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El gran debate francés: Elecciones presidenciales 2017

Karem Pirela

Foto: PATRICK KOVARIK
Reuters

En la noche del lunes 20 de marzo se produjo un evento histórico en Francia: por primera vez, antes de la primera vuelta, los cinco candidatos favoritos para la elección presidencial de 2017 se reunieron en un plató de televisión para discutir sus programas de gobierno.

Un debate que duró alrededor de tres horas y que dispuso a los cinco personajes en un círculo para que cada uno pudiera confrontar a sus adversarios a la hora de tomar la palabra. La ardua tarea de la conducción estuvo en manos de Gilles Bouleau y Anne-Claire Coudray, ambos periodistas de la cadena TF1, encargada de organizar el encuentro. El mismo estuvo dividido en tres grandes partes que cubrieron básicamente los programas de gobierno de cada candidato, haciendo énfasis en temas como: el modelo de sociedad, el modelo económico y el papel de Francia en el panorama mundial.

Los candidatos emplearon su tiempo de intervención no solo para presentar su plan de gobierno sino para responder las preguntas y atacar a sus contrincantes. Marine Le Pen, Jean-Luc Mélenchon y Emmanuel Macron más de una vez intercambiaron fuertes críticas. Quien tuvo la participación menos activa fue François Fillon, candidato que durante las últimas semanas se ha visto envuelto en investigaciones por presuntos problemas de corrupción, tema que obviamente salió a relucir durante el debate.

El gran debate francés: Elecciones presidenciales 2017
Los candidatos (de izquierda a derecha): François Fillon, Emmanuel Macron, Jean-Luc Mélenchon, Marine Le Pen and Benoît Hamon, antes del debate organizado por el canal privado de TV TF1 en Aubervilliers. | Foto: Patrick Kovarik / Reuters.

Entre los primeros puntos discutidos destacaron la educación y la seguridad, a estos siguió la inmigración, uno de los tópicos más álgidos de la noche, sobre todo del lado de la candidata del Front National, Marine Le Pen, pues ella propone terminar con la inmigración, tanto legal como ilegal; restablecer las fronteras de Francia y así evitar la llegada de extranjeros que según Le Pen ganan – sin trabajar – 4 y 5 veces más de lo que ganaban trabajando en sus países de origen. Por su parte Jean-Luc Mélenchon propone acabar con las guerras, luchar contra ellas en su propio territorio con el fin de acabar con las razones que generan la migración.

Si bien las propuestas respecto a la participación de Francia en el panorama geopolítico son diferentes, entre ellas guardan ciertas similitudes. Para el candidato del Partido Socialista, Benoît Hamon, Francia debe tomar las riendas en la defensa de Europa, pues ya no cuentan con el eterno aliado, Estados Unidos. Le Pen, quien tiene en su programa de gobierno la salida del país de la Unión Europea, plantea el desarrollo de la industria militar como elemento esencial para garantizar la independencia de Francia, mientras que Mélenchon habla de romper los lazos con Estados Unidos y no seguir a esta nación en sus guerras. El terrorismo, el cual mantiene a Francia en alerta máxima desde el 2015, logra hacer coincidir a los candidatos, quienes proponen desde tomar medidas más fuertes y responsables hasta terminar los convenios con países como Qatar o los Emiratos Árabes Unidos.

Durante y luego de la finalización del debate las redes se llenaron de comentarios de apoyo a Jean-Luc Mélenchon, quien al parecer fue el ganador de la noche, seguido muy de lejos por Emmanuel Macron y Marine Le Pen.

Los candidatos en frases:

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Jean-Luc Mélenchon. Foto de Patrick Kovarik / Reuters.

“Seré el presidente de la paz”.
“Yo asumo una misión: entregar Francia a los franceses liberándola de la oligarquía”.

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Emmanuel Macron | Foto de Patrick Kovarik / Reuters.

“Propongo nuevas caras, traigo la esperanza”.
“Que Francia sea una oportunidad, una oportunidad para cada uno”.

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Marine Le Pen | Foto de Patrick Kovarik / Reuters.

“Yo quiero ser la Presidenta de la República Francesa, no la vice canciller de Merkel”.
“Independencia no quiere decir someterse a los tecnócratas de Bruselas”.

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Benoît Hamon | Foto de Patrick Kovarik / Reuters.

“¿Qué pueblo queremos ser el 7 de mayo en la noche?.. ¿Qué mensaje queremos enviar al mundo? ¿Paz? ¿Nacionalismo?”

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François Fillon | Foto de Patrick Kovarik / Reuters.

“Seré el presidente que colocará a Francia en el camino que la llevará a ser la primera potencia europea”.
“Vivimos en un mundo peligroso, con un presidente americano impredecible y una amenaza mortal: el yihadismo islámico”.

Save

Macron y los estados de gracia

Valenti Puig

Foto: Etienne Laurent
AFP

La norma no escrita de dar una tregua crítica a los cien primeros días de todo gobierno ha ido quedando arrumbada como un uso vetusto. En coincidencia cuantitativa con la duración del retorno de Napoleón desde la isla de Elba hasta Waterloo, esos cien primeros días a veces han ido a la par con el estado de gracia, un período de levitación en el que la confianza en el nuevo elegido parece casi unánime. No lo hemos visto con Theresa May pero sí con Macron. En general, una nueva presidencia de la Quinta República garantiza ese período de gracia. Tras la victoria presidencial, haber conseguido una nueva mayoría parlamentaria –para un partido de hace dos días- convierte a Macron en un político en estado de gracia, llegado en el momento más oportuno para, después del “Brexit”, rehacer el eje franco-alemán dándole un toque gaullista. ¿Hasta cuándo? En un mundo tan acelerado, la erosión política parece haber liquidado los privilegios del estado de gracia. Lo hemos visto otras veces: un político de nuevo cuño –caso Obama- se convierte en paradigma, para acabar entrando y saliendo del taller de reparaciones.

Ahora la fulguración del nuevo presidente de la República Francesa genera un efecto mimético aunque lo realmente significativo es que haya llegado al poder gracias al hundimiento del socialismo francés y las torpezas habituales de la derecha. ¿Macron o Corbyn? ¿Macron o Bernie Sanders? ¿Qué queda del modelo Blair? Son interrogantes que pueden aplicarse al retorno de Pedro Sánchez a la secretaría general del PSOE, más bien dispuesto a romper con las tesis de centro-izquierda propias del felipismo y presuroso por expansionarse hacia la izquierda, colindando arriesgadamente con Podemos para conjugar una alternativa.

La posición de Sánchez en contra del acuerdo comercial con Canadá –CETA- ha resultado incómoda para Bruselas, como ya se ha cuidado de exponer el comisario Moscovici, procedente de la izquierda radical y luego ubicado en el sector rocardiano del socialismo francés. Curiosamente, Sánchez ha sido proclamado a menudo por sus partidarios como gran conocedor del laberinto comunitario, dado que de muy joven fue asesor en Bruselas antes de ser jefe de gabinete de Carlos Westendorp, alto representante de las Naciones Unidas en Bosnia, en pleno conflicto de Kosovo.

Tampoco en la oposición perduran los efectos del estado de gracia. El futuro de Pedro Sánchez, por ejemplo, depende mucho de que logre zafarse de la presión de Podemos y de la militancia socialista más radical para lograr la adhesión del electorado real de centro-izquierda, marcando de cerca a un gobierno de Rajoy debilitado por la corrupción siempre que decida, cuanto antes mejor, si quiere ser un Macron o un Corbyn. La crisis del socialismo europeo tiene una sombra muy alargada. Ahora mismo, para Bruselas, aunque Donald Tusk parafrasee a John Lennon, un PSOE deslizándose hacia la izquierda es una mala noticia. Hay abundantes quejas sindicalistas pero el PSOE todavía no ha dado un contenido coherente a su rechazo a los acuerdos comerciales EU-Canadá. ¿Qué hay de malo en mantener relaciones de libre comercio con Canadá?

Refugee Food Festival: cuando el chef es un refugiado

Jorge Raya Pons

Foto: Jorge Raya
The Objective

Pierre perdió a toda su familia y ahora está solo en Madrid, arrastra una mirada triste y su pelo es rubio en un tono intenso. “La vida es complicada”, dice, bajando la mirada. “Estoy aquí como refugiado político”. Tiene 27 años y salió de Camerún siendo muy joven; apenas 22 años y no tuvo más remedio que dejar atrás su vida en África. Después de un largo camino llegó en 2015 a España, vivió 10 meses en un centro de Ceuta hasta que le concedieron el asilo. Pierre se fue de Camerún acosado por ser homosexual.

“En mi país hay mucha tradición, no se acepta”, dice Pierre, en un castellano todavía pobre. “En África no tienes libertad si eres homosexual, transexual o lesbiana. Allí existe la mutilación genital. En África es complicado. En África matan por eso”. Pierre cuenta que su padre lo rechazó, que tiene un hermano en Francia con quien no se habla, que su madre fue la única que lo protegió. “Pero mi madre está muerta”, dice. “Yo estaba aquí cuando murió”.

Refugee Food Festival: cuando el chef es un refugiado 2
Pierre, refugiado camerunés, en el restaurante L’Artisan. | Foto: J.R./The Objective

Y aunque no pudo terminar la escuela, siempre se interesó por la cocina; ahora estudia en una escuela gastronómica en Alonso Cano y vive como puede en Madrid, en un piso compartido que le dispuso un amigo dominicano. Cuenta que le interesa la comida francesa, la americana, que va conociendo la española. “Hago cocido”, dice. Ahora participa en una iniciativa, Refugee Food Festival, que nació de la sinergia de la ONG Food Sweet Food y de Acnur, la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados. Pierre estará este fin de semana cocinando en el restaurante L’Artisan, en la calle Ventura de la Vega.

España solo ha acogido a 744 de los 17.000 refugiados a los que se comprometió en Bruselas

En esta campaña, puesta en marcha el año pasado en París y extendida en esta ocasión a ciudades como Madrid, Florencia o Ámsterdam, varios cocineros –todos ellos refugiados- comparten su cultura a través de la cocina en una serie de restaurantes que se prestan como voluntarios. El resultado en Madrid es nueve restaurantes que dan empleo a ocho refugiados de cuatro nacionalidades durante una semana –en días alternos-, ofreciéndoles la oportunidad de compartir sus inquietudes culinarias con sus comensales.

Refugee Food Festival, que termina su segunda edición este domingo, es una ocasión para dar visibilidad a los desplazados. Hay historias trágicas detrás de cada uno de ellos; esta iniciativa nos empuja a esforzarnos por comprenderlos, por escucharlos. España es el país que más donativos privados aporta a Acnur. Sin embargo, es el mismo país que incumple los acuerdos de acogida de refugiados pactados en Bruselas: se comprometió a acoger a 17.000 personas y solo han llegado 744.

Refugee Food Festival: olvidando entre fogones la tragedia de ser refugiado
Mariana, ofreciendo uno de sus postres. | Foto: J.R./The Objective

Mariana también tuvo que abandonar Ucrania con su marido y con su hijo. Tiene 24 años y estudió Económicas en la universidad de su ciudad, Ternópil, a 200 kilómetros de Polonia. Llegó hace un año y medio y su gran barrera, confiesa, es el idioma. “Quiero vivir en España, quiero trabajar en la repostería”, dice Mariana, que prepara postres en el restaurante Keyaan’s (Blasco de Garay, 10). “Me gusta muchísimo la gente de aquí”. Mariana huye de un país en guerra, con todas sus consecuencias, y sigue en contacto con su madre, a la que escribe por WhatsApp. “España nos ha ayudado muchísimo”, dice, agradecida. “En un futuro me gustaría abrir una pequeña pastelería”. Mariana no piensa en regresar a Ucrania.

Tampoco lo hace Pierre, que remueve una tila que no ha probado. “No puedo volver a Camerún, no tengo familia allí”, dice, muy serio. “Yo sueño con estar en España, con tener mi propio negocio: un restaurante con comida de cuatro continentes –África, América, Asia, Europa-. Y ya está”.

Francia, "casa tomada"

Recaredo Veredas

Foto: CHRISTOPHE ARCHAMBAULT
AP

Cortázar empezó mejor que acabó. Suele ocurrirles a muchos escritores que mezclan la reivindicación, aunque sea justa, y el arte. Sin embargo, su primer relato publicado aún permanece en el Olimpo de la inquietud y así ocurrirá hasta el fin de los tiempos. Se titula Casa Tomada. En sus páginas vemos cómo un fantasma nunca definido ocupa lentamente las estancias de un viejo piso porteño, habitado por una pareja de ancianos hermanos cuyo vínculo oscila entre la polilla y el incesto. El ocupante no es visto, ni siquiera sabemos si lo es o asistimos a un brote psicótico del narrador. Los hermanos no plantan cara a la ocupación de su hogar, se limitan a cambiar de habitación y a continuar con sus costumbres: ella teje, él bebe mate y vegeta. Les rodea un Buenos Aires que se intuye árido, cansado. Cuando la energía oscura toma la última estancia y son arrojados a la calle incluso sienten alivio, el descanso que embarga a cualquiera cuando abandona una carga demasiado pesada para la fragilidad de sus hombros. Salgamos del relato y vayamos a la cruda e idealizada realidad.

Europa vibra con cada palabra y cada gesto de Emmanuel Macron, ese JFK que todos necesitábamos para volver a sentirnos orgullosos de nuestros políticos. Sin duda Macron reúne capacidad intelectual, dominio de los omnipresentes medios, carisma, astucia política y un sutil encaje con la tradición cultural francesa (fue asistente del filósofo Paul Ricoeur). Su mayor amenaza no son unos rivales cuya inoperancia ha sido más que constatada sino un vacío insólito para un candidato que se pretende arrollador. Una ola de energía negra, similar al que ocupaba la vieja casa bonaerense creada por Cortázar, está abduciendo a los franceses. Cuando en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales la suma de quienes optaron por la abstención y votaron en blanco superó el 30%, muchos culparon al izquierdista Jean Luc Mélenchon por su ambigüedad. No quiso apoyar a un candidato liberal, aunque se enfrentara al ultranacionalismo aggiornado de Marine Le Pen. Sin embargo, en las elecciones al parlamento se han presentado todos los partidos y la abstención ha sido aún mayor. Un 57% de los electores inscritos decidieron quedarse en casa, batiendo el anterior record de abstención en más de 10 puntos. Macron dominará una Asamblea Nacional cada vez más carente de auténtica representatividad. El centro de las ciudades, gentrificado tras el abandono y la decadencia de los 80 y los 90, y la periferia adinerada están entusiasmados. Sin embargo les rodea un fantasma colectivo -formado por millones de ciudadanos que nunca escriben en twitter y contemplan cómo lo que creían eterno se desvanece- que pronto convertirá al sufragio universal en un remedo no declarado del censitario.

La pereza, más propia de ese Estados Unidos que desea desaparecer en la anestesia de la heroína, ocurre en el país más politizado del mundo, la tierra de la Revolución y del mil veces mitificado mayo del 68, donde los obreros, los estudiantes y los burgueses salían a la calle, con una virulencia envidiada en España, ante la menor modificación de sus libertades y sus derechos laborales, donde cuentan con un sistema educativo envidiado por medio mundo y con un salario mínimo de 1.457 €. Pese a tantas virtudes y tan envidiada historia –o tal vez por las inevitables expectativas que despiertan- Francia ha caído en el marasmo. Las fábricas abandonadas, o reconvertidas en inútiles centros culturales, son el recordatorio de las causas. Los franceses silenciosos parecen saber que la globalización es inevitable, que el regreso al paraíso proteccionista creado por el General de Gaulle es una utopía y que el voto a opciones extremas, como las representadas por Mélenchon o Le Pen solo traería una breve alegría y un largo desastre. Pero no pueden votar a quien les obligará a competir con los insuperables costes laborales del antes conocido como Tercer Mundo. La consecuencia de ese cruce, tan esquizoide como lúcido, es un silencio doloroso, amordazado.

Ni siquiera la receta de dosis masivas de fluoxetina a los millones de silenciosos solucionaría un problema que dista mucho de ser imaginario. Tal vez el alivio, que no la solución, se encuentre en aquello que hemos dejado atrás, incluso con asco: el regreso a los valores elementales del ser humano, aquellos que llenaban el corazón de los amordazados con palabras tan vaciadas de sentido como amor, compañía, esperanza y perdón, aquellos que predicaban la sencillez y el contacto humano por encima de anhelos creados en agencias de publicidad. La felicidad, lo sabemos todos, no se encuentra en el estímulo de compra continuo. Pero tal solución ataca al consumo salvaje cuya adicción es, a la vez, el motor de la economía y uno de los pilares de la letal pereza que toma, sin olvidar ni un rincón, nuestra casa.

Niños de San Ildefonso

José Antonio Montano

Foto: Ballesteros
EFE

El de ayer era un martes 13 con la mala suerte programada. Pese a su fama, en esa fecha no suele cumplirse la superstición. Pero si ponen una moción de censura, el martes 13 será aciago por necesidad. En nuestro parlamento de castelares (¡atención, ironía!) un debate extra, sacado de la manga y con la canícula, solo podía traducirse en una brasa decretada. Era un día echado por alto antes de que naciera.

Y se cumplió. ¡Maldita fue nuestra estampa! Cuando el debate no llevaba ni veinte minutos, con Irene Montero en el uso (y el manoseo) de la palabra, el periodista Brais Cedeira comentó que su tono repetitivo era como el soniquete de la lotería. Y ahí estuvo la clave, no solo de la intervención de Irene Montero, sino también de la de Pablo Iglesias; e incluso, por contagio, de la de Mariano Rajoy. Son los únicos a los que he visto en el momento de escribir esta nota (bien entrada la tarde: ¡ha sido larguísimo!).

Iglesias y Montero eran como niños (¡y niñas!) de San Ildefonso. Pero su matraca monocorde carecía del aliciente de la del sorteo de Navidad: no había esperanza de que en algún momento se interrumpiese con el estallido del Gordo; ni siquiera con el del segundo o tercer premio. Era una gota malaya sin posibilidad de pedrea. El rosario de los horrores del PP rezados como el rosario.

Y por su parte Rajoy, comodísimo, con el rosario de las virtudes del PP. Aunque estas eran secundarias al lado del rosario de las virtudes de nuestra democracia constitucional, que también rezaba. Y que inevitablemente tenía que encarnar Rajoy frente a Iglesias, aplaudido desde sus escaños por Rufián, Tardà y los proetarras de Bildu. Por más amigos que Rajoy tuviera en la cárcel (como con gracia señaló Iglesias).

Pero lo mejor (melancólico, como todo lo bueno) es lo que tuiteó Perplejo sin Guía, de envidiable nick: “Poder hacer esos discursos. Eso es lo que le gusta a Mariano de Podemos. Que se los hiciesen a él es lo que detestaba de UPyD”. Y aquí me paro.

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