologismo radical de los años 60 que defendía desmantelar el sistema capitalista como la gran solución a todo. Para el ecologismo radical el cambio climático no es el protagonista, el protagonista es el capitalismo y el cambio climático sería entonces la herramienta con la que destruirlo. Frente a eso reaccionan desde el otro extremo ideológico diciendo que menuda estupidez y que lo único que quieren los ecologistas radicales es acabar con el capitalismo, y que como no saben cómo hacerlo pues recurren al cambio climático; ergo el cambio climático es mentira. Francamente, ambos extremos me parecen desaconsejables. Lo que pasa es que son los que más llaman la atención en un debate público tan polarizado como el actual.

Pero el cambio climático no es una opinión.

No, claro que no. Es una conclusión científica basada en el aumento de las temperaturas. Es verdad que en el pasado han existido fluctuaciones naturales del clima y que no se puede descartar totalmente que estemos ante un suceso similar. Es decir, que la culpabilidad del ser humano no es indiscutible. ¿Qué pasa? Pues que sí es muy probable por motivos que los paleoclimatólogos te explican al trazar un paralelismo entre los niveles de dióxido de carbono que circulan en la atmósfera y el aumento de las temperaturas. En todo caso, existe un cambio climático. ¿Que haya sido causado por el hombre es una hipótesis? Técnicamente sigue siendo una hipótesis. Lo que pasa es que es una hipótesis con altísimas probabilidades de ser cierta. Por eso no tiene sentido partir de su negación. No podemos seguir discutiendo si existe o no el cambio climático. Existe, claro que existe. Y como parece razonable esperar que la causa sea el ser humano y sus múltiples actividades, sería un error no hacer nada confiando en que sea lo contrario. Hay que hacer una apuesta a la manera de Pascal. Si apuesto que no existe, o que sí existe pero que el ser humano no puede hacer nada al respecto, y luego resulta que sí podía, pierdo la apuesta. Si resulta que hago algo y resulta que puedo hacer algo, gano la apuesta. Y si resulta que hago algo pese a que no sirve de nada hacerlo porque no depende de mí, bueno, tampoco he perdido nada.

Como invitar a alguien que te gusta a tomar un café. El “no” ya lo tienes.

¡Exacto! El “no” ya lo tienes. Así que lánzate, prueba. O ganas o, en el peor de los casos, te quedas como estabas.

Manuel Arias Maldonado: “La humanidad tiene que ser indulgente consigo misma” 2
Manuel Arias Maldonado en las oficinas de Penguin Random House. | Foto: Borja Bauzá.

Pero regresando a los partidarios del decrecimiento. En lo fundamental –que hay que hacer algo– estáis de acuerdo. ¿Qué te chirría de su postura?

Las teorías que defienden el decrecimiento sostienen que el único curso de acción pasa por desmantelar la sociedad tal y como la conocemos. Primero, esa es una reacción desproporcionada. Y segundo: no vas a encontrar apoyo electoral en ningún sitio.

Pero los partidarios del decrecimiento sostienen que se nos acaba el tiempo y que hay que pisar el freno de inmediato. ¿Tú ves margen de maniobra?

Vamos a ver. ¿Tenemos una cantidad finita de recursos? Sí. Pero frente al pesimismo que dice que cuando se acaben esos recursos se han acabado y ya está, yo me pregunto: ¿por qué no vamos a poder ingeniárnoslas para multiplicar la productividad de esos recursos? ¿Quién te iba a decir a ti que el grafeno iba a ser utilizado para la tecnología? ¿Y cuántos años llevamos escuchando que el petróleo se va a terminar y no se termina? Sí, quizá se termine algún día, pero es posible que para entonces ya tengamos alternativas. La capacidad del ser humano para encontrar soluciones tecnológicas está suficientemente probada.

Es una postura esperanzadora. Sin embargo, el panorama actual –las renovables que no terminan de despegar, la crisis de las nucleares en Alemania, Donald Trump y su política medioambiental– invita a muchos decrecentistas a plantearse medidas drásticas. ¿A ti ese horizonte plagado de baches no te invita al pesimismo?

Invita al realismo. Una forma muy fácil de responder a esa objeción del horizonte plagado de baches es que el propio decrecimiento se encontraría con deficiencias en su aplicación práctica que dejarían en entredicho el ideal en el que se basa. Me estoy refiriendo, concretamente, a la ecotopía: ese sistema basado en pequeñas comunidades en el que todos viajaríamos menos, comerciaríamos menos y en el que nuestra convivencia con el medio ambiente sería mucho más armónica.

Un regreso al Paleolítico.

Ahí tienes a John Cerzan, que defiende que nunca hemos estado tan bien como en el Paleolítico. O al propio Yuval Noah Harari, que dice que la Revolución Neolítica fue un desastre para la humanidad. Pero no, no llega hasta ese extremo.

Lo que defienden quienes defienden la ecotopía es lo mismo que ya predicaba el socialismo primitivo del XVIII: una utopía romántica, de tintes rousseaunianos, que sobre el papel puede ser muy atractiva pero que en la práctica daría muchísimos problemas. Como digo, esa es la primera objeción que se le puede plantear al ideal decrecentista.

Una segunda objeción sería la cola de gente –sociedades enteras– que está esperando su turno para entrar a formar parte de la era del progreso y del desarrollo. Negarles esa posibilidad sería injusto. ¡Imagínate! Los occidentales hemos impuesto primero un paraíso tecnológico y ahora queremos pulirlo de un plumazo y apostar por la ecotopía.

En tercer lugar, no hay campaña política que pueda sostener una promesa electoral basada en tener menos y vivir peor. Es imposible. El propio fracaso político del ecologismo en su vertiente más catastrofista así lo atestigua. Lo que pasa es que es un discurso atractivo, a todos nos gusta leer sobre eso y Naomi Klein vende muchos libros. Pero en la práctica se estrella.

Hombre, puede haber elementos concretos de esa propuesta que sean viables. Tratar mejor a los animales, por ejemplo.

No creo que el decrecimiento tenga demasiado que ver con la política animalista. Es uno de los problemas que ha causado esa ideologización que te decía antes: convertir temas que no tienen ideología en posturas ideológicas. ¿O es que la simpatía hacia los animales es patrimonio exclusivo del votante del Partido Verde? ¿A los conservadores no les gusta un paisaje bonito? Es absurdo.

El ser humano no destruye la naturaleza o maltrata a los animales porque así lo desee; es un efecto colateral de otras cosas que va haciendo. Pero claro que hay que concienciar contra el maltrato animal y, en la medida de lo posible, evitar que determinadas tribus africanas piensen que los cuernos de rinoceronte tienen virtudes medicinales.

Lo que en el libro defines como Ilustración Ecológica.

Eso es. Y por lo tanto no entiendo que determinados temas tengan que estar ideologizados. Politizados claro que sí, porque deben estar en la agenda pública para que, entre todos, podamos plantear soluciones. Preservando, y esto es importante, los valores tradicionales de la sociedad liberal. No me refiero a la posición ultra liberal según la cual el crecimiento económico es un fin en sí mismo. A eso tampoco le encuentro demasiado sentido y John Stuart Mills estaría de acuerdo conmigo. Pero hay ciertos valores que deberíamos querer preservar, y que son básicamente la libertad, la autonomía y la igualdad, al tiempo que garantizamos unas condiciones materiales adecuadas para la humanidad. En este contexto el crecimiento económico es un medio, no un fin.

En el libro propones un sistema basado en la gobernanza global. Luego, en paralelo, estaría el debate público. Corrígeme si me equivoco, pero la sensación que transmite esa propuesta es que los líderes políticos podrían llegar a imponer el sacrificio de algunas comodidades personales en nombre del bien común. ¿Es así?

Es así. De todos modos, y antes de contestar, permíteme un matiz: conviene tener en cuenta que la sociedad tiene capacidad para auto-organizarse y que no todo tiene por qué estar legislado. En eso los liberales siempre han tenido razón. Te pongo un ejemplo: el desarrollo económico trae consigo una corrección de la maternidad en las sociedades pobres. Es decir, que la gente pasa a tener menos hijos. Y eso es positivo para el planeta. Por ahora solo África escapa a esta tendencia, pero en Asia, Europa y Latinoamérica la natalidad va a la baja. Seguirá creciendo durante algunas décadas, pero ya se vislumbra lo que los norteamericanos llaman el peak child, momento a partir del cual empezará a descender.

Y respondiendo a tu pregunta, lo que es innegable es que el Antropoceno es un efecto de especie; es la suma de muchísimas acciones individuales a lo largo del tiempo lo que provoca determinados efectos globales. Es decir: tenemos que ser conscientes de que nuestras acciones individuales, íntimas incluso, tienen una vida privada y una vida pública. Ducharse con agua caliente, tener hijos o conducir un coche es una acción privada. En un marco liberal, nadie debería pedirle cuentas a nadie por ello. ¿Qué pasa? Pues que si sumas todas las duchas calientes del mundo o todos los coches del mundo tienes un efecto global. Se convierte en un problema colectivo.

Entonces la pregunta sería: ¿podemos democratizar el Antropoceno?

Me lo pregunto constantemente. Existe un problema: la distancia entre magnitud del objeto –el cambio climático, por seguir con el mismo ejemplo– y la idea de unos individuos que deliberan y votan en su pequeño país. Por eso cualquier política climática debe ser geopolítica, global. Eso no quiere decir que las acciones locales no tengan importancia. La tienen. Pero es un asunto que requiere una perspectiva global. Y con esto vuelvo a tu pregunta anterior: someter a una votación ordinaria nuestras condiciones de supervivencia me parece una incongruencia.

El Antropoceno tiene dos dimensiones. La primera dimensión es la deseable; en qué sociedad queremos vivir refinando nuestras relaciones con el medio ambiente. La segunda dimensión es la indiscutible; qué sociedad necesitamos para sobrevivir. ¿Hay que cerrar la capa de ozono? Hay que cerrar la capa de ozono. ¿Podemos seguir utilizando los clorofluorocarbonos? No podemos seguir utilizando los clorofluorocarbonos. Así es como surge el Protocolo de Montreal, pensado para restringir un tipo de actividad que descubrimos en un momento dado que es dañina para el medio ambiente y que, además, compromete la habitabilidad del planeta.

El Protocolo de Montreal representaría, por tanto, la gobernanza global que defiendes. Sin embargo, lo establecido por el Protocolo de Montreal no sentó bien a todo el mundo.

Siempre habrá personas con intereses, o que sencillamente están acostumbradas a un modo de vida, que no toleran bien los cambios que les van a afectar en lo personal. Por eso protestan. Pero el tiempo ha dado la razón al Protocolo de Montreal. Lo que yo planteo es que tiene que haber una dimensión de la política climática sujeta a la gobernanza global; agencias medioambientales internacionales con representantes de los distintos gobiernos, por ejemplo, que aseguren que ciertos límites planetarios como la temperatura o la desertización no traspasan determinados umbrales. Una vez tengamos esos mínimos garantizados, podemos hablar de lo deseable. Es decir: podremos debatir sobre cómo queremos que sean nuestros entornos urbanos, qué queremos comer, cómo queremos que se trate a los animales que nos comemos, cuántos paisajes hay que preservar, cuánta naturaleza queremos conservar más allá de la que necesitamos conservar, etcétera. Pero sin supervivencia no hay deseabilidad que valga y por eso la voz de los expertos es fundamental. Y a veces ésta tendrá que comunicarse directamente con los organismos internacionales, al margen del debate público.

En el libro arrojas un dato curioso: dentro de unas décadas el 70% de la población mundial vivirá en ciudades. También dices, al respecto, que esto es una buena noticia para el planeta. ¿Qué lectura haces de la nostalgia hacia el mundo rural que parece recorrer la sociedad española?

La nostalgia por la vida en el campo, que muchos asocian a una vida más sencilla, es un clásico del pensamiento occidental y probablemente responda al subconsciente colectivo de una especie que viene de la sabana. Es, también, una expresión de nuestro disgusto ante las dificultades que presenta la vida urbana. Pero si tan bien se viviese en el campo, el campo no estaría quedándose sin gente. Esta contradicción me invita a pensar que estamos ante un anhelo más que ante una preferencia meditada. Por otra parte, yo siempre hago mucho énfasis en no asociar lo natural con lo natural-salvaje, o lo que los norteamericanos llaman wilderness. La naturaleza también se encuentra en las ciudades.

En Nueva York me sorprendió encontrar grupos de observadores de aves –birdwatching, como dicen allí– en Prospect Park, el parque gigantesco que tienen en el corazón de Brooklyn.

¡Y en el libro cito un paper sobre un grupo de observadores de aves en Filadelfia! Pero es que es verdad: si queremos seguir manteniendo la idea de naturaleza en nuestras vidas, y si queremos cuidarla, es necesario que no pensemos que la naturaleza se encuentra al margen de la sociedad. Lo que tenemos fuera de las ciudades será, en todo caso, naturaleza de otro tipo. El wilderness que comentaba antes.

Volviendo al despoblamiento del campo. ¿Es realmente tan positivo?

Abre ciertas oportunidades. Y es una gran noticia para aquellos ecólogos que defienden la necesidad de crear corredores continentales entre zonas naturales en los que no exista intervención del hombre; corredores que permitan a las especies vivir y transitar libremente. Edward Wilson, por ejemplo, sostiene que la mitad del planeta debería estar dedicado a este fin; no dice que haya que partir el globo en dos, sino que es menester crear una reserva natural cuya superficie equivalga a la mitad del planeta. Puede parecer una idea descabellada, pero no imposible dado el ritmo de urbanización al que vamos. El debate público va muy desencaminado: existe la impresión de que la humanidad no hace más que crecer cuando en realidad no es así. El otro día leí que Japón va a pasar de 126 millones de habitantes a 85 millones en los próximos 50 años. ¡El peak child! Esa reducción de la población y ese agrupamiento de seres humanos en contextos urbanos tiene virtudes ecológicas porque facilita la creación de espacios donde la naturaleza se recupera gracias a la ausencia del ser humano.

Termino. Argumentas que a más modernidad más posibilidades de que el Antropoceno resulte una buena época en lugar de una era plagada de catástrofes. ¿A qué te refieres con más modernidad?

Sobre todo, a la innovación tecnológica destinada a lidiar con asuntos climáticos. Lo que se conoce como “ingeniería del clima”, aunque personalmente no me sitúo en esa posición tan radical que argumenta que esa es la única opción capaz de contener y reducir el cambio climático. La tecnología es imprescindible, sobre todo aquellas iniciativas como la biomímesis –la imitación de determinados procesos naturales– que no caen en extravagancias como la de reducir nuestro tamaño para reducir, a su vez, nuestra huella ecológica. Pero no basta con la tecnología. Se requiere una perspectiva política, porque sin riqueza no vamos a ser sostenibles, y también el convencimiento de que no se puede entender el medio ambiente y la sociedad como figuras antagónicas, sino como parte del mismo entramado. El entramado socionatural.

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Cómo (y cómo no) hacer efectivas las reivindicaciones políticas

Josu de Miguel

Foto: Francisco Seco
AP

Alexandre Kojève nació en Rusia, aprendió filosofía en Alemania, y terminó sus días como alto funcionario en Francia preparando las condiciones para la realización de un mercado común en Europa. Su modestia intelectual no le impidió descubrirnos el intríngulis de la Fenomenología del espíritu de Hegel: el despliegue de la historia no era sino un largo proceso donde el deseo de reconocimiento de los postergados jugaba un papel esencial, como era el caso de la lucha entre el amo y el esclavo. La importancia que tuvo esta lógica en la formulación del marxismo y en todos los movimientos que desde el siglo XIX han intentado la liberación de personas y grupos que veían negados sus derechos, resulta indudable y ha sido muchas veces puesta de manifiesto.

En el éxito de las causas de liberación juega un papel muy importante que el conjunto de la sociedad haga suyas las reivindicaciones de justicia a las que normalmente se apela. La clase obrera consiguió tempranamente este objetivo, no solo por su gran inteligencia organizativa, sino porque convenció a la burguesía de la necesidad de incorporar al sistema de poder mecanismos para reducir el conflicto entre los que tenían y no tenían. El tercer mundo fue capaz de persuadir a las potencias victoriosas de la II Guerra Mundial, de la importancia de integrar en la Carta de Naciones Unidas fórmulas jurídicas para desmantelar el régimen colonial. Estos ejemplos nos deben hacer reflexionar sobre el fracaso parcial de otras causas, como la racial, la feminista o la nacional, que aún no han sido capaces de tener un éxito pleno en la consecución de objetivos que a priori pueden considerarse como razonables.

La mayor parte de los análisis entienden que los motivos del fracaso de estos movimientos se debe a las condiciones de las estructuras sociales y a los intereses de los grupos dominantes. De ahí se derivarían, además, obstáculos jurídicos insalvables. Este argumento es en parte cierto. Sin embargo, también considero que el fracaso parcial se debe a que han adoptado una filosofía del reconocimiento que ha sido incapaz de aunar lo universal con lo particular. Me sorprende que en el actual debate sobre los males de la izquierda, casi nadie advierta este asunto: el problema estaría en el descuido de los problemas de los desfavorecidos. Pero fue Sartre quien dijo que el éxito revolucionario de la burguesía fue hacer suyo el programa del conjunto de la humanidad. Y fue Azaña quien afirmó que el problema radical de su tiempo no era preguntarse por cómo se debía ser español, sino por cómo se debía ser hombre (lo que en aquel tiempo incluía a toda la humanidad).

Naturalmente, nada impide que la búsqueda de un reconocimiento se incorpore a las reivindicaciones partidistas. Pero estas debieran hacer hincapié en su encaje en una moral compartida que las avale y evitar la lesión de los principios constitucionales sobre las que se asientan las demandas. Ya hace unos meses Podemos sorprendió con una proposición de ley contra la discriminación por orientación sexual que reproducía el aparato sancionador instaurado en la famosa “ley mordaza”. El PSOE propone una reforma de la Ley de la Memoria Histórica para castigar penalmente opiniones que justifiquen el franquismo, la misma semana en la que se aprueba una norma en Polonia que impide vincular al país con el Holocausto judío. Igualdad y dignidad son nociones susceptibles de traducción jurídica concreta, pero su éxito depende de una comprensión participada de los motivos que se invoquen al exteriorizar el sentimiento de humillación. Poca comprensión puede haber si se angostan los límites de la conversación democrática: menos si se dicta el lenguaje en el que ésta tiene que discurrir.

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Valientes guerreros

Pilar Cernuda

Foto: Virginia Mayo
AP

Da gusto con algunos líderes independentistas: en cuanto vienen mal dadas, toman las de Villadiego y se marchan al extranjero para escapar de la acción de la Justicia, sin tener en consideración que, con su huida, dejan a su guardia pretoriana bajo las patas de los caballos. Con los jefes fugados en paraísos seguros –o aparentemente seguros-, sus colaboradores han recibido en su trasero las patadas judiciales que debían propinarse a los huidos, de manera que han acabado en prisión preventiva, con fianzas de cinco o seis cifras, los pasaportes retirados y comparecencias periódicas ante el juez para demostrar que seguían en España. Algunos de ellos incluso han tenido que sufrir la humillación de retractarse públicamente de sus ideas para sortear la cárcel, un oprobio que les perseguirá de por vida.

Sin embargo, esos líderes de Junts y -y ahora de la CUP- que distribuyen vídeos paseando por amplias avenidas en Bélgica o en Suiza, mientras sus compañeros no tienen más recurso que el rancho y el monótono recorrido por el patio, siguen contando con el respaldo de un porcentaje alto de independentistas. Incomprensible, aunque siempre es difícil interpretar las actitudes de los fanáticos, sean de derechas o de izquierdas. O independentistas, como es el caso. Cualquier persona con dos dedos de frente consideraría cobardes a los fugados, pero los fundamentalistas del independentismo siguen viendo como héroes a los huidos, e incluso dan por buena esa patraña en la que hacen paralelismo entre su actitud y la de Mandela o Gandhi.

Allá los independentistas con su estrategia, sus luchas por el liderazgo, su empecinamiento en separarse de España y sus pintorescas ideas para investir como presidente de la Generalitat a Puigdemont. Con su pan se lo coman. Lo que no es de recibo es que después de cien días desde la Gran Escapada, continúen presentando a figuras del independentismo como valientes guerreros dispuestos a jugarse la vida por sus ideas. De eso nada. Ni valientes ni guerreros: simplemente, hombres y mujeres de medio pelo que salen corriendo en cuanto hay peligro, dejando atrás en difícil situación a sus más próximos colaboradores.

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