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El gran debate sobre la muerte

Verónica F. Reguillo

Foto: LAURENT DUBRULE
Reuters/Archivo

“Morir es jugarnos a una sola carta toda nuestra vida. Es apostarlo todo al deseo de encontrar un lucero que nos alumbre un nuevo camino. Y si perdemos la apuesta, solo perderemos la desesperanza y el dolor infinito”. Lo escribió Ramón Sampedro días antes de morir tras ingerir cianuro con una pajita. Este tetrapléjico pidió de manera incansable la regulación de la eutanasia o el suicidio asistido. Tras treinta años postrado en una cama,  su amiga Ramona Maneiro puso a su alcance el vaso con el veneno; poco después fue detenida y puesta en libertad por falta de pruebas. Tras siete años, y cuando el delito había prescrito, Maneiro reconoció que fue ella quien lo hizo.

Hace casi veinte años de la muerte de Sampedro, y España sigue sin debatir en profundidad la regulación de la eutanasia o el suicidio asistido, aunque en la superficie sí se dan pasos hacia adelante.

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Ramón Sampedro fue uno de los abanderados de la lucha por la legalización de la eutanasia. | Foto: Dolor Agudo / Flickr

A principios de marzo, Madrid se convertía en la novena comunidad autónoma en aprobar una ley sobre muerte digna. Esta legislación garantiza, entre otras cosas, el derecho del paciente a la sedación y a no recibir tratamiento en la última fase de la vida, también garantiza la intimidad para encarar la muerte, y el cuidado y el atendimiento de los familiares. “El lema es ayudarle a vivir sus últimos días otorgándole el mayor confort posible y atendiendo a la vez a su familia”, afirma María Dolores Espejo, presidenta de la Fundación Bioética.

Las leyes autonómicas suman y otorgan más protección a pacientes y a profesionales médicos cuando en una fase terminal no se quiere continuar con el tratamiento. Sin embargo, no presentan grandes diferencias con respecto a la legislación que ya se aprobó para todo el Estado en el año 2002, según la Asociación Federal Derecho a Morir Dignamente (AFDMD). “Esas leyes de muerte digna lo que hacen es desarrollar a nivel autonómico las directrices que a nivel global marca la ley de Autonomía del Paciente”, afirma Carlos Barra, uno de los portavoces de la asociación.

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Manifestantes salieron a la calle en octubre de 2015, en Nuevo México, para pedir su derecho a decidir. | Foto: Russell Contreras / AP

Desde la asociación reclaman un debate profundo que vaya a la raíz de una problemática no resuelta. “Quiero cuidados paliativos para todo el mundo, pero quiero otra cosa: si yo, a pesar de tener los mejores cuidados paliativos del mundo, entiendo que la vida me resulta insufrible porque me produce un dolor físico y psíquico que no puedo soportar, quiero tener la libertad de decir cómo y cuándo irme, y que eso esté regulado para dar también garantía a quien me ayude”.

“Es terrorífico y un peligro”

Esto le parece “terrorífico y un peligro” a la presidente de la Fundación Bioética. Espejo asegura que hay otras vías antes que quitarle la vida a un paciente, aunque este lo solicite. “Me parece terrorífico porque estás dando la posibilidad de matar a otra persona cuando existen otras posibilidades, entonces puede que a la mínima, cuando llegue un paciente diciendo “esto no lo puedo soportar”, pues lo más fácil sea quitarle la vida, si total va a morir en poco tiempo, cuando deberíamos plantearnos algo más humanitario que es ayudarle a vivir confortablemente los últimos días de su vida. A mí me parece un peligro”.

En la misma línea se muestra el Doctor Fernando García-Faria de Metges Cristians de Catalunya que asegura que con cuidados paliativos universales no es necesario “en absoluto” una ley de regulación de la eutanasia o del suicidio asistido. Porque con estos cuidados paliativos “se atenúa la angustia y la ansiedad que genera un dolor crónico y que le puede producir a cualquiera una alteración de su estado psíquico”.

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En Francia, reclamaban el cuidado de Vincent Lambert, un cuadripléjico que estaba mantenido por asistencia artificial. | Foto: Thibault Camus / AP

Situación actual

La libertad de autonomía de las personas a la hora de morir está regulada y limitada por el artículo 143.4 del Código Penal, que incluye también penas de cárcel para quien ayude a llevar a cabo un suicidio asistido o aplique la eutanasia. Esta norma solo se puede modificar a través de las Cortes Generales con la mayoría parlamentaria correspondiente.

PSOE, Ciudadanos y Unidos Podemos han presentado distintas proposiciones de ley sobre esta materia.
Según Carlos Barra, la única propuesta que aborda el debate sobre la legalización de la eutanasia es la de Unidos Podemos, que recoge también el derecho de objeción de conciencia para aquellos profesionales que no quisieran, llegado el caso, aplicar este procedimiento.

El debate podría darse más pronto que tarde. La responsabilidad recae en un solo partido, según el portavoz de AFDMD. “En estos momentos podría haber una mayoría parlamentaria en el Congreso que estuviera a favor de debatir esa ley en comisión y de poder aprobarla después en pleno. Dependerá de la posición de un solo partido, del PSOE. Si en el debate de esa ley ese partido vota favorablemente pues se estaría muy cerca de una mayoría absoluta”.

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Inmaculada Echevarría llevaba más de dos décadas postrada en una cama y en 2007 vio cumplido su deseo de que la desconectaran del respirador que la mantenía con vida. | Foto: Pepe Marín / AP

Además de las proposiciones de ley de los partidos nacionales, el Parlamento catalán aprobó el pasado mes de enero una moción que presentarán en el Congreso de los Diputados para instar al Gobierno central a derogar el artículo 143.4, y crear un Observatorio de Muerte Digna, a lo largo de este 2017.

“Casi el 60% estaría de acuerdo con regular la eutanasia”

¿Y cuál es el posicionamiento social con respecto a este tema? Según las últimas encuestas oficiales realizadas por el CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas), casi el 60% de los españoles estaría de acuerdo con la regulación por ley de la eutanasia, a lo que habría que sumar un 15,2% que contesta con un “quizás sí”. Ante esto, Carlos Barra asegura que el posicionamiento social es claro, y que por tanto, el debate se debe trasladar al Parlamento para dar respuesta a una petición social.

“Es un tema de tolerancia y de libertad, por tanto si tú y yo somos demócratas tendremos que admitir que la libertad es un valor supremo de nuestro ordenamiento jurídico. Tú serás libre para no hacer lo que no quieras, pero yo seré libre para hacer lo que quiera” argumenta Barra en su defensa del debate y regulación de una ley sobre eutanasia o suicidio asistido. Sin embargo, el doctor García-Faria afirma que un dolor lancinante o un trastorno psíquico puede hacernos perder la libertad para decidir. Asegura que se puede adquirir “una autonomía llevada a la radicalidad que te puede hacer buscar, desde mi punto de vista sin razón, eliminarte de la vida cuando la vida es un don”.


¿Y fuera de España?

Para intentar agrandar la fotografía sobre la situación de la eutanasia y el suicidio asistido fuera de España, habría que diferenciar estos dos procedimientos. El primero lo llevaría a cabo un profesional sanitario, por ejemplo, a través de una inyección a la persona que desea morir. El segundo, no obstante, lo realizaría el propio enfermo con la ayuda de otra persona.

A día de hoy, la eutanasia es legal en Países Bajos, Bélgica, Luxemburgo y Colombia, mientras que el suicidio asistido está legalizado en Suiza, Alemania, Albania, Japón, Canadá y en algunos estados de EEUU como Oregón, Washington, Montana, California o Vermont.

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Canadá aprobó el derecho a suicidio asistido en 2016. | Foto: Manuel Balce Ceneta / AP

La polémica sobre lo que es digno o no a la hora de morir también ha tenido lugar en Francia. Tras años de intenso debate, el Parlamento aprobó una normativa por la que se podría dormir al enfermo en sus últimos instantes de vida, pero no contempla la posibilidad de acelerar el proceso aplicando técnicas de suicidio asistido. Así, se ha dado carpetazo a una legislación sobre la eutanasia.

Si hoy Ramón Sampedro aún estuviera con “una cabeza viva en un cuerpo muerto”, sus palabras seguirían persiguiendo el mismo propósito. “Y si ganamos la apuesta de la muerte, si la esquiva suerte una vez nos mira; ganaremos el cielo, porque en el infierno ya hemos pasado toda nuestra vida”.

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El dilema de Rivera

David Blázquez

Foto: JAVIER BARBANCHO
Reuters

Decía san Pablo en una de sus cartas que quien está en pie debe cuidar de no caer. Otro Pablo, santón para los suyos, parece que no supo –o no pudo, paradojas del lenguaje– mantenerse en pie. Al espaldarazo interno del Bis de Vistalegre le siguieron trompicones varios hasta que Cataluña le dio la puntilla. Puntilla política, se entiende, que la taurina habría obligado a los Mossos a llevar a alguno a la cárcel.

El domingo pasado El País publicaba una entrevista con Albert Rivera, la primera desde que Metroscopia situara a Ciudadanos como primera fuerza política en España, casi cuatro puntos por delante del Partido Popular. Descontemos o no el margen de posible patinazo metroscópico, los resultados de la encuesta marcan sin duda, como dice bien Rivera, “una tendencia”. Ciudadanos se sitúa por primera vez como alternativa de gobierno al PP, lo que podría ser una tentación demasiado grande para un buen número de votantes de centro-derecha que llevan años depositando su papeleta con una sola mano, ocupada como tienen la otra en taparse la nariz.

En Ciudadanos saben que la euforia desmedida podría pasarles factura, como ya sucedió en diciembre de 2015, cuando el partido se desinfló en una recta final de campaña de pesadilla, justo antes de Navidad. Escribe Camus, precisamente en La Caída, que “no hay que esperar al Juicio Final, porque éste se celebra cada día”. Albert sabe que el orgullo puede enfadar a los dioses y por eso predica la modestia y habla de prudencia. En el partido saben, además, que demasiada exposición podría dañarlo, por lo que algunos hablan ya de “congelar al líder” para evitar reveses imprevistos antes de las próximas generales. Pero Albert, que ya presumió de físico, es consciente de que la naturaleza, como el poder, aborrece el vacío y que, dicen los chismosos, una ausencia demasiado grande podría dejar demasiado espacio a la popularidad a otros dentro del partido.

Hasta el momento, Ciudadanos ha sabido tocar el segundo violín y no ha aventado luchas intestinas significativas. Los excelentes resultados en Cataluña y la proyección a nivel nacional invitan a Rivera a asumir mayor protagonismo. Sin embargo, el riesgo de la sobreexposición existe y una nota mal dada podría pasar factura a un partido con un doloroso historial de volatilidad y al que se acusa en ocasiones de depender demasiado del liderazgo de Rivera. La opción de recular tiene su sentido estratégico, pero podría suponer un incentivo demasiado grande para algunas figuras, deseosas quizás de arrimarse a las ascuas del poder interno del partido. Pero quizás esas sospechas no sean más que eso, chismes.

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Los nuevos sacristanes

Miguel Ángel Quintana Paz

Era impresión frecuente entre los intelectuales del siglo XVIII y XIX que la religión caminaba hacia su progresiva extinción. O, al menos, que iba a transformarse tan radicalmente que no la reconocería ni el Santo Padre que la creó. No pensaban así solo los numerosos ateos que, por aquel entonces, comenzaron a salir del armario sin tanto riesgo de acabar luego encerrados en una tumba. Incluso un filósofo profundamente religioso como Immanuel Kant estaba convencido de que lo esencial del cristianismo, sus mandatos morales, sería lo único que permanecería en una sociedad futura y racional; mientras que los ritos, santos, ceremonias, festividades, historietas bíblicas y arte piadoso sobreviviría solo como muleta sentimental en que apoyarse cuando nos flaquearan las fuerzas del deber.

A inicios del año 2018 cuesta trabajo leer todas esas previsiones sin colegir que fracasaron. Solo un insensato trataría de comprender nuestro mundo sin dar protagonismo a las tensiones que crean la inmigración islámica, los ayatolas iraníes, el esfuerzo de Rusia por recuperar frente a Occidente su mentalidad ortodoxa, el giro islamista de Turquía, el hinduismo político en la India de Modi o la enorme influencia que cosechan ciertas prédicas religiosas en ambas Américas. La violencia de tipo religioso también reclama una y otra vez nuestra atención: según el último informe publicado por el Pew Research Center, en 53 países del mundo las hostilidades relacionadas con la religión alcanzaron un nivel alto; a lo que debemos sumar el hecho de que, desde hace años, los grupos terroristas más letales son religiosos.

¿Es Europa una isla de secularismo en medio de tantas agitaciones entre fes? Aunque ese terrorismo también nos golpea y los inmigrantes que recibimos a menudo traen consigo sus fuertes creencias, parecería que entre nosotros sí que se ha cumplido en cierta medida el ideal dieciochesco y decimonónico de aminorar el poder de la religión. Y ello a pesar del dato, a menudo olvidado, de que tres de cada cuatro ciudadanos de la Unión Europea confiesan una u otra creencia religiosa (dos de cada tres, la cristiana).

Un análisis algo más minucioso nos desvelaría, sin embargo, que desde hace tiempo la influencia que parecen abandonar las religiones oficiales la van asumiendo otras mentalidades que también poseen un persistente sabor religioso. No pienso ahora en los indudables parecidos que adquirieron los totalitarismos del siglo XX con las religiones: esas multitudinarias procesiones nazis, ese santo sepulcro de la momia de Lenin, esos dogmas defendidos con fervor irracional por unos y otros, esa fe de los diferentes caudillismos en algún mesías que salve a su nación. Pienso ahora en fenómenos mucho más cercanos que, imperceptiblemente, se nos están volviendo casi cotidianos; pero que, si concentramos en ellos nuestra atención, no pueden ocultar su regüeldo a sacristía. Aunque no sean ya sacristías góticas, renacentistas o barrocas (¡por desgracia!), sino meras sacristías de metacrilato con nuevos sacristanes (algo torpes).

Por referirnos solo a dos sucesos bien recientes: pensemos en el mensaje de fin de año del actual presidente autonómico extremeño, Guillermo Fernández Vara, en que aseveraba que “Las mujeres no mueren… A las mujeres las matamos los hombres por haber nacido mujeres”. Es una frase que no tiene ningún sentido racional: es evidente que las mujeres sí que mueren (dado que son mortales, como cualquier otro ser vivo). Y es igualmente patente que los hombres no matamos mujeres ni corremos los cien metros lisos en menos de 10 segundos: esto último lo hacen solo unos pocos atletas afortunados, no los hombres en general; mientras que los delitos por violencia machista los cometen solo unos cuantos criminales (que representan, exactamente, el 0,017 % de los varones españoles, no todos en general).

Ahora bien, el lector pensará, con razón, que estoy interpretando al pie de la letra una frase del lehendakari extremeño cuando este no pretendía tal cosa. Que Fernández Vara ya sabe de sobra que no son los hombres en general, sino algunos hombres malvados, los que asesinan. Y que por ello si yo, algún día, me encuentro con él y le inquiero sobre los detalles de cómo apioló él, varón, a la mujer que haya liquidado, me mirará con esa cara rara con que a menudo nos encontramos los filósofos al hacer preguntas. Todo esto lo sé bien: aunque creo que no resistiré la tentación, si de veras me topó algún día con Fernández Vara, de hacerle algunos razonamientos incómodos (si los A hacen B y tú eres A, tú haces B: silogismo en Darii, uno de los más perfectos según Aristóteles, salvo que alguna ley autonómica en Extremadura haya prohibido la lógica aristotélica).

La cuestión interesante, con todo, es qué sentido tiene lo que dijo Fernández Vara, una vez convenido que no es su sentido recto. Y es aquí donde tenemos que empezar a darle un sentido figurado, ritual, ceremonioso. Fernández Vara no mata mujeres (que sepamos), aunque haya usado la primera persona del verbo “matar”; pero sí desea asumir de algún modo una culpa colectiva, como varón, por el hecho de que otros varones maten. En la antigua Judea tenían el rito anual de imponer las manos sobre un macho cabrío y traspasarle así, religiosamente, los pecados de todo el pueblo judío; luego el chivo se abandonaba en el desierto y quedaban así expiadas las faltas del conjunto de Israel. Era la fiesta del Yom Kipur, con su famoso “chivo expiatorio”.

Fernández Vara, como nuevo sacerdote del pueblo extremeño, asume sobre sí, también una vez al año, los errores que hayan cometido todos los hombres en sus relaciones sobre las mujeres; y también él, como chivo expiatorio, pretende que así queden en cierto modo expiadas. Aunque no haya ningún estudio científico serio que vincule ceremonias como estas con el descenso de la violencia machista. Solo en términos religiosos cabe entender, pues, lo que hizo Fernández Vara, aunque sea una religión todavía burda, in nuce, que manotea intentando acabar de nacer. Fernández Vara no escribe tan bien como San Pablo ni posee la inteligencia de un San Agustín.

El segundo ejemplo que prometí al lector también tiene pocos días: se trata de la propuesta del partido político Ciudadanos de que se regule en España la publicidad sexista. En sí misma es una propuesta perfectamente inane: esa publicidad ya está estrictamente regulada por la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género desde el año 2004; de modo que, salvo que Ciudadanos quiera incorporar azotes públicos en las plazas de España a los infractores, poco nuevo cabe regular ahí. Ahora bien, el lector quizá me reproche el tomarme de nuevo las palabras de los políticos demasiado al pie de la letra. “Miguel Ángel, hombre, recapacita, los tiros de Ciudadanos en realidad no van por ahí”. Que simplemente utilizan una proposición semejante para recordarnos que ellos son buenas personas y que están contra el sexismo y que trabajan arduamente desde sus escaños y que les votemos. Bien está.

Con todo y con eso, esa proposición de Ciudadanos incluye un apartado que me ha llamado especialmente la atención: quieren que el Gobierno dé lecciones a tuiteros, youtubers, instagramers, etcétera para que expandan las ideas correctas sobre lo malo que es el sexismo y lo bueno que es oponerse a él. Naturalmente, yo también estoy a favor del bien y en contra del mal; pero no estoy tan seguro de que coger a adultos y ponerse a aleccionarles sobre el bien y el mal se distinga mucho de lo que hacen los catequistas de las diferentes religiones. Los filósofos siempre hemos preferido, en vez de adoctrinar sobre tales materias, hacer preguntas incómodas al respecto. Las catequesis se las dejamos a los catequistas y la doctrina a los doctrinos.

De hecho, me duele que precisamente Ciudadanos, que tan beligerante se ha mostrado contra el adoctrinamiento en las escuelas catalanas, incurra ahora en parejo vicio. Aunque, naturalmente, ya oigo las protestas: “Hey, Miguel Ángel, no se trata de adoctrinar, hombre, sino de ‘concienciar’; ¡adoctrinar es lo que hacen los malos!”. Y ahí he de dar la razón a quien me proteste: en efecto, cuando lo hacen otros, lo llamamos “adoctrinar”; pero, cuando lo hacen los míos, los chicos decentes prefieren llamarlo “concienciar”.

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Tabarnia, ¿ocurrencia o realidad para independizarse de los independentistas?

Redacción TO

Foto: ERIC GAILLARD
Reuters

Dicen que lo suyo no tienen nada que ver con crear una república independiente sino un “condado autónomo” formado por Tarragona y Barcelona – de ahí el nombre de Tabarnia -, en el caso de que los soberanistas logren independizarse de España. Algo así como independizarse de los independentistas para quedarse en España, para seguir formando parte de España como la comunidad autónoma de Tabarnia. “Queremos que se respete nuestra voluntad clara y mayoritaria de seguir perteneciendo a España”, aseguran sus promotores, que ya tienen incluso bandera propia.

Para muchos se trata de una simple ocurrencia, una broma sin ninguna posibilidad de convertirse en realidad, como lo es, por ahora, la independencia de Cataluña. Pero hay quien considera que no debería tomarse a la ligera este proyecto que, si bien nació hace años como parte de la plataforma ‘Barcelona is not Catalonia‘ contra el gobierno independentista de la Generalitat, de vez en cuando resurge como de la nada, como ha ocurrido ahora.

No es en absoluto casual esta reaparición de Tabarnia, sino que ha surgido en respuesta al proceso soberanista y, sobre todo, al resultado de las elecciones catalanas en las que el bloque constitucionalistas liderado por Ciudadanos como partido más votado y con 36 escaños, no logró el 21D la mayoría suficiente para formar gobierno, mientras que el bloque independentista con Junts per Catalunya como segunda fuerza más votada y 34 escaños, suma 70 escaños, dos más de la mayoría absoluta en el Parlament con los 32 diputados de ERC y los 4 de la CUP.

Así lo indican los promotores de Tabarnia en su página web. “Ante la amenaza de volver a la casilla de salida del procés, muchos ciudadanos desesperados han dirigido su mirada hacia nosotros. Han decidido dar una oportunidad a Tabarnia, la opción política que pretende englobar las zonas cosmopolitas, abiertas, bilingües y prósperas de Tarragona y Barcelona en una nueva comunidad autónoma independiente de la Generalitat”.

Tabarnia: ¿ocurrencia o proyecto real para independizarse de los independentistas catalanes?
Propuesta de división administrativa de la nueva comunidad autónoma de Barcelona. | Foto: barcelonaisnotcat.es

Una de las reivindicaciones de esta plataforma y argumento para crear Tabarnia es que “Cataluña roba a Barcelona 164 millones de euros para dedicarlos a subvencionar el independentismo”.

Pero, sobre todo, aseguran que lo único que quieren es seguir formando parte de España; si eso implica crear otra comunidad fuera de la república catalana, la propuesta de Tabarnia es perfectamente viable, aseguran.

Tabarnia en las redes

El hecho de que la creación de Tabarnia dependa de si los soberanistas logran o no la independencia de Cataluña, no ha impedido que #Tabarnia se haya convertido en trending topic en Twitter. No han faltado los memes, pero tampoco opiniones de destacados políticos que han dado a conocer su opinión al respecto.

Es el caso de la candidata de Ciudadanos a la presidencia de la Generalitat en las elecciones del 21D, Inés Arrimadas, para quien Tabarnia “es una ocurrencia” que, asegura, ha puesto nerviosos a algunos independentistas.

Para su compañero de partido y portavoz de Ciudadanos en el Congreso de los Diputados, Juan Carlos Girauta, la idea no sólo no le parece descabellada sino que es algo a tener en cuenta si los soberanistas algún día logran sus objetivos. “pocas bromas” con esto de Tabarnia, dice el diputado de la formación naranja.

En serio también se toma el proyecto Gorka Maneiro, de Ahora Plataforma y ex dirigente de UPyD, que considera que Tabarnia es una amenaza para los independentistas catalanes.

También se ha subido al carro de la opción de Tabarnia como alternativa a la república catalana el líder de Vox, Santiago Abascal, como él mismo se encarga de contar.

Para algunos tuiteros sí es una broma lo de Tabarnia.

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¿Cómo se come esto?

Pilar Cernuda

Foto: Pau BARRENA
AFP

Hay que hacerse a la idea de que el fanatismo nacionalista ha llegado también a España y el problema ahora es cómo desarticularlo; probablemente hará falta una generación para que se recupere el sentido común. Los partidos constitucionalistas han conseguido que se moviera su voto, que estaba oculto, pero tienen que ir más allá en su esfuerzo por conseguir ilusionar a millones de españoles que hoy no se sienten bien representados con este PP y este PSOE. Lo de Ciudadanos es punto y aparte: en Cataluña ha ganado Arrimadas, en el resto de España está por ver que logren tan buen resultado.

Las elecciones, todas, se ganan con el voto de centro. El PP es un partido de gran implantación y le sobran candidatos solventes, pero Rajoy y Cospedal se han empeñado en no verlos y promocionan a aquellos que gustan a los militantes –y a los dirigentes de Génova– pero no a los votantes.  En Ciudadanos, en cambio, faltan candidatos, y cuando sale alguien con el empuje de Arrimadas –mucho mejor que Rivera– se dispara el voto.  En Cataluña no han abandonado el PP porque sientan entusiasmo desbordante por Ciudadanos, sino porque se han sentido atraídos por una voz firme que defiende con valentía lo que ellos defienden.

Rajoy se ha volcado en el gobierno, ha conseguido un milagro en lo económico y en la creación de empleo, ha demostrado ser un gran estratega al promover el 155 y adelantar elecciones, pero tiene el partido manga por hombro: no se ha ocupado en absoluto, ni tampoco Cospedal, de pulsar el estado de ánimo de los españoles y llevar a primer plano las figuras más atractivas, en lugar de insistir en aquellas que producen un profundo rechazo.

¿Cómo se come el resultado catalán? Con inteligencia para desarticular el fanatismo y, sobre todo, potenciando los partidos incuestionablemente constitucionales. Para eso hacen falta decisiones drásticas y, a corto plazo, proponer para las autonómicas y municipales los candidatos que más gustan a los votantes. Que no siempre son los que gustan a los militantes.

Las primarias no han demostrado ser una buena fórmula para ganar elecciones.

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