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El ocaso de Manuel Noriega, el último hombre fuerte de Panamá

Tal Levy

Foto: John Hopper
AP Images / Archivo

Desencadenó una de las más grandes movilizaciones militares estadounidenses desde la guerra de Vietnam. No en vano le llamaban “El hombre fuerte de Panamá”. Manuel Antonio Noriega pasó de ser aliado de la superpotencia a enemigo acérrimo, de colaborador habitual de la CIA a perseguido por la DEA, de general que detentó el poder entre 1983 y 1989 a un reo más, del último dictador que tuvo Centroamérica a condenado durante décadas por narcotráfico en Estados Unidos, por blanqueo de dinero en Francia y por violaciones de los derechos humanos en el país que lo vio nacer el 11 de febrero de 1934.

¿El malo de la película? No es quizá la mejor hora, aún tibio su lecho de muerte, de retomar este tipo de cuestionamientos, aunque lo cierto es que así aparecía en el videojuego que para el 2014 llegó a ser el más popular de todos los tiempos, con su sobredosis de sangre, de violencia.

El ocaso de Manuel Noriega, el último hombre fuerte de Panamá
Captura de pantalla de Call of Duty: Black Ops II.

En vida, alegando daño de imagen al ser presentado como un criminal, Noriega demandó a Activision, creador de Call of Duty: Black Ops II, con la ayuda de Girardi Keese, una de las firmas de abogados que ganó el caso Erin Brockovich (inspirador del filme protagonizado por Julia Roberts), aunque no corrió con igual suerte pues su acusación fue desestimada por la Corte Superior del condado de Los Angeles.

Ya 27 años han trascurrido desde el despliegue militar de Estados Unidos en Panamá que derrocó su gobierno de facto y todavía hoy se desconoce el número exacto de víctimas. Era 1989 y estaba próxima la Navidad. Meses atrás habían quedado las elecciones anuladas, que parecían darle la victoria al opositor Guillermo Endara, respaldado por Washington, pero no así la designación de Noriega como jefe de Gobierno con poderes extraordinarios y la declaración del país en estado de guerra con EEUU.

De pronto, el 20 de diciembre, unos 25.000 soldados fueron movilizados en una operación orquestada por el presidente estadounidense George Bush, a quien conoció hacia 1976, cuando el uno encabezaba la Agencia Central de Inteligencia o CIA y el otro, el Servicio de Inteligencia o G-2 panameño, lo que supondría el estar en contacto permanente.

Entre Washington y La Habana

Los lazos con Washington se forjaron en la década de los cincuenta, cuando Noriega ingresa gracias a una beca en la Escuela Militar de Chorrillos, en Perú, donde la CIA le reclutó como informante sobre las actividades de los grupos de izquierda. De origen humilde y enfrentado desde pequeño a la orfandad, tras el abandono de su padre y la temprana muerte de su madre, “Tony”, como era llamado, fue criado por una tía, su “mamá Luisa”.

Al volver a Panamá formó parte de la Guardia de Honor en una carrera militar en claro ascenso, tanto que fue pieza clave del general “todopoderoso” Omar Torrijos, tras cuya muerte en 1981 en un misterioso accidente aéreo Noriega llegaría a ser “el hombre fuerte de Panamá”.

De teniente coronel a general y a comandante en jefe de la Guardia Nacional. Ambicionaba llegar a lo más alto. Ya en los tiempos en que estudiaba bachillerato en Ciencias en el Instituto Nacional, conocido como Nido de Águilas, comentaba sobre sus aspiraciones presidenciales.

“Había sido impactado por las promesas del ideario socialista, y con otros compañeros formó parte del grupo que seguía las lecciones de sociología del profesor Demetrio A. Porras, secretario general y fundador del Partido Socialista de Panamá”, revela La Estrella de Panamá.

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Noriega junto a Manuel Solís Palma. Palma fue Presidente desde el 26 de febrero de 1988 hasta el 1 de septiembre de 1989 bajo el mando militar de Noriega. | Foto de archivo de Reuters.

Pues bien, logró detentar el poder con su mano dura, pero no por mucho tiempo porque el mismo año en que sería derribado el muro de Berlín bombas y cohetes cayeron sobre Panamá, sobre su cuartel general.

El objetivo declarado de Washington: capturar a Noriega, que ya un año antes había sido acusado de narcotráfico en un tribunal federal y de poner en peligro la seguridad nacional.

De este modo se sellaba la ruptura definitiva con quien había colaborado actuando como mediador ante el régimen de Fidel Castro para aliviar las tensiones derivadas por la invasión estadounidense de Grenada en 1983, pero también con quien, ante la ofensiva de Ronald Reagan contra las guerrillas izquierdistas de América Central, se había negado a apoyar los intentos por debilitar al gobierno sandinista de Nicaragua, a servir de escudo anticomunista en la región.

El rock como arma de tortura

¿Invasión o Causa Justa, como fue llamada la operación? La opinión pública mundial tenía tela que cortar. Por un lado, los panameños finalmente se libraban del último general del régimen militar instalado en 1968 por el golpe de Estado que lideró Torrijos; por el otro, movimientos de izquierda, tan proclives a contradicciones como las que décadas después reaparecían en apoyo al régimen de Hugo Chávez en Venezuela, le endilgaron a él, Noriega, que encabezó un gobierno dictatorial, el calificativo de “comandante de la dignidad latinoamericana”.

Sin duda, sectores de la izquierda latinoamericana se dejaron cautivar por ese militar que blandiendo en lo alto un machete lanzó a fines de los años ochenta arengas antiestadounidenses, antiintervencionistas, pero olvidando que era el mismo que creó los “batallones de dignidad”, milicias que hoy también recuerdan a los civiles armados por el gobierno chavista en Venezuela con el oficio de amedrentar y arremeter contra la oposición.

Estados Unidos consiguió que Noriega se entregara para comparecer ante la justicia, pero los métodos para convencerle fueron poco convencionales o, quizá más bien, demasiado ordinarios.

Largos días y sus consiguientes noches tuvo que enfrentar una insospechada guerra, ésta psicológica: obligado a oír incesantemente canciones de rock, género musical por el cual sentía una aversión más que conocida.  “Welcome to the jungle”, de Guns N’ Roses, se convertiría en el primero de esos inusuales tormentos, entre los que habría piezas desde un Jimmy Hendrix hasta una Linda Ronstadt, emitidas a todo volumen desde los altoparlantes desplegados por los centenares de soldados y vehículos de combate estadounidenses apostados en los alrededores de la Nunciatura Apostólica panameña, donde se atrincheró Noriega.

La prensa del momento reportaba que el gobierno español se había negado a darle asilo. Al anochecer del 3 de enero (2:50 hora peninsular del día siguiente) de 1990, después de escuchar una misa oficiada por el propio nuncio, el arzobispo español Sebastián Laboa, Noriega salió de esa misma sede vaticana a la que entró pidiendo una cerveza.

Fue despedido emotivamente por una “guardia de honor” conformada por sacerdotes, monjas e incluso etarras allí también refugiados, según se narra en Invasión, coproducción panameño-argentina realizada por Abner Benaim al cumplirse 25 años de la intervención militar.

Dos llamadas pudo hacer, la una a su amante Vicky Amado, la primera en darle refugio en su casa, y la otra a su esposa, Felicidad Siero, resguardada con sus tres hijas en la Embajada de Cuba.

El uniforme de general que llevaba puesto al entregarse fue el último resto de quien fuera “el hombre fuerte de Panamá”, al día siguiente trocado por un chándal verde oliva en cuya espalda podían leerse tres letras mayúsculas: DEA, la agencia antidroga de Estados Unidos que le acusaba de estar en conexión con el Cartel de Medellín.

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Foto del 4 de enero de 1990. / REUTERS/Handout/File Photo

De “El Man” a un prisionero más

Manuel Antonio Noriega, conocido por sus siglas como “El Man”, no sólo fue despojado de su uniforme, sino también de su nombre para ser el simple portador de un número, el 41586, un prisionero más de la cárcel de Miami, como el mundo entero lo vio circunspecto en la foto de frente y de perfil distribuida por las autoridades estadounidenses.

No era extraño, entonces, que el corresponsal Peter Eisner lo viera en 1995 más pequeño de lo que pensaba en la primera de una serie de entrevistas que mantendría durante un año en su celda y que en 1997 cobraría forma en America’s Prisoner: The Memoirs of Manuel Noriega. Promocionada cual “la historia de cómo hemos encarcelado a un hombre y una nación”, Noriega en esas páginas de las que es coautor se trajea más como víctima que como villano, destaca Richard L. Berke en The New York Times.

Poco dijo de cómo acumuló riquezas este hombre que fue condenado a 40 años de prisión en un juicio que atrajo los focos del mundo y que propició que mucho se especulara en torno a su figura, hasta rumorearse incluso que usaba calzoncillos de color rojo para ahuyentar el mal de ojo.

Al ser consultado en El Nuevo Nuevo Periodismo. Conversaciones sobre el oficio con los mejores escritores estadounidenses de no ficción, Lawrence Wright, autor de una obra sobre Noriega que fue llevada a la televisión por el canal Showtime, ha apuntado: “Escribí una novela sobre Manuel Noriega (God’s Favorite, 2000) y su búsqueda de amor y salvación. Lo que me atrajo de él fue el hecho de que fuera un dictador centroamericano budista, vegetariano y homosexual (…). El exotismo cultural de Noriega no era más que fachada. Lo realmente exótico era su vida interior”.

La pena fue rebajada hasta llegar a una veintena de años, cumplida en esa celda en la que tenía por privilegio un televisor, ese mismo en el que su rostro marcado y por eso apodado como “carepiña” acaparó tanto las pantallas de fines del siglo XX.

Pero nuevos cargos, sobre todo por el homicidio político de su rival, el médico y guerrillero Hugo Spadafora, quien fue decapitado por las Fuerzas de Defensa panameñas en 1985, le aguardaban.

Después de ser llevado en 2010 a Francia, donde un tribunal le condenó a siete años de prisión por lavado de 2,3 millones de euros, en 2011 fue extraditado a su país para enfrentar más de 60 años de condena por violaciones de los derechos humanos.

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Una mujer muestra un recorte de periódico en una manifestación en Panamá pidiendo que el dictador Manuel Noriega sirviera sentencia en Panamá en diciembre de 2011. | Foto: Alberto Lowe / Reuters.

Creyente de última hora

Llegaría en vuelo de Iberia, pero una silla de ruedas se interpondría entre sus pies y el suelo patrio. Con gafas oscuras, los años de prisión aún no daban a luz a arrepentimiento alguno.

Sería en el penal de reclusión de nombre El Renacer, en Panamá, donde terminaría de afianzarse como creyente de Dios.

En junio de 2015, ya octogenario y después de poco más de 25 años desde que fue derrocado y apresado, Noriega rompió el silencio con una declaración pública realizada desde la cárcel y emitida por la televisión local Telemetro.

“Yo cierro el ciclo de la era militar como el último general de ese grupo pidiendo perdón como comandante en jefe, como jefe de gobierno. Reitero, bajo la inspiración del ‘Padre nuestro’, que fue la primera oración que aprendí en mi casa, que pido perdón a toda persona que se sienta ofendida, afectada, perjudicada o humillada por mis acciones o las de mis superiores en el cumplimiento de órdenes o la de mis subalternos en ese mismo estatus y en el tiempo de la responsabilidad de mi gobierno civil y militar. ¡Gracias!”, dijo sin más.

Sus problemas de salud, marcada por derrames cerebrales, hipertensión arterial, úlcera y hasta depresión, le convirtieron en asiduo del Hospital Santo Tomás, donde alguna vez había trabajado como ayudante de laboratorista cuando proyectaba ser médico psiquiatra antes que la carrera militar tocara su humilde puerta.

La presión familiar para que se le concediera arresto domiciliario vio frutos, provisionalmente, cuando Noriega estaba próximo a cumplir 83 años y en respuesta a un tumor cerebral que, aunque benigno, le afectaba la parte motora y por el que necesitaba ser operado.

El 7 de marzo de 2017, este le fue extirpado en un procedimiento al que le siguió otra cirugía, tras sufrir una hemorragia cerebral severa. Internado en la unidad de cuidados intensivos y tras un coma inducido, pasó los últimos de sus días sin evolución favorable hasta que el lunes 29 de mayo encontró la muerte.

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¿Cuál es el potencial del periodismo y cuál es su futuro?

Cristina Casabon

Foto: YVES HERMAN
Reuters

Crear interés global es uno de los principales potenciales del periodismo, pero debemos distinguir entre lo que podríamos hacer con internet y para lo que se usa la mayoría de veces. “Hay asuntos que afectan nuestras vidas, y estos asuntos son, cada vez más, globales. Existen fuera de nuestro propio interés inmediato o personal” dice Eli Pariser en El filtro burbuja (Ed. Taurus).

Debemos, como periodistas, ser conscientes de que el periodismo puede resquebrajarse desde dentro por el fenómeno de las fake news. Este tipo de noticias generan una reacción en cadena en redes sociales, una espiral negativa que se retroalimenta.

Pero a su vez, y como indica el Digital News Report de Reuters, se ha demostrado que, en promedio, la digitalización expone a más diversidad que a la que se exponen los lectores de papel. Gracias a Internet y a las redes sociales, el periodismo – bien hecho – puede ser un poderoso ingrediente en el antídoto contra los problemas a los que nos enfrentaremos en las próximas décadas: escasez de energía, terrorismo, cambio climático, superpoblación, conflictos bélicos… Éstos requieren de una red global, una comunidad global informada e identificada con problemas a escala global.

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Los periodistas se tienen que adaptar a una era digital. | Foto: Yuri Gripas/ Reuters

Para ello debemos seguir apostando por temas interesantes pero complicados. Es una cuestión ética priorizar la importancia por encima de la popularidad o la relevancia personal de un tema, de una noticia. ¿Puede seguir un medio competitivo apostando por estos temas y crear una mayor conciencia ciudadana?

En tiempos de la cultura digital, de la información en tiempo real, de los blogs y las redes sociales, se lee a veces, equivocadamente, que hay tantos periodistas como internautas.

En un momento en el que cualquiera puede “ser periodista”, un profesional de la información debe preguntarse cuál es el valor añadido que puede proporcionar. Y este valor se encuentra en la capacidad de introspección y de análisis. El periodismo consiste en investigar, verificar datos, situar en un contexto, jerarquizar, dar forma, comentar y publicar una información, en sacar a la luz historias que tienen relevancia global.

Si miramos al futuro, es ser más digitales, tener mejores equipos y especialistas, mejor acceso a datos y mejor capacidad analítica. Esta información digital cada vez más procede de informes, de fuentes de datos, y ésta es una parte muy interesante de la labor del periodista hoy en día; cómo procesamos esta información y la ofrecemos de forma amena al público, y cómo abarcar con datos actuales información a escala global, presentarla de forma atractiva, con infografías, con vídeos, mapas interactivos y otras muchas herramientas.

¿Cuál es el potencial del periodismo y cuál es su futuro?
El trabajo de los periodistas es cada vez más digital y está más ligado a las redes sociales. | Foto: Francois Mori/ AP

El mencionado informe de Reuters se basa en una encuesta de más de 70.000 personas en 36 mercados para revelar el futuro del consumo de noticias digitales. Algunos de sus resultados clave para ver por dónde se dirige el periodismo muestran que aunque las perspectivas económicas de la mayoría de las empresas de medios siguen siendo extremadamente difíciles, no todos los indicadores empeoran. Algunos muestran que en el futuro más personas estarán preparadas para pagar si el contenido es lo suficientemente valioso, conveniente y relevante, y es por ello que los medios no debemos de dejar de apostar por información de calidad.

Al mismo tiempo, las redes sociales están cambiando la forma en que interactuamos con las noticias, las conversaciones en redes sociales y los debates, que estimulan al lector a abrirse a nuevos puntos de vista y realidades. El futuro del periodismo es la interconectividad y la interactividad.

La crisis de las noticias falsas podría ser lo peor, o lo mejor que le ha pasado al periodismo. Ciertamente, es una historia fascinante para seguir como periodistas y como lectores, y si no acaba por destruir esta profesión, la hará más fuerte. Google y Facebook están respondiendo de diversas maneras. Las noticias falsas ahora son examinadas por fact checkers y el algoritmo News Feed o el filtro de búsquedas de Google están mejorando los resultados de búsqueda y el muro de Facebook, la red social que envía más tráfico a los medios (alrededor de un 80% de los usuarios de redes sociales se informan a través de Facebook).

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Las redes sociales han empezado a luchar contra las ‘fake news’. | Foto: Elise Amendola/ AP

Solo queda apostar por un nuevo enfoque de los grandes medios hacia un compromiso con sus audiencias, hacia lo que se denomina “alcance de calidad” en lugar del contenido “quick bite”, aquel que busca más visitas sin tener en cuenta el valor de la información.

Más sensacionalismo, más bombo, o la opinión por encima de los hechos son los valores transmitidos del pasado que necesitan ser desaprendidos por los periodistas y medios. Si los profesionales de la información se aplican estos estándares, podremos hacer del periodismo una herramienta de influencia positiva, y podremos hacer que nuestra audiencia tenga mejor criterio en la selección de información e incluso que se suscriba a aquellos medios que ofrecen contenidos de calidad.

Artículo publicado originalmente en el World Economic Forum en español.

Continúa leyendo: La Generación Z está destronando a los millennials y el mayor reto consiste en comprenderla

La Generación Z está destronando a los millennials y el mayor reto consiste en comprenderla

Cecilia de la Serna

Foto: Collin Armstrong
Unsplash

La generación que sucede a los millennials -también conocida como ‘Y’- es, por estricto orden alfabético, la Generación Z. Podemos considerar Z a todos aquellos nacidos entre 1994 y 2010, aproximadamente. Este grupo demográfico de jóvenes, que supone el 25% de la población mundial, sale ahora de las aulas para incorporarse al mercado laboral y reclama su sitio en el mundo. Es una generación peculiar, marcada especialmente por la era digital, que se caracteriza por tener unos patrones comunicativos y de consumo únicos, lo que constituye todo un reto para las generaciones anteriores.

En la presentación del libro Generación Z, todo lo que necesitas saber sobre los jóvenes que han dejado viejos a los millennials, publicado por ATREVIA y Deusto Business School, que ha tenido lugar este miércoles 13 de diciembre en Madrid, se ha dado respuesta a algunas de las preguntas sobre esta generación. Al acto han asistido sus autores, Iñaki Ortega y Núria Vilanova, además de colaboradores como Antonio Huertas Mejías, presidente y CEO de MAPFRE, Víctor del Pozo, CEO de Retail de El Corte Inglés, y Begoña Sesé, CEO durante un mes en Adecco y que pertenece ella misma a la Generación Z. También han estado presentes Jordi Nadal, editor del libro y fundador de Plataforma Editorial, y personalidades como el exseleccionador español de fútbol Vicente Del Bosque, el vicesecretario general de Acción Sectorial del Partido Popular Javier Maroto o el exministro socialista Miguel Sebastián.

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Presentación del libro Generación Z, todo lo que necesitas saber sobre los jóvenes que han dejado viejos a los millennials. | Foto: Cecilia de la Serna / The Objective

Iñaki Ortega ha justificado la necesidad de este libro por la distancia entre generaciones. “Los autores de este libro nos parecemos más a nuestros padres, abuelos, bisabuelos y tatarabuelos que a nuestros hijos”, ha dicho, por lo que es difícil comprenderles. “Los millennials se fueron protagonistas pero se han quedado a medio camino”, ha asegurado refiriéndose a la generación inmediatamente anterior a la Z. Para Núria Vilanova, que firma esta publicación junto con Ortega, lo que “obsesiona a los Z es transformar la realidad”, por lo que los valores y las creencias se colocan entre las prioridades de este grupo social.

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De izquierda a derecha: Iñaki Ortega, Núria Vilanova, Antonio Huertas Mejías, Víctor del Pozo, Begoña Sesé y Jordi Nadal. | Foto: Cecilia de la Serna / The Objective

El reto de retener a los Z en la empresa

El CEO de MAPFRE, Antonio Huertas Mejías, ha cifrado en 2.000 los Z que trabajan en su compañía. El responsable de Retail de El Corte Inglés, Víctor del Pozo, ha elevado la cifra hasta los 8.000. Y esto, teniendo en cuenta el periodo etario que comprende la Generación Z, es tan sólo el comienzo. Por ello, comprenderles y adaptar el entorno laboral a sus necesidades se adivina cada vez más prioritario.

Núria Villanova ha insistido en la idea de la gran exigencia que supone “atraer y retener” a los Z. “El empleo del futuro va a ser diferente”, ha dicho, añadiendo que habrá que trabajar para que estos jóvenes “no desconecten” de sus empresas. Uno de los ejemplos que ha puesto sobre este cambio de mentalidad es la cada vez más invisible frontera entre trabajo y ocio. “Olvidémonos de tiempo de ocio y de trabajo, todo está mezclado”, ha asegurado Vilanova, que además es fundadora y presidenta de ATREVIA y del Consejo Empresarial Alianza por Iberoamérica (CEAPI).

Una generación que ya está cambiando el mundo

Entre los colaboradores de esta pionera publicación en España está Begoña Sesé, que durante un mes ostentó el cargo de CEO de Adecco, y que ha redefinido el concepto de liderazgo. “No es lo mismo un jefe que un líder”, ha dicho, añadiendo que lo que “frustra” a la Generación Z es la falta de líderes. Además, Begoña Sesé ha explicado la relación de su generación con el mundo que vivimos que, “fruto del consumismo”, necesita un cambio que los Z están dispuestos a encabezar.

Medioambiente, Derechos Humanos, justicia social… los temas que preocupan a los Z son variados, y condicionan su vida de manera más intensa que en el caso de otras generaciones. Este compromiso los guía y anima a buscar entre las herramientas digitales que manejan a la perfección las soluciones para cambiar el mundo. Y ese cambio nos toca a todos, incluidos los millennials ahora destronados, por lo que comprender a los Z desde las generaciones anteriores es clave para colaborar en un futuro que ya está aquí.

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Llega a Madrid el nuevo Paraíso de la música electrónica

Cecilia de la Serna

Foto: Unsplash

Tras más de dos décadas olvidada en la ruta festivalera patria, la capital parece estar al fin copando el protagonismo que muchos esperaban. A las ya consagradas citas musicales que suponen algunas, como el Mad Cool o el DCODE, se une una propuesta hasta ahora inédita en Madrid: la primera edición de Paraíso, un nuevo festival que tendrá lugar en un espacio verde muy próximo al centro de la capital. Concretamente, como el ya citado DCODE, Paraíso pisará la hierba del Campus de la Universidad Complutense, y durará dos días: el 8 y el 9 de junio de 2018.

El lema de Paraíso es “Música electrónica y otras artes”, que es -además de un eslogan prometedor- toda una declaración de intenciones. Este festival de nueva generación ha nacido, según sus organizadores, “para ofrecer al público la oportunidad de vivir una experiencia multisensorial”.

De uno de los creadores del FIB

Este proyecto tiene la solvencia que solo la experiencia de los que están detrás de él puede otorgar. Desde el festival recuerdan que “Paraíso nace de la mano de un colectivo de profesionales con más de dos décadas de trayectoria en la gestión cultural. A la cabeza del proyecto se encuentra José Morán, cofundador y codirector hasta 2009 del FIB (Festival Internacional de Benicàssim)”. Algo que cuidan especialmente desde la organización de Paraíso es la imagen gráfica, que han creado de la mano del estudio madrileño Serial Cut. El resultado final es onírico, con elementos relacionados con el sonido y la naturaleza, la música electrónica y otros conceptos del festival, unidos mediante texturas orgánicas y evocadoras.

Tres escenarios para una experiencia completa

La gran incógnita es su cartel, que próximamente anunciará la organización en un primer avance, así como el resto de contenidos y disciplinas artísticas que formarán parte de la primera edición de Paraíso. Lo que sí aseguran sus organizadores es que “Paraíso se estrenará con un cuidado cartel compuesto por artistas que exploran los nuevos territorios de la electrónica y su confluencia con otros géneros y expresiones artísticas”.

El recinto del festival contará con hasta tres escenarios diferenciados, intervenciones artísticas, un área recreativa, varias zonas de descanso y un espacio gastronómico. Siguiendo la tendencia impuesta por muchos festivales, este será sostenible, con aforo limitado a 15.000 personas diarias, en el que la comodidad y los detalles harán que los asistentes disfruten de una experiencia única.

Reserva anticipada

A partir de ahora se puede reservar sin compromiso, y a través de la web de Paraíso, el abono a un precio especial de 35 euros y el pase premium a 95 euros. El plazo para confirmar la compra de la reserva finalizará 15 días después de la presentación del primer avance del cartel. Los asistentes de esta primera edición tendrán prioridad para acceder a las siguientes.

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Mi primera franquicia

José Antonio Montano

Foto: VIPS
RRSS

Cuando vivía en Madrid y comía fuera todos los días, un amigo me preguntaba: “¿En qué franquicia comes hoy?”. He sido un enamorado de las franquicias, esa zona de confort de la gastronomía en que todo es gratamente previsible: vas a lo que vas, sin lírica ni épica. Y sin cocineros dándote la tabarra con su recitado, moscones en sus propias sopas. He pasado muchas horas en las franquicias y he sido dichoso.

La primera de todas fue el Vips, que de algún modo ha contagiado en mis afectos –positivamente– a las demás. El Vips ha sido mi primer amor franquiciado, esa novia primera que será, como cantaba Brassens, la última que olvidemos… Pero ahora van a quitar sus tiendas, complemento indispensable: el Vips era el restaurante más la tienda; sin esta será otra cosa. Desaparecerán en 2018 y de ese año que aún no ha empezado ya tenemos la primera baja.

Jorge San Miguel ha contado su crónica sentimental del Vips y he pensado en la mía. Cuando no he vivido en Madrid, el Vips era Madrid. Ir al Vips era sentirse en Madrid. En realidad, el minipack que me montaba: el cine Alphaville y el Vips (el de la plaza de los Cubos, naturalmente). Y si la película era de Rohmer, mejor que mejor. Luego viví años al lado del Vips de Alberto Aguilera y era mi segunda casa. Era la franquicia en la que comía más veces. Yo solo, con alguna amiga o con los amigos que, recién llegados, querían sentirse en Madrid.

En los Vips se quedaba porque el que llegaba antes podía entretenerse hojeando los periódicos o los libros. Mi amigo Losada, artista, era un devoto de sus libros de arte. Y estaba el lujo, hoy con internet incomprensible, de poder leer a medianoche el periódico del día siguiente: era nítida la impresión de que uno se estaba adelantando un día. (Aunque el reverso era un cierto desvalimiento, un vacío, de la mañana posterior).

Viví también algunos meses junto al Vips de Velázquez (que los madrileños llaman de Ortega y Gasset, o Lista). Allí coincidía a veces (2007) con la ministra Salgado, comiendo sus hojitas. Un domingo un señor llevaba un montón de periódicos con sus suplementos y los soltó en el mostrador. El cajero le preguntó abrumado: “¿Cuáles son?”. “¡Todos menos El País!”. Pero El País era el que yo llevaba, así que le neutralicé la estadística.

Recuerdo largas sobremesas en el Vips, y algunas madrugadas. Lectura (escritura incluso), charla, contemplación indolente; tenía una calidez como desangelada en la que me sentía a gusto… Aunque es cierto que últimamente entraba poco. Solo, de tarde en tarde, para recobrar las viejas sensaciones, coger algún periódico (sin mirarlo mucho) y tomarme un salteado de pollo oriental.

Curiosamente, le debo al Vips llevar casi veinte años desayunando pan con aceite. Yo, que soy un descastado, lo despreciaba. Pero un día en que estaba de visita mi amigo Weil me dijo: “¿No somos andaluces? Pues pidamos el desayuno andaluz”. Así, como ‘desayuno andaluz’ venía consignado en la carta. Lo pedimos por broma, por acoplarnos a una retórica, y me encantó. Desde entonces es lo que desayuno en todas partes: no por Andalucía, sino por el Vips.

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