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Diez libros que sacudieron los estantes de las librerías este 2017

Romhy Cubas

La nueva vuelta al sol trajo miles de nuevas ficciones y no ficciones para entenderse con el mundo de los libros. En este 2017 la escena literaria regresó con decenas  de adaptaciones cinematográficas como es usual: It de Stephen King, Hidden Figures de Margot Lee Shetterly, Live By Night de Dennis Lehane, The Zookeeper’s Wife de Diane Ackerman o Tulip Fever de Deborah Moggach por nombrar algunas. El Premio Nobel de Literatura se anunció tal vez con menos controversia que el año pasado al ser entregado al japonés Kazuo Ishiguro, el novelista Paul Auster rompió su silencio de siete años con una novela de casi mil páginas y Bolaño retornó de manera póstuma -como viene siendo usual en los últimos años- con una novela sobre sepulcros y vaqueros.

Los creadores de Written Word Media predijeron a principios de este ciclo algunas tendencias relevantes y su posible impacto en el mundo de la literatura moderna. Bien sea que la mayoría de la ventas de ficción se registraran mediante los e-Books, que los autores indies y las pequeñas imprentas dominaran el mercado, que la lectura ilimitada de los Kindles continuara expandiéndose sin límites o que los Audiobooks hayan seguido ganando popularidad dominando un mercado ya de por si digitalizado, hay un hecho que no cambia a pesar de las nuevas tabletas súper delgadas de Apple y es que la gente continua leyendo y escribiendo. No obstante la comodidad de los nuevos dispositivos, el libro de papel mantiene su terca presencia en las librerías/bibliotecas del mundo.

Porque la novedad más emocionante siempre estará en la historia que están a punto de contarte y todos los silencios que el autor y su pluma buscan susurrar. Este 2017 en The Objective regresamos con la lista de los diez libros del año que sacudieron los estantes de las librerías. Entenderse con solo una decena de textos es quedarse corto, pero cada uno de estos títulos guarda un secreto en el que vale la pena indagar.

 

Diez libros que sacudieron los estantes de las librerías este 2017 3
Portada de El fuego invisible de Javier Sierra | Imagen: Planeta de Libros

El fuego invisible de Javier Sierra

El novelista y periodista español Javier Sierra tiene en su autoría una lista de poco menos de una decena de libros que lo han posicionado en la lista de los más vendidos de Estados Unidos elaborada por el New York Times –es el primer autor español en conseguirlo-. Este 2017 ganó el prestigioso Premio Planeta por su última obra presentada en el concurso bajo el seudónimo de Victoria Goodman.

La novela ambientada en Madrid es protagonizada por David Salas, un lingüista del Trinity Collage de Dublín que retoma relaciones con una vieja amiga de sus abuelos y con su ayudante, una reservada historiadora de arte. Victoria Goodman es el nombre de esta vieja conocida con quien se ve atrapado en una incógnita marcada por desapariciones y santo griales. La novela hila el enigma del mito del grial con España y ese patrimonio artístico y cultural que permanece todavía en sus formas arquitectónicas y en la historia de sus calles.

Diez libros que sacudieron los estantes de las librerías este 2017 2
Portada de 4 3 2 1 de Paul Auster | Imagen: Planeta de Libro

4 3 2 1 de Paul Auster

Paul Auster es uno de los grandes novelistas norteamericanos. Ganador del Premio Príncipe de Asturias de las letras en el 2006 el escritor es conocido por sus trilogías sobre Nueva York y sus reflexiones existencialistas sobre la ciudad y los individuos que la caminan. Luego de siete años de silencio Auster publica tal vez uno de los libros más esperados del año. Es la novela más extensa que ha escrito desde que se presentó en 1982 al público con la Invención de la Soledad. 4 3 2 1 son cuatro novelas en una sola, todas protagonizada por una versión distinta de Archie Ferguson.

Las vidas de Ferguson se explayan en el libro y lo llevan a existir en mundos completamente distintos. Con un trasfondo de  acontecimientos esenciales para la segunda mitad del siglo XX americano, el azar y la esencia de una generación, las articulaciones de todas estas existencias se desarrollan en una novela que supuso una vida entera de preparación, según las palabras del propio Auster.

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Portada de Los Pacientes del Doctor García de Almudena Grande Foto vía: Planeta de Libros

Los pacientes del Doctor García de Almudena Grandes

Esta escritora española se hizo conocida en el mundo de las letras por el controversial La edades de Lulú, desde entonces su carrera como novelista a la par de como columnista ha continuado con sus antihéroes y supervivientes literarios. Su nueva novela es la cuarta entrega del proyecto que la autora inició en el 2010 con Episodios de una guerra interminable.

Una novela de espías que se explaya en acontecimientos reales de la Segunda Guerra Mundial y el franquismo para construir las vidas de personajes ficticios que transitarán por España y Argentina. Infiltrados en la red internacional que permitió la fuga de miles de criminales nazis a América a través de una ruta secreta, la del Madrid franquista de la posguerra, el texto se cruza en un camino de intrigas y crímenes de guerra que se pierden entre deserciones y falsas identidades.

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Portada de Lincoln en el Bardo de George Saunders | Imagen: Goodreads

Lincoln en el Bardo de George Saunders

Ganadora del Premio Booker 2017, la primera novela de este escritor estadounidense es un retrato de Abraham Lincoln extraído de diarios y anotaciones de la época. La imagen casi intocable de Lincoln como el presidente que abolió la esclavitud en América se torna dolorosamente personal en esta historia ficticia en la cual el mandatario afronta la muerte de su hijo más querido.  

Durante la novela Lincoln vuelve al cementerio para abrir el ataúd de su hijo mientras los muertos reconocen su existencia. En su presencia, un colectivo social atrapado en el limbo reflexiona no solo sobre la muerte de un hijo sino sobre las pérdidas de la guerra y desigualdades e injusticias generacionales arraigadas en la época.  

Diez libros que sacudieron los estantes de las librerías este 2017
Portada de El monarca de las sombras de Javier Cercas | Imagen: Literatura Mondadori

El monarca de las sombras de Javier Cercas

La narrativa de este novelista español es una mezcla de crónica testimonial.  Desde el éxito de su novela Soldados de Salamina su obra ha sido traducida a más de treinta idiomas y con El monarca de las sombras Cercas escribe una de sus novelas más íntimas e incómodas.

La narración se enfoca en la búsqueda de un joven que peleó por una causa injusta y murió en el lado equivocado de la historia. Manuel Mena se incorporó al ejército de Franco al estallar la Guerra Civil y murió combatiendo en la batalla del Ebro. Mena era tío abuelo de Javier Cercas, quien hace una indagación personal de una historia familiar escondida durante demasiado tiempo entre perfiles de antihéroes y guerras fallidas.

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Portada de Exit West de Mohsin Hamid  | Imagen: Riverhead Books

Exit West de Mohsin Hamid

Calificada como una de las novelas más anticipadas por la revista Time y el Washington Post, esta novela futurista se ubica en un país sin nombre con una tumultuosa crisis política.  Una pareja de jóvenes caminan en medio de esta geografía llena de balas, bombas, aviones y destrucción mientras intentan escapar hacia una ciudad secreta que les susurra entre paredes resguardadas por hombres armados.   

La globalidad de la trama revela una discusión inminente sobre inmigración, refugiados, religión y conflictos bélicos. El autor explica cómo la geografía se convierte en el destino y el condicionante de dos personas atrapadas en una guerra.

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Portada de Los cinco y yo de Antonio Orejudo | Imagen: Planeta de Libros

Los cinco y yo de Antonio Orejudo

Orejudo se aferra a los recuerdos de su niñez y la generación de los sesenta para contar la historia de Toni, un escritor que no escribe y un profesor que no enseña. Mediante personajes ficticios y disfraces de infancia los personajes con los que Toni crece parecen convertirse en carne y hueso mientras él sufre el proceso inverso y se reconcilia como uno de ellos.

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Portada de You Don’t Have to say you love me de Sherman Alexie | Imagen: Amazon

No tienes que decir que me amas: Una memoria de Sherman Alexie

Esta memoria profundamente personal aborda la relación entre madre e hijo mediante 78 ensayos y 78 poemas escritos tras la muerte de la madre de Sherman Alexie.

Esa figura mítica y mágica que representa una madre emerge en un perfil maravilloso y complicado con un contexto inesperado, una reserva India como retentiva de infancia y de sufrimientos individuales.

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Portada de Recordarán tu nombre de Lorenzo Silva | Imagen: Planeta de Libros

Recordarán tu nombre de Lorenzo Silva

En esta novela, Lorenzo Silva narra la historia de la sublevación militar en Barcelona el 19 de julio de 1936, del desafío del general Goded a la legalidad republicana y de la decisión del general Aranguren, el máximo responsable de la Guardia Civil, que optó por defender la democracia. Para Planeta “el hecho de que este sea uno de nuestros episodios más desconocidos e incómodos lo convierte en uno de los mejores relatos que puede darnos la literatura sobre la guerra civil”

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Portada de Goodbye Vitamin de Rachel Khong | Imagen: Amazon

Goodbye, Vitamin de Rachel Khong

En Goodbye Vitamin la comedia y la realidad se mezclan en una genuina historia sobre las disyuntivas de la adultez y todos los caminos a través de los cuales es posible encontrarse a uno mismo.

Cuando su prometido huye con otra mujer, Ruth regresa a casa con su padre,  un importante profesor de historia que padece de Alzheimer. La convivencia destapa todas las expectativas de su nueva vida en una genuina, dulce e impredecible historia sobre amor, demencia y familia.

Continúa leyendo: La permanencia de Susan Sontag en el ensayo y error de la palabra

La permanencia de Susan Sontag en el ensayo y error de la palabra

Romhy Cubas

Foto: Henri Cartier-Bresson
Getty Images

 “Escribo para definirme, un acto de auto creación, en un diálogo conmigo misma, con escritores que admiro, vivos y muertos, con lectores ideales. Porque me da placer. No sé con certeza para qué sirve mi trabajo”.

― Susan Sontag 

Intelectuales en América hay de sobra. Hay de los que escriben para el New York Times o The Paris Review, de los que se reúnen con otros intelectuales en restaurantes de la Quinta Avenida o recepciones en Chicago, también hay de los que todavía no se saben intelectuales o no les importa si aparentan una sabiduría mayor a la habitual cuando se detienen a conversar. Susan Sontag, en cambio, no fue ninguna de las anteriores, mas allá de ser estadounidense, la estampa de la escritora, ensayista, profesora, novelista, directora, guionista, y sobre todo crítica, infiere una pluma que –como Goethe- quiso saberlo todo siempre y cuando la palabra dicha despertara una idea contraria.

Lo de Sontag es especial porque sus inquietudes sociales fueron tan diversas que se podía tratar de aproximaciones a la pornografía, a la fotografía, a la estética del silencio y del fascismo, al teatro, a la coreografía de Balanchine, a los usos y abusos del lenguaje y la enfermedad, o al rol de cineastas y escritores como Walter Benjamin, Roland Barthes, Ingmar Bergman, Jean-Luc Godard, Robert Walser, Marina Tsvetaeva y Alice James. Esa multiplicidad nunca impidió su claridad y profundidad de ideas que vertió en 17 libros, traducidos a más de 30 idiomas. 

La permanencia de Susan Sontag en el ensayo y error de la palabra 1
Susan Sontag fotografiada en París en noviembre de 1972 | Imagen: Getty Images

Una de esas circunstancias que la convirtieron en algo más que una intelectual, en una híbrida de la cultura moderna con una voz tajante y vibrante, es precisamente el uso de la palabra a través del ensayo. No solo el ensayo como instrumento académico y elitista para la exposición de ideas y parábolas, sino el como fuente de cuestionamiento cultural, moral y estético. El ensayo como una fuerza introspectiva e interpretativa en donde el pensamiento y las emociones, el arte y las palabras, se vierten para generar una especie de autoimagen de quien escribe y de la sociedad en donde escribe. La prueba y el error de la palabra en la pluma de una autora con espejos en todas las esquinas de la habitación.

La renovación del ensayo americano como instrumento ante la cultura de masas y ante la literatura moderna es uno de los aportes más fieles a las necesidades del presente de la neoyorquina.  Su literatura siempre apeló a criterios y creencias mixtas en donde afirmaciones como que “no hay un Dios o vida después de la muerte” o que “el único criterio de una acción es su efecto último en la felicidad o infelicidad de una persona”. Sontag abre así ventanas hacia la profundidad del pensamiento y a los placeres que se pueden obtener al hacer frente a sus rigores.

De esos rigores, sensibilidades y morales, escribe en Notas sobre los Camp cuando anota: “La primera sensibilidad, la de la alta cultura, es básicamente moralista. La segunda sensibilidad, la de los estados extremos de sentimiento, representados en gran parte por el arte contemporáneo de “vanguardia”, se afirma en una tensión entre la pasión moral y la estética”.

Este es solo uno de los cientos de párrafos en donde el personaje y la cultura se plasman en la pluma de Sontag para retar no solo a la palabra y al oficio del escritor, sino para cuestionar las nociones tradicionales al momento de interpretar el arte y el consumismo. Un escrutinio infrecuente e ignorado por muchos que se puede sentir en obras como Contra la Interpretación y Otros Ensayos (1966), Sobre la Fotografía (1977),  El amante del volcán (1992) o Letras desde Venecia (1981), los últimos escritos y dirigidos por Sontag.

Su mayor proyecto, sin embargo, fue su devoción a la demolición, una búsqueda que se puede ver en todos sus ensayos y ficciones, que se basa en la distinción entre pensamiento y sentimiento. “La base de todos los puntos de vista anti-intelectuales: el corazón y la cabeza, el pensamiento y el sentimiento, la fantasía y el juicio”, aseguraba la escritora.

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Susan Sontag fotografiada en su hogar por Lynn Gilbert | Imagen: Wikimedia Commons

En el arte como salvación

Sontag no se definía como periodista o activista, pero en sus ensayos políticos y declaraciones públicas siempre buscaba esa combinación de empatía y compromiso hacia una erudición factible y racional.

“Un escritor, creo, es alguien que presta atención al mundo. Eso significa tratar de comprender, comprender y conectarse con la maldad de la cual los seres humanos son capaces; y no ser corrompido, hecho cínico, superficial, por esta comprensión”, afirmaba sobre el oficio del escritor. Un oficio al cual le dedicó años de introspección y reflexión para entenderlo no solo como una carrera comunicacional, sino como una conexión al pasado y al arte, a la continuación de las cosas y de las ideas. Para Sontag, el oficio del escritor fue una nueva manera de entender la elasticidad del lenguaje y la forma en que las palabras pueden expandir y contraer significados.

“Nos preocupamos por las palabras, somos escritores. Las palabras significan Las palabras apuntan. Ellos son flechas. Flechas atrapadas en la áspera piel de la realidad. Y cuanto más portentosa, más general es la palabra, más se asemejan a salas o túneles. Pueden expandirse o derrumbarse. Pueden llegar a llenarse de un mal olor. A menudo nos recordarán otras habitaciones, donde preferiríamos habitar o donde pensamos que ya vivimos. Pueden ser espacios donde perdemos el arte o la sabiduría de habitar. Y, finalmente, esos volúmenes de intención mental que ya no sabemos cómo habitar serán abandonados, cerrados, cerrados.”

Entre todas las contemplaciones y los papeles como pensadora y crítica social de un mundo prolífico en narrativas y propósitos individuales, Sontag forma parte de un universo aparte en donde  el propósito del escritor y la responsabilidad de la narración comparten un lugar poco común en el imaginario colectivo. Un lugar necesario que tanto en ficciones como en ensayos puede compartirse en el acto del lenguaje.

Pero nada más premonitorio y hermoso como su carta a Borges, escrita casi una década antes de los ebooks y los audio libros. Sontag siempre estuvo un paso adelante en la intersección de la tecnología, la sociedad y las artes, y así se disculpa con un maestro de la literatura ante la muerte prematura del libro cuando escribe:

“Lamento tener que decirte que los libros ahora se consideran una especie en peligro de extinción. Por libros, también me refiero a las condiciones de lectura que hacen posible la literatura y sus efectos sobre el alma. Pronto, nos dicen, llamaremos “libros de pantalla” a cualquier “texto” en demanda, y podremos cambiar su apariencia, hacer preguntas sobre él, “interactuar” con él. Cuando los libros se convierten en “textos” con los que “interactuamos” de acuerdo con criterios de utilidad, la palabra escrita se habrá convertido simplemente en otro aspecto de nuestra realidad televisiva impulsada por la publicidad. Este es el glorioso futuro que se está creando, y se nos ha prometido, como algo más “democrático”. Por supuesto, significa nada menos que la muerte de la interioridad y del libro”.

Susan Sontag representa algo más que el ensayo y error de la palabra, que las premoniciones democráticas del futuro de la literatura. Es el intelecto feroz y emocional de una mente consciente del universo y de sí misma. Una observadora profesional de la vida en todos sus sentidos. Es entender que el intelectual no es tal por su status o conversaciones de librería, sino por aproximarse a la elasticidad del lenguaje sin desdoblarlo del todo. Desmantelar desde múltiples perspectivas como hizo Sontag, quien falleció en el 2004 a los 72 años de edad, una dimensión que va más allá de géneros en sociedades.

“Uno solo podía imaginar cómo Sontag podría haber saludado el amanecer de la igualdad matrimonial, si hubiera vivido para verlo, y cómo la nueva política de la sexualidad podría haberse traducido en su escritura.” La fotógrafa y pareja de Susan Sontag, Annie Leibovitz, al San Francisco Chronicle.

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Céline, ¿publicar la abyección?

Anna Maria Iglesia

“Sin duda contradictorios, arrebatados, ‘delirantes’ si se quiere, los panfletos de Céline (Mea Culpa, 1936; Bagatelles pour un massacre, 1937; L’Ecole des cadavres, 1938; Les beaux draps, 1941), a pesar de la estereotipia de los temas, prolongan la belleza salvaje de su estilo. Aislarlos del conjunto de su texto es una protección o una reivindicación de izquierda o de derecha, ideológica en todo caso, pero no un gesto analítico o literario”.

En la misma Francia que hoy pide, consiguiéndolo, que Gallimard no publique los panfletos antisemitas de Céline, la crítica Julia Kristeva sostenía en 1982, en su ensayo Poderes de la perversión (publicado en Argentina en 1988), la importancia literario-analítica de conocer los panfletos del autor de Viaje al fin de la noche: “Los panfletos otorgan el sustrato fantasmático sobre el cual se construye, por otro lado y en otro lado, la obra novelesca. Es así como, muy ‘honestamente’, aquel que firma no sólo sus novelas sino también sus panfletos con el nombre de su abuela, Céline, reencuentra, el nombre de su padre, su estado civil, Louis Destouches, para asumir la paternidad totalmente existencial, biográfica, de los panfletos”. En Bagatelas por una masacre, así como en sus otros textos panfletarios, especialmente en L’Ecole des cadavres, encontramos al Céline intelectual, es decir, no al novelista, no al escritor que hace del abyecto una poética, sino al ciudadano que, a través de la escritura, se sitúa y se compromete políticamente con el nacionalsocialismo.

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Portadas de los viejos panfletos de Céline. | Imagen vía lf-celine.blogspot.com

Publicadas en 1937, las Bagatelas fueron promocionadas por su editor, el belga Robert Denoël, con las siguientes palabras: “El panfleto más atroz, más salvaje, más cargado de odio, pero el más increíblemente cómico que jamás haya aparecido en el mundo”. Releídas ahora, es difícil encontrar comicidad en aquellas 379 páginas -algunas se pueden encontrar sin mucho problema en internet, tanto en francés como en inglés-, en aquel vómito de improperios que el escritor francés escribió en tan solo dos meses y que, como escribe el crítico argentino Mariano Dupont, puede definirse como un “furor demente antisemita, antimasónico, anticomunista, antitodo. Un viaje febril y espeluznante, intolerablemente cómico, al corazón de sus odios, de sus miedos, de sus fantasmagorías, de sus indigestas alucinaciones”.

“El panfleto más atroz, más salvaje, más cargado de odio, pero el más increíblemente cómico que jamás haya aparecido en el mundo”. Robert Denoël.

Hace algunas semanas, la editorial Gallimard anunció la publicación en un solo volumen de Bagatelles pour un massacre, L’Ecole des cadavres y Les Beaux Draps; los textos irían acompañados por un aparato crítico firmado por Régis Tettamanzi, profesor de literatura francesa de la universidad de Rennes. El anuncio de dicha publicación provocó de inmediato mucho revuelo y varios colectivos vinculados a la lucha contra el racismo, el antisemitismo y contra la homofobia pidieron que se impidiera la publicación del libro, sosteniendo que los textos ahí reunidos hacían apología del racismo y de la homofobia. Razón, sin duda, tenían, sin embargo, asumiendo su carácter ideológicamente deplorable, ¿es adecuando prohibir su publicación? El escándalo suscitado fue tanto que Gallimard ha anunciado que cancela el proyecto de editar los panfletos de Céline a través de un comunicado en el que, sin embargo, se reafirma en su proyecto y en la relevancia histórica de los textos: “Los panfletos de Céline pertenecen a la historia del más infame antisemitismo francés, pero condenarlos a la censura impide esclarecer sus raíces y su impacto ideológico y fomenta una curiosidad malsana ahí donde tendríamos que ejercer nuestra facultad de juicio”, sin embargo, añade la editorial, “entiendo y comparto la emoción de los lectores”, pues es consciente que la edición de estos textos, “choca, hiere o inquieta por evidentes razones humanitarias y éticas”.

Céline nunca renegó de sus escritos y, en efecto, en una entrevista con Albert Zbinden, en 1956, no dudaba en afirmar: “no reniego nada de nada… no cambio para nada de opinión, tengo simplemente una pequeña duda, pero será necesario que me prueben que me equivoqué y no probar yo que tengo razón”. Sin embargo, era consciente de que, tras su condena in absentia, puesto que se había exiliado en Dinamarca, por colaboracionismo y ser amnistiado en 1951, gracias a la defensa pública de varios intelectuales, entre los cuales se encontraba Sartre, sus panfletos no podían volver a publicarse. Como le advirtió su mujer, Lucette Destouches, la primera lectora de los textos, él sería, tarde o temprano, víctima de sus propios escritos.

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Imagen vía lf-celine.blogspot.com

Durante todos estos años, desde su muerte en 1961, su viuda, hoy centenaria, ha respetado la voluntad de su marido. ¿Qué le hizo cambiar de opinión? Como señala Marc Bassets en El País, la publicación de Los escombros de Lucien Rebatet, ante la cual Consejo Representativo de las Instituciones Judías de Francia, le hizo pensar que el contexto había cambiado, los años habían transcurrido y, por tanto, podía ser el momento de que las Bagatelas salieran a la luz. Lucette Destouches se equivocaba, Francia no está preparada para los escritos de quien fuera su marido, por mucho que éstos se acompañen de un aparato crítico.

La polémica suscitada recuerda mucho o demasiado a la que rodeó en Alemania la publicación de una edición crítica del Mein Kampf, libro que se agotó a los pocos días. Si bien es cierto que todavía hoy hay más de un detractor, la publicación del escrito de Hitler en una edición crítica supone una indagación en la raíces ideológicas, sociales y económicas del nazismo, supone el redescubrimiento de un documento esencial para estudiar un momento histórico central de la historia europea y un movimiento político, cuyas réplicas son más que notables. Leer el Mein Kampf no es fácil, como dice el comunicado de Gallimard, sus palabras chocan, hieren e inquietan, pero ¿es mejor acaso no conocerlas? ¿Es mejor  ignorar el relato que justificó la mayor barbarie de la humanidad, al menos, en lo referente al siglo XX?

“¿Cuál es el verdadero amigo del pueblo? El fascismo. ¿Quién hizo más por el obrero? ¿La URSS o Hitler? Hitler. No hay más que mirar con los ojos limpios de mierda. ¿Quién hizo más por el pequeño comerciante? No es Thorez, ¡es Hitler!” Escribe Céline en L’École des cadavres. ¿Son sus palabras apología del nazismo? Lo fueron, sin duda, y lo pueden seguir siendo si no se analizan críticamente, si no se contextualizan, si no sirven para relatar la historia intelectual de la Francia nazi, donde encontramos nombres como Pierre Drieu de la Rochelle o Charles Maurrás. Como hizo Kristeva en su ensayo 1982, los panfletos de Céline son útiles para elaborar un completo perfil crítico del escritor y, por entonces, intelectual francés, pero habría que añadir que también son útiles para conocer el germen del totalitarismo nacionalsocialista en Francia. “La República masónica desvergonzada, llamada francesa, completamente a merced de las sociedades secretas y de los bancos (Rotschild, Lazarre, Barush, etc.) entra en agonía. Gangrenadas a más no poder, se descompone por escándalos. Ya no son más que jirones purulentos de los que el judío y su perro francmasón arrancan a pesar de todo, cada día todavía, algunas nuevas golosinas, restos cadavéricos, se llaman, ¡jolgorio! Prosperan, se muestran jubilosos, exultan, deliran de carroñería”, prosigue Céline páginas después. ¿Pueden utilizarse como propaganda antisemita sus palabras? Sin duda, pero ¿acaso no es más fácil que se utilicen como tal mientras circulen por la red libremente que si se editan?

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Louis-Ferdinand Céline con sus perros. Foto vía The New York Review of Books.

Sin duda sus palabras hieren y hieren sobre todo porque nos recuerda aquello que sucedió hace poco más de setenta años. Negar la historia es todavía más peligroso que dulcificarla por no ser testigo de determinados testimonios. “Los judíos, híbridos afroasiáticos, un cuarto, seminegros y Cercano-orientales, fornicadores desenfrenados, no tienen nada que hacer en este país”, escribía Céline, pero sus palabras las suscribían muchos, demasiados, todos aquellos que convencidos desfilaron brazo en alto y fueron partícipes de la maquinaria nacionalsocialista. Y, todavía peor, sustituya “judío” y ponga “refugiado”, ¿cuántos hoy suscribirían esas mismas palabras? Muchos, demasiados, y esto es lo que da miedo, esto es lo que hiere: ver reflejado en esas palabras nuestro pasado, pero también parte de nuestro presente. El judío es, para Céline, el otro, aquel que se impone, que domina, es el usurpador que priva a Francia del bienestar: “Están todos camuflados, travestidos, son unos camaleones los judíos, cambian de nombre como de fronteras, se hacen llamar bretones, auverneses o corsos, otras veces son turandotes, durindainos o cassoules… cualquier cosa… que introduzca el cambio”.

En las palabras de Céline, desgraciadamente, resuenan demasiados ecos de los discursos populistas de la actual extrema derecha, basta cambiar el sujeto de la frase. Situar los textos del escritor francés junto a los programas electorales de partidos como el Frente Nacional sería un importante ejercicio para observar la pervivencia de ciertas ideas. No sé si, como dice el comunicado de Gallimard, la no publicación de dichos textos fomentará la curiosidad, pero de lo que no cabe duda es que hará posible su mal uso. El desprecio del judío, hacia el cual Céline dirige homófobos insultos, es el desprecio al otro, omitir textos en el que se leen frases completamente abyectas –“Los 15 millones de judíos encularán a los 500 millones de arios”- y completamente descriptivas de un tiempo histórico es, involuntariamente, una forma de negar esa misma historia. Se escribieron estos textos, se publicaron y se aplaudieron, fue así, aunque duela reconocerlo.

Publicar ahora estos textos de Céline no es homenajearlo, todo lo contrario, es retratarlo en su abyección ideológica, es condenarlo a través de sus propias palabras. Publicar los textos de Céline es retratar la Historia, sin matices, es obligarnos a mirar críticamente hacia ese pasado incómodo y, sobre todo, es enfrentarnos a un presente que comparte demasiadas similitudes con aquellos años ya pretéritos.

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Grande Pessoa

José Antonio Montano

Foto: Creative Commons

Pasó algo precioso el otro día, con Pessoa. Me dio por poner en Twitter la siguiente encuesta: “Sobre esta frase que circula de Oscar Wilde: ‘Sé tú mismo. Los demás puestos ya están ocupados’. ¿Qué creen que diría Fernando Pessoa? ‘Mi propio puesto está…’”. Ofrecía dos opciones: “vacante” y “superpoblado”. Lo precioso fue que casi empatan las dos. Se mantuvieron durante muchas horas al 50%, y al final ganó “vacante” con un 52%.

¿Qué otro escritor hay así? Lo de “superpoblado”, como apuntaron algunos, le pegaba más a Walt Whitman, el que dijo lo de “contengo multitudes”. Pero el autor del ‘Canto a mí mismo’ –al que tomaron como maestro dos de los heterónimos de Pessoa, Alberto Caeiro y Álvaro de Campos– no hubiera podido compaginar lo de estar superpoblado con lo de estar vacante. La grandeza de Pessoa está en esa compaginación.

Vacante, con el yo difuso, dubitativo, borroso, fantasmal, y al mismo superpoblado de heterónimos. Despersonalizado e ‘impersonado’ –y lo uno como condición de lo otro. La obra entera de Pessoa es, como él dijo, un “drama en gente”. Un drama no dividido en actos, sino en personas, en ‘pessoas’: en máscaras.

Me acuerdo de lo que decía Antonio Carlos Jobim (adaptador, por cierto, de dos poemas de Pessoa, “O rio da minha aldeia” y “Cavaleiro monge”) al ver que los únicos que tenían más canciones que él en las listas eran los Beatles: “Pero ellos son cuatro y yo solo uno”. Pessoa fue uno y cuatro (y más de cuatro). Y a la vez no fue nadie.

(La frase de Wilde, por otra parte, resulta que es apócrifa. De sus frases verdaderas mi favorita es: “Uno debería ser siempre un poco improbable”. Aunque, para que quedase redonda, tendría que haberle puesto un añadido pessoano: o no ser).

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“Call Me by Your Name”: el amor hecho pequeñas sutilezas

Romhy Cubas

Foto: IMDB
IMDB

Son pocos los dramas de “diversidad” que han logrado con sinceridad y sin mayores indumentarias una historia en donde guión, fotografía, escenario, banda sonora y actuación se fusionen en una pieza amplificada hacia los Oscar. Si Brokeback Mountain fijó la huella para un romance imposiblemente estelar, y más recientemente Moonlight alumbró bajo la luz de la Luna lugares incómodos que debieron ser subyugados tiempo atrás, Llámame por tu nombre –Call Me by Your Name en su título original– es esa película que recuerda que las sutilezas existen y que no siempre la palabra homosexual conlleva como destino el sufrimiento de  aquellos ignorados por sociedades aun más ignorantes. Entre el testimonio de siempre, el de que el amor es bello y no distingue colores, tamaños, géneros ni religiones el giro está en que en el más reciente drama gay lo gay es lo que menos importa, y aunque está ambientado en los años 80 la impresión es la que se debería sentir en el siglo XXI, nuestro siglo XXI.

Llámame por tu nombre es la adaptación cinematográfica de la novela original del italiano André Aciman, publicada en el 2007 y ganadora de los Premios Literarios Lambda en su edición número 20 por la categoría de Ficción Gay. Con su premier mundial en el Festival de Sundance el 22 de Enero del 2017, su versión para la pantalla fue dirigida por el cineasta italiano Luca Guadagnino, director de películas como Yo soy el amor, A Bigger Splash y el remake del clásico de terror de Dario Argento, Suspiria. El film ya ha sido escogido por la National Board del Instituto de Film Americano como una de sus 10 mejores películas del año. En la edición número 75 de los Golden Globe Awards está nominada a tres categorías incluyendo Mejor Película en la categoría de Drama y en la 24ª edición de los Screen Actors Guild Awards su protagonista -Timothée Chalame- fue nominado a Mejor Intérprete como Actor masculino en un papel principal.

Especificaciones aparte, este es un súbito pero sobre todo espontáneo romance que integra el componente homosexual para narrar el indiscutible nexo entre dos jóvenes un verano de 1983 en el norte de Italia.  El film, así como el libro, relata las vacaciones de verano en una antigua casa rural de un profesor de escultura greco/romana que todos los años extiende la invitación a alguno de los estudiantes más brillantes de su curso. Su hijo de 17 años, Elio –interpretado por Timothée Chalamet- es un adolescente que se sacude como aire y habla en francés, inglés e italiano mientras toca a Bach en el piano o la guitarra. El verano comienza cuando Elio tiene que compartir su habitación con el nuevo huésped de su padre: Oliver –interpretado por Armie Hammer-, un graduando de 24 años que acelera su curiosidad física, sexual y psíquica.

Tal vez por ubicarse durante los ochenta y en Europa todo el esquema del amorío entre personas del mismo sexo no hubiera sido aceptado con tanta tranquilidad en la realidad, de hecho la historia transcurre en un palazzo situado en un pueblo lejano en donde la concurrencia es escasa y la mayoría de las incidencias quedan en familia; sin embargo, esa impresión de sentirse socialmente obligado a encubrir una naturaleza no se halla en ningún minuto. Lo que existe es el calor y la playa, las canciones de The Psychedelic Furs y los paseos en bicicleta, los bailes en el pueblo y el sol de verano. Existe una química que proyecta olas del Caribe y un film extremadamente sensual con escenas de sexo que solo se sienten explícitas, pero en realidad no lo son.  Existe también una escena con un durazno –recomendamos googlear si no te importan los spoilers– que marca un antes y un después, especialmente en el libro.  

Es aquí donde las metáforas sobran y una fruta se convierte en un puente casi literal entre dos personas. El deseo de imitar como un espejo a una mejor versión de ti mismo. Llámame por tu nombre es esa parábola en la cual un adolescente admira con tanta pasión a un hombre “mayor” que el deseo entre ser él y estar con él se reduce a una escena con sexo y duraznos.

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Portada del libro de André Aciman: Call me by your name | Imagen: Amazon

Grandes y pequeñas sutilezas

En el libro la historia es narrada por Elio en una perceptiva y detallada descripción de sus sentimientos hacia Oliver. El autor André Aciman, quien escribió el libro casi por accidente mientras estaba atorado en otro proyecto,  comentó en una entrevista para Vulture que “el libro tiene demasiada interioridad en un sentido que no tiene coherencia filmarlo”. Pero en la misma entrevista Aciman sostiene que se sintió extremadamente feliz cuando supo que Luca Guadagnino sería el director de la adaptación. “”Me imaginé, aquí hay un italiano, él lo entiende. Un italiano entendería no las grandes, sino las pequeñas sutilezas.”

Ya que en esta historia de amor entre dos hombres el sentido de prejuicio y contexto histórico no existe, las sutilezas son precisamente mayores, y eso es esencialmente lo que el autor pretendía al escribir el texto.

“Yo no quería villanos recorriendo las calles de noche, listos para golpearlos. No quería nada de eso, porque no siempre existe, a menos que estés en una pequeña ciudad en Wyoming o Alabama, donde existe este intenso prejuicio. Gracias a Dios que estamos en un mundo donde estos problemas, aunque todavía existen, están retrocediendo,” recuerda.

Otro de los detalles de la película y su locación casi desierta, que es de hecho el pueblo donde creció originalmente Guadagnino, es que evoca lo que es crecer entre árboles y libros, lagos y apagones de luz, un mundo sin conexiones artificiales en donde lo análogo era tan y más sensual como lo tecnológico y en donde el ritmo de la biósfera y la ruralidad se mezclan con la naturaleza humana.

En cuando a Guadagnino, el mismo ha dicho abiertamente sentirse atraído hacia los hombres y ha hablado sobre su admiración hacia la comunidad y los artistas LGBTQ+, sin embargo aclara que lucha con el concepto de definir a una persona por su identidad sexual. “Me hace sentir tan incómodo. Simplemente no lo entiendo, y no creo que la lucha por los derechos civiles, que es tan crucialmente importante, vaya de la mano con la acusación de alguien por su identidad.”

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Escena de Llámame por tu nombre | Imagen: IMDB

Secuelas

El director ya ha hablado de una futura secuela con la cual Aciman está totalmente a bordo, aunque cree que todavía se necesita una trama más extensa a desarrollar. Guadagnino confesó para The Guardian, que escogió Llámame por tu nombre como su película del 2017, que los personajes son fantásticos y por ende quiere saber qué les sucede en el futuro. “Las últimas 40 páginas del libro cuentan aproximadamente 20 años en la vida de Oliver y Elio. Pienso que tal vez no es una cuestión de secuela, tal vez se trata de una crónica de todos en esta película. Creo que ver a estos personajes crecer en los cuerpos de estos actores será fantástico,” sostuvo.

Las comparaciones entre Moonlight y el presente film tampoco no se han hecho esperar, y aunque los rumores de Oscar ya están sobre la mesa, incluyendo quienes apuestan para categorías como Mejor Película, Mejor Edición, Mejor Actor Principal y de Reparto, Mejor Director y Mejor Banda Sonora,  Guadagnino aclara que siente una especie de hermandad con Barry Jenkins -el director de Moonlight-. Si hay algo que los dos logran con cordura es un nivel de detalle e intimidad que de dos maneras peculiares muestran al cine de diversidad como algo más que una anomalía en las ceremonias de Hollywood.  

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Póster promocional de Llámame por tu nombre | Imagen: IMDB

El mito de Platón

Llámame por tu nombre no es solo un agregado para la comunidad LGBTQ+ o el drama de diversidad, es un mensaje a favor de atreverse a ser tu propia persona de manera que no pierdas demasiadas “mitades” en el camino.

En uno de los diálogos más trabajados de Platón este conforma la idea del amor platónico y aclara que antaño no eran dos sino tres los sexos: masculino, femenino y un tercero, el andrógino. Cada sexo tenía cuatro brazos y cuatro piernas, cuatros orejas, dos sexos y dos rostros situados en direcciones opuestas. Gracias a su fuerza y arrogancia, y a un intento fallido de atacar a los dioses, Zeus decidió cortarlos por la mitad para hacerlos más débiles y “humildes”. Desde entonces las personas caminan sin una mitad funcional, sin una contraseña de hombre al haber quedado en una sección como los lenguados, en dos de uno que fueron alguna vez. Y por eso buscan continuamente la otra contraseña.

En este mito, y en una conversación clave reproducida hacia el final de la película por Michel Stuhlbarg –quien hace el papel del padre de Elio- inspirado en diálogos de Montaigne y su amistad especial con Étienne de La Boetie, se establece la contraseña de Llámame por tu nombre, en el interludio entre ser sin perder .

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