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El alquiler pisa fuerte en España, ¿necesidad o cambio de tendencia?

Lidia Ramírez

Foto: ALBERT GEA
Reuters

A pesar de que aún estamos lejos de acercarnos a nuestros vecinos europeos, como los alemanes, donde un 50% de sus ciudadanos prefieren ser inquilinos a propietarios, en España se está dando un cambio de tendencia y cada vez son más los españoles que han pasado de considerar que ‘alquilar es tirar el dinero’ a convertir ésta en su primera opción de vida. Según datos presentados por fotocasa.com en su estudio ‘Los españoles y su relación con la vivienda’, en 2015 un 23,5% de los españoles vivía en régimen de alquiler frente al 15% que lo hacía en 2011. Este porcentaje, representa un salto importante y nos acerca al 30% de la población de la Unión Europea que de media, según datos de Eurostat, vive en régimen de arrendamiento.

Sin embargo, a pesar de este cambio, el estudio también refleja que el 47% de los actuales inquilinos preferiría vivir en una casa de su propiedad. Entonces, ¿por qué cada vez más gente alquila? Para Fernando Encinar, jefe de estudios de idealista.com, hay que distinguir entre dos grupos diferenciados. Por un lado, aquellas personas que se han visto obligadas a acudir al mercado del alquiler por no poder hacer frente a una compra: “Muchos podrían permitirse el pago de una cuota hipotecaria pero no disponen de los ahorros necesarios para costear la entrada (alrededor del 30% del valor del piso)”, asegura; y por otro lado, está ese gran número de personas que elige voluntariamente vivir de alquiler aún pudiendo decantarse por la compra.

“La subida del precio del alquiler está provocando una segunda burbuja inmobiliaria”

-Portavoz del Sindicato de Inquilinos de Madrid

Este cambio de tendencia, obligada o voluntaria, está haciendo que muchos propietarios disparen la renta de sus viviendas en alquiler a precios “completamente desorbitados e inaccesibles para gran parte de la población”, denuncia José, portavoz del Sindicato de Inquilinos de Madrid, que insiste en que desde el Sindicato no sólo combatirán los precios sino que también defenderán los derechos de los inquilinos, la mejora de las condiciones habitacionales de los pisos, así como facilitarán los accesos al régimen del alquiler. En este sentido, propone un cambio de la Ley de Arrendamientos Urbanos ya que “está hecha unilateralmente, sin derechos para el inquilino”, asegura. “Hay una desigualdad de poder, las políticas se hacen siempre de cara a los propietarios y los inquilinos están totalmente desprotegidos”.

El alquiler se dispara en España

Definitivamente, el precio de las rentas de alquiler se ha acelerado subiendo en España un 8,8% en el primer trimestre. La mayor subida se ha dado en las Islas Baleares, donde el precio ha crecido un 15,9%, seguida de Madrid (5,1%), Canarias (5%) y Cataluña (4,9%) respecto al mismo periodo del año anterior. Para el jefe de estudios de idealista.com estas subidas “son consecuencia de un enorme aumento de la demanda de vivienda en alquiler que todavía no va acompañada de un crecimiento similar de la oferta, que aumenta a un ritmo mucho más suave”.  Traducidos estos porcentajes a euros, el precio medio mensual del metro cuadrado ha escalado en Cataluña hasta los 13,90 euros, a los 13,50 en Madrid y a 11,80 en Baleares.

El alquiler llega a España para quedarse
Cataluña y Madrid, las comunidades donde el metro cuadrado es más caro. |Fuente: Idealista.com

Tampoco podemos olvidarnos cuando hablamos de esta subida del precio del alquiler del fenómeno de la gentrificación, que para el portavoz del Sindicato de Inquilinos de Madrid es “causa fundamental” y lo argumenta con la siguiente cuestión: “¿Si un propietario gana 200 euros por alquilar su piso un fin de semana a turistas, desde luego no le interesa rentarlo por 600 un mes?”. En los últimos meses se han producido varias movilizaciones contra este fenómeno. La última, bajo el lema #MadridNoSeVende, congregó a gente preocupada por los efectos que tiene en su vida cotidiana, por la pérdida de identidad de su barrio, o que se ve obligada a dejar su casa porque suben los alquileres.

A la pregunta de si los precios del alquiler seguirán subiendo en los próximos meses, Encinar no se muestra muy optimista y asegura que “según vaya mejorando la economía y aumente la creación de empleo, los precios del alquiler podrían continuar subiendo“, aunque también apunta que “hay que permanecer atentos a ver qué es lo que pasa con las rentas en Barcelona y Madrid, punta de lanza del mercado del alquiler en España, cuyo crecimiento se ha frenado en el último trimestre”.

¿Nos dirigimos a una burbuja en los alquileres?

Para Fernando Encinar, no se trata de una burbuja. “Los precios de las casas en alquiler no están subiendo por motivos especulativos sino porque los precios han estado ‘hibernados’ durante toda la crisis y ahora están poniéndose al día en un escenario de mejora económica y aumento del empleo, sobre todo en las grandes capitales”. A esto añade que visto el “escaso interés” de muchos ayuntamiento por facilitar que haya nuevas viviendas que satisfagan la necesidad de tener más oferta de pisos en alquiler, “lo más probable es que los precios sigan subiendo”.

De opinión contraria es el portavoz del Sindicato de Inquilinos de Madrid, que asegura que este fenómeno “crea una segunda burbuja inmobiliaria, que es la burbuja de los alquileres“. En lo que sí coinciden los dos es en que si queremos que éste sea un mercado estable, es necesaria “una respuesta de diferentes administraciones que ofrezcan más ayuda y protección a las personas que se decanten por el alquiler”, así como más iniciativas para que éste “deje de ser residual”. 

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Gentrificación, el camino del aburguesamiento del barrio mestizo

Lidia Ramírez

Foto: Ana Laya
The Objective

A priori, que un barrio deteriorado y castigado por la violencia, la droga, etc, se regenere y revalorice es bueno. Regenerar es una palabra atractiva y revalorizar suena a progreso y prosperidad. Sin embargo, el problema surge cuando esa evolución produce la expulsión de sus residentes. En este punto es cuando hablamos de gentrificación, un proceso por el cual ciertas zonas pobres del centro de las ciudades se ponen de moda, el precio de la vivienda sube y los vecinos que tradicionalmente lo habitan –normalmente clase media/baja– se ven obligados a marcharse para dejar paso a otros de rentas más altas y generalmente más jóvenes.

Este fenómeno, cuyo término que más se ajusta en español sería elitizaciónelitización residencial, impera en barrios de grandes ciudades como Harlem en Manhattan, Hackney en Londres, El Raval en Barcelona o Chueca y Malasaña en Madrid. “El bajo precio de la vivienda o la cercanía al centro de la ciudad y al lugar de trabajo hacen de estos barrios su principal atractivo para los nuevos vecinos”, apunta el arquitecto Javier Clavero.

Barrio de Chueca, Madrid. | Foto: Juan Medina / Reuters
Barrio de Chueca, Madrid. | Foto: Juan Medina / Reuters

Chueca es el referente en España cuando se habla de gentrificación. Allá por los años 80 la convivencia en este barrio era complicada por la delincuencia y la población envejecía de manera constante. Esto cambió a comienzos de siglo. La aparición de nuevas estructuras sociales, al margen del sistema heteropatriarcal imperante en el siglo pasado, como jóvenes profesionales solteros, especialmente mujeres, o parejas homosexuales que buscan nuevos espacios en la ciudad donde establecerse hizo de Chueca un distrito de moda. La comunidad LGTB fue incorporándose poco a poco al barrio, primero a través de locales donde el colectivo podía relacionarse sin temor y posteriormente comprando o alquilando viviendas que rehabilitaban. Eran otros tiempos, cuando un gran ático de 200 metros cuadrados en 2001 costaba menos de 300.000 euros. Hoy, sin embargo, el precio de un piso con características similares ronda los 700.000 euros, según ha podido comprobar The Objective en varios portales de venta de vivienda.

La gentrificación amenaza a Lavapiés

Todo apunta a que Lavapiés está comenzando a sufrir este fenómeno. Masificación de bares con grandes mesas de madera envejecida, bombillas vintage, zumos ecológicos a precios desorbitados, nuevos residentes jóvenes de barbas prominentes… “Todavía no se palpa mucho, pero el proceso ya comienza a darse y es un problema latente desde 2016”, nos cuenta Javier Ruiz, presidente de la Asociación de Vecinos La Corrala-Lavapiés, quien asegura que el comercio tradicional ya ha desaparecido y los pisos turísticos “están haciendo mucho daño”.

Gentrificación, el camino del aburguesamiento del barrio mestizo 1
Chueca es el referente en España de gentrificación. | Foto: Juan Medina / Reuters

La gentrificación es un proceso prolongado en el tiempo, sus efectos no son inmediatos, pero los primeros síntomas pueden observarse en el “alza progresiva de los precios de las viviendas, la apertura de nuevos locales comerciales en detrimento de los establecimientos tradicionales o en el cambio en la vida social y los hábitos de ocio del barrio”, detalla Clavero. Indicios que según el presidente de la Asociación ya están teniendo lugar en Lavapiés, el barrio mestizo por excelencia: “la ‘turistificación’ de los centros urbanos se nos ha ido de las manos, hay una masificación de bares, discotecas y pubs que están transformando el barrio”. A esto hay que sumar, según Javier, la inseguridad y el desconcierto de los moradores al no conocer a sus nuevos vecinos, que además, cambian cada semana. “Hay una vecina cuyo bloque solo tiene cuatro viviendas y tres son de alquiler turístico, ya nos ha dicho que va a abandonar el barrio”.

Según datos publicados por el Ayuntamiento de Madrid, la capital cuenta con 8.000 pisos de este tipo, aunque sólo el 10% están registrados; y sus precios han subido un 26% entre el último trimestre de 2014, y el de 2016.

El destino de los ‘exiliados’

Los vecinos originarios de un barrio gentrificado no son esos afortunados que asisten jubilosos al florecimiento de su distrito, sino personas que primero han sufrido el estigma de vivir en un lugar marginado y después el drama de tener que abandonarlo porque no pueden permitirse el aumento de precios que tienen que pagar por el alquiler. 

“Madrid cuenta con 8.000 pisos turísticos, sólo el 10% está registrado”

En general, el desplazamiento de los vecinos con menores recursos económicos se produce hacia barrios periféricos donde el precio de la vivienda es menor, como es el caso de algunos distritos del sur de la ciudad (Carabanchel, Villaverde o Puente de Vallecas), aunque en algunos casos se ven obligados a volver a sus localidades de origen o incluso regresar a su país, en el caso de la población inmigrante. Es esta comunidad la más resistente a la gentrificación ya que pierden el apoyo de sus iguales con los que ya tienen confianza. Esto ocurre en Lavapiés, que cuenta con una gran población extranjera donde hay comunidades enteras de senegaleses o bangladesíes que son difíciles de desplazar precisamente por esos lazos que no quieren perder.

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Plaza de Lavapiés. | Foto: Susana Vera / Reuters

Las soluciones

Para Clavero, la grentrificación, que a priori, tiene efectos negativos inmediatos para el barrio, como puede ser la especulación y el encarecimiento de los alquileres, también tiene muchos efectos positivos, como “la renovación de su parque inmobiliario y la revitalización del comercio”, por lo que un proceso como este puede resultar una oportunidad de mejora si se desarrolla de una forma adecuada. Pero, ¿cuál es la forma más sana de hacerlo sin caer en la elitización? El arquitecto asegura que en este sentido es imprescindible la intervención de las administraciones públicas y la cooperación con las asociaciones vecinales para amortiguar este tipo de procesos urbanos, garantizando el acceso a la vivienda para todos los niveles de ingresos, de forma que se integre a la nueva población sin expulsar a la original. “En definitiva, promover un desarrollo urbanístico basado en los intereses de los ciudadanos y no en los estrictamente económicos”.

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El Gobierno ayudará a los jóvenes a comprar una vivienda con hasta 10.800 euros

Foto: ANDREA COMAS
Reuters

El Gobierno español ayudará con hasta 10.800 euros a los menores de 35 años para la adquisición de una vivienda, según el Plan Estatal 2018-2021 presentado por el ministro de Fomento, Íñigo de la Serna. Estas ayudas a la compra tendrán un límite del 20% del precio de adquisición, según el plan, que prevé también la incorporación en régimen de alquiler de viviendas desocupadas en manos de una entidad pública estatal y de entidades financieras.

El plan contempla que el Estado y las regiones asuman el pago de entre 150 y 400 euros de alquiler a personas desahuciadas o colectivos vulnerables, con una aportación del 80% del Ministerio y del 20% de las administraciones regionales. El plazo de estas ayudas será de tres años, que son “perfectamente” prorrogables a otros dos más si así lo determinan los criterios de los servicios sociales de la región o del ayuntamiento, según el ministro. El precio medio de la vivienda en España se situó a final de 2016 en 1.512 euros por metro cuadrado, según datos de Fomento. Para optar a la ayuda, será requisito no disponer de otro inmueble en España y no ganar más del triple del Indicador Público de Renta de Efectos Múltiples (532,51 euros), es decir, no ganar más de 1.597,53 euros mensuales.

Otra de las novedades del plan es el incremento de 600 a 900 euros (en casos justificados) del importe máximo de las ayudas para alquileres o la introducción de mecanismos que faciliten la concesión de préstamos por las entidades financieras a la rehabilitación, regeneración y renovación urbana o rural, entre otras medidas. El programa de Fomento del parque de viviendas plantea que España pueda acercarse a la media europea del 30% de la población que reside en viviendas alquiladas frente al 21,8% actual, informa Efe.

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Librería Lello: compre una entrada y podrá adquirir libros

Anna Maria Iglesia

Son las once de la mañana en Oporto y frente a la Librería Lello ya se agolpa un gran número de turistas esperando su turno para entrar. Todos ellos forman una rigurosa cola, escrupulosamente ordenada por el vigilante que, en la puerta de la librería, controla la lenta entrada de clientes. Delimitada por un cordón rojo que la enmarca en el lado izquierdo de la Rúa das Carmelitas, permitiendo así el continuo tráfico de transeúntes que recorren el centro histórico y universitario de Oporto – a pocos metros, en la Praça de Gomes Teixeira, se levanta la vieja Universidad, donde ya tan solo quedan algunas facultades-, la cola de turistas expectantes para entrar en la que el escritor Enrique Vila-Matas definió como una de las librerías más bonitas del mundo llega hasta la esquina con Rúa dos Clérigos.

El turista voluntariamente despistado, aquel que llega a la ciudad decidido a perderse, sin el minucioso conocimiento de quienes memorizan las guías, todas ellas adecuadamente patrocinadas, y ejecutan diligentemente el recorrido que éstas le indican, no podrá sino sorprenderse ante la larga cola que ocupa media acera y que tiene como objetivo la entrada en una librería, de cuya puerta, dividida en dos para no confundir las entradas de las salidas, sale continuamente gente de todas las nacionalidades, pero no necesariamente o, mejor dicho, no tan habitualmente como uno podría pensar –al fin y al cabo, uno entra en una librería para comprar libros- con un libro bajo el brazo.

La Librería Lello: compre una entrada y podrá adquirir libros 2
Turistas en la librería Lello | Imagen: Anna María Iglesia

Una podría dejarse llevar por vacuas y poéticas palabras y escribir el más bello elogio –siempre y cuando tenga la destreza necesaria para hacerlo- sobre ese grupo de personas, todas ellas provenientes de lugares geográficos distintos, expectante para entrar en una librería, convertida en centro de atención de la pequeña ciudad portuguesa. Sin embargo, la realidad desmentiría tan idealizado encomio: todos los allí reunidos no hacen sino seguir el ritual que toda guía de Oporto indica.

De la misma manera que autobuses llenos de turistas chinos se detienen casi a cada hora frente al centro comercial Lafayette en París, los turistas que llegan a Oporto acuden raudos a la Rúa das Carmelitas, donde la Librería Lello ejerce el perfecto papel de lugar de interés turístico, cuyo acceso, –business is business– obliga a la compra de un ticket por el precio de cuatro euros.

“Si compra un libro, le descontamos los 4 euros”, tranquiliza el vigilante a los pocos sorprendidos ante el hecho de que para entrar en una librería no sólo haya que hacer cola, sino también comprar una entrada. Algunos, incrédulos ante esta circunstancia, creen que a lo mejor la compra de una entrada se debe a que se esté celebrando una presentación de un libro –hay que recordar que, en otros países europeos, véase Alemania, no es infrecuente pagar para acudir a una presentación. “Si hay una presentación, ya vuelvo mañana”, le insisten al conserje, que con tono condescendiente les avisa: “Siempre es así. Si quiere encontrar poca gente, venga a la hora de comer, pero siempre hay cola”.

“Están los libros, pero faltan los lectores.”

A pocos metros de la librería, casi en la esquina de Rúa das Carmelitas con Rúa do. Dr. Ferreira da Silva, se encuentra la tienda donde se venden las entradas y una serie de objetos turísticos, ninguno relacionado con el mundo de los libros. La caja está al fondo, justo antes de llegar a unas escaleras por las que no deja de subir y bajar gente y que llevan a una pequeña sala, en cuya pared está pintada la ya famosa estación de tren desde la cual Harry Potter parte hacia Hogwarts. Tras la cola en la librería y la cola en la caja para comprar la entrada, ahora en aquella sala encontramos la tercera cola: esta vez para fotografiarse frente a la pared donde se recrea la estación de tren. Tan pocos resisten la tentación de fotografiarse frente al mural como pocos salen de la tienda sin la entrada y sin algún gadget que remita a la saga cinematográfica basada en las novelas de J. K. Rowling.

Es entonces cuando uno entiende que gran parte del interés turístico por la librería gira alrededor del mundo de Potter. Y no porque la película fuera rodada allí, sino porque sirvió como inspiración –en concreto la majestuosa escalera de madera y de rojos peldaños que da acceso a la segunda planta, desde donde se puente contemplar la vidriera que ocupa el centro del techo y desde la cual se filtra la luz del exterior- para la construcción algunos de los decorados de la película.

La Librería Lello: compre una entrada y podrá adquirir libros 1
La librería Lello antes del masificarse | Imagen: Aurélio da Paz dos

Fundada en 1869 por Ernesto Chardron, con el nombre de Librería Chardon, se instaló en un primer momento en Rúa dos Clérigos, número 296-298. Fue solamente en 1906, con Chardon ya fallecido y la librería en manos de los hermanos Lello, que la Librería Lello e Irmão se trasladaría al recién inaugurado edificio, obra del ingeniero Xavier Esteves. Fue el 13 de enero de 1906 cuando la librería abrió por primera vez sus puertas y el edificio neogótico de dos plantas se presentó ante la sociedad de Oporto.

Desde ese 13 de enero, la librería nunca exigió el pago de ninguna entrada, nunca hasta el año 2015, cuando se decidió que todo aquel que quisiera visitar la librería debía pagar tres euros, que se descontarían de la compra de cualquier libro. Dos años más tarde, el precio de la entrada ha subido un euro, los turistas no dejan de aumentar y la historia de la Librería Lello se desvanece en el olvido. No es el interés por los libros, ni por la arquitectura, ni por el extraordinario trabajo de carpintería y orfebrería lo que despierta el interés de gran parte de los que allí acuden. Los bustos esculpidos por Romao Júnior de alguno de los escritores más insignes de la literatura portuguesa como Antero de Quental, Camilo Castelo Branco, Eça de Queirós, Guerra Junqueiro o Teófilo Braga pasan casi desapercibidos; toda la atención se dirige hacia las escaleras, aquellas que más de uno no duda en describir como “las escaleras de Hogwarts”.

La Librería Lello: compre una entrada y podrá adquirir libros
Foto: Anna María Iglesia

Hay lectores; hay quien se detiene frente a las altas estanterías que recubren las paredes de la librería; hay quien consulta libros, en busca de un autor en lengua portuguesa que todavía le es desconocido, quien busca a Pessoa en su idioma, quien se lleva bajo su brazo O Crime do Padre Amaro de Eça de Queirós o la poesía de Antero de Quental, quien opta por el renacentista Luís de Camões o por la narrativa actual de José Luis Peixoto. Pero todos ellos son una minoría, puede que una minoría selecta, pero siempre minoría.

La Librería Lello se ha ido convirtiendo en un lugar turístico, en un lugar de foto del que se pueda decir: “Yo también estuve allí”. El pago de la entrada, oficialmente justificado por el excesivo número de visitantes, es una prueba más de que la Librería Lello ha entrado dentro de la devoradora maquinaria del turismo. Y no es la única: algo parecido podría decirse de Shakespeare and Co., donde la cantidad de turistas hace casi imposible detenerse en busca de un libro de interés. ¿Cuántos lectores de Oporto acudirán a Lello? ¿Cuántos lectores estarán dispuestos a pagar cuatro euros y esperar treinta minutos antes de poder entrar en la librería, rebuscar entre sus estantes y comprar un libro? Ahora que el debate sobre el turismo está sobre la mesa, la Librería Lello obliga a preguntarse cuán responsables somos de la “turistificación” de los espacios de nuestra ciudad.

Sigue siendo una de las librerías más bellas del mundo, pero cada vez se parece menos a una librería. Están los libros, pero faltan los lectores. Faltan los lectores, aquellos que acuden en busca de un nuevo libro, que se entretienen con el librero pidiendo consejo y recomendaciones, que se pierden entre las estanterías hasta no encontrar el título que desean, que buscan un libro y no un souvenir del lugar. ¿Qué sentido tiene una librería que posterga la entrada en una interminable espera, que no permite el entrar ocioso, aquel que no va dirigido a la compra de nada y que termina con uno o más títulos sobre el mostrador de la caja? En definitiva, ¿qué sentido tiene una librería que ya no busca lectores, sino turistas?

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Un videoclub de barrio planta cara a quienes quieren gentrificar Barcelona

Beatriz García

Foto: Andrea Huls
The Objective

Pese a las amenazas y los intentos de desahucio, el mítico videoclub Cíclic del distrito de Ciutat Vella se ha convertido en un emblema de lucha vecinal y cine de culto a precios populares.

En el corazón gentrificado de Barcelona, en el barrio de La Ribera (Ciutat Vella), una pequeña “gran” Galia de amantes del cine de autor y sus vecinos lucha desde hace tiempo por convertir el mítico videoclub Cíclic en un cine de barrio y un espacio comunitario, pese a las amenazas constantes e intentos de desahucio de los propietarios del inmueble. Bienvenidos a la Sala Cíclica, donde las pipas con las que el artista chino Ai Weiwei inundó el Tate Modern de Londres se han transformado en símbolo de cultura popular y unión vecinal.

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Las pipas de porcelana de Ai Weiwei son la imagen del proyecto. Imagen por: Andrea Huls.

David Cabrera, el propietario de Cíclic, le da un aire al protagonista de El Gran Lebowski, aunque de The Dude no tenga más que las barbas y algunas muletillas y palabras de su invención –“especuleitors”- que lo convierten en uno de los personajes más peculiares y encantadores de la calle del Rec Comtal. Cuando lo conocí, en 2014, me explicó su idea de donar al barrio el fondo de 15.000 deuvedés del videoclub. Hoy el sueño de este antiguo publicista de éxito, que un buen día se cansó de vender zapatillas y lavadoras y acabó abriendo un videoclub, va camino de hacerse realidad.

El goteo de socios que entran en el Cíclic es constante. Al videoclub acuden familias, grupos de chavales y ancianos solos que pasean entre los estantes buscando películas que jamás encontrarás en un blockbuster: cine de culto, documentales, videoactivismo y videoarte, historia del cine, material de festivales publicitarios… Un tesoro que empezó con 300 películas de su colección privada y que lo ha convertido en todo un ‘dealer audiovisual’ de muchísimas productoras durante sus 14 años de romántica resistencia.

De los 12.000 socios del videoclub, al menos un 30% ha tenido que marcharse del barrio a causa del aumento del precio del alquiler.

“El romanticismo es lo que vincula el amor con la muerte. En el siglo XXI es imposible hacer sostenible un videoclub, pero nuestra intención fue montar una videogalería con pelis que teníamos en casa y nos fue bien, al menos ganamos lo justo para reinvertirlo en el fondo”, admite; aunque hubo momentos duros en que tuvo que pluriemplearse para sacar adelante el videoclub.

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El goteo de clientes es constante en este videoclub, que aspira a convertirse en un espacio comunitario para el barrio. Imagen: Andrea Huls

Hace dos años, Cíclic decidió que tomaría un nuevo rumbo: “Estudiamos modelos sostenibles en otras ciudades de Europa y Estados Unidos y decidimos transformarnos en una cooperativa con una programación de ciclos de cine y actividades, que enriqueciera el diálogo sobre grandes temas. Partimos del catastro del barrio para saber cuánta gente a nuestro alrededor estaba en una situación de riesgo de exclusión por una cuestión socioeconómica y nos dirigimos a ellos; a esos colectivos que nada tienen que ver con el objetivo de las súper empresas gentrificadoras que han barrido esta calle”.

De los 12.000 socios del videoclub, al menos un 30%, la mayoría inmigrantes, dice David, ha tenido que marcharse del barrio a causa del aumento indiscriminado del precio de los alquileres y la compra de inmuebles por grandes empresas que operan con un “capitalismo salvaje”. “El tema de la gentrificación es curioso, porque se ha popularizado cuando ha empezado a afectar a la clase media, que es el objetivo preferente de los que quieren enriquecerse a causa de la fractura social”, cuenta. Ahora, en la calle de Rec Comtal, y por extensión en el distrito de Ciutat Vella, se vive un clima de violencia contenida por culpa de los ultra lujos y el clasismo que, poco a poco, están devastando el barrio. Un lugar exclusivo y excluyente.

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Más de 15.000 deuvedés en sus estantes. Imagen: Andrea Huls.

Resistir pese a las amenazas

De los intentos de desalojo que ha vivido este pequeño negocio, el último de todos, ocurrido el pasado 12 de julio, fue el más violento. Unas ochenta personas, entre vecinos y socios, se congregaron a las puertas de Cíclic para impedir que entrase la Policía, junto a la comitiva judicial y los representantes de la propiedad. “Me dijeron: ‘¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar?’ ‘Hasta la última de mis fuerzas’, les contesté. No agrediré a nadie, pero dudo que estás personas se queden de brazos cruzados si alguien me golpea por querer montar un cine de barrio. Querían traer furgonetas cargadas de mossos de esquadra para desalojar un local donde sólo había familias y vecinos intentando detenerlos”, cuenta.

Me dijeron: ‘¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar?’ ‘Hasta la última de mis fuerzas’, les contesté.

Teme que el próximo desahucio pueda ser el definitivo, por eso ha lanzado una campaña de crowdfunding en Goteo para recaudar la ayuda que necesita e instalarse en el mismo barrio, eso sí, a unos 50 metros de donde se encuentra ahora. “El primer propietario del local nos quería echar a toda costa y enviaba cada dos por tres a sus subasteros; el dueño actual nos dijo que ya le iba bien el videoclub y al cabo de una semana supimos que quería montar un restaurante. ¡No les importa nada lo que pase en los barrios!”.

“Estos mafiosos llegaron a decirme una vez que si estuviera en Brasil ya me habrían roto la cabeza” – David Cabrera.

Aunque lo peor son las amenazas. Un día antes de que esta entrevista tuviera lugar, unos desconocidos incendiaron el buzón de devolución de películas. ¿Casualidad? “No creo en las posibilidades, sino en las probabilidades, y es raro que dos días después de reabrir para informar a nuestros socios de nuestra campaña se haya producido algo semejante. Las vecinas salieron con sus sillas a la calle para apoyarnos. No nos rendimos. Una vez me llegaron a decir que si viviera en Brasil ya me habrían roto la cabeza”.

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La cooperativa estudió las necesidades de los vecinos del barrio para crear programar ciclos de cine y actividades. Foto: Andrea Huls

Sin embargo, el Ayuntamiento de Barcelona apuesta por el proyecto y ha brindado a Sala Cíclica su ayuda para crear un plan de empresa sostenible. “Por suerte, tenemos un ayuntamiento sensible con la realidad de la calle”.

Talleres de empoderamiento tecnológico, ‘clubs’ de lucha de clases, ciclos de cine programados por los propios socios de la Sala Cíclica y un espacio semanal que se cederá a otras entidades del distrito, desde las dedicadas al arte, el diseño y la innovación, la nueva economía o las ONGs. Esto es lo que pretenden conseguir los cuatro socios principales y alrededor de un centenar de futuros colaboradores que forman la cooperativa, que ya cuenta con el apoyo de instituciones como el Hospital Vall d’Hebron, el Observatorio Fabra o el Parque Biomédico de Barcelona.

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Cíclic ha lanzado una campaña de ‘crowdfunding’ y necesita el apoyo de todos. Imagen: Andrea Huls.

Un proyecto social inspirado en salas como el Numax de Santiago de Compostela, que David Cabrera y el resto de socios espera que cubra algunas de las necesidades más acuciantes del barrio: integración, inclusión, una oferta sociocultural de calidad y un lugar donde los vecinos puedan socializar “y no tengamos que pagar cuatro euros por una caña”.

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