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Cuentos de Horacio Quiroga para no ir a la selva

Beatriz García

Hace 80 años que murió el cuentista uruguayo al que apodaban ‘el salvaje’ y también ‘el loco de la moto’, porque solía recorrer los alrededores de San Ignacio, en la provincia de Misiones (Argentina), en una Harley Davison, y porque siendo como era un superviviente –aunque en sus cuentos no dejase títere con cabeza- construyó con sus propias manos una cabaña en la selva, una canoa con la que surcó el río Paraná, e incluso inventó una máquina para exterminar hormigas que tenían dientes, como sus escalofriantes ‘cuentos de monte’

“Las escapatorias llevan aquí en Misiones a límites imprevistos”, escribió Horacio Quiroga en el cuento de terror ‘La miel silvestre’. Y no le faltó razón, su literatura era tan fronteriza con la vida en la selva de Misiones, lugar al que llegó por primera vez como fotógrafo de una expedición y donde años más tarde nacerían sus hijos y vería morir a su primera esposa, quien no pudo soportar la dureza y el aislamiento del campo. Incluso allí, a kilómetros de su pasado, la muerte acechaba a Quiroga y por eso a su literatura, sobre todo la selvática, le acompaña el zumbido fúnebre de un enjambre de moscas verdes, el siseo conspirador de las serpientes y los perros que lloran porque ven venir el filo de su guadaña.

Destapamos la lata de ideas donde el escritor desterrado guardaba apuntes de la brutalidad de la jungla que inspiró sus relatos para recorrer, machete en mano, seis historias escritas bajo un sol que cae a plomo sobre la tierra rojiza de Misiones.

El Salvaje de Salta remolcando un tronco con su lancha.
El Salvaje de Salto remolcando un tronco con su lancha.

El Desierto

“Supo al día siguiente al abrir por casualidad el ropero, lo que es ver de golpe la ropa blanca de su mujer ya enterrada; y colgado, el vestido que ella no tuvo tiempo de estrenar”. Incluido en ‘El desierto y otros cuentos’ (1924) relata la historia de un hombre que acaba de enviudar y debe hacerse cargo de sus dos hijos pequeños, bajo una inclemente y constante lluvia que cala los huesos y sin posibilidad de encontrar una criada que no acabe por renunciar al puesto.

¿Quién cuidará de esos niños si muero? Se preguntaba el escritor en ‘El Desierto’, uno de sus cuentos más autobiográficos y en donde traslada su propio dolor por la pérdida de su esposa, que se suicidó en Misiones, en su retiro selvático, dejándolo al cuidado de dos niños que acabarían heredando su infortunio.

A la deriva

Un survivalista sabría qué hacer ante la mordedura de una serpiente, pero el pobre protagonista de este cuento emprende un viaje desesperado en canoa para salvar la vida con una pierna que se hincha sin remedio.

cubierta cuentos locura

Considerado uno de sus mejores relatos, ‘A la deriva’ forma parte del libro Cuentos de amor de locura y de muerte (1917), cuya publicación consagró a Horacio Quiroga como cuentista y en donde da rienda suelta a su obsesión por la  muerte como algo fortuito e incomprensible, como lo fue el fallecimiento de su padre cuando era muy niño durante una jornada de caza, o el trágico asesinato de un amigo a manos del autor al disparar una pistola accidentalmente. Así de arbitraria y misteriosa puede llegar a ser la muerte, y por eso escribió sobre ella, para intentar entenderla.

Anaconda

No siempre la naturaleza es el enemigo, también puede ser un fiel aliado e incluso la víctima. El ‘salvaje’ de Salto ya había escrito en 1918 un libro de cuentos infantiles titulado Cuentos de la selva donde demostró su habilidad para escribir historias protagonizadas por animales. Sin embargo, en ‘Anaconda’ (1921) y ‘El regreso de Anaconda’, incluida en la colección Los desterrados (1926), Quiroga pone la fábula al servicio de la lucha revolucionaria y anarquista a través de un grupo de serpientes enfrentadas a unos hombres que pretenden explotarlas.

En otras ocasiones los animales son más clarividentes que sus amos, como los foxterrieres protagonistas de ‘La insolación’, que confunden a la Muerte con su patrón hasta que entienden que “cuando una cosa va a morir, aparece antes”.

Horacio Quiroga entre sus excentricidades, llegó a criar un oso hormiguero en su casa.
Horacio Quiroga entre sus excentricidades, llegó a criar un oso hormiguero en su casa.

Una bofetada

cubierta el salvaje“Ni un soplo de aire, ni un pío de pájaro. Bajo el sol a plomo que enmudecía a las chicharras, la tropilla aureolada de tábanos avanzaba monótonamente por la picada, cabizbaja de modorra y luz”. Los paisajes brutales de Quiroga infectan a sus personajes, se adueñan de su carácter. Hasta el punto de que el mayor peligro con frecuencia es el Otro.

La dura vida de los jornaleros indígenas, que trabajaban a golpe de látigo para las empresas madereras atrapados en un círculo vicioso del que no se puede escapar, es un tema recurrente en los ‘cuentos de monte’. A veces estos empleados sometidos consiguen una justa y cruel venganza, como ocurre en ‘Una bofetada’, recogida en El Salvaje (1919); otras, en cambio, sólo una huida hacia ninguna parte.

Las Moscas

Hay bichos oraculares como las moscas cuyo zumbido anticipa la muerte de quien lo escucha. “Donde ellas entran, presa segura”, escribe Quiroga en ‘Las Moscas’ (El Salvaje). En tanto el lector aguarda, como lo hace el protagonista, un final que llega entre delirios de hombres decapitados en un zoco marroquí y blancos potros. Pero todo ocurre en la selva. Siempre en la selva, donde Nada vive impunemente.

Como también sucede en ‘El Hombre Muerto’ (Los Desterrados,), sin duda uno de los mejores cuentos del uruguayo, donde una tonta caída y un machete sentencian a su protagonista, otro anónimo lugareño. “Hace dos  minutos: Se muere”, incrédulo de que algo tan definitivo ocurra tan rápidamente, sin ninguna épica. “Es ése o no un natural mediodía de los tantos en Misiones, en su monte, en su potrero, en el bananal ralo? ¡Sin duda! Gramilla corta, conos de hormigas, silencio, el sol a plomo… Nada, nada ha cambiado. Sólo él es distinto”.

La casa que construyó en Misiones es hoy en día un museo de su obra y su vida en el campo.
La casa que construyó en Misiones es hoy en día un museo de su obra y su vida en el campo.

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El recuerdo eufórico y arrepentido de un periodista adicto al crack

Jorge Raya Pons

Foto: Reuters

David Carr vivió una larga cuesta abajo disparado y sin frenos cuando descubrió los senderos de la droga, que le transformaron en un hombre terrible. Muchos años después, siendo un periodista exitoso y reverenciado en The New York Times, quiso explorar aquella sala oscura que era su pasado y abordarla en un libro que se llamaría La noche de la pistola, editado ahora en España por esa caja de sorpresas que es Libros del K.O. Carr viajó a los lugares donde vivió, entrevistó a docenas de personas que conocieron al antiguo yo y le quitó el polvo a un buen puñado de documentos archivados que incluían fichas policiales y sentencias.

No es sencillo encontrar personas tan esforzadas por alcanzar un grado tan elevado de autoconsciencia. David Carr era –fue– un maltratador –golpeó a dos de sus exparejas– y un yonqui, un periodista extraordinario y un padre entregado. Tendemos a imaginar que hay todo un mundo entre los polos, y sin embargo está a un tiro de coca de distancia. En este libro, Carr rescata un puñado generoso de experiencias especialmente repugnantes. Como el día en que olvidó a sus hijas en el coche cuando hizo una visita nocturna a su camello, con quien pasó la noche entera. Cuando salió de la casa, las niñas continuaban allí, en sus sillitas, vestidas con sus monos de invierno.

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David Carr, junto a sus hijas, Erin y Meagan. | Fuente: Archivo de David Carr

En otro momento, el periodista cuenta la historia emotiva, reveladora y profundamente trágica de su amigo Dave, a quien conoció en desintoxicación y de quien escribe que “tenía hijos” y le enseñó “muchas cosas, no solo sobre ser padre, sino sobre ser un hombre de verdad”. Dave fue una mano tendida en su rehabilitación: cuidó de él, cuidó de las niñas, se aseguró de que asistiera a cada una de las reuniones. Los años pasaron, Carr logró recuperarse, y ambos tomaron distancia.

Algunos años después, Carr visitó a Dave; un amigo común le avisó de que era momento de hacerlo. Dave estaba en su cama, hinchado y sin fuerzas y terriblemente enfermo. Hablaron de las niñas, de deporte, y prometieron volver a verse otro día. Carr se despidió, y supo en ese momento que no volverían a verse. Así que le dijo: “Te debo todo lo que tengo en el mundo. Has hecho mucho. Ahora puedes descansar”. Y se marchó.

Es posible que David Carr carezca del virtuosismo literario de Burroughs y de tantos otros que exploraron la mística y la ruina de la adicción a las drogas. Pero tampoco importa: Carr lo hace con una honestidad brutal, abriéndose en dos y exponiéndose sin reparos. Y aunque a menudo cae en la bravuconería y en un punto nada lejano a la autocomplacencia, el libro deja a las claras que su vocación principal es la expiación de sus pecados. Una confesión larga y documentada ante Dios y ante sus lectores.

El recuerdo eufórico y arrepentido de un periodista adicto al crack 2
La noche de la pistola, de David Carr (Libros del K.O.) | Foto: The Objective

Carr, que tantos méritos hizo para morir en una sobredosis, o en una pelea entre colgados, o en un accidente de tráfico, que sobrevivió a un cáncer particularmente agresivo y que recayó en el alcoholismo, murió muchos años después, en 2015, tras desplomarse por un infarto frente a su mesa en el Times. Tenía 58 años.

Carr escribió un libro valiente. Detrás de sus gemelas, que crecieron felices y fueron a la universidad –he obviado que crecieron entre jeringuillas; su madre también era yonqui–, su gran legado es este libro que sirve como advertencia: hay épica y diversión con las drogas, pero solo antes de crear descontrol y una probabilidad muy alta de destrucción. Su amigo Ike se lo dijo en otras palabras: “¿Vas a ser leal a un jodido concepto como el de ser artista? ¿O vas a ser leal a unos seres humanos de los que eres responsable?”. Y Carr, casi en los últimos párrafos, escribe: “Siempre te dicen que tienes que curarte por tu bien, pero lo único que me permitió dejar de hacer el imbécil fue recordar que otras personas dependían de mí”. Este libro es la declaración de amor a sus hijas.

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Charles Bukowski entre mujeres

Romhy Cubas

Foto: Terraignota Ediciones
Terraignota Ediciones

“Las mujeres del pasado siguen llamándome
Ayer mismo llegó otra de afuera del estado
Quería verme
Le dije “no”
No las quiero ver
No las veré
Sería incómodo, terrible e inútil
Sé de gente que puede ver la misma película más de una vez
Yo no” (…)

Del poema Novias de Charles Bukowski

Antes de ser Charles fue Heinrich Karl Bukowski, nacido en Alemania un 16 de agosto de 1920. La crisis económica en el país europeo tras la Primera Guerra Mundial llevaría a su familia emigrante hacia América, y para que se acoplara al ritmo estadounidense los padres de Heinrich comenzaron a llamarlo Henry. El resto es historia, el mito de Bukowski y sus irreverencias poéticas en la ciudad de Los Ángeles.

A su alrededor: su trabajo, relaciones, carácter y hasta su predilección por la bebida conspiraron para formar esa leyenda de poeta veterano e indolente. No fue hasta los 40 años que sus versos obtuvieron reconocimiento, y aunque hizo el intento de estudiar periodismo y arte su principal profesión y sustento monetario durante más de una década residieron en la oficina de correos de la ciudad de Los Ángeles. Como una especie de agente encubierto Bukowski era cartero de día y poeta de noche.

No obstante, una vez su editor y publicista John Martin le prometió 100$ mensuales por el resto de su vida para que se dedicara a escribir y dejara el oficio diurno de las cartas a los profesionales, la carrera de Bukowski se aferró a su prosa sentimental e irreverente, toda ella contradicciones, para presentarse como uno de los grandes poetas del siglo XX, sin mencionar que se le ha asociado a la Generación de los Poetas Beat y de los escritores “malditos”. Pero la voz de Bukowski realmente nunca vino acompañada de grupos viscerales, él siempre fue un solitario.

Aunque en su marca personal no podía faltar el tabaco y la botella de whisky, las groserías y esa imagen desaliñada de viejo indecente, como su alter ego Henry Chinaski, hay varios mitos sobre Bukowski además de su ineludible talento como escritor que se tambalean entre la ficción y la realidad.

A menudo tildado de borracho y misógino, no hay que buscar demasiado para encontrar archivos y fotografías de ese Bukowski alcoholizado por el cual suenan las campanas. Tampoco hay que leer demasiado entre líneas para encontrar entre sus poemas y relatos de “amor” una prosa peyorativa y contradictoria hacia las mujeres como objeto-sujeto. Su relación con estas fue igual de contradictoria, por un lado se podría decir que Bukowski respetaba y amaba a las mujeres, sus más allegados así lo respaldaban, y sin embargo, trabajos como La Máquina de Follar, Se busca Mujer o tal vez el más evidente Mujeres, exponen versos en donde es fácil cruzar la línea entre la sinceridad y la desfachatez, la irreverencia y la misoginia.

Está el detalle que expone el mismo Bukowski cuando se burla de sí mismo en sus textos, o cuando crea una imagen comercial que su ex novias y su publicista John Martin suavizan, pero fueron precisamente esos detalles, mitos o no, los que hicieron a Bukowski “el escritor”, el mujeriego, el poeta no tan romántico, el cartero más famoso de Los Ángeles.

“Hay en mí algo descontrolado, pienso demasiado en el sexo. Cuando veo a una mujer la imagino siempre en la cama conmigo. Es una manera interesante de matar el tiempo en los aeropuertos.” Charles B en Mujeres.

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Jane Cooney Baker y Charles Bukowski | Imagen vía: Alternative Reel

La prostituta de 300 kilos

Bukowski a menudo se refería a su iniciación en el plano sexual con una anécdota que reiteró en numerosas ocasiones y sazonó en sus historias. De entrada el escritor adopta una actitud usual en sus poemas y relatos y recuerda cómo con 24 años de edad conoció en un bar a “la primera mujer” que gustó de él.

La narración está grabada en video y Bukowski, Whisky en mano, recuerda a la “prostituta de 300 kilos” que al igual que él buscaba compañía aquella noche. La pareja subió al hotel y a la mañana siguiente, al no encontrar su billetera, el escritor echó a la mujer de la habitación creyendo que esta era la responsable de su desaparición. La billetera apareció minutos después al lado de su cama, y en vano Bukowski persiguió arrepentido y con resaca a la mujer con la cual perdió su virginidad en un motel de Los Ángeles.

Jane Cooney Baker

Fue su mayor musa y tal vez su romance más definitivo. Sus relatos y poemas están repletos de versiones de esta mujer diez años mayor que él a quien conoció –de nuevo- en un bar de Los Ángeles. Entre botellas y humo de cigarrillos se sucedió esta relación tumultuosa y reveladora. Esa misma adicción por el alcohol llevó a Jane a su muerte en 1962.

El escritor luego reconocería que de todas sus compañeras Jane sería la única por la cual regresaría.

“…hace 28 años / que estás muerta / y sin embargo te recuerdo / mejor que a cualquiera de las otras / vaya un trago / por tus huesos / con los que este viejo perro sueña / todavía”.

Linda King

A esta poeta y escultora la conoció porque la primera esculpía rostros de poetas famosos, y cuando oyó que uno de los mejores prosistas de Los Ángeles estaba en la ciudad solicitó tallarlo.

Su relación se prolongó intermitentemente por cinco años a principios de los 70. Volátil, agresiva y turbulenta fue de una de sus relaciones más inestables y temperamentales; sin embargo, llama la atención que en entrevistas posteriores al referirse a Bukowski Linda King rara vez es despectiva o insiste en los momentos violentos, más bien hace énfasis en la particular personalidad del escritor, en sus inseguridades y manías.

“Siempre pensé que le faltaba confianza en sí mismo. Si hubiera sido un hombre físicamente bien parecido y hubiera tenido éxito con las mujeres, creo que nunca hubiera pensado en aquello”, recuerda King en una entrevista para Vice.

Charles Bukowski entre mujeres 2
Linda Lee Bukowski y Charles Bukowski | Imagen vía: Taringa

Linda Lee Beighle

Fue la segunda esposa de Bukowski, la primera fue Bárbara Bukowski, quien murió bajo misteriosas circunstancias en un viaje a la India. A Linda la conoció en un puesto de comida, con ella compró una casa en San Pedro y fue esta quien estuvo a su lado en el hospital cuando el escritor murió de leucemia el 9 de marzo 1994.

Como la mayoría de sus compañeras, Lee recalca la timidez y falta de confianza de Bukowski, sus habilidades sociales, o más bien la falta de ésta, y su preferencia por la máquina de escribir ante la posibilidad de tener que entablar conversaciones con otras personas.

“Jamás hablaba de su trabajo, pensaba que le traería mala suerte”, explica Lee. “A veces escribía poemas en plena noche. Bebía un vaso y me lo leía. Pero esto pasaba sólo una vez al año. Por lo general no mostraba sus trabajos a nadie, los enviaba todos directamente a su editor”.

Ellas no fueron las únicas mujeres en la vida del poeta, hubo novias, amigas, amantes y romances de una noche. La mayoría de estas relaciones llegaron con la mediana edad y su alza como escritor. Todas ejercieron un papel básico en su manera de escribir y de relatar el “amor”. De todos los mitos sobre Bukowski tal vez el más claro está en sus contradicciones, ya que su imagen de bebedor empedernido fluctuaba con sus testimonios, y el de su misoginia con la voluntad de conversar de aquellas mujeres.

“Mujeres: me gustaban los colores de sus ropas, su manera de andar, la crueldad de algunos rostros, de vez en cuando la belleza casi pura de una cara, total y encantadoramente femenina. Estaban por encima de nosotros, planeaban mejor y se organizaban mejor. Mientras los hombres veían el fútbol o bebían cerveza o jugaban a los bolos, ellas, las mujeres, pensaban en nosotros, concentrándose, estudiando, decidiendo, si aceptarnos, descartarnos, cambiarnos, matarnos o simplemente abandonarnos. Al final no importaba, hicieran lo que hicieran, acabábamos locos y solos”.
Del libro Mujeres de Charles Bukowski

Es ineludible que como personaje literario, estereotipado o no, fue y sigue siendo referencial. A su muerte dejó una obra compuesta por más de 1.000 poemas, cinco novelas y seis libros de relatos. Ahora, en cuanto al mito, la manera más sensata de aclararlo está en sus propias ficciones, que han demostrado después de todo ser la adicción más sana y fiel de Bukowski, el “viejo indecente”.

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Lo que representó el muro de Berlín para la literatura de posguerra

Romhy Cubas

Hace 56 años, específicamente la mañana de un domingo 13 de agosto de 1961, Alemania amaneció separada con una alambrada de 155 kilómetros entre dos cielos berlineses ubicados en la misma geografía pero bajo distintas ideologías. En la frontera del sector soviético hacia Berlín Oeste aquellas “barreras temporales” se mantendrían durante 28 años aislando a su capital.

La noche anterior a la construcción el consejo de Ministros de la RDA –República Democrática de Alemania- habría anunciado el objetivo de tal instalación: “poner fin a las actividades hostiles de revanchismo y militarismo de Alemania Occidental y Berlín Oriental”. Eventualmente los rollos de alambres y púas fueron reemplazados por paneles de hormigón y cemento. Las calles, plazas y casas quedaron divididas entre dos horizontes. A pesar de que la Segunda Guerra Mundial había terminado y con ella la Alemania nazi, en Europa la victoria todavía era amarga.

Durante la guerra se sobreviviría –con suerte- a base de fe y migajas. De los testigos, además de viejas fotografías, resistieron diarios y cartas escritas a la sombra de refugios antibombas y campos de concentración. Dedicarse a leer era un acto revolucionario, como el ejército con el que soñaba Hitler, si algo se aprendió de la Acción contra el espíritu anti-alemán el 10 de mayo de 1933 con la quema voluntaria de miles de libros es que la literatura no era comunal, mucho menos necesaria. Sin embargo, por terquedad o simple naturaleza se sobrevivió, se escribió y se leyó, y de aquella rutina surgió todo un nuevo género literario de posguerra en el cual los narradores del este y del oeste se afincaron para relatar sus inquietudes. Aunque con un espíritu menos festivo que el de la Generación Perdida en París, su ímpetu para cuestionar y debatir ante la sociedad y el Estado se mantuvo.

El Grupo 47 construyó con los escombros de la guerra una carrera literaria de la cual emergería plumas como las de Günther Grass, Heinrich Böll, Thomas Hettche, Julia Franck, Judith Hermann e Igno Schulze.

“Dedicarse a leer era un acto revolucionario.”

Lo que representó el muro de Berlín para la literatura de Posguerra
Diario de Ana Frank escrito entre 1941 y 1944 | Imagen vía: AFF Basel/AFS Amsterdam

Antecedentes: Entre diarios y manuscritos escondidos

Durante la Alemania nazi, de los refugios y campos de concentración no solo emergieron sobrevivientes, sino que se forjaron un puñado de escritores que nunca llegó a saber el destino de su fama.

Ana Frank: luego de que Alemania invadiera Polonia Ana Frank huiría a los 13 años con su familia de ascendencia judía hacia los países bajos. Durante dos años se escondería junto a otras 7 personas en La casa de atrás, refugio ubicado en el canal Prinsengracht n° 263 en Ámsterdam. Además de entender el poder de la intolerancia, por esas fechas Ana Frank también recibió de regalo de cumpleaños un cuaderno empastado con una pequeña cerradura en el frente. Sus páginas se convertirían en el diario más versionado del futuro. Historias, frases de sus autores favoritos y apuntes de aquella rutina forzada salieron a la luz con el peso de la guerra en los ojos de una adolescente de 13 años. Antes de ser llevada a los campos de concentración, en 1944, Ana reescribía su diario para convertirlo en un libro que no pudo terminar. Aunque nunca lo supo, la guerra la convirtió en una reconocida y precoz escritora.

Irène Némirovsky: esta novelista de origen ucraniano pasó gran parte de su vida huyendo, primero de la Revolución rusa, luego de la leyes antisemitas que le impidieron trabajar y divulgar sus novelas en Francia; sin embargo, ya antes de la guerra había logrado establecerse con una decena de escritos publicados en francés. En 1942 es arrestada e internada en el campo de Pithiviers, para luego ser deportada a Auschwitz en donde murió de tifus el 17 de agosto del mismo año. De sus pertenencias sobrevivieron dos manuscritos inéditos que le dieron nombre a una de las grandes crónicas sobre el éxodo durante la guerra y la ocupación alemana en Francia. Suite francesa, publicada de manera póstuma en el 2004, es una crónica incisiva del ejercicio de las relaciones humanas asediadas bajo fuego en el frente.

Milena Jesenská: su nombre estuvo particularmente ligado al del escritor Franz Kafka, con quien comienza una larga correspondencia luego de leer algunos de sus cuentos y pedirle autorización para traducirlos al checo. Pero Jesenská fue mucho más que la “amiga de Kafka”, como se titula el libro de Buber Neumann dedicado a sus experiencias en los campos de concentración. Corresponsal y periodista para diversos semanarios y periódicos políticos en Viena, sus trabajos lograron captar una valiosa mirada femenina en el periodismo checoslovaco de preguerra antes de su muerte en el campo de Ravensbrück, Alemania.

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Muro de Berlín en 1961. | Imagen vía: Wikicommons

Literatura de posguerra

La reflexión sobre el pasado, sobre la responsabilidad individual y colectiva de una nación y la insatisfacción ante una sociedad distante y angustiosamente absurda fueron algunos de los puntos claves para la creación de esta literatura de posguerra que buscó recuperar de entre los escombros el sentido común de la humanidad. Los jóvenes que vivían entre el trauma del nazismo y la derrota bélica, en una crisis de identidad que le daba un nuevo formato a su compromiso político y social, lograron frustrar en el papel su propia e utópica reunificación.

Relataba el escritor español Fernando Aramburu para El Cultural en el 2014: “La caída del muro desató una especie de movida literaria en Alemania. Sobre todo los jóvenes escritores de la antigua RDA estaban deseosos de ejercitarse en la recién estrenada libertad, tenían un sinfín de historias que contar, podían despacharse a su antojo, sin cortapisas censorias, buscaban una nueva identidad y un público multitudinario esperaba con ansia sus relatos y testimonios. No defraudaron. El cine, el teatro, la arquitectura, se apuntaron de buena gana al nuevo empuje creativo”.

El Grupo 47

También conocidos como la generación “escéptica”, directamente afectada por las acciones del nazismo pero en aquél entonces sin la edad suficiente para tomar acciones concretas ante este, su crítica hacia Alemania residió en recordarle al Estado las consecuencias de lo que consideraban una actitud excesivamente despreocupada hacia el pasado.

El grupo se remonta a 1946 cuando Alfred Andersch y Hans Werner Richter fundaron en Múnich la revista literaria Der Ruf -La llamada-. Con la idea de instruir al público alemán sobre la democracia tras el nazismo, eventualmente les revocaron la licencia y surgieron de nuevo en septiembre de 1947 para crear una nueva revista, Der Skorpion -El escorpión-, la revista tampoco tuvo éxito pero dio paso a la fundación oficial del Grupo 47.

Su espíritu transgresor no residió en el grupo per se, de sus reuniones se observaba lo usual en un grupo joven y letrado: lecturas, manuscritos, críticas y conversaciones. Pero la gran mayoría consiguió aquí el impulso para hacerse un nombre en la renovación de la literatura alemana tras la guerra.

Günther Grass, Premio Nobel de Literatura en 1999, escribiría Es cuento largo como una respuesta ante la caída del Muro de Berlín, Julia Franck relataría en Zona de tránsito su experiencia al cruzar Berlín Occidental a los 8 años con su madre y sus hermanas. Heinrich Böll comenzaría su carrera en los años 50 con pequeñas narraciones sobre la insensatez de la guerra y del heroísmo nazi, entre sus obras destacan Y no dijo ni una palabra, Opiniones de un payaso y Retrato de un grupo con señora; en 1972 recibió el Premio Nobel de Literatura por haber contribuido a la renovación de la literatura alemana. Paul Celan, de raíces judías y nacido en Rumania, fue recluido en un campo de trabajo de Moldavia y gracias a sus experiencias produce una obra poética de unos 800 poemas que se afincan en la paradoja de expresar el sufrimiento de los judíos en alemán.

Ilse Aichinger, Alfred Andersch, Ingeborg Bachmann, Günther Eich, Hans Magnus Enzensberger y Erich Fried son otros de los nombres destacados que se han ido sumando a este grupo.

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Muro de Berlín en 1961. | Imagen vía: Wikicommons

El Muro de Berlín se comenzó a construir un 13 de agosto de 1961 y pronto se convirtió en una pared de hormigón de 3,6 metros de altura, con un interior de cables de acero y una “franja de la muerte” impuesta como una especie de foso colectivo. Entre 1961 y 1989 más de 100.000 personas trataron de cruzar el muro, entre 5.000 y 10.000 lo lograron y más de 200 murieron en el intento.

Hoy Berlín es ícono de escritores y artistas. Ciudad multicultural, bohemia y política en donde hace 56 años se levantaba un muro que, en un acto de equilibrio, también erigió un archivo inmenso de narrativa testimonial y literaria única.

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De cuñados y zascas

Joseba Louzao

Foto: Partido Popular (PP)

No por frecuentes estas noticias dejan de sorprendernos. Hace unos días Andrea Levy habló de libros en una entrevista llegando a afirmar que la lectura de Lorca había sacado su vena más revolucionaria y reivindicativa. Para algunos esto fue una desfachatez. Corrieron a las redes sociales para lanzar una violenta arremetida contra la vicesecretaria de Estudios y Programas del Partido Popular. La lluvia de insultos fue imparable. Un número significativo de ellos dejaban entrever la tradicional retahíla machista, otros una mirada al mundo tan estereotipada como insustancial. Levy se convirtió en la mujer de paja a la que era sencillo denigrar por representar al enemigo. El principal problema es que sus atacantes no eran simples trolls escudados bajo un anonimato risible. Al contrario, con mayor o menor violencia, se sumaron a la quema periodistas, políticos y personas con nombre y apellidos identificables.

El proceso, como señalaba al inicio, es habitual. Cada semana nos encontramos con un nuevo chivo expiatorio, ya sea a derecha o a izquierda, que es ajusticiado por la nueva inquisición digital que tiene una inagotable sed de caza de brujas. Esta vez le tocó a Levy, mañana podría ser cualquiera. Y es que los linchamientos digitales, como el mal gusto, es un fenómeno transversal en nuestro país. A veces, incluso, los medios de comunicación más tradicionales se suman a la fiesta, aunque después miren con autosuficiencia hacia el universo digital. Deberíamos huir de palabras como zasca o cuñado, tan presentes en nuestro vocabulario como vacías de contenido. En realidad, sólo esconden un pecado intelectual: la pereza del pensamiento. Además, aunque no lo queramos reconocer, siempre seremos los cuñados de los demás. El prototipo del troll 3.0 encajaría perfectamente con la descripción del vecino serio, amable y formal, pero que en las redes nos descubre su ego inflamado o, más directamente, su lado más psicopatológico. Ya no nos enfrentamos únicamente a perfiles anónimos dedicados al hostigamiento y a participar en campañas orquestadas para perseguir a cualquier persona. Los nuevos trolls pueden ser conocidos o familia.

Tras saber cómo habla Andrea Levy de sus lecturas, comprendemos que es capaz de participar de un diálogo inteligente desde la discrepancia. No como tantos otros que se jactan desde su pequeño rincón digital de inteligencia, cultura y bondad ideológica, pero construyen su reputación con el agravio. A Levy le recomendaría que leyera el ensayo de Jon Ronson, Humillación en las redes (Ediciones B) que recorre con inteligencia el ámbito más deshumanizador y oscuro de internet. Como señala Ronson, los perdonavidas de las redes sociales demuestran su incapacidad para el conversación, una de las principales experiencias de civilización con la que contamos. Lo único que les interesa es encontrar una cámara de resonancia exponencial entre sus secuaces. Vamos, los típicos pelmazos y faltones de barra del bar de toda la vida, pero sin preocuparse por la dimensión del altavoz público que ahora tienen. Algún día también ellos serán víctimas de la ofensa.

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