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Fernando Pérez: “En Cuba, a diferencia de en otros países, la cultura no se ha contaminado"

Jorge Raya Pons

Foto: Jorge Raya
The Objective

Fernando Pérez (Guanabacoa, 1942) sabe qué esperar de la vida. Ya son más de 40 años de cine y sus películas son el ojo clínico de Cuba; nadie ha retratado el espíritu de la isla como él. Fernando vive en La Habana, una ciudad que ama, y es rara la ocasión en que no se le escapa hablar de ella como si fuera un órgano vital dentro de su cuerpo, como un pulmón o como el estómago. “La Habana es una ciudad azul”, dice, y mira lejos. “La Habana es la sorpresa, es la contradicción. He llegado a un estado en que yo me siento cubano, pero sobre todo habanero. El otro día estaba en Villaclara, otra ciudad de Cuba, y sentía que estaba raro. Y cuando llegué a La Habana me di cuenta de que me faltaba el mar. Allá la mayoría de las calles terminan en el malecón”.

En Últimos días en La Habana, su última película –galardonada con el Biznaga de Oro en el Festival de Málaga-, Fernando cuenta la historia de dos amigos con destinos aparentemente distanciados. Diego es un enfermo de Sida que cuenta sus horas finales postrado en una cama. Miguel cuida de él y trabaja lavando platos en un bar, juntando el dinero necesario para marcharse de Cuba y comenzar una vida nueva en Estados Unidos. Y, entre medias, siempre está la ciudad, o al menos parte de ella. “Si tuviera que decirte qué es La Habana, te diría que es los habaneros”, continúa el cineasta, con la voz encendida. “No es el espacio, sino esa gente llena de energía y con esa manera de ser”.

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Fotograma de ‘Últimas días en La Habana’, de Fernando Pérez. | Foto: Wanda Vision

Fernando viste con elegancia una americana marrón. Su piel es blanca a ojos de los caribeños, y las manchas en la piel se revelan como heridas de guerra de quien ha pasado toda una vida bajo el sol calcinante de La Habana, adonde llegó siendo un adolescente. “Yo nací en Guanabacoa, un pueblo separado de La Habana por una bahía, y para mí cruzar aquello era como viajar a otro país. Recuerdo la primera vez que viajé solo, yo tenía 12 ó 13 años. Tomé una lanchita y crucé la bahía. Recuerdo recorrer las calles de La Habana, esplendorosas, y ver las marquesinas de los cines. Para mí eso fue una emoción tremenda, fue un descubrimiento”.

“Cuando triunfa la Revolución, en 1959, se crea un instituto de cine. Yo me dije que tenía que entrar ahí”

La infancia de Fernando transcurrió sin comodidades. Creció en una familia con pocos recursos; su papá era cartero y su mamá, ama de casa. En cuanto tuvo la oportunidad comenzó a trabajar para ayudar a la economía familiar y no estudió más que la enseñanza media, sin alcanzar el preuniversitario. Pero en aquel momento, confiesa, sabía con seguridad que su vocación era el cine. “Yo era y sigo siendo curioso”, dice. “Con 14 ó 15 años veía una película y me ponía a escribir, aspiraba a ser crítico de cine. Cuando triunfa la Revolución, en 1959, se crea un instituto de cine. Yo me dije que tenía que entrar ahí”. Para ello estudió con esfuerzo y se presentó a un examen de ingreso que logró aprobar. Tenía 16 años. Fue su primera incursión en ese mundo, donde comenzó como mensajero de una película, como Jack Nicholson, y terminó por construir una carrera exitosa. Entre medias se licenció en Lengua y Literatura Hispánica. Le digo que fue un recorrido largo, y él sonríe: “Esto lo dijo Freud cuando le pidieron el epitafio que quería para su tumba: ‘He sido un hombre feliz; nada en la vida me fue fácil’”.

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Fidel Castro, firmando la reforma agraria de junio del 59. | Foto: RB/AP Photo

Por el tiempo en que nació, a Fernando le tocó vivir el auge de la Revolución cubana, uno de los episodios más destacados del siglo XX. Pero no el único: el mundo entero vivía en estado de agitación. “Yo viví ese cambio”, dice, moviendo mucho las manos. “Todo empezó a transformarse, otro mundo era posible. La Revolución en Cuba. Los hippies en Estados Unidos. Las revueltas del 68. Bob Dylan. Los pelos largos. El mundo caminaba hacia una ilusión utópica”. Aquella gran ola, sin embargo, fue retrocediendo y arrastró con ella todas las aspiraciones. Fernando es un veterano, a sus 72 años, pero el paso del tiempo no lo ha convertido en un nostálgico. Él es resuelto y optimista y piensa justo lo contrario, que de todo aquello queda una esencia, que no todo fueron batallas perdidas. “Todo ese espíritu, toda la energía de esas ideas es eterna y mantiene el significado. La historia es espiral, no va en línea recta”.

“Se alfabetizó al pueblo cubano. Los campesinos leían y escribían. Pero después comenzaron a venir los problemas”

La historia de Cuba está irremediablemente ligada a Fidel Castro, el líder de aquella Revolución. Castro fue un hombre culto e inteligente, pero asertivo ante la crítica, inclemente ante los opositores. En este contexto, la convivencia entre la cultura y el régimen debió ser compleja, peligrosa solo para una de las partes. “Los años 60 fueron como un remolino, se produjo una eclosión de la creatividad”, cuenta Fernando. “Se alfabetizó al pueblo cubano. Los campesinos leían y escribían. Pero después comenzaron a venir los problemas. La sociedad comenzó a institucionalizarse y los problemas políticos no podían negarse; pretendían reducir la cultura a un mensaje político”. Pese a ello, el cineasta encuentra un punto positivo en una herencia de la Revolución: “En Cuba, a diferencia de en otros países, la cultura no se ha contaminado, no se ha convertido en un negocio. Aunque ya comienza a serlo…”.

Cuando murió Fidel Castro, el mundo quedó congelado por unas horas, pero Cuba permaneció así por diez días. Este fue el tiempo que la isla se mantuvo de luto por la muerte del dictador. Aquella noticia no fue una sorpresa para Fernando: “Yo estaba fuera de Cuba en una actividad pública. Uno de los organizadores se acercó y me dijo: ‘Se murió Fidel’. Yo le respondí: ‘Ah’. Era una pérdida esperada, ya llevaba dos o tres años fuera. El pueblo cubano se fue preparando para el momento. Cuando volví, se celebraban los funerales y había mucho respeto. Pero claro, declararon diez días de luto…”. Fernando hace una pausa y no puede contener la risa: “Al noveno día la gente ya estaba como ‘Oye, lo sufrimos, pero ya está bien…’. Fidel causó pena, pero ya pasó”.

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Una procesión transportó las cenizas de Fidel Castro por varias ciudades cubanas durante cuatro días. | Foto: Desmond Boylan/AP Photo

Fernando, que reconoce expresarse mejor con imágenes que con palabras, se define como un escritor lento aunque apasionado. Dice tener una película en mente, que la tiene clara en la cabeza, aun a falta de ponerle un poco de orden. “Es una historia coral en tres o cuatro capítulos”, explica, midiendo las palabras. “Empieza en el año 61, en Cuba, con la campaña de alfabetización, y aquí presento a unos personajes. Luego viene otro capitulo en los 70, donde estos personajes son hombres maduros, aquellos niñitos empiezan a ser protagonistas. El último capítulo termina en el hoy, cuando ya son ancianitos. Esa película contará lo que yo he vivido, con historias mías y otras que he oído”.

“Hay muchas montañas que he subido y otras que no he alcanzado. Se trata de buscar el sentido”

La estancia de Fernando en España ya se ha alargado por seis semanas. La Casa de América le trajo a Madrid, lejos del mar azul de la Habana, y todavía pasará un tiempo hasta que regrese a la isla, pues visitará a su hija en Valencia. Fernando se mantiene joven, no ha perdido la curiosidad, no le importa salir de casa. Es un acto de rebeldía mantener esta actitud a pesar de los golpes y del tiempo: “A mis 72 años, yo sé hacer cine, tengo una profesión, sé dónde poner una cámara. Pero eso no es lo que a mí me interesa. Yo quiero plantearme en cada película algo que nunca haya hecho antes y ver si lo logro. Si la montaña es muy alta, comienzo a subirla. Sé que igual no llego. Hay muchas montañas que he subido y otras que no he alcanzado. Se trata de buscar el sentido. Por eso me gusta rodearme de gente joven. Porque siempre te desafía, porque siempre te niega cosas. En este sentido, el cine es una búsqueda. Y esto lo decía mejor Almodóvar: ‘Existe una gramática del lenguaje cinematográfico y, por supuesto, uno lo aprende y se puede hacer una película. Pero siempre va a faltar algo, y ese algo eres tú mismo’”.

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Ander Izagirre: “No tengo una idea demasiado elevada de mi trabajo”

Jorge Raya Pons

Cada libro de Ander Izagirre es como un respiro: Ander es uno de los últimos románticos del oficio y su voz sirve como luz que guía a los periodistas que vienen. Ander es un hombre humilde que no alardea, que no presume, que ejemplifica el significado de sencillez y que mide cada palabra que emplea. Pero esto lo iremos descubriendo. Porque cuando Ander habla, lo hace con mesura, sereno, aunque poco a poco se suelta, bromea, se confiesa. Su trabajo como periodista es meritorio y valioso, encarna el periodismo de siempre, el que se pierde, el que requiere tiempo y valor y paciencia y un determinado sentido de la responsabilidad que solo se comprende desde la perspectiva del que asume el periodismo como un propósito, como algo más.

Acaba de llegar a las librerías Potosí (Libros del K.O.), un libro que es un reportaje y una novela y que nos abre un mundo minero violento, supersticioso, injusto, donde la explotación y la miseria lo impregnan todo, donde el protagonista es un Cerro Rico que es un infierno en la Tierra.

“Muchas veces los periodistas vemos lo que queremos ver”, me dice Ander. “Yo viajé por primera vez a Bolivia hace siete años para contar el trabajo infantil en las minas. Conocía la situación y fui a buscar una historia. Pero decidí estar un tiempo en el sitio y eso me permitió conocer a más gente, y entonces comenzaron a aflorar otras historias”.

Un minero boliviano traslada minerales en la mina del Rosario, en Potosi. (Foto: David Mercado/Reuters)
Un minero boliviano traslada minerales en la mina del Rosario, en Potosi. (Foto: David Mercado/Reuters)

Ander quería explicar qué tipo de mundo conduce a una niña como Alicia, de doce años, a verse obligada a trabajar en una mina en peligro de derrumbe constante, sin seguridad laboral, cobrando un sueldo de miseria, sin cobrarlo, rompiéndose la espalda y renunciando a cualquier futuro. O cómo viven y mueren los tipos sin nombre en las minas, en accidentes o por enfermedades como la silicosis, que a duras penas les permite cumplir los 30 años, descabezando a las familias y dejándolas a merced de los explotadores.

Azarosamente, el cronista encontró otro mundo paralelo que no es noticia, que es ignorado, que las mujeres sufren en silencio y que los niños pronto entienden. Un machismo y una vileza que está profundamente arraigado en el espíritu minero:

“Las noticias eran los derrumbes en la mina, los problemas laborales, pero nunca las palizas, las violaciones incluso dentro de las familias. Eran casos horribles. Yo me metí en un universo minero con unas características bien conocidas: los mineros como héroes, como protagonistas de la lucha política, como huelguistas que acaban con dictaduras, como personajes admirados. Pero me di cuenta de que ese papel de minero duro tiene otra cara. Es alguien que sufre el infierno y que luego se lo hace pasar a otro, al más débil. Ese minero explotado se convierte en explotador y lo paga con el último, que suele ser una mujer o un crío. De esto me di cuenta en el segundo viaje”.

“Alicia es la demostración evidente de que hay lugar para la esperanza”

Ander, con todo, también se esfuerza por mostrar la cara luminosa, el lado amable de ese mundo: si bien hay miseria moral y económica, existen motivos para creer en que nada es para siempre, que hay vida más allá de Potosí, que algunos lo lograrán:

“Alicia es esa demostración evidente de la brutalidad de un sistema, pero también que hay lugar para la esperanza. A mí me asombraba la lucidez y la conciencia política de esta niña, que se organizaba con otras en asambleas de menores trabajadores y que fue hasta el Congreso en La Paz para leerle una carta al presidente, Evo Morales. Es una persona especial, capaz de imaginar una vida distinta. Las madres y los mineros ya están resignados a esa realidad que les ha tocado vivir. Pero esta niña es la que se dice que va a estudiar para conseguir otro trabajo y salir de allí”.

Varias familias mineras del Potosí, reposando. (Foto: David Mercado/Reuters)
Varias familias mineras del Potosí, reposando. (Foto: David Mercado/Reuters)

La infancia de Ander no tuvo nada que ver con la de Alicia. Él nació en San Sebastián en 1976, en un lugar y en un tiempo donde todo volvía a ser nuevo; no era San Francisco en los años sesenta pero sí una ciudad que se abría al mundo. Ander adora Donostia y no la ha abandonado nunca. “Yo soy consciente de mi fortuna, más después de viajar por el mundo y ver sociedades tan distintas”, me dice. “He tenido suerte porque podría haber nacido en Berlín en los años 30 o en Níger en cualquier época”. Pero Ander creció en una casa feliz donde la lectura y el ciclismo compartían pasión y espacio.

­“Yo competí en ciclismo hasta los 20 años, el ciclismo me apasiona. Yo creo que de adulto no te puedes enganchar a algo con ese entusiasmo. Cuando me recuerdo de pequeño, me veo leyendo cómics y novelas de Julio Verne. Era la épica que me nutría, las historias que me flipaban. Pero el ciclismo estaba en esa misma categoría, aunque con la ventaja de que yo salía a la calle y Cabestany podía firmarme un autógrafo. Cabestany era mi ídolo, como el capitán Nemo [protagonista de 20.000 leguas de viaje submarino, de Verne], solo que el capitán no me podía firmar autógrafos”.

Fue un niño muy curioso. Resulta significativo ese afán de coger la bicicleta y marcharse, de viajar, de descubrir, de dejar la mente en blanco y mirar nada más que la carretera y la montaña, sentir los golpes de pedal como las pulsaciones o como respirar: como algo en lo que uno no repara, pero que te mantiene vivo. Luego fue viajando más y más lejos, hasta Bolivia, hasta Groenlandia, de continente en continente, y sin darse cuenta había encontrado aquello que le hacía feliz.

Portada del último libro de Ander Izagirre. (Fuente: Libros del K.O.)
Portada del último libro de Ander Izagirre. (Fuente: Libros del K.O.)

“Las historias de aventuras que me gustaban de pequeño fueron un primer sustrato, pero luego pude conocer a gente viajera”, ahora habla despacio, como recordando cada momento. “Nada más acabar la carrera me fui en un viaje al punto más bajo de cada continente, aquello fue para mí como un máster. Una vuelta al mundo de la mano de Josu Iztueta, que es un viajero de Tolosa. Para mí eso fue un filón: ahí descubrí cuánto me gustaba viajar, cuánto me gustaba contar historias. Me interesa la variedad de modos de vida que hay en el planeta. ¿Cómo vivirán en Groenlandia?, ¿cómo vivirán en el país más caluroso del mundo? Ahora puedo decir que he estado en esos sitios”.

Pero a veces, le digo, debe ser difícil para uno pasar tanto tiempo fuera, que a uno lo comprenda la familia, los amigos, la pareja. Ander se sorprende: “Tampoco viajo tanto, lo que pasa es que cunde mucho”. Y luego ríe. “Está claro que al principio tu entorno quiere que tengas un trabajo en el periódico de tu ciudad. Es normal. Pero de muy joven empecé a viajar y mi vida es muy sencilla: no tengo hijos, no tengo casa en propiedad, no tengo coche. Necesito poco. Como escribo tanto parece que esté todo el día fuera, pero la realidad es que el 80% de mi tiempo es estar delante del ordenador, en casa. Mi trabajo es de oficinista y de vez en cuando salgo a buscar historias”.

Este trabajo le ha valido numerosos premios en algo menos de veinte años de trayectoria, y me dispongo a enumerar solo unos pocos: el Premio Rikardo Arregi en 2001 al mejor trabajo periodístico del año en euskera por sus crónicas sobre el viaje alrededor del mundo; el Premio Marca de literatura deportiva 2005 por el libro Plomo en los bolsillos, con historias no tan conocidas del Tour de Francia; el Premio de la Asociación de la Prensa de Madrid de 2010 por el reportaje Mineritos, semilla de Potosí, y que también mereció el Premio Manos Unidas de ese mismo año; o el prestigioso Premio Europeo de Prensa en 2015 por el reportaje Así se fabrican guerrilleros muertos.

Los enumero no tanto por mostrar sus logros como para enlazar con una cuestión puntiaguda y que afecta a esta profesión: el imperio del ego. Porque Ander, aun siendo uno de los grandes cronistas en castellano, parece generar anticuerpos contra la vanidad:

Yo soy muy inseguro de mi trabajo. Los reportajes son más fáciles de manejar, piensas que han salido más o menos bien, puedes sentirte orgulloso de tu trabajo. Pero yo tengo la impresión de que nunca termino de rematar bien las cosas. Tendrá que ver con el carácter –en este momento duda, crea un silencio–. No tengo una idea demasiado elevada de mi trabajo. Uno debe asumir que es imperfecto. Sé que he hecho algunas cosas bien y que hay gente que quiere publicar mis libros. Pero hay muchos periodistas haciendo cosas más valiosas, y esto te lo digo de corazón”.

“Siempre tengo la sensación de haber desperdiciado la oportunidad de contar una buena historia”

Hace dos años, Ander llevó los fragmentos todavía inconexos de Potosí a los talleres de escritura que organiza la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), impulsada por Gabriel García Márquez en 1995, que cuida y premia el periodismo narrativo –o, mejor dicho, el periodismo de calidad–. Compartió horas con otros escritores latinoamericanos para retroalimentarse, para mejorar sus obras, todo el rato ante la mirada atenta del maestro Martín Caparrós, lo cual es un privilegio:

“Fui hace dos años con este libro a medias. Para los que somos escritores solitarios se aprecia esa mirada externa. Yo, por ejemplo, siempre tengo la sensación de haber desperdiciado la oportunidad de contar una buena historia. Pero uno debe asumir que es imperfecto. Ese taller fue muy útil: le di varias vueltas al libro que no le hubiera dado de lo contrario. Este año también fui, pero como ayudante de Caparrós, tomando notas y escribiendo los informes”.

Ander espera poco –o mucho– de la vida; solo seguir viajando, seguir escribiendo, seguir conociendo. Llegado el momento, le pregunto cómo se imagina en 30 años, cómo le gustaría ser recordado. Pero son cuestiones que no le preocupan; Ander persigue otras metas:

“Yo solo espero llegar a los 70 con buena salud, la curiosidad despierta y contando historias. Mi esperanza es seguir haciendo lo mismo que ahora. Quizá con 70 no pueda ir a un campamento en Pakistán, pero sí hacer otras cosas. En cuanto a la trascendencia, lo que me importa es la gente que me rodea: mi familia, mis amigos y mi novia. El resto del mundo, si aprecia mi trabajo, bien. Pero si se olvida de mí, no me importa. Yo soy feliz así”.

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La 'incredible' India no tiene quien hable en sus stands de Fitur

Jorge Raya Pons

Foto: Jorge Raya
The Objective

Estamos sentados frente a una mesa, en silencio. B. B. Mukherjee observa la pantalla de su teléfono, pone la cabeza en alto, con sus gafas de diseño a rayas grises y negras sobre su nariz. Mukherjee luce un estrecho bigote con una forma más parecida a un triángulo que a un cuadrado, y viste un traje descatalogado de franela y color marfil que combina con una corbata de otra década. Estamos sentados a la distancia de un metro y B. B. Mukherjee, que es subgerente del Ministerio de Turismo indio en España, sigue en silencio tras cinco minutos y mirando con atención vídeos indescifrables con un volumen moderadamente alto. Tiene un reloj de oro en su muñeca izquierda y tantos anillos como dedos en sus manos. La responsable de prensa está sentada a mi izquierda y me mira con nerviosismo, como esperando una respuesta, y yo le sonrío y eso le tranquiliza.

Estoy sentado frente a Mukherjee en el stand indio de Fitur porque los dos responsables más importantes de la delegación de la India, que puso mucho interés para promocionar su país y mucho dinero para instalar este espacio tan grande –por no hablar de que el nombre de la marca, Incredible India, aparece prácticamente en cada folleto que circula por aquí dentro como principal patrocinador del evento–, están en sus respectivos hoteles desde una hora indeterminada que no logro averiguar, cuando quedan todavía dos horas para el cierre de la jornada.

La situación es particularmente divertida y extraña. Mukherjee levanta repentinamente la mirada, sonríe mucho y extiende la mano, como advirtiendo –en este momento– que está acompañado. Luego entrecruza los dedos, esperando la primera pregunta, y sus anillos brillan como diamantes.

Le comento, a modo de arranque, que han aumentado mucho su disposición en 2018. Él asiente con la cabeza y dice, con un acento marcadamente indio que solo escuché en películas: “Sí, este año hemos estado en todas las ferias importantes de Europa como patrocinadores”. Pero, casi en una maniobra de escapismo, desvía con velocidad su respuesta y sostiene que India es un país tremendamente rico y diverso, con bosques y templos y ruinas y playas y montañas, y continúa con una explicación nada concisa e inesperada del estado de salud del sistema judicial y político indio y de la calidad sanitaria. “Tendrías que ver qué cirujanos tenemos”, dice, levantando las cejas. “Son muy buenos”.

Después le pregunto por la vocación de su presencia en Madrid y no parece importarle: continúa con su respuesta anterior, explicando las bondades de su presidente y la fortaleza de su democracia, y describe a la India como un país muy rico y “paradójico” donde la riqueza no impide la miseria. Le digo que eso significa que hay mucha desigualdad. El subgerente de Turismo sonríe y concluye: “Sí, qué paradójico, ¿verdad?”.

Y en cada pregunta hay una respuesta similar, como si nos encontráramos en conversaciones ajenas, y la conversación es tan frustrante y claramente incontrolable que finalmente desisto y pienso en la segunda entrevista.

La 'incredible' India no tiene quien hable en sus stands de Fitur
Entrevista a B.A. Devaiah en uno de los stands de ‘Incredible India’. | Foto: Interface

Más al sur, Karnataka

La responsable de prensa se disculpa mientras me conduce hasta el área donde se instala la delegación de Karnataka, una región del sur con 55 millones de habitantes, más salvaje y más verde que el norte –el lugar al que suelen ir a parar los turistas–. La parada está adornada con plantas y una ambientación premeditadamente exótica, con bancos en todas partes y la representación más o menos conseguida de un tigre de Bengala sobre una alfombra verde. Karnataka es una de las zonas que persiguen explotar en los próximos años y hacen un esfuerzo verdadero por crear una imagen atractiva.

Así que el gabinete de comunicación organiza una conversación con el consejero de Turismo, un hombre joven y bien vestido con un inglés perfecto. Esperamos mientras cumple con otro compromiso y al volver se acerca hacia nosotros, con rostro serio, y dice que prefiere no hacerla: se niega, en principio, por estar cansado. Ellos procuran convencerle de lo contrario y finalmente concede una confesión: él no es el consejero de turismo, sino B.A. Devaiah, de Starks Communications, una agencia contratada por el Gobierno regional para representarlos. Lo hace extendiendo una tarjeta que recojo.

Le pregunto si está legitimado para hablar en nombre del Gobierno y él asiente, nos sentamos y hay una conversación fructífera en un primer momento: responde con interés y educación y habla de una región que conoce porque es la suya. Karnataka está en el sur del país y las diferencias respecto al norte, más transitado, más exprimido, son abismales. Un modo distinto de comprender la religión y las tradiciones, un idioma que no es el mismo –hablan mayoritariamente el kannada– y una gastronomía que, presume, únicamente se asemeja en la frecuencia del arroz blanco. Un atributo que, de cualquier modo, comparten la mayor parte de los países de la región.

Devaiah se encuentra menos cómodo y pone más reparos si hay que hablar de seguridad. Él alude, directamente, a las violaciones de mujeres. No las niega, aunque asegura que muchos occidentales viven en la zona y lo hacen con tranquilidad. Dice que si se producen tantas es porque hay muchos habitantes, sin aludir a razones concretas.

–¿Y en cuanto a las infraestructuras?–le planteo.

“Sí, tenemos”, responde, con un largo silencio.

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Fitur 2018: el año de los cyborgs, la inteligencia artificial y el big data

Jorge Raya Pons

Foto: Jorge Raya
The Objective

En la nave 4 de Fitur, en el lugar reservado a Oriente Medio, los contrastes provocan que te frotes los ojos: llaman la atención las casetas discretas de Siria –que vuelve a vender turismo- y Palestina –que no se olvida de reivindicar Jerusalén- entre la gama amplia de colores de los puestos turcos e israelíes. La diferencia de presupuestos es enorme y todo se explica por las circunstancias particulares, más si cabe en un año donde la palabra tecnología está presente en cada rincón.

Ya lo decían los organizadores: si el año pasado se impuso la sostenibilidad, en este se impone el maching learning, la computación cognitiva, la inteligencia artificial y una red de términos que no nos resultan tan extraños. El sector turístico nos prepara para un futuro que ya no debe sorprendernos: los colchones sabrán cómo adaptarse a nuestro sueño, las puertas de los hoteles nos reconocerán facialmente –y no importará que olvides la tarjeta-, los usuarios podrán visitar los resorts con realidad virtual y desde casa, las empresas conocerán nuestros deseos antes de conocer nuestros nombres.

Fitur 2018: el año de los cyborgs, la inteligencia artificial y el big data
Myriam Younes, directora comercial de Expedia, durante su charla. | Foto: Jorge Raya Pons/The Objective

Este mundo que llega está hecho a medida para las nuevas generaciones: nada se les escapa sobre los Z y los millennials y esto lo da a entender Myriam Younes, directora comercial de Expedia, desde el inicio de su discurso. Younes proyecta las conclusiones de los análisis de su corporación sobre una pantalla grande y saca a relucir los atributos principales de los jóvenes: viajamos más al exterior que por el propio país, en avión mejor que en tren, y siempre con la clara intención de buscar experiencias, movimiento y conocer cultura. Una especie de culto, dice Younes, a la era del selfi y al concepto YOLO: You Only Live Once. Solo vives una vez.

La inteligencia artificial está presente todo el tiempo, en esta conferencia y en las restantes, que se suceden durante seis horas. Todos comparten el patrimonio común de resaltar que sí, que estamos expuestos y minuciosamente analizados, pero que no importa, que es el espíritu del tiempo y es nuestro beneficio, siempre que no caiga en las manos equivocadas. Es el punto, por ejemplo, de Marta García Aller, autora del libro El fin del mundo y periodista de El Independiente, que hace un alegato a la calma. Existe un peligro, claro, igual que existe la posibilidad de crear una sociedad con mayores privilegios y una tecnología que sea proactiva, que se anticipe a los problemas y produzca una realidad más cómoda.

Fitur 2018: el año de los cyborgs, la inteligencia artificial y el big data 1
Moon Ribas, entrevista durante un acto organizado por Fiturtech. | Foto: Jorge Raya Pons/The Objective

Algo verdaderamente interesante de Fitur es que, si bien todo parece girar en torno a los viajes y el turismo y el consumo, abre una ventana interesante a relatos nada convencionales. Es reconfortante encontrar escenarios tan entregados a la tecnología que, por momentos, uno olvida que se encuentra en una feria de turismo. En este caso, el Fiturtech invitó a la artista catalana Moon Ribas, quien se reconoce como cyborg neurológico. Moon tiene implantes en los pies y puede sentir el pulso de la Tierra. Emplea la tecnología para potenciar sensibilidades biológicamente imposibles. Los dispositivos que tiene bajo la piel le permiten saber si en algún punto del planeta, no importa si Granada o Japón, se está produciendo un terremoto. Ella puede sentirlo, literalmente. Mientras habla le tiemblan los pies, y lo reconoce. Antes, a veces, se despertaba en medio de la noche y se asustaba, pero ahora dice que está acostumbrada y puede continuar con la conversación y sin problema.

Ella es bailarina y se desafía a comunicar esa sensación a través de la danza. En otra época también colgaban de sus orejas unos pendientes que medían la velocidad con la que camina y descubrió, por ejemplo, que inconscientemente uno camina más deprisa en Londres que en Roma, y eso dice mucho de las sociedades. Existe toda una lucha y una reivindicación en su caso: Moon presume de ser cyborg y -en consecuencia- transespecie. Porque asegura que cyborgs, sin saberlo, ya lo somos todos: ¿por qué decimos, si no, que nos hemos quedado sin batería? ¿Lo decimos por el teléfono o lo decimos por nosotros?

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Tu cara aparece en una obra de arte y una 'app' de Google te ayuda a encontrarla

Redacción TO

Foto: Kumail Nanjiani
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Google Arts&Culture es el museo virtual más grande que existe. La aplicación se puede descargar en cualquier dispositivo desde hace más de un año y medio. Google colabora con más de 1.200 museos, galerías e instituciones de 70 países para que sus exposiciones estén disponibles online para todo el mundo. Además de permitir visitas virtuales a exposiciones —todo a través de la pantalla del móvil—, la app recupera historias como la de la Savitribai Phule, la mujer que ayudó a instalar la primera escuela para niñas en la India; cuenta con reportajes visuales sobre las luces de neón en Hong Kong y con reivindicaciones sobre cómo los trabajos de perlas africanos artesanales cambiaron el mundo. Pero Google Arts&Culture no se ha hecho viral por nada de esto.

La verdad es que nos hemos dado cuenta de que existe por una cuestión bastante ególatra. La app de Google ha lanzando una función que encuentra, con solo subir un selfi, la obra de arte, cuadro o retrato a la que te pareces. Así, tu selfi con poca luz en 2018 resulta ser súper parecido a un óleo del Barroco que se encuentra en el Rijksmuseum de Amsterdam. Si es que nada nos gusta más a los humanos que vernos, aunque sea reconvertidos en un retrato de un señor con bigote del siglo XVII.

La aplicación encuentra el parecido entre los autorretratos y las obras de arte gracias a la inmensa colección de cuadros de Google y a una función muy avanzada de reconocimiento facial. Un porcentaje en la parte superior indica el parecido entre ambas imágenes. “Siempre tratamos de encontrar formas interesantes e interesantes para que la gente hable sobre el arte, y esta fue una de ellas”, dijo a The Washington Post Patrick Lenihan, portavoz de Google.

De momento, esta función solo está disponible en Estados Unidos, y no en todo el país. Google ha declinado comentar si hay planes de expandir esta función a otros países. Esto no ha impedido que miles los usuarios hayan encontrado ya su parecido. Además, de la actriz Felicia Day o el actor Kumail Nanjiani, el cantante Gil McKinney, el músico Pete Wentz y numerosos periodistas norteamericanos, los niños de Stranger Things o Bojack también se han apuntado a encontrarse (este último es de los pocos que ha conseguido casi un 90% de parecido).

Ahora solo cabe esperar que estos miles de retratos igualen nuestro interés por el arte al que ya tenemos por los selfis.

Además, si algo ha demostrado esta app, es que Google tiene fichadas no solo las obras de arte mundialmente reconocidas… Aquí la prueba:

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