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El ocaso de Manuel Noriega, el último hombre fuerte de Panamá

Tal Levy

Foto: John Hopper
AP Images / Archivo

Desencadenó una de las más grandes movilizaciones militares estadounidenses desde la guerra de Vietnam. No en vano le llamaban “El hombre fuerte de Panamá”. Manuel Antonio Noriega pasó de ser aliado de la superpotencia a enemigo acérrimo, de colaborador habitual de la CIA a perseguido por la DEA, de general que detentó el poder entre 1983 y 1989 a un reo más, del último dictador que tuvo Centroamérica a condenado durante décadas por narcotráfico en Estados Unidos, por blanqueo de dinero en Francia y por violaciones de los derechos humanos en el país que lo vio nacer el 11 de febrero de 1934.

¿El malo de la película? No es quizá la mejor hora, aún tibio su lecho de muerte, de retomar este tipo de cuestionamientos, aunque lo cierto es que así aparecía en el videojuego que para el 2014 llegó a ser el más popular de todos los tiempos, con su sobredosis de sangre, de violencia.

El ocaso de Manuel Noriega, el último hombre fuerte de Panamá
Captura de pantalla de Call of Duty: Black Ops II.

En vida, alegando daño de imagen al ser presentado como un criminal, Noriega demandó a Activision, creador de Call of Duty: Black Ops II, con la ayuda de Girardi Keese, una de las firmas de abogados que ganó el caso Erin Brockovich (inspirador del filme protagonizado por Julia Roberts), aunque no corrió con igual suerte pues su acusación fue desestimada por la Corte Superior del condado de Los Angeles.

Ya 27 años han trascurrido desde el despliegue militar de Estados Unidos en Panamá que derrocó su gobierno de facto y todavía hoy se desconoce el número exacto de víctimas. Era 1989 y estaba próxima la Navidad. Meses atrás habían quedado las elecciones anuladas, que parecían darle la victoria al opositor Guillermo Endara, respaldado por Washington, pero no así la designación de Noriega como jefe de Gobierno con poderes extraordinarios y la declaración del país en estado de guerra con EEUU.

De pronto, el 20 de diciembre, unos 25.000 soldados fueron movilizados en una operación orquestada por el presidente estadounidense George Bush, a quien conoció hacia 1976, cuando el uno encabezaba la Agencia Central de Inteligencia o CIA y el otro, el Servicio de Inteligencia o G-2 panameño, lo que supondría el estar en contacto permanente.

Entre Washington y La Habana

Los lazos con Washington se forjaron en la década de los cincuenta, cuando Noriega ingresa gracias a una beca en la Escuela Militar de Chorrillos, en Perú, donde la CIA le reclutó como informante sobre las actividades de los grupos de izquierda. De origen humilde y enfrentado desde pequeño a la orfandad, tras el abandono de su padre y la temprana muerte de su madre, “Tony”, como era llamado, fue criado por una tía, su “mamá Luisa”.

Al volver a Panamá formó parte de la Guardia de Honor en una carrera militar en claro ascenso, tanto que fue pieza clave del general “todopoderoso” Omar Torrijos, tras cuya muerte en 1981 en un misterioso accidente aéreo Noriega llegaría a ser “el hombre fuerte de Panamá”.

De teniente coronel a general y a comandante en jefe de la Guardia Nacional. Ambicionaba llegar a lo más alto. Ya en los tiempos en que estudiaba bachillerato en Ciencias en el Instituto Nacional, conocido como Nido de Águilas, comentaba sobre sus aspiraciones presidenciales.

“Había sido impactado por las promesas del ideario socialista, y con otros compañeros formó parte del grupo que seguía las lecciones de sociología del profesor Demetrio A. Porras, secretario general y fundador del Partido Socialista de Panamá”, revela La Estrella de Panamá.

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Noriega junto a Manuel Solís Palma. Palma fue Presidente desde el 26 de febrero de 1988 hasta el 1 de septiembre de 1989 bajo el mando militar de Noriega. | Foto de archivo de Reuters.

Pues bien, logró detentar el poder con su mano dura, pero no por mucho tiempo porque el mismo año en que sería derribado el muro de Berlín bombas y cohetes cayeron sobre Panamá, sobre su cuartel general.

El objetivo declarado de Washington: capturar a Noriega, que ya un año antes había sido acusado de narcotráfico en un tribunal federal y de poner en peligro la seguridad nacional.

De este modo se sellaba la ruptura definitiva con quien había colaborado actuando como mediador ante el régimen de Fidel Castro para aliviar las tensiones derivadas por la invasión estadounidense de Grenada en 1983, pero también con quien, ante la ofensiva de Ronald Reagan contra las guerrillas izquierdistas de América Central, se había negado a apoyar los intentos por debilitar al gobierno sandinista de Nicaragua, a servir de escudo anticomunista en la región.

El rock como arma de tortura

¿Invasión o Causa Justa, como fue llamada la operación? La opinión pública mundial tenía tela que cortar. Por un lado, los panameños finalmente se libraban del último general del régimen militar instalado en 1968 por el golpe de Estado que lideró Torrijos; por el otro, movimientos de izquierda, tan proclives a contradicciones como las que décadas después reaparecían en apoyo al régimen de Hugo Chávez en Venezuela, le endilgaron a él, Noriega, que encabezó un gobierno dictatorial, el calificativo de “comandante de la dignidad latinoamericana”.

Sin duda, sectores de la izquierda latinoamericana se dejaron cautivar por ese militar que blandiendo en lo alto un machete lanzó a fines de los años ochenta arengas antiestadounidenses, antiintervencionistas, pero olvidando que era el mismo que creó los “batallones de dignidad”, milicias que hoy también recuerdan a los civiles armados por el gobierno chavista en Venezuela con el oficio de amedrentar y arremeter contra la oposición.

Estados Unidos consiguió que Noriega se entregara para comparecer ante la justicia, pero los métodos para convencerle fueron poco convencionales o, quizá más bien, demasiado ordinarios.

Largos días y sus consiguientes noches tuvo que enfrentar una insospechada guerra, ésta psicológica: obligado a oír incesantemente canciones de rock, género musical por el cual sentía una aversión más que conocida.  “Welcome to the jungle”, de Guns N’ Roses, se convertiría en el primero de esos inusuales tormentos, entre los que habría piezas desde un Jimmy Hendrix hasta una Linda Ronstadt, emitidas a todo volumen desde los altoparlantes desplegados por los centenares de soldados y vehículos de combate estadounidenses apostados en los alrededores de la Nunciatura Apostólica panameña, donde se atrincheró Noriega.

La prensa del momento reportaba que el gobierno español se había negado a darle asilo. Al anochecer del 3 de enero (2:50 hora peninsular del día siguiente) de 1990, después de escuchar una misa oficiada por el propio nuncio, el arzobispo español Sebastián Laboa, Noriega salió de esa misma sede vaticana a la que entró pidiendo una cerveza.

Fue despedido emotivamente por una “guardia de honor” conformada por sacerdotes, monjas e incluso etarras allí también refugiados, según se narra en Invasión, coproducción panameño-argentina realizada por Abner Benaim al cumplirse 25 años de la intervención militar.

Dos llamadas pudo hacer, la una a su amante Vicky Amado, la primera en darle refugio en su casa, y la otra a su esposa, Felicidad Siero, resguardada con sus tres hijas en la Embajada de Cuba.

El uniforme de general que llevaba puesto al entregarse fue el último resto de quien fuera “el hombre fuerte de Panamá”, al día siguiente trocado por un chándal verde oliva en cuya espalda podían leerse tres letras mayúsculas: DEA, la agencia antidroga de Estados Unidos que le acusaba de estar en conexión con el Cartel de Medellín.

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Foto del 4 de enero de 1990. / REUTERS/Handout/File Photo

De “El Man” a un prisionero más

Manuel Antonio Noriega, conocido por sus siglas como “El Man”, no sólo fue despojado de su uniforme, sino también de su nombre para ser el simple portador de un número, el 41586, un prisionero más de la cárcel de Miami, como el mundo entero lo vio circunspecto en la foto de frente y de perfil distribuida por las autoridades estadounidenses.

No era extraño, entonces, que el corresponsal Peter Eisner lo viera en 1995 más pequeño de lo que pensaba en la primera de una serie de entrevistas que mantendría durante un año en su celda y que en 1997 cobraría forma en America’s Prisoner: The Memoirs of Manuel Noriega. Promocionada cual “la historia de cómo hemos encarcelado a un hombre y una nación”, Noriega en esas páginas de las que es coautor se trajea más como víctima que como villano, destaca Richard L. Berke en The New York Times.

Poco dijo de cómo acumuló riquezas este hombre que fue condenado a 40 años de prisión en un juicio que atrajo los focos del mundo y que propició que mucho se especulara en torno a su figura, hasta rumorearse incluso que usaba calzoncillos de color rojo para ahuyentar el mal de ojo.

Al ser consultado en El Nuevo Nuevo Periodismo. Conversaciones sobre el oficio con los mejores escritores estadounidenses de no ficción, Lawrence Wright, autor de una obra sobre Noriega que fue llevada a la televisión por el canal Showtime, ha apuntado: “Escribí una novela sobre Manuel Noriega (God’s Favorite, 2000) y su búsqueda de amor y salvación. Lo que me atrajo de él fue el hecho de que fuera un dictador centroamericano budista, vegetariano y homosexual (…). El exotismo cultural de Noriega no era más que fachada. Lo realmente exótico era su vida interior”.

La pena fue rebajada hasta llegar a una veintena de años, cumplida en esa celda en la que tenía por privilegio un televisor, ese mismo en el que su rostro marcado y por eso apodado como “carepiña” acaparó tanto las pantallas de fines del siglo XX.

Pero nuevos cargos, sobre todo por el homicidio político de su rival, el médico y guerrillero Hugo Spadafora, quien fue decapitado por las Fuerzas de Defensa panameñas en 1985, le aguardaban.

Después de ser llevado en 2010 a Francia, donde un tribunal le condenó a siete años de prisión por lavado de 2,3 millones de euros, en 2011 fue extraditado a su país para enfrentar más de 60 años de condena por violaciones de los derechos humanos.

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Una mujer muestra un recorte de periódico en una manifestación en Panamá pidiendo que el dictador Manuel Noriega sirviera sentencia en Panamá en diciembre de 2011. | Foto: Alberto Lowe / Reuters.

Creyente de última hora

Llegaría en vuelo de Iberia, pero una silla de ruedas se interpondría entre sus pies y el suelo patrio. Con gafas oscuras, los años de prisión aún no daban a luz a arrepentimiento alguno.

Sería en el penal de reclusión de nombre El Renacer, en Panamá, donde terminaría de afianzarse como creyente de Dios.

En junio de 2015, ya octogenario y después de poco más de 25 años desde que fue derrocado y apresado, Noriega rompió el silencio con una declaración pública realizada desde la cárcel y emitida por la televisión local Telemetro.

“Yo cierro el ciclo de la era militar como el último general de ese grupo pidiendo perdón como comandante en jefe, como jefe de gobierno. Reitero, bajo la inspiración del ‘Padre nuestro’, que fue la primera oración que aprendí en mi casa, que pido perdón a toda persona que se sienta ofendida, afectada, perjudicada o humillada por mis acciones o las de mis superiores en el cumplimiento de órdenes o la de mis subalternos en ese mismo estatus y en el tiempo de la responsabilidad de mi gobierno civil y militar. ¡Gracias!”, dijo sin más.

Sus problemas de salud, marcada por derrames cerebrales, hipertensión arterial, úlcera y hasta depresión, le convirtieron en asiduo del Hospital Santo Tomás, donde alguna vez había trabajado como ayudante de laboratorista cuando proyectaba ser médico psiquiatra antes que la carrera militar tocara su humilde puerta.

La presión familiar para que se le concediera arresto domiciliario vio frutos, provisionalmente, cuando Noriega estaba próximo a cumplir 83 años y en respuesta a un tumor cerebral que, aunque benigno, le afectaba la parte motora y por el que necesitaba ser operado.

El 7 de marzo de 2017, este le fue extirpado en un procedimiento al que le siguió otra cirugía, tras sufrir una hemorragia cerebral severa. Internado en la unidad de cuidados intensivos y tras un coma inducido, pasó los últimos de sus días sin evolución favorable hasta que el lunes 29 de mayo encontró la muerte.

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Continúa leyendo: Así ha reaccionado la prensa de todo el mundo a los atentados de Barcelona

Así ha reaccionado la prensa de todo el mundo a los atentados de Barcelona

Redacción TO

Foto: GABRIEL BOUYS
AFP

Los quioscos de todo el mundo han amanecido esta mañana con periódicos que llevan el atentado de Barcelona en sus portadas. Estos son los titulares de las principales cabeceras de todo el mundo.

Prensa española

ABC: “El yihadismo golpea a España en Barcelona”

La Razón: “Unidos contra el terrorismo”

Así ha reaccionado la prensa de todo el mundo a los atentados

El País: “Matanza terrorista en La Rambla de Barcelona”

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El Mundo: “El terror del IS golpea España”

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La Vanguardia: “Terror en Barcelona”

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Prensa extranjera

The Guardian (Reino Unido): “El terror ataca Barcelona”

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The Times (Reino Unido): “El mal ataca de nuevo”

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La Repubblica (Italia): “Teroristas en el corazón de Barcelona”

Libération (Francia): “Terror en Las Ramblas”

Jornal de Notícias (Portugal): “Pánico en Las Ramblas”

Así ha reaccionado la prensa de todo el mundo a los atentados 7

Frankfurter Allgemeine (Alemania): “Muchos muertos en un ataque terrorista en el centro de Barcelona”

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The New York Times (Estados Unidos): “Al menos 13 personas asesinadas en un ataque con un vehículo en la calle en España”

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The Washinggton Post (Estados Unidos): “El terror ataca Barcelona”

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Clarín (Argentina): “Un terrorista atropelló a una multitud en Barcelona y mató a 13 personas”

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El Mercurio (Chile): “Estado Islámico golpea a España con mortal atropello masivo en La Rambla de Barcelona”

Así ha reaccionado la prensa de todo el mundo a los atentados 12

El Universal (México): “Al menos un venezolano entre víctimas de ataque en Barcelona”

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Continúa leyendo: El recuerdo eufórico y arrepentido de un periodista adicto al crack

El recuerdo eufórico y arrepentido de un periodista adicto al crack

Jorge Raya Pons

Foto: Reuters

David Carr vivió una larga cuesta abajo disparado y sin frenos cuando descubrió los senderos de la droga, que le transformaron en un hombre terrible. Muchos años después, siendo un periodista exitoso y reverenciado en The New York Times, quiso explorar aquella sala oscura que era su pasado y abordarla en un libro que se llamaría La noche de la pistola, editado ahora en España por esa caja de sorpresas que es Libros del K.O. Carr viajó a los lugares donde vivió, entrevistó a docenas de personas que conocieron al antiguo yo y le quitó el polvo a un buen puñado de documentos archivados que incluían fichas policiales y sentencias.

No es sencillo encontrar personas tan esforzadas por alcanzar un grado tan elevado de autoconsciencia. David Carr era –fue– un maltratador –golpeó a dos de sus exparejas– y un yonqui, un periodista extraordinario y un padre entregado. Tendemos a imaginar que hay todo un mundo entre los polos, y sin embargo está a un tiro de coca de distancia. En este libro, Carr rescata un puñado generoso de experiencias especialmente repugnantes. Como el día en que olvidó a sus hijas en el coche cuando hizo una visita nocturna a su camello, con quien pasó la noche entera. Cuando salió de la casa, las niñas continuaban allí, en sus sillitas, vestidas con sus monos de invierno.

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David Carr, junto a sus hijas, Erin y Meagan. | Fuente: Archivo de David Carr

En otro momento, el periodista cuenta la historia emotiva, reveladora y profundamente trágica de su amigo Dave, a quien conoció en desintoxicación y de quien escribe que “tenía hijos” y le enseñó “muchas cosas, no solo sobre ser padre, sino sobre ser un hombre de verdad”. Dave fue una mano tendida en su rehabilitación: cuidó de él, cuidó de las niñas, se aseguró de que asistiera a cada una de las reuniones. Los años pasaron, Carr logró recuperarse, y ambos tomaron distancia.

Algunos años después, Carr visitó a Dave; un amigo común le avisó de que era momento de hacerlo. Dave estaba en su cama, hinchado y sin fuerzas y terriblemente enfermo. Hablaron de las niñas, de deporte, y prometieron volver a verse otro día. Carr se despidió, y supo en ese momento que no volverían a verse. Así que le dijo: “Te debo todo lo que tengo en el mundo. Has hecho mucho. Ahora puedes descansar”. Y se marchó.

Es posible que David Carr carezca del virtuosismo literario de Burroughs y de tantos otros que exploraron la mística y la ruina de la adicción a las drogas. Pero tampoco importa: Carr lo hace con una honestidad brutal, abriéndose en dos y exponiéndose sin reparos. Y aunque a menudo cae en la bravuconería y en un punto nada lejano a la autocomplacencia, el libro deja a las claras que su vocación principal es la expiación de sus pecados. Una confesión larga y documentada ante Dios y ante sus lectores.

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La noche de la pistola, de David Carr (Libros del K.O.) | Foto: The Objective

Carr, que tantos méritos hizo para morir en una sobredosis, o en una pelea entre colgados, o en un accidente de tráfico, que sobrevivió a un cáncer particularmente agresivo y que recayó en el alcoholismo, murió muchos años después, en 2015, tras desplomarse por un infarto frente a su mesa en el Times. Tenía 58 años.

Carr escribió un libro valiente. Detrás de sus gemelas, que crecieron felices y fueron a la universidad –he obviado que crecieron entre jeringuillas; su madre también era yonqui–, su gran legado es este libro que sirve como advertencia: hay épica y diversión con las drogas, pero solo antes de crear descontrol y una probabilidad muy alta de destrucción. Su amigo Ike se lo dijo en otras palabras: “¿Vas a ser leal a un jodido concepto como el de ser artista? ¿O vas a ser leal a unos seres humanos de los que eres responsable?”. Y Carr, casi en los últimos párrafos, escribe: “Siempre te dicen que tienes que curarte por tu bien, pero lo único que me permitió dejar de hacer el imbécil fue recordar que otras personas dependían de mí”. Este libro es la declaración de amor a sus hijas.

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Dormir en verano es posible: 7 formas de conciliar el sueño sin aire acondicionado

Redacción TO

Foto: João Victor Xavier
Unsplash

Cada verano la misma historia. No hay quien viva con este calor que no remite y que hace que pasemos cada noche desesperados y sin dormir, sufriendo las consecuencias al día siguiente. Las habitaciones deben tener una temperatura de entre 18 y 20 grados centígrados, según la Asociación Española del Sueño y, a menos que tengas un aire acondicionado, esto parece un objetivo inalcanzable. Sin embargo, traemos buenas noticias: con los siguientes consejos podrás atenuar los efectos del calor y las noches serán más llevaderas sin necesidad de quedarte a cero a final de mes.

1. Bebe un vaso de agua fría antes de dormir

Cuando menos, un vaso de agua fría antes de acostarse. Y el vaso bien cerca para hidratar el cuerpo. Una receta sencilla y fundamental para combatir el calor.

2. Haz un hueco en el congelador para tus sábanas

Dejarás de ser reacio a hacerlo una vez compruebes su efectividad. Introduce las sábanas en una bolsa de plástico hermética, y deja que se enfríen durante varios minutos. Lo agradecerás toda la noche, o al menos el tiempo suficiente para conciliar el sueño.

Un gazpacho, la mejor cena en una noche calurosa de verano. | Foto: Jeremy Bronson/Flickr

3. Cena algo ligero

Mejor un gazpacho fresco que un chuletón de buey. Las comidas copiosas obligan al organismo a multiplicarse y a generar energía, lo cual deriva en calor. La mejor idea es tomar algo que hidrate y no sature el estómago.

4. Fabrica tu aire acondicionado casero

No subestimes el valor del ingenio. Utiliza un recipiente no muy profundo y llénalo de hielo. Luego pon el ventilador en marcha con el recipiente delante. Siente cómo el vapor helado alcanza tu cuerpo.

5. Dúchate con agua templada

Nuestro cuerpo reacciona generando calor cuando nos duchamos con agua fría. Así que no, no es una buena idea. Mejor hacerlo con agua templada.

Dormir en verano es posible: 7 formas de conciliar el sueño sin aire acondicionado
Muévete lo justo y necesario en las noches calurosas. | Foto: Will Fisher/Flickr

6. Deja de dar vueltas en la cama

Girando no haces otra cosa que aumentar la sensación de calor. La cama va absorbiendo esa temperatura y eso se traslada a tu cuerpo. Además, así podrás contener los nervios y evitarás acabar empapado. La mejor posición en tiempos excepcionales es de costado.

7. Mejor duerme solo, o al menos daos un espacio

Lo que menos necesitas cuando hace un calor extremo es que te achuchen por la noche, o que te pongan un brazo por encima, o que te respiren cerca y en la nuca. Así que mejor dormir solo. Y si no es posible, con un espacio de por medio.

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El Airbnb para artistas en el que se paga con cuadros y esculturas

Bea Guillén Torres

Foto: Luanna Lee

Se busca un artista que pueda pintar un tríptico en la pared de un apartamento en Montreal (Canadá). A cambio, se ofrece alojamiento y comida durante todo el tiempo que dure la obra. En la otra costa del Atlántico, el dueño de un hotel en Lisboa (Portugal) necesita graffiteros que puedan “llevar a otro nivel” la decoración de algunas habitaciones. El pago es la vida en la capital lusa. Y en la jungla urbana de Bangkok, en Tailandia, una residencia de artistas mantiene su esencia con la creatividad de sus visitantes, a los que además de un dormitorio les facilita los materiales. No hay dinero, ni tarjetas, no hay más pago que la creación. Es un Airbnb para artistas.

Los propulsores de estos tres proyectos no se conocen, entre ellos hay océanos y millones de kilómetros, pero todos comparten una idea común y una aplicación web: Artvl. Detrás de estas siglas, cuyo significado es art travel (arte viajero), está Luanna Lee, una joven china de 32 años que quiere cambiar la forma en la que viven y viajan los artistas.

El Airbnb para artistas en el que se paga con cuadros y esculturas 3
La creadora de la ‘app’, Luanna Lee pintando una de sus obras en una residencia en Tailandia a cambio de alojamiento. | Foto: Hikki10/Luana Lee

Artvl es lo más parecido a un Airbnb para pintores, escultores, fotógrafos, músicos, grafiteros, muralistas, retratistas… Es una aplicación para aquellos que no necesitan dinero porque pueden aportar algo distinto. La idea es que los artistas puedan ofrecer sus creaciones a cambio de alojamiento, comida o materiales en cualquier parte del globo y así llenar el mundo de más arte, según explica Lee en una entrevista con The Objective.

Una idea africana

La idea surgió hace apenas unos meses. En febrero, Lee terminó un viaje de recorrido por varios países de África. Uno de ellos fue Angola. Lee estaba en Luanda esperando que le concedieran los visados para viajar a otras regiones y ya no tenía los recursos para quedarse en la ciudad, que es la más cara del mundo. “Un día compartiendo un taxi con la responsable de un hotel, le enseñé mi trabajo y bromeando le dije: ‘¿Me alojarías un mes mientras pinto un mural en tu hotel?’. Me esperaba un no como respuesta, pero me dijo ‘¡claro, hagámoslo!”, cuenta Lee.

Ahí empezó todo. La joven llenó tres paredes de grandes graffitis: “Ni siquiera me pidió un borrador, me dejó pintar en mi estilo”. Durante un mes vivió y comió allí gratis. Hasta que le llegaron las visas. Después siguió su viaje. Solo se dio cuenta de la importancia de la idea una vez de vuelta en Shangái. Allí trató de montar su propio negocio como agencia de publicidad. “Lo hacía mientras buscaba una idea que hiciera ‘click’ con mi corazón. Entonces, en mayo recordé mi experiencia con la responsable del hotel”, explica.

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Uno de los murales que Lee pintó en el hotel de Luanda. | Foto: Hikki10/Luanna Lee

Cuando se lo comentó a sus otros amigos artistas, todos coincidieron en que habían pasado por experiencias similares. “Me inspiró para empezar Artvl, que toda la gente creativa que ama viajar y toda la gente que aprecia el arte pudieran disfrutar de esta maravillosa experiencia”.

¿Cómo funciona Artvl?

De momento, la aplicación se lanzó para la web a principios de julio, ya hay 800 usuarios activos. Pero la mayoría de ellos son artistas, en vez de anfitriones, reconoce Lee. “Necesitamos encontrar la manera de equilibrar los números, para que artistas muy talentosos puedan ser alojados mientras viajan, y los amantes del arte puedan ver más creaciones haciéndose”, confiesa la fundadora.

Una vez se encuentran la simbiosis es increíble. Lee ha plasmado en un vídeo el encuentro que tuvieron en Tailandia un tatuador, dos fotógrafos, cuatro grafiteros, un grupo de música, un documentalista y un pintor. Todos ellos fueron invitados a dos hoteles en Bangkok y Chiangmai. Pintaron murales, hicieron tatuajes y fotografiaron para los dueños.

Artrvl in Thailand from Artrvl on Vimeo.

Aunque Artrvl sigue estando muy, muy lejos de los números del Airbnb porque su público también es más reducido. La reacción de los artistas muestra el verdadero porqué del proyecto: “¿Por qué pagar por el alquiler de un estudio cuando puedes tener el mundo como un estudio portátil?”.

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