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El Día Internacional de la Paz en un mundo en guerra

Marta Ruiz-Castillo

La Asamblea General de las Naciones Unidas estableció en 1981 el 21 de septiembre Día Internacional de la Paz y en 2001 acordó por unanimidad fijar esta misma fecha como la jornada de la no violencia y el alto el fuego.

Desde que el mundo es mundo la Historia de la humanidad está llena de guerras en las que pueblos enteros han sido aniquilados por otros, de luchas territoriales, batallas por el poder, sucesiones sangrientas, guerras civiles… El ser humano lleva tanto tiempo batallando como buscando la paz. En la época contemporánea, las dos grandes guerras del siglo XX fueron devastadoras y la paz se convirtió en una necesidad. La creación de la Sociedad de Naciones, que ahora conocemos como Organización de Naciones Unidas (ONU), no ha logrado aún cumplir con su mandato de un mundo en paz. Se han dado pasos, algunos simbólicos, como el de fijar el 21 de septiembre Día Internacional de la Paz, en el que se invita a todos los pueblos a respetar el cese de la violencia y el alto el fuego durante toda la jornada.

Cada año, el Día de la Paz incide en algún aspecto esencial que permita, si no cumplir, al menos sentar unas bases mínimas que ayuden a lograr el objetivo último de un mundo en paz. En esta ocasión se ha elegido el Desarrollo Sostenible recordando que “el fin de la pobreza, la protección del planeta y el logro de una prosperidad ampliamente compartida son factores que contribuyen a la armonía global”. El pasado año, los 193 Estados miembros de la ONU aprobaron por unanimidad 17 objetivos de desarrollo sostenible. “Son universales, se aplican en todos los países y son fundamentales para conseguir la paz”, dijo el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon en su intervención en junio, con motivo de la cuenta atrás para la celebración del Día de la Paz. “Los líderes del mundo nos han dado una hoja de ruta clara y, siguiéndola, podemos ayudar a construir un futuro de paz y prosperidad”, añadió.

El fin de la pobreza, la protección del planeta y el logro de una prosperidad ampliamente compartida son factores que contribuyen a la armonía global

La paz es el compromiso más importante de Naciones Unidas, recordó en 2015 Ban Ki-moon durante su discurso con motivo de la celebración del Día Internacional de la Paz. Y es cierto. Ese compromiso es el que define la misión de la ONU y su trabajo en el mundo “desde el mantenimiento de la paz y diplomacia preventiva hasta la promoción de los derechos humanos y el desarrollo”.  Los derechos humanos son inherentes a la consecución de la paz, como lo es también el desarme y la no proliferación de armas nucleares, o la democracia y la educación. Son sólo algunos de los factores esenciales que cualquier pueblo necesita para vivir en paz.

Ban Ki-moon toca la campana de la paz. (Foto: Rick Bajornas / ONU)
Ban Ki-moon toca la campana de la paz. (Foto: Rick Bajornas / ONU)

Cada año en este día señalado, el canal de youtube de la ONU se llena de mensajes de paz procedentes de los cinco continentes. Son mensajes de esperanza para el conjunto del planeta pero, sobre todo, para aquellos territorios donde la población civil convive a diario con la muerte provocada por las guerras que siguen causando estragos y desplazamientos masivos, cosechas arrasadas y falta de alimentos.

El incesante horror de las guerras

Sí, en el Día Internacional de la Paz hay que hablar de la guerra. De los enfrentamientos entre hermanos, de las batallas entre territorios, de combates en nombre de no se sabe bien quién o qué, de invasiones por intereses económicos no reconocidos. Guerras, en definitiva, que cada día dejan miles de muertos, decenas de miles de desplazados que buscan refugio, con desigual suerte, en otros países.

Afganistán, Pakistán, Somalia, México, Nigeria, Siria, Oriente Medio, Irak, Sudán del Sur. Son sólo algunos de los países donde las guerras causan más de 10.000 muertos cada año.

Las actuales guerras con más muertos. (Gráfico: Ana Laya / The Objective)
Guerras que, en la actualidad, provocan un mayor número de muertos. (Gráfico: Ana Laya / The Objective)

Guerras como las de Afganistán o Irak, en las que la participación de la comunidad internacional a través de grandes coaliciones lideradas por Estados Unidos, han dejado a la ONU en un lugar bastante poco honroso por su incapacidad para frenar las acciones bélicas de Occidente, unas invasiones que han desatado una guerra internacional que fue declarada el 11 de septiembre de 2001, cuando el grupo Al-Qaeda liderado por Osama Bin Laden atentó contra las Torres Gemelas de Nueva York causando más de 3.000 muertos. La paz no parece estar próxima en estos países. Como tampoco la guerra civil en Siria, donde la débil tregua aceptada por las partes en conflicto y acordada por Rusia y Estados Unidos, apenas ha durado unos días con una brutalidad que ha escandalizado a la comunidad internacional. La guerra entre el gobierno del presidente Bashar Al-Assad y los rebeldes comenzó en 2011. Cinco años que dejan un balance desolador: cerca de 300.000 muertos y más de 3.000.000 de refugiados.

Hablar de narcotráfico es hablar de guerra también. En un país como México, donde si uno pregunta le dirán que es un país que vive en paz, hay un conflicto armado que libran desde hace años los distintos gobiernos mexicanos contra los cárteles de la droga. Desde 2006  – cuando el gobierno anunció un operativo contra el crimen organizado en el estado de Michoacán, tras la muerte de 500 personas – y enero de 2012 se estima que han muerto alrededor de 60.000 personas mediante ejecuciones, enfrentamientos entre bandas rivales y acciones de las autoridades mexicanas. Entre las víctimas mortales hay narcotraficantes, miembros de los cuerpos de seguridad, autoridades y civiles.

Uno de los últimos ataques aéreos sobre Siria. (Foto: Ammar Abdullah / Reuters)
Uno de los últimos ataques aéreos sobre Siria. (Foto: Ammar Abdullah / Reuters)

La paz es el fin último de todos los pueblos, pero son muchos los intereses que impiden acabar con conflictos. Luchas por el poder, corrupción, dictaduras. Ante la evidente ausencia de conflictos, en el Día Internacional de la Paz, merecen un capítulo aparte quienes trabajan con la misión de lograr esa ansiada paz.

La Paz no es cosa de un día

Especial recuerdo merecen en esta fecha las miles de personas que trabajan a diario por el restablecimiento de la paz, de la democracia y de la convivencia a costa, en muchas ocasiones, de su propia vida en países en conflicto. Los cascos azules, los cascos blancos, voluntarios, personal de ONGs que se juegan la vida para salvar las de otras personas en situación de riesgo.

Llamamiento a todos los gobiernos, instituciones, organizaciones, así como a todas las personas, para que trabajen en la construcción de una verdadera Cultura de Paz.

Actualmente hay 16 operaciones de las Naciones Unidas para el mantenimiento de la paz o para promover y proteger los derechos humanos en países inestables que no están en guerra pero que tampoco viven en paz como Haití o Sáhara Occidental. También las guerras civiles para ayudar a procesos de paz como en Liberia, Costa de Marfil, Malí, República Centroafricana, República Democrática del Congo, República de Sudán del Sur, República Centroafricana, Darfur, Sudán, República de Sudán del Sur, Kosovo, Chipre, Oriente Medio, Líbano, los Altos del Golán sirio, India y Paquistán.

Fuera de la organización de Naciones Unidas, la paz es la razón de ser de numerosas Organizaciones No Gubernamentales (ONGs) que se nutren, sobre todo, de personal voluntario. En todas ellas coinciden la defensa de los Derechos Humanos, la prevención de la violencia, la educación para la paz, el apoyo a las personas migrantes y la sensibilización y la movilización social. Trabajan sobre el terreno, amparadas por misiones de paz de Naciones Unidas, aunque no siempre, por un mismo compromiso: la paz.  Son organizaciones muy críticas con los gobiernos, con la política de despachos, por considerar que la paz sería posible si no hubiera tantos intereses económicos relacionados con el petróleo o la industria armamentística, entre otros.

Pacificadores senegaleses de la Misión para la Estabilización (MINUSMA) en Malí. (Foto: Marco Domino / ONU)
Pacificadores senegaleses de la Misión para la Estabilización (MINUSMA) en Malí. (Foto: Marco Domino / ONU)

En España, varias ONGs (Amnistía Internacional, Greenpeace, FundiPau e Intermón Oxfam) denunciaron el pasado año que “la exportación de armas españolas durante el año 2014 ha favorecido la comisión de crímenes de guerra”. En un documento presentado de forma conjunta criticaban “la venta de bombas, misiles y otro tipo de armamento a países en conflicto como Yemen, República Centroafricana, Ucrania, Egipto o Irak”.

Además, la paz no sólo no es posible mientras haya conflictos armados, tampoco será posible si persisten el terrorismo, los delitos de odio, la persecución, la pobreza y la exclusión socioeconómica, que representan “formas de violencia que a diario sufren millones de personas en todo el mundo”, recuerda en este día el Movimiento por la Paz, el Desarme y la Libertad (MPDL). Desde esta ONG, explican que en este Día “trabajamos por la construcción de una verdadera cultura de Paz y reivindicamos el respeto de los Derechos Humanos como herramientas para alcanzar la paz”. En especial, MPDL destaca la grave situación en la que viven 65 millones de personas que, según ACNUR, se han visto obligadas a abandonar sus hogares a causa de los conflictos, la persecución o las violaciones de derechos humanos, provocando la peor crisis de refugiados que se recuerda. Más de 5.000 personas murieron ahogadas en todo el mundo durante el año 2015, de las cuales, cerca de 3.000 perdieron sus vidas en el Mediterráneo, cuando sus sueños llegar a un lugar donde empezar de nuevo una vida mejor se quedaron en el camino.

El terrorismo, los delitos de odio, la persecución, la pobreza y la exclusión socioeconómica, representan también formas de violencia que a diario sufren millones de personas en todo el mundo

“Por todo ello, desde el Movimiento por la Paz hacemos un llamamiento a todos los gobiernos, instituciones, organizaciones, así como a todas las personas, para que trabajen en la construcción de una verdadera Cultura de Paz. Solo de esta manera podremos aspirar a vivir en un mundo donde se asegure el respeto de los Derechos Humanos, la justicia social y la igualdad de oportunidades”.

La paz es uno de los deseos que más personas comparten en el mundo y, sin embargo, sigue siendo una quimera.

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La suelta de palomas como símbolo de la paz. (Foto: Pasqual Gorriz / ONU)

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Cataluña y el principio de legalidad

Aurora Nacarino-Brabo

El surgimiento de los estados modernos estuvo condicionado por una premisa anterior y necesaria: un principio de legalidad preexistente, un conjunto de normas percibidas como justas y aplicadas de forma igualitaria que obligaban tanto a los gobernantes como a los súbditos. Como ha explicado Fukuyama, el principio de legalidad establece que “el gobernante no es soberano; la ley es soberana”. O, como afirmó Hayek: “La ley es anterior a la legislación”.

Su aparición tiene lugar en Europa occidental hacia el siglo XII y su origen tiene mucho que ver con la Iglesia católica, aunque Bloch vincula el contractualismo a la institución feudal incluso anterior. La fe católica constituía una fuente de legitimidad y obediencia externa a los reyes y separada de la política: era algo así como una ley que recordaba a los gobernantes que no eran la última autoridad. Esta separación de las esferas espiritual y política no siempre operó, sino que fue el resultado de un proceso largo y salpicado de fechas memorables, del concordato de Worms a la paz de Westfalia.

El principio de legalidad no aparece en la China antigua, donde las autoridades religiosas siempre estuvieron supeditadas al poder político; tampoco en India, donde la institución brahmánica nunca constituyó un ente religioso separado del poder político; y no tuvo lugar en el mundo musulmán, dominado ora por el despotismo oriental, ora por el tribalismo.

Pero tampoco la Iglesia oriental de Bizancio manifestó la clara vocación de emancipación del poder imperial que caracterizó al papado de Gregorio VII, y que, en última instancia, sentaría las bases para la construcción de una institución religiosa moderna, esto es: jerárquica, burocrática y regulada.

Es, por tanto, en Europa occidental donde hemos de rastrear el origen del principio de legalidad que más tarde permitirá la evolución hacia los estados modernos. Hoy, nueve siglos después, las élites de una pequeña región de Europa occidental han decidido abolir el principio de legalidad en aras de culminar un proyecto nacional secesionista. En el fondo, de lo único de lo que se trata es de un conjunto de líderes políticos que se ha declarado en rebeldía contra el principio moderno que constituye el imperio de la ley, a fin de poder hacer y deshacer sin cortapisas, y sin sometimiento a los tribunales de justicia.

Se han proclamado soberanos por encima de las leyes y se han creído la fuente última de todas las legitimidades. Son, al mismo tiempo, la autoridad religiosa que ha de guiar al pueblo hacia su libertad, y la autoridad política que habrá de gobernarlo, en una simbiosis posmoderna para un cesaropapismo viejo. La buena noticia es que los habitantes de Cataluña ya no son súbditos, sino ciudadanos. Cuando pase la pantomima del 1-O y puedan votar en unas elecciones democráticas, habrán de decidir entre su carta de ciudadanía y todo lo que queda fuera del principio de legalidad. A saber: corrupción con carta de naturaleza, arbitrariedad y tribalismo.

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La demagogia de los otros

Gregorio Luri

En España hay dos partidos socialdemócratas. Uno es el PP y el otro, el resto. Mientras la cosa siga así y el resto se empeñe en continuar siéndolo, hay PP para rato (con perdón), especialmente si en lugar de competir por el espacio compartido, el resto pugna entre sí por ver quién representa mejor a la socialdemocracia centrífuga. En la derecha de nuestro espectro político, aunque muchos votantes no lo sepan, no hay nadie. Esto puede ser bueno, malo o regular; no entraré a analizarlo. Me limito a constatar lo obvio: aquí está este libro nítidamente socialdemócrata de Lassalle con ese “cuanto peor para todos, mejor para mi” de la página 51, que no me parece piadoso comentar.

No tiene sentido criticar a Lassalle por usar los tópicos socialdemócratas, tratar a Rawls como el pontífice universal de la justicia; creer que la “cosmovisión ilustrada” y la idea de contrato social son el fundamento ineludible de la democracia; preferir Kelsen a Schmitt; defender la sociedad abierta (un constructo coyuntural de la guerra fría) a la sociedad cerrada y hasta a la sociedad porosa; aliñar su discurso con las manidas referencias a la “alteridad como oportunidad”… y negarle la condición de “otro” al neoconservador, al neoliberal y a ese “ciudadano blanco del Medio Oeste que vive en una caravana, cobra un subsidio y pasa horas delante del televisor con el rifle en el regazo” (p. 52). Sin embargo hay que decir algo sobre su coherencia a la hora de elegir sus referentes intelectuales.

Llevo décadas estudiando a Leo Strauss y no he reconocido su pensamiento en nada de cuanto Lassalle le hace decir. ¡No puede imaginarse cuánto le agradecería que me mostrase una sola línea de las miles escritas por Strauss en la que hable de la visión geopolítica que estas páginas le atribuyen! Pero no es esto lo que me ha llamado más la atención. Lo que me ha dejado perplejo es que rechace rotundamente a Strauss y recoja con aprecio las ideas de dos de las personas que mejor han hablado de él: su discípulo Rorty y su amigo Hans Jonas. Lassalle toma al primero como referencia para elaborar una alternativa al populismo (p. 115) y con el “principio de responsabilidad” del segundo, cierra el libro.

Comparto algunos síntomas de lo que Lassalle considera un síndrome populista y me resultan tan alarmantes como a él: el auge de la razón victimológica, del sentimentalismo, del resentimiento y de la indignación. Pero todos ellos son muy anteriores a la emergencia de lo que el mismo Lassalle considera populismo, tanto es así, que podemos encontrar sus causas remotas en esa Ilustración cuyo relato cree tan necesario reescribir como cura de las actuales calenturas democráticas. Quizás debiera tener presente que fue Diderot quien hizo de la indignación un deber republicano por razones impecablemente ilustradas. Véanse las entradas “Indignation”, “Ressentiment” y “Droit Naturel” de la Encyclopédie.

Soy consciente de que no he dicho nada sobre el populismo, pero es que, a mi humilde parecer, el populismo no es sino la demagogia de los otros, de esos ciudadanos norteamericanos, por ejemplo, escandalosamente empeñados en priorizar sus intereses a nuestros prejuicios.

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6 destinos geográficos definitivos para el pasaporte de 6 célebres escritores

Romhy Cubas

Foto: Julio Ubiña vía Ayuntamiento de Pamplona

Qué sería de García Márquez sin ese anclaje sentimental hacia Cuba y sus personajes, o de García Lorca sin aquella reveladora visita a la ciudad de Nueva York. Qué sería de los Fitzgerald sin las noches de jazz en París o de Capote sin sus veranos en la Costa Brava.

La geografía es definitiva para el carácter de una persona, la tierra y la patria se pegan a sus sombras y evitarla se hace contradictorio, pero además del paisaje que establece la nacionalidad también existen otros paisajes -breves o prolongados- los cuales se revelan decisivos durante su estancia. Si hay una profesión que expresa mejor que ninguna el apego y desamor que viene con las raíces natales es la del escritor; es inevitable que las aceras y maneras de las ciudades que este pisa no se reflejen en sus historias y personajes.

Algunos prefieren dejarle a la imaginación lo que el cuerpo no llega a percibir, pero otros peregrinan por el mundo buscando las respuestas que en casa no lograron encontrar. Los pasaportes de estos seis escritores fueron sellados muchas veces –algunos más que otros- pero todos hicieron algún viaje: por trabajo, por placer o por necesidad, que marcó el centro de sus relatos, reincidiendo en sus obras casi inconscientemente.

Las carreteras y geografías de estos destinos plantaron las semillas para algunos de los clásicos literarios más evocados de los últimos siglos.

6 destinos geográficos definitivos para el pasaporte de 6 célebres escritores 1
Pasaporte de la escritora británica Virginia Woolf expedido en 1923 | Imagen vía: Open Culture

Virginia Woolf en Alemania

Originaria de Kensington, Londres, Virginia Woolf no fue una exploradora particularmente entusiasta en el campo geográfico; la escritora prefería plasmar sus ideas en tinta y papel, sin tomar largas carreteras o ferris hacia otros continentes. Sus preferencias de viajes se aferraban a su misma ciudad, primaveras con amigos y familiares en exclusivas casas de campo en donde el bohemio grupo literario de Bloomsbury pintaba, escribía e intercambiaba posturas, o caminatas a través del rió en la casa de Charleston, Sussex, de su hermana Vanessa Woolf.

La autora estuvo en Irlanda, Suiza, Francia e Italia, pero de sus viajes el más recordado y tal vez angustioso fue en 1935 cuando Virginia y su esposo Leonard Woolf, de camino a visitar Italia y Francia, atravesaron una Alemania que cantaba ideologías nazis bajo las alas de Hitler. Por las raíces judías de Leonard la oficina de extranjería en Inglaterra le advirtió a la pareja de los inconvenientes que podrían surgir en el camino, pero la dupla partió de todas formas junto a su mascota Mitzi, dejando como una especie de garantía de seguridad una carta del Príncipe Bismarck, quien trabajaba en la embajada de Alemania en Londres.

En Viajes con Virginia Woolf de Jan Morris el atajo de estos tres días es relatado con los mismos diarios de la poeta, quien escribía en la carretera:

“Sentada en el sol afuera de los controles alemanes. Un carro con una esvástica en la parte trasera de la ventana acaba de pasar a través de la barrera hacia Alemania. L (Leonard) está en la aduana… ¿Debería acercarme a ver lo que sucede? (…) Junto a los rines sentados en la ventana. Somos perseguidos al cruzar el río por Hitler (o Goering) mientras pasamos a través de filas de niños con banderas rojas. Le gritan a Mitzi. Levanto mi mano. Las personas se reúnen bajo el sol –con movimientos forzados como deportistas de colegio-. Las pancartas que se expanden en la calle dicen “El judío es nuestro enemigo” “Aquí no hay lugar para los judíos”. Así que silbamos con ellos hasta que salimos del campo de visión de aquella dócil e histérica multitud. Nuestra sumisión se convierte gradualmente en rabia. Nervios quebrados”

Leonard, en su autobiografía, recuerda el mismo incidente reconociendo que de no ser por su perra Mitzi los controles alemanes no hubieran sido tan amables. “Nadie que tuviera en sus hombros a una pequeña dulzura como aquella podía ser judío”, escribió.

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Pasaportes del escritor irlandés James Joyce y su familia, Nora Joyce y George Joyce | Imagen vía: Open Culture

James Joyce en Suiza

Suiza fue el refugio del escritor irlandés James Joyce y su familia durante ambas guerras mundiales, también fue el lugar en donde falleció en 1941 luego ser operado de una úlcera intestinal, tenía 59 años. Zürich es una ciudad clave para sus obras, aquí además de pasar por numerosas direcciones y apartamentos –más de cuatro- el autor escribió una fracción importante de Ulises, su obra más elogiada.

Joyce tuvo una relación complicada con su tierra natal, la guerra y el catolicismo lacerante en aquella época en el país aumentaron dicha rivalidad. Aunque su obra más conocida se inspira –literalmente- en una “odisea” geográfica, probablemente debido a la guerra, sus viajes fueron más por urgencia que por placer.

Su primer viaje a Suiza fue de corta duración, al no conseguir empleo se mudó con su pareja Norah Joyce hacia Trieste, entonces parte del imperio austrohúngaro. Al estallar la Primera Guerra Mundial Joyce es declarado persona non grata en Trieste y huye junto a su familia de regreso a Zürich. Fritz Senn, uno de los académicos con mayor conocimiento del escritor, explica que aunque este nunca fue muy sociable “con el tiempo Zürich comenzó a gustarle…le gustaban los ríos y prefería estar allí donde se juntan”, señala.

Joyce pasaba las tardes en el restaurante Pfauen, cerca del museo de arte y en el famoso Café Odeón. En la Kronenhalle, situada en la Rämistrasse cenaba con conocidos. En la Biblioteca Central de Zúrich pedía libros prestados sobre Homero y la Odisea y durante sus visitas a la ciudad, antes de establecerse con su familia, se hospedó en hoteles de lujo como el Gotthard y el Carlton Elite, situados en la Bahnhofstrasse.

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Fotos de pasaporte de Scott, Zelda y Frances Fitzgerald | Imagen vía: Open Culture

Los Fitzgerald en París

Francis Scott Fitzgerald y Zelda Fitzgerald fueron una pareja de escritores cuya pasión por el arte y lo bohemio se asentó en Europa con la llamada “generación perdida”, específicamente en París, Francia. El autor de El Gran Gatsby vacacionaba en lujosos hoteles y bares de la ciudad y frecuentaba los bares de jazz más famosos y ruidosos que podía encontrar. Su corta vida fue agitada, entre Nueva York, Francia, Suiza, Norteamérica y algunos intermedios los hoteles fueron su principal hogar, además de inspiración ante futuros relatos.

La pareja norteamericana encontró su mayor ala artística en sus viajes a la ciudad de los croissants y los cafés. En un principio se alojaban en lujosos hoteles como El Saint James Albany, en París, de donde fueron expulsados por “mal comportamiento” y el Hôtel du Cap-Eden-Roc en Antibes, en donde pasaron un verano de 1925 junto a su hija, frecuentando amistades como las de Picasso y Cole Porter.

De sus viajes, el que hicieron hacia la Villa St. Louis, una casa rentada frente al mar en donde Fitzgerald escribió El Gran Gatsby es de los más recordados. Desde esta terraza se podía ver el océano y el parpadeo de la luz del faro al otro extremo de la isla, el parecido con algunas de las escenas más emblemáticas de Gatsby, en donde a menudo el faro se interpone entre este y su amor imposible, Daisy, no es casualidad.

En la comuna de Juan-Les-Pins de la ciudad de Antibes hoy todavía se pueden ver las villas detrás de lujosos Yates, aquí los Fitzgerald vivieron por dos años entre ostentosas mansiones greco romanas y esencias de verano. Scott la recuerda como una de sus épocas más felices; sin embargo fue aquí en donde comenzó el colapso mental de Zelda que la llevaría a ser institucionalizada en América. En su libro Suave es la noche con la perfecta descripción del Hôtel du Cap-Eden-Roc se evidencia la influencia de aquellos años en la isla en donde el jazz a todo volumen no pudo evitar el colapso de su matrimonio.

La familia Fitzgerald dejó las Antibes luego de 1927 para nunca más regresar.

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Pasaporte del escritor Truman Capote | Imagen vía: Open Culture

 

Truman Capote en la Costa Brava de España

El retiro de Capote en la Costa Brava para escribir A Sangre Fría es conocido con poco detalle más allá de la gran atención que suponía la historia de los asesinatos, pero las playas de España significaron algo más en la vida de Capote que un espacio de verano. La influencia de sus paisajes se pueden leer en su relato Un viaje por España, en el cual resalta ese clima cálido y reflexivo que le permitió desenredar aquellos miles de folios recopilados en su calidad de reportero.

Además de pasar 18 meses en Palamós durante los veranos de 1960, 1961 y 1962 y acabar su novela más aclamada, fue aquí en donde se enteró de la muerte de su amiga, la “adorable criatura”, Marilyn Monroe. Cuentan que cuando Capote supo del suicidio compró una botella de ginebra y regresó al hotel Trias repitiendo desolado por la calles “¡Mi amiga ha muerto! ¡Mi amiga ha muerto!”.

Sus tres temporadas en la Costa Brava las pasó encerrado y en pijama, de hecho su compañía más constante fueron sus mascotas: un bulldog, un caniche ciego y una gata siamesa. Luego de vivir inmerso en la alta sociedad de Nueva York, el 26 de abril de 1960 llegó a la Costa, según relata Màrius Carol en su novela El hombre de los pijamas de seda, con 4.000 folios de apuntes sobre el caso. “Viajó en barco desde Nueva York, llegó a Le Havre y cruzó toda Francia en coche: llevaba 25 maletas”.

Primero se hospedó en una casa de la playa de La Catifa, de allí pasó a otra situada en el Comtat Sant Jordi, junto a Playa de Aro, y finalmente se instaló el último año en una imponente finca en Cala Senià. Capote comía zarzuela de pescado y recibía pocos invitados. De no ser por su compañero sentimental, Jack, el escritor hubiera comprado aquella casa de Palamós en la que se alojó en el verano del 62; sin embargo, la pareja partió a los Alpes suizos y esa fue la última vez que Palamós supo de Capote.

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Pasaporte del escritor estadounidense Ernest Hemingway emitido en 1957 | Imagen vía: Open Culture

Ernest Hemingway en Cuba

Hemingway fue un “mochilero” innato, a diferencia de otros escritores la guerra no le impidió viajar por el mundo, fue de hecho gracias a esta que partió como corresponsal en 1937 y conoció España durante la guerra civil, experiencia que luego retrataría en “Por quién doblan las campanas”. Nativo de Illinois en Estados Unidos, el autor de El viejo y el mar pasó por París, Pamplona, Madrid, varias ciudades de África, Venecia, Londres y Normandía. Aunque el mediterráneo sirvió como tremenda autoridad en sus obras, fue especialmente Cuba, La Habana y Fidel Castro los que sellaron su pasaporte durante veintidós años en los cuales vivió en la isla con su tercera esposa Martha Gellhorn.

En Cuba vivió en una finca –La Finca Vigía- en las Colinas de La Habana. Fue aquí donde escribió “El viejo y el mar” y en donde recibió la noticia de que había ganado el Premio Nobel de Literatura en 1954. “Este premio pertenece a Cuba, porque mi trabajo fue concebido y creado en Cuba”, recalcó el autor.

Su primer viaje a la isla fue en la década de los 20; sin embargo, se encontraría volviendo a sus mares hasta poco antes de su fallecimiento en 1961 en Idaho, Estados Unidos.

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Pasaporte del poeta español Gabriel García Lorca expedido en Granada en junio de 1929 Lorca | Imagen vía: Open Culture

Federico García Lorca en Nueva York

Todos los días se matan en New York
cuatro millones de patos,
cinco millones de cerdos,
dos mil palomas para el gusto de los agonizantes,
un millón de vacas,
un millón de corderos
y dos millones de gallos
que dejan los cielos hechos añicos. (Fragmento de poema Nueva York)

García Lorca nació y murió en España, pero no sería nadie sin Nueva York. Muestra de esto el apodo que él mismo utilizó para describir su viaje, el de un “poeta” en la ciudad. El autor de Romancero Gitano encontró en aquella urbe cosmopolita de los años veinte, muy diferente de la represiva España de la que procedía, un lugar en donde su homosexualidad no era cuestionada. Aquí frecuentó bares y amantes, y por primera vez sintió que había un lugar en el mundo para sus gustos y preferencias –artísticas y sexuales–.

En Nueva York pasó noches en vela escribiendo poesía, y de estas nace Poeta en Nueva York, hoy en día una de las obras centrales de la lírica contemporánea. En esta exhausta descripción poética de la ciudad en español revela las trabas sociales y de clases no solo del inmigrante en América sino del norteamericano, recordando además la llamada crisis del crack del 29, conocida como la más catastrófica caída del mercado de valores en la Bolsa en Estados Unidos.

Aunque su estancia fue corta, entre 1929 y 1930, en las aceras y barrios de Nueva York conoció una voz que no había encontrado en otros paisajes, recreando una de sus épocas más productivas como escritor y poeta.

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¿Por qué asesinan a los líderes sociales en Colombia?

María Hernández

Foto: Gustau Nacarino
Reuters

El proceso de paz firmado por el Gobierno de Colombia y la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) ha acaparado la atención de los medios de comunicación durante meses. Se habla de los grandes esfuerzos de ambas partes por acabar con la violencia que durante años ha causado la muerte de miles personas y protagonizado las portadas de los medios de comunicación dentro y fuera del país, pero numerosas personas siguen muriendo asesinadas en Colombia, aunque no sea a manos de las FARC.

Los asesinatos de defensores de derechos humanos están aumentando cada vez más, pero la investigación sobre las causas y los culpables no avanzan al mismo ritmo. Muchos indicadores de violencia han descendido en el país, pero lo cierto es que muchos de los lugares que las FARC han abandonado están ahora ocupados por el Ejército de Liberación Nacional (ELN), la otra guerrilla inmersa en un proceso de diálogo con el gobierno, y algunas organizaciones criminales, y las asociaciones defensoras de los derechos humanos apuntan a esta como la principal causa del crecimiento de los actos de violencia y homicidios de líderes sociales.

Un asesinato cada cuatro días

Los líderes sociales y defensores de derechos humanos se encuentran en una situación crítica en Colombia. Los actos de violencia contra este colectivo se están volviendo algo sistemático, explica la Fundación Paz y Reconciliación en un informe sobre la paz entre el Gobierno y las FARC.

Entre el 24 de noviembre de 2016 y el 11 de julio de 2017, la fundación ha contabilizado 181 actos de violencia contra algún líder social o defensor de los derechos humanos. De todos estos sucesos, 55 fueron homicidios, lo que quiere decir que cada cuatro días un líder social es asesinado en Colombia, y cada dos días uno de ellos sufre una amenaza.

El Defensor del Pueblo habla de 186 asesinatos entre enero de 2016 y julio de 2017, la mayoría de ellos ocurridos en zonas donde operaba la guerrilla de las FARC. Además, “unos 500 líderes sociales y defensores de derechos humanos están amenazados”, explicó el defensor del pueblo, Carlos Negret, durante un recorrido por varios lugares del país para estudiar y comprobar la peligrosa situación de los líderes sociales en Colombia.

El último informe del programa Somos Defensores, que se publicará en las próximas semanas, contabiliza 335 defensores de derechos humanos agredidos entre enero y junio de 2017. De estos 335, 51 han sido asesinados, 32 han sido víctimas de atentados, 225 han recibido amenazas, 18 han sido detenidos y 9 han sido encarcelados, explica a The Objective Carlos A. Guevara, coordinador de Comunicaciones, Incidencias y Sistema de Información de Somos Defensores.

“Aquí solamente hay avances en muy pocas investigaciones”, comenta. En los últimos ocho años, se han registrado 458 homicidios de defensores de los derechos humanos. De todos estos asesinados, “solamente el 13% tiene algún tipo de avance, es decir, nos estamos enfrentando a más de un 85% de impunidad en estos casos”, denuncia Guevara, que considera que tanto el Gobierno actual como el que venga posteriormente debe “poner a trabajar la Justicia” si quiere acabar con esta situación.

Los grupos paramilitares

Las organizaciones y fundaciones que se han dedicado a investigar y denunciar la creciente violencia contra este colectivo coinciden en que la existencia de grupos paramilitares no reconocidos por el gobierno colombiano es uno de los principales motivos para que ocurra esta preocupante situación.

“La acción de presuntos grupos armados ilegales y organizaciones criminales” es común en zonas donde antes operaban las FARC, explica el Defensor del Pueblo. En concreto, habla del grupo Autodefensas Gaitanistas de Colombia y el ELN, pues asegura que ellos “han venido ocupando los espacios que están dejando las FARC”.

Las FARC operaban en 242 municipios y “se esperaba que estos espacios fueran ocupados por la institucionalidad estatal. Sin embargo, hacia estos territorios se han estado desplazando otras estructuras ilegales”, explica la Fundación Paz y Reconciliación.

Por qué están siendo asesinados los líderes sociales de Colombia
El Gobierno ha enviado al ejército a las zonas que antes ocupaban las FARC. | Foto: Fernando Vergara/ AP

“Las fuerzas militares no están moviéndose como cuando estaban las FARC. De alguna manera están enfrentando a estos paramilitares con muchísima suavidad”, denuncia Guevara, que asegura que estos grupos están tomando mucha fuerza en ciertas zonas del país debido a una comodidad proporcionada por parte del gobierno y las fuerzas militares, que no están actuando frente a la situación.

Sin embargo, Guevara explica que a diferencia de las FARC, y en parte el ELN, estos grupos “no son rebeldes políticos, sino grupos delincuentes, grupos criminales de mafias que se nutren de rentas ilegales”.

Cómo acabar con esta situación

“El primer arma que se debe utilizar en este contexto es la justicia. Si la justicia funciona, quienes asesinan, amenazan, atacan, pues van a saber que hay una justicia que funciona y van a ir a la cárcel. Pero desafortunadamente eso no está pasando”, se lamenta Guevara, que considera que el gobierno no está haciendo lo suficiente para castigar los actos de violencia contra los activistas de los derechos humanos, que desarrollan a diario una actividad de riesgo.

Como varias organizaciones destacan, la ocupación de los territorios abandonados por las FARC por otras guerrillas y grupos criminales es uno de los principales motivos del creciente número de agresiones a este colectivo. Por esta razón, el Estado debe llegar a estos lugares y reemplazar el vacío que dejaron las FARC en el poder político y económico. “El Estado no ha llegado de manera efectiva a los lugares donde las FARC ya no están (…) Ese vacío lo está sintiendo la gente pero el Estado no llegó. ¿Qué mandó? Mandó tropas, mandó al ejército. Pero el ejército no reemplaza al poder civil, no reemplaza al poder político, y ese es el que tiene que llegar a los territorios”, explica Guevara.

Además, asegura que es necesario llevar las medidas de protección a las zonas rurales y no a las grandes ciudades, pues es en el campo y en las zonas más apartadas donde los líderes sociales están siendo asesinados.

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Un soldado vigila una zona rural anteriormente controlada por las FARC. | Foto: Jaime Saldarriaga/ Reuters

Desde el programa Somos Defensores ayudan a los activistas de derechos humanos y, si se encuentran en un nivel de riesgo muy alto, tratan de sacarlos del país o de trasladarlos a otro lugar dentro de Colombia. Sin embargo, “cada vez más tratamos que esas medidas no se den, porque no queremos sacar más defensores, queremos que se queden en Colombia y que sigan luchando por sus comunidades”.

Guevara afirma además que “hay una relación directa entre el proceso de paz y las agresiones y los asesinatos de defensores”, pues muchos de ellos están siendo agredidos por defender la paz y hacer pedagogía en diferentes territorios.

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