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¿Crees que sabes todo sobre Dirty Dancing?

Nerea Dolara

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La película romántica musical más romántica y más musical cumple treinta años. Te contamos datos curiosos, de esos maravillosos que puedes soltar una tarde de cañas sobre el rodaje, sus actores y mucho más.

Hace 30 años llegó a las salas de cine una película que se pensaba que iba a fracasar estrepitosamente y se convirtió, instantáneamente y en las siguientes décadas, en un clásico contemporáneo. El 21 de agosto de 1987, Dirty Dancing le presentó al mundo a Baby y Johnny y enamoró a cientos de adolescentes con sus secuencias de baile, su amor de verano, su banda sonora y, sí, una trama sobre el aborto.

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Dirty Dancing | Imagen vía Vestron Pictures

Para los que no hayan visto la película –o para los que quieran hacer un ejercicio de memoria- la trama es la siguiente: corren los años sesenta, una chica estudiosa y con conciencia política -Baby- viaja con sus padres a pasar su último verano antes de ir a la universidad en los Catskills. El lugar de vacaciones ofrece alojamiento, comidas y lecciones de baile. Y es de su instructor, el mayor y rebelde Johnny, de quien Baby se enamora… mientras aprende a bailar. Los trabajadores del campamento viven una vida mucho menos rosa que la que se muestra en su día a día, las noches son de bailes sensuales, alcohol y libertad. Y Baby cae fascinada con esta rebeldía, pero a la vez es la voz de la razón cuando cosas como un embarazo no planificado pasan delante de ella. Al final Baby y Johnny bailan al ritmo de una canción que la película hizo un clásico y el verano se acaba.

Patrick Swayze se convirtió en un mito tras interpretar a Johnny. Excelente bailarín, guapo y encantador, se convirtió en el protagonista preferido de la época. Por su parte, Jennifer Grey tuvo un salto a la fama que duró poco (muchos culpan de ello a la cirugía con la que se redujo la nariz). Pero lo cierto es que la película los hizo pasar a la historia y sigue, aún, ganando adeptos (más en momentos como estos tan nostálgicos).

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1. Las distribuidoras de la película, tras malos resultados en proyecciones de prueba antes del estreno, pensaba llevarla al cine una semana y luego sacarla en video.

2.El rodaje se hizo en otoño, no en verano, por lo que, entre otras cosas, el equipo de producción de campo tuvo que pintar con spray verde las hojas de los árboles.

3.Gracias al mismo frío de ese otoño la escena del lago fue una tortura para Swayze y Grey. No hay close-ups de los actores porque, a pesar de los esfuerzos del equipo de maquillaje, el azul de sus labios era obvio.

4. La película costó 5 millones de dólares y recaudó en total 214 millones de dólares.

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5. Dirty Dancing se estrenó en lo ochenta pero se desarrolla en 1963. No es casual, la película, que en apariencia es sólo una historia de amor, es una respuesta a la era de Ronald Reagan con sus ideas de clase, su trama sobre el aborto y sus discretas pero claras ideas políticas.

6. Los actores tuvieron sólo dos semanas para ensayar las escenas de baile.

7. La escena en que Swayze y Grey gatean no estaba planificada. Los actores estaban haciendo tiempo entre escenas y el director decidió incluirlo.

8. La canción She’s Like the Wind fue compuesta por Patrick Swayze y Stacy Widelitz y el actor la cantó. No fue escrita para la película originalmente, sino para Grandview USA.

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9.La guionista, Eleanor Bergstein, basó el filme en su propia vida: veraneaba en los Catskills con su familia, la llamaban Baby y aprendió a “bailar sucio” en esas vacaciones en fiestas secretas.

10.La banda sonora ha vendido más de 32 millones de copias. I Had the Time of My Life ganó un Grammy al Mejor Dúo Pop y un Óscar a Mejor Canción Original.

11.El presentador Conan O’Brien logró que la película se re-estrenara en 1997 cuando pidió a los espectadores de su late show que inundaran al estudio con solicitudes de ver la película en el cine. Dirty Dancing ni siquiera le gustaba demasiado.

12.Jennifer Grey detestaba a Patrick Swayze, con quien ya había trabajado en Red Dawn, por lo que no fue fácil convencerle de volver a coincidir con él. Durante el rodaje la relación mejoró.

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13.A Swayze le indignó de verdad (su cara de frustración es real) que Grey se riera en la escena del ensayo. La verdad es que Grey sentía cosquillas y no podía controlarse.

14.Ambos actores tenían 10 años más que sus personajes en la película.

15.Dirty Dancing ha generado una secuela, estrenada recientemente; un reality show de baile en el Reino Unido, un musical de Broadway y muchos eventos temáticos en el lugar del rodaje, que aún se mantiene como lugar de veraneo.

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Redacción TO

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6 directores que podrían dedicarse a las bandas sonoras

Nerea Dolara

Foto: Miramax
Miramax

Edward Wright usa la música como parte fundamental de sus películas, como prueba la recién estrenada Baby Driver. No es el único, hay muchos cineastas que son genios del soundtrack.

Los directores muchas veces no son sólo eso. A veces escriben, a veces editan, a veces actúan. Y a veces son geniales para diseñar bandas sonoras casi tan memorables como sus películas (en algunos casos más). Uno de ellos, y lo prueba con el estreno de esta semana Baby Driver, es Edward Wright. La película, que los críticos han adorado y que hasta han llamado la salvación del cine de acción, se centra en un joven conductor de atracos que oye música todo el tiempo… y la dirección parece escucharla con él.

Pero Wright no es el primero en hacer de la música no sólo una herramienta, como lo es, sino una protagonista elegida con cuidado y por con mucha influencia suya. Y cualquier que sepa algo de cine lo sabe porque ya tendrás nombres saltando en su cabeza. ¿Conoces a los directores con excelente gusto musical?

Quentin Tarantino

Este nombre es sin duda el primero de la lista. Tarantino no sólo siente amor incondicional por el séptimo arte y por las películas de serie B, también es un melómano de cuidado. Y desde sus primeros tiempos ha demostrado tener un atino incomparable para juntar canciones (normalmente de los sesenta y normalmente olvidadas… como hace con ciertos actores) con imágenes.

Ya en Reservoir Dogs engendró una terrible y memorable escena al ritmo de Stuck In The Middle With You. Luego llegó Pulp Fiction y ¿quién no oye esa canción de los créditos en la cabeza con sólo escuchar el nombre de la película o quién no recuerda a Mia Wallace y Vincent Vega bailando al ritmo de You Never Can Tell o a Mia sufriendo una sobredosis con Son of a Preacher Man en el fondo?

La lista sigue. ¿Quién no ve a la novia en el suelo, llena de sangre, acompañada por la suave voz de Nancy Sinatra? La música es parte fundamental hasta de su proceso de escritura. “Una de las cosas que hago cuando comienzo a trabajar en una película es repasar mi colección de discos y pongo canciones, y así intento encontrar la personalidad de la película, su espíritu. Y luego ¡boom! Encuentro una o dos o tres y pienso: Esta sería una gran canción para los créditos”.

Wes Anderson

Otro director con une stilo excesivamente identificable y que tiene predilección por la música. Anderson trabaja, desde sus inicios, con un supervisor musical, Randall Poster. Entre ambos deciden qué canciones se incluirán en las memorables bandas sonoras de sus películas (ambos han rescatado más de una canción del olvido… sí, Where Do You Go To My Lovely es una de ellas).

Poster ha contado en entrevistas que el trabajo colectivo comenzó con la ópera prima del cineasta, Bottle Rocket. Anderson siempre tiene la última palabra, o casi siempre. Si el director se empeña en una canción “no crea tensión pero me mantiene despierto toda la noche hablando por teléfono y organizando viajes para 30 músicos rusos que tocan la balalaika”, explicaba Poster en una entrevista en Vice.

Cameron Crowe

Tal vez el más musical de todos los directores de la lista (sí, más que Tarantino). Cualquiera que sepa algo de la carrera de Crowe sabe que antes de ser cineasta fue periodista y que su película Casi famosos más que ficción es un recuento de sus comienzos como escritor de rock adolescente en revistas como Cream o Rolling Stone (Stillwater es una banda inventada, pero Crowe se fue de gira con The Allman Brothers y otros antes de cumplir 18 años).

¿Otra prueba? Su película Singles, que retrata el mundo del grunge en Seattle, se completó antes de que el movimiento musical fuese una revolución (y en ella salen todos los dioses del género: Pearl Jam y Soundgarden incluidos). Crowe tiene la capacidad de hacer soundtracks excepcionales… aunque últimamente sus películas sean poco más que mediocres (¿Dónde está la nueva Say Anything Cameron?) y de crear momento audiovisuales acompañados de música que marcan la experiencia de vida del espectador para siempre.

Tim Burton

Vale, en este caso no se trata de que el director (que también tiene un estilo único) escoja las canciones, pero sí se trata de que trabaja con alguien que bien podría leerle la mente. Burton y Danny Elfman han trabajado juntos en más de 15 películas, desde Batman hasta Alicia en el País de las Maravillas. El compositor entiende al cineasta a un nivel casi intuitivo o como lo describe Johnny Depp (actor-musa del director): “Es muy extraño, su música es el sonido de Tim”.

Elfman contó a Rolling Stone cómo es su relación con Burton: “Ambos éramos fans del horror cuando éramos niños. Amábamos cada película de terror hecha en los sesenta y setenta. Su ídolo era Vincet Price y el mío Peter Lorre. Nos definió durante los próximos 30 años: genios malvados con almas torturadas, pero a quienes nadie entiende”. ¿Pruebas extra? La voz de Jack en Pesadilla antes de Navidad es la de Elfman. “Me habría matado que alguien que no fuese yo cantara a Jack Skellington”.

Sofia Coppola

No sólo el cine ha marcado la vida de la cineasta, casada con Thomas Mars de la banda francesa Phoenix; la música ha sido parte fundamental. Fue uno de los miembros de Sonic Youth quien le regaló el libro Las vírgenes suicidas, de Jeffrey Eugenides (que se convertiría en su primera película) y es Brian Reitzell, ex batería de Red Kross, quien la ha acompañado y discutido sus bandas sonoras desde que ese libro se convirtió en guión.

Coppola, al igual que varios de los directores de esta lista, es capaz de crear imágenes memorable sólo con un encuadre y la canción perfecta. Y Reitzell es el compañero perfecto para traducir sus gustos pop en soundtracks que no se olvidan.

Baz Luhrmann

Sí, el director es muy fan de la música, pero es cierto que no ha trabajado siempre con un mismo supervisor musical. Pero sí lo ha hecho cuando se trata de las bandas sonoras más famosas de su carrera. El compositor Craig Armstrong ha trabajado con Luhrmann en Romeo y Julieta, Moulin Rouge! Y El gran Gatsby. Armstrong trabaja con más cineastas, pero sus bandas sonoras han marcado las tres películas que han construido el comienzo, la base y el éxito del director.

Zach Braff

Aunque sólo ha hecho dos películas, y muchos lo consideran pretencioso, Braff es ciertamente un buen creador de bandas sonoras. No por nada la de su primera película, Garden State, le valió un Grammy como supervisor musical y vendió tantas copias que llegó a recibir un disco de Platino. En su segundo intento tuvo menos éxito, pero la banda sonora de la olvidada Wish I Was Here sigue siendo una escucha que se disfruta.

“’¿Qué tal si metemos la mayor cantidad de contenido original posible? ¿Cosas que no estén disponibles en ninguna parte? Queríamos llenar el soundtrack con cosas especiales y únicas para la película. Así que llamé a mis bandas favoritas y se los pedí”, explica Braff sobre su segundo soundtrack en Rolling Stone. Habrá que ver qué pasa con su tercero… si llega.

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Madrid en tempo de 'swing'

Clara Felis

Foto: Bob Sands BIg Band
Bob Sands BIg Band

Suenan los primeros acordes de Sh-Boom, la mítica canción doo-woop que el conjunto vocal The Chords grabó en 1954. Varias parejas comienzan a bailar y deslizan sus pies al compás de la música. Sh-boom sh-boom Ya-da-da Da-da-da reza el estribillo. Juan coge a su compañera. Gira sobre ella y vuelve a la posición inicial. Ambos avanzan hacia adelante al mismo ritmo. Entrecruzan brazos y piernas en el más estricto orden. Rítmico y estético. Efecto swing: Deslizarse sobre la pista sin que el eje central (leader) pierda la noción y la coordinación sobre el follower (el integrante que sigue los pasos del leader).

Juan José Pacheco (Juanjo en las distancias cortas) decide parar la música. Se coloca en el centro de la pista y vuelve a dar instrucciones sobre el movimiento que debe adoptar tanto el líder como el otro miembro de la pareja. Tras las nuevas indicaciones se retira y vuelve a reproducir la canción. “Uno, dos y vuelta. ¿Lo tenéis claro? No os agobiéis bailando. Vamos otra vez. Intentad haced todas las figuras”. Todos retornan a su sitio inicial y vuelven a comenzar desde el principio. Juanjo observa a sus alumnos con detenimiento. Lo lleva haciendo desde hace diez años en Blanco y Negro Studio, la primera academia que surgió en Madrid dedicada a los sonidos norteamericanos. Allí tienen cabida el swing, el lindy hop, el Rock & Roll o el blues.

Implantar el sistema noruego

Reconoce que cuando fundó el centro Madrid era un desierto. Muy poca gente de la ciudad conocía el swing y casi ningún espacio facilitaba las cosas para poder practicarlo. Vacío absoluto. Mutismo total. “Hasta hace cinco años aquí en Madrid no había nada de nada. ¡No había ni siquiera salas para poder hacer fiestas! Por aquel entonces pocos espacios te dejaban organizar nada porque la gente de baile en general no somos productivos. Por ejemplo, en la sala Beethoven Blues Band las primeras veces no nos dejaban bailar. No era normal ver a gente bailando mientras todos se tomaban sus copas. Lo que hacíamos era bailar en los pasillos del baño y a final conseguíamos que nos invitaran dentro”, recuerda con cierto impacto Juanjo cuando se da cuenta de cómo ha cambiado la situación en estos últimos años. Ahora cada jueves puede impartir sus lecciones y organizar una sesión swing en la sala Ya’sta de Madrid. Algo impensable hace casi treinta años.

Fue a finales de los 90 cuando decidió emprender su aventura escandinava. Llegó hasta Noruega para recibir nociones de swing en pleno revival del género. Tras el estudio y práctica de todas las técnicas y movimientos posibles, regresó para ver si también en su ciudad podía implantar aquella “forma de vida”, como define él mismo. Fue cuestión de tiempo lograrlo.

Una descripción del baile que también comparte Juan, uno de los bailarines aventajados de su grupo. A sus 25 años, este joven estudiante de informática no sólo tiene agilidad con la tecnología, sino también con la danza. Su afición por el swing vino principalmente por la música, uno de los motivos principales que le llevó hasta el escenario. Frankie Manning tuvo la culpa. Quería ser como él. Moverse como hacía él con Norma Miller, la reina del swing, en Savoy Ballroom. El lugar de Harlem (Nueva York) donde nació y se desarrolló un nuevo estilo de danza llamado Lindy Hop.

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Pablo y Julia de Big South en acción. | Foto via Big South.

Aquel baile de finales de los años 20 en el que se mezclaban los movimientos del estilo charlestón con otros de nueva creación como los aéreos. Acrobacias que inventó Manning para tocar el cielo. “He visto muchos vídeos suyos y lo tengo como referencia pero no lo imito, creo que cada uno tenemos que tener un estilo propio. Todo este baile exige improvisación se trata de entenderse con el otro porque es como si fuera otro idioma”.

Un lenguaje musical que ha ganado cada vez más adeptos, especialmente entre la población joven. Hasta cuatro generaciones coinciden en la pista cuando se organizan este tipo de eventos, como sucedió este jueves en Madrid Swing & Vintage Party, la fiesta de estética vintage que tuvo lugar anoche dentro de las Noches del Botánico. En ella, los aficionados al swing y a los sonidos de los años 30,40 y 50 pudieron recrearse en aquella época a través del piano y la banda de Scott Bradlee. También por medio de la ambientación propia de la época. Viaje a través del tiempo. Back to the past.

Mantener el espíritu intacto

Ahí se encuentra la magia de este baile, que reunifica las notas antiguas y modernas de esta música a través de las distintas voces que la defienden. Relato histórico en ocho tiempos protegido por sus expertos según las normas iniciales del mismo. No hay que caer en la moda. Tampoco en el show business. Lo que tenemos que vigilar es que no desaparezca la esencia. A veces sí tengo miedo de que haya una cierta masificación, porque eso puede llevar a que se pierda el espíritu comunitario”, señala Claire de Broche, vicepresidenta de la asociación Mad For Swing de Madrid.

 

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Lourdes Ibiricu, presidenta de Mad For Swing (derecha) y Claire de Broche (izquierda), vicepresidenta. | Foto: Clara Felis.

Claire señala que durante este último año la asociación ha contado con 100 miembros más (en total son 315), lo que les ha permitido desarrollar nuevas vías de comunicación y desarrollo. “Nos unificamos en 2012 para que todos aquellos que quisieran hacer actividades relacionadas con el swing tuvieran cobertura. De hecho, todas las actividades de swing programadas en Madrid están en nuestro calendario. Apoyo institucional no hay, todo nos cuesta sangre, sudor y lágrimas. Si tuviéramos apoyo de un organismo público tendríamos un permiso para bailar todos los viernes en Madrid Río o nos dejarían locales públicos para utilizarlos gratis, y a veces, nos lo ponen extremadamente difícil”, remarca con tono reivindicativo Lourdes Ibiricu, presidenta de Mad For Swing.

Complejidad burocrática que sufrieron también para celebrar el Madrid Lindy Exchange, el evento de mayor asistencia que organiza Mad For Swing y que llegó a congregar a más de 1.000 visitantes al día durante el pasado mes de junio. “Teníamos a 450 personas que venían a Madrid para bailar y hasta el viernes por la tarde no les pudimos decir dónde tenían que acudir el sábado a las doce de la mañana. El Ayuntamiento nos mandó los permisos el último día. De los cuatro sitios que pedimos, recibimos tres autorizaciones a las seis de la tarde del día anterior. Pero vamos, lo hacen con todos”.

Tampoco son fáciles los trámites que exigen las salas de Madrid, cuyo precio por alquilar sus espacios es a veces inasumible. “Las salas en Madrid son muy caras. Faunia por ejemplo nos pedía 18.000 euros por una sola noche. Lo que también pasa es que hay muy pocos empresarios a los que les interesemos. No producimos, esa es la palabra. Los bailarines bailamos, pero no bebemos.”

Ante el monopolio del sector, su asociación pide mayor existencia de edificios civiles para poder desarrollar su actividad. Petición que han formalizado por medio de una propuesta que han presentado ante el Ayuntamiento de Madrid. Su idea es crear una pista de baile al aire libre en Conde Duque, iniciativa que se ha incluido dentro de los Presupuestos Participativos 2017. Que se lleve a cabo o no se decidirá el próximo 13 de julio, cuando el consistorio haga públicos los proyectos ganadores. “De momento la primera fase que es la de apoyos ya está superada. Ahora se tiene que hacer la valoración técnica, y eso es lo difícil, porque necesitas muchos votos, pero puede que salga”, señala con ilusión Lourdes.

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Gente bailando al ritmo de Madrid Swing | Foto: Clara Felis

La arquitectura del baile

Reclamo que apoya Pablo Sánchez, profesor de swing y fundador de la escuela Big South. Hace cinco años que decidió dejar de lado su anterior vida y crear junto a su pareja, Julia, esta academia de baile. Ella, arquitecta de formación y él, profesional de las Bellas Artes levantaron este centro en plena crisis y actualmente cuentan con 280 alumnos. “Empezamos con esto porque a los dos nos gustaba bailar.  Para nosotros el swing es un baile para la vida humana, por eso insistimos en la improvisación, porque hemos perdido la desinhibición, la expresión corporal. Estamos muy alejados del cuerpo y queremos que la gente se deje llevar”.

“El hecho de bailar, de estar juntos y disfrutar de la actividad pasa en el swing de una manera muy certera. Esa es la esencia del ser humano”.

Él, que en su momento también fue alumno de Blanco y Negro, recalca que el desafío actual es que exista el mismo número de salas que de academias. “Lo que queremos es que haya una mayor proclamación sobre el swing en Madrid. Deberían abrirse más salas,  pero es muy difícil porque la normativa es muy estricta y el precio del suelo es desorbitado. El problema es que los promotores culturales de esto somos los propios bailarines, y claro, hacer una actividad que no es la del bailarín o la del profesor te quita tiempo”.

Para él este baile debe alejarse de cualquier idea egocentrista, ya que esto puede ser peligroso para la supervivencia del verdadero swing. “El hecho de bailar, de estar juntos y disfrutar de la actividad pasa en el swing de una manera muy certera. Esa es la esencia del ser humano”.

Parte de esa sustancia radica en la música en directo tocada en numerosas ocasiones por las big bands, conjuntos musicales que también han vivido un importante repunte durante estos últimos años.

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Bob Sands, director de Bob Sands Big Band | Imagen cortesía Bob Sands Big Band.

Bob Sands, saxofonista de jazz y director de la Bob Sands Big Band, ha participado en numerosos eventos y conciertos de swing y es un habitual del Café Berlín. Entre su repertorio nunca falla Duke Ellington, Count Basie o Slide Hampton. Tres de sus referentes principales, aunque su lista se amplíe hasta el infinito. Abandonó su Manhattan natal para recorrer Europa de manera temporal, aunque su espíritu nómada desapareciera en Madrid, ciudad en la que decidió asentarse hace ya 25 años. “Yo quería vivir un año en París, que es muy típico entre los músicos de jazz.  Antes de decidirme, visité a un amigo de Barcelona y otro de aquí… En un principio iban a ser seis meses”, recuerda entre risas y nostalgia.

Con motivo de su 34 cumpleaños decidió crear una Big Band, para así disfrutar de la música que le gustaba. El experimento dio sus frutos y los 17 miembros que participaron durante aquella jornada siguen hoy dentro del grupo. “Mi idea no era tener una Big Band permanente, pero todo el mundo quería seguir y fue entonces cuando empezamos a ensayar cada semana en la Escuela Creativa, donde yo era profesor. Ahora ensayamos en un sitio que se llama El Molino”.

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La banda en acción. | Foto via Bob Sands Big Band Website.

“La música que tenemos hoy en día sería diferente sin Miles Davis, ni Duke Ellington. Miles decía que un día al año todos los músicos deberían dejar sus instrumentos al lado y dar las gracias a Duke Ellington”.

Este músico ha compartido escenario con algunas de las eminencias del jazz, como Lionel Hampton, Dizzy Gillespie o Gerry Mulligan. También aquí ha tocado con músicos de la talla de Perico Sambeat, Jorge Pardo o Chano Domínguez. Oportunidades que le sirvieron para seguir perfeccionando en su estilo jazzístico. “Esta música se aprende con la oreja, tocando por encima de los discos. El jazz es un idioma, con su gramática y sus registros. Es un lenguaje y muchos a la vez. El jazz es lo más variado que hay. Más que el rock, más que el pop y más que el funk”, define con énfasis.

Desde que comenzó a tocar hasta ahora confiesa que ha ido alejándose del vanguardismo. Ha vuelto al jazz y al swing más clásico, según él porque allí se encuentra el origen de todo. “La música que tenemos hoy en día sería diferente sin Miles Davis, ni Duke Ellington. Miles decía que un día al año todos los músicos deberían dejar sus instrumentos al lado y dar las gracias a Duke Ellington”. Aunque reconoce que el registro más complicado es el swing y el virtuosismo que tenían sus grandes maestros.

“En mi vida musical intento tener swing, es decir, sacar los solos y tener ese soniquete. Para lograrlo la única manera de aprenderlo es tocar como los que tocan swing y esa es una de las cosas más difíciles de hacer en el mundo. Me encanta el repertorio de Count Basie. De hecho, cuando hemos tocado piezas para bailarines en una sala llena de gente bailando y vestida de época nos hemos divertido mucho. Es una manera sana de pasarlo bien”.

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Mushimaru Fujieda, el poeta del butoh que enamoró a Allen Ginsberg

Beatriz García

Foto: Carles Mercader

Conocida como la danza hacia la oscuridad, el butoh cada vez tiene más adeptos en España.

Nos movemos por la vida como si llegásemos tarde a todos sitios, tan aficionados a ocultar nuestros verdaderos sentimientos que hemos hecho de la ansiedad una condición del ser y del baile una forma de evasión. Pero los maestros japoneses nos enseñan que el movimiento puede ayudarnos a conectar con las capas más profundas de nuestro ser y bailar con nuestras sombras. 

Seguro que habrás visto alguna vez a bailarines pintados de blanco, a veces completamente desnudos, retorciéndose como si fueran fantasmas japoneses. Conocida como butoh o ankoku butoh, esta danza contemporánea, basada en movimientos muy lentos y contorsiones del cuerpo y del rostro, es una forma de meditación y de arte genuino surgida en Japón tras la Segunda Guerra Mundial que nos invita a adueñarnos de nuestro cuerpo y ver belleza incluso en lo más grotesco y roto de nuestra condición humana, algo que siempre han hecho los poetas.

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Foto: Carles Mercader.

 Mushimaru Fujieda: “Allen Ginsberg vino a verme actuar a un teatro tan pequeño como una cocina y le pareció que hacía poesía en movimiento.”

El bailarín y coreógrafo Mushimaru Fujieda, director de la compañía de danza butoh The Physical Poets y maestro de bailarines, se considera a sí mismo un poeta físico. “Pertenezco a la generación de la vanguardia teatral japonesa. Empecé a trabajar como actor en 1972, justo en la época del cambio en Japón, cuando los artistas más jóvenes estábamos creando una nueva escena y compartiendo técnicas e ideas innovadoras. Una vez, en Tokio, vi una actuación de Tatsumi Hijikata, el creador del butoh, que provocó una impresión tan grande en mí que acabé convirtiéndolo en parte de mi estilo de vida”, cuenta.

Pero no fue hasta que conoció al poeta beat Allen Ginsberg cuando asumió el sobrenombre de ‘poeta físico’. “Tenía un aura enorme, me vio actuar en Nueva York en un teatro tan pequeño como una cocina y alabó mi arte como una forma de poesía. Soy poeta. No utilizó la palabra, no escribo, sólo uso mi cuerpo”.

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Foto: Carles Mercader.

Para Orland Verdú, dramaturgo y director de Oracles Teatre, sala de teatro ritual y escuela de butoh de Barcelona, esta danza es también un teatro total para el que se necesita una gran imaginación y sensibilidad, igual que para escribir poesía. “El butoh no rechaza los aspectos sombríos de la condición humana, sino que intenta encontrar belleza incluso en lo feo y conectar con lo inconsciente”, explica Verdú.

Se trata, cuenta el dramaturgo, de retornar al origen del arte en tanto que ritual, más allá de su función como cultura o entretenimiento: “Hay un espíritu trascendente en todos nosotros que busca la verdad. En el corazón de las artes escénicas de Occidente, de la tragedia y el teatro griego, está el alma del butoh”.

 “El butoh es como abrir una ventana a la libertad en una sociedad con demasiadas normas”, Mihee Lee 

La improvisación cumple un papel primordial. Devolver al cuerpo ese movimiento original que es como un brisa, caminar y danzar siendo conscientes del aliento interno e innato que se expresa a través de nuestros músculos y concentrarnos siguiendo nuestra propia respiración es butoh. “Es una fuente de armonía –dice Mushimaru- y es diferente en cada uno de nosotros”.

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Foto: Carles Mercader.

La bailarina coreana Mihee Lee, miembro reciente de The Physical Poets, llegó al butoh desde la danza tradicional coreana atraída por la libertad de movimientos y la posibilidad de explorar los límites del propio cuerpo, más allá de la técnica y las reglas: “El butoh es como abrir una ventana. Vivimos en una sociedad llena de normas: tenemos que esperar para cruzar una calle, ir a la escuela, conseguir un trabajo y ganar dinero, y el butoh nos enseña a ir más allá de los constreñimientos sociales, abrir esa ventana y poder salir un momento”, dice Mihee.

Mientras algunos bailarines rechazan la idea del butoh como una danza hacia o desde la oscuridad, Mihee cree que es sombría en la medida en que también lo es el ser humano. “¿Qué significa oscuridad para nosotros? ¿Y belleza? ¿Qué no es bello? Depende mucho de tus experiencias, de la cultura en que hayas nacido… Hay muchos factores. Pero en realidad hay belleza en todo. Hace unas décadas las personas eran incapaces de ver bellos a bailarines con discapacidad, pero nuestra sociedad está cambiando. Las ideas de ‘belleza’ y ‘oscuridad’ están en un constante fluir y depende mucho de cómo las experimentamos nosotros”.

El cuerpo robado

Cierra los ojos y conviértete en humo, en una esfera, en el flúor que sale lento cuando aprietas desde la base el tubo de pasta de dientes. Baila con el dolor de tus ancestros a cuestas. Baila. Pero, ¿cómo bailar el cuerpo de postguerra, quemado, radioactivo, arrastrándose por las calles con los globos oculares reventados y colgando sobre las mejillas? Una década después del bombardeo nuclear de las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, los supervivientes seguían siendo repudiados por sus propios vecinos. En 1952 Kazuo Ohno y Tatsumi Hijikata quisieron entender la barbarie de la guerra, reaccionar al dolor y a la expansión de la danza contemporánea occidental y recuperar el cuerpo primigenio que les habían robado.

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Foto: Carles Mercader.

Uno de los padres del butoh, Kazuo Ohno, descubrió la danza después de ver a una bailaora de flamenco.

Cuando Hijikata estrenó en 1959 la primera obra butoh, ‘Kinijiki’ (Colores prohibidos), basada en la novela homoerótica del poeta Yukio Mishima, escandalizó a la comunidad artística japonesa, que la consideró repulsiva. La misma terminaba con la muerte por asfixia de un pollo vivo ente las piernas de Yoshito Ohno e Hijikata persiguiéndole en la oscuridad. Aunque el maestro acabó siendo expulsado del festival y la obra censurada, continuó desafiando las convenciones en obras donde aparecía con un pene metálico atado al pubis, danzando con los ojos desorbitados y una falda rosa, buscando la libertad de la carne.

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Fotos: Carles Mercader.

Hoy en día existen diversas corrientes y escuelas de butoh dentro y fuera de Japón, como el butoh ritual mexicano que creó el bailarín y coreógrafo Diego Piñón, que lleva más de veinte años bailando el dolor de la colonización y enseñando, por medio del butoh y el chamanismo, a reactivar las memorias ancestrales que están en nuestro cuerpo. Y en España también existen dramaturgos como Orland Verdú y coreógrafos como Andrés Corchero que han sabido adaptar esta danza japonesa a nuestros escenarios. Sin embargo, ¿existe algo parecido a un butoh español?

Curiosamente, el maestro Kazuo Ohno, para quien el butoh significaba “arrancarse las dagas de la guerra” y también era una celebración de la vida, empezó a bailar poco después de asistir como público a un espectáculo de flamenco de Antonia Mercé, ‘La Argentina’ en el Teatro Imperial de Tokio. También el flamenco es un arte nacido del dolor y la persecución del pueblo gitano, otra forma de danzar hacia la oscuridad.

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