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Esteban Crespo: “María Pedraza es el mayor descubrimiento del cine español en diez años”

Jorge Raya Pons

Foto: Jorge Raya
The Objective

Esteban Crespo (Madrid, 1971) es el ejemplo de que uno no sabe hacia dónde lo llevará la vida. Por supuesto que a Esteban siempre le apasionó el cine, que nunca dejó de escribir, que no se le pasó por la cabeza decir basta. Pero cuando tuvo que elegir, por azar o por convencimiento, se decantó por la Arquitectura. “Lo que hice antes de decidir fue visitar la Escuela de Cine (ECAM), que estaba haciendo el traslado a la Ciudad de la Imagen (Madrid)”, cuenta. “Fui hasta allí y no me atendió nadie. Tuve una sensación malísima, malísima, y salí por patas”.

Ahora el cineasta madrileño echa la mirada atrás y recuerda aquellos tiempos con ternura; la incertidumbre, los fracasos, las dudas, todo queda más lejos. Ahora el cineasta reconoce que disfruta del momento; Amar, su primer largometraje, se estrena este viernes en los cines.

“Hice un corto cuando estaba terminando la carrera, y rodándolo fue que me di cuenta de que lo mío era el cine”

“Es una historia de desamor, pero también sobre esa etapa en la vida del joven en la que tiene que decidir qué hacer”, explica, midiendo cada palabra. “Parece que esa decisión que tienes que tomar va a marcar tu vida y que no vas a poder cambiarla, al menos en diez años. Tienes que decidir qué estudiar, si quieres estudiar, qué quieres hacer. Parece que si eliges una carrera luego ya no vas a poder reinventarte. Es un momento de locura y de aprender a enfrentarte a tus padres y a lo establecido para ser libre, para que tu personalidad florezca. Nuestros personajes huyen encontrándose”.

Cuando un joven se debate entre la vocación y la prudencia, desconoce que ambas caminan de la mano. Esteban encontró su camino después de más de diez años en la arquitectura, que le gusta, que le apasiona, pero que no puede competir con el cine. Esto lo descubrió más o menos tarde, cuando andaba cerrando sus estudios universitarios, y recuerda ese momento como una epifanía. “Hice un corto cuando estaba terminando la carrera, y rodándolo fue que me di cuenta de que me había equivocado, que lo mío era el cine“. Y continúa, con tono burlón: “Ese corto lo hice con un amigo y espero que alguien se haya hecho con todas las copias y las haya destruido. Si alguien viese ese corto puede que no volviera a trabajar nunca más”.

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Fotograma de ‘Amar’, de Esteban Crespo. | Foto: Avalon

Parece curiosa esa relación del artista con su primera obra, con ese empezar que nunca es bueno, que tiene dedicación e ilusión y una voluntad estética profundamente genuina que, sin embargo, termina por ruborizar con el paso de los años. “¡Era espantoso!”, bromea Esteban, probablemente honesto. “Tenía un nombre largo, algo como ¿Quién tiene la culpa…? . Por eso luego titulé un corto como Nadie tiene la culpa, era un homenaje a ese primer corto. Ni siquiera estaba planeado que yo lo dirigiera. Era un poco raro, y la historia es cachonda. Un amigo me dijo de hacerlo, que él iba a escribirlo, y cuando pude leerlo resultó ser una mierda. Le dije que yo lo reescribiría y ya puestos lo dirigí. Recuerdo decirle: ‘¿De verdad que tú llamas a esto escribir?’. En el fondo lo del corto fue culpa suya”.

Esteban le debe todo a ese fracaso. Varios años después un cortometraje le puso en el centro de la escena. Aquel no era yo fue un éxito de crítica que consiguió el Goya en 2012 y estuvo entre las nominadas a mejor cortometraje en los Oscars de 2013. Aquel trabajo fue un impulso tremendo, el preámbulo de una carrera que crece con paso firme.

“Entrevisté a mucha gente a la que preguntaba por su primer amor y me di cuenta de que muchas cosas se repetían”

Esteban peina algunas canas y guarda un vago parecido con Paul Thomas Anderson. Ha vivido momentos de amor y desamor, de relación y fractura, y es irremediable que estas experiencias se reflejen en su película. Con todo, Esteban se define como un escritor que toma distancia respecto a los recuerdos, que trata de excluirlos mientras está metido en el guión: “No soy un director que le guste contarse a sí mismo. Hay detalles de mi vida en la película, pero lo que hice es entrevistar a mucha gente a la que preguntaba por su primer amor y me di cuenta de que muchas cosas se repetían. Pensé que no se había hecho una película seria sobre este asunto, o al menos no la conocía. Me pareció interesante hacer una película honesta sobre ese momento y hacerlo sin excluir sus cosas negativas”.

En esta historia, Carlos y Laura, que tienen 18 y 17 años, sienten una emoción casi inmediata después de conocerse, creen saber todo lo que necesitan saber el uno sobre el otro, dibujan toda una vida juntos, son felices en su ensueño. Pero luego van encajando como pueden los primeros desengaños, las primeras frustraciones, ese choque brutal con esa realidad tan cruda. Las interpretaciones son inmensas, con Pol Monen y María Pedraza asumiendo unos roles que parecen salir de dentro, que son ellos mismos.

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Esteban Crespo, en su estancia en Los Ángeles por su nominación al Oscar, en 2013. | Foto: Kevork Djansezian/Reuters

Resulta imposible escapar del encanto de María, que recuerda tanto a Adèle Exarchopoulos, protagonista de La vida de Adèle, con esa belleza tan genuina, la mirada intensa, una inteligencia que desarma. “Es algo que me han dicho mucho”, reconoce Esteban. “María Pedraza es el mayor descubrimiento del cine español en los últimos diez años”.

“Siento que quiero hacer películas todo el tiempo, no me importa dónde”

Antes de encontrar a María, el equipo de la película andaba algo perdido buscando a una actriz que encarnara a Laura. Aquella aparición fue una coincidencia. Esteban cuenta que navegaba en Instagram documentándose para la película; quería profundizar en cómo se comunica la gente joven, en el tipo de fotos que sube, en cómo viste, en cuáles son sus inquietudes. Y un día se topó con el perfil de María y empezó a seguirla. Descubrió que era muy activa en redes, que hacía ballet clásico, que tenía una fotogenia especial. “Un día leí en una entrevista que le hicieron que había hecho un curso de interpretación”, dice Esteban, que contiene la risa. “¡Resulta que solo había ido un día! Y ni siquiera le gustó”.

El director llamó a las directoras de casting para pedirles que le hicieran una prueba a María y las puso sobre aviso: no sabrá interpretar, no tiene por qué salir bien, nunca ha hecho esto antes. La prueba fue mejor de lo esperado y, poco tiempo después, decidieron que María Pedraza encarnara a Laura. “Ella nunca buscó esto”, confiesa Esteban. “Simplemente se lo encontró”.

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Fotograma de ‘Amar’, de Esteban Crespo. | Foto: Avalon

Otro de los aspectos interesantes de esta película radica en la forma en que incluye la tecnología en el curso del relato. Es un elemento del que la literatura y el cine contemporáneo suele rehuir o incluir en exceso, y aquí no es que aparezca en cada plano, pero sí se intuye como una constante; en todo momento sabes que está presente. Esteban escribió el guión hace 15 años y para entonces, cuenta, no había casi ordenadores, ni teléfonos móviles; las redes sociales eran algo impensable. Así que se adaptó a los tiempos. “Una de las cosas que más tuvimos que cambiar del guión era eso”, dice. “Es tan curioso como que cuando la tía de Laura le pide que le enseñe fotos de Carlos, lo hace sacando el teléfono, pasando fotos con el dedo. Antes eso no era así. Las fotos estaban dentro de un sobre y las sacabas una a una porque las tenías impresas en papel”.

Esteban conoce las dificultades de rodar en España. “Aquí solo se hacen 100 películas al año”, dice. “Solo hay 100 afortunados”. Mientras cuenta las horas para el estreno de su primera película, tiene en la cabeza cómo será la próxima, que es más grande, más compleja: un thriller a campo abierto. Han pasado muchos años desde que decidió dedicarse a la arquitectura, que luego abandonó con la esperanza de que algún día llegara la oportunidad que ahora saborea. Esteban no piensa en otra cosa: “Siento que quiero hacer películas todo el tiempo, no me importa dónde. En España, en Estados Unidos, en Hungría. Donde sea. Amo este oficio”.

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Fernando Pérez: “En Cuba, a diferencia de en otros países, la cultura no se ha contaminado"

Jorge Raya Pons

Foto: Jorge Raya
The Objective

Fernando Pérez (Guanabacoa, 1942) sabe qué esperar de la vida. Ya son más de 40 años de cine y sus películas son el ojo clínico de Cuba; nadie ha retratado el espíritu de la isla como él. Fernando vive en La Habana, una ciudad que ama, y es rara la ocasión en que no se le escapa hablar de ella como si fuera un órgano vital dentro de su cuerpo, como un pulmón o como el estómago. “La Habana es una ciudad azul”, dice, y mira lejos. “La Habana es la sorpresa, es la contradicción. He llegado a un estado en que yo me siento cubano, pero sobre todo habanero. El otro día estaba en Villaclara, otra ciudad de Cuba, y sentía que estaba raro. Y cuando llegué a La Habana me di cuenta de que me faltaba el mar. Allá la mayoría de las calles terminan en el malecón”.

En Últimos días en La Habana, su última película –galardonada con el Biznaga de Oro en el Festival de Málaga-, Fernando cuenta la historia de dos amigos con destinos aparentemente distanciados. Diego es un enfermo de Sida que cuenta sus horas finales postrado en una cama. Miguel cuida de él y trabaja lavando platos en un bar, juntando el dinero necesario para marcharse de Cuba y comenzar una vida nueva en Estados Unidos. Y, entre medias, siempre está la ciudad, o al menos parte de ella. “Si tuviera que decirte qué es La Habana, te diría que es los habaneros”, continúa el cineasta, con la voz encendida. “No es el espacio, sino esa gente llena de energía y con esa manera de ser”.

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Fotograma de ‘Últimas días en La Habana’, de Fernando Pérez. | Foto: Wanda Vision

Fernando viste con elegancia una americana marrón. Su piel es blanca a ojos de los caribeños, y las manchas en la piel se revelan como heridas de guerra de quien ha pasado toda una vida bajo el sol calcinante de La Habana, adonde llegó siendo un adolescente. “Yo nací en Guanabacoa, un pueblo separado de La Habana por una bahía, y para mí cruzar aquello era como viajar a otro país. Recuerdo la primera vez que viajé solo, yo tenía 12 ó 13 años. Tomé una lanchita y crucé la bahía. Recuerdo recorrer las calles de La Habana, esplendorosas, y ver las marquesinas de los cines. Para mí eso fue una emoción tremenda, fue un descubrimiento”.

“Cuando triunfa la Revolución, en 1959, se crea un instituto de cine. Yo me dije que tenía que entrar ahí”

La infancia de Fernando transcurrió sin comodidades. Creció en una familia con pocos recursos; su papá era cartero y su mamá, ama de casa. En cuanto tuvo la oportunidad comenzó a trabajar para ayudar a la economía familiar y no estudió más que la enseñanza media, sin alcanzar el preuniversitario. Pero en aquel momento, confiesa, sabía con seguridad que su vocación era el cine. “Yo era y sigo siendo curioso”, dice. “Con 14 ó 15 años veía una película y me ponía a escribir, aspiraba a ser crítico de cine. Cuando triunfa la Revolución, en 1959, se crea un instituto de cine. Yo me dije que tenía que entrar ahí”. Para ello estudió con esfuerzo y se presentó a un examen de ingreso que logró aprobar. Tenía 16 años. Fue su primera incursión en ese mundo, donde comenzó como mensajero de una película, como Jack Nicholson, y terminó por construir una carrera exitosa. Entre medias se licenció en Lengua y Literatura Hispánica. Le digo que fue un recorrido largo, y él sonríe: “Esto lo dijo Freud cuando le pidieron el epitafio que quería para su tumba: ‘He sido un hombre feliz; nada en la vida me fue fácil’”.

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Fidel Castro, firmando la reforma agraria de junio del 59. | Foto: RB/AP Photo

Por el tiempo en que nació, a Fernando le tocó vivir el auge de la Revolución cubana, uno de los episodios más destacados del siglo XX. Pero no el único: el mundo entero vivía en estado de agitación. “Yo viví ese cambio”, dice, moviendo mucho las manos. “Todo empezó a transformarse, otro mundo era posible. La Revolución en Cuba. Los hippies en Estados Unidos. Las revueltas del 68. Bob Dylan. Los pelos largos. El mundo caminaba hacia una ilusión utópica”. Aquella gran ola, sin embargo, fue retrocediendo y arrastró con ella todas las aspiraciones. Fernando es un veterano, a sus 72 años, pero el paso del tiempo no lo ha convertido en un nostálgico. Él es resuelto y optimista y piensa justo lo contrario, que de todo aquello queda una esencia, que no todo fueron batallas perdidas. “Todo ese espíritu, toda la energía de esas ideas es eterna y mantiene el significado. La historia es espiral, no va en línea recta”.

“Se alfabetizó al pueblo cubano. Los campesinos leían y escribían. Pero después comenzaron a venir los problemas”

La historia de Cuba está irremediablemente ligada a Fidel Castro, el líder de aquella Revolución. Castro fue un hombre culto e inteligente, pero asertivo ante la crítica, inclemente ante los opositores. En este contexto, la convivencia entre la cultura y el régimen debió ser compleja, peligrosa solo para una de las partes. “Los años 60 fueron como un remolino, se produjo una eclosión de la creatividad”, cuenta Fernando. “Se alfabetizó al pueblo cubano. Los campesinos leían y escribían. Pero después comenzaron a venir los problemas. La sociedad comenzó a institucionalizarse y los problemas políticos no podían negarse; pretendían reducir la cultura a un mensaje político”. Pese a ello, el cineasta encuentra un punto positivo en una herencia de la Revolución: “En Cuba, a diferencia de en otros países, la cultura no se ha contaminado, no se ha convertido en un negocio. Aunque ya comienza a serlo…”.

Cuando murió Fidel Castro, el mundo quedó congelado por unas horas, pero Cuba permaneció así por diez días. Este fue el tiempo que la isla se mantuvo de luto por la muerte del dictador. Aquella noticia no fue una sorpresa para Fernando: “Yo estaba fuera de Cuba en una actividad pública. Uno de los organizadores se acercó y me dijo: ‘Se murió Fidel’. Yo le respondí: ‘Ah’. Era una pérdida esperada, ya llevaba dos o tres años fuera. El pueblo cubano se fue preparando para el momento. Cuando volví, se celebraban los funerales y había mucho respeto. Pero claro, declararon diez días de luto…”. Fernando hace una pausa y no puede contener la risa: “Al noveno día la gente ya estaba como ‘Oye, lo sufrimos, pero ya está bien…’. Fidel causó pena, pero ya pasó”.

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Una procesión transportó las cenizas de Fidel Castro por varias ciudades cubanas durante cuatro días. | Foto: Desmond Boylan/AP Photo

Fernando, que reconoce expresarse mejor con imágenes que con palabras, se define como un escritor lento aunque apasionado. Dice tener una película en mente, que la tiene clara en la cabeza, aun a falta de ponerle un poco de orden. “Es una historia coral en tres o cuatro capítulos”, explica, midiendo las palabras. “Empieza en el año 61, en Cuba, con la campaña de alfabetización, y aquí presento a unos personajes. Luego viene otro capitulo en los 70, donde estos personajes son hombres maduros, aquellos niñitos empiezan a ser protagonistas. El último capítulo termina en el hoy, cuando ya son ancianitos. Esa película contará lo que yo he vivido, con historias mías y otras que he oído”.

“Hay muchas montañas que he subido y otras que no he alcanzado. Se trata de buscar el sentido”

La estancia de Fernando en España ya se ha alargado por seis semanas. La Casa de América le trajo a Madrid, lejos del mar azul de la Habana, y todavía pasará un tiempo hasta que regrese a la isla, pues visitará a su hija en Valencia. Fernando se mantiene joven, no ha perdido la curiosidad, no le importa salir de casa. Es un acto de rebeldía mantener esta actitud a pesar de los golpes y del tiempo: “A mis 72 años, yo sé hacer cine, tengo una profesión, sé dónde poner una cámara. Pero eso no es lo que a mí me interesa. Yo quiero plantearme en cada película algo que nunca haya hecho antes y ver si lo logro. Si la montaña es muy alta, comienzo a subirla. Sé que igual no llego. Hay muchas montañas que he subido y otras que no he alcanzado. Se trata de buscar el sentido. Por eso me gusta rodearme de gente joven. Porque siempre te desafía, porque siempre te niega cosas. En este sentido, el cine es una búsqueda. Y esto lo decía mejor Almodóvar: ‘Existe una gramática del lenguaje cinematográfico y, por supuesto, uno lo aprende y se puede hacer una película. Pero siempre va a faltar algo, y ese algo eres tú mismo’”.

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Navidad obscena

Manuel Arias Maldonado

Foto: JON NAZCA
Reuters

En Navidad, de un tiempo a esta parte, uno siente nostalgia de la Navidad. O sea, de la Navidad tal como era antes o como uno la recuerda: breve, concentrada, sintética. Su modesta estructura se componía de una semana preparatoria y una quincena de ejecución: desde las vísperas de la lotería hasta la comida de Reyes. Se parecían, o querían parecerse, al anuncio de turrones El Almendro que rodó Víctor Erice: sentimentales pero austeras, representaban un breve descanso organizado alrededor de la idea de la reunificación familiar. Su contención las hacía soportables, hasta el punto de que uno no dudaba en darles una cautelosa bienvenida.

Ahora, en cambio, se hace difícil no estar de acuerdo con los neomarxistas que denuncian la colonización mercantil del mundo de la vida. Por más que uno comprenda la importancia del consumo privado para la buena salud de la economía, parecemos empeñados en dar la vuelta a la conocida inscripción de Delfos que recomienda vivir sin excesos. ¡Todo en demasía! El calendario es implacable: la maquinaria estético-comercial navideña se activa con el así llamado Black Friday en la última semana de noviembre, momento en que también suele procederse al cada vez más melodramático alumbrado de nuestras ciudades, después se intensifica durante el largo puente de diciembre y aún incrementa su presión -formidables descuentos mediante- cuando se acercan las fechas marcadas en rojo en el calendario oficial. En paralelo, se suceden los ágapes: la moda imparable de las comidas navideñas -sean de empresa, gimnasio o asociación excursionista- atraviesa todo diciembre dejando tras de sí un rastro de matasuegras y éxitos de los 80.

De manera que bajo el fulgor deslumbrante de las bombillas LED, compradores y festejantes se amontonan en unos centros urbanos intransitables durante seis semanas orgiásticas. Los tiempos cambian: hemos pasado de Erice a Amenábar. Para cuando llega la cena de Nochebuena, no digamos la Nochevieja, el agotamiento es total: uno solo desea que el rápido curso del tiempo le transporte pronto al escenario posvacacional. Y uno siente, sí, una punzada de nostalgia por las viejas Navidades. Aunque se pregunta, también, si no será él quien se está haciendo viejo.

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El último gag de Andy Kaufman

Jaime G. Mora

Foto: CLAUDIO ONORATI
AP

‘Jim & Andy’ es un documental perturbador. Relata la interpretación que hizo Jim Carrey de Andy Kaufman en la película ‘Man on the Moon’, que se estrenó en 1999, cuando Carrey era una estrella de Hollywood, y no ese tipo desquiciado al que acusan de haberle contagiado tres enfermedades sexuales a su exnovia. Hace veinte años Carrey era una estrella de Hollywood, decía, y Milos Forman lo eligió como protagonista del filme. Había pasado más de una década de la muerte del comediante Kaufman y era hora de llevar su vida a las salas de cine. Kaufman no se veía como un humorista. decía que nunca había contado un chiste y se consideraba más bien un “artista de variedades”.

Kaufman no buscaba hacer reír a la gente, sino provocar, y lo llevaba todo al extremo, aunque eso supusiera ganarse el odio de seguidores y ejecutivos. Los que le aplaudían y los que le pagaban, casi nada. Uno de sus ‘números’ más recordados tuvo lugar en pleno movimiento feminista: se le ocurrió organizar peleas de “lucha libre” con mujeres, a las que mandaba a casa a fregar y cuidar de los niños. Hacía todo lo posible, ya fuera en la televisión o en el ring, para enfurecerlas. Era un personaje excesivo para todo, incluso para morir: una variante muy rara del cáncer de pulmón se lo llevó por delante cuando solo tenía 35 años. Lo intentó curar con “medicina natural” y con la ayuda de chamanes.

Jim Carrey, para interpretar su papel, optó por hacer de Kaufman a todas horas, también después del “corten”, y todo aquello quedó grabado. El documental, disponible en Netflix después de haberle quitado el polvo a esas viejas cintas, muestra cómo fue aquel rodaje tan delirante. Se ven las caras de incredulidad de los actores cuando descubren la actitud del actor en el set, la impotencia inicial del director de la película, que no sabe cómo tratar a Carrey, o más bien a Kaufman. Carrey se presentó desde el minuto uno como Andy, y se relacionó con sus compañeros como si fuera su personaje: gritando, disfrazándose, llevando al plató a los Ángeles del Infierno…

“Estaba en Malibú, mirando el océano y pensando: ¿Dónde estará ahora Andy? ¿Qué estará haciendo?”, dice Carrey al recordar los días previos al rodaje. “De repente, Andy Kaufman apareció, me tocó el hombro y me dijo: puedes descansar. Yo haré mi película”. El hilo conductor del documental es una entrevista al actor, que habla fijamente a cámara, sin apenas moverse, con una barba poblada que lo aleja de esa imagen con la que triunfó en los años 90. Dice cosas como “Andy me poseyó, hasta tal punto que llegué a pensar que nunca me liberaría de él”, “A veces no puedo dormir porque siento que he salido de mi cuerpo y solo soy una nube de amor y gratitud y energía” “No somos nada. Y tener eso claro es increíblemente liberador”.

Hacer de Kaufman a todas horas, dice Carrey, lo llevó a dudar incluso de su propia identidad. Cuando acabó la película se sintió vacío, como si él no fuera nadie. ¿Quiénes somos? ¿Somos en realidad quienes creemos ser? En estas reflexiones sobre la identidad se ve que Carrey lleva años haciendo meditación, su remedio para luchar contra la depresión. Pero más que estos desvaríos espirituales, lo interesante de la cinta es ver hasta dónde llegó Carrey haciendo de Kaufman en la vida real. Se plantó sin ningún complejo en la casa de Steven Spielberg para hablar con él, sal en las noticias un incidente que tuvo con otro actor durante la grabación, se plantó en una fiesta en la mansión Playboy como si fuera uno de los personajes de Kaufman…

Carrey convirtió todo el rodaje de ‘Man on the Moon’ en un gag de Kaufman, que para eso lo grabó todo. El último gag de Kaufman. Puede que Carrey sea un lunático, desde luego lo parece, pero es un lunático brillante.

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Una teoría científica prevé que 2018 será el año de los grandes terremotos

Redacción TO

Foto: Navesh Chitrakar
Reuters

No prestamos demasiada atención a los movimientos de la rotación de la Tierra, pero son más relevantes de lo que el común de los mortales creemos. De vez en cuando, la rotación de la Tierra disminuye algunos milisegundos por día, y esto va a tener un enorme efecto en las vidas de millones de personas alrededor del globo. Según el Servicio Geológico de los Estados Unidos ha habido 7.574 a escala global en los últimos diez años. Una reciente teoría prevé que esta cifra pegará un importante repunte el próximo 2018.

En un estudio publicado en Geophysical Research Letters a mediados de este año, los científicos Roger Bilham, de la Universidad de Colorado, y Rebecca Bendick, de la Universidad de Montana predicen que, debido a la desaceleración de la rotación de la Tierra, el mundo sufrirá un aumento significativo de grandes terremotos en 2018.

Para llegar a esta conclusión, los investigadores estudiaron todos los terremotos desde 1900 que registraron una magnitud (según la escala del momento en que sucedieron) de 7,0 o mayor y descubrieron que aproximadamente cada 32 años hay un repunte en estos grandes sismos.

Una teoría científica prevé que 2018 será el año de los grandes terremotos 2
Aproximadamente cada 32 años hay un repunte en grandes sismos en el mundo. | Foto: Kim Hong-Ji / Reuters

El factor común

El estudio revela, asimismo, que el único factor que se correlaciona fuertemente en esta repetición de grandes terremotos es una ligera desaceleración de la rotación de la Tierra en un período de cinco años antes del repunte, algo que ha ocurrido en el último lustro.

En el ecuador, la Tierra gira 460 metros por segundo. Dada esta alta velocidad, no es absurdo pensar que un ligero desajuste en la velocidad entre la corteza sólida y el manto y el núcleo líquido podría traducirse en una fuerza que, de alguna manera, empujaría los temblores a la sincronía.

La mayoría de los sismólogos coinciden en que la predicción de un terremoto es un terreno pantanoso. Y hasta ahora, Bilham y Bendick tan solo tienen ideas difusas y difíciles de probar sobre lo que podría causar el patrón que encontraron. No obstante, el hallazgo es demasiado provocador para ignorarlo, dicen otros investigadores. “La correlación que encontraron es notable y merece una investigación“, dijo Peter Molnar, reconocido geólogo norteamericano, a la revista Science.

La importancia de prevenir

Entonces, ¿es posible predecir los terremotos? Es una pregunta que molesta a los sismólogos, no porque no sea razonable, sino porque los científicos lo han intentado muchas veces y siempre han terminado en fracaso. Incluso después de muchos avances en sismología, como lo expresa Richard Luckett del British Geological Survey, “cuando ocurre un terremoto es esencialmente un evento aleatorio“.

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Los devastadores terremotos de México en este 2017 dejaron centenares de víctimas mortales. | Foto: Nacho Doce / Reuters

Ante la aparente imprevisibilidad de la actividad sísmica, la única solución para evitar grandes desastres como los que sacudieron México hace unos meses es una previsión efectiva. España es un ejemplo claro de la falta de preparación a la hora de afrontar grandes terremotos. La evidencia está en el ocurrido en Lorca en 2011, que tuvo una magnitud de 5,1, y dejó nueve víctimas mortales e innumerables daños materiales. El 75% de las viviendas en España cumple con “poco rigor” la normativa de construcción sismorresistente, y es necesario con “urgencia” rehabilitar edificios para soportar terremotos, según el expresidente de la Asociación Española de Ingeniería Sísmica, Ricardo García Arribas. Por ello, y teniendo en cuenta esta nueva teoría científica, la inversión en una preparación mejor de nuestras infraestructuras y protocolos de actuación puede ser clave ante cualquier catástrofe.

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