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El Paseo de Robert Walser: Cómo mirar para aprender a ver

Foto: Clara Paolini | The Objective

Llega a Madrid ‘El Paseo de Robert Walser’, una propuesta de literatura viva, de teatro de calle, caminado, caminante… Un site specific entre la deriva situacionista y  curso intensivo de aprendizaje flâneur. Dentro del ciclo Teatro Raro organizado por CiudaDistrito, el singular escritor suizo, reencarnado en el actor Esteban Feune de Colombi e impulsado por la dirección del polifacético creador barcelonés Marc Caellas, recorre las calles de la capital.

 

La prisa, el pensamiento egocéntrico, la obsesión por la productividad y las notificaciones del whatsapp han provocado una epidemia de ceguera. Caminar con la mirada atenta se ha vuelto raro. Observar la vida que fluye alrededor de nuestra individualista burbuja es un acto insólito. Pasear sin rumbo, pura extravagancia. A no ser que los elementos del contexto se interpongan en nuestra meta, no encontramos utilidad en “malgastar” nuestra atención en ellos. Miramos la ciudad pero no la vemos. Pocos parecen buscar la belleza en los detalles, y aún más extraño resulta quien consigue encontrarla, disfrutarla, compartirla.

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Un educadísimo y pausado Walser saluda a todos y cada uno de los asistentes al paseo. | Foto: Clara Paolini / The Objective.

 

Para qué disminuir el paso cuando lo urgente hace desaparecer lo verdaderamente importante. Por qué pasar las horas cazando lo estético y poético de la realidad, con lo fácil que es entretenerse con lo artificial servido en menú a la carta. Quién queda en este mundo que enseñe el arte perdido de sorprenderse con lo aparentemente anodino. La respuesta la tiene un hombre que vuelve de entre los muertos para recordarnos lo esencial: Robert Walser. Admirado por escritores como Kafka o Herman Hesse y reivindicado en nuestro tiempo por un buen puñado de mentes lúcidas (con Vila-Matas a la cabeza), el escritor suizo es una rara avis capaz trastocar las percepciones de quienes le descubren. Ya sea través de sus novelas y cuentos o, como en esta ocasión, conociéndole “en persona”, Walser supone un curativo hallazgo contra la anestesiante indiferencia.

La oportunidad de recorrer las calles de tu propia ciudad de la mano de uno de los autores más singulares del siglo XX no se presenta todos los días y sin duda, hay que aprovecharla. Un par de de días antes de los paseos que tendrán lugar en el barrio de Villaverde durante el fin de semana, Robert Walser acude a su cita cerca del metro de Noviciado, donde le esperamos 12 espectadores-acompañantes. Somos la audiencia un inusual experimento teatral, a punto de empezar el paseo. Se acerca por la calle San Bernardo el hombre del bombín vestido de traje, apoyando su cojera sobre un paraguas verde. Al llegar ante su público, Robert Walser ofrece un prolongado apretón de manos a cada uno de los asistentes mirándoles a los ojos fijamente. Con esto, el personaje deviene en persona y los espectadores, en cómplices.

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Una nube, una indiscreta conversación en un balcón o la práctica de una cantante de ópera. | Foto: Clara Paolini / The Objective.

 

Su caminar, rítmico y sosegado, se detiene en pausas periódicas. Mira hacia arriba, observando el cielo y las ignoradas superficies superiores de las fachadas. Mira al frente, diseccionando las conversaciones de los transeúntes que se cruzan a su paso. Mira al suelo, encontrando pequeños trozos de papel o los restos de un árbol talado, como un pequeño homenaje a vidas pasadas. Mira, en definitiva, la vida y nosotros con él. Para que la ciudad cobre vida basta con imitar sus ojos curiosos. Y para sumergirse en el camino, es suficiente escuchar sus lúcidas diatribas: Walser critica la superficialidad y pone en duda el buen gusto frente a una peluquería, se queja de aquellos que le juzgan dirigiéndose a la cámara de seguridad de un banco, mientras espera el semáforo desprecia a los ocupantes de los coches, opina que las nubes hacen el cielo más humano, se posiciona contra la extendida necesidad de consumo, verbaliza ensoñaciones mirando una bonita casa en la que le gustaría vivir…

Le seguimos en fila india a través de una tienda de todo a cien ante la atónita mirada de la dependienta asiática, descubrimos el espectáculo improvisado de dos acróbatas sobre un monociclo en la Plaza del 2 de Mayo, rechazamos la oferta de la encargada de la Escuela de Artes y Oficios que insiste en que entremos a ver una exposición.  La dependienta de una librería le ofrece a Walser el libro más vendido provocando carcajadas con su elección y observamos cómo engulle tortilla de patata mientras tomamos una copa de vino. Hay señoras que saludan desde los balcones al ver pasar a la atenta comitiva, hombres que nos increpan sintiéndose ofendidos por nuestro repentino interés en su otrora privada conversación telefónica; hay niños, graffitis, perros, escaparates, viejitos con bastón que se mueven al mismo compás de nuestro anfitrión. Hay infinitos detalles con importancia que, por primera vez, dejan de pasar desapercibidos.

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¿Realidad o ficción? ¿Importa? | Foto: Clara Paolini / The Objective.

 

En la propuesta de la formamos parte lo planeado se mezcla con el azar y, durante el paseo, se entrelazan constantes y variaciones. No hay límite entre realidad y ficción porque El paseo con Robert Walser es algo así como una realidad ficcionada. De las más de 60 funciones que Feune y Caellas han llevado a cabo por todo el mundo, ninguna ha sido la misma. En todas, el texto es el mismo. En todas, se buscan de antemano los elementos que forman parte indispensable de la trama. En todas, Robert Walser es Esteban Feune luciendo el traje heredado de su abuelo, su bombín y su paraguas verde. Sin embargo, en ninguna el cielo era exactamente igual al de Madrid aquella tarde de octubre del 2017. En ninguna, Walser anotó la misma matrícula del coche que le impidió el paso en la Calle Divino Pastor. Nunca antes el camarero del bar de la esquina había disfrutado de la ópera que una cantante le ofreció desde el balcón durante su descanso.

 

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Esteban Feune de Colombi en su “Walser”. | Foto: Clara Paolini / The Objective.

 

Explica Esteban Feune que “pasear con Robert Walser tiene mucho de espontáneo, de intriga y de curiosidad. Es una especie de ciencia ficción invertida”. Los acompañantes, por supuesto, tampoco son nunca los mismos y cada cual descubre el entorno a su antojo, “porque uno va caminando por lugares que quizá ya conoce pero con una cadencia casi imperceptiblemente lenta, y eso hace que vayamos descubriendo un montón de cosas que están ahí, en la realidad, pero que solemos pasar por alto. Un árbol torcido, una tira colgando de un árbol, un caminito de hormigas… Cosas muy simples, que al mirarlas con cierta sensibilidad se resignifican y se convierten en algo con un valor poético muy grande. Eso es algo que se ve reflejado en general la obra de Walser como novelista y como cuentista. Es lo que también tratamos de hacer con esta propuesta”.

No sorprende escuchar a Marc Caellas comentar que se siente más cercano a Francis Alÿs, el artista de inspiración paseísitica por antonomasia, que a esos textos dramáticos llenos de acotaciones que considera horribles, donde el espacio para lo inesperado es ínfimo. Como hizo Alÿs en The Collector, paseando por México mientras recopilaba objetos, nuestro particular Robert Walser va acumulando números de teléfonos de anunciantes de pisos y cursos de los muros madrileños. O como hizo el artista belga al pasear su famoso bloque de hielo por las calles de México, el escritor reencarnado también arrastra a sus acompañantes sin un objetivo concreto. En su acción no hay un fin, sólo un proceso que se llena de sentido mientras desaparece al ejecutarse.

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“Algo absurdo, sí, pero este absurdo tiene una boca preciosa y sonríe.” Robert Walser. | Foto: Clara Paolini / The Objective.

 

Comenta Esteban Feune de Colombi quitándose la máscara del escritor: “Lo que uno aprende leyendo a Walser en general y El Paseo en particular es a permitirse mirar con otros ojos, que son en el fondo los mismos, a otro ritmo. Es un ritmo que uno ya lleva dentro pero que dejó de lado porque está apurado o porque no hay tiempo, y cuando se logra eso, ya es una conquista. Ya queda dentro de uno y empieza a mirar a lo Walser. Esa es la magia principal de El Paseo y tal vez de la obra”.

La forma de entender el mundo de Robert Walser siempre estuvo en peligro de extinción pero afortunadamente hay quien sigue sus pasos para reaprender la utilidad de lo “inútil” de una forma profunda, personal y activa que supera los consejos de Nuccio Ordine. Lo importante no es siempre lo urgente y es en el paseo y la deriva donde la existencia cobra al fin un sentido más allá de las lógicas impuestas. Caminar tiene un componente político, ya que significa negarse a ser domesticado. A fin de cuentas, es posible que esa libertad de pasear, mirar y descubrir insignificantes bellezas sea de las pocas que nos queden en este mar de prisa, pensamiento egocéntrico, obsesión por la productividad y notificaciones del whatsapp.

 

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