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El siglo XXI comenzó en Sevilla con la Expo’92

Marta Ruiz-Castillo

Foto: Julio Munoz
EFE

La Exposición Universal de Sevilla de 1992, más conocida como Expo’92, significó un antes y un después para la capital andaluza, que durante seis meses se convirtió en el centro del mundo, y para el conjunto de España. Situada en los terrenos de la Isla de la Cartuja, donde se ubica el que fue antiguo monasterio de los monjes cartujos, la Expo’92 acogió a 112 países, 23 organismos internacionales, seis empresas y las 17 Comunidades Autónomas españolas. Se cumplen ahora 25 años de aquel 20 de abril en el que España dio sus primeros pasos hacia el siglo XXI, demostrando de lo que era capaz de hacer a pesar de los inconvenientes, de los agoreros y de las luchas políticas que no impidieron que la Exposición Universal fuera todo un éxito.

Visitada por 40 millones de personas, la Expo supuso un acercamiento a costumbres y culturas de diferentes países en torno a los pabellones, algunos de impresionante calidad arquitectónica. Además, los visitantes disfrutaron de multitud de actividades culturales y lucrativas al tiempo que el recinto sirvió como lugar de encuentros políticos y económicos que afianzaron los lazos entre países diferentes y, sobre todo, entre Sevilla y el resto del mundo.

El siglo XXI comenzó en Sevilla con la Expo’92
El 10 de octubre, dos días antes de la clausura de la Exposición Universal, fue recibida la visitante 40.000.000 | Foto: Efe

Un cuarto de siglo después, la Isla de la Cartuja mantiene aún muchos de sus pabellones, y lo que en un día fue un erial es ahora un lugar de recreo, de encuentro y de recuerdos.

Historia de un recinto único

La Exposición Universal de Sevilla se erigió en el margen derecho del río Guadalquivir, en el territorio que llega hasta el canal conocido como corta de la Cartuja.

Su nombre se debe a que en el año 1400 se fundó en esta zona el monasterio de Santa María de las Cuevas, de la orden de los cartujos, más conocido como monasterio de la Cartuja, que fue lugar de residencia y primer enterramiento de Cristóbal Colón. En el siglo XIX, el  monasterio pasó a ser una fábrica de porcelana y loza, La Cartuja de Sevilla-Pickman.

El desarrollo urbanístico de esa zona era nulo, exceptuando el monasterio de la Cartuja, hasta que en los años 80 se decidió utilizar estos terrenos para albergar la Exposición de 1992. Se construyeron los pabellones de países y otras instalaciones, y se dotó de infraestructuras el entorno, que luego serían aprovechadas por el Parque Científico Tecnológico e Isla Mágica.

Pabellones y la mascota Curro 

A esta convocatoria acudieron numerosos países, organizaciones internacionales y representantes del mundo empresarial que, a través de los pabellones ofrecieron al público lo mejor de su identidad histórica y cultural.

Hasta entonces, nunca antes una Exposición Universal había congregado tan alto número de praticipantes: 30 países europeos, 33 americanos, 21 asiáticos, 20 africanos, 8 de Oceanía, así como las 17 Comunidades Autónomas y 23 Organismos internacionales, junto a seis empresas con pabellón propio. Los pabellones mostraron lo mejor de sus países intentando crear una totalidad coherente que recogiera los aspectos culturales, tecnológicos y lúdicos.

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Numerosos visitantes hacen cola junta al pabellón de España | Foto: Efe

La arquitectura fue parte fundamental de una exposición que miraba hacia el pasado, el presente y el futuro con la recreación de las formas tradicionales de los cinco continentes y con expresiones de lo más imaginativas de las diversas escuelas y sensibilidades. La capacidad de descubrimiento del hombre y su vocación de futuro fue el hilo conductor que guió a todos ellos.

Junto a los pabellones que cada día atrajeron miles de visitantes anónimos de todas las partes del mundo, pero también personalidades del mundo de la política, la cultura, la ciencia o la realeza, como Carolina de Mónaco, Diana de Gales y su marido el príncipe Carlos, o los reyes de Suecia con sus hijos, entre otros muchos. Además, el 26 de julio, la Expo acogió a 17 jefes de Estado y de Gobierno iberoamericanos que habían participado en la Cumbre en Madrid. Por el recinto también se dejaron ver personalidades como Mijail Gorbachov o escritores de la talla de Gabriel García Márquez.

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Los Reyes son saludados por la mascota de la Expo’92, Curro | Foto: Barriopedro / Efe

Y en medio de tanta personalidad, por encima de todos, desde el primer día sobresalió Curro, la mascota de la Expo’92, un peculiar pájaro blanco con el pico en forma de cono y la cresta con los colores que representan los cinco continentes, diseño del alemán por Heinz Edelmann. Un nombre muy andaluz para llamar a los Franciscos. La mascota se dio a conocer el 14 de marzo de 1989 en Madrid y el 20 de abril de 1990 fue presentado oficialmente en Sevilla.

Pellón, el artífice

Si hay un nombre propio que se identifique con la Expo’92 ese es el de Jacinto Pellón, presidente de la Sociedad Estatal Expo 92 que pese a las críticas recibidas por parte de la oposición, logró sacar adelante un proyecto no exento de contratiempos que fueron superándose gracias a su determinación y decisión.  La Exposición Universal de Sevilla se inauguró el 20 de abril de 1992 tal y como estaba previsto y se clausuró el 12 de octubre, también según lo previsto. Miles de personas disfrutaron de un acontecimiento único en un entorno que unos años antes pocos creían que pudiera convertirse en realidad.

La apuesta del presidente del Gobierno Felipe González para que este ingeniero cántabro se pusiera al frente de unas obras que iban demasiado lentas en 1987 y ponían en peligro la celebración de la Expo de Sevilla y la imagen de España ante el mundo, resultó un acierto como se comprobó después.

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El presidente de la Expo’92, Jacinto Pellón, lee el discurso de clausura de la Exposición Universal de Sevilla en presencia del presidente del Gobierno, Felipe González, y su mujer Carmen Romero, y el presidente de la Junta de Andalucía, Manuel Chaves | Foto: José María Pastor / Efe.

En medio de esa batalla política se encontró Pellón, al que la oposición acusó de desfase presupuestario de decenas de miles de millones de pesetas, de oscuras comisiones cobradas por Telemundi, pagos desorbitados a constructoras, contrataciones directas presionadas por el objetivo de abrir el 20 de abril. La Audiencia Nacional no halló nada y dio carpetazo a un caso que nunca debió existir.

¿Qué queda de la Expo’92?

Finalizada la Exposición Universal, una parte de ese complejo se convirtió en el Parque Científico Tecnológico Cartuja, gestionado por la sociedad anónima Cartuja 933, mientras que otra parte del recinto pasó a ser Isla Mágica, parque de atracciones temático. Hay también junto al parque tecnológico varias facultades de la Universidad de Sevilla.

En 1993 se finalizó el edificio Torre Triana, que concentra muchas de las oficinas de la Junta de Andalucía. También en ese año se inauguró el Parque del Alamillo, una amplia zona verde que comunica con el Parque de San Jerónimo por una pasarela sobre la dársena del Guadalquivir, construida en 2011. En relación con el Parque del Alamillo, ya en el siglo XVII existía una zona en Sevilla llamada El Alamillo mencionada por Miguel de Cervantes en El rufián dichoso, publicada en 1615, sin que se sepa a ciencia cierta si se refiere a la misma zona donde ahora se encuentra el magnífico parque.

Con posterioridad, ya en en el año 99 se inauguró el Estadio Olímpico, en el que se celebran competiciones como los mundiales de atletismo, torneos de la Copa Davis de tenis y conciertos.

Entre los espacios culturales que permanecen en el recinto donde estuvo la Expo’92 destacan el pabellón de la Navegación y el de CaixaForum. También está el Auditorio Municipal Rocío Jurado, donde durante la Expo se celebró un importante espectáculo de copla con algunas de las mejores artistas del momento, aunque el nombre de la folclórica fallecida es posterior.

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Visión de la Isla de la Cartuja iluminada por los fuegos artificiales que pusieron fin a la ceremonia de clausura de la Expo 92 | Foto: Barriopedro / Efe

Ahora, Sevilla vuelve a volcarse estos días con un homenaje a esa Exposición Universal que puso a España con un pie en el siglo XXI.

Francia y Alemania, otra vez

Víctor de la Serna

Despejemos historias apócrifas: No existe ninguna prueba de que el ‘Times’ de Londres haya publicado jamás ese famosísimo titular, “Niebla en el canal de la Mancha. El continente, aislado”. Pero los últimos acontecimientos, con aquella pacata Theresa May reconvertida a defensora entusiasta de la ruptura de Gran Bretaña con la Unión Europea, devuelven su actualidad a la noción de que los británicos se siguen considerando como ciudadanos aparte, instalados en unas islas situadas más o menos en el centro del océano Atlántico, a medio camino entre aquella Nueva Inglaterra que fundaron y con la que mantienen una relación especial, y esas placenteras tierras francesas que tanto les han dado bajo forma de buenos vinos de Burdeos, amables paseatas por la Promenade des Anglais de Niza y veladas locas junto a los Campos Elíseos. Somos muchos los que queremos y admiramos al Reino Unido, pero hacerlo comulgar con la integración europea sigue siendo, como en tiempos de Maggie Thatcher, una aspiración que choca de bruces con la realidad. El centro del Atlántico sigue atrayéndolos como un imán.

Lo que sucede en 2017 es que las emociones y las frustraciones se han impuesto en muchos sitios a la reflexión y la razón, y que la incómoda europeidad de Gran Bretaña ha dejado paso a una ruptura irreflexiva y que nos va a costar mucho a todos… pero sobre todo a los británicos. Y que, en ese ambiente de desconcierto que ha acompañado a Donald Trump y al Brexit, lo que se pasa a temer es que toda Europa, o quizá toda la democracia occidental, acabe a la deriva, y no precisamente en el centro del Atlántico.

Por eso, tras la primera vuelta de las elecciones francesas, no es mal momento para recordar que hace más de 60 años el general que salvó -desde un micrófono en Londres- la dignidad de Francia en 1940 y el ex alcalde de Colonia que había mantenido el tipo ante Hitler se unieron a unos cuantos supervivientes de las locuras europeas del siglo XX y pusieron en marcha un proceso de integración que ha sido mucho más positivo que negativo, pese a sus carencias -en particular, su exceso de tecnocracia y su falta de contenido político asumible por los ciudadanos- hasta la fecha. Y si sale adelante Emmanuel Macron y restablece con la canciller Merkel aquella sólida compenetración entre dos ex enemigos hechos para entenderse, esto puede salvarse. Quizá haya, como observaban con envidia algunos norteamericanos esta semana, más cabeza ahora mismo en Bruselas y en los países que siguen respaldando a la Unión que en un mundo anglosajón crispadísimo.

¿Y España? Debería ser la tercera pata de una sólida unión europea. Pero por ahora, que no nos esperen, por favor. Estamos de juicios.

ETA y nosotros

Miguel Ángel Quintana Paz

Fermín era taxista y llevaba en su flamante Simca 1000 a un cliente que acababa de recoger por Bilbao, un tanto apresurado. María Ángeles era estudiante y esperaba a sus amigas en la cafetería en que iban a comer, que aquella tarde tenían examen. Dionisio era dueño de un taller del que sacó el coche para hacer sitio al de su contable, como cada día.

Parecen tres personajes de tres historias que tienen poco que ver. Pero no fueron personajes, sino personas reales. Y sus tres historias, aunque empiezan distintas, acaban igual. Pues en las tres irrumpió, a los pocos segundos de la escena que hemos esbozado, otro personaje: ETA. Terroristas de esta banda asesinaron a Fermín, María Ángeles y Dionisio en la España de los años 70.

Mas así como es preciso contar las historias de los muertos, debemos también atrevernos a contar las de los vivos. ¿Cómo reaccionaron los españoles de los años 70 a parejos asesinatos? Uno se puede hacer una primera idea de ello leyendo el capítulo “Agosto” del libro Diarios, de Arcadi Espada. Allí este periodista repasa, lustros más tarde, las noticias que el periódico El País fue publicando a medida que ETA desengranaba muertos a fines de los 70.

El tono en que El País narra esos sucesos no puede resultarnos hoy más descorazonador. De las víctimas a menudo se insinúan presuntas “culpabilidades” sin prueba alguna y un tanto WTF (por ejemplo, que “en círculos políticos se le consideraba confidente o amigo de la Guardia Civil”). O se puntualiza que la víctima quiso escapar (dónde vamos a llegar) “por lo que fue rematado por los agresores”, a ver si no. De los victimarios a menudo se copia el lenguaje que, evidentemente, enorgullece un tanto a tales victimarios: en lugar de decir “asesinato”, se habla de “acción armada” o incluso de “intervención”, que, como punza Espada, “también lo usan los banqueros y los ministros de Hacienda y nadie los mete en la cárcel”.

Pero no solo el periodismo de la época resultaba mejorable. La reacción de la sociedad en su conjunto (exceptuadas las fuerzas de seguridad, que pagaron duro su empeño) tampoco puede etiquetarse de loable. Todas las víctimas de aquel tiempo coinciden: se sintieron solas, cuando no despreciadas, por las instituciones, por sus compañeros de trabajo, por sus vecinos. Hay fotografías que reflejan, desoladoras, aquel desamparo: el asesinado yace en el suelo mientras sus compañeros de trabajo prosiguen alrededor sus tareas de cada día, apartándose si acaso un poquito del charco de sangre en torno al muerto, que las manchas de sangre luego se quitan muy mal.

Se han propuesto varias explicaciones para esta desidia de los españoles ante la ETA de los años 70 y 80. Nuestra sociedad salía de una dictadura y por lo tanto se hallaba desarticulada, poco ducha en lo de movilizarse y participar contra el mal. O también: ETA asesinó a panaderos, albañiles, cocineros, carpinteros; cualquiera podía estar en su diana, mientras que si te quedabas calladito tampoco es que fueras a hacer ningún daño directo a nadie. O también: ETA había contado con simpatías izquierdistas y nacionalistas por su oposición a Franco; y a veces lleva tiempo modificar tus afinidades.

Sin embargo, lo importante es que todo aquello cambió. Pasó el tiempo y a principios de este siglo ETA ya concitaba rechazos viscerales en casi todas las capas de la sociedad española. Naturalmente, esto fue así porque lo único que pasó no fue el tiempo. Pasó también que muchos intelectuales y políticos se comprometieron en la lucha contra ETA de un modo tan meritorio como brillante. Me resisto a citar siquiera algunos, pues por fortuna son tantos que siempre quedarían otros relevantes por mencionar. Una de las cosas en mi vida con las que estoy más satisfecho es haber llegado a ser amigo de varios de ellos. Pero el lector seguramente sabrá a quiénes me refiero. A todos los que se jugaron la vida explicándonos a los españoles por qué el terrorismo no tenía justificación; por qué hacía falta combatirlo desde el pequeño lugar que cada cual ocupásemos; y por qué era posible vencerlo con las armas de la democracia.

Triunfaron, como digo. Los españoles llegamos a sentirnos unidos ya no solo contra ETA, sino también alrededor de aquellos valores que nos diferenciaban de ETA. La resistencia contra ETA podía haber sido violenta. Podía haber sido autoritaria. Podía haber sido la de un nacionalismo españolista antivasco. Pero fue democrática.

(Cierto es que en los 80 hubo aún ramalazos socialistas de combatir a ETA desde la ilegalidad de los GAL. Pero, por fortuna, hacia el año 2000 todo aquello se había quedado en el pasado).

Esta unidad de los españoles contra ETA solo disgustó y aún disgusta, lógicamente, a dos grupos: los que creen que no debería existir unidad alguna entre los españoles y los que creen que no hay que estar contra ETA. Aunque ninguno de esos grupos es exiguo en lugares como el País Vasco, lo cierto es que en el resto de España su repercusión fue nimia hasta hace poco. Concretamente, hasta la irrupción de Podemos como fuerza política conspicua.

Precisemos: no es que Podemos no desee que exista unidad entre un número lo más alto posible de españoles; en el manual de cualquier populista, obtener la unidad de su “pueblo” es un paso imprescindible. Ahora bien, esa unidad el populista desea que reúna dos requisitos: en primer lugar, que sea una unidad arracimada tras la bandera que él enarbola; en segundo lugar, que sea una unidad contra los enemigos que él desea, no contra cualesquier otros. Dado que la unidad de los españoles contra ETA no implica que por ello vayamos a votar a Podemos, y dado que ETA no pertenece a “la casta”, “la trama” o demás chivos expiatorios del imaginario podemita, se explica perfectamente esa tibieza, y perdonen el eufemismo, con que Podemos ha abordado siempre la cuestión etarra. Tibieza que contrasta, naturalmente, con la calurosa acogida que brinda a quienes zumban a las novias de guardias civiles acompañadas de tales guardias civiles.

Y así nos encontramos con un Podemos incómodo ante esa repugnancia hacia ETA que aún hoy nos acomuna a la inmensa mayoría de españoles. Incomodidad que trata de paliar mediante dos métodos muy simples, pero a la vez eficaces. Se llevan usando desde hace años por todos los que no quieren que el repudio del terrorismo sea uno de nuestros vínculos nacionales. El primer método consiste en diluir el término “terrorismo” en una sopa donde, prácticamente, cualquier cosa enojosa pueda ser etiquetada como tal: hablar, pues, de “terrorismo machista”, o “terrorismo ambiental”, o “terrorismo urbanístico”, o “terrorismo económico”. Cuando todo es terrorismo, entonces un terrorismo concreto, como el de ETA, no es tan grave. De hecho, de eso va el segundo método. Este estriba en resistirse a llamar terrorismo a lo que sí está claro que lo es.

Ahora bien, terrorismo no es cualquier cosa que provoque terror: si así fuera, las películas de fantasmas serían paradigmáticamente terroristas. El terrorismo tiene una definición muy precisa, que naturalmente usted nunca aprenderá en ningún documento de Podemos, y que habremos de recordar. Terrorismo es utilizar la muerte de alguien para, publicitándola, obtener beneficios políticos. Lo explicó hace años Rafael Sánchez Ferlosio de modo exquisito: si a un soldado se le muere de un rayo, pocos minutos antes de que él le dispare, el hombre al que iba a matar, para él esa casualidad meteorológica será igual de válida que si él mismo hubiera eliminado a su objetivo; pero para un terrorista ese rayo habrá desbaratado sus propósitos. El terrorista mata para poder decir que él ha matado. Y para extraer algún beneficio político del terror que ello provocará en la sociedad. Todo lo contrario de quienes cometen otro tipo de desmanes ambientales, financieros o urbanísticos: no solo evitan reivindicar su acción, sino que tratan de ocultar su participación en ella.

¿Logrará Podemos que llamemos terrorismo a cualquier cosa y que no califiquemos así a ETA, sino que volvamos a los años 70 y denominemos a sus atentados “intervenciones armadas” y a sus masacres meras “expresiones de un conflicto”? De todos nosotros hoy, en 2017, depende. De nosotros, que no somos tan valientes ni tan brillantes como los intelectuales y políticos que se jugaron el tipo contra ETA desde los años 80. Pero que tenemos una gran ventaja sobre ellos: que contamos con su precedente. Y podemos ejercer, pues, de enanos a hombros de gigantes morales.

'Drink and learn', los idiomas se aprenden en los bares

Jorge Raya Pons

“Esto empezó en el bar de un amigo en Malasaña”, dice Gabriel Pazos, al teléfono. Gabriel es el cofundador de una start up llamada Milingual que implanta un modelo de aprendizaje de idiomas fundamentado en lo social. Junto a su hermano Andrés ideó un proyecto donde las clases se trasladaban a los bares y las cafeterías y donde los profesores, más que en la teoría, se apoyaban en la conversación espontánea y casi coloquial para que los alumnos mejoraran su idioma. Todo organizado desde la web, a golpe de click. “El primer día vinieron unos 20 alumnos y 3 ó 4 profesores”, continúa. Hoy en día, solo en Madrid, existe una comunidad de casi 10.000 personas y 300 profesores. Han pasado más de tres años desde aquel primer encuentro.

La historia de Gabriel comenzó en una profesión y desde una vocación bien alejada de los idiomas. Porque Gabriel no es filólogo, ni profesor de idiomas; el joven empresario comenzó en la ingeniería y a ello dedicó sus primeros 10 años en el mundo laboral. “Yo soy ingeniero”, explica. “Antes de Milingual era director de proyectos en una empresa del sector energético nuclear. Nada que ver”. Luego ríe. El trabajo fundamental de su equipo consistía en construir zonas de control en centrales nucleares en China. “El típico puesto de control donde trabaja Homer Simpson”, bromea. De algún modo aquello dejó de entusiasmarle. Así que después de estudiar un máster de dirección de proyectos, que compaginaba con su empleo, se decidió a dar el paso.

Aprender idiomas es más ágil entre vinos
Andrés y Gabriel Pazos, fundadores de la start up. | Fuente: Milingual

Dejó su trabajo, se convenció a sí mismo y a su hermano y se lanzaron hacia una ilusión que ahora comienza a dar resultados. Preguntado sobre qué le llevó a decidirse finalmente, responde divertido: “La crisis de los 30”. Con todo, Gabriel insiste en que no fue una decisión en caliente, temperamental. “Me di cuenta de que si quería cumplir esta ambición debía implicarme totalmente”, añade. “Fue una decisión difícil, pero meditada. No fue de un día para otro”.

“Nuestra idea es que el alumno pueda aprender un idioma mientras hace actividades divertidas”

Aquella primera prueba en el bar de Malasaña, dice, le convenció de que este es un proyecto que promete éxito, que implica a la gente y ayuda a perfeccionar el idioma. Y este es un matiz importante; las clases son orales y se exige, de entrada, un nivel mínimo. Esto significa que trabajan en paralelo con las academias o las escuelas de idiomas, no enfrentados. “Nosotros tenemos claro desde el principio que no estamos inventando el nuevo método de aprendizaje, tenemos claro cuál es nuestro nicho”, reconoce Gabriel. “Nosotros nos posicionamos como un complemento que, conforme la persona va avanzando con el idioma, ese complemento se convierte más en lo que necesitas, que es mantener vivo el idioma. Por eso no somos competidores de los cursos online ni de las escuelas de idiomas; somos la parte social del idioma”.

Aprender idiomas es más ágil entre vinos 1
Un evento celebrado en Conde Duque, Madrid. | Fuente: Milingual

Este atributo les ha conducido a que algunas instituciones, como la Escuela Oficial de Idiomas o el Instituto Francés, se hayan interesado por ellos. De hecho, aunque en un inicio las clases se realizaban solamente en cafeterías y bares, ahora se han abierto a otro tipo de experiencias. Con el Instituto Francés, explica, organizan proyecciones y debates sobre las películas a las que asisten con la única condición de que desaparezca el castellano; solo se permite hablar francés. “Muchas veces viene hasta el director a presentarlo”, cuenta. “Lo que hacemos es hablar sobre la película, escuchar al director, por supuesto en francés, y el profesor ejerce un poco de moderador. Hay un interés muy grande en la película, pero sobre todo en el idioma”.

Gabriel Pazos, que comenzó su empresa con 10.000 euros, asume que la proyección de Milingual es global, que no se limita a España. Acaba de crear su primera comunidad en Manchester y Liverpool. “Hemos superado la barrera de las 500 personas”, dice, orgulloso. Los hermanos aspiran a expandirse poco a poco a otros países. Gabriel considera que su principal ventaja competitiva reside en sus precios, que son económicos, sobre diez euros por hora, y que la flexibilidad para el alumno es absoluta, pues gestiona desde internet el grupo al que se incorpora y la hora y el día que mejor se adapta a su jornada. “La ambición del equipo es estar a nivel mundial, que si te vas de vacaciones o por unas semanas a Roma, por ejemplo, puedas mejorar tu italiano al tiempo que conoces gente y conoces la ciudad. Esa es la vocación”, resume. A fin de cuentas, su idea consiste “en que el alumno pueda aprender un idioma mientras hace actividades divertidas”.

Una compañía sueca convierte a sus empleados en cyborgs

Redacción TO

Foto: AP
AP Photo

Llevar el móvil encima para pagar con él o acceder a todo tipo de servicios es un hábito cada vez más generalizado en nuestra ‘superconectada’ sociedad. En Epicenter, un centro que acoge distintas startups en Suecia, han ido un paso más allá y han convertido a sus empleados en cyborgs. Como en una visión distópica de la realidad, en Epicenter insertan bajo la piel de sus empleados un chip de identificación por radiofrecuencia. Estos dispositivos permiten acceder a las puertas y las fotocopiadoras, así como pagar por diversos bienes y servicios, simplemente con el movimiento de una mano. Epicenter, que es la base de más de 100 compañías y unos 2.000 empleados, comenzó a realizar los implantes en el año 2015. Ahora, unos 150 empleados los tienen.

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La futurista sede de Epicenter en Estocolmo. | Foto: Epicenter

Aunque pudiera parecer un método demasiado invasivo, lo cierto es que los empleados que trabajan en Epicenter están como locos por tener su propio chip en la dermis. La clave estaría, seguramente, en lo intuitivo del asunto. Es como llevar una llave encima. No son necesarias contraseñas, o preguntas de seguridad. Las inyecciones se han vuelto tan populares que los trabajadores en Epicenter realizan fiestas para aquellos que reciben los implantes.

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Un chip que activa fotocopiadoras… | Foto: BBC
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…o abre puertas. | Foto: CBC

Una tecnología ya existente

La tecnología en sí no es nueva, ya que chips similares son usados en mascotas, por ejemplo. No obstante, nunca antes habían sido usados en empleados a una escala tal. Epicenter y alguna que otra compañía, por ejemplo en Bélgica, son las primeras en hacer disponibles ampliamente esos microchips.

Problemas éticos

La implantación de estos chips conlleva, para algunos, un planteamiento ético. Sobre todo, esta tecnología genera dudas en torno a la privacidad y seguridad. Aunque son seguros biológicamente, estos implantes pueden ofrecer todo tipo de datos: desde la frecuencia en la que un trabajador acude al lugar de trabajo, qué cosas compra o qué servicios utiliza. Entra de nuevo en juego el ya viejo debate de la utilización de los datos de las personas. Estos datos también los generan las tarjetas de crédito o los smartphones, sin embargo mientras que éstos son fácilmente desechables, uno no puede deshacerse fácilmente del chip.

Estos ‘cyborgs ‘ puede que tengan al alcance de la mano un sinfín de servicios y bienes, y la tecnología los acompaña a todas partes. Pero lo que no tienen es su propia privacidad asegurada.

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