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El gran debate francés: Elecciones presidenciales 2017

Karem Pirela

Foto: PATRICK KOVARIK
Reuters

En la noche del lunes 20 de marzo se produjo un evento histórico en Francia: por primera vez, antes de la primera vuelta, los cinco candidatos favoritos para la elección presidencial de 2017 se reunieron en un plató de televisión para discutir sus programas de gobierno.

Un debate que duró alrededor de tres horas y que dispuso a los cinco personajes en un círculo para que cada uno pudiera confrontar a sus adversarios a la hora de tomar la palabra. La ardua tarea de la conducción estuvo en manos de Gilles Bouleau y Anne-Claire Coudray, ambos periodistas de la cadena TF1, encargada de organizar el encuentro. El mismo estuvo dividido en tres grandes partes que cubrieron básicamente los programas de gobierno de cada candidato, haciendo énfasis en temas como: el modelo de sociedad, el modelo económico y el papel de Francia en el panorama mundial.

Los candidatos emplearon su tiempo de intervención no solo para presentar su plan de gobierno sino para responder las preguntas y atacar a sus contrincantes. Marine Le Pen, Jean-Luc Mélenchon y Emmanuel Macron más de una vez intercambiaron fuertes críticas. Quien tuvo la participación menos activa fue François Fillon, candidato que durante las últimas semanas se ha visto envuelto en investigaciones por presuntos problemas de corrupción, tema que obviamente salió a relucir durante el debate.

El gran debate francés: Elecciones presidenciales 2017
Los candidatos (de izquierda a derecha): François Fillon, Emmanuel Macron, Jean-Luc Mélenchon, Marine Le Pen and Benoît Hamon, antes del debate organizado por el canal privado de TV TF1 en Aubervilliers. | Foto: Patrick Kovarik / Reuters.

Entre los primeros puntos discutidos destacaron la educación y la seguridad, a estos siguió la inmigración, uno de los tópicos más álgidos de la noche, sobre todo del lado de la candidata del Front National, Marine Le Pen, pues ella propone terminar con la inmigración, tanto legal como ilegal; restablecer las fronteras de Francia y así evitar la llegada de extranjeros que según Le Pen ganan – sin trabajar – 4 y 5 veces más de lo que ganaban trabajando en sus países de origen. Por su parte Jean-Luc Mélenchon propone acabar con las guerras, luchar contra ellas en su propio territorio con el fin de acabar con las razones que generan la migración.

Si bien las propuestas respecto a la participación de Francia en el panorama geopolítico son diferentes, entre ellas guardan ciertas similitudes. Para el candidato del Partido Socialista, Benoît Hamon, Francia debe tomar las riendas en la defensa de Europa, pues ya no cuentan con el eterno aliado, Estados Unidos. Le Pen, quien tiene en su programa de gobierno la salida del país de la Unión Europea, plantea el desarrollo de la industria militar como elemento esencial para garantizar la independencia de Francia, mientras que Mélenchon habla de romper los lazos con Estados Unidos y no seguir a esta nación en sus guerras. El terrorismo, el cual mantiene a Francia en alerta máxima desde el 2015, logra hacer coincidir a los candidatos, quienes proponen desde tomar medidas más fuertes y responsables hasta terminar los convenios con países como Qatar o los Emiratos Árabes Unidos.

Durante y luego de la finalización del debate las redes se llenaron de comentarios de apoyo a Jean-Luc Mélenchon, quien al parecer fue el ganador de la noche, seguido muy de lejos por Emmanuel Macron y Marine Le Pen.

Los candidatos en frases:

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Jean-Luc Mélenchon. Foto de Patrick Kovarik / Reuters.

“Seré el presidente de la paz”.
“Yo asumo una misión: entregar Francia a los franceses liberándola de la oligarquía”.

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Emmanuel Macron | Foto de Patrick Kovarik / Reuters.

“Propongo nuevas caras, traigo la esperanza”.
“Que Francia sea una oportunidad, una oportunidad para cada uno”.

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Marine Le Pen | Foto de Patrick Kovarik / Reuters.

“Yo quiero ser la Presidenta de la República Francesa, no la vice canciller de Merkel”.
“Independencia no quiere decir someterse a los tecnócratas de Bruselas”.

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Benoît Hamon | Foto de Patrick Kovarik / Reuters.

“¿Qué pueblo queremos ser el 7 de mayo en la noche?.. ¿Qué mensaje queremos enviar al mundo? ¿Paz? ¿Nacionalismo?”

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François Fillon | Foto de Patrick Kovarik / Reuters.

“Seré el presidente que colocará a Francia en el camino que la llevará a ser la primera potencia europea”.
“Vivimos en un mundo peligroso, con un presidente americano impredecible y una amenaza mortal: el yihadismo islámico”.

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6 destinos geográficos definitivos para el pasaporte de 6 célebres escritores

Romhy Cubas

Foto: Julio Ubiña vía Ayuntamiento de Pamplona

Qué sería de García Márquez sin ese anclaje sentimental hacia Cuba y sus personajes, o de García Lorca sin aquella reveladora visita a la ciudad de Nueva York. Qué sería de los Fitzgerald sin las noches de jazz en París o de Capote sin sus veranos en la Costa Brava.

La geografía es definitiva para el carácter de una persona, la tierra y la patria se pegan a sus sombras y evitarla se hace contradictorio, pero además del paisaje que establece la nacionalidad también existen otros paisajes -breves o prolongados- los cuales se revelan decisivos durante su estancia. Si hay una profesión que expresa mejor que ninguna el apego y desamor que viene con las raíces natales es la del escritor; es inevitable que las aceras y maneras de las ciudades que este pisa no se reflejen en sus historias y personajes.

Algunos prefieren dejarle a la imaginación lo que el cuerpo no llega a percibir, pero otros peregrinan por el mundo buscando las respuestas que en casa no lograron encontrar. Los pasaportes de estos seis escritores fueron sellados muchas veces –algunos más que otros- pero todos hicieron algún viaje: por trabajo, por placer o por necesidad, que marcó el centro de sus relatos, reincidiendo en sus obras casi inconscientemente.

Las carreteras y geografías de estos destinos plantaron las semillas para algunos de los clásicos literarios más evocados de los últimos siglos.

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Pasaporte de la escritora británica Virginia Woolf expedido en 1923 | Imagen vía: Open Culture

Virginia Woolf en Alemania

Originaria de Kensington, Londres, Virginia Woolf no fue una exploradora particularmente entusiasta en el campo geográfico; la escritora prefería plasmar sus ideas en tinta y papel, sin tomar largas carreteras o ferris hacia otros continentes. Sus preferencias de viajes se aferraban a su misma ciudad, primaveras con amigos y familiares en exclusivas casas de campo en donde el bohemio grupo literario de Bloomsbury pintaba, escribía e intercambiaba posturas, o caminatas a través del rió en la casa de Charleston, Sussex, de su hermana Vanessa Woolf.

La autora estuvo en Irlanda, Suiza, Francia e Italia, pero de sus viajes el más recordado y tal vez angustioso fue en 1935 cuando Virginia y su esposo Leonard Woolf, de camino a visitar Italia y Francia, atravesaron una Alemania que cantaba ideologías nazis bajo las alas de Hitler. Por las raíces judías de Leonard la oficina de extranjería en Inglaterra le advirtió a la pareja de los inconvenientes que podrían surgir en el camino, pero la dupla partió de todas formas junto a su mascota Mitzi, dejando como una especie de garantía de seguridad una carta del Príncipe Bismarck, quien trabajaba en la embajada de Alemania en Londres.

En Viajes con Virginia Woolf de Jan Morris el atajo de estos tres días es relatado con los mismos diarios de la poeta, quien escribía en la carretera:

“Sentada en el sol afuera de los controles alemanes. Un carro con una esvástica en la parte trasera de la ventana acaba de pasar a través de la barrera hacia Alemania. L (Leonard) está en la aduana… ¿Debería acercarme a ver lo que sucede? (…) Junto a los rines sentados en la ventana. Somos perseguidos al cruzar el río por Hitler (o Goering) mientras pasamos a través de filas de niños con banderas rojas. Le gritan a Mitzi. Levanto mi mano. Las personas se reúnen bajo el sol –con movimientos forzados como deportistas de colegio-. Las pancartas que se expanden en la calle dicen “El judío es nuestro enemigo” “Aquí no hay lugar para los judíos”. Así que silbamos con ellos hasta que salimos del campo de visión de aquella dócil e histérica multitud. Nuestra sumisión se convierte gradualmente en rabia. Nervios quebrados”

Leonard, en su autobiografía, recuerda el mismo incidente reconociendo que de no ser por su perra Mitzi los controles alemanes no hubieran sido tan amables. “Nadie que tuviera en sus hombros a una pequeña dulzura como aquella podía ser judío”, escribió.

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Pasaportes del escritor irlandés James Joyce y su familia, Nora Joyce y George Joyce | Imagen vía: Open Culture

James Joyce en Suiza

Suiza fue el refugio del escritor irlandés James Joyce y su familia durante ambas guerras mundiales, también fue el lugar en donde falleció en 1941 luego ser operado de una úlcera intestinal, tenía 59 años. Zürich es una ciudad clave para sus obras, aquí además de pasar por numerosas direcciones y apartamentos –más de cuatro- el autor escribió una fracción importante de Ulises, su obra más elogiada.

Joyce tuvo una relación complicada con su tierra natal, la guerra y el catolicismo lacerante en aquella época en el país aumentaron dicha rivalidad. Aunque su obra más conocida se inspira –literalmente- en una “odisea” geográfica, probablemente debido a la guerra, sus viajes fueron más por urgencia que por placer.

Su primer viaje a Suiza fue de corta duración, al no conseguir empleo se mudó con su pareja Norah Joyce hacia Trieste, entonces parte del imperio austrohúngaro. Al estallar la Primera Guerra Mundial Joyce es declarado persona non grata en Trieste y huye junto a su familia de regreso a Zürich. Fritz Senn, uno de los académicos con mayor conocimiento del escritor, explica que aunque este nunca fue muy sociable “con el tiempo Zürich comenzó a gustarle…le gustaban los ríos y prefería estar allí donde se juntan”, señala.

Joyce pasaba las tardes en el restaurante Pfauen, cerca del museo de arte y en el famoso Café Odeón. En la Kronenhalle, situada en la Rämistrasse cenaba con conocidos. En la Biblioteca Central de Zúrich pedía libros prestados sobre Homero y la Odisea y durante sus visitas a la ciudad, antes de establecerse con su familia, se hospedó en hoteles de lujo como el Gotthard y el Carlton Elite, situados en la Bahnhofstrasse.

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Fotos de pasaporte de Scott, Zelda y Frances Fitzgerald | Imagen vía: Open Culture

Los Fitzgerald en París

Francis Scott Fitzgerald y Zelda Fitzgerald fueron una pareja de escritores cuya pasión por el arte y lo bohemio se asentó en Europa con la llamada “generación perdida”, específicamente en París, Francia. El autor de El Gran Gatsby vacacionaba en lujosos hoteles y bares de la ciudad y frecuentaba los bares de jazz más famosos y ruidosos que podía encontrar. Su corta vida fue agitada, entre Nueva York, Francia, Suiza, Norteamérica y algunos intermedios los hoteles fueron su principal hogar, además de inspiración ante futuros relatos.

La pareja norteamericana encontró su mayor ala artística en sus viajes a la ciudad de los croissants y los cafés. En un principio se alojaban en lujosos hoteles como El Saint James Albany, en París, de donde fueron expulsados por “mal comportamiento” y el Hôtel du Cap-Eden-Roc en Antibes, en donde pasaron un verano de 1925 junto a su hija, frecuentando amistades como las de Picasso y Cole Porter.

De sus viajes, el que hicieron hacia la Villa St. Louis, una casa rentada frente al mar en donde Fitzgerald escribió El Gran Gatsby es de los más recordados. Desde esta terraza se podía ver el océano y el parpadeo de la luz del faro al otro extremo de la isla, el parecido con algunas de las escenas más emblemáticas de Gatsby, en donde a menudo el faro se interpone entre este y su amor imposible, Daisy, no es casualidad.

En la comuna de Juan-Les-Pins de la ciudad de Antibes hoy todavía se pueden ver las villas detrás de lujosos Yates, aquí los Fitzgerald vivieron por dos años entre ostentosas mansiones greco romanas y esencias de verano. Scott la recuerda como una de sus épocas más felices; sin embargo fue aquí en donde comenzó el colapso mental de Zelda que la llevaría a ser institucionalizada en América. En su libro Suave es la noche con la perfecta descripción del Hôtel du Cap-Eden-Roc se evidencia la influencia de aquellos años en la isla en donde el jazz a todo volumen no pudo evitar el colapso de su matrimonio.

La familia Fitzgerald dejó las Antibes luego de 1927 para nunca más regresar.

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Pasaporte del escritor Truman Capote | Imagen vía: Open Culture

 

Truman Capote en la Costa Brava de España

El retiro de Capote en la Costa Brava para escribir A Sangre Fría es conocido con poco detalle más allá de la gran atención que suponía la historia de los asesinatos, pero las playas de España significaron algo más en la vida de Capote que un espacio de verano. La influencia de sus paisajes se pueden leer en su relato Un viaje por España, en el cual resalta ese clima cálido y reflexivo que le permitió desenredar aquellos miles de folios recopilados en su calidad de reportero.

Además de pasar 18 meses en Palamós durante los veranos de 1960, 1961 y 1962 y acabar su novela más aclamada, fue aquí en donde se enteró de la muerte de su amiga, la “adorable criatura”, Marilyn Monroe. Cuentan que cuando Capote supo del suicidio compró una botella de ginebra y regresó al hotel Trias repitiendo desolado por la calles “¡Mi amiga ha muerto! ¡Mi amiga ha muerto!”.

Sus tres temporadas en la Costa Brava las pasó encerrado y en pijama, de hecho su compañía más constante fueron sus mascotas: un bulldog, un caniche ciego y una gata siamesa. Luego de vivir inmerso en la alta sociedad de Nueva York, el 26 de abril de 1960 llegó a la Costa, según relata Màrius Carol en su novela El hombre de los pijamas de seda, con 4.000 folios de apuntes sobre el caso. “Viajó en barco desde Nueva York, llegó a Le Havre y cruzó toda Francia en coche: llevaba 25 maletas”.

Primero se hospedó en una casa de la playa de La Catifa, de allí pasó a otra situada en el Comtat Sant Jordi, junto a Playa de Aro, y finalmente se instaló el último año en una imponente finca en Cala Senià. Capote comía zarzuela de pescado y recibía pocos invitados. De no ser por su compañero sentimental, Jack, el escritor hubiera comprado aquella casa de Palamós en la que se alojó en el verano del 62; sin embargo, la pareja partió a los Alpes suizos y esa fue la última vez que Palamós supo de Capote.

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Pasaporte del escritor estadounidense Ernest Hemingway emitido en 1957 | Imagen vía: Open Culture

Ernest Hemingway en Cuba

Hemingway fue un “mochilero” innato, a diferencia de otros escritores la guerra no le impidió viajar por el mundo, fue de hecho gracias a esta que partió como corresponsal en 1937 y conoció España durante la guerra civil, experiencia que luego retrataría en “Por quién doblan las campanas”. Nativo de Illinois en Estados Unidos, el autor de El viejo y el mar pasó por París, Pamplona, Madrid, varias ciudades de África, Venecia, Londres y Normandía. Aunque el mediterráneo sirvió como tremenda autoridad en sus obras, fue especialmente Cuba, La Habana y Fidel Castro los que sellaron su pasaporte durante veintidós años en los cuales vivió en la isla con su tercera esposa Martha Gellhorn.

En Cuba vivió en una finca –La Finca Vigía- en las Colinas de La Habana. Fue aquí donde escribió “El viejo y el mar” y en donde recibió la noticia de que había ganado el Premio Nobel de Literatura en 1954. “Este premio pertenece a Cuba, porque mi trabajo fue concebido y creado en Cuba”, recalcó el autor.

Su primer viaje a la isla fue en la década de los 20; sin embargo, se encontraría volviendo a sus mares hasta poco antes de su fallecimiento en 1961 en Idaho, Estados Unidos.

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Pasaporte del poeta español Gabriel García Lorca expedido en Granada en junio de 1929 Lorca | Imagen vía: Open Culture

Federico García Lorca en Nueva York

Todos los días se matan en New York
cuatro millones de patos,
cinco millones de cerdos,
dos mil palomas para el gusto de los agonizantes,
un millón de vacas,
un millón de corderos
y dos millones de gallos
que dejan los cielos hechos añicos. (Fragmento de poema Nueva York)

García Lorca nació y murió en España, pero no sería nadie sin Nueva York. Muestra de esto el apodo que él mismo utilizó para describir su viaje, el de un “poeta” en la ciudad. El autor de Romancero Gitano encontró en aquella urbe cosmopolita de los años veinte, muy diferente de la represiva España de la que procedía, un lugar en donde su homosexualidad no era cuestionada. Aquí frecuentó bares y amantes, y por primera vez sintió que había un lugar en el mundo para sus gustos y preferencias –artísticas y sexuales–.

En Nueva York pasó noches en vela escribiendo poesía, y de estas nace Poeta en Nueva York, hoy en día una de las obras centrales de la lírica contemporánea. En esta exhausta descripción poética de la ciudad en español revela las trabas sociales y de clases no solo del inmigrante en América sino del norteamericano, recordando además la llamada crisis del crack del 29, conocida como la más catastrófica caída del mercado de valores en la Bolsa en Estados Unidos.

Aunque su estancia fue corta, entre 1929 y 1930, en las aceras y barrios de Nueva York conoció una voz que no había encontrado en otros paisajes, recreando una de sus épocas más productivas como escritor y poeta.

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Idos/iros

Óscar Monsalvo

Foto: RAE

Seguramente el debate en torno al idos/iros es una pérdida de tiempo.

Pero qué no lo es, si al final siempre está la muerte.

Y ahora que ya he levantado el ánimo del lector, sigo con el asunto.

El fondo del debate no es si hay que aceptar “iros” o seguir usando “idos”, si es que realmente se usaba. Tampoco la utilidad de la Academia.

El fondo, creo, es si una institución puede ser al mismo tiempo prescriptiva y descriptiva.

Se decía estos días que la RAE lo que hace es reflejar cómo cambia el uso de la lengua y adaptarse a esos cambios. Me parece bien.

Pero también había quienes decían que lo que debe hacer la RAE es prescribir cuáles son los usos correctos de la lengua. También me parece bien.

Lo que no se puede decir, creo, es que la RAE debe ser las dos cosas a la vez. Porque no puede serlo.

O bien cumple una función meramente descriptiva y se limita a ir considerando válidos los cambios que se producen en los hablantes, o bien cumple una función vigilante y debe señalar las incorrecciones, sean o no mayoritarias.

La segunda postura es intransigente, y es verdad que la norma es posterior al uso. Pero la primera postura corre el riesgo de ser incoherente. Si la corrección depende de la extensión de su uso, ¿podemos hablar realmente de usos correctos o incorrectos? Se podrá decir que habría usos correctos o incorrectos dentro de contextos determinados. Pero eso es tanto como decir que no existen los usos correctos como tal. El contexto -el hombre- sería de nuevo medida de todos los usos, y no habría un referente común para todos los contextos. No habría, por tanto, corrección como tal. Y sería imposible la prescripción.

Vayamos a los casos concretos. Si la corrección viene determinada por la extensión del uso, la RAE debería reflejar que el imperativo terminado en r es correcto. Especialmente en el contexto de las enseñanzas medias, en las aulas. No hay muchos contextos en los que sea frecuente el uso del imperativo en plural. Normalmente nos dirigimos a una persona. Lee este libro, cierra la puerta.
El profesor, en el aula, sí suele dirigirse a un grupo. Y dice, o debería decir, “leed este libro” y “cerrad la puerta”. Pero no es así. Al menos, no es mayoritario. Por comodidad, porque se ha extendido o por no parecer pedante, es muy frecuente que el profesor diga “abrir el libro” y “cerrar la puerta”. ¿Y por qué no debería decirlo, si al fin y al cabo el uso correcto es el que emplea la mayoría?

La cuestión, precisamente, es que la RAE no puede hablar de corrección si por encima de la prescripción se sitúa el uso. Si es la mayoría la que determina que un uso es correcto, entonces no se puede hablar de corrección. Si alguien dice “opino de que”, o emplea “incierto” con el significado de “falso”, no se podrá decir que es incorrecto. Sólo se podrá decir que coincide con el uso mayoritario, o que no coincide.

No hay más. Y es posible que no haya nada más no sólo en la lengua, sino en ámbitos fundamentales. Es posible que en nuestro mundo no haya lugar para el criterio de corrección, y que toda norma no sea sino el reflejo de costumbres extendidas, y que cualquier prescripción que pretenda alzarse por encima de la costumbre sea una ficción.

El anhelo de lo totalmente Otro, que decía Horkheimer. Y Sócrates, y Platón.

Y el verano, el tiempo libre.

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Teresa Cremisi: una editora por antonomasia

Anna Maria Iglesia

Foto: Teresa Cremisi
Teresa Cremisi

Philippe Sollers la definió como la “primera ministra de las letras francesas” y no se equivocaba. Teresa Cremisi es una de las editoras más influyentes de Francia: tras trabajar en Garzanti, dio el salto y viajó hasta París para ponerse al frente de Gallimard, donde fue directora editorial y, años después, de Flammarion. En 2016, publicaba su primera novela La Triunfante (Anagrama) y dejaba la dirección editorial de Flammarion, si bien hoy sigue editando a algunos de sus autores, entre los que destaca el nombre de Houellebecq. Invitada por el Foro Edita celebrado en Barcelona, Cremisi hace hincapié en la necesidad de que, desde la política, se reconozca la importancia del mundo editorial y se proteja el mercado de los libros. “En Francia, la figura del editor es muy respetada, principalmente, porque es una figura reconocible y tiene la responsabilidad de definir el escenario cultural del país”.

Este reconocimiento del editor se hace más que evidente cuando, como usted contaba en una entrevista para Il corriere della Sera, el ministro de cultura francés la llama con frecuencia y está atento de sus opiniones.

Sí, esto de que el ministro llame y se interese por lo que se publica o por lo que yo, como editora de Gallimard o de Flammarion, pueda opinar sucede en Francia y sucede con frecuencia. Esto se debe a que hay una especie de fascinación recíproca entre el ambiente cultural y literario y el ambiente político. Esta fascinación es una constante desde siempre en Francia.

Usted ha subrayado a lo largo de su charla el compromiso de la política francesa con el mundo editorial, destacando sobre todo la figura del antiguo ministro de cultura Jack Lang.

La ley del precio único que sacó adelante Jack Lang fue determinante para el mundo literario francés, sobre todo porque fue promulgada en el momento en el que todos los mercados se habían liberalizados. Y si bien, viendo lo que sucede a día de hoy, es evidente que es muy difícil volver atrás, la ley de Lang permitió que desde las grandes cadenas de librerías hasta la más pequeña librería de un pequeño pueblo de la playa pudieran vender el mismo libro por el mismo precio. Esto ha sido determinante, porque en un país como Francia, donde la red de librerías es muy amplia, hay unas 2500 librerías y unos 4000 puntos de venta de libros en todo el país, la ley de Lang ha hecho posible que cualquier persona, encontrándose en el lugar que sea, puede conseguir cualquier libro y siempre al mismo precio.

Cuando en el 2015 Mondadori compró Rizzoli, las librerías italianas se preocuparon a pesar del discurso tranquilizador del Antitrust. En España, Penguin Random House acaba de comprar Ediciones B y, en Francia, el grupo Madrigall compró en 2012 la editorial Flammarion. ¿Entiende la preocupación de las librerías?   

Evidentemente, y hacen bien las librerías en preocuparse por estos holdings editoriales cada vez más grandes. Hacen bien en preocuparse porque cada contrato de distribución prevé un tipo de relación con el librero que podemos definir como relación comercial. Por tanto, hablamos de una relación que depende de márgenes económicos que fluctúan constantemente y, por tanto, cuanto más grande es el grupo editorial, es decir, cuantos más sellos y más poder comercial tenga el grupo editorial más disminuye el poder de los libreros. Este es el mismo problema que hay con Amazon, pero, al contrario.

Y, además, ¿no supone también una pérdida de diversidad dentro del campo editorial?

Sí, efectivamente. La conglomeración en grandes grupos afecta gravemente a la pérdida de la diversidad del mundo editorial. Por esto, hay una constante renovación fisiológica: nacen pequeños editores para publicar aquello que los grandes editores ya no pueden publicar porque dependen de los managers o de leyes económicas internas e, incluso, no pueden publicar según qué libros, que sí pueden publicar las editoriales independientes, a causa del malgasto de dinero. Aunque, hay que decir que el trabajo editorial representa, en verdad, solo un pequeño margen de ganancia para el gran grupo, puesto que es un trabajo muy específico que podemos hacer usted y yo en una habitación. Es decir, es un trabajo que ya no cuesta mucho, porque los gastos de fabricación han disminuido mucho. Lo que cuenta es distribuir el fruto de este trabajo editorial, es decir, los libros y hacer que el trabajo de edición tenga un sentido intelectual. Sin embargo, repito, el trabajo de editor es un pequeño trabajo e insertarlo en los enormes grupos es un peligro, porque los grandes grupos necesitan ofrecer mercancía para mantenerse.

Teresa Cremisi: una editora por antonomasia 1
Teresa Cremisi | Imagen cortesía de editorial Anagrama

Déjeme preguntarle sobre su experiencia personal al respecto, puesto que usted ha trabajado en Flammarion, perteneciente al grupo Madrigall, fundada por la familia Gallimard, en cuya editorial también trabajó.

Sí, aunque Gallimard es un caso algo distinto, porque sigue estando en manos de la familia Gallimard, después de 110 años de su fundación. Obviamente, ahora se ha convertido en un grupo en sí mismo, aunque hay que decir que en Gallimard usted puede encontrar colecciones de poesías que venden solamente 500 copias. Con esto lo que quiero decir es que Gallimard no se comporta como un grande grupo. Por lo que se refiere a Flammarion, ésta ha resistido cuando estaba el en grupo RCS [el grupo de Rizzoli, comprado en 2015 por Mondadori] porque era una editorial en activo con mucha fuerza, muy bien equilibrada a nivel económico y con fuerte sector obrero de distribución. Sin embargo, las otras editoriales dentro del grupo RCS han perdido identidad.

En una entrevista comentaba que los best seller hacen dormir tranquilos a los editores, sin embargo, hoy ha afirmado que los best seller desestabilizan.

Desestabilizan, sin duda. Una editorial que se sostenga solo y exclusivamente en los best seller está en peligro, porque no puede saber lo que sucederá con ellos una vez que el éxito se agote. En Francia, por ejemplo, los best seller no tienen una presencia y una importancia tan grande a nivel de mercado como en Italia o en España. Los best seller, al final, terminan por tener un coste demasiado alto para una industria delicada como la de la edición. Le cito, al respecto, unas palabras de Jerome Lindon, el fundador de Éditions du Minuit, palabras que yo adoro y que encuentro muy graciosas; decía Lindon: “No hay nada de más triste que un best seller que no se vende”.

Por tanto, ¿la clave de la edición es el equilibrio entre el espíritu de la edición y el mercado?

Creo que la única manera que tiene una editorial de sobrevivir es mantener este equilibro. Además, hay que recordar que el oficio del editor es escoger, es decir, publicar esto y no publicar lo otro. Y, una vez que se ha decidido publicar un libro, la labor del editor es defender ese libro. Por tanto, el trabajo del editor es altamente intelectual, pero, ante un mercado fragmentado y complicado como es el nuestro, el editor necesita también tener habilidades comerciales.

Pero, hay que olvidar, a veces, el mercado y publicar determinados títulos.

Sin duda, tiene toda la razón. Por esto le hablaba del equilibrio entre espíritu y mercado, un equilibrio que no se enseña. Hay que saber que, cuando se es editor, hay cosas que tienen que hacerse necesariamente y otras que se tienen que hacer como forma de compensación. El editor siempre está en un equilibrio fluctuante, caminando sobre un suelo de goma.

Usted comenzó como periodista, ¿le ha ayudado el periodismo en el momento de dedicarse a la edición?

No, no creo que me haya ayudado, porque las veo como dos profesiones distintas. El periodismo, que es un oficio que en parte he retomado ahora escribiendo en el suplemento Robinson de La Repubblica, es un oficio de la mirada y más la mirada es aguda mayor curiosidad hay. El periodismo es un oficio individual: tú periodista eres bueno si ves bien lo que sucede y lo explicas bien. La edición, en cambio, es un oficio donde una tiene que sobrevivir en medio de fuerzas contrarias sin estar nunca solo, no es un oficio individual.

Como editora, ¿es una suerte trabajar en un país como Francia, donde la figura del editor tiene prestigio y donde la compra de libros crece anualmente?

Sí, pero me ha gustado también mucho trabajar en Italia. Cuando yo comencé en Garzanti estábamos viviendo en Italia un boom cultural que no he vuelto a ver, al menos no tan fuerte. Era la época de Pasolini, de Gadda, de Volponi, de Calvino… era una época de grandísimos talentos. Piense en los poetas: Bertolucci, Caproni… Fue una época genial. Ahora veo en Italia menos riqueza de talentos, pero nunca se sabe cómo van a ir las cosas. A lo mejor hoy dices que el país está algo de declive a nivel cultural y mañana aparece un genio.

Teresa Cremisi: una editora por antonomasia 2
Portada de Sumisión de Michel Houellebecq | Imagen cortesía de editorial Anagrama

Si bien ha dejado Flammarion, sigue siendo editora de Houellebecq.

Sí, continúo siendo editora de mis autores, los conservo y los sigo. Desde el 2005, soy editora de Houllebecq y no sabría abandonar a mis autores. No puedo hablar en general, cada uno hace lo que puede, para mi seguir a mis autores es un privilegio.

¿Cómo vivió la polémica que rodeó la publicación Sumisión?

Fue una situación muy difícil para la editorial. Tuvimos que protegerlo y, de hecho, se marchó de Francia durante un periodo. Fue algo muy duro, porque fuimos todos acusados por gente que ni siquiera había leído el libro.

Esto me hace pensar en lo que decía en la conferencia: en época de crisis es peligroso ser periodista y editor porque expresas tus propias ideas.

Sí, así lo creo. Yo, de todas formas, estoy contenta de haber vivido aquel episodio, porque fue una experiencia que te marca, sin embargo, fueron días complicados y duros. Sumisión se pudo a la venta el día del atentado a Charlie Hebdo; gente que no había leído el libro le hizo responsable de lo que sucedía acusándole de islamofóbico cuando, en verdad, Sumisión no es en absoluto islamofóbico. Cuando sucede algo así, en un ambiente de tal sobre-excitación, una ya no es capaz ni de hablar ni de explicar nada.

¿El clima de sobre-excitación o la conciencia de que se puede suscitar polémica, puede llevar a un editor, a usted, a no publicar un libro?

La sobre-excitación social o la polémica influyen, claro que sí, sobre todo si vas a publicar documentos delicados. Por esto, el oficio del editor requiere tener un sentido de la política y del tiempo para saber cuándo es el momento de publicar algo o no. Dicho esto, si se tiene miedo de publicar algo por expresar algunas ideas es mejor dedicarse a otro oficio.

En Francia, algo que llama la atención, es el bajo precio de los libros de bolsillo, en particular la edición Folio de Gallimard.

En Francia, los libros de bolsillo representan cada año una elevada cifra de ventas y elevada cifra de volúmenes. Hablamos de libros de buena calidad a precios bajos, de 5 a 7 euros. Por tanto, son libros que dan fuerza a la industria editorial y construyen un público lector, porque el libro de bolsillo es el libro que se compra para leer no para regalar.  A diferencia de Francia, en Italia, donde había comenzado con buen pie a finales de los años sesenta, el libro de bolsillo de ha encarecido; esto se debe a una errónea decisión de los editores italianos que, para ganar más, han encarecido los precios, han disminuido su comercialización y las actuales colecciones de libros de bolsillo ya no se reconocen, si se piensa en lo que eran. La situación de España es similar: si hubiera sabido trabajar bien los libros de bolsillo, habría construido un fuerte público de lectores y habría cambiado la fisionomía de su industria editorial.

Aparte de los libros de bolsillo, en Francia el mercado de libros se segunda mano es muy amplio.

Sí, efectivamente, y los libros de segunda mano contribuyen y mucho a la creación de un público lector. Los libros de segunda mano tienen importancia sobre todo para todos aquellos títulos que no tienen su edición de bolsillo; pienso, en concreto, en libros de historia, de filosofía, de derecho… Si bien las ganancias son solo para las librerías, las editoriales ahí no contamos nada, para mí es muy positivo el mercado de libros de segunda mano, porque construye un público que va a la librería a buscar estos libros y, a lo mejor, entre los estantes encuentran un libro de bolsillo que les interesa y se lo llevan.

Algunos dicen que, actualmente, los grandes contrincantes de los libros son las series de televisión.

Yo no creo que sea así. De hecho, e Francia, del 2015 al 2016, el gasto en libros creció, con respecto a las otras industrias culturales, del 51% al 57%. Creo que cuando uno consume un producto consume también el otro. No creo que si usted lee libros deje de leerlos para ver la televisión. Otra cosa es en momentos concretos, como, por ejemplo, ahora en Francia con las elecciones. Es normal que la gente vea la televisión para informarse, pero son momentos puntuales.

Tras la crisis, en Francia los lectores han aumentado, pero ¿han cambiado sus intereses?

Diría que, más o menos, no ha variado nada. La literatura sigue representando un 33% de los libros que se compran; lo que sí es cierto es que aumentan las ventas de literatura juvenil.

En la conferencia comentaba cómo en Francia todos los políticos quieren escribir un libro. Aquí pasa algo similar. ¿Entiende el porqué de esta ansia de publicar?

Porque quieren que algo quede de ellos. Y, a lo mejor, esta es la explicación de la longevidad del libro. En el fondo, el libro, cuatro hojas cosidas conjuntamente, es aquello que más queda. El libro permanece más que cualquier otra cosa.

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Niza: el “amok” yihadista

Joseba Louzao

Foto: ERIC GAILLARD
Reuters

Amok es un concepto malayo que popularizó Rudyard Kipling en algunos de sus relatos coloniales. La traducción más exacta sería “entregar hasta el último aliento en la batalla”. Para el guerrero malayo tenía que ver con su fe y honor. El concepto formaba parte de la vida ritual de Malasia y del sur de la India y se ligaba al mundo de la guerra. De hecho, los sorprendidos viajeros holandeses descubrieron que muchos de ellos pedían la sanación de la enfermedad para poder morir con una dignidad mayor en el campo de batalla. Porque el amok era esencial en una élite bélica que nunca tuvo un ápice de duda para lanzarse contra el enemigo, aún sabiendo que la muerte era el final más probable. Desde esta cosmovisión, no es difícil entender que esa actitud catártica les transformaba en los predilectos de la divinidad. Por esta razón, se convirtió en una táctica más: salir a la calle a asesinar a quien se interpusiera en el camino.

Descubrí el amok en una obra olvidada, pero aún actual, del sociólogo alemán Wolfgang Sofsky: Tiempos de horror. Amok, violencia, guerra (Siglo XXI Editores). Y es que, aunque el término usado proceda del malayo, su descripción encaja con similares fenómenos en otras épocas y culturas. Hoy en día no es infrecuente. El cine lo inmortalizó en aquel día de furia que tuvo a Michael Douglas como protagonista. Es más, incluso se ha definido como un síndrome psiquiátrico reconocido internacionalmente. Los protagonistas pueden ser reconocidos como personajes coléricos o como personas de pulcro comportamiento. Sean como sean, una especie de tensión violenta les lleva a terminar inexplicablemente con todo lo que encuentran a su alrededor. Para algunos estudiosos, detrás del amok nos encontramos ante una peligrosa acumulación de odio, no a algo en concreto, sino más bien hacia la propia existencia.

En el aniversario de la masacre de Niza, con las polémicas imágenes de Paris-Match al fondo, no puedo más que pensar que la estrategia yihadista que sufrimos se asienta en las mismas coordenadas que el horror homicida del amok. No en vano, como recordaba Sofsky, las dos características principales de este tipo de ataques son la desmesura y la rapidez. El asesino solamente quiere matar. Hace un año, no lo olvidemos, fueron 86. Pero no debemos caer en el pesimismo. Poco a poco vamos aprendiendo a responder a los cambiantes desafíos criminales de quienes nos quieren arrebatar todo. Quizá hasta nos hayamos dado cuenta que, para bien o para mal, no existe nada nuevo bajo el sol.

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