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Edmundo Paz Soldán: "Siempre estoy buscando cómo forzar el cambio"

Jorge Raya Pons

Foto: Ana Laya
The Objective

La literatura es, en el mejor de los casos, todos los caminos, el único camino. La vida ha puesto a prueba al escritor boliviano Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, 1967), que tiene los rasgos de la cara muy marcados, una sonrisa tímida, el pelo muy negro, y el modo en que siempre encontró el rumbo fue encorvado hacia el escritorio, escribiendo.

Su infancia en una ciudad tan lustrosa, tan genuina como Cochabamba estuvo marcada por una indefinición que puede parecer sorprendente; compartió vocación por el fútbol, donde llegó a jugar en las inferiores del equipo local siendo un adolescente, y por la literatura, que con el paso de los años acabó imponiéndose.

“Recuerdo una revistería (quiosco)”, dice, regresando a su niñez. “Mi padre me llevaba los sábados y hacíamos una cosa que se ha perdido: cambiábamos libros. Yo leía muchas novelas de Agatha Christie. Llevaba mis cuatro novelas policiales y luego allí tenían una caja llena de donde podía coger. Hacíamos el canje”.

Hay unos años fundamentales para descubrir las verdaderas pasiones; pasados esos años, resulta difícil emocionarse del mismo modo, sentir de nuevo el fuego de las primeras ocasiones. Edmundo habla con agradecimiento del profesor de Literatura que le descubrió unas lecturas más serias, más exigentes, que le hacían cada vez plantearse más preguntas. Aquel maestro de su colegio religioso, el Don Bosco, le descubrió a los autores del boom latinoamericano, también Borges, a Kafka, el Lazarillo de Tormes. “Tenía 14 años y lo recuerdo perfectamente”, dice con entusiasmo. “Ficciones, de Borges. Cuando lo leí pensé si eso era posible. Eran unos cuentos que combinaban cosas muy populares de los géneros de espías, del género policial, con mucho suspenso. Todo con esa erudición intelectual de Borges, con citas a filósofos, teólogos, citas apócrifas, con todo ese juego. Yo me decía: ‘Si esto es Literatura, yo también quiero jugar’. Ese año encontré otros libros que me ayudaron mucho, como La metamorfosis, de Kafka, y La ciudad y los perros, de Vargas Llosa. Esto es algo que me marcó”.

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Las portadas de Ficciones, La metamorfosis y La ciudad y los perros. | Fuentes: Emecé, Alianza, Punto de Lectura

Fue entonces cuando Edmundo comenzó a escribir sus primeros cuentos, a maquinar sus primeras historias. El escritor de Cochabamba sentía cada vez más necesario ocupar su tiempo escribiendo y aborrecía los compromisos de ser un atleta; fue abandonando el fútbol cuando comenzó a ponerse serio, a exigir entrenamientos diarios. Sin embargo, fue a través del fútbol que consiguió una beca para estudiar Ciencias Políticas en Estados Unidos. Aquello le hizo saltar de emoción; corría el año 88 y en Estados Unidos empezaba a despertar un vago interés por un deporte que enloquecía a europeos e hispanos. Fue su oportunidad de cruzar el continente.

“Estados Unidos me causó un shock muy fuerte”, dice. “Cuando me fui allá me imaginaba California o Nueva York, pero fui a parar a un pueblecito del sur en Alabama. Era un mundo más cercano a Faulkner, marcado por la división racial, con universidades para blanquitos y universidades para negros. Teníamos como un partido de fútbol que se seguía mucho en el pueblo, ahí se marcaba mucho esa colisión”.

“Los primeros meses yo me quería volver”, continúa. “No dominaba el inglés, me sentía extraño en ese mundo; no era el Estados Unidos que mi imaginación se había creado”.

Edmundo cuenta lo difícil que fue esa adaptación, lo pronto que pensó en rendirse. Y, sin embargo, relata que fue su madre quien le convenció de no hacerlo de la forma más efectiva: pidiéndole que regresara. El escritor aprovechó así su oportunidad y conoció el país donde ahora reside. “Lo que más me impresionaba es que la beca del fútbol que yo tenía era muy completa”, dice, cruzando las manos. “Íbamos a un partido al Mississippi y el estadio era impresionante, pero allí había 30 personas. A mí me costaba entender que una universidad gastara tanto dinero en la beca por un deporte que no les interesaba y donde había poca gente que asistía a los partidos. Ahora ha crecido un poco, pero en aquel entonces pensaba que estaba en un país millonario que se permitía el lujo de despilfarrar dinero en nosotros”.

El fútbol ha crecido en Estados Unidos, y también se ha sofisticado. Edmundo recuerda, sin contener la risa, que allí lo más aplaudido, lo más celebrado, eran las entradas duras, cuando los defensores robaban la pelota tirando al suelo al atacante. La distancia cultural era enorme.

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‘Los días de la peste’, editado por Malpaso. | Foto: The Objective

Construyendo la Casona

Edmundo comenzó a gestionarse el tiempo en Estados Unidos, buscando los ratos que podía para escribir. Cuenta que comenzó a ponerse el despertador temprano para escribir, al menos, una hora al día; era la forma de no perder la práctica. “Recuerdo que dormía entre siete y ocho horas al día”, añade. “Comencé a dormir seis para que esa hora que ganaba fuera solo para escribir. Al principio me costó mucho, pero ahora duermo poco, entre cinco y seis horas”.

Sus primeras historias fueron relatos muy cortos; desde entonces, ha escrito y publicado multitud de novelas y cuentos, ha recibido numerosos galardones reputados –el Juan Rulfo de Cuento (1997) y el Nacional de Novela de Alfaguara (2003), entre otros– y su vocación permanece intacta. Esa pasión se desprende en Los días de la peste, que acaba de publicar con Malpaso, una novela donde el personaje principal es una cárcel, llamada la Casona, donde se concentra todo un mundo de violencia, corrupción y miseria.

La idea le vino, cuenta, de un viaje a casa de los padres de su exmujer; el padre era un abogado que decidió mudarse a un pueblecito de 8.000 habitantes en el norte de California. El abogado se fue allí en busca de clientes y terminó haciéndose un nombre. Aquel escenario le dio la idea de escribir una historia sobre la vida de dos hermanos que recuerdan su infancia como hijos de un alcaide de prisiones, conviviendo con aquel recinto pequeño, privado de libertad, sin espacio para la intimidad. Después de 70 páginas desechó la idea y apartó el proyecto. Fue muchos años después, leyendo un reportaje sobre una cárcel boliviana, la cárcel de San Pedro, cuando encontró la inspiración que entonces le faltaba; en aquella prisión los reclusos conviven con sus familias y todo tiene una apariencia más cercana a nuestra idea de suburbio que al concepto de prisión.

“Pienso que la religión es una invención humana y, como tal, debe reflejar nuestras miserias”

“Cuando pensaba en la cárcel, pensaba en el hacinamiento de las prisiones en Latinoamérica, que donde tendría que haber 800 presos hay 1.500”, dice Edmundo. Por este motivo la novela se compone de multitud de voces, una veintena, que se suceden entre los muros de la Casona; principalmente por eso, por esa sensación de asfixia, por esa anulación de la privacidad, se justifica ese caos de voces. En esta obra todas los estratos toman la palabra, pero como ocurre en la sociedad, la palabra de algunos tiene más valor que la de otros; lo único que los iguala es la muerte. “Para crear este microcosmos era necesario que al final se igualaran guardias y presos”, resume. “Pueden estar peleando, pueden estar enfrentados, pero parte de la novela se condensa en una frase: ‘Aquí las leyes se acatan, pero no se cumplen’. Yo quería ver cómo funcionaba la ley, la violencia, el orden, cuando todo está sujeto a negociación”.

Resulta interesante observar la colisión de dos mundos que se produce en Los días de la peste. Está ese mundo donde existe una devoción por una religión no institucionalizada, compuesta de mitos, de leyendas, que cohabita y se complementa con el cristianismo. Un escenario que tiene lugar en una sociedad donde hay tecnología, donde se produce ese choque entre lo místico y lo racional, lo mitológico y lo tangible. “Muchas veces se ha visto como una batalla, pero yo lo veo como la coexistencia de dos espacios”, explica Edmundo. “En la novela hay una religión pagana que está muy instituida y que es parte de una batalla política. Mi idea era mostrar cómo se instrumentaliza esa batalla. Puede ser que los presos tengan su fe personal en esta Virgen, pero no saben que hay una serie de niveles donde hay una lucha entre el prefecto y su competidor para utilizar esta Virgen en beneficio de su causa. Me interesan estos juegos políticos, el cómo se juntan la religión con la política y a su vez con la violencia”.

Y continúa: “Pienso que la religión es una invención humana y, como tal, debe reflejar nuestras miserias. También nuestras grandezas. No está alejada de la política, no está alejada de la violencia, no es un espacio sagrado. Es un espacio totalmente contaminado”.

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Edmundo Paz Soldán, entrevistado en la redacción de The Objective. | Foto: A.P.L./The Objective

La razón de escribir

Hace 10 años, Edmundo sufrió una crisis personal “muy fuerte” que lo llevó al divorcio. Aquella situación lo despojó de todo, lo convirtió en un mar de dudas, le llevó a preguntarse qué sentido tenía su trabajo. “He tenido otras crisis, pero ninguna como aquella”, dice, adoptando un tono serio. “En ese momento me preguntaba qué era lo que me gustaba de la escritura”.

En ese momento de tocar fondo encontró la manera de recomponerse: volviendo a la adolescencia, regresando a aquello que lo llevó a la literatura. “Volví no solo a Borges, sino a Agatha Christie, a Sherlock Holmes, a la ciencia-ficción, a la novela de aventuras, a Salgari…”, dice Edmundo, con otro ánimo. “¡Volví con otra mirada! Fueron cinco años en los que me dediqué a la ciencia-ficción, al género fantástico, como una forma de reconectar con la literatura popular que me gustaba”. Ahora está de vuelta con el realismo, el género con el que comenzó. “Siento que he regresado, pero es un realismo de otra manera”, dice, sonriendo. “Y así será hasta la próxima crisis”.

“Quisiera hacer siempre cosas que fueran diferentes a todo lo anterior”

Mientras tanto, se muestra de nuevo ilusionado, nervioso tras su última novela, preguntando si gustó, si pareció lenta, si fluyó como esperaba, como un escritor que publica por primera vez. “Yo siempre me imagino escribiendo, pero siento pavor a repetirme”, dice efusivo. “Siempre estoy buscando cómo forzar el cambio. Ahora estoy comenzando un nuevo proyecto y quiero que sea diferente. Hablamos mucho del estilo del escritor, y puede ser que haya escritores a los que tú leas una página y lo reconozcas al instante. Yo busco algo más inestable. Quisiera tener una novela policial, otra de ciencia-ficción, otra de aventuras. Quisiera tener cuentos. Quisiera hacer siempre cosas que fueran diferentes a todo lo anterior”.

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Edmundo Paz Soldán, en la redacción de The Objective. | Foto: A.P.L./The Objective

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Fernando Pérez: “En Cuba, a diferencia de en otros países, la cultura no se ha contaminado"

Jorge Raya Pons

Foto: Jorge Raya
The Objective

Fernando Pérez (Guanabacoa, 1942) sabe qué esperar de la vida. Ya son más de 40 años de cine y sus películas son el ojo clínico de Cuba; nadie ha retratado el espíritu de la isla como él. Fernando vive en La Habana, una ciudad que ama, y es rara la ocasión en que no se le escapa hablar de ella como si fuera un órgano vital dentro de su cuerpo, como un pulmón o como el estómago. “La Habana es una ciudad azul”, dice, y mira lejos. “La Habana es la sorpresa, es la contradicción. He llegado a un estado en que yo me siento cubano, pero sobre todo habanero. El otro día estaba en Villaclara, otra ciudad de Cuba, y sentía que estaba raro. Y cuando llegué a La Habana me di cuenta de que me faltaba el mar. Allá la mayoría de las calles terminan en el malecón”.

En Últimos días en La Habana, su última película –galardonada con el Biznaga de Oro en el Festival de Málaga-, Fernando cuenta la historia de dos amigos con destinos aparentemente distanciados. Diego es un enfermo de Sida que cuenta sus horas finales postrado en una cama. Miguel cuida de él y trabaja lavando platos en un bar, juntando el dinero necesario para marcharse de Cuba y comenzar una vida nueva en Estados Unidos. Y, entre medias, siempre está la ciudad, o al menos parte de ella. “Si tuviera que decirte qué es La Habana, te diría que es los habaneros”, continúa el cineasta, con la voz encendida. “No es el espacio, sino esa gente llena de energía y con esa manera de ser”.

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Fotograma de ‘Últimas días en La Habana’, de Fernando Pérez. | Foto: Wanda Vision

Fernando viste con elegancia una americana marrón. Su piel es blanca a ojos de los caribeños, y las manchas en la piel se revelan como heridas de guerra de quien ha pasado toda una vida bajo el sol calcinante de La Habana, adonde llegó siendo un adolescente. “Yo nací en Guanabacoa, un pueblo separado de La Habana por una bahía, y para mí cruzar aquello era como viajar a otro país. Recuerdo la primera vez que viajé solo, yo tenía 12 ó 13 años. Tomé una lanchita y crucé la bahía. Recuerdo recorrer las calles de La Habana, esplendorosas, y ver las marquesinas de los cines. Para mí eso fue una emoción tremenda, fue un descubrimiento”.

“Cuando triunfa la Revolución, en 1959, se crea un instituto de cine. Yo me dije que tenía que entrar ahí”

La infancia de Fernando transcurrió sin comodidades. Creció en una familia con pocos recursos; su papá era cartero y su mamá, ama de casa. En cuanto tuvo la oportunidad comenzó a trabajar para ayudar a la economía familiar y no estudió más que la enseñanza media, sin alcanzar el preuniversitario. Pero en aquel momento, confiesa, sabía con seguridad que su vocación era el cine. “Yo era y sigo siendo curioso”, dice. “Con 14 ó 15 años veía una película y me ponía a escribir, aspiraba a ser crítico de cine. Cuando triunfa la Revolución, en 1959, se crea un instituto de cine. Yo me dije que tenía que entrar ahí”. Para ello estudió con esfuerzo y se presentó a un examen de ingreso que logró aprobar. Tenía 16 años. Fue su primera incursión en ese mundo, donde comenzó como mensajero de una película, como Jack Nicholson, y terminó por construir una carrera exitosa. Entre medias se licenció en Lengua y Literatura Hispánica. Le digo que fue un recorrido largo, y él sonríe: “Esto lo dijo Freud cuando le pidieron el epitafio que quería para su tumba: ‘He sido un hombre feliz; nada en la vida me fue fácil’”.

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Fidel Castro, firmando la reforma agraria de junio del 59. | Foto: RB/AP Photo

Por el tiempo en que nació, a Fernando le tocó vivir el auge de la Revolución cubana, uno de los episodios más destacados del siglo XX. Pero no el único: el mundo entero vivía en estado de agitación. “Yo viví ese cambio”, dice, moviendo mucho las manos. “Todo empezó a transformarse, otro mundo era posible. La Revolución en Cuba. Los hippies en Estados Unidos. Las revueltas del 68. Bob Dylan. Los pelos largos. El mundo caminaba hacia una ilusión utópica”. Aquella gran ola, sin embargo, fue retrocediendo y arrastró con ella todas las aspiraciones. Fernando es un veterano, a sus 72 años, pero el paso del tiempo no lo ha convertido en un nostálgico. Él es resuelto y optimista y piensa justo lo contrario, que de todo aquello queda una esencia, que no todo fueron batallas perdidas. “Todo ese espíritu, toda la energía de esas ideas es eterna y mantiene el significado. La historia es espiral, no va en línea recta”.

“Se alfabetizó al pueblo cubano. Los campesinos leían y escribían. Pero después comenzaron a venir los problemas”

La historia de Cuba está irremediablemente ligada a Fidel Castro, el líder de aquella Revolución. Castro fue un hombre culto e inteligente, pero asertivo ante la crítica, inclemente ante los opositores. En este contexto, la convivencia entre la cultura y el régimen debió ser compleja, peligrosa solo para una de las partes. “Los años 60 fueron como un remolino, se produjo una eclosión de la creatividad”, cuenta Fernando. “Se alfabetizó al pueblo cubano. Los campesinos leían y escribían. Pero después comenzaron a venir los problemas. La sociedad comenzó a institucionalizarse y los problemas políticos no podían negarse; pretendían reducir la cultura a un mensaje político”. Pese a ello, el cineasta encuentra un punto positivo en una herencia de la Revolución: “En Cuba, a diferencia de en otros países, la cultura no se ha contaminado, no se ha convertido en un negocio. Aunque ya comienza a serlo…”.

Cuando murió Fidel Castro, el mundo quedó congelado por unas horas, pero Cuba permaneció así por diez días. Este fue el tiempo que la isla se mantuvo de luto por la muerte del dictador. Aquella noticia no fue una sorpresa para Fernando: “Yo estaba fuera de Cuba en una actividad pública. Uno de los organizadores se acercó y me dijo: ‘Se murió Fidel’. Yo le respondí: ‘Ah’. Era una pérdida esperada, ya llevaba dos o tres años fuera. El pueblo cubano se fue preparando para el momento. Cuando volví, se celebraban los funerales y había mucho respeto. Pero claro, declararon diez días de luto…”. Fernando hace una pausa y no puede contener la risa: “Al noveno día la gente ya estaba como ‘Oye, lo sufrimos, pero ya está bien…’. Fidel causó pena, pero ya pasó”.

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Una procesión transportó las cenizas de Fidel Castro por varias ciudades cubanas durante cuatro días. | Foto: Desmond Boylan/AP Photo

Fernando, que reconoce expresarse mejor con imágenes que con palabras, se define como un escritor lento aunque apasionado. Dice tener una película en mente, que la tiene clara en la cabeza, aun a falta de ponerle un poco de orden. “Es una historia coral en tres o cuatro capítulos”, explica, midiendo las palabras. “Empieza en el año 61, en Cuba, con la campaña de alfabetización, y aquí presento a unos personajes. Luego viene otro capitulo en los 70, donde estos personajes son hombres maduros, aquellos niñitos empiezan a ser protagonistas. El último capítulo termina en el hoy, cuando ya son ancianitos. Esa película contará lo que yo he vivido, con historias mías y otras que he oído”.

“Hay muchas montañas que he subido y otras que no he alcanzado. Se trata de buscar el sentido”

La estancia de Fernando en España ya se ha alargado por seis semanas. La Casa de América le trajo a Madrid, lejos del mar azul de la Habana, y todavía pasará un tiempo hasta que regrese a la isla, pues visitará a su hija en Valencia. Fernando se mantiene joven, no ha perdido la curiosidad, no le importa salir de casa. Es un acto de rebeldía mantener esta actitud a pesar de los golpes y del tiempo: “A mis 72 años, yo sé hacer cine, tengo una profesión, sé dónde poner una cámara. Pero eso no es lo que a mí me interesa. Yo quiero plantearme en cada película algo que nunca haya hecho antes y ver si lo logro. Si la montaña es muy alta, comienzo a subirla. Sé que igual no llego. Hay muchas montañas que he subido y otras que no he alcanzado. Se trata de buscar el sentido. Por eso me gusta rodearme de gente joven. Porque siempre te desafía, porque siempre te niega cosas. En este sentido, el cine es una búsqueda. Y esto lo decía mejor Almodóvar: ‘Existe una gramática del lenguaje cinematográfico y, por supuesto, uno lo aprende y se puede hacer una película. Pero siempre va a faltar algo, y ese algo eres tú mismo’”.

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Ander Izagirre: “No tengo una idea demasiado elevada de mi trabajo”

Jorge Raya Pons

Cada libro de Ander Izagirre es como un respiro: Ander es uno de los últimos románticos del oficio y su voz sirve como luz que guía a los periodistas que vienen. Ander es un hombre humilde que no alardea, que no presume, que ejemplifica el significado de sencillez y que mide cada palabra que emplea. Pero esto lo iremos descubriendo. Porque cuando Ander habla, lo hace con mesura, sereno, aunque poco a poco se suelta, bromea, se confiesa. Su trabajo como periodista es meritorio y valioso, encarna el periodismo de siempre, el que se pierde, el que requiere tiempo y valor y paciencia y un determinado sentido de la responsabilidad que solo se comprende desde la perspectiva del que asume el periodismo como un propósito, como algo más.

Acaba de llegar a las librerías Potosí (Libros del K.O.), un libro que es un reportaje y una novela y que nos abre un mundo minero violento, supersticioso, injusto, donde la explotación y la miseria lo impregnan todo, donde el protagonista es un Cerro Rico que es un infierno en la Tierra.

“Muchas veces los periodistas vemos lo que queremos ver”, me dice Ander. “Yo viajé por primera vez a Bolivia hace siete años para contar el trabajo infantil en las minas. Conocía la situación y fui a buscar una historia. Pero decidí estar un tiempo en el sitio y eso me permitió conocer a más gente, y entonces comenzaron a aflorar otras historias”.

Un minero boliviano traslada minerales en la mina del Rosario, en Potosi. (Foto: David Mercado/Reuters)
Un minero boliviano traslada minerales en la mina del Rosario, en Potosi. (Foto: David Mercado/Reuters)

Ander quería explicar qué tipo de mundo conduce a una niña como Alicia, de doce años, a verse obligada a trabajar en una mina en peligro de derrumbe constante, sin seguridad laboral, cobrando un sueldo de miseria, sin cobrarlo, rompiéndose la espalda y renunciando a cualquier futuro. O cómo viven y mueren los tipos sin nombre en las minas, en accidentes o por enfermedades como la silicosis, que a duras penas les permite cumplir los 30 años, descabezando a las familias y dejándolas a merced de los explotadores.

Azarosamente, el cronista encontró otro mundo paralelo que no es noticia, que es ignorado, que las mujeres sufren en silencio y que los niños pronto entienden. Un machismo y una vileza que está profundamente arraigado en el espíritu minero:

“Las noticias eran los derrumbes en la mina, los problemas laborales, pero nunca las palizas, las violaciones incluso dentro de las familias. Eran casos horribles. Yo me metí en un universo minero con unas características bien conocidas: los mineros como héroes, como protagonistas de la lucha política, como huelguistas que acaban con dictaduras, como personajes admirados. Pero me di cuenta de que ese papel de minero duro tiene otra cara. Es alguien que sufre el infierno y que luego se lo hace pasar a otro, al más débil. Ese minero explotado se convierte en explotador y lo paga con el último, que suele ser una mujer o un crío. De esto me di cuenta en el segundo viaje”.

“Alicia es la demostración evidente de que hay lugar para la esperanza”

Ander, con todo, también se esfuerza por mostrar la cara luminosa, el lado amable de ese mundo: si bien hay miseria moral y económica, existen motivos para creer en que nada es para siempre, que hay vida más allá de Potosí, que algunos lo lograrán:

“Alicia es esa demostración evidente de la brutalidad de un sistema, pero también que hay lugar para la esperanza. A mí me asombraba la lucidez y la conciencia política de esta niña, que se organizaba con otras en asambleas de menores trabajadores y que fue hasta el Congreso en La Paz para leerle una carta al presidente, Evo Morales. Es una persona especial, capaz de imaginar una vida distinta. Las madres y los mineros ya están resignados a esa realidad que les ha tocado vivir. Pero esta niña es la que se dice que va a estudiar para conseguir otro trabajo y salir de allí”.

Varias familias mineras del Potosí, reposando. (Foto: David Mercado/Reuters)
Varias familias mineras del Potosí, reposando. (Foto: David Mercado/Reuters)

La infancia de Ander no tuvo nada que ver con la de Alicia. Él nació en San Sebastián en 1976, en un lugar y en un tiempo donde todo volvía a ser nuevo; no era San Francisco en los años sesenta pero sí una ciudad que se abría al mundo. Ander adora Donostia y no la ha abandonado nunca. “Yo soy consciente de mi fortuna, más después de viajar por el mundo y ver sociedades tan distintas”, me dice. “He tenido suerte porque podría haber nacido en Berlín en los años 30 o en Níger en cualquier época”. Pero Ander creció en una casa feliz donde la lectura y el ciclismo compartían pasión y espacio.

­“Yo competí en ciclismo hasta los 20 años, el ciclismo me apasiona. Yo creo que de adulto no te puedes enganchar a algo con ese entusiasmo. Cuando me recuerdo de pequeño, me veo leyendo cómics y novelas de Julio Verne. Era la épica que me nutría, las historias que me flipaban. Pero el ciclismo estaba en esa misma categoría, aunque con la ventaja de que yo salía a la calle y Cabestany podía firmarme un autógrafo. Cabestany era mi ídolo, como el capitán Nemo [protagonista de 20.000 leguas de viaje submarino, de Verne], solo que el capitán no me podía firmar autógrafos”.

Fue un niño muy curioso. Resulta significativo ese afán de coger la bicicleta y marcharse, de viajar, de descubrir, de dejar la mente en blanco y mirar nada más que la carretera y la montaña, sentir los golpes de pedal como las pulsaciones o como respirar: como algo en lo que uno no repara, pero que te mantiene vivo. Luego fue viajando más y más lejos, hasta Bolivia, hasta Groenlandia, de continente en continente, y sin darse cuenta había encontrado aquello que le hacía feliz.

Portada del último libro de Ander Izagirre. (Fuente: Libros del K.O.)
Portada del último libro de Ander Izagirre. (Fuente: Libros del K.O.)

“Las historias de aventuras que me gustaban de pequeño fueron un primer sustrato, pero luego pude conocer a gente viajera”, ahora habla despacio, como recordando cada momento. “Nada más acabar la carrera me fui en un viaje al punto más bajo de cada continente, aquello fue para mí como un máster. Una vuelta al mundo de la mano de Josu Iztueta, que es un viajero de Tolosa. Para mí eso fue un filón: ahí descubrí cuánto me gustaba viajar, cuánto me gustaba contar historias. Me interesa la variedad de modos de vida que hay en el planeta. ¿Cómo vivirán en Groenlandia?, ¿cómo vivirán en el país más caluroso del mundo? Ahora puedo decir que he estado en esos sitios”.

Pero a veces, le digo, debe ser difícil para uno pasar tanto tiempo fuera, que a uno lo comprenda la familia, los amigos, la pareja. Ander se sorprende: “Tampoco viajo tanto, lo que pasa es que cunde mucho”. Y luego ríe. “Está claro que al principio tu entorno quiere que tengas un trabajo en el periódico de tu ciudad. Es normal. Pero de muy joven empecé a viajar y mi vida es muy sencilla: no tengo hijos, no tengo casa en propiedad, no tengo coche. Necesito poco. Como escribo tanto parece que esté todo el día fuera, pero la realidad es que el 80% de mi tiempo es estar delante del ordenador, en casa. Mi trabajo es de oficinista y de vez en cuando salgo a buscar historias”.

Este trabajo le ha valido numerosos premios en algo menos de veinte años de trayectoria, y me dispongo a enumerar solo unos pocos: el Premio Rikardo Arregi en 2001 al mejor trabajo periodístico del año en euskera por sus crónicas sobre el viaje alrededor del mundo; el Premio Marca de literatura deportiva 2005 por el libro Plomo en los bolsillos, con historias no tan conocidas del Tour de Francia; el Premio de la Asociación de la Prensa de Madrid de 2010 por el reportaje Mineritos, semilla de Potosí, y que también mereció el Premio Manos Unidas de ese mismo año; o el prestigioso Premio Europeo de Prensa en 2015 por el reportaje Así se fabrican guerrilleros muertos.

Los enumero no tanto por mostrar sus logros como para enlazar con una cuestión puntiaguda y que afecta a esta profesión: el imperio del ego. Porque Ander, aun siendo uno de los grandes cronistas en castellano, parece generar anticuerpos contra la vanidad:

Yo soy muy inseguro de mi trabajo. Los reportajes son más fáciles de manejar, piensas que han salido más o menos bien, puedes sentirte orgulloso de tu trabajo. Pero yo tengo la impresión de que nunca termino de rematar bien las cosas. Tendrá que ver con el carácter –en este momento duda, crea un silencio–. No tengo una idea demasiado elevada de mi trabajo. Uno debe asumir que es imperfecto. Sé que he hecho algunas cosas bien y que hay gente que quiere publicar mis libros. Pero hay muchos periodistas haciendo cosas más valiosas, y esto te lo digo de corazón”.

“Siempre tengo la sensación de haber desperdiciado la oportunidad de contar una buena historia”

Hace dos años, Ander llevó los fragmentos todavía inconexos de Potosí a los talleres de escritura que organiza la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), impulsada por Gabriel García Márquez en 1995, que cuida y premia el periodismo narrativo –o, mejor dicho, el periodismo de calidad–. Compartió horas con otros escritores latinoamericanos para retroalimentarse, para mejorar sus obras, todo el rato ante la mirada atenta del maestro Martín Caparrós, lo cual es un privilegio:

“Fui hace dos años con este libro a medias. Para los que somos escritores solitarios se aprecia esa mirada externa. Yo, por ejemplo, siempre tengo la sensación de haber desperdiciado la oportunidad de contar una buena historia. Pero uno debe asumir que es imperfecto. Ese taller fue muy útil: le di varias vueltas al libro que no le hubiera dado de lo contrario. Este año también fui, pero como ayudante de Caparrós, tomando notas y escribiendo los informes”.

Ander espera poco –o mucho– de la vida; solo seguir viajando, seguir escribiendo, seguir conociendo. Llegado el momento, le pregunto cómo se imagina en 30 años, cómo le gustaría ser recordado. Pero son cuestiones que no le preocupan; Ander persigue otras metas:

“Yo solo espero llegar a los 70 con buena salud, la curiosidad despierta y contando historias. Mi esperanza es seguir haciendo lo mismo que ahora. Quizá con 70 no pueda ir a un campamento en Pakistán, pero sí hacer otras cosas. En cuanto a la trascendencia, lo que me importa es la gente que me rodea: mi familia, mis amigos y mi novia. El resto del mundo, si aprecia mi trabajo, bien. Pero si se olvida de mí, no me importa. Yo soy feliz así”.

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Antonio Lucas: "La vida está marcada por los pasos que damos y por las zancadillas que recibimos"

Jorge Raya Pons

Antonio Lucas es uno de los grandes poetas en castellano y trabaja en el diario El Mundo desde hace veinte años, donde, paradójicamente, comenzó escribiendo sobre llantas y motores. “Así fue”, dice, sonriendo. “Y no tenía ni coche ni carnet”. Antonio tiene maneras de caballero inglés y fuma tabaco de liar, su voz grave acompaña un discurso de imágenes y construcciones que dibuja un hombre que no solo escribe como un poeta, sino que habla como un poeta, y a pesar de todo tiene 41 años. A finales de 2013, lo entrevisté para un trabajo universitario y le pregunté por el origen de su vocación literaria. Él me respondió, bromeando, que no fue la clase de niño que lee a Nabokov con seis años. Esta vez le pregunto, sin embargo, por el día en que descubrió al proverbial Arthur Rimbaud, el poeta maldito que siempre le acompaña:

“Aquello fue extraordinario. Rimbaud fue el poeta que más me impactó cuando tenía 15 ó 16 años y recuerdo aquella aventura como una emoción fortísima. Estaba en casa de mis padres y allí había varias antologías; la biblioteca de mi padre es impresionante. Yo había leído algunos textos donde Rimbaud figuraba como uno de los grandes poetas de la Modernidad, que lo es, y cuando saqué aquel libro del anaquel, aquella antología donde estaba Iluminaciones, donde estaba Una temporada en el infierno, fue una sobreexcitación brutal. Rimbaud te enseña que en poesía todo se puede decir, que nada es sagrado. Creo que nadie ha llegado tan lejos en su capacidad inflamable con el lenguaje como Arthur Rimbaud. Nadie”.

Antonio Lucas: "La vida está marcada por los pasos que damos y por las zancadillas que recibimos" 2
Retrato de un joven Arthur Rimbaud (1854-1891). | Fuente: Wikimedia

Antonio se recuerda entonces leyendo, escribiendo sus primeros poemas, en los últimos años de la adolescencia. Es un hombre enérgico y alegre, pero la memoria de aquellos años lo vuelve nostálgico: “Yo sospecho que nunca volveré a vivir, ya a mi edad, una emoción como aquella. Esto da pena: pensar que nada te va a emocionar igual con esa capacidad arrebatadora con la que yo lo descubrí, con esa especie de inocencia del chaval de 16 años que todavía está muy por hacer y que no sabe bien qué cierra y qué dispensa la poesía. Aquello no va a volver”.

Una de las grandes preocupaciones del artista, y probablemente de cualquier mujer y de cualquier hombre, es la capacidad de mantener la curiosidad y la pasión a lo largo del tiempo, más allá de los primeros años de rebelión y descubrimiento. “Por evocación, mantengo todo aquello que conocí”, continúa Antonio. “Lo que pierdes es la posibilidad de vivir igual ese entusiasmo. El tiempo te permite metabolizar mejor aquellos impactos que son tan locos cuando tienes la intensidad hormonal de la adolescencia. El tiempo va aquilatando ciertas emociones que a veces son muy pirotécnicas. Con el paso de los años te das cuenta de que formaban parte de esa aleación de sorpresa, de desafío, de osadía, de ingenuidad de cuando eras adolescente, y las cosas que quedaron de verdad adquieren más valor porque vas descifrando a esos artistas. Yo sigo leyendo a Rimbaud e inevitablemente ya no está esa condición inédita de la primera vez. Sin embargo, sí entiendo mucho mejor hacia dónde puede dirigir mis pasos y, sobre todo, hacia dónde soy capaz de ir con su lectura”.

“Muchas veces he sentido que no sabía hacia dónde quería ir, pero sabía que si me paraba no llegaría”

Antonio vive aferrado al presente por la poesía, que para sorpresa general suele mantener los pies en la tierra, pero también por el periodismo, que es el oficio que ha conocido siempre, el que paga el coche y la hipoteca. Es difícil imaginar al poeta dentro de una redacción, con las jornadas infinitas, con esa intensidad salvaje, con esos textos profundos y meditados a velocidad de crucero. Antonio ha trabajado toda una vida en las redacciones y presume de lidiar dignamente con ello: a fin de cuentas es el ritmo que ha conocido desde bien joven.

“Es cuestión de organizarse, de establecer preferencias”, dice Antonio, con pausa. “Yo soy un escritor de poesía lento. Probablemente porque tengo muchos jaleos y muchos frentes abiertos y la poesía requiere un cierto reposo. No te puedes sentar a hacer muñeca alegremente, sino que tienes que esperar que haya una mínima condición aceptable o favorable para el poema. Pero lo hago bien, escribo principalmente en fines de semana y vacaciones. Soy capaz de encerrarme en el cuarto una tarde a las cuatro, no salir hasta las nueve, y estar con un poema toda la tarde, o con dos”.

Me dijo un día Alberto Rojas, su amigo y compañero en El Mundo, que no es posible localizar a Antonio un domingo por la tarde, confirmando que Antonio además de ser un hombre con talento es un hombre sacrificado. “Tengo la sensación de ser un afortunado”, dice. “Pero es cierto que he currado mucho”.

En 2016, la editorial de poesía Visor publicó una antología de su obra con el nombre Fuera de sitio, como el poema de su libro Los desengaños, de 2014, que está dedicado a su íntimo Arturo Pérez Reverte:

Pero no es estar quieto la razón ni la meta,

sino un querer más pequeño, una conquista más clara:

ver la vida llegar de su noche a tu noche,

en un cuerpo ajeno,

pronunciar su silencio,

abrazar su alambrada,

desear su vacío,

delirar sin camino, sin mapa, sin fuego

del país que no haremos.

A sus 41 años, Antonio cuenta veinte de poesía editada. Esto significa una progresión estilística y también un reconocimiento: son 350 páginas inmensas, un trabajo envidiable, cuya cubierta, además, es obra de su padre, el artista José Lucas. “Yo veía muy lejos publicar mi poesía reunida”, dice, orgulloso. “Lo veía lejísimos y la tengo publicada mucho antes de lo que yo esperaba. Ahora veo lejos el próximo libro de poemas porque lo tengo a mitad”.

El poeta avanza con pasos de gigante, ya tiene más de lo que esperaba, pero le pregunto por la ansiedad de ver las cosas lejanas o inalcanzables, de avanzar desde la incertidumbre, y él reconoce que este es un factor con el que uno tiene que convivir cada día: “Claro que genera ansiedad. Pero esa incertidumbre, ese caminar a tientas, es el camino mismo. Claro que muchas veces he sentido que no sabía hacia dónde quería ir, pero sabía que si me paraba no llegaría. La poesía es una gran escuela para eso. El poema, en el ejercicio de escribirlo, no tiene una solución, no es una ecuación. El poema se va haciendo con ese tanteo. Y cuando ese poema empieza y cuando ese poema acaba, lo que ha sucedido entre medias probablemente tiene mucho de inesperado, de camino hecho a compás de la propia escritura sin pensar que el poema lo tenías en la cabeza. No sé, quedará un poco romántico si eso lo trasladas a la vida, pero el camino lo van marcando los pasos que damos… y las zancadillas (que recibimos)”.

Antonio Lucas organizará la próxima edición del Festival Eñe, uno de los certámenes literarios más importantes en castellano

A los compromisos propios e inevitables, Antonio ha sumado la organización para noviembre de la próxima edición del Festival Eñe, un evento literario con más de cien autores invitados. “Me puse a trabajar como un loco durante tres días y ahora comienzo a recibir las aceptaciones. La presentación del festival será una conversación a tres bandas entre Javier Marías, Arturo Pérez Reverte y Agustín Díaz Yánez. Sobre el papel, ya tengo el 70 por ciento armado”, adelanta. Antonio Lucas, que es un hombre dado al zarandeo, comienza a imaginar ahora una realidad más tranquila y retirada, a salvo de la nube tóxica y de la urbe: “No soy una persona con excesivas metas, que se mueva por estrategias. Pero si tengo una, y no es una meta muy especulativa, es la de comprar una casita no muy lejos de Madrid y pasar allí más tiempo. Me gustaría estar con mis libros, con mis amigos, con una copa más o menos cerca. Esta casa sería un espacio de reposo, de recogimiento y de recogida. Es lo que yo querría: pasar más tiempo entre paisajes que pajariteando por la Gran Vía. Con el tiempo tengo cada vez más esa sensación y cada vez hago más escapadas. Y es lo que haré si no se me quiebra antes la vida”.

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Las elecciones de Alemania, en directo

Redacción TO

Foto: MICHAELA REHLE
Reuters

Alemania celebra hoy sus elecciones federales, en las que más de 61,5 millones de alemanes están llamados a votar para elegir canciller. Los colegios permanecerán abiertos entre las ocho de la mañana y las seis de la tarde y los resultados se conocerán poco después.

Las encuestas están de lado de la actual jefa del Ejecutivo, Angela Merkel, cuyo partido (CDU) podría obtener entre el 34 y el 36% de los votos, muy por delante del partido socialdemócrata (SPD), que lograría entre el 21 y el 22%. En tercer lugar estaría la derecha nacionalista, AfD, que se haría con entre el 11% y el 13% de los apoyos pero el último puesto del podio también podría ir para la izquierda radical (Die Linke) con entre 9,5 y 11% de las preferencias.

Las elecciones de Alemania, en directo

09:15. El presidente alemán llama a hacer uso del derecho a voto. Frank Walter Steinmeier ha llamado a sus conciudadanos a hacer uso del derecho de voto y ha advertido que quien no vota permite que otros decidan sobre el futuro del país. Según Steinmeier, nunca antes se había sentido tan claramente que unas elecciones tienen que ver “con el futuro de Europa y el futuro de la democracia”, probablemente en alusión al inminente acceso al Parlamento de la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD).

08:00. Abren los colegios electorales en Alemania, que celebra este domingo unas elecciones federales en las que se esperan pocas sorpresas. 61,5 millones de alemanes decidirán la composición del nuevo Bundestag, y muy presumiblemente Angela Merkel será reelegida canciller, aunque en qué condiciones está todavía por determinar.

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Alguien vota en Berlín, la capital alemana. | Foto: Fabrizio Bensch / Reuters

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