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Comías insectos y no lo sabías: la historia detrás del rojo que casi todo lo tiñe

Tal Levy

Foto: TOMAS BRAVO
Reuters

Es un colorante natural, pero no se suele precisar que es de origen animal; menos aún, que procede de un insecto triturado. Un aditivo exótico, por decir lo menos, enmascarado en las etiquetas de productos comestibles bajo la denominación de E-120 o más amigable de rojo natural número 4, conocido también como ácido carmínico y hasta simplemente carmín, distintas formas de eludir un nombre poco apetecible: la cochinilla.

El cuerpo desecado de este diminuto parásito ha coloreado de rojo buena parte de lo que nos rodea. Es difícil escapar de él. Desde medicinas hasta yogures, desde gominolas hasta embutidos o conservas vegetales, desde bebidas energizantes hasta mermeladas, desde ropa teñida hasta pinturas industriales, desde lacas de uña hasta pintalabios, lo contienen.

Al descubrirlo, es inevitable mirar todo con otros ojos; así, por ejemplo, la tan deseada sensualidad de los labios color carmín de pronto palidece, por lo que ya hay quienes demandan un maquillaje vegano.

Distintas legislaciones alimentarias aprueban su consumo. La Organización de las Naciones Unidas paras Alimentación y la Agricultura (FAO) y la Organización Mundial de la Salud (OMS) han establecido en el Codex Alimentarius. Normas internacionales de los alimentos, la dosis máxima de uso para los aditivos según la categoría de alimentos. La ingesta diaria admisible suele ser de unos 5mg por kg de peso corporal.

Los colores que se obtienen varían del fresa al grosella pasando por el carmín al negro. Y es que sin duda comemos, o mejor dicho empezamos a comer, por los ojos. De allí la proliferación de colorantes artificiales, frente a los cuales el E-120 es considerado inocuo salvo contadas intolerancias o alergias.

La pregunta entonces: ¿es preferible el uso de colorantes sintéticos que según estudios se han asociado al cáncer o sobrellevar la repulsa y hacerse la vista gorda con la cochinilla?

Muchos son los cuestionamientos que se derivan, pues al estar presente en medicamentos sobre todo infantiles cómo eludirla, especialmente por parte de quienes son vegetarianos o profesan religiones como la judía, que prohíbe la ingesta de insectos y sangre por considerarlos no kosher, o la musulmana, de igual manera por no inscribirse dentro de los alimentos calificados como halal.

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Un hombre aplasta una cochinilla para mostrar su color rojo | Imagen vía REUTERS/Tomas Bravo

Y es que podría estar incluso en el café que tomas. En 2012 fue motivo de una gran polémica cuando clientes de la cadena Starbucks supieron que en el Frappuccino de fresa habían incorporado el E-120 para dejar de lado los aditivos artificiales. En respuesta al reclamo de los consumidores veganos, fue sustituido por un colorante a base de tomate, como se lee en el informe Los insectos comestibles: Perspectivas de futuro de la seguridad alimentaria y la alimentación, de la FAO, organización que reconoce más de 1.900 especies que se pueden consumir.

Al año siguiente, las críticas recayeron sobre el yogur de fresa de Dannon, subsidiaria en Estados Unidos de Danone. “No tengo nada en contra de la gente que come insectos, pero cuando compro un yogur de fresa estoy esperando yogur y fresas, y no colorante rojo hecho de insectos. Dado que causa reacciones alérgicas en algunas personas y que es fácil de usar colores más seguros basados en plantas, ¿por qué Dannon lo usaría? ¿Por qué el riesgo al ofender a vegetarianos y asquear al resto de los clientes?”, declaraba Michael F. Jacobson, director ejecutivo de la ONG de apoyo al consumidor Center for Science in the Public Interest, a Fox News.

Por lo pronto, no queda sino leer con lupa si es necesario las etiquetas y en muchos casos privarse, privarse y privarse.

Denominación de origen

El colorante es extraído de la desecación de las hembras adultas de los insectos de la familia de los Dactylopius coccus, llamados comúnmente cochinilla, que habitan en los nopales. ¿Por qué pensabas que se plantaban cactus en las islas Canarias?

De hecho, al igual que en el caso del queso Parmesano Reggiano italiano o la Champagne francesa, en la etiqueta del producto final “granuloso y seco al tacto” elaborado en el Archipiélago figura el símbolo comunitario propio de la Denominación de Origen Protegida “Cochinilla de Canarias”.

“Los factores naturales unidos a los históricos hacen que la Cochinilla de Canarias esté vinculada a su medio geográfico, a la tradición y costumbres de sus productores y por tanto presente unas características específicas”, se apuntaba en la solicitud de inscripción en el registro comunitario, que vio finalmente luz el 3 de febrero de 2016.

Más allá de su alta concentración de ácido carmínico y su poca humedad, ¿por qué es única, distinta? Procede de un solo tipo de huésped (Opuntia ficus indica) y de insecto (Dactylopius coccus), recolectado de tuneras, y su secado es al sol y sin utilizar químico alguno, por lo que todo el proceso, desde la plantación del cactus hasta el secado, pasando por la cría del insecto y la recolección, se desarrolla de manera manual, artesanal, según se detalla en la web del Ministerio de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente.

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Los insectos de la cochinilla se ven en una hoja de cactus nopal. | Imagen vía REUTERS/Tomas Bravo

Para hacer una libra de cochinilla, son necesarios 70 mil insectos, de acuerdo con la Enciclopedia Británica. La plantación y posterior cría requieren de condiciones que se hallan en ciertas zonas cálidas de países como México, Chile, Bolivia, Ecuador, Perú o España, concretamente en Canarias.

En las siete islas del Archipiélago se desarrolla el cultivo de la planta huésped, introducido hacia el primer tercio del siglo XIX en respuesta a la gran demanda de tintes en la industria textil europea. Inglaterra y después Francia se convertirían en sus clientes por excelencia y el tope de su comercialización lo alcanzaría en 1869. De hecho, el rojo del uniforme que el ejército británico vistió en la guerra de Crimea era extraído de la cochinilla de Canarias.

Vivió, pues, su tiempo de gloria a mediados del siglo XIX hasta que fue desplazado por tintes sintéticos como la anilina y la fucsina.

El polifacético creador español Mariano Fortuny y Madrazo, que ha quedado para la posteridad como el diseñador del mítico vestido Delphos, al punto que fue patentando en 1909 como si se tratara de un invento, utilizaba tintes naturales como la cochinilla en sus trajes inspirados en las antiguas túnicas griegas y que lucieron, entre otras, la bailarina Isadora Duncan, la actriz Sara Bernhardt y la mecenas y coleccionista de arte Peggy Guggenheim.

El oro rojo

Procedente de la América precolombina, donde fue empleado como tinte en pieles de animales y pigmento en pinturas murales, los exploradores españoles quedaron prendados del color que daba el nocheztli, como lo llamaban los aztecas o, lo que es lo mismo, “sangre de tuna”.

Apodada por los conquistadores como “grana”, llegó durante el Renacimiento a Europa desde México. En el siglo XVI, se convirtió para la Corona Española en uno de los artículos comerciales que generaba más ingresos después del oro y la plata, por lo que no era de extrañar que los barcos que lo transportaban desde el “Nuevo Mundo” fueran blanco de la codicia de los piratas.

No hay que olvidar que el rojo en Europa era símbolo de estatus, de distinción, precisamente porque eran privilegiados quienes podían lucirlo debido a que en la Edad Media era muy difícil y, por tanto, costoso teñir de este color al menos de un modo intenso y duradero.

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En las paredes de El dormitorio, de Vincent Van Gogh, se usó el pigmento de la cochinilla.

El uso del insecto fitófago ha sufrido altibajos pero ha quedado inscrito en la historia del arte. En las paredes de El dormitorio, de Vincent Van Gogh, y las flores del Campo de lirios en Arles, ambos de 1888, fueron pintadas originalmente de púrpura, empleando según han identificado científicos el pigmento de la cochinilla, cuyo color se fue desvaneciendo hasta adquirir un tono azulado producto de la exposición a la luz, según publica Chemical & Engineering News, de la Sociedad Americana de Química.

También se ha rastreado su utilización en otras obras de la pintura universal de maestros como Canaletto, Rembrandt, Van Dyck, El Greco o Velázquez, en cuyas pinturas aunque de forma anónima la cochinilla ha alcanzado la inmortalidad.

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Una cena en Dans le noir?, el restaurante que inventó comer a oscuras

Lidia Ramírez

Foto: The Objective

Nada más llegar tuve que depositar todos mis aparatos electrónicos así como cualquier complemento que pudiese iluminarse en la oscuridad en unas taquillas. Después, Maité Sutto, directora del restaurante y por unas horas mi camarera-guía, me introdujo al interior del salón-comedor completamente a oscuras. Pasamos tres cortinas negras antes de adentrarnos en la más suma oscuridad.

Lo primero que hice fue quitarme mis gafas de seis dioptrías en cada ojo, poca falta me hacían. “Aquí lo único importante es disfrutar de la experiencia y saborear los alimentos sin prejuicio alguno”, comentaba Maité con un marcado acento francés, mientras me conducía hacia nuestra mesa.

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Más de 1,5 millones de personas ya han vivido la experiencia en el mundo. | Foto: Dans le noir?

Dans le noir?, que significa ‘en la oscuridad’, se encuentra situado en la Plaza del Biombo, nº5, a tan sólo 400 metros de la céntrica Plaza Mayor de Madrid, y se trata del primer restaurante en el que se come completamente a oscuras. Una experiencia sensorial que despierta los sentidos y desafía la percepción del gusto, el olfato y las texturas. “Nueve de cada diez personas son incapaces de distinguir el vino blanco del tinto o el rosado”, apunta Maité, perfeccionista hasta en el más mínimo detalle.

El grupo del mismo nombre, que lleva 13 años de éxito internacional con presencia en ciudades como Londres, Nantes, París, San Petersburgo o Barcelona, trabaja con un modelo de integración en el que emplea al 50% de su plantilla a personas con diversidad funcional. En concreto, Dans le noir? Madrid cuenta con camareros invidentes o con deficiencias visuales y posee un convenio de colaboración con la ONCE que les ayuda a encontrar los camareros-guías idóneos para esta experiencia. “Son los ojos de nuestros clientes durante la experiencia”, me cuenta Maité mientras degusto lo que creo que es un pincho de aceitunas y anchoas, y un zumo de alguna fruta con un ligero toque amargo. Todo esto acompañado de un vino ¿tinto?

Una cena en Dans le Noir?, el restaurante que inventó comer a oscuras
Dans le noir cuando está iluminado. | Foto vía Facebook.

El chef y el menú

Para la apertura de este peculiar restaurante, han confiado la confección de su carta al chef Manu Núñez, propietario del restaurante Arume, de Barcelona, y ex participante del popular concurso de televisión Top Chef.

“Dentro de mi trayectoria profesional este proyecto supone un desafío exigente pero bonito”, asegura Manu, quien ha preparado varios menús con una combinación sutil entre la cocina tradicional española e internacional, con algunas incursiones o influencias de la gastronomía francesa, sin olvidar Galicia, por supuesto, cuna del prestigioso chef. “Creo que puedo aportar una identidad personal fuerte en lo conceptual y un juego de sabores y matices potentes en los gustativo. Me planteo el reto con ganas de no dejar indiferente y de que ese sienta una Galicia viajera en el paladar”.

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La confección de la carta ha recaído en manos del chef gallego, Manu Núñez. | Foto: Dans le Noir?

Así, los comensales podrán elegir entres tres menús sorpresa, ya que el cliente no sabrá lo que ha comido hasta el final de la experiencia. El menú sencillo, de 37,90 €, incluye primer plato y segundo plato, o segundo plato y postre; el menú completo, de 42,90€, contiene primer plato, segundo plato, postre; y el menú degustación, por 64,90€, incluye copa de cava, entrante, primer plato, segundo plato, postre y tres copas de vino.

Sabores verdaderos y naturales procedentes de productos frescos que ofrecen a los comensales un viaje iniciático a través de los sentidos, especialmente el gusto, el olfato y el tacto, ¡pero también el oído! Y es que en Dans le noir? los clientes no se sientan en mesas individuales, sino que comparten la experiencia con el resto de asistentes. “La oscuridad erradica la timidez y fomenta la convivencia”, asegura Maité Sutto.

Una experiencia sensorial y humana única. ¡Todo un reto para esta época!

Por cierto, lo que comí en la hora de entrevista que estuve con Maité nada tenía que ver con lo que yo pensaba que estaba degustando. Ni era tinto, ni anchoas, ni ninguna fruta amarga. ¡Mi sentido gustativo aún tiene mucho trabajo por delante!

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Los 5 destinos europeos preferidos de los españoles por su gastronomía

Redacción TO

Foto: Marcelo del Pozo
Reuters

Junto a la cultura y la naturaleza, la gastronomía se ha convertido en una de las razones por las que los viajeros se decantan por un destino u otro. En el caso de los españoles se convierte en una misión complicada encontrar un destino donde disfrutar de la comida más que en su país, y es que hay que tener en cuenta que España es uno de los destinos europeos preferidos por su gastronomía. Por ello, desde Musement, compañía que recomienda las actividades y rutas gastronómicas más autóctonas para que vivas cada ciudad como si fuese tuya, han recogido los destinos europeos que los españoles eligen por su gastronomía:
 

Italia: es un destino muy típico cuando los españoles buscan un viaje gastronómico, además del típico plato de pasta o pizza o los increíbles quesos, Italia ofrece una amplia gastronomía en todo el país. Empezando por el norte, donde las comidas típicas son las más contundentes y encontramos los ingredientes más conocidos como el queso Parmigiano Reggiano o el vinagre balsámico de Módena, predominan las sopas, cocidos, carnes hervidas en vino y mantequilla. En el sur, no podía faltar el pescado y marisco, tanto en pasta como acompañados por las típicas verduras del sur como las berenjenas, los pimientos o los grelos.

Una camarera sirve pizza en un restaurante de Italia. | Foto: Parmigiano Reggiano/Reuters

 
España: clasificado como ‘un país para comérselo’ es muy habitual el turismo de los españoles dentro del propio país cuando eligen un destino en busca de la comida perfecta. De hecho, los españoles son los europeos que más viajan dentro de su propio país para redescubrirlo. En concreto, San Sebastián es uno de los destinos típicos para disfrutar de su comida, siendo muy habituales las rutas gastronómicas por el norte. Al igual que en Italia, el sur también ofrece otro tipo de gastronomía. En este caso destaca el tapeo y la fritura de pescado, entre otros muchos platos.


 

Francia: su amplia variedad de vinos y sus ricos quesos convierten a la costa azul en el país vecino preferido por los españoles a la hora de buscar un destino gastronómico. Por otro lado, los franceses son de los turistas europeos que más gastan en España , sin embargo, los españoles no se quedan atrás en su país y también son una parte importante del turismo en Francia.

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Un marcador de piedra muestra el logotipo de la casa Moet & Chandon Champagne en Hautvillers, en el este de Francia, durante la tradicional cosecha de vino de Champagne. | Foto:
Benoit Tessier/Reuters

 
 
Grecia: evidentemente no es un destino únicamente elegido por su gastronomía pero se convierte en una parte importante junto a las maravillosas vistas que las islas ofrecen. La Tyropita o la tarta de queso griega es uno de los atractivos gastronómicos del país, se puede servir como aperitivo porque es una tarta salada pero también se emplea como postre en algunas ocasiones. Del mismo modo que en destinos anteriores, el queso griego o feta no se quedan atrás como puntos fuertes de la gastronomía preferida por los españoles.


 

Bélgica: a diferencia del resto de destinos anteriores, su principal atractivo es la famosa gama de cervezas belgas que ofrece. Además, otra diferencia con el resto son sus condiciones meteorológicas, que no acompañan tanto en verano, por ello es uno de los destinos más elegidos para escapadas cortas durante el año.

Botellas de cerveza se muestran en una mesa de un bar en Bruselas. | Foto: Eric Vidal / Reuters

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Cómo cocinar huevos nube, el último fenómeno de los 'foodies' de Instagram

Redacción TO

Foto: RRSS

Los cloud eggs -en castellano ‘huevos nube’- son la última gran sensación de los foodies de Instagram. Algunas tendencias gastronómicas son, con el debido respeto, una soberana chorrada. No obstante, esta última es una moda a tener en cuenta en este mundo de platos inmortalizados. Para que una receta triunfe en Instagram tiene que verse bien en fotos. Como muestra, un botón:

Y, si además está rica, mejor que mejor. Es el caso de los huevos nube, a medio camino entre el huevo escalfado y el merengue, y cuya fácil preparación ha animado a miles de cocineros principiantes a realizarla. A pesar de parecer algo súper cool y novedoso, esta es una receta tan antigua como otras tantas. Sus orígenes se remontan al año 1651, cuando a alguien se le ocurrió cocinar unos Oeufs à la Neige -en castellano, ‘huevos en nieve’-. A pesar de haber sido rebautizados con un nombre más trendy, se trata básicamente de la misma receta.

Modo de preparación

Para cocinar cloud eggs, sólo necesitaremos un huevo, un bol, un horno y -si fuera necesario- criterio estético para tener la foto con más likes de Instagram.

Tras estos 7 sencillos pasos, tendrás unos huevos nube de campeonato:

1. Romper los huevos y separar las yemas de las claras.

2. Batir las claras del huevo al punto de nieve hasta obtener una textura similar al merengue. Para conseguir este resultado, debemos añadir una pizca de sal, utilizar unas varillas y batir enérgicamente durante unos 5 minutos; también vale hacer uso de la batidora.

3. Añadir pimienta y/u otras especias. Añadir también, al gusto, un poco de queso parmesano, suizo o Gruyère para potenciar el sabor.

4. Hornear las claras a 230º durante 5 minutos sobre una bandeja cubierta por papel de horno.

5. Retirar las claras del horno cuando estén doradas.

6. Apagar el horno y añadir un poco más de sal y pimienta al gusto.

7. Añadir las claras en el centro de las yemas e introducirlas de nuevo en el horno hasta que cuajen un poco.

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Puedes acompañar los huevos como prefieras -en Instagram triunfan, cómo no, con aguacate-. No te pierdas esta receta, compártela y haz uso de ella en cualquier ocasión.

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Por qué NO donar ropa, comida y trastos a países en desarrollo

Clara Paolini

Foto: Bill Wegener
Unsplash

En el primer mundo se piensa: los niños de Zimbabwe apenas tienen juguetes, los jóvenes de Burundi no llevan zapatos y  en los países del Cuerno de África, sacudidos por incesantes hambrunas, toda donación en especie podría servir de ayuda. Mientras tanto, los trastos inservibles se acumulan en el desván, haces espacio en el armario porque las zapatillas de la última temporada, que ya no están de moda, ocupan el espacio reservado para nuevas adquisiciones y buena parte de los alimentos que compras acaban en la basura porque sencillamente, sobran.

Entonces, llega el engañoso momento de iluminación: “Si tengo cosas que otras personas necesitan, ¿por qué no donarlas? Así, además de deshacerme de ellas, llevaré a cabo una acción solidaria”. Se trata de un autoengaño común pero más peligroso de lo que imaginas. Lo cierto es que en la mayoría de los casos, enviando ropa usada, trastos y comida a países en vías de desarrollo no sólo no ayudas a nadie, sino que podrías acabar perjudicando.

Querer ayudar no es excusa para desconocer las consecuencias de lo que estás haciendo, así que antes de empezar, con toda la buena intención, a repartir tus desperdicios, ten en cuenta lo siguiente.

Las donaciones pueden ralentizar el crecimiento de la economía local

Un artículo publicado en la revista Time, ya lo advertía hace algunos años: “No es tan difícil conseguir camisetas en África, e inundar el mercado de productos gratuitos podría arruinar a las personas que ya las venden”. Donar ropa es un tema sensible en África porque las industrias textiles de muchos países se derrumbaron bajo el peso de las importaciones de ropa de segunda mano que se introdujeron en los años setenta y ochenta y conviene actuar para eliminar esa lacra. Como apuntaba James Shikwati, director Inter Region Economic Network de Nairobi, “primero destruyes la capacidad de producción textil de estos lugares y luego dices: ‘¿Puedo darte una camiseta y celebrarlo?’. Es como ofrecer veneno recubierto de azúcar”.

Vanesa Anaya, responsable de comunicación de la Fundación Agua de Coco, apunta que parte del problema radica en la imagen estereotipada que se tiene de África como continente empobrecido, lleno de niños hambrientos y falto de recursos: “Aunque en muchas ocasiones la dureza de la situación es real, esto contribuye a tener una visión paternalista. La gente, con toda su buena intención, quiere contribuir a mejorar la vida de las personas en países empobrecidos, pero lo primero que proponen es siempre enviar cosas, incluso trastitos que allí son inservibles”.

Por qué NO donar ropa, comida y trastos a países en desarrollo
Mercado en Mali | Imagen: Kraig Peel / Flickr creative commons

Desde su punto de vista “el problema es dar por hecho que unas camisetas viejas que tienes por casa van a servir allí, ese concepto de enviar cosas sobrantes. En el caso de la comida, por un lado, muchas las organizaciones no disponen de recursos para hacerlas llegar, y por otro, te aseguro que es posible comprar arroz, leche y harina allí mismo, contribuyendo así a fomentar el mercado local”.

La cultura de la recogida de alimentos y objetos proviene de la época en la que las ONGs basaban su trabajo en la caridad de la ayuda humanitaria, pero a estas alturas cada vez son más las organizaciones que sientan sus bases en la ayuda al desarrollo. Este cambio de actitud se resume en una frase algo manida pero irrebatible: “Dale un pez a un hombre y comerá un día; enséñalo a pescar y comerá siempre”.

África no es un vertedero

Rasna Warah, conocida periodista keniata y autora del libro Missionaries, Mercenaries and Misfits, declama alto y claro la triste realidad: “África es el mayor vertedero del planeta, todo lo que sobra se trae aquí y lo triste es que los gobiernos africanos no dicen que no, de hecho, dicen: ‘Por favor, envíenos más’. Abdican de la responsabilidad de sus propios ciudadanos (…) La solución a largo plazo no es este tipo de ayuda”

Tal y como apunta Vanesa Anaya, existe un grave problema en la gestión de la basura en muchos países africanos, y en muchos casos, bienes enviados desde aquí con buenas intenciones, acaban en vertederos contaminando el medioambiente y generando dinámicas sociales muy peligrosas como la explotación laboral infantil. Según su opinión, el caso de las nuevas tecnologías es especialmente grave: “porque hay una tendencia a enviar ordenadores viejos que casi no funcionan. Al cabo de un par de años estos ordenadores no sirven para nada y acaban allí”.

A veces es mejor no enviar nada que enviar un trasto inservible que acabe en un área de basuras donde reciclar o remodelar resulte inviable, y “lo mismo ocurre con otros objetos y materiales con una vida útil corta que acaban abandonados en el río, lago o ciudad en lugares que no tienen una adecuada gestión de los residuos”. Ya bastante grave es la situación de los vertedores de residuos tecnológicos en África como para que además, contribuyamos a su perpetuación sin ser conscientes de ello.

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Partes de equipos electrónicos en los vertedoros de residuos en Ghana | Imagen vía EFE/Jane Hahn

Se pueden enviar cosas más útiles

Aunque te guste pensar que tus juguetes de infancia cobrarán una nueva vida en manos de un huérfano africano, el dinero que es necesario invertir para enviar un cargamento de osos de peluche a países empobrecidos podría utilizarse en cubrir necesidades más apremiantes, como medicamentos o personal que lleve a cabo proyectos sociales o de economía sostenible desde el terreno.

Desde la Fundación Agua de Coco explican que en su caso sólo se limitan a llevar productos bajo ciertas condiciones: que los haya demandado su equipo desde los lugares en los que trabajan; que sean difíciles o imposibles de conseguir en el país; y que no puedan ser sustituidos por otro producto local.

Por supuesto esto no quiere decir que en todos los casos debamos limitarnos a donar medicamentos, pero sí conviene ser consciente de qué se necesita y qué no. Por ejemplo, si una ONG tiene un proyecto para incentivar la inclusividad mediante el deporte, la donación por parte de una empresa de un cargamento de botas de fútbol, será útil. Por el contrario, si tienes unas zapatillas viejas en casa y pretendes entregárselas a una asociación con pocos recursos que trabaja en el ámbito de la salud, allí también son basura.

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Una niña se sostiene de la cinta de la ropa que ha tendido en la barriada de Kangemi en las afueras de Nairobi | Imagen vía
REUTERS/Darrin Zammit Lupi

Perpetúas un modelo de consumo dañino

Si tienes montañas de ropa de la que quieres deshacerte pero sientes la necesidad de comprar prendas nuevas, posees trastos inservibles porque eres incapaz de darles una nueva vida por ti mismo y en tu nevera la comida caduca antes de que la toques, algo estás haciendo mal. Puede que la clave no sea donar tus desperdicios a un país empobrecido, sino consumir menos y hacerlo de forma más consciente.

Estamos lejos de alcanzar un sistema económico igualitario y resulta difícil escapar de las garras del consumismo, pero cada acción cuenta. Si en lugar de comprar diez camisetas de 4€ fabricadas con mano de obra barata adquiriéramos una con garantías de comercio justo proveniente de un país en vías de desarrollo, entonces sí, la solidaridad tendría otra cara.

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