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Esteban Crespo: “María Pedraza es el mayor descubrimiento del cine español en diez años”

Jorge Raya Pons

Foto: Jorge Raya
The Objective

Esteban Crespo (Madrid, 1971) es el ejemplo de que uno no sabe hacia dónde lo llevará la vida. Por supuesto que a Esteban siempre le apasionó el cine, que nunca dejó de escribir, que no se le pasó por la cabeza decir basta. Pero cuando tuvo que elegir, por azar o por convencimiento, se decantó por la Arquitectura. “Lo que hice antes de decidir fue visitar la Escuela de Cine (ECAM), que estaba haciendo el traslado a la Ciudad de la Imagen (Madrid)”, cuenta. “Fui hasta allí y no me atendió nadie. Tuve una sensación malísima, malísima, y salí por patas”.

Ahora el cineasta madrileño echa la mirada atrás y recuerda aquellos tiempos con ternura; la incertidumbre, los fracasos, las dudas, todo queda más lejos. Ahora el cineasta reconoce que disfruta del momento; Amar, su primer largometraje, se estrena este viernes en los cines.

“Hice un corto cuando estaba terminando la carrera, y rodándolo fue que me di cuenta de que lo mío era el cine”

“Es una historia de desamor, pero también sobre esa etapa en la vida del joven en la que tiene que decidir qué hacer”, explica, midiendo cada palabra. “Parece que esa decisión que tienes que tomar va a marcar tu vida y que no vas a poder cambiarla, al menos en diez años. Tienes que decidir qué estudiar, si quieres estudiar, qué quieres hacer. Parece que si eliges una carrera luego ya no vas a poder reinventarte. Es un momento de locura y de aprender a enfrentarte a tus padres y a lo establecido para ser libre, para que tu personalidad florezca. Nuestros personajes huyen encontrándose”.

Cuando un joven se debate entre la vocación y la prudencia, desconoce que ambas caminan de la mano. Esteban encontró su camino después de más de diez años en la arquitectura, que le gusta, que le apasiona, pero que no puede competir con el cine. Esto lo descubrió más o menos tarde, cuando andaba cerrando sus estudios universitarios, y recuerda ese momento como una epifanía. “Hice un corto cuando estaba terminando la carrera, y rodándolo fue que me di cuenta de que me había equivocado, que lo mío era el cine“. Y continúa, con tono burlón: “Ese corto lo hice con un amigo y espero que alguien se haya hecho con todas las copias y las haya destruido. Si alguien viese ese corto puede que no volviera a trabajar nunca más”.

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Fotograma de ‘Amar’, de Esteban Crespo. | Foto: Avalon

Parece curiosa esa relación del artista con su primera obra, con ese empezar que nunca es bueno, que tiene dedicación e ilusión y una voluntad estética profundamente genuina que, sin embargo, termina por ruborizar con el paso de los años. “¡Era espantoso!”, bromea Esteban, probablemente honesto. “Tenía un nombre largo, algo como ¿Quién tiene la culpa…? . Por eso luego titulé un corto como Nadie tiene la culpa, era un homenaje a ese primer corto. Ni siquiera estaba planeado que yo lo dirigiera. Era un poco raro, y la historia es cachonda. Un amigo me dijo de hacerlo, que él iba a escribirlo, y cuando pude leerlo resultó ser una mierda. Le dije que yo lo reescribiría y ya puestos lo dirigí. Recuerdo decirle: ‘¿De verdad que tú llamas a esto escribir?’. En el fondo lo del corto fue culpa suya”.

Esteban le debe todo a ese fracaso. Varios años después un cortometraje le puso en el centro de la escena. Aquel no era yo fue un éxito de crítica que consiguió el Goya en 2012 y estuvo entre las nominadas a mejor cortometraje en los Oscars de 2013. Aquel trabajo fue un impulso tremendo, el preámbulo de una carrera que crece con paso firme.

“Entrevisté a mucha gente a la que preguntaba por su primer amor y me di cuenta de que muchas cosas se repetían”

Esteban peina algunas canas y guarda un vago parecido con Paul Thomas Anderson. Ha vivido momentos de amor y desamor, de relación y fractura, y es irremediable que estas experiencias se reflejen en su película. Con todo, Esteban se define como un escritor que toma distancia respecto a los recuerdos, que trata de excluirlos mientras está metido en el guión: “No soy un director que le guste contarse a sí mismo. Hay detalles de mi vida en la película, pero lo que hice es entrevistar a mucha gente a la que preguntaba por su primer amor y me di cuenta de que muchas cosas se repetían. Pensé que no se había hecho una película seria sobre este asunto, o al menos no la conocía. Me pareció interesante hacer una película honesta sobre ese momento y hacerlo sin excluir sus cosas negativas”.

En esta historia, Carlos y Laura, que tienen 18 y 17 años, sienten una emoción casi inmediata después de conocerse, creen saber todo lo que necesitan saber el uno sobre el otro, dibujan toda una vida juntos, son felices en su ensueño. Pero luego van encajando como pueden los primeros desengaños, las primeras frustraciones, ese choque brutal con esa realidad tan cruda. Las interpretaciones son inmensas, con Pol Monen y María Pedraza asumiendo unos roles que parecen salir de dentro, que son ellos mismos.

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Esteban Crespo, en su estancia en Los Ángeles por su nominación al Oscar, en 2013. | Foto: Kevork Djansezian/Reuters

Resulta imposible escapar del encanto de María, que recuerda tanto a Adèle Exarchopoulos, protagonista de La vida de Adèle, con esa belleza tan genuina, la mirada intensa, una inteligencia que desarma. “Es algo que me han dicho mucho”, reconoce Esteban. “María Pedraza es el mayor descubrimiento del cine español en los últimos diez años”.

“Siento que quiero hacer películas todo el tiempo, no me importa dónde”

Antes de encontrar a María, el equipo de la película andaba algo perdido buscando a una actriz que encarnara a Laura. Aquella aparición fue una coincidencia. Esteban cuenta que navegaba en Instagram documentándose para la película; quería profundizar en cómo se comunica la gente joven, en el tipo de fotos que sube, en cómo viste, en cuáles son sus inquietudes. Y un día se topó con el perfil de María y empezó a seguirla. Descubrió que era muy activa en redes, que hacía ballet clásico, que tenía una fotogenia especial. “Un día leí en una entrevista que le hicieron que había hecho un curso de interpretación”, dice Esteban, que contiene la risa. “¡Resulta que solo había ido un día! Y ni siquiera le gustó”.

El director llamó a las directoras de casting para pedirles que le hicieran una prueba a María y las puso sobre aviso: no sabrá interpretar, no tiene por qué salir bien, nunca ha hecho esto antes. La prueba fue mejor de lo esperado y, poco tiempo después, decidieron que María Pedraza encarnara a Laura. “Ella nunca buscó esto”, confiesa Esteban. “Simplemente se lo encontró”.

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Fotograma de ‘Amar’, de Esteban Crespo. | Foto: Avalon

Otro de los aspectos interesantes de esta película radica en la forma en que incluye la tecnología en el curso del relato. Es un elemento del que la literatura y el cine contemporáneo suele rehuir o incluir en exceso, y aquí no es que aparezca en cada plano, pero sí se intuye como una constante; en todo momento sabes que está presente. Esteban escribió el guión hace 15 años y para entonces, cuenta, no había casi ordenadores, ni teléfonos móviles; las redes sociales eran algo impensable. Así que se adaptó a los tiempos. “Una de las cosas que más tuvimos que cambiar del guión era eso”, dice. “Es tan curioso como que cuando la tía de Laura le pide que le enseñe fotos de Carlos, lo hace sacando el teléfono, pasando fotos con el dedo. Antes eso no era así. Las fotos estaban dentro de un sobre y las sacabas una a una porque las tenías impresas en papel”.

Esteban conoce las dificultades de rodar en España. “Aquí solo se hacen 100 películas al año”, dice. “Solo hay 100 afortunados”. Mientras cuenta las horas para el estreno de su primera película, tiene en la cabeza cómo será la próxima, que es más grande, más compleja: un thriller a campo abierto. Han pasado muchos años desde que decidió dedicarse a la arquitectura, que luego abandonó con la esperanza de que algún día llegara la oportunidad que ahora saborea. Esteban no piensa en otra cosa: “Siento que quiero hacer películas todo el tiempo, no me importa dónde. En España, en Estados Unidos, en Hungría. Donde sea. Amo este oficio”.

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Fernando Pérez: “En Cuba, a diferencia de en otros países, la cultura no se ha contaminado"

Jorge Raya Pons

Foto: Jorge Raya
The Objective

Fernando Pérez (Guanabacoa, 1942) sabe qué esperar de la vida. Ya son más de 40 años de cine y sus películas son el ojo clínico de Cuba; nadie ha retratado el espíritu de la isla como él. Fernando vive en La Habana, una ciudad que ama, y es rara la ocasión en que no se le escapa hablar de ella como si fuera un órgano vital dentro de su cuerpo, como un pulmón o como el estómago. “La Habana es una ciudad azul”, dice, y mira lejos. “La Habana es la sorpresa, es la contradicción. He llegado a un estado en que yo me siento cubano, pero sobre todo habanero. El otro día estaba en Villaclara, otra ciudad de Cuba, y sentía que estaba raro. Y cuando llegué a La Habana me di cuenta de que me faltaba el mar. Allá la mayoría de las calles terminan en el malecón”.

En Últimos días en La Habana, su última película –galardonada con el Biznaga de Oro en el Festival de Málaga-, Fernando cuenta la historia de dos amigos con destinos aparentemente distanciados. Diego es un enfermo de Sida que cuenta sus horas finales postrado en una cama. Miguel cuida de él y trabaja lavando platos en un bar, juntando el dinero necesario para marcharse de Cuba y comenzar una vida nueva en Estados Unidos. Y, entre medias, siempre está la ciudad, o al menos parte de ella. “Si tuviera que decirte qué es La Habana, te diría que es los habaneros”, continúa el cineasta, con la voz encendida. “No es el espacio, sino esa gente llena de energía y con esa manera de ser”.

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Fotograma de ‘Últimas días en La Habana’, de Fernando Pérez. | Foto: Wanda Vision

Fernando viste con elegancia una americana marrón. Su piel es blanca a ojos de los caribeños, y las manchas en la piel se revelan como heridas de guerra de quien ha pasado toda una vida bajo el sol calcinante de La Habana, adonde llegó siendo un adolescente. “Yo nací en Guanabacoa, un pueblo separado de La Habana por una bahía, y para mí cruzar aquello era como viajar a otro país. Recuerdo la primera vez que viajé solo, yo tenía 12 ó 13 años. Tomé una lanchita y crucé la bahía. Recuerdo recorrer las calles de La Habana, esplendorosas, y ver las marquesinas de los cines. Para mí eso fue una emoción tremenda, fue un descubrimiento”.

“Cuando triunfa la Revolución, en 1959, se crea un instituto de cine. Yo me dije que tenía que entrar ahí”

La infancia de Fernando transcurrió sin comodidades. Creció en una familia con pocos recursos; su papá era cartero y su mamá, ama de casa. En cuanto tuvo la oportunidad comenzó a trabajar para ayudar a la economía familiar y no estudió más que la enseñanza media, sin alcanzar el preuniversitario. Pero en aquel momento, confiesa, sabía con seguridad que su vocación era el cine. “Yo era y sigo siendo curioso”, dice. “Con 14 ó 15 años veía una película y me ponía a escribir, aspiraba a ser crítico de cine. Cuando triunfa la Revolución, en 1959, se crea un instituto de cine. Yo me dije que tenía que entrar ahí”. Para ello estudió con esfuerzo y se presentó a un examen de ingreso que logró aprobar. Tenía 16 años. Fue su primera incursión en ese mundo, donde comenzó como mensajero de una película, como Jack Nicholson, y terminó por construir una carrera exitosa. Entre medias se licenció en Lengua y Literatura Hispánica. Le digo que fue un recorrido largo, y él sonríe: “Esto lo dijo Freud cuando le pidieron el epitafio que quería para su tumba: ‘He sido un hombre feliz; nada en la vida me fue fácil’”.

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Fidel Castro, firmando la reforma agraria de junio del 59. | Foto: RB/AP Photo

Por el tiempo en que nació, a Fernando le tocó vivir el auge de la Revolución cubana, uno de los episodios más destacados del siglo XX. Pero no el único: el mundo entero vivía en estado de agitación. “Yo viví ese cambio”, dice, moviendo mucho las manos. “Todo empezó a transformarse, otro mundo era posible. La Revolución en Cuba. Los hippies en Estados Unidos. Las revueltas del 68. Bob Dylan. Los pelos largos. El mundo caminaba hacia una ilusión utópica”. Aquella gran ola, sin embargo, fue retrocediendo y arrastró con ella todas las aspiraciones. Fernando es un veterano, a sus 72 años, pero el paso del tiempo no lo ha convertido en un nostálgico. Él es resuelto y optimista y piensa justo lo contrario, que de todo aquello queda una esencia, que no todo fueron batallas perdidas. “Todo ese espíritu, toda la energía de esas ideas es eterna y mantiene el significado. La historia es espiral, no va en línea recta”.

“Se alfabetizó al pueblo cubano. Los campesinos leían y escribían. Pero después comenzaron a venir los problemas”

La historia de Cuba está irremediablemente ligada a Fidel Castro, el líder de aquella Revolución. Castro fue un hombre culto e inteligente, pero asertivo ante la crítica, inclemente ante los opositores. En este contexto, la convivencia entre la cultura y el régimen debió ser compleja, peligrosa solo para una de las partes. “Los años 60 fueron como un remolino, se produjo una eclosión de la creatividad”, cuenta Fernando. “Se alfabetizó al pueblo cubano. Los campesinos leían y escribían. Pero después comenzaron a venir los problemas. La sociedad comenzó a institucionalizarse y los problemas políticos no podían negarse; pretendían reducir la cultura a un mensaje político”. Pese a ello, el cineasta encuentra un punto positivo en una herencia de la Revolución: “En Cuba, a diferencia de en otros países, la cultura no se ha contaminado, no se ha convertido en un negocio. Aunque ya comienza a serlo…”.

Cuando murió Fidel Castro, el mundo quedó congelado por unas horas, pero Cuba permaneció así por diez días. Este fue el tiempo que la isla se mantuvo de luto por la muerte del dictador. Aquella noticia no fue una sorpresa para Fernando: “Yo estaba fuera de Cuba en una actividad pública. Uno de los organizadores se acercó y me dijo: ‘Se murió Fidel’. Yo le respondí: ‘Ah’. Era una pérdida esperada, ya llevaba dos o tres años fuera. El pueblo cubano se fue preparando para el momento. Cuando volví, se celebraban los funerales y había mucho respeto. Pero claro, declararon diez días de luto…”. Fernando hace una pausa y no puede contener la risa: “Al noveno día la gente ya estaba como ‘Oye, lo sufrimos, pero ya está bien…’. Fidel causó pena, pero ya pasó”.

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Una procesión transportó las cenizas de Fidel Castro por varias ciudades cubanas durante cuatro días. | Foto: Desmond Boylan/AP Photo

Fernando, que reconoce expresarse mejor con imágenes que con palabras, se define como un escritor lento aunque apasionado. Dice tener una película en mente, que la tiene clara en la cabeza, aun a falta de ponerle un poco de orden. “Es una historia coral en tres o cuatro capítulos”, explica, midiendo las palabras. “Empieza en el año 61, en Cuba, con la campaña de alfabetización, y aquí presento a unos personajes. Luego viene otro capitulo en los 70, donde estos personajes son hombres maduros, aquellos niñitos empiezan a ser protagonistas. El último capítulo termina en el hoy, cuando ya son ancianitos. Esa película contará lo que yo he vivido, con historias mías y otras que he oído”.

“Hay muchas montañas que he subido y otras que no he alcanzado. Se trata de buscar el sentido”

La estancia de Fernando en España ya se ha alargado por seis semanas. La Casa de América le trajo a Madrid, lejos del mar azul de la Habana, y todavía pasará un tiempo hasta que regrese a la isla, pues visitará a su hija en Valencia. Fernando se mantiene joven, no ha perdido la curiosidad, no le importa salir de casa. Es un acto de rebeldía mantener esta actitud a pesar de los golpes y del tiempo: “A mis 72 años, yo sé hacer cine, tengo una profesión, sé dónde poner una cámara. Pero eso no es lo que a mí me interesa. Yo quiero plantearme en cada película algo que nunca haya hecho antes y ver si lo logro. Si la montaña es muy alta, comienzo a subirla. Sé que igual no llego. Hay muchas montañas que he subido y otras que no he alcanzado. Se trata de buscar el sentido. Por eso me gusta rodearme de gente joven. Porque siempre te desafía, porque siempre te niega cosas. En este sentido, el cine es una búsqueda. Y esto lo decía mejor Almodóvar: ‘Existe una gramática del lenguaje cinematográfico y, por supuesto, uno lo aprende y se puede hacer una película. Pero siempre va a faltar algo, y ese algo eres tú mismo’”.

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AirHelp, la app que te hace la vida fácil si te cancelan o retrasan un vuelo

Redacción TO

Foto: Antonio Calanni
AP

Hay pocas circunstancias más frustrantes en la vida de un viajero que la cancelación o retraso de un vuelo, y sobre todo si ese viaje se hace por placer. En The Objective ya publicamos una breve guía de cómo proceder ante la cancelación de vuelo, que puede servir de ayuda a cualquier pasajero en apuros. Ahora presentamos AirHelp, la aplicación que te hace la vida más fácil si sufres alguna de las circunstancias citadas.

Según esta empresa especializada en la defensa de los derechos de los pasajeros, más de 110.000 personas en España sufrieron en julio retrasos, cancelaciones y sobreventa en aproximadamente unos 800 vuelos. Además, concreta que sólo un 1% de los afectados reclamaron una compensación, lo que se traduce en que las compañías aéreas deberían haber abonado 30 millones de euros tan sólo en ese mes por los retrasos, cancelaciones y casos de overbooking.

Para muchos, el proceso de reclamación se revela arduo y largo, por lo que no se plantean siquiera el ejercer su derecho como pasajero. Por suerte, la tecnología nos abre un mundo de posibilidades también en el fatigoso mundo de las solicitudes burocráticas.

Reclamación a golpe de clic

Desde AirHelp aseguran que el trámite con ellos pasa de durar horas a tan sólo 3 minutos, por lo que reclamar con este servicio, que cuenta con aplicación para smartphones, puede ser tan sencillo como hacer clic.

AirHelp, la app que te hace la vida fácil si te cancelan o retrasan un vuelo 1
Una app que te quita dolores de cabeza. Literal. | Imagen: AirHelp

Para los retrasos de vuelo en los viajes hacia y desde los países de la Unión Europea, la compensación puede llegar hasta los 600 euros, y desde AirHelp aseguran que con su servicio los viajeros obtienen una compensación media de 400 euros por vuelo. Las cosas son más complicadas si tu vuelo se retrasa en suelo estadounidense: según Scott Ginsberg, gerente de AirHelp, las aerolíneas en Estados Unidos sólo están obligadas a compensar los retrasos prolongados en la pista, con lo que los derechos de los pasajeros se ven más limitados.

Para poder luchar correctamente por la debida compensación, y a pesar de la ayuda de AirHelp, el pasajero debe proceder a tenerlo todo muy bien acotado. Desde conservar la tarjeta de embarque, a preguntar por el motivo del retraso al personal o anotar la hora real de llegada al destino final, todos los datos que tengamos harán más fácil todo el proceso. Desde AirHelp resaltan además la importancia de no firmar ningún documento ni aceptar ninguna oferta o vale que pueden acarrear la pérdida de los derechos de reclamación.

Vuelos de hasta 5 años de antigüedad

AirHelp te permite comprobar tus vuelos de los últimos 5 años para conocer si tienes derecho a compensación, un servicio completamente gratuito, y reclamar cuando uno de tus vuelo esté afectado. Siempre sale más barato hacerlo uno mismo, ya que AirHelp se reserva una comisión del 25% por el servicio en el caso de ganar el caso, pero si la reclamación no llega a buen puerto, el usuario no debe pagar nada.

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Identidad

José Carlos Rodríguez

Foto: Alejandro Alvarez
Reuters

Un grupo de supremacistas blancos convocó una manifestación contra la retirada de una estatua del General Robert E. Lee en la ciudad de Charlottesville, Virginia. Es la ciudad en la que Thomas Jefferson construyó Monticello. Hubo una contramanifestación, convocada en parte por grupos no menos totalitarios, y el intercambio de argumentos se saldó con la muerte de una mujer. Ahora, la Universidad de Tejas retira los monumentos a los confederados. Ya se sabe, la historia la borran los vencedores. Pues de eso se trata. De reducir la historia a un conjunto de sloganes, vincularlos a unos símbolos, y borrar con ellos lo que quede del relato compartido del pasado. No sólo eso, sino que borran los símbolos en los que una parte de la sociedad puede verse reflejada.

El fondo ideológico de esta práctica orwelliana es la identidad. ¿Qué es la identidad? El camino de llegada de la igualdad. Si las personas han de ser iguales, deben serlo también a algo, que les otorgue su carácter; deben tener una identidad. Los individuos, con su infinita variedad, no tienen lugar aquí. Lo que eres entra dentro de tal o cual identidad. Y lo que pienses o hagas, poco importa. Lo que cuenta es en qué cajón te meten. Y qué conjunto de epítetos (pocos, para que se puedan recordar), asignan a cada identidad. ¿Hombre? Maltratador, explotador. ¿Afroamericano? Víctima. Y así, todo.

Se dice que la política de identidad es la gran contribución de Barack Obama a la política, que no todo va a ser encantar a la audiencia diciendo vaciedades. Pero el Partido Demócrata ya había hecho de las identidades su programa político desde Franklin D. Roosevelt. Sea como fuere, es a donde hemos llegado. La estatua del general Lee no es un monumento a una historia compartida. Es un instrumento político, el símbolo de una identidad. Una pieza en su tablero de ajedrez.

La identidad es una política de la izquierda. Y han tenido tanto éxito, o se han enfrentado a una derecha tan incapaz, que ahora hay personas que dicen pertenecer a una derecha identitaria. Cuando ocupas ambos lados del espectro político, está claro que has ganado.

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Ni Sofia Coppola, ni Tinder: la seducción era otra cosa

Lorena G. Maldonado

La frigidez no es un pecado, pero sí una lástima. Ayer salí de ver La seducción, de Sofia Coppola, cargando con una anorgasmia militante -en mi barrio se dice revenía’- y corrí al Burger King a meterme entre pecho y espalda una vulgar pero sincera tendercrisp que me devolviese a la tierra, que me conectase de nuevo con la carne, la saliva y la culpa, con la lascivia del queso americano y la grosera humanidad de dos labios abriéndose. La parte de la vida que me interesa suele alojarse al otro lado de la boca que se desprende, que se ensancha como una flor carnívora llena de fascinaciones, admiración, estupor o apetitos. La película fue como el antónimo: más o menos un rictus.

Claro que no todo el mundo va a ser folclórico emocional, pero una cosa es la sobriedad -esa que nos angustió en la exquisita Shame– y otra la abulia: ahí Coppola en su filme protagonizado por un corrillo de hembras psicópatas y un macho castrado -qué iracundo, el cabo, cuando tiró la tortuga-. Casi extrañé la testosterona trumpista de Eastwood, que fue El Seductor en la de Don Siegel (¡1971!). Qué sangre tan acuosa aquí, qué raza tan pocha, qué poco cachondos estamos en este banquete de la revolución sexual.

La seducción: madre mía. A los que quiero les deseo que nunca les tonteen así. Una hora y media asistiendo a un cortejo de amebas. En los lavacabezas de la peluquería he vivido más tensión sexual. Al terminar, sentí por fin una trémula excitación mientras hundía mi patata gajo en la salsa, y recordé que no sé nada de cine -algunos amigos han montado un cinefórum y se esfuerzan, con mucha paciencia, en corregirme esta anemia cultural-, pero oye, me dije a mí misma, en el relato del deseo te defiendes, como todos los veleidosos. En el relato, por lo menos, que los engranajes ya son otra cosa -y sólo marchan si no se comete la torpeza de desmontarlos para entenderlos-.

¿Por qué me entusiasman Roberto Álamo, Bardem, Luis Tosar, Paul Dano o Alan Rickman y me quedo gélida con el mismísimo Brad Pitt? Miren: no lo sé. La vida tiene estas cosas. También el bueno de Colin Farrell me dejó en La seducción mortalmente aburrida, con las papilas gustativas de vacaciones, con una tristeza muy rara, parecida a la que uno siente cuando ve a una pareja besarse mal.

Sí. En el deseo llevamos años auscultándonos; pero en la seducción todos somos un poco bisoños, porque cada cuadrilátero es una historia. Entre los breves apuntes: uno, lo importante no es follar, lo importante es el contexto -o, si quieren, como decía Pessoa, lo fundamental del amor es lo que lo rodea-. En la película el contexto es delicioso, pero Coppola se pone muy esteta e ignora nuestro mejor secreto como civilización: debajo de tantas capas de diplomacia, seguimos debiéndonos a la suciedad.

Dos, el capricho físico no tiene nada que ver con la belleza del otro, sino con algo menos canónico y más oscuro: algo que está, quizá, en el sonido de una risa, en el olor, en el tacto, en el ping-pong dialéctico, en el látigo imperceptible de la pestaña. No sé ustedes, pero yo me he quedado noqueada alguna vez con una carcajada perfectamente ejecutada, libre, limpísima, y se me han contraído las piernas. Colgarse de una risa -de sus ojos guiñados y su barbilla oscilante, redimida- es muy parecido al amor: inexplicable, sombrío. Ya quisiera esa autoridad ese Colin Farrell de rasgos preceptivos que arrastra la perversión de un chupete.

Tres. Hay un aviso, siempre. El deseo tiene ese decoro: el del golpe primero, el de “huye o juega, pero no balbucees”. Y después todo eso tan hermoso que ha muerto a manos de Tinder: el ser conscientes de que cuando se enseñan las cartas, se acaba la partida. Todos empezamos de cero en cada conquista, todos hemos entendido que nadie, por suerte, es infalible, todos nos hemos puesto alhajas -como las cursis de la peli- y hemos comprobado, no sin cierto patetismo, que no sirven para nada, todos hemos experimentado celos verdosos y todos nos hemos vengado de forma más o menos poética -esto ya según la elegancia-. Pero ninguna de estas similitudes entre la sentimentalidad humana y La seducción me conectó en ningún momento con la historia: por poco reveladoras, por superficiales.

Me niego a creer -repito, desde mi corta educación cinematográfica, pero con mi derecho al desencanto a nivel usuario- que la de Coppola trascienda a reflejar ni un milímetro del alma de la mujer: no albergamos en el pecho esa casa de locas. No sacia mis ansias feministas que Colin Farrell sea un animal pánfilo, sin maldades: el sexo y la violencia requieren de un contrario a la altura. No, menoscabar la virilidad de un hombre no te subrayará como mujer. La poderosa Nicole Kidman no asume que el despecho no sólo es antierótico, sino que practicarlo jamás hizo a una ganadora.

Es irónico: tal vez en los setenta, cuando se estrenó El seductor, el espectador aún pudiese encontrar en el cine el morbo que no rascaba en su vida. Hoy, en medio del neoliberalismo rústico y su espesa oferta sexual, nos estamos volviendo unos reprimidos culturales. O peor: hemos dejado de reinventar las posibilidades del cuerpo. En seducción hemos desaprendido, es obvio -miren ahí a la gente en sus aplicaciones, llamando “tomar un café” al “echar un polvo”- y el sexo lo hemos cursado tanto que nos hastía. Quizá algún día, de nuevo, una risa. Quizá algún día, otra vez, la tensión dialéctica y las cartas boca abajo, en partida tirante y lenta. Mientras, contra la oquedad existencial, nos quedan las hamburguesas.

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