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Eka Kurniawan: “La violencia política y sexual siempre es un tema político para mí”.

Ariana Basciani

Foto: Paula Pedemonte
Pontas Agency

El autor indonesio Eka Kurniawan llega a una Barcelona convulsa dos días después de celebrarse el referéndum catalán; sin embargo, la situación no parece importarle mucho ya que acepta que lo entreviste a propósito del lanzamiento de su novela La belleza es una herida, traducida en castellano y en catalán, por la editorial Lumen como por Més Llibres, respectivamente.

Kurniawan ha sido comparado con García Márquez, Günter Grass o Salman Rushdie. La belleza es una herida lo dio a conocer a nivel internacional, así como a la literatura e historia del país asiático. La ficción nos acerca a Halimunda, una ciudad equiparable a Macondo pero al otro lado del mundo, con personajes femeninos que son el hilo conductor de una turbulenta historia de guerra y amor, un manifiesto político que define qué heridas se abrieron y cuáles se cerraron a partir del colonialismo neerlandés y la ocupación japonesa en el pasado reciente del archipiélago asiático.

Eka Kurniawan: “La violencia política y sexual siempre es un tema político para mi”.
Eka Kurniawan a su paso por Barcelona | Imagen vía The Objective/Ariana Basciani

¿Cuánto tiempo te tomó escribir este libro?

Me tomó dos años cuando estudiaba en la universidad. Quería hablar sobre la historia de Indonesia y cómo los dictadores fueron más allá, qué sucedió antes y después de eso. Así que comencé a leer y a realizar un estudio de la novela.

¿Por qué el libro comienza con una cita de Don Quijote? ¿Ha marcado Cervantes tu literatura?

De hecho tomé prestadas varias cosas de Don Quijote, de cómo él ve la realidad y cómo explica su propia perspectiva de lo que es real. Creo que tomé prestada esa visión, mi novela es sobre la historia de Indonesia, pero los personajes tienen su propia perspectiva de esa realidad.

Pero la cita de Cervantes que escogiste es sobre el amor. ¿La belleza es una herida es entonces un libro sobre el amor?

Sí, hay una coincidencia con el Quijote en ese sentido. Yo tomé prestado ese estilo de la novela, pero al mismo tiempo esa frase va muy bien porque creo que es lo que el personaje intenta expresar, esa falta, que los hombres necesitan a las mujeres.

Claro, tu libro narra la historia de mujeres fuertes y de los hombres que se enamoran de ellas. ¿Cómo y dónde hallaste la voz para plasmar esta polifonía femenina?

Primero leí los hechos históricos de Indonesia, todos escritos por hombres. Todos los soldados son hombres, todos los héroes son hombres, el que libera a la nación es un hombre, así que todo es sobre hombres. Entonces pensé ¿dónde estaba la voz de la mujeres? Es algo muy trágico que sucede con las mujeres en épocas de guerra, pero al mismo tiempo era algo bueno para muchas de ellas, porque después de una vida turbulenta, todo tiene que ver con la supervivencia. Creo que es por eso que todas las mujeres –indonesias- tienen un carácter muy fuerte. Por ejemplo, en mi novela, todas las mujeres son sobrevivientes hasta el final. Yo crecí con tres hermanas y solía vivir con mi madre, así que estoy acostumbrado a las mujeres, a mis amigas y muchas veces tomo prestado el carácter de alguna que conozco para escribir. Es la forma en la que llego a conocerlas mejor y crear mis personajes.

La prensa suele comparar tu obra con la de García Márquez, ¿es una referencia en tu obra?

Puede que haya consistencias, inconsistencias o influencia con su obra, pero al mismo tiempo tengo mucha influencia del folclor indonesio. Sí tengo una influencia de García Márquez pero también de mis propios orígenes.

¿Podríamos hablar de un realismo mágico indonesio?

Quizás es realismo mágico, pero quiero pensar que es diferente. Por ejemplo, García Márquez toma elementos fantásticos, pero en mi novela las referencias vienen dadas de las historias del horror de la realidad indonesia, de la espiritualidad o de lo supernatural.

Hay dos temas tabús en la novela: la prostitución y la violación. ¿Por qué los elegiste como hilos conductores de los personajes femeninos?

Yo suelo pensar que mi libro es una novela política. Tengo que hablar de la política indonesia y de la historia política; al mismo tiempo también quería estudiar los detalles individuales de las relaciones entre mujeres y hombres, esposas y esposos. Necesitaba hablar de la política y la violencia en la historia de mi país. Al final toda la violencia política y  sexual siempre es un tema político para mí.

¿Un libro político dentro de la ficción?

Sí, es un libro político. Tiene dos capas, una que habla de la ocupación colonial, la revolución y el comunismo; otra, más abajo, de la política entre patriarcado y el feminismo.

¿Es una crítica al etnocentrismo europeo y japonés?

Hay mucho prejuicio, es una deuda colonial. En Indonesia solemos pensar que todos los hombres son muy malos. Quizás hago una crítica al prejuicio porque existe hacia los nativos indonesios. En la novela plasmo esa situación a través de los personajes principales que son mitad indonesios, mitad extranjeros. La violencia no desaparece en estos contextos, al final el que tiene el poder, es el que abusa de la gente.

Eka Kurniawan: “La violencia política y sexual siempre es un tema político para mi”. 2
Portada del libro La belleza es una herida | Imagen vía Editorial Lumen

¿Cómo ves el futuro de la literatura en general y en Indonesia?

Creo que hay una tendencia a la novela experimental o a la metaficción. En España, Enrique Vila Mata o en Argentina, César Aira, creo que puedes encontrar la misma tendencia en cualquier parte del mundo; al mismo tiempo varios autores están en contra y van a lo clásico y a la novela tradicional. Creo que así será la tendencia en el futuro. En Indonesia es lo mismo, ahora hay mucha metaficción, también todo es muy experimental y muy nuevo, pero creo que se regresará a lo clásico.

¿Cómo podrías promocionar la literatura indonesia?

Para conocer y comprender la literatura indonesia hay que conocer la lengua indonesia y no es muy popular, así que no puedo decir que se haga muy famosa en el mundo, porque es muy difícil de traducir.

¿Cuáles son tus próximos proyectos?

He estado pensando en mi próxima novela que comenzaré a escribir el año que viene pero primero terminaré la promoción en España de este libro, y luego viajaré a promocionar otras novelas en Estados Unidos y el Reino Unido.

Por último, volvamos a la novela. ¿El título La belleza es una herida es una metáfora de tu país?

Sí, más o menos, hay una tendencia a jugar con el doble sentido, puede ser una metáfora para hablar de mi propio país o también puede ser tan simple como el sentimiento de los personajes principales.

Más allá de su respuesta, el título de la novela La belleza es una herida es parte principal del cierre de libro, más intenso y amoroso que desgarrador, lo que nos lleva a reflexionar sobre la riqueza estética de la obra, ya que esta no solo tiene que ver con la pregunta hacia lo visible, lo apreciable en la historia de ficción, sino hacia la complejidad que hayamos entre líneas.

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Tener pene

Aurora Nacarino-Brabo

Foto: Erol Ahmed
Unsplash

Para esa mitad aproximada de la población que dispone de uno, tener pene puede parecer algo más o menos trivial. En realidad no lo es. Tener pene es importante. O, mejor dicho, no tenerlo lo es. Cuando empecé a relacionarme con politólogos e intelectuales en seguida noté algo extraño: era como si no existiera. Los corros siempre se cerraban ante mis narices, casi nadie prestaba atención si me atrevía a decir algo y con frecuencia no llegaba a terminar mi excurso porque alguien me interrumpía antes.

Era una situación desconcertante por nueva. Nunca me había pasado en un aula, donde uno sabe que se sienta entre semejantes y donde la brillantez de las ideas y la cuantía de los conocimientos las examina un evaluador externo al grupo: un profesor.

Al principio achaqué estas reticencias a mi edad. Era un poco más joven que la mayoría de ellos, así que pensé que quizá se tratara de eso. Y, claro que tenía que ver, pero pronto noté que había otros chavales a los que se integraba y se dispensaba el trato considerado que a mí me negaban. Aquel entorno era muy masculino, pero imagino que muchas mujeres habrán vivido experiencias similares en ámbitos distintos.

Yo decía algo y nadie se dignaba mirarme. Un rato después, algún tenedor de pene repetía el mismo argumento y era recibido con asentimiento y celebración. Así asumí que mi problema era no tener pene. La otra opción era aceptar que era más tonta que el resto, y yo, que me tengo por una persona segura, alguna vez dudé de mí, y me avergoncé de mis opiniones y pensé que quizá no estuviera a la altura.

Escribir se convirtió en la única forma de poder expresarme sin interrupciones, sin sonrisas paternalistas ni gestos de desdén. Después, claro, mis artículos no se leían como los de ellos y mucho menos se compartían. Todavía es así. Cuando eres mujer es duro labrarte un espacio propio. Tienes que ganarte el respeto de todos: de los desconocidos, de los amigos y hasta de tu novio. Aprendí que, a veces, para obtener la bendición de los cercanos tienes que conquistar primero el favor de los extraños. También, que es más fácil conseguir el aplauso de los próceres que de quienes creen competir contigo. Pero sería injusto generalizar y no admitir que me he cruzado con hombres estupendos que me han tratado como a una igual y que hoy me son muy queridos.

Como soy muy cabezota, no dejé de escribir. Me dije: “Te va a costar un poco más que a ellos, pero, al final, llegarás tan lejos como te propongas”. Sigo convencida de ello. No me malinterpreten: no creo en esas frases de autoayuda barata que lo conminan a uno a perseguir sus sueños, como si la intención forjara el éxito. Pero creo tener algún talento, aunque publicarlo sea probablemente pretencioso y poco femenino. No escribo esto buscando explotar el victimismo con el que tontea algún feminismo. No soy débil. Me gustan las personas fuertes. Me gustan las mujeres fuertes.

Una vez, cuando era pequeña, una mujer (una amiga de mi familia, además) me preguntó, casi retóricamente, si yo quería ser un chico. Supongo que lo decía porque me pasaba el día saltando, trepando, corriendo, jugando al fútbol. No me gustaban las muñecas ni esos vestidos incómodos. Me identificaba con personajes como Peter Pan, Tintín, Basil, aquel ratón émulo de Sherlock Holmes, o Arturo, en la película que Disney dedicó al mago Merlín. Me aburrían los cuentos de princesas, pobres muchachas pasivas a la espera de un señor guapo, y me daban miedo las brujas. Nunca respondí a aquella pregunta, “¿A que te gustaría ser un chico?”, porque me quedé sin palabras. El mensaje era aterrador: todo lo que me hacía feliz era impropio de una chica. Estaba íntimamente escandalizada y furiosa, aunque fui incapaz de manifestar escándalo o furia.

La contestaré hoy, cuando han pasado más de veinte años y tengo, por fin, algún público que me lea: no quiero ser un chico. No queremos ser hombres. Solo queremos ser iguales.

Continúa leyendo: Leonora Carrington, las Memorias de abajo de la pintora surrealista

Leonora Carrington, las Memorias de abajo de la pintora surrealista

Anna Maria Iglesia

Foto: DANIEL AGUILAR
Reuters

El legado de Leonora Carrington, artista surrealista británica, no solo está compuesto por una obra pictórica indispensable para entender el siglo XX, sino también por textos de indudable interés, entre ellos uno de los más importantes es Memorias de Abajo, libro que André Breton le animó a escribir y que ahora publica Alpha Decay con prólogo de Elena Poniatowska.

“¡No admito su fuerza, el poder de ninguno de ustedes, sobre mí. Quiero ser libre para obrar y pensar; odio y rechazo sus fuerzas hipnóticas!”, se rebeló de pronto Leonora Carrington al doctor Luis Morales, bajo cuya supervisión médica estaba recluida en el sanatorio mental de Santander. Pocos meses antes, Max Ernst, había sido detenido por la República de Vichy. De origen judío y vinculado a la resistencia, Ernst fue detenido en su casa de Saint Martin d’Ardèche, donde vivía con una jovencísima Leonora, una joven inglesa llamada a ser una de las pintoras más relevantes del surrealismo. La Segunda Guerra Mundial, sin embargo, lo cambió todo: Ernst terminó detenido en el campo de concentración de Les Milles,  en la República de Vichy, y Leonora encerrada en una clínica psiquiátrica en Santander.

Leonora Carrington, las Memorias de abajo de la pintora surrealista 1

Los gritos de Leonora, reclamando su libertad, retumbaban en la clínica santanderina el agosto de 1940. Tan solo unas semanas antes, la pintora había sido obligada por su padre a un internamiento forzoso en la clínica del Dr. Morales, un psiquiatra de ideología nazi que, por entonces, regentaba una de las clínicas psiquiátricas con más prestigio entre la burguesía europea. El Dr. Morales era considerado una excelencia por llevar a cabo “milagrosas” y experimentales curaciones sobre sus pacientes, curaciones que se basaban principalmente en un choque convulsivo químico con cardiazol. A pesar de que el Dr. Morales la cogiera del brazo, afirmando, sin titubear, “aquí soy yo el amo”, aquellos gritos de Carrington anunciaban el final de su encierro. Ella estaba en aquella clínica por orden de su padre, un tradicional hombre de la burguesía inglesa que nunca había aprobado la conducta de su “rebelde” hija, y bajo el control permanente del Dr. Morales, ocupado, más que preocupado, en quitarle las ideas delirantes que la joven padecía desde la detención de Ernst.

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La posada del Caballo del Alba (1936-1937), autorretrato de Leonora Carrington | Imagen vía: Wikimedia Commons

“Cuando los alemanes invadieron Francia, temiendo por su propia seguridad, Leonora decidió escapar a España, con la intención de obtener un visado para el pasaporte de Max, que ella guardaba consigo”, cuenta Victoria Combalía en Amazonas con pincel. Por entonces, Carrington “ya comenzaba a ser presa de alucinaciones que le desencadenarían ataques de locura”, unos ataques que la acompañarían a lo largo de su huida de Francia, desde Andorra, pasando por la Seu d’Urgell y Barcelona, hasta Madrid, donde llegó acompañada por Catherine Yarrow y Michel Lucas.

La locura de Carrington era resultado de lo vivido, ¿cómo sino podría reaccionar alguien a quien, en palabras de Elena Poniatowska “de pronto los gendarmes se presentan y se llevan a su amor alegando razones de religión o de raza o de ideología”. La violencia, sin embargo, no abandonó a Leonora: no sólo llegaba a una España que acaba de salir de la Guerra Civil, una España cruel, dice Poniatowska, un país que “con su guardia civil intentó destruir su mundo imaginario y afectivo”, sino que nada más llegar sería víctima de una banda de requetés, que la raptaron y la violaron.

“Se levantaron algunos de aquellos hombres y me metieron a empujones en un coche. Más tarde estaba ante una casa de balcones adornados con barandillas de hierro forjado, al estilo español. Me llevaron a una habitación decorada con elementos chinos, me arrojaron sobre una cama, y después de arrancarme las ropas me violaron el uno después del otro”, recordaría tiempo después en Memorias de abajo. A partir de entonces, Carrington ya no pudo más, los delirios se incrementaron como si delirar fuera la única manera de huir de aquella vida hostil a la que parecía estar condenada.

“En sus raptos de locura, Leonora asumía el comportamiento de varios animales: rugía como una hiena, relinchaba como un caballo, ladraba como un perro…” cuenta Combalía. Fue entonces cuando el padre de Leonora entró en escena y obligó su internamiento: “Mi primer despertar a la conciencia fue doloroso: me creí víctima de un accidente de automóvil; el lugar me sugería un hospital, y estaba siendo vigilada por una enfermera de aspecto repulsivo y que parecía una enorme botella de Lysol. Me sentía dolorida, y descubrí que tenía las manos y los pies atados con correas de cuero. Después me enteré de que había entrado en el establecimiento luchando como una tigresa, que la tarde de mi llegada, don Mariano, el médico director del sanatorio, había intentado convencerme para que comiera y que yo le había arañado”.

Leonora Carrington, las Memorias de abajo de la pintora surrealista
Leonora Carrington | Imagen vía Alpha Decay

Así recuerda Leonora Carrington su llegada a la clínica psiquiátrica en Memorias de abajo, libro que André Breton le animó a escribir y que ahora la editorial Alpha Decay publica en una nueva edición con prólogo de Elena Poniatowska. Como cuenta Poniatowska, autora del libro Leonora, en la vejez, la pintora apenas hablaba de Max Ernst, pero sí de su estancia en la clínica: “De su niñez, Leonora habló con felicidad; del Cardiazol en la clínica del doctor Mariano Morales en Santander, en cambio, con verdadera angustia”. De hecho, añade la escritora mexicana, “con el terror impreso en sus ojos, volvía a caer en el agujero negro: ‘Me impidieron cualquier movimiento, me amarraron, me inyectaron…’”. Si bien para Bretón el libro de Leonora fue un texto imprescindible para sus estudios en torno a la locura y los delirios, no debe olvidarse que Memorias de abajo es, ante todo, un libro sobre la reclusión y el abandono.

Carrington no sólo se siente atrapada en esa clínica, no sólo siente que aquellos tratamientos, hoy absolutamente superados, no hacían otra cosa que hundirla más en su locura, sino que se sentía abandonada, sobre todo por un padre que parecía estar haciéndole pagar el precio de la libertad disfrutada años atrás en París. Como relataba hace algunos meses en The Guardian su sobrina Joanna Morhead, Carrington –Prim, así la llamaban- era considerada la “niña salvaje” de la familia: “Nunca escuché ni una sola buena palabra hacia ella”, recuerda Morhead, para quien fue todo un descubrimiento saber que su tía era un nombre imprescindible dentro de la historia de la pintura. “Durante décadas, ella fue relativamente desconocida: el convencional mundo artístico pasó por encima de ella y los comerciantes la ignoraron. Cuando entró en los ochenta años, sin embargo, encontró, con lentitud, pero con firmeza, la fama”, afirma Morhead y sigue: “Su trabajo fue redescubierto por los historiadores; las mujeres surrealistas fueron ‘recuperadas’ y conocidas por sus talentos individuales antes que por su papel de musas. Al inicio del siglo XXI, ella se convirtió en una especie de tesoro nacional para su país de adopción”, México.

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Cocodrilo de Leonora Carrington, en Ciudad de México. | Imagen vía Carlos Valenzuela/Wikicommons

Carrington llegó a México en 1942, tras un año en Estados Unidos. A finales de 1940, gracias a la intermediación de un primo suyo, salió de la clínica de Santander, aunque su padre ya había decidido su destino: “Su familia ha decidido enviarla a Sudáfrica, a un sanatorio donde será muy feliz porque es delicioso”, le dijeron nada más llegar a Madrid, primera etapa de un viaje que Leonora no estaba dispuesta a realizar. Acompañada por Frau Asegurado, encargada de su cuidado y vigilancia, fue embarcada a Lisboa, teóricamente la segunda parada antes que Sudáfrica. Sin embargo, Leonora, consciente de que “no había que luchar con esa clase de gente, sino pensar más deprisa que ellos”, no dudó en escapar en cuanto tuvo la posibilidad y esconderse en la Embajada de México, habiendo conocido al diplomático mexicano, Renato Leduc, pocos días antes en Madrid: “El embajador se portó maravillosamente conmigo, después. Tuve que entrar a verle, y dijo: ‘Está usted en territorio mexicano. Ni siquiera los ingleses pueden tocarla’. No sé cuándo apareció Renato. Al final, dijo: ‘Vamos a casarnos. Sé que es horrible para los dos, porque no creo en esa clase de cosas, pero…’”.

Fue así como Leonora pudo escapar. ¿Fue un matrimonio concertado aquello que le concedió la libertad? Ella nunca lo negó. Si bien el matrimonio con Renato durara tan solo un año, su amistad perduró hasta el final y él nunca dejó de visitarla en su casa de Chihuahua. En México, Leonora retomó su carrera como pintora que la guerra había interrumpido y aquellas alucinaciones cabalísticas y astrológicas sufridas durante su estancia en Santander terminaron plasmando un mundo interior, del cual sus pinturas fueron reflejo: “su pintura desvela la vertiente mística de la vida cotidiana. Sus escenas recuerdan los cuentos de hadas y los relatos infantiles irlandeses y celtas que le contaban de niña, repletos de druidas y magos que conocen una dimensión superior de la realidad. Personajes como la diosa Danu o la figura del caballo como símbolo de la búsqueda de renovación abundan en sus lienzos, así como gatos, cisnes, serpientes y alusiones a la cábala y a la alquimia”, apunta Victoria Combalía.

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El mundo mágico de los mayas de Leonora Carrington en el Museo Nacional de Antropología de México | Imagen vía Loppear / Wikimedia Commons

Leonora Carrington murió en 2011 en México. Tenía 91 años. Nunca quiso volver a Europa para vivir, aunque sus viajes a Inglaterra y Francia fueron constantes. Tras de sí, no sólo deja textos de indudable interés, sino una obra pictórica indispensable para entender el siglo XX. “Su trabajo evoca de muchas cosas y su enormemente complejo”, comenta Matthew Gale de la Tate Modern, “su producción no fue masiva porque su técnica es muy meticulosa y su trabajo muy detallista”.  

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Gastheiz, la cerveza vasca de patata que lucha contra los estereotipos

Rodrigo Isasi Arce

Foto: Gastheiz

Ainhoa Ocio y Jone Conde, dos jóvenes emprendedoras vascas, de 28 y 22 años respectivamente, han lanzado al mercado la primera cerveza con patata del Estado, Gastheiz, que además lucha contra los estereotipos asociados a esta bebida. “Actualmente la cerveza se asocia con los hombres y la masculinidad. No es fácil deshacerse de moldes y estereotipos, pero nosotras trabajamos para luchar contra estos prejuicios y demostrar al mundo que podemos ser maestras cerveceras, emprendedoras y patateras de primera”, aseguran las fundadoras de la empresa, que además remarcan que las primeras fabricantes de cerveza fueron mujeres: hace más de 7.000 años, en Mesopotamia y Sumeria.

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Ainhoa Ocio (izquierda) y Jone conde (derecha), las dos jóvenes fundadoras de la cerveza Gastheiz | Foto: Gastheiz

Tradicionalmente, a las personas nacidas en Álava se las conoce como ‘patateras’, por ser esta provincia una de las principales productoras del tubérculo. Es por ello, que Gastheiz tenía que contar con este ingrediente. A base de patatas plantadas y recogidas en Álava, lúpulo, malta y cebada, la elaboración de esta cerveza es artesanal y minuciosa. “Se emplean las mejores patatas de entre las variedades más típicas de Álava: Miren y Mona Lisa, por sus propiedades naturales y su alto contenido en almidón”, aseguran.

La patata contiene almidones que, al igual que en el caso de la malta, son descompuestos en azúcares para que la levadura pueda hacer su trabajo. La malta de cebada ya es naturalmente rica en enzimas que descomponen los almidones en azúcares fermentables. Por eso, la malta ayuda a descomponer el almidón de las patatas.

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Detalle del diseño de la botella | Foto: Gastheiz

No obstante sus creadoras defienden que más que una cerveza de patata, Gastheiz es un homenaje. Un trofeo. Un símbolo del orgullo de ser alavesas. Una cerveza con la que brindar y compartir la esencia de Vitoria-Gasteiz con el resto del mundo. “En Euskadi hay cientos de miles de personas que nos consideramos patateras y a mucha honra. Y como patateras que somos, nuestra cerveza sólo podía ser de patata” comenta Ainhoa, ingeniera Química por la Universidad del País Vasco.

No es fácil deshacerse de moldes y estereotipos: “en contra de prejuicios en el sector, tratamos de demostrar al mundo que podemos ser maestras cerveceras, emprendedoras y patateras de primera” cuenta Jone Conde, encargada de Comunicación.

La elaboración es artesanal y similar a la de la cerveza convencional, ya que emplean lúpulo, malta y cebada. “El lúpulo da a la cerveza su aroma y amargor tan característico, mientras que la malta contiene los almidones y enzimas necesarios para la producción de alcohol en la fase de fermentado”, explica Ainhoa, “la fécula de la patata fermenta con el resto de ingredientes”.

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Jone conde, en la fábrica de cerveza | Foto: Gastheiz

El nombre de esta cerveza, Gastheiz, es un guiño al nombre original de la ciudad, que aparece escrito de esta manera en un documento de 1025 donde se enumeran los pueblos alaveses. Por el momento, la cerveza solo puede adquirirse en los bares más emblemáticos de Vitoria y a través de su página web, pero las dos emprendedoras vascas no descartan extender su producción y venta a otros puntos de la geografía española, debido a la “buena acogida” que está teniendo esta cerveza.

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¿Tiene color el sexismo? El rosa fue masculino hasta 1940

Clara Paolini

Foto: Erol Ahmed
Unsplash

Nos gusta clasificarlo todo y señalar las diferencias, a veces innecesarias, poniendo etiquetas a la superficie. En ese intento por encasillar cada cosa en su lugar inventado, caemos en la absurdidad de asignar colores para identificar de forma simplista incluso hasta los géneros. Sin ambigüedades ni matices; lo masculino es azul y lo femenino rosa. Lo dicen los juguetes, el marketing, la moda… Lo dice, en definitiva, la semiótica. Si un recién nacido viste de azul es indiscutiblemente varón, pero si lleva un lazo rosa no hacen falta preguntas para entender que es una niña. Lo curioso es que esto no siempre fue así. ¿Sabías que hasta hace apenas unas décadas el rosa se asociaba a la masculinidad?

En 1914, la publicación Sunday Sentinel, según señala The Guardian, aconsejaba lo siguiente a las madres estadounidenses: “Si te gustaría poner una nota de color en las prenda, usa rosa para el chico y azul para la chica, si quieres seguir la convenciones”. Esta explicación, opuesta a la concepción generalizada en la actualidad, aparece también en muchas otras publicaciones, como la revista Earnshaw’s Infants’ Department publicada en 1918: “La regla generalmente aceptada es rosa para los chicos y azul para las chicas. La razón es que el rosa es un color más decidido y fuerte, más adecuado para los niños, mientras el azul, que es más delicado y refinado, es mejor para las niñas”.

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No es una niña, es Franklin D. Roosevelt vestido de rosa en 1884 | Imagen vía: Wikimedia Commons

Las pruebas de esta – ahora contradictoria- señal de diferenciación aparecen en incontables ocasiones en textos, archivos fotográficos, obras de arte y hasta piezas literarias: En una fotografía de 1884, el 32º Presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, aparece vestido de rosa siendo un bebé; en numerosas representaciones pictóricas el Niño Jesús se muestra vestido de color rosa y, destacando un ejemplo literario, cabe mencionar que hacia el final de la novela El Gran Gatsby, escrita por F. Scott Fitzgerald en 1925, el personaje de Jay aparece vistiendo orgulloso un elegante traje rosado.

¿Hemos aprendido entonces a llevar la contraria a las concepciones establecidas? Hoy en día usamos un lazo rosa para concienciar sobre el cáncer de mama, sería impensable pensar que el logo de Barbie se tornara azul, las niñas caen rendidas hacia las vestimentas de este color que estereotipan su sexo y en el lenguaje cotidiano aparecen nuevas formas de expresión como la llamada “tasa rosa”, que sirve para denominar el aumento el precio de productos específicamente destinados a mujeres en el mercado. ¿Qué llevó a este cambio?

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El Buen Pastor (hacia 1660) de Bartolomé Esteban Murillo | Imagen vía: Wikimedia Commons

Cómo y por qué el rosa dejó de ser para chicos

Según apunta la historiadora de la Universidad Jo B. Paoletti, autora del libro Pink and Blue: Telling the Girls From the Boys in America (2012), quien lleva más de 40 años estudiando el color de las prendas con las que se visten a los recién nacidos, no fue hasta a partir de 1940 cuando se empezó a imponer la asignación binaria de los colores azul y rosa como distinciones de género. Obviamente esto no ocurrió de la noche a la mañana, pero fue una fue una norma que fue propagándose con facilidad gracias a los nuevos hábitos de consumo, impulsados por los medios de comunicación, centros comerciales y la influencia de la moda francesa en la etapa de posguerra.

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La femme, el coche para mujeres lanzado por Dodge en 1955. | Imagen vía: Detalle del brochure publicitario / Dodgelafemme.com)

En 1945, tras la victoria aliada en la II Guerra Mundial, triunfó en Estados Unidos el la american way of life y llegaron los felices años 50, trayendo consigo nuevas modas para vestir a toda una generación de babybommers, para cuyas madres el tradicional blanco no llegaba a satisfacer el ansia por nuevos diseños diferenciadores. Cuanto más individualizamos la ropa, más se puede vender, asegura Paoletti. Por aquella época, Mamie Eisenhower asistía a la toma de posesión de su esposo luciendo un intrincado vestido rosado, aparecieron electrodomésticos fabricados en tal color y hasta la marca de coches Dodge lanzó en 1955 un modelo de vehículo rosa y blanco para las mujeres llamado La Femme. La elección de las Pink Ladies en la película Grease no es casual, y es que durante la época de los 50 en la que sitúa la acción la película, se instauró de forma definitiva el color rosa asociado a la feminidad.

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Fotograma de las Pink Ladies en Grease (Randal Kleiser, 1978) | Imagen vía: IMDB

La rebelión contra el canon establecido

El feminismo de los setenta rechazó de plano el rosa aunque, tal y como señala Jo Paoletti en su libro, este boicot contribuyó, paradójicamente, a asignar el color al concepto de femineidad. Las feministas de entonces pensaban que las niñas sentían atracción hacia roles subordinados asignados a las mujeres través de la ropa, por lo que “si vestíamos a nuestras hijas más como niños y menos como chicas cursis con volantes tendrán un abanico más amplio de elección y se sentirán más libres”, explica la experta.

Este pensamiento permanece hasta nuestros días y buena muestra de ello es el ejemplo recogido en un articulo publicado en Verne, donde se presenta a JeongMee Yong, “una madre a la le sorprendió que su hija de 5 años sólo quisiera ropa y juguetes de color rosa, y se comenzó a interesar por cómo fabricantes y publicistas segmentan su oferta por género”. Esto le llevó a crear The Pink & Blue Project, una serie de fotografías de niños y niñas mostrando sus juguetes rosas y azules que se viraliza en internet de forma recurrente.

Entre la infinidad de campañas alertando sobre los efectos adversos que pueden provocar en los más pequeños los juguetes estereotipados por género destaca, entre otros, el estudio realizado por The Institution of Engineering and Technology y recogido por The Guardian, el cual clama por eliminar dicha lacra que empuja a la sociedad a convertir a las niñas en “princesas pasivas”. Aunque no importa cuantos estudios, informes y análisis citemos; la mejor y más comprensible explicación la sigue teniendo la famosa Railey:

La teoría enfrentada: ¿Y si el rosa fuera una preferencia biológica?

En el lado opuesto a este pensamiento que señala la asignación de colores como constructo de normas impuestas culturalmente, otras fuentes señalan que la predilección de las mujeres por el color rosa podría ser biológica y no cultural. Según sugiere un estudio realizado en la Universidad de Newcastle y publicado en la revista Current Biology, la explicación de la preferencia por colores de esta gama podría proceder de la época en la que los humanos eran cazadores y las mujeres, las principales recolectoras. Éstas habrían desarrollado su capacidad para identificar los frutos rojos maduros y las emociones que pueden expresar las tonalidades de los rostros por cuestiones meramente biológicas.

¿Está nuestro cerebro genéticamente predispuesto hacia determinados colores según nuestro género sexual? Esta hipótesis ha sido extensamente debatida por expertos y teóricos debido a su simplicidad. Las conclusiones de este experimento, realizado con 208 personas a los que se les pidió que eligieran sus colores preferidos entre dos opciones, ha sido criticado por ofrecer una hipótesis sesgada que no tiene en cuenta otras variables de relevancia. Su base es el comportamiento prehistórico que (afortunadamente) dista mucho de la actualidad, o al menos, teniendo en cuenta el aluvión de críticas tras su publicación, eso es lo que a muchos nos gustaría pensar. Tal y como demuestra la revisión histórica del uso del rosa/azul y como opina la experta Jo Paoletti, muchos de nuestros estereotipos de género son “superficiales, arbitrarios y sujetos a cambios, por lo que considera que “elevar los estereotipos al nivel de ley natural es absurdo”.

El rosa es aún hoy en día un color asociado a la feminidad y lo cierto es que no es posible garantizar de forma fehaciente si esto se debe a implicaciones biológicas o por el contrario, es una consecuencia imposiciones culturales. Lo que sí podemos afirmar es que profundizar en la implicación de los colores respecto a nuestras concepciones contribuye a descubrir rincones compartidos entre todos, haciéndonos reflexionar sobre características innatas o adquiridas y la inevitabilidad de nuestros roles de género. A fin de cuentas, puede que dentro de otros 90 años, a alguien le sorprendan los tiempos en los que los colores señalaban lo innecesario.

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