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El hijo de Trump, "esperando" a que los famosos abandonen EEUU

Redacción TO

Foto: Nick Didlick
Reuters

Donald Trump hijo ha tenido un déjà vu. Ha sido después de leer en Twitter una reflexión del youtuber inglés Paul Joseph Watson. “Los famosos franceses de izquierdas dicen que se mudarán a Canadá si gana Le Pen. ¿Dónde he oído eso antes?”, había escrito el londinense, más conocido como Prison Planet.

Al hijo de Donald Trump la cosa le ha sonado familiar, literalmente, y ha querido responder recordando que en Estados Unidos las celebrities patrias hacían promesas similares cuando su padre optaba todavía a sentarse en el Despacho Oval.

“Sigo esperando por todos esos famosos de aquí que prometieron hacer lo mismo, ¡¡¡irse!!!”, tuiteó Trump junior en respuesta a Watson.

Efectivamente, la retahíla de famosos que amenazaron, pero no cumplieron, con poner tierra o mar o espacio sideral de por medio es larga. Y Canadá no solo es destino predilecto de los franceses opositores de la nacionalista francesa Marine Le Pen, sino también de los estadounidenses que rivalizaban con Trump, pues varios famosos americanos dijeron que cruzarían la frontera norte de su país si el magnate ganaba las elecciones. Una de ellas fue Barbra Streisand. “Me voy a ir a vuestro país, si me dejáis, o a Canadá”, expresó la diva durante una entrevista con un medio australiano. La que habló en tono más decidido fue la creadora y actriz de Girls, Lena Dunham. “Conozco a muchas personas que han estado amenazando con irse, pero yo de verdad lo haré. Conozco un sitio encantador en Vancouver y puedo trabajar desde allí”, dijo.

Pero hay vida más allá de Canadá y otros famosos han propuesto destinos más lejanos, incluso fuera del ámbito anglófono. A España, por ejemplo, se quería ir la actriz Amy Schumer, según confesó en una entrevista con la cadena BBC. “Mi espectáculo cambiaría porque tendré que aprender español porque me mudaré a España o a algún sitio”, dijo.

Un poco más lejos planeaba irse el cómico Jon Stewart. Si gana Trump, “me plantearía subirme a un cohete e irme a otro planeta porque claramente este se ha vuelto loco”, dijo durante la campaña electoral. Pero no es el único que amenazó con irse al espacio. De hecho, Stewart podría compartir cohete con Cher, que también bromeó con abandonar la Tierra si ganaba el magnate: “Si saliera elegido, me voy a Júpiter”.

El factor O’Reilly

José Carlos Rodríguez

Fox News ha despedido a su periodista estrella, Bill O’Reilly, tras comprobar la acumulación de denuncias de acoso por parte de sus compañeras. Los detalles pueden satisfacer a cualquier devorador de debilidades ajenas. O’Reilly se había convertido en una mancha con la que no querían tiznarse decenas de anunciantes, que han retirado su presencia en la cadena. No hay ninguna gran cadena que quisiera contar con O’Reilly antes de salir a la luz estas denuncias, y mucho menos ahora. De modo que se puede decir que su carrera televisiva se ha terminado.

Es el periodista que más ha contribuido al éxito de la cadena. Un éxito cuya lógica implacable deja absortos a muchos. En los Estados Unidos hay más ciudadanos que se declaran conservadores que quienes se consideran de izquierdas o independientes. Sordas a esa realidad, y con el ánimo de cambiarla, las grandes cadenas de televisión asumían el relato de la izquierda como el canon, y trataban las posiciones conservadoras como una excentricidad o una peligrosa reliquia. Fox News es algo tan lógico como una empresa que cubre un hueco desatendido en un mercado libre, y una pieza que da contenido a la pluralidad en una democracia. Y sin embargo para muchos, que no creen ni en la libertad económica ni en la política, es una anomalía.

Tim Groseclose, profesor de la Universidad George Mason, es el autor de un libro titulado ‘Left turn: how liberal media bias distorts the american mind’. En él muestra cómo los medios de comunicación están a la izquierda de la sociedad estadounidense y le arrastran hacia su terreno. No creo que los medios deban ser un fiel reflejo de la sociedad, sino que deben ir hacia donde la libertad les lleve.

O’Reilly ni siquiera es muy conservador. No es como John Hannity, que parece darse un chute de conservadurina al despertarse. Ha combinado sus ideas con un cierto sentido común, y le ha dado voz a todos. Seguramente por eso ha tenido tanto éxito y ha generado enormes beneficios (446 millones de dólares en ingresos de 2014 a 2016) a su cadena. Pero el mismo sistema que le encumbró le lanza ahora a los pies de los caballos.

Otro escenario para la dulce Francia

Valenti Puig

Con Macron y Le Pen pasando al “ballotage” la política francesa sin duda cambia el “casting” pero hasta la segunda vuelta y, luego hasta las legislativas, la incógnita sigue. Aún siendo Macron el candidato con más votos y posteriores apoyos, recientes sorpresas como la elección de Trump o el Brexit nos obligan a considerar que lo imprevisible a veces se convierte en hecho consumado. Curiosamente, tanto Macron como Le Pen han invocado a De Gaulle. Lo más constatable es el desplazamiento del eje izquierda-derecha que venía sosteniendo la vida política de la Quinta República porque el hundimiento socialista –preludiado por la presidencia desastrosa de Hollande- lleva a pensar en una suerte de cambio biológico, cuyo beneficiario es Macron, que fuera eje de la estrategia económica socialista, y también el centro-derecha se tambalea prenunciando una de esas turbulentas guerras internas que han sido constantes en la derecha francesa. Es muy probable la lapidación pública de Fillon.

Para los mercados, el mundo económico, las instituciones europeas y globales, e incluso para el centro-derecha europeo, la victoria final de Macron sería un suspirado mal menor, especialmente por las proclamas de Marine Le Pen contra el euro. Lo que no sabemos es si Macron podría aliviar las inercias del mal francés, entre otras cosas porque es un político sin partido. El apoyo generalizado que recibe para la segunda vuelta no implica apoyo posterior en la Asamblea Nacional. Si llega al Elíseo, Macron –por decirlo así- sería un Tony Blair pero sin partido. De las legislativas depende el futuro de las reformas propuestas por Macron y entra en los cálculos que deba presidir en régimen de cohabitación.

Para la segunda vuelta conviene preguntarse qué realmente harán –digan lo que digan sus líderes maltrechos- los votantes de Fillon, del partido socialista o de Mélenchon, sin olvidarse de quienes se abstuvieron en la primera vuelta y decidan votar en la segunda. Como en todas partes, el incremento de los porcentajes de indecisos también parece factible en el “ballotage”. Lo cierto es que se produce una factura entre la Francia metropolitana y la otra Francia, alarmada por la inmigración, herida por el paro y atemorizada por el terrorismo islamista. Esa fractura ha ido ahondándose año tras año, sin que la política liderase una regeneración de la vida pública francesa. ¿Qué pasó con la “douce France” y la Francia de la “grandeur” gaullista?

A la espera del “ballotage”, entre la truculencia de Marine Le Pen y el toque tecnocrático de Macron, las decisiones del electorado -47 millones de votantes- pueden depender de cualquier avatar. En el escenario más traumático, Le Pen gana el “ballotage”, generando una debacle en el sistema institucional y político de la Unión Europea. Al final, la pregunta ante las urnas de segunda vuelta puede ser: Le Pen o euro? Bueno, lo decía De Gaulle: “Todo francés desea beneficiarse de uno varios privilegios. Es su forma de afirmar su pasión por la igualdad”.

La batalla de las letras

Lea Vélez

Era el día del libro. El colegio lo celebraba pidiéndole a los niños que fueran disfrazados de personajes literarios. Les propuse a mis hijos hacerles unas coronas, saqué del altillo los uniformes de soldado medieval, y hale, al cole disfrazados de Enrique V, o si querían de Hamlet, que tenemos calaveras. Me respondieron que nanai, que ellos no iban de nada: “no vamos a disfrazarnos de personajes literarios ni aunque nos sueltes el discurso de San Crispín”. Yo, que ya estaba a punto de gritarles: “We few, we happy few, we band of brothers…” cerré mi petarda boca. Y menos mal. Al día siguiente lo comprendí todo.

El día del libro se había convertido en el día del fútbol. El recreo del colegio estaba lleno de uniformes del Barcelona y del Madrid, de niños en shorts y zapatillas con camiseta de rayas. Iban vestidos, supuestamente, de los personajes de unos libros llamados Futbolísimos. Por pura incredulidad, decidí contar y catalogar los disfraces de todos los niños que salían por la puerta del edificio de Primaria. Conté unos cien, hasta que salieron mis hijos. Setenta y cinco de esos cien niños, iban de futbolistas literarios. Me alivió un poco toparme con diez o doce Harry Potter, discretamente desafiantes, agitando varitas frente a espinilleras. Me dije, caray, así que por esto mis hijos no querían venir de Shakespeare, para no hacer el ridículo. Algunos chavales sueltos -sin duda dementes- iban de conejo de Alicia a lo Tim Burton o de sombrerero loco, porque muy loco había que estar para no ir de futbolista en el día del libro. Había que ser, como poco, un Quijote.

Pasé del estupor al enfado, del cabreo a la risa, y recordé que, de toda la vida, la verdadera literatura va por dentro. Las palabras se transmiten de persona a persona, de muertos a vivos, del pasado al futuro, sin presente, en silencio, porque la literatura es el traje que se viste en secreto. Como la ropa de Superman de Clark Kent, va por dentro. Después, de camino a casa, recité mentalmente mi propio discurso de la batalla de San Crispín. A la frase de algunos: “¡Ojalá hubiera más lectores para todo lo que escribimos!”, me disfracé de Enrique V por debajo de mis pantalones vaqueros y, yo sola, con mi loco pensamiento, le grité a mis bravos soldados: “¿Quién desea tal cosa? ¡¿Mi primo Westmoorland?! ¡No, querido primo! Si estamos destinados a morir, somos de sobra para que en la patria nos lloren; pero si salimos vivos de esta, ah, si salimos vivos, cuantos menos seamos a más honores tocaremos!

La polémica tendencia de convertir a los hombres indios en blancos

Redacción TO

Foto: Navesh Chitrakar
Reuters

Durante décadas, las compañías cosméticas han encontrado en las mujeres jóvenes indias su principal mercado. Como en otros países de Asia, en India las pieles pálidas resultan más atractivas y existe un componente racial decisivo a la hora de optar a trabajos de un rango superior y mejor retribuidos. No puede equipararse únicamente al deseo de las europeos blancos a aumentar su bronceado; en India tiene implicaciones sociales.

Esta costumbre parecía exclusiva de las mujeres. Sin embargo, desde la entrada del nuevo siglo son cada vez más los hombres que se han sumado a esta tendencia. El éxito es tan rotundo que en los últimos cinco años la venta de cosméticos que crean una apariencia de blanqueamiento de la piel ha crecido más de un 40%, según los datos de los analistas de Nielsen. No es extraño encontrar en los supermercados del país esta clase de productos dirigidos a un público masculino que, hasta el momento, limitaba su consumo de productos para el cuidado del aspecto físico a desodorantes y cremas para el afeitado.

La moda creciente de convertir a los hombres indios en blancos 1
El actor de Bollywood Shah Rukh Khan durante una rueda de prensa. | Foto: Danish Siddiqui/Reuters

Las principales marcas nacionales e internacionales han aprovechado este boom para abrirse a un nuevo target. De hecho, Nivea, L’Oréal y Emami, entre otros, han creado multitud de cremas, exfoliantes y productos de lavado facial que prometen “efectos blanqueadores”. Resulta llamativo que uno de los productos más destacados de la empresa francesa Garnier, que bautizó a uno de sus exfoliantes como White Power (Poder blanco), tenga el mismo nombre que un lema históricamente vinculado a las teorías supremacistas. Y para aumentar la efectividad de sus mensajes utilizan la imagen de actores como Shah Rukh Khan o Hrithik Roshan, que son afamadas estrellas de Bollywood, los equivalentes indios a Brad Pitt o Leonardo DiCaprio.

Los anuncios que se emiten en televisión son reveladores. En ellos puede verse a un hombre atractivo fotografiado a cada paso, con un aspecto impoluto, aplicándose en el rostro una loción que, casi de inmediato, convierte tu aspecto en el de un hombre perfectamente occidental, con la piel tan blanca como la de un finlandés.

Este fenómeno, como no podía ser de otra manera, está causando indignación en los círculos más progresistas. La estrella de cine Abhay Deol inició una campaña para persuadir a sus compatriotas indios a no comprar estos productos. Al mismo tiempo, envió un mensaje a sus compañeros de profesión invitándoles a rechazar aquellas ofertas que sirvan para inventar un canon de belleza imposible.

Un mensaje similar fue difundido años atrás por la actriz Nandita Das en una iniciativa llamada Dark is Beautiful, en la que se denuncia la presión mediática de estas compañías estéticas que tratan de implantar un modelo de belleza puramente occidental. En este sentido, el auge de los cosméticos blanqueadores coincide con la irrupción de una corriente crítica que representa la evolución cultural de India, donde conviven los complejos de la era colonial con el desarrollo de una sociedad que se moderniza.

En unas declaraciones para la revista Quartz, Rajesh Krishnamurthy, jefe de negocios de Himalaya Drug Company, cree que esta reacción se traducirá en una mayor conciencia social y, como consecuencia, un cambio radical en la política comercial de la industria cosmética. El tiempo dispondrá cuál de las dos tendencias se impone, si la del crecimiento imparable de cosméticos blanqueadores, engañosos, inmorales, o la capacidad regenerativa de un país para dejar a un lado los complejos de un pasado colonial.

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