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El segundo debate francés: voz para los pequeños candidatos

Karem Pirela

Foto: LIONEL BONAVENTURE
Reuters

La noche del 4 abril se realizó el segundo gran debate de las elecciones presidenciales francesas, esta vez no eran solo los cinco “grandes candidatos” a ellos se unieron -por primera vez en la historia- los seis “pequeños candidatos”, dando así la oportunidad de presentar en un mismo lugar todas las propuestas a las que se enfrentarán los franceses el 23 de abril.

Los “seis pequeños candidatos” son Nicolas Dupont-Aignan del partido Debout la France; Jacques Cheminade representa a Solidarité et progrès; Jean Lassalle de Résistons; Nathalie Arthaud de Lutte ouvrière; François Assilineau con Union populaire républicaine; y Philippe Poutou de Nouveau parti anticapitaliste. Este grupo vivió su momento de gloria ya que aprovecharon el momento para denunciar las fallas del sistema y la corrupción de los políticos más conocidos, como Marine LePen.

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La prensa francesa destaca a los “pequeños candidatos” justo antes del debate. | Foto: Karem Pirela.

El debate de casi cuatro horas de duración fue organizado por el canal de noticias BFMTV y se realizó en los estudios de la Plaine-Saint-Denis al norte de París. La emisión inició a las 20h40, hora de Francia, con la presentación realizada por cada candidato, posteriormente las periodistas Laurence Ferrari y Ruth Elkrief se encargaron de la conducción. El primer tema abordado fue el desempleo; en algo coincide una gran parte de los candidatos y es en la inversión en nuevas tecnologías con la idea de crear nuevos empleos. Evidentemente la orientación política sale a relucir en el planteamiento de sus propuestas. Poutou y Arthaud, ambos de extrema izquierda, proponen prohibir los despidos; mientras que Marine Le Pen, de la extrema derecha, habla de crear imposiciones a las empresas que contraten extranjeros en lugar de ciudadanos franceses.

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Los candidatos se saludan al comienzo del debate. | Foto: Lionel Bonaventure / Reuters.

Un tema que está en el tapete y que logra enfrentar a todos los candidatos es la Unión Europea. Jean-Luc Mélenchon considera a Alemania como un buen socio y compañero, pero piensa que es necesario abandonar los tratados existentes y proponer nuevos acuerdos que favorezcan más a Francia, a lo que Asselineau respondió que es necesario realizar un Frexit amigable. François Fillon, pro UE, piensa que es necesario permanecer unidos para poder enfrentar a Estados Unidos, China y Asia en los mercados internacionales.

Otro de los temas que produjo momentos intensos fue la seguridad del país frente al terrorismo, las opiniones y propuestas se pasean entre los dos extremos: Le Pen afirmó que Francia es una universidad de yihadistas, mientras que Arthaud en la extrema izquierda en cambio opina que los obreros no están interesados en hacer la guerra en el medio oriente.

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Marine Le Pen mientras esperaba al comienzo del debate. | Foto: Lionel Bonaventure / Reuters

Al igual que en el primer debate, realizado hace dos semanas, no faltaron las discusiones entre los participantes, sobre todo con Marine Le Pen. Una de ellas fue protagonizada por Emmanuel Macron cuando la candidata le dijo que estaba cansada de escuchar las mismas mentiras y Macron respondió que las mentiras se escuchan hace 40 años en la boca de su padre, haciendo referencia a Jean-Marie Le Pen, cuatro veces candidato presidencial y fundador del partido de extrema derecha Front National. Otro momento que incluso generó una ronda de aplausos por parte del público fue el comentario de Philippe Poutou quien, refiriéndose a Le Pen, dijo: “para ser alguien que quiere salir de la UE no le molesta tomar el dinero de Europa”, esta vez refiriéndose al caso de 2014 en el que dos personas fueron contratadas para ejercer como asistentes de la candidata en el Parlamento Europeo, recibieron un sueldo por esto, pero realmente prestaron sus servicios al Front National.

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Emmanuel Macron a la salida del debate. 27% de los encuestados opina que él debería ser el próximo presidente de Francia. | Foto: Lionel Bonaventure / Reuters.

“Voy a acabar con la monarquía presidencial” -Jean-Luc Mélenchon

Al final de la emisión la empresa ELABE hizo públicos los datos obtenidos en una encuesta realizada durante el debate, en la misma participaron poco más de cuatro mil televidentes. El candidato más convincente resultó ser Jean-Luc Mélenchon con un 25%, seguido muy de cerca por Emmanuel Macron con un 21%.

Por otra parte un 27% de los encuestados opina que Macron es quien tiene las cualidades necesarias para ser el próximo Presidente de Francia. Por ahora, obviamente, son solo encuestas e intención de voto, será solo hasta el 23 de abril que se conozca quiénes fueron realmente los más convincentes durante su campaña y quiénes pasarán a a la segunda ronda el 7 de mayo.

LOS CANDIDATOS EN FRASES

Nicolas Dupont-Aignan: “Continúan con esos que han arruinado a Francia y les han mentido o deciden reconstruir conmigo una Francia libre, fuerte, justa y bella”.

Emmanuel Macron: “No creo en la fatalidad… Quiero reencontrar el optimismo”

Marine Le Pen: “Abrimos museos pero no abrimos fábricas”.

Jacques Cheminade: “Soy un hombre en cólera a causa de esos que han heredado el poder… Hace 40 años que lucho contra esta dictadura financiera”.

Jean Lassalle: “Propongo un futuro basado en la esperanza”.

François Fillon: “Es necesario que Francia participe en la creación de una alianza mundial contra el totalitarismo del Islam”.

Nathalie Arthaud: “Nuestros intereses [de los trabajadores] son más importantes que esos de la minoría capitalista”.

Jean-Luc Mélenchon: “Voy a acabar con la monarquía presidencial”

François Asselineau (citando a Charles De Gaulle): “El verdadero tema de las elecciones presidenciales es la independencia de Francia”.

Benoît Hamon: “¿Qué pasa si salimos de la Unión Europea? ¿Con los agricultores? ¿La inflación?”

Philippe Poutou: “Aparte de Nathalie Arthaud, creo que soy el único aquí que tiene un trabajo normal”.

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Macron: una soledad demasiado ruidosa

Joseba Louzao

Foto: PHILIPPE WOJAZER
Reuters

El intelectual Michel Ignatieff soñó con llegar a convertirse en el primer ministro canadiense. Su particular aventura como cabeza del Partido Liberal acabó siendo un fracaso estrepitoso, pero la vivencia le permitió comprender mejor el universo de lo político. Ignatieff intentó recoger estas enseñanzas en Fuego y cenizas. Éxito y fracaso en política, un texto sincero a medio camino entre unas memorias políticas y una reflexión teórica sobre las dinámicas electorales más cotidianas. En un momento de la narración Ignatieff describe cómo un gobernante regional le señaló en un encuentro que, para un político, sólo existen dos cuestiones que merece la pena responder: “¿Estás listo para ganar? ¿Estás preparado para perder?”. En el realismo crudo de ambas preguntas encontramos, quizá, más sabiduría que en las páginas de cualquier manual de ciencia política. El mismo Ignatieff aprendió la lección: “a la política no se viene a vivir experiencias enriquecedoras. Se viene a conseguir el poder”.

He recuperado esta anécdota mientras veía Emmanuel Macron: el camino de la victoria, un documental que Netflix no ha tardado en sumar a su catálogo con una celeridad pasmosa. Nos encontramos ante una crónica, claramente hagiográfica, del camino recorrido por Macron hasta el decisivo día en el que se convirtió en el presidente más joven de la democracia francesa. El resultado final es un retrato de un candidato que cree en su victoria y no quiere plantearse otro escenario. Macron aparece como un político inteligente, atento e irónico que sabe lo que quiere, controlando los tiempos y manejando una potente narrativa. No hay duda de ello. Tras ganar el pasado 7 de mayo, Macron apareció, solo, caminando hacia los votantes que le aclamaban. El escenario era el Carrousel del Louvre con el himno europeo como banda sonora. Probablemente sea el mejor ejemplo de la potencia simbólica y emocional del nuevo presidente. De hecho, Emmanuel Macron: el camino de la victoria se construye a partir de este momento histórico. Ese paseo evocaba a personajes de la talla de Charles de Gaulle o François Miterrand y profundizaba en la mística presidencial republicana.

Más allá de la intención del realizador, el documental termina siendo un testimonio significativo de la soledad del político. Sí, Macron aparece constantemente acompañado por su equipo, siempre encadenados a los móviles, y por su mujer, Brigitte Trogneux, confidente y apoyo en cada una de las situaciones que le toca vivir. Pero también hay planos que nos muestran a un Macron que se enfrenta a una soledad demasiado ruidosa – si me permiten parafrasear el título de la novela de Bohumil Hrabal. En la mirada de Macron está el miedo a la derrota. Uno espera ver a los políticos en la soledad del fracaso, tras una puñalada o en el final de su vida política. Pero no cuando se encuentra en la cima de su popularidad y de su autoridad. Macron busca constantemente la aprobación de las personas que están a su alrededor. Sin embargo, casi siempre, debe decidir en soledad. El peso de esa responsabilidad le zarandea. El documental, incluso, nos permite colarnos en su complicada jornada en Amiens con los encolerizados trabajadores de un empresa en huelga que vitoreaban a Marine Le Pen. Macron se encuentra allí frente a las dos preguntas del inicio: “¿Estás listo para ganar? ¿Estás preparado para perder?”. Aquel episodio le hace consciente de que todo éxito no es más que un espejismo. Llegarán nuevos escenarios peligrosos, que amenazarán la victoria. Pese a estar rodeado de asesores de todo tipo, la gestualidad de Macron refleja la inmisericorde soledad del político. Y es que el fuego del poder es capaz reducir a cualquiera, incluso a los más sabios o a los más astutos, a un montón de cenizas. Solamente el político que sea consciente de su propia vulnerabilidad podrá jugar con sus mejores cartas en la contienda política.

Cannes y Netflix: un enfrentamiento inesperado


Cecilia de la Serna

Foto: ALBERTO PIZZOLI
AFP

No hay edición del Festival de Cannes que se precie sin una buena polémica inicial. En la 70 edición, la controversia no ha envuelto a una celebridad, como suele ser costumbre, sino a un concepto: la nueva forma de consumir contenidos audiovisuales. Por primera vez en la historia del festival, dos películas candidatas a la Palma de Oro son originales del servicio de streaming por excelencia, Netflix. Se trata de Okja, de Bong Joon-Ho y de The Meyerowitz Stories, de Noah Baumbach.

Este dato podría ser esperanzador: el festival cinematográfico más prestigioso del mundo se rinde a una realidad sociocultural como es el visionado de películas a través de dispositivos electrónicos. No obstante, el importante lobby de exhibidores y distribuidores galos ha logrado que esa esperanza quede en papel mojado. El Festival de Cannes ya ha anunciado una modificación de su normativa que prohíbe, a partir de la próxima edición, la inclusión en su programación de cintas que no vayan a recibir estreno comercial en salas tradicionales.

Netflix, fiel a su filosofía

El gigante del streaming está dispuesto a pasar por el aro, pero a medias. Netflix no se ha opuesto a que esas dos películas se estrenen en las salas francesas, no obstante sí que ha puesto una condición: que las cintas se estrenen simultáneamente en cines y en Netflix. La compañía siempre ha cumplido con la premisa de ofrecer sus contenidos originales directamente en su plataforma, una premisa que está directamente relacionada con su filosofía empresarial.

Esta condición de la compañía de Reed Hastings ha contado, como era de esperar, con el rechazo de los exhibidores galos. Además, la propuesta de Netflix es, a día de hoy, irrealizable por la propia legislación francesa, que estipula que un film que es estrenado en las salas debe esperar 36 meses para estar en un catálogo de una plataforma digital. Toda esta controversia podría afectar directamente a los usuarios franceses, que podrían llegar a verse perjudicados en el caso de que no pudieran acceder a estos contenidos hasta tres años después, mientras que en el resto del mundo sí podrían hacerlo. Netflix no permitiría algo así.

Opiniones encontradas

Este enfrentamiento entre exhibidores, distribuidores, el propio Festival de Cannes y la compañía norteamericana ha generado todo tipo de opiniones y declaraciones. En el seno del jurado del festival, presidido por el español Pedro Almodóvar, caben todos los criterios y pareceres.

Almodóvar se ha posicionado contundentemente en contra de la inclusión de películas no estrenadas en salas en la sección oficial del festival

El propio Almodóvar se ha posicionado contundentemente en contra de la inclusión de películas no estrenadas en salas en la sección oficial de este festival, el más prestigioso del mundo. “Estas plataformas digitales, estas nuevas formas, no deberían sustituir a otras existentes como las salas de cine. Bajo ninguna circunstancia deben cambiar los hábitos de los espectadores. La única solución que se me ocurre es que acepten y obedezcan las reglas que ya son adoptadas y respetadas por todas las cadenas existentes”, declaró en la rueda de prensa de presentación de Cannes, a lo que añadió que “no concibo dar la Palma de Oro o cualquier otro premio a un film que no pueda ver en una pantalla grande”.

Almodóvar y Will Smith, dos opiniones enfrentadas en el jurado de Cannes. | Foto: Anne-Christine POUJOULAT / Reuters
Almodóvar y Will Smith, dos opiniones enfrentadas en el jurado de Cannes. | Foto: Anne-Christine POUJOULAT / AFP

El actor estadounidense Will Smith, que también forma parte del jurado de la presente edición en Cannes, se posiciona en el lado contrario de la controversia. Según Smith, ambas formas de ver cine son compatibles. “Tengo en casa a jóvenes de 16, 18 y 24 años. Van al cine un par de veces a la semana y ven Netflix… No sé en otros hogares, pero en mi casa Netflix no ha tenido absolutamente ningún efecto en los que van a ver al cine”, aseguró el actor. “En mi casa, Netflix no ha sido nada más que un absoluto beneficio porque pueden ver películas que no habrían visto de otro modo”, añadió.

Aprender a aceptar las nuevas formas de consumo

Como las lenguas no las crean y transforman las Academias, sino la gente que las habla, los hábitos de consumo no los imponen las industrias, sino la sociedad. Lo que no parece haber entendido Cannes es que la fuerte crisis de la industria cinematográfica tiene mucho que ver con los hábitos de consumo. En la pasada década, la piratería le comió el pastel a la industria, que en muchos países -por ejemplo, y especialmente, en España- no se supo combatir. Lo que han traído plataformas como Netflix, pero también HBO u otras cuantas, es una solución a un grave problema.

La piratería -que sigue siendo una cuestión a combatir- descendió en 2016 en España por primera vez en diez años, según un informe del Observatorio de la Piratería y Hábitos de Consumo de Contenidos Digitales. Ese año, Netflix entró en territorio español, y las coincidencias no existen. El lobby de distribuidores y exhibidores en Francia quiere mantener una hegemonía ya imposible, y sus esfuerzos por vetar creaciones alternativas a las más tradicionales -precisamente en la tradición se han basado para presentar sus quejas- serían más efectivos si se trasladaran a acercar de nuevo el buen cine a la sociedad.

Los Oscar ya entregan estatuillas a películas made in Netflix u otras plataformas, el terreno de las series ya es dominio de HBO y de la compañía de Reed Hastings. Este fenómeno es imparable. Quien no lo quiera ver está ciego, y las medidas inesperadas por decreto, como la ejecutada por el Festival de Cannes, no evitarán lo que los consumidores ya han dictado.

El CETA y los enemigos del comercio

Aurora Nacarino-Brabo

Foto: J.J.Guillen
EFE

Todas las grandes civilizaciones tuvieron su dios del comercio. Osiris enseñó a los egipcios a comprar y vender, mientras Tot protegía su navegación. Melkart hacía este trabajo para los fenicios, hijos del trueque y del cabotaje. En el caso de los griegos, era Hermes, el dios pillo, quien protegía el comercio; Mercurio para los romanos.

El comercio era una actividad fundamental y una fuente de desarrollo que era imprescindible proteger. El nacimiento de los estados está ligado al intercambio y la transacción de los productos obtenidos por medio de la agricultura y la ganadería. Más tarde, la navegación permitió ampliar el horizonte de progreso: aquella superación de las fronteras no solo fue una batalla librada y ganada por los remeros a la naturaleza; significó también una temprana globalización.

Así, aquel mercadeo que proveía bienestar económico propició asimismo un acercamiento hacia el otro. Por supuesto, siempre ha habido quienes han tratado de poner freno a la expansión del intercambio. En Egipto, los faraones impusieron severas restricciones al comercio con extranjeros, que fueron suavizándose poco a poco, hasta que, tras la conquista persa, Cambises II permitió la libre navegación por el Nilo.

En la historia contemporánea también encontramos numerosos ejemplos de opositores al librecambio. El comunismo, al que Antonio Escohotado ha dedicado un vasto y fastuoso trabajo, y sus herederos, algunos de los cuales ocupan escaños parlamentarios hoy, son buenos exponentes de ello. También los fascismos abrazaron el proteccionismo y el repliegue cerriles que hoy rebrotan en Europa. Ayer mismo cayó en mis manos
un viejo No-Do en el que José Luis de Arrese, ministro falangista de Franco, lanzaba una homilía contra un capitalismo al que tildaba de “tremendo error materialista”. Podría haberlo pronunciado Alberto Garzón.

A pesar de los hostiles, el comercio siempre ha conseguido abrirse camino. Y otra vez nos encontramos ante la oportunidad de elegir entre las sociedades abiertas y el proteccionismo, entre el progreso y el inmovilismo, entre la libertad y el nacionalismo. Hoy, el Pleno del Congreso de los Diputados votará sobre el tratado comercial suscrito entre la Unión Europea y Canadá. Los enemigos del comercio, desde la derecha nacionalista y la izquierda reaccionaria, llevan muchos meses tratando de sabotearlo. No temen a Le Pen y no reniegan de Marx, pero irán a la guerra contra la Canadá igualitarista, la que acoge refugiados, la que enarbola la diversidad, la que presume de cuidar el medio ambiente, la que lleva a gala la no violencia. Aquella en la que gobierna Trudeau, que cometió el delito imperdonable de llamarse liberal.

Citoyens

Jordi Bernal

Foto: Pool new
Reuters

“Francia ha escogido a #MacronPresident, 39 años, liberal, progresista, europeísta y con la voluntad de unir a los franceses. Félicitations”. Así celebraba Albert Rivera en twitter la victoria de Emmanuel Macron en las elecciones presidenciales de Francia. Unos días después el político catalán escribiría un artículo en El País desarrollando su entusiasmo por la elección de Macron y por lo que esto suponía para afianzar el cambio en los usos y costumbres políticos. Era evidente que Rivera elogiaba al francés mientras se miraba en el espejo. En cualquier caso, no parecían descabellados ni febriles los argumentos a favor de una higienización del ecosistema partidista alejados de los mamporros dialécticos del podemismo falaz.

Cabe señalar, sin embargo, que el currículum del francés, su formación y bagaje cultural –con un Molière recitado bravamente- no lo huele ningún parlamentario español ya sea menor o mayor de cuarenta años. Y luego hablamos, al sur rumboso de los Pirineos, de la decadencia de Francia. Ya me gustaría para mí ese decadentismo.

Tiene razón Rivera cuando señala que la victoria de Macron ha significado un respiro aliviado ante el peligroso avance del nacionalismo y la xenofobia. Una lección de sentido común después de brexits y trumps. Aunque no se debe olvidar que casi la mitad de votantes franceses optaron por propuestas con tufo totalitario y antieuropeísta.

En España (y aquí sí toca sacar pecho) planteamientos como los de Le Pen no han tenido cabida más allá de oscuras barras de tabernas cochambrosas. El podemismo parece haber tocado techo y la leve recuperación económica está desenmascarando, aún más si cabe, la demagogia de un discurso que se vale de las fallas reparables del sistema para fomentar el odio cainita y, de paso, pillar tajada.

Con sus patinazos y errores, el partido de Rivera ha contribuido a “la voluntad de unir” a los españoles. Fue responsable en su búsqueda de acuerdos con el Psoe y fue valiente al darle el sí a Rajoy. También ha sido remarcable su oposición a la deslealtad y desprecio por la ley de los nacionalistas. De ahí que su voto a favor de unos presupuestos que perpetúan el sablazo nacionalista y redundan en la desigualdad entre españoles haya sido, cuando menos, desconcertante. Muy poco francés. Muy poco Macron. Muy poco Liberté, égalité, fraternité.

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