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Flores para DiMaggio

Jorge Raya Pons

Joe DiMaggio era un hombre alto y delgado con unos brazos para el béisbol que no podían tomarse a la ligera. El bateador DiMaggio ganó las series mundiales en siete ocasiones, jugó trece partidos de las estrellas y estableció un récord de hits consecutivos —56— que no ha batido nadie. Pero Joe DiMaggio no solo fue un jugador extraordinario, el mejor de todos, sino también una leyenda. Tanto es así que el escritor Ernest Hemingway le dedicó dos líneas en su novela corta El viejo y el mar:

“Me gustaría llevar al gran DiMaggio de pesca”, dijo el viejo. “Dicen que su padre fue pescador. Quizás fue tan pobre como nosotros y así comprendería”.

Porque Joe DiMaggio creció en San Francisco en una familia con una larga tradición pesquera, de cuando migró desde Sicilia, en una casa abarrotada donde eran nueve hermanos, cinco varones y cuatro mujeres, además del padre y de la madre. Y a pesar de vivir trece exitosos años profesionales en Nueva York, donde jugó para los New York Yankees, tras su retiro decidió volver a casa y abrir un restaurante frente al mar, al que llamó DiMaggio’s.

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Joe DiMaggio conectando con la pelota en un partido de 1949 | Foto: John J. Lent / AP

Era verano de 1966 y Joe tenía 51 años y un pelo gris “que le escaseaba en la coronilla, pero solo un poco”, cuando el periodista Gay Talese apareció sin previo aviso en la puerta de su restaurante y subió las escaleras que llevaban hasta el salón. Desde allí, a lo lejos, pudo ver a DiMaggio conversando con otro hombre. Talese es un tipo discreto y no quiso interrumpirles, así que en lugar de dirigirse directamente envió a un trabajador del restaurante para comunicar su llegada. El trabajador —luego descubrió que era el sobrino de Joe— cumplió con el encargo y DiMaggio optó por abandonar la sala por la puerta de la cocina. Fue el encargado del restaurante quien se ocupó de atenderle.

—¿Se ha marchado Joe? —preguntó Talese.
—¿Qué Joe?
—¡Joe DiMaggio!
—No lo he visto —mintió el encargado.
—¿Cómo que no lo ha visto? ¡Si estaba de pie junto a usted hace un segundo!
—No, ese no era yo —insistió el encargado, sereno.

Talese no soportó las mentiras y le dio la espalda, furioso, saliendo del restaurante y dirigiéndose hacia su coche, y tuvo que alcanzarlo el sobrino de Joe para traerlo de vuelta, esta vez con la promesa de que su tío hablaría con él. Una vez en el restaurante, le invitó a ponerse al teléfono. DiMaggio, que estaba en el otro lado de la línea, habló sin cortesías: “Está violando mis derechos; yo no le pedí que viniera; supongo que usted tiene un abogado; tiene que tener un abogado; ¡consígase un abogado!”.

En realidad, el gran bateador no era tan tímido como receloso de su intimidad, y conocía de primera mano que los periodistas que se acercaban a su restaurante no querían saber sobre él, sino sobre Marilyn Monroe, fallecida cuatro años antes, de la que se había divorciado en 1955. Pudo averiguar más adelante que Talese viajó con otras intenciones.

Joe era la clase de hombre que no sabe amar a una mujer de otro modo que reteniéndola, ignorando que esta es la forma más rápida de perderla. Joe y Marilyn tuvieron un matrimonio breve, de nueve meses. Sin embargo, Joe llenó de flores la tumba de Marilyn durante 20 años, tres veces por semana. No quedó nada de Joe DiMaggio tras su muerte. El bateador de leyenda murió casi 40 años después, el 8 de marzo de 1999, con Marilyn en el recuerdo, con sus fotos por toda la casa, incapaz de amar a otra mujer. DiMaggio se fue viejo y triste y demostrando que un hombre puede ser destruido, pero también derrotado.

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Joe DiMaggio en el funeral de Marilyn Monroe, el 8 de agosto de 1962 | Foto: Staff / AP

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Hunter S. Thompson, un salvaje alarido de libertad y parodia

Jorge Raya Pons

Escribió Tom Wolfe que la vida de Hunter S. Thompson, como su obra, fue “un alarido largo y salvaje de libertad y parodia”. Wolfe y Thompson, con esas personalidades tan opuestas, mantuvieron una amistad extraña que solo se explica por la admiración que se profesaban.

Después de la muerte de Hunter el 20 de febrero de 2005 -se cumplen doce años-, Tom relató en The Wall Street Journal cómo se conocieron un día de primavera de 1969. Wolfe quedó rendido ante el libro arriesgado y meritorio que el periodista rebelde había escrito sobre su experiencia como infiltrado en los Ángeles del Infierno, una banda criminal de moteros, y decidió invitarlo a una comida en un restaurante de Nueva York. Caminaban juntos hacia The Brazilian Coffee House, atravesando la calle 46 Oeste, cuando Hunter decidió interrumpir el paso y entrar en una tienda náutica. Tom esperó fuera y contuvo su interés cuando Hunter regresó con una bolsa de compra. Una vez en la mesa, Wolfe no pudo resistirse:

—Dime, Hunter, ¿qué tienes ahí dentro?

“Tengo algo que podría vaciar este restaurante en 20 segundos”, respondió. Luego abrió la bolsa y sacó un botecito insignificante, algo parecido a una lata con espuma de afeitar, y decidió presionarlo. En ese momento, como recuerda Wolfe, nadie salió corriendo de la sala: simplemente quedaron congelados. Hunter hizo sonar una bocina de alarmas de la Marina audible a 35 kilómetros… en el agua.

Ejemplar de su libro sobre los Ángeles del Infierno. (Fuente: Wikipedia)
Ejemplar de su libro sobre los Ángeles del Infierno. (Fuente: Random House)

Esta fue la primera impresión que Tom se llevó de Hunter, que trabajó con dedicación y sin descanso durante sesenta y siete años para construir su templo. El autor de Miedo y asco en Las Vegas ejerció un periodismo agresivo y sin dogmas, a todas luces genuino, que puede resumirse en una premisa clara: “No hay disturbios hasta que uno los provoca”. Un periodismo que situaba al periodista en el centro de la acción, que lo convertía en el motor de los hechos; un estilo que terminó por bautizar como gonzo –son diversas las teorías sobre el origen de la idea- y que despertó el interés de publicaciones como Rolling Stone o Playboy, revistas hambrientas de innovaciones narrativas.

A principios de los 70, Tom Wolfe, que muchos años después definió a Thompson como “el mejor escritor cómico en lengua inglesa del siglo XX”, realizó un esfuerzo homérico tratando de reunir en un libro algunos ejemplos elocuentes de lo que consideraba una generación única de periodistas norteamericanos, algunos hombres -y todavía muy pocas mujeres- que estaban explorando las fronteras que separaban al periodismo de la literatura, que comprendían el arte de la crónica y la entrevista como un género literario en sí mismo. Hunter estaba en su lista, pero, lejos de celebrarlo, decidió escribirle una carta invitándole amistosamente a olvidar su nombre:

“Querido Tom…

[…]

Voy a hacer que tus fémures queden hechos astillas si vuelves a mencionar mi nombre en relación con esa cosa (no dice cosa) horrible del “nuevo periodismo” que andas promoviendo.

Ay, ¡esa codicia, esa maldad! ¿Cuándo va a terminar? ¿Qué carga mugrienta tiene tu alma que te hizo caer tan bajo? ¡El doctor Bloor tenía razón! ¡Las hienas se están apoderando del mundo! ¡¡¡¡Ay, Jesús!!!! ¿Qué más puedo decir? ¡Excepto advertirte, una vez más, que el martillo de la justicia amenaza, y que tu sucio traje blanco se convertirá en un sudario en llamas!

Cordialmente, Hunter”.

Thompson era apasionado y libre y tenía el carisma necesario para ser un aficionado a las armas y mantener la admiración de sus camaradas hippies. El día después de que Hunter se suicidara con un disparo de escopeta, como su venerado Hemingway, a sus amigos no les quedó otra salida que hacer cumplir su última voluntad: esparcir bien alto sus cenizas en unos majestuosos fuegos artificiales.

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Jack Nicholson, siete años después

Jorge Raya Pons

Por supuesto que el actor es mejor conforme va comprendiendo ciertas inercias del oficio: solo así puede salir corriendo de ellas. Porque el gran actor no memoriza; el gran actor es otra cosa: piensa el personaje, es el personaje. Y va más allá: el actor –como el periodista, como el carpintero– es mejor conforme va conociendo el oficio –y la industria– en cada una de sus facetas. “Creo que no fui un buen actor hasta que comencé a escribir guiones en serio”, dijo Jack Nicholson en una entrevista de 1981. “Me ayudó a entender los problemas que surgen, aprendí cómo abordarlos. En ese momento dejé de limitarme como actor y ascendí a la categoría de cineasta”. Porque escribir es conocerse y Jack –el rompecorazones de las doce nominaciones al Óscar– hizo de su trabajo un templo.

La obra y la personalidad de Jack evolucionan irremediablemente unidas: una y otra se alimentan y es difícil establecer el punto en que comenzó todo. Jack es el abogado dipsómano de ideas liberales; el agitado y tramposo paciente de un psiquiátrico; el padre de familia esquizofrénico; el psicópata de cara pintada; el neurótico gruñón con la emoción a flor de piel. Su carácter se dibuja en esas arruguitas alrededor de los ojos y en la frente, en esa mirada que va más allá, que dispara las sospechas, en esos dientes ordenados que no significan nada salvo que algo ahí dentro está fuera de control; en las entradas prominentes, en la barbilla que sobresale.

Jack siempre fue como un adolescente con la libido desatada y sin freno y su incapacidad para la monogamia destruyó cada uno de sus noviazgos, lo que se trasladó a sus dos matrimonios: el más duradero con Anjelica Huston. La vida de Jack fue conocida por ser caótica como un torbellino y descubrir a los 37 años que su verdadera madre era su hermana mayor no ayudó a poner las ideas en orden. Por eso comprendí que Jack se había hecho mayor en Cuando menos te los esperas, a los 66 años, cuando interpreta a un viejecito resultón que se aburre de conquistar a las chicas jóvenes y se enamora de una mujer de su edad –que, por otra parte, es Diane Keaton: quién no lo haría–. “Todo lo bueno se acaba”, reconoció en una entrevista promocional, “ya no soy el juerguista de antes: me parece poco atractivo e inapropiado”.

No es extraño que Jack vuelva al cine tras siete años de rumores sobre una memoria frágil: este año protagonizará el remake de Toni Erdmann y repetirá el personaje grotesco de un padre obsesionado por encauzar la vida de su hija, anímicamente devastada por un trabajo que le consume. Una etapa –en abril cumplirá 80 años– donde mostrar el estado de su laberíntico paisaje emocional: nadie conoce al verdadero Jack.

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El hotel de lujo en el que pasaron la noche los dos 'pavos presidenciales' indultados

Redacción TO

Se ha convertido en tradición el ritual de indultar a uno o dos pavos que se salvarán de ser degustados en Acción de Gracias, que esta año se celebra el 23 de noviembre. La ceremonia tiene lugar anualmente en la Rosaleda de la Casa Blanca, donde el presidente de turno, en presidencia de su familia y un elevado número de periodistas, decide perdonar la vida a una o ambas aves. Este año, Drumstick y Wishbone, cuyo nombre ha sido elegido por un grupo de escolares, han sido los suertudos. Dos pavos procedentes de Minnesota y de un peso de unos 20 kilos a los que Trump decidió el martes perdonarles la vida en su primera ceremonia de este tipo que esta año celebraba su 70 aniversario. Además, los estadounidenses también podían votar a través de la página web de la Casa Blanca a qué pavo debería indultar el presidente estadounidense. El 60%, en esta ocasión votó por Drumstick.

La noche de hotel de Drumstick y Wishbone en el Washington Intercontinental

La National Turkey Federation es, desde 1947, la encargada de criar a los pavos del presidente. El proceso es el siguiente: selecciona a 80 pavos recién nacidos que, desde su más tierna infancia, son preparados para protagonizar la ceremonia. Su dieta es distinta a la del resto, más rica en carbohidratos –principalmente maíz y soja fortificada– con el objetivo final de que superen los 20 kilos, explica Zachary Crockett en Priceonomics.

Cuando se va a acercando el Día de Acción de Gracias –el último jueves del mes de noviembre–, los granjeros seleccionan a los veinte especímenes más grandes y con mejor comportamiento y los entrenan para dar la talla ante las cámaras. Hay que tener en cuenta que un pavo presidencial tiene que estar uno 15 minutos aguantando los flashes de los fotógrafos, sin intentar huir o atacar a algún político. Posteriormente, dos son los elegidos por el personal de la Casa Blanca para protagonizar la ceremonia. La decisión final queda en manos del presidente: salvar a una o a las dos aves.

Sin embargo, en los días previos al evento, los animales son tratados con las más altas distinciones. Como informa la National Trukey Federation, Drumstick y Wishbone pernoctar en el lujoso hotel de cinco estrellas Willard InterContinental Washington, a tan sólo seis minutos de la Casa Blanca. En camas individuales, con televisión y calefacción pasaron la noche en este lujoso hotel de unos 250 dólares la noche.

Tras la ceremonia, los dos pájaros fueron trasladados a Gobbler’s Rest, en el campus de Virginia Tech, un recinto hecho a medida dentro del Pabellón de evaluación de ganado del Departamento de ciencias avícolas, donde estarán acompañados de Tater y Tot, los dos últimos pavos a los que indultó Obama.  En el Día Nacional de Acción de Gracias el público podrá visitarlos.

George H. W. Bush fue el primer presidente que indultó a un pavo en 1989.

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Aterriza en España la primera herramienta para cambiar dinero desde casa

Lidia Ramírez

Foto: Dinuka Liyanawatte
Reuters

El viaje comienza con los planes. Reserva del vuelo, del hotel, planificación de ruta, alquiler de coche, cambio de divisas… Todo esto intentamos hacerlo con el suficiente tiempo necesario para ahorrarnos algún ‘dinerillo’. Para ello hay cientos de páginas para comparar, por ejemplo, precios de billetes de avión, de hotel o de alquiler de coches. Sin embargo, a la hora de cambiar el dinero para adecuarnos a la moneda del destino comienzan las diferentes peregrinaciones pagando comisiones sin tener muy clara la mejor opción. El cambio de moneda es la parte del viaje que falta por controlar, la que siempre se recuerda demasiado tarde y por la que se paga demasiado.

Esto es lo que pensó Tal Ekroni, un joven emprendedor de tan sólo 28 años, profesor de finanzas en el College of Management Academic Studies de Israel, que vio un hueco en este mercado y decidió crear el primer agregador de cambio de divisas para viajeros: FlyMoney. “Una vez varios alumnos me comentaron cuál era la forma más fácil de cambiar dinero para viajar a India porque tenían dificultadas para conseguir rupias. En ese momento descubrí que, en pleno siglo XXI, había un gran vacío en el mercado ya que no había herramientas que facilitaran la vida de los viajeros al cambiar dinero”, cuenta Ekroni a The Objective.

Llega a España la primera app para cambiar dinero desde casa
Tal Ekroni, fundador de FlyMoney. | Foto cedida por Interface Tourism Spain

Supervisado por el Banco de España y el Banco Central Europeo, el cambio de divisas se realiza a través de la web, sin estrés ni necesidad de hacer colas en bancos o aeropuertos y pagar comisiones excesivas. “Todo el proceso es transparente y con la mayor seguridad garantizada. Además, las tarifas proporcionadas son las mejores en el mercado”, asegura el joven emprendedor quien apunta que, además, la herramienta muestra al cliente una comparación para la misma transacción de intercambio si la operación se llevase a cabo a través de una entidad bancaria o aeropuerto. “Siempre ganamos en el aspecto del precio”, insiste Ekroni.

Tras realizar la compra el viajero puede recoger sus divisas en proveedores instalados en alguno de los 56 aeropuertos asociados a la red de FlyMoney (eligiendo si prefieren hacerlo a la salida del viaje o en la llegada al destino), pedir que se le envíe el dinero a casa por mensajero o incluso recogerlo en cualquiera de las oficinas de Correos que existen en España con una espera máxima de un día y medio.

La startup, que fue elegida como la más innovadora de Europa en la competición Visa Everywhere Initiative, cuyo premio se entregó en Copenhague este pasado mes de julio, ofrece más de 72
opciones de divisas diferentes de 117 países, entre los que se encuentran Israel, Rusia, Jordania, Dinamarca, Alemania, España, Suiza, Marruecos, Australia, Uruguay, Paraguay, Brasil, Ecuador, Colombia, Costa Rica, Nicaragua, Guatemala, México, Trinidad y Tobago y República Dominicana.

Y por si algo falla, FlyMoney tiene un servicio de atención al cliente 24 horas y además ofrece la posibilidad de cancelar el pedido sin coste. ¿Alguna vez cambiar dinero fue tan fácil?

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