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En estado salvaje, un relato sobre la misoginia contemporánea

Anna Maria Iglesia

Foto: Lumen
Lumen

Diez jóvenes mujeres recluidas en una especie de cárcel en medio de la nada. Ellas no saben por qué están ahí, apenas recuerdan en qué momento las secuestraron. Ahora, despojadas de todo, conviven entre la violencia y la represión. Solo comparten un pasado similar: todas fueron protagonistas y víctimas de “escándalos” sexuales, que ellas mismas relataron. Esa fue su culpa: hablar.

 En estado salvaje (Lumen) de Charlotte Wood reflexiona sobre la misoginia y la estructura patriarcal de la sociedad occidental; la novela se interroga sobre la ausencia de libertad de la mujer, resultado de la imposición de un rol determinado, de unos parámetros de actuación demarcados y de un obligado silencio, que permite la perduración de un sistema que todavía no ha aceptado el completo y libre empoderamiento de la mujer.

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Portada de “En estado salvaje” | Imagen vía Editorial Lumen

En estado salvaje es, formalmente, una ucronía, sin embargo, el referente último al que apela es la sociedad actual. ¿Por qué enmarcar la acción fuera de un tiempo y de un lugar concretos para hablar de la sociedad presente?

Es muy buena pregunta y es, además, algo peliaguda. El origen primero de la historia de En estado salvaje está en un lugar real de Australia, una institución para mujeres que existió realmente hasta hace algunas décadas. Empecé a escribir la historia situándola en ese marco temporal y en ese espacio concreto, sin embargo, el relato no terminaba de funcionar. Además, si observaba la cultura y la sociedad que me rodeaban, veía un gran número de ejemplos de misoginia así que decidí hacer un cambio en el tiempo de la narración y proyectar la historia, quizás, hacia un posible futuro. Y me gustó el resultado que obtenía con una narración que, por no estar circunscrita a un tiempo en concreto, provocaba un cierto malestar en el lector que, como las protagonistas, no sabe exactamente dónde se encuentran.

¿Ese origen al que hace referencia es una institución reformadora donde permanecían recluidas a chicas “problemáticas”?

Efectivamente, se trata de una institución australiana que permaneció abierta hasta 1974. Escuché de su existencia por un documental de la radio y me enfadó muchísimo saber que, en aquellos mismos años en los que yo era una chica joven y libre, había tantas otras chicas que estaban encerradas en una institución como aquella en unas condiciones incluso más terribles de las que yo narro en la novela.

Una institución que, además, estaba avalada por el Estado.

Sí, claro, era una institución gestionada por el Gobierno. Era una auténtica locura. Muchas de las chicas que estuvieron allí encerradas, fueron condenadas a esa reclusión porque habían sido víctimas de alguna violencia –habían sido violadas en la familia, habían sufrido acoso- y habían reclamado ayuda. Lo que sucede es que, cuando pidieron ayuda, la respuesta que obtuvieron fue la reclusión; en cambio de ofrecerles ayuda, se las castigó por lo que habían sufrido.

Aquellas chicas son, en parte, como sus protagonistas: todas ellas son víctimas de situaciones de acoso público o violación que son castigadas por haber contado públicamente lo vivido.

Efectivamente, a todas ellas se las castiga por hablar. No se las castiga por haber vivido lo que han vivido, sino por hablar de ello, por contarlo. Si se hubieran quedado calladitas no les hubiera pasado nada malo. Es cierto que mi libro exagera y tira de la cuerda, pero esta idea de castigar o condenar a quien habla es algo común: cada día en la sociedad en la que vivo, observo como el silencio ante determinadas circunstancias se impone como manera para poder salvarse. Lo importante es no hablar, no decir. Así que he exagerado, pero solo un poco.

Hablar implica condenar y denunciar al verdugo, que, en muchos casos, más que una persona individual, es el propio sistema.

Claro, por esto molesta que se hable, porque hablar implica precisamente esto que comentas. El hecho de que las chicas puedan hablar y contar lo que han vivido, las convierte en una amenaza para los hombres y su estatus, pero también para la sociedad en general. A la sociedad o, por lo menos, a la sociedad australiana, no le gusta las mujeres que se empoderen con pleno derecho.

¿Definiría la sociedad australiana como una sociedad esencialmente machista?

Sí, Australia es un país machista. Es una pena tener que decirlo, pero es así. Sin embargo, no creo que Australia sea el único país todavía machista. El año pasado, me entrevistó la BBC y me preguntó si Australia tenía más misoginia que otros países y no puede responder, aunque pensé que, a lo mejor sí, que a lo mejor Australia sí era más misógina que otros países occidentales. Sin embargo, luego Donald Trump fue elegido como presidente de Estados Unidos y, entonces, pensé que Australia no era el país que peor estaba.

De la misma manera que usted se muestra crítica con la estructura patriarcal de la sociedad, también se muestra crítica hacia la falta de empatía de las mujeres entre ellas. Hay muy poca unión entre las mujeres recluidas de su novela.  

Ciertamente, esas mujeres no está unidad, ni al inicio ni al final; esa unión, reflejo del apoyo mutuo, nunca llega, pero no es exclusiva de mi novela. Esta desunión entre las mujeres es algo que veo yo a mi alrededor con bastante frecuencia: las mujeres no siempre se apoyan las unas a las otras, no siempre son un bloque unido. En ocasiones, cuando una mujer es amenazada, trata de tomar fuerza compitiendo con otra mujer o, incluso, empujándola. En ocasiones, las mujeres nos alienamos con los hombres, en cambio de apoyarnos a nosotras mismas.

En Estado Salvaje, un relato sobre la misoginia contemporánea
Charlotte Wood durante su visita a Barcelona | Imagen vía Editorial Lumen

Como se dice en su novela, ¿lo único que importa es sobrevivir?

Sí, eso dice una de las chicas, pero creo que esa frase también puede extrapolarse a nuestra sociedad. Creo, sinceramente, que en la cultura contemporánea es duro para las mujeres ser verdaderamente libres, porque hay tantos juicios y tanta presión sobre el cuerpo, tantos juicios sobre lo que puedes llevar o no, sobre el trabajo que puedes hacer o no… Hay tantas reglas impuestas a las mujeres que, a veces, es más fácil rendirse y aceptar sin mayor discusión lo que se te impone.

Sin embargo, esta aceptación es peligrosa, es una forma de legitimación del status quo

Claro, es muy peligroso, pero para huir es esa aceptación es necesario mucho valor y mucha fuerza, pero no basta solo con el valor: ante todo es necesario alejarse del discurso general, de ese status quo que podríamos llamar sociedad o cultura, negarlo y refutarlo. Solo así es posible ser verdaderamente libre y solamente siendo verdaderamente libres podremos decir “no” a ese alud de instrucciones y normas que nos imponen diariamente desde nuestra propia sociedad.

Y esa aceptación es la que, sin embargo, define a la mayoría de las jóvenes de su novela.

Ellas, las jóvenes recluidas, aceptan ese aprisionamiento en sus mentes. La cárcel no es solo física, sino también mental, porque todas, con la única excepción de dos, terminan aceptando su situación, porque no tienen el valor necesario para decir no.

Su personaje Hetty, en cambio de liberarse de las normas que se le imponen, se alía con quienes las imponen. Se convierte en una mujer que da la espalda a las otras mujeres.

Hetty refleja aquello que comentábamos antes: es ese tipo de mujer que, para sobrevivir, se alinea con el discurso de los hombres o, en este caso, con el discurso de los represores. Además, el personaje de Hetty, me permitía observar como por el simple hecho de que un grupo de personas comparta una misma situación violenta o complicada –en este caso, un grupo de mujeres atrapadas en una especie de cárcel- no significa que ese grupo termine siendo un grupo unido ni que las personas que lo componen vayan a llevarse bien las unas con las otras y ser amables entre sí. Al contrario, creo que el hecho de estar en una situación de extrema presión y reclutamiento puede dificultar las relaciones y no fomentar esa unión que, sin embargo, sería necesaria.

En estado salvaje se ha leído en paralelo con El cuento de la criada, sin embargo, podríamos también establecer una relación con la novela de William Golding, El señor de las moscas.

Muchas personas han comentado esto que dices y han citado precisamente estos dos libros, relacionándolos con mi novela. Cuando leí, una vez terminada de escribir, mi novela me di cuenta de que era completamente diferente a todo lo que había escrito antes así que le dije a mi editora que sentía como si mi libro fuera el resultado de un embarazo subrogado en el que no sé quién son los padres de la criatura. Mi editora, sin embargo, en seguida me dijo que los padres de mi criatura eran Atwood y Goldwing. Lo curioso es que yo no he leído El señor de las moscas y me obligué a no leer El cuento de la criada hasta terminar mi novela. Lo que sucede es que estos dos libros están en la conciencia colectiva.

¿Cree que se ha dado un paso hacia atrás con respecto, por ejemplo, al movimiento feminista de los años sesenta y setenta?

No estoy segura, me preocupa que pudiera ser así. Sin embargo, tengo que decir que desde que se publicó la novela en Australia, me he encontrado con muchas mujeres jóvenes que son profundamente feministas y esto me hace pensar que no hemos retrocedido. Dicho esto, en la sociedad todavía hay muchas cosas a las que las jóvenes mujeres se tienen que enfrentar, todavía hay mucho que hacer, sobre todo en relación al sistema capitalista, que ha colocado a las mujeres en un papel condicionado, es decir, no las hace realizarse libremente.

¿El capitalismo ha mercantilizado a la mujer?

Sí, creo que hasta un cierto punto es así. El problema es que no sé cuál es la alternativa, pero lo que tengo claro es que, en nuestra cultura occidental, todo tiene que ver con comprar y vender. Y en esta dinámica, no sólo se utiliza a las mujeres para vender cualquier tipo de cosa, sino que, incluso, se hace del cuerpo de la mujer un objeto que debe ser vendido y, por tanto, comprado. Hablamos de Occidente, pero hay que hablar de la explotación que sufre la mujer en los países más pobres, una explotación muchas veces fomentada por Occidente. Lo que no se puede hacer en nuestros países, muchos lo van a hacer en países más pobres, donde además las mujeres están especialmente desesperadas por la situación que viven. Y, volviendo a Occidente, me preocupa mucho las leyes contra el aborto que existen en algunos estados de Estados Unidos.

Leyes que son una forma de tutelaje estatal.  

Efectivamente. No recuerdo exactamente en qué estado, pero leí que en uno de los estados de Estados Unidos se promulgó una ley según la cual la mujer tiene que pedir permiso al Estado para poder abortar. ¡Esto es lo que nos contaba Margaret Atwood! No hay que olvidar que no hay libertad cuando hay un tutelaje, un poder que impone qué decisiones tomar.

A pesar de estas leyes, usted se muestra positiva ante el compromiso de las mujeres más jóvenes.

Sí, claro, porque hay un nuevo despertar entre las jóvenes mujeres. Cuando vi la marcha de las mujeres en Washington, me hizo darme cuenta de que hay un poder nuevo y joven activo. Una joven mujer me escribió tras haber leído En estado Salvaje y me dijo: “Antes estaba dormida. Leí su libro y ahora estoy despierta”. Estas palabras me impresionaron, porque lo que quería conseguir con mi libro era acudir a la gente y movilizarla. Así que, a lo mejor, hay otras tantas mujeres que, ahora, con la elección de Trump, finalmente despertarán.

¿Cree que la literatura tiene la capacidad de movilizar social o políticamente?

¡Ojalá fuera así siempre! Por lo general, creo que la literatura tiene potencialmente un gran poder de movilización social y política. Al menos, así ha sido para mí muchas veces en la vida. Y así lo demuestra el éxito de la serie El cuento de la criada, que se ha convertido en un símbolo del sentimiento feminista.

¿Cuándo escribía En estado salvaje era consciente de estar escribiendo un libro combativo, un libro que iba a dar de qué hablar?

Durante mucho tiempo, pensaba que nadie lo iba a leer por ser demasiado duro y oscuro. Cuando empezaron a llegar los primeros lectores, me di cuenta de que la gente respondía muy positivamente, pero, mientras escribía, yo no era consciente de la fuerza que tenía el texto. Por esto, me impactó la respuesta de los lectores y la gran cantidad de cartas que me han enviado lectores, tanto hombres como mujeres, diciéndome lo que habían sentido con la lectura. Un hombre me dijo que la lectura de En estado salvaje había sido como pasar por una radiografía que le muestra todo aquello que tiene, en tanto que hombre, dentro de sí.

¿Cree que su novela es todavía más dura para un lector masculino, que puede verse reflejado en ese sistema patriarcal representado por la cárcel?

Sí, creo que sí. Es interesante ver cómo con este libro he tenido muchos más lectores hombres de cuantos había tenido con mis anteriores libres. Una mujer me comentó que su marido había leído la novela, porque, desde siempre, había entendido y había sido consciente, digamos, desde una perspectiva intelectual, de las problemáticas relacionadas con la misoginia y el patriarcado, sin embargo, la novela le ha hecho física y emocionalmente sensible a ellas. En cierta manera, a través de la novela, el marido de esta mujer ha sido finalmente consciente de lo que siente una mujer ante determinados ataques, se ha dado cuenta de lo que significa para una mujer vivir en una cultura misógina.

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Los doce imperdibles del Festival Eñe

Saioa Camarzana

Llega un año más el Festival Eñe al Círculo de Bellas Artes de Madrid. Pero en esta edición se presentan, por lo menos, dos novedades gustosas. Por primera vez, podemos pensar que con el objetivo de llegar a un público más amplio, todos los eventos son gratuitos. Por otro lado el CBA, aunque seguirá siendo la sede central donde se realicen la mayoría de los encuentros, no es el único punto neurálgico de esta cita con las letras (aquí el programa completo). Pero hay más, porque esta vez no serán solo las voces de los escritores contemporáneos quienes tomen Madrid sino que se abre también a la música, a la fotografía, al cine, al teatro y a la ilustración. El escritor y periodista Antonio Lucas ha sido el encargado de emparejar a más de 139 autores en 50 actividades. Pero, si hay algo que se le puede criticar es que la presencia femenina es, de largo, muy inferior a la masculina. Tan solo 28 mujeres. No nos vamos a meter en terreno activista, que por supuesto daría para ello, y vamos a mencionar las citas imperdibles de esta edición que se celebra del 23 de octubre al 28 de octubre.

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Imagen del Festival EÑE 2017

Durante los primeros días del festival, del 23 al 26, son los nuevos espacios los encargados de reunir a diversas personalidades. Entre la programación de la Biblioteca Nacional, del Instituto Cervantes y del Club Matador destacamos tres encuentros que desgranamos a continuación:

Día 23 a las 19:00h: Isabel Muñoz y Enrique del Río

La fotógrafa Isabel Muñoz conversará en el Club Matador con Enrique del Río, miembro fundador de WeCollect Club. La obra de Muñoz, Premio Nacional de Fotografía 2016, se centra en la exploración del cuerpo humano y aúna el compromiso social con la belleza que le rodea. Ha viajado por todo el mundo para adentrarse en las culturas de Papua Guinea, China, Cuba… para realizar estudios antropológicos en forma de fotografía. Casi siempre en blanco y negro a la fotógrafa le interesa que los protagonistas de sus instantáneas participen de manera activa en el momento de la captura. Entre ambos desgranarán toda una trayectoria de una de las fotógrafas más importantes de la actualidad.

Día 25 a las 19:00h: Juan Mayorga y Javier Gomá

Juan Mayorga es uno de los dramaturgos más importantes de nuestras tablas y Javier Gomá uno de los filósofos y ensayistas que se ha iniciado en esta profesión con un monólogo. El teatro, del que nos podemos sentir cerca y a la vez lejos, puede plantear preguntas que no tienen respuesta y ahí reside su importancia. Estas cuestiones son las que interesan e importan a Mayorga, un nombre ya vital de nuestra dramaturgia. De sus trabajos conversarán estas dos voces en el Instituto Cervantes.

Día 26 a las 19.00h: Rosa Montero, Álex Grijelmo, Carolina Reoyo y Javier Rodríguez Marcos

Detrás de un gran autor hay (o debería haber) un gran corrector. Así se llama la mesa redonda en la que participan estos cuatro protagonistas a los que reúne la Unión de Correctores en la Biblioteca Nacional. En ella le darán el protagonismo que se merece a la figura del editor de textos que es tan importante como desconocido en el proceso editorial. Lo cierto es que sin una figura como esta los libros no llegarían al lector con la misma calidad. Cada texto requiere de unos ojos vírgenes y objetivos que detecten los fallos, lo que funciona y lo que no. A este oficio en palpable retirada se dedicará la charla.

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Asistentes a la última edición del Festival EÑE. | Imagen vía Festival EÑE.

El día 27 arranca la programación del Círculo de Bellas Artes con una programación interesante durante dos días. Destacamos varias citas de diferentes disciplinas.

Viernes 27

19.00h: Arturo Pérez Reverte, Javier Marías y Agustín Díaz Yanes

Sin duda son cuatro nombres con tanta personalidad como para poner en marcha la programación del Círculo de Bellas Artes. El viernes 27 en el Teatro Fernando Rojas, dos escritores cinéfilos como Pérez Reverte y Marías, que por cierto participan en la cita por primera vez, se sentarán junto al cineasta Agustín Díaz Yanes en una conversación moderada por el periodista Jacinto Antón. La ficción y la vida, la actualidad y la historia, el humor y la seriedad, serán algunos de los temas que traten con la libertad y la astucia que les caracteriza.

20.30: Marta Sanz y Ramón Andrés

Que la literatura puede ser una herramienta de sanación, un bálsamo para almas atormentadas y un ejercicio catalizador se sabe a través de las novelas que abordan el tema. Una de las voces más singulares de nuestra literatura es Marta Sanz que, junto a Ramón Andrés, uno de los intelectuales más originales del país, se preparan para hablar sobre la literatura y el daño. El periodista Manuel Llorente será el encargado de que ambos aborden cuestiones como si la filosofía puede ser una cura, si la palabra es un pabellón de reposo y la literatura un bálsamo.

20.45h: Joan Fontcuberta, Sofía Moro, José Manuel Navia y Chema Conesa

¿Cómo se crea un buen libro de fotografía? Esa es la pregunta que se plantea este encuentro que nace con motivo de la edición número 100 de la colección PHotoBolsillo. Chema Conesa es, además del director de la colección, uno de esos fotógrafos incombustibles que suma ya más de 40 años de recorrido. Él ha sido el encargado de reunir a Fontcuberta, Moro y Navia en una charla en la que abordarán, seguro, más temas que el que los une inicialmente.

21.30h: Manuel Borja-Villel, Niño de Elche y Pedro G. Romero

Algunos se preguntarán qué conexión existe entre el director del Reina Sofía (Manuel Borja-Villel) y el artista flamenco (Niño de Elche). Pues bien, el cantante ofreció el pasado mes de mayo un concierto en la pinacoteca con motivo del Día de los Museos. Poco a poco las diversas disciplinas se van uniendo creando nuevas sinergias que se retroalimentan y crean nuevos espacios. El arte puede servir de rebelión pero, ¿qué tipo de herramienta puede ser el flamenco en todo esto? Esa es la clave que intentarán desentrañar entre los tres.

Los doce imperdibles del Festival Eñe
Editoriales presentes en la última edición del Festival EÑE. | Imagen vía Festival EÑE.

Sábado 28

17.00h: Isaac Rosa, Daniel Gascón y Elvira Navarro e Inés Martín Rodrigo

¿Puede ser la literatura una herramienta para el desarrollo de una conciencia cívica? Esta es la cuestión troncal que abordarán Rosa, Navarro y Gascón, tres escritores que se relacionan a través de unas obras donde la memoria sirve de herramienta política y la desolación como forma de conciencia. ¿Hasta dónde llega la realidad? Inés Martín Rodrigo modera este encuentro en el que se determinará si realmente la realidad se agota y si la literatura puede ser un estímulo, un bálsamo o todo lo contrario.

18.15h: Eduardo Madina y Bernardo Atxaga

La última vez que el político Eduardo Madina y el escritor Bernardo Atxaga se vieron fue con motivo de <em>La pelota vasca. La piel contra la piedra</em> que dirigió Julio Medem. Han pasado ya varios años de aquel encuentro en 2003 en el que la conversación giraba en torno al terrorismo de ETA. Lo que les une ahora es algo completamente diferente y divertido: la literatura. En la educación sentimental de Madina están algunos de los libros de Atxaga y con Atxaga, que acaba de subir a los escenarios Obabakoak, hablará sobre ello en una conversación moderada por Javier Gómez Santander.

18.15h: Andrés Trapiello y Felipe Benítez Reyes

Gran admirador de Cervantes hace un par de años Andrés Trapiello tradujo El Quijote al lenguaje actual. Fue una labor, que además de ser una tarea ardua, estuvo destinada a ese 80% de españoles que no lo han leído. Felipe Benítez Reyes, por su parte, volvió con a la novela tras diez años silencio con El azar y viceversa, una historia de apariencia picaresca. A ambos les une, por tanto, haber trabajado con vidas de otros y, en algún momento, haber asumido la escritura como una espeleología por vidas ajenas. La conversación entre ambos, que moderará el periodista Luis Alemany, girará en torno a cuestiones como hasta dónde se puede contar y hasta dónde se puede inventar cuando se aborda una biografía.

20.15h: Manuel Vicent y Raúl del Pozo

Un gran momento para los periodistas y los amantes de la profesión. Manuel Vicent y Raúl del Pozo, dos de esos periodistas que llevan el oficio en la sangre abordarán, moderados por Antonio Lucas, cuestiones internas de esta profesión de carácter pasional. Cómo ha evolucionado al periodismo, cuáles son sus mutaciones, la presencia de la literatura en los periódicos, la dicotomía entre el papel y lo digital, los aciertos y los fallos y, sobre todo, la herencia de aquellas generaciones de escritores en prensa del siglo XX serán los temas que entretendrán a todos los asistentes.

21.30h: Carlos Boyero y Borja Hermoso

Si hablamos de crítica de cine seguro que muchos lo relacionarán, de manera automática, con Carlos Boyero, que hace lo propio en el periódico El País. La suya es siempre una opinión tan personal que no tenemos por qué compartir pero es esa libertad de la que goza la que le hace especial. Lleva en esto más de 40 años y no le da miedo equivocarse, porque, como hemos apuntado, su opinión es suya propia. Pero la música y la literatura también son parte de su genética y el periodista Borja Hermoso, con quien comparte mesa, lo conoce bien. Podría decirse que es un encuentro imperdible.

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Natalia Lafourcade: “Nosotros tenemos nuestras Billie Hollidays, Ellas Fitzgeralds y Edith Piafs en Latinoamérica”

Ana Laya

Foto: Sony Music España

Algunas veces sucede algo muy grato con los artistas que seguimos y admiramos y eso es verlos crecer. Digo algunas veces porque otras tantas ese proceso puede resultar poco ameno si ese crecimiento y esa evolución de alguna manera resulta una traición a su esencia. En el caso de Natalia repasarla en el tiempo es satisfactorio y delicioso.

Es maravilloso recordarla (y recordarme) en la época de Búscate un problema o Amarte duele, tanto como es escucharla ahora interpretando algunas de las canciones más bellas –¡y complejas!- de Latinoamérica, como la Tonada de luna llena de Simón Díaz, o La Llorona de Chavela Vargas… y reconocerla. Es ella. Es Natalia, pero más grande. Esta chica ha evolucionado y ha cambiado de una manera hermosa, pienso conectándome con esa personalidad de tía-abuela orgullosa que a veces aparece en mis monólogos internos.

Natalia Lafourcade: “Nosotros tenemos nuestras Billie Hollidays, Ellas Fitzgeralds y Edith Piafs en Latinoamérica” 3
Portada del nuevo trabajo de Natalia junto a sus adorados Macorinos. | Imagen vía Sony Music.

Natalia es una chica curiosa, le gusta hacer y experimentar de todo un poco, diseña la ropa que viste en el escenario, creó los collages del arte del álbum Musas y hasta le dio un poco la lata al director del vídeo promocional del tema Tú si sabes quererme. Le encanta involucrarse, ser parte del proceso creativo, compartir la energía… pero eso sí, aclara, su Wikipedia miente, Natalia por muy handy y genial que sea, no juega fútbol. Aún le intriga saber por qué a alguien le interesaría ponerla de jugadora de fútbol… pero ahí está. Hace poco intentó editarlo y eliminarlo, pero no sabe si lo logró… “la gente hace cosas rarísimas”, me dice.

Nos instalamos en una sala cómoda y espaciosa en las oficinas de Sony Music España y empezamos una conversación centrada en su último trabajo, Musas, que presentará en España en febrero de 2018, con fechas en Barcelona (15 de febrero en la  Sala Apolo) y Madrid (16 de febrero en la tropical Sala La Riviera). En este álbum/homenaje, Natalia -y el universo- decidieron mezclar composiciones propias con iconos del folclor latinoamericano como Omara Portuondo, Violeta Parra y Agustín Lara.

Es mediodía, probablemente lleva haciendo entrevistas desde la mañana, pero su paciencia y su sonrisa parecen infinitas.

 

Cuéntame un poco acerca de Musas, ¿de dónde viene esa necesidad de evolucionar reconectándote con el pasado? ¿De esa mirada hacia atrás y hacia adentro?

Yo creo que poquito a poco me fui dando cuenta de que había que ir para adentro, conectarme más con mi identidad, mis raíces, conmigo, con mi tierra, con México, con mi espacio, con mi casa, o sea con todo lo que me podía hacer acercarme a mi esencia, a mi espíritu, a mi fuerza propia.

Siento que es una cosa que sucedió en parte porque trabajé con la música de Agustín Lara y ahí me di cuenta de que en español y con nuestros géneros se podían hacer cosas maravillosas. Ahí pues empecé a conocer nuevos géneros o a recordar a otros compositores también, a escuchar su música, a escuchar a otras intérpretes cantando en español y decir, ¡mira, nosotros tenemos nuestras Billie Hollidays, nuestras Ella Fitzgeralds o nuestras Edith Piafs pero en Latinoamérica! Tenemos estas mujeres, a estos compositoras y compositores hermosos y yo puedo aprender algo de ellos. Y poco a poco empezaron a capturar mi atención y mi gusto y mis ganas de aprender de todos ellos y aquí estoy. Aprendiendo.

Tú Me Acostumbraste featuring Omara Portuondo (En Manos de Los Macorinos) by Natalia Lafourcade & Omara Portuondo & Los Macorinos on VEVO.

¿Este aprendizaje a través de la cultura, la identidad y de la memoria es algo que crees que necesitamos en este mundo en el que estamos?

Te puedo hablar desde mi experiencia y desde lo que a mi me corresponde que es lo mucho que siento que se ha fortalecido mi artista a través de haberme conectado con este aspecto, de decir amo México con lo bueno, lo malo, lo lamento, me duele mucho, pero con todo y eso amo México, amo ser mexicana y amo poder llevar un poquito de eso que amo de México y que admiro de México a donde sea que me pare. En lugar de tal vez querer hacer cosas que en otros países se hace, que durante mucho tiempo me pasaba. Un poco anhelaba y en mis sueños quería ser como otras personas en otros lugares. Eso cambió en mi, como que ya llega un momento en el que dije ‘bueno ya está, esta soy yo’. Un poco primero el amor a mi misma y el amor a lo que tengo para ofrecer sin tratar de convencer a nadie, sino realmente hacerlo desde el amor y desde el corazón, y después conectarme con mi gente, con mi música y conectarme e investigar y explorar a esos compositores que me gustan.

Eso realmente fue una inquietud propia, cada artista lleva sus propias inquietudes y yo pienso que está bien. Hoy en día hay muchas cosas que nos alejan de la esencia o, a lo mejor, de una cosa más desnuda. Hay muchas herramientas para tapar, hay muchas formas de ponerse máscaras y no abrirse. Y un poco yo decidí ir más hacia la parte de ir abrir el alma, el corazón, el espíritu con la música, ese es mi –no sé como llamarlo- mi bandera, mi lema mi búsqueda. Ir hacia adentro y de ahí hacia fuera también, tratando mucho de conectar con eso. Y siento que he podido fortalecer mi identidad y mi estilo a través de eso. Entonces pues para mi se ha vuelto como una fórmula efectiva, que me ha funcionado pero igual a otras tal vez no les funciona de esa manera.

Natalia Lafourcade: “Nosotros tenemos nuestras Billie Hollidays, Ellas Fitzgeralds y Edith Piafs en Latinoamérica” 4
Los Macorinos, Miguel Peña y Juan Carlos Allende, son el dúo de músicos que acompañó a la gran Chavela Vargas en sus giras desde 2006 y hasta su muerte. | Foto vía Sony Music España.

He leído que el proceso de Musas fue bastante orgánico, no nació con la intención de convertirse en un álbum, pero todo fluyó y se convirtió en eso. ¿En qué momento te diste cuenta de que estabas haciendo un disco?

La disquera me lo dejó saber. La disquera y mi equipo de management. Yo lo que quería realmente era un poco recuperar el ambiente de la bohemia en casa. Estaba viajando mucho, estaba tocando mucho ‘Hasta la raíz’ y quería grabar con Los Macorinos y quería recuperar el ambiente de la bohemia en la casa, entonces primero no le dije a nadie que estaba haciendo este proyecto, la disquera no sabía, nadie sabía más que mi equipo más cercano y entonces eventualmente mi equipo me dijo ‘ya déjanos escuchar eso que estás haciendo’ y yo les decía ‘no, no tiene nada que ver con lo demás que hice, no lo veo para nada de sacarlo, yo sé que esta en la radio no va a tener probablemente entrada y esta no es mi tirada tampoco,… pero bueno, venga, se los voy a enseñar’. Entonces hicimos un ensayo abierto, y ahí fue que empezó a haber esta parte de ‘¡esto es increíble, y más allá de si suena en la radio o no, vale la pena que le demos su lugar y su importancia.’

Entonces ya ahí empezó a cambiar toda la historia. Dijimos que probablemente serían dos volúmenes porque es mucha música y ahí yo ya supe que la música le iba a llegar a la gente, que mi público iba a escuchar este disco. Entonces ahí dije ‘quiero hacer un disco que suene ahora como si yo estuviera en las salas de sus casas tocando para ellos’, un disco que suene a madera y que no tenga ningún instrumento electrónico, ninguna secuencia, nada, sino que sean puros instrumentos de madera y así empezamos a tejer toda la historia.

¿Los temas elegidos por qué fueron ‘los elegidos’?

La tonada iba a ir, por ejemplo, porque era un proyecto de hobby para mi o de capricho. Yo me dije voy a grabar la Tonada de luna llena, voy a grabar Derecho de nacimiento, voy a grabar La Llorona, voy a grabar estos temas que amo, y realmente la selección fue así. La selección era tomar esos temas que me habían acompañado en mis giras, en la voz de Mercedes Sosa, de Chavela Vargas, de Violeta, de Omara Portuondo, realmente agarrar esa música que me inspira y que me encanta e interpretarla.

La selección tenía que ser con eso que me conmueve y ya… fue así.

Quería interpretar a Violeta, nunca me había atrevido a hacerlo. En este disco, de primera no iba a haber nada que fuera demasiado imponente o que de alguna manera me impidiera hacerlo, más que yo misma, entonces realmente lo que decidí fue romper con eso y eventualmente, por ejemplo, ya me empecé a sentir inspirada para escribir canciones, entonces dije ‘por qué no, no pasa nada, voy a meter mi composición en esto’. Le mandé mi primera composición, Rocío de todos los campos, y Rocío fue como una musa para mi también, le mandé esta composición a los productores, a Gustavo y a Cheche y les dije, déjenme saber si ustedes creen que esta composición puede formar parte de este proyecto y ellos me dijeron ‘pero por supuesto’, y así seguí haciendo canciones y de repente el disco se fue tejiendo poco a poco.

Vuelves a España luego de dos años en los que han cambiado un montón de cosas, has cambiado tú, la producción, la música, todo… ¿qué esperas de esta gira y de España?

Pues espero poder compartir esta música que hicimos con la gente. Que la gente lo disfrute. Espero que el disco cumpla su cometido, que era una cosa muy simple, era darle calor a la gente, un ‘apapacho’ al corazón y al alma. Eso era lo que yo quería, por eso hicimos un disco en una casa de madera, con puros instrumentos tradicionales, de madera también y con puras canciones que son muy cálidas, y ya, eso espero que el disco pueda darle mucho calor a la gente.

Si han leído hasta aquí y han conocido a la artista, prepárense para descubrir otras facetas de Natalia y sobre todo su risa, que es adorable.

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Michel Franco, el cine como obsesión

Daniel Fermín

Foto: Lucía Films
Lucía Films

“Soy un fiel creyente de que sólo se puede filmar lo que uno conoce” dice, desde una residencia de artistas en Italia, el cineasta mexicano Michel Franco. “Hasta ahora todo lo que he filmado tiene que ver con cosas que me han inquietado durante años. Hacer una película implica tanto esfuerzo que sólo vale la pena si estás obsesionado con ella.”

Un día, hace algún tiempo, Michel Franco (Ciudad de México, 1979) vio a una adolescente embarazada y pensó que ese era un buen punto de partida para un largometraje. En Las hijas de Abril, la película que se estrena el 20 de octubre en las salas españolas, una chica de 17 años da a luz a su primer hijo y se enfrenta a la alegría y la angustia de tener que convertirse en madre y de tener que soportar la llegada de otra madre —la suya— que regresa a casa tras una larga ausencia para apropiarse de todo y de todos. La debutante Ana Valeria Becerril y la experimentada Emma Suárez dan vida a las dos protagonistas, una niña que juega a ser adulta y una adulta que se comporta como niña.

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Durante la presentación de Las hijas de Abril en Cannes | Imagen vía Filmaffinity

Franco, galardonado con el Premio del Jurado de la sección Una cierta mirada en el pasado Festival de Cannes, tardó dos años en sacar adelante su proyecto. Exploró la posibilidad de hacerla en Estados Unidos hasta que terminó en México. Escribió y reescribió el guión para encontrar la mejor versión. Sonata de Otoño (Ingmar Bergman, 1978), sobre una madre que visita a su hija después de siete años, fue una de sus referencias.

“Mientras trabajaba la película pensaba en Bergman, por la manera en que una madre opresiva complica la existencia y la identidad de la hija. También en Tacones lejanos (Pedro Almodóvar, 1991), que a su vez hace referencia a Sonata de Otoño. Conozco a mucha gente que se niega a aceptar la edad que tiene, padres y madres que compiten con sus hijos. Eso siempre me ha parecido interesante y cada vez lo veo más.”

* * *

Los padres de Michel Franco querían que su hijo se dedicara al negocio familiar, una fábrica de ropa en México. Hijo de Abud —un hombre de Ciudad Juárez que a los 13 años tuvo que dejar sus estudios para ayudar en la manutención de sus hermanos— y de Yardena —una israelí que llegó a los 12 años a México—, Michel soñaba de joven con ser cineasta. Sus padres, preocupados por su futuro, le propusieron trabajar antes en su empresa por si eso de hacer películas no funcionaba. Lo probó y no le gustó.

“Jamás quise dedicarme al negocio familiar. Hubiera sido una vida muy frustrante”, recuerda Franco. “La condición que mi padre me puso es que tenía que conocer lo suyo por si lo mío no resultaba pudiera entrarle al quite. Eso sirvió para motivarme más en lo del cine. Lo detesté tanto que dije: ‘más vale hacer doble esfuerzo por lo que quiero’.”

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Durante el rodaje de Las hijas de abril | Imagen vía Lucía Films

Lo primero que quería Michel Franco era ser músico. Tenía una banda de rock con sus amigos, tocó la guitarra y grabó algún disco. Luego supo que no era tan bueno.

“Lo acepté a los 16 años, que es cuando a los jóvenes los presionan para escoger una carrera. Dije: sé que música no, así que se me ocurrió lo del cine.”

Escribe la periodista Beatriz Rivas, en la biografía Michel Franco (Cadillac, 2016), que Michel se enganchó con el cine a los 15 años. Bella Cherem, una maestra de la preparatoria, lo acercó a los libros y las películas. Un día le sugirió ver Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1994) y le gustó tanto que se obsesionó. La veía siempre: antes de ir al colegio, al regresar, después de comer, antes de hacer las tareas. Después vinieron Los olvidados (Luis Buñuel, 1950), La naranja mecánica (Stanley Kubrick, 1971), Natural Born Killers (Oliver Stone, 1994). El cine, para entonces, ya era parte de su vida.

A los 18 años, Franco pasó unos meses en el extranjero. Trabajó como camarero en un café de Tel Aviv y volvió para estudiar Comunicación en la Universidad Iberoamericana de México. Se aburrió hasta que su profesor de fotografía, Ricardo Trabulsi, le dijo que si lo que quería era hacer cine se fuera a Nueva York a estudiarlo. Estuvo seis semanas en un curso de verano de una academia e hizo su primer cortometraje. Al regresar, Comunicación ya no le interesaba. Siguió sus estudios un tiempo más a la vez que hacía otros cortometrajes. Todo lo que no tenía que ver con películas se lo tomó con ligereza.

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Las hijas de abril, póster promocional | Imagen vía Lucía Films

¿Y terminó su carrera?

Nunca me titulé. Ya tenía claro que quería filmar. Igual, un título no sirve de nada para un cineasta. Un título no hace que la gente vaya a ver una película.

En 2003, rodó el corto Entre dos, que fue galardonado en el Festival Internacional de Cine de Huesca. Eso le confirmó que sí podía ser, por fin, cineasta. Tenía 24 años. 

Me dio fe de que podría serlo. Es muy intimidante hacer una primera película.

A partir de ahí, comenzó la idea de escribir su ópera prima, titulada Daniel y Ana. La estrenaría en 2009, seis años después, en el Festival de Cannes.  

*

El cine de Michel Franco surge de una anécdota real que envuelve en una historia de ficción. En Daniel y Ana (2009) muestra a dos hermanos que tienen una relación jovial hasta que son secuestrados y obligados a tener sexo entre ellos. A partir de eso, todo cambia. El relato se lo narró una psicóloga que trataba a las víctimas reales.

En Después de Lucía (2012) utiliza la muerte de una madre para retratar el dolor de un padre y una hija, que son víctimas de la depresión y el acoso escolar. Franco, que de niño sufrió pérdidas cercanas, escribió el guión durante una residencia de seis meses en París. La película ganó el premio Una cierta mirada en Cannes. Se volvió un éxito de crítica y de público. Llevó a casi un millón de espectadores a las salas de México.

Luego vino A los ojos (2013), que codirigió con su hermana Victoria, una película que mezcla documental y ficción. La historia muestra a una mujer que trabaja en una fundación dedicada a rehabilitar niños de la calle. Su hijo, de 11 años, sufre una enfermedad que poco a poco lo deja ciego. Necesita un trasplante de inmediato y no hay órganos. Sobran, eso sí, niños que no le importan a nadie. Victoria filmó la parte documental tras años de trabajo social; Michel se encargó de los fragmentos de ficción.

En Chronic (2015) se narra la historia de un enfermero introvertido que se dedica a cuidar enfermos terminales y trata de recomponer su relación familiar. Durante algunos meses, Franco vio cómo su abuela estuvo en cama, producto de una embolia, antes de morir. Le dio tiempo de convivir con las mujeres que se hacían cargo de ella. El largometraje, rodado en inglés y protagonizado por Tim Roth, ganó el premio al Mejor Guión en Cannes y fue nominado a los Independent Spirit de Estados Unidos.

Michel Franco, el cine como obsesión
Poster promocional de Chronic | Imagen vía Lucía Films

El cine de Franco aborda temas sociales: el acoso escolar, el abandono, la incomunicación familiar, el embarazo adolescente. En sus películas no hay héroes ni villanos. Sólo personajes que se dejan llevar por sus instintos ante situaciones límites. Y los muestra con un tono naturalista, con largos planos y pocos diálogos, sin música, a veces distante. El cine de Franco no busca el simple entretenimiento sino la reflexión.

“Cuando voy al cine, quiero que la película me haga sentir y pensar. Una película hecha con una fórmula americana, lejos de entretenerme, me aburre. El entretenimiento tiene que ver con algo que efectivamente te sacuda, que te mueva.”

Usted sufrió un secuestro exprés de joven. ¿A qué edad fue?

A los 20 años.

¿Y eso no sería una buena historia?

Tal vez lo cuente en tono de comedia.

* * *

Michel Franco no tiene el sueño americano de llegar a Hollywood. Su estilo, su forma de trabajar, chocaría con esa industria que lo absorbe todo. Escribe, produce y dirige sus películas. Rueda, contrario a lo que dicen las escuelas, de manera cronológica. Reconocido en los principales festivales, tiene otros objetivos: hacer un largometraje con Uma Thurman, por ejemplo, a la que conoció este año en Cannes. O volver a retratar, como ha hecho, su México natal con historias que trascienden fronteras.

“Me gustaría seguir haciendo cine que hable de mi país, de la realidad que vivo. Conquistar a un público cada vez más amplio, tanto en México como en otros lugares.”

Hoy tiene su propia productora, Lucía Films, que ha producido obras como Desde allá (Lorenzo Vigas, 2015), ganadora del León de Oro de Venecia. Entre sus próximos proyectos, además de la producción de la nueva película de Vigas, tiene una serie de televisión, una comedia que trabaja junto con Gabriel Ripstein y Jorge Hernández Aldana. En Italia, becado por la fundación Rockefeller, escribe su próximo filme.

¿Soñaba, de joven, con tanto reconocimiento?

Yo sólo soñaba con poder hacer cine. Eso para mí era bastante.

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Leonora Carrington, las Memorias de abajo de la pintora surrealista

Anna Maria Iglesia

Foto: DANIEL AGUILAR
Reuters

El legado de Leonora Carrington, artista surrealista británica, no solo está compuesto por una obra pictórica indispensable para entender el siglo XX, sino también por textos de indudable interés, entre ellos uno de los más importantes es Memorias de Abajo, libro que André Breton le animó a escribir y que ahora publica Alpha Decay con prólogo de Elena Poniatowska.

“¡No admito su fuerza, el poder de ninguno de ustedes, sobre mí. Quiero ser libre para obrar y pensar; odio y rechazo sus fuerzas hipnóticas!”, se rebeló de pronto Leonora Carrington al doctor Luis Morales, bajo cuya supervisión médica estaba recluida en el sanatorio mental de Santander. Pocos meses antes, Max Ernst, había sido detenido por la República de Vichy. De origen judío y vinculado a la resistencia, Ernst fue detenido en su casa de Saint Martin d’Ardèche, donde vivía con una jovencísima Leonora, una joven inglesa llamada a ser una de las pintoras más relevantes del surrealismo. La Segunda Guerra Mundial, sin embargo, lo cambió todo: Ernst terminó detenido en el campo de concentración de Les Milles,  en la República de Vichy, y Leonora encerrada en una clínica psiquiátrica en Santander.

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Los gritos de Leonora, reclamando su libertad, retumbaban en la clínica santanderina el agosto de 1940. Tan solo unas semanas antes, la pintora había sido obligada por su padre a un internamiento forzoso en la clínica del Dr. Morales, un psiquiatra de ideología nazi que, por entonces, regentaba una de las clínicas psiquiátricas con más prestigio entre la burguesía europea. El Dr. Morales era considerado una excelencia por llevar a cabo “milagrosas” y experimentales curaciones sobre sus pacientes, curaciones que se basaban principalmente en un choque convulsivo químico con cardiazol. A pesar de que el Dr. Morales la cogiera del brazo, afirmando, sin titubear, “aquí soy yo el amo”, aquellos gritos de Carrington anunciaban el final de su encierro. Ella estaba en aquella clínica por orden de su padre, un tradicional hombre de la burguesía inglesa que nunca había aprobado la conducta de su “rebelde” hija, y bajo el control permanente del Dr. Morales, ocupado, más que preocupado, en quitarle las ideas delirantes que la joven padecía desde la detención de Ernst.

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La posada del Caballo del Alba (1936-1937), autorretrato de Leonora Carrington | Imagen vía: Wikimedia Commons

“Cuando los alemanes invadieron Francia, temiendo por su propia seguridad, Leonora decidió escapar a España, con la intención de obtener un visado para el pasaporte de Max, que ella guardaba consigo”, cuenta Victoria Combalía en Amazonas con pincel. Por entonces, Carrington “ya comenzaba a ser presa de alucinaciones que le desencadenarían ataques de locura”, unos ataques que la acompañarían a lo largo de su huida de Francia, desde Andorra, pasando por la Seu d’Urgell y Barcelona, hasta Madrid, donde llegó acompañada por Catherine Yarrow y Michel Lucas.

La locura de Carrington era resultado de lo vivido, ¿cómo sino podría reaccionar alguien a quien, en palabras de Elena Poniatowska “de pronto los gendarmes se presentan y se llevan a su amor alegando razones de religión o de raza o de ideología”. La violencia, sin embargo, no abandonó a Leonora: no sólo llegaba a una España que acaba de salir de la Guerra Civil, una España cruel, dice Poniatowska, un país que “con su guardia civil intentó destruir su mundo imaginario y afectivo”, sino que nada más llegar sería víctima de una banda de requetés, que la raptaron y la violaron.

“Se levantaron algunos de aquellos hombres y me metieron a empujones en un coche. Más tarde estaba ante una casa de balcones adornados con barandillas de hierro forjado, al estilo español. Me llevaron a una habitación decorada con elementos chinos, me arrojaron sobre una cama, y después de arrancarme las ropas me violaron el uno después del otro”, recordaría tiempo después en Memorias de abajo. A partir de entonces, Carrington ya no pudo más, los delirios se incrementaron como si delirar fuera la única manera de huir de aquella vida hostil a la que parecía estar condenada.

“En sus raptos de locura, Leonora asumía el comportamiento de varios animales: rugía como una hiena, relinchaba como un caballo, ladraba como un perro…” cuenta Combalía. Fue entonces cuando el padre de Leonora entró en escena y obligó su internamiento: “Mi primer despertar a la conciencia fue doloroso: me creí víctima de un accidente de automóvil; el lugar me sugería un hospital, y estaba siendo vigilada por una enfermera de aspecto repulsivo y que parecía una enorme botella de Lysol. Me sentía dolorida, y descubrí que tenía las manos y los pies atados con correas de cuero. Después me enteré de que había entrado en el establecimiento luchando como una tigresa, que la tarde de mi llegada, don Mariano, el médico director del sanatorio, había intentado convencerme para que comiera y que yo le había arañado”.

Leonora Carrington, las Memorias de abajo de la pintora surrealista
Leonora Carrington | Imagen vía Alpha Decay

Así recuerda Leonora Carrington su llegada a la clínica psiquiátrica en Memorias de abajo, libro que André Breton le animó a escribir y que ahora la editorial Alpha Decay publica en una nueva edición con prólogo de Elena Poniatowska. Como cuenta Poniatowska, autora del libro Leonora, en la vejez, la pintora apenas hablaba de Max Ernst, pero sí de su estancia en la clínica: “De su niñez, Leonora habló con felicidad; del Cardiazol en la clínica del doctor Mariano Morales en Santander, en cambio, con verdadera angustia”. De hecho, añade la escritora mexicana, “con el terror impreso en sus ojos, volvía a caer en el agujero negro: ‘Me impidieron cualquier movimiento, me amarraron, me inyectaron…’”. Si bien para Bretón el libro de Leonora fue un texto imprescindible para sus estudios en torno a la locura y los delirios, no debe olvidarse que Memorias de abajo es, ante todo, un libro sobre la reclusión y el abandono.

Carrington no sólo se siente atrapada en esa clínica, no sólo siente que aquellos tratamientos, hoy absolutamente superados, no hacían otra cosa que hundirla más en su locura, sino que se sentía abandonada, sobre todo por un padre que parecía estar haciéndole pagar el precio de la libertad disfrutada años atrás en París. Como relataba hace algunos meses en The Guardian su sobrina Joanna Morhead, Carrington –Prim, así la llamaban- era considerada la “niña salvaje” de la familia: “Nunca escuché ni una sola buena palabra hacia ella”, recuerda Morhead, para quien fue todo un descubrimiento saber que su tía era un nombre imprescindible dentro de la historia de la pintura. “Durante décadas, ella fue relativamente desconocida: el convencional mundo artístico pasó por encima de ella y los comerciantes la ignoraron. Cuando entró en los ochenta años, sin embargo, encontró, con lentitud, pero con firmeza, la fama”, afirma Morhead y sigue: “Su trabajo fue redescubierto por los historiadores; las mujeres surrealistas fueron ‘recuperadas’ y conocidas por sus talentos individuales antes que por su papel de musas. Al inicio del siglo XXI, ella se convirtió en una especie de tesoro nacional para su país de adopción”, México.

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Cocodrilo de Leonora Carrington, en Ciudad de México. | Imagen vía Carlos Valenzuela/Wikicommons

Carrington llegó a México en 1942, tras un año en Estados Unidos. A finales de 1940, gracias a la intermediación de un primo suyo, salió de la clínica de Santander, aunque su padre ya había decidido su destino: “Su familia ha decidido enviarla a Sudáfrica, a un sanatorio donde será muy feliz porque es delicioso”, le dijeron nada más llegar a Madrid, primera etapa de un viaje que Leonora no estaba dispuesta a realizar. Acompañada por Frau Asegurado, encargada de su cuidado y vigilancia, fue embarcada a Lisboa, teóricamente la segunda parada antes que Sudáfrica. Sin embargo, Leonora, consciente de que “no había que luchar con esa clase de gente, sino pensar más deprisa que ellos”, no dudó en escapar en cuanto tuvo la posibilidad y esconderse en la Embajada de México, habiendo conocido al diplomático mexicano, Renato Leduc, pocos días antes en Madrid: “El embajador se portó maravillosamente conmigo, después. Tuve que entrar a verle, y dijo: ‘Está usted en territorio mexicano. Ni siquiera los ingleses pueden tocarla’. No sé cuándo apareció Renato. Al final, dijo: ‘Vamos a casarnos. Sé que es horrible para los dos, porque no creo en esa clase de cosas, pero…’”.

Fue así como Leonora pudo escapar. ¿Fue un matrimonio concertado aquello que le concedió la libertad? Ella nunca lo negó. Si bien el matrimonio con Renato durara tan solo un año, su amistad perduró hasta el final y él nunca dejó de visitarla en su casa de Chihuahua. En México, Leonora retomó su carrera como pintora que la guerra había interrumpido y aquellas alucinaciones cabalísticas y astrológicas sufridas durante su estancia en Santander terminaron plasmando un mundo interior, del cual sus pinturas fueron reflejo: “su pintura desvela la vertiente mística de la vida cotidiana. Sus escenas recuerdan los cuentos de hadas y los relatos infantiles irlandeses y celtas que le contaban de niña, repletos de druidas y magos que conocen una dimensión superior de la realidad. Personajes como la diosa Danu o la figura del caballo como símbolo de la búsqueda de renovación abundan en sus lienzos, así como gatos, cisnes, serpientes y alusiones a la cábala y a la alquimia”, apunta Victoria Combalía.

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El mundo mágico de los mayas de Leonora Carrington en el Museo Nacional de Antropología de México | Imagen vía Loppear / Wikimedia Commons

Leonora Carrington murió en 2011 en México. Tenía 91 años. Nunca quiso volver a Europa para vivir, aunque sus viajes a Inglaterra y Francia fueron constantes. Tras de sí, no sólo deja textos de indudable interés, sino una obra pictórica indispensable para entender el siglo XX. “Su trabajo evoca de muchas cosas y su enormemente complejo”, comenta Matthew Gale de la Tate Modern, “su producción no fue masiva porque su técnica es muy meticulosa y su trabajo muy detallista”.  

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