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En el feudo del PP catalán se votó en masa y sin incidentes

Borja Bauzá

Foto: Borja Bauzá
The Objective

La definición gráfica de la expresión “como quien oye llover” la encarnaban este domingo por la mañana los Mossos d’Esquadra destacados en los colegios electorales de Badalona: de brazos cruzados, mirada ausente y a una distancia prudencial de las colas formadas en los centros de votación. Sólo reaccionaban cuando algún vecino se acercaba –paraguas en mano– a preguntar alguna indicación. Como, por ejemplo, si sabían de algún colegio cercano para ver si allí había menos cola (a primera hora de la mañana el Govern había decidido permitir votar en cualquier centro). “No sé, me parece que en la zona del hospital, por ahí arriba, hay uno”. ¿Abierto? “No tengo ni idea”.

Las informaciones que llegan desde todos los rincones de Cataluña demuestran que la pasividad de los Mossos en Badalona no ha sido un caso aislado. A primera hora de la mañana, en un colegio electoral del barrio barcelonés El Guinardó, varias unidades de la policía autonómica hacían acto de presencia con intención de clausurar el centro. Los agentes fueron recibidos por un cordón ciudadano que, pese a cerrarles el paso, les aplaudió al llegar, al deliberar y al marcharse sin haber tomado cartas en el asunto. Una actitud poco frecuente en un cuerpo policial acostumbrado a lidiar de otra manera con la resistencia pacífica. Caso 15-M, por ejemplo.

En Badalona las cosas se preveían tensas. La alcaldesa de esta ciudad de 220.000 habitantes, Dolors Sabater, del partido Guanyem Badalona en Comú, no ha dudado en asegurar repetidas veces que la localidad celebraría la consulta pese a la suspensión del Tribunal Constitucional. Su insistencia ha hecho que algunos vecinos dedicasen las primeras horas del día a observar la C-31, la carretera que une Badalona con Barcelona, esperando ver aparecer en cualquier momento furgonetas del Cuerpo Nacional de Policía o de la Guardia Civil. No ha sido el caso. También se temía crispación vecinal. Badalona es uno de los tres municipios catalanes en los que el PP se alzó con la victoria en los últimos comicios municipales (los otros son Castelldefels y Pontons). Aunque no consiguieron la mayoría absoluta –y por eso no gobiernan– los ‘populares’ se hicieron con más de 30.000 votos (el partido de Sabater, que quedó en segundo lugar, obtuvo 15.000 papeletas). Pero tampoco ha sido el caso; los vecinos se han ignorado.

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Foto: Colas bajo la lluvia para votar en la Escola Llevant. / Foto: Borja Bauzá | The Objective

La única nota discordante en un clima por lo demás sosegado tenía lugar frente al ayuntamiento. Y no estaba protagonizada por la derecha españolista ni nada que se le pareciese. “PLATAFORMA DE AFECTADOS POR LA CRISIS”, rezaba –en castellano– una pancarta amarilla gigante desplegada delante del edificio municipal. Junto a ella, varias personas celebraban un referéndum. La pregunta tenía que ver con los desahucios: ¿a favor o en contra? Llevaban 600 votos registrados cuidadosamente en un cuaderno. “Este es el verdadero problema de este país”, exclamaba una activista.

El sabor a victoria llegó a Badalona hacia las dos de la tarde. A esa hora, frente a la céntrica biblioteca Can Casacuberta, uno de los 34 centros electorales abiertos en la ciudad, una mujer de mediana edad que acababa de votar comentaba con sus amigos que gracias a la celebración de la consulta, y sobre todo gracias a los incidentes registrados en varios colegios barceloneses, los líderes europeos se verían obligados a llamarse entre sí. “Tendrán que hablar entre ellos y reconocer que uno de los países comunitarios tiene serios problemas”, comentaba sin ocultar su alegría.

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Un grafiti en contra del Tribunal Constitucional en Badalona. / Foto: Borja Bauzá | The Objective

Muchos piensan que ése era precisamente el objetivo del Govern este domingo: atraer la atención del público internacional y también, a poder ser, su solidaridad. Ya lo enunció hace dos años Jordi Graupera, un intelectual independentista afincado en Estados Unidos, durante una conferencia: “El problema de Cataluña es no ser un problema”.

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En los portales de Badalona se indicaba a los vecinos dónde ir a votar. / Foto: Borja Bauzá | The Objective

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¿Por qué no sale la ‘mayoría silenciosa’ de casa?

Borja Bauzá

Foto: Borja Bauzá
The Objective

Xavier se ha ido alterando cada vez más durante el transcurso de la conversación. “El Partido Popular es el Partido Popular; no espero nada de ellos”. Tras la afirmación suelta un resoplido mezcla de enfado y desesperación; quiere aparentar lo primero aunque suena más a lo segundo.

La entrevista se realiza por teléfono. Su contacto me ha llegado a través de un conocido que aseguraba que este joven barcelonés de 29 años y clase media acomodada era contrario a la independencia. Y lo es. Xavier no quiere la independencia. Pero es mentarle a Mariano Rajoy y encenderse: “Nos está poniendo entre la espada y la pared; te obliga a elegir bando y ya no es cuestión de si se quiere o se deja de querer la independencia, es cuestión de que van a ir a por la gente de tu entorno que sí quiere votar”.

Xavier no es una rara avis. Carla, Javier, Adriana, Ernesto y Montse piensan de un modo parecido. Todos ellos son catalanes de clase media alta contrarios a la independencia pero, al mismo tiempo, muy críticos con las formas (mejor dicho: las no formas) de Rajoy. “Se necesita más inteligencia política y más empatía”, asegura Montse. “Lo que no se puede hacer es no hacer nada durante años y luego, llegados a este extremo tan absurdo, aplicar un manual de instrucciones que se remonta a 1978”, dice refiriéndose a la Constitución. “No se puede tratar a Cataluña como si fuese una tostadora que deja de funcionar”.

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Un edificio barcelonés decorado con banderas de España y ‘esteladas’ de Cataluña. | Foto: Borja Bauzá/The Objective

Aunque un artículo del diario El País publicado esta semana demostraba, utilizando datos del Centre d’Estudis d’Opinió (CEO) de la Generalitat de Catalunya, que entre los catalanes que perciben rentas altas la independencia es la opción mayoritaria, en el marco general estos jóvenes no están en minoría. Pertenecen a lo que se conoce como ‘la mayoría silenciosa’, compuesta por todos aquellos catalanes contrarios al proyecto independentista que no están manifestando públicamente sus opiniones.

Fuera de Cataluña su silencio se suele atribuir al miedo. Miedo al enfrentamiento, miedo a la etiqueta, miedo al aislamiento y la marginación. Algunos también hablan de comodidad. Escuchando las opiniones de muchos catalanes contrarios a la independencia, quizás sería más acertado hablar de desánimo; un desánimo que cunde al ver que el Gobierno central, defensor de sus intereses, se comporta como si Cataluña diese igual… hasta que es demasiado tarde.

“No se puede ir con una actitud que lo único que ofrece es muro y amenazas”, opina Carla. “Que se sienten a hablar y que la gente vea que hablan”, añade. “Ha sido una gestión nefasta –dice Ernesto– porque en los últimos cuatro años han bloqueado totalmente la comunicación”. “En España no se hace política, se compran votos, y según los votos que se obtengan en tal o cual sitio la actitud del partido será una u otra”, explica Xavier. En Cataluña, en las últimas elecciones autonómicas, el PP consiguió menos de 350.000 votos. Fue la quinta fuerza más votada con apenas 12.000 papeletas más que los antisistema de la CUP. Xavier piensa que el PP, como partido gobernante, no se ha sentado a escuchar las demandas de una parte de los catalanes porque, de hacerlo, en partes de España donde los ‘populares’ sí ganan mayorías absolutas dejarían de votarles. No sale a cuenta.

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La división entre los catalanes, reflejada en las pegatinas de propaganda. | Foto: Borja Bauzá/The Objective

En resumen: no pocos catalanes contrarios a la independencia creen que con más cintura política por parte del PP se hubiese conseguido evitar la celebración de un referéndum. Contemplando una reforma de la Constitución, por ejemplo. O, como apunta Carla, accediendo al Pacto Fiscal que planteó Artur Mas en 2012 (y que buscaba la creación de una Hacienda propia por parte de Cataluña dotada de plena capacidad normativa y recaudatoria). Incluso si nada de esto se hubiese llevado a cabo, están seguros de que en un referéndum celebrado hace tres o cuatro años hubiese salido el NO con mayoría apabullante (una opinión muy extendida también entre los independentistas). “Es más, si el referéndum se llega a celebrar hace unos meses, yo creo que lo pierden los independentistas”, dice Adriana. Ahora, tras un mes de septiembre gobernado por detenciones, movilizaciones y los actos patrióticos de uno y otro lado, ya no lo tiene tan claro. En ocasiones –dice– le parece estar viviendo un Madrid – Barça.

Los viejos cuadros de CiU tampoco se libran. En la zona alta de Barcelona muchos los consideran, con el PP, principales responsables de la situación. Lo que más duele entre estos jóvenes de clase acomodada y contrarios a la independencia es cómo un partido que creían moderado ha podido asociarse con ERC y la CUP, plegándose a sus exigencias secesionistas con tal de poder seguir gobernando.

El viernes miles de independentistas se reunieron en Montjuïc para el cierre de la campaña del referéndum. El sábado varias organizaciones convocaron una manifestación a favor de la unidad de España en el centro de Barcelona. Acudieron entre 5.500 (según la Guardia Urbana) y 15.000 (según el Gobierno central) personas. La ‘mayoría silenciosa’ volvió a quedarse en casa.

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España 155

Manuel Arias Maldonado

Foto: FRANCOIS LENOIR
Reuters

Tenemos tiempo -hasta la noche del lunes- para reflexionar sobre el paso sin precedentes que ha dado el gobierno con la activación del artículo 155 de la Constitución: en la vida, en fin de cuentas, siempre hay una primera vez. Pero salga lo que salga a estas alturas del Parlament, difícilmente se detendrá su aplicación, a pesar del carácter disuasorio implícito en la elucidación de las medidas que con él se proponen. Siguen unas notas al respecto.

1. Se ha venido discutiendo sobre si su aplicación está o no justificada, pues se interpreta que jamás hubo declaración de independencia; la última misiva del president vendría a confirmarlo. Sin embargo, el supuesto de hecho es incuestionable: tanto la violación de la Constitución que tuvo lugar en el Parlament los días 6 y 7 de septiembre como el daño al interés general de España (y por tanto Cataluña) pueden darse por acreditados. Si no hubo declaración de independencia (aunque mal puede “suspenderse” lo que nunca se declaró), ha habido cuando menos amenaza reiterada de declararla; a lo que se suma un estado de excepcionalidad social marcado por la movilización civil y el deterioro económico, con el consiguiente daño para los derechos e intereses de los ciudadanos catalanes.

2. Por supuesto, hemos oído ya muchas cosas: que la aplicación del 155 es “un fracaso de España”; que el artículo en cuestión es puramente ornamental; e incluso que es un artículo inconstitucional. Pero el comprensible malestar que pueda producirnos a todos su aplicación no debería conducirnos a la incongruencia (un artículo inconstitucional dentro de la constitución), los buenos deseos sin concreción de alternativas plausibles (“se podía haber evitado”) o la fuenteovejunización (fracaso de todos). Hemos llegado hasta aquí porque un gobierno autonómico se ha rebelado contra el Estado y, habiendo gozado de numerosas oportunidades para dar marcha atrás, no lo ha hecho. Habría sido deseable que la larga tradición española del amotinamiento no hubiera sido recuperada por el Govern, pero eso es exactamente lo que ha sucedido. Lo demás son paños calientes.

3. También la idea de que las medidas propuestas configuran un 155 hard pertenece al terreno de los buenos deseos, pues no se ha especificado en ninguna parte qué forma adoptaría un 155 soft. ¿O acaso puede intervenirse la autonomía, para devolverla a la legalidad, manteniendo en sus funciones a quienes la han vulnerado tan gravemente? Otra vez: que una medida nos disguste o abrume no significa que sea injustificada. Tampoco tiene mucho sentido pedir más concreción al artículo 155, pues su formulación ha de ser abierta; solo de ese modo podrá el gobierno de turno dar respuesta a un supuesto de hecho susceptible de adoptar muchas formas. En este caso, el pacto entre los partidos constitucionalistas está concebido para hacer frente a algo muy serio: la apropiación independentista de las instituciones catalanas y el empleo de todos los instrumentos públicos disponibles para la promoción de un fin -la secesión- que no cabe en el orden constitucional. Salta a la vista que ese fin se ha fomentado sin pausa mediante un ejercicio de persuasión colectiva basado en la propagación de una mentira tras otra. Aunque podemos formular el problema de otra manera: ¿de qué otro modo podría entonces el gobierno del Estado, en España o Alemania, desactivar la acción de un poder autonómico en rebeldía?

4. En un sentido puramente político, la respuesta del gobierno encaja con la definición del soberano que proporciona Carl Schmitt: soberano es quien decide en un estado de excepción. En otras palabras: quien ejerce el poder efectivo cuando reina el desorden. En nuestro caso, el Estado acaba de afirmar su poder porque otro poder, el del gobierno autonómico catalán, venía afirmándose como soberano desde los primeros días de septiembre. Sucede que el poder estatal es aquí poder legítimo, pues sus acciones están amparadas por la Constitución y las leyes e incluyen un conjunto de garantías que son propias del Estado de Derecho: entre ellas, la recurribilidad ante el Tribunal Constitucional y el derecho de intervención en el Senado de representantes de la autonomía intervenida. O sea que Schmitt sí, pero menos.

5. Asimismo, se ha cuestionado que el gobierno pueda cesar al president. Pero mal podría cumplir el artículo 155 su finalidad cuando el problema que motiva su aplicación es precisamente la conducta de un presidente autonómico. Es por eso que el texto constitucional habla de “adoptar las medidas necesarias”. O sea: no tendría sentido intervenir el gobierno autonómico manteniendo al primer responsable de su extravío constitucional. Se aduce, sin embargo, que ha sido votado democráticamente. Esto no es del todo cierto en el caso del señor Puigdemont, pero aun si lo fuera el argumento descansa en una concepción algo primitiva -o bastante poco liberal- de la democracia: ¿habría de mantenerse en el poder a cualquier dirigiente elegido por los ciudadanos, haga lo que haga con el poder que los votos le han conferido? Esto no lo admitía ni el iusnaturalismo medieval, que confería informalmente a los súbditos el derecho de rebelión allí donde el príncipe se convirtiera en tirano. Vox populi, vox dei? Ante el auge populista, volvemos siempre a la misma pregunta. Y a la misma respuesta: por supuesto que no. Esa implacable profesora que es la Historia nos ha enseñado de mil formas distintas que no puede sacralizarse la decisión popular. De ahí las cautelas contramayoritarias que distinguen a las democracias liberales: desde la división de poderes al imperio de la ley. Y es que ningún mandato democrático puede justificar un comportamiento destinado a vulnerar de manera grave el orden constitucional. Sea cual sea la cantidad de gente que salga a la calle para gritar lo contrario.

6. Con todo, una cosa es la pregunta sobre la oportunidad del artículo 155 y otra la pregunta sobre su eficacia. ¿Servirá para resolver el explosivo problema que tenemos entre manos? Se trata, me parece, de un debate distinto que no admite conclusiones tajantes; nadie lo sabe. Desde luego, el artículo no fue pensado sino para situaciones como ésta; que la ocasión misma se haya presentado es prueba irrefutable de su necesidad. Si bien se mira, solo cabía una alternativa: seguir esperando a que la situación alcanzase el grado de putrefacción. Pero ni la sociedad española ni la catalana podían seguir de manera indefinida pendientes de la conducta de un govern que ha perseguido -explícita y abiertamente- un objetivo inconstitucional, ilegal e ilegítimo. Esto hay que recordarlo: se trata de un derecho inexistente para cuya promoción se han capturado las instituciones del autogobierno catalán y una parte nada desdeñable de sus presupuestos públicos. Por supuesto, hay riesgos: desde el posible desorden público al resultado de las futuras elecciones autonómicas. Pero esos riesgos se derivan de la naturaleza misma del fenómeno secesionista y el gobierno, junto con los partidos que lealmente lo apoyan, no tiene más remedio que afrontarlos. Si es posible, con los ciudadanos detrás: porque ciudadanos concernidos somos y no meros observadores externos.

Son días vertiginosos, porque vértigo produce asomarse al abismo. Para algunos, la aplicación del artículo 155 supone de hecho arrojarse al vacío. Puede ser. Pero quizá algún día se vea como el primer paso atrás que evitó la caída: la de todos. Pronto, queramos o no, saldremos de dudas.

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Palabras que valen más que mil imágenes

Carlos Mayoral

Foto: JUAN MEDINA
Reuters

epónimo, ma

adj. cult. Dicho de una persona o de una cosa: Que tiene un nombre con el que se pasa a denominar un pueblo, una ciudad, una enfermedad, etc.

El otro día, mientras hojeaba el libro ‘50 fotografías con historia’ que edita Signo Editores (recomendadísimo), me dio por pensar en la extraordinaria habilidad que tienen algunos nombres para permanecer en el recuerdo, anclados en una imagen. Algunos, incluso, traspasan el objetivo para colarse en los diccionarios, quedándose para siempre en el imaginario popular. Son los llamados epónimos, y no descarto que por culpa de este contexto que hoy pisamos heredemos un “rajoyesco”, un “puigdemontar”, o vaya usted a saber. Vivimos en un mundo que cada día tiene más capacidad de asimilar epónimos, sobre todo si el que lo inspira es un personaje que transmita surrealismo, absurdez, locura, irracionalidad, insensatez. Así que, mezclando epónimo y contexto, me dispuse a buscarle título a esta columna. Rápido surgió la primera opción, que rezaba: “Política kafkiana”. Si kafkiano es, según la RAE, “Dicho de una situación: Absurda, angustiosa”, pensé yo que con el epónimo bastaba para definir el escenario. No parecía buena idea: sobraban cerca de cuatrocientas noventa palabras para completar las quinientas que me exige el editor para cobrar debidamente por un texto.

Así que intenté avanzar y, fíjense, que se cruzó por mi horizonte el siguiente encabezamiento: “Escenario dantesco”, pero de nuevo el problema se me presentó en forma de concreción. Sólo hay que echarle un ojo a la definición académica: “Que causa espanto”. Asustado por el poder de la palabra, que por sí sola estaba bastando para resumir el sindiós, decidí elegir cualquier otra, que de epónimos está lleno el mundo. Sin tardar me crucé con una nueva posibilidad en el horizonte: “Realidad maquiavélica”. En este caso, el problema era contrario, el titular se mostraba poco concreto. Dado que “El Príncipe” de Maquiavelo es un tratado para gobernantes canallas, no supe bien a cuál de los actores asignar un papel tan predominante. Fíjense que es todo tan rocambolesco, que siguen sobrando decenas de palabras. Por cierto, también hubiera sido una opción utilizar este adjetivo, “rocambolesco”, que según la Academia etiqueta a todo lo exagerado e inverosímil, palabras rabiosamente actuales, y que nos llega gracias a Rocambole, personaje creado por Ponson du Terrail, aquel novelista francés. Intentando no perderme entre escritores decimonónicos comprendí que, como en cualquier pregunta moderna, la respuesta tenía que estar en los clásicos, Así me topé, debo reconocerlo, con el epígrafe perfecto: “Futuro pírrico”. Muy certero este Pirro, que dejó escrito en el diccionario que pírrica es esa victoria que acaba con más daño para el vencedor que para el vencido. Con esta conclusión tan cruel cubrí el número de palabras exigido por el editor. Una cosa quedaba clara: hay palabras e imágenes que valen más que mil columnas.

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Llegó el 155

Melchor Miralles

Foto: Francisco Seco
Reuters

Era inevitable. Ya llegó el 155. Puigdemont y los suyos estarán celebrándolo. Han puesto todo de su parte. Ahora veremos lo que sucede. Es un artículo de la Constitución, como tantos otros, sin desarrollar, y dependerá de la resistencia que apliquen las autoridades, o sea, la Generalitat, que genere incidentes o no. Si cada uno cumple con sus obligaciones no sucederá nada más que seguirá aplicándose cada día la legislación que se han dado los catalanes.

Hay más de uno y de dos entre los independentistas que quiere jaleo, resistencia, más palos, fotos de altercados para ocupar escaparate en la prensa internacional y nacional. El papel de los Mossos d’Esquadra, de los mandos, va a ser esencial.

El Gobierno no tenía otra alternativa. Incluso es probable que haya puesto en marcha la maquinaria con retraso. El 155 no suspende la autonomía catalana, es un artículo que pretende que se cumpla la legalidad vigente. No es un Estado de sitio, excepción o guerra, como algunos quieren hacer ver. Lo que se pretende con su aplicación es que aquellas autoridades autonómicas que no están cumpliendo con sus obligaciones sí lo hagan, es, en definitiva, restablecer la normalidad democrática y garantizar que se respetan las leyes.

Si la Generalitat no desobedece, como viene siendo habitual desde hace tiempo, no pasará nada más en Cataluña que los ciudadanos tendrán garantías de que se cumplen la Constitución y el Estatuto en su territorio. Así de difícil y así de complicado, a la vez. El 155 que ya ha llegado.

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