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David Becerra, contra la ideologización del canon

Anna Maria Iglesia

Foto: David Becerra
David Becerra

Tras La novela de la no-ideología y La guerra Civil como moda literaria, David Becerra publica ahora El realismo social en España. Historia de un olvido (Quodelibet). Si bien es cierto que el objeto central de su último trabajo es la reivindicación literaria y política del realismo socialista, Becerra prosigue con las indagaciones en torno a la conformación del canon literario español, subrayando la idea de que el concepto de “calidad literaria” no ha sido –no es- más que una excusa para “olvidar” obras literarias que ponían en entredicho el relato –el mito- de la Transición. El olvido de autores como López Salinas o López Pacheco responde a la misma lógica que se impone cuando la Guerra Civil se convierte en una moda literaria: eliminar cualquier elemento que ponga en entredicho el relato de consenso confeccionado en la Transición.

A priori, tu ensayo es una reivindicación del realismo social y de sus autores. Sin embargo, ¿podríamos decir que la idea última es una crítica a la construcción del canon literario español a partir de un uso ideológico del término “calidad literaria?

Exacto. Cuando se estudian unas obras literarias que han sido borradas o expulsadas del canon, que hemos dejado de leer y que hemos olvidado, en cierta manera estamos obligados a hacer también una crítica al modo en que se ha configurado ese mismo canon literario que las ha expulsado. Un canon no es una construcción inocente en el que únicamente participan argumentos estrictamente literarios; es también una construcción ideológica. Las obras que se incorporan a la tradición literaria son aquellas que en cierto modo legitiman el orden actual de las cosas. Por esta razón, aquellas obras que podrían contradecir, o al menos poner en cuestión, el relato que a la sociedad española se le ha impuesto desde arriba, dejan de leerse. Porque son obras que perturban, molestan, disienten. Claro que para que un discurso ideológico sea eficaz no puede evidenciar nunca su ideología de forma explícita, y allí entra el juego la tan cacareada “calidad literaria”: se nos dijo que no convenía leer estas novelas porque eran torpes, ramplonas, estaban mal escritas, que en ellas lo “literario” se sacrificaba a favor de lo político, etc. Y finalmente nos convencieron de que no valía la pena dedicar nuestro tiempo a leerlas, no porque fueran novelas políticas sino porque eran malas novelas.

Sin embargo, ¿no era así?

Basta leerlas para comprobar que no son en absoluto malas novelas, incluso si las evaluamos según los códigos y los esquemas de análisis de los productores del gusto. Pero, independientemente de esto, desde el punto de vista del historiador de la literatura, son novelas que conviene leer y estudiar, ya que nos hablan de un periodo histórico fundamental del siglo xx español, y no tenerlas en cuenta supondría renunciar a extraer una visión de conjunto de lo que es la historia –y la historia literaria—de la España del siglo xx. Un historiador no debe estudiar solo lo que obedece a su gusto, debe estudiar todo aquello que resulte significativo para una mejor comprensión de la historia y de la historia literaria. Y estas novelas, aunque pretendan negarlo, sin duda lo son. Por eso es fundamental rescatar y leer estas novelas.

¿El relato de la Transición fue el fin último de la construcción de un canon literario que necesitaba “olvidar” el realismo social para poder construir un relato de la Transición sin fisuras?

El relato, o el mito, de la Transición se construye de la siguiente manera: dos grandes hombres con grandes gestos deciden traer la democracia a España. Pero las cosas no fueron exactamente así. La democracia no fue una concesión, sino una conquista de hombres y mujeres que, durante muchos años, lucharon oponiéndose a la dictadura franquista. Esos hombres y mujeres que no salen en el relato oficial sí aparecen, con gran protagonismo, en las novelas del realismo social de los años cincuenta y sesenta.

David Becerra, contra la ideologización del canon
Portada de “El realismo social en España” editado por Quodelibet

Es decir, el realismo social da voz a la silenciados por el relato oficial.

En estas novelas vemos cómo las clases subalternas de la sociedad española poco a poco van elevando su conciencia, empiezan a organizarse y a luchar contra una sociedad injusta. En las luchas que emprenden los personajes de estas novelas está el germen de lo que será la lucha antifranquista de los años sesenta y setenta, la lucha que modificará la correlación de fuerzas y que obligará a las élites franquistas a acostarse franquistas y a despertarse demócratas para sobrevivir en los nuevos tiempos. Pero esas élites no trajeron la democracia, la democracia se conquistó luchando en la calle. Y eso es lo que queda fuera del relato de la transición. Estas novelas nos recuerdan quiénes son los que lucharon, por eso, molestan y ha sido mejor olvidarlas.

En tu ensayo sostienes que estas novelas muestran “las huellas de revolución y ruptura que situarían al régimen en una desfavorable correlación de fuerzas” ¿Esta correlación de fuerzas tiene su origen en el desarrollismo económico?

La incorporación de la España de Franco al bloque capitalista pasa por la aceptación de las recetas económicas FMI y OCDE, es decir, reducción de gasto público, privatizaciones, liberalización del mercado, etc. Son los años en los que el franquismo sale de la autarquía de posguerra para desarrollar una economía capitalista. España empieza a crecer, a desarrollarse, pero como nos recuerdan una vez más estas novelas –y La mina es un ejemplo muy claro– este crecimiento se debe fundamentalmente a la explotación laboral, los bajos salarios, la falta de inversión en seguridad, etc. Pero, del mismo modo, los excedentes que genera esta economía les van a permitir a los trabajadores aumentar su poder adquisitivo y empezar a formar parte de la sociedad de consumo. Hay una frase del ministro de Vivienda de Franco que es muy significativa: convertir a los proletarios en propietarios. Los proletarios se convierten en propietarios y poco a poco empiezan a formar parte de la llamada clase media. Podríamos pensar, como de hecho se piensa, que por medio del consumo el capital domestica a una clase trabajadora que a medida que ve aumentar su poder adquisitivo y se adentra en la sociedad de consumo empieza a olvidar sus reivindicaciones de clase.

¿Una especie de alienación?

Aunque en realidad el argumento funciona, no fue exactamente así, ya que esto supondría otorgarle demasiada inteligencia estratégica al capital. Creo que el aumento del poder adquisitivo de la clase obrera tampoco es un regalo, sino el resultado de sus luchas.  

Dice Bértolo que el “certificado de homologación” recae solamente en aquellas obras que tienen como “espacio narrativo la alienación existencial de las clases medias” ¿Podemos afirmar que el realismo social ejerció y, en parte, ejerce como relato contra-hegemónico?

Sin duda. Y en las palabras de Constantino Bértolo que citas creo que está ya la respuesta. Pero vamos a ponerle nombre: Tiempo de silencio, por ejemplo, que es una novela muy interesante y nos ofrece una riquísima radiografía de la sociedad española de la época, ha recibido ese “certificado de homologación” precisamente porque habla de la alienación existencial de las clases medias, no de cómo la explotación laboral de la clase obrera –que en ocasiones acaba con la muerte– es la que permite el desarrollo de las fuerzas capitalistas en España.  

Hablamos de realismo social, pero en verdad tú terminas reivindicando el realismo socialista. ¿Todavía hoy, como diría García Hortelano, hay pudor en hablar de realismo socialista y a qué se debe?

En un momento del ensayo siento la necesidad de establecer una distinción entre realismo social y realismo socialista para poner un poco de luz en la confusión terminológica que existe en este campo de estudio. Porque normalmente, y bajo la etiqueta de “realismo social”, se encuentran novelas que no tienen nada que ver unas con otras. La diferencia entre realismo social y el socialista es su intención “implicativa”: si el realismo social indaga la realidad que describe para explicar, de manera sociológica, cómo las condiciones sociales determinan la conducta de los seres humanos, el realismo socialista describe la realidad con la intención de transformarla políticamente. Sin embargo, seguimos hablando de “realismo social”. No sé si, como decía Hortelano, se trata de pudor, pero de lo sí que se trata, seguro, es de política.  La ideología literaria dominante, que concibe la literatura como un discurso autónomo que no interviene en lo político y en lo social, desplaza de la esfera pública discursiva cualquier proyecto literario que tenga, entre sus pretensiones, la construcción de una sociedad más justa e igualitaria, una sociedad sin explotación. Por eso siguen existiendo, todavía hoy, tantas reticencias a llamar a las cosas por su nombre.

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Portada de “La mina” de Armando López Salinas | Imagen vía Akal Literaria

En su crítica de La Mina, Belén Gopegui desarma la crítica literaria. ¿La afirmación de que lo político se imponía a lo literario era, por tanto, una excusa, una “ignorancia interesada” en vistas a crear un conveniente sistema literario?

El análisis de Belén Gopegui, que incorporo a mi libro, es muy interesante, ya que en él se muestra la doble vara de medir que utiliza la crítica cuando desprecia una novela como La mina. Si el protagonista de La mina, dice Gopegui, hubiera sido «escritor o piloto de avión, pianista, detective, profesor de universidad, y si su trayectoria hubiera estado descrita con los exactos recursos literarios que encontramos en La mina, La mina sería ahora una gran novela». Por lo tanto, sí, comparto plenamente el diagnóstico de Bértolo cuando habla de “ignorancia interesada”: nos hicieron creer, como decía al principio, que eran novelas que estaban mal escritas y por eso dejamos de leerlas, que por su proyecto político estas novelas maltrataron el estilo y el lenguaje, y que por lo tanto eran poco literarias. No convenía leerlas, y nos convencieron. Todos estos años de olvido demuestran que nos terminaron convenciendo. Por eso es tan importante volver a leerlas y a estudiarlas.  

¿Crees que este sistema literario, conformado y asentado durante la Transición, gracias en parte a la prensa escrita, empieza hoy a desquebrajarse?

Creo que sí. Y lo creo por dos motivos: el primero es porque en los últimos años, y coincidiendo con la crisis del régimen del 78, se han empezado a cuestionar también a los intelectuales orgánicos del régimen del 78. Libros como La desfachatez intelectual de Ignacio Sánchez Cuenca, La nación singular de Luisa Elena Delgado o El cura y los mandarines de Gregorio Morán, pero también las críticas que han recibido autores como Javier Cercas, Antonio Muñoz Molina, Javier Marías o Arturo Pérez-Reverte –que ellos han leído como si de una crítica personal se tratara–, demuestra que todo un sistema de ideas y de valores se está desquebrajando. Eso es, en parte, una crisis de régimen: la ruptura de un consenso, que no es solo político sino también –y, sobre todo– cultural.

¿El segundo motivo?

El segundo motivo acaso se encuentre en la búsqueda de nuevos referentes justo cuando los viejos referentes empiezan a ser cuestionados. Es muy interesante observar cómo, en estos años de crisis de régimen, la sociedad española ha empezado a leer de otra manera su tradición literaria y ha empezado a buscar y a rescatar obras que habían sido olvidadas. Un ejemplo claro acaso se encuentre en Tea rooms de Luisa Carnés, una novela de los años treinta que nunca se había publicado en democracia, y que ha publicado recientemente Hoja de Lata, y que lleva ya, si no he perdido la cuenta, cinco ediciones. La sociedad española necesita conocer su pasado y también desenterrar a los autores y autoras que hemos olvidado. Queremos conocer otro relato de nuestra historia, porque ya no nos creemos más la historia que nos contaron. Con El realismo social. Historia de un olvido, como previamente hice con mi edición crítica de La mina de Armando López Salinas, quiero contribuir al rescate de una literatura olvidada, a la construcción de una historia distinta.

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Portada de Tea Rooms de Luisa Carnés | Imagen vía Hoja de Lata

En otros textos tuyos te has mostrado muy crítico hacia la representación literaria que, en parte, todavía se hace de la Guerra Civil y la Transición.

No quería decirlo, pero sí, yo también he intentado poner mi granito de arena en esa ruptura del consenso cultural. Mis ensayos La novela de la no-ideología (Tierradenadie, 2013) y La Guerra Civil como moda literaria (Clave Intelectual, 2015) iban en esta dirección. Los dos ensayos tienen en común la crítica radical a la narrativa y la ideología literaria dominante en España de las últimas décadas. Es decir, una literatura donde lo político y lo social desaparece, se borra, se desplaza a favor de una lectura de los conflictos en clave individualista, psicologista o moral; en estas novelas todo el conflicto se encuentra en el yo, en el interior del individuo, la verdad nunca está ahí fuera. Según estas novelas, lo que nos pasa nunca tiene una causa política, por lo tanto, para resolver lo que nos pasa no es necesario hacerlo políticamente, sino individualmente. No hay que luchar contra el sistema para resolver el conflicto, hay que luchar contra nosotros mismos, adaptarnos a las circunstancias, como dicta la lógica neoliberal.

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La última batalla del Gabo

Carlos Mayoral

Foto: Rogelio A. Galaviz C.
Flickr bajo Licencia Creative Commons

El Gabo dijo adiós un abril hace ahora cuatro años. Había muerto haciendo con la batalla lo que hacía el coronel de su obra: presentarla, que es mucho más importante que haberla ganado. García Márquez no coincide con Aureliano en eso de promover treinta y dos levantamientos y perderlos todos. Sabía muy bien que hay algo de paradoja en ese juego: la primera victoria consiste en haberlo intentado. El Gabo peleó, como ese mismo coronel que llevaba quince años esperando la carta con la pensión de veterano de guerra, silenciosamente, consciente de que serían los idealismos de una tierra y no el hambre asociado a ella los encargados de juzgar al hombre latinoamericano. No dejó de intentarlo el de Aracataca, presentó esa batalla en un mundo de las letras anquilosado, decimonónico y que desde el punto de vista hispánico se deshacía: olvidado a un lado del océano, ahogado bajo las aguas turbias de la dictadura al otro.

¿Y cómo peleó contra él? Hasta la llegada del colombiano, los pocos puentes establecidos entre Europa y Sudamérica, véanse los Rubén Darío o los César Vallejo, adoptaban el talento iberoamericano bajo el aspecto ajado con maquillaje gris y tacones de aguja de la vieja Europa. Dicho de otro modo, hasta su llegada, el escritor hispanohablante no podía ser conocido sin el rigor formal europeo. El Gabo cambia las normas. Con un estilo heredado de maestros como Carpentier u Onetti, decide que la literatura hispanoamericana colocará el corazón allí, en el centro del continente que más magia y más hechizo desprende de todo el globo. Llamen a ese corazón Macondo, Comala, Xurandó, Leoncio Prado o Santa María, me importa un carajo. Lo realmente sustancial es que de una vez por todas el párrafo o la estrofa habita allí, en el único lugar donde un coronel, por volver al principio del texto, puede ser derrotado en treinta dos levantamientos y pasar por el gran héroe que todos quisimos ser. Aparece un nuevo léxico, un nuevo escalón gramatical. Aparecen nuevos escenarios, nuevas personalidades. Aparece una nueva forma de entender la realidad. Todo desemboca en un estallido de cuya onomatopeya surgió la etiqueta del grupo literario más talentoso del siglo XX. Es el legado del Gabo más allá de la batalla, lo que quedará cuando el ruido y el polvo hayan desaparecido.

Libró su última batalla contra la memoria. Y ganó, claro. Había dejado en las nuestras, por suerte, la sensación constante de que hay un tipo de narración que permite una sorpresa en el siguiente renglón, que encuentra magia en lo cotidiano. Durante su última batalla demostró que su pluma sobreviviría al olvido y a la soledad. Es decir, permitan que acabe este texto como lo empecé, quiero decir, con una paradoja: Gabriel García Márquez sabía muy bien que hay olvidos que permanecen en la memoria. Millones de lectores siguen olvidándole hojeando sus páginas cada día. Ese hojeo seguirá vivo. Pasen cuatro o, como ocurrió con aquellas estirpes condenadas, cien años más de sufrimiento.

Continúa leyendo: César Vallejo murió en París con aguacero

César Vallejo murió en París con aguacero

Jorge Raya Pons

Foto: Wikimedia

Hay un monumento en Perú a la memoria de César Vallejo (1892-1938) que está viejo y dañado, torturado por el tiempo tras más de medio siglo expuesto a la calle y las aves de ciudad; en alguna época, cuentan los cronistas limeños, la obra sirvió de letrina para vagabundos y de superficie para grafiteros. La estatua de acero que creó el artista vasco Jorge Oteiza subsiste como puede a pocos metros de una iglesia en Lima; igual lo hace el trabajo que Vallejo dejó en herencia: especialmente su poesía y sus ensayos, también sus relatos en prosa. Algunos de ellos todavía resisten con dignidad frente a la erosión inevitable del tiempo.

Es cierto que muchas historias gigantes nacen de lugares pequeños. A César Vallejo, cuando nació en la pequeña población minera y rural de Santiago de Chuco, nadie le prometió un futuro memorable. Más allá de sus cualidades, había enormes fronteras que tendría que atravesar. El hecho de sobresalir en una familia con 11 hijos ya parece, en sí mismo, un reto a tener en cuenta. Con todo, llegó a comenzar las carreras universitarias de Letras y Medicina, en años distintos, y en ambos casos tuvo que abandonarlas por las estrecheces económicas que padecía.

Dicen sus biógrafos que era un joven romántico y que se enamoró perdidamente de una muchacha igualmente pobre, a quien convirtió en su primera musa. Es una historia de amor muy triste. Durante un año, María Rosa y César tuvieron encuentros pasionales e intensos; él supo moldearlos en sus poemas y a través de ellos podemos reconstruir su tragedia. Un día María Rosa desapareció y César cayó en depresión. Algún tiempo más tarde recibió la noticia de su muerte. María Rosa se fue de la ciudad muy enferma para proteger a César de la tristeza; no quería que el último recuerdo de su amor fuera la versión debilitada y sin aliento en que se había transformado su cuerpo. A ella le escribió aquellos versos de Los dados eternos:

Dios mío, estoy llorando el ser que vivo;/
me pesa haber tomádote tu pan;/
pero este pobre barro pensativo/
no es costra fermentada en tu costado:/
¡tú no tienes Marías que se van!

A los 23 años se trasladó a Lima y allí tuvo los primeros contactos con la intelectualidad local del momento; aquella estancia fue breve, pues la muerte de su madre le condujo a un estado permanente de nostalgia y decidió regresar a su pequeño pueblo para estar nuevamente cerca de sus hermanos. En Santiago de Chuco continuó escribiendo, se interesó por los movimientos sindicales y su compromiso le costó un periodo en prisión. Cuando se mudó en 1923 a Europa, comprendió que aquello era un viaje definitivo; César Vallejo nunca regresó a Perú.

Vivió en París y Madrid, lidiando en los primeros años con penurias, casi en la mendicidad, y subsistió gracias a sus colaboraciones con revistas de un país y otro, además de con algunas traducciones para editoriales. Conoció a gigantes de su tiempo, como Neruda y Tzara, y viajó tanto como pudo, incluso a lugares tan lejanos como Rusia, por la que sentía una devoción genuina tras el triunfo de la Revolución marxista. Algunos de sus versos más políticos nacieron de esa inquietud que fue alimentando en una Europa de entreguerras y el libro Rusia en 1931, compuesto de crónicas y pensamientos derivados de su viaje, le concedió un reconocimiento intelectual y un prestigio perenne.

Han pasado 80 años desde la muerte de César Vallejo, aquel 15 de abril que no era ni otoño ni jueves, y le recordamos como un poeta inmenso, como un prosista a la altura. ¿Quién podría olvidar, una vez leídos, la inteligencia y voracidad de su novela El tugsteno o la tristeza de aquel viejo cuento amargo que llamó Paco Yunque? La obra completa de César Vallejo viaja más allá de su propia vida. ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀ Descubre más sobre el gran poeta peruano en Further, nuestro espacio de literatura e ideas. The Objective: el mundo en foco. Link en bio. ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀ #Libros #CésarVallejo #poesía #Perú #PacoYunque #poeta #Literatura #Further #TheObjective #ElMundoEnFoco

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Varios años después, en 1938, cuando trabajaba como profesor universitario de Literatura en París, enfermó gravemente y las causas, en un inicio, eran desconocidas para los doctores. Su muerte llegó fulminantemente en un periodo de plenitud, un viernes lluvioso en París, y no se supo hasta más adelante que se debió a la malaria, una enfermedad debilitante. Muchos estudiosos de su obra comentan a modo de curiosidad que aquella muerte, de alguna manera, ya la predijo Vallejo en uno de sus poemas más conocidos, Piedra negra sobre una piedra blanca, que publicó en 1931.

Me moriré en París con aguacero,/
un día del cual tengo ya el recuerdo./
Me moriré en París -y no me corro-/
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso/
estos versos, los húmeros me he puesto/
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,/
con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban/
todos sin que él les haga nada;/
le daban duro con un palo y duro/
también con una soga; son testigos/
los días jueves y los huesos húmeros,/
la soledad, la lluvia, los caminos…

Han pasado 80 años desde su muerte, aquel 15 de abril que no era ni otoño ni jueves, y le recordamos como un poeta inmenso, como un prosista a la altura. ¿Quién podría olvidar, una vez leídos, la inteligencia y voracidad de su novela El tungsteno o la tristeza de aquel viejo cuento amargo que llamó Paco Yunque? La obra completa de César Vallejo viaja más allá de su propia vida.

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Clara Usón: "El absurdo de la vida es lo que te da libertad"

Anna Maria Iglesia

“Mira qué cosa tan interesante -escribió Virginia Woolf a su amante Vita Sackville-West-. De repente me he encontrado pensando en la muerte con una intensa curiosidad”. Las palabras de la escritora inglesa resumen, en gran parte, El asesino tímido (Seix Barral), la nueva novela de Clara Usón. La escritora barcelonesa narra la historia de Sandra Mozarowski, la joven actriz del destape, fallecida entre interrogantes con 19 años y de la que se dice mantuvo una relación con el rey Juan Carlos I. A través de la historia de Sandra, Usón narra también la suya: la de una joven que, como sus compañeros de generación, fue adolescente en la Transición y buscó la libertad, transgredir lo prohibido. Para muchos, las drogas se convirtieron en un refugio, muchos murieron de la mano de la heroína. Usón narra la historia de su caída, de sus días en el hospital, unos días que se parecieron mucho a los que pasó Sandra en coma antes de fallecer.

Aparentemente El asesino tímido es una novela sobre Sandra Mozarowski, pero en realidad es una novela sobre Clara Usón.

Es una constante en mis novelas, al menos en las últimas: contar a la vez varias cosas que pueden parecer disímiles, pero cuyos puntos de contacto acaban apareciendo a lo largo de la narración. En este caso, quería contar mi historia, pero, puede que, por pudor, decidí contarla a través de la historia de Sandra Mozarowski, porque creía que entre su historia y la mía había puntos de unión.

Podríamos decir que Sandra Mozarowski y tú os reflejáis la una en la otra.

Sí, somos opuestas en muchas cosas, pero tenemos también muchas cosas en común, empezando por el hecho de que pertenecemos a una misma generación.

De hecho, El asesino tímido es también sobre una generación de jóvenes que “estábamos convencidos de que nuestras vidas serían mejores, más prósperas, más libres que la de nuestros padres”

Hay también esto que comentas, aunque no es una novela generacional. Puede que sea por la edad, pero hay varios autores de mi misma edad que están echando la vista atrás. Durante la infancia, la juventud y la primera madurez una mira siempre hacia adelante, pero se llega a un punto en el que te das cuenta de que ya tienes mucha vida a tus espaldas y es entonces cuando comienzas a mirar hacia atrás, a recapitular y a pensar sobre lo que ha sido tu vida. Como apuntas, yo pertenecí a la generación que estrenó la transición y pertenecí a la generación del hedonismo puro. La generación anterior a la mía era la que hizo la lucha política, mientras que la nuestra se encontró con que ya había democracia y, por tanto, era la hora de divertirse.

Como apunta en la novela, la diversión llegó a ser peligrosa.

Lo fue. Mi generación es una generación con muchos muertos. Es la generación de la heroína. Nosotros estrenamos la Transición, pensando que, verdaderamente, habíamos pasado página: que habíamos dejado atrás la dictadura, sus maneras de hacer y la España rancia, carca y clerical y que nos habíamos convertido finalmente en europeos. Con los años, hemos visto que, en realidad, la Transición tuvo algo de camelo o, mejor dicho, que la Transición se quedó en transición, algo muy típico en España, donde vemos edificios y obras provisionales que se eternizan, donde la provisionalidad se convierte en algo crónico. Ahora estamos en un momento de desengaño con respecto a la Transición e, inevitablemente, nos preguntamos qué supuso realmente si hoy siguen mandando los que mandaban con Franco.

De Sandra Mozarowski se dijo y así usted lo refiere en el libro que había tenido una relación con el hoy Rey emérito. Como apuntaba el otro día Benjamín Prado, ¿hubiera sido posible hablar y escribir una novela así hace 20 años?

No sé ni tan siquiera si se puede hablar hoy, porque ahora mismo el delito de injuria está más presente que nunca. Ahora están metiendo a raperos en la cárcel sin más. Lo que sucede es que hemos perdido el pudor; antes había esa especie de pacto entre todos a partir del cual era mejor no tocar nada ni hablar de determinados asuntos por miedo a que todo se viniera abajo. Durante años, hacia el Rey hemos tenido la misma actitud reverencial que teníamos hacia Franco; el Rey se convirtió en el nuevo Franco. Durante el franquismo, no se podía hablar de Franco, pero durante la Transición se formuló ese pacto tácito según el cual al Rey había que tratarlo con cierta reverencia, había de dar de él una imagen impecable, ante todo, porque se consideraba que estaba por encima del bien y del mal. Se nos dijo que era necesario idealizar la monarquía porque era necesario para el país. Al final, se trata del miedo de siempre: no vamos a tocar al Rey, no vamos a tocar a la Iglesia, no vamos a tocar a los militares no vaya a ser que. Este miedo es el que han utilizado los partidos políticos para evitar hablar de la Guerra Civil, de los muertos, de los militares. Ahora estamos hablando del Rey, pero sigue siendo algo peligroso.

¿Medió las palabras al escribir esta novela?

Como antigua abogada que soy y por respeto yo no puedo afirmar, ni con respecto al Rey ni con respecto a ninguna otra persona, hechos que no estén comprobados. Yo en la novela no afirmo nada que no esté escrito en las biografías del Rey y, en cuanto a los posibles rumores que lo involucran con Sandra Mozarowski, me limitó a citar dónde apareció esta información -webs, libros, revistas-, pero yo no puedo dar por ciertos estos rumores. Yo no tengo ninguna certidumbre, es un rumor. A mi no me consta que el Rey fuera amante de Sandra y no lo voy a afirmar por mucho que esto me diera titulares. Y no lo afirmo no por una cuestión de temor, sino por honestidad.

Sandra Mozarowski, una jovencísima actriz del destape, ¿terminó convirtiéndose en un juguete roto?

Sí, muchos así lo dijeron. La mejor novela del destape es Daniela Astor y la caja negra de Marta Sanz, que hace un falso documental sobre una galería de personajes que acabaron todos fatal. Como tú dices, eran como objetos de usar y tirar. En aquella época se hablaba mucho de la mujer objeto y, retrospectivamente, llama mucho la atención que decidiéramos que la libertad significaba mostrar pechos de mujeres jóvenes y guapas, los hombres no enseñaban nada. La libertad fue cosificar a la mujer y hoy seguimos igual: pensamos que la libertad es que las mujeres se exhiban y, por tanto, que se muestre la parte puramente física de la mujer. En aquella época, pasamos de tener que ir con rebequita a la iglesia a despechugarnos, yo la primera. De alguna manera, asimilamos que el mostrar nuestro cuerpo era signo de libertad.

Clara Usón: "el absurdo de la vida es lo que te da libertad"
Clara Usón. Foto cortesía de Seix Barral.

Al fin y al cabo, la libertad era transgredir todo lo prohibido hasta entonces.

Inevitablemente. Esto sucede en todas las dictaduras. Aquí, por ejemplo, la iglesia católica nos venía impuesta, así que lo primero que reivindicamos fue el ateísmo, el divorcio, el aborto. En los países comunistas, lo primero que reivindicaron, sin embargo, fue la religión. Tú no sabes lo que era eso, durante muchos años, los españoles vivimos acomplejados por vivir en una dictadura, por vivir en un país atrasado, por no ser verdaderamente europeos. Todo llegaba 10 años después y censurado. Piensa en la película Mogambo, para que no nos escandalizáramos con el hecho de que el personaje de Ava Gardner era adúltera, hicieron algo mucho peor: hicieron ver que su amante era su hermano. Todas las películas tenían cortes, los libros se compraban en Francia… Recuerdo el haber ido a Inglaterra con 15 años y sentir apuro por decir que era española, porque te miraban por encima del hombro. En el ’68, las drogas llegaron solo para unos pocos así que mi generación fue la que a finales de los ’70 nos zambullimos en la piscina de las drogas sin ningún miedo y sin ninguna consciencia de que aquello podía ser dañino.

¿La toma de conciencia de lo que suponía zambullirse en aquella piscina de drogas tardó en llegar?

Llegó con las muertes por sobredosis o con los palos de los yonquis, que se convirtieron en el enemigo número uno. No había familia que no tuviera su yonqui, ni gente que no tuviera amigos que no hubieran muerto por sobredosis. Era una fatalidad y fue solo entonces cuando comenzamos a tomar conciencia que el consumo de drogas era peligroso. Éramos unos inocentes, unos nuevos ricos de libertad que queríamos hacer todo aquello que había sido prohibido y, por tanto, romper radicalmente con la generación anterior.

De ahí el sentimiento de culpa hacia su madre, figura clave en la novela. 

Juzgamos a nuestros padres de forma radical, porque representaban todo aquello que nosotros queríamos dejar atrás y ellos no nos entendían. Mi madre fue una víctima de su época. La República fue un periodo de apertura, sobre todo para las mujeres, y con Franco todo se vino abajo. Mi madre, que era una niña con la Guerra Civil, no conoció nada más que el franquismo; ahora hablamos de Arabia Saudí, pero en España, hasta el 75, la mujer no podía comprarse un piso, no podía abrirse una cuenta corriente… La mujer era una esclava del marido o del padre. Mi madre, por tanto, no tuvo otra salida que ser ama de casa. Había mujeres que lo aceptaban tranquilamente, pero mi madre hubiera podido hacer mil otras cosas, pero su tiempo la obligó a ser madre de familia. Solo ahora comprendo que parte de la amargura y del resentimiento que arrastró toda su vida tiene que ver con esto.

En el libro se plantea la distancia que separa las distintas generaciones, la suya y la de su madre, pero, seguramente, también la suya y la de los jóvenes de hoy.

Sin duda. Uno da por hecho que siempre hay un salto generacional y lo hay, solo que lo curioso es que, si pienso en mi generación, nosotros queríamos romper con todo y ahora, sorprendentemente, hay muchos jóvenes conservadores. Antes no nos preocupábamos demasiado, pensábamos que el futuro iba a ser mejor; estudiábamos lo que queríamos sin preocuparnos por el trabajo, porque sabíamos que lo íbamos a encontrar. Ahora para los jóvenes el trabajo es un “desiderátum” y no se pueden permitir esa rebeldía que nosotros sí teníamos.

Me decía hace algunos días Pepe Ribas que en los 70 era fácil vivir con poco dinero.

Era fácil, porque las cosas no eran tan caras. Existía, por ejemplo, el alquiler indefinido, mientras que ahora, en Barcelona, el alquiler medio supera el sueldo medio. Ahora vivimos en la selva absoluta del neoliberalismo y te encuentras con una generación de jóvenes que, por instinto de supervivencia, es mucho más conformista de cuanto lo fuimos nosotros, que nos pudimos permitir el lujo de divertirse. Evidentemente, cuando hablo de nosotros hablo de la clase media, la clase trabajadora siempre ha estado puteada.

Ahora, la clase media está lentamente desapareciendo.

Exacto. Antes la clase media era una clase privilegiada.

¿Este conformismo es una forma de aceptación del sistema y, por tanto, una actitud cómoda al sistema mismo?

Sí, evidentemente que conviene el sistema. Aquellos jóvenes que fuimos nosotros, en parte, terminamos por reproducir la vida de nuestros padres, pues, en realidad, tampoco hay muchas alternativas. Es entonces cuando comprendes a tus padres y esta novela es un homenaje a mi madre, que, cuando tuve una gran crisis, me salvó la vida. Yo no sé si llegué a darle las gracias, tanto a ella como a mi padre, que se comportaron de forma excepcional.

Usted se salvó, Sandra no. En este sentido, ¿esta novela es una novela sobre la muerte y, en concreto, sobre el suicidio?

A mi edad, piensas mucho más en la muerte que cuando eres joven. Los de mi generación, por culpa de la heroína, vivimos morir a muchos amigos, pero pensábamos que no nos iba a pasar a nosotros. Por lo que se refiere al suicidio, es algo que me ha obsesionado siempre.

Se trata de la pregunta sobre el sentido de la vida.

La decisión de quitarte la vida conlleva una pregunta: ¿Vale o no la pena vivir? El que se suicida es aquel que ha decidido que no vale la pena vivir. Durante mucho tiempo, cuando era muy joven, el suicidio siempre ha estado ahí como la última opción, como la última salida cuando no hay salida; por ello, ahora me obsesiona mucho el tema del suicidio en los jóvenes. ¿Cómo alguien de 18 años puede tomar esa decisión si no conoce todavía lo que es la vida?

¿El suicida es el asesino tímido?

Pavese decía que todo suicidio es un homicidio tímido, que el suicida quiere matar y, entonces, se mata a sí mismo. Sin embargo, el homicidio es una muerte no premeditada, mientras el suicidio lleva a cabo con predeterminación y alevosía. Al final, el tema último es el sentido de la vida. Camus decía que la vida es absurda o, más bien, nosotros pedimos a la vida algo que no tiene: creemos que todo tiene que tener una causa y una finalidad, pero la vida no siempre la tiene y esto nos crea un conflicto. Por esto, me interesa mucho Wittgenstein que, en un primer momento, dice que nuestro mundo es el lenguaje y, después, afirma que el lenguaje no es de fiar. Como escritora, no me causa ninguna ansiedad que la vida pueda no tener sentido; a mí lo que me parecería espantoso es que la vida fuera, tal y como lo proponen las religiones, un examen continuo para un premio final. El absurdo de la vida es lo que nos da libertad.

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A.J. Finn: “En nuestra sociedad a las mujeres siempre se las cree menos”

Beatriz García

Foto: Diana Rangel
The Objective

El escritor norteamericano recaló en Barcelona para presentar el exitoso thriller ‘La mujer en la ventana’ (Grijalbo, 2018), que será llevado al cine en otoño del próximo año. Y no se nos ocurrió otra cosa que subirlo a una azotea para que, como la protagonista de la novela, espiase a sus vecinos. Con prismáticos y dejando K.O. a quien escribe, así es el hombre que por alguna razón asumió el seudónimo de A.J. Finn.

El norteamericano Dan Mallory no se esconde bajo un seudónimo aunque lo tenga; sus millones de lectores en todo el mundo lo conocen como A.J. Finn, autor de ‘La mujer en la ventana’ (Grijalbo, 2018), que ha visitado Barcelona en un larguísimo viaje de promoción que continuará por Europa y Asia. En el ascensor, mientras subimos a la azotea de su hotel en Barcelona para espiar a los vecinos, le pregunto si sigue trabajando de editor de novela negra en Nueva York. “Hace tres semanas que lo dejé –confiesa-. Ahora soy multimillonario”. Y no es una broma, su primera obra ha sido traducida a unas 39 lenguas convirtiéndose en uno de los grandes bestsellers del año y la Fox ya trabaja en la película que se estrenará en Estados Unidos el próximo otoño de 2019.

Dan, o A. J, es atractivo, espontáneo, tiene un humor afilado y como muchos autores estadounidenses es tan profesional durante las entrevistas que al poco de comenzar ya siento que ninguna de mis preguntas va a provocarle un titubeo. Al igual que la protagonista de ‘La mujer en la ventana’, Anna Fox, soy una persona a la que le asaltan las dudas; sin embargo, no presencié (o creí presenciar) como ella un asesinato. Lo cual hubiese tenido gracia estando como estamos Dan y yo mirando por la azotea con unos prismáticos como un par de voyeurs, es decir, como la mayoría.

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Dan Mallory ‘aka’ A.J.Finn. | Foto: Diana Rangel / The Objective.

“En el verano de 2015, unos días después de mi 36 cumpleaños, me diagnosticarnos un trastorno bipolar después de 15 años luchando contra una depresión grave. Estaba desesperado, había probado todos los tratamientos posibles: hipnoterapia, electroshock, meditación… ¡Y nada funcionó! Entonces definieron mejor mi diagnóstico, me cambiaron la medicación y fui mejorando”, me cuenta Daniel, que quiso explorar su terrible vivencia, con la que perdió las ganas de salir de casa, pero “me parecía deprimente escribir sobre la depresión”. Por eso, escribió un thriller bastante singular.

“A diferencia de otros personajes femeninos, Anna es una mujer que no depende emocionalmente ni vive obsesionada por ningún hombre, algo de lo que estoy bastante cansado”. – A.J. Finn

La protagonista de ‘La mujer en la ventana’, Anna Fox, es una psicóloga que alguna vez tuvo marido e hija, pero lleva diez meses encerrada en su casa bebiendo en exceso, chateando con otros agorafóbicos y espiando a sus vecinos. Hasta que un buen día, como L.B Jefferies, el protagonista de ‘La ventana indiscreta’ de Hitchcock a la cual homenajea la novela, cree ver algo extraño en la casa de sus nuevos vecinos. ¿Puede una mujer haber sido asesinada y estar viva al mismo tiempo? ¿O acaso Anna Fox se ha vuelto loca?

“Una de las experiencias más frustrantes de alguien que lucha con un trastorno de salud mental es la negación por parte de los demás, la soledad y la dificultad para conectar con otras personas, pero también lo difícil que es malinterpretar y que te malinterpreten. En esta historia todos son sospechosos, incluida la protagonista, y esa es una de las razones por las que me interesó que Anna Fox fuera una mujer, no solo porque podía explorar mi propia enfermedad distanciándome del personaje, sino porque a las mujeres siempre se les da menos crédito en nuestra sociedad”, señala Daniel.

El papel que asumen las mujeres en esta historia, más allá del de víctima, un cliché habitual en la literatura de género que resulta, dice el autor, bastante perverso y manido, son personas que se salvan a sí mismas. “A diferencia de otros personajes femeninos, Anna es una mujer que no depende emocionalmente ni vive obsesionada por ningún hombre, algo de lo que estoy bastante cansado. Creo que los escritores deberíamos escribir más desde las perspectiva femenina, porque si eres hombre tienes muchas más posibilidades de recibir buenas críticas y ganar premios y es lo mínimo que deberíamos hacer”. Y asegura que aunque no es nada protector con su historia y tiene bastante confianza en los productores de la película que empieza a rodarse este agosto, sería inviable que el protagonista fuera otro que una mujer.

Todos somos voyeurs

Empezando por el mismo Hitchcock, que no solo convirtió a la maravillosa Grace Kelly en coprotagonista de ‘La ventana indiscreta’, sino que se obsesionó tanto con ella que se dedicaba a espiarla, cuentan, mientras estaba con otros hombres. A Dan la inspiración para escribir esta novela, salpicada de referencias al cine negro clásico que la convierten en una rara avis en el género, le llegó cierto día en que estaba viendo justo aquella película, una de sus favoritas, cuando se encendió una luz en la casa de los vecinos – “Los neoyorquinos nunca corren las cortinas”- y al momento tuvo la sensación de que estaba viviendo en dos tiempos: era John Steward espiando el edificio de enfrente con sus prismáticos y un voyeur del siglo XXI.

El director de ‘La Soga’, al igual que la escritora Patricia Highsmith sobre cuyas obras Daniel Mallory realizó su tesis en la facultad, son las dos grandes influencias de esta novela, donde ha pretendido reflejar el estilo parco, dinámico y claro que el cineasta y la novelista compartían. Aunque eso no es lo único que tenían en común, cada cual a su manera subvirtió las normas del género. “Lo interesante es que Hitchcock adaptó al cine el libro ‘Extraños en un tren’ de Highsmith, pero lo abordó de manera diferente; en la película hay un final feliz en que el culpable recibe su merecido mientras que eso no ocurre en la novela. Y a pesar de eso, los dos sentían fascinación por coger a una persona corriente y lanzarla a una pesadilla para ver cómo reacciona, como si fueran científicos experimentando con ratas de laboratorio”, explica el autor.

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Fotograma de ‘La ventana indiscreta’, de Alfred Hitchcock.

Mientras lo dice pienso en esos asesinos de los que sus vecinos, una vez cometido el crimen, comentan sorprendidos que eran buenos tipos, gente ‘completamente normal’. ¿El criminal nace o se hace? “Yo nunca he matado a nadie”, bromea. “Bueno, sí –le contesto-, en tu libro…”. Ambos nos echamos a reír de una forma un tanto extraña, diría que hasta sospechosa. Como cuando viajando a Estados Unidos tienes que responder uno de esos cuestionario en que te preguntan si llevas una bomba encima o si matarías al Presidente, y te dan ganas de decirle: “Pues claro, a ti te lo voy a decir…”. Porque vivimos eternamente observados y, sin embargo, no hacemos más que fingir que lo elegimos nosotros. Internet, en el fondo, no es más que otro patio de vecinos donde espiamos sin necesidad de prismáticos y exhibimos nuestra mejor máscara.

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“Es muy fácil dar una imagen falsa en las redes. Un amigo mío se fue a Jamaica con su esposa hace unos meses y colgaron fotos de sus vacaciones en las que parecían radiantes y felices, pero al volver anunciaron que iban a separarse. La ironía es que las redes nos conectan y puede ofrecernos muchas verdades, pero a la vez interactuamos mucho menos entre nosotros y acabamos tragándonos grandes falsedades como el escándalo de Facebook. Internet es una ventana que a veces mira a una pared blanca, un espejo o una fachada”, resume Daniel, que ya está trabajando en su segunda novela, inspirada en las historias clásicas de detectives.

Y dicho esto, cogemos nuestros prismáticos y nos ponemos a espiar a la gente, inventamos historias sobre ellos –ninguna buena- y caemos en la cuenta, como quiso decir Hitchcock en ‘La ventana indiscreta’, de que cuanto vemos al otro lado no es más que el interior de nuestras propias cabezas. Así de bien estamos…

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