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Cuentos de Horacio Quiroga para no ir a la selva

Beatriz García

Hace 80 años que murió el cuentista uruguayo al que apodaban ‘el salvaje’ y también ‘el loco de la moto’, porque solía recorrer los alrededores de San Ignacio, en la provincia de Misiones (Argentina), en una Harley Davison, y porque siendo como era un superviviente –aunque en sus cuentos no dejase títere con cabeza- construyó con sus propias manos una cabaña en la selva, una canoa con la que surcó el río Paraná, e incluso inventó una máquina para exterminar hormigas que tenían dientes, como sus escalofriantes ‘cuentos de monte’

“Las escapatorias llevan aquí en Misiones a límites imprevistos”, escribió Horacio Quiroga en el cuento de terror ‘La miel silvestre’. Y no le faltó razón, su literatura era tan fronteriza con la vida en la selva de Misiones, lugar al que llegó por primera vez como fotógrafo de una expedición y donde años más tarde nacerían sus hijos y vería morir a su primera esposa, quien no pudo soportar la dureza y el aislamiento del campo. Incluso allí, a kilómetros de su pasado, la muerte acechaba a Quiroga y por eso a su literatura, sobre todo la selvática, le acompaña el zumbido fúnebre de un enjambre de moscas verdes, el siseo conspirador de las serpientes y los perros que lloran porque ven venir el filo de su guadaña.

Destapamos la lata de ideas donde el escritor desterrado guardaba apuntes de la brutalidad de la jungla que inspiró sus relatos para recorrer, machete en mano, seis historias escritas bajo un sol que cae a plomo sobre la tierra rojiza de Misiones.

El Salvaje de Salta remolcando un tronco con su lancha.
El Salvaje de Salto remolcando un tronco con su lancha.

El Desierto

“Supo al día siguiente al abrir por casualidad el ropero, lo que es ver de golpe la ropa blanca de su mujer ya enterrada; y colgado, el vestido que ella no tuvo tiempo de estrenar”. Incluido en ‘El desierto y otros cuentos’ (1924) relata la historia de un hombre que acaba de enviudar y debe hacerse cargo de sus dos hijos pequeños, bajo una inclemente y constante lluvia que cala los huesos y sin posibilidad de encontrar una criada que no acabe por renunciar al puesto.

¿Quién cuidará de esos niños si muero? Se preguntaba el escritor en ‘El Desierto’, uno de sus cuentos más autobiográficos y en donde traslada su propio dolor por la pérdida de su esposa, que se suicidó en Misiones, en su retiro selvático, dejándolo al cuidado de dos niños que acabarían heredando su infortunio.

A la deriva

Un survivalista sabría qué hacer ante la mordedura de una serpiente, pero el pobre protagonista de este cuento emprende un viaje desesperado en canoa para salvar la vida con una pierna que se hincha sin remedio.

cubierta cuentos locura

Considerado uno de sus mejores relatos, ‘A la deriva’ forma parte del libro Cuentos de amor de locura y de muerte (1917), cuya publicación consagró a Horacio Quiroga como cuentista y en donde da rienda suelta a su obsesión por la  muerte como algo fortuito e incomprensible, como lo fue el fallecimiento de su padre cuando era muy niño durante una jornada de caza, o el trágico asesinato de un amigo a manos del autor al disparar una pistola accidentalmente. Así de arbitraria y misteriosa puede llegar a ser la muerte, y por eso escribió sobre ella, para intentar entenderla.

Anaconda

No siempre la naturaleza es el enemigo, también puede ser un fiel aliado e incluso la víctima. El ‘salvaje’ de Salto ya había escrito en 1918 un libro de cuentos infantiles titulado Cuentos de la selva donde demostró su habilidad para escribir historias protagonizadas por animales. Sin embargo, en ‘Anaconda’ (1921) y ‘El regreso de Anaconda’, incluida en la colección Los desterrados (1926), Quiroga pone la fábula al servicio de la lucha revolucionaria y anarquista a través de un grupo de serpientes enfrentadas a unos hombres que pretenden explotarlas.

En otras ocasiones los animales son más clarividentes que sus amos, como los foxterrieres protagonistas de ‘La insolación’, que confunden a la Muerte con su patrón hasta que entienden que “cuando una cosa va a morir, aparece antes”.

Horacio Quiroga entre sus excentricidades, llegó a criar un oso hormiguero en su casa.
Horacio Quiroga entre sus excentricidades, llegó a criar un oso hormiguero en su casa.

Una bofetada

cubierta el salvaje“Ni un soplo de aire, ni un pío de pájaro. Bajo el sol a plomo que enmudecía a las chicharras, la tropilla aureolada de tábanos avanzaba monótonamente por la picada, cabizbaja de modorra y luz”. Los paisajes brutales de Quiroga infectan a sus personajes, se adueñan de su carácter. Hasta el punto de que el mayor peligro con frecuencia es el Otro.

La dura vida de los jornaleros indígenas, que trabajaban a golpe de látigo para las empresas madereras atrapados en un círculo vicioso del que no se puede escapar, es un tema recurrente en los ‘cuentos de monte’. A veces estos empleados sometidos consiguen una justa y cruel venganza, como ocurre en ‘Una bofetada’, recogida en El Salvaje (1919); otras, en cambio, sólo una huida hacia ninguna parte.

Las Moscas

Hay bichos oraculares como las moscas cuyo zumbido anticipa la muerte de quien lo escucha. “Donde ellas entran, presa segura”, escribe Quiroga en ‘Las Moscas’ (El Salvaje). En tanto el lector aguarda, como lo hace el protagonista, un final que llega entre delirios de hombres decapitados en un zoco marroquí y blancos potros. Pero todo ocurre en la selva. Siempre en la selva, donde Nada vive impunemente.

Como también sucede en ‘El Hombre Muerto’ (Los Desterrados,), sin duda uno de los mejores cuentos del uruguayo, donde una tonta caída y un machete sentencian a su protagonista, otro anónimo lugareño. “Hace dos  minutos: Se muere”, incrédulo de que algo tan definitivo ocurra tan rápidamente, sin ninguna épica. “Es ése o no un natural mediodía de los tantos en Misiones, en su monte, en su potrero, en el bananal ralo? ¡Sin duda! Gramilla corta, conos de hormigas, silencio, el sol a plomo… Nada, nada ha cambiado. Sólo él es distinto”.

La casa que construyó en Misiones es hoy en día un museo de su obra y su vida en el campo.
La casa que construyó en Misiones es hoy en día un museo de su obra y su vida en el campo.

Al fin una buena razón para frecuentar librerías

Joaquín Jesús Sánchez

Foto: CHARLES PLATIAU
Reuters

A una librería no hay que ir (¡contra todo pronóstico!) a comprar libros. No, al menos, desde que el progreso nos permite comprar cualquier cosa en pijama y babuchas. Es cierto que el librero te recomienda buenos libros, pero, ¿no hay algoritmos de publicidad mucho más documentados (y con mucho más empeño)? La única diferencia es eso que se llama «el toque humano». Y no exageres: todavía existen los culturales y la crítica; y algún amigo lector tendrás, digo yo.

Por eso, a las librerías no hay que ir a comprar libros: hay que ir a husmear. Verás: la gente que sigue comprando libros, ahora que se puede tener la biblioteca de Alejandría en una pantallita, establece unas relaciones curiosísimas con estos objetos. ¡Objetos! Un libro no es un texto: un libro es una cosa. Por eso importa el gramaje del papel, el tipo de impresión, el modo en que está encuadernado, la tipografía y la portada. ¡Qué divertido es verlos escoger! Los tocan, los abren, los comparan. Preguntan alguna cosa al librero. Los vuelven a mirar. Hay una multitud de gestos a los que hay que estar atento: cómo se pasan las yemas por el papel, cómo se arquean los dedos al abrir las páginas, cómo se entornan los ojos al examinar las tapas. ¡Estás siendo testigo de un momento privadísimo! Y completamente a salvo, haciendo como que estás a otra cosa; como en esas películas de espías de sombrero y gabardina, que se refugian detrás de un periódico (qué grandes eran esos periódicos, ¿no?).

Y si la librería no es la sucursal de una cadena, ¡qué gran felicidad! ¡También se puede diseccionar al librero! ¿Qué extraña sucesión de apetencias le habrá hecho tener esos libros y no otros? ¿Y ese orden? Si el orden de una biblioteca pretende ser científico, el de una librería no sólo eso, ¡también mercadotécnico! Repasar los estantes es como oír una confesión o jugar al psicoanalista (¿hay entre estas cosas alguna diferencia?). Si se busca con atención, en algún momento aparece el ejemplar a la moda, desentonando: ah, ¡el deseo de vender!¡Los vicios del mundo! Qué gran consuelo encontrar la bajeza ajena.

Es difícil curiosear en las bibliotecas ajenas, salvo que uno pertenezca a una experimentada estirpe de atracadores nocturnos. Mayorga, el dramaturgo, me hablaba hace unas semanas de un supuesto coleccionista que no enseña su colección, porque el que la viese accedería a algo íntimo, como un retrato; porque el coleccionista, para acrecentarla, habría cometido, en algún momento, hechos vergonzosos. Pero tú, frecuentador de librerías, puedes disfrutar del momento inicial, de los detalles de la adquisición de una nueva pieza: de los titubeos, del entusiasmo o de la resignación. ¡Ni todos los Amazones del mundo pueden procurar eso! Así que ve a hacer de mirón y no te preocupes con moralinas: ¿cree que los otros no te observan?

De librerías

Javier Fórcola

Foto: CHARLES PLATIAU
Reuters

De viejo o de nuevo. Las primeras, de lance, de saldos, de segunda mano, de bibliófilo, de anticuario. Sin contar chamarileros, rastros y encantes. Las segundas, generalistas, infantiles, de novedades, de libros de bolsillo, de viajes, de ensayo, de fondo. Cadenas o independientes. Algunas, abiertas a mediodía; otras, con horarios alternativos, tentadoras hasta medianoche. De barrio, históricas, con solera, con librero. Organizar un viaje contando con las librerías que uno quiere visitar: la librería como parte de la aventura. El encanto, azaroso y emocionante, de atravesar el umbral de esa librería que nos sale al paso.

Para un flâneur urbanita como el que suscribe estas líneas, deambular por la ciudad, sin rumbo fijo, tiene como gran aliciente visitar semanalmente alguna de mis librerías preferidas –especie de puertos seguros que nos salvan del tráfago urbano durante unos minutos–; o, en caso de hacerlo por una ciudad desconocida, por primera vez visitada, disfrutar del hallazgo de una de ellas, aún no explorada. Las librerías son la isla del tesoro, a disposición de cualquier bolsillo.

Bien es cierto que la visita a la librería, como a cualquier otro comercio o tienda, puede tener una motivación premeditada –vamos a la librería a buscar un libro concreto–; como cualquier libro no dejará de tener, en la sociedad postindustrial en la que vivimos y compramos, la condición de mercancía o producto de consumo. Pero cualquier lector sabe que eso no es así. Los libros son más que cosas; las librerías son más que tiendas. Sí, en tiempos de internet, somos capaces de comprar, a golpe de tecla, lo que deseamos: en casa, delante de nuestro portátil; por la calle, con el móvil en la mano mientras deambulamos, autistas en nuestra burbuja, sin mirar lo que nos rodea.

Ahí están los famosos «buscadores», que nos permiten «acceder» a la información y a «la gran tienda universal donde todo se puede comprar». Las tiendas online que nos tientan, permanentemente, proponiendo precisamente lo que estábamos buscando, tras haber dejado ese ingenuo rastro de cookies tras nuestras navegaciones por la Red. Para el flâneur urbanita, las cosas no funcionan así. Él no busca, si acaso, encuentra. Lo que encuentra, la mayoría de las veces, le sale al paso, le deslumbra, le sorprende. Y como en todo encuentro –el azar tiene su propia lógica–, el hallazgo de este libro –el que no conocíamos; el que esperábamos; con el que hemos soñado; el que habíamos perdido, o prestado; el que queremos regalar; el que nos hubiera gustado escribir, o publicar– nos produce dicha.

La felicidad más allá de la tecla, más acá de lo virtual. Uno no va a una librería como va a otro comercio; no compra un libro como compra medio kilo de manzanas. En el fondo, uno visita una librería, como cuando va al cine o pasea por un museo, con un propósito: en busca de la felicidad.

Sophie Divry: “El humor y la literatura son dos formas de resistencia”

Beatriz García

Foto: Miquel Taverna
CCCB

Dijeron que íbamos a comernos el mundo y ahora la pasta nos sale por las orejas: macarrones con queso, la dieta del cucurucho de los miembros del ‘precariado’. Una generación con un currículo laboral más largo que la suma de nuestras listas de la compra, que escuchamos día sí y día también la eterna monserga de que si no encontramos trabajo es porque somos demasiado vagos, demasiado quisquillosos, demasiado de letras, o de ciencias, da igual. Demasiados. 

Sentada en la sala de Prensa del CCCB, junto a la escritora Sophie Divry, con quien comparto, creo, bastante más que un sofá –ambas hijas de familias acomodadas, ambas periodistas, ambas escritoras, ambas, por este motivo, precarias- siento ganas de decirle: “¿Sabes, Sophie? Hay gente que cree que estoy entrevistándote en Kosmopolis porque me divierte, pero en realidad estoy trabajando”. E imagino que ella me contestaría lo mismo.

El año pasado la editorial Malpaso publicó su último libro, ‘Cuando el diablo salió del baño’, la historia de una escritora desempleada y en la treintena que malvive intentando encontrar trabajo, pagar sus facturas y llenar la nevera. Pero a pesar de la gravedad de su situación, no puedes evitar soltar unas risas. “El humor y la literatura son una forma de resistencia, una defensa ante las dificultades sociales y económicas de nuestra época”, me dice. Porque los libros reflejan la vida no de una forma literal, sino a través de la emoción. No viven de espaldas a su tiempo, porque sólo es posible escribir sobre lo que se conoce y padece. “La cuestión es cómo podemos los escritores incorporar el mundo a nuestras ficciones. La literatura nace de la adversidad”.

“En Francia evitas hablar sobre algunos temas con familiares o amigos porque quizás no sabes si tienen ideas racistas”

Y si algo vivimos son tiempos adversos. A un mes escaso de las elecciones en Francia, el más político de los libros de Divry ejemplifica muy bien la situación de muchos jóvenes en un país donde el desempleo estructural y las ideas racistas, residuo de su pasado colonialista, han sido utilizadas por el Frente Popular de Marine Le Pen como ejes centrales de su fanático discurso. “Hace unos veinte años que el odio a los musulmanes ha entrado en la intimidad de los franceses. Hoy ya evitas hablar sobre algunos temas con familiares o amigos porque no sabes si tienen ideas racistas”, explica.

“Porque Francia es vieja”, escribe Sophie. Un país de viejas tiendas y viejos periódicos, y de viejos literatos que escriben viejos diccionarios para viejas lectoras. Todos MUY “françoishollandamente viejos”. Y por eso, ‘Cuando el diablo salió del baño’ es también una llamada a la vuelta a la juventud. “Hemos de ser menos civilizados y más caóticos, ya está bien de prohibir todo el tiempo. Francia necesita más vida y más energía, recuperar el entusiasmo. Por eso no quise escribir una novela pesimista”.

“Los escritores somos unos inadaptados a la vida de la empresa”

Pero sí es una obra sincera, política y feminista en la medida en que su protagonista tiene que afrontar la lacra de cruzarse con un jefe ‘machirulo’, como tantas veces nos ocurre en la vida. “Estoy harta de que me pregunten si escribo novelas feministas porque mis personajes son mujeres. A ningún escritor le preguntan por qué sus novelas están protagonizadas por hombres… Los libros hablan de la vida”.

Y Sophie Divry lo hace, diablo mediante, jugando con la tipografía y el lenguaje, “robando” (en el buen sentido) algo de Proust, y también de Racine, y de Federman, e incluso de Cervantes, para reflexionar sobre la literatura y el oficio de escritor, precario antes, ahora y tal vez siempre. “Los escritores somos unos inadaptados a la vida de la empresa. Y a la vez, una buena parte de lo que somos se lo debemos al aburrimiento. Me aburrí mucho de niña; los padres actuales quieren que sus hijos sean artistas y los inscriben a cientos de actividades, pero el aburrimiento y la frustración son los motores de la creación artística”.

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¿Cómo nos afecta demonizar el envejecimiento?

Ariana Basciani

Foto: Kevin Combs
Reuters/Archivo

La participación de Lynne Segal en el festival de literatura, Kosmopolis, nos ha permitido adentrarnos en el tema de la vejez y cómo nos acercamos a ella. Segal, psicóloga y feminista australiana con residencia en Londres, comienza su conferencia explicándonos cómo el cuerpo se ha doblegado a la mente en los medios de comunicación y cada día, el miedo al envejecimiento se hace inminente, inclusive siendo jóvenes. En líneas generales, Segal plantea que la gerascofobia es más actual que nunca.

Generalmente se representa la vejez con la imagen de una persona encorvada con un bastón, ¿Por qué tiene que ser así? ¿Por qué esa fijación de Goya de asociar mujeres viejas con el demonio o realizando actividades demoníacas?, se pregunta la conferencista. Su análisis reflexivo sobre el envejecimiento ofrece un enfoque combativo y entusiasta. Plantea el término “vértigo temporal”, referido al individuo que absorbe todas las edades vividas, sin sentir el cambio en absoluto, pero con un cuerpo debilitado y lidiando con la inevitable pérdida de seres queridos. Segal utiliza una frase de Virginia Woolf para explicar el “vértigo temporal”:

“A veces siento que ya he vivido 250 años, y a veces que todavía soy la persona más joven en el autobús”

Según Freud, la conciencia no tiene una relación personal, por eso nos cuesta tanto entender que nuestro cuerpo cambia mientras nuestras experiencias quizás no nos hacen más sabios.

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“El escándalo de envejecer” por Lynne Segal, una de las conferencias inaugurales en esta edición de Kosmopolis. | Foto: Ariana Basciani

La edad para la mujer, el hombre y los homosexuales

Las estadísticas de Segal no mienten, mientras más gente intenta quitarse edad para sentirse más joven, en Gran Bretaña, aproximadamente 10 millones de personas son mayores de 65 años y, en un futuro próximo, debido al aumento de la expectativa de vida, pronto los centenarios serán la norma.

¿Cómo aceptar los estragos físicos y aprovechar las experiencias para vivir plenamente en el presente? ¿Qué significa envejecer bien?

Para las mujeres la edad es una obsesión y ha convertido a las industrias cosméticas en multimillonarias; sin embargo, para algunas la vejez es la etapa más plena. “Ya no eres un objeto sexual” afirma Segal. En el caso masculino, adquiere otro matiz, porque la vejez suele asociarse a la falta de potencia sexual: la salida al mercado de Viagra lo confirma. Por su parte, en el mundo de la homosexualidad se relaciona con la pérdida de deseo y de elasticidad física. En líneas generales, envejecer, más que un temor a la muerte, es el miedo a la “dependencia y a la soledad”, añade Segal.

Lynne Segal cierra la conferencia señalando que se debe analizar y profundizar sobre este tema, creando conciencia y entendiendo que se debe vivir en presente sin mezclarlo con el futuro, aceptando las arrugas y las pieles blandas, preguntándose cómo quieres vivir la vida.

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