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¿Cómo afecta Juego de Tronos nuestras emociones?

Ariana Basciani

Foto: HBO
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Juego de Tronos comenzó a emitir su séptima temporada, seis capítulos que servirán para emocionarnos y dejarnos con las ganas de ver el final de la serie en 2018. La serie se ha consolidado y ha roto los esquemas narrativos tradicionales que mantenía a los protagonistas hasta el final de las historias, ha roto con la uniformidad a la que estamos acostumbrados, nos ha sacado de la zona de confort, entendiendo la fantasía de Westeros desde la humanidad.

A pesar de que la novela se ha quedado atrás con respecto a la serie, el escritor de la saga literaria de Juego de tronos: canción de hielo y fuego, George R.R. Martin, ha insistido en varias entrevistas que no se puede escribir sobre la guerra y la violencia sin tener muertes y que no se puede ser sincero literariamente sin que estas circunstancias violentas afecten a sus protagonistas principales. Debido a estas declaraciones, el autor se ha ganado a partes iguales la admiración y el odio de quienes ven la adaptación de la saga a la televisión.

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Momento icónico de ‘La boda roja’. | Imagen vía HBO.

Un juego para las emociones de los espectadores

Ante tanta crítica al efectismo narrativo y televisivo, existen centenares de listas en Internet que exhiben cuáles son los peores o mejores capítulos teniendo en cuenta la sorpresa y expectación que han generado en los amantes de la serie. También Youtube se ha encargado de darnos miles de vídeos de gente grabando sus reacciones al ver ciertos episodios de la serie. Sin embargo, si nos remitimos a la data, estudios como el realizado por el equipo de neuromarketing de la agencia española C2 Intelligent Solutions nos da pistas de cómo impacta en los espectadores los hechos que ocurren en el mundo de Westeros.

En el estudio se expone una muestra de la activación emotiva neuronal que producen algunas de las escenas más relevantes de la serie. Se analizaron las reacciones de 14 personas entre los 25 y 45 años, a quien se les colocaron dispositivos de captación neuronal para medir valencias emotivas, así como dispositivos de medición biométrica con el fin de captar la activación por pulso y sudoración.

La agencia realizó el experimento con cinco episodios que marcaron la narrativa de la serie: Baelor o la decapitación de Ned Stark; Valar Dohaeris; Las lluvias de Castamere o la boda roja; El león y la rosa, o la boda púrpura; y El portón (Hodor).

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Margaery Tyrell y Joffrey Baratheon en su boda | Imagen vía HBO.

Recapitulando escenas (atención spoilers)

El episodio titulado Baelor está centrado en la escena donde se demuestra que Juego de Tronos es, narrativamente, diferente. Ned Stark, el personaje bueno, consejero y protagonista es decapitado antes de acabar la primera temporada. Allí se abría la veda narrativa. El estudio demuestra que existe un gran impacto en los espectadores, así como desagrado y alta atención en los hechos, de manera especial en el momento en que el verdugo ejecuta la sentencia y la cabeza de Ned cae al piso.

En el episodio Valar Dohaeris, se narra la historia de Daenerys conquistando Astapor y tomando la bahía de los esclavos, con lo que reafirma su liderazgo y poderío como heredera de la Casa Targaryen. El estudio confirma una emoción positiva generada, posiblemente, por la sed de justicia y liberación de los esclavos; emoción que es reforzada al suscitarse una atención máxima ante la imagen que despierta los dragones al castigar a los victimarios.

En el caso del episodio Las lluvias de Castemere podemos apreciar una de las escenas más recordadas de Westeros: la boda roja. Más allá del impacto social que tuvo el episodio –más de 700 mil menciones en Twitter, Facebook, blogs, sitios de noticias y foros según estadísticas de HBO- la melodía que envuelve el episodio abre la escena más sangrienta de la serie. Gran parte de la familia Stark, con lobo incluido, es traicionada a manos de los Frey y los Lannister. Pero esta escena no es la única boda impactante; durante el episodio de El León y la rosa ocurre la boda púrpura, en la que el rey Joffrey es envenenado frente a todos sus invitados y termina muriendo en los brazos de su madre, Cersei Lannister.

Por último, encontramos el episodio de El Portón, ese que dio tanto que hablar por el doblaje al castellano del final de la escena más representativa, la muerte de Hodor. Hold…Hold the door…Hodor, así se nos desvelaba el origen de Hodor y se presenciamos su muerte como sacrificio al sujetar el portón hasta morir para salvar la vida de Bran Stark.

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Escena de la temporada seis de Juego de Tronos. El suicidio de Tommen Lannister | Imagen vía HBO

Hodor o la puerta a cómo nos sentimos

De acuerdo al estudio de C2 Intelligent Solutions, El León y la rosa y su boda púrpura es el episodio que ha generado el mayor número de hits emocionales, debido a la atención máxima que los espectadores demostraron en el experimento. Valar Dohaeris o Daenerys conquistando Astapor, por otra parte, es la escena que más activa emociones positivas, genera afinidad y produce gran impacto. En el caso de Las lluvias de Castemere y su boda roja, es la escena que mayor atención ha tenido y mantiene la tensión, pero sin alcanzar el impacto logrado en otras escenas como la boda púrpura. Por último, la muerte de Stark logra el mismo nivel de impacto que la boda roja y obtiene la mayor valencia media de todo el experimento gracias a la tensión que encierra toda la secuencia.

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¿Cómo reaccionamos ante la escena de El Portón o Hold The Door? | Imagen vía C2 Intelligent Solutions

Por último en el caso de la escena de El PortónHold The door en inglés- el estudio revela que causó impacto pero el clímax de atención se encontró justo cuando se nos desvela el verdadero significado del nombre de Hodor. Quizás por eso tantas críticas se hicieron al doblaje al castellano, por perder efecto y significación en la emoción transmitida por la narrativa de la escena.

El estudio de la narrativa de Juego de Tronos revela cómo las muertes de los personajes no asombran, pero sí mantienen nuestra atención y, en ciertos momentos, produce que el espectador altere sus valores morales debido al apego emocional a los personajes, a la sed de justicia o por el deseo de continuidad de las historias.

Juego de Tronos ¿una droga?

Para comprender el apego emocional a ciertos capítulos de Juego de Tronos, es necesario recordar el estudio de la empresa alemana Neuromarketing Labs para Fox y Vodafone realizado en 2013, en la que se afirma que a los fanáticos de las series televisivas -la lucha en Westeros entre ellas- les aumentaba el ritmo cardíaco, la sudoración, se les aceleraba la respiración al sentarse frente al televisor y, por último, sufrían de abstinencia al dejar de verlas.

El estudio aseguró que nuestro cerebro prefiere las emociones fuertes “sin importar si son positivas o negativas”, como las que probablemente se pueden experimentar al visionar la Batalla de los Bastardos o el verdadero origen de Jon Snow o el último capítulo emitido de la séptima temporada donde el ejercito Lannister se enfrenta a Daenerys y Drogon. “Cuando el espectador es expuesto a programas que no le gustan, no muestra ningún tipo de emoción, reacciona con indiferencia”, afirmó Kai-Markus Müller, uno de los autores del estudio. De igual manera Neuromarketing Labs afirma que, en general, las series de televisión “no generan odio” y, desde el punto de la activación hormonal, poseen un efecto calmante en el espectador, incluso si son series de terror o violencia.

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Por los momentos estamos a salvo de convertirnos en adictos al peek TV, pero nada nos garantiza no perder a nuestro personaje más querido de Westeros.

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Zumaia, mucho más que el Rocadragón de Juego de Tronos

Saioa Camarzana

Los amantes de las series conocerán este lugar pero no por su nombre, Zumaia, sino por Rocadragón, el lugar en el que desembarca Daenerys Targaryen con toda su tropa. La reina baja del barco, toca la arena y los acantilados se convierten en el lugar por el que vuelan sus tres dragones. Bien, pues en las piedras de este pueblo de la costa guipuzcoana se puede leer la Historia. La Historia de la Tierra y la nuestra. Y no es exagerar semejante afirmación, la formación rocosa que se ve en la séptima temporada de la saga que nos tiene en vilo se llama Flysch y en sus páginas se pueden leer 60 millones de años de historia.

A 36 kilómetros de Donostia se encuentra este mágico pueblo costero que hace muchos años fue una villa pescadora. Un lugar construido entorno al monasterio de Santa María, regalo del rey Don Sancho de Castilla IV al convento de Roncesvalles en el año 1292, tal y como declara el primer pergamino que lo cita. Estos monjes empezaron a ver poblarse la explanada en la que se encontraba el monasterio y, aunque no existe una conclusión unánime, parece que los habitantes del valle de Sehatz cansados de los ataques de piratería decidieron abandonar sus hogares para construir una pequeña aldea amurallada con el objetivo de protegerse. Esta es la razón por la que hoy en día se exhiben unos cañones en el paseo que lleva al faro y que hasta hace unos años no estaba a la vista más que la parte trasera del mismo. Parecían simples boyas para amarrar los barcos a su llegada. Cuando la alcaldía decidió renovar el emblemático paseo, que lleva desde el parque de Amaia hasta el faro en un recorrido repleto de casitas bajas (parte de ellas son casas de verano), se llevó la sorpresa de ver esos cañones que habían sido utilizados para la protección de las fronteras del pueblo y sus gentes.

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El Rocadragón de Juego de Tronos es en realidad el pueblo de Zumaia, a 36 km de Donostia | Imagen vía HBO

Paseando por Zumaia una se da cuenta de que es como un circuito de obstáculos. Esquivas una, dos y hasta tres sillitas de niños en un espacio reducido. Madres que ríen, jóvenes padres que llevan a sus niños al parque. Todos se saludan. Todos se conocen. Con algo más de  9.800 habitantes (está creciendo pero pronto no habrá espacio para la construcción de nuevos edificios) es fácil recorrer los rincones más interesantes del pueblo en una mañana. La temporada estival es una de las más agradables (aunque ahora que ha adquirido fama por haberse rodado en su playa varias escenas de Juego de Tronos los turistas se multiplican) para descubrir sus recovecos. Si el clima acompaña, ya se sabe que en el País Vasco no siempre hace sol aunque sea verano, el paseo puede empezar por caminar hasta el paseo del faro. Con el mar en calma se puede disfrutar de todo el recorrido, hasta el final (aunque ahora se encuentra en proceso de renovación), ya que cuando el mar está bravo se cierra la zona más alejada debido a que en 1960 ola gigante se llevó por delante a 6 personas que pasaban por allí. Ahora, como medida preventiva, cuando hay marejadas fuertes se cierra a la altura del museo de Julio Beobide.

La siguiente parada, y quizá la más llamativa, es la playa (o mejor dicho, cala) de Itzurun, parada obligatoria, para seguir viendo esa costa que tan popular se está haciendo. En lo alto se ve la ermita de Arritokieta en un tira y afloja con el precipicio, como un funambulista luchando por no caer. No solo es el lugar en el que Daenerys y Jon Snow se reúnen para unir fuerzas contra Cersei Lannister, es también punto de encuentro de geólogos de todo el mundo. Sus acantilados, protegidos ahora en biotopo, nos muestran la edad de la tierra como los árboles nos ofrecen su edad mediante los aros de su corteza. Las formaciones rocosas, tan sutiles como caprichosas, han quedado al descubierto por el impacto del mar a lo largo del tiempo. 60 millones de años son los que nos muestran esta vieja y anciana costa que nunca se cansa y siempre está activa (el Flysch, así se llama desde hace unos años, se extiende a lo largo de 15 kilómetros que se pueden visitar en una excursión en barca que se reserva en el centro de información). Este enclave, en el que ahora se dan cita numerosos turistas, ha sido punto de referencia para diferentes películas y documentales. Tanto es así, que en la villa costera se abrió el Centro de interpretación Algorri para saciar la curiosidad de todo aquel que quiera saber más.

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Atardecer en el acantilado. Un paisaje conocido para los seguidores de Juego de Tronos | Imagen vía: María López

Visita a la rasa mareal

Pasear por encima del acantilado, hasta que el camino se convierte en una punta estrecha desde la que observar la inmensidad, era ir en busca de un relajante momento para los lugareños y los pocos turistas que llegaban atraídos por sus vistas, por su olor a salitre, por su quietud. Como un Ulises atraído por el canto de las sirenas. Ahora, debido al aumento de turismo que se está viviendo, la Diputación ha decidido aumentar las medidas de seguridad de un camino pedregoso y arenoso en la misma ladera del cortante. Unas vallas, dicen, se dispondrán a lo largo del mismo para evitar que la tierra pueda desprenderse a causa del impacto.

La otra playa, la de Algorri, conocida como ‘la playa de los curas’ (debido a que estos tenían un pasadizo bajo tierra desde la iglesia hasta la playa o eso es lo que se le dice) es un punto de referencia para las puestas de sol. Conocedores de la marea, su fuerza y poder, los zumaiarras saben esperar en la playa hasta pasadas las nueve de la tarde para recibir la energía de los últimos rayos de sol. El espectáculo hechiza. El sol baja por el acantilado y se esconde tras los montes de los pueblos colindantes creando un juego de colores anaranjados que se mantienen en el horizonte. El mar, la montaña y el sol que desaparece tras los rocas hacen que quieras pasar el resto de la eternidad viendo atardeceres como estos.

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Itzurun desde la playa | Imagen vía: María López

Un pueblo de calles de piedra

De vuelta en las calles del pueblo un buen alto en el camino es el bar Itzurun, justo donde arranca la cuesta que sube a la playa. Con una terraza tranquila, a pesar de que acaban de quitar los pequeños arbustos que te protegían de los transeúntes, el bar es una parada interesante para probar alguno de sus pintxos o una ración de rabas, quizá de las mejores de la localidad. De allí a otro de los puntos gastronómicos más interesantes nos separan tan solo dos minutos de paseo, con vistas al puerto el bar Idoia quizá sea una de las mejores propuestas para bolsillos lejos de los apuros económicos de la mayoría de jóvenes.

Tras este pequeño alto para reponer fuerzas se puede subir a ver la iglesia románica jalonada por pequeñas gárgolas que se encuentra rodeada de calles estrechas y casitas bajas que desembocan en la nueva biblioteca municipal. Y, bajando por sus escaleras, se llega a la calle en la que todo ocurre: Erribera. Tiendas, locales y bares se suceden unos a otros para dar cobijo en época de lluvia o se convierte en punto de encuentro cuando llegan las fiestas. Las escaleras desde el bar Zalla, en Upela Plaza, llevan a la fuente de San Juan, conocida actualmente por ser una de las localizaciones de la película Ocho apellidos vascos. Bajando las escaleras traseras de la iglesia se adentra en una callejuela estrecha de piedra, una cuesta que te lleva a la ermita de San Telmo, desde donde se puede observar la playa de Itzurun desde lo alto. De camino, hay un pequeño santo, San Telmo, que aun no siendo el patrón de Zumaia se ha convertido en el símbolo del pueblo, dando nombre a las fiestas más multitudinarias celebradas justo después de Semana Santa.

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Vista de Zumaia desde el puerto. | Imagen vía: María López

Camino de Santiago

Zumaia cuenta con un tramo del camino de Santiago, un paseo por la playa bordeando el museo de Zuloaga y el puerto deportivo (no exento de polémica en su momento por contribuir a la destrucción de la marisma) hasta llegar a la antes mencionada ermita de Arritokieta y el cementerio; poco antes de empezar la cuesta, al lado del convento de San José se encuentra un albergue para peregrinos. Con un camino asfaltado y fácil de digerir se obtiene una panorámica de todo el litoral, aunando mar, montaña, río y una vista general de Zumaia.

Pasado ilustre

Este pueblo de pasado pescador ha sido punto de encuentro no solo de geólogos de todo el globo sino también de personalidades ilustres de las artes y las letras. Una de sus calles, Juan Belmonte, es un homenaje al torero sevillano que solía lidiar de manera gratuita en la localidad a petición de su amigo, el pintor Ignacio Zuloaga, habitante de la localidad en las temporadas veraniegas. En su casa, convertida ahora en museo, se llevaban a cabo encuentros entre intelectuales como Ortega y Gasset, Unamuno, Pío Baroja o Valle-Inclán. Pero estos no son los únicos ilustres de la villa. De aquí también salió la bailarina de ballet clásico Lucía Lacarra.

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Puerto de Zumaia | Imagen vía: María López

Otros lugares que visitar

Si se dispone de más de un día en la localidad las posibilidades se disparan. Una visita a Elorriaga, un pequeño monte o ladera desde el que se puede ver parte del litoral, es una de las excursiones perfectas para un domingo por la mañana. 9 kilómetros y dos horas y media es lo que lleva subir y bajar de allí. Una vez arriba un bar, un parque y mesas para comer esperan los visitantes. Otra escapada puede ser llegar hasta Askizu, esta vez es recomendable coger las botas de monte. Desde la primera cuesta se puede ver todo el pueblo de Zumaia; montañas, mar, el faro y el pueblo. Desde aquí es posible echar la vista atrás, hasta el primer asentamiento y ver cómo Zumaia era una explanada ahora convertida en una preciosa y acogedora villa.

En definitiva, Zumaia es un lugar de ensueño para niños y mayores, un pueblo en el que desconectar y vivir de manera tranquila, lejos del bullicio de las ciudades y con todas las comodidades. El servicio de transporte público, compuesto de tren y autobús, conecta en poco más de media hora con Donostia y, en algo más, con Bilbao. Y cuando cae el sol, se llena de una paz y armonía que me recuerda a cuando coleccionaba piedras y las escondía en el cajón.

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Vista de Zumaia con la iglesia de San Pedro | Imagen vía: María López

Algunos tips para pasear por Zumaia

Dónde dormir

Landarte: una pequeña casa rural de siete habitaciones que se encuentra al principio de la subida al monte San Miguel. Rodeada de un jardín inmenso es uno de los alojamientos más tranquilos de la zona.

Zelai: hotel con vistas a la playa, probablemente la opción más cara

Hotel Flysch: hotel de nueva construcción cerca de la ermita

Apartamentos Tomás: tres apartamentos en pleno centro

Pensión Goiko: situado justo encima del bar homónimo cuenta con siete habitaciones en la calle Erribera

Camping Zumaia: lugar para acampar compuesto también de bungalows

Dónde comer

– Idoia: pescado y pintxos

– Labarra o Itzurum: pintxos

– Gure Txokoa: raciones y bocadillos

Zalla: platos combinados, bocadillos y pintxos

– Justa: raciones y menú del día

Continúa leyendo: Más allá del muro

Más allá del muro

Enrique García-Máiquez

Ahora vamos a comprobar si nos ha servido de algo tanto Juego de tronos durante estas vacaciones. Se ha discutido mucho si la 7ª temporada ha resultado peor o mejor que las anteriores, si se han perpetrado incoherencias, como que los personajes se trasladen a una velocidad de vértigo, si apenas hubo sexo o si la violencia perdió mordiente. Yo entraría a saco, espada en ristre, a lo Jon Snow, en esos debates, defendiendo la épica clásica que ha acabado abriéndose paso a mandobles en la serie, pero la prueba de fuego (¡dracarys!) de la entidad de Juego de tronos la va a dar nuestra vuelta al trabajo y al otoño caliente (“Se acerca el otoño”) que nos espera.

El entretenimiento sirve para pasar el tiempo, o sea, el verano, y nos deja a las puertas del nuevo curso (más allá del muro) arrecidos y desconcertados. El arte se diferencia de la diversión en que nos da armas (¡de nuevo, la épica!) para enfrentarnos a los retos cotidianos. Salvando las siderales distancias, la Divina Comedia termina configurando el alma de sus lectores. El poeta Luis Felipe Vivanco hablaba de “la soledad de haber leído de verdad a Dante”. Andrea Levy dijo hace poco que lo había leído, cuando se montó ese follón porque también contaba a García Lorca entre sus lecturas, y eso pareció fatal a los activistas. A mí, más contemplativo, lo de Lorca me llama menos la atención, pero ¿se le nota a Levy su Dante?

Es una pregunta boomerang: ¿se me notará que he visto todos los episodios de Juego de tronos? No van a configurarnos el alma, uf, menos mal, pero sí tendrían que tonificarnos el ánimo. No podemos ahora llorar, quejarnos, derrumbarnos por lo que nos espera. Recuerden las sabias palabras de El Perro cuando le dice a Gendry que deje de lloriquear porque le vendiesen a una bruja de nada cuando Beric había sido asesinado seis veces, seis, y no iba por ahí quejándose. Un gran ejemplo, verdaderamente. Actuemos con coherencia. No podemos asistir muy excitados al caos político de los Siete Reinos y perder los nervios por el desorden del nuestro. No deberíamos admirar el valor de los que cruzan más allá del muro y no emular su temple al volver al trabajo. ¿Cómo apreciar el tiempo lentísimo que sirve para forjar los caracteres de los personajes y desesperarse por nuestros días largos? ¿Es posible emocionarse con historias de amor de una complejidad estrambótica sin vibrar con lo nuestro en casa, tan delicadamente minimalista y dulce, aunque sea por contraste?

Quizá a Alonso Quijano se le fue la mano con la dosis de ficción que llevó a su biografía, pero otros lectores compulsivos de aquellas novelas de caballería fantásticas hasta el absurdo, tan similares a nuestra serie, sí que dieron con la dosis adecuada: piensen en Hernán Cortés o en Santa Teresa de Jesús. Estamos de acuerdo en que Juego de tronos no es Shakespeare, desde luego, ni siquiera El señor de los anillos, pero no le quitemos la dignidad de ser un libro de autoayuda. Llega septiembre y la vamos a necesitar.

Continúa leyendo: 10 muertes más satisfactorias en Juego de tronos

10 muertes más satisfactorias en Juego de tronos

Nerea Dolara

Foto: HBO
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Han muerto muchos y muchos eran despreciables, pero hay algunos que se recuerdan con especial atención. Aquí las muertes más satisfactorias de la serie (las más tristes todos las recordamos).

(SPOILER ALERT)

En Juego de tronos han muerto personajes queridos, por ejemplo la mayoría de los Stark o Shireen Baratheon, y animales queridos, por ejemplo, los lobos de los niños de Invernalia o Viserion, pero también han muerto muchos indeseables. Los Siete Reinos es un lugar lleno de seres cuestionables y en una serie con una alta tasa de mortalidad era solo justo que algunos cayeran. Pero quiénes son los que más ha disfrutado ver morir el público. Sí, no es bueno matar, pero la catarsis de ver a un ser cruel, violento y asesino encontrar su fin es irrepetible, más cuando han hecho tanto como en Juego de tronos. Aquí van.

La escritura y el arte en general son la batalla contra la nada, contra el desamparo, la angustia, la nostalgia del hogar, de fantasmas. El artista con su trabajo se salvaguarda y protege de esa nada que le han dicho que contiene al universo, que le precede. La nostalgia y la angustia son producto de un recuerdo, que es más bien una intuición, de haber pertenecido a algún lugar, del temor a ser responsables de nosotros mismos y de otros, del desasosiego que causa el dominio de un azar atroz y arbitrario en el mundo y, para algunos de nosotros, de la orfandad religiosa. No obstante, algunas de éstas son condiciones de posibilidad del arte. Aristóteles señala en la Ética a Nicómaco, recordando a Agatón, que el arte y el azar tienen un pacto. Todo quehacer humano solicita un espacio vacío, una carencia, algo indeterminado, una página en blanco. El ser humano es libre de elegir lo que va a hacer, cómo actuar y qué decir porque su naturaleza y su futuro no están establecidos y determinados de antemano. El existencialismo de Sartre propone precisamente esto: la existencia antecede a la esencia. La esencia del existente no está dada antes de que éste nazca, sino que se va haciendo a medida que va viviendo. El autor francés explica que no hay un Dios que conozca la naturaleza y la esencia del hombre, por lo que “el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo” (2002, p.138-139). De esta manera, el ser humano no tiene otra opción que la de ser libre, él es lo que elige ser y hacer, y, en ese sentido, tiene también la posibilidad de elegir no hacer nada o no elegir. Él es responsable de sus actos, de sus proyectos, de lo que ha hecho, hace y hará con su vida. Asimismo, según Sartre, aquello que el hombre elige para sí mismo lo elige para todos, esto es, que cualquiera que esté en la situación en la que uno se encuentra actuaría de la misma manera en la que uno lo hace, o, por lo menos, eso es lo que se espera; y, cuando se elige algo, se piensa que cualquiera en esa situación elegiría lo mismo. Siempre consideramos que tenemos una sensibilidad común. En este sentido, el ser humano es su propio legislador y no es necesario que acate leyes preestablecidas que lo traten como objeto, como una maquina que siempre funciona de la misma manera si se presiona un botón. De acuerdo con esto, el hombre está angustiado porque tiene la responsabilidad de lo que él considera que deben ser las elecciones de los demás, del hacer propio, de la vida, de los proyectos, y, sobre todo, le angustia que sus propias elecciones no sean, en todos los casos, tan firmes como él querría que fueran. No siempre mantenemos la elección en pie. Por ejemplo, solemos romper con rapidez la promesa de vivir saludablemente. No obstante, la angustia de la que se habla no es de la que detiene. Por ejemplo, el padre y la madre en verdad se angustian ante lo que conlleva tener un hijo a su cargo, pero esto no significa que dejen tanto de tenerlo como –posteriormente–, de cuidarlo. El existencialismo invita al hombre a definirse a través de sus actos, le recuerda la responsabilidad que tiene con los demás sólo por existir, no es que lo incita a dejar de actuar debido a la angustia que le produce dicha responsabilidad. Tenemos un miedo profundo de aceptar que nuestra vida está en nuestras manos. Tanto es lo que desconfiamos de nosotros mismos y de los demás. Puede que tengamos buenas razones para ello. Basamos este miedo en nuestra experiencia. Sabemos que hay robos y violaciones de libertades cada segundo que respiramos. No queremos que el mundo esté en manos de la humanidad, ni nuestra vida en las nuestras. Sin embargo, debemos encontrar la manera de comulgar con nuestras responsabilidades, con las otras personas, con el azar. René Maheu señala que “al trágico antiguo, dominado por la fatalidad ciega, opone Kierkegaard el trágico moderno, que es la aventura del Individuo” (1970, p. 15). El hombre moderno, según el autor danés, no es el héroe de las tragedias griegas que era golpeado por la fortuna, sino que es el que se aventura a su vida. El aventurero acepta y busca el riesgo y nada le impide hacerse. Kierkegaard también dice que la angustia del hombre es un desmayo ante su vastísima libertad. Según este filósofo, el hombre dejó de ser infinito y cercano a Dios debido al pecado original. El hombre decidió separarse de Dios al caer en la provocación. Es entonces finito y es una “nada afirmada”. La “nada afirmada” se puede ver como la “divina ausencia” de Paul Valery que cita Sartre: las personas no son lo que hacen por momentos: no son una camarera, ni una periodista sin más, ni un asesino, ni un cajero, ni un profesor. En palabras del filósofo francés: “la realidad escapa a toda definición por conductas” (1966, p. 111). De esta manera, las conductas o las profesiones no son nuestra esencia, sino que son roles que representamos, como si fuéramos actores de teatro. La esencia del actor no puede ser atrapada en ese teatro porque el telón baja y él abandona al personaje. No es que podemos ser atrapados en esencias predeterminadas en la mente de Dios porque no hay tal Dios que predetermine nada. En este sentido, el hombre puede temer ser él mismo. Sus opciones son dos: o bien se hace responsable de su vida o no se hace, o bien decide ser él mismo y toma las riendas de su vida o no las toma. Encontramos esta idea también en los planteamientos de Heidegger. Según el filósofo alemán, el Dasein humano –esto es, el hombre, “el ser que se pregunta por el ser”–, tiene dos opciones: o ser él mismo o no serlo. No obstante, debe elegir serlo, existir auténticamente y, en este sentido, tomar responsabilidad de su vida. Estos autores nos hacen una invitación a vivir, a la actividad, al trabajo, al movimiento, al proyecto. Nos invitan a darle paso a la vida, al éros de Freud, más que al thánatos. No obstante, el hombre no es todo éros, movimiento, deseo, proyecto y vida, sino que también hay que darle un espacio a thánatos, no como muerte, sino en el sentido del olvido de sí, del descanso, de las vacaciones. El existencialismo nos invita a una fiesta a la que queremos asistir, pero es una asistencia y no una permanencia. No queremos que dure para siempre y que sea en todo momento de nuestras vidas. Una invitación a una fiesta que dure toda la vida es como no dejar de trabajar. Queremos hacer de nuestra vidas el teatro de éros y el entreacto de thánatos. No obstante, las “vacaciones de nosotros mismos” no implican una evasión de responsabilidades. No se trata de abandonarnos o de dejar de ser nosotros, sino que se trata de una moderación del trabajo y de la actividad. Vacilamos ante la idea de ser completamente responsables de nosotros mismos, de no tener un dios con quien compartir la carga, de habitar un mundo de riesgos, pero esa indeterminación y esa imprevisibilidad no son sólo causantes de la angustia, sino que son las que permiten la libertad, la sorpresa e inclusive el arte. El arte es un oficio que comienza con la entrega al riesgo. La tragedia moderna es una tragedia de aventura. Es protagonista el que se expone al azar, el que planifica lo espontáneo. 5
El hermano ególatra de Daenerys | Imagen vía HBO

Viserys Targaryen

Relaciones: Hermano de Daenerys Targaryen/ “Heredero legítimo” al trono (esto se pondría en duda con la revelación de la verdadera paternidad de Jon Snow).

¿Por qué lo odiamos? Bueno, realmente no era alguien que la caería bien a nadie. Altivo, ególatra, egoísta, cruel, violento, malcriado… se creía además el dueño del destino y el cuerpo de su hermana, la vende para comprar un ejército y es incapaz de tratar bien a nadie. Es básicamente un imbécil redomado.

¿Cómo murió? En la primera temporada, episodio siete, Khal Drogo decide matarlo, tras la aprobación de su mujer, Daenerys, cuando entra en la tienda de las ceremonias armado con una espada (nadie puede estar armado en los campamentos Dothraki) y amenaza con asesinar a Daenerys y al hijo que lleva en el vientre. El episodio se llama “La corona dorada” en referencia al fin de Viserys. Gracias a su insistencia, Drogo le asegura que sí, que le dará su corona de oro. Prosigue a derretir un cinturón de ese metal y verter el líquido hirviente sobre la cabeza del varón Targaryen. ¡Ups! Resultó que no era resistente al fuego como tanto decía.

Grado se satisfacción: 8/10. En este momento aún no habíamos vivido a tantos malvados insoportables y Viserys era realmente molesto, además de ser una piltrafa humana.

La escritura y el arte en general son la batalla contra la nada, contra el desamparo, la angustia, la nostalgia del hogar, de fantasmas. El artista con su trabajo se salvaguarda y protege de esa nada que le han dicho que contiene al universo, que le precede. La nostalgia y la angustia son producto de un recuerdo, que es más bien una intuición, de haber pertenecido a algún lugar, del temor a ser responsables de nosotros mismos y de otros, del desasosiego que causa el dominio de un azar atroz y arbitrario en el mundo y, para algunos de nosotros, de la orfandad religiosa. No obstante, algunas de éstas son condiciones de posibilidad del arte. Aristóteles señala en la Ética a Nicómaco, recordando a Agatón, que el arte y el azar tienen un pacto. Todo quehacer humano solicita un espacio vacío, una carencia, algo indeterminado, una página en blanco. El ser humano es libre de elegir lo que va a hacer, cómo actuar y qué decir porque su naturaleza y su futuro no están establecidos y determinados de antemano. El existencialismo de Sartre propone precisamente esto: la existencia antecede a la esencia. La esencia del existente no está dada antes de que éste nazca, sino que se va haciendo a medida que va viviendo. El autor francés explica que no hay un Dios que conozca la naturaleza y la esencia del hombre, por lo que “el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo” (2002, p.138-139). De esta manera, el ser humano no tiene otra opción que la de ser libre, él es lo que elige ser y hacer, y, en ese sentido, tiene también la posibilidad de elegir no hacer nada o no elegir. Él es responsable de sus actos, de sus proyectos, de lo que ha hecho, hace y hará con su vida. Asimismo, según Sartre, aquello que el hombre elige para sí mismo lo elige para todos, esto es, que cualquiera que esté en la situación en la que uno se encuentra actuaría de la misma manera en la que uno lo hace, o, por lo menos, eso es lo que se espera; y, cuando se elige algo, se piensa que cualquiera en esa situación elegiría lo mismo. Siempre consideramos que tenemos una sensibilidad común. En este sentido, el ser humano es su propio legislador y no es necesario que acate leyes preestablecidas que lo traten como objeto, como una maquina que siempre funciona de la misma manera si se presiona un botón. De acuerdo con esto, el hombre está angustiado porque tiene la responsabilidad de lo que él considera que deben ser las elecciones de los demás, del hacer propio, de la vida, de los proyectos, y, sobre todo, le angustia que sus propias elecciones no sean, en todos los casos, tan firmes como él querría que fueran. No siempre mantenemos la elección en pie. Por ejemplo, solemos romper con rapidez la promesa de vivir saludablemente. No obstante, la angustia de la que se habla no es de la que detiene. Por ejemplo, el padre y la madre en verdad se angustian ante lo que conlleva tener un hijo a su cargo, pero esto no significa que dejen tanto de tenerlo como –posteriormente–, de cuidarlo. El existencialismo invita al hombre a definirse a través de sus actos, le recuerda la responsabilidad que tiene con los demás sólo por existir, no es que lo incita a dejar de actuar debido a la angustia que le produce dicha responsabilidad. Tenemos un miedo profundo de aceptar que nuestra vida está en nuestras manos. Tanto es lo que desconfiamos de nosotros mismos y de los demás. Puede que tengamos buenas razones para ello. Basamos este miedo en nuestra experiencia. Sabemos que hay robos y violaciones de libertades cada segundo que respiramos. No queremos que el mundo esté en manos de la humanidad, ni nuestra vida en las nuestras. Sin embargo, debemos encontrar la manera de comulgar con nuestras responsabilidades, con las otras personas, con el azar. René Maheu señala que “al trágico antiguo, dominado por la fatalidad ciega, opone Kierkegaard el trágico moderno, que es la aventura del Individuo” (1970, p. 15). El hombre moderno, según el autor danés, no es el héroe de las tragedias griegas que era golpeado por la fortuna, sino que es el que se aventura a su vida. El aventurero acepta y busca el riesgo y nada le impide hacerse. Kierkegaard también dice que la angustia del hombre es un desmayo ante su vastísima libertad. Según este filósofo, el hombre dejó de ser infinito y cercano a Dios debido al pecado original. El hombre decidió separarse de Dios al caer en la provocación. Es entonces finito y es una “nada afirmada”. La “nada afirmada” se puede ver como la “divina ausencia” de Paul Valery que cita Sartre: las personas no son lo que hacen por momentos: no son una camarera, ni una periodista sin más, ni un asesino, ni un cajero, ni un profesor. En palabras del filósofo francés: “la realidad escapa a toda definición por conductas” (1966, p. 111). De esta manera, las conductas o las profesiones no son nuestra esencia, sino que son roles que representamos, como si fuéramos actores de teatro. La esencia del actor no puede ser atrapada en ese teatro porque el telón baja y él abandona al personaje. No es que podemos ser atrapados en esencias predeterminadas en la mente de Dios porque no hay tal Dios que predetermine nada. En este sentido, el hombre puede temer ser él mismo. Sus opciones son dos: o bien se hace responsable de su vida o no se hace, o bien decide ser él mismo y toma las riendas de su vida o no las toma. Encontramos esta idea también en los planteamientos de Heidegger. Según el filósofo alemán, el Dasein humano –esto es, el hombre, “el ser que se pregunta por el ser”–, tiene dos opciones: o ser él mismo o no serlo. No obstante, debe elegir serlo, existir auténticamente y, en este sentido, tomar responsabilidad de su vida. Estos autores nos hacen una invitación a vivir, a la actividad, al trabajo, al movimiento, al proyecto. Nos invitan a darle paso a la vida, al éros de Freud, más que al thánatos. No obstante, el hombre no es todo éros, movimiento, deseo, proyecto y vida, sino que también hay que darle un espacio a thánatos, no como muerte, sino en el sentido del olvido de sí, del descanso, de las vacaciones. El existencialismo nos invita a una fiesta a la que queremos asistir, pero es una asistencia y no una permanencia. No queremos que dure para siempre y que sea en todo momento de nuestras vidas. Una invitación a una fiesta que dure toda la vida es como no dejar de trabajar. Queremos hacer de nuestra vidas el teatro de éros y el entreacto de thánatos. No obstante, las “vacaciones de nosotros mismos” no implican una evasión de responsabilidades. No se trata de abandonarnos o de dejar de ser nosotros, sino que se trata de una moderación del trabajo y de la actividad. Vacilamos ante la idea de ser completamente responsables de nosotros mismos, de no tener un dios con quien compartir la carga, de habitar un mundo de riesgos, pero esa indeterminación y esa imprevisibilidad no son sólo causantes de la angustia, sino que son las que permiten la libertad, la sorpresa e inclusive el arte. El arte es un oficio que comienza con la entrega al riesgo. La tragedia moderna es una tragedia de aventura. Es protagonista el que se expone al azar, el que planifica lo espontáneo. 6
Joffrey, el personaje más detestado de la serie | Imagen vía HBO

Joffrey Baratheon

Relaciones: Rey de los Siete Reinos. Hijo de Cersei y Jaime Lannister (aunque oficialmente es hijo de Robert Baratheon). Esposo de Margery Tyrrell.

¿Por qué lo odiamos? Por dónde empezar… Joffrey puede ser el personaje más odiado de toda la serie -en una serie en que hay muuuuuuucha gente despreciable- por una suma de razones muy válidas: desde que lo conocemos es obvio que es un malcriado arrogante que siempre se sale con la suya, y que además es cruel y sádico. Es el responsable de la muerte de Lady, la direwolf de Sansa; tortura prostitutas, da la orden de cortar la cabeza a Ned Stark y luego lleva a su hija Sansa (en ese momento su prometida y prisionera) a ver su cabeza en una estaca; es cruel y violento hasta con su madre (la malvada número uno); ya ni hablemos de cómo trata a su tío… en fin, es un imbécil integral, despreciable a niveles de revolver el estómago y producir accesos de ira.

¿Cómo muere? El día de su banquete de bodas, después de humillar públicamente a su tío y a Sansa y básicamente demostrar por qué alguien tenía que matarlo de una vez, bebe de su copa de vino para brindar y comienza a toser. Los ojos se le inyectan, vomita sangre, la cara se le pone morada… y en manos de su madre muere, no sin antes acusar, sin ninguna base, a Tyrion Lannister de su muerte.

Grado de satisfacción: 10/10. No sólo muere de forma inesperada, sino que lo mata Olena Tyrrell que logra morir vencedora en la temporada siete, aunque hayan invadido sus tierras y esté a punto de morir, cuando le cuenta a Jaime cómo asesinó a su hijo ilegítimo y le dice: “Quiero que le cuentes a Cersei que fui yo”.

La escritura y el arte en general son la batalla contra la nada, contra el desamparo, la angustia, la nostalgia del hogar, de fantasmas. El artista con su trabajo se salvaguarda y protege de esa nada que le han dicho que contiene al universo, que le precede. La nostalgia y la angustia son producto de un recuerdo, que es más bien una intuición, de haber pertenecido a algún lugar, del temor a ser responsables de nosotros mismos y de otros, del desasosiego que causa el dominio de un azar atroz y arbitrario en el mundo y, para algunos de nosotros, de la orfandad religiosa. No obstante, algunas de éstas son condiciones de posibilidad del arte. Aristóteles señala en la Ética a Nicómaco, recordando a Agatón, que el arte y el azar tienen un pacto. Todo quehacer humano solicita un espacio vacío, una carencia, algo indeterminado, una página en blanco. El ser humano es libre de elegir lo que va a hacer, cómo actuar y qué decir porque su naturaleza y su futuro no están establecidos y determinados de antemano. El existencialismo de Sartre propone precisamente esto: la existencia antecede a la esencia. La esencia del existente no está dada antes de que éste nazca, sino que se va haciendo a medida que va viviendo. El autor francés explica que no hay un Dios que conozca la naturaleza y la esencia del hombre, por lo que “el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo” (2002, p.138-139). De esta manera, el ser humano no tiene otra opción que la de ser libre, él es lo que elige ser y hacer, y, en ese sentido, tiene también la posibilidad de elegir no hacer nada o no elegir. Él es responsable de sus actos, de sus proyectos, de lo que ha hecho, hace y hará con su vida. Asimismo, según Sartre, aquello que el hombre elige para sí mismo lo elige para todos, esto es, que cualquiera que esté en la situación en la que uno se encuentra actuaría de la misma manera en la que uno lo hace, o, por lo menos, eso es lo que se espera; y, cuando se elige algo, se piensa que cualquiera en esa situación elegiría lo mismo. Siempre consideramos que tenemos una sensibilidad común. En este sentido, el ser humano es su propio legislador y no es necesario que acate leyes preestablecidas que lo traten como objeto, como una maquina que siempre funciona de la misma manera si se presiona un botón. De acuerdo con esto, el hombre está angustiado porque tiene la responsabilidad de lo que él considera que deben ser las elecciones de los demás, del hacer propio, de la vida, de los proyectos, y, sobre todo, le angustia que sus propias elecciones no sean, en todos los casos, tan firmes como él querría que fueran. No siempre mantenemos la elección en pie. Por ejemplo, solemos romper con rapidez la promesa de vivir saludablemente. No obstante, la angustia de la que se habla no es de la que detiene. Por ejemplo, el padre y la madre en verdad se angustian ante lo que conlleva tener un hijo a su cargo, pero esto no significa que dejen tanto de tenerlo como –posteriormente–, de cuidarlo. El existencialismo invita al hombre a definirse a través de sus actos, le recuerda la responsabilidad que tiene con los demás sólo por existir, no es que lo incita a dejar de actuar debido a la angustia que le produce dicha responsabilidad. Tenemos un miedo profundo de aceptar que nuestra vida está en nuestras manos. Tanto es lo que desconfiamos de nosotros mismos y de los demás. Puede que tengamos buenas razones para ello. Basamos este miedo en nuestra experiencia. Sabemos que hay robos y violaciones de libertades cada segundo que respiramos. No queremos que el mundo esté en manos de la humanidad, ni nuestra vida en las nuestras. Sin embargo, debemos encontrar la manera de comulgar con nuestras responsabilidades, con las otras personas, con el azar. René Maheu señala que “al trágico antiguo, dominado por la fatalidad ciega, opone Kierkegaard el trágico moderno, que es la aventura del Individuo” (1970, p. 15). El hombre moderno, según el autor danés, no es el héroe de las tragedias griegas que era golpeado por la fortuna, sino que es el que se aventura a su vida. El aventurero acepta y busca el riesgo y nada le impide hacerse. Kierkegaard también dice que la angustia del hombre es un desmayo ante su vastísima libertad. Según este filósofo, el hombre dejó de ser infinito y cercano a Dios debido al pecado original. El hombre decidió separarse de Dios al caer en la provocación. Es entonces finito y es una “nada afirmada”. La “nada afirmada” se puede ver como la “divina ausencia” de Paul Valery que cita Sartre: las personas no son lo que hacen por momentos: no son una camarera, ni una periodista sin más, ni un asesino, ni un cajero, ni un profesor. En palabras del filósofo francés: “la realidad escapa a toda definición por conductas” (1966, p. 111). De esta manera, las conductas o las profesiones no son nuestra esencia, sino que son roles que representamos, como si fuéramos actores de teatro. La esencia del actor no puede ser atrapada en ese teatro porque el telón baja y él abandona al personaje. No es que podemos ser atrapados en esencias predeterminadas en la mente de Dios porque no hay tal Dios que predetermine nada. En este sentido, el hombre puede temer ser él mismo. Sus opciones son dos: o bien se hace responsable de su vida o no se hace, o bien decide ser él mismo y toma las riendas de su vida o no las toma. Encontramos esta idea también en los planteamientos de Heidegger. Según el filósofo alemán, el Dasein humano –esto es, el hombre, “el ser que se pregunta por el ser”–, tiene dos opciones: o ser él mismo o no serlo. No obstante, debe elegir serlo, existir auténticamente y, en este sentido, tomar responsabilidad de su vida. Estos autores nos hacen una invitación a vivir, a la actividad, al trabajo, al movimiento, al proyecto. Nos invitan a darle paso a la vida, al éros de Freud, más que al thánatos. No obstante, el hombre no es todo éros, movimiento, deseo, proyecto y vida, sino que también hay que darle un espacio a thánatos, no como muerte, sino en el sentido del olvido de sí, del descanso, de las vacaciones. El existencialismo nos invita a una fiesta a la que queremos asistir, pero es una asistencia y no una permanencia. No queremos que dure para siempre y que sea en todo momento de nuestras vidas. Una invitación a una fiesta que dure toda la vida es como no dejar de trabajar. Queremos hacer de nuestra vidas el teatro de éros y el entreacto de thánatos. No obstante, las “vacaciones de nosotros mismos” no implican una evasión de responsabilidades. No se trata de abandonarnos o de dejar de ser nosotros, sino que se trata de una moderación del trabajo y de la actividad. Vacilamos ante la idea de ser completamente responsables de nosotros mismos, de no tener un dios con quien compartir la carga, de habitar un mundo de riesgos, pero esa indeterminación y esa imprevisibilidad no son sólo causantes de la angustia, sino que son las que permiten la libertad, la sorpresa e inclusive el arte. El arte es un oficio que comienza con la entrega al riesgo. La tragedia moderna es una tragedia de aventura. Es protagonista el que se expone al azar, el que planifica lo espontáneo. 7
El mentor de los Lannister | Imagen vía HBO

Tywin Lannister

Relaciones: Padre de Cersei, Jaime y Tyrion Lannister. Mano del rey de Joffrey Baratheon. Rey de los Siete Reinos (por muy poco tiempo).

¿Por qué lo odiamos? Para empezar no ha sido el mejor padre. Salvo Tyrion, sus hijos son bastante malas personas (Cersei no requiere más descripción, es malvada, y Jaime puede haber mejorado, pero recordemos que era un imbécil y casi asesino que tiró a Bran de la torre en Invernalia). Y con Tyrion ha sido especialmente cruel, incluso llegó a condenarlo a muerte sabiendo que no había cometido del crimen del que se le acusaba. ¡Ah! Y orquestó la boda roja.

¿Cómo muere? Herido por una ballesta a manos de su hijo Tyrion y sentado en un vater. No la muerte más honorable.

Grado de satisfacción: 6/10. Da un regustico ver a Tyrion por fin vengar años de maltrato y decirle las cosas a la cara, pero Tywin era un gran personaje y perderlo no fue del todo satisfactorio.

10 muertes más satisfactorias en Juego de tronos
El padre del ser más malo de Juego de Tronos | Imagen vía HBO

Roose Bolton

Relaciones: Jefe de la casa Bolton. Señor de Invernalia. Padre de Ramsay Bolton.  

¿Por qué lo odiamos? Bueno, para empezar traicionó a la casa a la que le debía lealtad cuando participó en la boda roja para quedarse con Invernalia. Luego… bueno digamos que alguien que tiene como imagen de su casa a un hombre despellejado vivo no es alguien que vaya a caer bien en general.

¿Cómo muere? Acuchillado por su propio hijo, Ramsay. Sí, tampoco era un padre modelo… qué sorpresa.

Grado de satisfacción: 7/10. Su muerte deja al horrible Ramsay a cargo (y eso no es nada bueno), pero su muerte sigue siendo disfrutable. Alguna consecuencia tenía que tener la cobarde masacre de Starks en la boda roja.

10 muertes más satisfactorias en Juego de tronos 1
Selyse Baratheon | Imagen vía HBO

Selyse Baratheon

Relaciones: Esposa de Stannis Baratheon. Madre de Shireen Baratheon. Seguidora empedernida del Señor de la luz.

¿Por qué la odiamos? Básicamente por ser la peor mamá del mundo (y en este mundo vive Cersei). Fanática religiosa, odia a su hija porque piensa que es un monstruo (la niña quedó marcada por un contagio de escama gris) y al final aprueba que la quemen viva en la hoguera para que su esposo gane una batalla y el trono.

¿Cómo muere? Viendo a su hija morir en dolor en la hoguera suelta un doloroso grito. Más tarde, consumida por la culpa, se cuelga de un árbol.

Nivel de satisfacción: 9/10. Vale, al final se arrepiente, pero su pobre y dulce hija igualmente murió de forma horrorosa por su culpa.

La escritura y el arte en general son la batalla contra la nada, contra el desamparo, la angustia, la nostalgia del hogar, de fantasmas. El artista con su trabajo se salvaguarda y protege de esa nada que le han dicho que contiene al universo, que le precede. La nostalgia y la angustia son producto de un recuerdo, que es más bien una intuición, de haber pertenecido a algún lugar, del temor a ser responsables de nosotros mismos y de otros, del desasosiego que causa el dominio de un azar atroz y arbitrario en el mundo y, para algunos de nosotros, de la orfandad religiosa. No obstante, algunas de éstas son condiciones de posibilidad del arte. Aristóteles señala en la Ética a Nicómaco, recordando a Agatón, que el arte y el azar tienen un pacto. Todo quehacer humano solicita un espacio vacío, una carencia, algo indeterminado, una página en blanco. El ser humano es libre de elegir lo que va a hacer, cómo actuar y qué decir porque su naturaleza y su futuro no están establecidos y determinados de antemano. El existencialismo de Sartre propone precisamente esto: la existencia antecede a la esencia. La esencia del existente no está dada antes de que éste nazca, sino que se va haciendo a medida que va viviendo. El autor francés explica que no hay un Dios que conozca la naturaleza y la esencia del hombre, por lo que “el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo” (2002, p.138-139). De esta manera, el ser humano no tiene otra opción que la de ser libre, él es lo que elige ser y hacer, y, en ese sentido, tiene también la posibilidad de elegir no hacer nada o no elegir. Él es responsable de sus actos, de sus proyectos, de lo que ha hecho, hace y hará con su vida. Asimismo, según Sartre, aquello que el hombre elige para sí mismo lo elige para todos, esto es, que cualquiera que esté en la situación en la que uno se encuentra actuaría de la misma manera en la que uno lo hace, o, por lo menos, eso es lo que se espera; y, cuando se elige algo, se piensa que cualquiera en esa situación elegiría lo mismo. Siempre consideramos que tenemos una sensibilidad común. En este sentido, el ser humano es su propio legislador y no es necesario que acate leyes preestablecidas que lo traten como objeto, como una maquina que siempre funciona de la misma manera si se presiona un botón. De acuerdo con esto, el hombre está angustiado porque tiene la responsabilidad de lo que él considera que deben ser las elecciones de los demás, del hacer propio, de la vida, de los proyectos, y, sobre todo, le angustia que sus propias elecciones no sean, en todos los casos, tan firmes como él querría que fueran. No siempre mantenemos la elección en pie. Por ejemplo, solemos romper con rapidez la promesa de vivir saludablemente. No obstante, la angustia de la que se habla no es de la que detiene. Por ejemplo, el padre y la madre en verdad se angustian ante lo que conlleva tener un hijo a su cargo, pero esto no significa que dejen tanto de tenerlo como –posteriormente–, de cuidarlo. El existencialismo invita al hombre a definirse a través de sus actos, le recuerda la responsabilidad que tiene con los demás sólo por existir, no es que lo incita a dejar de actuar debido a la angustia que le produce dicha responsabilidad. Tenemos un miedo profundo de aceptar que nuestra vida está en nuestras manos. Tanto es lo que desconfiamos de nosotros mismos y de los demás. Puede que tengamos buenas razones para ello. Basamos este miedo en nuestra experiencia. Sabemos que hay robos y violaciones de libertades cada segundo que respiramos. No queremos que el mundo esté en manos de la humanidad, ni nuestra vida en las nuestras. Sin embargo, debemos encontrar la manera de comulgar con nuestras responsabilidades, con las otras personas, con el azar. René Maheu señala que “al trágico antiguo, dominado por la fatalidad ciega, opone Kierkegaard el trágico moderno, que es la aventura del Individuo” (1970, p. 15). El hombre moderno, según el autor danés, no es el héroe de las tragedias griegas que era golpeado por la fortuna, sino que es el que se aventura a su vida. El aventurero acepta y busca el riesgo y nada le impide hacerse. Kierkegaard también dice que la angustia del hombre es un desmayo ante su vastísima libertad. Según este filósofo, el hombre dejó de ser infinito y cercano a Dios debido al pecado original. El hombre decidió separarse de Dios al caer en la provocación. Es entonces finito y es una “nada afirmada”. La “nada afirmada” se puede ver como la “divina ausencia” de Paul Valery que cita Sartre: las personas no son lo que hacen por momentos: no son una camarera, ni una periodista sin más, ni un asesino, ni un cajero, ni un profesor. En palabras del filósofo francés: “la realidad escapa a toda definición por conductas” (1966, p. 111). De esta manera, las conductas o las profesiones no son nuestra esencia, sino que son roles que representamos, como si fuéramos actores de teatro. La esencia del actor no puede ser atrapada en ese teatro porque el telón baja y él abandona al personaje. No es que podemos ser atrapados en esencias predeterminadas en la mente de Dios porque no hay tal Dios que predetermine nada. En este sentido, el hombre puede temer ser él mismo. Sus opciones son dos: o bien se hace responsable de su vida o no se hace, o bien decide ser él mismo y toma las riendas de su vida o no las toma. Encontramos esta idea también en los planteamientos de Heidegger. Según el filósofo alemán, el Dasein humano –esto es, el hombre, “el ser que se pregunta por el ser”–, tiene dos opciones: o ser él mismo o no serlo. No obstante, debe elegir serlo, existir auténticamente y, en este sentido, tomar responsabilidad de su vida. Estos autores nos hacen una invitación a vivir, a la actividad, al trabajo, al movimiento, al proyecto. Nos invitan a darle paso a la vida, al éros de Freud, más que al thánatos. No obstante, el hombre no es todo éros, movimiento, deseo, proyecto y vida, sino que también hay que darle un espacio a thánatos, no como muerte, sino en el sentido del olvido de sí, del descanso, de las vacaciones. El existencialismo nos invita a una fiesta a la que queremos asistir, pero es una asistencia y no una permanencia. No queremos que dure para siempre y que sea en todo momento de nuestras vidas. Una invitación a una fiesta que dure toda la vida es como no dejar de trabajar. Queremos hacer de nuestra vidas el teatro de éros y el entreacto de thánatos. No obstante, las “vacaciones de nosotros mismos” no implican una evasión de responsabilidades. No se trata de abandonarnos o de dejar de ser nosotros, sino que se trata de una moderación del trabajo y de la actividad. Vacilamos ante la idea de ser completamente responsables de nosotros mismos, de no tener un dios con quien compartir la carga, de habitar un mundo de riesgos, pero esa indeterminación y esa imprevisibilidad no son sólo causantes de la angustia, sino que son las que permiten la libertad, la sorpresa e inclusive el arte. El arte es un oficio que comienza con la entrega al riesgo. La tragedia moderna es una tragedia de aventura. Es protagonista el que se expone al azar, el que planifica lo espontáneo.
El otro bastardo | Imagen vía HBO

Ramsay Bolton

Relaciones: Hijo bastardo (luego reconocido) de Roose Bolton. Señor de Invernalia.

¿Por qué lo odiamos? Compite con Joffrey por la antorcha del más odiado de toda la serie. Es cruel y sádico a niveles indescriptibles. Tortura a Theon Greyjoy hasta convertirlo en algo menos que una persona. Tortura y viola a Sansa. Despelleja a la dama de compañía que trata de ayudar a Sansa. Mata, con sus perros a quienes mata de hambre para que sean salvajes, a su madrastra y hermanastro. Mata a Osha de una puñalada en el cuello. Mata a Rickon Stark frente a sus hermano Jon, tras jugar a lanzarle flechas a ver si logra escapar… en fin, queda claro.

¿Cómo muere? Tras perder la Batalla de los Bastardos es prisionero de Jon Snow y Sansa Stark en Invernalia. Sansa lo lleva donde sus perros, hambrientos y entrenados para matar, y lo amarra en la jaula en que los tiene. Y allí lo ve morir.

Grado de satisfacción: 10/10. Era un asco de persona y aunque su muerte sea una salvajada que nadie se merecería es satisfactorio verlo morir a manos de Sansa.

10 muertes más satisfactorias en Juego de tronos 2
El pedófilo de la serie | Imagen vía HBO

Meryn Trant

Relaciones: Miembro de la Guardia del Rey. Fiel a los Lannister.

¿Por qué lo odiamos? Cuando los Lannister hacen su jugada por el trono en la primera temporada, Trant busca a Arya, quien está entrenando con su maestro de esgrima, Syrio Forel. Forel la protege y Trant lo asesina (fuera de cámara, suponemos). Luego es quien acompaña a Joffrey y Sansa a ver la cabeza de Ned. Es también un testigo (que miente obviamente) en el juicio contra Tyrion. Y que no se olvide, su peor pecado, es un pedófilo.

¿Cómo muere? Después de pasar varios años como miembro de la lista de Arya la chica, que está en Braavos entrenando en la casa del Blanco y Negro, lo reconoce. Utilizando su magia de cambiar caras se hace pasar por una niña que le envían a Trant y cuando están solos revela su cara y procede a matarlo: le clava un puñal en ambos ojos y en el pecho y luego le corta la garganta.

Grado de satisfacción: 8/10. Su cara despreciable ha estado presente en muchos momentos horribles y si se le suma que antes de su muerte descubrimos que es un agresor sexual… pues el número se escribe solo.

La escritura y el arte en general son la batalla contra la nada, contra el desamparo, la angustia, la nostalgia del hogar, de fantasmas. El artista con su trabajo se salvaguarda y protege de esa nada que le han dicho que contiene al universo, que le precede. La nostalgia y la angustia son producto de un recuerdo, que es más bien una intuición, de haber pertenecido a algún lugar, del temor a ser responsables de nosotros mismos y de otros, del desasosiego que causa el dominio de un azar atroz y arbitrario en el mundo y, para algunos de nosotros, de la orfandad religiosa. No obstante, algunas de éstas son condiciones de posibilidad del arte. Aristóteles señala en la Ética a Nicómaco, recordando a Agatón, que el arte y el azar tienen un pacto. Todo quehacer humano solicita un espacio vacío, una carencia, algo indeterminado, una página en blanco. El ser humano es libre de elegir lo que va a hacer, cómo actuar y qué decir porque su naturaleza y su futuro no están establecidos y determinados de antemano. El existencialismo de Sartre propone precisamente esto: la existencia antecede a la esencia. La esencia del existente no está dada antes de que éste nazca, sino que se va haciendo a medida que va viviendo. El autor francés explica que no hay un Dios que conozca la naturaleza y la esencia del hombre, por lo que “el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo” (2002, p.138-139). De esta manera, el ser humano no tiene otra opción que la de ser libre, él es lo que elige ser y hacer, y, en ese sentido, tiene también la posibilidad de elegir no hacer nada o no elegir. Él es responsable de sus actos, de sus proyectos, de lo que ha hecho, hace y hará con su vida. Asimismo, según Sartre, aquello que el hombre elige para sí mismo lo elige para todos, esto es, que cualquiera que esté en la situación en la que uno se encuentra actuaría de la misma manera en la que uno lo hace, o, por lo menos, eso es lo que se espera; y, cuando se elige algo, se piensa que cualquiera en esa situación elegiría lo mismo. Siempre consideramos que tenemos una sensibilidad común. En este sentido, el ser humano es su propio legislador y no es necesario que acate leyes preestablecidas que lo traten como objeto, como una maquina que siempre funciona de la misma manera si se presiona un botón. De acuerdo con esto, el hombre está angustiado porque tiene la responsabilidad de lo que él considera que deben ser las elecciones de los demás, del hacer propio, de la vida, de los proyectos, y, sobre todo, le angustia que sus propias elecciones no sean, en todos los casos, tan firmes como él querría que fueran. No siempre mantenemos la elección en pie. Por ejemplo, solemos romper con rapidez la promesa de vivir saludablemente. No obstante, la angustia de la que se habla no es de la que detiene. Por ejemplo, el padre y la madre en verdad se angustian ante lo que conlleva tener un hijo a su cargo, pero esto no significa que dejen tanto de tenerlo como –posteriormente–, de cuidarlo. El existencialismo invita al hombre a definirse a través de sus actos, le recuerda la responsabilidad que tiene con los demás sólo por existir, no es que lo incita a dejar de actuar debido a la angustia que le produce dicha responsabilidad. Tenemos un miedo profundo de aceptar que nuestra vida está en nuestras manos. Tanto es lo que desconfiamos de nosotros mismos y de los demás. Puede que tengamos buenas razones para ello. Basamos este miedo en nuestra experiencia. Sabemos que hay robos y violaciones de libertades cada segundo que respiramos. No queremos que el mundo esté en manos de la humanidad, ni nuestra vida en las nuestras. Sin embargo, debemos encontrar la manera de comulgar con nuestras responsabilidades, con las otras personas, con el azar. René Maheu señala que “al trágico antiguo, dominado por la fatalidad ciega, opone Kierkegaard el trágico moderno, que es la aventura del Individuo” (1970, p. 15). El hombre moderno, según el autor danés, no es el héroe de las tragedias griegas que era golpeado por la fortuna, sino que es el que se aventura a su vida. El aventurero acepta y busca el riesgo y nada le impide hacerse. Kierkegaard también dice que la angustia del hombre es un desmayo ante su vastísima libertad. Según este filósofo, el hombre dejó de ser infinito y cercano a Dios debido al pecado original. El hombre decidió separarse de Dios al caer en la provocación. Es entonces finito y es una “nada afirmada”. La “nada afirmada” se puede ver como la “divina ausencia” de Paul Valery que cita Sartre: las personas no son lo que hacen por momentos: no son una camarera, ni una periodista sin más, ni un asesino, ni un cajero, ni un profesor. En palabras del filósofo francés: “la realidad escapa a toda definición por conductas” (1966, p. 111). De esta manera, las conductas o las profesiones no son nuestra esencia, sino que son roles que representamos, como si fuéramos actores de teatro. La esencia del actor no puede ser atrapada en ese teatro porque el telón baja y él abandona al personaje. No es que podemos ser atrapados en esencias predeterminadas en la mente de Dios porque no hay tal Dios que predetermine nada. En este sentido, el hombre puede temer ser él mismo. Sus opciones son dos: o bien se hace responsable de su vida o no se hace, o bien decide ser él mismo y toma las riendas de su vida o no las toma. Encontramos esta idea también en los planteamientos de Heidegger. Según el filósofo alemán, el Dasein humano –esto es, el hombre, “el ser que se pregunta por el ser”–, tiene dos opciones: o ser él mismo o no serlo. No obstante, debe elegir serlo, existir auténticamente y, en este sentido, tomar responsabilidad de su vida. Estos autores nos hacen una invitación a vivir, a la actividad, al trabajo, al movimiento, al proyecto. Nos invitan a darle paso a la vida, al éros de Freud, más que al thánatos. No obstante, el hombre no es todo éros, movimiento, deseo, proyecto y vida, sino que también hay que darle un espacio a thánatos, no como muerte, sino en el sentido del olvido de sí, del descanso, de las vacaciones. El existencialismo nos invita a una fiesta a la que queremos asistir, pero es una asistencia y no una permanencia. No queremos que dure para siempre y que sea en todo momento de nuestras vidas. Una invitación a una fiesta que dure toda la vida es como no dejar de trabajar. Queremos hacer de nuestra vidas el teatro de éros y el entreacto de thánatos. No obstante, las “vacaciones de nosotros mismos” no implican una evasión de responsabilidades. No se trata de abandonarnos o de dejar de ser nosotros, sino que se trata de una moderación del trabajo y de la actividad. Vacilamos ante la idea de ser completamente responsables de nosotros mismos, de no tener un dios con quien compartir la carga, de habitar un mundo de riesgos, pero esa indeterminación y esa imprevisibilidad no son sólo causantes de la angustia, sino que son las que permiten la libertad, la sorpresa e inclusive el arte. El arte es un oficio que comienza con la entrega al riesgo. La tragedia moderna es una tragedia de aventura. Es protagonista el que se expone al azar, el que planifica lo espontáneo. 4
Recuerdan quién fue el culpable de que Cersei caminara desnuda, este señor | Imagen vía HBO

Gorrión Supremo

Relaciones: Alto sacerdote de los siete. Responsable de la encarcelación de Loras y Margaery Tyrrell y  de Cersei Lannister.

¿Por qué lo odiamos? Cruel y fanático se adueñó del poder en Desembarco del rey a base de consignas dogmáticas y populismo (¿les suena?). Un inquisidor vestido con piel de cordero (o en este caso bata maloliente) utilizó su poder para acabar con la monarquía y tomar el poder en sus manos siempre defendiendo que lo hacía en nombre de dios. ¡Ah! Y no, como los inquisidores, no perdonaba tus pecados, aunque te humillaras completamente, siempre quería un castigo mayor.

¿Cómo muere? Cuando Cersei es sometida a juicio le queda sólo una opción (¿o es que no conocemos a Cersei?): En el septo de Baelor, reunidos para el juicio, están todos los nobles de la corte, la reina, su hermano y todos los hermanos de la orden de los gorriones. ¿Cersei y Tommen? No. Margaery logra ver su destino antes de que suceda y exige que le dejen salir de allí, que salgan todos de allí. Pero el Gorrión Supremo es supremamente arrogante y se cree invencible. Su muerte se da en medio de una gigantesca explosión de fuego valirio que acaba con el edificio.

Grado de satisfacción: 9/10. Era un fanático religioso cruel y violento, pero su arrogancia y su muerte conllevaron la de otros personajes queridos. Sin embargo, verlo desaparecer fue motivo de celebración.

La escritura y el arte en general son la batalla contra la nada, contra el desamparo, la angustia, la nostalgia del hogar, de fantasmas. El artista con su trabajo se salvaguarda y protege de esa nada que le han dicho que contiene al universo, que le precede. La nostalgia y la angustia son producto de un recuerdo, que es más bien una intuición, de haber pertenecido a algún lugar, del temor a ser responsables de nosotros mismos y de otros, del desasosiego que causa el dominio de un azar atroz y arbitrario en el mundo y, para algunos de nosotros, de la orfandad religiosa. No obstante, algunas de éstas son condiciones de posibilidad del arte. Aristóteles señala en la Ética a Nicómaco, recordando a Agatón, que el arte y el azar tienen un pacto. Todo quehacer humano solicita un espacio vacío, una carencia, algo indeterminado, una página en blanco. El ser humano es libre de elegir lo que va a hacer, cómo actuar y qué decir porque su naturaleza y su futuro no están establecidos y determinados de antemano. El existencialismo de Sartre propone precisamente esto: la existencia antecede a la esencia. La esencia del existente no está dada antes de que éste nazca, sino que se va haciendo a medida que va viviendo. El autor francés explica que no hay un Dios que conozca la naturaleza y la esencia del hombre, por lo que “el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo” (2002, p.138-139). De esta manera, el ser humano no tiene otra opción que la de ser libre, él es lo que elige ser y hacer, y, en ese sentido, tiene también la posibilidad de elegir no hacer nada o no elegir. Él es responsable de sus actos, de sus proyectos, de lo que ha hecho, hace y hará con su vida. Asimismo, según Sartre, aquello que el hombre elige para sí mismo lo elige para todos, esto es, que cualquiera que esté en la situación en la que uno se encuentra actuaría de la misma manera en la que uno lo hace, o, por lo menos, eso es lo que se espera; y, cuando se elige algo, se piensa que cualquiera en esa situación elegiría lo mismo. Siempre consideramos que tenemos una sensibilidad común. En este sentido, el ser humano es su propio legislador y no es necesario que acate leyes preestablecidas que lo traten como objeto, como una maquina que siempre funciona de la misma manera si se presiona un botón. De acuerdo con esto, el hombre está angustiado porque tiene la responsabilidad de lo que él considera que deben ser las elecciones de los demás, del hacer propio, de la vida, de los proyectos, y, sobre todo, le angustia que sus propias elecciones no sean, en todos los casos, tan firmes como él querría que fueran. No siempre mantenemos la elección en pie. Por ejemplo, solemos romper con rapidez la promesa de vivir saludablemente. No obstante, la angustia de la que se habla no es de la que detiene. Por ejemplo, el padre y la madre en verdad se angustian ante lo que conlleva tener un hijo a su cargo, pero esto no significa que dejen tanto de tenerlo como –posteriormente–, de cuidarlo. El existencialismo invita al hombre a definirse a través de sus actos, le recuerda la responsabilidad que tiene con los demás sólo por existir, no es que lo incita a dejar de actuar debido a la angustia que le produce dicha responsabilidad. Tenemos un miedo profundo de aceptar que nuestra vida está en nuestras manos. Tanto es lo que desconfiamos de nosotros mismos y de los demás. Puede que tengamos buenas razones para ello. Basamos este miedo en nuestra experiencia. Sabemos que hay robos y violaciones de libertades cada segundo que respiramos. No queremos que el mundo esté en manos de la humanidad, ni nuestra vida en las nuestras. Sin embargo, debemos encontrar la manera de comulgar con nuestras responsabilidades, con las otras personas, con el azar. René Maheu señala que “al trágico antiguo, dominado por la fatalidad ciega, opone Kierkegaard el trágico moderno, que es la aventura del Individuo” (1970, p. 15). El hombre moderno, según el autor danés, no es el héroe de las tragedias griegas que era golpeado por la fortuna, sino que es el que se aventura a su vida. El aventurero acepta y busca el riesgo y nada le impide hacerse. Kierkegaard también dice que la angustia del hombre es un desmayo ante su vastísima libertad. Según este filósofo, el hombre dejó de ser infinito y cercano a Dios debido al pecado original. El hombre decidió separarse de Dios al caer en la provocación. Es entonces finito y es una “nada afirmada”. La “nada afirmada” se puede ver como la “divina ausencia” de Paul Valery que cita Sartre: las personas no son lo que hacen por momentos: no son una camarera, ni una periodista sin más, ni un asesino, ni un cajero, ni un profesor. En palabras del filósofo francés: “la realidad escapa a toda definición por conductas” (1966, p. 111). De esta manera, las conductas o las profesiones no son nuestra esencia, sino que son roles que representamos, como si fuéramos actores de teatro. La esencia del actor no puede ser atrapada en ese teatro porque el telón baja y él abandona al personaje. No es que podemos ser atrapados en esencias predeterminadas en la mente de Dios porque no hay tal Dios que predetermine nada. En este sentido, el hombre puede temer ser él mismo. Sus opciones son dos: o bien se hace responsable de su vida o no se hace, o bien decide ser él mismo y toma las riendas de su vida o no las toma. Encontramos esta idea también en los planteamientos de Heidegger. Según el filósofo alemán, el Dasein humano –esto es, el hombre, “el ser que se pregunta por el ser”–, tiene dos opciones: o ser él mismo o no serlo. No obstante, debe elegir serlo, existir auténticamente y, en este sentido, tomar responsabilidad de su vida. Estos autores nos hacen una invitación a vivir, a la actividad, al trabajo, al movimiento, al proyecto. Nos invitan a darle paso a la vida, al éros de Freud, más que al thánatos. No obstante, el hombre no es todo éros, movimiento, deseo, proyecto y vida, sino que también hay que darle un espacio a thánatos, no como muerte, sino en el sentido del olvido de sí, del descanso, de las vacaciones. El existencialismo nos invita a una fiesta a la que queremos asistir, pero es una asistencia y no una permanencia. No queremos que dure para siempre y que sea en todo momento de nuestras vidas. Una invitación a una fiesta que dure toda la vida es como no dejar de trabajar. Queremos hacer de nuestra vidas el teatro de éros y el entreacto de thánatos. No obstante, las “vacaciones de nosotros mismos” no implican una evasión de responsabilidades. No se trata de abandonarnos o de dejar de ser nosotros, sino que se trata de una moderación del trabajo y de la actividad. Vacilamos ante la idea de ser completamente responsables de nosotros mismos, de no tener un dios con quien compartir la carga, de habitar un mundo de riesgos, pero esa indeterminación y esa imprevisibilidad no son sólo causantes de la angustia, sino que son las que permiten la libertad, la sorpresa e inclusive el arte. El arte es un oficio que comienza con la entrega al riesgo. La tragedia moderna es una tragedia de aventura. Es protagonista el que se expone al azar, el que planifica lo espontáneo. 2
Frey, la mente macabra detrás de la boda roja | Imagen vía HBO

Walder Frey

Relación: Señor de Los gemelos. Ejecutor de los asesinatos de la boda roja.

¿Por qué lo odiamos? Además de tener un despreciable, y al parecer no tan poco común en los Siete Reinos, por las esposas niñas; es quien asesina a Robb Stark, su esposa embarazada y Kathelyn Stark (junto a todo su ejército) cuando les ofrece una tregua de paso por su tierra y les invita a la que luego se llamará la boda roja.

¿Cómo muere? A manos de Arya Stark, que le corta la garganta disfrazada de una de las niñas a las que manosea cuando le sirven el vino, no sin antes revelarle su identidad, y tras comer un pastel de carne elaborado con los cadáveres de sus hijos.

Grado de satisfacción: 10/10. Era un hombre repugnante y cobarde. Y nunca sintió arrepentimiento.

La escritura y el arte en general son la batalla contra la nada, contra el desamparo, la angustia, la nostalgia del hogar, de fantasmas. El artista con su trabajo se salvaguarda y protege de esa nada que le han dicho que contiene al universo, que le precede. La nostalgia y la angustia son producto de un recuerdo, que es más bien una intuición, de haber pertenecido a algún lugar, del temor a ser responsables de nosotros mismos y de otros, del desasosiego que causa el dominio de un azar atroz y arbitrario en el mundo y, para algunos de nosotros, de la orfandad religiosa. No obstante, algunas de éstas son condiciones de posibilidad del arte. Aristóteles señala en la Ética a Nicómaco, recordando a Agatón, que el arte y el azar tienen un pacto. Todo quehacer humano solicita un espacio vacío, una carencia, algo indeterminado, una página en blanco. El ser humano es libre de elegir lo que va a hacer, cómo actuar y qué decir porque su naturaleza y su futuro no están establecidos y determinados de antemano. El existencialismo de Sartre propone precisamente esto: la existencia antecede a la esencia. La esencia del existente no está dada antes de que éste nazca, sino que se va haciendo a medida que va viviendo. El autor francés explica que no hay un Dios que conozca la naturaleza y la esencia del hombre, por lo que “el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo” (2002, p.138-139). De esta manera, el ser humano no tiene otra opción que la de ser libre, él es lo que elige ser y hacer, y, en ese sentido, tiene también la posibilidad de elegir no hacer nada o no elegir. Él es responsable de sus actos, de sus proyectos, de lo que ha hecho, hace y hará con su vida. Asimismo, según Sartre, aquello que el hombre elige para sí mismo lo elige para todos, esto es, que cualquiera que esté en la situación en la que uno se encuentra actuaría de la misma manera en la que uno lo hace, o, por lo menos, eso es lo que se espera; y, cuando se elige algo, se piensa que cualquiera en esa situación elegiría lo mismo. Siempre consideramos que tenemos una sensibilidad común. En este sentido, el ser humano es su propio legislador y no es necesario que acate leyes preestablecidas que lo traten como objeto, como una maquina que siempre funciona de la misma manera si se presiona un botón. De acuerdo con esto, el hombre está angustiado porque tiene la responsabilidad de lo que él considera que deben ser las elecciones de los demás, del hacer propio, de la vida, de los proyectos, y, sobre todo, le angustia que sus propias elecciones no sean, en todos los casos, tan firmes como él querría que fueran. No siempre mantenemos la elección en pie. Por ejemplo, solemos romper con rapidez la promesa de vivir saludablemente. No obstante, la angustia de la que se habla no es de la que detiene. Por ejemplo, el padre y la madre en verdad se angustian ante lo que conlleva tener un hijo a su cargo, pero esto no significa que dejen tanto de tenerlo como –posteriormente–, de cuidarlo. El existencialismo invita al hombre a definirse a través de sus actos, le recuerda la responsabilidad que tiene con los demás sólo por existir, no es que lo incita a dejar de actuar debido a la angustia que le produce dicha responsabilidad. Tenemos un miedo profundo de aceptar que nuestra vida está en nuestras manos. Tanto es lo que desconfiamos de nosotros mismos y de los demás. Puede que tengamos buenas razones para ello. Basamos este miedo en nuestra experiencia. Sabemos que hay robos y violaciones de libertades cada segundo que respiramos. No queremos que el mundo esté en manos de la humanidad, ni nuestra vida en las nuestras. Sin embargo, debemos encontrar la manera de comulgar con nuestras responsabilidades, con las otras personas, con el azar. René Maheu señala que “al trágico antiguo, dominado por la fatalidad ciega, opone Kierkegaard el trágico moderno, que es la aventura del Individuo” (1970, p. 15). El hombre moderno, según el autor danés, no es el héroe de las tragedias griegas que era golpeado por la fortuna, sino que es el que se aventura a su vida. El aventurero acepta y busca el riesgo y nada le impide hacerse. Kierkegaard también dice que la angustia del hombre es un desmayo ante su vastísima libertad. Según este filósofo, el hombre dejó de ser infinito y cercano a Dios debido al pecado original. El hombre decidió separarse de Dios al caer en la provocación. Es entonces finito y es una “nada afirmada”. La “nada afirmada” se puede ver como la “divina ausencia” de Paul Valery que cita Sartre: las personas no son lo que hacen por momentos: no son una camarera, ni una periodista sin más, ni un asesino, ni un cajero, ni un profesor. En palabras del filósofo francés: “la realidad escapa a toda definición por conductas” (1966, p. 111). De esta manera, las conductas o las profesiones no son nuestra esencia, sino que son roles que representamos, como si fuéramos actores de teatro. La esencia del actor no puede ser atrapada en ese teatro porque el telón baja y él abandona al personaje. No es que podemos ser atrapados en esencias predeterminadas en la mente de Dios porque no hay tal Dios que predetermine nada. En este sentido, el hombre puede temer ser él mismo. Sus opciones son dos: o bien se hace responsable de su vida o no se hace, o bien decide ser él mismo y toma las riendas de su vida o no las toma. Encontramos esta idea también en los planteamientos de Heidegger. Según el filósofo alemán, el Dasein humano –esto es, el hombre, “el ser que se pregunta por el ser”–, tiene dos opciones: o ser él mismo o no serlo. No obstante, debe elegir serlo, existir auténticamente y, en este sentido, tomar responsabilidad de su vida. Estos autores nos hacen una invitación a vivir, a la actividad, al trabajo, al movimiento, al proyecto. Nos invitan a darle paso a la vida, al éros de Freud, más que al thánatos. No obstante, el hombre no es todo éros, movimiento, deseo, proyecto y vida, sino que también hay que darle un espacio a thánatos, no como muerte, sino en el sentido del olvido de sí, del descanso, de las vacaciones. El existencialismo nos invita a una fiesta a la que queremos asistir, pero es una asistencia y no una permanencia. No queremos que dure para siempre y que sea en todo momento de nuestras vidas. Una invitación a una fiesta que dure toda la vida es como no dejar de trabajar. Queremos hacer de nuestra vidas el teatro de éros y el entreacto de thánatos. No obstante, las “vacaciones de nosotros mismos” no implican una evasión de responsabilidades. No se trata de abandonarnos o de dejar de ser nosotros, sino que se trata de una moderación del trabajo y de la actividad. Vacilamos ante la idea de ser completamente responsables de nosotros mismos, de no tener un dios con quien compartir la carga, de habitar un mundo de riesgos, pero esa indeterminación y esa imprevisibilidad no son sólo causantes de la angustia, sino que son las que permiten la libertad, la sorpresa e inclusive el arte. El arte es un oficio que comienza con la entrega al riesgo. La tragedia moderna es una tragedia de aventura. Es protagonista el que se expone al azar, el que planifica lo espontáneo. 3
Meñique, la muerte impactante de esta última temporada | Imagen vía HBO

Littlefinger

Relación: Amigo de la infancia de Kathelyn Stark. Miembro del Consejo del rey. Traidor a Ned Stark. Prometido de Lysa Arryn. Señor protector del Valle.

¿Por qué lo odiamos? ¿Por dónde empezar? Este tipo, el mayor manipulador de todos los Siete Reinos, ha conspirado y traicionado a todos. Por su culpa comenzó la guerra entre Starks y Lannisters, por su culpa murió Ned, por su culpa Sansa fue culpada de matar a Joffrey y fue quien la casó con Ramsay Bolton, por su culpa murió Lysa Arryn, conspiró para asesinar a Jon Arryn… y esos con sólo algunas de sus culpas.

¿Cómo murió? Las hermanas Stark, junto a Bran, utilizaron sus propias armas contra él: manipulación y engaño, y cuando estaba convencido de haber ganado otra conspiración para separar aliados (en este caso a las Stark) su propia estrategia se devolvió a morderlo…o mejor, a matarlo. Tras acusarlo de sus crímenes, y obtener corroboración de un omnipresente Bran, Sansa lo condenó a muerte. Y allí, rodeado de sus soldados y los de los Stark, suplicante y llorón, murió a manos de Arya Stark, observado por los niños de la familia a la que hizo tanto daño.

Grado de satisfacción: 10/10. Era un personaje de los peores y su culpabilidad en básicamente todo lo malo que ha pasado en la historia (“el caos es una escalera”) lo convierten en una muerte deseada hace años. Bien que fuese como fue.

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Lo malo (y lo bueno) de la séptima temporada de Juego de tronos

Nerea Dolara

Foto: HBO
hbo.com

Ya se acabó y toca hacer revisión. Esta entrega ha sido ampliamente criticada, pero también ha tenido cosas buenas. ¿Cuál es el balance?

(SPOILER ALERT, OBVIAMENTE)

Bueno, la penúltima temporada de Juego de tronos llegó a su fin y además de regalar momentos que serán recordados -por sorpresivos, por descabellados, por predecibles, por directamente imposibles en cualquier plano físico que existe en los Siete reinos– fue una de las temporadas más discutidas de una serie que se ganó su lugar en la historia de la televisión hace años.

Primero lo primero. El último episodio logró apagar muchas de las quejas de los anteriores. Se tomó su tiempo, resolvió lógicamente tramas que estaban en el aire y básicamente hizo lo que era obvio que iba a hacer: tiro El Muro y dejó entrar a los zombies y su ejército. Pero no sin antes juntar a una Daenerys y un Jon que ya logró hacer parecer hasta destinados (aunque igualmente perturbadores… son tía y sobrino); no sin antes aclarar a todos los fans angustiados (aquí una de ellas) que la rivalidad de las Stark era sólo un plan para eliminar al insoportable Littlefinger; y no sin antes dejar claro que Cersei no tiene límites (¿quién pensó que los tenía?) y liberar a Jaime de su agarre (ya era hora de que viera en quién se ha convertido su amor).

Pero hablemos de los siete episodios de la séptima entrega de esta serie. Hablemos de qué ha pasado y cómo. Y hablémoslo en términos abarcables: qué ha sido lo mejor y qué ha sido lo peor.

Lo malo (y lo bueno) de la séptima temporada de Juego de tronos 2

Lo malo de la temporada

Las inconsistencias

Ya no sólo se trata de la discutida travesía al otro lado de El Muro (con sus hazañas imposibles de manipulación de tiempo y espacio, que incluyen un Gendry que podría ser el Usain Bolt dopado con mejor sentido de la dirección del mundo y un cuervo de otro mundo capaz de teletransportarse); sino de incongruencias -con la misma serie y su insistencia en ser sorpresiva y realista dentro de sus límites mágicos- como que Bronn y Jamie Lannister sobrevivan, sin ponerse a cubierto, el ataque de un dragón (más cuando el último cae con una armadura de hierro y una mano de oro a un lago profundo y logra salir) o que Jon Snow no se ahogue cuando cae a un agua helada, sujetado por decenas de zombies y envuelto en kilos de pieles o que El perro pierda la capacidad de pensar (y todos sus acompañantes con él, por no detenerlo) cuando opta por tirar piedras a un agua que rezan que el ejército de muertos no se de cuenta que está sólida o el hecho de que un ejército de miles ataque a siete de par en par o que Euron Greyjoy haya construido la flota más grande del mundo en tiempo récord (tal vez tenía ayuda de Gendry) utilizando los recursos del lugar con menos recursos en el mundo (a no ser que sean rocas y agua de mar): las Islas de Hierro.

Hay más y no se trata de ser quisquilloso, se trata de exigirle a una serie que siempre se ha preocupado por ser verosímil y centrada (en lo que no es mágico) y que este año optó por el espectáculo como distracción y por aflojar sus exigencias y dejar pasar errores básicos que ningún guionista, o espectador, dejaría pasar si no se tratara de Juego de tronos.

Lo malo (y lo bueno) de la séptima temporada de Juego de tronos
Dragón y lobo. | Imagen vía HBO.

La esencia

Juego de tronos comenzó como una serie de intrigas de palacio, como una serie sobre honor, familias, lealtades y destinos sellados que no resultan ser lo que se pensaba. Era pensativa y habladora, sorprendente e imprevisible, emotiva y violenta y nunca, nunca, quiso ser un cuento fantástico a la usanza. La última temporada, y puede que un poco la anterior, han dejado mucha de la esencia básica de la serie atrás para centrarse en batallas y acción, en discursos y épica, en buenos y malos. Y sí, se acerca el final, pero G.R.R. Martin siempre dijo que a él le interesaba más qué pasaba luego de que Aragorn era rey en El señor de los anillos: “¿Ordena matar a todos los orcos, incluso a los bebés y a las mujeres? ¿Organiza un genocidio?”. La preocupación del autor, y de la serie hasta hace poco, eran las consecuencias y las acciones, las decisiones… y la versión televisiva ha olvidado eso a cambio de lo más llamativo: fuego, amores imposibles y brujas de cuento.

Lo mejor de la temporada

Lo malo (y lo bueno) de la séptima temporada de Juego de tronos 4
Un esperado reencuentro. | Imagen vía HBO.

Las reuniones

Estamos tan cerca del final que podemos saborearlo, así que ya era hora de cerrar círculos y atar cabos. Puede que no todos de la mejor manera y puede que no todos, pero ver conocerse a personajes como Jon y Daenerys; Cersei y Daenerys; Jon, Jorah, El perro, Beric Dondarrion y Tormund; Sam y Jorah; o los reencuentros de Jon y Tyrion; los Clegane; Jaime y Brianne; Bronn y Tyrion; Jamie y Tyrion; Arya y Hot Pie; Tyrion y Cersei; Daenerys y Jorah; los hermanos Stark… fue enternecedor, esclarecedor, movió la trama a lugares interesantes (o no tanto) y demostró que conocemos tanto a estos personajes que hace falta poco contexto. Quienes no se conocen tienen lazos que ya conocemos y quienes se conocen tienen historias comunes que recordamos. Las conversaciones están cargadas de sentido y emoción y eso las hace importantes, más en una temporada con pocos momentos para personajes y muchos para la acción.

Lo malo (y lo bueno) de la séptima temporada de Juego de tronos 5

Los dragones

Esta ha sido la ocasión en que los dragones han tenido más trascendencia en toda la historia. Desde antes de que nacieran estaba claro su poder y su importancia para la historia. Y finalmente vimos por qué. El ataque de Daenerys al ejército Lannister con Drogon dejó claro por qué los Targaryen fueron indestrucitibles. G.R.R. Martin ha dicho que los dragones son la opción nuclear y la devastación de esa batalla (masacre, realmente) dio una prueba visual de por qué. En cuanto pasó quedó claro que los dragones, aunque susceptibles, ganarían cualquier guerra… por lo que había que mover un poco las cosas. Darle a los caminantes blancos un dragón, aunque doloroso para todos los que vieron a Viserys caer y luego revivir, es una forma de poner patas arriba una historia que amenazaba con ser predecible. Con un dragón zombie El Muro ya no es un problema, con un dragón zombie… todo está jodido.

Lo malo (y lo bueno) de la séptima temporada de Juego de tronos 8
Hasta el último episodio se mantuvo la tensión entre las hermanas. | Imagen vía HBO.

Las Stark

Ambas en sus historias propias y luego unidas, las hermanas Stark han sido parte fundamental de la historia y era hora. Y no por estar involucradas con la trama mayor, la de los caminantes blancos, sino por su propio desarrollo como personajes. Las hemos visto crecer, desde una niña malcriada y otra inconforme, hasta mujeres complejas y profundas.

“La chica no es una nadie, es Arya Stark”. Y sí, esta temporada lo fue. Primero retomó su venganza -esa famosa lista- y abrió la temporada con una escena de esas que se recuerdan para siempre: el asesinato de todo el clan Frey. Pero cuando su cara perdió el gesto frío al enterarse de que Jon Snow estaba vivo todo cambió. Arya volvió a casa y tuvo una reunión emotiva pero adulta con su hermana mayor, Sansa.

Luego la historia dio un giro que parecía desesperado y sin bases. Arya comenzó a desconfiar de Sansa hasta amenazarla con la muerte, todo gracias a las maquinaciones de Littlefinger. Por su parte, Sansa comenzó la temporada como señora de Invernalia y voz cantante en su destino y el de su gente. Su hermano, coronado rey del Norte pero más preocupado por los caminantes blancos que por nada más, la dejó a cargo de sus tierras y fue aquí cuando Sansa demostró su valía. Tras una terrible historia de abuso, tortura y sufrimiento, Sansa se ha convertido en una líder sabia y certera. Puede que no siempre esté en lo correcto, pero es capaz de escuchar y entender.

Cuando, tras decir que Littlefinger no era de confiar, recurrió a él tras la amenaza de Arya, era visible, para quien hubiese estado atento a su crecimiento, que algo se escondía ahí. Su manipulación de Littlefinger, su juicio y subsecuente condena de este traidor nato fueron de las cosas más satisfactorias que hemos visto suceder en años. Y sí, puede que fuese “fan service” pero también tuvo sentido en el desarrollo de la historia y cerró un episodio importante, el responsable de toda la historia previa a la Gran Guerra, el que empezó con el intento de asesinato de Bran a manos de Littlefinger, el que empezó con su manipulación de Lisa Arryn y su traición a Ned Stark. “Cuando la nieve cae y llega el viento blanco el lobo solitario muere, la manada sobrevive”. Las(os) Stark lo saben hace tiempo, el problema ahora es si los demás son capaces de verlo antes de que sea tarde.

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