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Ellos lo saben todo

Clara Paolini

¿Por qué trabajamos gratis para Google y Facebook?

Internet es una mansión de cristal donde todo lo que miramos, sobre qué hablamos, lo que nos interesa o preocupa, dónde estamos, qué hacemos, con quién y cuándo, queda registrado para siempre. Vaya novedad, ¿verdad? A estas alturas todos hemos aceptado en mayor o menor medida que nuestra identidad, el más preciado bien de todo individuo, se nos escapa cada día un poco más de las manos a golpe de click. También sabemos, o al menos eso espero, que alguien se beneficia de todos esos valiosos datos que compartimos “sin querer queriendo”.

Sabemos todas esas cosas, pero en general, evitamos pensar en ello. No nos gusta hurgar más de la cuenta en el irrefutable hecho de haber entregado nuestras identidades; en primer lugar, porque resulta incómodo y molesto sabernos desnudos, listos para ser arrojados en la caja de las estadísticas o nichos de mercado, y en segundo, porque resulta sencillamente más cómodo y placentero seguir disfrutando de lo fácil que nos hace la vida internet, prefiriendo no detenernos en preguntas que puedan ocasionar conflictos internos imposibles de resolver.

Aun así, por mucho que intentemos evitar pensar en ellas en un intento de hacerlas desparecer, las preguntas incómodas siguen ahí, acechando nuestra apacible existencia en conectividad: ¿cuál es el precio que en realidad pagamos al utilizar servicios digitales gratuitos?, ¿qué consentimos, sin saberlo, al instalar cookies, aceptar las condiciones de Facebook o hacer una inocente búsqueda en Google?, ¿qué saben de nosotros las grandes empresas digitales y cómo lo utilizan?, ¿somos conscientes de que cómo los grandes gigantes digitales monetizan nuestro tiempo en red, nuestras reacciones y hasta nuestras relaciones?

En la cúspide de esta montaña de dudas se eleva la incógnita sobre si hallar respuestas de verdad nos preocupa o es más cómodo optar por el “ojos que no ven corazón que no siente” para poder seguir disfrutando de las innumerables maravillas que ofrece la web. Como primera respuesta a todas estas preguntas, un aviso a navegantes: lo más probable es que estas cuestiones quede sin resolver mientras el tiempo que pasas en esta página se monitoriza. Y resulta complicado dilucidar si eso es bueno o malo.

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Instalación de Rick Smolan para la exposición Big Bang Data vía Torene Project

¿Cómo utilizan nuestra información?

En los últimos años, un reducido número de corporaciones digitales ha conseguido hacerse con más información de la de ningún servicio de inteligencia en la historia soñara jamás. Compilar la ingente cantidad de datos que hoy nutre el llamado fenómeno Big Data ha resultado una tarea sorprendentemente fácil, porque la hemos entregado a cambio de cosas que nos gustan, o en este, punto, que consideramos hasta indispensables. Dar tu nombre, fecha de nacimiento y ubicación para poder enviar emails o hacer llamadas sin pagar un duro parece a simple vista, una oferta irrechazable.

Con el mismo principio, usamos Google Maps aceptando informar sobre dónde estamos, traducimos textos en otra lengua mientras dejamos un rastro de los contenidos que antes no entendíamos o adquirimos objetos baratos de importación dejando bien claro qué tipo de consumidores somos y cuáles son nuestros hábitos de compra. No es una trampa en la que hayamos caído de forma pasiva, e incluso nos convertimos en creadores de contenidos con los que rellenar los espacios sobre los que se publicitan las marcas. De lo que no nos damos cuenta es que en el fondo, todos esos fantásticos servicios que hacen de internet un espacio más útil y enriquecedor cada día, no son gratis. Son plataformas de las que disfrutamos gracias al sistema de trueque “servicios a cambio de datos”.

Estos intercambios, ¿contribuyen a hacer nuestra existencia un poco mejor, más fácil y agradable? Desde mi punto de vista sí, pero no conviene perder de vista el hecho de que Google o las redes sociales son empresas de publicidad cuyo modelo de negocio es utilizar nuestros datos para que el resto de compañías, que sí venden bienes o servicios a cambio de dinero, lo hagan de forma más efectiva. El principal objetivo de los gigantes digitales es enriquecerse. Si de forma colateral crean un mundo mejor conectado y más avanzado, o por el contrario, una sociedad más fácilmente manipulable, son a fin de cuentas, efectos colaterales.

En una entrevista al economista Yann Moulier-Boutang en la contra de La Vanguardia el experto ofrece una visión clara sobre lo evidente: todos trabajamos gratis para la GAFA (siglas de G-oogle, A-pple, F-acebook y A-mazon). “Millones de humanos no cobran ningún sueldo pero dedican gran parte de su vida a generar dividendos para las GAFA. Ocupando todas las facetas de nuestra vida, la digitalización consiste en poner online, ergo monetizar, todas las relaciones humanas (…) Se van apropiando de todos los signos que los humanos generamos en el planeta: el presupuesto de una empresa o el cumpleaños de la abuela en Facebook. Es la economía de la atención, cuanta más atención les prestamos, más datos les damos y más rentables son. Los convierten en dinero, acompañándolos de publicidad viralizada, o en información mercancía para venderlos como big data a otras empresas”.

Instalación HELLO World! de Christopher Baker vía Gunnar Knechtel Photography
Instalación HELLO World! de Christopher Baker vía Gunnar Knechtel Photography

Lo queramos o no, muchos de nosotros somos esclavos de internet, y como tal, ponemos al servicio de las grandes corporaciones nuestra mano de obra gratuita. Como resalta Moulier-Boutang, “nadie se daba cuenta de que gratis eran las baratijas con que los esclavistas engañaban a los nativos hasta encadenarlos”, como puede que tampoco estemos apreciando en toda su complejidad el nuevo status de control por parte de las compañías digitales porque lo que nos ofrecen, nos encanta.

Las mentes más brillantes de nuestra generación trabajan en sus oficinas, por lo que resultan “amos” bastante considerados. Manejando a la perfección el ambiguo concepto de libertad, pocos nos sentirnos cautivos, y aunque la publicidad nos molesta, seguimos considerando que somos medianamente libres y anónimos. Pasar tiempo navegando es tan entretenido, didáctico y útil, que llegamos a la conclusión de que nos están haciendo un favor, y como somos tantos los usuarios, el sentido de esclavismo o falta de privacidad queda diluido entre la masa. A fin de cuentas, ¿qué importa que sepan todo acerca de mí si no soy nadie? Mientras no utilicen mis datos bancarios sin mi consentimiento, todo bien.

Lo gratis, ¿sale caro?

En palabras extraídas del libro Código 2.0 de Lawrence Lessing “la mayoría de usuarios de Internet no tiene ninguna conciencia de si su conducta está siendo vigilada o de si puede ser rastreada. Más bien al contrario, la experiencia de la Red nos sugiere anonimato”. El libro de Lessig, aunque imprescindible, ha cumplido ya 10 años, por lo que cabe preguntarse si acaso ¿no hemos perdido ya la inocencia? Las evidencias acerca de cómo la GAFA y sus compinches utilizan nuestros datos se han ido amontonando de forma gradual, y a día de hoy, resulta casi imposible no ver cuáles son las consecuencias. Si por ejemplo escribimos en la página de Facebook de una aerolínea una queja, al cabo de los meses aparecerá entre las fotos de nuestros amigos el anuncio de una empresa que gestiona reclamaciones sobre cancelaciones, o si ojeamos un producto en cualquier plataforma de venta online, nos perseguirá su fotografía en forma de anuncio allá donde vayamos en la web. Estaremos hablando con un familiar en Facebook, leyendo el periódico online o usando una app y allí estarán; los zapatos sobre los que te detuviste 1,3 segundos o los mejores hoteles de aquel destino de vacaciones que googleaste por pura curiosidad, te perseguirán hasta el último rincón.

La publicidad a medida, dando en el clavo de tus deseos, necesidades y gustos, aparece como por arte de magia, pero dado que hemos llegado a la madurez como internautas, sabemos que tiene truco. Los métodos que las marcas utilizan para crear y segmentar la publicidad en internet no son ningún secreto, y no hace falta ser un gurú del marketing digital para conocer las claves sobre el funcionamiento del mecanismo que mueve los hilos. No es necesario que hayamos visto nunca un Google Analitycs mostrando gráficos de comportamiento, ni sepamos de forma exacta las opciones que Facebook ofrece a las marcas para elegir los perfiles adecuados sobre los que publicitarse. En un alarde de demostrar lo bien que nos conocen y lo mucho que nos quieren (como consumidores), el sistema con el que las empresas monetizan nuestras navegaciones se exhibe en nuestras propias narices cada vez que aparece un anuncio a medida.

Face to Facebook, una obra de Paolo Cirio y Alessandro Ludovico vía LSN Global.
Face to Facebook, una obra de Paolo Cirio y Alessandro Ludovico vía LSN Global.

Pueden persuadirnos, ¿pero no manipularnos?

Las campañas de publicidad online son cada vez más invasivas, pero también es cierto que nuestras habilidades para distinguir y esquivar anuncios se ha desarrollado a la par. Dado que hemos aceptado trabajar gratis para Facebook y Google y que sabemos cómo utilizan nuestra información, nos hemos visto obligados a desconfiar de todo como forma de vida. Sin embargo, nuestro impermeable anti publicidad tiene sus límites y a veces resulta difícil complicado distinguir la fina línea que separa la persuasión de la manipulación.

Conozco a pocas personas que hayan visto un anuncio completo en YouTube antes de dar al botón de “saltar publicidad” y he llegado a presenciar los superpoderes de algunos individuos a la hora de evitar el campo de minas de pop ups y publicidad en algunas páginas ilícitas de visualización o descarga de películas. Pero si muchas de las empresas digitales marcan el paso de la economía, por algo será. ¿Por qué sigue funcionando tan bien? La clave está en mezclarlo todo y usar el mismo formato, haciendo que cada vez resulte más complicado distinguir, si es que alguna vez fue posible, qué es publicidad y qué es información. De ahí que Facebook incluya los anuncios en nuestro timeline en lugar de la fácilmente esquivable columna lateral de antaño, o que los medios de comunicación incluyan a pie de página impactantes “noticias” virales de dudosa procedencia con links a plataformas plagadas de anuncios.

“Los vendedores ya no sólo seducen nuestros deseos innatos, sino que llegar a programar nuestros comportamientos.

El abuso está a punto de devaluar no solo la publicidad, sino la propia información, pero por lo visto por ahora funciona. Y es más, antes de que estas tácticas dejen de ser efectivas, ya se habrán instaurado otras aún más penetrantes. Hace un tiempo un artículo publicado en el diario The Atlantic predecía certeramente el futuro del marketing asegurando que “ las futuras aplicaciones que hacen uso de grandes volúmenes de datos, localizaciones, mapas, seguimiento de los intereses de un navegador y flujos de datos procedentes de dispositivos móviles y portátiles, prometen marcar el comienzo de la era de poder sin precedentes en manos de los vendedores, que ya no sólo seducen nuestros deseos innatos, sino que llegar a programar nuestros comportamientos”.

En el lado opuesto a eta afirmación, podemos pensar que es imposible llegar a tal manipulación. Somos demasiado inteligentes como para no darnos cuenta del efecto que la publicidad tiene en nosotros, y algo hay que dar a cambio de los servicios de los que disfrutamos. Por ejemplo, los usuarios de Wallapop intercambian entre ellos productos mediante una plataforma gratuita en la que todo parecen ventajas. Por ahora, a pesar de las multimillonarias inversiones, no ganan ni un duro por lo que se prevé que en un futuro, habrá publicidad. Es posible que utilizando nuestra ubicación y búsquedas, se ofrezca información sobre comercios a nuestro alrededor donde comprar lo que queramos de primera mano. ¿Estarán manipulando nuestra información para vendernos cosas? Sí, pero establecer si esto nos perjudica al manipular nuestras acciones, o nos beneficia al hacer más fácil que encontremos lo que queramos, depende del cristal con el que se mire.

Apocalípticos e integrados

apocalipticos-e-integrados-umberto-eco-4970-MLA4008899551_032013-FTomando como referencia el conocido libro Apocalípticos e Integrados de Umberto Eco, es posible aplicar las concepciones opuestas con las que el filósofo dividía la percepción de la cultura de masas a esta nueva dominación de los gigantes online.  Según los apocalípticos, la cultura de masas, o en este caso, la nueva era del marketing digital, genera homologación, manipula a sus públicos, provoca emociones pre construidas y está dominada por las leyes del mercado. Uno de las personalidades que mejor ejemplifica esta corriente de opinión sea quizá Andrew Keen, autor de Internet no es la respuesta. Por otro lado, desde la visión de los integrados, la actual era de la digitalización, no puede ser reducida a un fenómeno capitalista, permite el acceso democrático a la cultura y la información, puede servir como agente de formación y satisfacer necesidades. Como ejemplo de esta postura, cualquier trabajador de Sillicon Valley que considera que gracias a nuestros datos, la tecnología está haciendo del mundo un lugar mejor.

En el fondo importa poco de qué lado nos situemos, ya que lo cierto es que parece imposible escapar. La única alternativa a este nuevo mundo creado donde la publicidad mueve los hilos de nuestras acciones es no utilizarlo, y sinceramente, no parece una opción más beneficiosa que continuar compartiendo datos. Lo de poner en Facebook “no permito que se venda mi información” es una verdadera chorrada, leerse el rollo de las cookies cada vez que visitamos una página es impensable y por más que Google se empeñe en convencernos en su página de administración que no vende nuestra información a terceros, queda claro que eso es extensamente discutible.

La ley establece nuestro derecho a saber qué saben las empresas de nosotros, ¿pero de verdad nos importa? Tomando prestada una frase de Dan Ariely, los humanos somos “predeciblemente irracionales” por lo que no siempre actuaremos en nuestro mejor beneficio. Mientras unos sigamos disfrutando y otros enriqueciéndose, la maquinaria seguirá en marcha, aunque nunca está de más abrir los oídos al permanente murmullo que desde segundo plano se burla de nosotros susurrando “si lo barato sale caro, lo gratis ya ni te digo”.

Memes literarios, el éxito tras la revolución ilustrada del humor

Jorge Raya Pons

Foto: Memes Literarios
Facebook

Hay historias de éxito que son inesperadas. Cuando a Sid se le ocurrió crear una página de Facebook donde se confabularan literatura y humor gráfico –comprendido como meme-, no imaginó que fuera a alcanzar una difusión tan grande.

Sid, el nickname tras el cual se encuentra el fundador de Memes Literarios, creó la página sin grandes pretensiones el 17 de diciembre de 2012. Lo hizo contando chistes sobre las vidas traumáticas de tantos novelistas, ilustrando bromas sobre las tramas de novela más alambicadas, compartiendo anécdotas comunes entre lectores habituales. Han pasado casi cinco años y la cuenta reúne a más de 1,3 millones de usuarios en todo el mundo. “Lo cierto es que la página se mantuvo en las sombras un buen rato”, dice Mifune, recordando un tiempo que queda lejano. “Jamás hubiéramos imaginado que alguna de nuestras publicaciones rebasaría los 20.000 likes y los 5.000 compartidos”.

Cuando Mifune se embarcó en el proyecto en septiembre de 2013, la máquina estaba en marcha y bordeaba los 17.000 seguidores. Ahora la página crece a toda velocidad y sin pausa, y varios miles de personas se suman a esta comunidad cada semana.

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Los fundadores de esta comunidad supieron ver un nicho que sorprendentemente existía; entre los cientos de millones de usuarios de internet hay lectores de novela y poesía, y muchos de ellos pasan sus horas navegando en el timeline de Facebook. “La idea de Sid fue crear una página web con contenido humorístico que estuviera dirigida a gente inclinada a la lectura”, dice Mifune. “La inspiración nació de ver otras páginas bastante populares. Como no había ninguna específica para el humor literario, se decidió hacer una”.

En Memes Literarios abordan un humor que procuran que sea inteligente, no tanto por su elocuencia como por sus referencias. Hacen chistes maliciosos sobre los libros de autoayuda, sobre las novelas de Paulo Coelho, sobre las películas de Jodorowsky. Bromean sobre las adicciones de Bukowski, la disfunción familiar de los Kafka, los placeres oscuros del marqués de Sade.

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Su gran logro reside en que lo hacen sin caer en la pedantería, sin resultar pesados. “Procuramos que nuestras bromas no caigan en la bufonería o en cierto humor cutre”, dice Mifune. “Hacer reír es una labor difícil, especialmente cuando el mundo de las redes sociales está plagado de memes y todo tipo de contenido humorístico. A esto agréguese que nuestra intención es hacer reír por medio de referencias literarias. La cosa tiene bastante dificultad. Sin embargo, nos gusta hacerlo, y nos gusta distinguirnos cuando lo hacemos, por eso partimos del supuesto de que hasta en el humor debe haber calidad. A diferencia de otros sitios, la mayoría de nuestras publicaciones son elaboradas por los mismos integrantes del staff”.

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Este staff, al que pertenece Mifune, cuenta con 25 personas. La mayoría de ellos son mexicanos, pero también hay argentinos, peruanos e incluso un catalán. Algunos de ellos se han hecho especialmente populares entre los miembros –Primate, Sheridann, Jaromir, Dies- y todos ellos guardan la característica común de firmar sus publicaciones con sus alias y no con sus nombres reales, un atributo tan ligado a los nativos de internet.

Ahora que ha pasado el tiempo y ellos mismos se sorprenden de su propio éxito, reconocen que han recibido alguna oferta suculenta para comprar el sitio. Sin embargo, tal como la han recibido la han rechazado. “La mayoría en el equipo hace esto por hobbie, dice Mifune, que bromea: “No hay planes de obtener alguna retribución económica de esto, pero no nos haría daño que hubiera donaciones”.

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Paralelamente a Memes Literarios, sus autores pusieron en marcha la revista Marabunta –un contrapunto de literatura seria– y aprovechan las visitas torrenciales a su página de humor para llenar de lectores sus artículos y ensayos. Mifune concluye que sacan partido de la comunidad para hacer humor y servir de entretenimiento, pero también para asentarse como escaparate de propuestas culturales interesantes que, en muchas ocasiones, pasan desapercibidas: “Siempre nos hemos esforzado por hacerle saber al público que, si tienen algún proyecto, o si tienen alguna convocatoria para un concurso o un taller literario, por ejemplo, pueden contactarnos y pedirnos ayuda con la difusión. Siempre que quieran promover una actividad relacionada con la literatura, Memes Literarios estará abierto a la posibilidad de ayudarlos”.

Tormenta ígnea, cuando una tormenta de fuego hace que todo arda en segundos

Lidia Ramírez

Foto: Patricia de Melo Moreira
AFP

La tarde del 17 de junio ha sido, con toda probabilidad, una de las peores de la historia de Portugal. En apenas unas horas, las colinas boscosas de Pedrógão Grande, a 150 kilómetros al norte de Lisboa, fueron destripados por las llamas. Más de 1.500 bomberos, entre ellos varias unidades españolas, están luchando todavía por controlar los incendios que ya han matado a más de 60 personas y herido a decenas que se vieron sorprendidas por el fuego y quedaron atrapadas en sus coches y viviendas sin que nada se pudiera hacer por sus vidas. Al parecer, según informan medios locales, el incendio fue causado por un rayo, pero ¿por qué se extendió tan rápidamente en varias direcciones sin dar tiempo a las víctimas a huir resultando tan devastador y letal?

Según medios locales todo apunta a que lo que se produjo fue una tormenta de fuego o tormenta ígnea, sin embargo, según Pablo Cristobal Mayoral, Jefe de Servicios de Incendios Forestales de Bomberos Comunidad de Madrid, con quien este periódico ha contactado, “es precipitado decir que se trata de una tormenta de este tipo”. Este fenómeno sucede cuando un incendio es tan vasto y potente que deja de ser un hecho físico para convertirse en un fenómeno meteorológico. El proceso es tan sencillo como devastador: “Se produce cuando un fuego origina una tormenta”, explica Mayoral, y detalla, “Lo que sucede es una acumulación de aire extremadamente caliente en la atmósfera que sube rápidamente y el aire frío que se encuentra al nivel del suelo crea fuerte vientos que avivan las llamas”.

Tan inusual como catastrófico, hay que remontarse al 8 de octubre de 1871 para hablar de las tormentas de fuego más letales que se recuerdan. El pueblo de Peshtigo, Winsconsin, estalló en llamas simultáneamente por los cuatro costados en apenas unos segundos. Entre 800 y 1.200 personas, de los 1.700 habitantes, fallecieron. Y ese mismo día, a tan sólo unos 300 kilómetros, la ciudad de Chicago ardía en llamas. Este desastroso incendio duró tres días, arrasó con seis kilómetros cuadrados de la ciudad, y cientos de personas perdieron la vida. La reconstrucción sucedida inmediatamente después de la extinción del fuego, comenzó un proceso que llevó a Chicago a ser una de las ciudades estadounidenses más importantes.

Sin embargo, en los últimos meses el mundo ha tenido que hacer frente a varios fenómenos de este tipo. El último, el pasado enero en Chile, cuando varios incendios forestales arrasaron más de 300.000 hectáreas dejando a su paso una decena de fallecidos. “Aunque son muy difíciles de pronosticar, la columnas de humo, el perfil atmosférico o la altura del fuego nos pueden ayudar a predecir que se puede producir un incendio de tal intensidad”, indica Mayoral. “La única solución es extinguirlo cuanto antes”, asegura.

A la pregunta de si España está preparada para afrontar algo así, el Jefe de Servicios de Incendios Forestales de Bomberos Comunidad de Madrid, se muestra contundente: “España a nivel mundial es el país más preparado para hacer frente a un incendio forestal, sin embargo, tenemos que seguir preparándonos ya que el efecto invernadero y todos los fenómenos naturales que estamos viviendo en los últimos meses como consecuencia del cambio climático no juegan a nuestro favor”, y sentencia: “no podemos ser autocomplacientes”.

La Península Ibérica está experimentando un clima inusualmente caliente, con temperaturas en aumento por encima de 40 °C  en algunas regiones. El año pasado, Portugal se vio afectada por una serie de incendios que devastaron más de 100.000 hectáreas de tierra firme. En agosto de 2016, el fuego en la isla de Madeira mató a tres personas, arrasó 40 casas y calcinó 5.400 hectáreas de tierra. Y en 1966, el bosque de Sintra, al oeste de Lisboa, era consumido por las llamas. En él murieron 25 soldados que trataban luchar contra el fuego.

La izquierda de las naciones

Ricardo Dudda

El PSOE de Pedro Sánchez compró el relato de Podemos e Izquierda Unida de que el partido no es suficientemente de izquierdas, en lugar de controlar el discurso y determinar qué es ser de izquierdas en el siglo XXI. Ser de izquierdas en el siglo XXI casa difícilmente con una declaración del país como plurinacional. España es multicultural y diversa. Tiene diferentes lenguas. Un Estado moderno debería respetar las diferencias y fomentar su reconocimiento sin mencionar naciones históricas ni atavismos.

En el PSOE afirman que su afirmación de la plurinacionalidad no trocea la soberanía, pero crea regiones más privilegiadas que otras: están las naciones y luego las comunidades autónomas. Y las naciones, en tanto naciones, necesitan un trato especial. Y cuando se reconoce simbólicamente una nación el siguiente paso es reconocer su soberanía propia, y para ello necesita convertirse en Estado. Porque el Estado es tangible, al contrario que la nación, inexplicable y mística.

El PSOE y Podemos coinciden en un discurso de una izquierda acomplejada ante los nacionalismos, que solo sabe hablar de República pero no de valores republicanos. Sin embargo, y a pesar del viraje de Sánchez hacia posturas más izquierdistas, hay todavía muchas diferencias: el PSOE sigue siendo el PSOE, y Podemos puede aprovechar (y ya está haciéndolo) para pedir a los socialistas mayor pureza (lo que entienden ellos por pureza). El caso del independentismo es una buena prueba. En Podemos afirman que hay que dejar votar a los catalanes, aunque sea en un referéndum ilegal. En el PSOE denuncian el referéndum ilegal. Entrar en la dinámica de la identidad implica competir en pureza. Si el PSOE y Podemos se plantean un futuro juntos, lo harán desde la lógica identitaria, y en ella juega mucho mejor Podemos.

Los beneficios de pagar un céntimo por enviar un email

Redacción TO

Foto: ERIK DE CASTRO
Reuters

Sellos, sobres, papel y bolígrafo para escribir una carta. Tiempo invertido en adquirir estos materiales, tiempo invertido en dejar la carta en el buzón y tiempo perdido en esperar a que la carta llegue a su destino. El coste de enviar ahora una misiva parece un disparate teniendo en cuenta que hay distintos proveedores de correo electrónico que ofrecen este servicio de forma gratuita. Pero nada es realmente gratis. Un estudio de un investigador, publicado en la Harvard Business Review, ha estimado que, en su empresa, enviar un email suponía un coste de 95 céntimos en fuerza laboral. Y hay empresas que, llegado un momento, dejarán de dar sus servicios de forma gratuita si no obtienen beneficios por otra parte (Twitter sigue sin encontrar un modelo de negocio económicamente viable).

Imaginemos que pagamos un precio simbólico por enviar un email, un céntimo. No se trata de caridad altruista, sino que este gesto tendría beneficios también sobre los usuarios. ¿Quién no tiene decenas -en algunos casos, cientos o miles- de correos electrónicos sin leer? Diariamente, la gente se dedica a leer correos electrónicos de trabajo, que, en muchos casos, no son más que ruido y no aportan nada, sino que solo suponen una pérdida de tiempo. Poner una barrera aligeraría esta tarea.

Pero para que las bandejas de entrada se llenen tanto, alguien, al otro lado, está enviando emails a diestro y siniestro. Y esto no supone únicamente una inversión de tiempo. Un estudio de la Universidad de Leihigh sugería que existe una conexión entre la lectura y envío emails a deshora y el agotamiento emocional. Y otra investigación de la Universidad de Connecticut publicado en Philosophical Transactions, de la Royal Society B, alerta de que la exposición a la luz artificial emitida por teléfonos, tabletas u ordenadores antes de irse a cama provoca alteraciones en los ritmos circadianos (el reloj biológico que regula, entre otras cosas, el ciclo natural sueño-vigilia) y provoca, por tanto, problemas de sueño. Es decir, leer un libro antes de ir a dormir en lugar de ponerse a contestar al email que te ha mandado tu jefe facilita que tengas un sueño más reparador.

Pero, si tu jefe te escribe, ¿cómo te vas a poner a leer en lugar de responderle? La solución es sencilla: si este tuviera una barrera económica, por pequeña que sea, a la hora de mandar un email, se lo pensaría dos veces. Ya hay empresas que, a su manera, han limitado económicamente el uso del correo electrónico. Facebook y LinkedIn son dos ejemplos.

La empresa analista Radicati Group estima que, en 2015 se enviaron 205.000 millones de emails cada día. Es decir, que si todo el mundo tuviera acceso al correo electrónico – y no es así -, el resultado es 30 emails por persona. Para evitar este overbooking en las bandejas de entrada de medio mundo ya hay plataformas que, conscientes de las deficiencias del correo electrónico, proponen vías de comunicación interna más directas y eficientes. Trello permite construir tableros sobre los que colgar etiquetas en la que cada empleado puede especificar en qué tarea está trabajando sin necesidad de enviarle un email a todo su equipo. Es decir, un corcho digital en el que cada empleado deja una nota que pueden ver todos sus compañeros. Y Slack permite un sistema de chats, grupos y mensajes directos entre empleados y presume de reducir el uso del correo electrónico en casi la mitad. Dos opciones para que a nadie le entre el bajón cuando vuelva de vacaciones y se encuentre una bandeja de entrada con cientos de emails con mensajes que, en la mayoría de los casos, ya han caducado.

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