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El estómago de un 'runner'

Christian Rubio

Existen verbos que tienen la capacidad de despertar emociones incluso antes de llevarse a cabo. Estudiar, por ejemplo. Basta pensar en ese taco de apuntes que hay que aprenderse de memoria y automáticamente llega la pereza. O viajar, que equivale a descanso y evasión. Es como si el cerebro adelantara en el tiempo los acontecimientos que implican cada acción, una aventura mental que prepara al cuerpo para lo inminente.

Así, al trote, aparece entonces el verbo correr. Hay quien no sabe lo que es eso desde que acabó su etapa universitaria. Sin embargo, en los últimos años se ha formado una muchedumbre de fieles enganchados a las sensaciones que provoca. Son los runners, y están entre nosotros. El vecino de al lado que toca el piano, el prota de nuestra serie favorita, la prima del pueblo. No hace falta brillar como un deportista de élite para ser un amante del fenómeno running, que se ha ganado a pulso dejar de ser una moda para convertirse en una auténtica filosofía de vida.

Parece fácil, pero no lo es. Correr requiere una preparación y una alimentación idóneas. (Foto: Fabrizio Bensch / Reuters)
Parece fácil, pero no lo es. Correr requiere una preparación y una alimentación idóneas. (Foto: Fabrizio Bensch / Reuters)

El running parte de una premisa básica: el mejor lugar para cuidarse es al aire libre. La madre naturaleza regala esa libertad que no se encuentra entre las cuatro paredes de un gimnasio. Además es una opción bastante más económica y apta para todos los públicos. Los expertos no dejan de recordar los numerosos beneficios para la salud -y para la belleza- que tiene la práctica habitual de este deporte. Combate el estrés y la ansiedad. Estimula las funciones cerebrales. Ayuda a prevenir el cáncer. Permite la pérdida de peso y la regeneración muscular. Aumenta la esperanza de vida. Y sobre todo, según sus fieles, te hace una persona más feliz.

Pero claro, estas ventajas requieren de un esfuerzo constante para poder alcanzarse. Correr no es fácil. Necesita una preparación adecuada que empieza con una alimentación saludable. Sin este pilar básico, cualquier plan que tengamos para practicar este deporte se desmoronará enseguida.

Los nutricionistas aconsejan un elevado consumo de hidratos de carbono como principal fuente de energía

Hablamos con Arturo, un runner con más de cinco años de experiencia. Ha participado en varios maratones, carreras de 42,195 kilómetros, y aunque no es nutricionista profesional, sabe perfectamente cuáles son los alimentos que mejor le sientan para competir sin llegar a obsesionarse. “Es cierto que hay determinados alimentos que contribuyen a una mejor hidratación y tienen compuestos que son beneficiosos, pero es imposible comerlos todos. Así que yo intento cuidarme como lo debe hacer una persona que practica otro deporte similar o que simplemente está pendiente de su salud”, señala.

Si la dieta de un deportista no incluyera hidratos de carbono no sería eficaz. (Foto: Fit Food Market)
Si la dieta de un deportista no incluyera hidratos de carbono no sería eficaz. (Foto: Fit Food Market)

Según los expertos, la ingesta de carbohidratos es fundamental. En los ejercicios de alta intensidad se utilizan las reservas de glucosa almacenadas en los músculos y en el hígado, y los carbohidratos cumplen esa función sin tener que agotar dichas reservas. Cereales, frutas, verduras, tubérculos y legumbres son algunos de los alimentos ricos en estos nutrientes. Las bebidas con carbohidratos están preparadas específicamente para deportistas debido a su alto contenido de electrolitos, que aportan los minerales y la hidratación necesarios para antes, durante y después del ejercicio.

Las horas del día son también muy importantes y hay que tener en cuenta la rutina de entrenamiento. “Se recomienda que, cuando hay competición, el desayuno se tome al menos tres horas antes de la misma. Pero lógicamente, si entrenas por la mañana temprano, como es mi caso en el que a veces salgo a las 6 de la mañana, no me voy a levantar a desayunar a las 3. Hay personas que por la mañana salen en ayunas pero a mí no me gusta y no lo recomiendo, así que me despierto una hora antes y me tomo algo ligero para meter un poco de combustible al cuerpo”, dice Arturo.

Las proteínas y las grasas deben consumirse, por supuesto, pero con mayor moderación que los hidratos de carbono. En el primer caso, lo normal es que un deportista consuma de 1,2 a 1,7 gramos de proteína por cada kilogramo de su peso. Ingerir unos 20 gramos de proteínas después de los entrenamientos ha demostrado ser una buena estrategia para estimular la recuperación muscular y normalizar el funcionamiento del sistema inmune.

Los suplementos vitamínicos no hacen falta siempre y cuando la dieta sea equilibrada

Las grasas también son necesarias como fuente de energía, aunque deben representar como máximo el 30% de las calorías diarias. Y preferiblemente que sean de origen vegetal, como frutos secos y aceite de oliva. En cualquier caso, Arturo cree que no hay que generalizar. “Muchas veces es algo mental. Por ejemplo, hay entrenamientos que hago por la tarde que no terminan de salir bien porque quizá la comida de mediodía ha sido algo más contundente. Personalmente, con comidas más pesadas como cocido o que tengan alguna salsa no me siento muy cómodo corriendo, pero puede ser que piense demasiado en ello”.

Antes, durante y después del ejercicio hay que hidratarse bien. (Foto: Ints Kalnins / Reuters)
Antes, durante y después del ejercicio hay que hidratarse bien. (Foto: Ints Kalnins / Reuters)

Si la dieta es adecuada, los suplementos de vitaminas y minerales no harán falta. La vitamina D, presente en alimentos como los pescados grasos (salmón, sardina, atún), el huevo y los lácteos, permite regular nuestro sistema de defensas y estimula la fijación del calcio en los huesos. Al producirse además de forma natural cuando exponemos nuestra piel a la luz del sol, muchos deportistas tienen déficit de esta vitamina sobre todo en los meses de invierno. Sólo en esos casos se recomienda añadir suplementos a la dieta.

Ahora, ¿qué ocurre con los llamados “vicios”, como beber alcohol y fumar? Algunos estudios revelan información sorprendente sobre este tema. Varios expertos recalcan la gran eficacia de la cerveza para hidratar el cuerpo después de hacer deporte. Eso sí, subrayan que su consumo debe ser moderado. Arturo lo tiene claro. “Por beberte un par de cervezas una noche no vas a empeorar cuatro segundos por kilómetro. Otra cosa es beberse 10 copas el sábado y el domingo querer estar en tu mejor forma. No hay que excederse. Y lo de fumar pues igual que una persona que no hace deporte, no es recomendable. Yo dejé el tabaco gracias al atletismo”.

No hace falta ser un corredor de élite para conseguir los beneficios de este deporte. (Foto: Carlo Allegri / Reuters)
No hace falta ser un corredor de élite para conseguir los beneficios de este deporte. (Foto: Carlo Allegri / Reuters)

Puede que empezara como una moda pasajera, da igual. El verbo correr existe desde que el ser humano decidió, sencillamente, echar a andar cada vez más rápido. Quién sabe, quizá huyendo de una bestia salvaje, o porque tenia frío, o prisa. Pero su cuerpo se lo pidió. Como se lo pide constantemente a su legión de seguidores, que han convertido el verbo en una amada disciplina. Y ya se sabe, el amor siempre comienza a gestarse a través del estómago.

Ha vuelto a ocurrir

Lorena Monton

El running se ha convertido en el deporte del momento. Instagram y Facebook son testigos de ello, y los nuevos corredores aficionados comparten sus logros en la red en lo que muchos casos son auténticas sesiones maratonianas. Una locura.

Ha vuelto a ocurrir. Esta vez ha sido en Australia, aunque a día de hoy es fácil hacerse eco de lo que ocurre en la otra punta del mundo. Chris Head, un muchacho de 27 años, moría el pasado domingo mientras participaba en la carrera benéfica llamada City2Surf. De los 80.000 corredores que cruzaron la línea de meta, Chris fue el que no lo consiguió. Dicen los testigos que cayó al suelo y que intentó arrastrase hasta la marca de llegada. No lo logró ya que un ataque al corazón le quito la vida antes de conseguirlo.

Al parecer, Chris era un adicto al fitness y se encontraba en buena forma. Pero a veces, por muy buena condición física que tengamos, sometemos a nuestro cuerpo a esfuerzos excesivos que pueden terminar en tragedia. El año pasado le ocurrió lo mismo a un participante de la 33a edición Maratón de Barcelona. Era un corredor profesional que se desvaneció tras llegar a la meta, al parecer por el sobreesfuerzo realizado durante la prueba. Y como este caso, muchos más.

Correr está de moda. El running se ha convertido en el deporte popular del momento. Los perfiles de Instagram y de Facebook son testigos de ello, y los nuevos corredores aficionados comparten sus logros deportivos en la red en lo que muchos casos son auténticas sesiones maratonianas. Una locura.

El deporte es sano pero todo exceso es un peligro. Antes de lanzarnos a la aventura de correr deberíamos someternos a un chequeo médico y comprobar si, efectivamente, nuestro cuerpo está preparado para un ejercicio de tanta intensidad. Por mucho correr no vamos a ser mejores porque, como decía mi abuela, “lo importante es llegar”.

Lo que queda de un Imperio

Ignacio Peyró

Un gobernador de Adén profetizó que, del legado imperial, sólo iban a quedar el fútbol y la expresión “fuck off”.

A la hora de reclutar burócratas para el Imperio, sir Ralph Furse –gran mandarín de la Administración- descartaba a las gentes “de mirada huidiza” o “de apretón de manos lánguido”. No sé qué dirán hoy los vademécums de recursos humanos, pero con esa selección de personal, los británicos abandonaron su destino natural de “trabajar mucho y vivir a base de arenques y patatas” para convertirse en “herederos de los romanos”. Así, cuando murió la reina Victoria, su hijo Bertie pudo encontrarse con dominio sobre “un continente, cien penínsulas, quinientos promontorios, mil lagos, dos mil ríos y diez mil islas”.

De ayer a hoy, la máquina del Imperio quedó gripada primero, desacreditada después, caída en todo caso con fenomenal aparato y batahola. De aquella pompa y circunstancia, apenas restan ahora –como granos de pimienta en la anchura cartográfica del mar- unas cuantas plazas improbables, conocidas sólo por quienes buscan caprichos geográficos, paraísos fiscales o heterodoxias filatélicas. Siempre sorprenderá del Imperio la rapidez con que cedió: de un extremo a otro de su vida, Churchill asistió a su mediodía y a su ocaso, pudo ver un sello con la leyenda “tenemos el mayor Imperio habido nunca” y también cómo la Union Flag se retiraba de lugares en los que él mismo había combatido. He ahí las melancolías de la historia.

El penúltimo gobernador de Adén profetizó que, del legado británico, sólo iban a quedar el fútbol y la expresión “fuck off”. Asumida tanta culpa, purgada tanta mala conciencia, hoy vemos sin embargo un mundo incomprensible sin la huella imperial, de la vigencia de la common law al comercio de diamantes, del horizonte de Sidney a los bulevares de Philadelphia, del rugby a la representación parlamentaria, el té que bebemos, el curry que humea en el restaurante de la esquina o la lengua que hay que aprender para entenderse por el orbe. Es mucha la civilización cifrada en la peluca de un juez.

También queda algo en esos muchachos que batean al cricket lo mismo en Barbados que en Pakistán, sin saber –quizá- dónde queda en los mapas ese condado de Kent donde por primera vez se bateó. En tiempos del Imperio, se dijo que la metrópoli no podía hacer nada mejor para unir a sus pueblos que dejarse ganar al cricket. En tiempos de la Commonwealth, tenemos un apólogo moral: cuando no se puede ganar, aún se puede ser inteligente en la derrota.

Cuando suena la campana

Jaime Mariño Chao

Suena la campana y debes ser capaz de dar todo lo que tienes, sin guardarte nada, sin temer nada, sin esperar nada. Quizás mañana sea el día y la hora. Quizás mañana suene tu campana.

En Oregon se están celebrando estos días los Campeonatos del Mundo Junior de Atletismo. Escuchar las palabras “Oregon” y Atletismo” hace que venga a mi memoria el gran Steve Prefontaine, nacido en una pequeña ciudad de ese estado y uno de los atletas que más admiro. Pese a su muerte prematura en accidente de coche, permanece en el imaginario del mundillo atlético como uno de los grandes luchadores, como alguien que no se rendía jamás, que se vaciaba completamente en cada prueba.

Cualquier atleta que haya competido con un cierto nivel sabe que en el reino cruel del tartán, del 800 al 10.000, hay un momento clave en el que la adrenalina se dispara al máximo nivel posible: el momento en el que suena la campana y comienza la última vuelta.

Por mucho que hayas entrenado, por mucho que te hayas sacrificado durante meses o incluso años, si el sonido de la campana te encuentra mal situado, encerrado en la cuerda o tres metros por detrás de donde debieras estar, ya no te recuperarás nunca.

Lo mismo sucede en la vida. Suena la campana y debes estar listo, alerta, hábil, en el lugar adecuado, con el entreno en el cuerpo y la mente fijada en tu objetivo. Suena la campana y debes ser capaz de dar todo lo que tienes, sin guardarte nada, sin temer nada, sin esperar nada.
Quizás mañana sea el día y la hora. Quizás mañana suene tu campana.

¿Estás preparado?

Desatinos de Bruselas

Valenti Puig

Foto: FRANCOIS LENOIR
Reuters

La aberrante escenificación de la troika de la Comisión Europea aterrizando en Grecia, en plena convulsión económica para revisar las cuentas, es uno de esos errores de cálculo que el europeísmo oficialista perpetra demasiado a menudo. Si las normas –como es el caso- la capacitan para revisar las contabilidades nacionales en razón de riesgo o préstamo, la Comisión tiene el derecho y el deber de hacerlo pero, ¿no había otro modo que enviar a tres tecnócratas vestidos de negro y con samsonite? Tal vez eso generaba más aversión al proceso de integración entre la ciudadanía afectada por la crisis y, todo sea dicho, arruinada por la gestión del gobierno griego, un clásico en el incumplimiento de las normas comunitarias.

Un desatino más reciente ha sido la felicitación de Jean-Claude Juncker a Macron por su victoria en la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas. El rol de Juncker consiste en felicitar a quien acabe siendo elegido definitivamente en la segunda vuelta. Si como hipótesis improbable imaginamos la llegada de Marine Le Pen al Elíseo, ¿cómo saludarle cuando has manifestado ostensiblemente y de modo institucional tu preferencia por Macron? Incluso con esta salvedad, un desatino similar es llamar antieuropeos a quienes han votado por Le Pen. En otra circunstancia, la consumación del Brexit dejaría Gran Bretaña fuera de las instituciones europeas pero no significa que los euroescépticos no sean ciudadanos de Europa.

Esta decantación de Bruselas es tan asombrosa como cuando, dados los postulados derechistas de Haider en Austria, se dijo de modo reiterado que eso requería expulsar a los austríacos de la Unión Europea. No era así. En realidad, Haider sigue en Austria y Austria sigue en la Unión Europea. Si Le Pen llegase al Elíseo el efecto sería catastrófico entre otras cosas por su negación del euro, pero no le corresponde a Juncker felicitar a Macron y sus votantes antes de saber los resultados del ballottage. Es más: esos parabienes pueden favorecer a Le Pen porque a casi nadie le gusta que desde Bruselas le digan cómo votar.  Todo eso corresponde a un europeísmo institucionalizado que no está a la altura de los tiempos, a diferencia de cuando -hace ahora sesenta años- Schumann impulsó el Tratado de Roma dando paso a un proceso de integración europeo que hoy tiene desencantados a sectores de la ciudadanía europea. Gran parte de la crisis europea corresponde ciertamente a la aparatosa distanciación entre la clase política –especialmente el microcosmos de Bruselas- y los que todos los días intentan sobrevivir pisando la calle y con el sueldo devaluado.

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