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Fernando Pérez: “En Cuba, a diferencia de en otros países, la cultura no se ha contaminado"

Jorge Raya Pons

Foto: Jorge Raya
The Objective

Fernando Pérez (Guanabacoa, 1942) sabe qué esperar de la vida. Ya son más de 40 años de cine y sus películas son el ojo clínico de Cuba; nadie ha retratado el espíritu de la isla como él. Fernando vive en La Habana, una ciudad que ama, y es rara la ocasión en que no se le escapa hablar de ella como si fuera un órgano vital dentro de su cuerpo, como un pulmón o como el estómago. “La Habana es una ciudad azul”, dice, y mira lejos. “La Habana es la sorpresa, es la contradicción. He llegado a un estado en que yo me siento cubano, pero sobre todo habanero. El otro día estaba en Villaclara, otra ciudad de Cuba, y sentía que estaba raro. Y cuando llegué a La Habana me di cuenta de que me faltaba el mar. Allá la mayoría de las calles terminan en el malecón”.

En Últimos días en La Habana, su última película –galardonada con el Biznaga de Oro en el Festival de Málaga-, Fernando cuenta la historia de dos amigos con destinos aparentemente distanciados. Diego es un enfermo de Sida que cuenta sus horas finales postrado en una cama. Miguel cuida de él y trabaja lavando platos en un bar, juntando el dinero necesario para marcharse de Cuba y comenzar una vida nueva en Estados Unidos. Y, entre medias, siempre está la ciudad, o al menos parte de ella. “Si tuviera que decirte qué es La Habana, te diría que es los habaneros”, continúa el cineasta, con la voz encendida. “No es el espacio, sino esa gente llena de energía y con esa manera de ser”.

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Fotograma de ‘Últimas días en La Habana’, de Fernando Pérez. | Foto: Wanda Vision

Fernando viste con elegancia una americana marrón. Su piel es blanca a ojos de los caribeños, y las manchas en la piel se revelan como heridas de guerra de quien ha pasado toda una vida bajo el sol calcinante de La Habana, adonde llegó siendo un adolescente. “Yo nací en Guanabacoa, un pueblo separado de La Habana por una bahía, y para mí cruzar aquello era como viajar a otro país. Recuerdo la primera vez que viajé solo, yo tenía 12 ó 13 años. Tomé una lanchita y crucé la bahía. Recuerdo recorrer las calles de La Habana, esplendorosas, y ver las marquesinas de los cines. Para mí eso fue una emoción tremenda, fue un descubrimiento”.

“Cuando triunfa la Revolución, en 1959, se crea un instituto de cine. Yo me dije que tenía que entrar ahí”

La infancia de Fernando transcurrió sin comodidades. Creció en una familia con pocos recursos; su papá era cartero y su mamá, ama de casa. En cuanto tuvo la oportunidad comenzó a trabajar para ayudar a la economía familiar y no estudió más que la enseñanza media, sin alcanzar el preuniversitario. Pero en aquel momento, confiesa, sabía con seguridad que su vocación era el cine. “Yo era y sigo siendo curioso”, dice. “Con 14 ó 15 años veía una película y me ponía a escribir, aspiraba a ser crítico de cine. Cuando triunfa la Revolución, en 1959, se crea un instituto de cine. Yo me dije que tenía que entrar ahí”. Para ello estudió con esfuerzo y se presentó a un examen de ingreso que logró aprobar. Tenía 16 años. Fue su primera incursión en ese mundo, donde comenzó como mensajero de una película, como Jack Nicholson, y terminó por construir una carrera exitosa. Entre medias se licenció en Lengua y Literatura Hispánica. Le digo que fue un recorrido largo, y él sonríe: “Esto lo dijo Freud cuando le pidieron el epitafio que quería para su tumba: ‘He sido un hombre feliz; nada en la vida me fue fácil’”.

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Fidel Castro, firmando la reforma agraria de junio del 59. | Foto: RB/AP Photo

Por el tiempo en que nació, a Fernando le tocó vivir el auge de la Revolución cubana, uno de los episodios más destacados del siglo XX. Pero no el único: el mundo entero vivía en estado de agitación. “Yo viví ese cambio”, dice, moviendo mucho las manos. “Todo empezó a transformarse, otro mundo era posible. La Revolución en Cuba. Los hippies en Estados Unidos. Las revueltas del 68. Bob Dylan. Los pelos largos. El mundo caminaba hacia una ilusión utópica”. Aquella gran ola, sin embargo, fue retrocediendo y arrastró con ella todas las aspiraciones. Fernando es un veterano, a sus 72 años, pero el paso del tiempo no lo ha convertido en un nostálgico. Él es resuelto y optimista y piensa justo lo contrario, que de todo aquello queda una esencia, que no todo fueron batallas perdidas. “Todo ese espíritu, toda la energía de esas ideas es eterna y mantiene el significado. La historia es espiral, no va en línea recta”.

“Se alfabetizó al pueblo cubano. Los campesinos leían y escribían. Pero después comenzaron a venir los problemas”

La historia de Cuba está irremediablemente ligada a Fidel Castro, el líder de aquella Revolución. Castro fue un hombre culto e inteligente, pero asertivo ante la crítica, inclemente ante los opositores. En este contexto, la convivencia entre la cultura y el régimen debió ser compleja, peligrosa solo para una de las partes. “Los años 60 fueron como un remolino, se produjo una eclosión de la creatividad”, cuenta Fernando. “Se alfabetizó al pueblo cubano. Los campesinos leían y escribían. Pero después comenzaron a venir los problemas. La sociedad comenzó a institucionalizarse y los problemas políticos no podían negarse; pretendían reducir la cultura a un mensaje político”. Pese a ello, el cineasta encuentra un punto positivo en una herencia de la Revolución: “En Cuba, a diferencia de en otros países, la cultura no se ha contaminado, no se ha convertido en un negocio. Aunque ya comienza a serlo…”.

Cuando murió Fidel Castro, el mundo quedó congelado por unas horas, pero Cuba permaneció así por diez días. Este fue el tiempo que la isla se mantuvo de luto por la muerte del dictador. Aquella noticia no fue una sorpresa para Fernando: “Yo estaba fuera de Cuba en una actividad pública. Uno de los organizadores se acercó y me dijo: ‘Se murió Fidel’. Yo le respondí: ‘Ah’. Era una pérdida esperada, ya llevaba dos o tres años fuera. El pueblo cubano se fue preparando para el momento. Cuando volví, se celebraban los funerales y había mucho respeto. Pero claro, declararon diez días de luto…”. Fernando hace una pausa y no puede contener la risa: “Al noveno día la gente ya estaba como ‘Oye, lo sufrimos, pero ya está bien…’. Fidel causó pena, pero ya pasó”.

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Una procesión transportó las cenizas de Fidel Castro por varias ciudades cubanas durante cuatro días. | Foto: Desmond Boylan/AP Photo

Fernando, que reconoce expresarse mejor con imágenes que con palabras, se define como un escritor lento aunque apasionado. Dice tener una película en mente, que la tiene clara en la cabeza, aun a falta de ponerle un poco de orden. “Es una historia coral en tres o cuatro capítulos”, explica, midiendo las palabras. “Empieza en el año 61, en Cuba, con la campaña de alfabetización, y aquí presento a unos personajes. Luego viene otro capitulo en los 70, donde estos personajes son hombres maduros, aquellos niñitos empiezan a ser protagonistas. El último capítulo termina en el hoy, cuando ya son ancianitos. Esa película contará lo que yo he vivido, con historias mías y otras que he oído”.

“Hay muchas montañas que he subido y otras que no he alcanzado. Se trata de buscar el sentido”

La estancia de Fernando en España ya se ha alargado por seis semanas. La Casa de América le trajo a Madrid, lejos del mar azul de la Habana, y todavía pasará un tiempo hasta que regrese a la isla, pues visitará a su hija en Valencia. Fernando se mantiene joven, no ha perdido la curiosidad, no le importa salir de casa. Es un acto de rebeldía mantener esta actitud a pesar de los golpes y del tiempo: “A mis 72 años, yo sé hacer cine, tengo una profesión, sé dónde poner una cámara. Pero eso no es lo que a mí me interesa. Yo quiero plantearme en cada película algo que nunca haya hecho antes y ver si lo logro. Si la montaña es muy alta, comienzo a subirla. Sé que igual no llego. Hay muchas montañas que he subido y otras que no he alcanzado. Se trata de buscar el sentido. Por eso me gusta rodearme de gente joven. Porque siempre te desafía, porque siempre te niega cosas. En este sentido, el cine es una búsqueda. Y esto lo decía mejor Almodóvar: ‘Existe una gramática del lenguaje cinematográfico y, por supuesto, uno lo aprende y se puede hacer una película. Pero siempre va a faltar algo, y ese algo eres tú mismo’”.

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Ander Izagirre: “No tengo una idea demasiado elevada de mi trabajo”

Jorge Raya Pons

Cada libro de Ander Izagirre es como un respiro: Ander es uno de los últimos románticos del oficio y su voz sirve como luz que guía a los periodistas que vienen. Ander es un hombre humilde que no alardea, que no presume, que ejemplifica el significado de sencillez y que mide cada palabra que emplea. Pero esto lo iremos descubriendo. Porque cuando Ander habla, lo hace con mesura, sereno, aunque poco a poco se suelta, bromea, se confiesa. Su trabajo como periodista es meritorio y valioso, encarna el periodismo de siempre, el que se pierde, el que requiere tiempo y valor y paciencia y un determinado sentido de la responsabilidad que solo se comprende desde la perspectiva del que asume el periodismo como un propósito, como algo más.

Acaba de llegar a las librerías Potosí (Libros del K.O.), un libro que es un reportaje y una novela y que nos abre un mundo minero violento, supersticioso, injusto, donde la explotación y la miseria lo impregnan todo, donde el protagonista es un Cerro Rico que es un infierno en la Tierra.

“Muchas veces los periodistas vemos lo que queremos ver”, me dice Ander. “Yo viajé por primera vez a Bolivia hace siete años para contar el trabajo infantil en las minas. Conocía la situación y fui a buscar una historia. Pero decidí estar un tiempo en el sitio y eso me permitió conocer a más gente, y entonces comenzaron a aflorar otras historias”.

Un minero boliviano traslada minerales en la mina del Rosario, en Potosi. (Foto: David Mercado/Reuters)
Un minero boliviano traslada minerales en la mina del Rosario, en Potosi. (Foto: David Mercado/Reuters)

Ander quería explicar qué tipo de mundo conduce a una niña como Alicia, de doce años, a verse obligada a trabajar en una mina en peligro de derrumbe constante, sin seguridad laboral, cobrando un sueldo de miseria, sin cobrarlo, rompiéndose la espalda y renunciando a cualquier futuro. O cómo viven y mueren los tipos sin nombre en las minas, en accidentes o por enfermedades como la silicosis, que a duras penas les permite cumplir los 30 años, descabezando a las familias y dejándolas a merced de los explotadores.

Azarosamente, el cronista encontró otro mundo paralelo que no es noticia, que es ignorado, que las mujeres sufren en silencio y que los niños pronto entienden. Un machismo y una vileza que está profundamente arraigado en el espíritu minero:

“Las noticias eran los derrumbes en la mina, los problemas laborales, pero nunca las palizas, las violaciones incluso dentro de las familias. Eran casos horribles. Yo me metí en un universo minero con unas características bien conocidas: los mineros como héroes, como protagonistas de la lucha política, como huelguistas que acaban con dictaduras, como personajes admirados. Pero me di cuenta de que ese papel de minero duro tiene otra cara. Es alguien que sufre el infierno y que luego se lo hace pasar a otro, al más débil. Ese minero explotado se convierte en explotador y lo paga con el último, que suele ser una mujer o un crío. De esto me di cuenta en el segundo viaje”.

“Alicia es la demostración evidente de que hay lugar para la esperanza”

Ander, con todo, también se esfuerza por mostrar la cara luminosa, el lado amable de ese mundo: si bien hay miseria moral y económica, existen motivos para creer en que nada es para siempre, que hay vida más allá de Potosí, que algunos lo lograrán:

“Alicia es esa demostración evidente de la brutalidad de un sistema, pero también que hay lugar para la esperanza. A mí me asombraba la lucidez y la conciencia política de esta niña, que se organizaba con otras en asambleas de menores trabajadores y que fue hasta el Congreso en La Paz para leerle una carta al presidente, Evo Morales. Es una persona especial, capaz de imaginar una vida distinta. Las madres y los mineros ya están resignados a esa realidad que les ha tocado vivir. Pero esta niña es la que se dice que va a estudiar para conseguir otro trabajo y salir de allí”.

Varias familias mineras del Potosí, reposando. (Foto: David Mercado/Reuters)
Varias familias mineras del Potosí, reposando. (Foto: David Mercado/Reuters)

La infancia de Ander no tuvo nada que ver con la de Alicia. Él nació en San Sebastián en 1976, en un lugar y en un tiempo donde todo volvía a ser nuevo; no era San Francisco en los años sesenta pero sí una ciudad que se abría al mundo. Ander adora Donostia y no la ha abandonado nunca. “Yo soy consciente de mi fortuna, más después de viajar por el mundo y ver sociedades tan distintas”, me dice. “He tenido suerte porque podría haber nacido en Berlín en los años 30 o en Níger en cualquier época”. Pero Ander creció en una casa feliz donde la lectura y el ciclismo compartían pasión y espacio.

­“Yo competí en ciclismo hasta los 20 años, el ciclismo me apasiona. Yo creo que de adulto no te puedes enganchar a algo con ese entusiasmo. Cuando me recuerdo de pequeño, me veo leyendo cómics y novelas de Julio Verne. Era la épica que me nutría, las historias que me flipaban. Pero el ciclismo estaba en esa misma categoría, aunque con la ventaja de que yo salía a la calle y Cabestany podía firmarme un autógrafo. Cabestany era mi ídolo, como el capitán Nemo [protagonista de 20.000 leguas de viaje submarino, de Verne], solo que el capitán no me podía firmar autógrafos”.

Fue un niño muy curioso. Resulta significativo ese afán de coger la bicicleta y marcharse, de viajar, de descubrir, de dejar la mente en blanco y mirar nada más que la carretera y la montaña, sentir los golpes de pedal como las pulsaciones o como respirar: como algo en lo que uno no repara, pero que te mantiene vivo. Luego fue viajando más y más lejos, hasta Bolivia, hasta Groenlandia, de continente en continente, y sin darse cuenta había encontrado aquello que le hacía feliz.

Portada del último libro de Ander Izagirre. (Fuente: Libros del K.O.)
Portada del último libro de Ander Izagirre. (Fuente: Libros del K.O.)

“Las historias de aventuras que me gustaban de pequeño fueron un primer sustrato, pero luego pude conocer a gente viajera”, ahora habla despacio, como recordando cada momento. “Nada más acabar la carrera me fui en un viaje al punto más bajo de cada continente, aquello fue para mí como un máster. Una vuelta al mundo de la mano de Josu Iztueta, que es un viajero de Tolosa. Para mí eso fue un filón: ahí descubrí cuánto me gustaba viajar, cuánto me gustaba contar historias. Me interesa la variedad de modos de vida que hay en el planeta. ¿Cómo vivirán en Groenlandia?, ¿cómo vivirán en el país más caluroso del mundo? Ahora puedo decir que he estado en esos sitios”.

Pero a veces, le digo, debe ser difícil para uno pasar tanto tiempo fuera, que a uno lo comprenda la familia, los amigos, la pareja. Ander se sorprende: “Tampoco viajo tanto, lo que pasa es que cunde mucho”. Y luego ríe. “Está claro que al principio tu entorno quiere que tengas un trabajo en el periódico de tu ciudad. Es normal. Pero de muy joven empecé a viajar y mi vida es muy sencilla: no tengo hijos, no tengo casa en propiedad, no tengo coche. Necesito poco. Como escribo tanto parece que esté todo el día fuera, pero la realidad es que el 80% de mi tiempo es estar delante del ordenador, en casa. Mi trabajo es de oficinista y de vez en cuando salgo a buscar historias”.

Este trabajo le ha valido numerosos premios en algo menos de veinte años de trayectoria, y me dispongo a enumerar solo unos pocos: el Premio Rikardo Arregi en 2001 al mejor trabajo periodístico del año en euskera por sus crónicas sobre el viaje alrededor del mundo; el Premio Marca de literatura deportiva 2005 por el libro Plomo en los bolsillos, con historias no tan conocidas del Tour de Francia; el Premio de la Asociación de la Prensa de Madrid de 2010 por el reportaje Mineritos, semilla de Potosí, y que también mereció el Premio Manos Unidas de ese mismo año; o el prestigioso Premio Europeo de Prensa en 2015 por el reportaje Así se fabrican guerrilleros muertos.

Los enumero no tanto por mostrar sus logros como para enlazar con una cuestión puntiaguda y que afecta a esta profesión: el imperio del ego. Porque Ander, aun siendo uno de los grandes cronistas en castellano, parece generar anticuerpos contra la vanidad:

Yo soy muy inseguro de mi trabajo. Los reportajes son más fáciles de manejar, piensas que han salido más o menos bien, puedes sentirte orgulloso de tu trabajo. Pero yo tengo la impresión de que nunca termino de rematar bien las cosas. Tendrá que ver con el carácter –en este momento duda, crea un silencio–. No tengo una idea demasiado elevada de mi trabajo. Uno debe asumir que es imperfecto. Sé que he hecho algunas cosas bien y que hay gente que quiere publicar mis libros. Pero hay muchos periodistas haciendo cosas más valiosas, y esto te lo digo de corazón”.

“Siempre tengo la sensación de haber desperdiciado la oportunidad de contar una buena historia”

Hace dos años, Ander llevó los fragmentos todavía inconexos de Potosí a los talleres de escritura que organiza la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), impulsada por Gabriel García Márquez en 1995, que cuida y premia el periodismo narrativo –o, mejor dicho, el periodismo de calidad–. Compartió horas con otros escritores latinoamericanos para retroalimentarse, para mejorar sus obras, todo el rato ante la mirada atenta del maestro Martín Caparrós, lo cual es un privilegio:

“Fui hace dos años con este libro a medias. Para los que somos escritores solitarios se aprecia esa mirada externa. Yo, por ejemplo, siempre tengo la sensación de haber desperdiciado la oportunidad de contar una buena historia. Pero uno debe asumir que es imperfecto. Ese taller fue muy útil: le di varias vueltas al libro que no le hubiera dado de lo contrario. Este año también fui, pero como ayudante de Caparrós, tomando notas y escribiendo los informes”.

Ander espera poco –o mucho– de la vida; solo seguir viajando, seguir escribiendo, seguir conociendo. Llegado el momento, le pregunto cómo se imagina en 30 años, cómo le gustaría ser recordado. Pero son cuestiones que no le preocupan; Ander persigue otras metas:

“Yo solo espero llegar a los 70 con buena salud, la curiosidad despierta y contando historias. Mi esperanza es seguir haciendo lo mismo que ahora. Quizá con 70 no pueda ir a un campamento en Pakistán, pero sí hacer otras cosas. En cuanto a la trascendencia, lo que me importa es la gente que me rodea: mi familia, mis amigos y mi novia. El resto del mundo, si aprecia mi trabajo, bien. Pero si se olvida de mí, no me importa. Yo soy feliz así”.

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Huber Matos: "Díaz-Canel es una figura decorativa que usará Raúl para quitarse la responsabilidad histórica"

Anna Carolina Maier

Foto: ADALBERTO ROQUE
AFP

Huber Matos lleva el nombre de su padre, quien fue quizá el preso político más importante de Fidel Castro. Tiene 74 años y vive desde los 15 en Costa Rica. Tuvo que huir del régimen cubano después de que su “papá”, como él lo llama, fuese condenado a 20 años de cárcel (1959-1979). Huber Matos, padre, fue un dirigente revolucionario, escritor, docente, disidente y comandante del Movimiento 26 de Julio, que ayudó en el derrocamiento de la dictadura de Fulgencio Batista como parte de la Revolución Cubana (1956-1959). Luego, tras rebelarse contra Fidel, fue encarcelado por volverse un “traidor”.

59 años después de la llegada de Fidel al poder, Huber Matos, hijo, fundador del grupo opositor Cuba Independiente y Democrática (CID), considera que con este cambio de rostro en el poder, lo que busca Raúl es tapar el fracaso que le espera a la Revolución porque los tiempos están cambiando.

Huber Matos: "Díaz-Canel es una figura decorativa que usará Raúl para quitarse la responsabilidad histórica" 2
Huber Matos cuando fue arrestado por Fidel Castro. | Foto: Hubermatos.org

Suena como un acto importante que los Castro dejen de ser el rostro visible del poder en Cuba, ¿cree que cambiarán las cosas?

En primer lugar, si no dejas el poder, no dejas el Gobierno. Se puede gobernar con hilos, como estando detrás de un maniquí. Creo que Raúl es un hombre con muchos temores. Le huyó siempre a la Sierra Maestra, a las batallas. Él sabe que el sistema está en una crisis muy grande, por dos razones. Una es la gravedad de lo que vive el pueblo de Venezuela y otra es que el pueblo cubano se ha agotado. El sistema se ha frenado y él tiene miedo a lo que viene. De modo que él prefiere que fracase otro.

Dice que el pueblo cubano se ha agotado, ¿por qué puede decir que se ha agotado ahora y no antes? ¿Cuál es el futuro de la llamada Revolución?

Creo que el Gobierno está obligado a hacer algunos cambios para oxigenarse y ganar tiempo. Tiene que hacer algunas promesas, más o menos creíbles, para que la gente le dé más tiempo (de permanencia). ¿Ahora y no antes? Porque el Comunismo demostró en la Unión Soviética y en otros países como en Polonia, donde ha habido gente valiente, que es como un virus. Que nace y requiere de un tiempo para morir. Es un virus que muere con generaciones. No es que tiene un ciclo político sino su propia dinámica. Es decir, hay una generación que se monta en el poder por las nuevas esperanzas que despierta, otra que resulta reprimida y luego otras que empiezan a liberarse del yugo mental. Es un proceso largo y siempre hay un detonante. En la Unión Soviética fue la aparición de (Mijaíl) Gorbachov. Pero en Cuba, Díaz-Canel (recién nombrado por el Parlamento como sustituto de Raúl Castro en la presidencia) es una figura decorativa que le va a servir a Raúl para quitarse la responsabilidad histórica y poder permitir que efectúe los cambios que ellos creen que pueden salvar el sistema.

¿Desde cuándo cree que se está gestando este cambio?

Me parece que todo fue planeado en los tiempos de (Barack) Obama. Durante esas conversaciones secretas que se dieron, se tuvieron que haber acordado muchas cosas. Yo creo que ahí se acordó que para que el Gobierno de (Hillary) Clinton, quien ellos consideraban que ganaría la Presidencia de Estados Unidos, pudiese levantar el embargo y hacer más concesiones, era necesario que Raúl aparentemente quedara como retirado…

Pero ganó Donald Trump, ¿por qué Raúl sigue el juego?

Es que con Trump le salió mal la jugada y, sin Clinton, Raúl no puede ver el acomodo con los americanos. Obama y Clinton estaban de acuerdo con llegar a un acomodo, siempre y cuando Cuba cumpliera con algunos requisitos que no necesariamente eran la instauración de una democracia sino una apertura al capitalismo. El plan falló porque triunfó Trump, pero Raúl se enfrenta a una promesa de dejar el poder que ya hizo en tiempos de Obama, a la situación de Venezuela y a la situación en Cuba.

¿Ha sido Raúl mejor que Fidel?

Raúl es un hombre con más temores que Fidel, por eso no fue a la VIII Cumbre de las Américas en Lima. Allí tenía que enfrentar a América Latina completa. De hecho, hace dos años estuvo en Venezuela y dijo que allí se estaba decidiendo la batalla de América Latina. El muy valiente y muy líder ahora no fue a Lima por miedo. Yo creo que lo que sabe es que tiene menos estatura que Fidel Castro, quien era más audaz.

Volviendo al futuro de la Revolución, ¿qué cree que le depara a Cuba?

Va a depender mucho de lo que suceda en Venezuela. Cuba ha vivido del dinero de Venezuela, de los barriles de petróleo, más de todos los recursos que le ha llegado vía la corrupción, como las plantas eléctricas por las que Cuba cobró un precio excesivo. El régimen cubano primero se sostuvo por la subvención soviética y ahora por la venezolana. El petróleo ha subvencionado todos los errores de los comunistas. Ahora están en crisis porque el petróleo está por el suelo.

¿Qué lección deja al mundo el Gobierno de los Castro?

Que la mentira puede imponerse por la fuerza y que el mundo democrático es cómplice de lo que ha sucedido en Cuba ya que, por muchos años, ha callado la verdad. Nunca hubo logros de la Revolución, siempre han sido logros del dinero extranjero.

Pero se repiten a menudo varios éxitos de esa Revolución como que la tasa de alfabetización, según los datos del Banco Mundial, en 2012 alcanzaba el 99,8%, por encima de países como España (98,3%). También que la cobertura sanitaria, con sus limitaciones logísticas, es universal y gratuita. Además de que tiene una de las esperanzas de vida más elevadas del mundo: 80 años. La media internacional se situó en 71 años en 2015. De modo que no todo ha sido malo, ¿o si? ¿Cómo calificaría estos datos?

Es como si me comprara un Ferrari con dinero que me regalaran y lo atribuyera a mi esfuerzo. Un país no puede atribuirse logros económicos con dinero de otros países porque, además, esos “logros” se han pagado con la falta de libertad. Antes de los Castro, Cuba también tenía un índice muy alto alfabetización y de producción per cápita. Pero para mí, esa alfabetización que es leer no se traduce en cultura. Si no te permiten leer o pensar diferente, esa alfabetización resulta una cosa de muy poco valor. Es mejor no poder leer o escribir y ser libre.

¿El libro de su padre (Cómo llegó la noche), por ejemplo, se puede comprar o leer en Cuba?

No se puede.

¿Cree que su padre celebraría un día como este en el que la Presidencia de Cuba ya no será de los Castro?

Él vería esto como un acto de enmascarar el proceso y de responsabilizar a otro con el fracaso. Recuerdo que cuando Fidel le cedió a Raúl el poder alegando problemas de salud, mi padre me dijo: “Conozco muy bien a Fidel. Es un truco. Quiere que Raúl asuma su fracaso”.

¿Qué frase que le haya dicho su padre recuerda con frecuencia?

Mi padre antes de morir, cuando se dio cuenta de que le quedaban minutos, me dijo: “La lucha continúa, ¡viva Cuba libre!”.

Huber Matos: "Díaz-Canel es una figura decorativa que usará Raúl para quitarse la responsabilidad histórica" 1
Huber Castro después de salir de prisión | Foto: Jose Caruci | AP

El padre de Huber fue un importante comandante que rompió con Castro en 1959. Murió 34 años después, tras salir de la cárcel, en Miami (Estados Unidos). El dirigente que perteneció –igual que Castro- al Partido Ortodoxo, se separó de Fidel “porque la Revolución le prometió al pueblo una democracia multipartidista, y en los primeros meses después del triunfo revolucionario el 1 de enero de 1959, empezó a notar que el proceso estaba tomando el rumbo de una dictadura comunista”, según reconoció él mismo hace dos años en una entrevista con esta misma periodista para el diario venezolano El Estímulo.

Hace 59 años, Huber estaba aterrorizado. Su padre iba a ser fusilado. La audiencia se celebró en una ciudad militar que en tiempos de la Revolución la rebautizaron con el irónico nombre de Ciudad Libertad. Matos se salvó en aquella ocasión de las balas, aunque el sonido de estas lo acompañaron durante los 20 años de prisión, cuando escuchaba a sus otros compañeros presos ser fusilados. En su libro recuerda que era común el grito de “¡Viva Cuba Libre!”, seguido por los disparos.

Después de su detención el 21 de octubre de 1959, Castro preguntó a una muchedumbre durante una manifestación si era justo ejecutar a Huber Matos. La gente contestó: “¡Paredón!”. Después del mitin, Fidel llamó a una Junta de Gobierno para definir su suerte. El Che Guevara y Raúl Castro eran de los que favorecían la ejecución y tres de sus ministros que cuestionaron este procedimiento fueron de inmediato reemplazados por figuras incondicionales al Gobierno.

“Cuando mi padre llegó al teatro (para su juicio) escoltado había como 200 rebeldes, los llamados soldados de la revolución, quienes sorpresivamente comenzaron a aplaudirle”, recuerda, aún con emoción su hijo. El proceso judicial duró varios días. “Tuvo careos con Raúl y con Fidel, pero él quedó muy bien pues Fidel estaba tratando con un individuo que no tenía miedo y que tenía gran capacidad de oratoria. Él tenía la verdad y no tenía miedo de que lo fusilaran. De hecho, mi padre hace un alegato muy bien construido, y los militares que estaban en el juicio, incluso se levantaron y lo aplaudieron”.

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Redacción TO

Foto: Jordan Encarnacao
Unplash

El caso máster de Cristina Cifuentes ha hecho que se hable de esta titulación más que nunca. Sin embargo, en los últimos días no sólo se ha cuestionado la formación de la presidenta de la Comunidad de Madrid, la ‘titulitis’ entre nuestros políticos se ha expandido hasta extremos inimaginables poniendo en tela de juicio la función y el reconocimiento de esta formación.

Ejemplo de ello es también el ‘conseguido’ título de posgrado en el que se graduó el vicesecretario de Comunicación del PP, Pablo Casadodel que sólo cursó cuatro asignaturas (20 créditos) de las 22 totales (60 créditos) que componen el título. Casualmente, se trata del mismo máster en Derecho Público del Estado Autonómico de la Universidad Rey Juan Carlos que defiende haber cursado “legalmente” con cabeza alta y sonrisa permanente la mandataria popular.

“Los estudiantes de posgrado aprueban el 89,10% de los créditos matriculados”

Sin embargo, en un mercado laboral inestable, cambiante y cada vez más exigente, los jóvenes intentan disponer de las máximas herramientas posibles para aterrizar en él con buen pie. De esta forma, después de licenciarse, buena parte de ellos deciden continuar con su formación con algún título de posgrado. Así se desprende del último informe publicado por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, Estadísticas de Indicadores Universitarios 2017, que muestra cómo el 22,8% de los alumnos que acabaron un grado se matricularon en un máster para continuar con su formación, siendo la universidad pública la que mayor registros recibe, el 67,5% de los estudiantes, frente al 32,5% que lo hace en una privada.

En 2015/2016 –últimos años de los que se tienen datos–, 171.043 alumnos se matricularon en un máster, un 20,32% más que el curso anterior. En el caso de las carreras universitarias, fueron 345.835 los que se inscribieron en estudios superiores. Sin embargo, la tasa de rendimiento –relación entre créditos superados y créditos matriculados– muestra cómo los estudiantes de máster obtienen mejores resultados: un 89,1% frente a un 77,7% de los estudiantes de grado. Y es que, en el primer año de matriculación, un 21,8% de los jóvenes inscritos en alguna carrera universitaria terminan tirando la toalla, frente al 13,3% de los matriculados en posgrados.

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171.043 alumnos se matricularon en un posgrado en 2015/2016. | Foto: Jordan Encarnacao/Unsplash

En cuanto a la nota media, el resultado es similar. Los alumnos de máster sacan mejores notas y aprueban más que los estudiantes de grado. Un 8,2 frente a un 7,23.

Sobre la tasa de idoneidad, la cifra que evalúa el porcentaje de alumnos que aprueban sus estudios en los años correspondientes, sólo un 34,9% de los estudiantes de una carrera de cuatro años consigue titularse en ese tiempo, frente al 72,7% que sí consigue terminar a tiempo un máster que dure 12 meses.

Un 27% de los titulados de máster no supera los 1.000 euros al mes

Una de las razones por las que decidimos continuar nuestra formación con un máster, además de por seguir ampliando nuestros conocimientos, es por mejorar nuestras expectativas económicas. Según estudios, los británicos con un máster pueden ganar 5.000 libras más al año que los que solo tienen una carrera universitaria.

Sin embargo, en España las cifras son irrisorias ya que, según datos del Barómetro de empleabilidad de los universitarios en España 2017, un 26,83% de los titulados de posgrado en nuestro país no supera los 1.000 euros al mes. Entre 1.201 y 1.600 cobra un 18,49% de las personas graduadas, seguidas de las que cobran entre 1.601 y 2.100 euros (18,41%).

En este sentido, según el estudio, que contó con 6.738 titulados de máster que finalizaron sus titulaciones durante el curso 2013/2014, la causa que explica en mayor medida esta situación es “no haber podido encontrar un trabajo de jornada completa” (47,87%).

En el otro extremo, un 4,37% cobra de 3.001 a 4.500 euros, y tan solo un 1,25 percibe de 4.501 a 6.000 euros, siendo los titulados en Ingeniería y Arquitectura los que más cobran (entre 1.601 y 2.100 euros brutos al mes), y los de Artes y Humanidades los que menos (entre 601 y 1.000 euros).

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Google Japón cambia el street view por el dog view en Odate, la ciudad natal de Hachiko

Carola Melguizo

Foto: Mikhail Vasilyev
Unsplash

Si compartes tu vida con un perro, en algún momento te has preguntado cómo se ve el mundo desde su perspectiva. De ahí que triunfen en internet los vídeos grabados con cámaras deportivas en los que por unos minutos vemos lo que ve un animal cuando corre hacia el mar o cuando juega en el parque. Ahora, gracias a Google Japón podemos descubrir una ciudad entera a través de los ojos de un perro. Y no se trata de una ciudad cualquiera, sino de Odate, la ciudad natal de Hachiko, el perro que se convirtió en símbolo de lealtad después de esperar durante años que su humano fallecido volviera a la estación de tren en la que se encontraban cada día.

Se trata de dog view, una versión del ya clásico street view de Google con la que podemos recorrer las calles de la ciudad de Odate, en el norte de Japón, desde la perspectiva (en 360º) de un perro. La idea es promover el turismo en la zona y la elección de la ciudad no es casualidad. Odate es parte de la prefectura de Akita, lugar de origen de la raza del mismo nombre. Los guías, como es de esperar, son tres akitas: Asuka, Ako y Puko que recorren la ciudad con una pequeña cámara en el arnés y muestran al visitante las principales atracciones turísticas y algunos lugares especiales conocidos, hasta ahora, solo por los locales. Asuka, por ejemplo, es el encargado de mostrar la estatua de Hachiko, el akita más famoso de la historia.



Como la cámara va en el lomo, en los recorridos, además de la vista panorámica de la ubicación, se ven las orejas de los perritos y al girar, se ven las colas. Un toque extra de ternura que hace que la experiencia sea incluso más especial. En el blog de Google Japón, los responsables aseguran que la grabación fue divertida tanto para el equipo humano como para el canino. Para demostrarlo, publicaron un making of en el que se ve a los perros disfrutar en la nieve durante el paseo:

La historia de Hachiko

Los lazos de la raza con la ciudad son muy especiales. Los locales los veneran como símbolo de prosperidad, salud y buena fortuna. Sin embargo, entre todos los akitas hay uno que destaca: Hachiko, el ejemplo de lealtad. Nació el 10 de noviembre de 1923 en una granja de Odate y a las pocas semanas fue regalado a Eisaburō Ueno, ingeniero agrónomo y profesor de la Universidad de Tokio. Se volvieron inseparables. Cada día Hachiko acompañaba al profesor a la estación de Shibuya para que tomara el tren que lo llevaba a la universidad. Al atardecer, regresaba para recibirlo y volvían juntos a casa. La rutina terminó de forma brusca en 1925 cuando Ueno murió a causa de un derrame cerebral durante una clase.

Durante más de nueve años el perro acudió cada tarde a la estación con la esperanza de volver a encontrarse con su humano y se convirtió así en uno de los mayores ejemplos de lealtad. Los comerciantes de la zona lo cuidaron y alimentaron hasta el día de su muerte el 08 de marzo de 1935. Actualmente, las dos estatuas de Hachiko están en Japón, una en Odale y otra en Shibuya, pero el reconocimiento ha traspasado las fronteras niponas, en gran parte gracias al cine.

La vida del can llegó a la gran pantalla en 1987 con la película ‘La historia de Hachiko’, del cineasta japonés Seijiro Kojama. En 2009, Lasse Hallström dirigió un remake protagonizado por Richard Gere llamado ‘Siempre a tu lado, Hachiko’. Advertencia: imposible no llorar.

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