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La ‘salvaje’ historia de Lawrence Anthony, El hombre que susurraba a los elefantes

Beatriz García

Cuando el conservacionista sudafricano Lawrence Anthony salvó de la muerte a un clan de elefantes problemáticos jamás imaginó que acabarían convirtiéndose en su familia.

En África está la partida de nacimiento del mundo. He estado dos veces en la sabana y, pese a lo guiri que pueda resultar un safari, siempre tengo la sensación de regresar a casa. Pienso con las tripas y no con la mente, viviendo en el momento como los animales. Y no hay nada más importante que eso, que la vida salvaje, o el sol sumergiéndose en las aguas del río Zambeze que, según los nativos, encarna el espíritu de un dios serpiente. Conforme te acercas a las cataratas Victoria, en Zambia, oyes el rumor del humo que truena, tal cual las bautizaron los makololo, y te haces una idea de lo que debió sentir Livingstone cuando las vio por primera vez, y por qué su corazón fue enterrado en África. Porque siempre estuvo allí. En un continente donde se vive y se muere, pero, sobre todo, se es. Por eso, el conservacionista Lawrence Anthony escribió en ‘El hombre que susurraba a los elefantes’ (ed. Capitán Swing): “Así es África, el continente imperfecto, hermoso, magnífico, fascinante, místico, único, capaz de cambiar nuestras vidas… Con su carisma y su seductor encanto, y su sabiduría ancestral tan a menudo salpicada de inconmensurables espasmos de sangre”.

La ‘salvaje’ historia de Lawrence Anthony, El hombre que susurraba a los elefantes 1

La vida de este sudafricano, que abandonó su trabajo en una inmobiliaria para fundar una reserva natural en Zuzulandia, en las antiguas tierras de caza del legendario rey Shaka, fundador de la nación zulú, cambió radicalmente el día en que un grupo de elefantes salvajes llegó a Thula Thula. Cinco hooligans gigantes con una única obsesión: escapar de la reserva natural derribando con sus embestidas la valla electrificada.
Los zulúes, que no habían visto un elefante en su vida (ni siquiera en la época post-apartheid) y consideraban las reservas una excusa de los blancos para robarles la tierra, veían en esos paquidermos furiosos una amenaza; los furtivos, una mina de oro, y para Anthony eran el majestuoso símbolo de África. Por eso se comprometió a protegerlos, llegando a forjar una estrecha relación con su brillante matriarca, Nana, que pasó de desear matarlo a acariciarle con la trompa húmeda como a un miembro más de la manada.

“Comprendí que la esencia de la comunicación animal, se trate de nuestro perro o de un elefante salvaje, no es tanto lo que nos comunican, sino el reconocimiento de la comunicación” – Lawrence Anthony

Los elefantes son afectuosos entre ellos, tienen una dignidad y sentido de la familia difícil de encontrar en otras especies, sin ir más lejos, el hombre. Cuando los solteros abandonan la manada para perseguir a las jóvenes hembras, reciben las enseñanzas de un elefante adulto al que acompañan a las zonas pantanosas al envejecer para que se alimente de plantas más blandas y le protegen de hienas, cocodrilos y otros depredadores. Las madres cuidan a sus crías con la propia vida, hasta extremos realmente emocionantes. Cuenta Lawrence Anthony en ‘El hombre que susurraba a los elefantes’ que en una ocasión una hembra de la manada dio a luz a un pequeño elefante enfermo que ni siquiera podía caminar, Thula. La hembra se quedó junto a su hija rodeada de su familia y cuando los demás desaparecieron entre las arboledas,  el conservacionista y su equipo lograron distraerla para llevarse a Thula y darle los cuidados necesarios. Luego los elefantes volvieron a por ella, iban a casa de ese susurrador en quien la matriarca tanto confiaban para ver a la cría. Finalmente, Thula falleció. Lawrence Anthony la devolvió a las tierras de Thula Thula y lloró con el clan.

La ‘salvaje’ historia de Lawrence Anthony, El hombre que susurraba a los elefantes 5
Lawrence junto a su mujer François y la pequeña elefanta Thula. Foto de Earth Organisation.

Que le aceptasen como uno más no fue nada sencillo. Antes de ganarse el respeto de Nana, la jefa del clan, y que Mnumzane, ese pequeño marginado que luego se convertiría en macho alfa, prefiriese su compañía a la de la manada, tuvo que dejar que la sabana entrase en él.
“Poco antes del anochecer me desplacé hasta la borma, aparqué a cierta distancia y me acerqué sigilosamente. Nana estaba a cubierto con toda su familia detrás, observando cada uno de mis movimientos y transpirando resentimiento por todos los poros. No me cupo la menor duda de que intentaría volver a escapar. Y entonces, sin más, se me ocurrió una solución. Decidí allí mismo que viviría con la manada”, relata. Y así estuvo conviviendo con ellos, día y noche, estrechando la distancia ‘de lucha o defensa’, rogándoles que no se fugasen. Hablando con ellos.

El lenguaje de los elefantes

Los elefantes pueden comunicarse con los vecinos que están a muchos kilómetros. Los infrasonidos que emiten desde sus estómagos están en la misma frecuencia de onda que el de esos otros prehistóricos espectros marinos, las ballenas. Sus vibraciones, dice Lawrence Anthony, palpitan por todo el planeta “creando canales que cubren toda su hábitat, como nosotros cuando hacemos una llamada a larga distancia”. Y con la ayuda de sus enormes orejas y sus patas reciben de vuelta los impulsos de una forma tan mágica que incluso parece que nos presientan.
“Una semana fui a Durban y a la vuelta me sorprendió encontrarme con los siete elefantes delante de casa, esperándome como un comité de bienvenida. Me dije que era pura coincidencia. Pero volvió a pasar cuando volví del siguiente viaje, y del siguiente. Pronto se hizo evidente que de algún modo sabían exactamente cuándo me ausentaba y cuándo volvía”, cuenta el conservacionista. Y añade: “Comprendí que la esencia de la comunicación animal, se trate de nuestro perro o de un elefante salvaje, no es tanto lo que nos comunican, sino el reconocimiento de la comunicación”.

En muchas ocasiones evitó la furiosa embestida de los elefantes a gritos: “¡Para, para! ¡Soy yo, soy yo!”, cuando se acercaban al hotelito ecológico de la reserva para beberse el agua de la piscina, dando un susto de muerte a los huéspedes. O les acariciaba la trompa para calmarlos ante la atónita mirada de los guardas. E incluso llegaría a intuir su presencia y a sentirse vacío cuando estaban lejos. Otras veces, sería Nana y su familia quienes salvarían la situación, guiando a su primo humano y el resto del equipo a un lugar seguro durante un incendio, o regañando a uno de los suyos por volcar un Land Rover lleno de turistas y pretender aplastarlos. “Los únicos muros entre elefantes y hombres los erigimos nosotros”, concluye Anthony.

En 2012, pocas semanas después de su muerte, una treintena de elefantes aparecieron en su casa de Thula Thula para despedirse.

No obstante, a veces estos muros son necesarios, al menos para que los animales sigan con vida. Thula Thula tuvo que enfrentar numerosos ataques de cazadores furtivos armados con rifles, y algunos de ellos eran verdaderos profesionales venidos de otras regiones: cuernos de rinocerontes serrados, nialas desgarrados y buitres decapitados cuyas cabezas eran empleadas como amuleto para ganar la lotería en las aldeas. Negociar con los adivinos y con los jefes zulúes para que ayudasen a preservar la fauna fue como domar a un elefante salvaje, necesitó paciencia y fue inevitable poner la vida en riesgo. En un continente en el que política y magia están tan imbricados que casi son la misma cosa, en una tierra en donde todavía arden brujos y se dice que cabalgan en las noches sobre babuinos, donde la gente evita ciertos caminos porque un espíritu malvado vive en una roca, Lawrence Anthony acabó convirtiéndose en una leyenda: El empecinado y excéntrico preservador de la sabana que trajo de vuelta a los elefantes a la región y logró que los clanes se hermanasen para proteger el futuro de sus tierras. Aunque su apodo, ‘El hombre que susurraba a los elefantes’ le vino años después, cuando su amor a la naturaleza le llevó a Afganistán, donde se dedicó a salvar animales del zoológico de Bagdad, arrasado por la guerra.

La ‘salvaje’ historia de Lawrence Anthony, El hombre que susurraba a los elefantes 4
El equipo de Thula Thula bajo un precioso cielo de la sabana. Foto de Suki Dhandra.

A su vuelta a la reserva, Lawrence Anthony jamás volvió a entrometerse en la manada; decidió que las nuevas generaciones del clan crecerían solas, libres y salvajes y solo sus abuelas, Nana y Frankie, lo recordarían. Porque tenían memoria de elefante, y dignidad de elefante, y agradecimiento, y unas semanas después de que el conservacionista falleciera, una treintena de paquidermos apareció en la casa de Thula Thula, con sus trompas caídas, para despedirse de él.

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Forges, medio siglo de historia a través de sus viñetas

Redacción TO

Foto: Juan Carlos Hidalgo
EFE

La muerte del humorista gráfico Antonio Fraguas ‘Forges’ ha conmocionado a España. Durante 50 años, Forges, que ha fallecido a los 76 años, llegó a varias generaciones a través de sus viñetas. En ellas, sus peculiares personajes de gran nariz y ojos saltones protagonizan escenas de la vida política y cotidiana, mostrando un retrato verdaderamente original de la sociedad española.

Las redes se han llenado tras su muerte de sus famosas viñetas, con las que consiguió, siguiendo el consejo de su padre, “ser un dibujante original”. “Que se reconozca un dibujo tuyo a quince metros”, le dijo su padre, y así lo hizo Forges.

Desde los episodios políticos más relevantes de la historia de España hasta situaciones cotidianas, que también evolucionaron con la sociedad, Forges retrató durante gran parte de su vida el país a través del humor y la crítica. En los últimos meses, Cataluña ocupó, como en la mayoría de medios de comunicación, una gran cantidad de viñetas del dibujante.

Forges, medio siglo de historia de España a través de sus viñetas 1
Una de las viñetas de Forges, dedicada a Marta Rovira, la número dos de ERC. | Foto: Forges/ Twitter
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La situación de Puigdemont en Bruselas, retratada por Forges. | Foto: Forges/ Twitter
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El 155, otro de los protagonistas de las viñetas. | Foto: Forges/ Twitter

Pero tampoco se olvidó de retratar en sus viñetas, con un toque de denuncia social, otras situaciones políticas que preocupan a los ciudadanos.

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Forges critica la ley hipotecaria, como siempre, a través del humor. | Foto: Forges/ Twitter
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El dibujante recuerda que no todo es Cataluña. | Foto: Forges/ Twitter

Pero, sobre todo, Forges fue capaz de hacer que numerosos españoles se sintieran identificados con sus personajes, las situaciones que describían y las preocupaciones que mostraban. A través del humor, el original dibujante logró retratar los pensamientos de un gran número de personas.

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Los modales y la educación son uno de los temas recurrentes en sus viñetas. | Foto: Forges/ Twitter
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Forges critica el ‘cuñadismo’ en sus viñetas. | Foto: Twitter
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La economía también era uno de los temas retratados por Forges. | Foto: Forges/ Twitter
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Forges muestra la situación de muchas mujeres en España. | Foto: Twitter

La sociedad ha avanzado mucho a lo largo de los años en numerosos aspectos, pero las viñetas de Forges demuestran que hay cosas que no cambian y que los ciudadanos siguen teniendo las mismas preocupaciones y carencias a pesar del paso del tiempo.

Ya en los años 80, Forges mostraba la preocupación social por la integración de España en Europa y, principalmente, por las consecuencias económicas que esto tendría.

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La situación económica de España tras su integración en Europa fue una gran preocupación. | Foto: Twitter

En 1995, publicaba su primera viñeta en El País, y retrataba una situación que bien podría referirse al año 2018.

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Forges, en 1995, retrataba situaciones que bien podrían ocurrir en 2018. | Foto: Twitter

Además, Forges también retrató los problemas internacionales que a menudo olvidamos y trató de recordar a través de sus viñetas que hay una parte del mundo que sobrevive a guerras, hambrunas y una gran pobreza.

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Las guerras y los refugiados aparecen retratados en muchas viñetas del dibujante. | Foto: Twitter
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Durante años, Forges recordó también los problemas que sufren otros países, especialmente en África. | Foto: Twitter
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El hambre, otra de las grandes retratadas en sus viñetas. | Foto: Twitter

Ahora la sociedad se despide de Forges, un gran dibujante que durante años logró sacar una sonrisa a los lectores de los diferentes diarios en los que publicó sus viñetas. Sus personajes y su humor quedarán en el recuerdo durante mucho tiempo y, con ellos, las sonrisas y reflexiones que provocaron en el momento de su publicación.

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Manuel Arias Maldonado: “La humanidad tiene que ser indulgente consigo misma”

Borja Bauzá

Foto: Rodrigo Isasi
The Objective

Manuel Arias Maldonado (Málaga, 1974) es profesor de Ciencia Política en la Universidad de Málaga y colaborador habitual de medios de comunicación tanto españoles –The Objective, entre otros– como extranjeros. Partidario del análisis sosegado frente al eslogan lapidario, ha dedicado más de dos décadas a investigar la relación que existe entre el medio ambiente y la política. Suyo es el libro Sueño y mentira del ecologismo. Naturaleza, sociedad, democracia (Siglo XXI), publicado en 2008. También Real Green. Sustainability after the End of Nature (Ashgate), considerado el mejor libro del 2012 por la Asociación Española de Ciencia Política. Hace poco más de un año escribió La democracia sentimental: política y emociones en el siglo XXI (Página Indómita), un ensayo en el que propone una reflexión sobre la influencia de las emociones en los sistemas políticos actuales.

Su último libro, Antropoceno. La política en la era humana (Taurus), llegó a las librerías hace unos días. Trata, claro, del Antropoceno; un fenómeno que la cultura popular encuadra dentro de la ciencia ficción pero que los expertos se toman muy en serio desde que en el año 2000 el prestigioso químico Paul Crutzen lo presentase en sociedad durante un congreso internacional celebrado en México. Crutzen, y con él un gran número de científicos, considera que el planeta está abandonando el Holoceno, la era geológica en la que la especie humana ha conseguido prosperar gracias a unas condiciones climáticas estables, para adentrarse, precisamente a causa de la actividad humana, en el Antropoceno. Es decir: la colonización humana del planeta nos ha llevado hasta una nueva época geológica. Pero esta nueva era –avalada por la revista Nature  encierra un horizonte imprevisible. ¿Su manifestación más llamativa? El cambio climático.

¿Este libro debe leerse como un aviso a navegantes?

Puede llegar a cumplir esa función, pero no es la idea que tenía en la cabeza cuando me senté a escribir. Entre otras cosas porque se necesitan navegantes dispuestos a escuchar para que el aviso tenga efectividad. Precisamente, lo que busca este libro es introducir el Antropoceno en el debate público español.

En efecto, el Antropoceno es un concepto muy poco conocido en España. ¿Esa falta de interés también se da en los países de nuestro entorno? Me refiero a Alemania y Estados Unidos, lugares que conoces bien porque has investigado en ellos.

La falta de interés se da más en España. Alemania es un país con una conciencia medioambiental bastante fuerte. El otro día leí que en las últimas tres décadas el número de vegetarianos ha pasado del 0,1% al 10%. Es más, la primera exposición sobre el Antropoceno celebrada en el mundo tuvo lugar en el Deutsches Museum de Múnich. En cuanto al mundo anglosajón, se beneficia de que las discusiones suceden en inglés. Eso genera una cercanía entre el objeto de debate y las sociedades de esos países.

¿Por qué crees que en España no se discute este asunto?

Creo que la ausencia de un Partido Verde potente es un factor importante a la hora de explicar la poca conversación que hay en torno a la cuestión del Antropoceno. Y el poco debate que hay viene de la mano del cambio climático. ¿Cuál es el problema? Pues que la discusión que gira en torno al cambio climático está muy ideologizada, es muy poco racional y pasa por alto la gran cantidad de matices que encierra un asunto tan complejo. Tenemos que hablar más de las relaciones entre la sociedad y la naturaleza –las relaciones socionaturales– pero tenemos que hacerlo con sensatez.

En el libro explicas que los expertos no se ponen de acuerdo a la hora de determinar dónde se encuentra el origen del Antropoceno; cuándo habría comenzado esta nueva era. ¿Cuáles son las diferentes propuestas?

Lo primero que conviene aclarar es que la búsqueda del origen puede hacerse desde distintos presupuestos. El Antropoceno es un término geológico y por eso el presupuesto geológico es el principal, pero también hay otra dimensión que rastrea el origen basándose en las transformaciones provocadas por el hombre en el medio ambiente; el cambio climático, etcétera. Luego hay estudiosos que dicen que no se puede finiquitar el Holoceno tras ‘solo’ 11.700 años de existencia, y que por tanto sería más acertado referirse al Antropoceno como una nueva etapa histórica. En cualquier caso, el término ha llegado para quedarse.

Regresando a la pregunta, la cuestión del origen gira en torno a un planteamiento muy simple: si dentro de un millón de años aterrizan unos extraterrestres en la Tierra y se ponen a estudiar los sedimentos, ¿qué marcador les va a permitir establecer que en ese punto concreto comenzó el Antropoceno? Por un lado, está William Ruddiman sosteniendo que todo empieza con la revolución agrícola del Neolítico. El problema es que, según su tesis, el Antropoceno compartiría origen con el Holoceno. Que no habría Holoceno, vaya. Por otro lado están las hipótesis industrialistas, que defienden que el industrialismo es el momento en el que la intervención humana sobre el medio ambiente se radicaliza.

Luego hay autores que defienden el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial. Aquí estaríamos hablando de las bombas atómicas como el origen del Antropoceno. Este caso trae consigo una gran carga simbólica; al margen de la huella geológica que dejan los isótopos radiactivos de las bombas, éstas se asocian a un descubrimiento humano cuya peligrosidad salta a la vista. Por último, están quienes defienden el desarrollo tecnológico como punto de partida, y concretamente el motor de combustión. Como ves, existen varias opciones y el debate no está cerrado.

Manuel Arias Maldonado: “La humanidad tiene que ser indulgente consigo misma” 1
Portada de Antropoceno. La política en la era humana. | Imagen vía Taurus.

Y cuando se cierre ese debate sobre el origen también sabremos, dependiendo de cuál sea ese origen, quién es el culpable, o el responsable, del Antropoceno…

Esta es una cuestión muy interesante. ¡Quién es el antropos del Antropoceno! Hay autores que sostienen que algunos grupos de seres humanos han sido más víctimas que actores en todo este proceso. Suelen ser los mismos autores que defienden un cambio de nombre para que el Antropoceno comience a ser conocido como el Capitaloceno; la era del capitalismo en lugar de la era del hombre. En el Capitaloceno el origen y los responsables saltan a la vista: la Gran Bretaña industrialista. Personalmente, no comparto este punto de vista, aunque me parece una crítica razonable si tenemos en cuenta que, efectivamente, hay grupos de personas que han sido mucho más influyentes que otros.

¿Cuál es tu punto de vista?

Que no podemos entender la intervención del ser humano sobre el planeta si no es en términos de especie. Porque hasta el más pasivo de los seres humanos interviene en su entorno. De hecho, tenemos pruebas que indican que las tribus aborígenes ya intervenían de manera agresiva –con arreglo a sus posibilidades tecnológicas– en las profundidades del tiempo amazónico. Como decía Karl Marx: hay un modo de ser de la especie humana que implica una adaptación agresiva al medio. Y esa adaptación agresiva está potenciada por rasgos como la sociabilidad, la capacidad de cooperación, la cultura o el lenguaje. Rasgos que nos abren la posibilidad de transmitir información entre miembros de una misma época, o incluso entre generaciones, y que andando el tiempo aumentan exponencialmente nuestra capacidad transformadora. Que esa capacidad transformadora haya surgido de manera más exitosa en la Europa del siglo XVIII no deja de ser una casualidad histórica. ¡En algún lugar tenía que producirse! Y por supuesto que hay tribus amazónicas que interactúan con su entorno de manera menos agresiva, pero lo hacen porque permanecen aisladas durante más tiempo; porque no reciben las herramientas que les permitirían obrar de manera distinta. Por eso yo no le atribuiría demasiado valor al hecho de que exista una tribu en Ecuador que parece vivir en armonía con su entorno.

Porque si les das un iPhone lo van a utilizar.

¡Pues claro! Por eso a mí me parece que la humanidad tiene que ser hasta cierto punto indulgente consigo misma. Hemos hecho algo, pero no sabíamos lo que estábamos haciendo. No sabíamos, por ejemplo, que estábamos provocando un cambio climático; no sabíamos que estábamos generando una contaminación oceánica; no sabíamos, en definitiva, que estábamos trayendo el Antropoceno. Sabíamos que estábamos alterando el medio ambiente, pero lo hacíamos porque nos habíamos dotado de aquellas herramientas morales y filosóficas que nos autorizaban a hacerlo. Pero es que eso es lo natural. Somos una especie arrojada al planeta que piensa que el planeta gira en torno a ella. ¿Qué vas a pensar? ¡No vas a pensar lo contrario! El argumento del designio –“la naturaleza está para que el ser humano la utilice”– viene de lejos: el Génesis, Aristóteles, Descartes… ¡Fíjate en Descartes! Él intensifica esta noción diciendo que el mundo animal está vacío de contenidos, que los animales son robots. El famoso mecanicismo filosófico.

Y deshacerse de esa herencia lleva mucho tiempo.

Sí, y también implica un ejercicio de reflexión que a lo que nos conduce es a decir: es verdad, hemos hecho daño, pero es que no podíamos haberlo hecho de otra manera. El dominio de la naturaleza no era una opción, era algo que el ser humano tenía que hacer para poder sobrevivir y para garantizar unas condiciones de vida razonables. Por eso creo que la protección del medio ambiente es un lujo que uno puede asumir cuando las necesidades principales han sido atendidas. Y por necesidades principales entiendo el conseguir un desarrollo económico que permita relajarse, que permita poder pensar en otras cosas.

Pero, en cualquier caso, ahora ya sí sabemos lo que hacemos. O las consecuencias que tiene aquello que hacemos.

Ahora sí. Antes no lo sabíamos pero ahora lo sabemos, o por lo menos empezamos a saberlo. Por lo tanto, vamos a pensar si no deberíamos hacer algunos cambios al respecto.

Así terminas el libro: diciendo que ahora que ya sabemos lo que hay conviene ponerse manos a la obra. Es decir, que te alejas de quienes piensan que la humanidad ni pincha ni corta y que, por lo tanto, no hay nada que hacer respecto al cambio climático y cuestiones parecidas. Pero también te distancias de quienes piensan que hay que intentar revertir el proceso a toda costa, antes de que sea demasiado tarde. Propones un camino alternativo.

Lo primero que hay que tener en cuenta es lo siguiente: el planeta Tierra ha cambiado muchas veces a lo largo de su existencia, a veces de forma extremadamente violenta. En el libro hago un recorrido por la historia planetaria en el que nuestra insignificancia queda demostrada. Un dato: el 90% de las especies que han existido desde el principio de los tiempos han dejado de existir. Es más, tenemos constancia de cinco extinciones masivas en las que el hombre no ha tenido nada que ver. Por tanto, se podría argumentar lo que ya dijo Sloterdijk: que la biología es tanatología. Pero también hay que escuchar a los autores que advierten contra la desestabilización del planeta que estaríamos provocando nosotros, la especie humana. A quienes dicen que estamos haciendo desaparecer las condiciones benignas del Holoceno y luego –en el Antropoceno– a ver qué nos encontramos. Estos autores son interesantes porque si el cambio climático se dispara las condiciones de habitabilidad del planeta se verán seriamente comprometidas.

¿Entonces qué crees que hay que hacer?

Antes de nada, hay que pensar en un horizonte temporal razonable. A mí me cuesta mucho conectar intelectual, psicológica y afectivamente con lo que pasó hace 536 millones de años. La cifra está bien para recordarnos que somos una anécdota, pero aquí de lo que se trata es de modificar ciertos hábitos y ciertos comportamientos en las relaciones socionaturales que nos permitan vivir bien durante el próximo milenio.

¿Eso no es lo que piden los partidarios del decrecimiento para intentar frenar el cambio climático?

El problema del cambio climático, como he dicho antes, es que es un debate fuertemente ideologizado. El escepticismo negacionista del que hablabas antes –los que piensan que la humanidad no tiene ni voz ni voto en esto– surge como respuesta al ecologismo radical de los años 60 que defendía desmantelar el sistema capitalista como la gran solución a todo. Para el ecologismo radical el cambio climático no es el protagonista, el protagonista es el capitalismo y el cambio climático sería entonces la herramienta con la que destruirlo. Frente a eso reaccionan desde el otro extremo ideológico diciendo que menuda estupidez y que lo único que quieren los ecologistas radicales es acabar con el capitalismo, y que como no saben cómo hacerlo pues recurren al cambio climático; ergo el cambio climático es mentira. Francamente, ambos extremos me parecen desaconsejables. Lo que pasa es que son los que más llaman la atención en un debate público tan polarizado como el actual.

Pero el cambio climático no es una opinión.

No, claro que no. Es una conclusión científica basada en el aumento de las temperaturas. Es verdad que en el pasado han existido fluctuaciones naturales del clima y que no se puede descartar totalmente que estemos ante un suceso similar. Es decir, que la culpabilidad del ser humano no es indiscutible. ¿Qué pasa? Pues que sí es muy probable por motivos que los paleoclimatólogos te explican al trazar un paralelismo entre los niveles de dióxido de carbono que circulan en la atmósfera y el aumento de las temperaturas. En todo caso, existe un cambio climático. ¿Que haya sido causado por el hombre es una hipótesis? Técnicamente sigue siendo una hipótesis. Lo que pasa es que es una hipótesis con altísimas probabilidades de ser cierta. Por eso no tiene sentido partir de su negación. No podemos seguir discutiendo si existe o no el cambio climático. Existe, claro que existe. Y como parece razonable esperar que la causa sea el ser humano y sus múltiples actividades, sería un error no hacer nada confiando en que sea lo contrario. Hay que hacer una apuesta a la manera de Pascal. Si apuesto que no existe, o que sí existe pero que el ser humano no puede hacer nada al respecto, y luego resulta que sí podía, pierdo la apuesta. Si resulta que hago algo y resulta que puedo hacer algo, gano la apuesta. Y si resulta que hago algo pese a que no sirve de nada hacerlo porque no depende de mí, bueno, tampoco he perdido nada.

Como invitar a alguien que te gusta a tomar un café. El “no” ya lo tienes.

¡Exacto! El “no” ya lo tienes. Así que lánzate, prueba. O ganas o, en el peor de los casos, te quedas como estabas.

Manuel Arias Maldonado: “La humanidad tiene que ser indulgente consigo misma” 2
Manuel Arias Maldonado en las oficinas de Penguin Random House. | Foto: Borja Bauzá.

Pero regresando a los partidarios del decrecimiento. En lo fundamental –que hay que hacer algo– estáis de acuerdo. ¿Qué te chirría de su postura?

Las teorías que defienden el decrecimiento sostienen que el único curso de acción pasa por desmantelar la sociedad tal y como la conocemos. Primero, esa es una reacción desproporcionada. Y segundo: no vas a encontrar apoyo electoral en ningún sitio.

Pero los partidarios del decrecimiento sostienen que se nos acaba el tiempo y que hay que pisar el freno de inmediato. ¿Tú ves margen de maniobra?

Vamos a ver. ¿Tenemos una cantidad finita de recursos? Sí. Pero frente al pesimismo que dice que cuando se acaben esos recursos se han acabado y ya está, yo me pregunto: ¿por qué no vamos a poder ingeniárnoslas para multiplicar la productividad de esos recursos? ¿Quién te iba a decir a ti que el grafeno iba a ser utilizado para la tecnología? ¿Y cuántos años llevamos escuchando que el petróleo se va a terminar y no se termina? Sí, quizá se termine algún día, pero es posible que para entonces ya tengamos alternativas. La capacidad del ser humano para encontrar soluciones tecnológicas está suficientemente probada.

Es una postura esperanzadora. Sin embargo, el panorama actual –las renovables que no terminan de despegar, la crisis de las nucleares en Alemania, Donald Trump y su política medioambiental– invita a muchos decrecentistas a plantearse medidas drásticas. ¿A ti ese horizonte plagado de baches no te invita al pesimismo?

Invita al realismo. Una forma muy fácil de responder a esa objeción del horizonte plagado de baches es que el propio decrecimiento se encontraría con deficiencias en su aplicación práctica que dejarían en entredicho el ideal en el que se basa. Me estoy refiriendo, concretamente, a la ecotopía: ese sistema basado en pequeñas comunidades en el que todos viajaríamos menos, comerciaríamos menos y en el que nuestra convivencia con el medio ambiente sería mucho más armónica.

Un regreso al Paleolítico.

Ahí tienes a John Cerzan, que defiende que nunca hemos estado tan bien como en el Paleolítico. O al propio Yuval Noah Harari, que dice que la Revolución Neolítica fue un desastre para la humanidad. Pero no, no llega hasta ese extremo.

Lo que defienden quienes defienden la ecotopía es lo mismo que ya predicaba el socialismo primitivo del XVIII: una utopía romántica, de tintes rousseaunianos, que sobre el papel puede ser muy atractiva pero que en la práctica daría muchísimos problemas. Como digo, esa es la primera objeción que se le puede plantear al ideal decrecentista.

Una segunda objeción sería la cola de gente –sociedades enteras– que está esperando su turno para entrar a formar parte de la era del progreso y del desarrollo. Negarles esa posibilidad sería injusto. ¡Imagínate! Los occidentales hemos impuesto primero un paraíso tecnológico y ahora queremos pulirlo de un plumazo y apostar por la ecotopía.

En tercer lugar, no hay campaña política que pueda sostener una promesa electoral basada en tener menos y vivir peor. Es imposible. El propio fracaso político del ecologismo en su vertiente más catastrofista así lo atestigua. Lo que pasa es que es un discurso atractivo, a todos nos gusta leer sobre eso y Naomi Klein vende muchos libros. Pero en la práctica se estrella.

Hombre, puede haber elementos concretos de esa propuesta que sean viables. Tratar mejor a los animales, por ejemplo.

No creo que el decrecimiento tenga demasiado que ver con la política animalista. Es uno de los problemas que ha causado esa ideologización que te decía antes: convertir temas que no tienen ideología en posturas ideológicas. ¿O es que la simpatía hacia los animales es patrimonio exclusivo del votante del Partido Verde? ¿A los conservadores no les gusta un paisaje bonito? Es absurdo.

El ser humano no destruye la naturaleza o maltrata a los animales porque así lo desee; es un efecto colateral de otras cosas que va haciendo. Pero claro que hay que concienciar contra el maltrato animal y, en la medida de lo posible, evitar que determinadas tribus africanas piensen que los cuernos de rinoceronte tienen virtudes medicinales.

Lo que en el libro defines como Ilustración Ecológica.

Eso es. Y por lo tanto no entiendo que determinados temas tengan que estar ideologizados. Politizados claro que sí, porque deben estar en la agenda pública para que, entre todos, podamos plantear soluciones. Preservando, y esto es importante, los valores tradicionales de la sociedad liberal. No me refiero a la posición ultra liberal según la cual el crecimiento económico es un fin en sí mismo. A eso tampoco le encuentro demasiado sentido y John Stuart Mills estaría de acuerdo conmigo. Pero hay ciertos valores que deberíamos querer preservar, y que son básicamente la libertad, la autonomía y la igualdad, al tiempo que garantizamos unas condiciones materiales adecuadas para la humanidad. En este contexto el crecimiento económico es un medio, no un fin.

En el libro propones un sistema basado en la gobernanza global. Luego, en paralelo, estaría el debate público. Corrígeme si me equivoco, pero la sensación que transmite esa propuesta es que los líderes políticos podrían llegar a imponer el sacrificio de algunas comodidades personales en nombre del bien común. ¿Es así?

Es así. De todos modos, y antes de contestar, permíteme un matiz: conviene tener en cuenta que la sociedad tiene capacidad para auto-organizarse y que no todo tiene por qué estar legislado. En eso los liberales siempre han tenido razón. Te pongo un ejemplo: el desarrollo económico trae consigo una corrección de la maternidad en las sociedades pobres. Es decir, que la gente pasa a tener menos hijos. Y eso es positivo para el planeta. Por ahora solo África escapa a esta tendencia, pero en Asia, Europa y Latinoamérica la natalidad va a la baja. Seguirá creciendo durante algunas décadas, pero ya se vislumbra lo que los norteamericanos llaman el peak child, momento a partir del cual empezará a descender.

Y respondiendo a tu pregunta, lo que es innegable es que el Antropoceno es un efecto de especie; es la suma de muchísimas acciones individuales a lo largo del tiempo lo que provoca determinados efectos globales. Es decir: tenemos que ser conscientes de que nuestras acciones individuales, íntimas incluso, tienen una vida privada y una vida pública. Ducharse con agua caliente, tener hijos o conducir un coche es una acción privada. En un marco liberal, nadie debería pedirle cuentas a nadie por ello. ¿Qué pasa? Pues que si sumas todas las duchas calientes del mundo o todos los coches del mundo tienes un efecto global. Se convierte en un problema colectivo.

Entonces la pregunta sería: ¿podemos democratizar el Antropoceno?

Me lo pregunto constantemente. Existe un problema: la distancia entre magnitud del objeto –el cambio climático, por seguir con el mismo ejemplo– y la idea de unos individuos que deliberan y votan en su pequeño país. Por eso cualquier política climática debe ser geopolítica, global. Eso no quiere decir que las acciones locales no tengan importancia. La tienen. Pero es un asunto que requiere una perspectiva global. Y con esto vuelvo a tu pregunta anterior: someter a una votación ordinaria nuestras condiciones de supervivencia me parece una incongruencia.

El Antropoceno tiene dos dimensiones. La primera dimensión es la deseable; en qué sociedad queremos vivir refinando nuestras relaciones con el medio ambiente. La segunda dimensión es la indiscutible; qué sociedad necesitamos para sobrevivir. ¿Hay que cerrar la capa de ozono? Hay que cerrar la capa de ozono. ¿Podemos seguir utilizando los clorofluorocarbonos? No podemos seguir utilizando los clorofluorocarbonos. Así es como surge el Protocolo de Montreal, pensado para restringir un tipo de actividad que descubrimos en un momento dado que es dañina para el medio ambiente y que, además, compromete la habitabilidad del planeta.

El Protocolo de Montreal representaría, por tanto, la gobernanza global que defiendes. Sin embargo, lo establecido por el Protocolo de Montreal no sentó bien a todo el mundo.

Siempre habrá personas con intereses, o que sencillamente están acostumbradas a un modo de vida, que no toleran bien los cambios que les van a afectar en lo personal. Por eso protestan. Pero el tiempo ha dado la razón al Protocolo de Montreal. Lo que yo planteo es que tiene que haber una dimensión de la política climática sujeta a la gobernanza global; agencias medioambientales internacionales con representantes de los distintos gobiernos, por ejemplo, que aseguren que ciertos límites planetarios como la temperatura o la desertización no traspasan determinados umbrales. Una vez tengamos esos mínimos garantizados, podemos hablar de lo deseable. Es decir: podremos debatir sobre cómo queremos que sean nuestros entornos urbanos, qué queremos comer, cómo queremos que se trate a los animales que nos comemos, cuántos paisajes hay que preservar, cuánta naturaleza queremos conservar más allá de la que necesitamos conservar, etcétera. Pero sin supervivencia no hay deseabilidad que valga y por eso la voz de los expertos es fundamental. Y a veces ésta tendrá que comunicarse directamente con los organismos internacionales, al margen del debate público.

En el libro arrojas un dato curioso: dentro de unas décadas el 70% de la población mundial vivirá en ciudades. También dices, al respecto, que esto es una buena noticia para el planeta. ¿Qué lectura haces de la nostalgia hacia el mundo rural que parece recorrer la sociedad española?

La nostalgia por la vida en el campo, que muchos asocian a una vida más sencilla, es un clásico del pensamiento occidental y probablemente responda al subconsciente colectivo de una especie que viene de la sabana. Es, también, una expresión de nuestro disgusto ante las dificultades que presenta la vida urbana. Pero si tan bien se viviese en el campo, el campo no estaría quedándose sin gente. Esta contradicción me invita a pensar que estamos ante un anhelo más que ante una preferencia meditada. Por otra parte, yo siempre hago mucho énfasis en no asociar lo natural con lo natural-salvaje, o lo que los norteamericanos llaman wilderness. La naturaleza también se encuentra en las ciudades.

En Nueva York me sorprendió encontrar grupos de observadores de aves –birdwatching, como dicen allí– en Prospect Park, el parque gigantesco que tienen en el corazón de Brooklyn.

¡Y en el libro cito un paper sobre un grupo de observadores de aves en Filadelfia! Pero es que es verdad: si queremos seguir manteniendo la idea de naturaleza en nuestras vidas, y si queremos cuidarla, es necesario que no pensemos que la naturaleza se encuentra al margen de la sociedad. Lo que tenemos fuera de las ciudades será, en todo caso, naturaleza de otro tipo. El wilderness que comentaba antes.

Volviendo al despoblamiento del campo. ¿Es realmente tan positivo?

Abre ciertas oportunidades. Y es una gran noticia para aquellos ecólogos que defienden la necesidad de crear corredores continentales entre zonas naturales en los que no exista intervención del hombre; corredores que permitan a las especies vivir y transitar libremente. Edward Wilson, por ejemplo, sostiene que la mitad del planeta debería estar dedicado a este fin; no dice que haya que partir el globo en dos, sino que es menester crear una reserva natural cuya superficie equivalga a la mitad del planeta. Puede parecer una idea descabellada, pero no imposible dado el ritmo de urbanización al que vamos. El debate público va muy desencaminado: existe la impresión de que la humanidad no hace más que crecer cuando en realidad no es así. El otro día leí que Japón va a pasar de 126 millones de habitantes a 85 millones en los próximos 50 años. ¡El peak child! Esa reducción de la población y ese agrupamiento de seres humanos en contextos urbanos tiene virtudes ecológicas porque facilita la creación de espacios donde la naturaleza se recupera gracias a la ausencia del ser humano.

Termino. Argumentas que a más modernidad más posibilidades de que el Antropoceno resulte una buena época en lugar de una era plagada de catástrofes. ¿A qué te refieres con más modernidad?

Sobre todo, a la innovación tecnológica destinada a lidiar con asuntos climáticos. Lo que se conoce como “ingeniería del clima”, aunque personalmente no me sitúo en esa posición tan radical que argumenta que esa es la única opción capaz de contener y reducir el cambio climático. La tecnología es imprescindible, sobre todo aquellas iniciativas como la biomímesis –la imitación de determinados procesos naturales– que no caen en extravagancias como la de reducir nuestro tamaño para reducir, a su vez, nuestra huella ecológica. Pero no basta con la tecnología. Se requiere una perspectiva política, porque sin riqueza no vamos a ser sostenibles, y también el convencimiento de que no se puede entender el medio ambiente y la sociedad como figuras antagónicas, sino como parte del mismo entramado. El entramado socionatural.

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Nii Ayikwei Parkes: "Si creyera que hay una verdad absoluta no sería escritor"

Beatriz García

Dice Nii Ayikwei Parkes que el escritor debe ser una esponja, que cuando juzgamos perdemos de vista que hay infinitas perspectivas del mundo. Y él atesora unas cuantas… Nació en Londres, pero creció y vive en Ghana, un país tan diverso y lleno de historias que cada cual tiene la suya y hay que saber escucharlas, sobre todo las que cuentan los ancianos y los niños, que son pura expresividad.

Lo mismo que este novelista, músico y poeta, amante de las vivencias mínimas, de los detalles que esconden esas historias y que a menudo pasan desapercibidos.
Porque… Si esa mujer “flacaaa” no hubiera llegado a la aldea persiguiendo a un pájaro azul, ¿alguien habría notado la desaparición del cultivador de cacao Kofi Atta? ¿Y la masa informe y maloliente que encontraron en su casa y que no era humana ni se sabía su procedencia? Este es el misterio que debe resolver Kayo, el patólogo forense protagonista de ‘El enigma del pájaro azul’ (Club Editor, 2017), una novela criminal donde ciencia y magia vuelven a ser lo que fueron, reverso y anverso de lo mismo.
Con Nii Ayikwei Parkes hemos hablado a su paso por BCNegra’18, donde ha participado en la mesa redonda ‘Jazz, magos y excéntricos’ junto a los escritores Ray Celestin y Andrei Kurkov.

Naciste en Reino Unido pero creciste en Ghana, que son países culturalmente MUY diferentes  ¿Cómo afecta a tu escritura vivir en un país en el que se hablan más de 60 idiomas? ¿Somos el idioma que hablamos?

El idioma influye mucho en cómo piensas. Cualquier persona que hable catalán y español te dirá que piensa de manera diferente en ambos idiomas. Todas las lenguas han evolucionado por necesidad y están influenciadas hasta cierto punto por todo lo que nos rodea y a lo que estamos acostumbrados,  así que vemos el mundo de acuerdo a nuestra lengua. Nací en una casa en la que se hablaban al menos dos idiomas y cuando a los cuatro años nos mudamos a Ghana, jugaba con muchos chicos que hablaban otras lenguas y eso expande tu visión del mundo. Mi hermano, por ejemplo, hablaba un par de lenguas más que yo y cuando íbamos al mercado podía charlar con más gente y si nos insultaban se enfadaba mientras yo me reía. Nuestra vivencia era muy distinta. Un idioma articula el mundo, está inserto en una cultura que estamos experimentando y es muy amplia. Incluso cuando escribo sobre un personaje, este proviene de diferentes paletas de experiencias, personas que he conocido y perspectivas que enriquecen el texto.
Dicen que los jóvenes escritores no pueden escribir un buen libro porque su vida es muy corta, pero han visto mucho, sobre todo si has nacido en una familia numerosa de diez o quince hijos, sin ir más lejos. Son estos detalles…

En ‘El enigma del pájaro azul’ el protagonista es un patólogo que para resolver un misterio debe acudir a las historias de la gente de las aldeas, los cazadores, los brujos, los ancianos… ¿Estamos perdido la costumbre de escuchar la sabiduría de quienes han vivido más que nosotros?

Somos una generación cuya máxima autoridad es Google y Wikipedia, y las personas ya no hacen preguntas a los otros. Es más, calificamos a las personas ancianas de menos inteligentes por no saber utilizar la tecnología, pero lo que ellos saben no está en las redes y se ha creado un vacío de conocimiento.
Me he pasado la infancia escuchando a los adultos contar historias y me preocupa, pero lo mismo pienso en relación a los niños. Porque los niños pueden cambiar drásticamente la visión que se tiene sobre algo simplemente por la forma en que se expresan. Hay mucho que aprender tanto de los ancianos como de los niños.

Nii Ayikwei Parkes: "Si creyera que hay una verdad absoluta no sería escritor" 1

¿Cómo empezaste a escribir?

Cuando era niño tenía muy mal carácter y mi padre siempre se las ingeniaba para hacerme reflexionar antes de que me metiera en una pelea. Me decía cosas como que contase hasta diez y escribiese en una libreta los motivos y si había suficientes él me apoyaba. Y esa fue una de las formas en que empecé a escribir y descubrí que disfrutaba con ese proceso. Pero también ocurrió otra cosa que creo que influyó mucho en mi vocación de escritor: Mi padre era un gran lector y se levantaba a las cinco de la mañana para leer y yo me levantaba a la misma hora para pasar tiempo con él, pero como estaba leyendo no podíamos hablar. Así que me sentaba a su lado con un folio y un lápiz y escribía. Un día vio lo que andaba escribiendo y me dijo: “¡Eso es poesía!”, y puso nombre a lo que hacía.
Luego, en la escuela secundaria, en la época en que todo el mundo estaba enamorado, había un chico mayor que tenía varias novias y como nuestra caligrafía era parecida empecé a escribir por él algunas cartas de amor. Al tiempo escribía cartas para sus amigos y para todo el mundo a cambio de dinero.

“La historia pertenece siempre a sus protagonistas porque es su verdad”-Nii Ayikwei Parkes.

Escribes: “Si un relato es malo, la verdad se alarga como una rana aplastada por el coche”. ¿Existe una verdad? 

Creo que buscar la verdad sí es importante, pero creer en una verdad absoluta es peligroso porque todos tenemos perspectivas y debemos estar abiertos a ajustarlas continuamente. Como escritor eso es lo que hago, buscar la verdad en todas mis obras, pero si creyera que hay una verdad absoluta no sería escritor.

Kayo también busca la verdad a través de la ciencia y se encuentra con la verdad de las aldeas… 

Justo, esa es la metáfora. El patólogo forense busca la verdad en el cuerpo para poder explicar por qué alguien ha muerto. En el fondo, es un detective. Pero, además, Kayo es un científico y quería que tuviese una visión del mundo totalmente opuesta a la de la gente del pueblo.
En el pequeño contexto de Ghana y en otras sociedades también, la Policía es invisible en las aldeas y tiene una autoridad dudosa. Con Kayo, aunque la gente no esté de acuerdo con lo que dice, lo respetan porque sigue un proceso y los procesos son importantes en el campo, las personas saben que si cultivan de forma equivocada la recolecta no será buena. Mientras que la Policía solo reacciona a las cosas.

La aparición de una mujer que sigue a un pájaro azul dispara un misterio que bien podría haber pasado inadvertida. ¿Están las historias en estos pequeñísimos detalles?

Las historias tienen pequeños comienzos en los que a veces no reparamos. Por ejemplo, los británicos rechazaron lo que se decía del expresidente de Uganda Idi Amin simplemente porque sus generales jugaban al rugby con él y pensaban que era un buen tipo. Todas las historias empieza por detalles mínimos y eso es lo aterrador y maravilloso del mundo. Cuando decimos ‘si esta persona no fuera esto, ¿cómo la miraríamos?’ ¡De ahí nacen las historias? Y todas son diferentes dependiendo de la perspectiva.
Mis historias favoritas son aquellas en las que siento que no debería estar allí, como en las obras de García Márquez. De repente, todo ocurre y lo ves por primera vez y te sorprende. Lo mismo que amo como lector es lo que intento transmitir a los lectores cuando escribo, no trato de explicar todo lo que ocurre. Porque, como en la vida, las cosas simplemente suceden y no nos damos explicaciones de todo.
Una de mis premisas como escritor es que la historia pertenece a las personas que la protagonizan porque es su verdad. Ahora estoy trabajando en mi nueva novela, que se sitúa en un lugar que no existe y tiene como protagonista a alguien muy anciano, un árbol… Primero necesito crear la historia del lugar, la nutro de detalles, pero un simple detalle como que esté narrada desde la perspectiva de un árbol lo cambia todo: ¿qué ve un árbol? ¿cómo lo siente?

Hay escritores que escriben desde las entrañas y otros que son puramente cerebrales… ¿Desde dónde escribes tú?

Es una combinación de muchos lugares, porque es un proceso en el que hay reescrituras donde interviene el cerebro. Diría que escribir con las tripas tiene más que ver con el inconsciente, pero el subconsciente son todas las cosas que están ocurriendo a tu alrededor mientras escribes. A veces lees algo que has escrito hace un tiempo y reparas en que hay mucho verde y piensas: “¿qué me influyó en aquel momento?, porque no te das cuenta. Consiste en estar abierto a todo y la mejor manera de ser escritor es ser una esponja. Uno de los factores que me ha hecho mejor escritor a medida que he ido creciendo es no juzgar demasiado. Cuando eres niño y vas a la escuela te enseñan cómo deberían ser las cosas, pero eso no te hace buen estudiante, simplemente te obliga a juzgar(te) más y basas todo lo que sientes y piensas en lo que aprendiste en el colegio.
Por eso también me encanta charlar con las personas ancianas. En Londres dirigí un grupo de teatro de mujeres mayores filipinas y, aunque me pagaban muy poco, lo pasaba genial porque no juzgan, dicen lo primero que se les pasa por la cabeza. Y ese es el lugar en el que me ubico cuando escribo; quiero ser capaz de decir lo que es y no preocuparme ni detenerme por exceso de juicio.

En la novela escribes: “Una aldea es como una vagina”. ¿Qué papel tienen las mujeres en tu vida y tu obra?

Nací, obviamente, de una mujer. Mi padre fue criado por una mujer, mi abuela, que vivió con nosotros. Tanto él como yo pasábamos mucho tiempo en la cocina e incluso cocinaba mejor que mi madre. Las mujeres tienen mucho que ver con mi visión del mundo. También he leído muchísimo a Ama Ata Aidoo, como otros tantos jóvenes de mi generación, y es una gran inspiración para mí. Y lo mismo me ocurrió cuando leí a Mariama Bâ, despertó en mí diferentes perspectivas del mundo y ya no escribo ni leo de la misma forma.
De hecho, las mujeres africanas tenían mucho poder antes de la colonización y luego todo se volvió más patriarcal. Ese poder permanece en cómo hacen las cosas: en las familias de pescadores ellas son quienes venden el pescado y gestionan el dinero y sucede lo mismo en las familias de granjeros. Por supuesto que crecí en una sociedad donde la mujer es fuerte y eso ha influido mucho en mi obra, porque soy muy consciente e intento evidenciar el rol y el poder que tienen incluso cuando no son protagonistas.

África es un continente muy desconocido en Occidente y su literatura todavía más…

En cierta medida es un problema histórico y te das cuenta de ello cuando lees lo que han escrito o dicen de África desde Occidente. El Oeste no está interesado en aprender de nosotros, pero vienen a enseñarnos. Dicen: “No hay nada que aprender, es el continente ‘negro’”. Debemos aprender de todo y a eso me refiero con escuchar a los niños y a los ancianos. Si no tienes diferentes perspectivas no puedes estar abierto a las infinitas posibilidades que hay en esta vida.

¿Nos recomiendas algún autor africano?

El camerunés Mongo Beti; Mariama Bâ , de Senegal, y Noviolet Bulawayo estarían entre mis favoritos.

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Vandana Shiva: “Corporaciones como Monsanto corrompen a los Gobiernos"

Beatriz García

Foto: Cortesía Capitán Swing

¿Qué sabemos de los alimentos que comemos? Una pregunta cuya respuesta puede provocar mucho más que un dolor de tripas. Cada año mueren 222.000 personas en todo el mundo envenenados por los pesticidas, según la OMS. Las mismas sustancias químicas que se emplearon en guerras, como el Agente Naranja en Vietnam, se utilizan hoy para acabar con las plagas, y de paso con todo el planeta.

Así lo asegura la doctora en Física y activista medioambiental Vandana Shiva en el libro ‘¿Quién alimenta realmente al mundo?’ (Capitán Swing), donde urge a un nuevo modelo de agricultura más sostenible y local, en el que la mujer vuelva a tener un papel central. Asimismo, la activista india, que se ha convertido en el azote de las multinacionales, responsabiliza a la multinacional Monsanto de los suicidios de 300.000 agricultores en la India por el pago de patentes de semillas modificadas genéticamente.

¿Puede algo tan pequeño como una semilla haberse convertido en un arma de destrucción, enfermedad y hambruna? ¿Qué estamos sembrando en realidad?

Vandana Shiva: “Corporaciones como Monsanto corrompen a los Gobiernos"

Ha asesorado a muchos Gobiernos, entre ellos al del expresidente  Zapatero. ¿Cuál es el error más común que cometen?

La falta de respeto para las constituciones y leyes que se han escrito desde una sociedad democrática, porque se convierten en los esclavos del 1% de la sociedad y utilizan su dinero para financiar las campañas electorales. ¡Qué digo 1%! Quienes están robando nuestra economía y lo controlan absolutamente todo son muchísimos menos, el 000,1% de la sociedad. Quieren destruir la naturaleza quedándose todos los recursos, además de poseer las nuevas tecnologías. Si no fíjese en Trump, que es el primer presidente de la Inteligencia Artificial. Sus interacciones en Facebook se vendieron a compañías de algoritmos como Cambridge Analytics, que compilaron toda esta información y detectaron cuatro tipos de lenguaje de odio: el odio hacia las mujeres, hacia los negros, los musulmanes y los inmigrantes en general. ¡La IA y las redes sociales son el capital de un hombre que no tiene ningún tipo de experiencia política y gobierna el que dicen que es el país más poderoso del mundo! La piratería de los procesos democráticos es la nueva amenaza que tenemos en el futuro y han conseguido que una sociedad tan diversa como la nuestra se base únicamente en el miedo y el odio. Y los políticos siguen impulsando este sistema… Primero fue Estados Unidos y ahora está llegando a Europa, donde en Austria ya hay un presidente del odio y veremos cómo van a aparecer otras personas desconocidas que llegarán a la política con este tipo de mensajes. Debemos salir de este círculo vicioso y apostar por la humanidad y la diversidad para crear un futuro.

¿Ha recibido amenazas por su activismo?

Sí, recibí amenazas directas de Monsanto cuando los denuncié. Monsanto es la compañía más importante del mundo de semillas, pero no tenía nada que ver con ellas hace 20 años. No han creado ninguna semilla, lo que han hecho es modificarlas genéticamente y por eso dicen que las han inventado y compran todas las patentes. Ellos mismos son los que escribieron el acuerdo con la Organización Mundial del Comercio (OMC) para tener su monopolio, pero en 1991 hubo una revisión y empecé a trabajar en el Parlamento para que no se permitieran estas patentes. Una semilla no es una invención ni una máquina, sino una expresión regulada de un sistema vivo que se reproduce, se multiplica y se adapta. Cada vez que me interpongo en el camino de Monsanto recibo amenazas, pero lo relevante para todos es que esta nueva economía que dirige un 1% quiere poseer nuestros recursos y nuestras mentes, y lo siguiente será que nos digan qué tenemos que pensar. Pero tienen miedo, porque no puedes enfrentarte al 99% del mundo y no tener miedo, y ese miedo es el que genera los sistemas de vigilancia.
Lo que he aprendido en esta vida es que las plantas se autorregulan solas, si las sometes a químicos ocurre lo que en Estados Unidos, que la mitad de sus campos están cubiertos de superhierbas. Lo que busca ese 1% es el control de la política y de la democracia representativa a través de mensajes falsos como los de Trump. Tenemos que recuperar la capacidad de pensar por nosotros mismos y nuestra libertad.

Quizás quien mejor lo comprende es quien lo ha padecido ya. Me refiero a la revolución verde del Punjab, que usted investigó en los años 80, y esa segunda revolución verde de los transgénicos. ¿Con la violencia se siembra?

Se dice que la revolución verde empezó en Punjab, pero no fue una revolución, lo que se hizo fue introducir productos químicos en la agricultura por una imposición de los Estados Unidos y el Banco Mundial. Sí, el presidente Johnson, la Fundación Rockefeller y la Fundación Ford forzaron a la India para que aceptase la introducción de químicos cuando el país era próspero. Yo me licencié en Ciencias Físicas en Punjab en 1973 y hacia el final de la década había mucha violencia. Entonces la revolución verde recibió un Premio Nobel con el argumento de que era lo que traería la prosperidad pero, ¿sabe lo que querían? Lo que no querían, en realidad, es que India fuese hacia el ‘rojo’ de China, ese era su gran temor, y el color verde no tiene nada que ver con la ecología. No había ningún movimiento ecológico detrás, simplemente un color distinto. Y recibieron un Nobel de la Paz cuando en Punjab había una guerra, en una tierra en la que murieron 30.000 personas por culpa de esos movimientos. Entonces me empecé a preguntar qué era lo que había pasado, por qué la gente estaba en contra. Los agricultores me dijeron en una reunión: “Si no podemos decidir qué cultivamos –porque les forzaban a cultivar arroz y trigo-, ni tampoco cómo lo hacemos y nos obligan a utilizar químicos, si ni siquiera podemos decidir el precio de venta, estamos en un modelo de esclavos”.

Pero la violencia de los transgénicos la encontramos a muchos más niveles: Todos los sistemas vivos se autorregulan y las semillas también, y una de las primeras violencias es reducirlo todo a un gen; no puedes decir que has creado una planta por haber modificado un gen. En India las leyes no permiten crear patentes para las semillas, pero Monsanto continua pidiendo regalías a los agricultores y ellos no tienen dinero. Les dicen que si firman un papel serán multimillonarios, pero el documento lo que dice en realidad es que la tierra será de la corporación si no pagan, y cuando pasan un par de años se acaban quedando con su tierra y el agricultor se suicida porque no puede pagar. Ya se han suicidado 300.000 agricultores en India por culpa de Monsanto.

Cuando asesoré a Zapatero hubo una época en que el Ministerio de Medioambiente no podía tomar sus propias decisiones porque estaban manipulados por la industria de los transgénicos.

Otra forma de violencia es la que se ejerce contra la naturaleza. Las corporaciones decían que iban a hacer milagros, como cultivar alimentos en el Sáhara, pero lo que tenemos son cultivos BT, que contienen pesticidas que matan a los insectos polinizadores de las plantas. Ya han matado al 66% de los organismos que vivían en las tierras algodoneras; también han matado abejas y han surgido patógenos en la comida de los animales, también los pájaros empiezan a morir. En Argentina hay bebés que tienen diez veces más cáncer que antes, y en Honduras y Sri Lanka ocurre lo mismo con los trastornos de hígado. No solo se destruye el planeta, sino también la salud.

¿Por qué si la Organización Mundial de la Salud (OMS) dice que los transgénicos son perjudiciales sigue produciéndolos Monsanto? Han destruido a todos mis amigos científicos que trabajaban para el Gobierno, les han robado las tierras. Se han cargado todas las instituciones científicas y esa es la mayor de las violencias, la que atenta contra la ciencia y la democracia.

Nuestras estructuras están diseñadas para proteger la salud y el medioambiente, pero Monsanto corrompe a los Gobiernos. Cuando asesoré a Zapatero hubo una época en que el Ministerio de Medioambiente no podía tomar sus propias decisiones porque estaban manipulados por la industria de los transgénicos.

Dice en el libro que las agroquímicas trajeron la guerra a los campos, que los productos que se utilizaron primero para matar personas, como el Agente Naranja en Vietnam, se usaron luego como pesticidas. ¿Acaban con las plagas o ellos mismos son ‘la plaga’?

La industria de los pesticidas dice que todos los insectos deben ser exterminados, pero la naturaleza es capaz de controlar las plagas a través de la diversidad sin necesidad de químicos. Si planto nueve cultivos distintos, esas diferentes plantas alimentarán a los diversos insectos y mantendrán el equilibrio ante los depredadores. Lo que significa que un insecto no se convertía en plaga porque se controlaban entre ellos. Cuando devolvemos materia orgánica al suelo y reciclamos semillas, las plantas tienen más resistencia a una plaga.

Hemos realizado muchos estudios y prueban que si empleas fertilizantes químicos la planta tienen más agua y las plagas pueden atacar, se generan mayores plagas en tanto la materia orgánica las reduce. En segundo lugar, las plantas tienen un mecanismo de control de plagas que consiste en que cuando un insecto ataca a una de ellas, suelta una sustancia que afecta a las demás plantas, es decir, construye su inmunidad. Porque son inteligentes, tienen sobrada resistencia a las plagas. Y ocurre al contrario con los pesticidas y el veneno que tienen los transgénicos, las plantas se vuelven vulnerables y las plagas se hacen más resistentes y se incrementan.

Sostiene que, al contrario de lo que nos hacen creer, no son la agricultura industrial ni las grandes corporaciones con sus monocultivos las que alimentan el mundo, sino las mujeres. ¿Por qué es tan importante su papel como agricultoras?

Las mujeres fuimos las primeras científicas agrícolas antes de que la división del trabajo acabase dando lugar a la agricultura del colonialismo, de los bienes de consumo y las grandes producciones, que quedaron en manos de los hombres y hoy se considera la única agricultura. Y de esa forma la agricultura de las mujeres quedó en el ámbito de lo invisible; de hecho, ellas mismas fueron invisibilizadas. Pero es en estas pequeñas granjas gestionadas por mujeres con conocimientos reales de lo que es la biodiversidad, de las semillas y de la tierra que trabajan, donde se producen alimentos reales y con valor nutritivo. Y le pondré un ejemplo: He visto como solo en un 5% de la tierra labrada por mujeres nigerianas se producía el 50% del alimento de la región y el resto se dedicaba a la comercialización. Algún día debería ser el modelo agrícola principal en todo el mundo.

¿Existe un vínculo entre la violencia contra la mujer y la violencia ‘sembrada’? Se lo pregunto porque en su libro menciona la proliferación de abortos selectivos en regiones de la India donde abundaban cultivos transgénicos.

En los años 80, cuando estaba realizando un estudio sobre la revolución verde en el Punjab había muchos anuncios sobre la selección del sexo de los niños. Mi hermana, que es médico, fue nombrada por el Gobierno para que formase parte de un comité que iba a redactar leyes para prohibir los abortos selectivos. Llegaba a casa con mapas donde habían asesinado a las mujeres antes de nacer y comprobamos que ocurría en las mismas zonas donde tenía influencia la industria agroquímica. ¿Por qué? Porque en los sistemas agrícolas pequeños la mujer tiene un papel relevante en el trabajo, pero la industria agrícola la sustituye por máquinas y la devalúa como mano de obra. Ya no la necesitan. Pero es incluso peor, porque cuando cultivas para la propia nutrición tienes en cuenta que todos los seres tienen derecho a la vida, lo que no ocurre con la agroeconomía donde solo el comercio tiene valor y el alimento pasa a ser un bien de consumo.

Y al final esta perspectiva de comercialización entra en tu pensamiento y la mujer pasa a ser un sexo que podemos desechar. Una vez una mujer me dijo: “Si puedo elegir el color de mi sari, ¿por qué no puedo hacer lo mismo con el sexo de mi hijo?” Pues bien, hay unos 35 millones de niñas indias que no han podido nacer y en las aldeas que padecieron la revolución verde no hay niñas, tienen que comprarlas del Nepal, de Bangladesh. ¡Ahora se comercializan las niñas! Son círculos viciosos que no paran de reproducirse.

Usted fue una de las principales promotoras de la creación de bancos de semillas en la India y la preservación de la biodiversidad y la agroecología. ¿Qué podemos hacer los ciudadanos para crear comunidades alimentarias?

En cualquier lugar donde se puedan cultivar alimentos debería hacerse. Fíjate en la cantidad de alimentos que importamos de otros países cuando podríamos cultivar en lugares comunes, en las ciudades, incluso en balcones. Todas las ciudades deberían tener su propia adaptación. Puedes escoger entre alimentarte con tóxicos e importar o cultivar alimentos de forma localizada, en tu ciudad.

Creo que el urbanismo debería integrar la planificación de alimentación, incluyendo los mercados, el cultivo de cercanía… Empezar por lo pequeño sin destruir la agricultura y nuestra salud.

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