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Donald Trump contra el planeta

Jorge Raya Pons

El presidente Johnny Gentle dio una orden clara y sin interpretaciones a todos sus funcionarios: las calles de América deben ser limpias porque en América los gérmenes no son bienvenidos. Gentle es un personaje real pero ficcionado por David Foster Wallace en La broma infinita y guarda una larga serie de atributos comunes con el presidente de piel rojiza, Donald J. Trump, enamorado de sí mismo y rehén de sus complejos, quien confesó sin tapujos y ante las cámaras que padece una fobia incontenible hacia las bacterias: un infierno en sí mismo para quien vive estrechando manos. Con Gentle comparte una fama construida en platós y escenarios, un carisma de hombre de fortuna que besa a las damas en los mercados y crea complicidad en el americano medio: yo soy quien tú querrías ser. Y si bien los dos viven aislados del polvo y los gérmenes, la sátira está servida, no les importa que la basura y los desechos se amontonen en el campo ajeno: para la historia –literaria– queda la Gran Concavidad, aquel vertedero del que nacieron leyendas y que Gentle terminó por entregar a la siempre complaciente Canadá.

La Torre Eiffel se iluminó de verde para celebrar el éxito del Acuerdo de París. (Jackie Naegelen/Reuters)
La Torre Eiffel se iluminó de verde para celebrar el éxito del Acuerdo de París. (Jackie Naegelen/Reuters)

Pero abandonando la ficción y sumergiéndonos en la realidad, tan decepcionante, encontramos que Trump es un quiste molar para el planeta: su escepticismo y arrogancia respecto al cambio climático pone en peligro el futuro del Acuerdo de París, el pacto históricamente más ambicioso en la lucha contra el calentamiento global. Lo firmaron 195 países –incluyendo Estados Unidos, China e India, los principales emisores de gases de efecto invernadero: todo un logro– y trata de limitar el aumento de la temperatura de la Tierra a 1,5 ó 2 grados centígrados de aquí a final de siglo –una locura irremediable, algo mejor que nada–.

Un acuerdo extraordinario salvo por la letra pequeña en el contrato: si el señor Trump decidiera archivar la transición hacia las energías renovables y descartar así toda posibilidad de recortar el ritmo actual de emisiones de dióxido de carbono, metano, etcétera, no tendría por qué abandonar el pacto –una actitud poco decorosa, a todas luces impopular–, le bastaría con incumplirlo: el Acuerdo no contempla sanciones.

[El incumplimiento sería posible, por ejemplo, mirando hacia otro lado mientras sus empresas sobrepasan todos los límites de emisiones establecidos en Francia. O recortando la financiación de proyectos de apoyo a las energías limpias en países tan contaminantes como India, altamente dependiente del carbón, que no cuentan con medios propios para renovar un sector energético que debe abastecer a una industria cada vez  más grande].

Así que Trump buscó un hombre dispuesto a ensuciarse las manos.

Caballo de Troya

Donald Trump es el presidente heterodoxo que defrauda a sus rivales: el magnate comete la extravagancia de cumplir cada una de sus promesas. Con la elección de Scott Pruitt, Trump no enseñó su mano sino la baraja: escoger a Pruitt para dirigir la Agencia para la Protección del Medio Ambiente es escoger al lobo feroz para cuidar de Caperucita.

Scott Pruitt, un negacionista climático, será el hombre de Trump para dirigir la oficina contra el cambio climático. (Nick Oxford/Reuters)
Scott Pruitt, un negacionista climático, será el hombre de Trump para dirigir la oficina contra el cambio climático. (Nick Oxford/Reuters)

Antes de regresar a la serenidad de una vida despreocupada, Obama dejó en herencia un programa llamado Clean Power Plan (Plan de Energías Limpias, en castellano), un rayo de luz en un país juzgado por su indiferencia. Se trata de un conjunto de medidas que persigue combatir el calentamiento global mediante la financiación de proyectos que impulsan el desarrollo de energías renovables en detrimento de las energías fósiles. Un planteamiento que lamentaron angustiosamente los sectores afectados, como el de Pruitt y sus amigos de Oklahoma, señores del petróleo, que apretaron los puños e iniciaron batallas judiciales –cuatro– que terminaron por fracasar en cada uno de sus intentos. Tuvieron que esperar meses, años, hasta encontrar un modo de hacerse valer: fue entonces cuando comenzaron a esculpir y dar forma a su caballo de Troya, que con el tiempo fue cobrando la silueta del senador Scott Pruitt.

Tuvieron que esperar meses, años, para esculpir y dar forma a su caballo de Troya, que con el tiempo fue cobrando la silueta de Scott Pruitt.

El pasado martes –7 de febrero de 2017– Donald Trump, en una reunión con empresarios del sector del automóvil, manifestó que “el ecologismo está fuera de control”–aludiendo a un ecologismo desbocado más que a un ecologismo fuera de su radio de influencia–.

Horas después del encuentro, el presidente firmó dos órdenes ejecutivas para reanudar dos proyectos controvertidos que Obama detuvo en su momento y que la justicia podría congelar nuevamente. El primero de ellos, el Dakota Access, pretende abrir un conducto que traslade petróleo desde los yacimientos de Dakota hasta la (casi) vecina Illinois –atravesando el río Misuri y varias hectáreas veneradas por los sioux, que alargaron los dientes y se rebelaron con fervor contra la medida del hombre blanco; hoy en día siguen en pie de guerra, literalmente–.

Los manifestantes de Filadelfia se solidarizaron en diciembre con la comunidad sioux de Dakota del Norte. (Matt Rourke/AP)
Los manifestantes de Filadelfia se solidarizaron en diciembre con la comunidad sioux de Dakota del Norte. (Matt Rourke/AP)

Los sioux, que con mucho esfuerzo y tras años de disputa sobre el terreno y en los tribunales consiguieron la paralización de las obras, tuvieron un éxito inesperado por la imprudencia del propietario del suelo, el Cuerpo de Ingenieros del Ejército, quien autorizó la construcción del Dakota Access sin atender a las leyes federales de protección histórica.

El segundo, el Keystone XL, es un mastodonte de casi 2.800 kilómetros –como de Madrid a Varsovia– que conduciría petróleo de Alberta, Canadá, al golfo de México a un ritmo de 830.000 contaminantes barriles diarios. Los ecologistas, que se llevaron las manos a la cabeza, trataron de impedir la continuación de las obras y finalmente lo lograron: el conducto está a medio hacer y solo ha cubierto el 30% del recorrido previsto.

Escribió DFW que Johnny Gentle –ficción– fue el primer presidente en dar su discurso de investidura tomando el micrófono por el cable. Donald Trump, producto –real– del show business, ha demostrado ser un riesgo: ignorando todas las conclusiones científicas sobre el calentamiento global, anulando toda transición hacia las energías limpias, apostando, “como en los viejos tiempos”, por el carbón y el petróleo. Y sin embargo hay motivos para la esperanza: las posturas ecologistas crecen con fuerza en Estados Unidos y China se ha propuesto liderar la revolución energética internacional.

Aunque seguimos hablando de Trump.

Las 7 mejores cabeceras de serie de la historia

Redacción TO

Foto: Adam Arkapaw
HBO

Aunque puede que muchas personas pasen por alto estas cabeceras, consumidos por la impaciencia, hambrientos de más episodios, algunas de ellas son obras maestras en sí mismas. La mayor parte de la selección corresponde a series de la última década, salvo por una honrosa excepción. Y aunque otras grandes cabeceras han quedado fuera, esta es sin duda una muestra representativa de la deslumbrante creatividad de las series televisivas norteamericanas, con las productoras Netflix y HBO a la cabeza.

A continuación, la lista:

True Detective (Temporada 1):

La serie de un macabro crimen por resolver es absorbente desde los títulos de crédito. Esta superposición de capas con vistas a escenas de vicio y paisajes de Lousiana sugiere un clima oscuro que luego se reafirma en este guión extraordinario de Nic Pizzolatto. La melodía de Far from any road, de The Handsome Family, hace el resto.

Stranger Things:

Los sintetizadores del opening consiguen ponernos los pelos de punta. Las aventuras de estos niños de Hawking, que habitan el pueblo remoto de Hawkins (y, según parece, otros territorios más hostiles), cohabitan a la perfección con la música de Survive, pero también con canciones que trasladan a otra época: Jefferson Airplane, The Clash, Echo & Bunnymen, Joy Division…

BoJack Horseman:

Esta no será probablemente una elección justa; se trata de la única serie de animación de la lista. Pero BoJack Horseman tiene un espíritu que la hace especial, con esa nostalgia de actor deprimido y venido a menos que se recluye en el alcohol y las drogas y las fiestas salvajes en una mansión que preside una colina de Hollywoo (así, sin la D). La música es obra de Patrick Carney. Ajá, el batería de los Black Keys.

Los Soprano:

El recorrido de Tony Soprano, puro en mano, hasta las calles de Nueva Jersey, bordeando la grandilocuente Nueva York, como diciendo ‘Estas son mis calles, aquí mando yo’. Una serie que marcó a una época y a una generación y que imprime su esencia en esta cabecera, donde resulta imposible no reconocer la canción Woke up this morning, de Alabama 3.

“…and mama always said
you’d be the chosen one”.

Mad Men:

Apenas supera el medio minuto y parece revelar un final anticipado, con Don Draper, el protagonista, descendiendo a los infiernos o, simplemente, lanzándose por la ventana. En cualquier caso, es una de las cabeceras más evocadoras que se haya visto y la canción A beautiful mine, de RJD2, acompaña en la travesía.

Vinyl:

El polvo del vinilo y la cocaína y los escenarios locos del rock and roll de los setenta visitados desde las entrañas en esta serie que no llegó muy lejos a pesar de tanta creatividad desbordante. Mick Jagger, Martin Scorsese, Terence Winter y Rich Cohe apostaron bien fuerte por ella, pero no fue suficiente. La canción Sugar Daddy, de Sturgill Simpson, es la dignísima antesala de lo que está por venir.

Breaking Bad:

Si algo puede decirse de esta cabecera es que va al grano, sin florituras. Es ingeniosa y creativa, un viaje breve por la tabla periódica que reúne la vida y muerte de esta serie que ha convertido la Química (y la metanfetamina) en temas casi ordinarios. La música, aunque simple, se instala en tu cabeza y no te abandona y, tras el episodio final, se convierte en algo más que una sintonía. La compuso, por cierto, Dave Porter.

Los robots están creando su propio lenguaje

Redacción TO

Foto: Paul Hanna
Reuters

El joven Igor Mordatch trabaja para que una máquina pueda mantener conversaciones. No es una idea extraña en Silicon Valley, donde esto es tendencia. Sin embargo, Igor Mordatch, que nació en Ucrania pero creció en Toronto, Canadá, no trabaja para que los robots interactúen únicamente con los hombres, sino para que puedan hacerlo también entre sí.

El ingenioso Mordatch no es tanto un lingüista como un experto en robótica y sus primeros pasos los dio en la animación digital trabajando en la producción de Toy Story 3, de Pixar, y en las universidades de Washington y Stanford. Pero ahora, a sus 31 años, desarrolla un proyecto en OpenAI —un laboratorio lanzado por seis emprendedores de la categoría de Elon Musk (cofundador de PayPal y creador de Tesla y SpaceX) o Sam Altman (inversor de riesgo de empresas como AirBnB) para impulsar investigaciones sobre inteligencia artificial— que construye un mundo virtual donde los robots aprenden a crear sus propios códigos, su propia lengua, para comprenderse, conversar y colaborar entre sí en labores particulares o colectivas.

Los robots están creando su propio lenguaje
Un grupo de robots en una feria navideña de Las Vegas. | Fuente: Jack Dempsey / AP

En este lugar, como explican en su último informe, los desarrolladores ensayan con pequeños juegos para que los robots aprendan a cumplir con determinados cometidos y que lo hagan participando en conjunto. Y si determinada tarea la realizan con éxito, son capaces de recordar el proceso que lo permitió. Pero si, por el contrario, fracasan en el esfuerzo, reconocen el error y no vuelven a repetirlo, una ventaja respecto al ser humano.

Por ejemplo, uno de los experimentos consiste en introducir a unos robots —representados por bolitas verdes, rojas y azules— en un cuadrado bidimensional y forzarlos a entenderse para trasladarse conjuntamente de un punto a otro del cuadrado. De este modo, un robot puede ordenarle a otro que se mueva de un punto A a un punto B sin que los investigadores intervengan, fomentando la comunicación directa entre ellos.

Los robots están creando su propio lenguaje 1
Un robot alemán preparando una pizza. | Fuente: Ingo Wagner / AFP

Con este proyecto, el objetivo ambicionado es que los robots comiencen con una comunicación muy sencilla, que se limite a explicarse dónde ir o a qué prestar atención, para poco a poco construir un idioma más sofisticado. Esta sofisticación, de hecho, requerirá de un diccionario para traducir la nueva lengua a un idioma humano, como el inglés o el castellano. Este escenario aparentemente imposible es una realidad, y muestra de ello es que un equipo de OpenAI ya trabaja en la elaboración de este diccionario que descifrará el vocabulario robot.

Las máquinas, con proyectos como éste, vivirán un cambio exponencial: llegados a este punto, pasarán a comprender, a interiorizar. Se trata de un paso previo al razonamiento de la información. La idea de Mordatch es innovadora y no sigue la línea de otras investigaciones que imitan el lenguaje humano. Porque aun sin ser lingüista, Mordatch sabe bien que el ser humano aprendió a comunicarse por necesidad, por supervivencia, y que con el paso de los siglos desarrolló por sí mismo lenguajes más o menos complejos. Es el camino que OpenAI persigue para los robots: que aprendan gestos y palabras con las que ayudarse y facilitar el trabajo a los humanos.

Rockefeller

José Carlos Rodríguez

John D. Rockefeller nació bajo la presidencia de Martin van Buren, el octavo presidente de los Estados Unidos, y murió en el segundo mandato de Franklin D. Roosevelt. Cuando había cumplido veinte de esos casi cien años de vida, comenzó su fulgurante carrera. De su biografía, lo que más me llama la atención es la obsesión por encontrar, constantemente, métodos más productivos y baratos de refino. Cuando creó su famoso ‘trust’, nueve de cada diez barriles de los Estados Unidos los refinaba su compañía, orgullosamente llamada Standard. En una ocasión se entrevistó con otro gran magnate, Henry Ford. Su despedida no sonaba a las conversaciones interrumpidas con las que trabamos nuestras relaciones. Le dijo al fabricante de coches: “Adiós, te veré en el cielo”. “Me verás si logras entrar”, musitó Ford para sí. Fue el hombre más rico de la historia.

Su hijo, al que todos conocían como “junior” heredó su imperio y sus costumbres. Esa austeridad imposible. Esa fe en el sistema, siempre que lo controlasen los Rockefeller. En los años 30’, con “senior” aún vivo, su conglomerado buscaba la guerra contra Japón. Vislumbraban la oportunidad del mercado chino, potencialmente gigantesco, pero el imperio nipón se interponía en sus planes. No eran esos los planes de los Morgan, siempre vinculados a Francia y Gran Bretaña, que querían la guerra contra Alemania. Hubo guerra suficiente para los dos.

David Rockefeller ha sido, hasta su reciente muerte, el último nieto del creador de la saga de empresarios, políticos y filántropos. Ha hecho su carrera profesional en el Chase Manhattan. En su familia, como en la de Corleone, los negocios y la política son dos caras de la misma moneda, que por supuesto es el dólar. Se calcula que se ha entrevistado con dos centenares de mandamases de unos cien países. Creó el club Bildelberg y más tarde la Comisión Trilateral. Ésta tuvo el apogeo de su influencia con el presidente Carter, que ya es tener mala suerte.

El legado de los Rockefeller no son sólo sus grandes empresas ni las generosísimas contribuciones a proyectos filantrópicos, sino la discreta y sutil incrustación de los negocios en la política, y todo ello desde una perspectiva global. Y eso está lejos de haber muerto.

Quiero decir “negro” y que no me llamen racista

Lorena G. Maldonado

Quiero que me dejen en paz. Quiero decir “negro” en un artículo -como lo hice el otro día en una reseña de La Bella y la Bestia- y que nadie me llame “racista” ni me pregunte si pertenezco al círculo íntimo de Trump. Quiero decirles que “persona de color” me parece una soplapollez, una delicadeza inútil, una expresión paternalista y repugnante que sólo disfraza un pensamiento abyecto: que los negros son más débiles per se y que nosotros, todopoderosos occidentales, debemos protegerlos poniéndole barnices al lenguaje. Si históricamente han sido oprimidos por los blancos, ¿vamos a reproducir ese menoscabo tratándoles de pobrecitos?¿Eso ataja la discriminación o la perpetúa? Yo no quiero que nadie se dirija a mí con primor por ser mujer y, encima, joven. Yo no quiero que se cuiden conmigo, como lo han hecho tantas veces, con ese suspiro dulzón de “ah, qué graciosa la chavalita, mírala, qué rebelde”, como quien acaricia el lomo de un animal revoltoso pero inofensivo. Yo no quiero que sus discursos complacientes denoten, al final, que soy yo la que está por debajo.

Prefiero la agresividad -si me coloca en una posición de igual- que esa falsa simpatía, ese recato bienquedista que no hace más que maquillar una verticalidad insufrible. Yo quiero abrirle la puerta a Carolina los domingos por la mañana, saludarla con un “qué tal ayer, putón”, y que siga siendo una bienvenida amorosa hacia una mujer a la que respeto con la médula. Quiero que ella mire el Vietnam de mi salón y me diga “¿de qué era esa pizza, gorda?” y responderle que carbonara, claro, y que estaba cojonuda, en vez de correr llorando hasta la báscula. Quiero que sigan existiendo los guiños, las coñas tácitas, la complicidad hermosa que nos hace libres. Quiero que conservemos la inteligencia suficiente para poder olerle el fondo a las palabras y estudiar la boca de la que vienen y la intención que arrastran consigo.

Cómo va a contener un término todos los vicios de este ancho mundo, si los que estamos podridos somos los seres humanos. Una palabra no tiene poder; lo tiene quien la usa. Y oigan, yo, que no me creo sospechosa de nada, me siento legitimada por todo aquello que defiendo para hablar de lo que quiera sin pudores. Porque no hay suciedad debajo de la alfombra.

El problema es que esta intrusión va cada vez a más. Pienso en el tipo que me dijo “zorra comunista” por entrevistar al rapero Pablo Hásel. Pienso en el que me tildóde “franquista” por celebrar poemas de Luis Rosales. Esa pandilla de mamertos que mueven las olas de la opinión pública ya han empezado a meter sus sucias narices en nuestros interlocutores y en nuestros libros y han intentado homogeneizarnos, catalogarnos rápido a partir de nuestros paisajes -contradictorios muchas veces, por suerte para nosotros y desgracia para ellos- para tejer maniqueamente sus odios, para lanzarnos a la cara unos prejuicios que son suyos. Lo siguiente serátratar de intuirnos ideológicamente por las palabras que empleamos, como si el lenguaje fuese tan diáfano como el pensamiento. Como si los buenos no pudiésemos jugar. Tócate los cojones, Mariloli. Y no, tranquilos: no estoy diciendo que Mariloli sea transexual.

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