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De la Guerra de Irak a la lucha contra el cambio climático: la historia del dron que cambió su destino

Clara Paolini

Foto: Andy Mahoney
University of Alaska Fairbanks

De las bombas al deshielo; mismo dron, diferente cometido. La historia del ArcticShark comienza con las guerras de Estados Unidos en Oriente Medio, dando apoyo en combate en Irak y Afganistán, pero a día de hoy su renovada versión sobrevuela Alaska de la mano de científicos que investigan el cambio climático.

Antes era un dron que detectaba explosivos. Ahora recoge datos sobre las partículas de la atmósfera en el Ártico,  ¿cómo ha llegado esto a suceder? Ventajoso en ambos contextos, la particular trayectoria de este vehículo autopilotado demuestra la capacidad de transformación de los objetivos de una misma herramienta en diferentes manos.

Este aparato volador de mutante utilidad fue creado por la empresa Navmar Applied Sciences Corporation, contratista del Departamento de Defensa estadounidense. Fundada en 1977, en su origen Navmar se especializó en ofrecer al ejército de Estados Unidos soluciones anti-submarinos, pero entrando en el nuevo siglo, las batallas bajo el mar parecieron quedar relegadas a un segundo plano en la escala de preocupaciones bélicas. Defensa solicitó a la empresa la creación de aviones no tripulados: el arma del futuro.

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Así es el ArcticShark | Foto: Navmar Applied Science Corp.

El ejército estadounidense empezó a usar drones en el 2000, primero para la vigilancia y más tarde para ataques dirigidos, requiriendo modelos con diferentes cometidos. Necesitaban drones veloces, como el famoso Predator, capaz de asesinar rápida y silenciosamente (desde un punto de vista político) y a gran distancia. Necesitaban drones potentes, como el Reaper, capaces de transportar grandes cargas de armamento. Y, finalmente, necesitaban drones ágiles y precisos, ideales para llevar consigo un equipo de cámaras que consiguiera capturar imágenes del enemigo.

Con este fin nació Mako, el primer antecesor del ArcticShark. Dos años después, actualizaron ese primer dron creando un modelo conocido como TigerShark, que fue utilizado para localizar artefactos explosivos durante la Guerra de Afganistán: “La carga útil que volamos neutralizó estas amenaza”, declara Ken Lewko, Director de Operaciones Financieras de Navmar en una entrevista en Wired.

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Un soldado estadounidense frente a dron Reaper en Afganistán | Foto: Josh Smith / Reuters

¿Qué pasó cuando Obama comenzó a retirar tropas de Afganistán en 2011? Navmar necesitaba otros clientes a los que ofrecer sus drones para sobrevivir, y su campo de actuación se amplió desde lo bélico a lo científico. En esta nueva etapa, científicos del Laboratorio Nacional del Pacífico Noroeste perteneciente al Departamento de Energía encargaron a la empresa un dron que fuera capaz de volar sobre Alaska para tomar datos en la atmósfera ártica, y el antiguo TigerShark, rebautizado con el prefijo “Arctic” resultó perfecto para la tarea.

Entre otras cosas, el ArcticShark mide el tamaño de las partículas atmosféricas, los niveles de radiación infrarroja, la humedad y la dirección del viento, aportando datos que ayudarán a los científicos a entender los procesos atmosféricos relacionados con el cambio climático. Este dron es básicamente el mismo que el TigerShark, aunque sí que muestra algunas modificaciones.

Alaska no es Afganistán, por lo que los ingenieros de Navmar tuvieron que rediseñar ciertas partes para adaptar su funcionamiento a las bajas temperaturas de Alaska e impedir el congelamiento de las partes y otras modificaciones para hacerlo aún más útil en su cometido han perfeccionado el anterior modelo.

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El deshielo provocado en Alaska por el cambio climático | Foto: Lucas Jackson / Reuters

Como militar retirado, el nuevo y renovado dron de casi 7 metros de envergadura y capaz de transportar más de 45 kilos de peso a 120 kilómetros por hora estará equipado con más de una docena de instrumentos diseñados para ayudar a los científicos a comprender una de las regiones más sensibles del planeta. Aún queda por conocer su valía en la lucha contra el cambio climático, pero su historia demuestra que la lucha más pertinente sea quizá la que batallamos los humanos para eliminar nuestros devastadores efectos en el medioambiente.

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Salvar vidas y desaparecer: así es el dron que puede cambiar el mundo

Clara Paolini

Foto: Otherlab

Los drones que aparecen en titulares suelen ser protagonistas de noticias militares o de orgullosa innovación empresarial. Como consecuencia, las primeras imágenes que nos vienen a la mente al pensar en un dron son las de un avión de guerra autopilotado bombardeando objetivos en Oriente Próximo (como vienen haciendo desde hace algunos años los drones predator de Estados Unidos) o las de un robot volador capaz de entregar pizzas a domicilio (tal y como sucede desde noviembre en Nueva Zelanda).

Relucientes y futuristas, los androides con alas que hasta ahora conocíamos o imaginábamos poco tienen que ver, tanto en su forma como en su fin, con el que presentamos a continuación.

¿Existen proyectos que consigan exprimir de forma más justa y beneficiosa el amplísimo potencial de los drones? Por supuesto que sí, y buen ejemplo de ello es el trabajo del equipo de ingenieros de Otherlab, un laboratorio de I+D de San Francisco que está desarrollando drones que algún día podrían salvarte la vida.

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¿Para qué sirven?

Creados desde una perspectiva y diseño sin precedentes, estos drones están hechos de cartón biodegradable y son capaces de hacer llegar suministros a lugares remotos donde el acceso a comida, medicinas y agua potable resulta tan complicado como urgente.

En palabras de sus creadores se trata del “avión de papel” más funcional del mundo, y se espera que organizaciones de ayuda humanitaria puedan empezar a utilizarlos en lugares donde la población sufre las consecuencias de conflictos armados y desastres naturales.

¿Cómo funcionan?

El sistema Otherlab ha sido bautizado como ‘Plataforma Aérea de Apoyo a Acciones de Reaprovisionamiento Autónomo’ (APSARA por sus siglas en inglés) y combina las técnicas más avanzadas de diseño computacional con métodos de fabricación de bajo coste.

En una explicación simple pero precisa “parece una caja de pizza con forma de ala”, comenta Star Simpson, una de las ingenieras de Otherlab, pero a pesar de lo austero de su aspecto, es capaz de aterrizar con precisión en los lugares más inaccesibles y además, no dejar rastro una vez finalizado su cometido.

El material elegido para su producción es el cartón porque tiene todas las características que requería el proyecto: es barato, ligero, manejable y puede descomponerse en cuestión de meses. ¿Cómo se monta? Tras una productiva sesión de origami, las diferentes láminas medidas al milímetro y cortadas con láser pueden doblarse y graparse teniendo el dron listo para volar en alrededor de una hora.

¿Qué pueden transportar los drones APSARA?

Prácticamente de todo. Biberones, mantas térmicas, medicamentos, sangre, vacunas… Los drones consiguen que lo más urgente y necesario llegue allá donde otros humanos no consiguen acceder.

Desde la comodidad del primer mundo resulta un reto llegar a comprender la importancia de esta herramienta, pero se trata de un invento que podría llegar aliviar de forma considerable los desafíos a los que se enfrentan día a día las organizaciones de ayuda humanitaria.

Parece perfecto, ¿puede ser aún mejor?

Aunque el prototipo de cartón de Otherlab supone ya un importante paso hacia el futuro, se prevé que el diseño final sea aún mejor: el material utilizado para la producción de los drones tendrá como base una especie de hongo cuya descomposición se lleva a cabo en cuestión de días y no de meses.

¿Y el siguiente paso? En un futuro quizá no muy lejano, hacer desaparecer del dron los componentes electrónicos.

Por ahora, APSARA utiliza una unidad GPS y dos motores entre las alas, pero la agencia DARPA está llevando a cabo otro proyecto dedicado a la electrónica efímera con el que podrían llegar a eliminar el 100% de los por pequeños que éstos sean.

¿Cuándo empezarán a utilizarse?

En colaboración con Otherlab, la empresa Everfly espera refinar el prototipo y que organizaciones como Cruz Roja o Médicos Sin Fronteras puedan empezar a utilizarlo cuanto antes.

Puede que el aspecto de este dron humanitario y desechable no sea tan atractivo como el que reparte las pizzas ni tan tecnológicamente impactante como los de uso militar, pero ante una situación de emergencia, donde reine el hambre, la sed y la enfermedad,  ¿qué preferirías ver en el cielo?

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Arantxa Unda: "Es muchísimo más barato prevenir una enfermedad que curarla"

Fátima Elidrissi

Foto: Carola Melguizo
The Objective

Arantxa Unda es CEO de Sigesa, una empresa española de analítica avanzada de datos que ayuda a los gestores sanitarios a identificar grupos en riesgo de contraer una enfermedad o problemas en los propios centros.

Un año después de ser distinguida por la revista Forbes como una de las menores de 30 años más influyentes en el campo de la ciencia y la salud, Arantxa Unda (Madrid, 1987) reconoce que su vida no ha cambiado tanto. “Fue una experiencia muy positiva no solamente para mí sino para todo el equipo. También supuso mucho trabajo, pero después de unos meses volvimos un poco a la normalidad”, cuenta la CEO de Sigesa, empresa española dedicada al desarrollo e implantación de software especializado en gestión sanitaria. «Sirvió para darnos a conocer, pero al final una cosa es que te incluyan en una lista de jóvenes con potencial y otra cosa es demostrar ese potencial con el trabajo del día a día», añade.

Ya con 31 años, Unda recuerda el salto mortal profesional que, en cierto modo, le valió el reconocimiento y por el que hoy sigue pagando. Es decir: por qué abandonó una prometedora carrera en el mundo de las finanzas –después de trabajar en los bancos de inversión Goldman Sachs en Nueva York y Morgan Stanley en Londres– para regresar a la pyme que su padre fundó hace 25 años. “La verdad es que estaba muy contenta, la curva de aprendizaje es muy alta, pero había una parte que no me terminaba de encajar. Siempre tuve el gusanillo de la gestión sanitaria: estuve un año trabajando en la empresa y vi que me gustaba mucho”, cuenta Unda. Cursando un MBA en la Universidad de Harvard, un profesor la empujó a apostar por su sueño, y entonces decidió buscar financiación y comprar el 41% de Sigesa. “No me gustaba nada la idea de ser la nueva jefa por imposición divina, por ser la hija de. Necesitaba sentirlo mi proyecto”, tanto si iba bien como si iba mal. “Tengo un crédito para las acciones y un riesgo real”, confiesa.

Arantxa Unda: El futuro de la medicina pasa por el análisis de datos 1
“No me gustaba nada la idea de ser la nueva jefa por imposición divina”. | Foto: Carola Melguizo / The Objective.

Aunque Unda insiste a menudo en lo abstracto de su trabajo, Sigesa es básicamente una empresa de analítica avanzada de datos para el sector de la salud. Su plantilla está integrada por 24 trabajadores y actualmente tienen más de 400 clientes –hospitales, ministerios de sanidad, compañías aseguradoras y gobiernos regionales– en ocho países, siendo España, Portugal, Chile y Colombia sus principales mercados. En sus palabras: “Ayudamos a las instituciones a recoger, normalizar y estructurar la información clínica gracias a algoritmos para poder analizar, por un lado, si los centros están siendo eficaces en su atención y, por otro lado, el estado de salud global de una población e implementar políticas que ayuden a mejorar su salud”. Y aclara: “Nuestro fin es ayudar a los profesionales a que hagan mejor su trabajo, no decirles cómo hacer su trabajo. No somos una consultora, somos una empresa de tecnologías de la información”.

Dicho de otro modo, cada vez que un paciente entra a un hospital se generan miles de datos que, convenientemente analizados, pueden ayudar a identificar grupos en riesgo de contraer una enfermedad o problemas en la gestión de un centro médico. Por ejemplo, examinando el número de reingresos que se producen en un centro, en un determinado número de días y por la misma patología se pueden observar anomalías, “igual se ha dado de alta al paciente demasiado pronto o no se le ha dado la atención adecuada porque ha tenido que regresar”, señala Unda.

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La innovación y la interoperabilidad de los sistemas para llegar más lejos con los mismos recursos son clave para el futuro. | Foto: Carola Melguizo / The Objective.

El futuro de la medicina: la prevención

Los grandes desafíos sanitarios de los países desarrollados en el siglo XXI son el cambio demográfico provocado por el descenso de la natalidad y el envejecimiento de la población y el incremento de la tasa de prevalencia de las enfermedades crónicas, “que son con mucha diferencia las que más recursos se llevan del sistema”, afirma Unda. Para asegurar su sostenibilidad, “el foco en el futuro estará en la medicina preventiva: no tanto en curar al paciente, que también, sino en analizar y tratar la salud global del ciudadano”. Y en este sentido añade: “Es muchísimo más barato prevenir una enfermedad que curarla».

A este respecto, la Organización Mundial de la Salud (OMS) calculó que en 2005 el 61% de todas las muertes (35 millones) y el 49% de la carga mundial de morbilidad eran atribuibles a enfermedades crónicas. Se estima que en 2030 la proporción del total mundial de defunciones debidas a enfermedades crónicas llegará al 70% y la carga mundial de morbilidad al 56%. La combinación de cuatro factores de un estilo de vida saludable -mantener un peso saludable, hacer ejercicio regularmente, seguir una dieta saludable y no fumar- parece estar asociada a una reducción de hasta un 80% en el riesgo de desarrollar las enfermedades crónicas más comunes y mortíferas.

En nuestro país, “el sistema sanitario, tanto en el lado público como el privado, por supuesto que puede mejorar en muchos aspectos, pero si nos vamos a otros países nos damos cuenta de que es envidiable en cuanto a cobertura, calidad de la asistencia y eficiencia”. No obstante, “en la demografía España está en una situación muy mala con una de las poblaciones más envejecidas de Europa y el mundo. Somos uno de los países más vulnerables de cara al futuro para afrontar estos retos”.

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El sistema sanitario español “es envidiable en cuanto a cobertura, calidad de la asistencia y eficiencia”. | Foto: Carola Melguizo / The Objective.

Entre las soluciones, Unda propone apostar por la innovación y la interoperabilidad de los sistemas para llegar más lejos con los mismos recursos. Y destaca: “Nosotros siempre intentamos utilizar la información que ya existe, que ya se está recogiendo y no aumentar la carga burocrática. La tecnología no debe hacer que los médicos estén más tiempo picando información en un ordenador sino al revés: que los médicos, o en nuestro caso los gestores, utilicen la tecnología para hacer más eficiente su trabajo y no estar rellenando fichas”.

A modo de conclusión, y hablando de Facebook y el uso indebido de datos personales, Unda sentencia: “En este tipo de tecnologías se utiliza información anonimizada y agregada. No se utiliza realmente el informe clínico sino inteligencia que se extrae de ese informe y se pone a disposición de los profesionales o los gestores”. Y recuerda, además, la nueva ley de protección de datos que se aprobará el próximo 25 de mayo.

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Todo podría ser mentira

Gregorio Luri

Foto: EMILIO MORENATTI
AP

Este artículo está escrito con un estado de ánimo tan exaltado que no estoy seguro de que deban leerlo quienes me consideran una persona ecuánime, pero es que la alcaldesa de Barcelona me ha puesto de los nervios al considerar que es más digno de rememoración un payaso que un soldado. No es una anécdota que esta mujer insípida se permita dar una calle a un actor que si fuera de derechas sería machista, mientras desprecia al Almirante Cervera. Es la confirmación de que se ha instalado en la ortodoxia un síndrome político que podemos caracterizar por los siguientes síntomas:

  1. Tendencia irrefrenable a estar a favor de todo lo bueno y en contra de todo lo malo.
  2. Convicción de ser el pueblo. Pero se enfadan mucho si les preguntas: “¿Cuando hablas de pueblo te refieres a ti y a quién más?”
  3. Ignorancia olímpica del arte fundamental del humanismo, el “ars nesciendi” de Vives. No saben que no saben.
  4. Insolencia ante las contrariedades. Si los hechos les llevan la contraria, desprecian a los hechos.
  5. Es decir, tachan de fascista a cualquiera que ponga en cuestión sus ocurrencias.
  6. Libertad de expresión, que ejercen con más frecuencia que la libertad de pensamiento.
  7. Igualdad, entendida como igual derecho a ser distinto… siempre que sean ellos los que decidan qué diferencias son respetables.
  8. Espíritu crítico (que es aquel que coincide con el suyo).
  9. Autonomía. Al mismo tiempo que hacen de la autonomía proclamada el principal dogma de la religión laica del presente, están llenando el mundo de terapeutas. La utopía, por lo que se ve, es una sociedad terapéutica.
  10. Respetan la naturaleza de todos los seres… excepto la del hombre, al que ven como un inocente polimorfo.
  11. Antimilitaristas y pacifistas. Es decir, aceptan que nunca asumirán la responsabilidad de gobernar la nación y eso les permite, para decirlo con palabras de Orwell, reírse de los uniformes que velan sus sueños.
  12. Son de lágrima fácil ante todo aquello que les permite sentir lástima. Creen que la bondad es adornarse la conciencia con abalorios emotivos.
  13. Piensan que la indignación es una virtud política… siempre que vaya dirigida contra los otros.
  14. Memoria selectiva. Poseen el monopolio de la memoria histórica.
  15. Antiautoritarios. Tanto, que no consideran necesario levantarse de la silla cuando le entregan las llaves de la ciudad al presidente de un gobierno extranjero.
  16. Innovadores. Hasta el punto de que no les importa estar equivocados… con tal de no estar anticuados.
  17. Laicos y respetuosos con toda religión que no sea la de sus abuelos.
  18. Revolucionarios. Ya han invadido la lengua con comisarios políticos.
  19. Pluralistas y multiculturales, hasta el extremo de estar erosionando la cultura común, que es el ecosistema humano que nos permiten disponer de estrategias compartidas para entendernos con desconocidos.
  20. Son la ortodoxia y por lo mismo, son incapaces de alejarse de sí mismos para contemplarse irónicamente.

¿Es grave?

Honestamente, no sé hasta qué punto el cabreo agudiza o entorpece mi mirada. Ante la duda, quizás deba acabar diciéndoles a ustedes lo que dijo un pastor sueco a sus feligreses un Viernes Santo que le salió un sermón terrorífico: “No lloréis, hermanos, que todo podría ser mentira”.

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La última batalla del Gabo

Carlos Mayoral

Foto: Rogelio A. Galaviz C.
Flickr bajo Licencia Creative Commons

El Gabo dijo adiós un abril hace ahora cuatro años. Había muerto haciendo con la batalla lo que hacía el coronel de su obra: presentarla, que es mucho más importante que haberla ganado. García Márquez no coincide con Aureliano en eso de promover treinta y dos levantamientos y perderlos todos. Sabía muy bien que hay algo de paradoja en ese juego: la primera victoria consiste en haberlo intentado. El Gabo peleó, como ese mismo coronel que llevaba quince años esperando la carta con la pensión de veterano de guerra, silenciosamente, consciente de que serían los idealismos de una tierra y no el hambre asociado a ella los encargados de juzgar al hombre latinoamericano. No dejó de intentarlo el de Aracataca, presentó esa batalla en un mundo de las letras anquilosado, decimonónico y que desde el punto de vista hispánico se deshacía: olvidado a un lado del océano, ahogado bajo las aguas turbias de la dictadura al otro.

¿Y cómo peleó contra él? Hasta la llegada del colombiano, los pocos puentes establecidos entre Europa y Sudamérica, véanse los Rubén Darío o los César Vallejo, adoptaban el talento iberoamericano bajo el aspecto ajado con maquillaje gris y tacones de aguja de la vieja Europa. Dicho de otro modo, hasta su llegada, el escritor hispanohablante no podía ser conocido sin el rigor formal europeo. El Gabo cambia las normas. Con un estilo heredado de maestros como Carpentier u Onetti, decide que la literatura hispanoamericana colocará el corazón allí, en el centro del continente que más magia y más hechizo desprende de todo el globo. Llamen a ese corazón Macondo, Comala, Xurandó, Leoncio Prado o Santa María, me importa un carajo. Lo realmente sustancial es que de una vez por todas el párrafo o la estrofa habita allí, en el único lugar donde un coronel, por volver al principio del texto, puede ser derrotado en treinta dos levantamientos y pasar por el gran héroe que todos quisimos ser. Aparece un nuevo léxico, un nuevo escalón gramatical. Aparecen nuevos escenarios, nuevas personalidades. Aparece una nueva forma de entender la realidad. Todo desemboca en un estallido de cuya onomatopeya surgió la etiqueta del grupo literario más talentoso del siglo XX. Es el legado del Gabo más allá de la batalla, lo que quedará cuando el ruido y el polvo hayan desaparecido.

Libró su última batalla contra la memoria. Y ganó, claro. Había dejado en las nuestras, por suerte, la sensación constante de que hay un tipo de narración que permite una sorpresa en el siguiente renglón, que encuentra magia en lo cotidiano. Durante su última batalla demostró que su pluma sobreviviría al olvido y a la soledad. Es decir, permitan que acabe este texto como lo empecé, quiero decir, con una paradoja: Gabriel García Márquez sabía muy bien que hay olvidos que permanecen en la memoria. Millones de lectores siguen olvidándole hojeando sus páginas cada día. Ese hojeo seguirá vivo. Pasen cuatro o, como ocurrió con aquellas estirpes condenadas, cien años más de sufrimiento.

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