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El gran debate sobre la muerte

Verónica F. Reguillo

Foto: LAURENT DUBRULE
Reuters/Archivo

“Morir es jugarnos a una sola carta toda nuestra vida. Es apostarlo todo al deseo de encontrar un lucero que nos alumbre un nuevo camino. Y si perdemos la apuesta, solo perderemos la desesperanza y el dolor infinito”. Lo escribió Ramón Sampedro días antes de morir tras ingerir cianuro con una pajita. Este tetrapléjico pidió de manera incansable la regulación de la eutanasia o el suicidio asistido. Tras treinta años postrado en una cama,  su amiga Ramona Maneiro puso a su alcance el vaso con el veneno; poco después fue detenida y puesta en libertad por falta de pruebas. Tras siete años, y cuando el delito había prescrito, Maneiro reconoció que fue ella quien lo hizo.

Hace casi veinte años de la muerte de Sampedro, y España sigue sin debatir en profundidad la regulación de la eutanasia o el suicidio asistido, aunque en la superficie sí se dan pasos hacia adelante.

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Ramón Sampedro fue uno de los abanderados de la lucha por la legalización de la eutanasia. | Foto: Dolor Agudo / Flickr

A principios de marzo, Madrid se convertía en la novena comunidad autónoma en aprobar una ley sobre muerte digna. Esta legislación garantiza, entre otras cosas, el derecho del paciente a la sedación y a no recibir tratamiento en la última fase de la vida, también garantiza la intimidad para encarar la muerte, y el cuidado y el atendimiento de los familiares. “El lema es ayudarle a vivir sus últimos días otorgándole el mayor confort posible y atendiendo a la vez a su familia”, afirma María Dolores Espejo, presidenta de la Fundación Bioética.

Las leyes autonómicas suman y otorgan más protección a pacientes y a profesionales médicos cuando en una fase terminal no se quiere continuar con el tratamiento. Sin embargo, no presentan grandes diferencias con respecto a la legislación que ya se aprobó para todo el Estado en el año 2002, según la Asociación Federal Derecho a Morir Dignamente (AFDMD). “Esas leyes de muerte digna lo que hacen es desarrollar a nivel autonómico las directrices que a nivel global marca la ley de Autonomía del Paciente”, afirma Carlos Barra, uno de los portavoces de la asociación.

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Manifestantes salieron a la calle en octubre de 2015, en Nuevo México, para pedir su derecho a decidir. | Foto: Russell Contreras / AP

Desde la asociación reclaman un debate profundo que vaya a la raíz de una problemática no resuelta. “Quiero cuidados paliativos para todo el mundo, pero quiero otra cosa: si yo, a pesar de tener los mejores cuidados paliativos del mundo, entiendo que la vida me resulta insufrible porque me produce un dolor físico y psíquico que no puedo soportar, quiero tener la libertad de decir cómo y cuándo irme, y que eso esté regulado para dar también garantía a quien me ayude”.

“Es terrorífico y un peligro”

Esto le parece “terrorífico y un peligro” a la presidente de la Fundación Bioética. Espejo asegura que hay otras vías antes que quitarle la vida a un paciente, aunque este lo solicite. “Me parece terrorífico porque estás dando la posibilidad de matar a otra persona cuando existen otras posibilidades, entonces puede que a la mínima, cuando llegue un paciente diciendo “esto no lo puedo soportar”, pues lo más fácil sea quitarle la vida, si total va a morir en poco tiempo, cuando deberíamos plantearnos algo más humanitario que es ayudarle a vivir confortablemente los últimos días de su vida. A mí me parece un peligro”.

En la misma línea se muestra el Doctor Fernando García-Faria de Metges Cristians de Catalunya que asegura que con cuidados paliativos universales no es necesario “en absoluto” una ley de regulación de la eutanasia o del suicidio asistido. Porque con estos cuidados paliativos “se atenúa la angustia y la ansiedad que genera un dolor crónico y que le puede producir a cualquiera una alteración de su estado psíquico”.

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En Francia, reclamaban el cuidado de Vincent Lambert, un cuadripléjico que estaba mantenido por asistencia artificial. | Foto: Thibault Camus / AP

Situación actual

La libertad de autonomía de las personas a la hora de morir está regulada y limitada por el artículo 143.4 del Código Penal, que incluye también penas de cárcel para quien ayude a llevar a cabo un suicidio asistido o aplique la eutanasia. Esta norma solo se puede modificar a través de las Cortes Generales con la mayoría parlamentaria correspondiente.

PSOE, Ciudadanos y Unidos Podemos han presentado distintas proposiciones de ley sobre esta materia.
Según Carlos Barra, la única propuesta que aborda el debate sobre la legalización de la eutanasia es la de Unidos Podemos, que recoge también el derecho de objeción de conciencia para aquellos profesionales que no quisieran, llegado el caso, aplicar este procedimiento.

El debate podría darse más pronto que tarde. La responsabilidad recae en un solo partido, según el portavoz de AFDMD. “En estos momentos podría haber una mayoría parlamentaria en el Congreso que estuviera a favor de debatir esa ley en comisión y de poder aprobarla después en pleno. Dependerá de la posición de un solo partido, del PSOE. Si en el debate de esa ley ese partido vota favorablemente pues se estaría muy cerca de una mayoría absoluta”.

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Inmaculada Echevarría llevaba más de dos décadas postrada en una cama y en 2007 vio cumplido su deseo de que la desconectaran del respirador que la mantenía con vida. | Foto: Pepe Marín / AP

Además de las proposiciones de ley de los partidos nacionales, el Parlamento catalán aprobó el pasado mes de enero una moción que presentarán en el Congreso de los Diputados para instar al Gobierno central a derogar el artículo 143.4, y crear un Observatorio de Muerte Digna, a lo largo de este 2017.

“Casi el 60% estaría de acuerdo con regular la eutanasia”

¿Y cuál es el posicionamiento social con respecto a este tema? Según las últimas encuestas oficiales realizadas por el CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas), casi el 60% de los españoles estaría de acuerdo con la regulación por ley de la eutanasia, a lo que habría que sumar un 15,2% que contesta con un “quizás sí”. Ante esto, Carlos Barra asegura que el posicionamiento social es claro, y que por tanto, el debate se debe trasladar al Parlamento para dar respuesta a una petición social.

“Es un tema de tolerancia y de libertad, por tanto si tú y yo somos demócratas tendremos que admitir que la libertad es un valor supremo de nuestro ordenamiento jurídico. Tú serás libre para no hacer lo que no quieras, pero yo seré libre para hacer lo que quiera” argumenta Barra en su defensa del debate y regulación de una ley sobre eutanasia o suicidio asistido. Sin embargo, el doctor García-Faria afirma que un dolor lancinante o un trastorno psíquico puede hacernos perder la libertad para decidir. Asegura que se puede adquirir “una autonomía llevada a la radicalidad que te puede hacer buscar, desde mi punto de vista sin razón, eliminarte de la vida cuando la vida es un don”.


¿Y fuera de España?

Para intentar agrandar la fotografía sobre la situación de la eutanasia y el suicidio asistido fuera de España, habría que diferenciar estos dos procedimientos. El primero lo llevaría a cabo un profesional sanitario, por ejemplo, a través de una inyección a la persona que desea morir. El segundo, no obstante, lo realizaría el propio enfermo con la ayuda de otra persona.

A día de hoy, la eutanasia es legal en Países Bajos, Bélgica, Luxemburgo y Colombia, mientras que el suicidio asistido está legalizado en Suiza, Alemania, Albania, Japón, Canadá y en algunos estados de EEUU como Oregón, Washington, Montana, California o Vermont.

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Canadá aprobó el derecho a suicidio asistido en 2016. | Foto: Manuel Balce Ceneta / AP

La polémica sobre lo que es digno o no a la hora de morir también ha tenido lugar en Francia. Tras años de intenso debate, el Parlamento aprobó una normativa por la que se podría dormir al enfermo en sus últimos instantes de vida, pero no contempla la posibilidad de acelerar el proceso aplicando técnicas de suicidio asistido. Así, se ha dado carpetazo a una legislación sobre la eutanasia.

Si hoy Ramón Sampedro aún estuviera con “una cabeza viva en un cuerpo muerto”, sus palabras seguirían persiguiendo el mismo propósito. “Y si ganamos la apuesta de la muerte, si la esquiva suerte una vez nos mira; ganaremos el cielo, porque en el infierno ya hemos pasado toda nuestra vida”.

Aquí, un PSOE

Jesús Nieto Jurado

Foto: CRISTINA QUICLER
AFP PHOTO

Las vendettas, dentro de la izquierda que se quiere plural y que está ya ‘sorpassada’, vienen siempre camufladas con la etiquetilla de nuevos tiempos. Aceptamos que no hay un gobierno de los mejores, y conforme a esa realidad metafísica se da todo lo demás: la política, la vida. Este Pedro Sánchez victorioso ya ha tirado de sus fieles y de esa amalgama de rencores, fidelidades y causas distintas que han venido llamando militancia. Por la militancia de Sánchez pasan los que un día fueron represaliados, aquellos que un día estuvieron a punto de tocar pelo, alguna veleta ‘errejonista’ que ha visto cómo se las gastan en el partido morado, y hasta una señora de Brazatortas que no deja de ver a Pedro Sánchez como un nuevo Suárez, guapo y renovador según sus entenderas. Y el equipo de Sánchez está ya aquí; de Lastra con sus tácticas guerrilleras  y de Margarita Robles en esa portavocía gritona, con colores juveniles, a la hora que conecta con Ferreras y todo español parece culpable de algo. Y, mientras tanto, el partido que dicen que más se parece a España con el eterno retorno del conflicto catalán, del encaje, o de como quieran llamar estas tiranteces periferiantes para mantener la rosa, siquiera simbólicamente, en el cinturón rojo de Barcelona

El PSOE de Sánchez hará lo posible con más poder; esto es, las consignas más resultonas del zapaterismo vendrán a imponerse como cuestión de fe. Se desconectará con el pasado, y hasta en Andalucía anda el sanchismo dinamitando desde dentro aquellas estructuras que Susana Díaz creyó un día como propias. Y de contenido social, poco, pues que lo importante está en volver a la enésima refundación de este partido de cal y de arena, de rosa y de Íbex, de iluminados y de fontaneros.

La izquierda de las naciones

Ricardo Dudda

El PSOE de Pedro Sánchez compró el relato de Podemos e Izquierda Unida de que el partido no es suficientemente de izquierdas, en lugar de controlar el discurso y determinar qué es ser de izquierdas en el siglo XXI. Ser de izquierdas en el siglo XXI casa difícilmente con una declaración del país como plurinacional. España es multicultural y diversa. Tiene diferentes lenguas. Un Estado moderno debería respetar las diferencias y fomentar su reconocimiento sin mencionar naciones históricas ni atavismos.

En el PSOE afirman que su afirmación de la plurinacionalidad no trocea la soberanía, pero crea regiones más privilegiadas que otras: están las naciones y luego las comunidades autónomas. Y las naciones, en tanto naciones, necesitan un trato especial. Y cuando se reconoce simbólicamente una nación el siguiente paso es reconocer su soberanía propia, y para ello necesita convertirse en Estado. Porque el Estado es tangible, al contrario que la nación, inexplicable y mística.

El PSOE y Podemos coinciden en un discurso de una izquierda acomplejada ante los nacionalismos, que solo sabe hablar de República pero no de valores republicanos. Sin embargo, y a pesar del viraje de Sánchez hacia posturas más izquierdistas, hay todavía muchas diferencias: el PSOE sigue siendo el PSOE, y Podemos puede aprovechar (y ya está haciéndolo) para pedir a los socialistas mayor pureza (lo que entienden ellos por pureza). El caso del independentismo es una buena prueba. En Podemos afirman que hay que dejar votar a los catalanes, aunque sea en un referéndum ilegal. En el PSOE denuncian el referéndum ilegal. Entrar en la dinámica de la identidad implica competir en pureza. Si el PSOE y Podemos se plantean un futuro juntos, lo harán desde la lógica identitaria, y en ella juega mucho mejor Podemos.

El centroizquierda como izquierda liberada

José Antonio Montano

Foto: Sergio Barrenechea
EFE

El nuevo Sánchez ha resultado ser el mismo Sánchez. Al menos en lo que dice: queda por ver qué hará más allá de sus palabras. En su discurso de clausura del congreso del PSOE tenía que contentar a la militancia que lo ha aupado. Pero para ganar las elecciones tendrá que descontentar necesariamente a esa militancia… ¿Lo sabe Pedro Sánchez? Creo que ahí, en su cabecita, se jugará todo.

Una clave, poco esperanzadora, está en lo que dijo su hombre de confianza José Luis Ábalos (quien por lo demás estuvo muy bien en la moción de censura): “Desde la izquierda queremos ganar el centroizquierda”. Demuestra que no sabe qué es el centroizquierda hoy en España. Tampoco lo sabe Sánchez cuando llama a un entendimiento entre Ciudadanos y Podemos. ¿Finge o no se ha enterado de nada?

Permítanme que les hable desde el centroizquierda, porque ahí estoy yo (o ahí me quiero ver). En el centroizquierda estamos los progresistas que nos hemos liberado de la fetichización de la palabra “izquierda”. Hemos soportado en estos últimos años que nos llamen “fachas”, y lo que nos digan que somos nos trae ya al pairo (lo último es la matraca del “extremo centro”, proferida por pijos ideológicos). Para nosotros no hay progresismo posible si no parte del respeto estricto al Estado de Derecho y del acatamiento de la Constitución (que podrá cambiarse, pero según el procedimiento que ella indica). A partir de ahí, hay mucho que mejorar; pero todo lo que no parta de ahí es, para nosotros, pseudoprogresismo.  

 No nos van a engatusar con el caramelo de “la izquierda”: porque venimos huyendo precisamente de ahí, de la cantidad de reaccionarismo que se ha ejercido bajo la capa de esa palabra prestigiosa. Unidos Podemos es la encarnación actual de esa izquierda reaccionaria que detestamos: con sus líderes manchados por sus jaleamientos al dictador Castro o al militarote Chávez; y abrazados ahora a los golpistas fascistoides de ERC y a los proetarras de Bildu. Todo esto forma ya una retahíla cansina, lo sé: pero por más que se haya repetido no deja de ser verdad; y no deja de escandalizarme.

 Que el PSOE hable de “fuerzas del cambio” incluyendo indistintamente a Ciudadanos y Podemos indica que no se ha enterado de nada. No sé si se ganará a algún votante de Podemos (lo dudo), pero desde luego no va a ganarse a ninguno de Ciudadanos. Aunque puede que todo sea estrategia. El reto de Sánchez y Ábalos, al fin y al cabo, es conseguir votos de un electorado a estas alturas muy sectario, y notablemente embrutecido.

España plurinacional vs España diversa

Andrea Mármol

Foto: ANDREA COMAS
Reuters/File

Una de las manifestaciones recientes más reveladoras –por excluyente- del nacionalismo catalán tuvo lugar tras las últimas elecciones autonómicas en 2015. Los partidos proclives a la secesión de Cataluña, tras obtener algo más del 48% de los votos de los catalanes, jalearon el resultado al grito de “Un sol poble!”. Teniendo en cuenta que ellos otorgaron a la convocatoria un carácter binario, se antoja difícil pensar en una consigna más desafortunada.

Y es que el primer escollo que encuentra el político nacionalista siempre es la diversidad de los ciudadanos que pretende integrar en un proyecto monolítico, en el que las identidades plurales son asumidas no como una oportunidad sino, según lo que reza el cántico, un matiz incómodo. Frente a esa concepción de la sociedad, la réplica tiene que ser la defensa de la diversidad.

Seis fuerzas políticas obtuvieron representación en aquellos comicios catalanes. Las dos que apoyaban la independencia despreciaron a las cuatro restantes con aquella proclama. Hoy esas cuatro fuerzas ejercen de oposición en Cataluña. Entre ellas, están la marca catalana de Podemos y el PSC. Ambas comparten, en principio, su desacuerdo con el plan del actual gobierno catalán, entregado la consecución de un Estado independiente.

Sin embargo, hay carencias en esa oposición. Durante el acalorado debate que suscitó la moción de censura la pasada semana en el Congreso de los Diputados, el retrato de Cataluña que hizo Pablo Iglesias se parece mucho al de los políticos separatistas: en lugar de dar la réplica al proyecto nacionalista, hizo suyo el discurso según el cual la sociedad catalana se expresa en un clamor monolítico. Unos días después, el PSOE rescata la idea de la plurinacionalidad española, citando a uno de los padres de la Constitución, Gregorio Peces-Barba, quien, cierto es, habló de España como “nación de naciones”.

Se le olvida a Sánchez que Peces-Barba reivindicó también la participación de Cataluña en la “cultura castellana, que es cultura la común de todos”, o que “el castellano también es la lengua propia de Cataluña”. Matices de la afortunadamente cromática sociedad catalana, en cuyo nombre hablan Iglesias y Sánchez, defensores de la pluralidad española pero reticentes a admitir ese carácter múltiple en la sociedad catalana. Ni Podemos ni el PSOE son nacionalistas españoles, pero eso no es lo que se discute. La réplica que se espera de ellos es el rechazo frontal a la idea de ‘un sol poble’ que aplauden los nacionalistas, no su apuntalamiento como proyecto central de la política española.

La España plural es una buena idea que debe cimentarse sobre la base de un proyecto común compartido, sólo desde esa premisa puede defenderse la pluralidad como riqueza, no negando a las comunidades históricas la diversidad que sí se le reconoce a España. De esa manera, la España plurinacional se aproxima más a una consigna vacía de contenido que al convencimiento de que una España diversa es la columna vertebral de nuestro proyecto común.

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