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Eibar amaneció republicana

Rodrigo Isasi Arce

Foto: Eibarko udal Artxiboa/Archivo municipal de Eibar

La gente entonaba el Himno de Riego, la Internacional y el Gernikako Arbola en la abarrotada plaza de Unzaga de Eibar, por aquel entonces plaza de Alfonso XIII. Eran las 06:30 horas de la mañana del sábado 14 de abril de 1931 y el teniente de alcalde socialista Juan de los Toyos izaba la bandera tricolor en el balcón del ayuntamiento. Quedaba así proclamada la II República. Esta ciudad vasca se convertía en la primera en declarar el nuevo gobierno en España, adelantándose unas cuantas horas a otras ciudades como Barcelona o Madrid, donde se proclamó a las 12:00 y a las 13:00 horas, respectivamente.

Juan de los Toyos González fue secretario permanente de la sección metalúrgica de la Unión General de Trabajadores (UGT) de Vizcaya y de Guipúzcoa, además de militante del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), miembro del Comité Central Socialista de Euskadi, concejal en el Ayuntamiento de Éibar (Guipúzcoa) y Consejero de Trabajo, Previsión y Comunicaciones del primer Gobierno de Euskadi desde 1936. Como profesional, fue gerente de la cooperativa de producción socialista más importante de España, Alfa.

86 años después de aquel 14 de abril de 1931, quedamos con el sobrino de aquel edil socialista, que también se llama Juan de los Toyos, y que es tío del actual alcalde de la ciudad, Miguel de los Toyos. Como no podía se de otra manera, nos encontramos con él en los soportales de la casa consistorial, que sigue conservando en sus columnas los agujeros de bala fruto de la Guerra Civil y, donde cada 14 de abril, la bandera republicana ondea desde el balcón. A sus 94 años de edad, este ‘gudari’ socialista nos cuenta su experiencia.

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El bombero municipal ‘Eltzartza’ cambia la placa de Plaza de Alfonso XIII por Plaza de la República | Foto: Fondo Castrillo Ortuoste. Archivo Municipal de Eibar

“Fue un día apoteósico, Eibar era pequeño por aquel entonces, tenía 14.000 habitantes, y entonces había una euforia terrible. Aquel día la Casa del Pueblo estaba hasta los topes y se repartieron banderas socialistas rojas y republicanas”.

Una vez que se había declarado el nuevo gobierno en la capital de España, y en otras ciudades, en Eibar se colocó una gran escalera en la fachada del Ayuntamiento para que un bombero retirara la placa Alfonso XIII, que daba nombre a la plaza, por un cartón con la inscripción Plaza de la II República.

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Juan de los Toyos, abril de 2017 | Foto: Rodrigo Isasi/The Objective

No se sabe a ciencia cierta si ocurrió por un error de comprensión, ya que algunos locales cuentan que un emisario le comunicó a de los Toyos “se está preparando la república” y este entendió “se está proclamando la república”. Este error fonético pudo llevar a preparar, horas antes que el resto de ciudades españolas, la constitución de la República. Lo que si es cierto, es que las familias, con las banderas en la mano, acudieron en masa a la plaza del ayuntamiento expectantes de la proclamación del nuevo gobierno.”Yo estaba allí en la plaza con toda mi familia”, asegura de los Toyos.

Dos días antes, en las elecciones municipales, la opción republicano-socialista ganó en Eibar por inmensa mayoría, obteniendo 18 de los 19 ediles.

En Eibar había un socialismo muy distinto al que había en Madrid. Aquí se fundó en 1920 la cooperativa Alfa, una fábrica de máquinas de coser en la que los trabajadores eran socios. Entonces, era una palanca para derrotar al capitalismo”.

“En las cooperativas, el trabajador es dueño del capital. Actualmente hay crisis y paro en la juventud porque el trabajador no es dueño de lo que se produce”. “El trabajador ha de ser dueño de las herramientas de trabajo, y no el capital, el capataz, que es el que crea la crisis. Cuando llega una máquina que sustituye a diez o doce obreros, el dueño, el capitalista, no tiene reparos en despedirlos”.

Cuando el obrero es dueño del trabajo, el progreso y la riqueza es para el obrero, algo que no ocurre ahora mismo” y asegura, “mi tío, Juan de los Toyos, hizo todo lo posible en su época para que la industria mejorase un poco. Él era secretario de UGT”.

Recuerda que grandes personalidades del momento pasaron por Eibar, como Indalecio Prieto, Largo Caballero o Miguel de Unamuno. “También estuvo un militar que traicionó a la bandera republicana, el andaluz Queipo de Llano”.

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Indalecio Prieto leyendo el discurso desde el balcón del Ayuntamiento de Eibar, en 1931 | Foto: Fondo Ojanguren/Eibarko udal Artxiboa

Concretamente se refiere al día 3 de mayo de 1931, cuando Indalecio Prieto, Ministro de Hacienda, Miguel de Unamuno, presidente del Consejo de Instrucción Pública, y el capitán general de la primera región militar Queipo de Llano acudían a la pequeña ciudad vasca para hacerle entrega del título honorífico de “muy ejemplar ciudad“, por su ” la valentía y arrojo mostrados por sus ciudadanos al ser la primera ciudad en proclamar la II República”, según recogen los textos de la época. Pero, cinco años después, el 14 de agosto de 1936, Queipo de Llano alzaba la bandera rojigualda desde el balcón del ayuntamiento de Sevilla, anunciando la victoria del bando nacional y la derrota de los republicanos, un símbolo que muchos vieron como una gran traición.

Pero Eibar no fue solo la pionera en instaurar la república, sino que fue también la primera ciudad en la que las mujeres pudieron votar libremente.  El referéndum autonómico del 5 de noviembre de 1933 en Eibar, fue la primera vez que la mujer pudo votar, en el resto de España lo hicieron en las elecciones generales del 19 de noviembre de 1933.

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Referéndum autonómico del 5 de noviembre de 1933 en Éibar | Foto: Fondo Ojanguren/Eibarko Udal Artxiboa

Años de paz y gloria para esta ciudad vasca, al menos hasta 1936, cuando estallaba la Guerra Civil española, uno de los períodos más negros de la historia de este país. Apenas un año después, en 1937, y también coincidiendo en el mes de abril, la villa armera experimentaba uno de sus peores días, el de su bombardeo por aviones fascistas italianos. Un día antes, la aviación alemana hacía lo propio en la ciudad vecina de Gernika. Este 25 de abril se cumplen 80 años de aquel desastre, pero esto, es otra historia diferente…

El final de Aguirre

Ignacio Vidal-Folch

La estrepitosa caída de los ayudantes de Esperanza Aguirre –primero, Granados, y ahora González— dan el punto y final a un tono de entender la política: tono desacomplejado, soberbio y hasta jactancioso, característico de Aznar, que era hasta cierto punto sugestivo, hartos como estábamos de tanto “mea culpa”, pero que ha quedado descalificado; si no por el proceso a sus más destacados colaboradores –Rato, Zaplana, Matas, etcétera, etcétera—, por las lágrimas de la lideresa de Madrid, que era su último bastión y parecía incombustible. Des imperdonable llorar en público. Cuando apelas a la débil femineidad es que ya has perdido Granada y no te queda nada…

Cabe lamentarlo. Cabe pensar que será más triste un escenario político que se muerde los labios, completamente sometido a la corrección política y despojado de figurones de perfil tan pronunciado como el de Aguirre, tan llamativo, interesante, voluntarioso. Y ello al margen de las realizaciones de su ejecutoria.

También cabe encogerse de hombros ante el final de una época: a lo que está muriendo, según decía el sabio, hay que ayudarlo a morir.

Alivio, y gracias, en Francia

Víctor de la Serna

Foto: PHILIPPE WOJAZER
Reuters

Emmanuel Macron, del que todos -salvo los cuatro gatos alocados que, por ejemplo, predijeron el triunfo de Donald Trump- esperan ahora que se convierta tras la segunda vuelta en el presidente más joven de la historia de la república francesa, es esencialmente un desconocido sin ideología claramente definida. Pero tal y como está el patio, ante rivales éticamente descalificados como François Fillon o políticamente deletéreos -antieuropeos, antiliberales -como Marine Le Pen o Jean- Luc Mélenchon, la probable victoria de Macron en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales es un bálsamo que este azacaneado mundo, que esta perturbada Europa, recibirán con alivio. El horno no está para muchos más bollos después de Trump, del Brexit, de Putin, de Kim, de Asad, del ISIS, de Maduro, del homicida Duterte…

Una cosa es el alivio y otra el futuro. Macron pertenece a esa generación un tanto indefinida que pasa de una carrera brillante en un banco de negocios a un Ministerio del Gobierno socialista de François Hollande y viaja, como Albert Rivera aquí, del “centro izquierda” al “liberalismo” sin dejar exactamente claro qué entiende por una cosa u otra. Habrá que esperar. Queda tras él una buena ley de comercio que liberalizaba bastante el corsé del sector, y eso representa una aceptable tarjeta de visita en un país tan intervenido, tan esencialmente antiliberal como es hoy Francia. Pero lo que le espera si gana la Presidencia es de otra magnitud. Empezando por la incógnita de la composición del Parlamento después de unas elecciones generales a las que Macron presentará un partido nuevo y sin respaldo definido.

La Francia que probablemente va a heredar Macron está empantanada social y económicamente, y el lastre de la feroz extrema derecha lepenista es su corolario político. No hay proyecto nacional claro y la asimilación de la población de origen inmigrante ha sido un fracaso doloroso, con esas ‘banlieues’ que son guetos apenas disimulados y fábricas de islamismo militante. La tarea será ingente. Y un inexperto político de 39 años va a tener que enfrentarse a ella.

Francia y Europa viven hoy, angustiadas, al borde de todo tipo de rupturas. Hasta el punto de que lo que no es más que un respiro es recibido con ciertas dosis de entusiasmo. Pero no nos engañemos: sólo se ha evitado lo peor. Y ojo a esa segunda vuelta…

¡Que viajen más!

Andrea Mármol

Foto: Manu Fernandez
AP

El pasado miércoles acudí a dar una conferencia en la sede barcelonesa del Colegio de Periodistas de Cataluña a un grupo de estudiantes holandeses. Los alumnos, del Máster de Políticas Públicas, habían fijado la visita de final de estudios en Barcelona, interesados en conocer más acerca de la situación política en Cataluña. En realidad, la charla tomó la forma habitual de debate entre partidarios y detractores de la secesión. Los holandeses, claro, habían considerado oportuno que los contertulios tuvieran opiniones encontradas respecto a la independencia de Cataluña.

No sabría decir por qué, pero a medida que, tal y como procuró mi contertulio, nos enzarzábamos en la sempiterna discusión sobre la inmersión lingüística y los hechos diferenciales, el público mostraba señales de fatiga, por lo que la moderadora no dudó en abrir un inusualmente largo turno de preguntas. Al contrario de lo que suele pasar en sesiones similares, las preguntas no hicieron sino arrojar luz a una conversación probablemente enviciada de las menudencias que monopolizan el debate público catalán.

“¿En qué sentido puede un catalán sentirse oprimido por España?”, preguntó uno de los asistentes, señalando hacia el exterior, como diciendo: “he estado paseando y nada parece indicar que esto sea una colonia”. Otro chico –todos muy jóvenes- alzó la mano para reflexionar en voz alta: “Parece lógico que no se permita hacer un referéndum contrario a la Constitución, al cabo, España es una democracia”. Obviedades, sí, pero olvidadas a menudo en las tertulias catalanas, donde defender la unidad constitucional de España y el proyecto común parece reservado a opiniones residuales y estrafalarias.

No pude evitar sentir cierta pena al comprobar que para que uno encuentre sus argumentos secundados en Barcelona hagan falta los observadores ajenos a la realidad catalana –y en algunos casos, española-. Sin embargo, que el episodio tuviera lugar apenas una semana después del ridículo internacional de los líderes separatistas intentado que algún dirigente democrático se enrole en su causa tuvo algo de alentador. Lejos del fervor patrio, el sentido común puede reservarse todavía unos cuantos reveses para quienes tienen el único plan de volar las leyes en Cataluña.

Defender la Constitución no es una extravagancia y sí lo contrario: Carles Puigdemont cada vez hace más el ridículo sólo en su nombre y no en el de todos los catalanes. Si no fuera porque sí somos todos nosotros quienes padecemos los efectos económicos de esos gastos, sería positivo animarles a que viajen más y sigan coleccionado proclamas contrarias a la ruptura proferidas por líderes internacionales. Las mismas, por cierto, que son tachadas de subalternas si se hacen desde dentro.

Macron, primer presidente europeo

Antonio García Maldonado

Foto: BENOIT TESSIER
Reuters

Hay dos temas de los que es muy difícil hablar desde la emoción y el optimismo. Uno por definición: la seguridad. Otro, por coyuntura: la Unión Europea. Ambos han sido obligados y predominantes en la campaña electoral de la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas. El marco en el que se iba a desarrollar la jugada era ideal para Marine Le Pen, candidata extremista del Frente Nacional, cuyo discurso antieuropeo y su insistencia en sacar tajada tras cada atentado islamista parecía conectar con una ciudadanía especialmente temerosa y reacia al cambio. El atentado contra una patrulla de policías apenas unos días antes en pleno corazón de París reforzaba esta impresión. En esencia, se daban todas las condiciones estructurales de Francia y coyunturales de Europa para que ganara un candidato conservador o reaccionario, Fillon o Le Pen.

Sin embargo, y según el recuento hasta ahora, Marine Le Pen competirá contra un liberal de centro-izquierda, Emmanuel Macron, exministro del Gobierno saliente, muchos de cuyos miembros, empezando por el presidente, lo han apoyado tácitamente cuando no con entusiasmo. Francia ha votado en estado de emergencia política, y las siglas partidistas no han servido de nada en el centro-izquierda francés. Macron era su candidato, sin importar qué otro nombre utilizaba el puño y la rosa en su papeleta. Y, vista la evolución de los sondeos y cómo Le Pen los ha encabezado durante muchos meses, hay algo de honor salvado en Francia en el hecho de que Macron quede unas décimas por encima de la candidata del Frente Nacional.

El hecho diferencial ha sido Macron, el candidato, que trae de vuelta algo tan francés como la gaullista providencialidad de un líder que, por naturaleza, convoca a un rassemblement apartidista. A falta de estudiar los datos de participación y voto por ubicación ideológica y cohortes, no parece aventurado sospechar que ha tenido dos apoyos clave: el de votantes naturales y cuadros socialistas acuciados por ese mencionado estado de emergencia política; y el de los jóvenes en un país cerrado y hostil a reformas que vayan en su interés. Macron es, de alguna forma, el primer presidente de otra generación en Europa, y en gran medida, el primer presidente europeo por su instancia en la necesidad del proyecto comunitario.

Los mítines del candidato de En Marche! eran música para los oídos de aquellos que, sin renunciar al orgullo por la historia francesa, entienden que el futuro pasa por acompasarla con la europea; para los que están inquietos por los atentados pero no quieren que la respuesta sea acabar con Schengen; para los que critican la burocracia desmedida de Francia sin que eso signifique renunciar a una protección social sólida y a una educación de excelencia. Los mítines de Macron no decaían en entusiasmo ni cuando solemnizaba su tono para decir que “el primer deber de un presidente es el de garantizar la seguridad de sus ciudadanos”, ni cuando sacaba una bandera europea para decir que estaba orgulloso de ella aunque se hubieran hecho muchas cosas mal.

Los candidatos perdedores Hamon y Fillon se han apresurado a decir que votarán por Macron en la segunda vuelta. El ‘pacto republicano’ parece reeditarse, con más entusiasmo en el caso de Hamon que de Fillon. El candidato de La Francia Insumisa, Mélenchon, dice que consultará a las bases, en un gesto que no por menos esperado deja de ser elocuente de algunas concomitancias proteccionistas y nostálgicas en los extremos del arco ideológico.

Queda la segunda vuelta, aunque hay pocas dudas de que Macron será el claro vencedor de las presidenciales. Más dudas se plantean para las legislativas del mes siguiente. Macron ha ganado en gran medida con los votos socialistas (no se explica de otra forma que su candidato esté en el 6%) y sin ellos no podrá aplicar ningún programa reformista. Su apoyo en el parlamento vendrá del centro-izquierda, no de los republicanos de centro-derecha, que lo ven, de facto, como un presidente rival, a diferencia de los gobernantes salientes. Por tanto, será interesante ver qué alianzas establece su movimiento En Marche! con el Partido Socialista. Si esto no se resuelve de manera eficaz, Macron está condenado a decepcionar a los suyos, y por tanto a dar otra oportunidad a Le Pen dentro de cinco años.

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