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Daan Heerma van Voss: ¿Estamos condicionados a ver el presente como presente o solo como un producto del pasado?

Ariana Basciani

Foto: Malpaso
Malpaso

Daan Heerma van Voss ha publicado en castellano La última guerra (Malpaso, 2017), un libro que relata las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial y la representación de la migración en el imaginario personal y colectivo de la actualidad.

La narración está centrada en las vivencias del personaje principal, Abel Kaplan. La relación de pareja, el bullying al que se ve sometido uno de sus alumnos y el descubrimiento de un diario de la Segunda Guerra Mundial cuyo contenido lo lleva reflexionar acerca de su propia vida, convierten el relato en una historia de autodescubrimiento.

En su visita a Barcelona, el joven escritor (1986) nos explica que a pesar de que su libro se adentra en un tema espinoso y profundo, como lo son las consecuencias de la guerra en la sociedad actual, ha intentado hacer un relato sencillo posible para invitar al lector a leer el libro.

Relatar este tipo de historias conlleva una gran dedicación e investigación, pues el escritor no solo se vio obligado a pasar largas horas investigando sobre ese episodio bélico, dedicó igualmente tiempo para conocer de cerca los campos de concentración de refugiados en Holanda para transmitir con mayor precisión el sentir del personaje.

Daan Heerma van Voss: ¿Estamos condicionados a ver el presente como presente o solo como un producto del pasado? 1
Portada de La última guerra | Imagen vía Editorial Malpaso.

A pesar de asegurar que no es un libro autobiográfico por las diferencia de edades entre el autor y el personaje de ficción, los une la misma pregunta: qué está sucediendo en la sociedad actual. Son los sentimientos del personaje los que van entretejiendo la historia, más que los hechos históricos; la relación entre el pasado y su repercusión en el presente. Eso mueve al personaje y de igual forma al escritor.

La pregunta que inquieta, tanto al personaje como al escritor, sale a relucir frecuentemente en la narración, recordándonos que la sociedad repite la historia como nos recuerda Nietzsche en el eterno retorno. “La parte divertida o espeluznante, es que la historia suele repetirse pero nunca se copia exactamente igual, tienes todas estas repeticiones que vemos hoy en día como la crisis económica, la pobreza, el populismo, el bullying a extraños o inmigrantes, los refugiados, etc.”, afirma Heerma van Voss. Todo este paralelismo histórico hizo que el escritor se resguardase en la figura de su personaje de principal, Abel Kaplan, para conseguir las respuestas a los hechos de la actualidad.

“¿Estamos condicionados para ver el presente como presente o solo como un producto del pasado?”

“¿Estamos condicionados para ver el presente como presente o solo como un producto del pasado?” se pregunta el autor. La última guerra puede ser un libro duro al confrontar puntos de unión entre el pasado y el presente y llevarnos a la reflexión de cómo los prejuicios influyen en la historia futura. Puede ser una narración ligera o dura dependiendo de lo que vive o experimenta el personaje. Según el autor, es un viaje en el que Abel Kaplan puede ver en retrospectiva que es una buena persona, pero querer ser buena persona no necesariamente significa tomar las mejores decisiones.

La última guerra es una novela cuyas metáforas permiten al lector adentrarse en las complejas relaciones humanas; espacio de escritura en el que encontramos referencias a otros escritores o artistas como Nabokov, Borges o Bob Dylan, pinceladas de realidad en el mundo de ficción. En ese juego del lenguaje podemos señalar la analogía entre la relación de Kaplan con su ex novia Eva y la guerra, pues el enfrentamiento lo encontramos en uno y otro plano, el personal y el colectivo.

“La única forma que conoce Kaplan es pensar en términos de guerra, de pequeñas batallas que puede ganar pero eso no es amor. El amor se puede convertir en guerra pero la guerra no se puede convertir en amor, es imposible”

“La única forma que conoce Kaplan es pensar en términos de guerra, de pequeñas batallas que puede ganar pero eso no es amor. El amor se puede convertir en guerra pero la guerra no se puede convertir en amor, es imposible”, afirma Heerma van Voss. Esta es una de las tragedias del personaje principal y una de las sensaciones principales de la novela, ese intento por llegar a territorios que ya no existen, que fueron arrasados por la guerra dejando vacío y nostalgia.

Puede que en España el nombre de Daan Heerma van Voss no sea fácil de recordar o no suene, pero en su Holanda natal varios escritores reconocidos como Cees Nooteboom o Herman Koch apuestan por él. Su próximo proyecto incluye una novela sobre el amor que no suene a sentimentalismos.

Jorge Carrión nos invita a mirar más allá de la maraña urbana a través de “Barcelona: Libro de los pasajes”

Ariana Basciani

Foto: Ariana Basciani
The Objective

Barcelona: Libro de los pasajes (Galaxia Gutenberg, 2017) es un libro gordo no exactamente por sus 340 páginas, sino por toda la información sobre la historia de la ciudad que se encuentra en él. Jorge Carrión (Tarragona, 1976) es el cerebro, tipo cochecito de Google Earth, que recorrió la ciudad y recopiló datos de los 300 pasajes que se encuentran compilados en este libro. En él encontramos esos lugares que nunca vemos, que están ocultos detrás de las ramblas, el Camp Nou, la Sagrada Familia o el bus turístico que recorre los tópicos conocidos de la ciudad condal.

Jorge Carrión se explaya luego de ocho años de investigación por hemerotecas, bibliotecas y paseos estilo Walser, para ir desnudando y haciendo visibles los pasajes de la ciudad que habita. No es de extrañar que el escritor me cite en plena superilla del Poble Nou para relatarme cómo comenzó la construcción de este libro, que al igual que la superilla, era un proyecto y ahora una realidad, y en el caso de la obra de no ficción, una realidad de guía de Barcelona en papel para aquellos que no amamos los espacios turísticos sino que queremos conocer sus profundidades a través de su historia menos conocida.

Desde que comienzo a leer el libro veo que la escritura del mismo ha sido para revisitarte: desde la primera cita de Walter Benjamin con la que abres el libro hasta explicar que te criaste en un callejón sin salida. ¿Son los pasajes un laberinto y el libro el hilo para salir de él? 

Es un doble laberinto: el laberinto físico que conforman los pasajes de Barcelona, que es un laberinto incompleto porque como la trama -muchas veces rural- que está detrás de los pasajes, o la trama de muchos pasajes desaparecidos, ya no está, es muy difícil reconstruir los vínculos entre ellos. De modo que me debo perder en un laberinto siguiendo una especie de hilo de Ariadna que sería la historia de Barcelona y la historia de los habitantes de los pasajes que es muy difícil de reconstruir. Por otro lado, en paralelo, hay una especie de laberinto psíquico, un laberinto mental, una psico geografía, a menudo vinculada con el sueño –por eso la cita inicial de Benjamin apunta hacia el sueño- y luego Italo Calvino habló mucho de las ciudades y del sueño que es toda esta dimensión más espiritual, mágica, sentimental, emocional de la ciudad a la cual acabo yendo a parar como sujeto que camina. De modo que al igual que los lectores del libro reflejan su Barcelona como su ciudad, como sus pasajes, porque todo el mundo tiene algún recuerdo vinculado con un pasaje aunque no sea consciente de ello, del mismo modo yo acabo proyectando mi infancia, o mis viajes, mi origen o mi familia, acabo hablando de mis hijos, que al contrario de mí mismo, ellos sí que son barceloneses.

Nombrar a la familia en el libro ¿no va en contra de lo que proyectas en redes sociales?

En las redes sociales decidí hablar solo de mi dimensión profesional e intelectual por varios motivos, especialmente por preservar mi intimidad, pero quizás el principal es que cuando publicas una foto en Facebook o Instagram automáticamente es de esas redes sociales y yo no quiero que las fotos de mis hijos sean parte de un archivo que no puedo controlar. En cambio, las menciones que hago de mi familia en mis libros las controlo absolutamente, es una constante en mi obra. En mi primer libro serio La Brújula ya hay crónica íntima, en Australia un viaje hablo de mi familia australiana y en Librerías hablo de cuando mi padre repartía libros en el Círculo de Lectores, de modo que no puedo evitar, en mis ensayos y en mis crónicas, hablar de mí. No sé por qué lo hago, quizás buscando una cierta coherencia o quizás por comunicar honestidad al lector o simplemente por recordar que las crónicas y los ensayos son subjetivos y, como un sujeto que al igual que opina, estudia, o lee, también siente.

Jorge Carrión nos invita a mirar más allá de la maraña urbana a través de “Barcelona: Libro de los pasajes” 2
Mapa de los pasajes de Barcelona en el reverso de portada del libro | Fotografía Ariana Basciani

¿Es este libro un experimento de big data para contar a Barcelona desde el papel? ¿Cuánta investigación de la ciudad hiciste observando ceros y unos?

El concepto de big data se ha instalado ya en nuestra realidad como un modo definitivo y que ahora cualquier investigación seria sobre un tema ambicioso pasa por gestión de big data, por lo tanto hay miles de búsquedas en el libro tanto en bibliotecas como en hemerotecas digitales. El archivo de La Vanguardia, que está escaneado desde su origen, es una fuente de información inagotable sobre la ciudad. Además, usé mucho Google Maps, Google Books, Google News, Google Street View, de modo que de toda esa cantidad de información lo que hay que extraer son líneas narrativas, por eso el big data tiene sentido cuando encuentras el modo de narrarlo. Entre el big data y el storytelling siempre hay una historia de odio y de amor.

¿Cómo consigues que toda esa información sea legible?

A partir de una construcción solo voy hablar de pasajes; si encuentro una historia muy buena o un personaje muy interesante pero que no está vinculado de un modo directo o indirecto con el pasaje, no lo puedo contar y por tanto voy a crear unos hilos narrativos que me permitan abordar el máximo número de caras del poliedro urbano. Voy a buscar una arquitecta –Benedetta Tagliabue-, un escultor, dos pintores –Miró y Sert-, un escritor –Eduardo Mendoza-, unas lavanderas, unos funcionarios, unos impresores, unos comerciales de textil. Voy a encontrar unas biografías súper interesantes que me permitan articular de un modo narrativo toda esa cantidad de información.

“Los pasajes están escondidos en la maraña urbana, no son tan fáciles de ver desde Google Earth como la cuadrícula de Cerdà”

En un extracto del libro criticas cómo la misma Fundación Miró le da más importancia al pasaje parisino donde el artista tenía su taller que al pasaje barcelonés donde nació y se crió. Criticas la mitificación de lo extranjero antes que lo propio ¿Por qué sucede?

En este caso concreto, cuyo pasaje del Crédito que estuvo abandonado la mayor parte del siglo XX y ahora ha sido rescatado por agentes turísticos, es muy paradigmático. Siempre Barcelona ha mirado a París con admiración pero eso ha eclipsado el patrimonio propio, se ha idealizado la etapa de Miró en París, es muy conocida la etapa de miró en Mallorca, es muy conocido el proyecto de museo de la Fundación Miró que es una maravilla, pero en cambio no es tan conocida su vinculación con Barcelona. Por otro lado, desde Montjüic veo las chimeneas, Colón, la Torre Agbar, la Sagrada Familia, veo un horizonte muy vertical, los pasajes están escondidos en la maraña urbana, no son tan fáciles de ver desde Google Earth como la cuadrícula de Cerdà y eso es lo que me interesa, colocar un punto de vista tangencial, casi de bisturí pero que cuestiona el discurso oficial.

Revisito tu anterior libro Librerías y me pregunto: si las librerías son lugares de resistencia ¿qué son los pasajes para Barcelona?

Se puede leer como lo mismo, como trinchera, como lugares que permiten conectarte con elementos del pasado que han sido borrados del resto de la ciudad, que solo están en los pasajes, al igual que ocurre con algunas librerías. Por ejemplo, librería Altair de Barcelona te permite conocer mejor un edificio de hierro, esos edificios representativos del cambio del siglo XIX al XX.

Jorge Carrión nos invita a mirar más allá de la maraña urbana a través de “Barcelona: Libro de los pasajes” 1
Jorge Carrión en una de las rutas promocionales de Barcelona: Libro de los pasajes | Fotografía Ariana Basciani

¿Cómo convencer a un turista de cambiar La Rambla por los pasajes?

Yo no quiero que eso ocurra, no me gustaría que como ciudadano todos los pasajes fuesen turísticos pero en cambio sí que es cierto, que si no se crea un discurso serio sobre los pasajes, pasa lo que me ocurrió el otro día en el pasaje Bacardi que escuché en un idioma –ruso o húngaro- que ese pasaje tenía que ver con La Habana, que ese pasaje tenía que ver con la familia del ron Bacardi, lo cual no es cierto. Por eso es importante que haya algún tipo de discurso oficial que permita que no se lleven a cabo falsificaciones sobre lo que son o fueron los pasajes. Al igual que en París, que hay unas rutas, unas guías por los pasajes del centro, creo que en Barcelona también debería ocurrir lo mismo.

En Barcelona: Libro de los pasajes percibo una especie de manifiesto anti gentrificación, que está explícito en el libro para que la misma gente de Barcelona conozca su propia ciudad y además para dejar por sentado que los pasajes son espacios más allá de lo turístico. ¿Es así?

Estoy totalmente de acuerdo. ¿Qué ha pasado con Venecia? no ha sido traicionada por las multinacionales o los dueños de cruceros, ha sido traicionada por los venecianos que han empezado a vender, a alquilar, a especular, a ganar dinero con sus propiedades y han dejado su propia ciudad en manos del turista. Para que no pase eso, es muy importante que la gente de la ciudad tenga conciencia de su patrimonio y tenga conciencia de la idea de legado.

“Muchas librerías que cerraron durante la crisis fue porque se habían endeudado con ampliaciones y transformaciones que eran totalmente innecesarias”

¿Qué crees que debe hacer el barcelonés para cuidar el crecimiento de su ciudad más allá de tener conciencia sobre ello?

La suerte de Barcelona es su gran desventaja, es que no puede crecer. Está limitada por los ríos y las montañas, por lo tanto, está en relativo peligro en términos de gentrificación, por eso, con el espacio que hay, se tiene que trabajar y especular. El Eixample es un valor seguro, es la única zona junto con la Vila Olímpica y una parte de Pedralbes, cuyo valor creo que no ha bajado durante la crisis sino que al revés, ha crecido durante la crisis. No me interesa el hecho de si alguien ha crecido o no aquí, me interesa el hecho de si alguien se quiere quedar o no, y si sus hijos pueden tener el derecho a decidir de querer quedarse o no. Yo creo que es un poco de sentido común, de responsabilidad y controlando la tentación humana de la avaricia es suficiente. Muchas librerías que cerraron durante la crisis fue porque se habían endeudado con ampliaciones y transformaciones que eran totalmente innecesarias, de modo que con un poco de sentido común y recordando cuál es la escala de lo razonable y lo humano es suficiente. Yo creo que en eso los pasajes nos lo recuerdan, porque en ellos solo podemos estar como peatones, allí no tiene sentido la bicicleta o el autobús y creo que lo importante es eso, recordar nuestra escala dentro del contexto urbano.

Jorge Carrión aprovecha este libro para abrirse a una nueva faceta de guía turístico de pasajes mientras promociona su obra, al mismo tiempo que la devuelve a su estado más primigenio: el pasaje, otra forma de mantener el libro vivo más allá del formato papel. También nos comenta que podría pensar en este libro para una posible exposición a futuro, mientras transita en los apuntes que determinarán hacia dónde se va a dirigir ahora en este nuevo recorrido de su vida. El escritor concluye comentando que se encuentra en un momento feliz y divertido, porque cuando un proyecto atrapa “comienzas en una especie de obsesión que si no te dedicas a él es difícil de llevar”. Este explorador de pasajes intentará alargar esta fase de tránsito, tanteo y divagación divertida mientras decide entre los proyectos que tiene bajo la manga.

Sophie Divry: “El humor y la literatura son dos formas de resistencia”

Beatriz García

Foto: Miquel Taverna
CCCB

Dijeron que íbamos a comernos el mundo y ahora la pasta nos sale por las orejas: macarrones con queso, la dieta del cucurucho de los miembros del ‘precariado’. Una generación con un currículo laboral más largo que la suma de nuestras listas de la compra, que escuchamos día sí y día también la eterna monserga de que si no encontramos trabajo es porque somos demasiado vagos, demasiado quisquillosos, demasiado de letras, o de ciencias, da igual. Demasiados. 

Sentada en la sala de Prensa del CCCB, junto a la escritora Sophie Divry, con quien comparto, creo, bastante más que un sofá –ambas hijas de familias acomodadas, ambas periodistas, ambas escritoras, ambas, por este motivo, precarias- siento ganas de decirle: “¿Sabes, Sophie? Hay gente que cree que estoy entrevistándote en Kosmopolis porque me divierte, pero en realidad estoy trabajando”. E imagino que ella me contestaría lo mismo.

El año pasado la editorial Malpaso publicó su último libro, ‘Cuando el diablo salió del baño’, la historia de una escritora desempleada y en la treintena que malvive intentando encontrar trabajo, pagar sus facturas y llenar la nevera. Pero a pesar de la gravedad de su situación, no puedes evitar soltar unas risas. “El humor y la literatura son una forma de resistencia, una defensa ante las dificultades sociales y económicas de nuestra época”, me dice. Porque los libros reflejan la vida no de una forma literal, sino a través de la emoción. No viven de espaldas a su tiempo, porque sólo es posible escribir sobre lo que se conoce y padece. “La cuestión es cómo podemos los escritores incorporar el mundo a nuestras ficciones. La literatura nace de la adversidad”.

“En Francia evitas hablar sobre algunos temas con familiares o amigos porque quizás no sabes si tienen ideas racistas”

Y si algo vivimos son tiempos adversos. A un mes escaso de las elecciones en Francia, el más político de los libros de Divry ejemplifica muy bien la situación de muchos jóvenes en un país donde el desempleo estructural y las ideas racistas, residuo de su pasado colonialista, han sido utilizadas por el Frente Popular de Marine Le Pen como ejes centrales de su fanático discurso. “Hace unos veinte años que el odio a los musulmanes ha entrado en la intimidad de los franceses. Hoy ya evitas hablar sobre algunos temas con familiares o amigos porque no sabes si tienen ideas racistas”, explica.

“Porque Francia es vieja”, escribe Sophie. Un país de viejas tiendas y viejos periódicos, y de viejos literatos que escriben viejos diccionarios para viejas lectoras. Todos MUY “françoishollandamente viejos”. Y por eso, ‘Cuando el diablo salió del baño’ es también una llamada a la vuelta a la juventud. “Hemos de ser menos civilizados y más caóticos, ya está bien de prohibir todo el tiempo. Francia necesita más vida y más energía, recuperar el entusiasmo. Por eso no quise escribir una novela pesimista”.

“Los escritores somos unos inadaptados a la vida de la empresa”

Pero sí es una obra sincera, política y feminista en la medida en que su protagonista tiene que afrontar la lacra de cruzarse con un jefe ‘machirulo’, como tantas veces nos ocurre en la vida. “Estoy harta de que me pregunten si escribo novelas feministas porque mis personajes son mujeres. A ningún escritor le preguntan por qué sus novelas están protagonizadas por hombres… Los libros hablan de la vida”.

Y Sophie Divry lo hace, diablo mediante, jugando con la tipografía y el lenguaje, “robando” (en el buen sentido) algo de Proust, y también de Racine, y de Federman, e incluso de Cervantes, para reflexionar sobre la literatura y el oficio de escritor, precario antes, ahora y tal vez siempre. “Los escritores somos unos inadaptados a la vida de la empresa. Y a la vez, una buena parte de lo que somos se lo debemos al aburrimiento. Me aburrí mucho de niña; los padres actuales quieren que sus hijos sean artistas y los inscriben a cientos de actividades, pero el aburrimiento y la frustración son los motores de la creación artística”.

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Stephanie Danler: “Es un privilegio que el editor respete tu visión y tu trabajo”

Ariana Basciani

Stephanie Danler luce curiosa ante varios periodistas que hablan más español que inglés frente a ella. Su visita a la ciudad condal está auspiciada por la editorial Malpaso para la promoción de su libro Dulceagrio, una perspicaz y sensual novela que nace de la experiencia de la autora como camarera en Nueva York.

De esa época, aprendió de vinos, por lo que la escritora californiana comenta al grupo de periodistas que prefiere un Albariño que un Verdejo y ofrece una lista de sitios donde tomar café, porque “sí hacen buen café en NY”. El proceso para la publicación del libro también tiene un origen gastronómico. Si bien Danler ya había entregado a un agente el manuscrito, comentó sobre su libro con uno de los clientes que frecuentaba el restaurante donde trabajaba, quien -por esas casualidades de la vida- resultó ser editor y se ofreció a leerlo. Al poco tiempo, fue fichada por el cliente – editor: la editorial Knopf, consiguió los derechos de la obra y se mantuvo fiel a la orientación de la historia.

“Fue un privilegio que se respetara la multiplicidad de voces y el tono poético, romántico, que no recurre al argumento para atrapar al lector, sino a sus frases” afirma la escritora.

Dejando a un lado el tema de la publicación, la escritora afirma que el título de la novela tiene una historia interesante. Danler nos cuenta detalladamente que la poeta Anne Carson, siendo traductora de griego, descubrió que Safo llamaba al amor “dulceagrio”, por ese proceso en que el sentimiento, al principio, nos envuelve en dulzor y, luego, se transforma en amargura.

Stephanie Danler: “es un privilegio que el editor respete tu visión y tu trabajo”. 1
Fotografías cortesía de Editorial Malpaso

Entendiendo su fascinación por degustar, lo que más se destaca en esta primera novela, es esa manera de narrar, la multiplicidad de voces, de descripciones que se quedan clavadas en nuestra mente gracias a su valor poético y a las imágenes que evoca. “Cualquier persona puede conectar con Tess”, afirma Danler. La historia del personaje principal de Dulceagrio, puede ser la de cualquier chica que emigra de un pueblo a una ciudad buscando alcanzar sus metas y llevando a rastras una sensación de soledad. “La ciudad atrae a los huérfanos” comenta la escritora, y afirma que la travesía del personaje la convierte en huérfana, metafóricamente hablando, por el simple hecho de dejar familia y amigos, y aventurarse al nuevo espacio lleno de sueños y promesas que representa la gran metrópoli. Su experiencia como camarera lleva a la autora a afirmar que los restaurantes de Nueva York se convierten en un espacio de acogida para los trabajadores migrantes y, por tanto, sus compañeros de faena, en una familia.

Los próximos pasos de Stephanie Danler seguirán siendo los mismos que inició hace dos años: escribir nuevas historias y promocionar sus obras. Con picardía nos cuenta que ahora está preparando un libro de no ficción en la misma línea de sus columnas en Vogue o The Sewanee Review. Cuando algún periodista le pregunta si volvería al mundo de la restauración responde con “uno nunca sabe… yo podría volver”.

Lea Vélez: "Escribo para mi genealogía"

Anna Maria Iglesia

Foto: Asís Ayerbe

Después de El jardín de la memoria, la escritora y guionista publica Nuestra casa en el árbol (Destino), una novela, en gran parte, autobiográfica en torno a una madre y sus tres hijos, dos niños y una niña de altas capacidades intelectuales en una pequeña localidad inglesa, donde los cuatro se trasladan fallecer el padre. Vélez hace de la novela un canto a la infancia como un momento crucial de la vida de todo ser humano; un momento, nos dice Vélez, donde todo es posible, donde la felicidad debería ser plena y donde el aprendizaje es siempre diversión y descubrimiento, un juego motivador. Lea Vélez muestra la realidad de los niños con altas capacidades intelectuales, muestra su genialidad y, a la vez, la incomprensión a la que se enfrentan cada día. Crítica con el sistema educativo, Vélez defiende una educación basada en la motivación, en lo lúdico y en la libertad de expresarse a través de las propias pasiones.

¿Cuánto le debe Nuestra casa en el árbol a tu novela anterior, El jardín de la memoria, donde abordabas también temas autobiográficos?

Creo que siempre hay un plan, a veces puedes inconsciente y a veces consciente, a veces, incluso invisible al propio autor, pero creo que siempre hay un plan que unifica las obras. Además, en mi caso, busco que haya una coherencia entre todo lo que escribo trato de que todo tenga una conexión, aunque, al mismo tiempo, quiero que toda novela pueda funcionar en desconexión, es decir, autónomamente. En este caso concreto, quería que todo aquel que no haya leído El jardín de la memoria, pudiera leer y entender como un ente independiente Nuestra casa en el árbol. Al mismo tiempo, para aquel que sí ha leído El jardín de la memoria, me gustaba la idea de que esta novela fuera un guiño, porque los dos libros forman parte de algo que superior que las une. Me gusta la imagen de las matrioshkas y que cada novela sea una parte de algo que las engloba a todas.

En efecto, el narrado de la novela define la novela como una cartografía de ese yo llamado Lea Vélez.

Yo tengo la teoría de que haciendo la cartografía de Lea Vélez, a lo mejor, no sirvo al mundo, pero sí puedo servir a mi familia y a mi entorno. Pienso en lo que decía García Márquez: escribo para mis amigos. Yo escribo para mi genealogía, para mis hijos, para mis padres y para los que vendrán. Una cartografía que no fuese la mía me resultaría muy complicada, inabarcable, aunque estoy convencida de que, en cierta manera, la cartografía de uno mismo es la de todos: si narras los hechos más potentes de una vida estás narrando la vida de millones de personas. Al fin y al cabo, no somos tan distintos los unos de los otros.

Es verdad, pero al mismo tiempo en tu novela nos presentas a tus hijos, escondidos tras unos personajes de ficción, que destacan por su capacidad intelectual por encima de la media.

Sí, esto es cierto. La casualidad o la genética, que es otra forma de casualidad, han querido yo me haya encontrado con unos personajes de ficción en mi propia vida, unos personajes fabulosos. Como madre, esto no hay que decirlo, pero sí como autora, pues a poca percepción que tengas, te das cuenta de que tienes oro puro en las conversaciones con los niños y en sus enseñanzas. Los niños, no solo los míos, sino tantos otros como ellos, reflexionan sobre la vida, sobre cómo somos y nos comportamos, reflejan la realidad a través de sus palabras y nos la hacen ver. Son como una radiofrecuencia de lo que está en la televisión, en el ambiente… Al ser mis hijos de esta manera, me permitieron crear unos personajes muy parecidos a ellos, aunque con alguna diferencia. Por todo esto, quería llevar a la novela esa voz –la de mis hijos- que, como autora, me resultaba tan novedosa y, a la vez, tan universal, porque todos hemos sido niños y hemos vivido la infancia.

Lea Vélez: "escribo para mi genealogía"
Foto familiar cortesía de Lea Vélez.

¿La novela hubiera sido posible sin estos niños tan geniales?

Creo que no, aunque. seguramente, otros niños menos geniales me habrían dado también una mirada interesante, porque, como suele decirse, todos los niños son geniales. Y sí se dice esto, es por alguna razón, es porque los niños tienen una mirada distinta. De hecho, todos los padres, cuando escuchan a sus hijos, reciben una enseñanza y una visión del mundo y de la vida completamente distinta a la que ellos, como adultos, pueden tener. En este sentido, creo que cualquier otro niño me hubiera podido dar una visión novedosa y profunda de la vida.

¿Hay una voluntad dar visibilidad a los niños de altas capacidades que, como apuntas en la novela, suelen pasar inadvertidos solo al sistema educativo, sino también a su entorno?

Sí, claro, ten en cuenta de que se trata de niños invisibles. No son famosos por lo que dicen, porque no hablan por televisión, porque no escriben en la prensa ni escriben novelas, y, por tanto, su pensamiento se queda en casa. Al mismo tiempo, en el colegio, todos los niños, no solo los de altas capacidades, terminan por comportarse igual porque están en un contexto muy definido y si están dado una asignatura en concreto, no hay espacio para otras divagaciones. Por ello, estos niños y todos los demás son invisibles, solo que en el caso de los niños con altas capacidades la invisibilidad es más frecuente. Son niños que tienen una grandísima capacidad de reflexión y voracidad por saber, necesitan que se les responda a todas esas preguntas sobre las cuales ellos reflexionan; sin embargo, si no encuentran el espacio donde se les da aquello que necesitan saber y donde pueden reflexionar sobre los temas que les preocupa, están condenados a la invisibilidad y no encajas en el sistema. Por todas estas razones, con Nuestra casa en el árbol quise darles la voz que no suelen tener.

La protagonista decide regresar a Inglaterra para educar a sus hijos y tú misma has optado por una escuela inglesa para ellos ¿Qué hay de admirable en el sistema educativo inglés que no haya en el español?

La sociedad inglesa tiene algo que la sociedad española no tiene y si no lo tuviera no se fugarían tantos cerebros a Estados Unidos y a Inglaterra. Cuando empecé a conocer cómo es el sistema educativo británico, admitiendo que hay cosas que son un poco repetitivas, me di cuenta de que la memoria se utiliza muy poco, casi nada; se usa la reflexión y la creatividad, se busca no solo que los niños reescriban tantas veces una palabra, ni que solo escriban frases casi iguales, intentan que escriban textos, que creen. En todas las actividades hay un algo más a lo que se hace aquí. Por esto, probé el sistema británico para mis hijos, también porque son mitad ingleses y se encuentran muy cómodos en el mundo anglosajón; de hecho, durante mucho tiempo me pregunté qué era mejor, educarles aquí o en Inglaterra.

Lea Vélez: "escribo para mi genealogía" 1
Hamble, UK. | Foto cortesía de Lea Vélez.

Eres muy crítica con el sistema educativo, que no se preocupa por las exigencias de los niños en su individualidad, sino tiende a la homogeneización, resultando poco productiva.

Todos los niños, aquellos con altas capacidades más, están mental e intelectualmente muy por encima del nivel del aula, del nivel del temario, de lo que se enseña y de cómo se enseña, con lo cual están todos adormecidos, aburridos, conscientes de que les están dando alpiste, mientras en casa posiblemente tengan solomillo. Yo no quiero criticar a los profesores en general, evidentemente hay algunos terribles y otros que son maravillosos; el problema es que no tienen las herramientas para detectar y entender a los niños con altas capacidades, para darse cuenta de que porque un niño con altas capacidades sea malo en lengua no significa que sea más torpe de los demás o que no se esté enterando. El problema no es este: el problema es que el niño va mal en lengua porque no le interesa, porque sus intereses son otros. Lo que hay que hacer es buscar maneras de entender a estos niños y esta es la lucha que lleva a cabo la protagonista de la novela, una lucha que, evidentemente, es muy autobiográfica.

Como se dice en tu novela: “¿Quién es más inteligente, un niño que saca ceros en lengua y dieces en física o una niña que saca dieces en lengua y ceros en física? Quizá la niña es Virginia Woolf y el niño es Isaac Newton”.

Yo todavía estoy aprendiendo todo lo que rodea las altas capacidades en los niños y estoy aprendiendo, sobre todo, a ver los talentos específicos como un aspecto más de las altas capacidades. Por lo general, si un niño tiene por la literatura y por las palabras, sentirá, por ejemplo, un completo desinterés por todo lo relacionado con los números. Esto no significa que sea peor o mejor, el problema es que, a pesar de su interés, durante años deberá enfrentarse a unas asignaturas que no le interesan y que, además, se dan de manera que no le interesen. Al final, el niño destacará ya de mayor cuando pueda concentrarse verdaderamente en lo que le interesa y le gusta. Esto nos pasa a todos. Lo que sucede en el caso de los niños con grandes capacidades es que tienen altas motivaciones por eso que les gusta, tan altas que a veces llegan a ser obsesiva y todo lo demás lo odian. Tienen una forma casi instintiva de rechazo, es como si su cuerpo ya supiera a qué se van a dedicar, cuál es su objetivo.

Sin embargo, también podría decirse que este orden e, incluso, esta imposición de tareas o asignaturas que no gustan es una forma de aprendizaje para la vida adulta.

Por supuesto, el problema es que este aprendizaje no está bien enfocado. Si a mí de pequeña no me gustaban las matemáticas no es porque no fueran bellísimas, sino porque las matemáticas que me trataban de enseñar en el colegio era: 3×4, 4×4, 5×6…. Algo completamente repetitivo y así durante todos los años escolásticos. No era de extrañar que, llegada a segundo de BUP, las matemáticas para mí eran sinónimo de lo peor. El otro día, me contaba un amigo que da talleres de matemáticas que en sus talleres usan para la enseñanza un método completamente distinto, donde se hacen esquemas en 3D, donde los números se visualizan en todas las dimensiones a través de construcciones que los niños hacen… En definitiva, un método fabuloso que nada tiene que ver con coger la tabla de multiplicar y memorizarla. Y con esto no digo que no haya cosas que se deban memorizar, pero el método basado la memorización es terrible. Como niña sufres el sistema educativo y lo vuelves a sufrir como madre y te das cuenta de que no hemos avanzado nada. Evidentemente que hay estudiar matemáticas y lengua, aunque no te gusten, pero hay que aprender y estudiarlas de una manera que incorporen tu motivación.  Si desmotivas, no estás enseñando nada.

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“Me he planteado la educación, pero siempre me ha dado terror, porque no sabría cómo hacerlo.” | Foto: Asís Ayerbe.

Ha habido muchas teorías en torno a la idea del niño feliz, del niño crecido en libertad, pero también hay quien dice que el niño no debe crecer en un mundo ideal, sino que debe aprender que no siempre hará lo que le gusta, a que padecerá frustraciones y tendrá obligaciones.

Yo no estoy de acuerdo con esta idea de aprender a asumir frustraciones y obligaciones. La idea de que hay que aprender a apechugar con las frustraciones es una idea judeo-cristiana. Creo que no podemos borrar las frustraciones de nadie, ni las de los niños ni las de los adultos, pero tampoco creo que decir que hacer felices a los niños sea un acto de auto indulgencia y una forma de malcriarlos. Esto es lo que piensa la mayor parte de la sociedad, pero en cambio yo estoy convencida de que se puede educar en libertad y no malcriarlos, al contrario. Eso sí, educar en libertad no significa permitir al niño que haga lo que quiera. Evidentemente el niño necesita una guía, necesita la ayuda de los adultos para buscar sus motivaciones y la manera de estructurar sus motivaciones, pero existe la manera de que los niños sean felices en las escuelas y una de las maneras de conseguirlo es hacerlos trabajar desde la motivación.

En este sentido y a pesar de las críticas, sigues creyendo en la escuela.

Efectivamente y, de hecho, en mi novela la madre no los saca del colegio, pero sí pelea para compensar todo aquello que hace infelices a los niños con una serie de actividades lúdicas. Todo esto, evidentemente, solo se entiende si hablamos de niños pequeños, no de adolescentes. Hay que tener en cuenta que los niños pequeños no entienden el concepto de responsabilidad, no lo computan y no sirve de nada decirles que tienen que hacer algo por su bien o por su futuro, a ellos el futuro les queda muy lejos. Hay que hacer felices a los niños en las edades tempranas, pero los adultos, porque nos hemos olvidado de la infancia o porque no se enseña en las facultades de magisterio, tratamos de inculcarles la nuestra disciplina, la disciplina de un oficinista. Y esto con los niños no funciona. Evidentemente, con los años deberán ir incorporando una cierta disciplina y los adolescentes de bachillerato son otro mundo.

¿Alguna vez te has planteado la educación?

Es una cosa compleja. Yo me lo planteé, pero siempre me ha dado terror, porque no sabría cómo hacerlo. Me parecía un mundo demasiado complicado, aunque, al final, no lo es tanto y, de hecho, mucha más gente de la que creemos educa sus hijos en casa. Preferí optar por el sistema inglés, porque quiero que mis hijos se socialicen en el colegio, quiero que se acostumbren a la sociedad y, como decías antes tú, a un cierto grado de frustración. ¿Sí el colegio durase cuatro horas y no ocho sería mejor? Para mí, sin duda, porque con tantas horas se ha diluido mucho la enseñanza esencial y no me refiero a leer a escribir, sino a aquello que les va a servir siempre, más allá de las asignaturas. Este aprendizaje está diluido y los niños no entienden exactamente por qué están en el colegio y qué aprenden allí; el colegio, al final, es un conjunto de estratos muy débiles de pintura que se resquiebran durante el verano.

Sin embargo, para reducir las horas escolares hay que reorganizar el horario laboral de los padres.

Sin duda. Hay una cosa clara: en el momento en que se cambia algo de una manera radical, toda la sociedad se tiene que reestructurar. Si estamos de acuerdo de que los niños están siendo torturados ocho horas cada día fuera de sus casas -evidentemente nadie lo dirá-, entonces hay que cambiar el horario.  Cuando se está cometiendo un crimen hay que pararlo, aunque la sociedad se esté beneficiando de ello. Además, incluso con el horario que tenemos, sin ninguna reducción, son muchos los padres que se sacrifican para poder estar con ellos. ¿Cuántas madres reducen su jornada de trabajo para poder estar con ellos? Los niños salen a las 17:30, cuando todavía los padres trabajan, pues en muchos casos no salen hasta las 20:00. Hay que dejarse de las estupideces: el horario del niño debe coincidir con el horario del padre. Y así mejoramos también la vida de las personas, porque lo que tenemos en España son horarios inmundos que no tiene nadie en Europa. En España somos así de estupendos.

Lea Vélez: "escribo para mi genealogía" 2
Portada de Nuestra casa en el árbol | Editorial Destino.

En la novela planteas el juego como una forma de aprendizaje

Por supuesto. Los adultos jugamos todo el rato. El arte, la literatura, el trabajo remunerado pero hecho con gusto es una forma de juego. Yo veo el juego como una forma de perpetuar la especie, de adquirir los roles de los adultos, de aprender todo tipo de cosas…el apasionarse por una serie o una película y reinterpretar a los personajes es una manera de desarrollar una creatividad literaria, es una forma de crear historias.

Los dos niños protagonistas son tus dos hijos, Richard y Michael, pero decides incorporar una tercera voz, la de una niña, ¿por qué?

Primero, porque quería incorporar la voz de una niña que también es muy inteligente y tiene los mismos deseos que cualquier niño y de cualquier hombre. Hay que tener en cuenta que las niñas de altas capacidades son, incluso, más invisibles que los niños, porque las rodea el machismo inconsciente que llevamos todos dentro y por el cual todavía hoy cuesta pensar a las mujeres teniendo espíritu científico e imaginarlas como científicas a la par que a los hombres. El segundo motivo es que quería incorporar aquello que decía mi hijo Richard cuando era muy pequeño y no lo podía hacer si no era a través de un tercer personaje de esa edad. Y, por último, porque yo recuerdo muy bien mi infancia e incorporar esa voz era una manera de añadir mi visión del mundo desde los recuerdos de mi infancia.

La voz de la niña y la voz de la madre comparte una reivindicación de la capacidad de la mujer, una capacidad que se plasma en la casa en el árbol que la madre construye para sus hijos.

Todavía hoy la mujer es muy insegura. A lo mejor vuestra generación, que es más joven, tenéis más seguridad en vosotras mismas, puesto que el caldo de cultivo social en el que os habéis educado era más igualitario, habéis crecido viendo a más mujeres en roles de poder o en el campo científico y, por tanto, tenéis un mayor sentimiento de “yo puedo y soy igual que un hombre”. Sin embargo, mi generación estaba bastante atrás en todas estas cosas. Si bien yo he sido educada para no depender de un hombre y nunca he dependido de ninguno, irremediablemente al perder a mi marido, me di cuenta de la cantidad de cosas “de hombre” que él hacía y que le había cedido porque yo hacía cosas más “de mujer”. Con esto no digo que yo limpiaba la casa y él se ocupaba solo de los arreglos domésticos, pero sí que había una separación de faenas que respondía en parte a la visión clásica de los roles. Cuando me quedé sin él, me di cuenta de que tenía que hacer una serie de cosas sola y descubrí que el adquirir ese otro rol y el realizar todas aquellas otras actividades me da una sensación de libertad absoluta. Me di cuenta, entonces, de que dependía mucho de él, más de lo que sospechaba.

¿Entre esos roles que te toca asumir está el de padre?

Sí, también. Consciente o inconscientemente quieres compensar a los hijos por la pérdida de la figura paterna.  No les llevo al fútbol, pero sí les aproximo a lo que yo considero que son retos personales y que yo puedo asumir; por ejemplo, construir la casa en el árbol.

La casa en el árbol representa un mundo bucólico, ¿un desiderátum, una arcadia que en verdad no existe?

Un ideal, sí, un mundo inexistente. La literatura, para mí, funciona en dos niveles que se complementan: el primer nivel es aquel del relato de los hechos que te han sucedido y que quieres plasmar en las novelas como forma de memoria y el segundo nivel es el de la literatura como ex voto, como deseo lanzado o mapa imaginario de un lugar al que ir. Creo que estos dos niveles funcionan en todo tipo de arte; habrá otros niveles, porque el arte es muy complejo, pero estos dos son los que yo tengo identificados y en ellos enmarco mi narrativa.

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