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El ingeniero que quiere conectar tu cerebro a internet

Redacción TO

Foto: Metro-Goldwyn-Mayer

Es el sueño definitivo del hombre. Alcanzar la inmortalidad. Aunque sea renunciando al propio cuerpo si, con tal de mantener la consciencia, podemos sustituir las venas por cables, los órganos por chips y los recuerdos por series binarias de unos y ceros. Que nadie se frote las manos: la idea es solo eso, una idea. Pero el planteamiento es un campo de estudio, aunque muy limitado por ahora, en expansión. La ambición presente no es tanto alcanzar la inmortalidad, algo reservado para una tecnología mucho más avanzada que la actual, como encontrar la forma de mudar nuestra consciencia desde el cuerpo a la máquina a través de internet. De lo biológico a lo mecánico.

El último en dar un paso para avanzar en esta línea de investigación es el bioingeniero sudafricano Adam Pantanowitz, que pertenece a esa estirpe de jóvenes genios autodidactas con ideas revolucionarias. Este investigador de la Universidad de Wits, en Johannesburgo, ha desarrollado una tecnología que ya ha logrado conectar, aunque de manera muy primitiva, el cerebro a internet. Brainternet, como ha bautizado su creación (brain significa cerebro en inglés), es una interfaz que concibió hace cuatro años, informa Ozy, y que ha hecho realidad recientemente con la ayuda de dos estudiantes de ingeniería biomédica. ¿La innovación? Brainternet ha conseguido transformar las ondas cerebrales en señales digitales y enviarlas a la web. Es decir, ha dado el paso de lo psicológico a lo digital. Es la primera vez que esto se consigue, según Pantanowitz.

¿Y qué sentido tiene hacer este cambio? ¿Qué utilidades tiene transmitir parte de nuestra consciencia por correo electrónico? Muchas. Por ejemplo, si una persona epiléptica está conectada a Brainternet, podría predecir cuándo sufrirá su próximo ataque para poder ir a urgencias unos minutos antes. De la misma manera, si alguien está en peligro en algún lugar y necesita ayuda, podría alertar a una persona de confianza sin necesidad de que esté físicamente presente.

¿Qué puede saber una máquina de nosotros?

Utilizando Brainternet, una suerte de casco similar al de un encefalograma, Pantanowitz y sus colegas han conseguido enviar las señales cerebrales a un servidor online que logró descifrar “cuándo una persona estaba levantando el brazo derecho, o levantando el brazo izquierdo, y la pantalla no solo reflejaba las señales sino también información sobre qué actividad estaba haciendo” la persona, ha explicado a Ozy el bioingeniero. Y lanza una predicción: “De la misma manera que los teléfonos móviles o los aparatos de aire acondicionado pueden tener direcciones IP, una persona podría estar conectada a internet con señales biológicas”.

Ese es solo el primer paso para una tecnología que todavía el propio Pantanowitz considera distante: que este dispositivo funcione a la inversa. Es decir, que sea posible descargar datos de internet directamente a nuestro cerebro. Lo cual lleva a otra realidad aún más distante: la inmortalidad digital. Fusionar mente y máquina y trasladar todos los datos cerebrales de una persona (sus recuerdos, sus ideas…) a un aparato. Por inquietante que suene, el debate está sobre la mesa. Elon Musk, el hombre detrás de Tesla y SpaceX, está investigando en este campo mediante otra de sus empresas, Neuralink. Y esta posibilidad presenta no pocos problemas. En el momento en el que decidamos conectar nuestro cerebro a internet, un hacker lo suficientemente entrenado podrá fácilmente leer, robar o incluso modificar nuestra actividad cerebral.

Y las implicaciones éticas no son menores: ¿dónde empieza la máquina y dónde termina la persona? ¿Qué parte de la identidad se perdería al sustituir la carne por el metal? Ciertas necesidades que mueven de manera capital la vida de los seres humanos derivan del hecho de que vivimos en un cuerpo. La satisfacción de comer o el bienestar que produce el contacto físico con otro ser humano son solo algunas de las dimensiones a las que tendría que renunciar una persona que quisiese vivir como una máquina.

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Jorge Raya Pons

Foto: Jorge Raya
The Objective

La presencia de Sony –la gran productora musical– está en todas partes: en esta pequeña esquina de la tercera nave de Fitur, a la que se llega después de atravesar las paradas de color y lujo de las capitales turísticas de América, se exponen las propuestas de los festivales de las que presume con orgullo la organización. Aquí no hay festivales de cine ni teatro ni danza y sí, casi en exclusiva, de música de todos los géneros: rock pesado, electrónica, jazz, folk.

La propia organización de la feria justifica con datos el dominio de los espectáculos musicales: se trata de un sector que crece sin pausa en España y que, solo con sus 10 principales eventos anuales, reúne a 1,6 millones de visitantes que generan en torno a 400 millones de euros. Así, se pueden descubrir destinos interesantes que se distribuyen en unas pocas ubicaciones estrictamente nacionales: sorprende que en esta feria internacional no hayan desembarcado propuestas extranjeras.

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El escenario de la sección de Turismo de Festivales, en la nave 3 de Fitur. | Foto: J.R./The Objective

Castellón

El stand de la Comunidad Valenciana es de los más visibles, y su oferta de ocio y espectáculo se limita -casi por completo- a la provincia de Castellón, donde no hay semana de verano en la que no se celebre un festival. El más icónico de ellos es el FIB, que tiene lugar en Benicàssim, un pueblo de costa a menos de 15 kilómetros de la capital. Tendrá lugar entre el 19 y el 22 de julio y cuenta con la única confirmación oficial de The Killers.

Por otra parte, surgen planes absolutamente distintos, donde prima la pausa. En la misma provincia, en las cuevas de Sant Josep –por las que recorre el río subterráneo más largo de Europa–, en la Vall d’Uixò, se celebran conciertos bajo el nombre Singin’ in the cave a los que solo se puede acudir en bote con un aforo limitadísimo: las fechas son esporádicas entre junio y agosto y hay confirmaciones como Nick Garrie o Sr. Chinarro.

Barcelona

El Rockfest es el principal reclamo. Inés Quintana, organizadora del evento, bromea con que nunca antes hubo tantos melenudos en la Sagrada Familia. En la próxima edición, que tendrá lugar entre el 5 y el 7 de julio, se esperan actuaciones de Kiss, Scorpions, Judas Priest y Ozzy Osbourne –líder de Black Sabbath–, entre otros.

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El stand de la promotora RockAndRock en Fitur. | Foto: J.R./The Objective

Y dirigido a otro público y con un concepto completamente distinto, tendrá lugar el Barcelona Beach Festival, que concentrará una maratón de electrónica en un solo día –14 de julio– en el que pincharán DJs tan conocidos como David Guetta o Armin Van Buuren.

Jaén

La provincia andaluza enmarca dentro de la iniciativa Jaén en Julio distintas opciones, todas ellas musicales, y destaca el Blues Cazorla, un festival que sus organizadores destacan como el más importante de este género fuera de los Estados Unidos. Tendrá lugar entre el 12 y el 14 de julio en el corazón del pueblo jienense.

Gran Canaria

Las islas Canarias lanzan propuestas diversas, desde circuitos de surf hasta festivales folclóricos, pero nada alcanza la cumbre en Las Palmas de Gran Canarias como su Carnaval, que comienza tan pronto como el 26 de enero y que concluirá el 18 de febrero. No son unas fiestas cualquiera: están declaradas bienes de Interés Turístico Nacional –en un país como España, que recibió a 82 millones de turistas en 2017– y llena las calles con sus desfiles multitudinarios de colores y máscaras.

Tenerife

Una propuesta distinta llega desde la isla de Tenerife. La Tenerife Fashion Weekend, que combina el paisaje paradisíaco de las playas de Arona con las pasarelas en las que desfilarán algunas de las principales firmas nacionales, despierta mucho interés. El objetivo del municipio es diferenciarse como un destino más exclusivo, con visitantes de mayor poder adquisitivo.

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Enoturismo en Chile: una oportunidad de desarrollo y crecimiento

Lidia Ramírez

Chile está de moda. Tierra de contrastes, en ella se encuentra uno de los desiertos más secos del planeta, como el desierto de Atacama, así como una de las zonas más fría de la Tierra, la Antártida. Este pasado 2017, además, el país sudamericano recibía por segundo año consecutivo el premio al Mejor Destino de Turismo de Aventura, concedido por los prestigiosos premios de turismo World Travel Awards.

Todo esto se promociona en el stand de llamativos colores naranjas y azulados dedicado al país en el pabellón 3 de Ifema, donde hasta 21 de enero se celebra la Feria Internacional de Turismo (Fitur). Música popular chilena suena para amenizar el lugar donde a los visitantes se les agasaja con un vino de la tierra.

Porque, ¿qué mejor forma que conquistar a un potencial turista que con un buen vino acompañado de buena música y ambiente? Y es que teniendo en cuenta que Chile ocupa la cuarta posición en el ranking mundial de países exportadores de vino, por detrás de España, Italia y Francia, y que más de 150 países del mundo consumen vino de este país, se puede decir que buena parte de esta conquista está lograda.

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Stand de promoción turística de Chile en Fitur 2018. | Foto: L.R. / The Objective

Sin embargo, el sector enoturístico de Chile no es suficientemente conocido e internacionalmente carece de un posicionamiento relevante. Por ello uno de los grandes retos al los que se enfrenta este sector es el fomento entre establecimientos empresariales, asociaciones y entidades públicas en torno a una marca global. “Tenemos mayor reconocimiento del vino, que del turismo y el vino. Por eso estamos haciendo esa ligación y esa estrategia de comercialización entre la industria del vino y el turismo”, apunta a The Objective Javiera Montes, subsecretaria de Turismo de Chile. “Hay otros países mucho menos conocidos en el mundo por su vino, y sin embargo son más reconocidos por el enoturismo. En este punto, todavía tenemos mucho que hacer”, insiste.

No hay duda de que este tipo de turismo es una oportunidad de crecimiento para un país que en 2017  batió un nuevo récord de visitantes, un total de casi 6.5 millones de personas, lo que representó un alza de 13,3%, respecto de 2016, nos informan desde el ministerio de Turismo del país. Y es que el turista vitivinícola es un turista con un valor añadido, “normalmente son personas con alto poder adquisitivo”.

Con más de 340 bodegas abiertas al público, 1.000 kilómetros de viñedo y 78 viñas –según datos de 2016– vinculadas a este mercado (alrededor de 270 no reciben turistas) hacer que estas dos industrias se conozcan es una de las “grandes fallas”, señala Montes, que hasta ahora ha tenido el sector enoturista en Chile. Por ello, sus esfuerzos en estos últimos años se han centrado en desarrollar rutas enoturistas –hasta el momento once– para promocionar este sector. Estos recorridos transcurren por los principales valles del país donde encontramos centenarias cepas, como la ruta del vino del Valle de Elqui o del Valle del Limarí, ubicados en la región vitícola de Coquimbo; o rutas  por los valles de Valparaíso y del Maipo, este último la región vitivinícola con mayor oferta de viñas abierta al turismo.

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Viñedo en Alto Maipo Viña Undurraga. | Foto: Wikipedia

De esta forma, si en los últimos años unos 600.000 visitantes –30% internos , 60% internacionales– llegaron a alguna de las 78 viñas abiertas al turismo, para el 2020, según la subsecretaria de Turismo, el objetivo es aumentar en un 40% el número de turistas de viñas además de “abrir más viñas al turismo”.

Amante del vino tinto, Javiera Montes señala que la producción de vino en el año 2017 alcanzó los 949.000.000 litros, de los cuales 805.000.000 corresponden a vinos con denominación de origen. Las variedades más conocidas son la Carmenere, Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc, Cot, Merlot y Verdot.

Y es que como señalaba el presidente de la Cámara de Comercio de España, José Luís Bonet, durante la conferencia ‘El Futuro del Enoturismo’, “el vino no es solo un placer líquido, es paisaje, es territorio y es nación”. Un gran tesoro de la naturaleza que forma parte del alma y la personalidad de un país.

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Nahuel Pérez Biscayart, actor de '120 pulsaciones por minuto': "Los jóvenes tratan el sida como algo del pasado"

Néstor Villamor

Foto: Céline Nieszawer
Avalon

Nahuel Pérez Biscayart está sorprendido: “Hoy las generaciones más jóvenes tratan el sida como si fuera algo del pasado”. Habla sin enfado pero con contundencia. “Conozco casos de gente joven a la que, de golpe, diagnostican y uno dice: ‘Guau, ¿cómo puede ser que después de tanto trabajo, después de tantas muertes, tanta lucha dada no haya disminuido?'”. La lucha a la que hace referencia es la que retrata 120 pulsaciones por minuto, una película sobre la crisis del sida en Francia en los años 90 que llega este viernes a España después del éxito amasado en la cartelera gala. Protagonizada por Pérez Biscayart y ganadora del Grand Prix, del premio FIPRESCI y de la Queer Palm en la pasada edición del Festival de Cannes, es el tercer largometraje de Robin Campillo, una de las revelaciones del cine francés actual.

“Era un tema que él había vivido, que el coguionista también había vivido, que el productor también había vivido”, cuenta el actor argentino, que tuvo que “afilar” su francés para este trabajo. “Entones uno empieza a decirse: ‘Esto es una historia que tiene detrás a un grupo muy tocado de manera íntima'”. Porque además de director de La resurreción de los muertos (2004) y de Eastern boys (2013), Robin Campillo también fue militante en los 90 de ACT UP-París, organización que centra 120 pulsaciones por minuto. Fundada a finales de los 80 como respuesta al silencio con el que François Mitterrand trataba las más de 2.500 muertes que anualmente dejaba la enfermedad en Francia, la entidad se propuso ponerle cara a la epidemia.

“Silence=Death” (Silencio=Muerte) era el eslogan que se podía leer en las camisetas de los activistas de ACT UP-París durante su primer die-in, una protesta en la que los militantes se se tumbaban en la calle fingiendo estar muertos a modo de reivindicación, de súplica y de doloroso presagio. No fue el único momento en el que la organización intentó llamar la atención sobre el problema que estaba causando el virus. Sus actos incluyeron colgar una pancarta en la catedral de Notre-Dame como crítica a la Iglesia Católica y envolver el Obelisco de la Concordia de París con un inmenso condón rosa para promover el uso del preservativo.

Es un ambiente que refleja 120 pulsaciones por minuto, cuyos personajes asaltan un laboratorio farmacéutico al grito de “Asesinos” para protestar contra la inacción de la compañía. Pérez Biscayart, que interpreta a Sean, rechaza la palabra “radical” para describir el funcionamiento de ACT UP-París. “Decir ‘radical’ a un grupo de personas que pintaba las paredes con sangre artificial me parece radical. Considerar que el valor material de una pared tiene más valor que una vida humana me parece radical”.

“Fuerza, sutileza y delicadeza”

120 pulsaciones por minuto despertó el interés Pérez Biscayart desde el principio. “Leí un guion que tenía una fuerza y un nivel de sutileza y de delicadeza en los diálogos y en la construcción que me dejaron muy sorprendido. Me emocioné al leerlo, me reía, me pasaban cosas que raramente pasan cuando uno lee guiones”. Porque además de la esfera política, la cinta gira también hacia lo íntimo con una historia de amor en los tiempos del sida que aligera, con una pincelada de romanticismo, la película, en sí misma una fuente de conocimiento prácticamente inaccesible en aquellos años 90 que retrata el drama de Robin Campillo.

Pero a pesar de la información, disponible -ahora sí- en títulos como 120 pulsaciones por minuto, las muertes siguen ocurriendo. De ahí la sorpresa de Pérez Biscayart, que, como Sean, mira hacia la política: “El rol del Estado es todo en estos asuntos. Cuando hay una voz ahí muy fuerte que expande conocimiento e información a la población y que la educa, esas personas tienen la libertad de cuidarse, de saber y de protegerse”.

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Puigdemont 'reloaded'

José María Albert de Paco

Foto: PASCAL ROSSIGNOL
Reuters

Ojalá la Mesa del Parlament no acepte el voto delegado de los diputados fugitivos. No ya porque de ese modo el órgano rector se estaría ateniendo a lo que disponen los letrados, sino porque, además, ello propiciaría que Puigdemont intentara personarse de incógnito en la Cámara el día de la sesión de investidura.

Lo publicaba ayer El Confidencial, y por mucho que el procés nos haya acostumbrado al esperpento, la noticia merece un ¡paren máquinas!: “(Según fuentes conocedoras de los movimientos de Puigdemont, éste se plantea) acceder camuflado al Parlament el día de la investidura”. Sería, prosigue el diario, una de sus “únicas opciones de repetir al frente del Ejecutivo y evitar el desgaste de un destierro casi perpetuo en Bélgica”.

Dado que el presidenciable ya lleva la peluca de serie, cabría esperar de él un redoble de audacia. Que se disfrazara, por ejemplo, de Inés Arrimadas, aun a riesgo de que en la confusión tuviera que corresponder a un achuchón de Xavier Cima, al que apenas sorprendería el súbito acento tractoriano de su esposa, al cabo un caso milagroso de integración.

Sí, la peculiarísima voz de Puigdemont, ese orfeón de gallos, haría sospechar al más crédulo, pero si Jack Lemmon y Tony Curtis lograron dar el pego, cómo iba a ser menos nuestro Fantomas de Amer. Y si no de Arrimadas, de Mayka Navarro, mímesis que acaso comportara que, sin comerlo ni beberlo, el Puchi fuera reclamado para intervenir donde Ana Rosa.

Bien pensado, no habría nada más infalible que la treta Espartaco, a saber: que todos los diputados soberanistas se hicieran pasar por Puigdemont, lo que permitiría al genuino camuflarse entre ellos, o sea entre sí mismo, obrando así el prodigio de quebrar, al tiempo que la ley, la gramática. Y desvelando, de paso, el único sentido posible de eso que llaman ‘una sola Catalunya’.

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